El filósofo como DJ

[Foto CC: DJ Krush, por Lynt]

El filósofo como DJ. Discutiendo una serie de imágenes que describen la multiplicidad de formas posibles de hacer filosofía con Daniel, Raúl y Víctor, empezamos a elaborar una serie de tipologías que describen las actitudes que suelen tomar los filósofos frente a su actividad. El filósofo como sacerdote dedicado a la prédica del texto sagrado, el filósofo como curador de museo comprometido con el ordenamiento sistemático de la obra de un pensador, y así sucesivamente.

Pero ésta fue la imagen que más me gustó. El filósofo como DJ. Pone un disco (una idea, un concepto, un autor, un ejemplo, etc.) y lo deja sonar un rato, lo prueba un poco con su público, y luego sobre esa pista pone otra haciendo todo lo posible porque cuadren bien, porque estén sincronizadas. Las deja sonar un rato y sobre eso prueba con otro sonido, otro disco, otro sample, y así sucesivamente, jugando permanentemente con la reacción y las expectativas de su público que le marcan la pauta, mientras el filósofo DJ a su vez le marca la pauta al público.

El filósofo DJ es el de los laboratorios, el de los experimentos, el que juega más allá de los cánones y empieza a mezclar diferentes pistas para jugar con los resultados. El valor de la presentación del DJ consiste en su capacidad creativa para recontextualizar, para plantear un nuevo marco de comprensión y de experiencia para las pistas que ofrece. Su capacidad es tanto más amplia cuanto más amplia, diversa, múltiple sea su colección de pistas y discos para jugar.

No es la única manera de hacer filosofía, porque hay muchas maneras válidas de hacer filosofía. Y la manera que uno escoja depende en gran medida de cuestiones de carácter, de afinidades, de temperamentos. Pero es la imagen que más me llamó la atención, y la manera de hacer filosofía a la que me gustaría llegar.

Paréntesis metafilosófico, 4

De la filosofía como laboratorio. Quiero finalizar, brevemente, considerando algunas de las características que tiene esta reconcepción del quehacer filosófico, tanto teórica como prácticamente. Me gustaría esbozar una idea posible de hacer filosofía que responda a algunos de los problemas que he mencionado, a partir de las ideas de Daniel Luna. ¿Cómo podemos reintroducir en la formación filosófica la importancia de la originalidad y la creatividad? ¿Cortar con la depenencia de ciertos cánones y con la adscripción hiperespecializada a autores y escuelas? Que, además, sea capaz de dialogar consigo misma y con otras disciplinas productivamente.

Me gusta la idea de una filosofía como laboratorio. Me gusta porque creo que reivindica uno de los componentes principales que hemos intentado censurar, que es la importancia del fracaso como constituyente del proceso formativo. Estamos aterrados del fracaso, y por extensión aterrados de tomar riesgos. Nos enseñan miles de formas posibles de evitar los riesgos: no afirmar más de lo que podemos respaldar con otros autores, inundarnos de notas al pie de página y bibliografía para que nuestros lectores hipotéticos crean en lo que decimos, mantenernos siempre dentro de ciertos parámetros que no desafíen mucho los límites de lo establecido. Mientras no amenaces a nadie, te irá bien. Y lo aprendemos excelentemente. Y vamos a un simposio de estudiantes y podremos ver lo excelentemente bien que lo aprendemos y lo aplicamos.

Pero eso hace que no nos atrevamos a postular la hipótesis sugerente, la reinterpretación interesante, o el desafío punzante que sabemos causará una polémica dolorosa, que nos atacarán por eso, haremos el ridículo públicamente y seremos recordados eternamente por eso. Por hemos construido un sistema en torno al inmenso costo del éxito: no se supone que nos vaya bien desde temprano. Se supone que debemos acumular y acumular trabajo de hormiga durante muchos años, para que después de decir muchas cosas de poca envergadura nos ganemos el derecho de que nos hagan algo de caso cuando digamos algo bastante más pesado. Lo que no te dicen es que para cuando tengas ese derecho ganado, probablemente las ganas de soltar las tesis arriesgadas ya se te hayan ido por completo.

Del mundo de la informática he aprendido dos ideas que me parece se aplican excelentemente bien a esta nueva forma de entender la filosofía. Una es la manera como Google entiende sus procesos de desarrollo de software: “release early, release often, iterate”. No esperar a la perfección, sino que una vez que uno tiene un modelo funcional, lo lanza al mundo tan pronto como puede, precisamente para que sea destruido, criticado, ampliado, extendido, mejorado, colapsado. A partir de eso uno puede revisar su modelo, mejorarlo en todo lo posible, y lanzarlo de nuevo. En lugar de apuntar hacia un éxito sumamente caro, es la estrategia que apuesta por un fracaso sumamente barato: se anticipa que el producto fallará, por tanto cuando lo hace, nadie se sorprende ni se ofende, sino que es el inicio del ciclo de mejoramiento del modelo.

Ésta idea va sumamente de la mano con la idea detrás de “rapid prototyping”. Como su nombre lo indica, consiste en reducir al mínimo posible el tiempo entre la idea original y la construcción de un prototipo. En lugar de esperar a tener el concepto y el diseño perfectos, pulidos totalmente, y luego mandarlos a producción, se trata de coger la idea embrionaria y construirla lo antes posible, para luego, de nuevo, irla mejorando. El primer prototipo, muy probablemente, será nefasto, pero no importa, pues ése es su objetivo.

¿Qué pasaría si hiciéramos lo mismo con la filosofía? Tendríamos un escenario en el cual la gente no entiende los productos filosóficos – una tesis, un artículo, una conferencia, un libro, etc. – solamente como productos, como el resultado de un largo y dedicado proceso en solitario de investigación detallada y pormenorizada, sino como un proceso abierto y siempre cambiante. Compartir y discutir ideas todo el tiempo, e irlas mejorando permanentemente. Estar constantemente en discusión con los demás, con otros lenguaje y otras perspectivas, para ir mejorando mi modelo y mis ideas, para irlas haciendo más sólidas.

Reducir el costo social del fracaso quiere decir, también, que hay mucho más espacio para tomar riesgos respecto a las ideas que planteamos. Porque ya no estamos poniendo en juego el trabajo de meses, o años, de investigación que podrían ser tirados por la borda, sino que mucho más rápidamente podemos evaluar el mérito, el potencial y el interés de una idea si estamos dispuestos a compartirla desde temprano, antes de decidirnos a alimentarla. Esto también cambia nuestra actitud hacia los productos y las ideas de otras personas: si empezamos a asumir que todos estos productos están siempre en su versión “beta”, la crítica y la discusión se vuelven la norma y no la excepción, pero ya no con el significado ácido de destruir el trabajo del otro (porque finalmente es un trabajo en beta), sino simplemente por un tema de interés.

Creo que recién estamos empezando a ver los primeros esbozos de esto – creo, también, que es bastante significativo que esta discusión surja y circule a través de diferentes posts en blogs de filosofía. Empezar a publicar en un blog implica reconocer, en primer lugar, que se publica para discutir, y al mismo tiempo que se publican ideas en borrador, que van mejorando constantemente. Y eso está bien: significa que hay mayor espacio para la experimentación, para el descubrimiento y para la interacción. Durante tres años y medio yo he tratado este blog como mi propio laboratorio personal – donde publico ideas que utilizo luego en clases, en presentaciones, en ponencias, etc. Cada artículo individual de este blog no es quizás tan interesante, pero para mí, a título personal, me permite volver sobre una historia de tres años y medio donde puedo revisar cómo mis propias ideas han ido evolucionando, en discusión y en referencia a otros autores e ideas que existen también en la web.

No intento decir ni por asomo que el nuevo quehacer filosófico es filosofía en blogs. Eso sería tonto e incompleto. Pero es un esbozo, una característica, un ejemplo. ¿Qué más se puede armar a partir de aquí? El costo de asociarnos está en el piso. Formar grupos de lectura, grupos de trabajo interdisciplinarios es más fácil que nunca, y no tienen por qué girar, como ilustra Alejandro León, únicamente en torno a la figura de la lectura colectiva de un texto. Un grupo de trabajo puede producir constantemente – puede publicar actas, artículos, discusiones, videos, opiniones, lo que fuera. Puede publicar un blog, puede crear una página en Facebook, puede imprimir y fotocopiar un fanzine de filosofía, ¿por qué no? Editen un libro colectivo – 10 personas, 10 artículos, 10 copias cada uno son 100 copias, repártanlas por el mundo y discútanlas, impriman más a pedido. Pueden armar grupos de discusión, filmarlos y colgarlos en YouTube. O escriban los artículos y organicen simposios, de ingreso libre, con artículos escritos en un lenguaje accesible, y empiecen a invitar gente. Empiecen a hacerlo regularmente y vayan ajustando la mecánica según los resultados que obtengan. Todo esto es fácil de hacer cuando lo enfocamos como diferentes formas de experimentos, no como instanciaciones del espíritu absoluto haciendo su paso por el mundo.

Sí, todo esto suena bastante poco académico, pero eso no me preocupa mucho, porque no me suena poco filosófico. Finalmente, se discuten y debaten ideas, se hacen y comparten propuestas, y una de las cosas más interesantes: se presentan ante un público que no necesariamente es especializado. Creo que esto es sumamente valioso porque rompe con el encierro académico que marca a la filosofía, el mismo encierro académico que hacía que botaran a Pitufo Filósofo de todos los episodios de los Pitufos. Era insoportable, diciéndole a los demás cómo debían hacer las cosas. Si no queremos ser expulsados de la polis de la misma manera, no debemos pretender educar, sino conversar con los demás, romper con ese encierro académico.

No es ni sería la única forma de hacer filosofía, ni tendría por qué serlo. Es la manera como yo me imagino hacer filosofía y la encuentro, al mismo tiempo, divertidad: porque así como no pienso que la filosofía sea una magna tarea, especial entre todas las demás, tampoco creo que tenga que ser una obra de sufrimiento intelectual, de sacrificio por el avance de la humanidad. La filosofía también debería ser una actividad divertida, interesante y gratificante para quienes se sienten en la libertad de ejercerla, que no necesariamente tiene que ser algo limitado por los parámetros que conocemos del mundo académico. Hacer filosofía no es, ni debería ser, sinónimo de conocer la historia de la filosofía.

Paréntesis metafilosófico, 3

Pequeñas anécdotas de las instituciones filosóficas. Si la filosofía es más que simplemente la transmisión de información y la alimentación de un canon, ¿qué es? Si estamos diciendo que son valiosas cosas como la formación de la creatividad y el fomento de la interdisciplinariedad, ¿cómo se ve eso dentro de la formación filosófica?

Hay mucho, mucho, mucho que se puede decir de esto. Lo que quiero considerar aquí es una visión de la filosofía entendida como una forma de laboratorio. Pero esto no está necesariamente atado a sus instituciones – en otras palabras, esto no necesariamente va de la mano con la idea de que esto es la filosofía propiamente académica o universitaria como la hemos conocido. Creo que la necesidades (y posibilidades) que tiene la filosofía hoy hablan en gran medida, también, del hecho de que son posibles y necesarios nuevos espacios e instituciones construidas a su alrededor. Así como reintepretamos lo que significa formar en filosofía, tenemos la oportunidad de reinterpretar la forma que tendrán las instituciones que harán esto.

Creo que el tema de las instituciones es importante. Daniel hace en un momento el siguiente comentario:

Creo que ese es el extremo que habría que denunciar. No se trata de no tener un manejo serio y riguroso de la tradición filosófica de la cual uno se reclama heredero, o por la cual uno siente interés. El problema es reducir el quehacer filosófico a un mero comentario “parasitario” siempre de un gran texto filosófico. A mi juicio, la filosofía deviene un “jueguito” académico donde nos sentamos a escribir sobre grandes textos con muchas citas y lecturas de especialistas sobre cuál sería la mejor lectura posible de un texto. Sin embargo, creo que se decapita lo importante. Me gusta pensar en esa actividad como algo diferente a la filosofía, aunque no sea menos importante. Creo que ese paradigma de comentarista, si bien a uno lo hace comprender muy bien varios aspectos de la historia de la filosofía, creo que tiene como ideal a personajes como Hermann Bonitz o Hermann Diels. En pocas palabras, no creo que ser un scholar es algo equiparable, sin más, a ser un filósofo.

Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice, pero creo que hay que hacer una salvedad. Pues gran parte del problema se encuentra en el hecho de que éstas son las reglas de juego aceptadas, reconocidas y validadas por las instituciones existentes. Es decir, como filósofo, puedes estar en desacuerdo con que éstas sean buenas reglas. Pero si quieres jugar el juego de la filosofía académica, no tienes realmente mucha alternativa más que seguirlas. El no hacerlo simplemente consigue la exclusión del circuito establecido, con la consecuente pérdida de acceso a oportunidades e, incluso, de acceso a la posibilidad de cambiar las reglas de juego.

Lo cual me parece que trae a colación otro de los temas que menciona Daniel sobre la “formación en lo convencional. En el cuarto artículo de la serie, menciona lo siguiente:

En primer lugar, creo que Raúl y yo estamos en la misma línea cuando considera que es necesario formarse en lo “convencional”. Mi manera de entenderlo ya la he expresado varias veces: uno necesita tener un conocimiento serio y riguroso de la historia de la filosofía, así como el quehacer académico. Es una condición necesaria, pero no suficiente. Hablar con fundamento exige un conocimiento de aquello que se habla y crítica (la máxima fenomenológica por excelencia).

Éste es uno de los temas que me resulta más difícil de comentar. Finalmente, a pesar de todo lo que yo mismo puedo pensar, yo mismo he sido formado en lo “convencional”, en gran medida. Y sí coincido -quizás, inevitablemente, por eso mismo- en que hay un enorme valor y una gran importancia en ello: sin esta información y formación “básica”, son muchas menores las posibilidades que uno tiene respecto a lo que uno puede construir. El argumento a favor aquí puede analogizarse con las piezas de Lego: mientras más formas diferentes de piezas tiene uno a su disposición, más diversas y variadas resultan las construcciones que uno puede elaborar.

Pero creo que hay aquí una trampa con la que uno debe tener mucho cuidado. Y es que, con un alto grado de probabilidad, la formación de lo convencional producirá, justamente, lo convencional. O seamos más específicos: la formación en lo convencional, utilizando los métodos y herramientas convencionales, resultará en la gran mayoría de los casos en la reproducción de lo convencional. Esto me resulta claramente una ilustración de mi lugar común favorito, de que el medio es el mensaje: creer que la formación en un contenido no está directamente asociada a la reproducción de sus objetivos es una idea que puede resultar engañosa. En la reproducción de lo convencional no reproducimos solamente una serie de ideas neutrales de autores y escuelas del pasado; en la definición misma de lo convencional estamos haciendo ya valoraciones y juicios sobre lo que es destacable del pasado, y adelantos sobre lo que encontramos valioso para el futuro. No digo de ninguna manera que esto sea inescapable, pero sí que no debemos ser ingenuos ante esta posibilidad.

En gran medida, es muy probable que una reconcepción del quehacer filosófico pueda verse como algo bastante diferente de lo que conocemos hoy, de un trabajo de escritorio, de biblioteca, del filósofo solitario como lo ilustra Daniel. ¿Qué haremos en ese caso? Quizás nuestro primer instinto sea reaccionar diciendo que no, que eso no es filosofía. En ese caso, entonces, es posible que esto ya haya sucedido: pensemos en todas aquellas cosas que existen ya hoy día, a las cuales miramos y con confianza en el presente decimos que no, que esas no son formas de hacer filosofía, por X o Y razones. Que eso debería llamarse otra cosa, pero que no es filosofía. ¿Por qué no es filosofía? Simplemente porque no se parece a lo que conocemos, a lo que llamamos filosofía. Lo cual es, claro, una petición de principio.

Tenemos que estar dispuestos a repensar las instituciones de la filosofía si queremos estar dispuestos a repensar lo que significa hacer filosofía. Eso no quiere decir que lo que sea que resulte de esa reinterpretación será completamente ajeno, completamente irreconocible y completamente desligado de todo lo anterior – eso es, me parece, imposible. Pero sí quiere decir que nos los debemos a nosotros mismos, incluso desde lo que entendemos usualmente por filosofía, el estar dispuestos a reconsideraciones radicales de nuestros marcos de referencia de lo que nosotros mismos somos. Quizás eso implique salir de los salones universitarios, quizás eso implique ver más allá del ámbito académico, quizás eso implique pensar en un trabajo que no se da en aislamiento, que no se da sólo como lectura y reinterpretación, que no se da por los medios a los que estamos acostumbrados. Quizás, incluso, se da de múltiples maneras al mismo tiempo.

Paréntesis metafilosófico, 2

Mi intención original con este paréntesis metafilósofico era soltar una serie de comentarios de un tirón, pero conforme se fue alargando creo que se volvió pertinente separar las ideas en torno a puntos más generales.

Del canon, del dogma y de la escuela. En la primera parte terminé hablando un poco sobre el problema del canon, en la medida en que me parece que cometemos un error si consideramos que la formación filosófica se limita a comunicar información sobre el canon de libros, autores e ideas que un filósofo debería supuestamente conocer. Los posts sobre el fin de la filosofía de Daniel Luna hablan bastante sobre este tema, y sobre los problemas que se generan en el quehacer filosófico y la operación de sus instituciones.

Este problema está directamente relacionado con el del significado de la formación filosófica. Si consideramos que la formación filosófica es formación de historiadores de la filosofía, entonces sólo se trata de formar nuevas generaciones en el manejo, reproducción y alimentación del canon. Pero esto es fundamentalmente antifilosófico, y de hecho, son la gran mayoría de los grandes filósofos los que podrían citarse en contra de esto. Coincido también con Daniel en que este tipo de actividad filosófica erudita y exegética no tiene nada de malo y es sumamente deseable – el problema es quizás cuando se vuelve la aspiración principal, e incluso peor, única, de la gran mayoría de la comunidad filosófica. Generación tras generación vemos a enormes cantidades de filósofos que estarían dispuestos, en la teoría, a suscribir la tesis de que el quehacer filosófico es más que la acumulación de pies de página a las obras de los grandes autores. Sin embargo, en la práctica solemos más bien encontrar lo contrario. Al punto en que es sumamente frecuente encontrar autores y filósofos que se diferencian entre sí no tanto por sus actitudes o ideas particulares, sino más bien por sus lealtades hacia tal o cual autor.

Esto genera inevitablemente un efecto enorme de caja de resonancia. Las mismas personas se juntan para compartir las mismas ideas en torno a los mismos temas. E incluso entre los mismos filósofos, esto se vuelve un jueguito aburrido, rutinario y poco enriquecedor. No voy a tales o cuales presentaciones, no leo tales o cuales libros, porque no son del canon de mi escuela, no refieren a mi autor preferido. Y, además, este grado creciente de especialización nos vuelve incapaces para interactuar y dialogar significativamente entre escuelas y tendencias: así, por ejemplo, la bifurcación entre analíticos y continentales sigue siendo, a pesar de todo lo dicho y de figuras excepcionales, más la norma que la excepción. Dialogamos en mayor o menor medida con gente con la que estamos principalmente de acuerdo, y allí donde no lo estamos es porque no coincidimos en la interpretación específica de un determinado texto, oración o palabra cuyo correcto sentido asumimos ingenuamente cambiará el destino de occidente por los próximos tres mil años.

¿Adivinen qué? A nadie le importa.

El mundo no es freudiano, no es marxista, no está estructurado lógicamente, no es lacaniano, no es voluntad de poder, etc., etc., etc. Ningún autor ha llegado hasta ahora con “la verdad” definitiva y no es probable que lo hagan – y todos los autores que son considerados como habiéndolo hecho odiarían que los endiosen, que los endogmen, que los conviertan en estatuas más allá de las cuales no se puede ver. Sin embargo, actuamos como si así fuera. Formamos filósofos como si así fuera, como si tuvieran que decidir desde lo más temprano posible del lado de quién están para que aprendan a decir que todos los demás son mentira, y puedan introducirse en el universo de la hiperespecialización.

Esta entrada se marca por el aprendizaje de un lenguaje particular. No sólo está la filosofía de por sí llena de jerga especializada, conforme nos adscribimos a uno u otro autor, a una u otra escuela, empezamos a complejizar la especialización de nuestra jerga, al punto que al cabo de un tiempo sólo podemos conversar con un puñado de gente. No solamente perdemos la capacidad de comunicarnos con “el mundo real”, sino que ni siquiera podemos dialogar con los demás filósofos. Desde que empezamos a ver el mundo únicamente a través de los ojos de un sólo autor, nuestra capacidad para entender otros marcos de referencia y de interactuar significativamente con ellos se reduce enormemente. Ésta es la marca medieval de la formación universitaria, y de la formación filosófica: la formación de maestros a aprendices, donde el aprendiz no ha de superar al maestro sino hasta que éste se lo permita.

Hay un punto central aquí de lo mencionado por Daniel sobre el que quiero hacer énfasis, y es el tema de la interdisciplinariedad. Daniel lo presenta en dos sentidos. El primero es la necesidad del conocimiento de causa sobre aquello de lo que vamos a hablar. Debería parecer obvio, pero si uno quiere hacer filosofía de la ciencia, debería conocer bastante bien el mundo de la ciencia, así como si uno quiere hacer filosofía política, lógica, filosofía de la mente, filosofía del lenguaje, filosofía del derecho, etc., debería estar medianamente informado de lo que habla. En otras palabras: la filosofía es un interlocutor más dentro de una continuidad de discursos y disciplinas que se pronuncian sobre temas comunes. No es la torre de marfil desde la cual uno puede predicar a diferentes disciplinas todo aquello en lo que se equivocan y que deberían hacer de siguiente manera. En la interacción con otras disciplinas la filosofía debe tener la suficiente apertura no sólo para enseñar, sino también para aprender.

¿Verdad trivial? No. Ésta es otra cosa que la mayoría de filósofos suscribiría en la teoría, pero luego no implementaría en la práctica. Desde la torre de marfil de la filosofía nos jactamos de burlarnos de las demás disciplinas, de descartarlas por su falta de rigurosidad, por su desinterés en “las cosas fundamentales”, por su materialidad o materialismo, o lo que fuera. En la práctica, descartamos otros discursos simplemente porque no son la filosofía, pero esto significa también que la filosofía es descartada por los otros discursos, por ser la filosofía. No es tanto que nosotros seamos superiores como para jugar con los demás – es que solemos ser pedantes, y ellos no quieren jugar con nosotros. ¿Para qué lo harían?

El segundo punto de Daniel sobre la interdisciplinariedad se desprende de lo mismo, pero es enfocado desde un punto de vista más práctico. Pues, de hecho, si valoramos la interdisciplinariedad deberíamos trabajar con otras disciplinas. Algo que hacemos bastante poco durante la formación filosófica, y que no es incentivado en gran medida. Lo cual nos da, además, una visión sesgada del mundo: una vez que uno sale al “mundo real”, se empieza a dar cuenta de que en él uno no está rodeado de filósofos, y uno no tiene realmente ninguna legitimación para sentirse especial, superior o importante. Si nos creemos el rollo de la interdisciplinariedad no es realmente suficiente con afirmarlo, y armar un par de mesas en un coloquio donde tres personas hablan de lo mismo desde diferentes puntos de vista, sino que es un trabajo sostenido, complicado, y que requiere de una serie de soportes institucionales y de mucho entrenamiento para poder hacerlo bien. De lo contrario, no es nada más que un discurso vacío.

El desafío a las profesiones 3

Sin embargo, había mencionado que quería hablar de dos ejemplos. El primero era el caso del periodismo; el segundo me es un tanto más cercano, y es el caso de la filosofía. Y esto me permite volver sobre un tema recurrente que además he estado conversando en los últimos días, que es sobre el sentido del quehacer filosófico en la actualidad. Éste es un tema que me ha obsesionado por mucho tiempo por la simple razón de que en la formación filosófica no encontré lo que esperaba -encontré muchas cosas que aprecio enormemente, pero simplemente no encontré el espacio que esperaba encontrar para desarrollar ideas-.

Lo cual me ha hecho pensar mucho sobre el significado que tiene la filosofía, particularmente como profesión. Igual que en el caso anterior, del periodismo, creo que el primer paso importante es entender que la filosofía no es algo que ponga a nadie en el plano de los dioses o los demiurgos, sino que es, ella misma, un producto histórico, un resultado de nuestra actividad cultural, y que su longevidad de más de 2500 años no se debe a que sea más verdadera o más real, sino a que ha sabido exitosamente adaptarse y responder a diferentes necesidades a través de las épocas. Ya en esto choco fuertemente con muchos filósofos que conozco, que muy por el contrario, sí ven en la filosofía una suerte de búsqueda privilegiada por el fundamento, un acercamiento más íntimo a la verdad y la realidad y por tanto, hasta cierto punto, una cierta búsqueda por encima del flujo de la historia.

Este problema de fondo termina reflejándose en una serie de problemas “superficiales”, o mejor dicho, en problemas directamente vinculados con la práctica filosófica, y lo que se considera legítimo o no afirmar desde el discurso filosófico. Me gustaría tener la habilidad de Shirky para hacer una lectura convincente en los mismo términos económicos en los que él interpretó la profesión periodística, pues me parece que sería igualmente efectiva, pero no sé por dónde comenzar: sí creo, particularmente, que la filosofía responde a una necesidad social, por poco explícita que sea -si no lo hiciera, no creo que la tendríamos-. Pero creo que presenciamos un movimiento muy similar al del periodismo en la filosofía: de alguna manera, el sentido económico de la clase “filosófica” como conjunto profesional era que alguien tenía que dedicar buena parte de su vida al manejo pormenorizado de los “grandes problemas” que no tenían propiamente una respuesta, pero cuyos intentos de respuesta que esbozábamos decían ellos mismos mucho sobre el tipo de época en la que vivíamos. De modo que, no era tanto que hubiera un conjunto de problemas filosóficos eternos para todas las épocas, como que lo interesante radica en ver qué escoge cada época como sus problemas filosóficos como una manera sugerente y reveladora de caracterizar una época a través de sus preocupaciones conceptuales.

En este sentido, entonces, los filósofos funcionaban en la práctica, igual que en el caso del periodismo respecto a la información, como una suerte de guardianes: el alto costo que demandaba su formación (en la medida en que debían dedicarse a manejar un amplio conjunto de conocimientos altamente complejos) les brindaba la posibilidad de articularse como “clase”, como conjunto profesional, cuya función social era trabajar los conceptos de una época y cristalizar en ellos las preocupaciones de una sociedad, para luego devolverlos. El cimiento de su justificación económica radicaba, precisamente, en que el conocimiento era difícil de acceder, y más aún de manejar, y al mismo tiempo, de que por lo mismo el acceso a una red de especialistas con los cuales colaborar era a su vez complicado de desarrollar. De allí que la filosofía se viera un poco forzada a crecer siempre de la mano de las universidades, como uno de los pocos nodos de acumulación de conocimiento que existieron históricamente.

Pero ojo -y he aquí otra interpretación problemática- que la filosofía no era, originalmente, una preocupación propiamente académica. Primero que nada, porque no había academia. El poco legado textual que ha permanecido de las primeras épocas de la filosofía es, me parece, un gran indicador de esto: la filosofía surge, sí, como una búsqueda de principios, pero motivada a partir de preocupaciones personales sobre la manera como funciona el mundo. Y en varios casos, como por ejemplo el de Sócrates (aunque las interpretaciones varían), con un objetivo no tanto de desarrollar conocimiento como de hacer al hombre una mejor persona. Pareciera, si se puede decirlo, que la filosofía surge más como una preocupación existencial que como una preocupación cognitiva. Lo cual es, además, el mismo sentido que empiezan a rescatar, mucho más tarde, filósofos como Kierkegaard y Nietzsche.

¿Qué ocurre, entonces, cuando siguiendo el mismo patrón, el acceso al conocimiento se vuelve una cuestión virtualmente transparente? Cuando incluso el medio académico como lo hemos venido conociendo desde el medioevo se ve socavado por la rápida difusión de información, y por consiguiente la práctica académica misma se ve cuestionada, por extensión la filosofía como academicismo debe hacerlo también. Es cierto que uno podría argumentar, de nuevo, que este es el camino equivocado para la sociedad, que le abandono del academicismo nos sumirá en una especie de nuevo oscurantismo. Pero también es cierto que el academicismo y la formación académica tradicional poco están haciendo por cambiar esto: su estrategia de resistencia básicamente se resume en “hagamos lo mismo de siempre y hay que morir lentamente”. Lo cual no brinda alternativas muy persuasivas a panoramas educativos como estos:

Al mismo tiempo, la academia que conocimos se ha articulado de tal manera que se contrapone a actividades sociales en las cuales realizamos gran parte de nuestro aprendizaje: por ejemplo, la contraposición industrial entre el trabajo y el juego. El trabajo académico es serio, y por tanto se diferencia de lo divertido y lo lúdico, aún cuando es en lo lúdico que exhibimos gran parte de nuestra creatividad. Pero es que, claro, el sistema académico que hemos construido, junto con la filosofía que ha crecido dentro de él, no son sistemas que valoren ni promuevan la creatividad ni la originalidad: son sistemas estructurados en torno a la búsqueda de la verdad, y la verdad no es ni divertida ni inmediatamente accesible a los comunes mortales, sino que es algo reservado a los elegidos, a los genios, a los privilegiados con el acceso a lo divino, prácticamente.

En la otra esquina, no solamente el conocimiento se vuelve mucho más accesible y los filtros e intermediarios a él mucho más diversos, sino que como consecuencia, quizás, de ello, la cultura popular y cotidiana se vuelve filosóficamente mucho más interesante. Además de mucho más diversa: el imperio del texto (el único en el cual la filosofía, en gran medida, se ha movido) se ve desafiado por la aparición de una enorme variedad de medios de comunicación que compiten por la atención de aquellas mismas personas que en un futuro no muy lejano podrán escoger o no una formación filosófica, y lo harán a partir de una formación diferente con preocupaciones diferentes. El desafío que se plantea a la profesión filósofica -nótese la importancia de que hablamos aquí del constructo económico que existe actualmente- radica en que los incentivos económicos existentes para garantizar su estabilidad como clase se han visto desplazados. No sólo no son ya los guardianes de un conocimiento poco accesible y que requiere de una dedicación específica, sino que ahora el acceso a los mismos problemas que antes protegían por encargo de la sociedad ahora puede hacerse de maneras mucho más sencillas y que generan un involucramiento mucho más profundo por parte de los individuos “de a pie”. En otras palabras, podría utilizarse la misma etiqueta del “filósofo ciudadano” con los mismos problemas que encontramos antes para el periodismo ciudadano, para describir aquel espacio donde personas sin formación filosófica formal pueden formularse problemas desde un punto de vista filosófico como una de las múltiples actividades en la que incurren en el transcurso de su vida cotidiana. Pop, light, lo que quieran: pero esto, efectivamente, cuestiona la necesidad social por la cual mantener una clase de filósofos cuya función sea mostrar verdades sobre grandes problemas que preocupan al hombre.

Las alternativas son similares: o buscar la manera de forzar la perpetuidad del orden existente, o empezar a pensar en la adaptación. De nuevo, ya se darán cuenta a esta altura de que me inclino por lo segundo. Porque lo primero que se necesita es disociar a la filosofía, al menos como exclusividad, del peso del academicismo, lo cual abre la puerta para que se realicen mucho más experimentos originales. Como con cualquier proceso similar, la mayoría de ellos no funcionarán, pero volviendo a Shirky, pasamos de un modelo donde filtramos antes de publicar, a uno donde publicamos y luego filtramos, porque los costos de transacción nos permiten esto. Sin embargo, pasar de un modelo a otro tiene enormes implicaciones respecto a lo que entendemos por genialidad, creatividad y originalidad – básicamente, nuestros conceptos existentes se diluyen. Pero eso también quiere decir que hacen falta, entonces, nuevos conceptos, nuevas herramientas conceptuales con las cuales poder poner todo esto en su contexto. Pero, felizmente, el mercado de la creación de nuevos conceptos siempre ha sido uno en el cual los filósofos han sabido moverse bien. Las condiciones del mercado han cambiado, lo cual significa que también han cambiado muchas de las reglas de juego.

El efecto sofístico

Encontrado esta mañana, leyendo en la 73 (el micro):

En el Tratado del no ser de Gorgias, algunas décadas después del Poema [de Parménides], la cuestión es una relación muy distinta entre el ser y el decir. Gorgias pone de manifiesto que el poema también es, ante todo -sépalo o no y quiéralo o no-, una performance discursiva: lejos de estar encargado de decir una donación originaria, algún “es” o “hay”, produce realmente su objeto, aun en la sintaxis de sus frases y por ella. De manera radicalmente crítica con respecto a la ontología, el ser no es lo develado por la palabra sino lo creado por el discurso, “efecto” del poema, así como el héroe “Ulises” es un efecto de la Odisea. Si la filosofía quiere reducir la sofística al silencio, es sin duda porque, a la inversa, la sofística produce la filosofía como un hecho de lenguaje. Propongo denominar logología, con un término tomado de Novalis, esta percepción de la ontología como discurso, esta insistencia en la autonomía performativa del lenguaje y en el efecto mundo producido por él. Era posible, por lo tanto, ser presocrático de otra manera.

Lo saqué de El efecto sofístico, de Barbara Cassin, libro que encontré por absoluta casualidad. Y que hasta ahora, me gusta. Seguro iré encontrando más pasajes interesantes. Pero lo más interesante, creo, es ir viendo cómo puedo irlo conectando con otras cosas que van flotando en el aire.

Lenguajes experimentales

Soy un poco desastroso para las convocatorias – resulta que el martes presenté una ponencia en el IV Simposio de Estudiantes de Filosofía, en la PUCP, pero me olvidé de avisarle a todos. En fin. Fue una presentación interesante, creo/espero, sobre varios temas que resultan familiares a los que siguen este blog. Para los que no pudieron estar – la gran mayoría de la humanidad – incluyo aquí tanto el fondo de imágenes que presenté, pero sobre todo, para tener un poco de contexto, también el texto en el cual está basada la presentación. (Incluí también unos videos que no puedo subir a la web, pero incluyo los links a sus versiones en línea también.) Creo que vale la pena notar que entre el texto original, y lo que terminó siendo la presentación, media una distancia considerable de lo que es, aún, un trabajo en progreso.

¿Sobre qué trata? Pues regreso sobre algunas ideas abiertas en mi presentación del año pasado. En la época de la explosión mediática en que vivimos, que nos obliga a reconfigurar cómo entendemos le mundo, ¿qué significado cobra el arte? ¿Cómo se reconfiguran las manifestaciones expresivas que tomamos por arte, y qué significado social adquieren? Sobre todo… ¿Cómo es que los medios y las artes se las pueden arreglar para generar experiencias transformadoras de la realidad? Son muchas preguntas abiertas que espero, por lo menos, conseguir plantear de modo interesante.

Comentarios bienvenidos. Por si acaso, el Simposio corre hasta mañana por la tarde en la PUCP, para los interesados.

Cambiando de lenguaje

Hay algo más en lo que la experiencia del blog me ha ayudado significativamente. En la filosofía, tenemos frecuentemente la tendencia de perdernos en un lenguaje excesivamente técnico, excesivamente complicado, y bastante hermético al acceso de forasteros. Aprender a escribir en un tono y con unos términos que hacen nuestro contenido sumamente difícil: personalmente, creo que esto responde, a su vez, a la creencia de que para lidiar con profundos problemas, uno debe también hablar en un lenguaje profundo que refleje la profundidad de lo profundo y ese tipo de cosas. Quizás en la misma medida en que no considero que la filosofía sea una tarea o un trabajo más digno, más enaltecido que los demás, tampoco creo que tenga por qué hablar en un lenguaje más complicado, sólo para iluminados.

Escribir en un blog, en un entorno más informal, y buscando comunicarse con un público mucho más amplio, ayuda muchísimo en términos de aprender a comunicarse más efectivamente. Uno se ve obligado a buscar construcciones más simples, términos más comunes, y a darse cuenta de que, si no puede decirse en términos sencillos, quizás no vale la pena que se diga.

Este cambio de lenguaje es algo que he tratado de incluir también en mis presentaciones. El estilo académico formal que predomina en congresos, coloquios, simposios y demás, es el de leer un texto, un trabajo de investigación formal y rigurosa, citando las referencias en el camino y toda la parafernalia. Pero en las últimas presentaciones que realicé en el Simposio de Estudiantes en la PUCP, escogí cambiar un poco la fórmula, y el experimento fue interesante. Partí de una premisa muy simple: en los 20 minutos asignados, no iba a tener el tiempo necesario ni para (1) leer la totalidad del trabajo que quería presentar, ni para (2) realmente transmitir el resultado de varias horas de lectura, investigación y preparación. En 20 minutos no es posible que la audiencia llegue a captar la totalidad de lo que sea que se quiere exponer. Entonces, en esos 20 minutos lo mejor a lo que podía aspirar era a, (1) brindar un conjunto básico de ideas en torno al tema trabajado, y (2) buscar despertar el interés del público por el mismo tema. Es cierto: ya no estaba tanto presentando una investigación, como marketeando una idea.

El resultado fueron dos presentaciones concebidas de manera diferente, y ejecutas de la misma manera: escogí no leer, sino exponer oralmente. Escogí utilizar el PowerPoint, pero de manera tal que (creo) apoyaba y no perjudicadaba el contenido de lo que iba exponiendo. Y escogí utilizar un lenguaje y una estructura que fueran lo más accesible posible, de tal manera que realmente pudiera compenetrar al auditorio. La experiencia fue sumamente gratificante: porque, a diferencia de oportunidades en las que he leído un trabajo, sentí mucho más cercanamente la relación con la audiencia, y podía ver directamente si estaban o no siguiendo lo que iba diciendo, y eso me permitía hacer modificaciones sobre la marcha. Por lo que podía percibir, la gente estaba más interesada, cuando menos por lo exótico del experimento. Y eso de por sí ya era, creo, un triunfo.

Claro, de hecho tuvo mucho que ver que el experimento estaba inspirado por la idea de que el medio es el mensaje.