Surgió una discusión interesante en la presentación sobre la ética hacker hace un par de semanas. El tiempo era limitado así que no había lugar a explayar todos los puntos y temas que me habría gustado. Pero una de las preguntas más interesantes vino de Ciro Alegría quien, en pocas palabras, preguntó por cómo se ve esto realmente. Es decir, todo suena interesante a nivel de modelo teórico, ¿pero cómo funciona en la práctica? Si todos son hackers, cada uno puede más o menos construir su propio modelo y sus propias reglas sin depender de grandes instituciones articuladoras, ¿qué lugar, qué posibilidades quedan para los intelectuales y los académicos?
Pregunta válida, y bastante difícil de responder. Pero es, además, de particular relevancia cuando las principales instituciones que han albergado a los intelectuales por siglos se están encontrando socavadas por todos lados. Hay dos temas fuertemente relacionados: si la universidad, como modelo/institución, empieza a perder capacidades y a ceder terreno, los intelectuales que tradicionalmente han dependido de ella se quedan un poco en el aire. Pero al mismo tiempo, si estos mismos intelectuales empiezan a encontrar maneras más directas de llegar a sus públicos, sin tener que pasar por la mediación administrativa de la universidad, empiezan a construir sus propios espacios (y al mismo tiempo, a quitárselo a la universidad y a la educación tradicional).
La universidad ha venido cumpliendo una importante función mediadora. Básicamente, brindaba los canales para agregar y articular una cierta demanda por productos de conocimiento y permitía conectar con cierta eficiencia esos productos con los intelectuales capaces de brindar esos productos y servicios, pero que no tenían por sí mismos los medios para generar y reunir su propia demanda.
Pero ese obstáculo, en realidad, ya no existe. El problema existente para el intelectual solía ser su imposibilidad para llegar directamente a un mercado muy específico – por ejemplo, era virtualmente imposible para un filósofo llegar a un grupo de gente interesada solamente en la formación filosófica. Con la tecnología disponible actualmente, sin embargo, esto deja de ser un problema: así como los autores y los grupos de música encuentran que ahora tienen líneas de comunicación directa con sus seguidores, eliminando la necesidad de intermediarios, lo mismo puede decirse de estos intelectuales y académicos. Si de lo que se trata es de ganarse la vida a partir de su conocimiento, hoy día es posible que identifiquen y agreguen su propia demanda a un costo infinitamente menor que el de una institución grande, mientras al mismo tiempo retienen para sí mismos el íntegro de los ingresos por brindar esos servicios. Puesto en términos más simples, la tecnología disponible hoy les permite quedarse con la plusvalía generada por sus actividades productivas.
Sin embargo, que se pueda no necesariamente quiere decir que funcione. Hay muchas variables más en el modelo: temas de certificación, de status, etc., en los cuales la universidad ejerce una función. Pero si de eso se trata, entonces tenemos que partir de reconocer que de lo que se trata la universidad ya no sería propiamente de educación, y habríamos de preguntarnos si es, además, la mejor solución que podemos ingeniarnos para resolver estos problemas periféricos.
Existe en potencia, entonces, una oportunidad de mercado para aquellos intelectuales que quieran explorar la posibilidad de generar sus propios espacios. En teoría, es incluso una posibilidad que les reportaría mayores libertades y mejores retornos económicos que el actual modelo – aunque dadas como están las cosas, lo que dejarían a cambio sería legitimación institucional. Pero que algo así funcione requeriría que empiecen a pensar en la manera como sus conocimientos deben de transformarse en emprendimientos intelectuales, algo para lo que notablemente están poco preparados. Gestionar todas las dimensiones de un emprendimiento intelectual implica asumir niveles de riesgo totalmente opuestos a los que uno asume en el contexto universitario, donde las cosas son, más bien, generalmente estables y predecibles (pero no por eso necesariamente certeras, tampoco). Implica, además, dedicarse a un universo de cosas que va más allá de sus conocimientos e intereses: implica esfuerzos organizativos, esfuerzos de marketing, y demás, para los que muy probablemente no tendrán formación y quizás hasta menos interés. Son los diversos aspectos que uno forzosamente debe asumir cuando abandona el paraguas de la protección institucional de la universidad.
De modo que esto no es un desarrollo automático ni utópico, sino que ofrece posibilidades interesantes para aquellos que por ahora estén dispuestos a asumir el riesgo. Es un universo complicado, pero por el momento quería dejar estas notas iniciales como para empezar a asentar la idea de “emprendimientos intelectuales” para poder seguir elaborándola y explorándola en las próximas semanas.