¿Un Ministerio de Magia?

Me gustó un post de hoy de Maite Vizcarra en Techtulia sobre el debate en torno a la creación de un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación en el Perú. Me gustó principalmente por dos razones: porque describe claramente las medidas que se discuten para el sector en lo que queda del presente gobierno (hasta el 2016), y porque no adopta una posición sensacionalista de “OMG MINISTERIO!!!1!!11!1” que suele dominar este tipo de discusiones. En cambio, refleja el tipo de preguntas complejas que deberíamos estar haciéndonos:

Visto el overview, la pregunta que cae a cuenta entonces es: ¿si durante los primeros años de las reformas CTI las inversiones no serán tan dramáticas y si las acciones planteadas pueden ser ejecutadas por entidades ya existentes (Fincyt, Fidecom, Consejo Nacional de Competitividad-MEF) es necesario un ministerio en esta etapa?, ¿no sería mejor contar con una entidad como esa con el enforcement necesario a partir del punto de inflexión, cuando las inversiones serán considerables y en verdad se requiera capacidad de negociación y empoderamiento? ¿No sería mejor que el actual Comité Consultivo CTI se transforme en uno de transferencia de cara a un ministerio en dos años?

De Immanuel Kant se decía que cada vez que se encontraba con un problema nuevo, se inventaba una nueva facultad para la mente humana. De manera similar, me parece que podríamos decir que cada vez que nos encontramos en el Perú con un problema nuevo, nuestra respuesta es crearle un ministerio, y es la manera en que el poder político intenta decir “este problema nos parece importante”.

El asunto es que, por sí solo, eso no quiere decir realmente nada. La principal razón por la cual soy un escéptico respecto a las posibilidades un ministerio de CTI en el Perú es porque tal ministerio no sería el resultado de una política estratégica integral que se esté ejecutando a nivel nacional sobre ciencia, tecnología e innovación, donde el ministerio sea uno de los componentes de esa estrategia. Termina siendo la construcción de una entidad gigantesca cuyo propósito será el de construir dicha estrategia. Es poner el carro delante del caballo.

Procesos similares pueden encontrarse en el pasado reciente, con matices mejores o peores: la creación de los Ministerios del Medio Ambiente, de Cultura o de Desarrollo e Inclusión Social fueron el reconocimiento de que cada uno de estos ámbitos era un problema importante, pero la formulación misma del ministerio no era una afirmación de que se tuviera una estrategia o un plan para cualquiera de estos sectores. Esto es terrible, por una serie de razones: (1) porque genera un costo enorme en términos de instalación y operación para el Estado; (2) porque genera expectativas que probablemente terminen resultando insatisfechas entre los diferentes actores vinculados e interesados en el sector; y (3) porque al crear una dependencia legitimada y responsable del sector, si ésta termina siendo inoperante en la práctica se convierte en un obstáculo más que en un incentivo. En un sector como el de CTI, donde es relevante generar un entorno sumamente dinámico y donde la capacidad de articular e implementar iniciativas rápida y efectivamente es muy importante, un clima institucional desfavorable puede por sí solo generar trabas estructurales de importancia.

Aún cuando crear un ministerio de CTI hoy me parece una mala idea, eso no quiere decir que piense que no se debe hacer nada al respecto. Sólo que no deben hacerse las cosas por hacerse. Si creáramos un ministerio, ¿cuáles serían sus objetivos estratégicos? Si le asignáramos un presupuesto para realizar inversiones estratégicas en investigación y desarrollo, ¿cuáles serían sus áreas prioritarias de inversión? Si su visión es la de mejorar la productividad y competitividad de la economía peruana a largo plazo, ¿qué actividades económicas concentrarán su atención? ¿Se concentrará en hacernos más o hacernos menos una economía concentrada en torno a la minería? Estas son algunas de las preguntas que deberíamos hacernos al momento de formular una estrategia de CTI para el país a largo plazo.

Por otro lado, para poder implementar y ejecutar esa estrategia hay cosas que pueden hacerse como primeros pasos para fortalecer un sector nacional de CTI. Están, por ejemplo, las trabas existentes para la inversión de dinero proveniente del canon para tareas de investigación, que recoge Marcos Garfias del IEP (“La investigación en la universidad pública regional y los fondos del canon, 2004-2008“, Economía y Sociedad 76, CIES, diciembre 2010):

En esta realidad poco alentadora, desde el año 2004 se comenzó a inyectar importantes recursos provenientes del canon al presupuesto de varias universidades públicas con el objetivo de incentivar la investigación científica y tecnológica pertinente al desarrollo regional. Casi cinco años después, este objetivo no ha sido alcanzado ni siquiera parcialmente. La universidad pública no investiga ni más ni mejor que en 2004. Salvo una efímera iniciativa desarrollada en la universidad de Cajamarca en el segundo semestre de ese año y la canalización de pequeños porcentajes para apoyo financiero a los estudiantes que elaboran sus tesis de licenciatura, estos recursos no han sido utilizados en ningún proyecto de investigación de impacto regional en ninguna de las instituciones universitarias beneficiadas con el canon durante este período. Los fondos del canon han servido básicamente para financiar importantes obras de infraestructura y de equipamiento que están cerrando un déficit arrastrado durante décadas.

Esto se ha debido a que la iniciativa por dotar con fondos del canon a la universidad pública no calibró la pobreza de las capacidades de investigación de esta institución, y tampoco advirtió que la organización institucional de la investigación universitaria ha sido adecuada para beneficiar a las planas docentes con asignaciones adicionales a sus salarios bajo un formalismo burocrático que los convierte a todos en investigadores sin la necesidad de comprobar la solidez y pertinencia de sus estudios, todo ello en medio de la
prolongada dificultad que ha tenido la universidad pública para edificar una gestión eficiente que le permita salir del descalabro académico, administrativo y de gobierno que se inició por múltiples razones en la década de 1960. Una situación que sí fue advertida por los funcionarios del Ministerio de Economía, que promovieron rápidamente algunas normas que regularon el gasto del canon, como por ejemplo la prohibición de que estos recursos fueran destinados a cualquier tipo de remuneración, pero que sin embargo no promovieron simultáneamente mejores alternativas para aprovecharlos en uno de sus objetivos centrales: la investigación de impacto regional.

La prohibición de que fondos del canon fueran a pago de remuneraciones de investigadores ignora el hecho de que la investigación consiste, en gran medida, en inversión del tiempo de investigadores en diversas tareas, y presupone básicamente que estos se dedicarán a la tarea de investigar “por amor al arte” – algo que claramente no ocurre. Además, condiciona que los fondos tengan que invertirse en equipos e infraestructura, que sin dejar de ser importantes, por sí solos son incapaces de fortalecer las capacidades de CTI de una región o del país.

Nuestra deficiencia en el sector responde, además, a deficiencias estructurales que también tienen que ser atendidas si se quiere construir un sector sólido de CTI: por ejemplo, la debilidad de la oferta y demanda universitaria en carreras de ciencias e ingeniería, que va de la mano con el desfase entre la demanda estudiantil y la oferta laboral en el Perú. Nuestro sistema educativo no está alineado con nuestro modelo productivo, ni en el presente ni hacia adelante.

En otras palabras: un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación no es un Ministerio de Magia, y no deberíamos esperar que lo sea ni creernos un discurso político que nos lo venda como tal. La aparición de un ministerio de CTI no nos va a construir mágicamente un sector dinámico, activo y efectivo, justamente porque el problema debe verse multidimensionalmente y no solamente como un tema de asignación presupuestal y responsabilidad ministerial. Pero, sobre todo, require que nos hagamos preguntas complejas sobre el tipo de país y economía que queremos ser en el futuro a largo plazo.

Lifehacking

Todo el mercado de productos de autoyuda fue, o es, el momento negativo del espíritu, por ponerlo en términos hegelianos. Es decir, es el momento, o el lugar de nuestra cultura que hace evidente una falta, una carencia. Si nos esforzamos por hacer una lectura cultural-histórica del asunto, podríamos empezar a ver cómo la aparición del segmento de autoayuda evidencia todas aquellas cosas que se han ido identificando como faltantes en el discurso acelerado y prácticamente imparable de la Modernidad: el hecho de que nuestro conocimiento sobre el mundo y nuestra capacidad técnica crecen mucho más rápido que nuestra capacidad para darle sentido a este crecimiento o para detenernos a pensar si estamos yendo en la dirección correcta. Este aparato conceptual-industrial crece dejando una serie de huecos y de vacíos, matando dioses, y sin dejarnos muchos lugares a los cuales aferrarnos.

Los productos de autoayuda llenan ese hueco – nos dan “soluciones” simples, fácilmente reproducibles, para llenar el vacío existencial propio de la era moderna. El crecimiento espectacular de este mercado es testimonio de la necesidad cultural por este tipo de productos.

Pero el siguiente momento del espíritu, la evolución conceptual de este orden de cosas resulta menos facilista que el rubro de autoayuda. La cultura del lifehacking es la versión pragmática, efectivista del mundo de la autoayuda: la dedicación al perfeccionamiento de nuestros hábitos cotidianos para conseguir nuestros objetivos de la manera más eficiente y efectiva posible. La diferencia del espíritu del lifehacking es que no edulcora las cosas para hacer sentir a las personas únicas y especiales en el universo, con un propósito y una misión: es un enfoque, más bien, fuertemente ligado a la cultura tecnológica, con procesos iterativos de descubrimiento, experimentación, medición, y corrección. Parte del supuesto de que nuestras mentes y nuestros cuerpos son hackeables en la misma medida en que lo es una computadora, asumiendo que uno tenga las herramientas correctas.

La herramientas más importante en este proceso son los datos, y hoy día es más fácil que nunca tener acceso a los datos. Por ponerlo bajo un ejemplo cotidiano, podemos tomar el caso de las finanzas personales: un enfoque tradicional de finanzas personales, en la variante autoayuda, es el lugar común voluntarista de decir que uno debe fortalecer su propia capacidad para resistirse a los gustos y de esa manera vigilar sus finanzas personales, como una especie de culto al ascetismo. Suena bonito, pero en la práctica no tiene mucho contenido. En realidad, vamos a llegar mucho más lejos si empezamos a trabajar con datos: ¿cuánto gasto mensualmente, y en qué lo gasto? ¿Cuáles son mis fuentes de ingresos? ¿Cuáles son mis inversiones, y cuánto me rinden? Cuando empiezo a meter todos estos datos en una hoja de cálculo, puedo empezar a revelar tendencias que me resultaban desconocidas hasta que empecé la captura de datos. He estado gastando demasiado en algo sin saberlo, o podría gastar la misma cantidad en tal o cual sustituto y conseguir mejores resultados, etc. Me sigue sorprendiendo la cantidad de decisiones sobre este tipo de cosas que se hacen sin recurrir al análisis de los datos disponibles. Y no necesariamente significa que las finanzas personales deben estructurarse en torno a la administración de sacrificios, sino que el tener los datos a la mano permite formular objetivos coherentes, contra los cuales luego podemos realizar una planificación. Sin datos, las decisiones se toman en el vacío.

Los mismo está empezado a pasar, también, en el ámbito de la salud, conforme nuevas tecnologías en el sector nos están permitiendo capturar más y mejores datos, agregarlos y correlacionarlos para derivar conclusiones relevantes, o al menos sugerentes. Un artículo de la revista Wired relata la manera como Sergey Brin, co-fundador de Google, está explorando este uso masivo en la investigación del Parkinson. El acceso a información sobre sus genes le permitieron encontrar una predisposición hacia este mal; en consecuencia, puede anticipadamente modificar su comportamiento para privilegiar los factores ambientales que son conocidos para demorarlo o impedirlo, como haciendo ejercicio. En este sentido, Brin está hackeando su propia conducta para ajustarla en función a los datos a los que tiene disposición, y su hipótesis es que si empezamos a hacer esto a gran escala, y empezamos a acumular los datos de miles de personas, empezaremos a ver patrones que revelan información médicamente relevante sobre diferentes tipo de males.

Los productos de autoayuda no tienen mucho sentido porque son completamente indiferenciados, en la medida en que plantean soluciones genéricas para audiencias diversas. Además, el mercado mismo funciona sobre la suposición de que los productos no funcionan, para que los mismos consumidores sigan consumiendo más productos similares. Pero la noción de lifehacking, en cambio, apuesta por soluciones que se ajustan a patrones de personas que pueden ser comparadas porque los datos que se obtienen de ellas muestran ellos mismos patrones, de modo que podemos comparar y aplicar las mismas soluciones que sabemos que funcionan en los casos que más o menos se parecen. Además, todo el objetivo del hackeo es, precisamente, obtener una solución, que luego puede ser evaluada y corregida según los resultados que se encuentren. Se apoya sobre la idea tecnológica de que tenemos a nuestro alcance las herramientas para recolectar datos, y para compartirlos de maneras sencillas con otras personas. De esta manera podemos empezar a encontrar patrones para modificar nuestra conducta de las maneras que nos interesan.

"Me llamo Kohfam": aproximaciones a la identidad hacker

Hacker in the darkness por powtac

En mi escapada norteña de la semana pasada, empecé y terminé un libro del antropólogo español Pau Contreras, titulado Me llamo Kohfam: identidad hacker, una aproximación antropológica [Gedisa, Barcelona, 2004]. Encontré este libro hace un tiempo y me llamó la atención por ser uno de los pocos que he encontrado directamente relacionados con el tema de la identidad y la ética hacker, un tema que me interesa mucho. Pero la verdad, el libro no me resultó tan interesante como lo esperaba, y creo aún que uno puede hacerse de un mejor entendimiento sobre la ética (y la estética) hacker si vuelve sobre algunos de sus documentos fundacionales (los cuales, además, me parece que el libro de Contreras no incorpora o trabaja lo suficiente). Lo interesante por explorar aquí, además, y en esto el libro sí elabora algunas ideas, es la manera como esta configuración ética y estética han servido como la plantilla básica impregnada en todos los desarrollos de la cultura digital, y pueden rastrearse en mayor o menor medida a todo tipo de comunidades en línea que podemos encontrar hoy.

Sin embargo, allí donde sí aporta algo particularmente interesante el libro es en su propuesta central: se trata no de un análisis textual, sino de una aproximación antropológica/etnográfica al asunto. El libro gira en torno a la descripción directa de las prácticas de una comunidad hacker en particular, la que se dedica al hackeo de tarjetas de TV digital en España, y el núcleo de su argumento gira en torno a lo encontrado con ellos a lo largo de varios meses. Aunque aún en ello creo que el libro es confuso en su formulación: el clímax anunciado largamente, la aparición del hacker conocido como Kohfam, termina siendo una presentación corta con pocos detalles.

Aún así, hay algunos pasajes, sobre todo de las conclusiones, que me parece interesante y pertinente rescatar para la formulación de una consideración ética sobre la cultura hacker, así como de la manera como las comunidades en línea comparten conocimientos y construyen identidades. El objetivo de las comunidades de hackers, por ejemplo, lo plantea Contreras de esta manera:

Es decir, el proyecto no tiene como objetivo último construir objetos, sino resolver problemas de la comunidad. A lo largo del proyecto se diseñan y construyen una gran variedad de objetos; ahora bien, todos ellos tienen una finalidad meramente heurística: son el medio para conseguir una meta final que se concibe como un bien público. [137, cursivas del original]

Esto es interesante porque nos lleva por el camino de que la naturaleza misma del objeto sobre el cual se enfoca el grupo es secundaria. Puede ser el hackeo de tarjetas de TV como puede ser el desarrollo de mejores técnicas de tejido a crochet: el objetivo explícito de un grupo se ofrece prácticamente como un pretexto para la existencia misma del grupo. El objetivo implícito, sin embargo, es el grupo mismo, su persistencia a través del tiempo, que se prolonga en la medida en que el objetivo se mantenga siempre insatisfecho, que el grupo siempre tenga problemas nuevos que resolver. La resolución real de sus problemas significaría, más bien, la desaparición de la necesidad de la existencia del grupo mismo.

La manera como se mantiene la cohesión del grupo es a través del intercambio – no un intercambio monetario, sino del intercambio de un “capital social” que toma la forma de conocimiento distribuido entre los miembros:

Ese conjunto de procesos sociales de creación y distribución de conocimiento configura lo que llamo una inteligencia-red. En ésta el conocimiento juega un rol fundamental, puesto que las actividades sociales del grupo se articulan sobre la base de su creación y distribución continua. Creo que se trata de una particular forma de construcción social de conocimiento, configurando una especie de “amplificador operacional” en el que el conocimiento es a la vez el origen y el destino de las transformaciones.

La comunidad que configura una inteligencia-red se nutre de conocimiento y genera conocimiento. En el proceso, se produce una realimentación positiva del conocimiento generado y una aceleración del proceso por efecto de la atracción de nuevos miembros a la comunidad. [138, cursivas del original]

La “inteligencia-red” de la que habla Contreras puede perfectamente compararse con la “inteligencia colectiva” de Pierre Levy o con las descripciones del conocimiento en el mundo virtual que hacen autores como Manuel Castells o David Weinberger. La explicación de los incentivos que hacen que este modelo funcione, sin embargo, requieren de una respuesta más antropológica, vinculada a las nociones de la cultura del don y de la reciprocidad:

De manera que el estatus es de base tecnomeritocrática, pero con un fuerte componente de cultura del don (gift culture), en el que el bien fundamental que circula es el conocimiento. Los lazos sociales del grupo se establecen, por tanto, sobre la base de una circulación de favores. Los favores consisten en conocimiento que, al ser entregado, actúa como un regalo y crea unos fuertes vínculos basados en la reciprocidad y en el altruismo. (…)

Los favores generan también fuertes lazos emocionales entre los miembros de la comunidad, lazos de solidaridad que, pese a ser inestables y estar en proceso de redefinición continua, constituyen uno de los rasgos más importantes de la sociabilidad hacker. El intercambio de conocimiento es, en definitiva, el elemento cohesionador que contrarresta la naturaleza inestable y centrífuga de la comunidad configurada como una inteligencia-red. [141, cursivas del original]

Finalmente, esta dinámica de intercambio, reciprocidad, reconocimiento y construcción social se vuelve central al proceso de formación de identidades complejas, múltiples e interconectadas, en los roles que asumen los miembros de estas comunidades hacia adentro y hacia afuera. Se articula aquí una identidad que Contrerar llama “identidad-red”:

Las identidades virtuales pasan a formar parte del bagaje y la experiencia global del individuo, que deviene un sistema identitario complejo compuesto por una red distribuida de nodos en que es el contexto el que determina qué identidad tiene más importancia en cada momento. Todo ello supone un nuevo modelo de concepción psicológica de la identidad a la que denomino identidad-red.

El movimiento social hacker no puede ser entendido sin este componente de construcción social de la identidad, al igual que otros (nuevos) movimientos sociales. [160, cursivas del original]

Esta última parte es quizás la más interesante y es clave, porque es la que nos da el pase a buscar patrones similares a estos en otras comunidades virtuales que siguen un modelo parecido al de las comunidades de hackers tal como empezaron a articularse desde los años 80. Aunque Me llamo Kohfam tiene, a mi juicio, una serie de problemas estructurales y de presentación, no deja de tener una serie de ideas repartidas a través del libro que vale la pena recoger y articular con otras que van en la misma dirección, para entender un poco más toda la extensión en la que los hackers han configurado proceso sociales que los trascienden.

El hombre y los medios

Acabo de terminar de leer Understanding Me: Lectures and Interviews, un libro que recoge una serie de conferencias y entrevistas de Marshall McLuhan a lo largo de su vida. Son textos bastante esclarecedores respecto a una serie de conceptos que introduce en sus libros y que quizás no consigue elaborar la suficiente, como por ejemplo la distinción entre medios “fríos” y medios “calientes”, o el significado de entender la televisión como un medio frío cuando todo parecería indicar lo contrario. Es, sobre todo, interesante por la manera en la cual McLuhan va elaborando con los años su entendimiento de los efectos que la tecnología electrónica tienen sobre la cultura: haciendo posible que, bajo la velocidad de la tecnología eléctrica, “los efectos aparezcan antes que las causas” y nos generen toda una serie de problemas analíticos y de comprensión – sobre todo cuando tratamos de ver los efectos de lo electrónico, que son simultáneos e interconectados, desde el punto de vista de lo textual, que es lineal y secuencial.

Aún así, quizás el libro esclarece tanto como oscurece. Aunque aclara y elabora varias cosas, introduce varias otras, o introduce análisis y ejemplos que McLuhan utiliza que más bien terminan confundiendo un poco más. Esto es especialmente cierto de sus entrevistas, muchas de ellas para la televisión, donde quizás por el formato o las expectativas del medio McLuhan es mucho más aforístico e impactante que analítico y explicativo. Digamos, en sus entrevistas, McLuhan busca impresionar al público para llevarlo a una consideración atípica de los medios y la tecnología, mientras que en sus conferencias resulta mucho más accesible. Pero es, sobre todo, una muy interesante perspectiva “detrás de cámaras” de McLuhan, mostrando cómo presentaba sus ideas ante públicos diversos y construía discursos orales que abundan, por ejemplo, en chistes (y reflexiones sobre chistes). Esta serie de conferencias y entrevistas dan una imagen bastante completa de un autor que era también un “intelectual público” en su propio sentido y caracterización.

El último texto de esta compilación, “Man and Media” (“El hombre y los medios”) es quizás una de las conferencias más interesantes, la última conferencia grabada que se tiene de McLuhan, de 1979. En ella hace una serie de observaciones sugerentes sobre los efectos de la tecnología eléctrica, como por ejemplo la manera como éstas configuran un “cuarto mundo” que le da la vuelta al primero, segundo y tercero:

The Fourth World is the electric world that goes around the First, Second and Third worlds. The First World is the industrial world of the nineteenth century. The Second World is Russian socialism. The Third World is the rest of the world, where industrial institutions have yet to establish themselves, and the Fourth World is a world that goes around all of them. The Fourth World is ours. It is the electric world, the computer world, the instantaneous communication world. The Fourth World can come to Africa before the First or Second worlds. Radio came to Africa and began to penetrate African institutions and psyches a long time ago. Radio went to China and India long before anything else from the West. The coming of the Fourth World, the electric instantaneous world, has been completely ignored by the journalists and by the Marxists. Marx, by the way, was a nineteenth-century man, a hardware man of the First World only, who knew nothing about electricity, nothing about the instantaneous. He could not possibly have known what might happen in the Fourth World, an instantaneous world of electric information. His entire thought was based upon production and distribution of product. His conviction was that if everybody could have enough of everything, problems would disappear. It never occurred to him that perhaps the most important commodity in the twentieth century would be information and not hardware products. Information is not only our biggest business, but has become education itself.

La idea del “cuarto mundo” viene al caso porque se ajusta a la visión no lineal del progreso que tiene McLuhan, a diferencia de la visión lineal que sí tiene más bien Marx. Para Marx era, por ejemplo, improbable que la revolución comunista se diera en Rusia dado que Rusia no era un país industrializado – algo que Lenin tuvo luego que compensar al reformular la teoría, para permitirle al campesinado un rol en la revolución bolchevique en ausencia de las masas obreras industriales. Esto puede encontrarse también extensamente en las discusiones del socialismo latinoamericano que se preguntaban si el socialismo era posible en América Latina dado que, propiamente, no había un capitalismo plenamente desarrollado, sino en muchos lugares ordenamientos sociales más bien feudales. Para McLuhan esa pregunta no tiene sentido, o mejor dicho, esa pregunta se formula con un pleno desconocimiento de que las tecnologías ya existentes en estas sociedad vicia por completo la elección: en las sociedad informacionales deja de ser tan importante el hecho de haber pasado o no por las categorías de la Revolución Industrial, pues el cambio tecnológico no es acumulativo ni equivalente en todos los contextos sociales.

En esta conferencia, McLuhan también elabora la idea de que los medios de comunicación y las tecnologías deben entenderse fundamentalmente como formas lingüísticas. Encontrar esto me ha parecido genial, pues es una idea que he venido jalando de sus ideas en Comprender los medios de comunicación donde me parecía que se encontraban más bien implícitas, y aquí tiene una formulación más literal y completa del asunto:

I was gradually forced to conclude that all human extensions are utterings or outerings of our own beings and are literally linguistic in character. Whether it is your shoes or a walking stick, a zipper or a bulldozer, all of these forms are linguistic in structure and are outerings or utterings of man’s own being. They have their own syntax and grammar as much as any verbal form. This was an unexpected result of looking at these innovations structurally, not with an intent to discover anything except individual structures. Eventually I realized that these structures are literally linguistic; there is no difference between hardware and software, between verbal and non-verbal technology in terms of this linguistic character or sharing.

This suggests, therefore, that man’s technology is the most human thing about him. Our hardware – mechanisms of all types: spectacles, microphones, paper, shoes – all of these forms are utterly verbal and linguistic in character and are utterly human. The word utter is from outer, and “outering” is the nature of technology. Extension of bodily organs into the environment is a form of utterance or expression. There is, therefore, a completely intelligible character and pattern in these “outerings” or “utterings”.

Creo que aquí lo singular para McLuhan de llegar a esta conclusión es que entonces se pueden empezar a trazar paralelos entre la manera como opera el cambio tecnológico a la manera como entendemos el cambio lingüístico, y viceversa. Es, también, una manera más de formular la idea que recorre su concepción de la tecnología no meramente como algo que utilizamos, sino como algo en y a través de lo que somos, algo que forma parte de nosotros y nos configura tanto como nosotros lo configuramos.

Ambas estas cosas – la no linealidad del progreso en la idea del cuarto mundo, y la lingüisticidad del cambio tecnológico – puestas juntas, nos permiten también entender los efectos que tanto este cambio tecnológico como su reintepretación y apropiación fuera de Occidente tienen de vuelta sobre Occidente mismo. O la manera como las reglas de juego cambian también para el hombre tipográfico y “civilizado”:

The civilized man imagines that he is going to help the native by stripping off the native’s world of myth and legend, ritual and superstition. The paradox is that in the electric age we ourselves are moving into, returning to, the acoustic world of simultaneous involvement and awareness, experiencing the surfacing of the subliminal life. When all things are simultaneous, that is, at the speed of light, the things that are ordinarily put aside into the subconscious simply come up into the conscious. This is the meaning of Freud’s Interpretation of Dreams. The surfacing of man’s subconscious came with the telegraph, the telephone, radio, and then TV and other electric media. It is impossible to sublimate or keep anything hidden at that speed. So we have to invent a new concept of civilization and humanizing in order to live at the speed of light. We had imagined that we could simply strip off the acoustic culture of these primitives or these natives in order to civilize them, but the same stripping off or our civilization is taking place at the same time, by means of our new electric technology. We are losing our civilization even faster than we stripped off the institutions of the Indians and the Africans.

Esto tiene múltiples interpretaciones. Una de ellas es que la retribalización del hombre moderno viene de la mano con un redescubrimiento del ícono, de la figura y de lo ritual como maneras de introducir marcadores de significado en una continuidad simultánea que no se jerarquiza por sí misma. Es decir, en el mundo eléctrico la información fluye tan rápido que es imposible discernir lo importante con facilidad, de manera que reintroducimos prácticas de culturas orales para rescatar y destacar aquello que marca acontecimientos en nuestras vidas. En las culturas orales el mito y el ritual servía la función de destacar acontecimientos cotidianos como eternos, ante la imposibilidad de registrar la historia por escrito. Llamaban la atención sobre aquello que debía ser recordado, que debía contarse a las nuevas generaciones. La retribalización del hombre opera de manera similar, llamando la atención de los individuos hacia acontecimientos para destacarlos de un fondo de información que nunca cesa. La capacidad histórica de la alfabetización se invierte cuando capturamos todo y nos volvemos incapaces de leerlo.

Todo el libro Understanding Me está lleno de buenas observaciones como éstas, pero quería dejar unas cuantas muestras. Ahora empezaré a leer The Work Of Art In The Age Of Its Technological Reproducibility And Other Writings On Media, una compilación de textos de Walter Benjamin, así que esperen encontrar algunas notas sobre eso también en las próximas semanas.

Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información

No son los únicos, pero son ciertamente una base fundamental: les dejo aquí una pequeña selección de ocho libros que me parece son imprescindibles para entender el funcionamiento de la sociedad de la información en la época de los medios digitales. La lista podría ser mucho más amplia, pero quería hacer una breve selección arbitraria de libros recientes que me parecen determinantes por una serie de razones. Sin ningún orden en particular, ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información:

Convergence Culture. El libro más importante de Henry Jenkins (a quién deberías conocer si estás interesado en el tema de los media studies) introduce una serie de conceptos sumamente útiles y novedosos, entre ellos el enfoque de la convergencia mediática para entender el cambio tecnológico no como un proceso de reemplazos y desplazamientos, sino como uno de prácticas sociales en constante reinterpretación. Jenkins habla también aquí de su concepto de transmedia para ilustrar la manera como tanto los contenidos que consumimos, como nosotros mismos como consumidores, no existimos ya bajo experiencias mediáticas aisladas, sino que participamos de múltiples experiencias en paralelo e incluso en simultáneo, lo cual introduce nuevas demandas y expectativas hacia las narrativas con las que nos involucramos.

The Wealth of Networks. He comentado hace poco por qué me parece que este libro de Yochai Benkler es un referente imprescindible: Benkler hace una investigación sumamente detallada sobre las prácticas económicas emergentes en el mundo digital y la manera como estas prácticas están generando una nueva forma de producción. La reducción en los costos de transacción y organización hace viables empresas (en todo el sentido de la palabra) que no están necesariamente motivadas por el lucro, sino que contribuyen a la creación y acumulación de capital social entre las personas que participan de ellas. Benkler analiza las maneras como esta nueva forma de producción tiene un enorme potencial para dinamizar una serie de sectores económicos, pero también evalúa la manera como los actores establecidos están colaborando consciente o inconscientemente para entrampar este nuevo universo productivo en gestación. El texto completo del libro pueden encontrarlo en línea.

Understanding Media. Éste es un poco trampa, porque es el más viejo de la lista. Se trata del texto más importante de Marshall McLuhan, donde se acuñaron expresiones confusas como “el medio es el mensaje” o “la aldea global“. A pesar de ser un texto de 1964, sirve como un adelanto de lo que vendrían a ser las consecuencias de la tecnología electrónica en lo que McLuhan llamaba el “hombre tipográfico”, el hombre propio de una cultura formada a partir de la lógica lineal, secuencial, masiva e industrial de la imprenta y la tipografía. McLuhan es sumamente oscuro en este libro y profundizar en sus ideas es complicado, pero su capacidad para adelantarse a cambios tecnológicos que aún no se hacían presentes es sorprendente. Esto es, quizás, propio además de su concepción de la nueva cultura mediática, una concepción de la tecnología donde los efectos se muestran antes que las causas y donde la linealidad del progreso debe ser abandonada por un entendimiento del cambio mediático como transformaciones cualitativas de nuestro entendimiento del mundo.

La era de la información. El magnum opus de Manuel Castells está compuesto por tres volúmenes que establecieron en los 90s la línea de base a partir de la cual entender la sociedad informacional (que, además, distingue por primera vez de la “sociedad de la información”). Castells se da el trabajo de realizar un análisis social de todas las múltiples dimensiones que se ven afectadas por el cambio en los patrones de conducta en la sociedad de la información, cuando dejamos de únicamente circular información (algo propio de todas las sociedades) y la producción, distribución y transformación de información se convierten, más bien, en la actividad económica y social más importante de nuestra cultura. La política, la economía, la identidad, las relaciones sociales, las relaciones internacionales, las afinidades nacionales, el trabajo, el comercio, los medios de comunicación, son sólo algunas de las categorías que Castells evalúa en la manera como se ven impactadas por este cambio fundamental en nuestra actitud hacia el conocimiento y la información.

Free Culture. Este libro de Lawrence Lessig, disponible libremente (también en su traducción en español como Cultura libre) explora la relación compleja que se establece en la economía digital con la legislación en derechos de autor. Lessig plantea que, a medida que más y más de nuestra cultura pasa por alguna forma mediática y tecnológica, y a medida que nuestro uso de la tecnología nos permite hacer cosas nuevas antes impensables, la legislación que regula nuestro consumo de información y de productos culturales no se ha mantenido igualmente dinámica. El aparato legal existente ha llevado a la sociedad a una posición donde una mayoría se ha vuelto delincuente por hacer algo que parece completamente cotidiano y coherente, y en ese sentido la ley se ha vuelto un obstáculo para el florecimiento de nuevas producciones culturales, en lugar de un incentivo. En este libro Lessig establece los fundamentos sobre los cuales se construirá luego el movimiento Creative Commons.

The Long Tail. Chris Anderson, el editor de la revista Wired, introdujo la idea de la larga cola en un artículo para la misma revista en el 2004 (disponible traducido al español) que luego expandió en un libro del mismo nombre. La idea de la larga cola es simple: la tecnología hace que sea más fácil tanto producir como consumir, y esto es en sí mismo un incentivo para que más personas produzcan más cosas en torno a intereses cada vez más específicos, al mismo tiempo que los consumidores pueden fácilmente encontrar cosas por específicas a sus gustos que sean, dado que Internet (con herramientas como Google) hacen muy sencillo conectar la oferta con la demanda. Lo que esto hace posible, sobre todo respecto a economías de bienes virtuales, es que la larga cola de la distribución de Pareto, o todos aquellos productos que antes fueron comercialmente inviables, se vuelven ahora un espacio de oportunidades por explotar en la medida en que se puede agregar la demanda por ellos. Esto abre la puerta para una nueva generación de emprendimientos digitales de pequeña y mediana escala (o incluso enorme escala, como Amazon).

Inteligencia colectiva. Pierre Lévy subtitula esta obra “Por una antropología del cibersespacio”. Lévy explora la manera como el ciberespacio está transformándonos cognitivamente y replanteando nuestras asociaciones sociales en torno a la resolución de problemas. En la sociedad informacional hay tanta información que procesar que es imposible que ningún individuo emprenda esa tarea por sí mismo, pero incluso aquello que un individuo sí necesita procesar es demasiado para sus propias capacidades. Pero esta nueva imposibilidad viene de la mano con tecnologías que nos permiten compartir, cooperar y colaborar de maneras mucho más sencillas que cualquier otra forma conocida, lo cual hace posible que se construyan así inteligencias colectivas: redes conectadas de individuos donde ningún individuo puede saberlo todo, pero todos pueden saber algo y compartirlo con los demás. Para Lévy, éste s el punto de partida de toda una serie de transformaciones en nuestras organizaciones sociales, pues este nuevo principio subvierte la existencia de jerarquías verticales y transforma el significado de ejercer un rol o una función en una organización o estructura social. El texto completo en español se encuentra disponible en línea gracias a una edición virtual de la OMS.

Everything is Miscellaneous. El tema epistemológico es también el interés de David Weinberger, aunque Weinberger lo trabaja más bien desde el punto de vista de cómo ordenamos los conceptos. Según Weinberger, nuestro entendimiento del ordenamiento de la información en la forma de categorías excluyentes es propio de una sociedad que ordena su información utilizando un espacio físico: como el espacio es finito y tiene una serie de características limitantes para la disposición de las cosas, nos hemos visto obligados a adaptar nuestros esquemas mentales a nuestros esquemas físicos. Nuestras mentes, básicamente, funcionan como archivadores, o como librerías. Pero la web elimina esa condición básica: el espacio se vuelve virtualmente infinito, la cantidad de contenido que almacenar y ordenar también, y no se aplican las mismas limitaciones que tenemos en el espacio físico. De repente nos vemos enfrentados a un mundo en el cual todo puede encajar bajo múltiples categorías al mismo tiempo sin que eso sea un problema, excepto porque se vuelve una inmanejable sobrecarga de información. La solución para Weinberger es contraintuitiva: la solución a la sobrecarga de información es más información, información sobre información, para navegar esta nueva red de conocimiento. La información se vuelve un commodity, y saber navegarla y encontrar lo importante se vuelve la habilidad realmente valiosa. El prólogo y el primer capítulo del libro se encuentran disponibles en su sitio web.

Educación, humanidades y tecnología

[Foto CC: Post-Katrina School Bus, por laffy4k]

Varias ideas reunidas sobre la educación en las humanidades y cómo está cambiando a partir de la tecnología. Si no quieren leerlo todo, igual les pediría que revisen la última y me den sus ideas.

Des-escolarizar la sociedad. Vía un texto de Marshall McLuhan llego a Ivan Illich, filósofo austriaco, que tiene un libro llamado Deschooling Society. Una suerte de manifiesto para la reinterpretación de la educación universal en sociedades post-industriales (o informacionales, si nos ponemos Castellianos, y si el adjetivo “Castelliano” existe). Dice Illich:

Universal education through schooling is not feasible. It would be no more feasible if it were attempted by means of alternative institutions built on the style of present schools. Neither new attitudes of teachers toward their pupils nor the proliferation of educational hardware or software (in classroom or bedroom), nor finally the attempt to expand the pedagogue’s responsibility until it engulfs his pupils’ lifetimes will deliver universal education. The current search for new educational funnels must be reversed into the search for their institutional inverse: educational webs which heighten the opportunity for each one to transform each moment of his living into one of learning, sharing, and caring. We hope to contribute concepts needed by those who conduct such counterfoil research on education–and also to those who seek alternatives to other established service industries.

Esto es de 1971, dicho sea de paso. En otras palabras, nuestras nuevas circunstancias culturales tanto permiten como reclaman una nueva forma de educar y aprender. La yapa es que con nuevos procesos/instituciones para el lenguaje y el aprendizaje, se vuelven por extensión necesarios nuevos procesos/instituciones para muchas otras funciones sociales.

Transformar la educación en humanidades. El programa de Comparative Media Studies en MIT (uno de mis programas de postgrado soñados) organizó un simposio bajo el título “Applied Humanities: Transforming Humanities Education”. El simposio planteó una discusión entre diversos especialistas que están trabajando con diferentes enfoques y experiencias interdisciplinarias en humanidades con un enfoque aplicado, que van desde el uso de videojuegos como herramientas educativas hasta estrategias innovadoras para la educación en literatura clásica.

El video pueden verlo en su sitio web o pueden descargarlo directamente.

Humanidades digitales. El campo de las humanidades digitales es muy cercano a lo anterior (humanidades aplicadas) pero desde su punto de intersección más específico con la computación y los medios digitales. Es no solamente un campo que se pregunta por cómo las herramientas digitales pueden aportar al trabajo de las humanidades (que sería la lógica de cómo hacer lo mismo pero más rápido o mejor), sino más profundamente cómo las herramientas digitales transforman la actividades académica en las humanidades, y permiten hacer cosas que antes no eran posibles.

El blog de Dan Cohen, director del Center for History and New Media de la George Mason University reúne algunas de las preguntas posibles bajo la idea de “hackear la academia“:

Can an algorithm edit a journal? Can a library exist without books? Can students build and manage their own learning management platforms? Can a conference be held without a program? Can Twitter replace a scholarly society?

As recently as the mid-2000s, questions like these would have been unthinkable. But today serious scholars are asking whether the institutions of the academy as they have existed for decades, even centuries, aren’t becoming obsolete. Every aspect of scholarly infrastructure is being questioned, and even more importantly, being hacked. Sympathetic scholars of traditionally disparate disciplines are cancelling their association memberships and building their own networks on Facebook and Twitter. Journals are being compiled automatically from self-published blog posts. Newly-minted Ph.D.’s are foregoing the tenure track for alternative academic careers that blur the lines between research, teaching, and service. Graduate students are looking beyond the categories of the traditional C.V. and building expansive professional identities and popular followings through social media. Educational technologists are “punking” established technology vendors by rolling their own open source infrastructure.

Estas preguntas se volvieron la base para Hacking The Academy, un libro escrito colaborativamente en menos de una semana y que reunió aportes en una serie de categorías vinculadas a cómo la tecnología hackea la academia, o cómo replantea sus prácticas y sus instituciones.

Integrando la tecnología y las humanidades. En paralelo, pero en relación con todo lo anterior, he estado pensando últimamente en armar un taller sobre herramientas tecnológicas para humanistas y académicos. Me han hecho varias preguntas al respecto y podría ser una idea interesante, donde podría compartir un poco mi propia experiencia con herramientas digitales como este mismo blog, el uso de wikis como materiales de curso y otras plataformas o herramientas que podrían ser útiles para humanistas en la actualidad, y la manera como estas herramientas transforman nuestro entendimiento tradicional del trabajo en las humanidades.

Aún la idea es totalmente embrionaria, pero quiero compartirla primero para ver si más personas consideran que sería una idea interesante, pero sobre todo para que me ayuden a armar la lista de contenidos. ¿Qué cosas les gustaría ver en un taller como éste? ¿Qué preguntas tienen sobre tecnología, academia, humanidades y educación para las que no tienen respuestas claras? Cualquier sugerencia sobre preguntas, temas, contenidos o demás es bienvenida para la preparación de este taller experimental.

Cultura participativa

Henry Jenkins explica por qué no es lo mismo hablar de cultura participativa que de “web 2.0”:

The DIY ethos, which emerged as a critique of consumer culture and a celebration of making things ourselves, is being transformed into a new form of consumer culture, a product or service that is sold to us by media companies rather than something that emerged from grassroots practices.

For this reason, I want to hold onto a distinction between participatory cultures, which may or may not engaged with commercial portals, and Web 2.0, which refers specifically to a set of commercial practices that seek to capture and harness the creative energies and collective intelligences of their users. “Web 2.0” is not a theory of pedagogy; it’s a business model. Unlike projects like Wikipedia that have emerged from nonprofit organizations, the Open Courseware movement from educational institutions, and the Free Software movement from voluntary and unpaid affiliations, the Web 2.0 companies follow a commercial imperative, however much they may also wish to facilitate the needs and interests of their consumer base. The more time we spend interacting with Facebook, YouTube, or Live Journal, the clearer it becomes that there are real gaps between the interests of management and consumers. Academic theorists (Terranova,2004; Green and Jenkins, 2009) have offered cogent critiques of what they describe as the “free labor” provided by those who chose to contribute their time and effort to creating content which can be shared through such sites, while consumers and fans have offered their own blistering responses to shifts in the terms of service which devalue their contributions or claim ownership over the content they produced. Many Web 2.0 sites provide far less scaffolding and mentorship than offered by more grassroots forms of participatory culture. Despite a rhetoric of collaboration and community, they often still conceive of their users as autonomous individuals whose primary relationship is to the company that provides them services and not to each other. There is a real danger in mapping the Web 2.0 business model onto educational practices, thus seeing students as “consumers” rather than “participants” within the educational process.

Por si acaso – la web 2.0, propiamente, no existe. Es un término de marketing que ha sido usado para describir una serie de prácticas, plataformas y herramientas de la web, post-crash de las punto.com. Por eso es importante identificar que hay un “más allá” y un “más acá” de la web 2.0 que es social y culturalmente más interesante en términos de prácticas y surgimiento de culturas mediáticas.

Yochai Benkler y "La riqueza de las redes"

He comentado antes un poco sobre La riqueza de las redes (The Wealth of Networks) de Yochai Benkler. En resumen, me parece que se trata de un referente absolutamente imprescindible para todo aquel interesado en la influencia que los medios digitales están ejerciendo sobre diversos sistemas culturales, económicos y políticos dentro de nuestras sociedades. En una revisión sumamente detallada, Benkler argumenta que la aparición de nuevas tecnologías digitales han transformado de tal manera los costos de transacción para diversas acciones, que hacen posible la aparición de todo un nuevo segmento productivo. Allí donde antes las iniciativas colectivas eran posibles solamente a través de organizaciones privadas incentivadas por el lucro (al menos en la gran mayoría de los casos), se vuelve ahora posible que individuos organizados informalmente puedan coordinar y colaborar para perseguir objetivos comunes. Benkler se dedica a documentar cómo éste se vuelve un segmento cada vez más relevante en nuestras sociedades, que sin abandonar nuestros supuestos fundamentales de una sociedad liberal (los individuos siguen estando motivados por satisfacer sus propios intereses) introduce la variante de que esos supuestos no terminan única e irrevocablemente en un mercado libre de vendedores y compradores. Por el contrario, mucho de esta producción social no tiene otro objetivo más que incrementar nuestra participación de un capital social: participando y colaborando activamente de redes informales, recibimos el reconocimiento social de la red de individuos con los cuales interactuamos que aprecian nuestros aportes y contribuciones.

Benkler explora en gran detalle la manera como esta forma de producción tiene sentido económico, e incluso, la manera como tiene en mucho casos más sentido económico que formas estrictamente capitalistas de acción colectiva. La conclusión parcial a la que llega en este sentido puede articularse simplemente: aunque es cierto que en muchos de los casos permitir el libre intercambio de bienes asegurará la distribución más eficiente posible de los mismos, esto no es cierto en todos los casos, ni es tampoco deseable en todos. Benkler indaga en ambos escenarios: tanto en aquellos casos cuando la producción social, no orientada por el mercado, de hecho deriva en soluciones más económicamente eficientes (porque, por ejemplo, el costo de una posible acción es mayor a la utilidad que incentivaría a una empresa privada a llevarla a cabo); como en aquellos casos cuando simplemente una mayor eficiencia no se traduce al mismo tiempo en un mayor beneficio social para un mayor número de personas. En otras palabras, es razonable imaginar que existirán casos donde decidiremos sacrificar un principio de eficiencia cuando encontramos que ellos resulta en, por ejemplo, un incremento en el bienestar o la calidad de vida de las personas.

Una de las cosas más interesantes del libro, aunque también de las más discutibles, es la importancia que Benkler le otorga a enmarcarse siempre dentro de la teoría política liberal. De hecho, una de las partes más ilustrativas que encontré fue una discusión extensa sobre las diferentes ramas dentro de la teoría liberal (incluyendo personajes como Rawls, Habermas o Nozick, entre otros) para explicar dónde se situaba Benkler dentro de este espectro. Sus conclusiones en este sentido son interesantes, estando de acuerdo con principios básicos del liberalismo, como la preeminencia del individuo y de sus libertades personales para autodeterminarse, o su capacidad para tomar decisiones racionales para satisfacer sus propias necesidades y deseos; pero, al mismo tiempo, sin ir tan lejos como para negar la influencia significativa del contexto social en estas decisiones, o la existencia e importancia de la variable cultural en la explicación de la conducta. Benkler no es un liberal ingenuo, ni uno cualquiera. Aún así, es quizás excesiva la fe que le pone a la capacidad de autodeterminación del individuo, o demasiado clásicamente liberales sus nociones de agencia y autodeterminación que considera potenciadas por la aparición de las tecnologías digitales.

Lo cual no quita que se trate de un libro espectacular. Sobre todo al llegar a su análisis respecto a las diferentes maneras en las que esta nueva forma de producción social está entrando en conflicto con modelos económicos y de negocios existentes, y la manera como la respuesta del mercado es utilizar todas las herramientas a su disposición para cerrar este espacio de producción no comercial por considerar que amenaza sus posibles utilidades. Benkler hace un extenso análisis de políticas públicas implementadas, rechazadas o propuestas para mostrar cómo los intereses económicos de las economía industrial de la información están ejerciendo cambios en las capas tanto física, lógica y de contenido (la tecnología, la legislación que regula su uso y la propiedad intelectual) para asegurarse que solamente un número limitado de actores puedan participar de la producción, distribución y transformación de la información – algo que va patentemente en contra de las posibilidades ofrecidas por la nueva tecnología disponible. El argumento de Benkler es estrictamente liberal: se trata de medidas que no amplían, sino que reducen las libertades de los individuos para poder perseguir sus propios ideales de la vida buena, y por lo tanto, la política pública en torno a la tecnología debería ir orientada hacia maximizar las posibilidades de uso de las nuevas tecnologías para salvaguardar le economía social de la información, como un nuevo modelo productivo emergente.

En verdad creo que se trata de un libro completamente imprescindible, sumamente bien documentado y detallado, para todo aquel interesado en el tema. El libro lo pueden encontrar completamente gratis en línea, en su versión en inglés (aunque existen algunos fragmentos traducidos a otros idiomas). Finalmente, los dejo con un par de videos de Benkler. El primero es su charla TED sobre “economía open source”:

El segundo es un video bastante más largo (que he posteado antes también) de una charla en el Berkman Center for Internet and Society, sobre lo que hay luego o más allá del egoísmo:

Laboratorios de la consciencia

Este miércoles a las 8pm he sido invitado a participar de un seminario de extensión organizado por la Escuela de Psicoterapia Clínica y Aplicada (EPCA) sobre “Internet y realidad virtual: nuevos modos de comunicación, nuevas formas de vivir”. Esta semana es la primera sesión, en la que participaremos Luis Herrera dando una mirada psicoanalítica a la realidad virtual, y yo. El próximo miércoles y el subsiguiente participarán también Roberto Bustamante, Ilse Rehder, Gonzalo Torres, Carmen Graham y Talía Chlimper.

Lo que quiero presentar este miércoles gira en torno a la relación que estamos aprendiendo a establecer con ese-otro-yo que se construye en la pantalla, ese yo que es otro pero que soy yo al mismo tiempo. Quiero además jugar con la idea de que las identidades que estamos aprendiendo a construir en realidades simuladas no son menos reales, sino que aportan algo fundamental a la construcción de nuestra identidad en tanto nos brindan espacios de experimentación donde podemos ensayar diferentes configuraciones que no necesariamente podríamos en el “mundo real”. Las identidades que construimos en los espacios virtuales de esta manera operan como una suerte de “laboratorios de la consciencia”.

Esto espero que podamos verlo principalmente en dos escenarios: en primer lugar, en la relación que construimos con los personajes que controlamos y a través de los cuales nos extendemos en los videojuegos, sobre todo en aquellos casos donde dedicamos tiempo a la construcción continua de un personaje en todas sus dimensiones. Esto se vuelve más complejo en videojuegos donde existe un orden moral codificado en las interacciones del juego (nuestros actos están programados para influir positiva o negativamente en actos posteriores del juego), o donde hay un orden moral importado del “mundo real” en la medida en que los demás personajes con los que interactuamos son también controlados por personas de carne y hueso.

El hecho de controlar un personaje cuyas acciones no necesariamente se reflejan sobre nosotros en el espacio físico nos brinda una suerte de extraña libertad para actuar. Es decir, mágicamente adquirimos una suerte de licencia para la transgresión en la medida en que no nos vemos necesariamente obligados a preocuparnos por las consecuencias de nuestros actos, o a hacerlo sólo dentro de los límites del juego. En otras palabras, puedo jugar a ser malo, y ver qué pasa. Mucho de lo que se ha dicho sobre esta posibilidad ha estado relacionado en torno a la discusión sobre la violencia en los videojuegos, y cómo este aprendizaje de la transgresión puede incentivar o no a las personas a hacer lo mismo en el espacio físico – pero de hecho, creo que justamente esta experimentación virtual que podemos hacer tiene valor justamente porque es virtual, porque nos da un espacio en el cual “saludablemente” proyectar y llevar a cabo todas aquellas cosas que sabemos que no podemos hacer en el mundo físico.

El segundo escenario en el cual quiero explorar esta idea es el de las redes sociales en la web. En las cuales, de alguna manera, también nos extendemos y proyectamos en la forma de perfiles que se van desenvolviendo a través del tiempo: quién soy yo deja de ser un conjunto de descripciones definidas para convertirse en un discurso continuo y constante sobre qué hago, con quién me comunico, qué me interesa, dónde estoy, etc. Creo que la lección interesante aquí es que la identidad, o las identidades, que construimos en espacios virtuales dejan de ser productos estáticos y determinados para convertirse en procesos dinámicos que evidencian, además, la manera como se superponen diferente versiones de quien yo soy: no sólo un yo-efectivo, sino también un yo-desiderativo, y además múltiples versiones del yo que vienen de los demás. Fotos en las cuales aparezco, mensajes que me envían, y demás elementos que, en conjunto, forman una visión abstracta de quien soy -una función de onda, si quieren ponerse cuánticos- que colapsa según los intereses del observador.

Con toda esta exploración, espero que finalmente podamos llegar a formularnos algunas preguntas sobre lo que me gusta llamar tecnoexistencialismo: una vez que dejamos detrás las ingenuidades respecto a cómo pensamos la tecnología, y empezamos a pensar desde ella, entendiendo lo que nos ofrece tanto como amputaciones y como extensiones, ¿qué lecciones podemos extraer? Si de hecho nuestras identidades se desarrollan en estas versiones de laboratorio, ¿cómo esos resultados repercuten o influyen en nuestra vida cotidiana en el espacio físico, y viceversa? ¿Qué es necesario y cómo canalizamos estas experiencias en aprendizajes que nos hagan encontrar un lugar de mayor comodidad con la tecnología? En otras palabras – cuando se hace tan fácil que desarrollemos personalidades múltiples, ¿cómo hacemos para no volvernos locos en el intento?

En fin, éstas son algunas de las ideas que espero desarrollar en la presentación de este miércoles. Pueden encontrar el programa completo, así como información sobre cómo inscribirse, aquí.

Al infinito y más allá

Dos cosas podemos comentar sobre las posibilidades de la nueva revolución industrial: primero, que pone a disponibilidad de diferentes sociedades plataformas tecnológicas de producción que reducen las inversiones necesarias para desarrollar e innovar tecnología; segundo, que el uso de esas plataformas para formular y desarrollar esas nuevas tecnologías se convierte en un elemento fundamental para el desarrollo de economías en las sociedades informacionales.

A pesar de eso, la inversión en ciencia y desarrollo tecnológico suele ser vista como poco rentable o justificada, sobre todo a la luz de otras prioridades sociales. Si hay hambre, desempleo, o falta de acceso a servicios de salud en una sociedad, se argumenta -de manera completamente razonable- que deberían primero atenderse esas necesidades fundamentales antes de pensar en problemas de ciencia y tecnología. La paradoja se hace evidente cuando caemos en cuenta de que para romper el círculo de la pobreza y alcanzar niveles más altos de productividad, se hace necesario realizar tales inversiones que generan, a largo plazo, retornos mucho mayores.

Hace unos días, el gobierno boliviano anunció la creación de una nueva Agencia Espacial Boliviana que tendrá a su cargo la ejecución del proyecto de lanzamiento del primer satélite boliviano, Túpac Katari. El proyecto se realizará en 36 meses y a un costo de US$300 millones, con colaboración del gobierno chino para la construcción y lanzamiento del satélite, y la transferencia tecnológica necesaria para su monitoreo y administración desde La Paz. Con esto Bolivia planea reducir a la mitad su costo anual en uso de infraestructura satelital (según cálculos simples, un ahorro de al menos US$75 millones a través de los 15 años considerados en el proyecto), pero ciertamente lo más interesante del asunto terminará siendo el ecosistema tecnológico que esto genera: por un lado, la posibilidad de brindar esos mismos servicios a otros países u organizaciones, y más aún, las tecnologías, los productos y los servicios que pueden desarrollarse a partir de esta transferencia de conocimiento.

El impacto de este tipo de inversiones es sistémico. No estamos hablando solamente aquí del ahorro que puede generar tener un satélite propio -si el proyecto me cuesta 300 millones para ahorrarme 75, ése no puede ser todo su sentido- sino de las posibilidades que introduce en términos de tecnologías adquiridas, trabajadores y especialistas capacitados, productos de conocimiento desarrollados, información recogida, etc. Tener una agencia espacial no quiere decir necesariamente que uno está pensando en cómo pondrá personas en la luna, o en Marte, sino simplemente que está pensando en las posibilidades que aporta el espacio, como por ejemplo para las telecomunicaciones. Estas posibilidades no son triviales ni son simplemente marketing, como lo atestiguan la creación, en los últimos años, de aparatos aeroespaciales significativos tanto en India como en China, y la creciente importancia que la industria privada está teniendo en proyecto espaciales tanto en Estados Unidos como en Rusia.

De hecho, ayer Barack Obama delineó lo que será su nueva política para la exploración espacial. Difícilmente una revolución absoluta, pero inyecta energía en un sector y una agencia -la NASA- que han perdido terreno y relevancia en los últimos años. Con la pronta desactivación del programa del transbordador espacial, el futuro de los Estados Unidos en el espacio resultaba aún más una incógnita, hasta el anuncio de ayer del presidente Obama se una serie de inversiones, a partir de un incremento de US$6 mil millones de dólares en el presupuesto de NASA, para nuevas tecnologías que permitan llevar cargas pesadas fuera de la atmósfera terrestre a un bajo costo, así como futuras misiones a asteroides cercanos a la Tierra y, eventualmente, a Marte.

El comentario de Phil Plait a la nueva política anunciada tiene dos pequeños pasajes que llamaron mi atención. El primero es sobre el tiempo que han tomado en hacer efecto las malas decisiones:

Another complaint with little or no merit […] is that once the Shuttle is over, we need to borrow a lift from the Russians to get to space. As much as I’d like to see us with our own, independent, and healthy space program, I don’t see riding with the Russians as entirely a bad thing. It’s cheaper than the Shuttle, by a large amount. The bad political decisions involving NASA for the past forty years have put us in this predicament, not anything Obama has done over the past 15 months.

Y el segundo es sobre la relación con las iniciativas aeroespaciales del sector privado:

As far as relying on private space, I have been clear about that: NASA should not be doing the routine, like going to low Earth orbit. Let private companies do that now that the technology has become attainable by them. NASA needs to innovate. And I’ll note that NASA has relied on private space venture — Boeing, Lockheed, and many others — for decades. This is hardly new.

Esto segundo pareciera contraintuitivo. Pues uno pensaría, más bien, que sería el sector privado el que innovaría, como lo ha hecho, por ejemplo, con iniciativas como el X Prize. El problema aquí parecería ser, sin embargo, que por la presión en los últimos años por investigaciones científicas y tecnológicas en el sector privado que generen retornos rápidos y cuantiosos, que las tecnologías y plataformas de alcance amplio necesarias no pueden venir por esta vía. No porque estén imposibilitadas de hacerlo, sino porque las organizaciones no están invirtiendo de esta manera – como señala Plait, realizando inversiones que contemplen marcos de tiempo de 40 o 50 años. La mayoría de inversiones en productos tecnológicos, hoy, se realizan para generar retornos quizás en 5 o 10 años. Cualquier otra cosa es vista como demasiado abstracta como para recibir financiamiento privado.

No es un defecto intrínseco a la inversión privada en ciencia y tecnología, simplemente un rasgo que ha aparecido en los últimos años. Un comentario en la discusión en Slashdot hace poco respecto a la nueva ciudad científica planeada por el gobierno ruso echa un poco más de luz sobre esto:

Bell back in the regulated monopoly days was with out a doubt mature and financially stable. They could do research that might not pay off for 30 years because they knew they would be around in 30 years to benefit from it. They also built infrastructure that would last for decades even if it cost more for that same reason.

IBM still produces a lot of basic science for that same reason. They believe that they will be around for another 100 years. GE, DuPont, and Dow chemical used to and probably still do a lot of basic research for that same reason. They are mature and frankly a lot of their profitability is based on science so they benefit from research.

En otras palabras: hoy día entendemos innovación tecnológica en términos de un nuevo modelo de iPhone. Pero no tenemos, o virtualmente no tenemos, organizaciones con la libertad para realizar inversiones en investigación cuyos frutos recién aparecerán en 40 o 50 años, aquellas tecnologías que significarán cambios realmente revolucionarios en nuestras vidas cotidianas. De hecho, muchas de las innovaciones que reconocemos hoy cotidianamente son posibles, justamente, como resultado de innovaciones producto de investigaciones de hace 40 o 50 años.

La moraleja de todo esto es que se vuelve importante recuperar una cierta capacidad para proyectarnos e imaginar futuros posibles, aunque puedan parecer absolutamente inverosímiles en la actualidad. Preguntas que parecen caricaturescas, como cómo nos defenderemos de un asteroide que choque contra la Tierra, cómo lanzará el Perú si primer satélite al espacio (cuando ni siquiera puede lanzar bien el Metropolitano), cómo nos estableceremos en la luna, y así sucesivamente, son preguntas grandes sobre las que vale la pena pensar porque se convertirán en el horizonte que dirige nuestra investigación presente.

P.D.: Terminé de escribir el post y encontré que, inevitablemente, XKCD lo resumió todo mucho mejor que yo.