Emprendimientos intelectuales

Surgió una discusión interesante en la presentación sobre la ética hacker hace un par de semanas. El tiempo era limitado así que no había lugar a explayar todos los puntos y temas que me habría gustado. Pero una de las preguntas más interesantes vino de Ciro Alegría quien, en pocas palabras, preguntó por cómo se ve esto realmente. Es decir, todo suena interesante a nivel de modelo teórico, ¿pero cómo funciona en la práctica? Si todos son hackers, cada uno puede más o menos construir su propio modelo y sus propias reglas sin depender de grandes instituciones articuladoras, ¿qué lugar, qué posibilidades quedan para los intelectuales y los académicos?

Pregunta válida, y bastante difícil de responder. Pero es, además, de particular relevancia cuando las principales instituciones que han albergado a los intelectuales por siglos se están encontrando socavadas por todos lados. Hay dos temas fuertemente relacionados: si la universidad, como modelo/institución, empieza a perder capacidades y a ceder terreno, los intelectuales que tradicionalmente han dependido de ella se quedan un poco en el aire. Pero al mismo tiempo, si estos mismos intelectuales empiezan a encontrar maneras más directas de llegar a sus públicos, sin tener que pasar por la mediación administrativa de la universidad, empiezan a construir sus propios espacios (y al mismo tiempo, a quitárselo a la universidad y a la educación tradicional).

La universidad ha venido cumpliendo una importante función mediadora. Básicamente, brindaba los canales para agregar y articular una cierta demanda por productos de conocimiento y permitía conectar con cierta eficiencia esos productos con los intelectuales capaces de brindar esos productos y servicios, pero que no tenían por sí mismos los medios para generar y reunir su propia demanda.

Pero ese obstáculo, en realidad, ya no existe. El problema existente para el intelectual solía ser su imposibilidad para llegar directamente a un mercado muy específico – por ejemplo, era virtualmente imposible para un filósofo llegar a un grupo de gente interesada solamente en la formación filosófica. Con la tecnología disponible actualmente, sin embargo, esto deja de ser un problema: así como los autores y los grupos de música encuentran que ahora tienen líneas de comunicación directa con sus seguidores, eliminando la necesidad de intermediarios, lo mismo puede decirse de estos intelectuales y académicos. Si de lo que se trata es de ganarse la vida a partir de su conocimiento, hoy día es posible que identifiquen y agreguen su propia demanda a un costo infinitamente menor que el de una institución grande, mientras al mismo tiempo retienen para sí mismos el íntegro de los ingresos por brindar esos servicios. Puesto en términos más simples, la tecnología disponible hoy les permite quedarse con la plusvalía generada por sus actividades productivas.

Sin embargo, que se pueda no necesariamente quiere decir que funcione. Hay muchas variables más en el modelo: temas de certificación, de status, etc., en los cuales la universidad ejerce una función. Pero si de eso se trata, entonces tenemos que partir de reconocer que de lo que se trata la universidad ya no sería propiamente de educación, y habríamos de preguntarnos si es, además, la mejor solución que podemos ingeniarnos para resolver estos problemas periféricos.

Existe en potencia, entonces, una oportunidad de mercado para aquellos intelectuales que quieran explorar la posibilidad de generar sus propios espacios. En teoría, es incluso una posibilidad que les reportaría mayores libertades y mejores retornos económicos que el actual modelo – aunque dadas como están las cosas, lo que dejarían a cambio sería legitimación institucional. Pero que algo así funcione requeriría que empiecen a pensar en la manera como sus conocimientos deben de transformarse en emprendimientos intelectuales, algo para lo que notablemente están poco preparados. Gestionar todas las dimensiones de un emprendimiento intelectual implica asumir niveles de riesgo totalmente opuestos a los que uno asume en el contexto universitario, donde las cosas son, más bien, generalmente estables y predecibles (pero no por eso necesariamente certeras, tampoco). Implica, además, dedicarse a un universo de cosas que va más allá de sus conocimientos e intereses: implica esfuerzos organizativos, esfuerzos de marketing, y demás, para los que muy probablemente no tendrán formación y quizás hasta menos interés. Son los diversos aspectos que uno forzosamente debe asumir cuando abandona el paraguas de la protección institucional de la universidad.

De modo que esto no es un desarrollo automático ni utópico, sino que ofrece posibilidades interesantes para aquellos que por ahora estén dispuestos a asumir el riesgo. Es un universo complicado, pero por el momento quería dejar estas notas iniciales como para empezar a asentar la idea de “emprendimientos intelectuales” para poder seguir elaborándola y explorándola en las próximas semanas.

¿Crisis en la educación superior?

En realidad, no es sólo la filosofía o las humanidades en general las que están en peligro dentro de la educación superior. Cada vez encuentro más lecturas que, más bien, hablan de una crisis en general de la educación superior, desde múltiples frentes: o porque está siendo absorbida por el mercado y convertida en una educación técnica, o también porque simplemente (quizás por lo mismo) ya no es un lugar del que se puedan esperar las ideas y las habilidades que requieren las nuevas economías. Dos caras de la misma moneda, pero que jalan hacia dos lados: o la universidad no se parece lo suficiente a lo que era antes, o la universidad no se parece lo suficiente a lo que necesitaremos mañana.

Dos discusiones interesantes: en TechCrunch, Jon Bischke y Semil Shah comentan sobre innovaciones desde el sector privado en el rubro de educación que amenazan a la universidad con la obsolescencia. Todo esto viene días después de una polémica en el mismo sitio en torno a un programa del inversionista superstar Peter Thiel financiando a jóvenes universitarios para abandonar sus carreras y formar empresas. El argumento de Thiel es que la educación superior se ha convertido en una burbuja: los costos suben desproporcionadamente, al mismo tiempo que por la saturación del mercado profesional el valor de los títulos, en consecuencia, baja. Y la burbuja debe reventar en algún momento.

Según Bischke y Shah, esto se está reflejando también en que existen maneras más eficientes y efectivas de cumplir el rol de la universidad de enviar “señales” a la sociedad que certifiquen la formación de un individuo. Si se trata solamente de esta capacidad de señalización y certificación, hay mejores maneras de hacerlo con las tecnologías disponibles.

With all this progress, the toughest nut to crack is tuition. One possible explanation for rising tuition is that universities have long held a monopoly on labor market signaling. Graduating high-school students, for instance, may have been less likely to advance in their careers or society without an undergraduate degree and, increasingly, without some sort of graduate degree. To date, universities have been the only real provider of such signals that young hopefuls need in order to convince employers to hire them.

The tide may be starting to shift. In Silicon Valley, for example, Y Combinator provides a learning environment that looks somewhat similar to an institute of higher learning, but rather than create graduates shouldering debts (which impact their career choices), it produces graduates who learn relevant skills, create companies, and earn money along the way.

Desde el otro lado del charco, Hugo Pardo Kuklinski en Digitalismo discute la necesidad de mirar fuera de la caja en la educación superior española, amenazada por la endogamia y el peligro de la cámara de resonancia. La universidad, como tal, se ha convertido en una máquina de reproducción del status quo – donde los estudiantes son, naturalmente, incentivados por sus profesores a seguir sus mismos pasos, y donde por la naturaleza burocrática de la institución, la ideas periféricas y alternativas permanecen, siempre, como periféricas y alternativas. Lo que eso está generando sería, más bien, que la innovación en la vida académica y en las ideas que se manejen sucedan cada vez más en la frontera de la universidad, o ya por completo por fuera.

El sistema te pide que te acredites y demuestres tus méritos, que investigues, que publiques. Hasta allí todo correcto. Pero luego esos méritos no tienen valor si antes no te has pasado diez años esperando tu oportunidad como en la fila de una panadería. Las instituciones no potencian los flujos transversales de docentes y alumnos (físicos e interaccionales). Emigrar a hacer investigación puede ser contraproducente. Es mejor quedarse “esperando en la fila”, no sea cosa que luego “no me den la plaza” por no estar presente para hacer lobby. La endogamia en la selección del profesorado es un cáncer del sistema universitario iberoamericano que afecta la competitividad, el crecimiento profesional meritocrático y la calidad de las instituciones.

La lógica de la operación del sistema, de esta manera, hace que sólo se puedan reproducir las mismas ideas ya existentes en el mismo ecosistema, sin que haya lugar a mayores exploraciones. Lo cual hace, a su vez, que muchos nuevos profesionales no tengan más remedio que buscar espacios fuera del ámbito universitario para explorar sus intereses, para ya nunca volver a integrarlos a la reflexión desde el espacio universitario. Todos pierden, porque a estos nuevos profesionales les termina resultando más difícil y lento abrirse nuevos espacios, y la universidad termina perdiendo gente capacitada e ideas interesantes que la harían crecer y mantenerse.

Pero, en realidad, quien peor la pasa es la universidad. La disponibilidad de nuevas tecnologías digitales reduce enormemente los costos de transacción para que estos nuevos profesionales puedan organizarse, comunicarse, y empezar a producir. A tal grado que, en unos años, quizás podrían hasta prescindir de la universidad completamente. Cosas locas que pasan.

P.D.: Un poco más sobre la idea de que hay una burbuja en la educación superior de parte de The Economist:

The idea is that people are spending too much on higher education, taking on too much debt, and failing to get the reward they expect. This bubble is bound to burst, and will leave American colleges and universities with huge over-capacity.

Buenos argumentos y datos para señalar que, aunque hay indicios para pensar en esto, aún el argumento no está del todo consolidado.

P.D.2: Seth Godin compara el valor de pagar por educación con el de pagar por una marca, en la línea de lo mencionado más arriba sobre las “señales” que envía la educación al mercado:

Does a $40,000 a year education that comes with an elite degree deliver ten times the education of a cheaper but no less rigorous self-generated approach assembled from less famous institutions and free or inexpensive resources?

If not, then the money is actually being spent on the value of the degree, on the doors it will open and the jobs it will snag. If this marketing strategy works big, it pays for itself in no time.

¿Puede extinguirse la filosofía?

A través del blog Leiter Reports me entero continuamente de cómo uno tras otro diferentes departamentos de filosofía en los EEUU se ven amenazados y al borde de la desaparición. El argumento es siempre el mismo, y es que dadas las condiciones económicas por las que pasa la universidad o algo por el estilo, se vuelve necesario hacer recortes presupuestales y casi siempre es más fácil empezar por aquellos programas que por su naturaleza no son particularmente rentables. Parece ser lo que viene ocurriendo en Greenwich, Nevada, Keele, entre otras, y parece ser un sentimiento generalizado.

De entrada, podemos afirmar que la filosofía existió mucho antes de que hubiera algo así como una universidad. Pero con los siglos, la filosofía y su ejercicio académico se han vuelto efectivamente inseparables del contexto de las universidades: a pesar de su complicada relación con lo material, los filósofos no pueden evitar tener necesidades del mundo real que la universidad ha pasado históricamente a satisfacer. Pero ahora parecería que poco a poco la universidad viene cerrando ese caño.

No quiero entrar aquí en la discusión normativa sobre lo terrible que es esto, cómo es un golpe horrible al espíritu humanista que construyó la educación moderna y una terrible concepción mercantilista de la formación y el quehacer humano. Todo eso, sobre todo aquel que estudia o practica la filosofía, ya lo sabemos y podemos todos apuntar con satisfacción moral a Martha Nussbaum para que nos explique por qué la democracia requiere de las humanidades. Comparto este espíritu y creo que las humanidades y la filosofía cumplen un papel importante en la educación universitaria, y que eliminarla sería algo horrible. Pero no vayamos por ese camino.

Vayamos, más bien, por el camino de constatar que esto está pasando. En Lima hay cuatro universidades, si no me equivoco, que enseñan filosofía. Dudo mucho, por no decir absolutamente, que aparezca alguna otra en el futuro cercano o a mediano plazo. ¿Debería haber alguna otra? ¿Tendría sentido? Finalmente, no es que como están las cosas tengamos muy claro qué hace un filósofo o qué oportunidades tiene, sí, en el mercado.

Vemos la tendencia más amplia (particularmente en EEUU y en el Reino Unido) y vemos que los departamentos de filosofía empiezan a ser un poco perseguidos. ¿Y entonces qué pasa? Aunque obviamente hay una retórica de resistencia y un esfuerzo organizado por evitar que esto ocurra, en el corto plazo es razonable suponer que varios departamentos de filosofía desaparecerán o se reducirán significativamente. ¿Y entonces qué?

Si mañana despertáramos y el apoyo institucional universitario a la filosofía hubiera desaparecido, ¿qué nos quedaría? Pregunto esto por algo muy simple: la filosofía preexistió a la universidad, y sin embargo, se ha vuelto prácticamente indisociable de ella. Sin la figura de la universidad, nos resulta sumamente imaginar lo que significaría hacer filosofía de manera realista y sostenible. Entonces, ¿qué nos queda?

No tengo una respuesta ahora. Sólo quiero dejar el problema sobre la mesa. Los apoyos institucionales que tradicionalmente conocemos podrían desaparecer con el tiempo, y es pertinente, me parece (además de ser un problema interesante) que pensemos también en qué significa hacer filosofía más allá del claustro universitario. Más aún cuando disponemos de herramientas que están subvirtiendo el orden de ese claustro en primer lugar. ¿Cómo se vería una filosofía que no esté necesariamente atada a lo universitario? ¿Es por eso menos académica? ¿Importaría si lo fuera?

¿Cómo se sostiene? ¿Cómo consigue recursos? ¿Cómo conecta a sus participantes?

Si un día sorpresivamente llega el huracán, luego no digan que no les advertí.

Universidad ubicua

Algo así como la computación ubicua. La computación ubicua es un concepto viejo, quizás hasta desfasado, al menos tal como fue pensado en los noventas. De la página de ubiquitous computing del Xerox PARC:

Ubiquitous computing names the third wave in computing, just now beginning. First were mainframes, each shared by lots of people. Now we are in the personal computing era, person and machine staring uneasily at each other across the desktop. Next comes ubiquitous computing, or the age of calm technology, when technology recedes into the background of our lives. Alan Kay of Apple calls this “Third Paradigm” computing.

En otras palabras, la computación ubicua es la tecnología en todas partes – un poco lo que estamos empezando a ver con el desarrollo acelerado de la tecnología móvil y la computación en la nube. Ya no estamos limitados, tecnológicamente, por computadoras de escritorio, sino que nuestra información está disponible desde cualquier terminal con conexión a Internet, y los terminales se vuelven cada vez más pequeños, portátiles y funcionales – con dispositivos como el iPhone, el iPad o los smartphones. Si sumamos las piezas, toda nuestra información está disponible con nosotros todo el tiempo para que la utilicemos – computación ubicua.

Bueno, pero de eso no me quería encargar hoy día, sino de la idea de “universidad ubicua”, o incluso mejor aún, “educación ubicua” en general (OK, sé que en español quizás no suena tan buen usar tanto la palabra “ubicua”). Un artículo en Read/WriteWeb examina el crecimiento en el uso de clases en video en las universidades, tanto por parte de los profesores como de los alumnos, y la manera en la que esto influye en el desempeño. Lo cual lleva a la pregunta: ¿Qué tanto importan las universidades como lugares?

Sobre todo en el consumo de la televisión, hemos visto la aparición tanto del timeshifting primero, como del placeshifting después. El timeshifting fue una práctica introducida por tecnologías como el Betamax o el VHS, la capacidad de poder almacenar el contenido transmitido para poder verlo en otro momento. El placeshifting es introducido por las tecnologías móviles – la capacidad no sólo de poder verlo en otro momento, sino también de poder verlo en cualquier lugar, incluso en cualquier dispositivo. YouTube es el paradigma ejemplar del contenido audiovisual “on demand”, o por demanda: lo veo cuando yo quiera, desde cualquier computadora con conexión a Internet. Amazon, Apple, Netflix son diferentes implementaciones comerciales de la misma idea de fondo, que transforma por completo nuestros conceptos de programación televisiva (no hay tal cosa como “prime time” cuando cada uno ve televisión en horarios diferentes – o como lo ilustraron perfectamente bien en un capítulo de Gossip Girl, “nobody watches TV on TV anymore”).

Pero hasta ahora, la programación educativa o universitaria no ha sufrido mayores efectos ni del timeshifting ni del placeshifting, o más bien, muy pocos. La educación virtual es un movimiento, si se le puede llamar así, cada vez más fuerte, y del e-learning se habla con creciente frecuencia, con mayor o menor ingenuidad (no, el e-learning no lo solucionará todo, nunca). Si la mayoría de alumnos van a una clase para sentarse, no decir nada, tomar notas en silencio, sin formular preguntas, ¿qué diferencia hace que vayan o no? Es cierto, siempre hay gente que discute, participa, pero son los menos. Para el 90% de los participantes de una clase, estar en clase es en la práctica lo mismo que ver una película sin la posibilidad de poder poner pausa, avanzar o retroceder. Más allá de la obligación que implica la asistencia a clases (del tipo, “así me aseguro que estoy obligado a ir”), no parece haber mayor diferencia funcional – uno puede hablar quizás de diferencia emocionales, psicológicas, contextuales, el feeling, lo que sea. En términos generales, creo que mi punto se mantiene.

Con el uso creciente de herramientas como videos, tecnologías móviles, podcasts, foros, redes sociales, plataformas colaborativas, ¿cuál es el sentido de la rigidez del horario de clase, y del contenido universitario?

Modelo tentativo, como para que discutamos. En lugar de hacer a los alumnos ir a escuchar una conferencia, el profesor circula un podcast o un video, una, quizás dos veces por semana, en la cual explica en 30-45 minutos el tema de la semana, deja algunos hilos abiertos y lo vincula con los textos o demás materiales de referencia del tema. Los alumnos revisan todo esto por su cuenta, cuando mejor les convenga según sus propias necesidades/capacidades (“no entendí, voy a retroceder para escuchar de nuevo”), y la sesión presencial de la semana es exclusivamente para discusión de los temas, de los hilos abiertos, para resolver dudas sobre el podcast o los materiales, y para revisar los trabajos de proyecto en los que los alumnos están trabajando permanentemente en el semestre. El profesor, virtualmente, funciona todo el tiempo como un curador y como un coach de los alumnos, brindando asesoría permanente por correo electrónico, o quizás conectando con ellos vía Skype o alguna otra herramienta de conferencias, programando independientemente con el alumno o los grupos según los trabajos o proyectos que están realizando.

La universidad, o lo que sea, deja de pensarse en este modelo como un lugar, y a entender más como una red, como un concepto lógico, un marco que agrupa y reúne personas con diferentes intereses en la producción y transformación de conocimiento. Es cierto, esto de por sí requiere una serie de infraestructuras e instituciones para estar bien administrado. Pero creo que, por lo pronto, la idea principal de lo que quiero decir es clara: es posible pensar en maneras más dinámicas de ajustar la educación universitaria a contextos dinámicos como aquellos en los que convivimos cotidianamente.

Paréntesis metafilosófico, 3

Pequeñas anécdotas de las instituciones filosóficas. Si la filosofía es más que simplemente la transmisión de información y la alimentación de un canon, ¿qué es? Si estamos diciendo que son valiosas cosas como la formación de la creatividad y el fomento de la interdisciplinariedad, ¿cómo se ve eso dentro de la formación filosófica?

Hay mucho, mucho, mucho que se puede decir de esto. Lo que quiero considerar aquí es una visión de la filosofía entendida como una forma de laboratorio. Pero esto no está necesariamente atado a sus instituciones – en otras palabras, esto no necesariamente va de la mano con la idea de que esto es la filosofía propiamente académica o universitaria como la hemos conocido. Creo que la necesidades (y posibilidades) que tiene la filosofía hoy hablan en gran medida, también, del hecho de que son posibles y necesarios nuevos espacios e instituciones construidas a su alrededor. Así como reintepretamos lo que significa formar en filosofía, tenemos la oportunidad de reinterpretar la forma que tendrán las instituciones que harán esto.

Creo que el tema de las instituciones es importante. Daniel hace en un momento el siguiente comentario:

Creo que ese es el extremo que habría que denunciar. No se trata de no tener un manejo serio y riguroso de la tradición filosófica de la cual uno se reclama heredero, o por la cual uno siente interés. El problema es reducir el quehacer filosófico a un mero comentario “parasitario” siempre de un gran texto filosófico. A mi juicio, la filosofía deviene un “jueguito” académico donde nos sentamos a escribir sobre grandes textos con muchas citas y lecturas de especialistas sobre cuál sería la mejor lectura posible de un texto. Sin embargo, creo que se decapita lo importante. Me gusta pensar en esa actividad como algo diferente a la filosofía, aunque no sea menos importante. Creo que ese paradigma de comentarista, si bien a uno lo hace comprender muy bien varios aspectos de la historia de la filosofía, creo que tiene como ideal a personajes como Hermann Bonitz o Hermann Diels. En pocas palabras, no creo que ser un scholar es algo equiparable, sin más, a ser un filósofo.

Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice, pero creo que hay que hacer una salvedad. Pues gran parte del problema se encuentra en el hecho de que éstas son las reglas de juego aceptadas, reconocidas y validadas por las instituciones existentes. Es decir, como filósofo, puedes estar en desacuerdo con que éstas sean buenas reglas. Pero si quieres jugar el juego de la filosofía académica, no tienes realmente mucha alternativa más que seguirlas. El no hacerlo simplemente consigue la exclusión del circuito establecido, con la consecuente pérdida de acceso a oportunidades e, incluso, de acceso a la posibilidad de cambiar las reglas de juego.

Lo cual me parece que trae a colación otro de los temas que menciona Daniel sobre la “formación en lo convencional. En el cuarto artículo de la serie, menciona lo siguiente:

En primer lugar, creo que Raúl y yo estamos en la misma línea cuando considera que es necesario formarse en lo “convencional”. Mi manera de entenderlo ya la he expresado varias veces: uno necesita tener un conocimiento serio y riguroso de la historia de la filosofía, así como el quehacer académico. Es una condición necesaria, pero no suficiente. Hablar con fundamento exige un conocimiento de aquello que se habla y crítica (la máxima fenomenológica por excelencia).

Éste es uno de los temas que me resulta más difícil de comentar. Finalmente, a pesar de todo lo que yo mismo puedo pensar, yo mismo he sido formado en lo “convencional”, en gran medida. Y sí coincido -quizás, inevitablemente, por eso mismo- en que hay un enorme valor y una gran importancia en ello: sin esta información y formación “básica”, son muchas menores las posibilidades que uno tiene respecto a lo que uno puede construir. El argumento a favor aquí puede analogizarse con las piezas de Lego: mientras más formas diferentes de piezas tiene uno a su disposición, más diversas y variadas resultan las construcciones que uno puede elaborar.

Pero creo que hay aquí una trampa con la que uno debe tener mucho cuidado. Y es que, con un alto grado de probabilidad, la formación de lo convencional producirá, justamente, lo convencional. O seamos más específicos: la formación en lo convencional, utilizando los métodos y herramientas convencionales, resultará en la gran mayoría de los casos en la reproducción de lo convencional. Esto me resulta claramente una ilustración de mi lugar común favorito, de que el medio es el mensaje: creer que la formación en un contenido no está directamente asociada a la reproducción de sus objetivos es una idea que puede resultar engañosa. En la reproducción de lo convencional no reproducimos solamente una serie de ideas neutrales de autores y escuelas del pasado; en la definición misma de lo convencional estamos haciendo ya valoraciones y juicios sobre lo que es destacable del pasado, y adelantos sobre lo que encontramos valioso para el futuro. No digo de ninguna manera que esto sea inescapable, pero sí que no debemos ser ingenuos ante esta posibilidad.

En gran medida, es muy probable que una reconcepción del quehacer filosófico pueda verse como algo bastante diferente de lo que conocemos hoy, de un trabajo de escritorio, de biblioteca, del filósofo solitario como lo ilustra Daniel. ¿Qué haremos en ese caso? Quizás nuestro primer instinto sea reaccionar diciendo que no, que eso no es filosofía. En ese caso, entonces, es posible que esto ya haya sucedido: pensemos en todas aquellas cosas que existen ya hoy día, a las cuales miramos y con confianza en el presente decimos que no, que esas no son formas de hacer filosofía, por X o Y razones. Que eso debería llamarse otra cosa, pero que no es filosofía. ¿Por qué no es filosofía? Simplemente porque no se parece a lo que conocemos, a lo que llamamos filosofía. Lo cual es, claro, una petición de principio.

Tenemos que estar dispuestos a repensar las instituciones de la filosofía si queremos estar dispuestos a repensar lo que significa hacer filosofía. Eso no quiere decir que lo que sea que resulte de esa reinterpretación será completamente ajeno, completamente irreconocible y completamente desligado de todo lo anterior – eso es, me parece, imposible. Pero sí quiere decir que nos los debemos a nosotros mismos, incluso desde lo que entendemos usualmente por filosofía, el estar dispuestos a reconsideraciones radicales de nuestros marcos de referencia de lo que nosotros mismos somos. Quizás eso implique salir de los salones universitarios, quizás eso implique ver más allá del ámbito académico, quizás eso implique pensar en un trabajo que no se da en aislamiento, que no se da sólo como lectura y reinterpretación, que no se da por los medios a los que estamos acostumbrados. Quizás, incluso, se da de múltiples maneras al mismo tiempo.

¿Para qué ir a la universidad?

Pregunta abierta. Pregunta horrible. ¿Para qué va uno a la universidad? Es horrible porque esconde la posibilidad de que uno no sepa bien por qué lo hace (o por qué lo hizo).

Pero, me parece, una pregunta legítima, porque no es tan claro. Porque no es suficiente decir que uno va para aprender, porque, razonablemente, uno podría hacer eso en otra parte. ¿Se trata de adquirir conocimiento? Eso era un requerimiento necesario cuando el conocimiento y la información estaban circunscritos a ciertas instituciones que se dedicaban a cultivarlo y transmitirlo. Cuando una universidad es el único canal viable a través del cual adquirir un conjunto de habilidades y conocimientos, pues tiene todo el sentido del mundo que uno vaya allí para eso.

¿Qué ocurre si deja de serlo? ¿Si, más bien, la información se vuelve un commodity? La pregunta es relevante porque ir a la universidad significa una enorme inversión en tiempo y recursos materiales – no solamente por el costo que uno paga, sino por el costo de lo que uno deja de ganar si se dedicara a cualquier otra cosa. ¿Qué justifica la inversión? Solemos decir o pensar que sólo con una carrera universitaria uno puede tener acceso mejores oportunidades laborales y profesionales – lo cual de entrada parece justo, pues uno dedica una mayor inversión esperando un mayor retorno. ¿Pero qué justifica ese mayor retorno, si el conocimiento puedo adquirirlo en otro lado?

Tomar, por ejemplo, una carrera de filosofía – el único ejemplo que propiamente conozco, y que además se presta bien a mi punto porque lo principal que se intercambia durante muchos años es información. Asumiendo que uno tiene acceso a ciertos recursos, todo el contenido de una carrera de filosofía puede conseguirlo en un lugar que no es una universidad. Los textos que se leen pueden conseguirse en librerías, en la web, o incluso pueden facilitarse reproduciéndolos de bibliotecas. La currícula, la selección discriminada de cosas que uno debería enfocar o revisar, puede conseguirse también en línea: puedo, por ejemplo, ver el plan de estudios de las carreras de filosofía de las mejores universidades y seguirlo por mi cuenta, o utilizar plataformas como el OpenCourseware del MIT para utilizar los materiales en línea, libremente disponibles, de sus cursos de filosofía.

Inmediatamente surgen tres objeciones posibles. La primera es que bajo este utopismo autodidacta, uno no tiene acceso a uno de los principales recursos de valor en una formación universitaria: los profesores. Totalmente cierto. Sin embargo, a uno no le es negado del todo este acceso. De hecho, es mi experiencia personal que cuando uno intenta contactar profesores, aún cuando no sean de la universidad o incluso del mismo país, suele recibir respuestas favorables de gente dispuesta a ayudarlo a uno con sus dudas y preguntas, ofreciendo recomendaciones y sugerencias y dispuestas a mantener una discusión sobre el tema. No ocurre siempre, y ciertamente no digo que esto sea un sustituto, pero se tiene cierto grado de acceso a este importantísimo recurso. De hecho, frente a este argumento uno podría preguntarse si es, entonces, válido involucrarse en toda la inversión que significa una carrera universitaria de cinco años, o si no podría, más bien, vincularse de manera particular con un profesor, de la misma formación (incluso de la misma universidad), por una inversión mucho menor pero para un intercambio mucho más personalizado (de nuevo, regreso a la pregunta por lo que uno está pagando cuando invierte en una formación universitaria).

La segunda objeción es que mucha gente no tiene la facilidad para seguir este tipo de planes de estudios por su cuenta, y participa de la formalidad que ofrece una universidad lo obliga a seguir cierta estructura, cumplir con requerimientos, presentar exámenes y trabajos y recibir notas. La universidad en este sentido es entendida como orden y seguimiento del estudiante. Pero, ¿es por eso por lo que uno invierte? Y si así lo hiciera, ¿consideraría justificada la inversión? En todo caso, podemos decir que mientras exista este público -que probablemente lo haga siempre, porque todos lo necesitamos en alguna medida- la universidad tiene garantizado un público objetivo. Pero creo que cabe preguntarnos si para eso tenemos universidades.

La tercera objeción posible me parece la más determinante, hablando desde mi experiencia personal. Se trata de que la experiencia universitaria es más que la simple transferencia de conocimiento – al menos, más que su transferencia en sentido estrictamente formal. En otras palabras, el acceso a las personas con las que uno estudia, al mismo tiempo y en el mismo lugar, con las que discute, hace preguntas, colabora, se burla de la vida, comparte traumas y demás cosas, es probablemente lo más valioso del entorno universitario. Es quizás en ese contexto donde, al menos como yo lo veo, uno puede tener las conversaciones más gratificantes y las discusiones que realmente lo llevan a uno a descubrir las cosas que uno mismo piensa y quiere hacer (que no siempre suele coincidir, y no debería, con lo que los profesores piensan y quieren que uno haga). Pero si me amparo en que esto es, quizás, lo más irreemplazable (no por eso lo único) de la experiencia universitaria, entonces quizás el significado de ir a la universidad no sea propiamente adquirir conocimiento, pues eso lo puede hacer uno de muchas maneras cuando el acceso a la información se ve simplificado.

¿Entonces para qué vamos? ¿Para interactuar? ¿No podemos pensar en maneras más eficientes, en términos económicos, de generar esas interacciones a través de diferentes tipos de redes de aprendizaje y de intercambio de conocimiento?

¿Y por qué le hemos dado tanto valor a esta formación? Cuando, además, suele ser el caso que uno sale al mundo real y se encuentra con que de todo lo que aprendió, una enorme parte no se aplica, y otra enorme parte uno sólo puede realmente aprenderla experiencialmente. ¿Por qué no nos dedicamos a adquirir ese conocimiento experiencial desde mucho antes?

Permítanme aclarar que soy el primero en considerar que ir a la universidad es una experiencia valiosa (pero mi juicio al respecto está obviamente parcializado). Pero creo, al mismo tiempo, que no sabemos bien por qué vamos, o qué queremos sacar de ello, o qué hacemos allí. Las cosas funcionan más o menos porque así han funcionado siempre, a pesar de que el mundo fuera de las universidades se mueve por completo a otro ritmo. Quizás sea el caso de que uno no pueda plenamente reemplazar una educación universitaria con una conexión a la web y un enlace directo a Wikipedia. De hecho, creo que ése es el caso. Mi pregunta va en otra dirección: si hay una porción que de hecho se puede reemplazar, ¿cuál es el valor del saldo, del valor agregado que resta? Ese valor agregado, ¿justifica la inversión que de hecho hacemos, o deberíamos tener otras expectativas de ese espacio para que la inversión sea realmente justificada? Si no vamos para lo que creemos que vamos, sino que vamos por otra cosa, ¿no deberíamos estar reconsiderando el valor de la inversión que hacemos?

Universidades 2.0

Últimamente he notado una tendencia un poco confusa. Universidad que, imagino como parte de su estrategia de marketing, empiezan a aparecer en diferentes redes y medios sociales con información institucional. Gran parte de esta información, además, está orientada específicamente al sector de los postulantes, jóvenes en sus últimos años de educación secundaria que empiezan a buscar un poco confundidamente más información sobre la manera como piensan dedicar, por lo menos, los próximos cinco años de su vida (incluso haciéndome el loco de la perversa presión que significa pedirle a alguien de 16 o 17 años que decida lo que quiere hacer el resto de su vida).

He visto tres casos últimamente de esto. El primero es uno que ya comenté hace un tiempo, el sitio de carreras con futuro de la Universidad San Martín de Porres, que pretende brindar información a los jóvenes respecto a las carreras que tendrán mayor valor y demanda en el futuro y delinear el nuevo panorama de tendencias laborales y profesionales. Luego de ello, pasan a ofrecer su colección de carreras bastante tradicionales y con descripciones de sus perfiles que resultan plenamente familiares.

Pero no son los únicos. Hace un rato me enteré, a través del Twitter de la Universidad del Pacífico, que tenían un grupo en Facebook para los postulantes a la UP. El objetivo, según la descripción del grupo, es brindar mayor información sobre la UP y sus actividades a los interesados en postular – el grupo tiene en este momento 395 miembros. Por otro lado, aunque menos orientados a capturar nuevos postulantes, la PUCP también ha abierto su cuenta en Twitter destinada, mayormente, a promocionar noticias institucionales y actividades internas. En general, la interacción de @pucp me parece un poco más fluida y flexible, pero claro, tengo que confesar mi propio sesgo siendo egresado de allí.

Viendo todo esto se me ocurrieron dos cosas. La primera de ellas es preguntarme si esto, realmente, ayuda a los postulantes a tomar mejores decisiones respecto a sus carreras, o si más bien, como parte de la avalancha de información que ya reciben normalmente, esto les complica aún más el proceso de tomar una decisión desmesuradamente relevante. ¿A dónde puede ir el postulante que quiera revisar información que no esté filtrada por la visión de marketing de alguna de estas universidades? ¿Qué recursos están brindando estas mismas universidades para comparar, contrastar, evaluar más profundamente la información que se genera a través de estos medios? Es cierto que uno podría decir que eso iría contra el interés de las mismas universidades, pero es el tipo de recursos que van con toda la “onda 2.0″ que parecen querer transmitir. Para reflejar plenamente esta lógica, sus presencias en la web deberían funcionar menos como un jardín amurallado dentro del cual te bombardeo con información publicitaria, y más como un recurso que verdaderamente me permita, como postulante, evaluar mejor la información y sentirme más cómodo en tomar una decisión que es realmente angustiante. Me parece que, al menos en estos casos, esa opción realmente no existe.

Lo segundo es un poco más de fondo y más amplio, también. Y es que, una vez ingresados a cualquiera de estas universidades, ¿qué se encontrarán los alumnos? De lo que es mi experiencia, aunque la PUCP ha recorrido un camino enorme con una significativa iniciativa institucional para volver más “2.0″, la universidad sigue siendo en gran medida una institución casi medieval, muy tradicional y formalista en su enfoque y gestión. Muchos de los cursos y contenidos siguen este mismo patrón, y lo contrario o lo diferente resulta ser la excepción. Entonces, lo que terminamos teniendo son universidades que se maquillan como muy progres, muy 2.0, muy futuristas, pero que después de la fachada publicitaria son realmente lo mismo que vienen siendo hace ya muchos años.

El problema es grave porque juega con las expectativas de las nuevas generaciones que ingresan al sistema educativo superior para desencantarse, una vez más, y pasar por 5 años de nihilismo para luego trabajar en algo. La universidad ha pasado a ser una experiencia gratificante y personalmente significativa, quizás, en la minoría de los casos, lo cual es terrible. Y el que nuevas generaciones empiecen a llegar a la universidad ya formadas y versadas en el uso de herramientas web para gestionar su propia información significa un desafío enorme para las universidades como instituciones generadores y difusoras del conocimiento. La cosa, me parece, es tan complicada como para preguntarnos cuál es la vigencia o validez de las universidades hoy en día. No porque pretenda demolerlas o volverlas obsoletas; sino porque, como instituciones medievales que son y por la función que cumplen y la manera como lo hacen, bien podrían quedar contradictoriamente reñidas con la lógica social del mundo “2.0″, o mejor dicho, de los cambios culturales que están generando las nuevas tecnologías. Allí donde la universidad depende de cerrar y proteger espacios, el conocimiento en las nuevas tecnologías se beneficia de abrir y ampliar el espectro. No necesariamente ambas cosas deben poder reconciliarse, pero quizás sí sea posible pensar en algún tipo de hibridación entre una forma tradicional y una forma nueva – que es, finalmente, la manera como hemos venido construyendo nuestra cultura durante cientos de años. ¿Qué sería, entonces, esta forma hibridada? ¿Qué sentido y qué consecuencias tiene que estas universidades se quieren vender como tan innovadoramente tecnológicas?

Carreras del futuro

Venía por la vía expresa hace poco y vi un cartel enorme de la Universidad San Martín de Porres, promocionando “carreras con futuro”, y apuntando al sitio web www.carrerasconfuturo.com. Me dio demasiada curiosidad entrar a ver qué les estaban vendiendo a los jóvenes que hoy egresan de la secundaria y postulan a la universidad como “carreras con futuro”, así que tuve que entrar a verlo más en detalle. La educación, especialmente la educación superior, y especialmente la educación superior para el futuro son temas que tengo bastante cercanos, así que tenía que ver si había algo interesante.

Y, sí. El sitio está muy bien diseñado, de hecho me da curiosidad saber quién hizo el diseño. Pero mi primera sorpresa fue que, oh coincidencia, TODAS las carreras la USMP eran estas tales “carreras con futuro”. Es decir, que la USMP sigue vendiendo como carreras del futuro opciones como Derecho, Medicina o Ingeniería, las mismas carreras tradicionales que todo el mundo ha recomendado los últimos 100 años y que, por lo mismo, son sectores del mercado que se encuentran saturados. Aún cuando eso no quiere decir de ninguna manera que todo aquel que estudie carreras tradicionales tendrá problemas para encontrar trabajo, sí quiere decir que para una considerable cantidad esto será cierto. Y quizás es algo que no tengan en consideración al escoger la carrera.

Aquí hay dos planos de análisis distintos y relevantes. En primer lugar, que en el presente la oferta educativa no está alineada con el mercado. Generamos muchos profesionales, que por buenos que sean, no necesariamente salen preparados para el “mundo real”. El segundo plano me llama más la atención: que no preparamos realmente profesionales para el futuro, porque claro, nunca nos hemos dedicado realmente a pensar en qué queremos del futuro ni qué profesionales podríamos requerir entonces.

La USMP nos brinda un excelente ejemplo de que somos estructuralmente incapaces de imaginar el futuro de una manera que no sea una versión radical del presente. Para ellos, el 2020 se ve así:

El New York Times señala que las conexiones inalámbricas harán que no existan barreras entre el trabajo y la vida personal, esto impedirá el exceso de trabajo y se consolidará un nuevo formato de día laboral, los empleados trabajarán durante varias horas y las combinarán con sus actividades personales.

Que es más o menos el equivalente laboral de los autos del futuro que prometía Mecánica Popular en los años 50. Por un lado, describen muchas cosas que estamos presenciando hoy, y para las que no estamos preparados, pero que no son una cuestión “futurista”. Por otro lado, no tienen en consideración que el futuro, muy probablemente, será radicalmente diferente de lo que somos capaces de concebir hoy día, y por razones probablemente muy diferentes de las que podríamos pensar. Clay Shirky tiene un muy buen ejemplo para ilustrar esto:

Hay una escena maravillosa en la película de 1968, 2001 (para cuando supuestamente todos debíamos estar viajando al espacio) donde azafatas espaciales en minifaldas rosadas dan la bienvenida al pasajero que llega. Esta es la visión perfecta, empaquetada para los medios, del futuro – la tecnología cambia, la basta se mantiene igual, y la vida sigue como es hoy, excepto que más rápida, más alta, y más brillante. En contraste, la píldora anticonceptiva, como el transistor, parecían ofrecer tan sólo mejores incrementales sobre los métodos existentes. Pero al hacer del control de la fertilidad y una decisión unilateral y, crucialmente, femenina, que no tenía que ser negociada caso por caso, la píldora ha transformado a la sociedad de maneras mucho más importantes que cualquier cosa conseguida por la NASA. [Here Comes Everybody, traducción mía.]

Un poco de lo mismo es lo que encontramos en la descripción del 2020 que hace la USMP. Claro, conexiones inalámbricas, transformarán todo lo que conocemos sobre el trabajo. Pero el trabajo seguirá siendo esencialmente trabajo, produciendo esencialmente lo mismo, bajo el mismo modelo económico, con los mismos objetivos, y demás. Si el incremento de la combinación profesional-personal que describen terminara en que las familias se descomponen y la gente es crecientemente miserable, llevando a la gran revuelta tecnoproletaria del 2017 y a la consiguiente instauración del régimen ludita, sería algo imposible de predecir, e incluso de concebir, desde esta descripción alegre y peregrina de lo que vendrá.

Ahora, lo realmente perturbador. Las carreras que necesitaremos en el futuro, o desde el otro punto de vista, los trabajos para los cuales necesitaremos formar gente en el futuro, no existen hoy día. Muchos de los trabajos que existen hoy no existían hace 5 años, y no existen descripciones claramente definidas para lo que hacen o el perfil que requieren. Además de que cambian lo suficientemente rápido como para que prácticamente ningún cuerpo de conocimiento pueda mantenerse suficientemente al día: la realidad que uno estudia al empezar una carrera resulta ser significativamente diferente 5 años después, cuando termina. En ese contexto, es realmente irrelevante que mi carrera tenga futuro hoy, pues es bastante probable que cuando termine de estudiarla, o haya dejado de tenerlo, o sea algo para lo que no estoy formalmente preparado, o haya futuros más interesantes en otras áreas. Entonces, cuando un egresado de secundaria hoy lee esto sobre un supuesto 2020:

Puesto que las empresas tendrán que adoptar las innovaciones tecnológicas, prevalecerá el aprendizaje constante y la acción organizativa. Los mandos medios desaparecerán y los trabajadores serán temporales, en este entorno la lealtad estará dirigida al compromiso con el proyecto. Para el portal Strategy-Business, la clave del éxito de las empresas del futuro estará en fusionar la fuerza de trabajo y la tecnología de la información moderna.

¿Qué le estamos dando realmente? Aparte de una visión ingenua del futuro y una desinformada del presente. Según esto, algo así como los cyborgs serán la fuerza laboral del futuro. Entonces mejor ni nos molestemos en estudiar, y dediquémonos a perfeccionar nuestros implantes electrónicos para nuestros trabajos temporales comprometidos con el proyecto, sea lo que sea que eso signifique. Ah, sí. Se llama freelance, vía web. Eso es taaaaan 1998.

Entonces, quizás en este punto no importe tanto, realmente, qué profesión escoja uno. En realidad, en un momento en el cual las fronteras entre disciplinas se vuelven tenues y se reconfiguran las profesiones, quizás lo más inteligente sea optar por la posibilidad menos encasillante, aquella que le permita a uno cómodamente saltar entre diferentes áreas de acción con relativa comodidad. Aquello que, justamente, nuestro sistema educativo no está realmente preparado para preparar.

Lo cual hace tanto más urgente que no pensemos tanto en carreras CON futuro, como en carreras DEL futuro, y lo que esto signifique viene de la mano con el contenido que queramos, desde nuestra perspectiva limitada, darle al futuro. Partiendo, por supuesto, de reconocer que no hay manera de que sepamos bien qué significará esto en unos años, y que tenemos que prepararnos para condiciones cada vez mayores de incertidumbre. Lo cual no quiere decir que no seamos capaces de mapear hoy las tendencias que probablemente se conviertan en los problemas en un futuro cercano. Más que ofrecerles a los egresados de secundaria promesas vacías de certidumbre sobre futuros ilusorios, sería bueno que seamos sinceros con ellos y les digamos que no tenemos mayor idea de lo que estamos pasando, y que ellos tampoco la tendrán, y que tenemos, más bien, que aprender a arreglárnoslas para vivir y ser felices renunciando a la pretensión de entender bien dónde va cada cosa.

El desafío a las profesiones 3

Sin embargo, había mencionado que quería hablar de dos ejemplos. El primero era el caso del periodismo; el segundo me es un tanto más cercano, y es el caso de la filosofía. Y esto me permite volver sobre un tema recurrente que además he estado conversando en los últimos días, que es sobre el sentido del quehacer filosófico en la actualidad. Éste es un tema que me ha obsesionado por mucho tiempo por la simple razón de que en la formación filosófica no encontré lo que esperaba -encontré muchas cosas que aprecio enormemente, pero simplemente no encontré el espacio que esperaba encontrar para desarrollar ideas-.

Lo cual me ha hecho pensar mucho sobre el significado que tiene la filosofía, particularmente como profesión. Igual que en el caso anterior, del periodismo, creo que el primer paso importante es entender que la filosofía no es algo que ponga a nadie en el plano de los dioses o los demiurgos, sino que es, ella misma, un producto histórico, un resultado de nuestra actividad cultural, y que su longevidad de más de 2500 años no se debe a que sea más verdadera o más real, sino a que ha sabido exitosamente adaptarse y responder a diferentes necesidades a través de las épocas. Ya en esto choco fuertemente con muchos filósofos que conozco, que muy por el contrario, sí ven en la filosofía una suerte de búsqueda privilegiada por el fundamento, un acercamiento más íntimo a la verdad y la realidad y por tanto, hasta cierto punto, una cierta búsqueda por encima del flujo de la historia.

Este problema de fondo termina reflejándose en una serie de problemas “superficiales”, o mejor dicho, en problemas directamente vinculados con la práctica filosófica, y lo que se considera legítimo o no afirmar desde el discurso filosófico. Me gustaría tener la habilidad de Shirky para hacer una lectura convincente en los mismo términos económicos en los que él interpretó la profesión periodística, pues me parece que sería igualmente efectiva, pero no sé por dónde comenzar: sí creo, particularmente, que la filosofía responde a una necesidad social, por poco explícita que sea -si no lo hiciera, no creo que la tendríamos-. Pero creo que presenciamos un movimiento muy similar al del periodismo en la filosofía: de alguna manera, el sentido económico de la clase “filosófica” como conjunto profesional era que alguien tenía que dedicar buena parte de su vida al manejo pormenorizado de los “grandes problemas” que no tenían propiamente una respuesta, pero cuyos intentos de respuesta que esbozábamos decían ellos mismos mucho sobre el tipo de época en la que vivíamos. De modo que, no era tanto que hubiera un conjunto de problemas filosóficos eternos para todas las épocas, como que lo interesante radica en ver qué escoge cada época como sus problemas filosóficos como una manera sugerente y reveladora de caracterizar una época a través de sus preocupaciones conceptuales.

En este sentido, entonces, los filósofos funcionaban en la práctica, igual que en el caso del periodismo respecto a la información, como una suerte de guardianes: el alto costo que demandaba su formación (en la medida en que debían dedicarse a manejar un amplio conjunto de conocimientos altamente complejos) les brindaba la posibilidad de articularse como “clase”, como conjunto profesional, cuya función social era trabajar los conceptos de una época y cristalizar en ellos las preocupaciones de una sociedad, para luego devolverlos. El cimiento de su justificación económica radicaba, precisamente, en que el conocimiento era difícil de acceder, y más aún de manejar, y al mismo tiempo, de que por lo mismo el acceso a una red de especialistas con los cuales colaborar era a su vez complicado de desarrollar. De allí que la filosofía se viera un poco forzada a crecer siempre de la mano de las universidades, como uno de los pocos nodos de acumulación de conocimiento que existieron históricamente.

Pero ojo -y he aquí otra interpretación problemática- que la filosofía no era, originalmente, una preocupación propiamente académica. Primero que nada, porque no había academia. El poco legado textual que ha permanecido de las primeras épocas de la filosofía es, me parece, un gran indicador de esto: la filosofía surge, sí, como una búsqueda de principios, pero motivada a partir de preocupaciones personales sobre la manera como funciona el mundo. Y en varios casos, como por ejemplo el de Sócrates (aunque las interpretaciones varían), con un objetivo no tanto de desarrollar conocimiento como de hacer al hombre una mejor persona. Pareciera, si se puede decirlo, que la filosofía surge más como una preocupación existencial que como una preocupación cognitiva. Lo cual es, además, el mismo sentido que empiezan a rescatar, mucho más tarde, filósofos como Kierkegaard y Nietzsche.

¿Qué ocurre, entonces, cuando siguiendo el mismo patrón, el acceso al conocimiento se vuelve una cuestión virtualmente transparente? Cuando incluso el medio académico como lo hemos venido conociendo desde el medioevo se ve socavado por la rápida difusión de información, y por consiguiente la práctica académica misma se ve cuestionada, por extensión la filosofía como academicismo debe hacerlo también. Es cierto que uno podría argumentar, de nuevo, que este es el camino equivocado para la sociedad, que le abandono del academicismo nos sumirá en una especie de nuevo oscurantismo. Pero también es cierto que el academicismo y la formación académica tradicional poco están haciendo por cambiar esto: su estrategia de resistencia básicamente se resume en “hagamos lo mismo de siempre y hay que morir lentamente”. Lo cual no brinda alternativas muy persuasivas a panoramas educativos como estos:

Al mismo tiempo, la academia que conocimos se ha articulado de tal manera que se contrapone a actividades sociales en las cuales realizamos gran parte de nuestro aprendizaje: por ejemplo, la contraposición industrial entre el trabajo y el juego. El trabajo académico es serio, y por tanto se diferencia de lo divertido y lo lúdico, aún cuando es en lo lúdico que exhibimos gran parte de nuestra creatividad. Pero es que, claro, el sistema académico que hemos construido, junto con la filosofía que ha crecido dentro de él, no son sistemas que valoren ni promuevan la creatividad ni la originalidad: son sistemas estructurados en torno a la búsqueda de la verdad, y la verdad no es ni divertida ni inmediatamente accesible a los comunes mortales, sino que es algo reservado a los elegidos, a los genios, a los privilegiados con el acceso a lo divino, prácticamente.

En la otra esquina, no solamente el conocimiento se vuelve mucho más accesible y los filtros e intermediarios a él mucho más diversos, sino que como consecuencia, quizás, de ello, la cultura popular y cotidiana se vuelve filosóficamente mucho más interesante. Además de mucho más diversa: el imperio del texto (el único en el cual la filosofía, en gran medida, se ha movido) se ve desafiado por la aparición de una enorme variedad de medios de comunicación que compiten por la atención de aquellas mismas personas que en un futuro no muy lejano podrán escoger o no una formación filosófica, y lo harán a partir de una formación diferente con preocupaciones diferentes. El desafío que se plantea a la profesión filósofica -nótese la importancia de que hablamos aquí del constructo económico que existe actualmente- radica en que los incentivos económicos existentes para garantizar su estabilidad como clase se han visto desplazados. No sólo no son ya los guardianes de un conocimiento poco accesible y que requiere de una dedicación específica, sino que ahora el acceso a los mismos problemas que antes protegían por encargo de la sociedad ahora puede hacerse de maneras mucho más sencillas y que generan un involucramiento mucho más profundo por parte de los individuos “de a pie”. En otras palabras, podría utilizarse la misma etiqueta del “filósofo ciudadano” con los mismos problemas que encontramos antes para el periodismo ciudadano, para describir aquel espacio donde personas sin formación filosófica formal pueden formularse problemas desde un punto de vista filosófico como una de las múltiples actividades en la que incurren en el transcurso de su vida cotidiana. Pop, light, lo que quieran: pero esto, efectivamente, cuestiona la necesidad social por la cual mantener una clase de filósofos cuya función sea mostrar verdades sobre grandes problemas que preocupan al hombre.

Las alternativas son similares: o buscar la manera de forzar la perpetuidad del orden existente, o empezar a pensar en la adaptación. De nuevo, ya se darán cuenta a esta altura de que me inclino por lo segundo. Porque lo primero que se necesita es disociar a la filosofía, al menos como exclusividad, del peso del academicismo, lo cual abre la puerta para que se realicen mucho más experimentos originales. Como con cualquier proceso similar, la mayoría de ellos no funcionarán, pero volviendo a Shirky, pasamos de un modelo donde filtramos antes de publicar, a uno donde publicamos y luego filtramos, porque los costos de transacción nos permiten esto. Sin embargo, pasar de un modelo a otro tiene enormes implicaciones respecto a lo que entendemos por genialidad, creatividad y originalidad – básicamente, nuestros conceptos existentes se diluyen. Pero eso también quiere decir que hacen falta, entonces, nuevos conceptos, nuevas herramientas conceptuales con las cuales poder poner todo esto en su contexto. Pero, felizmente, el mercado de la creación de nuevos conceptos siempre ha sido uno en el cual los filósofos han sabido moverse bien. Las condiciones del mercado han cambiado, lo cual significa que también han cambiado muchas de las reglas de juego.

Plaza de la Memoria

La PUCP es un lugar de amplias y abundantes contradicciones. Salomón Lerner, ex-rector y ahora rector emérito, fue también presidente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. A partir de ello, el tema de los derechos humanos cobró particular importancia en la universidad, particularmente en relación al apoyo al trabajo de la CVR. En el campus, existe un espacio llamado la Plaza de la Memoria, donde se conmemoraba con una placa recordatoria a miembros de nuestra comunidad universitaria muertos o desaparecidos durante la guerra política interna que vivimos entre los 80s y 90s (guerra o conflicto para el cual, por lo demás, parecemos incapaces de dar nombre).

Hace poco, la plaza en cuestión fue remodelada. Pero en el centro de ella, donde antes se encontraba la placa, se levanta ahora una cafetería Starbucks-wannabe de Cafetal, con silloncitos y diseño post-industrial y todo, y la placa ha sido desplazada a un extremo de la plaza, lejos del centro de atención, literalmente.

En fin, uno no puede evitar preguntarse quiénes son los genios detrás de decisiones descriteriadas como ésa. Convertir la Plaza de la Memoria en un lugar mediado por el consumo y el branding es, por decir lo menos, problemático. Habría sido tan fácil simplemente poner el café en otro lado, y nadie se habría visto perjudicado. Nadie habría dicho nada. Pero no, eso habría sido demasiado coherente.

Desde hoy circula una carta abierta de alumnos y profesores de la Universidad que censuran la decisión y piden se subsane la medida (léase, que se retire el café). En fin, dudo sinceramente que esto pase, pero por lo menos servirá como mensaje para el descriteriado que tomó decisión tamañamente estúpida para darse cuenta que metió todas las patas en lo que es, para unos más para otros menos, una situación sumamente sensible.