Dos novedades bibliográficas

Estoy a punto de hacer dos adiciones importantes a mi ya de por sí descontrolada lista de lecturas pendientes. Se trata de los nuevos libros de dos autores que aparecieron antes en mi lista de “Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información“, así que tengo expectativas muy altas respecto a sus nuevos trabajos.

The Penguin and the Leviathan: How Cooperation Triumphs Over Self-Interest, de Yochai Benkler

Yochai Benkler es un maestro. Su libro anterior tuvo la osadía de titularse La riqueza de las redes (The Wealth of Networks), y definitivamente me parece que es un libro demasiado central para entender muchos de los fenómenos que observamos hoy día.

En TWON, Benkler elabora un análisis sumamente pormenorizado de lo que considera como la aparición de un nuevo modo de producción económica hecho posible por las características de la tecnología digital: la aparición de un modelo cooperativo-colaborativo donde individuos comparten libre y voluntariamente su propio tiempo y esfuerzo en la construcción de iniciativas mayores que ellos mismos, motivados nada más que por su propio interés. The Penguin and the Leviathan desarrolla aún más esa idea:

For centuries, we as a society have operated according to a very unflattering view of human nature: that, humans are universally and inherently selfish creatures. As a result, our most deeply entrenched social structures – our top-down business models, our punitive legal systems, our market-based approaches to everything from education reform to environmental regulation – have been built on the premise that humans are driven only by self interest, programmed to respond only to the invisible hand of the free markets or the iron fist of a controlling government.

In the last decade, however, this fallacy has finally begun to unravel, as hundreds of studies conducted across dozens of cultures have found that most people will act far more cooperatively than previously believed. Here, Harvard University Professor Yochai Benkler draws on cutting-edge findings from neuroscience, economics, sociology, evolutionary biology, political science, and a wealth of real world examples to debunk this long-held myth and reveal how we can harness the power of human cooperation to improve business processes, design smarter technology, reform our economic systems, maximize volunteer contributions to science, reduce crime, improve the efficacy of civic movements, and more.

Este concepto de Benkler sobre un “nuevo modo de producción” está explorado con sumo detalle en TWON, así que tengo altas expectativas sobre este nuevo libro. Los libros referidos a temas digitales suelen devaluarse bastante rápido, y aunque TWON es excepcional en que mantiene mucho de su valor para ser un libro ya del 2005, una actualización que observe casos más recientes promete ser muy interesante. Se conecta muy bien, además, y sirve como un sustento teórico muy bien documentado, para ideas que trabajan otros autores, particularmente Clay Shirky o Lawrence Lessig (de hecho, el libro Remix de Lessig bien puede leerse como una versión “simplificada” de TWON).

Bonus track: encontré también ahora un artículo de Benkler del 2002 en el Yale Law Journal, titulado “Coase’s Penguin, or, Linux and The Nature of the Firm“. (A Ronald Coase y su conocido artículo “The Nature of the Firm” me he referido antes para hablar de ética hacker y post-capitalismo).

Too Big to Know: Rethinking Knowledge Now That the Facts Aren’t the Facts, Experts Are Everywhere, and the Smartest Person in the Room Is the Room, de David Weinberger

El título del nuevo libro de Weinberger es tan largo que no entra en un twit, pero suena igualmente prometedor. Su libro anterior, Everything is Miscellaneous, nos confrontaba con el problema y la posibilidad del “desorden digital”: la opción novedosa que tenemos hoy de pensar en la manera como ordenamos la información desvinculada de las limitaciones físicas que tenemos para almacenar esa información. Aunque eso nos ofrece una cantidad de opciones prácticamente ilimitadas, tiene por lo mismo un efecto a su vez traumático en tanto trastoca todo el orden de categorías que utilizamos para manejar la realidad. Weinberger, filósofo de formación, elabora la idea de que este cambio informacional tiene implicancias ontológicas en la manera como pensamos y nos relacionamos con objetos, categorías, relaciones sociales, etc. (Escribí algo vinculado a este tema y el contexto del problema hace tres años.)

Gran parte de lo traumático, y eso es un poco lo que elabora Weinberger tanto en Everything… como Too Big To Know, es que tenemos que formular nuevas estrategias para lidiar con una cantidad abusiva de información que procesamos todos los días y con el trastocamiento de relaciones de poder, autoridad, legitimidad y confiabilidad que deviene de pasar de un ordenamiento físico a un ordenamiento virtual de la información. Pero Weinberger es el contrapeso para las posturas de autores como Nicholas Carr o Andrew Keen que creen que todo esto nos está haciendo más brutos o más superficiales. Para Weinberger la solución al problema de la sobrecarga de información es, en realidad, más información (o como lo ha puesto Shirky, no hay tal cosa como sobrecarga de información, sólo hay el colapso de nuestros filtros). Cory Doctorow dixit:

Weinberger presents us with a long, fascinating account of how knowledge itself changes in the age of the Internet — what it means to know something when there are millions and billions of “things” at your fingertips, when everyone who might disagree with you can find and rebut your assertions, and when the ability to be heard isn’t tightly bound to your credentials or public reputation for expertise.

Weinberger wants to reframe questions like “Is the Internet making us dumber?” or “Is the net making us smarter?” as less like “Is water heavier than air?” and more like “Will my favored political party win the election?” That is, the kind of question whose answer depends on what you, personally, do to make the answer come true.

Bonus track: en una línea parecida, otro libro que descubrí recientemente y que está en mi lista de lectura es Knowing Knowledge de George Siemens, al que llegué a través de otro libro recomendado, The Digital Scholar: How Technology Is Transforming Scholarly Practice de Martin Weller (EDLJ ha estado compartiendo algunos apuntes sobre The Digital Scholar en el blog de Apócriphos, donde se ha vuelto referencia central para el trabajo que estamos construyendo allí).

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo (Notas preliminares)

Este viernes estaré haciendo una presentación en el VII Simposio de Estudiantes de Filosofía en la PUCP, a las 3:45pm en el Auditorio de Humanidades, como la primera parte de lo que he llamado el Ciclo Hacker. Como punto de partida del ciclo, he decidido dar un paso atrás para entender un poco mejor la idea del “hacker” desde un punto de vista filosófico – en particular, quiero intentar articular la noción de una ética hacker y esbozar sus principios, para luego ver la manera en la que esta ética está teniendo efectos que trascienden o extienden su propia comunidad.

El fin de la historia

El punto de partida evidente desde el título es el paralelo con Max Weber. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber argumenta que hay una correlación entre el surgimiento del capitalismo y la formación de las iglesias protestantes en la temprana Modernidad en Europa: el mayor recogimiento y disposición al trabajo de los protestantes implicó mayor esfuerzo con menor gasto, lo cual llevó a la acumulación de ahorros. Esos excedentes de ahorros se vuelven capital en tanto son vueltos a poner en trabajo a través de la inversión, y de esa manera los protestantes se convierten en los primeros capitalistas.

Indudablemente, el capitalismo entendido en las dimensiones de la ética protestante dista mucho del aparato tecno-económico-industrial del cual participamos hoy día. Marx hizo una lectura aguda del sistema capitalista en el siglo XIX para encontrar una desviación fundamental: si bien todo el intercambio económico se da, originalmente, a partir de las relaciones de mutua necesidad (en el mercado uno satisface sus necesidades por tales y cuales productos), el crecimiento del capital eventualmente lo pone a su propio servicio en lo que Marx llama el “fetichismo de la mercancía”: la economía no se mueve para satisfacer necesidades, sino que se mueve porque es necesario que se mueva. Las relaciones entre personas y cosas se convierten en relaciones entre cosas y cosas cuando su valor de cambio absorbe su valor de uso. Aún así, en la ecuación de Marx aún hay cosas: la economía de los siglos XX y XXI han introducido la posibilidad de intercambiar en el mercado no solamente valores intangibles, sino también no-valores de no-cosas. Las sociedades informacionales, como las entiende Manuel Castells, son actividades que se distinguen porque su producción se vuelve primordialmente simbólica o intelectual y forman economías de conocimiento (no dejan de necesitar cosas, objetos, pero no son aquello que deriva el mayor valor). Pero el capitalismo en su versión más financiera ha empezado a “innovar” con la creación de productos (los populares “derivados”) que no pueden tener valor de uso porque no son cosas, sino que son abstracciones de abstracciones: los bonos hipotecarios tóxicos, por ejemplo, agrupan una cartera de deudas de alto riesgo de hipotecas por propiedades inmobiliarias. Los Credit Default Swaps aseguran y respaldan a los bonos tóxicos contra el riesgo de no-pago. Y así sucesivamente. Si Marx observó como las cosas dejaron estar al servicio de las necesidades para pasar a estar al servicio de sí mismas, hoy podemos observar cómo el capital deja de estar al servicio de las cosas para pasar a estar al servicio de sí mismo.

Todo esto me sirve tan sólo para delinear el contexto. Si faltaba alguna dimensión donde aún no habían sido desmantelados los metarrelatos (y ojo, digo desmantelados, no destruidos, porque no han desaparecido), era quizás el sector financiero, quienes en un escenario donde permeaba la incertidumbre aún representaban un bastión de confianza: alguien debe saber y entender lo que pasa, y deben ser ellos, ya que están haciendo toda la plata. Con la crisis financiera que seguimos viviendo se perforó esa ilusión: en realidad, ellos tampoco saben. ¿Y ahora quién podrá defendernos?

La respuesta desesperanzadora es que nadie podrá defendernos. Pero la respuesta esperanzadora es que nadie tiene por qué defendernos ni tenemos por qué esperar que nadie lo haga.

La ética hacker

Allí es donde aparece la ética hacker como un modelo interesante. La imagen popular del hacker y la del noticiero de las 11 que sale a decir que un grupo de hackers se robó millones de números de tarjetas de crédito, o tomaron un sitio web del gobierno, o cosas así. Pero la percepción pública del hacker está sumamente desinformada y configurada por una malcomprensión fundamental de cómo funciona la tecnología: la tecnología como caja negra impenetrable cuyos procesos me son completamente opacos. Aquellos que consiguen penetrarla (los hackers) pueden, por eso mismo hacer(me) cosas malas.

Pero el núcleo básico de la ética hacker es que no hay cajas negras – o que si las hay, que pueden ser abiertas, exploradas, entendidas y modificadas. La ética hacker se construye sobre la idea de que la cultura no es de “sólo lectura”, sino de que es “lectura/escritura”, y esto viene de su origen tecnológico: la cultura hacker surge en los talleres y laboratorios que diseñaron las tecnologías digitales que utilizamos hoy. Para los hackers tempranos, la tecnología era algo modificable según sus necesidades, y esta misma actitud se tradujo tanto en sus diseños como en sus productos culturales: el movimiento del software libre y del código abierto es una realización de la ética hacker, donde cualquiera puede tomar un producto tecnológico y transformarlo a voluntad. Y esta misma actitud, además, se ve también traducida y transportada no sólo a la producción de herramientas tecnológicas, sino que como ética hacker puede rastrearse y encontrarse en todo tipo de actividades humanas: “hackear” se puede disociar así del objeto o tipo de actividad, y puede pasar a entenderse más bien desde la actitud hacia los problemas.

Eric S. Raymond, un hacker ampliamente reconocido y un importante contribuyente al movimiento del software libre, esbozó la figura del hacker en un texto de 1996, How To Become a Hacker (que he comentado previamente junto con otros textos similares). En este texto, Raymond resume la actitud hacker en cinco principios:

1. The world is full of fascinating problems waiting to be solved.
2. No problem should ever have to be solved twice.
3. Boredom and drudgery are evil.
4. Freedom is good.
5. Attitude is no substitute for competence.

Notablemente, ninguno de estos principios tiene una relación necesaria con el desarrollo de tecnologías. Pero quizás el más interesante es el primero de estos principios: que el mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos. La ética hacker sí hereda muchas concepciones que se pueden explicar mejor en función a la tecnología: no sólo el hardware y el software, sino la realidad misma, los objetos, los procesos sociales, todos están compuestos por alguna forma de “código”. Todos encierran un conjunto de elementos vinculados entres sí por un conjunto de reglas, que juntos formulan una serie de operaciones válidas (y ya saben que voy a decirlo: juntos configuran una “gramática”), desde la manera como se deben ver las pinturas en un museo hasta el proceso de comprar un auto usado, pasando por cualquier otra cosa. Como también lo argumenta Lawrence Lessig, una de las consecuencias de cibernetizar el espacio es que podemos pasar a entender todo como manifestaciones de código – y si todo es código, entonces todos estos conjuntos de reglas y elementos pueden ser hackeables si tan sólo sus reglas pueden ser descifradas. Para hacer esto, además, uno no tiene necesidad de pedirle permiso a nadie: en la medida en que participo e interactúo con estas dimensiones de la realidad, me es imposible no captar la lógica de su funcionamiento, y percibir sus vacíos y sus posibilidades.

Costos de transacción

Hay, por supuesto, también una variación tecnológica que hace que todo esto sea posible, y que se pueda hablar de una “ética hacker” y una “cultura hacker”. La relativa independencia y autonomía (por no llamarlo anarquía) de los hackers individuales y sus grupos para poder modificar procesos tecnológicos o sociales y compartirlos con comunidades más amplias, articulando gruesamente un “movimiento” de alcance global, es algo tan sólo posible porque la tecnología misma ha modificado los costos de transacción de la acción colectiva, reduciendo enormemente la valla de participación.

La naturaleza de la corporación moderna tiene quizás su anclaje en un artículo de Ronald Coase de 1937, donde describe la “naturaleza de la firma” como un mecanismo para reducir los costos de transacción entre todas las partes involucradas en un proceso de producción. Siguiendo el clásico ejemplo de Adam Smith, si yo quiero vender tornillos, hay toda una línea de producción y un proceso de mercadeo para convertir metal en tornillos disponibles en el mercado. Según Coase, la manera más efectiva (en 1937) de hacer esto es creando una compañía que junte todos esos elementos, reduciendo los costos para que un departamento se comunique con el otro. Allí donde las ganancias superan a los costos de mantener a la compañía en operación, la iniciativa tiene sentido económico y la compañía sobrevive. Más aún, las compañías mejor organizadas serán las que más reduzcan sus costos de transacción y, por lo mismo, sobrevivan en el proceso darwinista del mercado.

Al dinamizar las comunicaciones interpersonales, las tecnologías digitales han llevado los costos de transacción para la acción colectiva casi a ser negativos, o al menos a ser extremadamente bajos. Coordinar un proyecto o un grupo de trabajo, un movimiento, un grupo de amigos, o cualquier otra iniciativa que agrupe a múltiples individuos, se ha vuelto algo extremadamente sencillo en comparación con el pasado de Coase. Clay Shirky ha observado que esto está haciendo posible que surjan muchísimas nuevas organizaciones y no-organizaciones con una capacidad de adaptación mucho mayor a las firmas de Coase: allí donde a una compañía grande le resulta sumamente caro reorganizarse para incorporar nuevas tecnologías, procesos o tendencias del mercado, para un grupo pequeño de gente esto es muchísimo más fácil. Esta es una de las razones por las cuales las nuevas corporaciones tecnológicas han podido crecer tanto en el mercado, al punto de eclipsar a muchísimas de las corporaciones tradicionales del mundo industrial (evidenciado por la rapidez del recambio en los valores que componen el índice Dow Jones a lo largo de los últimos 20 años vs. todos los años anteriores).

Pero aún más interesante que eso, es lo que estas tecnologías están permitiendo a una escala infinitamente menor. Chris Anderon ha argumentado que la reducción en los costos de producción, distribución y acceso por el efecto de las tecnologías digitales configuran una “larga cola” de producción económica que aunque siempre existió, en el pasado representaba el fracaso. Hoy en día, sin embargo, la posibilidad de operar a un costo mucho menor y de agregar mercados antes inaccesibles hacen que operar desde la larga cola sea completamente viable y rentable. Pero es, también, más interesante y gratificante: en el mundo de la larga cola, donde las oportunidades e satisfacer mercados radicalmente más específicos se vuelven justificables económicamente (algo imposible en tiempos de Coase), uno puede dedicarse a proyectos mucho más afines a sus intereses personales y aún así encontrar un mercado viable. Las expectativas de retorno son infinitamente menores, pero también generan que hay espacio para una diversidad mucho mayor de actores y participantes.

El espíritu del post-capitalismo (en donde trato de enlazarlo todo)

Si enlazamos las tres cosas, vamos a ver que hay líneas comunes que enlazan todos estos fenómenos. La ética hacker no sólo está haciendo posible, en cierta medida, la creación de tecnologías que reducen costos de transacción e inauguran mercados antes inexistentes; sino que, al mismo tiempo, sirven como el aparato conceptual que dinamiza y alimenta las iniciativas que pueden empezar a poblar estos nuevos mercados. La idea de que “el mundo está lleno de problemas esperando ser resueltos” es una invitación al hackeo, en cualquier espacio o actividad: podemos hackear tecnología como podemos hackear la educación, el arte, el transporte público, el periodismo, la arquitectura, la gastronomía, las publicaciones, la economía, la filosofía. Todo está a la espera de ser hackeado. Así como lo es el supuesto de que no hay necesidad de legitimación de una instancia superior para poder hacer cualquiera de estas cosas. En el contexto de la ética hacker, es mejor pedir perdón que pedir permiso. Y más aún, el valor de las contribuciones que uno hace a su comunidad se determina por su calidad y por sus contribuciones anteriores; no están determinadas a priori por cartones, títulos, o ninguna otra cuestión externa. Cada comunidad establece sus propias meritocracias dentro de las cuales los participantes adquieren reconocimiento en función a sus contribuciones.

Entonces, si el espíritu del capitalismo terminó por entenderse en términos de agregación – como lo describiría Coase, agregación de funciones para reducir costos y ampliar márgenes, o bajo el capitalismo financiero, agregación de productos y capitales para apalancar productos y capitales – el espíritu del post-capitalismo se entiende más bien en términos de des-agregación. Las comunidades y economías que surgen en el espíritu del post-capitalismo son infinitamente menores en tamaño, pero iguales o mayores en términos de alcance. La idea de “localidad” se ve desarticulada por el hecho de que uno puede establecer vínculos locales con gente que no se encuentra localmente, pero con quienes desarrolla mayores vínculos de afinidad personal. La idea de “comunidad” se puede ver así disociada de su componente geográfico, aunque cómo y en qué medidas es aún una cuestión abierta y ciertamente problemática.

Lo que sí parece más o menos claro es que la tecnología que ha surgido de la mano de la ética hacker en los últimos 40 años, está lentamente configurándose una economía y una serie de relaciones sociales a su imagen y semejanza. El apocalipsis financiero de los últimos años, aunque seguramente pasará y muchas de las operaciones del capitalismo financiero volverán a su operación normal con el tiempo, está sirviendo como incentivo (por interés o necesidad) para que muchas personas y organizaciones exploren nuevos modelos de operación y nuevas expectativas de retorno, que tienden más hacia la sostenibilidad y el crecimiento controlado que hacia el crecimiento explosivo y el máximo retorno posible. Esto se ve evidenciado en tendencias que muestran preferencias cada vez mayores hacia el trabajo independiente o el trabajo flexible, o la aparición de infraestructura elástica que permite operaciones que fluctúan en volumen e intensidad con el tiempo. En otras palabras: en muchos lugares y sectores, es cada vez más frecuente que las persona escojan flexibilidad y conveniencia antes que retorno material directo, allí donde tienen la opción.

El espíritu del post-capitalismo no es propiamente comunismo, ni socialismo, aunque ciertamente tiene tendencias que podrían describirse como tales. En realidad, termina apareciéndose mucho más hegeliano de lo que podría ser marxista: el vuelco post-capitalista se parece mucho a la esfera de la eticidad como es descrita por Hegel, como una esfera de realización colectiva donde el individuo se identifica y participa con la comunidad con la que establece vínculos.

Muchos de lo que están generando estos movimientos podrían fácilmente ser identificados como hackers, aún cuando explícita o conscientemente no conozcan o se identifiquen con los principios de la ética hacker. Pero en la medida en que descifran el código de sus respectivas actividades y encuentran la oportunidad para reformularlo en maneras creativas y de ampliar sus posibilidades, están poniendo en práctica principios de la actitud hacker hacia los problemas: que no hay cajas negras, que no tendría por qué haberlas, y que todo puede en alguna medida ser explorado, entendido y transformado. De esa simple noción se están extendiendo nuevas posibilidades económicas, y toda una nueva revolución industrial.