Situando los discursos sobre la tecnología

Notas tras el primer día de #filoenredes

Aunque hay varias cosas, interesantes y no tanto, que habría que comentar sobre el primer día del coloquio Redes de la Filosofía | Filosofía en las Redes, hay una idea en particular que quería anotar antes de perderla. Surge luego de escuchar varias de las presentaciones de ayer y de conversaciones posteriores sobre ellas, y gira alrededor de cómo situar los diferentes discursos que se hacen sobre la tecnología a lo largo de diversos ejes. Por supuesto, nótese además que esto es excesivamente preliminar.

Se me ocurre que los discursos sobre la tecnología (ojo, los discursos, no las tecnologías mismas) pueden posicionarse en algún lugar a lo largo de dos espectros: por un lado, uno de los espectros oscila entre la tecnofilia, o el optimismo tecnológico (alguna variante de “la tecnología nos salvará”) y la tecnofobia, o el pesimimo tecnológico (“la tecnología nos condenará”). Sin tener necesariamente que adoptar alguno de estos polos, los discursos tecnológicos normalmente se inclinan por alguna de estas orientaciones.

Al mismo tiempo, estos discursos pueden posicionarse a lo largo de otro espectro en función de cómo caracterizan a la tecnología. El discurso clásico y, a mi juicio, el más incompleto es el que considera la tecnología simplemente como herramienta, como receptáculo de la voluntad de un individuo racional. La forma como forma, como vehículo de nuestra intencionalidad, “no es ni buena ni mala, sino que depende de cómo la usamos”. Es lo que me parece, digamos, el polo más ingenuo. Una posición basante más elaborada es la que toma la tecnología como un sistema complejo, un tejido no sólo de materialidad sino también de prácticas, procesos e instituciones que no reciben meramente la voluntad del individuo, sino que contribuyen a darle forma al definir su espectro de posibilidades. Pero el polo opuesto de este espectro lo representan los discursos que llevan la tecnología al punto de la ontología, dándole carácter autónomo o semi-autónomo y cierto grado de agencia o autodefinición. En este espectro es donde encontraríamos posiciones como las del Object Oriented Onthology o el Actor-Network Theory.

Podríamos decir, también, que ambos ejes se pueden representar como cruzándose, pues cualquiera de estos discursos se ubicará necesariamente en algún lugar de ambos de ellos. Y podríamos, por ello, quizás representarlos así:

Resistir al imperativo tecnológico

Hace unos días, el popular EDLJ me explicaba algunas cosas sobre la ontología de Quentin Meillassoux. Al parecer, Meillassoux propone y cree unas cosas bastante extrañas, unas más interesantes que otras. Pero en la base de su ontología está una relación entre la necesidad y la contingencia que – según me lo explicaron – busca ser una respuesta al problema planteado por Hume respecto a la causalidad. Para Meillassoux, el mundo es completamente contigente, pero su contingencia, precisamente por ser contingente, no quiere decir que sea por lo mismo permanentemente cambiante.

Es decir: pensamos la contingencia como un mundo que está cambiando todo el tiempo, donde nada tiene ninguna permanencia. Pero para Meillassoux, para realmente ser consecuente con la contingencia, la misma contingencia tiene que ser contingente: es decir, si todo es realmente contingente, dentro de esa contingencia podría haber cosas no que fueran necesarias, sino que se mantuvieran estables. O no. No es necesario ni lo uno ni lo otro. ¿Se entiende?

Bueno, esto viene al caso por una observación hoy día mientras iba al trabajo, en el bus. Una chica, con el Blackberry en la mano, se mensajea con sus contactos. Viaja parada, viaja sentada, mensajeándose todo el tiempo. Cuando no se mensajea, se pasea por su lista de contactos, buscando alguien con quien mensajearse. Me trajo a la mente un artículo de Paul Carr, uno de mis tecnófobos favoritos, en el nuevo blog PandoDaily, sobre la irrupción de la tecnología en los juzgados:

Today’s technology allows us to be truly be tried by our peers — all of them. Why not introduce a system of trial by wiki? Let witnesses, the defendant, that defendant’s friends, bloggers, anonymous commenters, children, performing chimps — anyone with access to a keyboard and an opinion — throw all of their thoughts and arguments together in one gigantic collaborative document. Some kind of thumbs up thing will ensure accuracy, obviously. Then open the whole thing up to voting. A majority of guilty votes — the guy swings. We have the technology! Let’s do it!

Alternatively, we could get the hell over ourselves and realise that just because we can do something doesn’t mean we should. It’s called self-control. Someone should build an app for it.

De alguna manera creo que esto corre paralelo al argument ontológico de Meillassoux, aunque suene sumamente extraño. Todo es tan pero tan contingente, que incluso es posible que en esa contingencia algo se mantenga estable. De la misma manera, estamos tan pero tan conectados todo el tiempo, que incluso es posible que no debamos estarlo todo el tiempo. La absoluta tecnologización de la realidad ha significado que infiramos de ella un imperativo conductual de que debemos estarla usando, al máximo, todo el tiempo – en gran medida porque a eso nos empuja la maquinaria de producción industrial y el aparato económico.

Pero que tengamos estas herramientas a nuestra disposición no quiere decir que tengamos que estar usándolas todo el tiempo. Tampoco quiero ir por el lado simplista de decir que nos estamos volviendo “adictos” a nuestros aparatos. Simplemente resaltando que estamos cometiendo un error similar al que Meillassoux quiere evitar con su observación sobre la contingencia: asumimos que tiene que ser una cosa o la otra. O vivir conectados, o retirarnos a una cabaña en la selva negra a encontrarnos con nosotros mismos alejados de la tecnología. No creo que tenga que ser así. De hecho, me parece que justamente tenemos que complicar el panorama para reconocer que no tiene que ser así, mientras observamos como nuestros patrones sociales de conducta se equilibran para permitirle un espacio a todo.

El ejemplo más cotidiano de esto es la irrupción de los celulares durante una comida familiar o con amigos. No quiero decir ni que esté bien ni que esté mal, pues de hecho es un patrón que está variando sobre la marcha. Mi observación es, simplemente, que la presencia misma de una tecnología se convierte en un imperativo para su uso más allá de la pertinencia o relevancia social del mismo. El proceso de responder o resistir a ese imperativo es justamente el proceso traumático de amputarse una extensión, como lo diría el buen McLuhan, luego de que nos hemos visto narcotizados por sus posibilidades.

Objetos

Por culpa de Daniel estoy cada vez más leyendo sobre la ontología orientada a objetos. Sé muy poco al respecto, la verdad, pues recién me estoy enterando de qué rayos significa. Pero me llamó aún más la atención porque en los últimos días varios de sus representantes más importantes empezaron a publicar ideas interesantes sobre la conexión con Marshall McLuhan. Otra de las razones por las cuales particularmente me llama la atención es porque me imagino que debe haber una conexión directa con el concepto de la programación orientada a objetos, algo que he estado intentando aprender también un poco en las últimas semanas. Creo que esto es especialmente importante porque uno de los principales miembros de este movimiento es Ian Bogost, quien no sólo es filósofo sino que también trabaja en el desarrollo de juegos de video, con lo cual suficientes elementos están alineados como para suponer que aquí podría haber algo interesante.

Hace tiempo encontré una conversación particularmente interesante sobre la noción de objetos, en el contexto del desarrollo de plataformas sociales en la web, en el blog de Robert Benedict (con quien tuve la suerte de trabajar hasta hace un tiempo). Particularmente, en torno a la noción de los objetos sociales y cómo funcionan en línea:

RQB: You’re right, but the object is more than a topic, its a changing scaffold that you can hang things on, but the real key is that the object is constantly being negotiated by the people having the conversation.

JC: Still online we have to get concrete, thats the web, its 0′s and 1′s. So we can only really get a slice of the conversation.

RQB: Then the question is, how do both parties negotiate the object online? I mean, in a scenario where the object is being co-created by users and the folks running the site?

JC: Well one way you do that is to bookend the conversation, or circumstance.

RQB: How so?

JC: For instance, at a party there’s always two people that represent the extreme ends of a behavior continuum, lets call them the teetotaler and the party animal. The teetotaler is one bookend of behavior, they drink bottled water or diet coke with lemon. The party animal is drinking long island ice tea after his/her first beer representing the other end. These create social bookends.

RQB …and most people are relieved to be in “the middle,” having a couple beers and chatting knowing that they are at neither end of the continuum because those places are already taken.

Éste es el fragmento clave que me llamó la atención, por dos razones. Primero, la noción de objeto como “scaffold”, que se puede traducir como “andamiaje”: el objeto, o el objeto social, es entendido como tal porque puedo asumir un rol de andamio, porque de él podemos “colgar cosas” – por ejemplo, asignarle atributos, hacer afirmaciones sobre él, relacionarlo con otros objetos, etc. El otro aspecto clave aquí es el de negociación – el objeto social está permanentemente negociando los parámetros de su existencia, de su significado, de su actuación.

En el documento de Apple enlazado arriba, sobre programación orientada a objetos, se incluye la siguiente explicación:

Object-oriented programming doesn’t so much dispute this view of the world as restructure it at a higher level. It groups operations and data into modular units called objects and lets you combine objects into structured networks to form a complete program. In an object-oriented programming language, objects and object interactions are the basic elements of design.

Every object has both state (data) and behavior (operations on data). In that, they’re not much different from ordinary physical objects. It’s easy to see how a mechanical device, such as a pocket watch or a piano, embodies both state and behavior. But almost anything that’s designed to do a job does, too. Even simple things with no moving parts such as an ordinary bottle combine state (how full the bottle is, whether or not it’s open, how warm its contents are) with behavior (the ability to dispense its contents at various flow rates, to be opened or closed, to withstand high or low temperatures).

En la definición computacional, entonces, encontramos un entendimiento parecido del objeto (pero no igual): el objeto computacional es un objeto que funciona como un andamiaje, un constructo sobre el cual “colgamos cosas” – datos y operaciones, en este caso. Es, sin embargo, menos claro su componente social o su componente de negociación, al menos a esta altura.

Otro personaje de la ontología orientada a objetos, Levy Bryant, tiene esto que decir sobre la conexión de las nociones mcluhanianas de figura y fondo en relación con la OOO:

The relation between foreground and background is tremendously important in McLuhan’s thought. One gets the sense that for McLuhan the background always rumbles with hidden potentials that threaten the integrity of forms that appear in the foreground. In this connection, McLuhan’s analysis of the genesis of geometrical space is particular interesting. McLuhan’s striking thesis is that geometrical space came into existence with the rise of phonetic writing. Where acoustic and tactile space are always characterized by foreground/background relations where the background rumbles with hidden potentials, the visual space of phonetic writing tended to abolish background altogether as a result of transforming sounds into fixed units (phonemes) that were divorced from meaning and that could be repeated again and again as the same. Indeed, with writing we can always return to what has been written once again as identical, whereas speech disappears or falls away. (…)

McLuhan’s analysis of the origins of visual, geometrical space and the relation between this type of space and writing, are, I believe, of great significance for object-oriented ontology. The conception of objects that arises based on this unconscious conception of space is that of objects as fixed and self-identical entities that are fully present. In other words, geometric space leads to a conception of being where withdrawal is erased. For example, for the geometer all points on an infinite line are fully present, simultaneous, and actual even if we can’t directly perceive this line. Visual spatialized thought thereby “objectivizes” entities in the bad sense of erasing their withdrawal.

Y en una dirección similar (la relación figura/fondo), junto con la concepción de la tétrada de los medios que aparece en Laws of Media, otro personaje del OOO, Graham Harman, afirma lo siguiente en una entrevista:

Now, let’s get back to McLuhan. The “tetrad” in Laws of Media is not identical with Heidegger’s fourfold, but there is an obvious common point. Heidegger is concerned with the layer of reality that withdraws, and so is McLuhan when he speaks of background media that are not perceived as long as we are inside them. Furthermore, both of them are concerned with how the ground reverses into figure, and vice versa. McLuhan has far greater talent than Heidegger for applying the method to specific cases, though. He also does not suffer from the sort of judgmental romanticism that would lead him, like Heidegger, to despise all entities made of plastic or aluminum and evict them from philosophy altogether to make way for hand-carved peasant shoes and genuine Black Forest Lederhosen. McLuhan can analyze absolutely anything, whereas Heidegger shirks this duty deliberately, filled as he is with contempt for telephones and Disney characters. In this sense, McLuhan and Latour are a lot alike in their whimsical openness to even the most trivial products of popular culture.

My biggest objection to the McLuhan tetrad, of course, is the claim that it only holds good for human artifacts, since they alone have the structure of a language. I fail to see why anything linguistic is necessary for the interplay of depth and surface to begin. I see reality per se as already constituted by this drama.

Entonces, al final de todo, me queda la pregunta: ¿Qué rayos es un objeto? Hasta ahora, la metáfora del andamiaje y la definición computacional del objeto (como andamiaje virtual que integra una serie de estados con una serie de operaciones en un entramado complejo de objetos que interactúan). Es una extraña confluencia de intereses la que me lleva por aquí, pero por ello mismo particularmente interesante: creo que, en alguna medida (y ojo, aún sé muy poco de esto), la ontología orientada a objetos es un resultado de una cultura informacional o informatizada. El componente filosófico/ontológico es en cierta forma indesligable del componente técnico/tecnológico, o puesto de otra manera, nuestra concepción de los objetos se ve irremediablemente configurada hasta cierto punto por el hecho de que los pensamos en un mundo en el que existen computadoras que corren programas que trabajan con objetos que tienen atributos. Sin decir algo como que estamos encontrando el lenguaje de la naturaleza, que claramente no lo es, si es algo así como que es una formulación ontológica, o un descubrimiento del lenguaje del mundo que construimos a nuestro alrededor, un mundo que está constituido por una serie de objetos cada uno de los cuales dice algo diferente.

No es coincidencia que estos elementos confluyan, entonces. Es, más bien, una exploración del código fuente de los objetos sociales que se encuentran entramados a nuestro alrededor. Con múltiples preguntas de por medio, como por ejemplo, cuál es el punto en el cual el componente filosófico se separa del componente técnico, de haber alguno. O, hasta qué punto, así como el medio es el mensaje, estas exploraciones son consustanciales con ciertas apariciones mediáticas que modifican nuestro espectro de pensamiento.

Pero en fin, repito, todo es culpa de Daniel.

El efecto sofístico

Encontrado esta mañana, leyendo en la 73 (el micro):

En el Tratado del no ser de Gorgias, algunas décadas después del Poema [de Parménides], la cuestión es una relación muy distinta entre el ser y el decir. Gorgias pone de manifiesto que el poema también es, ante todo -sépalo o no y quiéralo o no-, una performance discursiva: lejos de estar encargado de decir una donación originaria, algún “es” o “hay”, produce realmente su objeto, aun en la sintaxis de sus frases y por ella. De manera radicalmente crítica con respecto a la ontología, el ser no es lo develado por la palabra sino lo creado por el discurso, “efecto” del poema, así como el héroe “Ulises” es un efecto de la Odisea. Si la filosofía quiere reducir la sofística al silencio, es sin duda porque, a la inversa, la sofística produce la filosofía como un hecho de lenguaje. Propongo denominar logología, con un término tomado de Novalis, esta percepción de la ontología como discurso, esta insistencia en la autonomía performativa del lenguaje y en el efecto mundo producido por él. Era posible, por lo tanto, ser presocrático de otra manera.

Lo saqué de El efecto sofístico, de Barbara Cassin, libro que encontré por absoluta casualidad. Y que hasta ahora, me gusta. Seguro iré encontrando más pasajes interesantes. Pero lo más interesante, creo, es ir viendo cómo puedo irlo conectando con otras cosas que van flotando en el aire.