Observaciones porteñas, 8: la Feria del Libro de Buenos Aires

La Feria del Libro de Buenos Aires merece una nota aparte. Lamentablemente, a pesar de que fui tres veces, en ninguna fui lo suficientemente astuto como para llevar cámara de fotos y documentar el asunto. Es una cuestión absolutamente masiva: la feria del libro es a Buenos Aires lo que Mistura sería a Lima, aproximadamente. La cola para entrar, en los días más concurridos, tranquilamente llegaba a 4-5 cuadras. La gran diferencia, es quizás, que la cola avanzaba con facilidad y que la organización del evento fluía sin problemas tanto por el lado de la organización como por el lado del público.

El mercado editorial en Argentina es absolutamente masivo. Comparativamente, la Feria Internacional del Libro de Lima, la más grande que creo que tiene, sería en el mejor de los casos alrededor de un tercio de la de Buenos Aires, y eso es siendo generosos. La diversidad del mercado es a su vez espectacular: la oferta disponible, por ejemplo, en los segmentos de comics, anime y manga era algo que no habría imaginado, con no solamente una oferta enorme sino con todos los stands dedicados al tema completamente llenos de gente.

La feria consigue realmente ser una feria, un evento al que la gente puede ir en familia y pasarse todo un día el fin de semana, con docenas de actividades de diversos tipos en diferentes lugares, restaurantes, cafés, cafeterías, y cientos de miles de libros de todo tipo. Es verdaderamente un acontecimiento familiar, y sorprende un poco también ver a niños e incluso adolescentes caminando en grupos por la feria, todos con bolsas de libros en la mano, un sábado por la tarde.

Las universidades tienen también mucha presencia, con estrategias editoriales simples pero efectivas: los cursos generales requieren de literatura general que se compila a partir de trabajos de los profesores de la universidad. Ensayos accesibles que permiten panoramas generales con autores cercanos, que tienen además el valor agregado de que incrementan la visibilidad de los autores y realzan el perfil académico de la institución. Todos ganan.

Otra de las cosas fascinantes este año fue la presencia del libro digital. La feria tenía una sala de lectura digital donde los visitantes podían jugar con Kindles, iPads, y demás tipos de tablets destinados a la lectura. Un stand de la embajada de Estados Unidos ofrecía una alternativa parecia. Y además, Movistar lanzó en la feria una tienda virtual de ebooks también disponibles para su lectura en tablets. De modo que la cosa andaba lejos de formar parte de la tecnofobia acostumbrada en torno al futuro del libro.

Finalmente, una de las cosas que más me sorprendió fue la disponibilidad de libros vinculados al pensamiento latinoamericano y peruano. Muchos textos, muchos análisis sobre historia del pensamiento y la filosofía latinoamericana con secciones considerables sobre pensadores peruanos. Muchos textos, aparentemente muy buenos, sobre autores como José Carlos Mariátegui. Y una de las cosas que más me sorprendió encontrar, entre todos los lugares, en Buenos Aires: un libro, aparentemente “co-escrito” con Ollanta Humala, detallando claves de la evolución de sus ideas desde su formación temprana. Me arrepiento ahora de no haberlo comprado, pero estaba un poco caro.

Dicho todo eso, un repaso de las adquisiciones de este periplo obsesivo, sin ningún orden en particular:

  • Scolari, Carlos. Hipermediaciones: elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva. Gedisa, Barcelona, 2008.
  • Igarza, Roberto. Burbujas de ocio: nuevas formas de consumo cultural. La Crujía, Buenos Aires, 2009.
  • Mancini, Pablo. Hackear el periodismo: manual de laboratorio. La Crujía, Buenos Aires, 2011.
  • Horrocks, Christopher. Marshall McLuhan y la realidad virtual. Gedisa, Barcelona, 2004.
  • Entel, Alicia, Víctor Lenarduzzi y Diego Gerzovich. Escuela de Frankfurt: razón, arte y libertad. Eudeba, Buenos Aires, 2008.
  • Volóshinov, Valentín Nikoláievich. El Marxismo y la filosofía del lenguaje. Ediciones Godot, Buenos Aires, 2009.
  • Mazzeo, Miguel. Invitación al descubrimiento: José Carlos Mariátegui y el socialismo de nuestra América. El Colectivo, Buenos Aires, 2008.
  • Beigel, Fernanda. El itinerario y la brújula: el vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui. Biblos, Buenos Aires, 2003.
  • Marcaida, Elena (comp.). Historia económica mundial contemporánea: de la revolución industrial a la globalización neoliberal. Dialektik, Buenos Aires, 2007.

Sí, soy plenamente consciente de que tengo un problema, y lo disfruto a cada minuto.

Los blogs y la subversión de la academia

Mucho se ha dicho en una serie de blogs vinculados a la ontología orientada a objetos sobre la relación entre las publicaciones académicas y los nuevos formatos disponibles a los autores como los blogs. Son muchas fuentes y prefiero dirigirlos al buen resumen de la discusión que ha hecho Daniel Luna, capturando la diversidad de perspectivas y metiendo su cuchara.

Recojo la conclusión de Daniel:

Bueno, ¿qué podemos decir después de todo este recorrido? Simplemente que la academia y la blogósfera no tienen que ser enemigos. No tiene que haber antagonismo y polarización entre lo “serio” y lo “superficial”. Ambos medios, y muchos más, pueden servirnos para desarrollar una mejor producción intelectual. Ambos espacios pueden enriquecerse y no debe pretenderse que uno logrará acabar con el otro. En nuestro medio local, publicar es difícil por recursos y creo que si los estudiantes que tienen intereses académicos empiezan a escribir desde temprano podrán ir desarrollando mejor sus ideas, su manera de escribir, sus habilidades para discutir por escrito y quién sabe, quizá hasta ir desarrollando los Grundrisse para una tesis, trabajos, ensayos, ponencias o artículos. Creo que bloggear sería un complemento excelente para un futuro académico que recién es estudiante y se encuentra en sus primeros años. Quizá en el futuro sea algo tan recomendable como aprender más idiomas (¿qué es un medio sino otro tipo de lenguaje?).

Creo, sin embargo, que el antagonismo en este momento es un tanto inevitable, y es hasta un poco deseable. Con el tiempo, sí, a medidas que cada medio/formato encuentre su propia, nueva delimitación, entonces sí la relación podrá ser algo más pacífico. Pero sí me parece que la publicación en blogs está cumpliendo una función sumamente necesaria: está subvirtiendo el orden conocido de las publicaciones académicas, está siendo una fuente de profunda incomodidad.

Entonces, a todo esto, algunos comentarios:

1. Creo que algo que recoge Daniel y otros de los comentaristas que cita es que los blogs en la frontera de lo académico están subvirtiendo relaciones de poder en torno a lo académico. Hace unos años, era impensable que un alumno sin títulos nobiliarios pudiera volverse más conocido y popular respecto a un tema que sus profesores. Ahora es algo relativamente común. Como señala Daniel en su conclusión, en realidad NO bloggear es una muy mala idea para un académico joven que esté tratando de hacerse un nombre y encontrar su espacio. Por lo mismo, uno ya no está obligado a recorrer el mismo proceso tradicional de “ganarse su derecho de piso”. Esto me parece saludable.

2. Creo que obviamente, al menos dentro de la filosofía, esto lleva a pensar en nuevas formas de filosofar. No es pues, lo mismo, trazar reflexiones en función al ciclo de publicaciones de los journals impresos, con sus procesos de verificación y edición, que lo es a partir de discusiones bloggeras. Emerge así una forma de pensar sobre la marcha, ni mejor ni peor, pero que sí debemos hacer el esfuerzo por ver cómo, a partir de eso, podemos derivar formas de capturar momentos del discurso. Snapshots. Pero nuestra aproximación cambia así como el medio es el mensaje.

3. En esa misma dirección me parece interesantísimo el desafío que plantea Ian Bogost a partir de esta discusión.

For a while now, I’ve been advancing the philosophical construction of artifacts, a practice I’ve given the name carpentry. Taking up that philosophical hobby horse, I wonder what a writing and discussion system would look like if it were designed more deliberately for the sorts of complex, ongoing, often heated conversation that now takes place poorly on blogs. This is a question that might apply to subjects far beyond philosophy, of course, but perhaps the philosopher’s native tools would have special properties, features of particular use and native purpose. What if we asked how we want to read and write rather than just making the best of the media we randomly inherit, whether from the nineteenth century or the twenty-first?

En lugar de pensar cómo nuestros medios configuran nuestra experiencia de la escritura, podemos también pensar a la inversa, cómo podemos diseñar un medio que se configure en función a lo que nos gustaría de la escritura.

4. Estoy pensando sobre esto último bastante, en función a este mismo espacio. Siguiendo a Daniel, los posts en este blog son un flujo continuo de Grundrisse, de anotaciones y anotaciones que fluyen y van formando ideas. Pero ocasionalmente también pueden capturarse estas notas, tomar un snapshot, y formar un producto más elaborado: es lo que he intentado hacer con el experimento del e-book sobre McLuhan y otros proyectos similares que a partir de esto se me han ocurrido. El blog, o más allá y alrededor del blog, se puede fácilmente construir esta estructura: un flujo de notas, a partir del cual se tiene la materia prima para otros tipos de productos (papers, ensayos, libros incluso, videos, lo que fuera). El blog como laboratorio filosófico, del cual, efectivamente, progresivamente van saliendo prototipos, productos. Bonita idea.

Publicar

No se me ocurre una buena traducción al español de la palabra “publisher”. Quizás lo más cercano que se usa es “editorial”, pero un publisher no es eso. Un publisher es un publicador, alguien que se encarga de llevar algo al público (frecuentemente un libro, pero la categoría aguanta bastantes formatos).

Publicar es una cosa curiosa. Es convertir algo en público, ponerlo a la disposición de un público que lo consuma/utilice. Habermas tuvo mucho que decir en su momento respecto al desarrollo de la “publicidad” en Europa durante la Modernidad – no publicidad en el sentido de vallas donde vayas, sino publicidad en la capacidad de las sociedades y de los individuos especialmente de hacer públicas sus opiniones y de tener discusiones en espacios públicos. Esto, para Habermas, no solamente enriquece los regímenes democráticos, sino que los hace posibles en primer lugar, en su concepción moderna.

Los publicadores – los publishers – han cumplido un rol en todo esto, sirviendo como los brokers, los intermediarios que de alguna manera tomaban una masa no estructurada de cosas privadas con intención de ser publicadas, las filtraban, las mejoraban, y las convertían en productos públicos. El tema del filtrado es siempre polémico: finalmente, un publicador puede tener como su principal interés el mejoramiento de la sociedad o el fomento de una diálogo constructivo en torno a un tema, pero aún con tan nobles intenciones tendrá que ver la manera de que tal intención encuentre una demanda por parte del público consumidor que haga que su iniciativa no se hunda en la insostenibilidad. De modo que el publicador navega una complicada frontera entre el mercado y el interés público, o muchas veces no navega ninguna complicación sino que simplemente publica lo que el público quiere (y eso no es necesariamente malo, tampoco).

El rol de los publicadores era hecho posible por una asimetría fundamental: la capacidad de reproducir los contenidos a gran escala era limitada y costosa, de modo que sólo unos cuantos centros eran capaces de agregar esa posibilidad y concentrar las expectativas de autores para publicar sus obras. Como es bastante obvio, esta asimetría fundamental se ha visto subvertida con la aparición de las tecnologías digitales: desde que tenemos fotocopiadoras e impresoras láser, desde que tenemos procesadores de textos y software de diagramación, el rol esencialmente técnico del publicador puede efectivamente ser reemplazado por una organización mucho más chica, o incluso por una persona, que bien puede ser el mismo autor. Con esto, tenemos una explosión de publicaciones, pues los autores ya no dependen necesariamente de los publicadores para publicar sus obras, pero al mismo tiempo los filtros de calidad que teníamos – los publicadores – dejan de ser tan efectivos. El mercado se ve inundado de opciones, que no necesariamente son las mejores opciones posibles (aunque, en teoría, se supone que el mercado se encarga de equilibrar eso – en teoría).

Lo que es fácil olvidar es que el publicador no hace solamente eso. Paul Carr lo recoge claramente en un artículo para TechCrunch: el publicador, en realidad, se encarga también de temas logísticos, contables, promocionales, todos los cuales han posible que la publicación llegue a un público amplio de manera eficiente. En un modelo que prescinde del publicador y donde el autor es su propio modelo de distribución, son también estas funciones las que deben ser absorbidas de manera más o menos eficiente por el autor. No se trata solamente de publicar buen contenido; hay que también manejar todo un orden de servicios periféricos necesarios para que ese contenido llegue efectivamente al público.

El argumento de Carr es resumido por él mismo de esta manera:

For all of the reasons above, there are really only two types of person for whom it makes a jot of sense to tear up their book deal and abandon the professionalism, billion-dollar print market, and immeasurable cachet of traditional publishing. The first are highly skilled self-promoters like Godin who have successfully identified their entire (niche) audience and who know they will only ever sell a certain number of copies of their books to that same audience. Marketers like Godin tend to make the bulk of their money with speaking gigs anyway – books are just a throwaway promotional tool, full of ideas that even they admit will be out of date by this time next week.  Might as well take the money and keep running.

Y esto tiene mucho sentido, pero creo que deja mucho de lado. Porque se concentra en autores que ya existen dentro del circuito de publicaciones. Pero creo que ocurren dos cosas.

Primero, que existe todo un espectro de autores que no participan de este circuito, para lo cuales la posibilidad de la autopublicación es una excelente opción. Finalmente, les permite soltar ideas al mundo sin tener que estar esperando a que los movimientos de los círculos publicadores les den su favor. Lo que significa publicar en este sentido cambia, y no es quizás lo mismo que lo que tradicionalmente significa publicar un libro. Pero lo importante es que aún significa algo, y es, sobre todo, una muy buena manera de que un autor empiece a publicar ideas que luego pueden engancharse con publicaciones de orden más tradicional.

Segundo, para un orden de autores superestrellas, cuyo aparato de producción crece lo suficiente, es perfectamente razonable pensar que pueden prescindir del aparato de publicación. No tienen por qué hacerlo, puesto que las condiciones de juego ya se inclinan a su favor. Pero también es cierto que autores muy grandes son su propia industria, y podrían fácilmente independizarse y convertirse en su propia rama editorial y de publicación y concentrar todos los beneficios.

Lo más interesante, me parece, empieza a ocurrir hacia el centro. Hacia ese espacio de intersección entre autores menores que empiezan a publicar, y el mundo de la publicación más parecido a como lo entendemos. Dadas las más accesibles condiciones de producción y distribución, hay un mercado potencial enorme para editoriales mucho más chicas enfocadas en temas mucho más específicos – operaciones más boutique – que empiecen a agregar autores nuevos y jóvenes y a brindarles servicios editoriales en condiciones más favorables a las que encontrarían de otra manera.

Hay mucho mercado creciendo en este sentido, y mucha facilidad para descubrir autores que ya están incursionando por sí solos en el ámbito de la publicación. No creo que la industria de la publicación desaparezca, pero sí creo que se vuelve más compleja y empieza a crear espacio para nuevos actores y nuevas reglas de juego, y eso está muy bien. Hace que todo se ponga un poco más interesante.

(Es importante mencionar que todo este tema de la publicación, sus prejuicios y sus instituciones y organizaciones me es particularmente interesante últimamente luego de publicar un primer experimento de e-book y explorar lo que significa esa experiencia.)