BTR: Marx en la feria del libro

Estos días de Feria del Libro, en el Vértice del Museo de la Nación, he dedicado tiempo y quizás demasiado dinero a la obsesión bibliófila. Pero en fin… el asunto es que he conseguido un par de cosas interesantes relacionadas a Marx que tienen relación y relevancia también para mi proyecto Back To Roots.

El primero es un libro que también fue recomendado en un comentario anterior, Batallas por la teoría: En torno a Marx y el Perú, de Guillermo Rochabrún (IEP, 2009). Es una compilación de diversos textos que Rochabrún ha publicado, presentado o escrito a lo largo de varias décadas y etapas de su propio desarrollo intelectual que tiene, por supuesto, cercana relación con el desarrollo del país. Lejos de ser una serie de análisis de sucesos coyunturales – enfoque que él mismo critica en la introducción – se trata, más bien, de apropiaciones de lo que sucede en nuestros procesos históricos a partir de un aparato teórico inspirado por Marx, pero que de ninguna manera se limita a él. Creo que lo que más se le puede celebrar a Rochabrún es, en ese sentido, su singular heterodoxia y su sinceridad teórica y académica, que se traduce en su compromiso por repensar un aparato teórico a partir de Marx, y no simplemente en buscar sus vacíos y ver cómo rellenarlos para mantener su consistencia. Su preocupación teórica escapa de Marx y de los problemas que trata para alcanzar el grueso de la lógica de las ciencias sociales:

¿Qué desearía que fuese más apreciado por los lectores? Podrá notarse cómo a estas alturas me preocupa muy poco “la vigencia” o no vigencia de Marx, como la de Mariátegui; y en todo caso estoy seguro que sabrán defenderse solos. En cambio, me sigue interesando sobremanera las formas de pensar: cómo razonamos en las ciencias sociales. He encontrado reiteradamente que el modo de razonamiento es lo que menos preocupa en nuestros círculos intelectuales, aunque ocasionalmente me cruzo con nuevos y antiguos estudiantes caminando por la misma huella. De ahí los sentimientos encontrados que me acompañan cuando me pregunto si este esfuerzo de poco más de tres décadas habrá valido la pena. (Introducción)

Otro libro que me llamó mucho la atención y espero poder comentar más en los próximos días fue Verdades y saberes del marxismo: Reacciones de una tradición política ante su “crisis”, de Elías José Palti (FCE, 2005). Me gusta la premisa que adopta el libro: buscar y mapear las diferentes re-interpretaciones del pensamiento de Marx que trabajan diversos autores en los últimos años. Palti incluye en su lista a Anderson, Jameson, Laclau, Badiou, Zizek, Derrida, entre otros, para ver la manera como el pensamiento marxista puede readaptarse para responder a los desafíos filosóficos del siglo XX (algo en lo que la ortodoxia fracasó notablemente) y reaparecer como una nueva base teórica. La contratapa del libro anuncia:

Las reelaboraciones recientes del pensamiento marxista sirven así de motivo a Elías Palti para explorar el intricado universo conceptual que se articula en función de la fisura que la evidencia de la radical contingencia de los fundamentos de todo orden institucional postradicional hiende en el concepto mismo de lo político. Pero también nos revela por qué no podemos, aun entonces, evitar confrontarnos con ella, tratar obstinadamente de pensar aquello que resulta hoy, sin embargo, impensable. A diferencia de los trabajos tradicionales de filosofía política, Verdades y saberes del marxismo no espera encontrar o aportar respuestas políticas o filosóficas ni pretende ofrecer posibles soluciones o alternativas a la dislocación experimentada por la política. Aspira sí a tratar de clarificar cuál es la naturaleza de las preguntas que tal situación plantea y revelar por qué la actual crisis del marxismo contiene algunas claves fundamentales para hacerlo.

Éstas han sido mis dos adquisiciones vinculadas al tema. También hay una serie de textos interesantes que he encontrado pululando por ahí. Si buscan textos del mismo Marx, lo mejor es ir al stand de Siglo XXI, donde hay algunos volúmenes de su edición de El Capital (es un crimen que esa edición no se pueda conseguir más fácilmente en el Perú) y varios textos vinculados a la crítica de la economía política (aunque lamentablemente no los Grundrisse). Otro dato curioso es que en Contracultura, encontré dos de los tres volúmenes de la edición en español de las lecciones sobre la Fenomenología del espíritu de Hegel que dictó Alexandre Kojéve en París en los años 30 – textos interesantísimos para entender a los autores franceses posteriores, y para tener una versión singular de Hegel que lo pone mucho más cercano a Marx.

(Bonus track: esto no lo conseguí en la feria, pero lo conseguí hace poco en El Virrey. Se trata del libro El marxismo en América Latina, de Michael Löwy (Ediciones LOM, Santiago, 2007), que me llamó la atención porque es una compilación de textos producidos por diferentes autores latinoamericanos en torno al marxismo, que incluye no sólo pensadores sino también políticos e incluso documentos y pronunciamientos de partidos y organizaciones de todo el continente. Creo que es un muy buen documento para estudiar no sólo el pensamiento de Marx, sino también la apropiación particular de este pensamiento que se ha hecho en América Latina, con mejores o peores resultados.)

Pensar la tecnología, 2

La serie de posts que he ido soltando en los últimos días carecen, en su mayoría, de referencias bibliográficas y de las ideas que he utilizado – y esto un poco intencionalmente, pues quería utilizar la oportunidad para hilar ideas más que para documentar el proceso. Pero creo que sería buena idea detallar un poco más claramente de dónde viene mucho del material que he groseramente remixeado en este proceso, como quien, además, sigue compilando recursos útiles para pensar la tecnología. Prefiero dividirlo en función a las mismas secciones para que se agrupen mejor las ideas por temas.

Extensiones de nuestros sentidos

  • El marco principal viene de la idea de que “el medio es el mensaje”, de Marshall McLuhan, en su críptico libro Comprender los medios de comunicación. McLuhan, Marshall, Understanding Media: The Extensions of Man, Routledge, London, 2002. Hay una edición en español de la editorial Paidós.
  • Otras ideas centrales vienen del trabajo de Henry Jenkins, quien ha sido llamado el “nuevo Marshall McLuhan”. En particular, sus ideas sobre narrativas transmediáticas y sobre la convergencia mediática que tienen mucho parentesco con la idea de la hibridación en McLuhan. Jenkins, Henry, Convergence Culture: How Old And New Media Collide, New York University Press, New York, 2006. También hay edición en español de Paidós.

La construcción de la cultura

  • McLuhan también provee una muy interesante lectura del rol de la imprenta y la cultura del texto en la cosmovisión occidental. McLuhan, Marshall, Understanding Media: The Extensions of Man, ibíd.
  • Alvin Toffler, siguiendo una línea un poco similar, esquematiza el proceso de desarrollo de Occidente a partir de tres era en función a la tecnología predominante. Toffler, Alvin, La tercera ola, Ediciones Nacionales, Bogotá, 1980. Hay una versión en línea del libro.
  • José Luis Brea identifica cómo el cambio tecnológica transforma nuestra actitud hacia la cultura – en vez de almacenamiento, nos volvemos nodos de procesamiento. Él lo llama cultura RAM, pero me parece mucho más comúnmente referido como cultura R/W. Brea, José Luis, cultura_RAM: mutaciones de la cultura en la era de su distribución electrónica, Gedisa, Barcelona, 2007. Más información en la web del libro.

Reordenando el mundo

  • El excelente libro de David Weinberger sugiere que hay una íntima conexión entre las limitaciones que tenemos para almacenar y acceder a la información y nuestras concepciones sobre el conoimiento. Weinberger, David, Everything Is Miscellaneous, Holt Paperbacks, New York, 2008. Hay disponible en línea una charla de Weinberger sobre los temas de su libro.
  • María Teresa Quiroz recoge la importancia de desarrollar nuevas competencias y repensar la educación para ajustarla al cambio tecnológico. Quiroz, María Teresa, Aprendiendo en la era digital, Fondo de Desarrollo Editorial de la Universidad de Lima, Lima, 2001.
  • Pierre Levy, en una obra titánica, empieza a trabajar el concepto de la inteligencia colectiva y el valor de los vínculos sociales para el conocimiento. Levy, Pierre, Inteligencia colectiva: por una antropología del ciberespacio, Organización Panamericana de la Salud, Washington, D.C., 2004. Hay una versión electrónica completa disponible.

Personalidades múltiples

  • Erving Goffman introduce la idea de que la identidad es una performance asociada al contexto, donde comunicamos sobre nosotros muchos más de lo que pretendemos. Goffman, Erving, La presentación de la persona en la vida cotidiana, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1994.
  • Paula Sibilia empieza a estudiar en detalle la idea del voyeurismo y exhibicionismo propios de las cultura digital y las redes sociales. Sibilia, Paula, La intimidad como espectáculo, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2008.
  • El proceso de globalización es recogido por Manuel Castells en la manera como moviliza a grupos e identidades particulares a articularse en respuesta. Castells, Manuel, La era de la información, Siglo XXI Editores, México, D.F., 2008.

Una nueva lógica de participación

  • Primero en un famoso artículo y luego en el libro, Chris Anderson sentó la base para entender la manera como funcionaba la nueva economía de distribución digital de contenidos. Anderson, Chris, The Long Tail: How The Future Of Business Is Selling Less Of More, Hyperion, New York, 2006. El artículo original en la revista Wired que antecedió al libro se encuentra traducido en línea. También se puede encontrar el artículo sobre su nuevo libro, de lectura imprescindible.
  • Clay Shirky explica cómo la tecnología ha modificado los costos que asociamos a ciertas acciones, haciendo posible nuevas maneras de organizar grupos y acciones colectivas. Shirky, Clay, Here Comes Everybody: The Power Of Organizing Without Organizations, Penguin Books, New York, 2008. La charla de Shirky el 2005 en TED es una buena introducción a los temas del libro, y tiene subtítulos en español.
  • En un genial trabajo, Lawrence Lessig analiza la manera como la cultura digital de la apropiación y la transformación se está construyendo en gran medida al margen de una legislación que no está a la altura de su época. Lessig, Lawrence, Free Culture, The Penguin Press, New York, 2004. Hay una edición libre del libro disponible en línea, así como una traducción completa al español.

Atando cabos

En los últimos días he venido publicando en partes un gran resumen de varias ideas que he tenido oportunidad de trabajar en las últimas semanas en clase. Son ideas muy sueltas y esquemáticas y que ameritan mucha mayor discusión y elaboración, pero quería hacer algún tipo de sistematización para poder empezar a trazar más conexiones. Se trata de un muy rápido catálogo de las diferentes transformaciones que están operando sobre nuestros procesos sociales a partir del rápido cambio tecnológico que experimentamos desde el siglo XX, y que estamos experimentando desde la manera como concebimos al mundo hasta cómo organizamos la economía y la política. A manera de resumen, aquí un pequeño “índice” de la cuestión:

  1. Extensiones de nuestros sentidos. Una introducción para dar un poco de marco al asunto a partir de Marshall McLuhan.
  2. La construcción de la cultura. Un breve repaso a los cambios en la cultura de masas a partir de la tecnología del siglo XX.
  3. Reordenando el mundo. Epistemologías para el mundo digital, o repensar cómo pensamos.
  4. Personalidades múltiples. La expresión de la identidad en la vida globalizada.
  5. Una nueva lógica de participación. La nueva economía y los nuevos espacios de organización de la acción colectiva.
  6. Atando cabos (este post). Algunas conclusiones generales.

No es, de ninguna manera, un recuento exhaustivo de todo lo que se podría decir. Es, en el mejor de los casos, un punto de partida que busca rescatar, sobre todo, que para entender mejor estos problemas debemos hacer un esfuerzo particular por no pensar lo nuevo a partir de las categorías de lo viejo, y eso es mucho más complicado de lo que suena. Dice Clay Shirky que es recién cuando la tecnología se vuelve tecnológicamente aburrida que se empieza a poner socialmente interesante: que un montón de chicos universitarios empiecen a experimentar con redes sociales no tiene nada de espectacular, pero cuando el público de crecimiento más rápido empiezan a ser los adultos por encima de los 40 años la dinámica social se vuelve mucho más compleja. Es decir que los efectos sociales de las tecnologías que estamos viviendo hoy aún deben asentarse en nuestro imaginario para poder entenderlos plenamente.

Pero una idea central que hay que rescatar aquí es la idea del desafío que esto nos plantea como cultura. No estamos, y eso resulta ya bastante claro, en una posición en la cual podemos decir “no, gracias” a toda esta transformación y volver a la manera como nos organizábamos y comportábamos antes. Simplemente ya no es una opción. Y al mismo tiempo empiezan a surgir preguntas bizarras: ¿a qué edad es pertinente que un niño tenga un perfil en Facebook? ¿A qué edad y quién y cómo les enseñamos a hacer un mejor uso de todas estas tecnología sociales? ¿Queremos formarlos como consumidores, como productores, tiene sentido incluso hacer la referencia? ¿Cómo es transformador, en el sentido más amplio, formar una nueva generación consciente de su capacidad de producir y de las implicancias de esa capacidad?

Este desafío es, también, que tenemos que recorrer la delgada línea que separa la fe ciega en la tecnología de la resistencia necia hacia sus efectos, sabiendo que ni uno ni otro polo tendrá un modelo que nos sea efectivo. La tecnología no se va a ir; pero tampoco está aquí para solucionar todos nuestros problemas. De hecho, en el camino va a causarnos varios problemas más, y se me ocurren dos que son enormes. Primero, que toda esta gran promesa tecnológica ha venido de la mano de un costo enorme para nuesta supervivencia como especie: el producir todo este mundo de plástico ha significado que no es reciclable, y que la misma lógica que nos ha permitido hacer todo lo que ahora podemos hacer, es la misma lógica que nos está llevando cada vez más rápido al camino de la extinción.

El segundo problema está relacionado. Y es que, al mismo tiempo, toda esta gran promesa tecnológica ha dejado excluido a un enorme porcentaje de la población de este planeta – y además, en gran medida, su crecimiento depende de que este enorme sector excluido se lleve la peor parte del uso y el consumo de aparatos y procesos que nunca aprenderán a utilizar y de los que nunca conocerán beneficios. El gran “desarrollo” de la humanidad ha venido con el costo de considerar “prescindible” a buena parte de la misma. Al mismo tiempo, la brecha que separa a los excluidos de los incluidos se sigue ensanchando cada vez más: a la separación de la alfabetización, ahora se agrega no sólo la alfabetización informática, sino en la era de los medios participativos también la alfabetización mediática, y nuevos subconjuntos de alfabetización siguen apareciendo todo el tiempo para los cuales ni siquiera tenemos idea cómo responder.

Visto gruesamente, si alguna idea general quiero desprender de todo esto es que necesitamos de una nueva lógica para comprender el proceso tecnológico en su dimensión más amplia, como un proceso social a través del cual estamos virtiendo nuestra cultura. La tecnología ya no es más, solamente, aparatos que están allí afuera para responder a nuestra voluntad, sino que son en gran medida la forma de nuestra voluntad, la delimitación del espectro posible de lo que podemos querer. Nuestra capacidad para responder efectivamente a este desafío sin extinguirnos pasará por nuestra capacidad para aprender a coexistir con estas extensiones de nosotros mismos de una manera no ingenua, de una manera que reconozca las singularidades de la época en la que vivimos sin entenderlas como versiones radicales de aquello que ya hemos conocido. Sirva, quizás, esto como un segundo apunte de que tenemos que pensar un poco más en alguna forma de tecnoexistencialismo: la comprensión de nuestra existencia que derivamos a través de y en la tecnología, como la posibilidad de imaginarnos futuros posibles y plantearnos la manera como llegar a ellos.

Personalidades múltiples

Dentro de la mutación cultural de la era contemporánea, las identidades que construimos no han quedado fuera del proceso. De la misma manera como grandes unidades se desarticulan o fragmentan, las identidades que podíamos antes considerar como cohesionadas y consistentes se descomponen dando lugar a una concepción mucho más performativa de la identidad. Interpretamos diferentes roles frente a los demás, roles que varían de acuerdo al contexto y al propósito que tengamos en nuestra comunicación con los otros.

Pero no se trata simplemente de decir que escondemos nuestra personalidad detrás de diferentes máscaras, sino que las máscaras son nuestra personalidad. Siempre nos presentamos en algún contexto, y siempre estamos construyendo personajes que responden a diferentes expectativas. Estamos permanentemente contando una historia sobre quiénes somos, que va más allá de simples descripciones definidas.

Narrativas cotidianas

Básicamente, nuestros roles son negociados según el contexto. Y en esa negociación entran a tallar tanto nuestros deseos y expectativas respecto a lo que queremos ser, como los deseos y expectativas de los demás respecto a lo que quieren que seamos. No es que necesariamente prime lo uno o lo otro, sino que nos encontramos en el medio: de esa manera, la percepción que la “audiencia” tiene de mi performance es un elemento igualmente constitutivo de quien soy como aquello que yo quiero proyectar.

Esto quiere decir, además, que somos mucho más tolerantes con la posibilidad de cumplir diferentes funciones según el contexto. Lo cual está directamente relacionado con nuestro consumo de información: por momentos puedo ser consumidor, por otros creador, en otros momentos crítico o quizás en otros curador. Los roles son muy cercanos entre sí y se traslapan considerablemente, y por ello mismo puedo desplazarme entre múltiples roles sin tener que comprometerme absolutamente con uno que resulta exclusivo. Esto, me parece, refleja de una manera más clara la manera como nos comportamos cotidianamente, cuando no asumimos una misma perspectiva que mantenemos imperturbable todo el tiempo.

La construcción de estas narrativas se vale de una serie de recursos – lo que podríamos ver como una performance que se vale de diferentes utilerías. Y es que, como vivimos en un mundo de significados compartidos, podemos valernos de esos significados culturales para sintetizar la información que queremos comunicar sobre nosotros. El tipo de ropa, de zapatos, de accesorios, los gustos, las preferencias, todas esas elecciones comunican algo sobre mí que puede ser más o menos fácilmente percibido por las personas con las que interactúo. Lo cual transforma el consumo de objetos y lo convierte en consumo de valores simbólicos, de significados y discursos: las identidades de los mismos objetos son ellas mismas negociadas en el espacio compartido.

De allí la importancia en la actualidad de que el marketing se preocupe por adherir historias a sus productos más allá de simples objetos de consumo. Las marcas tienen cada vez más valor por sí mismas, por su contenido simbólico, que por lo que pueden valor como productos, y las marcas más valiosas son las que tienen identidades más establecidas. Coca-Cola, por ejemplo, es una de las marcas con identidades mejor establecidas a nivel global:

Pero el proceso de incorporar estos productos a nuestras historias personales no es gratuito ni directo – finalmente, estamos realizando inversiones emocionales significativas cuando hacemos esto. Lo cual quiere decir que la marca nos pertenece tanto a nosotros que le damos valor, como al dueño que la ofreció como un significado compartido: nos apropiamos del valor simbólico de la marca al integrarla en nuestra propia narrativa. Y esto mismo se da no solamente con marcas, sino con todo tipo de utilerías: creencias, filosofías, religiones, ideas, conceptos, asociaciones, afiliaciones, y demás elementos de contenido altamente sintetizado que nos ayuda a comunicar algo sobre las performances que construimos.

Quizás uno de los ejemplos más claros de cómo se articulan estas narrativas sean los perfiles que construimos en redes sociales como Facebook: en ellos, no solamente lo que nosotros decimos, sino lo que los demás dicen de nosotros, determina la manera como seremos percibidos. A su vez, disponemos de un enorme arsenal de elementos que podemos usar para expresar identidades: los libros que nos gustan, la música, las películas, las fotos, las aplicaciones, los grupos, las páginas de las que somos fans, las causas, todas ellas contribuyen a comunicar un significado sobre quién y cómo soy. Ninguno de esos elementos agota mi identidad – pero todos aportan elementos a la historia que intento desplegar por medio de mi perfil.

Patologías

Aquí, sin embargo, empezamos también a ver cómo las separaciones entre lo privado y lo público empiezan a diluirse, y cómo cambia nuestra dinámica social cuando se vuelve muy fácil para nosotros publicar información privada, así como acceder a la información privada de los demás. Servicios en línea como YouTube, MySpace o Facebook sirven como plataforma para que millones de personas empiecen a transmitir sus propios reality shows, llevando la idea de construir una narrativa personal mucho más allá. Incluso empezamos a encontrarnos manifestaciones y tendencias donde esto alcanza niveles que normalmente encontraríamos perturbadores:

De hecho, esta facilidad de acceso hace que patrones de conducta como el voyeurismo y el exhibicionismo se vuelvan moneda común, y sobre todo con personas más jóvenes, más integradas a estos medios, se vuelve mucho más difícil trazar claramente la línea divisoria donde dejar de comunicar información privada – lo cual puede tener consecuencias muy serias.

Pero conforme estas manifestaciones se vuelen tendencias cada vez más generalizadas, es pertinente preguntarnos también en qué momento dejamos de considerar que se trata de conductas patológicas y se vuelven parte de la normalidad. Las redes sociales brindan cada vez más opciones para publicar los detalles minuciosos de nuestra vida cotidiana – Twitter es un buen ejemplo de ello – y conforme más y más personas participan de este intercambio, deja de resultar algo tan excepcional y sorprendente. Pero nos sigue costando mucho trabajo borrar la línea divisoria a la que estamos acostumbrados, separando nuestra vida privada de nuestra vida pública.

Parte de ello se debe a que, como consecuencia del proceso de fragmentación de la cultura de masas, hemos buscado las maneras de reintroducirnos en dinámicas comunitarias que nos reafirmen algún sentido de pertenencia. Después de la masificación homogénea, nos devolvemos a la especificidad de comunidades locales dentro de las cuales las interacciones tengan mayor sentido personal, y las relaciones comporten más significado. Así, la posmodernidad ha significado también una explosión de subculturas e identidades locales, incluso dentro de los mismos contextos urbanos masificados, dentro de los cuales hacemos un esfuerzo especial por encontrar nuestro lugar y, de alguna manera, vivir nuestra vida privada de manera social.

Estas vidas comunitarias, de nuevo, se articulan mediante el uso de diferentes utilerías a través de las cuales intentamos comunicar nuestra pertenencia. Esto se enmarca, además, en viejas tradiciones de clanes y ejércitos llevando estandartes y distintivos, pasando por pandillas en tiempos más actuales y llegando a casos contemporáneos como, en este video, los punks, los emos, y los hare krishna.

Tribalización

Esta reasimilación en grupos y comunidades tiene mucho que ver con el proceso de globalización y con el que es su proceso complementario, el de tribalización. Frente al riesgo de la pérdida de identidades particulares frente a una misma plantilla identitaria homogénea, el valor y la cohesión de las identidades grupales se incrementa por ofrecer un espacio donde se tiene una cantidad mucho más alta de significado. Me importa más, me vincula más, y puedo ejercer mayor agencia dentro de estos grupos, que siendo absorbido por las dinámicas homogenizantes de la globalización.

Lo cual lleva, también, muchas de estas problemáticas al ámbito de lo colectivo y lo político. Porque también las identidades de los grupos se negocian frente a las identidades de los demás grupos, y en el proceso de globalización, eso está llevando a que comunidades tradicionales que ven sus formas de vida amenazadas busquen la manera de atrincherarse en una defensa de la tradición. Esto es también lo que ocurre, por ejemplo, con los grupos conservadores religiosos que se afianzan en una defensa de la tradición para preservar su forma de vida frente a lo que ven como el triunfo del mal en el mundo.

Es también lo que ocurre en conflictos culturales como los que vimos en Bagua hace unos días – donde el conflicto es, a gran escala, entre una visión globalizante y homogenizadora del desarrollo de la sociedad, frente al derecho y la necesidad de comunidades de protegerse y negociar su identidad en el espacio público. Estas comunidades están, también, reconfigurando los términos del espacio político y ofreciendo nuevas dinámicas de participación que, en muchos casos, se muestran como más apelativas para aquellos que buscan alternativas mucho más vinculantes y personales.

La construcción de la cultura

La mayor parte de nuestra cultura, desde hace muchísimo tiempo, está estructurada a partir de la tecnología del alfabeto. El alfabeto introdujo la posibilidad de la memoria más allá de las capacidades mentales de las personas: la posibilidad de dejar algo como texto escrito que sobreviva más allá de su autor. La introducción del alfabeto es ella misma revolucionaria: allí donde las fuentes de autoridad y conocimiento pudieron haber sido antes los ancianos, los sabios, se vuelven ahora los escritos. Al mismo tiempo, aparece la posibilidad de difundir una misma idea tan lejos como puedan difundirse escritos llevando esa idea. La introducción del alfabeto acaba con el ordenamiento oral de nuestra cultura para dar paso a una forma más “eficiente” de comunicación.

Pero la transformación se vuelve aún más radical con la introducción de la imprenta, que es para McLuhan “la arquitecta del nacionalismo”. La imprenta transformó por completo las estructuras de poder del medioevo: hasta antes de eso, la cultura y el conocimiento estaban limitados a aquellos espacios donde se podían almacenar, preservar y reproducir los libros copiándolos a mano. En el mundo medieval, esto significaba básicamente los monasterios y las universidades, ambos bajo la directa influencia de la Iglesia católica. Por lo mismo, el ordenamiento medieval estaba estructurado en torno a la religión, pues todo acceso a conocimiento estaba mediado en algún sentido por alguna dimensión del clero. Sólo los monjes tenían suficiente tiempo libre, y el conocimiento necesario, como para leer, estudiar, y reproducir, muy lentamente, los pocos libros existentes.

Cultura de masas

La imprenta y los libros impresos destruyen ese mundo. El conocimiento del operario de la imprenta sobre el contenido del libro resulta irrelevante, pues la máquina se encarga de hacer una reproducción mecánica, más rápido, a mayor escala. De un momento a otro, los monjes copistas ya no tienen sentido. En pocos años, el monopolio del acceso al conocimiento de la Iglesia ha quedado amenazado. Y las instituciones medievales no supieron adaptarse bien a esta transformación:

Los cambios en la época vinieron de la mano: la imprenta le dio a Lutero la posibilidad de reproducir de manera accesible una traducción de la Biblia al alemán, a la vez que promovía una conexión directa con lo divino más allá de la mediación del clero. La filosofía moderna con Descartes empieza a seguir un camino similar, abogando por un abandono de las tradiciones como garantes del conocimiento, y amparándose en las capacidades de la propia razón para alcanzar la verdad: la imprenta había introducido, también, la posibilidad de que hubieran autores (que publicaran sus propias verdades racionales). La imprenta permitió por primera vez la reproducción serializada a gran escala de un mismo contenido, lo cual hacía posible, mucho más rápido que antes, difundir ideas a través del mundo occidental, y reunir a poblaciones dispersas en torno a ideales comunes: es la época en que surgen los Estados-nación. La imprenta no es la causa única de todos estos procesos, pero ciertamente es uno de sus contribuyentes más importantes.

La idea de la producción masiva, secuencial, pronto empieza a aparecer en otros ámbitos. En La riqueza de las naciones, de 1776, Adam Smith empieza elogiando el principio de la división del trabajo como la base de un nuevo modo de producción, que permite producir más, y más rápido: los trabajadores adoptan funciones específicas, puntuales, y se especializan a lo largo de una línea de producción. Pero el modelo es quizás llevado a su culminación por Henry Ford en el siglo XX, quien introduce en gran medida la idea de la fábrica como la conocemos hoy: líneas de producción, armando productos masivos para su consumo masivo.

Y es que, a partir de la imprenta, surgió la posibilidad de que hubieran masas. Una misma idea era capaz de alcanzar enormes poblaciones sin pasar por un teléfono malogrado en el camino (con lo cual no sorprende que la concepción de la tecnología como un progreso creciente se origine en esta época). Un mismo contenido podía ser aprehendido de la misma manera por todos los lectores. De la misma manera podía un misma filosofía predominar en un continente, por la capacidad de difundirla, como un pensamiento o un partido político podían convertirse en un movimiento de masas. Y, también, podían producirse objetos para su consumo masivo, pues de la misma manera, la masa consumía indistintamente los productos porque tenía las mismas necesidades. El capitalismo estadounidense, una vez más, llevó el modelo de las masas a su culminación: a los grandes partidos de masas como el Demócrata y el Republicano, los acompañaban productos de consumo que apelaban a su generalidad: la General Motors, la General Electric, ofrecían productos genéricos para familias genéricas de la posguerra, que reproducían genéricamente sueños suburbanos genéricos.

Sin embargo, el predominio mismo de la imprenta vino a ser cuestionado con la introducción de nuevas tecnologías: en particular, nuevas tecnologías masivas como la radio primero, y la televisión después. Desde el punto de vista de la cultura del texto, estos medios ofrecían una manera más fiel de reflejar la realidad misma y de alcanzar extensiones aún más grandes: no solamente texto, sino sonido y luego imagen, ofrecían una configuración más completa del mundo como realmente era, y era posible transmitir estas imágenes más lejos y más rápido de lo que la imprenta permitía.

Dos cosas empezaron a ocurrir. Primero, ya desde el siglo XIX empieza, muy lentamente, a surgir un desencanto frente a la cultura de masas y sus diferentes mecanismos sociales: Karl Marx denuncia la explotación del hombre por el hombre que es inherente a los procesos masivos de producción; Sören Kierkegaard se preocupa por la pérdida de la identidad propia, que se diluye entre la igualdad de la masa; Friedrich Nietzsche señala que las promesas sobre las que se ha construido la cultura occidental son ilusorias. Con la Primera Guerra Mundial, Europa queda sumida en la depresión al contemplar la devastación de la que ha sido capaz.

Lo segundo es que, a pesar de ser medios similarmente masivos como la imprenta, la radio y la televisión empiezan a ofrecer una configuración distinta de la experiencia. Ya desde la introducción del cine, años antes, las reacciones del público habían sido considerablemente diferentes. Según un mito de la época, las primeras audiencias que se enfrentaron a la primera película de los hermanos Lumiére, La llegada del tren a la estación de La Ciotat, al ver por primera vez que un tren se aproximaba hacia ellos no supieron hacer otra cosa más que pararse y correr asustados hacia la parte de atrás de la sala.

Los nuevos medios ofrecían nuevas relaciones sensoriales que nos afectaban de diferentes maneras. Sobre todo, ofrecían una alternativa que rompía con la linealidad usual del texto: el audio y la imagen permiten que muchas cosas pasen al mismo tiempo, y de esa manera nos involucran de una manera diferente, como quiso hacer notar Godfrey Reggio en su corto, “Evidence”:

Pero el cambio cualitativo en nuestra experiencia se volvió tanto más radical con la aparición de la tecnología electrónica y su progresivo desarrollo desde las primeras computadoras personales hasta la era hiperconectada de Internet. Uno de los primeros comerciales de Apple, en 1984, reflejaba claramente la postura que las computadoras personales querían ofrecer frente a los medios tradicionales:

Cultura R/W

La tecnología electrónica no sólo nos trajo la inmediatez y la simultaneidad en las comunicaciones, sino que además nos trajo la interacción. La posibilidad de ejercer influencia sobre los contenidos que consumíamos, transformándolos en mayor o menor medida. Internet nos brindó acceso a aquello que incluso la televisión por cable no había podido: infinitos canales de información, limitados únicamente por la buena voluntad de personas dispuestas a compartir sus intereses en línea. Pero lo fundamental, en este punto, es una cuestión estructural: con la aparición de la tecnología digital, pasamos de un modelo cultural donde eran unos pocos los que tenían la posibilidad de difundir mensajes a gran escala (no sólo porque los canales eran limitados, sino porque además el costo de acceder a estos canales era enorme) a un modelo en el cual, potencialmente, cualquier puede convertirse en un nodo de información. Se trata del paso de una cultura ROM (Read-Only Memory, memoria sólo de lectura), a una cultura R/W(Read/Write, lectura y escritura).

Las implicancias para nuestra construcción cultural son enormes. Esto quiere decir que la construcción de nuestra cultura no es un derecho reservado a los pocos que tienen la capacidad de amplificar sus voces lo suficiente, sino que, de alguna manera y en alguna medida, personas con acceso a estos medios pueden ejercer también una influencia. Pero hasta aquí estamos un poco atrapados por el tecnoutopismo que promete liberaciones y revoluciones como si hubiéramos alcanzado una nueva etapa en la historia. Cuando, más bien, es pertinente considerar, siguiendo a McLuhan de nuevo, que todo cambio mediático ofrece tanto amputaciones como extensiones: así como nos permite hacer muchas cosas nuevas, también inevitablemente perdemos cosas en el camino que no debemos simplemente dejar de lado. O, como lo pondría Clay Shirky, “no es una revolución si es que nadie pierde”.

Es en este punto donde es pertinente coger este cambio de modelo de construcción cultural, y dar un paso atrás para preguntarnos por cómo estamos concibiendo el conocimiento sobre el cual se monta todo esto. Es decir, si la construcción de la cultura es un proceso que se abre mucho más allá de lo que estaba antes (y de ninguna manera podemos decir, ingenuamente, a todos), ¿qué implica eso para nuestra cultura? ¿Quién tendrá razón y quién no?

Extensiones de nuestros sentidos

Lo que sigue son cinco pequeños ensayos. O cuatro, o seis, según como nos vaya. En ellos espero poder capturar las ideas principales del curso que he venido dictando las últimas semanas, y son una ayuda para mí para ordenar las ideas centrales que quiero repasar antes de acabar el semestre. Todo es un trabajo en proceso, pero la oportunidad de preparar este curso me ha permitido sistematizar y articular varias ideas sueltas y revisar varios elementos de bibliografía que tenía pendientes hace tiempo.

Lo que quiero intentar únicamente mapear, e incluso eso es complejo, son algunas de las categorías en las cuales los medios, la tecnología y la cultura se intersectan en los últimos años y nos ponen en la necesidad de repensar una serie de conceptos y procesos sociales. Pero lo primero es abandonar una perspectiva un poco “ingenua” de la tecnología y de los medios, en especial – aquella que nos dice que los diferentes medios de comunicación son simplemente vehículos para transmitir contenidos mentales, pensamientos, y que nuevos medios y nuevas tecnologías nos permiten ampliar cada vez más el alcance de nuestros mensajes. Es decir, de ello se desprende que cada nuevo medio y cada nueva tecnología, en la medida en que amplifica nuestras capacidades, reemplaza y supera a la generación anterior, pero esencialmente para cumplir las mismas funciones. La idea de fondo que se esconde aquí es la idea de progreso: cada generación sucesiva de medios y tecnologías nos lleva más adelante en la evolución cultural humana, y la historia de nuestras tecnologías sería, entonces, también la escala del desarrollo por el que deben pasar los pueblos.

Sin embargo, la idea que queda oculta en esta perspectiva es el hecho de que los medios no son solamente amplificadores de mensajes – no es como que vamos mejorando nuestros modelos de megáfonos conforme pasan los siglos. Porque si observamos la historia de la humanidad, la introducción de nuevas tecnologías tiene influencias más grandes en los asuntos de los hombres, consecuencias que transforman su vida social y la llevan por un curso diferente, y no solamente una versión amplificada del de siempre. Ésta es la idea que Marshall McLuhan resumió en su famosa sentencia, tan mal comprendida, de que “el medio es el mensaje”: hay un significado cultural y social que hemos sistemáticamente dejado de lado en nuestro análisis de los medios de comunicación a través de la historia, que es la manera como la forma que le damos a un mensaje determina cosas sobre el mensaje. O lo que se puede extrapolar de lo mismo: nuestras tecnologías de comunicación no son sólo vehículos, sino que cada una tiene consecuencias diferentes en la manera como nos comunicamos. Los medios, y siguiendo a McLuhan podemos entender como medios a las tecnologías en general (en tanto todas ellas introducen variaciones en la manera como nos relacionamos socialmente), no son sólo el soporte material de la comunicación sino que son también los códigos de uso que se generan en torno al medio: su gramática. Cada nuevo medio introduce, por tanto, una nueva gramática a la par que un nuevo soporte material a través de los cuales nos comunicamos.

Las consecuencias de esto, para McLuhan, son amplias, porque las tecnologías representan diferentes extensiones de nuestros sentidos, y por tanto el proceso de cambio tecnológico tiene consecuencias que se reflejan en la reconfiguración de nuestra experiencia sensorial: los nuevos medios modifican nuestra noción de escala, de tiempo y de espacio, y si aceptamos esto, entonces llegamos a la conclusión de que el cambio tecnológico implica, básicamente, una reconfiguración de la realidad misma. En otras palabras: nuevos medios y nuevas tecnologías no vienen a reemplazar a las generaciones anteriores, sino que vienen a transformar el significado de lo que es comunicarnos y, al hacerlo, a transformar también el significado de los medios y las tecnologías que existieron previamente.

Esto nos brinda un marco novedoso para reinterpretar el proceso de cambio mediático en las sociedades contemporáneas, no como un proceso lineal sino esencialmente como un proceso orgánico y caótico. Pero nos pone también en una posición muy interesante para analizar lo que está pasando ahora: según McLuhan, esta perspectiva del cambio se nos hace evidente hoy día porque antes la tecnología no permitía que una misma persona observara, en el curso de su vida, los efectos de tecnologías fundamentalmente diferentes unas de otras. Con la llegada de la tecnología eléctrica y electrónica, en cambio, el proceso se sucede con tal velocidad que estamos en una posición distinta, tal que nos permite comparar la manera como nuestra experiencia se reconfigura conforme pasan los años. De ello mismo se desprende, entonces, el punto de partida para reinterpretar la tecnología y sus efectos en el mundo contemporáneo.