El mundo de Rupert

De hecho debo haberles recomendado antes que lean Boing Boing. Es uno de los mejores blogs que conozco. Y realmente se encuentran cosas geniales.

Cory Doctorow opina sobre el iPad desde el punto de vista de lo que significa para los usuarios de tecnología, reduciéndolos al rol unidimensional e incuestionable de “consumidores” en lugar de fomentar la tecnología como un uso crítico y transformador.

The way you improve your iPad isn’t to figure out how it works and making it better. The way you improve the iPad is to buy iApps. Buying an iPad for your kids isn’t a means of jump-starting the realization that the world is yours to take apart and reassemble; it’s a way of telling your offspring that even changing the batteries is something you have to leave to the professionals.

Si pasan por aquí regularmente notarán que esto es un tema que me interesa bastante últimamente. Porque conforme nos vemos cada vez más rodeados de dispositivos, formatos y tecnologías que solamente pueden utilizarse como el productor quiere que se usen, el potencial transformador de la tecnología se pierde. Al mismo tiempo, los actos que pretenden ver la tecnología como algo más, la actitud de desarmar el mundo para entender como funciona, termina volviéndose una actitud criminal, marginalizada. La pretensión de utilizar la tecnología como algo más que dispositivos unidimensionales se vuelve un acto de transgresión y de resistencia.

¿De transgresión y de resistencia a qué? Doctorow lo menciona también en su crítica al iPad, pero otro artículo en Boing Boing apunta además a un texto de Clay Shirky sobre el futuro de los modelos existentes de la producción de contenidos, a la luz de la pretensión de personajes como Rupert Murdoch de regresar al mundo como era antes (y que todos paguemos lo que los productores decidan por consumir lo que ellos decidan que consumamos).

Diller, Brill, and Murdoch seem be stating a simple fact–we will have to pay them–but this fact is not in fact a fact. Instead, it is a choice, one its proponents often decline to spell out in full, because, spelled out in full, it would read something like this:

“Web users will have to pay for what they watch and use, or else we will have to stop making content in the costly and complex way we have grown accustomed to making it. And we don’t know how to do that…”

La posición de Murdoch es vista en diversos lugares de la web como una compleja forma de tecnofobia, como el reclamo de un hombre de negocios de que el mundo cambió y se llevó su modelo de subsistencia. Y aunque es fácil entender esta crítica a Murdoch, lo cierto es que tampoco es claro qué ocurrirá luego de que Murdoch alce las murallas de nuevo y cobre por el acceso a su contenido en línea. Pero es sugerente que Murdoch haya tomado partido por el iPad en esta discusión, pues revela justamente la conexión a la que apunta Doctorow: dispositivos no solo cerrados, sino que además encierran al usuario en un ecosistema controlado centralmente, no son ninguna forma de liberación sino más bien un regreso a modelos de distribución de información que en gran medida estábamos dejando atrás. Y que, a la luz de las nuevas posibilidades, infantilizan al usuario al limitarlo a un rol únicamente habilitado para el consumo.

iPunk

Había una coda que quería agregar al artículo de hace unos días sobre punk, steampunk y cyberpunk. Es una coda que tiene que ver con el difuso tema de la resistencia y de la transgresión: justamente, uno de los temas recurrentes y transversales que encuentro en estas tres perspectivas es una cierta celebración del héroe-DIY: por poner un ejemplo, en el cyberpunk, del hacker que es capaz de sacarle la vuelta a la tecnología totalizante para hacerla servir sus propios objetivos personales. No con un propósito realmente heroico, sino más bien antiheroico: no porque intente salvar a la sociedad ni nada que se le parezca, sino simplemente porque puede sacarle la vuelta al sistema.

Este problema de la ciencia ficción es cada vez más relevante cotidianamente. Si pensamos en las primeras épocas de la tecnología digital, y los primeros años del desarrollo del software, encontramos un panorama que se asemeja a un viejo oeste lleno de hackers. La mayoría de las personas involucradas tenían las habilidades y el interés para apropiarse plenamente de la tecnología: no sólo uso tu programa, o uso tu aparato, sino que estoy en capacidad de entender cómo funciona, y cambiar su funcionalidad si es que así lo deseo. En buena medida, mucho de la innovación tecnológica de la época surgió de esta manera, hasta que los intereses comerciales y la protección de la propiedad intelectual vieron necesario eliminar este universo. De hecho, es conocida una carta abierta de Bill Gates en las primeras épocas de Microsoft, en donde pide a la comunidad amateur de programación que dejen de piratear su software porque no le permiten construir un negocio. Conforme los intereses comerciales crecieron simplemente ya no hubo mayor competencia en este rubro.

El problema está en que la visión dominante de la tecnología es la visión del consumo y no la de la transformación. Quizás el ejemplo más significativo de esto sean el iPod y el iPhone, y próximamente también el iPad, pero no son los únicos ejemplos. Se trata de dispositivos que, aunque su diseño pueda ser muy bueno, aunque su calidad pueda ser muy alta, funcionan de tal manera que el usuario no puede sino acceder a la forma de uso establecida por el productor. Sólo puedo usar un iPod dentro de los parámetros que Apple me ha puesto para usar un iPod, sólo puedo instalarle aplicaciones a un iPhone aprobadas por Apple para ser vendidas en su propia tienda de aplicaciones. No tengo la posibilidad de experimentar con el aparato, jugar con él de maneras que consiga que haga cosas para las que no estaba diseñado: o, por lo menos, no tengo la posibilidad legítima. Si transgredo estas normas de uso, puedo violar mi garantía, o quizás peor aún, ser desconectado del sistema por completo.

Esto, perturbadoramente, se está volviendo la regla y no la excepción. Otros dispositivos, como por ejemplo el Nintendo DS, tienen las herramientas para permitir que los usuarios desarrollen software y utilidades que no han sido aprobadas por el fabricante. Por ejemplo: un cartucho R4 para el DS me permite cargar información al aparato utilizando una tarjeta microSD estándar. Esto me permite utilizar programas como, por ejemplo, MasterStrokeDS, un sintetizador minimalista para hacer música al estilo chiptunes. Obviamente, la motivación de Nintendo al hacer esto es que el mismo cartucho R4 es precisamente el vehículo a través del cual se puede cargar software pirata al dispositivo, y de allí que busque prohibirlo legalmente.

La consecuencia termina siendo, sin embargo, que terminamos utilizando dispositivos que no tenemos la libertad de modificar o siquiera de usar plenamente. El argumento no es sencillo. Uno podría simplemente rebatir que el fabricante está en su derecho de establecer las condiciones de uso que le vengan en gana, y que si no me gustan dichas condiciones, no debo comprar el dispositivo en cuestión. Y también es cierto que para la gran mayoría de usuarios, el problema de la restricción de uso de su iPod nunca surgirá, pues hace lo que esperan que haga y no tienen la intención de buscar que haga algo más. Pero también es cierto que una vez que yo poseo el dispositivo, el fabricante no debería estar en una posición en la cual puede decirme qué puedo o no puedo hacer con un dispositivo que yo poseo. Es como si Sony decidiera que está prohibido que aquellos con televisores y DVDs hechos por Sony no pudieran usarlos para ver pornografía, porque no les parece, o por cualquiera razón que sea. Una vez que poseo el dispositivo, tengo una libertad fáctica para usarlo como yo quiera. Por eso, de nuevo, buscar transgredir estos límites no tiene nada de heroico ni poético, sino quizás mucho de antiheroico: los hackers del universo cyberpunk son una forma exagerada de los jailbreakers que hoy se dedican a romper la protección del iPhone para poder utilizarlo con cualquier software. Y así sucesivamente.

La universidad de Princeton alberga el sitio del proyecto Freedom to Tinker: un proyecto que gira en torno a la libertad para “entender, discutir, reparar y modificar los dispositivos tecnológicos que posees”. La protección de esta libertad es la inversión de la tendencia de un mercado tecnológico que, a pesar de sus posibilidades, nos ha puesto de nuevo en una posición en la cual consumimos tecnología, seguimos las reglas establecidas de juego, y no en un mundo en el cual participamos y usamos la tecnología de manera activa, inter-activa, en función a nuestros propios deseos y necesidads.

Terminator y la salvación de la tecnología

Acabo de ver la nueva película Terminator: Salvation, la cuarta parte de la saga Terminator que empezó en 1984. La pela no es la gran cosa, realmente, pero es entretenida, sobre todo por las referencias sueltas que tiene a las originales (la 1 y la 2, pues la 3 realmente no vale mucho la pena).

Pero aún así, me ha dejado pensando muchas cosas. Me encanta la película original del 84, y más todavía, Terminator 2, de 1991. Justamente por eso me parece que esta película pierde por no continuar la línea estética que formuló James Cameron en las dos originales. El Terminator de T2 introducía una ambientación muchísimo más sombría, oscura, muy en línea con la idea de que el fin del mundo estaba a sólo unos días en el futuro. Sin duda también por un tema de limitaciones técnicas, exhibía una mayor sobriedad en la construcción de la acción: sin dejar de ser una espectacular película de acción (innovadora en la gran cantidad de técnicas visuales que introdujo), alcanzaba bien un balance para no ser simplemente lineal y formulaica en su realización.

Contrasten, por ejemplo, las imágenes del trailer de arriba con la escena inicial de T2 (que por alguna razón no encuentro en una versión que pueda incrustar, pero el video está aquí).

La música, el tono, la narración, las imágenes -además de ser imágenes que tengo casi tatuadas en la retina- me parece que aportan mucha mayor complejidad que las de Salvation. La limitación tecnológica tiene mucho que ver: ahora que vuelvo a ver las imágenes y comparo, veo que mucho de lo que falta lo hace simplemente porque no podía estar ahí, la tecnología no permitía llenar esos vacíos. Pero por otro lado, esto tiene un efecto positivo: así como McLuhan habla de medios calientes como aquellos que brindan una gran cantidad de información, frente a medios fríos que en sus vacíos dejan espacio para la participación del espectador, de la misma manera veo en los vacíos de información de T2 el espacio para involucrarme de una manera mucho más profunda.

Un tema más difícil de comentar sería la problemática de fondo y cómo queda trabajada de diferente manera. Tendría que volver a ver la original, sobre todo T2, para poder comparar bien. Pero creo que como ilustración la saga Terminator recorre un miedo fundamental de nuestra época, que es el miedo a vernos sobrecogidos, de manera definitiva, por todo el aparato tecnológico que estamos construyendo a nuestro alrededor. Skynet no es otra cosa que la versión radical de cuando Windows empieza a hacer cosas por su propia voluntad, sin explicarnos ni mucho menos consultarnos si queremos hacerlo. Terminator lleva al extremo la pregunta por si nosotros usamos la tecnología, o si somos usados por ella – que es en gran medida, también, una reformulación por la pregunta de Marx sobre la mercancía, y si nosotros la consumimos, o somos solamente vehículos para que la mercancía pueda relacionarse con otras mercancías.

El problema no es el mismo, pero es análogo. Construimos un mundo de cosas, de conexiones, de aparatos, de distracciones, que terminan por convertirse en demandas que no podemos plenamente satisfacer. Recibo demasiado correo electrónico, tengo demasiados blogs que revisar, tengo que mantenerme al día en cada vez más redes sociales, y así sucesivamente. Nuestra preocupación es que no nos damos abasto, nosotros como organismos finitos, para estar a la altura de las condiciones que la tecnología prácticamente nos impone, de modo que no podemos evitar preguntarnos si realmente todos estos aparatos y extensiones están a nuestro servicio. Más aún, ¿qué pasaría si se pusieran en nuestra contra? ¿Cómo podríamos defendernos de una manera que no fuera, al mismo tiempo, tecnológica y retroalimentara aquello que nos destruye?

No quiero ponerme zizekiano-culturalista y empezar a decir algo así como que “Terminator refleja las estructuras de dominación propias del capitalismo tardío en Occidente”, ni nada por el estilo. Sólo me parece interesante señalar cómo, dentro de sus límites, la serie Terminator y también su última entrega abren una serie de posibles preguntas e interpretaciones sobre el rol que le damos a la tecnología en nuestras vidas, y por extensión el rol que le damos a los aparatos de producción y consumo también (que son, de cierta manera, también formas de “tecnología”). De allí que carga mucho peso la idea de la Resistencia, y aquello que la Resistencia resiste: la rebelión de las máquinas, la continuidad de la lógica tecnológica y la proliferación de los aparatos. Pero es, al mismo tiempo, irónico ver la manera a través de la cual lo hacen: finalmente, la solución a la crisis de las máquinas no puede venir si no a través de las máquinas -un uso más responsable, más informado, menos ingenuo, pero un uso de la misma tecnología finalmente-.

Lo siguiente sería preguntarnos si de 1984 a 1991 al 2009 nuestra manera de retratar esta preocupación, y las conclusiones que se desprenden de este tratamiento, se han visto sustancialmente cambiadas. Yo creo que sí, pero tendría que ver de nuevo las películas más de cerca para tenerlo más claro. O, formulado de otra manera, si Terminator 2 fuera lanzada originalmente hoy y no en 1991, ¿tendría la misma relevancia cultural fundante del género de acción? ¿O sería, como lo es hoy Salvation, simplemente una película de acción más?

No, creo que lo estoy formulando mal. Mi punto no pretende ser que T2 sea un documento histórico eterno, ni nada por el estilo. Es, simplemente, que la manera como pensamos en una película de acción hoy ya prácticamente no puede ser T2. Es Salvation, grande, explosiva, exagerada, eso es acción. La sutileza, el espacio del espectador parece quedar en un segundo plano. Pero después de haberme leído Everything Bad Is Good For You, estoy seguro que hay mucho más en este tránsito que estoy dejando de lado.