Transformación política en el mundo digital: una lectura escéptica

Acabo de estar hace un rato en un evento en el MIT Media Lab organizado por el Center for Civic Media, Peer To Peer Politics: Moving Beyond Left and Right, una discusión sobre nuevas formas de política en la era digital entre Steven Johnson, Yochai Benkler, Susan Crawford y Lawrence Lessig. Sí, harto superstar de las discusiones sobre Internet. Pero a pesar de que fue una muy buena discusión, hubo en general un exceso de optimismo en las afirmaciones que automáticamente activaron mi escepticismo. No suelo tomar la postura escéptica, pero creo que es el contrapeso saludable a un optimismo desbordado. Y como hace poco estuve considerando cómo posicionar los discursos sobre la tecnología a lo largo de diferentes espectros, incluyendo el espectro entre pesimismo y optimismo (o tecnofilia y tecnofobia), me pareció pertinente articular un poco de este escepticismo sobre todo cuando empieza a vincularse con las maneras como nos organizamos colectivamente para, entre otras cosas, la participación política.

Quizás lo primero que hay que observar es la radicalidad de las transformaciones – o la carencia de tal, mejor dicho. Hace unas semanas, en el Coloquio Redes y Filosofía en Lima, el filósofo francés Alexandre Lacroix señalaba que Internet representaba la tercera revolución del signo, después del alfabeto y la imprenta. Pero lo que suele perderse de vista cuando se observa esto es que estas revoluciones fueron espectacularmente lentas. El proceso de difusión y adopción de la imprenta fue largo y complicado, y no fue de ninguna manera unívoco: diferentes comunidades a través de Europa adoptaron la imprenta de diferentes maneras para diferentes objetivos, y tantas otras la resistieron y demoraron (este proceso ha sido documentado, entre otras personas, por Elizabeth Eisenstein, Natalie Davis, Peter Burke y Asa Briggs – referencias debajo). La consolidación de la imprenta tomó literalmente siglos y probablemente no terminó de articularse hasta mediados del siglo XIX. Y aunque uno puede perfectamente argumentar que la velocidad del cambio es muchísimo mayor en la era digital, no hay ninguna razón para suponer que estos procesos son inmediatos. La manera como Internet transforma nuestros patrones sociales, incluyendo la participación política, no es un proceso unidireccional ni inexorable, y está marcado por la interacción con otros procesos sociales y especialmente por la participación de diferentes instituciones previamente existentes. No hay ni ha habido una singularidad inmediata en la cual el transistor, el TCP/IP, el HTTP, o Twitter hayan marcado un salto cualitativo inmediato y el problema de asumir tácita o implícitamente ese salto cualitativo es que introduce discontinuidades que impiden el análisis y el contexto histórico.

De allí que cuando se introduce la discusión sobre nuevos modos de producción que empiezan a reclamar centralidad en la era digital, esta introducción suele venir desprovista de antecedentes históricos previos a Internet. En The Wealth of Networks Yochai Benkler hace un genial análisis de la manera como se configura un nuevo modo de producción que no está regido por la maximización de utilidades del sector privado ni por la satisfacción del bienestar común del sector público. Pero lo que este análisis no toma en consideración es que este tercer modo de producción tiene una historia significativa en el desarrollo de movimientos sociales, de comunidades de interés y en general en la articulación del sector social en los últimos cuarenta años: la aparición de organizaciones de todo tipo y tamaño, motivados por intereses estrictamente privados pero sin ningún tipo de pretensión de generar utilidades. Es cierto que al reducir dramáticamente los costos de transacción de la organización colectiva, Internet hace que este modo de organización sea mucho más accesible, pero hay una continuidad que no puede ni debe ignorarse en la manera como nuevos y viejos movimientos empiezan a reinterpretarse desde la web.

La otra inconsistencia que se introduce es entre la operación de modos de producción o lógicas organizacionales a nivel macro y a nivel micro, que termina siendo profundamente influenciado por el espectro político previamente existente: uno puede querer creer que después de la web no hay izquierdas ni derechas, pero porque uno quiera mucho creer en algo no lo hace verdad. Entonces, la izquierda cree que las nuevas organizaciones que surgen en la era digital deberían ser auto-motivadas y no tener fines de lucro, y la derecha piensa que sólo pueden ser transparentes y comprensibles cuando hay un lucro que garantiza los intereses de todas las partes. Pero en realidad, el lugar donde uno se ubique en el espectro político, o el modo de producción en el cual uno se ubique – llamémoslos gruesamente el mercado, el Estado, o las “redes” del tercer sector – no tienen realmente por qué determinar la manera como se rige la organización a nivel micro. Una empresa puede ser pública tanto como el Estado puede generar redes ad hoc a su interior; una empresa privada puede diseñar redes dentro de su estructura organizacional que coexistan con unidades estrictamente dedicadas a la generación de utilidades (por ejemplo, inversión en investigación y desarrollo); y una organización del sector social o una red de acción colectiva puede operar bajo una lógica de generación de utilidades para garantizar su sostenibilidad y alimentar su propio crecimiento. Me parece que se pone demasiado énfasis en una suerte de coherencia moralista de que si uno se ubica en una cierta región tiene que limitarse a cierto tipo de herramientas, que en el fondo lo que hacen es limitar las posibilidades de experimentación e innovación. Lo más interesante de este proceso no es agregar una categoría a la tabla, sino que al eliminar barreras, todas las categorías previas pueden conectarse entre sí.

El problema es, también, que se pone intencionalmente o no demasiado peso sobre la idea de que estas nuevas formas (que además no son tan nuevas) que empiezan a adquirir centralidad son de alguna manera “mejores” o una suerte de “adelanto del futuro”. Si Wikipedia es posible, entonces el futuro será como Wikipedia y los Estados se volverán WikiEstados y las empresas cambiarán sus modelos de gestión para poder tener las comunidades de Wikipedia. Pero esto no tiene por qué ser así, y de nuevo, viene de la mano de un cierto moralismo de que debemos modificar todas nuestras estructuras e instituciones en función a un único modelo de organización. Pero que ese modelo funcione en un caso, o incluso que funcione en muchos casos, no quiere decir ni que funcione en todos los casos, ni que se vuelva un imperativo el transformar todo hacia ese modelo. ¿Por qué Apple no es más como Linux? Porque no quiere, pues. No tiene por qué serlo tampoco. Diferentes organizaciones tienen diferentes objetivos, y diferentes objetivos se verán favorecidos por diferentes modelos organizacionales. El modelo de la red participativa puede funcionar muy bien para Linux; pero claramente a Apple le va bastante bien con un modelo cerrado, claramente regulado internamente con espacios de innovación delimitados. Pero decir que porque fue posible una aglomeración como #OccupyWallStreet todas nuestras relaciones políticas han cambiado para siempre es un poco ingenuo, especialmente cuando de la organización ad hoc como #OWS no surgieron resultados concretos en términos de políticas públicas o modificación de instituciones. Es más, si la contraparte de #OWS en Estados Unidos es el Tea Party, es notable cuánta más influencia ha tenido este último en el proceso político estadounidense: marcando la agenda, definiendo candidatos y movilizando comunidades para que los candidatos que enarbolan su agenda sean elegidos.

Lo que me lleva a mi último punto, vinculado a la idea del evento de estar “más allá de la izquierda y la derecha”. Y es que en el fondo esto encierra también un cierto utopismo de que en la era de las redes y la colaboración, tenemos la infraestructura para posicionarnos más allá de la polarización política. No sólo no me parece el caso sino que no veo por qué debería ser un objetivo. Los espacios de participación política no tienen por qué convertirse en espacios de eliminación o sublimación del conflicto donde permanentemente estemos tratando de ponernos de acuerdo en todo. El problema no es que haya desacuerdos, sino que esos desacuerdos se conviertan en la satanización del oponente, en una lucha metafísica por la verdad en lugar de una negociación permanente de intereses en una arena que es considerada legítima por todas las partes. Por lo mismo, estos nuevos escenarios de política digital no tienen qué estar más allá de la izquierda o la derecha, porque eso además esconde el prejuicio que tienen muchos de los que participan de esta discusión y se posicionan más a la izquierda que a la derecha, como si la participación de estas redes fuera moral o políticamente superior.

Pero no. El escenario es complejo y, de nuevo, las transformaciones son lentas a pesar de ser suficientemente rápidas como para contemplarlas en tan sólo unos años. Pero simplemente cometemos errores de interpretación cuando asumimos discontinuidades radicales y rupturas históricas en lugar de entender las diferentes herencias e interacciones que existen entre instituciones, organizaciones, intereses y posturas que existían antes de la aparición de Internet y que no son solamente receptores pasivos de significados.

Espero que se entienda un poco lo que he querido decir. Mi intención es sólo mantener vigentes una serie de escepticismos sobre discursos que describen cómo nuestro panorama político está cambiando por la influencia de nuevas tecnologías. Creo que es importante señalar que estos cambios no son completamente nuevos sino que reflejan procesos iniciados antes de que tuviéramos acceso a Internet; no son completamente lineales porque no reemplazan nuestros modos de producción previos sino que pasan a coexistir con ellos; y no son necesariamente mejores porque aunque permiten ciertas nuevas posibilidades, no son por eso automáticamente la mejor opción para cualquier propósito que un grupo u organización pueda tener. No quiero decir con esto que no haya cambios, que no sean interesantes o que no encierren ninguna promesa. Sólo pienso que un exceso de escepticismo nos impide aprovechar las transformaciones existentes en todo su potencial porque su oscurece su verdadero carácter y alcance.

Algunas de las ideas que he mencionado o fuentes que pueden estar relacionadas o ser de interés:

  • Benkler, Y. (2006). The wealth of networks: how social production transforms markets and freedom. New Haven [Conn.]: Yale University Press.
  • Benkler, Y. (2011). The Penguin and the Leviathan: How Cooperation Triumphs over Self-Interest (1st ed.). Crown Business.
  • Briggs, A., & Burke, P. (2006). De Gutenberg a Internet: una historia social de los medios de comunicación. México, D.F.: Taurus.
  • Brynjolfsson, E. (2012). Race against the machine: how the digital revolution is accelerating innovation, driving productivity, and irreversibly transforming employment and the economy. Lexington, Mass: Digital Frontier Press.
  • Burke, P. (2009). Popular Culture in Early Modern Europe (Third ed.). Farnham: Ashgate Publishing.
  • Davis, N. Z. (1975). Society and culture in early modern France: eight essays. Stanford, Calif: Stanford University Press.
  • Eisenstein, E. L. (1979). The printing press as an agent of change: communications and cultural transformations in early modern Europe. Cambridge [Eng.] ; New York: Cambridge University Press.
  • Goody, J. (1968). Literacy in traditional societies. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Johnson, S. (2010). Where good ideas come from: the natural history of innovation. New York: Riverhead Books.
  • Lessig, L. (2004). Free culture: how big media uses technology and the law to lock down culture and control creativity. New York: Penguin Press.
  • Lessig, L. (2008). Remix: making art and commerce thrive in the hybrid economy. New York: Penguin Press.

Un nuevo tipo de lectura

En los últimos dos días he venido intentando delinear el argumento que quiero presentar mañana en la mesa del V Simposio de Estudiantes de Filosofía que girará en torno al comic Watchmen. Primero, una corrección – según me informaron hoy día, la mesa se ha movido al Auditorio de Humanidades de la PUCP, mañana jueves a las 4pm (originalmente sería en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya). Así que si alguien está por ahí, y está interesado, es bienvenido a darse una vuelta.

La primera parte del argumento, en el nivel del texto, partió de Watchmen para elaborar el significado cultural del superhéroe y, sobre todo, lo que significa desmontar ese ideal en su concepción clásica tal como lo hicieron Alan Moore y Dave Gibbons a partir de Watchmen. La segunda parte, desde una suerte de metatexto, busca extrapolar la lógica de lo que nos ofrece Watchmen para intentar mapearlo a una concepción diferente de cómo se produce, se consume y se intercambia la cultura. Aquí el argumento se puso decisivamente más pastrulo.

Lo que quiero hacer en la tercera parte es dar otro paso hacia atrás, a algo así como un meta-meta-texto, para hacer una lectura de la lectura que he intentado hacer. Es decir, ¿por qué Watchmen nos permite realizar esta extrapolación? ¿Qué tiene de especial, y cómo debe verse modificada nuestra aproximación al “texto” en este sentido, para responder a la lógica cultural que he querido presentar en la segunda parte?

Es importante responder a estas preguntas porque, en verdad, nos enfrentamos a dos ideas un poco escandalosas. La primera, es que todo esto se pueda desprender de un “texto” como puede ser Watchmen. Obviamente hemos extrapolado esto y lo hemos llevado a niveles que, quizás, no pretendía llegar, pero hemos tomado Watchmen como el punto de partida de una narrativa cultural que hemos ido desplegando siempre a partir de lo que, me parece, es quizás su mensaje más interesante. Por otro lado, he postulado que este mensaje es, justamente, no sólo el desmontaje de la idea infantil e ingenua de los superhéroes, sino el desmontaje de un nodo articulador cultural. Es decir: el desmontaje de la idea de que algunas personas están, por alguna razón esencial, legitimadas para producir la cultura, o de que algunas ideas están legitimadas para ser más importantes, mientras que las demás personas o ideas simplemente no lo están.

Ésta es la idea que comúnmente ha significado la distinción entre una “cultura ilustrada”, de ideas legitimadas formuladas por las personas legitimadas para formularlas, que agrupa todo lo que es verdadera cultura; y una “cultura popular”, donde todos los demás, “los que no saben” pueden dedicarse a hacer sus cosas, a tener sus expresiones y manifestaciones de todo tipo, y todo está muy bien, siempre y cuando quede claro que la cultura ilustrada tiene más valor y es más verdadera, auténtica, profunda, significativa, que la cultura popular. La cultura popular no sabe apreciar la cultura ilustrada; la cultura ilustrada no aprecia la cultura popular porque no encuentra en ella nada que apreciar. Por el contrario, a partir de la idea de las industrias culturales que introducen Adorno y Horkheimer con su Dialéctica de la Ilustración, las industrias culturales y la cultura popular que producen, serialmente y en masa, son vistos simplemente como mecanismos de engaños de masas: recursos que utilizan gobiernos totalitarios, o clases dominantes, para mantener a las clases dominadas bajo control y, de cierto modo, sonámbulas ante lo que efectivamente está pasando. Son, en cambio, los intelectuales que saben apreciar la cultura ilustrada (aquella que no es industrial, que no es comercial, que se produce con un propósito artístico o ilustrado – aquella que tiene, como diría Benjamin, “aura”) los que pueden ver más allá del engaño de la cultura popular y no verse sometidos por sus mecanismos de dominación.

La mayor parte de expresiones culturales de nuestro siglo quedan excluidas de la cultura ilustrada – la radio, la televisión, el cine (al menos en su gran mayoría), por supuesto que todo lo que vino con Internet, y sí, también los comics. Todas estas expresiones vistas como un derivado más de la lógica del mercado, no tienen, por ello, nada más que ofrecer pues no son formuladas con el propósito de ser analizadas, sino consumidas lineal, ciegamente. El individuo que consume este universo simbólico, se dice, no se detiene a considerar lo que hace, sino que es cómplice sin saberlo de su propio sonambulismo.

Analogicemos esto de nuevo con la lógica Watchmeniana: esto es el equivalente a decir que los superhéroes están legitimados por sus propios superpoderes, y que responden a un mandato superior, de algún tipo, de protegernos. Están del lado del bien, y somos afortunados de tenerlos con nosotros porque nos protegen de las fuerzas del mal – Lex Luthor, la Unión Soviética, psicópatas como el Joker, etc. De la misma manera, tenemos guardianes de la cultura que se encargan de proteger por nosotros lo ilustrado, aquello que vale la pena, haciendo uso de sus superpoderes culturales.

Pero un momento… cuando descubrimos que, en verdad, no hay nada especial que haga de los superhéroes propiamente superhéroes, y que sus superpoderes son producto de una contingencia histórica, y que, además, son caracteres que exhiben tantas fallas, complejidades e imperfecciones como nosotros mismos… Descubrimos también que ellos no están, entonces, tan legitimados como creíamos que lo estaban para proteger lo ilustrado, al mismo tiempo que nosotros, si se nos viene en gana, estamos tan legitimados como queramos estarlo para expresarnos, para formular ideas, para proponer modelos, para experimentar con ellos. En ese momento deja de ser tan obvia la separación entre cultura popular y cultura ilustrada.

En ese momento empieza a tener sentido el desprender toda una narrativa cultural a partir de un comic.

Y hay, además, algo singular respecto al comic. El comic no es cualquier formato, y sería erróneo negarle una especificidad. Porque el comic ofrece una relación muy especial con el lector, que Watchmen sabe explotar de manera muy especial. Son dos características saltantes que lo hacen especialmente interesante: la relación que establece con el espacio, y la relación que establece con el tiempo – ambas las cuales están, por supuesto, íntimamente ligadas.

Por su disposición visual, el comic nos obliga a relacionarnos con la manera espacial como está distribuida una narrativa. Aunque no hay necesariamente indicadores claros respecto a cómo debe seguirse la lectura de los paneles en una página, aprendemos rápidamente a discernir los diferentes caminos que existen para reconstruir mentalmente la historia que se nos intenta contar. Aquí el elemento clave es, en realidad, el espacio que existe entre los paneles. Cada panel nos da un segmento parcial de información, que es continuada por el siguiente. Sin embargo, en ese espacio blanco que existe entre panel y panel, no hay nada, o mejor dicho, hay un espacio vacío que es rellenado por la imaginación del lector. Es, a pesar de su alto contenido visual, lo que Marshall McLuhan llamaría un “medio frío”: un medio que tiene los suficientes vacíos como para involucrar al usuario a llenarlos con su propia información. Medios que invitan, inevitablemente, a una mayor participación e involucramiento. La narrativa que se teje entre los paneles de un comic se presta singularmente a la co-creación por parte del lector, precisamente porque está repleta de estos espacios vacíos que rellenamos automáticamente conforme avanza nuestra lectura.

Lo que rellenamos no son solamente esas transiciones, esos espacios entre los paneles, sino que estamos permanentemente introduciendo, también, la variable temporal de lo que ocurre entre los paneles, y dentro de los paneles mismos. Entre un panel y otro puede pasar un segundo, un minuto, una hora, o diez mil años, y en el transcurso de un mismo panel podemos presenciar el desenvolvimiento de una acción que se despliega sobre la línea del tiempo, pero que es representada a través de un único cuadro estático. Eso es suficiente para que nosotros completemos lo demás. El comic es un medio de indicios, de pistas, de sugerencias, que nos aporta una serie de piezas de un rompecabezas que, sin embargo, corresponde a nosotros reconstruir de una manera que tenga sentido: la goma que utilizamos para pegar las piezas no es otra que la de nuestra propia imaginación.

Por todo esto es el comic un medio híbrido por excelencia. Es heredero de la tradición visual del cine, la fotografía y la pintura, encontrado con la tradición literaria de la imprenta, pero no es ni la una ni la otra. Es al mismo tiempo la hibridación entre una tradición conceptual occidental que se ha visto fuertemente influencia por una tradición conceptual oriental que se fusiona a través del manga y del anime. Y es, al mismo tiempo, un producto cultural de la era industrial, un objeto realizado para su consumo masivo, para su intercambio comercial. Scott McCloud quizás explora mejor que nadie la singularidad del medio del comic, en uno de los intentos más conocidos por formularla como medio artístico, en su libro Understanding Comics.

El comic es, además, una forma expresiva/artística que ha estado principalmente asociada con el universo de la cultura popular, la mayor parte de su historia. Es ampliamente considerado, sin embargo, que Watchmen fue, si no la principal, una de las más importantes obras que ayudaron a establecer la idea de que el medio del comic se prestaba para mucho más. Watchmen introdujo, si quieren, la idea de que un comic podía explorar, sin salir del ámbito y el formato del medio, temas más complejos y demandantes hacia los lectores. Eliminó la noción de que el comic era un medio destinado únicamente al entretenimiento, sino que mostró como a partir del entretenimiento mismo se podía llevar a los lectores en un recorrido de exploración de temáticas que escapaban a lo que la historia misma contaba. El camino que he intentado que recorramos juntos aquí busca ser un ejemplo de eso: de que Watchmen puede ser tomado como el punto de partida de la construcción de una historia más amplia en la cual nos involucramos como lectores, haciendo un tipo de lectura distinta, donde somos cómplices en la reconstrucción. Es ampliamente considerado que Watchmen marcó el paso a la madurez del comic, no porque empezara a tocar temas serios, sino porque mostró que podían abordarse temas serios y complejos desde la realidad misma del comic, sin pretender escapar a lo “popular” para volverse algún tipo de medio ilustrado. El paso a la madurez está, además, simbólicamente demarcado por la superación de la noción ingenua, lineal del superhéroe para introducirnos de lleno en un universo de personajes psicológica y moralmente complejos. Lejos de ser historias donde el bien y el mal están claramente delimitados, las historias que se empezaron a contar en esa época (y no es coincidencia que haya sido precisamente esa época) empezaron a reflejar una serie de tonalidades de gris y matices de color que, en gran medida, el público consumidor también reclamaba.

La cultura popular ha crecido enormemente en complejidad conceptual, así como en complejidad moral. La complejidad conceptual es algo que explora Steven Johnson en su libro Everything Bad Is Good For You: los videojuegos desarrollan finos mecanismos de ensayo y error y elaboración de estrategias sobre la marcha, mientras que la televisión actual, liberada de la programación lineal (primero por los VHSs, luego por los DVDs y ahora por YouTube) permitió a los televidentes manejar grados más altos de complejidad donde antes las historias eran sumamente unidimensionales. La carga mental que significa hoy, por ejemplo hacerle seguimiento a todos los cabos sueltos, personajes, e historias entrecruzadas de una serie televisiva como Lost sólo es posible porque podemos hoy día ver los episodios todas las veces que queramos, y luego discutir teorías y posibilidades con otros usuarios en línea.

Al mismo tiempo, la complejidad moral se incrementa porque la simplicidad moral que la cultura popular de antaño ofrecía terminó por desgastarse y chocarse con una realidad que se volvió ella misma más compleja. La reivindicación de la cultura popular por parte de diversos campos de estudio hizo también posible que empezaran a desentrañarse complejidades que no habían sido previamente encontradas. En todo este proceso, la distinción tradicional, adorno-horkheimeriana, entre cultura de masas y cultura ilustrada dejó de resultar tan explicativa como alguna vez lo había sido. Lo ilustrado se vulgarizó a medida que sus temas empezaron a incorporarse de una u otra manera en productos construidos para su consumo masivo; y lo popular se “ilustró” a medida que sus productos empezaron a volverse objeto de estudio y de reflexión por parte de la cultura ilustrada. El resultado de todo esto es que deja de tener tanto sentido insistir en que ambos campos están claramente delimitados, o que deberían estarlo. Empiezan a aparecer espacios híbridos de intercambio, donde, de nuevo, ya no son unos cuantos superhéroes los legitimados para tomar la batuta y establecer las distinciones entre lo que es y lo que no es, sino que empezamos a regalar las licencias para tener superpoderes culturales, y luego empezamos a filtrar sobre la marcha los resultados que resultan más interesantes de los que no.

Todo esto, sin embargo, partió de Watchmen. Creo que Watchmen nos permite contar una historia sumamente interesante de la manera como hemos venido a interpretar nuestra propia cultura en los últimos 30 años. No es que la historia de fondo sea fundamentalmente nuevo; pero sí que está magistralmente ejecutado, y que su ejecución magistral llegó en el momento justo para llenar una demanda cultural latente: la de complejizar aquello que podía decirse desde los medios identificados como de la “cultura popular”, y difuminar un poco las distinciones entre culturas cuyas relaciones han sido mayormente asimétricas. No es que esto sea sencillo, sino que es sumamente traumático. Para aquello que mantenemos vínculos con el mundo académico, tanto más aún: ¿esto quiere decir que no especialistas se pronunciarán sobre temas especializados? Sí, quiere decir eso, y quiere decir también que no te pedirán permiso, y que no se detendrán aunque te moleste. Es inverosímil pensar que podemos retornar a una idea de superhéroe del pensamiento, o superhéroe conceptual, que sea analóga a la idea de un superhéroe como el Superman de los años cincuentas. Pero más aún, hay una enorme oportunidad perdida si es que pensamos, además, que eso sería deseable.

La filosofía misma se ve amenazada por esto. No con que vaya a desaparecer, que finalmente no creo que suceda. Tampoco con que se vuelva irrelevante. Pero sí con el hecho de estar sistemáticamente excluyendo de su discurso y de su reflexión todo un universo de objetos, personas e ideas interesantes que pueden aportar mucho a sus conversaciones. La filosofía es muy buena para exportar conceptos que luego otras disciplinas, otros estudios, llevan por caminos sumamente sugerentes y creativos; pero es, en cambio, muy mala para realizar luego la importación, el circuito de feedback que le permita retroalimentarse y explorar ella misma nuevas posibilidades.

Cuando dejamos de pensar en los filósofos como superhéroes del pensamiento, dotados de algún tipo particular de superpoder, entonces empezamos a reconocer en la vida cotidiana, en las expresiones de los demás, en el mundo en general, todo un nuevo conjunto de problemas sobre los cuales podemos pensar “filosóficamente”. Pero si no lo hacemos, la dirección que toma la cultura simplemente será una diferente a la que los superhéroes del pensamiento tengan, y el rol que puedan jugar en ese camino no podrá ser sino uno menor. Tales de Mileto decía que “todo está lleno de dioses”, y el argumento que he querido formular aquí, a partir de Watchmen, es más o menos el mismo, pero cambiando lo que tiene que ser cambiado: todo es susceptible de ser pensado filosóficamente. Lo interesante radicará, justamente, en lo interesantes que sean los resultados que encontramos en el camino, como formas de expresión artística, como redefiniciones de problemas, o incluso como modelos para reorganizar la sociedad de una manera más “justa” – digamos, mejor, de una manera más feliz :) .