Hierros de madera

No soy muy aficionado a la religión… nada, la verdad. Las navidades son de por sí lo suficientemente pesadas como para recargarlas de contenidos religiosos. (De hecho, no deja de sorprenderme cómo se ofenden personas religiosas -cristianas, particularmente- ante la intromisión de lo ateo en el discurso de lo público, pero no es analógicamente problemática la intromisión de lo religioso en el mismo espacio compartido. Y no, el argumento “siempre ha sido así” no me convence.) Aún así creo que es un poco inevitable reconocer que la religión, como tema, resulta un poco inevitable: sobre todo en la medida en que, especialmente en los últimos años, la experiencia de lo religioso y la “religiosidad” (en toda su amplitud New Age y post-New Age) se han vuelto dimensiones de particular importancia. Es decir: mucho más allá de las tres grandes religiones que tienen cientos de años, hoy es un tema más interesante preguntarse por la particularidad de una cierta experiencia religiosa que no pueda propiamente enmarcarse dentro de un conjunto ordenado de reglas sobre cómo vivir la vida o alguna forma de moral empaquetada.

Esto es, me parece, un sentido mucho más interesante para enfocar lo religioso como experiencia, en lugar de verlo desde su dimensión, digamos, catecista. Pero que no deja de ser una perspectiva injusta y problemática: en el caso del cristianismo católico, por ejemplo, es en la práctica difícil pensar en algo así que no se dé a través de la institucionalización de la iglesia. Al mismo tiempo que no es propiamente la experiencia cotidiana que tienen los creyentes de a pie, e incluso, podríamos decir, quizás ni siquiera es el tipo de experiencia que quieran tener (si asumimos que, en general, la religión pasa como una cuestión de tradición que no busca ser problematizada). Es un problema abierto que se sigue discutiendo desde diversos frentes, aún cuando tal cosa como “filosofía cristiana”, como decía Heidegger, sea algo así como decir “hierro de madera”.

En todo caso, uno de los más adeptos a la dimensión del hierro de madera es Raúl Zegarra, quien entre otras cosas estudió filosofía conmigo en la PUCP. Raúl viene trabajando estos temas desde hace tiempo y aunque no estamos de acuerdo en muchas cosas (como la consistencia entre el pensamiento de Kierkegaard y el Gran Tornillo de Rayuela), tiene una serie de ideas interesantes al respecto del problema -ideas que probablemente lo lleven a la excomunión, pero creo que no parará hasta conseguirla-. Raúl ha lanzado un nuevo blog, Sagrada Anarquía, y supongo (espero) que él sabe mejor de lo que habla:

Creo con firmeza que en la cultura posmoderna conviene una lectura renovada de la religión atendiendo a lo que pasa en nuestro entorno. La tesis es que no hay motivo de temor a lo posmoderno. Trataremos de demostrar que la experiencia religiosa es profundamente enriquecida por la aparente anarquía de sentido y verdad de este, nuestro mundo de supuesto sinsentido. Se trata, en efecto, de una travesía extensa que nos llevará de la teología al lenguaje, del lenguaje a la filosofía, seguro también al cine y, sospecho, al arte. Emergerá, indudable, el silencio y, más de una vez, tocará lidiar con lo inefable.

En fin, supongo que el asunto dará para discusiones tanto virtuales como en los lugares donde propiamente se juega la religión, léase chifas y bares alrededor de la ciudad.