Relacionarse con el espacio

El otro día, por completa casualidad, paseaba con dos arquitectos. Creo que nunca lo había hecho antes, y si lo había hecho, había sido a lo mucho con uno. Pero ahora habían dos. Esto es importante, porque entre ellos conversaban. “Arquitectónicamente”. Y nunca lo había escuchado. Y me sorprendió.

Me sorprendió por algo sumamente singular. Me sorprendió la relación que tenían con el espacio. Es decir, para ellos el espacio alrededor era una cuestión plástica, y lo visualizaban transformado, digamos, en tiempo real. Mover esto para allá, una estructura aquí, va a dar tal o cual perspectiva, pero del otro lado se verá terrible, si cambiaras tal material, quizás algo de esta forma. Y así sucesivamente, todo el camino. Tenían una relación mucho más cercana, casi íntima con el espacio a su alrededor, como si estuviera allí, materia esperando para ser moldeada, para ser significada de manera creativa.

Dos cosas. Primero, es un poco perverso y sumamente moderno: el mundo, allí, inerte, simplemente esperando para ser imbuido de significado por nuestras voluntades racionales. Sujetos constituyentes de sentido, muy a la kantiana. Pero creo, claro, que esto no es suficiente.

Segundo. Quizás todos deberíamos ser un poco más arquitectos. No, obviamente no me interesa que sepamos cómo armar estructuras o diseñas planos. Simplemente me refiero a que tenemos una relación muy extraña, cotidianamente, con el espacio. No lo transgredimos, sino que lo asumimos como dado. Está ahí para que lo usemos, pero en sus términos. ¿Y su jugáramos con él? No para dominarlo, sino para integrarnos a él. Para significarnos mutuamente. Para apropiarnos un poco de él.

Quizás empezarían a pasar cosas interesantes.

Dos años después

No sé por qué no escribo más.

Claro, podrán decir que tener un blog -o bueno, quizás varios- es una muestra de todo lo contrario, de una verborrea un poco desmesurada. Pero en realidad no. Estuve pensando y conversando sobre esto el otro día, que escribo, y escribimos, muy poco. Todo es un paquete, por supuesto: hay como una reticencia a plasmar ideas en un papel, a darles materialidad. Como que sentimos -siento- una especie de falta de legitimidad para decir y afirmar cosas con cualquier grado de categoricidad.

Lo cual, claro, es terrible, por múltiples razones. Pero principalmente porque nos pone en desventaja: porque en el proceso de ir cimentando ideas, no tenemos referentes previos dentro de nuestro propio discurso. Quizás esto suena demasiado abstracto: quiero decir que en el futuro, cuando tengamos que responder a una u otra pregunta, a uno u otro problema, no tendremos tomas de posición aunque sea esquemáticas, aunque sea esbozadas, a partir de las cuales construir un argumento. Y es que ponemos la valla demasiado alta, el papel comporta una lógica perversa – lo que se pone por escrito es muy brutal, es demasiado comprometedor, y como tal debe arrastrar una cierta reverencia, una cierta autoridad. Odio esta idea, y en el fondo parece que me la creyera. Al final, yo mismo no comprometo al papel o al formato que fuera ideas beta que se puedan ir puliendo, trabajando con los años, que se les pueda ir dando un nuevo sentido.

Hace poco comenté que Castor Ex Machina cumplía dos años. Lo cual es todo un hito para mí, sobre todo cuando me pongo a revisar los primeros posts, las primeras intenciones, y lo que ha ido pasando en el camino. El primer post ya refleja poco lo que pasa ahora por mi cabeza, y el único trackback que tiene (el post del primer aniversario) también ya se siente sumamente lejano. CxM funciona para mí como un laboratorio de ideas, donde de alguna manera puedo plasmar cosas sueltas y ver cómo empiezan a surgir y aparecer conexiones de diferentes maneras. Es una suerte de incubadora, dentro de la cual, cuando algunas cosas empiezan a exhibir una cierta consistencia interna, cuando se empiezan a esbozar temáticas, pienso que tengo material suficiente como para darle vida propia en otro lado. Así, por ejemplo, ideas sobre cultura, industrias culturales y tercer mundo terminaron definiendo la línea de uno de mis proyectos paralelos, Invasiones Bárbaras. O también, problemas de tecnología, herramientas digitales, Internet, redes y medios sociales, y su relación con el Perú y Latinoamérica, ahora están encontrando un espacio en otro nuevo proyecto paralelo, Enchufa.Pe. No son espacios plenamente constituidos, no son lugares que la tengan clara, pero supongo que muy en el estilo 2.0 me gusta mantener las cosas innecesariamente en beta.

En verdad tengo la esperanza de que esto siga creciendo y empiece a articularse orgánicamente. Creo que CxM, IB y Enchufa.Pe son un punto de partida en el que quiero seguir involucrando gente, cada vez de manera más cercana, para la discusión sobre estos temas, primero, y para empezar a articular proyectos e iniciativas, después. Hay varias ideas que tengo en cola, muchas de las cuales espero vean la luz este verano, otras seguirán durmiendo el sueño de los justos. Pero este espacio sigue manteniendo un cierto sentido originario: en primer lugar, como incubadora a partir de la cual ir articulando esbozos que poco a poco van formando un dibujo, que luego se puede colorear en otra parte.

En segundo lugar, porque lo que aquí me atañe es la filosofía. Y aunque a veces no entiendo bien por qué, sí siento que es pertinente e interesante plantearse esta serie de problemas desde ese punto de vista. Creo que la filosofía se verá inevitablemente transformada por todo lo que está pasando, por un lado, y por el otro, que todo lo que está pasando se vería beneficiado por alguna forma de lectura filosófica, alguna forma que piense en el significado, en el sentido, en la transformación misma. Suele pasarme que me choco con una serie de muros porque encuentro, constantemente, que la filosofía, y los filósofos, esto no les parece tan bien: puesto simplemente, que muchos simplemente no consideran que lo que yo haga sea filosofía. Pero me cuesta mucho aceptar una filosofía cuyo sentido sea pretender dedicarse a altas cosas, a cumplir una magna teoría que la pone por encima de todas las demás ciencias de las que, además, es madre. No, yo no creo que sea eso, la verdad. No sé bien qué es, tampoco – me resulta más una forma de patología, un deseo interno que sentimos que tenemos que, perversamente, realizar. Una forma de terapia, si quieren. Pero no siento que la filosofía sea ninguna forma privilegiada de nada, ninguna tarea magnífica a la que algunos estemos llamados: es simplemente una forma particular de enfocar problemas, de reflexionar críticamente y problematizar que puede aplicarse a una serie de cosas.

Este último semestre, como jefe de prácticas de un curso de Filosofía Contemporánea, ha sido muy interesante poder explorar temas como estos y conversarlos con gente que, de yapa, no viene con preconcepciones y prejuicios demasiado cerrados respecto a cómo debe realizarse la actividad filosófica. De hecho, más aún, me he encontrado con gente muy dispuesta a entender la filosofía desde un punto de vista más amplio, menos propiamente en torno a un conocimiento particular y más en torno a una actitud hacia las cosas. Claro, en gran medida quizás eso sea mi culpa, o quizás me hayan dicho lo que quería escuchar para satisfacer mi ego -lo cual finalmente los beneficiaba-. Es interesante ver cómo, sobre todo con nuevas generaciones, la actividad filosófica misma se va transformando, quizás en el camino también los filósofos. Es un bonito consuelo pensar como Marx, o como McLuhan, y creer que este cambio es inevitable, y que quienes lo resistan simplemente serán arrastrados por la historia. Pero lamentablemente no es tan sencillo: sí, quizás el cambio sea inevitable, pero la pregunta se vuelve por cuán traumático resultará cuando miremos atrás y nos demos cuenta que ya pasó.

O más perturbadoramente aún: cuando miremos atrás y nos demos cuenta que somos los únicos haciendo esto, cuando todos los demás están en otra cosa. Vivir en una época de transformaciones radicales como ésta tiene la ventaja de que nadie sabe bien qué está pasando. ¿Por qué eso es bueno? Porque como pocas veces, leer alemanes, estadounidenses, ingleses, franceses, o lo que fuera hablando sobre el tema es en la práctica tan valioso no sólo como leernos a nosotros mismos, sino como escribirlo nosotros mismos. Y eso es una enorme oportunidad para desarrollar nuestras propias ideas, para preguntarnos cómo queremos ver el mundo, y el futuro.

El futuro. Ésa será la idea que me obsesionará más a lo largo de este nuevo año. Habrá que sacarle el ancho al futuro de múltiples manera para ver cómo conseguimos que responda a nuestras preguntas.