Todo el mercado de productos de autoyuda fue, o es, el momento negativo del espíritu, por ponerlo en términos hegelianos. Es decir, es el momento, o el lugar de nuestra cultura que hace evidente una falta, una carencia. Si nos esforzamos por hacer una lectura cultural-histórica del asunto, podríamos empezar a ver cómo la aparición del segmento de autoayuda evidencia todas aquellas cosas que se han ido identificando como faltantes en el discurso acelerado y prácticamente imparable de la Modernidad: el hecho de que nuestro conocimiento sobre el mundo y nuestra capacidad técnica crecen mucho más rápido que nuestra capacidad para darle sentido a este crecimiento o para detenernos a pensar si estamos yendo en la dirección correcta. Este aparato conceptual-industrial crece dejando una serie de huecos y de vacíos, matando dioses, y sin dejarnos muchos lugares a los cuales aferrarnos.
Los productos de autoayuda llenan ese hueco – nos dan “soluciones” simples, fácilmente reproducibles, para llenar el vacío existencial propio de la era moderna. El crecimiento espectacular de este mercado es testimonio de la necesidad cultural por este tipo de productos.
Pero el siguiente momento del espíritu, la evolución conceptual de este orden de cosas resulta menos facilista que el rubro de autoayuda. La cultura del lifehacking es la versión pragmática, efectivista del mundo de la autoayuda: la dedicación al perfeccionamiento de nuestros hábitos cotidianos para conseguir nuestros objetivos de la manera más eficiente y efectiva posible. La diferencia del espíritu del lifehacking es que no edulcora las cosas para hacer sentir a las personas únicas y especiales en el universo, con un propósito y una misión: es un enfoque, más bien, fuertemente ligado a la cultura tecnológica, con procesos iterativos de descubrimiento, experimentación, medición, y corrección. Parte del supuesto de que nuestras mentes y nuestros cuerpos son hackeables en la misma medida en que lo es una computadora, asumiendo que uno tenga las herramientas correctas.
La herramientas más importante en este proceso son los datos, y hoy día es más fácil que nunca tener acceso a los datos. Por ponerlo bajo un ejemplo cotidiano, podemos tomar el caso de las finanzas personales: un enfoque tradicional de finanzas personales, en la variante autoayuda, es el lugar común voluntarista de decir que uno debe fortalecer su propia capacidad para resistirse a los gustos y de esa manera vigilar sus finanzas personales, como una especie de culto al ascetismo. Suena bonito, pero en la práctica no tiene mucho contenido. En realidad, vamos a llegar mucho más lejos si empezamos a trabajar con datos: ¿cuánto gasto mensualmente, y en qué lo gasto? ¿Cuáles son mis fuentes de ingresos? ¿Cuáles son mis inversiones, y cuánto me rinden? Cuando empiezo a meter todos estos datos en una hoja de cálculo, puedo empezar a revelar tendencias que me resultaban desconocidas hasta que empecé la captura de datos. He estado gastando demasiado en algo sin saberlo, o podría gastar la misma cantidad en tal o cual sustituto y conseguir mejores resultados, etc. Me sigue sorprendiendo la cantidad de decisiones sobre este tipo de cosas que se hacen sin recurrir al análisis de los datos disponibles. Y no necesariamente significa que las finanzas personales deben estructurarse en torno a la administración de sacrificios, sino que el tener los datos a la mano permite formular objetivos coherentes, contra los cuales luego podemos realizar una planificación. Sin datos, las decisiones se toman en el vacío.
Los mismo está empezado a pasar, también, en el ámbito de la salud, conforme nuevas tecnologías en el sector nos están permitiendo capturar más y mejores datos, agregarlos y correlacionarlos para derivar conclusiones relevantes, o al menos sugerentes. Un artículo de la revista Wired relata la manera como Sergey Brin, co-fundador de Google, está explorando este uso masivo en la investigación del Parkinson. El acceso a información sobre sus genes le permitieron encontrar una predisposición hacia este mal; en consecuencia, puede anticipadamente modificar su comportamiento para privilegiar los factores ambientales que son conocidos para demorarlo o impedirlo, como haciendo ejercicio. En este sentido, Brin está hackeando su propia conducta para ajustarla en función a los datos a los que tiene disposición, y su hipótesis es que si empezamos a hacer esto a gran escala, y empezamos a acumular los datos de miles de personas, empezaremos a ver patrones que revelan información médicamente relevante sobre diferentes tipo de males.
Los productos de autoayuda no tienen mucho sentido porque son completamente indiferenciados, en la medida en que plantean soluciones genéricas para audiencias diversas. Además, el mercado mismo funciona sobre la suposición de que los productos no funcionan, para que los mismos consumidores sigan consumiendo más productos similares. Pero la noción de lifehacking, en cambio, apuesta por soluciones que se ajustan a patrones de personas que pueden ser comparadas porque los datos que se obtienen de ellas muestran ellos mismos patrones, de modo que podemos comparar y aplicar las mismas soluciones que sabemos que funcionan en los casos que más o menos se parecen. Además, todo el objetivo del hackeo es, precisamente, obtener una solución, que luego puede ser evaluada y corregida según los resultados que se encuentren. Se apoya sobre la idea tecnológica de que tenemos a nuestro alcance las herramientas para recolectar datos, y para compartirlos de maneras sencillas con otras personas. De esta manera podemos empezar a encontrar patrones para modificar nuestra conducta de las maneras que nos interesan.