Borrón y cuenta nueva: ¿Debemos reiniciar nuestro social graph?

El viernes Facebook salió al mercado en una oferta pública inicial en el NASDAQ, con una valuación que fluctuó alrededor de los $115 mil millones. Son muchos millones. Hay quienes piensan que una compañía como Facebook no debería valer tanto, y otros dicen que la oferta pública inicial ha sido un fracaso o, por lo menos, una decepción, pues la acción cerró prácticamente al mismo valor al que abrió, desinflando las expectativas de millones de personas que esperaban una farra financiera.

Es interesante volver sobre la historia de cómo llegamos hasta aquí, en años recientes. Cuando empezamos a utilizar las redes sociales online, en realidad no teníamos idea de lo que hacíamos. Primero Friendster, luego Myspace, en algunos casos también Hi5 (¿recuerdan los “testimonials”?). Eventualmente Facebook abrió sus puertas y dejó que todo el mundo entre a jugar a su jardín amurallado, y nos adaptamos como mejor pudimos. La manera como utilizamos Facebook ha ido cambiando con el tiempo, de la misma manera que el producto mismo ha ido evolucionando, ampliándose y brindando nuevas posibilidades.

El conflicto es, quizás, que nunca hemos aprendido a ser muy diligentes respecto a nuestro rastro digital: el conjunto de perfiles, objetos y contenidos que hemos ido creando y publicando en la web a través de los años, y que hemos ido dejando atrás sin ningún tipo de mantenimiento, curaduría o consideración. Incluso dentro del mismo Facebook uno puede hacer este ejercicio de auto-arqueología continuamente: cada cierto tiempo verás el anuncio de que es el cumpleaños de alguien que quizás te importa poco, quizás no entiendes por qué lo saludarías o quizás simplemente no entiendes por qué rayos es tu amigo en Facebook.

Si recuerdan, al principio cuando estábamos construyendo nuestro “social graph”, nuestra red de conexiones en línea, no intentamos ser particularmente prolijos. En un esfuerzo por tener más “amigos” y ampliar nuestras redes, muchas veces aceptamos a cualquier persona, organización, objeto o ente como amigo en Facebook sin pensarlo mucho. Más aún, nunca nos detuvimos demasiado tampoco en limpiar eso posteriormente, eliminando personas o entes a los que quizás no queríamos darle acceso privilegiado a toda nuestra información personal (a medida que fuimos volcando más y más de ella en nuestros muros, perfiles y ahora, biografías).

Ahora, espero, somos un poco más conscientes de esas cosas, pero en muchos casos el daño a nuestro social graph ya está hecho. A medida que más y más aplicaciones se construyen utilizando ese social graph, esos primero “errores” o aprendizajes terminan afectando la información que recibimos y utilizamos: si los resultados de búsqueda en Google, por ejemplo, utilizan mi social graph para darme resultados más interesantes, ¿cómo aporta a esa relevancia la presencia de una persona que estuvo en mi colegio un año y no volví a ver más en la vida? Además, el costo de transacción de hacer limpieza es alto: no solamente consume tiempo, sino que eliminar gente de nuestra lista de amigos es una decisión complicada. ¿Estoy mandando un mensaje a esta persona? ¿Se enterará? ¿Se ofenderá? Todo lo cual hace que sea mejor no hacer nada que hacer algo.

Steven Levy escribía el año pasado que Facebook debería darnos la opción de empezar de nuevo. No perder nuestro contenido, no tener que crear un nuevo perfil, pero reiniciar nuestras lista de amigos para poder volver a empezar con mucha más consciencia de las consecuencias y las implicaciones. Michael Arrington fue un paso más allá al decir que esto podría convertirse en un talón de Aquiles a largo plazo para Facebook, cuando los usuarios empiecen a preferir opciones sociales online mucho más personalizadas y donde los “mundos no colisionen” continuamente.

No creo que pase ni lo uno ni lo otro, pero igual tenemos que empezar a observar y hacer algo respecto a las consecuencias de todo esto. Finalmente, no estamos realmente acostumbrados a cargar con toda nuestra historia social, todo el tiempo: pre-Facebook, era relativamente fácil dejar cosas atrás. Ya no. Ahora quedan marcadas como eventos en nuestra biografía, y cuando empezamos a marcarlas nunca pensamos que quizás, tiempo después, tendríamos que retroceder para hacer un poco de housekeeping.

Redes sociales internas

Me parece cierto que la naturaleza y los tipos de organizaciones están cambiando drásticamente, pero esto es cierto no solamente hacia afuera sino también hacia adentro: es decir, la manera como operan y trabajan las organizaciones, en un sentido amplio, está cambiando sustancialmente. Las organizaciones funcionan distinto, trabajamos de maneras diferentes y nuestras expectativas, y sobre todo las expectativas de nuevas generaciones que entran a formar parte de estas organizaciones, son significativamente diferentes.

Un ejemplo muy básico: hoy día prácticamente cualquier persona que entre a trabajar a una organización, estará acostumbrado a utilizar diariamente redes como Facebook, Twitter, YouTube, etc. Aún así, siguen siendo muchas las organizaciones – públicas, privadas y sociales – que filtran todas estas redes por considerarlas fuentes de distracción que reducen la productividad. Y sí, lo son, pero ése no es el punto: el punto es que el uso de estas plataformas ya es la línea de base, la expectativa mínima que tenemos. No entender esta suposición básica implica, de entrada, una declaración de desconfianza hacia las personas que trabajan en nuestras organizaciones. Esto es importante porque cada vez más, las relaciones entre empleadores y empleados se configuran en torno a la negociación de la confianza y la transparencia.

Pero lo opuesto también es posible – no solamente no resistirse (y fracasar en el intento), sino además aprovechar toda esta dinámica social que se puede construir entre las personas. El uso de herramientas de redes sociales, no solamente a nivel externo, sino también a nivel interno, puede ser una profunda fuente de transformación en la manera como trabaja una organización. Salesforce es una compañía que ofrece herramientas corporativas basadas en la computación en la nube – principalmente, su producto de CRM (Client Relationship Management) que permite centralizar toda la información de las relaciones que maneja una organización, y hacer seguimiento detallado de las interacciones. A este producto han agregado otro llamado Chatter, que funciona esencialmente como una red social interna dentro de una organización: una combinación de características conocidas de Facebook o Twitter, integradas con la plataforma CRM y los usuarios de la organización.

Salesforce está apostando a que Chatter puede cambiar la manera como los trabajadores de una organización se relacionan, tanto así que están promoviendo la herramienta fuertemente para su uso interno. En Ashoka también utilizamos Salesforce como CRM y estamos promoviendo el uso de Chatter como plataforma interna de colaboración: la adopción es simple porque es una herramienta que resulta fácil de asimilar para quienes vienen de usar Facebook, Twitter, o alguna otra red social; y es un canal sencillo de actualizar que facilita la comunicación interna, transparente y más allá de las jerarquías organizacionales. De modo que no cualquier organización puede adaptarse tan fácilmente a la naturaleza de Chatter: introducirse en este modo de operación implica comprometerse con cierto grado de horizontalidad y flexibilidad, e implica una fuerte declaración de confianza hacia los usuarios/trabajadores (algo que, en nuestro caso, es muy propio de la cultura interna de Ashoka).

En cierto sentido es obvio: sólo implementarían una herramienta de comunicación interna como Chatter organizaciones que ya hayan dado el salto a establecer un fuerte vínculo de confianza con sus trabajadores. Pero ocurren dos cosas: primero, que conforme este tipo de herramientas y formas de comunicación se vuelvan más comunes, la expectativa de todo nuevo trabajador será, de entrada, contar con este tipo de herramientas para comunicarse con sus colegas. Pero por otro lado, está la propuesta de valor que promueve Salesforce: cuando se desmontan las barreras tradicionales entre unidades operativas y se simplifica la comunicación a través de la organización, el resultado es un equipo con facilidades para colaborar y un fuerte incentivo para la innovación una vez que la información es liberada. Un equipo capaz de comunicarse abiertamente es un equipo en mejor posición para adaptarse a diferentes situaciones o para formular nuevas ideas y propuestas.

Ahora, además, hay la posibilidad de probar Chatter libremente – Salesforce ha habilitado en Chatter.com la posibilidad de que cualquier persona empiece a probar esta herramienta interna creando una cuenta con su dirección de correo electrónico de trabajo, pudiendo conectarse con otras personas de su organización que hagan lo mismo. Hay otras herramientas que ofrecen servicios muy similares: Yammer, por ejemplo, es otra herramienta muy pulida, gratuita, para conectar redes internas en una organización, muy parecida a Twitter. La principal diferencia es que Chatter se integra naturalmente con toda la funcionalidad del CRM de Salesforce – algo a lo que uno no puede acceder gratuitamente, pero que, obviamente, Salesforce espera que sus nuevos usuarios quieran probar luego de experimentar los beneficios de Chatter.

Carreras del futuro: videógrafo

Uno de los segmentos más interesantes de contenido en la web es el video, sobre todo luego de la aparición de YouTube que creó la plataforma perfecta tanto para la distribución como para el consumo. Y con ello, han empezado a hacer su aparición los videógrafos. Pero el videógrafo no es, propiamente, un comunicador audiovisual, o no tiene por qué serlo. En realidad, uno no tiene por qué estudiar cinco años de una carrera universitaria para estar en capacidad de producir clips cortos idealmente realizados para ser explotados en línea. El tipo de habilidades que se necesitan se están construyendo en contextos mucho más cotidianos, como grupos de skaters reunidos en plazas y parques grabando sus propios trucos, o personas que en sus propias casas están grabando sus propio videologs con sus opiniones y comentarios. El video en línea no necesita ser algo profesionalmente producido (aunque no es que eso le haga daño, tampoco). Lo que necesita sobre todo es un entendimiento intrínseco de cómo funciona el medio: el video en línea no es cine, y no es televisión, sino que es su propio pequeño universo, su propio lenguaje con su propia gramática.

A medida que más personas quieren empezar a publicar video en línea, entre todo tipo de organizaciones, las habilidades de alguien cumpliendo el rol de videógrafo estarán más en demanda. Se trata de alguien con la capacidad para capturar eventos en video de manera creativa, pensando que su material tiene que estar optimizado para una serie de clips donde cada uno no debería, en realidad, exceder los cinco minutos de duración. Con algunas habilidades básicas de captura y de edición uno puede producir este tipo de contenidos, que luego deben ser publicados, distribuidos y sobre todo promocionados utilizando medios en línea y redes sociales, de modo que el manejo de ese lado de la ecuación será también una herramienta importante en el arsenal del videógrafo.

Puntos extra recibirán los que sepan hacer uso efectivo de herramientas de transmisión en vivo vía web, de modo que puedan ofrecer a diferentes organizaciones la posibilidad de transmitir en vivo eventos y actividades para compartirlas con sus comunidades en línea.

De modo que el videógrafo es, en realidad, una suerte de híbrido que maneja tanto el lado de la realización audiovisual, junto con el lado de la promoción de contenidos en línea, alguien que sabe publicar videos en YouTube y luego explotarlos para generar la mayor cantidad de vistas. Y que puede ser quien ayude a una organización a empezar a comunicarse en la web utilizando uno de sus medios más efectivos, el video.

Laboratorios de la consciencia

Este miércoles a las 8pm he sido invitado a participar de un seminario de extensión organizado por la Escuela de Psicoterapia Clínica y Aplicada (EPCA) sobre “Internet y realidad virtual: nuevos modos de comunicación, nuevas formas de vivir”. Esta semana es la primera sesión, en la que participaremos Luis Herrera dando una mirada psicoanalítica a la realidad virtual, y yo. El próximo miércoles y el subsiguiente participarán también Roberto Bustamante, Ilse Rehder, Gonzalo Torres, Carmen Graham y Talía Chlimper.

Lo que quiero presentar este miércoles gira en torno a la relación que estamos aprendiendo a establecer con ese-otro-yo que se construye en la pantalla, ese yo que es otro pero que soy yo al mismo tiempo. Quiero además jugar con la idea de que las identidades que estamos aprendiendo a construir en realidades simuladas no son menos reales, sino que aportan algo fundamental a la construcción de nuestra identidad en tanto nos brindan espacios de experimentación donde podemos ensayar diferentes configuraciones que no necesariamente podríamos en el “mundo real”. Las identidades que construimos en los espacios virtuales de esta manera operan como una suerte de “laboratorios de la consciencia”.

Esto espero que podamos verlo principalmente en dos escenarios: en primer lugar, en la relación que construimos con los personajes que controlamos y a través de los cuales nos extendemos en los videojuegos, sobre todo en aquellos casos donde dedicamos tiempo a la construcción continua de un personaje en todas sus dimensiones. Esto se vuelve más complejo en videojuegos donde existe un orden moral codificado en las interacciones del juego (nuestros actos están programados para influir positiva o negativamente en actos posteriores del juego), o donde hay un orden moral importado del “mundo real” en la medida en que los demás personajes con los que interactuamos son también controlados por personas de carne y hueso.

El hecho de controlar un personaje cuyas acciones no necesariamente se reflejan sobre nosotros en el espacio físico nos brinda una suerte de extraña libertad para actuar. Es decir, mágicamente adquirimos una suerte de licencia para la transgresión en la medida en que no nos vemos necesariamente obligados a preocuparnos por las consecuencias de nuestros actos, o a hacerlo sólo dentro de los límites del juego. En otras palabras, puedo jugar a ser malo, y ver qué pasa. Mucho de lo que se ha dicho sobre esta posibilidad ha estado relacionado en torno a la discusión sobre la violencia en los videojuegos, y cómo este aprendizaje de la transgresión puede incentivar o no a las personas a hacer lo mismo en el espacio físico – pero de hecho, creo que justamente esta experimentación virtual que podemos hacer tiene valor justamente porque es virtual, porque nos da un espacio en el cual “saludablemente” proyectar y llevar a cabo todas aquellas cosas que sabemos que no podemos hacer en el mundo físico.

El segundo escenario en el cual quiero explorar esta idea es el de las redes sociales en la web. En las cuales, de alguna manera, también nos extendemos y proyectamos en la forma de perfiles que se van desenvolviendo a través del tiempo: quién soy yo deja de ser un conjunto de descripciones definidas para convertirse en un discurso continuo y constante sobre qué hago, con quién me comunico, qué me interesa, dónde estoy, etc. Creo que la lección interesante aquí es que la identidad, o las identidades, que construimos en espacios virtuales dejan de ser productos estáticos y determinados para convertirse en procesos dinámicos que evidencian, además, la manera como se superponen diferente versiones de quien yo soy: no sólo un yo-efectivo, sino también un yo-desiderativo, y además múltiples versiones del yo que vienen de los demás. Fotos en las cuales aparezco, mensajes que me envían, y demás elementos que, en conjunto, forman una visión abstracta de quien soy -una función de onda, si quieren ponerse cuánticos- que colapsa según los intereses del observador.

Con toda esta exploración, espero que finalmente podamos llegar a formularnos algunas preguntas sobre lo que me gusta llamar tecnoexistencialismo: una vez que dejamos detrás las ingenuidades respecto a cómo pensamos la tecnología, y empezamos a pensar desde ella, entendiendo lo que nos ofrece tanto como amputaciones y como extensiones, ¿qué lecciones podemos extraer? Si de hecho nuestras identidades se desarrollan en estas versiones de laboratorio, ¿cómo esos resultados repercuten o influyen en nuestra vida cotidiana en el espacio físico, y viceversa? ¿Qué es necesario y cómo canalizamos estas experiencias en aprendizajes que nos hagan encontrar un lugar de mayor comodidad con la tecnología? En otras palabras – cuando se hace tan fácil que desarrollemos personalidades múltiples, ¿cómo hacemos para no volvernos locos en el intento?

En fin, éstas son algunas de las ideas que espero desarrollar en la presentación de este miércoles. Pueden encontrar el programa completo, así como información sobre cómo inscribirse, aquí.

Identidades en conflicto

Primero, el desarrollo tecnológico nos hizo posible diversificar y des-centrar la construcción de nuestra personalidad. Nos brindó una multiplicidad de escenarios, separados entre sí, con diferentes audiencias, frente a las cuales yo podía jugar a construir diferentes personajes. Esto era consistente con el hecho de que, en la vida real, operábamos en diferentes contextos, y ofrecía además la experiencia de la virtualidad como estando protegidos bajo la idea de que construíamos algo otro, que no terminaba del todo de afectarnos. Con la web aprendimos, más que nunca antes, a que yo es muchos y que estos muchos actúan de maneras muy diferentes en diferentes espacios, y que esto realmente no tiene por qué ser un problema.

Pero ahora pareciera como si estas múltiples identidades empezaran a colapsar sobre sí mismas. La idea de que puedo, incluso debo, consolidar mis múltiples identidades en línea bajo una suerte de unidad, bajo algún tipo de articulación central, se vuelve cada vez más fuerte. Facebook quiere ser ese lugar a través del cual toda tu vida en línea converja. FriendFeed quiere serlo, Google quiere serlo. Cada más servicios permiten agregar las múltiples fuentes de información que construyo: en mi perfil de Facebook puedo agregar las novedades de mi blog, mis videos en YouTube, mis fotos, mis artículos favoritos, y demás. Los diferentes escenarios en los que se juega la construcción de mi identidad se ven reunidos.

Esto, sin embargo, genera tensiones. Porque yo no soy el mismo personaje en todos estos canales, e incluso del mismo Facebook, no soy la misma persona para los cientos de personas en mi lista de “amigos”. Ahora tengo compañeros de trabajo, del colegio, de la universidad, de múltiples contextos observando el desarrollo de la misma fuente de información que se despliega paulatinamente. Esto hace que sea más difícil construir múltiples personajes para cada audiencia, o que si quiero hacerlo, tengo que pasar a darme cuenta que lo hago y volverlo un acto intencional. Pierde transparencia, pierde inmediatez.

El incentivo para Facebook, FriendFeed o Google es claramente uno de mercado: ser el intermediario entre tú y tu vida en línea. ¿Cuál es el nuestro? ¿Cómo hacemos para ser muchos cuando no hay muchos lugares? ¿O es que, realmente, nunca quisimos ser tantas personas metidas en una?

Personalidades múltiples

Dentro de la mutación cultural de la era contemporánea, las identidades que construimos no han quedado fuera del proceso. De la misma manera como grandes unidades se desarticulan o fragmentan, las identidades que podíamos antes considerar como cohesionadas y consistentes se descomponen dando lugar a una concepción mucho más performativa de la identidad. Interpretamos diferentes roles frente a los demás, roles que varían de acuerdo al contexto y al propósito que tengamos en nuestra comunicación con los otros.

Pero no se trata simplemente de decir que escondemos nuestra personalidad detrás de diferentes máscaras, sino que las máscaras son nuestra personalidad. Siempre nos presentamos en algún contexto, y siempre estamos construyendo personajes que responden a diferentes expectativas. Estamos permanentemente contando una historia sobre quiénes somos, que va más allá de simples descripciones definidas.

Narrativas cotidianas

Básicamente, nuestros roles son negociados según el contexto. Y en esa negociación entran a tallar tanto nuestros deseos y expectativas respecto a lo que queremos ser, como los deseos y expectativas de los demás respecto a lo que quieren que seamos. No es que necesariamente prime lo uno o lo otro, sino que nos encontramos en el medio: de esa manera, la percepción que la “audiencia” tiene de mi performance es un elemento igualmente constitutivo de quien soy como aquello que yo quiero proyectar.

Esto quiere decir, además, que somos mucho más tolerantes con la posibilidad de cumplir diferentes funciones según el contexto. Lo cual está directamente relacionado con nuestro consumo de información: por momentos puedo ser consumidor, por otros creador, en otros momentos crítico o quizás en otros curador. Los roles son muy cercanos entre sí y se traslapan considerablemente, y por ello mismo puedo desplazarme entre múltiples roles sin tener que comprometerme absolutamente con uno que resulta exclusivo. Esto, me parece, refleja de una manera más clara la manera como nos comportamos cotidianamente, cuando no asumimos una misma perspectiva que mantenemos imperturbable todo el tiempo.

La construcción de estas narrativas se vale de una serie de recursos – lo que podríamos ver como una performance que se vale de diferentes utilerías. Y es que, como vivimos en un mundo de significados compartidos, podemos valernos de esos significados culturales para sintetizar la información que queremos comunicar sobre nosotros. El tipo de ropa, de zapatos, de accesorios, los gustos, las preferencias, todas esas elecciones comunican algo sobre mí que puede ser más o menos fácilmente percibido por las personas con las que interactúo. Lo cual transforma el consumo de objetos y lo convierte en consumo de valores simbólicos, de significados y discursos: las identidades de los mismos objetos son ellas mismas negociadas en el espacio compartido.

De allí la importancia en la actualidad de que el marketing se preocupe por adherir historias a sus productos más allá de simples objetos de consumo. Las marcas tienen cada vez más valor por sí mismas, por su contenido simbólico, que por lo que pueden valor como productos, y las marcas más valiosas son las que tienen identidades más establecidas. Coca-Cola, por ejemplo, es una de las marcas con identidades mejor establecidas a nivel global:

Pero el proceso de incorporar estos productos a nuestras historias personales no es gratuito ni directo – finalmente, estamos realizando inversiones emocionales significativas cuando hacemos esto. Lo cual quiere decir que la marca nos pertenece tanto a nosotros que le damos valor, como al dueño que la ofreció como un significado compartido: nos apropiamos del valor simbólico de la marca al integrarla en nuestra propia narrativa. Y esto mismo se da no solamente con marcas, sino con todo tipo de utilerías: creencias, filosofías, religiones, ideas, conceptos, asociaciones, afiliaciones, y demás elementos de contenido altamente sintetizado que nos ayuda a comunicar algo sobre las performances que construimos.

Quizás uno de los ejemplos más claros de cómo se articulan estas narrativas sean los perfiles que construimos en redes sociales como Facebook: en ellos, no solamente lo que nosotros decimos, sino lo que los demás dicen de nosotros, determina la manera como seremos percibidos. A su vez, disponemos de un enorme arsenal de elementos que podemos usar para expresar identidades: los libros que nos gustan, la música, las películas, las fotos, las aplicaciones, los grupos, las páginas de las que somos fans, las causas, todas ellas contribuyen a comunicar un significado sobre quién y cómo soy. Ninguno de esos elementos agota mi identidad – pero todos aportan elementos a la historia que intento desplegar por medio de mi perfil.

Patologías

Aquí, sin embargo, empezamos también a ver cómo las separaciones entre lo privado y lo público empiezan a diluirse, y cómo cambia nuestra dinámica social cuando se vuelve muy fácil para nosotros publicar información privada, así como acceder a la información privada de los demás. Servicios en línea como YouTube, MySpace o Facebook sirven como plataforma para que millones de personas empiecen a transmitir sus propios reality shows, llevando la idea de construir una narrativa personal mucho más allá. Incluso empezamos a encontrarnos manifestaciones y tendencias donde esto alcanza niveles que normalmente encontraríamos perturbadores:

De hecho, esta facilidad de acceso hace que patrones de conducta como el voyeurismo y el exhibicionismo se vuelvan moneda común, y sobre todo con personas más jóvenes, más integradas a estos medios, se vuelve mucho más difícil trazar claramente la línea divisoria donde dejar de comunicar información privada – lo cual puede tener consecuencias muy serias.

Pero conforme estas manifestaciones se vuelen tendencias cada vez más generalizadas, es pertinente preguntarnos también en qué momento dejamos de considerar que se trata de conductas patológicas y se vuelven parte de la normalidad. Las redes sociales brindan cada vez más opciones para publicar los detalles minuciosos de nuestra vida cotidiana – Twitter es un buen ejemplo de ello – y conforme más y más personas participan de este intercambio, deja de resultar algo tan excepcional y sorprendente. Pero nos sigue costando mucho trabajo borrar la línea divisoria a la que estamos acostumbrados, separando nuestra vida privada de nuestra vida pública.

Parte de ello se debe a que, como consecuencia del proceso de fragmentación de la cultura de masas, hemos buscado las maneras de reintroducirnos en dinámicas comunitarias que nos reafirmen algún sentido de pertenencia. Después de la masificación homogénea, nos devolvemos a la especificidad de comunidades locales dentro de las cuales las interacciones tengan mayor sentido personal, y las relaciones comporten más significado. Así, la posmodernidad ha significado también una explosión de subculturas e identidades locales, incluso dentro de los mismos contextos urbanos masificados, dentro de los cuales hacemos un esfuerzo especial por encontrar nuestro lugar y, de alguna manera, vivir nuestra vida privada de manera social.

Estas vidas comunitarias, de nuevo, se articulan mediante el uso de diferentes utilerías a través de las cuales intentamos comunicar nuestra pertenencia. Esto se enmarca, además, en viejas tradiciones de clanes y ejércitos llevando estandartes y distintivos, pasando por pandillas en tiempos más actuales y llegando a casos contemporáneos como, en este video, los punks, los emos, y los hare krishna.

Tribalización

Esta reasimilación en grupos y comunidades tiene mucho que ver con el proceso de globalización y con el que es su proceso complementario, el de tribalización. Frente al riesgo de la pérdida de identidades particulares frente a una misma plantilla identitaria homogénea, el valor y la cohesión de las identidades grupales se incrementa por ofrecer un espacio donde se tiene una cantidad mucho más alta de significado. Me importa más, me vincula más, y puedo ejercer mayor agencia dentro de estos grupos, que siendo absorbido por las dinámicas homogenizantes de la globalización.

Lo cual lleva, también, muchas de estas problemáticas al ámbito de lo colectivo y lo político. Porque también las identidades de los grupos se negocian frente a las identidades de los demás grupos, y en el proceso de globalización, eso está llevando a que comunidades tradicionales que ven sus formas de vida amenazadas busquen la manera de atrincherarse en una defensa de la tradición. Esto es también lo que ocurre, por ejemplo, con los grupos conservadores religiosos que se afianzan en una defensa de la tradición para preservar su forma de vida frente a lo que ven como el triunfo del mal en el mundo.

Es también lo que ocurre en conflictos culturales como los que vimos en Bagua hace unos días – donde el conflicto es, a gran escala, entre una visión globalizante y homogenizadora del desarrollo de la sociedad, frente al derecho y la necesidad de comunidades de protegerse y negociar su identidad en el espacio público. Estas comunidades están, también, reconfigurando los términos del espacio político y ofreciendo nuevas dinámicas de participación que, en muchos casos, se muestran como más apelativas para aquellos que buscan alternativas mucho más vinculantes y personales.

Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

En los varios posts de la última serie, he referido en varias ocasiones a la idea del nuevo ecosistema mediático y a las reconfiguraciones que están adoptando los roles que forman parte de él. Quiero cerrar esta serie entrando un poco más en esta idea porque nos permite entender mejor qué lugar ocupa el periodismo reconfigurado dentro de este espacio, y sobre todo, en qué relaciones entra en el nuevo ecosistema. Hemos visto que lo más probable es que el periodismo sobreviva a sus instituciones, pero que el periodismo que sobreviva será radicalmente diferente; al mismo tiempo que los ciudadanos se vuelven un poco más periodistas, aunque parece más completo decir que el ejercicio de la ciudadanía misma está variando.

La idea de la reconfiguración del ecosistema mediático la tomé de un pequeño video que encontré en el blog de la Fundación Knight. Éste es un fragmento del profesor Jeff Jarvis, de la escuela de periodismo de la City University of New York:

Esta idea del nuevo ecosistema me gusta mucho porque parte de una constatación actualmente básica: la complejidad de la situación. Las relaciones que antes habríamos podido asumir de una manera más lineal en la manera como actuaban e interactuaban los medios y los consumidores ahora se vuelven una cuestió mucho más caótica donde no hay, realmente, reglas claramente establecidas. Recapitulemos un poco el background y veamos la tendencia: hace mucho, mucho tiempo, el ecosistema era mucho más simple. La cultura y el conocimiento -principalmente esto último- eran una prerrogativa y un privilegio de muy pocos. Con la aparición del alfabeto, la posibilidad de participar de la difusión del conocimiento era reservada a los pocos que sabían leer, y aún dentro de ellos, a unas pocas castas -las monacales, o las universitarias por ejemplo- con acceso a los pocos recursos disponibles de transmisión del conocimiento.

La imprenta de Guttenberg cambió esto por completo, y los sucesivos desarrollos en la tecnología de impresión tanto más aún: se hizo posible la difusión a gran escala y alcance de cuerpos de conocimiento más o menos uniformes, y la cultura adoptó el carácter de masiva. Se amplió el público, pero no en la misma escala los contenidos o creadores: la barrera de acceso seguía siendo la tenencia de los medios de producción, en este caso de la imprenta. Nuevas tecnología ampliaron más aún el alcance, pero incrementaron también la barrera de acceso: el espectro radiofónico que utiliza la radio y la televisión es limitado, y la inversión necesaria para jugar el juego es bastante alta.

Hago esta breve introducción histórica para sentar el contexto del ecosistema mediático que hemos conocido, que es la base de la cultura de masas: pocos nodos emisores frente a grandes masas consumidoras de contenidos e información. Los medios por los cuales el público consumidor puede participar de los contenidos son sumamente limitados, y frecuentemente ellos mismos controlados por los emisores (por ejemplo, las mediciones de audiencia, o las cartas al editor).

Con la introducción de la tecnología digital, el ordenamiento tradicional de este ecosistema se ve colapsado. La tecnología digital reduce enormemente la barrera de ingreso: es posible, técnicamente, escribir en una computadora personal e imprimir en una impresora doméstica y así generar contenidos publicables. Así también las cámaras digitales y el video digital hacen que estos medios estén al alcance de muchas más personas que antes (aunque, es claro, no de todos aún). Con la articulación de Internet se transforma el otro gran obstáculo cuando se crea un nuevo circuito de distribución de información que hace posible, al menos en potencia, que cualquier persona comunique al mundo sus ideas, y con la aparición de Google se hace posible que la reproducción y difusión de estas ideas se haga de una manera más o menos meritocrática, en función a la valoración que el resto de la web hace de un contenido. Con el desarrollo de las redes sociales, los usuarios -ya no simplemente consumidores- empiezan a encontrar en sus manos las herramientas para ser ellos mismos árbitros de la información que comparten con sus redes de contactos. La información y el conocimiento se vuelven más que nunca un proceso, y más que nunca uno social.

Hablar de un ecosistema mediático me resulta ilustrativo porque refleja la complejidad que resulta de todo este proceso histórico, así como también el hecho de que no estamos hablando de elementos que operen aisladamente. Dentro de este ecosistema, diferentes medios, contenidos y lenguajes forman una continuidad a través de la cual se desenvuelven los discursos y las interacciones. A partir de todo esto quiero coger dos ideas relevantes a este nuevo ecosistema mediático. La primera es en torno a los nuevos personajes que participan de él; la segunda, en torno a los nuevos roles que jugamos nosotros.

He intentado señalar que el rol del periodismo en este ecosistema se ha visto transformado, así como también que los ciudadanos estamos jugando un rol diferente en esta interacción. Pero como bien señala Jarvis, las relaciones son más complejas que ésas: diferentes tipos de actores están participando de este ecosistema. Existen también organizaciones con objetivos específicos y agendas puntuales que están comunicando mensajes para promocionar sus ideas e intereses, y que están consiguiendo también generar los mensajes más interesantes en términos de involucrar a sus audiencias. Existen bloggers individuales y colectivos en torno a una enorme cantidad de temas, muchos más de los que la oferta comercial podría satisfacer -la larga cola de los intereses que cobra dimensiones relevantes a partir de Internet y Google-. Pero el universo de los blogs ya ni siquiera es suficientemente descriptivo de lo que está pasando, cuando redes sociales y demás servicios interactúan todo el tiempo con el contenido.

La cantidad y el tipo de actores que participan de este nuevo ecosistema se sigue ampliando cada vez más. Brian Solís, en el artículo que he venido comentando, habla de lo que llama una “statusphere” (que se traduciría horriblemente como “estadósfera”, pero el término original también suena igualmente horrible, basado en la idea de “actualizaciones de estado” de redes como Twitter o Facebook):

La Estadósfera [Statusphere] es el nuevo ecosistema para compartir, descubrir y publicar actualizaciones y micro-contenidos que revereberan a través de redes sociales y perfiles sindicados, resultando en una formidable efecto de actividad en red. Es la curación digital de contenido relevanto que nos vincula contextualmente a la Estadósfera, donde podemos conectarnos directamente con contactos existentes, llegar a nuevas personas, y también forjar nuevas conexiones a través del efecto de amigos de amigos en el proceso. [Traducción mía]

El término estadósfera es casi casi tan horrible como blogósfera, si no peor, así que no quiero usarlo mucho. Pero me quedaré con la idea del contexto y del ecosistema, y de cómo todos estos nuevos actores están operando: cuando la cantidad de información que tenemos que procesar para darle sentido al mundo es tan grande que es sencillamente imposible que lo hagamos solos, tenemos que buscar referentes en los que podamos confiar que nos ayuden a manejar esta complejidad. De la misma manera en que confiamos en otros para administrar partes de esta complejidad, nosotros mismos podemos hacernos cargos de otras partes y compartir nuestro proceso de filtrado y contextualización con una comunidad más grande.

Entonces, si el nuevo ecosistema mediático está marcado tanto por la transformación del papel que jugaban los viejos personajes, como por una apertura hacia todo un nuevo conjunto de actores participantes se que comunican e interactúan entre sí y con un público que deja de ser consumidor pasivo, es razonable suponer que los roles que se juegan dentro de este ecosistema también han cambiado. De nuevo, me remito a la analogía que usé antes sobre la diferencia entre organizarnos en “carpetas” o en “etiquetas”: de manera similar, hemos abandonado un esquema en el cual los actores en este ecosistema cumplen un solo rol determinado, por uno en el que muchas personas cumplen muchos roles al mismo tiempo, que se sobreponen unos con otros.

Un reporte de Forrester Research del año 2007 exploró un poco más lo que denominó las “tecnográficas sociales“, los patrones de comportamiento que adoptaban los usuarios de diferentes tipos de redes sociales. El resumen ejecutivo del reporte señala:

Muchas compañías enfocan la computación social como una lista de tecnologías que deben implementarse según son necesarias -un blog aquí, un podcast allá- para conseguir un objetivo de marketing. Pero un enfoque más coherente es empezar con un público objetivo y determinar qué tipo de relación quiere crear con ellos, basándose en aquello para lo que están preparados. Forreste categoriza los comportamientos de computación social en una escalera de seis niveles de participación; utilizamos el término “tecnográficas sociales” para describir el análisis de una población según su participación en estos niveles. Marcas, sitios web, y cualquier otra compañía aplicando tecnologías sociales debería analizar las tecnográficas sociales de sus clientes primero, para luego crear una estrategia basada en ese perfil. [Traducción mía]

Los seis tipos de comportamiento identificados por el reporte son: creadores, críticos, coleccionistas, seguidores, espectadores e inactivos. Los nombres son bastante autoexplicativos, y lo interesante es que reflejan una escala según el nivel de participación: desde usuarios que no se involucran, hasta usuarios que se involucran tanto como para empezar a generar sus propios contenidos y volverse creadores. Pero la manera incorrecta de leer esta categorización sería asumir que estas categorías son roles excluyentes unos de otros: de hecho, lo que parece más exacto es que uno pertenece en diferentes grados a varias de estas categorías al mismo tiempo. No nos involucramos de la misma manera con todas las cosas, como tampoco tenemos solamente un interés al cual le prestamos atención, con lo cual es razonable suponer que tenemos diferentes grados de participación frente a diferentes temas o en diferentes contextos.

La otra conclusión interesante que podemos desprender de esto es que lo que entendemos por participar de comunidades en línea es, también, una idea compleja. La manera como los usuarios están ejerciendo, digamos, este “periodismo ciudadano”, o el tipo de funciones que están cumpliendo en el manejo de la información y el conocimiento puede adoptar diferentes formas. Es cierto que algunos se dedicarán a generar nuevos contenidos, pero para que ese contenido llegue a alguna parte deberá caer en las manos de otras personas que lo comente, lo comparta, lo recomiende, lo critique, o simplemente escoja publicar el link. Al mismo tiempo, aparecen nuevas herramientas que funcionan para estos diferentes grados de involucramiento: desde la posibilidad de Retweetear en Twitter, hasta el botón para “marcar esta página” en Delicious, y demás alternativas. Y todos jugamos estos diferentes roles en el proceso cotidiano de manejar la información que nos rodea para introducirla en algún tipo de contexto que nos permita darle sentido al mundo. Este proceso de darle sentido al mundo es, entonces, una función eminentemente social. Y es en este proceso en el cual el periodismo se introduce hoy, dentro de este nuevo ecosistema. De vuelta a Solís:

La humanización y socialización del periodismo creará una plataforma viable para una vinculación significativa que construya una nueva era de confianza, lealtad y comunidad en torno a la marca mediática, una persona a la vez. Al mismo tiempo, establece una vía vibrante y colaborativa para descubrir y compartir historias de la gente, y para que la gente dé forma a historias que importan más allá de la mesa de asignaciones. Los consumidores están entonces involucrados en los medios y llevan un sentido de pertenencia y orgullo de haberse ganado la oportunidad de ayudar a dar forma a su curso. [Traducción mía]

He hecho, con todo esto, un recorrido bastante largo y estoy un poco cansado. Estas ideas no son de ninguna manera finales, sino que son sólo esbozos que espero poder tomar como base para ir puliendo y ampliando y discutiendo y comentando. Pero me parece que de todo esto se desprenden una serie de consecuencias sumamente interesantes, que no alcanzan solamente al periodismo sino que llegan a tocar toda la manera como estamos entendiendo nuestra cultura hoy en día. Por un lado escuchamos mucho de que nuestros fundamentos están en peligro, y escuchamos también que eso se evidencia en el colapso de nuestras instituciones más, supuestamente, fundamentales. Pero dentro de ello se abren nuevos espacios y nuevas oportunidades para aprovechar ese movimiento. Sobre todo, da la coincidencia, alegre o no, de que con nuestra participación cotidiana en espacios ahora cotidianos, recorriendo la web, leyendo noticias, invirtiendo tiempo en redes como Facebook, siguiendo gente en Twitter, estamos inevitablemente participando de todos estos procesos en mayor o menor medida. Y estamos distribuyendo socialmente procesos que antes eran más bien individuales: nuestras relaciones de confianza, nuestro manejo de información, incluso la construcción de nuestra identidad individual hoy día pasa por un proceso socializado y mediado tecnológicamente. Dadas todas esas coincidencias, creo que cae por su propio peso que nos veríamos beneficiados de considerar un poco más profundamente lo que está en juego en estos cambios: como señalaría McLuhan, preguntarnos por las amputaciones y las extensiones que el cambio mediático está generando.

Qué podría significar una nueva forma de periodismo

Ahora, después de haber considerado (1) que el periodismo y las organizaciones que lo han albergado hasta ahora no son lo mismo, y (2) que el influjo del periodismo ciudadano presenta un desafío de importancia al periodismo para recuperar su especificidad, quiero volver al artículo de Brian Solís que dio inicio a toda esta discusión. Y con ello, volver a otra de las preguntas centrales: entonces, ¿cómo se puede re-configurar el periodismo para funcionar en el nuevo ecosistema mediático?

Creo que lo que digo es que en un momento cuando los caminos tradicionales hacia carreras en el periodismo están siendo cuestionados, periodistas excepcionales pueden crear su propio destino. Su futuro está en sus libretas de notas (o en sus laptops), listo para escapar del papel al mundo en línea y al mundo real.

(…) Personalidad, motivación, determinación, y la habilidad para aceptar el riesgo y lanzarse hacia territorios desconocidos e impredecibles es la única manera de empujar el cambio e influir en la dirección de las aventuras profesionales. [Traducción mía]

De acuerdo, quizás hasta ahí la cosa no queda demasiado clara, pero el asunto mejora.

La hipótesis central de Solís en este sentido es que aunque las organizaciones de noticias pueden colapsar, lo que no desaparecerá aún en tiempos de crisis es la demanda por parte de lectores de contenidos interesantes y de calidad, con los cuales puedan vincularse personalmente. De esto se sigue que, en la medida en que los periodistas consigan conectar con esta demanda, podrán generar emprendimientos noticiosos/informativos que reconstruyan el panorama de la oferta mediática más allá de instituciones colapsadas como los periódicos. Creo que en este punto Solís pone demasiado énfasis en el peso del contenido por sí solo -como si tradujera la lógica de la palabra impresa y la traspusiera al medio digital- pero plantea suficientes puntos interesantes como para seguir el hilo de su argumento.

Entonces, siguiendo este hilo, lo que es posible que encontremos es que existen alternativas profesionales en el futuro periodístico para aquellos periodistas (y uso aquí el término en sentido amplio) que mejor consigan engancharse con un público: para los que consigan conectar de un modo personal mucho más cercano con sus lectores o con su audiencia de tal manera que consigan articular lo que Seth Godin llamaría una “tribu”:

Es suficiente si la tribu que lideras te conoce y le importas y quiere seguirte. Es suficiente si tu liderazgo cambia cosas, sorprende a la audiencia y pone al status quo bajo presión. Y es suficiente si el liderazgo que brindas hace una diferencia.

Recorre la lista de historia de éxito en línea. Los grandes ganadores son organizaciones que brindan a tribus de gente una plataforma para conectarse. [Traducción mía]

El problema es, claro, que los periodistas tradicionalmente no están formados, acostumbrados, ni realmente buscan/esperan/quieren tener que liderar ningún tipo de tribu. El periodismo profesional entendido tradicionalmente cumple una función bastante lineal: recoger información, procesar información, transmitir información. Todas las funciones accesorias o periféricas corresponden a otras personas dentro de la organización. Pero, un momento. La organización ya no existe, o está en vías de colapso. Por lo tanto, las funciones mismas que cumple el periodista tendrán que ampliarse también: ya no se trata simplemente de crear el filtro de información entre los que saben y los que no (algo que hemos visto, además, ya no es exclusividad del periodista), sino que el verdadero valor del periodista recaerá más en su capacidad de crear una conexión con el público, y entre el público mismo.

¿Qué quiere decir esto, y con qué se come? Por un lado, que el periodismo reconfigurado requiere de un conjunto de nuevas habilidades propiamente “periodísticas”. Eso, me parece, está ya mejor cubierto en otro lado. La novedad que creo se puede introducir en este punto con Solís concierne más bien a este nuevo rol abstracto de articulador que compete a los periodistas detrás de estas nuevas iniciativas periodísticas, un rol de articulación que, me parece, involucra tres competencias diferentes pero profundamente vinculadas entre sí: (1) la capacidad para construir un efectivo branding personal, (2) la capacidad para articular de manera auténtica una comunidad, y (3) la capacidad para llevar adelante algo-así-como una empresa unipersonal (o casi unipersonal).

Lo que esto quiere decir es muy simple: lo primero es que, en la crisis, los periodistas tienen también que aprender a ser emprendedores y a generarse sus propias alternativas. Esto no es nuevo, porque lo mismo o algo muy similar podría decirse de casi cualquier otra actividad económica en estos tiempos. Y sí, es cierto, y hay que admitir, que quizás ésta no sea una solución adecuada para cualquier persona por diferentes razones, pero mi argumento aquí más que una columna de autoayuda es que ésta podría ser la forma de iniciativas periodísticas en el futuro cercano. Dentro de estos nuevos emprendimientos, el valor principal se ve derivado de la narrativa que el periodista sea capaz de articular: el contenido, la historia, la consistencia, el núcleo en torno al cual se construye todo lo demás. De nuevo, quizás no se trate necesariamente de historias que resalten por su objetividad, por su neutralidad, sino que quizás sean justamente lo contrario: historias auténticas que no tengan miedo de tomar partido abiertamente (no por eso volverse fundamentalistas) y de esa manera conectar de una manera mucho más cercana con su público objetivo. Paul Swider tiene un buen comentario en este sentido sobre por qué esto es valioso:

Las organizaciones de noticias podrían y deberían estar a la vanguardia de esto [llevar a los ciudadanos de discutir a resolver problemas] porque trae contexto a la experiencia del usuario, lo cual moviliza audiencias que es lo que hará que la gente quiera pagar, por cualquier medio. La primera organización de noticias que ayude a la gente a dar un significado real y sobre el que se pueda actuar a la avalancha de información en sus vidas tendrá una ventaja sobre un éxito de negocios clave. Pero para hacer eso, la organización debe deshacerse de “los dos lados” y la falsa objetividad. El HuffPost consiguió esta última parte y puede que esté en camino a la siguiente. [Traducción mía]

Swider hace una mención al HuffPost que me resulta relevante porque el HuffPost, que no pretende esgrimir ningún tipo de objetividad en ningún momento, está ahora también abriéndose camino dentro del periodismo de investigación, el tradicional bastión de las organizaciones de noticias tradicionales y uno de los principales argumentos detrás de la defensa de los periódicos como instituciones de la democracia. Las premisas no son irreconciliables: el periodismo de investigación bien puede estar comprometido con objetivos o alineaciones específicas, y esto no tendría por qué ser problemático mientras se tenga transparentemente para todos cuáles son estos objetivos y alineaciones. De nuevo, preservar la objetividad como algo a lo que aferrarse no es una premisa del todo útil, porque sigue pareciéndome que sólo nos engañamos a nosotros mismos, cuando sería mucho más beneficioso para la sociedad enfocarnos en fortalecer las capacidades de los consumidores de información.

Si la capacidad de articular un branding personal, una cierta narrativa que sea capaz de movilizar a una audiencia a involucrarse con un tema en particular, el segundo componente es el valor agregado: si la idea es vincular, conectar a la audiencia y movilizarlos, entonces hay que brindarles también la plataforma a través de la cual estas conexiones tendrán lugar. Porque los usuarios, los lectores, los consumidores, primero que nada, ya no son simples consumidores, y segundo, en el mundo en línea, cada vez más los usuarios distribuyen su tiempo a través de una variedad de servicios y espacios. Para llamar su atención, y más importante aún, para conectar con ellos, hay que estar donde ellos están y brindarles todos los medios posibles para que ellos mismos puedan interactuar con las historias y con las personas detrás de ellas.

Éste es un aspecto importante porque es aquí donde la cosa empieza a diversificarse, y la función del periodista a ampliarse más allá del rol de producción de contenido al de promoción, al de vinculación, al de articulación de comunidades. Pero es importante entender que esto mismo es parte de la lógica propia de los nuevos medios, y de la articulación de lo que se llaman “narrativas transmediáticas“: que una historia no se desarrolla ya en un solo medio, sino que traza un camino a través de una serie de medios, formatos y lenguajes, a través de los cuales la historia es apropiada y transformada. Los medios digitales y tradicionales forman una continuidad a través de la cual los contenidos se desplazan, reconfigurándose en el camino. En esta continuidad es que tienen lugar conversaciones dentro de la cuales las historias se introducen y se reproducen en las manos de los lectores, o como lo pone Solís, la comunidad que debe articular el periodista:

Es la supervivencia del más fuerte determinada por aquello en lo que te afirmas y cuán hambriento estás por construir y mantener una comunidad en torno a ti y tu trabajo. Lo que tiene lugar ahora es una increíble oportunidad para que los buenos periodistas humanicen sus historias y proyecten hacia afuera una extensión de sus personas para conectarse con lectores existentes y potenciales en el punto de apertura de su atención, la ventana de oportunidad para conectarse con alguien en sus propios términos y en su propio tiempo. Y no es diferentes de las tácticas usadas por bloggers innovadores, emprendedores y determinados que aspiran a crear una congregación en torno a su perspectiva. [Traducción mía]

El tercer componente -el de la empresa unipersonal- viene del hecho de que no se necesitan grandes recursos para montar una operación de este tipo. Es, incluso, algo que una sola persona puede llevar a cabo por sí solo hasta coger la tracción suficiente como para necesitar y poder contar con manos adicionales. Lo importante de este componente, sin embargo, es que implica la importante toma de conciencia de que el papel del periodista, desde esta perspectiva, termina incorporando también funciones administrativas y de soporte que previamente pueden no haber sido de su competencia o interés. Algunos están más dispuestos que otros a involucrarse en este sentido. Pero indudablemente, las condiciones del sector en la actualidad probablemente empujen con mayor fuerza a ver las cosas con apertura y a considerar todas las alternativas para poder generar oportunidades y diversificar el espectro de enclaves mediáticos existentes en nuestro ecosistema. La posibilidad abstracta y abstrusa que aquí está esbozada no es la única -algunos otros modelos posibles e interesantes he mencionado antes- para la supervivencia y reconfiguración del periodismo, pero sí es una perspectiva interesante del tipo de transformaciones que podemos esperar.

Ahora que he hablado más de una vez del tema del ecosistema mediático, quizás sería un buen momento para regresar sobre esa idea y elaborarla un poco más. Y, sobre todo, qué espacio en ese ecosistema ocupan diferentes roles -periodistas, organizaciones, ciudadanos, y demás-.

El problema de hablar de periodismo ciudadano

Una saludable dosis de escepticismo me vino de parte del Morsa hace unos días en una nota a su viernes digital:

Nota: ¿No cansa ya ese término de “periodismo ciudadano” o “periodismo digital”? Es simplemente periodismo con otros medios (a mi gusto, más estremecedores y potentes). Pablo Mancini Rodrigo Orihuela en un post reciente va por el mismo sentido: “El periodismo es periodismo y punto. Mejor hablar de cobertura digital de las noticias, y lo que se necesita ahí a corto, mediano o largo plazo es dejar de ser un añadido del papel que sirve sólo para el último momento.”

¿De qué estamos hablando cuando decimos “periodismo ciudadano”? Primero intenté establecer que el colapso de las organizaciones de noticias no era lo mismo que el del periodismo, pero eso no quita que el periodismo mismo esté bajo transformación, en particular por el incremento de la participación de los “ciudadanos de a pie” en este espacio. La nota me hizo pensarlo un poco más. El principal problema que yo encuentro, en general, con la categoría de “periodismo”, es esta barrera divisoria que existe entre los que saben y los que no. Los que tienen acceso al conocimiento del arte del periodista, legitimados para informar y comunicar los devenires diarios de este nuestro mundo, y los demás, que por lo tanto nos vemos automáticamente asignados al espacio del consumidor de información. Si queremos podemos conversar de las noticias en nuestro foro privado, con nuestras familias y amigos; podemos incluso enviar una carta al editor, el cual, si lo considera pertinente, la imprimirá con el diario. En un mundo donde los nodos transmisores son pocos, esto tiene sentido: cuando el espectro radiofónico es limitado, cuando no cualquiera puede implementar una prensa de árboles muertos, entonces tiene sentido que especialicemos a un grupo de gente para que maneje más adeptamente la tarea de sintetizar, sistematizar y transmitir la información de una manera efectiva.

Cuando estas restricciones técnicas desaparecen, sin embargo, la distinción deja de ser tan clara. ¿Por qué, entonces, si ahora cualquiera puede publicar, tiene sentido que sigamos distinguiendo a unos como “periodistas” frente a los demás? Sobre todo ahora que ya no somos, por defecto, simplemente consumidores de información. La primera respuesta que suele venir en este punto es que los periodistas son aquellos que reciben formación en el tratamiento y el manejo de la información: buscar fuentes, cruzarlas, corroborarlas, guiarse por ciertos criterios de objetividad, de veracidad, y en los casos más extremos, por tal cosa como que el periodismo busca la verdad. Y, por supuesto, la única manera, en principio, de acceder a este conocimiento, es siendo formado dentro del periodismo. Pero esta limitación es triplemente cuestionable: es cuestionable, en primer lugar, porque aunque es un bonito wishful thinking, no necesariamente refleja la práctica efectiva del periodismo cotidianamente -bien puede ser lo que muchos hagan, y les agradezco el hacerlo enormemente, pero no pareciera ser la práctica generalizada-. En segundo lugar, es cuestionable porque quizás ya no sea éste el tipo de información del que derivamos valor: información objetiva y veraz en la cual ya no sentimos que podamos realmente confiar como tal. En tercer lugar, es cuestionable porque los mismos criterios de objetividad y veracidad son, epistemológicamente, bastante menos claros hoy día de lo que lo fuerona hace 150 años cuando estos cánones empezaron a cobrar forma.

La categoría de periodismo se vuelve así una categoría bastante difusa: porque su especificidad no está del todo definida, y porque lo que antes la hacía especial, en la explosión mediática de la era digital, se vuelve algo accesible casi a cualquiera.  Y surge allí la figura del “periodismo ciudadano”, junto con un cierto pánico de que los códigos morales y profesionales del oficio empiezan a colapsar. Me apoyo aquí una vez más en Jenna McWilliams:

Si pensamos en el periodismo como una profesión, una en la que la tarea del reportaje riguroso recae sobre periodistas de élite en los enclaves mediáticos más respetados, una para la cual existen estándares y códigos de ética que pueden y deben ser transmitidos de maestros a aprendices, entonces sí, el periodismo está en medio de un preocupante declive. Pero si pensamos en el periodismo como, para apropiarme del lenguaje de Clay Shirky, un comportamiento temporal más que una identidad profesional, entonces podemos ver cómo el periodismo está en auge. En lugar de unos cuantos periodistas estacionados estratégicamente alrededor del mundo, ahora tenemos personas estacionadas literalmente en cualquier lugar donde haya personas habitando, cualquiera de las cuales puede tener acceso y, si hacemos bien esto de la revolución cultural, la capacidad para revelar la primicia de la siguiente gran historia. [Traducción mía]

La figura del periodismo ciudadano viene de la mano con una nueva manera para entender las categorías en las que ordenamos la sociedad. Esta nueva manera puede casi entenderse en el sentido de entender una sociedad organizada a partir de carpetas, frente a una sociedad organizada en base a etiquetas -algo que será comprensible a cualquier usuario de Gmail-. Una sociedad organizada en carpetas asume que hay un solo lugar, una sola función, que puede ocupar una persona. Uno cae dentro de la carpeta “periodista”, cumple con el rol de periodista siguiendo los criterios que están establecidos para todos aquellos dentro de la carpeta “periodista”. De manera similar para las demás profesiones, y siguiendo esta lógica se ha articulado y diseñado todo nuestro sistema educativo y de formación profesional. En una sociedad basada en etiquetas, sin embargo, la figura cambia: no se trata de que yo sea periodista porque tengo el título de periodista o la formación de periodista (es decir, no porque me encuentr dentro de la “carpeta” “periodista”). Una persona puede caer bajo varias etiquetas al mismo tiempo, sin que ninguna defina por completo ni agote las posibilidades de lo que una persona pueda hacer. Bajo esta lógica se entiende el problema del periodismo ciudadano: no es que cualquiera sea periodista, sino que cualquiera puede, en la práctica, actuar como periodista, recoger información y compartirla, evaluarla y criticarla. Luego de hacerlo, volver a lo que hace normalmente, o a cualquier otra cosa, sin que su estatuto ontológico se vea íntimamente modificado. Uno es “periodista” por la simple razón de que se ha comportado como tal: no hay una barrera de conocimiento que separe a los periodistas de los no-periodistas, sino simplemente una cuestión de qué rol está cumpliendo uno en un momento dado.

Ahora, más allá de esta socioepistemología de medianoche, quiero volver a la pregunta del Morsa. Todo esto está bien, y es muy bonito, pero, ¿por qué nos empeñamos en llamarlo periodismo? ¿Qué sentido tiene seguirlo llamando periodismo? ¿Por qué no reconocer que estamos simplemente en presencia de otra cosa, y dejar al periodismo ser lo que es? Creo que sí, y creo que no, y aquí incurriré inevitablemente en una contradicción flagrante que espero me perdonen por el momento.

Creo que sí tiene sentido poner énfasis en la figura del periodismo ciudadano por una cuestión desmitificante: porque ayuda a cimentar la idea de que la barrera tradicionalmente asumida entre periodistas y el resto del mundo ha colapsado, y que, en todo caso, lo que hace especial al periodismo no es que sean ni abanderados de la verdad, ni los únicos legitimados para comunicar la información de lo que está pasando. La figura del periodismo ciudadano refleja que, en la práctica, cualquiera puede en el mundo de hoy cumplir las funciones de un periodista, y que esto será un cambio que muy probablemente no desaparecerá. Si no desaparecerá, eso también significa que debemos hacer algo al respecto: o nos esforzamos por “profesionalizar” a los amateurs, con lo cual destruimos todo el sentido de la amateurización; o nos esforzamos por desarrollar mejores capacidades en los consumidores de información, con lo cual entramos en el terreno de la alfabetización mediática.

Pero, al mismo tiempo, creo que no porque estamos efectivamente en presencia de otra cosa. O, en todo caso, tenemos la posibilidad de estar en presencia de un fenómeno mucho más grande: que este reinterpretación del rol que cumple el ciudadano de a pie frente a la información que lo rodea es efectivamente el vehículo que lo lleva de ser consumidor de la información a ser un emisor el mismo, un productor de contenidos, un creador. Un creador que, por supuesto, no es un hongo, sino que se introduce dentro de todo un ecosistema de información que fluye por múltiples medios y redes al mismo tiempo. El potencial que me resulta aquí interesante no es que estemos en presencia de una nueva ramificación de lo que hemos entendido o queremos seguir entendiendo por periodismo: me resulta más interesante pensar que estamos frente a una reinterpretación del rol y el comportamiento del ciudadano, propiamente hablando. Ahora que los medios para involucrarse en una discusión más amplia sobre los asuntos públicos son mucho más accesibles, el rol del ciudadano adquiere también esta dimensión de filtro y crítico de la información que consume y que comparte con los demás.

Quiero volver más adelante sobre el sentido que esto tiene dentro del “ecosistema mediático” del que vengo hablando. Pero por ahora quiero adelantarme a una primera crítica – y sí, es cierto que todas estas herramientas podrían llevar a una ciudadanía mejor articulada, pero en la práctica los blogs y las redes sociales están llenas de contenido que nada tiene que ver con los “asuntos públicos” o con una ciudadanía fortalecida. Respondo preliminarmente dos cosas. La primera es evidente: una objeción de este tipo presupone lo que son los asuntos públicos, es decir, sigue viniendo desde una perspectiva que pretende estar por encima y más allá de lo que interesa a las personas (de la forma “yo sé lo que es importante más que ellos”). Terreno peligroso: jugamos con la línea de asumir que los asuntos públicos se deberían regir democráticamente, aún cuando sabemos que lo que serían, entonces, asuntos públicos, no serían lo que queremos que sean. Pero un punto válido para tener en cuenta. La segunda es un poco más estructural: y es que, en realidad, la cuestión material de lo que ciudadanos discutan utilizando estos medios (ejerciendo una forma de “periodismo ciudadano”, si se quiere) no me es lo más interesante. Lo más interesante es el ejercicio formal de introducirse en estas discusiones en foros públicos (en otras palabras, “el medio es el mensaje”). Porque en el transcurso de este ejercicio, lo que estamos fomentando es el desarrollo de un conjunto de habilidades formales que pueden fácilmente traducirse a otros ámbitos de la discusión pública. No, no necesariamente se traducirán: pero el simple hecho de tener una mayor cantidad de personas acostumbradas a la discusión y participación pública en torno a asuntos que les interesan, hace tanto más posible que una cantidad de ellas escoja, también, participar de otros foros, espacios y discusiones similares.

En el punto en el que nos encontramos, no me siento en un posición como para entender cuál es el rol o sentido que tiene, entonces, hablar de “periodismo ciudadano”. Pero por lo pronto veo que es una bisagra útil para cumplir una doble función: por un lado, para desmitificar y ampliar el espectro de lo que se puede hacer con y desde el periodismo. Por otro, porque amplía también el espectro de funciones y roles que estamos encontrando que pueden cumplir los ciudadanos que adoptan un rol participativo y activo en torno a los asuntos que les son de interés particular.

Ahora, si el influjo de “periodismo ciudadano” está desafiando la especificidad de la función periodística, la siguiente pregunta que se nos abre es, dentro del contexto de instituciones noticias que colapsan y formas de periodismo cambiantes, cuál será la nueva configuración que adoptará el rol del periodista.

Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo

Madrugada un tanto sobrecargada de información a la que intentaré dar sentido. Primero un poco de contexto: en un post que disfruté mucho escribiendo hace unos días, partía de un artículo de Brian Solís en TechCrunch para explorar la continuidad del discurso que se da entre diversos medios digitales (y como felizmente señaló en un comentario Daniel, continuidad que se prolonga y entrecruza con medios no-digitales). Luego, en las últimas semanas todo aquel interesado en las transformaciones en los medios de comunicación no puede dejar de observar lo que está ocurriendo con los periódicos – y yo mismo disfruté mucho preguntando cuál sería el futuro de las noticias. Este pequeño ejercicio de ego introductorio sólo busca contextualizar un poco de entrada algunas ideas sueltas que quiero tratar de articular esta noche, que han surgido a partir de nuevos artículos que he encontrado en el camino y nuevas discusiones que me gustaría incorporar en este universo.

En particular, un nuevo artículo de Brian Solís en TechCrunch me ha generado toda una nueva batería de preguntas, en tanto vincula claramente un tema con el otro: buscando la conexión entre el nuevo ecosistema mediático y el declive de la industria de los diarios en EEUU. Solís empieza su artículo a partir de la siguiente pregunta, que me parece un buen hilo conductor para empezar la discusión:

“¿Vale la pena salvar a los periódicos?” Walt [Mossberg] no lo pensó más de dos segundos y respondió asertivamente: “Es la pregunta incorrecta. La verdadera pregunta que deberíamos hacernos es si podemos o no salvar al buen periodismo”. Continuó: “Piénsalo. De los cientos, miles de periódicos en el país, hay sólo unos cuantos que importan. El buen periodismo y los buenos periodistas, por otro lado, merecen ser salvados”. [Traducción mía]

Todo esto me ha llevado a tener algunas ideas en borrador que quiero compartir. Por una cuestión de orden, quiero desarrollarlas en cuatro partes (porque son, grosso modo, cuatro ideas):

  1. Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo
  2. El problema de hablar de periodismo ciudadano
  3. Qué podría significar una nueva forma de periodismo
  4. Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

Entonces, creo que el mejor primer paso es empezar considerando la pregunta que plantea Solís. ¿Vale la pena salvar a los periódicos?

Indudablemente, el contexto no nos deja ver las cosas con la claridad debida. En medio de la crisis financiera, del gobierno estadounidense financiando rescates millonarios de las industria financiera, la automovilística y demás, e incluso el gobierno peruano tentando la idea de salvar empresas mineras para evitar problemas sociales, el colapso de la industria de periódicos pareciera encajar dentro de un contexto más amplio de modelos de negocios golpeados por la crisis. Pero también estamos un poco obligados a plantearnos la misma pregunta en todos los casos: ¿por qué queremos salvar estos modelos de negocios colapsados? En el caso de la industria financiera, la respuesta parece ser que se trata de un subsistema lamentablemente necesario para que todos los demás funcionen. En el caso de la automovilística, sin embargo, la cosa no es tan clara: se trata de una industria que muchos consideran debería dejarse morir, por estar desprovista de innovación e ideas frescas para el futuro.

Entonces, ¿por qué queremos salvar a los periódicos? Pareciera tratarse también de una industria -al menos en el caso de la industria estadounidense, la más afectada por este tema hasta el momento- que hace tiempo dejó de buscar innovación y de desafiar los límites de lo que podían hacer con su medio (Jenna McWilliams señala cómo este fenómeno puede rastrearse por los menos hasta los años 70). Pero está harto difundida la idea de que la industria de los periódicos es prácticamente consustancial con cualquier forma de vida democrática: hemos sido llevados a pensar que no es posible tener una sociedad democrática sin una prensa libre que fiscalice a los poderes de turno y sirva, efectivamente, como un cuarto poder.

El problema está, sin embargo, en que parece que hace tiempo que los propios periódicos -por no decir la industria periodística en general (y ojo aquí que estoy hablando en términos de industria como generalización claramente injusta, que no necesariamente se aplica al trabajo de todos los periodistas)- han claudicado a esta supuesta función social. Como en el proceso que señala McWilliams con la consolidación corporativa de las propiedas mediáticas, hace tiempo que los periódicos dejaron de responder a intereses fiscalizadores de los poderes de turno y a responder, más bien, a los intereses de sus matrices corporativas, de los manejos políticos de sus operadores o de las presiones de sus anunciantes. No tenemos que ir muy lejos, tampoco: podemos observar, por ejemplo, el manejo mediático que se ha hecho de la sentencia a Fujimori en los últimos días, y cómo se trata de una manera, digamos, cuestionable de presentar la información.

Pero aún cuando la industria periodística ha claudicado en este papel histórico -de por sí, además, discutible (no que haya tenido relevancia histórica, sino esta “consustancialidad”)- eso no quiere decir que todo el periodismo y todos los periodistas lo hayan hecho. De hecho, sigue habiendo allí afuera muy buen periodismo y muy buenas investigaciones que merecen ser rescatadas. De hecho, muchas de ellas entran en conflicto con los intereses de la industria periodística que las alberga. En este punto, Solís introduce una comparación que me parece ilustra sumamente bien el tipo de problema que estamos enfrentando:

No es diferente al tipo de renacimiento que actualmente tiene lugar en la industria de la música. Los artistas están descubriendo que tienen un canal directo-al-consumidor (D2c, Direct-to-Consumer) para llegar a sus fans y cultivas relaciones. Aquellos en contacto con la tecnología y con las culturas de las sociedades en línea pueden pasar por alto completamente la producción y distribución tradicional de música. [Traducción mía]

Una de las falacias que frecuentemente esgrime la industria discográfica al hablar de piratería y de la distribución de música en línea (sea legal o ilegal) es que si no se preserva el modelo de negocios que les ha servido por tantos años, lo que está en juego es la existencia misma de música. Pero esto no tiene sentido: existió música mucho antes de que hubiera una industria de la música, y la seguirá habiendo mucho después también. Simplemente hemos llegado a un punto en el cual el desarrollo de nuestro aparato tecnológico hace innecesaria, realmente, la función de este intermediario antes imprescindible. Hoy una banda puede alcanzar un público enorme sin necesidad de que Sony Musica o EMI le firmen un contrato de distribución (ensayos que no son ajenos a grupos de música en el Perú). En un esfuerzo por sobrevivir, la industria musical se está aferrando a artilugios legales y a contrasentidos tecnológicos para retrasar la que inevitablemente será su desaparición, por la simple razón de que no están dispuestos a reinventarse para funcionar bajo una nueva lógica.

Si seguimos la analogía, entonces podemos pensar que los periódicos fueron el vehículo necesario, dentro de un cierto contexto, para que el periodismo tuviera lugar como lo hemos conocido. Pero eso no significa que los periódicos sean eternos, sino que en la misma medida, cuando el contexto cambie, surgirán nuevas formas a través de las cuales consumiremos información. Pretender hoy salvar a los periódicos, tal como los conocemos, es una necedad un tanto ingenua que se asemeja a los manotazos de ahogado de la industria discográfica: significa pensar que la forma perfecta ha sido alcanzada, y que más allá de ella no seremos capaces de distribuir información y generar el periodismo de calidad que necesitamos (o al menos, que parece que necesitamos) para llevar adelante una sociedad democrática (asumiendo, además, de paso, que una sociedad democrática es lo que deseamos).

Entonces, un primer punto al cual quisiera llegar es el siguiente: tengamos mucho cuidado de creer que preservar la libertad de prensa necesaria para una cultura democrática es lo mismo que preservar la industria editorial que conocemos hoy día. Si bien hace unos años hablar de “prensa libre” era una cuestión bastante literal -los dueños de las prensas donde se imprimían los diarios debían ser capaces de hacerlo con libertad- hoy no es ni tan cierto que las prensas sean tan libres, ni que sólo las prensas antes conocidas sean capaces de cumplir con esta tarea. En la explosión mediática que estamos viviendo hoy día, ya no es cierto que solamente los periódicos y las organizaciones en torno a ellos sean las únicas o las mejores capaces de satisfacer nuestra necesidad de información, de cobertura y de información, así como de fiscalización a los poderes de turno. Es cierto que la primera preocupación que viene a la mente es la siguiente: ¿entonces qué? ¿Los blogs? Si son sólo un compilado de opiniones desarticuladas, parcializadas, con fuentes no corroboradas y sin ningún tipo de estándar editorial.

Y aunque eso es discutible, mi primera respuesta sería, ¿y los periódicos de hoy no son lo mismo? Historias parcializadas, fuentes poco corroboradas, información tendenciosa – los valores que asociamos con esta forma mítica del periodismo escrito parecen ser una cuestión idílica. No se trata de rescatar valores de objetividades perdidas que en verdad nunca tuvimos. Se trata de encontrar la manera mediante la cual podemos encontrar la mejor calidad dentro de estas organizaciones, el mejor trabajo de investigación (el que es, quizás, el más capaz de movilizar a los consumidores pasivos a ser ciudadanos que toman acción), y asegurarnos que no perdamos eso.

En el camino, empiezan a surgir propuestas alternativas. Como David Cohn y Spot.us, una nueva iniciativa que espera salvar el periodismo local distribuyendo los costos entre las comunidades afectadas por sus historias.

El mensaje final de Cohn es muy ilustrativo: el periodismo sobrevivirá a la muerte de sus instituciones. Sin embargo, tampoco debemos, por eso, dejarnos engañar: lo que sobrevivirá del periodismo tendrá que ser también transformado. Señala Lisa Williams:

Si tu carrera está en el Titanic, no tienes mucha más opción que sentarte y dejar que otros se encarguen de tu seguridad y definan tu rumbo. Con tu carrera en un kayak, puedes y debes definir tu propia dirección y aprneder las habilidades para mantenerte a salvo. Descubrirás lo que miles de miles de trabajadores tecnológicos descubrieron: puedes hacer un gran trabajo fuera de un contexto institucional, corporativo, y puedes ganarte la vida haciéndolo. La compañías tecnológicas no eran dueñas de la innovación; los innovadores lo eran. Las organizaciones de noticias no son dueñas del periodismo: los periodistas lo son. [Traducción mía]

Y en una época cuando nuestras fronteras son cada vez más difusas, cuando todos nos creemos un poco periodistas y cuando distinguir a otros por cumplir ciertas tareas parece un poco caprichoso, tenemos también que plantearnos la pregunta de qué vamos a entender dentro de esta categoría.