El futuro de la televisión es mejor que su presente

Mis sentimientos en contra de la televisión son cada vez más fuertes.

Pero no es “en contra de la televisión” propiamente, no es el argumento de que nos vuelve brutos o couch potatoes ni nada de eso. Estoy en contra del modelo de distribución persistente en la televisión, porque me parece obsoleto e impráctico.

La televisión ha funcionado históricamente alrededor de un modelo de “appointment viewing” – los canales organizan una grilla de programación sopesando una gran cantidad de variables (día de la semana, hora, tipo de contenido, público objetivo, variables sociales y culturales, etc.) para poder conseguir la mayor cantidad de público posible, y por tanto poder vender la mayor cantidad posible de publicidad. El horario que consigue atraer la mayor cantidad de espectadores es el “prime time“, la ventana de tiempo durante la cual se posiciona la mejor programación para competir con la de otros canales y vender la publicidad al mayor precio posible. La expectativa sobre los espectadores es que si escogen seguir un programa, esa elección se convierta en un “appointment”, una cita concertada semanal o diariamente en la que el espectador quiera volver a seguir con la historia.

El problema del appointment viewing es que asume una competencia relativamente baja por nuestra atención: el diseño del modelo asume que escogemos entre diferentes opciones de canales, pero en general todos dentro del mismo formato televisivo. Esto, sin embargo, ya no es el caso: por ejemplo, ya no es tan automático el supuesto de que una persona trabaja todos los días el mismo horario, y estará de vuelta en casa a una hora específica (una de las piedras angulares del prime time). Tampoco es seguro que llegue a casa para enchufarse a la televisión, e incluso si prende la televisión, no es seguro que le preste toda su atención. Nuestros patrones de consumo han cambiado de manera que ya no se ajustan fácilmente a una grilla de programación.

El otro problema que ha empezado a aparecer es que la experiencia del mundo digital ha cambiado nuestra expectativa de granularidad respecto al contenido televisivo. David Weinberger habla mucho sobre cómo cambia la granularidad de un medio en su último libro, Too Big To Know: las unidades mínimas de significado que consumimos han cambiado en los últimos años porque la web ha flexibilizado nuestros mecanismos de distribución de información. Antes estábamos prácticamente limitados al libro como unidad granular de información, pero en la web podemos circular capítulos, artículos, incluso breves blog posts, sin tener que construir todo un libro. Algo similar ocurre con la música: la granularidad durante mucho tiempo estuvo marcada por el álbum, pero cuando tenemos modelos como iTunes encontramos que la granularidad mínima empieza ser, más bien, la canción.

(Alguien saldrá aquí a decir que “no es lo mismo”. No pues, no es lo mismo, pero decir que el Dark Side of the Moon sólo funciona como álbum no es un buen contraargumento, porque no todos los álbumes son el DSOTM ni nada parecido: son 2 o 3 canciones buenas con 9 o 10 de relleno para poder justificar vender un disco completo. El argumento no es que la forma ampliada no tenga sentido, sino que por las limitaciones del formato físico nos hemos visto forzados a ajustarnos a esa forma ampliada como la mínima granularidad.)

Tenían que pasar varias cosas para que percibiéramos un cambio similar con la televisión. Necesitábamos la experiencia de ver programas en DVD, sin interrupciones comerciales y según el esquema que nos diera la gana. Necesitábamos la experiencia del DVR (digital video recorder) como el TiVo que liberaba la programación por appointment a una programación on-demand. Necesitábamos la experiencia de YouTube para probar que se podía construir una interfase de usuario y una experiencia de calidad en torno al video en la web. Y necesitábamos mucho, mucho ancho de banda.

El canal de televisión ya no establece la granularidad del contenido televisivo, ni lo hace la grilla de programación. La serie ha trascendido la televisión. Las posibilidades de lo que se puede hacer con el contenido hoy se ven limitadas por el formato televisivo de programación. En mi experiencia personal, me resulta prácticamente imposible seguir una serie en la televisión. Nunca sé en qué días da, y mi horario no es lo suficientemente constante como para engancharme en un mismo compromiso semana a semana. Y, lo peor, es que cuando muchas veces lo logro, encuentro que no es el capítulo que me toca ver, sino uno repetido de semanas atrás. Y, por supuesto: comerciales inútiles y relleno que no me sirve para nada. (En serio, Universal Channel, tus microprogramas son bazofia que me hace dudar de la capacidad mental de sus realizadores. ¿Y encima repetirlos todo el día, toda la semana, todo el mes? ¿En serio?)

Al mismo tiempo, el contenido se ha visto obligado a volverse más sofisticado para poder sobrevivir en el ecosistema mediático. Las series de televisión que uno puede encontrar ahora son sumamente complejas: empezando por Lost, que ha marcado la pauta en los últimos años, pero pasando luego a otras como Breaking Bad, Dexter, Community, Mad Men, The Walking Dead, How I Met Your Mother, Heroes, House, Game of Thrones, entre muchas, muchas otras. Estas son series que no se pueden “ver de vez en cuando”, sino que tienen que seguirse para poder abarcarse por completo. Eso es algo que no se puede conseguir con un compromiso semanal.

Menos aún cuando empiezan a aparecer las opciones on-demand: Netflix, iTunes, Cuevana (cuando funcionaba), incluso BitTorrent, todas estas opciones ofrecen, más o menos cerca de lo legal, alternativas para poder consumir contenidos televisivos sin estar apresado por el esquema mental del modelo de distribución de la televisión. El modelo on-demand niega el subsidio cruzado de atención que significa ver televisión tradicional: a cambio de ver la programación que quiero ver, tengo que dedicarle atención a contenido que no quiero ver. En parte, son capaces de conseguir esto porque el consumidor real, en estos modelos, es el espectador, quien decide finalmente qué ve y si vale la pena pagar por eso. En el modelo del appointment viewing, el espectador es el producto entregado a los anunciantes.

Quizás el último bastión que queda firmemente en posesión del modelo tradicional es la transmisión en vivo, pero incluso eso ya se está perdiendo poco a poco. La transmisión de noticias y la transmisión de acontecimientos en vivo están poco a poco encontrando que también tienen más que ganas cuando no están sujetas a los controles establecidos por los programadores y los operadores de cable.

Una sutileza final. Todo esto tiene un trasfondo político, y hasta dos, en realidad. El primero es que no conseguimos un mejor modelo porque el modelo existente lucha en todos los frentes posibles por asegurar su propia supervivencia. Eso ya lo sabíamos y los odiamos por eso. Buuu modelo, buuu.

El segundo es que esto puede bien ser visto como una negociación de poder: sobre todo con un medio tan poderoso como la televisión, la discusión sobre dónde recae el poder para escoger la programación no está desprovista de carga política. El modelo de appointment viewing claramente establece que los programadores deciden qué ven los espectadores y cuándo lo ven, y eso refleja una estructura política clara. El modelo on-demand, en cambio, entrega ese poder al espectador, que deja en ese momento de ser “solamente” un consumidor. Parece una trivialidad, pero no creo que lo sea si observamos que lo que nos ocurre dentro de estas experiencias mediáticas inevitablemente influye en lo que ocurre en todas nuestras otras experiencias.