Just do it

Este post va a terminar sonando bastante de autoayuda, pero les juro que no es la idea. Es más bien algo así como una síntesis de varios aprendizajes.

Esto viene de mi obsesión de larga data en torno a la idea de “hacer cosas”. Mi formación académica nunca me enseñó a hacer cosas, sino a pensar cosas, pero siempre estuve interesado en hacer algo con las cosas que pensaba. De modo que ha sido un aprendizaje complicado y continuo para ir consiguiendo herramientas para hacer cosas, en un proceso que realmente no ha terminado.

El asunto es que, si tienes una idea para algo que quieras hacer, mi mejor recomendación es simplemente que lo hagas. En serio. Lo digo porque durante años me la he pasado procesando y regurgitando proyectos, dándoles vueltas una y otra vez, pensando siempre que algo falta para poder hacer algo con ellos: primero tengo que terminar la universidad (que luego se convierte en tengo que tener la maestría, y luego en tengo que tener el doctorado), o primero tengo que tener las herramientas correctas, o no tengo los recursos suficientes para hacer esto, o primero tengo que saber más sobre el tema antes de poder pronunciarme, o no tengo suficiente tiempo. Todo se reduce a diferentes maneras de decir “no estoy listo” o “no es el momento correcto” – pero el problema es que en realidad nunca vas a estar listo, y nunca va ser el momento correcto. La verdad de la milanesa.

Nos petrificamos ante la idea de que cuando empecemos a hacer algo, haremos el ridículo o nuestros pares y la gente a nuestro alrededor pensará que estamos metiendo la pata o haciendo algo estúpido, y asumimos que algún tipo de validación externa podrá mitigar eso. Pero en realidad, al mundo no le importa un carajo. Sí, es muy posible que la gente a tu alrededor te mire un poco raro, pero incluso si fracasas completa y radicalmente habrás ganado enormemente. No lo digo en el sentido new-age-friendly, como el final de un capítulo de Tres por Tres de “has aprendido algo importante” (que no deja de ser cierto); sino en el sentido mucho más mundano y pragmático de que haber intentado algo y fracasado es una habilidad sumamente valiosa para futuros proyectos, colaboradores y empleadores. Es preferible contratar a alguien que fracasó con un proyecto (y entiende por qué fracasó) que alguien que nunca intentó nada y cuyas habilidades no han sido puestas a prueba.

Es sumamente difícil de procesar porque culturalmente estamos totalmente acostumbrados a lo contrario. Mantén un perfil bajo, infórmate, edúcate, y sólo cuando estés preparado, inténtalo. Nos ha funcionado para muchas cosas durante mucho tiempo, y todo bien con eso. Pero no tiene por qué ser así en todos los casos – sobre todo en una época cuando empezar algo es más fácil que nunca en la historia. No necesitas plata, no necesitas una formación en particular, no necesitas credenciales ni el permiso de nadie en particular para hacer millones de cosas posibles a gran escala. Sí necesitas, eso sí, una idea que te apasione lo suficiente como para mantenerte trabajando largas horas incluso cuando eso implique olvidarse, a veces, de comer y dormir. La idea y la determinación por sí solas no garantizan una ejecución prolija ni buenos resultados, pero sí está garantizado que sin la idea y la determinación tampoco se consigue nada.

De modo que lo mejor que puedes hacer para empezar es simplemente empezar, pero hacerlo con el “footprint” más reducido posible: con la menor cantidad de recursos que se pueda. Sobre todo cuando no tienes del todo claro que es lo que quieres hacer, empieza de manera muy pequeña y anda definiendo la visión y concretando las cosas orgánicamente. No importa si en el camino cambias por completo el sentido de lo que querías hacer originalmente, sino que eso es simplemente el reflejo de estar progresivamente informándote mejor y teniendo más claro el sentido de lo que estás haciendo.

Creo que cada uno tiene su propia manera para empezar un proyecto – algunos escriben artículos, otros hacen mapas conceptuales, otros tienen más facilidad para reunir grupos de personas para trabajar juntos, otros organizan eventos, etc. Haz lo que mejor te acomode. Personalmente, para mí es haciendo un sitio web. Esto por tres razones: (1) porque es de entrada un compromiso forzosamente público, (2) porque es algo que manejo con cierta comodidad y (3) porque la mayoría de proyectos en los que trabajo están vinculados con nuevas tecnologías e Internet de alguna manera. Mi proceso de ideación se vuelve concreto creando un website o un blog donde empezar a reunir y ordenar la información y poder ir madurando las ideas.

Cuando empezamos el Laboratorio de Videojuegos de Lima empezó solamente como un blog y con muchas buenas intenciones, y esto nos dio dos resultados muy interesantes. Primero, la gente interesada empezó a reaccionar a las ideas que publicábamos: e-mails, comentarios en el blog, incluso menciones en medios de comunicación. Fue un poco impactante porque no esperábamos ese tipo de respuesta, así que eso nos llevó al segundo resultado: empezar a pensar un poco más ampliamente, a diseñar iniciativas, a conversar con otras personas e ir planificando como ampliar nuestros esfuerzos. ¿Éramos especialistas ungidos por alguien al empezar con el LVL? La verdad, no: éramos gamers, y éramos académicos, y teníamos ganas de combinar ambas cosas. ¿A alguien le importó? La verdad, no: la respuesta del público nos dejó claro que había una demanda por el tipo de contenido que queríamos generar, que había otros actores con los cuales colaborar y que, además, nadie estaba haciendo el tipo de trabajo que queríamos hacer.

Algo similar ha venido pasando con Apócriphos: empezamos originalmente como un blog para ir estructurando nuestra idea de una editorial digital. Conforme nos íbamos informando más sobre el tema fuimos ampliando el enfoque y empezando a incorporar otras ramas del trabajo con aprendizaje y nuevas tecnologías, dentro y fuera de ámbitos académicos, y al uso de aplicaciones de conocimiento para construir organizaciones inteligentes. Nada de esto lo sabíamos al principio, pero era necesario empezar e ir corrigiendo sobre la marcha para llegar al punto en el que estamos ahora.

Ocurren así dos cosas. La primera es la auto-selección: si empiezas a trabajar en tu idea, sea cual sea tu mecanismo para hacerlo, y al poco tiempo descubres que no le dedicas el tiempo necesario para que salga adelante, pues lo más probable es que nunca te interesó tanto. Puedes replantear lo que quieres hacer o puedes simplemente dejarlo. Cuando el costo de empezar es bajo, esto se vuelve relativamente fácil, e igual puedes reaplicar lo que hayas trabajado para otro proyecto. La segunda es “selección natural”: a veces, simplemente, las ideas no funcionan. Y es mejor saberlo temprano que tarde, habiendo invertido menos recursos.

Puedo pensar en al menos dos casos donde esto me ha pasado (hay más en realidad, pero tomemos dos): uno de ellos fue Invasiones Bárbaras, un proyecto de publicación académica heterodoxa que empecé hace años. La idea era conseguir aportes de académicos jóvenes que escribieran textos no-especializados y fuertemente interdisciplinarios. Pero simplemente no despegó, porque no conseguí reunir los aportes suficientes ni coordinar un equipo como para que salga adelante. Regresó por un tiempo como un blog sobre industrias culturales, pero la carga de mantener dos blogs con temas muy cercanos no tenía mucho sentido, y ahora simplemente flota por el éter de la web. El segundo caso es el de Enchufa.pe (que ya no está online), una publicación digital que pretendía cubrir un espacio similar al de Wired pero para el mercado peruano: noticias de ciencia, tecnología y cultura digital. Pero el proyecto desde el principio tuvo hasta problemas técnicos, siendo uno de mis primeros esfuerzos jugando con Drupal y terminé gastando más de mi tiempo en arreglar problemas técnicos que en generar contenido. Con el tiempo, la falta de interés terminó sofocando el proyecto y murió lentamente.

Son cosas que pasan – sacas lo mejor que puedes y pasas al siguiente proyecto. Como dije más arriba, incluso esta experiencia es valiosa, sea para siguientes proyectos o para presentarse a un trabajo con experiencia interesante bajo el brazo. Lo importante de todo esto es que siendo tan “barato”, en términos transaccionales, poner en acción un proyecto o una idea, la mejor recomendación es que lo hagas. Se termina volviendo un hábito, y además se va refinando con el tiempo, y los proyectos que funcionan van creciendo y ampliándose y poniéndose más interesantes.

¿Por dónde empezar? De nuevo, depende mucho de tus preferencias personales y estilo de trabajo. Sé que lo que funciona para mí es una especie de “reverse-McLuhan”, tomando a McLuhan desde la malformación popular de “el medio es el mensaje”: empezando por el final, a mí me resulta más fácil partir por el medio y dejar que éste vaya dándole forma a mi mensaje. En una época en que cualquier organización termina operando como su propia central de medios, esta aproximación me resulta natural y orgánica, pero eso no quiere decir que funcione para cualquiera. Experimenta con diferentes opciones y quédate con aquella que te haga sentir más cómodo.

Listo, eso. Les advertí que terminaría sonando mucho como post de autoayuda, pero sólo es de autoayuda en la medida en que me ha ayudado a mí a sintetizar algunas cosas que he aprendido en los últimos años.

P.D.: si tienes un problema de este tipo, con una idea que te interesa y te gustaría convertirla en “algo” pero no sabes bien por dónde empezar, avísame si puedo ayudar. A veces es bueno tener con quien rebotar un poco las ideas y darles algunas vueltas, y si mi experiencia puede serle útil a alguien más, pues excelente.

Organizaciones virtuales

Uno de mis puntos recurrentes es que hacer cosas es hoy mucho más fácil que nunca, y esta posibilidad abre la puerta para todo tipo de nuevos emprendimientos. La base de esta posible nueva economía viene del abaratamiento de costos de transacción que hace posible la aparición de nuevas formas de organización para la acción colectiva, un punto inteligentemente desarrollado por Clay Shirky (sobre todo en su libro, Here Comes Everybody):

Hace tan sólo unos años, para emprender cualquier tipo de iniciativa se necesitaba de una cantidad significativa de recursos. La capacidad de convocar y reunir un equipo de trabajo y brindarles el acceso a los recursos y la información que necesitan para poder sacar adelante un proyecto tenían una valla de entrada mucho más alta: si las opciones de comunicación son limitadas, entonces tengo que reunir al equipo en un mismo espacio físico donde poder reunirse, que además esté habilitado para trabajar. El costo de adquisición de información era también más alto: para acceder a ella debo invertir en libros, en suscripciones a revistas, en cursos o seminarios, lo cual eleva el costo de mantener al equipo informado. Si, además, el propósito es comunicar ideas al público, eso tiene otro costo adicional: si la oferta mediática es limitada (pensemos en los medios impresos, la televisión y la radio), acceder a su capacidad limitada de transmisión es sumamente costoso – una de las principales razones por las cuales la profesión del relacionista público pasó a ser tan importante. Si quiero imprimir un libro con ideas, debo también llevar ese libro al mercado, distribuirlo, promocionarlo, y el costo de todo ese proceso será directamente proporcional al alcance que quiero que tenga mi mensaje.

La sumatoria de todos estos costos elevados se traduce en que hay un enorme desincentivo para hacer cosas por simple interés propio. Emprender un proyecto quiere decir poder asumir estos costos, lo cual a menudo se traduce en requerir de inversiones externas de capital que usualmente se darán sólo bajo la condición de ofrecer un cierto retorno sobre la inversión. Las organizaciones que mejor se posicionen para reducir sus costos de operación y brindar el mejor retorno posible se convierten en aquellas que son más capaces de recibir estas inversiones, y con ellas asumir los costos que tienen sus iniciativas.

Esto hoy ha cambiado por completo. Pero a pesar de que los costos para organizarse para un proyecto se han reducido enormemente, la percepción pública se mantiene en gran medida dentro de los viejos parámetros (hay gente, incluso, que piensa que uno tiene que pedir permiso o enviar una solicitud para hacer algo como crear un #hashtag en Twitter). Lo cual hace que la valla percibida que tiene el hacer cosas sea bastante mayor de lo que es realmente.

Ensamblar una operación virtual, de hecho, es relativamente fácil, incluso de una manera que sirve para empezar a comunicar ideas al público. Es muy rápido, y además gratuito, inaugurar una presencia web creando un blog en una plataforma como WordPress, a través de la cual, además, por unos US$17 anuales se puede registrar un dominio .com, .org o .net que le da una apariencia mucho más “profesional” al blog (lo mágico de este es que, para muchas personas, tener tu propio dominio .com es entendido incorrectamente como algo reservado para organizaciones o empresas “grandes”, no como algo al acceso de potencialmente cualquier persona, lo cual eleva aún más el valor percibido de una acción simple como ésta).

Una vez que tienes el dominio, hay un beneficio adicional que puedes conseguir para tu proyecto: Google ofrece una versión gratuita de Google Apps para grupos de trabajo de hasta 10 usuarios. Es decir que, si tienes menos de 10 personas participando del proyecto puedes acceder a la colección de herramientas profesionales de Google que incluyen, especialmente, cuentas de correo electrónico que funcionan con tu propio dominio (otro valor importante en términos de comunicación con el público), la posibilidad de crear y editar documentos colaborativamente a través de Google Docs, y de manejar calendarios compartidos utilizando Google Calendar.

Cuando lanzamos el Laboratorio de Videojuegos de Lima hace alrededor de dos años y medio, teníamos poco más que esta infraestructura, y no necesitábamos mucho más tampoco. Con esto nos era posible circular ideas entre el equipo de trabajo y comunicarnos con otras personas manteniendo una imagen integrada (todos con el mismo dominio), coordinar eventos y actividades entre nosotros, y publicar artículos, ideas y comentarios utilizando nuestro blog. Incluso hoy, es poco más que esto lo que tenemos o necesitamos. Funcionamos como una organización totalmente virtual, sin una base fija de operaciones (de hecho, coordinamos ideas y actividades entre Lima y Buenos Aires), sin un espacio físico, teniendo reuniones por Skype y comunicando ideas con un blog. Pero incluso este mínimo de infraestructura tiene un importante valor psicológico cuando presentamos la iniciativa: la percepción de que hay todo un aparato complejo y articulado detrás, una inversión de recursos propia de grandes estructuras. No es que nos presentemos como tal, pues no lo hacemos: es simplemente un hecho inductivo, de asumir por asociación que esta apariencia de complejidad debe requerir una cierta infraestructura a su vez compleja. Pero la realidad es que las herramientas a nuestra disposición nos permiten una infraestructura mucho más versátil y mecanismos organizativos mucho más dinámicos.

En realidad, es poco más lo que se necesita para empezar un proyecto. Ese valor psicológico externo sirve también internamente: el otro día, me quejaba en Twitter de que mi solución a cualquier problema es crear un sitio web, aún cuando no necesariamente venga al caso. Es mi mecanismo de entrada para empezar a pensar en cómo hacer algo, cómo movilizar un proyecto (cómo “hacer cosas”): establecer este tipo de presencia virtual es también decirse a uno mismo, y a un equipo de trabajo, que un proyecto va en serio. Es una forma de hacerlo público, lanzarlo al mundo: una especie de acto fundacional. Como poner la primera piedra. Esta primera piedra, además, sirve como eje de articulación para todas las actividades del proyecto.

Es también relativamente fácil complementar esta infraestructura básica con otros canales de comunicación y de articulación de una comunidad: crear una página en Facebook o una cuenta en Twitter ayudan, también, a difundir públicamente actividades e ideas, son relativamente fáciles de mantener y aportan colectivamente a la idea de que hay un esfuerzo articulado y planificado detrás del proyecto.

No estoy intentando decir que haciendo todas estas cosas, uno ya haya hecho todo lo que tiene que hacer. Ése no es el punto. El punto es que uno puede hacer estas cosas, relativamente fáciles, y estar en excelentes condiciones para la operación de un proyecto, sin tener que esperar (o utilizar como excusa) a contar con herramientas más sofisticadas o infraestructura más compleja para poder empezar a implementar ideas. Hoy tenemos más flexibilidad que nunca para iniciar proyectos, pero solemos utilizar las herramientas como excusa para no sacarlos adelante; o un apego demasiado fuerte hacia manera tradicionales de hacer las cosas como razón para no experimentar con nuevos modelos organizacionales y formas de trabajo. De hecho, tenemos mucho más que ganar experimentando con nuevos modelos y herramientas. Y aunque también es cierto que la facilidad para implementar ideas nos introduce a un contexto donde, también, serán más las ideas que fracasen, esto nos da también la posibilidad de fallar a un costo muy bajo que nos permita reformular, reevaluar y reconsiderar ideas y proyectos antes de que nuestro costo hundido sea demasiado significativo. Aquí es, más bien, nuestro soporte cultural el que no se está viendo actualizado suficientemente rápido: seguimos dándole mucho más valor a un camino costoso hacia el éxito antes que a uno muy barato hacia el fracaso. Pero la ventaja estructural de valorar el fracaso barato es que nuestro proceso de aprendizaje y refinamiento es muchísimo más acelerado pues aprendemos continuamente a partir de un proceso de prototipado rápido. Es parte de una lógica operacional, popularizada, entre otros, por organizaciones como Google, de “release early, release often, iterate” (“publica temprano, publica seguido, e itera”).