Situando los discursos sobre la tecnología

Notas tras el primer día de #filoenredes

Aunque hay varias cosas, interesantes y no tanto, que habría que comentar sobre el primer día del coloquio Redes de la Filosofía | Filosofía en las Redes, hay una idea en particular que quería anotar antes de perderla. Surge luego de escuchar varias de las presentaciones de ayer y de conversaciones posteriores sobre ellas, y gira alrededor de cómo situar los diferentes discursos que se hacen sobre la tecnología a lo largo de diversos ejes. Por supuesto, nótese además que esto es excesivamente preliminar.

Se me ocurre que los discursos sobre la tecnología (ojo, los discursos, no las tecnologías mismas) pueden posicionarse en algún lugar a lo largo de dos espectros: por un lado, uno de los espectros oscila entre la tecnofilia, o el optimismo tecnológico (alguna variante de “la tecnología nos salvará”) y la tecnofobia, o el pesimimo tecnológico (“la tecnología nos condenará”). Sin tener necesariamente que adoptar alguno de estos polos, los discursos tecnológicos normalmente se inclinan por alguna de estas orientaciones.

Al mismo tiempo, estos discursos pueden posicionarse a lo largo de otro espectro en función de cómo caracterizan a la tecnología. El discurso clásico y, a mi juicio, el más incompleto es el que considera la tecnología simplemente como herramienta, como receptáculo de la voluntad de un individuo racional. La forma como forma, como vehículo de nuestra intencionalidad, “no es ni buena ni mala, sino que depende de cómo la usamos”. Es lo que me parece, digamos, el polo más ingenuo. Una posición basante más elaborada es la que toma la tecnología como un sistema complejo, un tejido no sólo de materialidad sino también de prácticas, procesos e instituciones que no reciben meramente la voluntad del individuo, sino que contribuyen a darle forma al definir su espectro de posibilidades. Pero el polo opuesto de este espectro lo representan los discursos que llevan la tecnología al punto de la ontología, dándole carácter autónomo o semi-autónomo y cierto grado de agencia o autodefinición. En este espectro es donde encontraríamos posiciones como las del Object Oriented Onthology o el Actor-Network Theory.

Podríamos decir, también, que ambos ejes se pueden representar como cruzándose, pues cualquiera de estos discursos se ubicará necesariamente en algún lugar de ambos de ellos. Y podríamos, por ello, quizás representarlos así:

Entrándole al OOO

Me está llamando mucho la atención lo que se viene cuajando, en gran parte en algunos blogs de filosofía (y poco a poco también en nuevas publicaciones) en torno a la ontología orientada a objetos. Tengo una pequeña fascinación con el pensamiento en torno a los objetos, en diferentes formas y en algunas relaciones con el pensamiento del diseño.

No he profundizado lo suficiente en el tema, y aún no entiendo bien a qué va, pero algunos recursos/comentarios de lo que voy encontrando…

En primer lugar, Timothy Morton ha colgado una serie de recursos introductorios a la ontología orientada a objetos, que son principalmente grabaciones de clases y conferencias. Entre ellos, un enlace a un artículo de Graham Harman sobre los orígenes y diferencias entre realismo especulativo y filosofía orientada a objetos. En él, Harman explica los dos principios de los que parte su filosofía orientada a objetos:

1. Individual entities of various different scales (not just tiny quarks and electrons) are the ultimate stuff of the cosmos.

2. These entities are never exhausted by any of their relations or even by their sum of all possible relations. Objects withdraw from relation.

Todo me terminó resultando mucho más claro cuando leí este artículo de Levy Bryant con precisiones respecto a su entendimiento de lo que son o cómo operan los objetos. En resumen, la manera como todo objeto exhibe comportamiento de sistema, compuesto a su vez por objetos pero incapaz de ser reducido a la suma lineal de sus partes sino más bien comportando propiedades emergentes. El prize quote para mí es éste:

Within the framework of my onticology, there are only objects, properties, and relations. While objects differ from one another– a cat is certainly different than a rock –they all fall under the category of objects. As such, I do not begin from a fundamental split between subjects on the one hand and objects on the other hand. An object is not what stands in opposition to a subject. Indeed, subjects themselves are, for me, a type of object. They are particularly important objects for us insofar as we happen to be subjects, yet metaphysically they are no more or less an object than anything else.

I conceive objects as autopoietic and allopoietic machines as outlined by Maturana and Varela, but above all by Niklas Luhmann.

Luego de ese fragmento todo tuvo un poquito más de sentido, por la incorporación del pensamiento sistemático de Maturana/Varela/Luhmann(/Von Bertalanffy/Kant, pero eso es para otro día).

Hablar de que todo consiste en objects, properties and relations es también un poco la manera como esto se puede aproximar a la programación orientada a objetos. Los objetos entendidos como sistemas son entonces algo así como andamios de los cuales, a su vez, colgamos otros objetos. Esto me quedó aún más claro luego de otro artículo de Bryant sobre las propiedades de los objetos, con otro prize quote:

Three of the central claims of my onticology are 1) that objects are always composed of other objects, 2) that objects exist at all levels of scale, and 3) that objects are negentropic in that they both resist dissolution and perpetually face the problem of dissolution or entropy.

La parte de la entropía todavía hace “whoosh” cuando pasa completamente por encima de mi cabeza sin que yo entienda que está pasando.

Daniel Luna tiene más y mejores ideas sobre todo esto, pues lo viene explorando mucho más en detalle que yo por mucho más tiempo.

Selva de concreto

Esta mañana encontré varios blogs que hablaban sobre el aniversario de Lima, y bueno, la mayoría de ellos coinciden en lo débil e insuficiente de la gestión de Luis Castañeda (lo cual contrasta perturbadoramente con el nivel de aprobación pública de su gestión).

Personalmente, la gestión de Castañeda me parece un desastre por lo desperdiciado de las oportunidades, por lo lineal de las soluciones, por la ausencia de total de soluciones innovadoras y sistemáticas. El actual alcalde parcha la ciudad allí donde hay problema, y la parcha siempre de la misma manera, es decir, tirando concreto sobre el problema en la forma de pistas, obras viales, escaleras, y demás. No me malentiendan: entiendo perfectamente la necesidad, y probablemente urgencia, de todas estas cosas. Pero son soluciones que, si las pensamos un poco, no resuelven propiamente los problemas de fondo.

De hecho, evidencian varias cosas. En primer lugar, que no escapamos a los remanentes del positivismo en nuestra sociedad, y Castañeda menos aún. El público exige progreso, desarrollo, y eso es sinónimo, en términos materiales, de concreto, de asfalto. El cemento es ampliamente asociado con un indicador de progreso, de que las cosas se están edificando y son sólidas. De allí que el primer instinto que vemos suele ser el de arrojar concreto a los problemas pues lo entendemos como si algo estuviera mejorando. Es interesante que, en zonas de la ciudad más económicamente privilegiadas donde la valla del concreto fue superada hace tiempo, la lógica del progreso y el desarrollo ha sido reemplazada por otro elemento material directo: los adoquines. Los alcaldes de, por ejemplo, San Isidro o Miraflores, ahora tienen la obsesión de levantar pistas completamente funcionales para decorarlas con adoquines que, aunque menos funcionales, se ven mejor. Son el siguiente paso. Es algo así como una forma de demostrarle al resto de la ciudad que, aunque todos pueden estar tirando concreto, ellos pueden darse el lujo de levantar el concreto y poner adoquines. Porque sí, porque les da la gana.

Lo otro que evidencia, en la misma línea, es la absoluta linealidad de las soluciones. Es decir, los problemas urbanos en Lima, particularmente hablando de la gestión de Castañeda, se entienden como simples relaciones de causa y efecto. Hay un problema, digamos, el tráfico en una zona de la ciudad. Si aplicamos una obra vial aquí, el problema desaparecerá. Es tierno, pero ingenuo e impreciso. La misma lógica cuasipositivista del concreto y los bypasses y las vías expresas se reflejan en la ausencia de una concepción orgánica, sistémica de la ciudad. Entender la ciudad prácticamente como un organismo, donde todo está conectado y los cambios en un lugar significan siempre cambios muchas veces imprevistos en otro lugar. Lo que muchas veces se expresa cuando decimos que no hay un plan para Lima, que no hay una política urbana. Bueno, viene más o menos de lo mismo: antes que una política urbana, falta una lógica y una concepción de lo que Lima significa, integradamente, como ciudad.

De allí se desprenden una serie de oportunidades desperdiciadas, o nuevos problemas generados. Seguimos tendiendo pistas y caminos para autos, a pesar de que no renovamos el parque automotor ni proponemos alternativas al transporte público. Esto no es coincidencia: es construir una sociedad como la estadounidense, de individuos atomizados con poca interacción entre ellos. Salgo de mi casa, subo a mi auto, voy al trabajo, salgo del trabajo, subo a mi auto, voy a mi casa. Nunca me veo obligado a enfrentarme, a relacionarme con los demás. Aunque compartimos el espacio, no estamos dentro de él juntos, sino tan sólo en simultáneo (que no es lo mismo).

Pero las obras viales son fáciles, la gente las entiende rápido y proveen beneficios electorales. Pero eso quiere decir que más autos son necesarios para usarlas, porque no hay alternativas. Lo cual, además de las consecuencias culturales del aislacionismo y la exacerbación del individualismo, quiere decir también un pasivo ambiental. Es testimonio supremo de la desconexión de Castañeda con la realidad que, en una época donde la preocupación ambiental y climática es tan central, él siga tendiendo pistas para autos cuya contaminación agregada significa agravar un problema que nos afecta directamente.

¿Y qué alternativas existen? Bueno, ninguna, realmente. El Metropolitano se construye siguiendo la misma lógica lineal, que no entiende la ciudad en su conjunto. Vivimos en una ciudad de casi 10 millones de personas, que requiere de transporte público masivo y accesible, una solución difícil y de largo alcance como un metro, pero que requiere de pensar el problema distinto. Igualmente, si han tenido oportunidad de circular por la ciudad en bicicleta, o caminando, se habrán dado cuenta de la enorme falta de infraestructura para esto. Las veredas, los cruces, los puentes, simplemente no favorecen la idea de que alguien camine por la ciudad (con contadas excepciones), lo cual es una enorme oportunidad desperdiciada. Aquí entra a tallar, además, el problema de la seguridad ciudadana. Con lo cual, de nuevo, todo obliga al ciudadano a pensar en autos, en transporte urbano entendido desde una única dimensión, sin mayores alternativas.

Hace tiempo, en el blog del curso de Filosofía Moderna que dictamos el semestre pasado en la PUCP, escribí un post sobre la relación entre los ideales de la modernidad y nuestra concepción de la ciudades. La cuestión va más o menos por la misma dirección: una ciudad de estas dimensiones, en esta época, requiere de una lógica y una concepción diferente a la concepción lineal, acumulativa, progresiva que aprendimos con la modernidad. No, no es que necesitemos una ciudad posmoderna (que en muchos sentidos uno podría decir que es lo que tenemos), sino que tenemos que pensar la ciudad de manera distinta. Lo cual, además, no es tanto por un imperativo moral, sino porque nos conviene, sobre todo en este momento, pues nos permitiría hacer de Lima algo radicalmente diferente.

Feliz cumpleaños, Lima.

El yo que emerge

Un par de ideas relacionadas, siguiendo con el hilo de ayer.

La primera es culpa de Kant: la idea del sujeto, y lo extiendo freudianamente, la idea del yo, de la identidad de uno mismo, como una idea regulativa. Es decir, no es propiamente que conozcamos al yo, o a nuestra propia identidad, por sí misma, porque no podemos tener una experiencia fenoménica del yo en su conjunto, sino que el yo es una idea que nos sirve para describir más o menos exitosamente la totalidad de los fenómenos del mundo interno. Como conjunto que no podemos experimentar, lo tratamos como un “yo”.

La segunda va por el mismo lado, creo, o eso intenté argumentar una vez en un trabajo sobre el carácter sistemático de las ideas en Kant. Bueno, la cuestión es así: el yo, propiamente, no existe, o no existe previamente. ¿Previamente a qué? El yo es, más bien, algo así como una condición emergente de nuestros diferentes comportamientos. Nuestras maneras de actuar no son necesariamente consistentes entre sí, aunque mantienen ciertas familiaridades. A partir de esas familiaridades empezamos a describir algo así como el yo, una idea que surge de sus partes componentes -nuestras diferentes maneras de comportarnos- pero no se reduce a ninguna de ellas específicamente. El yo surge del comportamiento, ayuda a darle cierta consistencia para poder describirlo, pero no existe propia ni previamente.

Qué pastel.