Tengo un problema de perfeccionismo

Creo que es endémico a la filosofía, o también podría ser al revés, y alguien con un problema de perfeccionismo tendría una mayor tendencia o correlación a estudiar una carrera como filosofía, donde ese problema se amplificaría. Tendríamos que estudiarlo más profundamente.

Últimamente he estado leyendo cosas nuevas. Bastante nuevas. Leí The Personal MBA de Josh Kaufman, y I Will Teach You To Be Rich de Ramit Sethi. Y estoy leyendo The Intelligent Investor de Benjamin Graham y Making Things Happen de Scott Berkun. Cada uno de estos libros merece su propio comentario. La experiencia de leer en el ecosistema Kindle, también. Pero no me refiero a eso.

De entrada, sin libros filosóficamente inusuales. O mejor dicho, inusuales para un filósofo, pero está bien. Disfruto leer múltiples tipos de fuentes y mientras más inusuales son las fuentes que leo, en realidad es más lo que aprendo (quizás por lo mismo que uno tiene una entrada más desprejuiciada hacia la lectura). Pero el hilo común entre todos estos libros y que da pie a este post es una idea que encontré en todos: es mejor hacer algo que no hacer nada.

Esto apunta específicamente a la parálisis de la indecisión que puede venir del hecho de tener tanta información que evaluar para tomar una decisión correcta, que terminamos por no tomar ninguna como una salida más reconfortante. Viene, también, del hecho – y aquí lo filosófico – de pretender tener soluciones completas, acabadas, impenetrables, antes de afirmar cualquier cosa o tomar cualquier decisión. Algo que es tan difícil de hacer que solemos preferir no hacer nada, porque la posibilidad de acercarnos a este final absoluto es tan lejana.

Anoche estaba trabajando en esta nueva “Guía práctica para vivir de la filosofía“. La idea me vino en la tarde, y era una idea simple. Los links ya estaban en el blog, pero estaban desordenados y dispersos. Sólo había que buscarlos, juntarlos, darles un poco de contexto y más información, y ya. Cualquier mejora podía hacerse sobre la marcha, sobre todo viendo qué funcionaba mejor y qué recibía mejor feedback. Hacia la madrugada, la idea simple se había ido volviendo compleja… Porque los posts estaban en diferentes lenguajes, no todos eran de la misma calidad, la información contextual no era suficiente, se necesitaba más texto introductorio, y antes todo eso, mejor tomarse un poco más de tiempo para pulirlo antes de publicarlo.

Hacemos esto todo el tiempo, y sobre todo, hago esto todo el tiempo. De no encontrar la solución perfecta para un problema, sigo buscando y no hago nada. Aún cuando una solución imperfecta pero perfectible sería más suficiente el 99% del tiempo, y además representaría una mejora significativa contra el hecho de no tener nada. Una guía incompleta, pero pública y disponible y mejorable, es mejor que una guía inexistente. Un post con algunas ideas interesantes, aún si no están del todo trabajadas, documentadas y sopesadas, es mejor a no compartir ninguna idea. Un proyecto o un plan con huecos y preguntas abiertas en ejecución, es mejor que un proyecto que no va a ninguna parte porque aún tenemos muchas cosas que definir.

Obviamente hay límites. Una cosa es rehuirle al perfeccionismo porque nos impide tomar acciones, otra muy diferente usar esto como excusa para la mediocridad. No se trata de eso. La práctica filosófica nos exige siempre estándares sumamente rigurosos, y eso está muy bien. Pero a menudo son estándares tan rigurosos, que nos paraliza y nos impide la exploración, y no se trata de eso. Se trata de traducir eso en procesos iterativos, y en reconocer que ninguna palabra es la última palabra, sino que estamos continuamente reformulando nuestros propios argumentos. Incluso cuando hablamos con nosotros mismos.

Hibridación mediática

El proceso por medio del cual nuevas medios y nuevas tecnologías se suceden unas a otras es descrito por McLuhan no solamente como no lineal, sino además como un proceso conflictivo. Al fin y al cabo, lo que entra en juego con la aparición de nuevas tecnologías no es solamente la entrada en escena de un nuevo soporte o un nuevo mecanismo para reproducir un mismo tipo de contenido, sino que en la medida en que todo medio comporta a su vez una gramática, es la aparición de una nueva relación con nuestros sentidos y con la realidad misma. De manera que la aparición de un nuevo medio se nos presenta como una nueva manera de ver el mundo que no necesariamente es compatible con la que manejamos.

Cualquier invención o tecnología es una extensión o auto-amputación de nuestros cuerpos físicos, y tal extensión también exige nuevas proporciones y nuevos equilibrios entre los otros órganos y extensiones del cuerpo.

[...]

Contemplar, usar o percibir cualquier extensión de nosotros mismos en su forma tecnológica es necesariamente aceptarla. Escuchar la radio o leer la página impresa es aceptar estas extensiones de nosotros mismos en nuestro sistema personal y atravesar el “cierre” o el desplazamiento de la percepción que se sigue automáticamente. Es esa continua aceptación de nuestra propia tecnología en su uso cotidiano que nos pone en el rol de Narciso de una conciencia subliminal y un entumecimiento en relación a estas imágenes de nosotros mismos. [Traducción mía]

Quiero partir de este pasaje del capítulo 4 de Comprender los medios de comunicación para ilustrar la relación conflictiva y ambivalente que tiene el efecto de los medios de comunicación. Si tomamos en consideración, además, el determinismo tecnológico presente en McLuhan, no nos queda sino derivar una versión un tanto fatalista en la cual los individuos no tenemos otra opción más que recibir los impactos e influencias de los nuevos medios que transforman nuestra sensibilidad, y luego dedicarnos al lento proceso de adaptación y aprendizaje. Nuestra participación o voluntad en todo el proceso pasan a un segundo plano.

Hay otro aspecto que me parece aquí sumamente interesante: es el hecho de que en este pasaje McLuhan vuelve sobre la idea de que usar la tecnología no es únicamente usarla como uno usa una herramienta, como algo externo a uno. La tecnología es parte de uno, uno se instala en el ámbito de la tecnología que utiliza porque se instala en el uso de su gramática como quien habla un lenguaje. Es bajo esta perspectiva que la idea del trauma o el choque del cambio tecnológico adopta todo su sentido: cuando nos introducimos en el ámbito de una nueva gramática nos vemos obligados a traducir, a reinterpretar la realidad de manera apresurada y por ensayo y error para adquirir un mínimo de competencia en el uso de la nueva tecnología y de su nueva gramática. Al hacerlo, no podemos si no entender lo nuevo a partir de las categorías de lo viejo, lo cual nunca le hace justicia ni a lo uno ni a lo otro. Es de esta relación de donde surge la idea mcluhaniana de la energía híbrida o de la hibridación mediática, el proceso a través del cual un nuevo medio o una nueva tecnología adquieren su propio significado a partir de su relación conflictiva con las gramáticas anteriores.

La interacción entre medios es sólo otro nombre para esta “guerra civil” que tiene lugar en nuestra sociedad al mismo tiempo que en nuestras psiques. Se ha dicho que “para el ciego, todas las cosas son repentinas”. Los cruces o hibridaciones de los medios liberan una gran fuera y energía como por fisión o fusión. No tiene por qué haber ninguna ceguera en estos asuntos una vez que hemos sido informados de que hay algo que observar. [Traducción mía]

Todos los medios son formas híbridas porque el significado y el efecto de todo medio solamente puede establecerse a partir de la manera como lo interpretamos desde los medios anteriores. Así, en su infancia toda forma mediática se ve limitada a reproducir los efectos de la generación anterior: la televisión, por ejemplo, durante mucho tiempo se estructuró en función a reproducir el ámbito de la radio pero agregando el sentido visual. La web se organizó durante mucho tiempo a partir de la lógica de la imprenta, del papel y de las librerías, y no como un medio con su propio sentido de organización y comunicación. No es sino hasta después que el uso de cada medio consigue cierta independencia frente a las generaciones anteriores y empieza a adquirir sus propios usos específicos.

Esta cuestión es sumamente importante porque deja claro que toda interpretación mediática es, a su vez, mediática. Somos siempre seres introducidos en la realidad mediática de una u otra manera, y nuestro manejo gramatical, si se quiere, nos exige que manejemos de manera competente el uso de muchos medios (y de cada vez más). Pero esta misma competencia nos permite distinguir, al menos a grandes rasgos, cuando un medio es apropiado para un propósito, y cuando no. Es, por ejemplo, mal visto que uno termine una relación por chat, o por mensaje de texto. Esto porque hemos estructurado el significado de estos medios de maneras diferentes: unos son más personales, otros más rápidos, unos transmiten más, otros menos información, y así sucesivamente. Ninguno tiene intrínsecamente un uso o un valor específicos, sino que es a partir de la interacción entre diferentes gramáticas que podemos interpretar que unos sirven para ciertos propósitos, y otros para otros.

De lo cual resulta que no hay forma mediática pura, como no hay experiencia propiamente pura o que no se entienda siempre en el contexto de su propio medio y gramática. Y de lo cual resulta, también, que somos algo así como seres profundamente traumados, porque nos vemos inmersos en el juego de la hibridación todo el tiempo, con todas sus consecuencias psicológicas y sociales. O, más bien, McLuhan parece indicar que somos estos seres traumados en la medida en que no tomamos conciencia o caemos en cuenta de que estamos así inmersos: la posibilidad de reconocernos como individuos sobre los cuales se ejercen todas estas fuerzas mediáticas abrirá la posibilidad (como espero que veamos más claramente al explorar el rol del arte y del artista) a que diseñemos e implementemos los mecanismos de compensación que, cuando menos, reduzcan el trauma de las amputaciones.

¿Yo?

Una idea sobre la que termino volviendo constantemente es este problema del “yo”. La cuestión es que cada vez me convenzo más de que el yo propiamente no existe. O es mucho más complejo de lo que nos gustaría que lo fuera. Decir que somos un yo, una identidad, unitaria, internamente consistente, capaz de ser articulada discursivamente más o menos claramente utilizando nuestra racionalidad y voluntad, es algo que me resulta cada vez menos convincente.

En cambio, me veo cada vez más llevado a la idea de que no, que somos muchos, que somos algo así como una comunidad política, cada uno de nosotros, negociando e intentando de alguna manera llevar adelante intereses contrapuestos, diferentes expectativas, rivalidades, y demás conflictos internos que más claramente parecen describir la manera como nos comportamos.

Es difícil de comerse esta idea, y difícil de aceptar, porque estamos acostumbrados, muy acostumbrados, a la idea de que yo soy uno, soy éste, y éste está más o menos en control de sus deseos e intereses e ideas, aunque a veces puedo fallar un poco. Pero cada vez esto me parece menos descriptivo de cómo nos comportamos. Y eso tiene una serie de implicaciones, sociales, psicológicas, legales, bastante complicadas.

Juego

Estamos yendo por un camino problemático – nuestra cultura se ha estructurado de tal manera que opone la dimensión del juego a la dimensión del trabajo, la de la diversión a la de la productividad. Al mismo tiempo, cada vez más se profundiza la idea de que vivimos para producir, de que todo nuestro tiempo debe ser productivo, que debemos ser competitivos para sobrevivir en un mundo en el cual todos están luchando unos contra otros por escasos recursos. Hemos construido sistemas educativos basados en la misma idea: el juego es para la hora del recreo, pero en los salones de clase, los alumnos deben procesar cognitivamente contenidos curriculares de maneras más o menos homogéneas, deben asimilarse progresivamente al aparato productivo.

Tan sólo en los últimos años, y de a pocos, la importancia de la dimensión del juego está siendo entendida y valorada. Navegando entre las charlas de TED en YouTube, encontré la siguiente charla de Stuart Brown, quien presenta los diferentes aspectos por los cuales el juego es importante: por cómo contribuye a nuestra supervivencia, a nuestra adaptación, a nuestro aprendizaje, etc., y no sólo el juego en los niños, sino el juego en todas las etapas de la vida.

La charla de Brown es sumamente sugerente e ilustrativa tanto de los efectos de jugar en nuestras psicologías, como de la manera como nos hemos alejado de la dimensión de jugar como algo con un significado en sí mismo. Las consecuencias de esto se muestran cada vez más como algo problemático, y en muchos caso, en cómo la ausencia de la dimensión del juego en etapas tempranas del desarrollo resulta en individuos prácticamente atrofiados en funciones básicas como la creatividad y la resolución de problemas. Pero lo que parece ser una buena noticia es que la misma actividad de juego puede servir para aliviar este problema. Al jugar, estimulamos la corteza prefrontal del cerebro, que es aquella básicamente responsable de nuestra toma de decisiones y fuertemente asociada a nuestro comportamiento emocional. Al desarrollar nuestra corteza prefrontal mediante el juego, fortalecemos nuestra capacidad para tomar decisiones y para estructurar planes que involucran al futuro.

Tengo muchas más ideas que procesar sobre este tema. Desde la importancia filosófica que cobra la dimensión del juego (desde la idea nietzscheana del superhombre como un niño que juega a crear valores, pasando por Wittgenstein y los juegos del lenguaje y más), hasta la importancia educativa del juego y de cómo lo incorporamos a nuestra cultura. Un proyecto en el que vengo trabajando con unos amigos es el de incorporar este aparato teórico a una nueva iniciativa, bastante exploratoria al inicio, sobre la cultura de los videojuegos en el Perú. Siendo uno de los nuevos medios más importantes en alcance, y como industria, vale la pena detenernos a considerar desde una perspectiva amplia el significado que están cobrando los videojuegos en el Perú, y como podemos sacar lo mejor de ellos. Con un poco de suerte, en las próximas semanas tendremos ideas un poco mejor estructuradas al respecto que poder compartir.

Control

Supuestamente el sentir que estamos en control de nuestro entorno nos hace medianamente felices.

Eso es lo que pienso todas las mañanas cuando me subo a la 73 en el cruce de Arenales con Javier Prado. Cruzar la Jv. Prado demora sus buenos diez minutos en los que la gente se desespera y empieza a actuar un poco irracionalmente. Gritarle al chofer, al cobrador, pero mi favorito es cuando golpean ruidosamente el techo para que el carro avance.

Pero no va a avanzar, no puede avanzar. No es un tema de voluntad, no es culpa del chofer. El policía no escuchará los golpes. El golpe no cambiará nada. Pero el golpe es la ilusión del control, de que esa exteriorización violenta de la voluntad de alguna manera domestica el entorno y brinda, por un momento, seguridad.

Luego de eso, seguimos esperando.