Se habla mucho, sobre todo en economías en desarrollo, del tema de la transferencia tecnológica. En esencia es algo simple: hay quienes tienen una cierta tecnología tecnología, que son pocos, y hay quienes no, que son muchos, y se verían beneficiados por utilizar dicha tecnología. La manera como una tecnología pasa de los primeros a los segundos es lo que se conoce como transferencia tecnológica.
Hasta ahí todo bien, pero resulta que es un proceso bastante más complejo en la práctica. Como la tecnología es siempre un constructo complejo que incorpora aspectos estrictamente técnicos con aspectos culturales y sociales (y todo un bagaje de conocimiento), se puede hablar de transferencias tecnológicas que ocurren en diferentes niveles, de maneras más o menos completas.
En el nivel más básico, la tecnología es entendida simplemente como objeto. Llamémosla transferencia unilateral. Yo la tengo, tú no, así que te la doy. Éste es el nivel más nefasto de la transferencia tecnológica, el que no solamente no ayuda, sino que hace daño: no toma en consideración el efecto sistémico que una tecnología ejerce sobre una población, las nuevas necesidades periféricas que genera y la manera como una sociedad no estará en condiciones de adaptarse rápidamente a ese cambio. La transferencia tecnológica así entendida establece una relación de dependencia: en la medida en que tú quieras seguir jugando con el juguete, dependes de mí para conseguir más, para hacer que siga funcionando, para entender cómo se usa, etc.
En un segundo nivel, la transferencia tecnológica incluye a la tecnología misma (en su dimensión técnica, de objeto), y el conocimiento sobre cómo utilizarla. Podemos llamarla una transferencia operativa. Este nivel, sin abandonarla, se aleja del polo de la relación de dependencia. Se trata de incorporar en el proceso el conocimiento que rodea a la tecnología, y a su vez la capacidad para transferir ese conocimiento localmente: la sociedad afectada puede, así, reproducir la cantidad de individuos calificados para operar y utilizar productivamente una tecnología. Sin embargo, aún existe una relación de dependencia, en primer lugar, respecto al mantenimiento de la tecnología, y en segundo lugar respecto a su innovación.
En un tercer nivel, la transferencia tecnológica resuelve una de estas carencias al transferir también el conocimiento y la capacidad para modificar y brindar soporte a estas tecnologías. Podemos llamarla una transferencia efectiva. De modo que aquí el conocimiento transferido no se da solamente a nivel del usuario, sino que, si quieren, ocurre también a nivel de administrador y desarrollador. Se transfiere el conocimiento no sobre qué hace, sino sobre cómo lo hace. Y esto puede incluir, además, la capacidad para producir soluciones que no dependan de la fuente original de la tecnología: por ejemplo, teniendo la capacidad para producir localmente piezas y repuestos, o de encontrar sustitutos localmente disponibles. De esta manera, además, la introducción de una tecnología empieza a fomentar también otras industrias tecnológicas periféricas, en rubros de capacitación, mantenimiento, así como de producción de tecnologías secundarias que hacen posible la primera.
En un cuarto nivel, la transferencia incluye la capacidad productiva. Es como cuando un fabricante de autos abre una nueva fábrica en una economía emergente: no solamente se transfiere así el uso de la tecnología, sino que se transfiere toda la capacidad para realizar la producción localmente. Llamémosla una transferencia productiva. El efecto en este caso debería ser sistémico, pues se tiene una fuerza de trabajo que adquiere las competencias necesarias para este proceso, y se promueve aún más el uso de una tecnología dado que la producción local debería, idealmente, reducir los costos de acceso a la misma para la mayoría de la población. En otras palabras, un auto debería, idealmente, ser más barato cuando es producido localmente, que importado. Esto, sin embargo, no es necesariamente siempre el caso. Aunque esto posibilita, en teoría, que localmente se puedan hacer también modificaciones al diseño e innovaciones sobre el modelo, esto no es tampoco necesariamente el caso.
En un quinto nivel, entonces, estaría el nivel de la innovación, cuando no solamente es posible la producción local de una tecnología, sino también su transformación e innovación. Podríamos llamarla una transferencia plena. En otras palabras, la transferencia “plena” de tecnología no es sólo la del “objeto”, sus “protocolos” asociados y la capacidad para reproducir ambos, sino también de la capacidad de ir más allá de ellos y hacer con ellos algo diferente. Esto es lo que menos suele transferirse porque es al mismo tiempo donde se encuentra la mayor cantidad de valor: una fábrica de autos puede moverse indistintamente a donde los costos de la mano de obra sean más baratos, pero el talento e inversión que se hace en diseño e innovación es una inversión a largo plazo que no es tan fácilmente reemplazable. Además, la inversión local en estos rubros es lo que haría posible, al mismo tiempo, la aparición de nuevos competidores, algo para lo cual no hay nunca un incentivo externo.
No sé si esta categorización sea necesariamente exhaustiva o completa, pero creo que ilustra un poco la complejidad de la transferencia tecnológica. Puede resumirse en términos de la transferencia de una gramática tecnologica de un contexto a otro, y el grado en el cual el nuevo contexto adquiere voz y voto, capacidad para modificar e influir sobre dicha gramática.
