Comprender a Marshall McLuhan: el e-book

Hace un año (y resulta que hace exactamente un año) publiqué aquí en el blog una serie de posts en los que quise explicar algunos de los conceptos centrales que presenta Marshall McLuhan en Comprender los medios de comunicación. Fue personalmente un gran ejercicio porque me permitió esclarecer varias ideas y fue particularmente útil pues era contenido que estaba preparando para el curso mi curso de Sociología de la Comunicación en la UPC.

Bueno, siendo éste el año del centenario del nacimiento de McLuhan, y habiendo una serie de actividades a nivel global que se están organizando en torno a esto, se me ocurrió que sería buena ocasión para volver sobre estos artículos introductorios, y circularlos para que dada la ocasión, más personas puedan conocer estas ideas. Así que decidí hacer un pequeño experimento: he compilado los artículos del año pasado en un sólo documento, he revisado un poco el texto y he corregido las referencias para que sea un texto de estudio más útil, y he intentado darle un formato bonito y legible, y lo estoy publicando aquí como un e-book de libre disponibilidad, bajo una licencia Creative Commons.

Comprender a Marshall McLuhan: el e-book

El texto tiene 8 artículos cortos: los primeros tres están destinados a explicar diferentes dimensiones del aforismo mcluhaniano que dice que “el medio es el mensaje”, y establecen un marco conceptual básico. Los siguientes toman ese hilo para explorar otros conceptos vinculados: automatización, hibridación, arte, inmunización, aldea global, y finalmente cierra una evaluación del sentido de la tarea mcluhaniana.

No es un trabajo puramente exegético, tampoco. Se trata de mi propia interpretación de McLuhan, sin un afán puramente textual sino más en un sentido de encontrar aquellas dimensiones que son relevantes e interesantes para seguir explorando y expandiendo en la actualidad. En ese sentido, trato de ampliar y complementar pasajes e ideas de Comprender los medios de comunicación con otras obras, autores y textos que vengan al caso.

Para descargar el e-book, haz click aquí.

El e-book: un experimento

Hacía mucho tiempo que quería hacer algo así, pero por alguna razón me resistía. Dentro de todo, por formación no puedo dejar de darle un privilegio ontológico al libro físico, además como producto editorial que representa algo así como un triunfo, más que como una intención comunicativa. Compilar mis propios textos, y además soltarlos digitalmente, era desde un punto de vista académico algo así como izar una bandera blanca, como admitir que no considero que esto podría ser nunca publicable.

He tratado de dejar todo eso de lado, y aún así me resulta un poco difícil, pero creo finalmente que son objeciones poco relevantes. Creo que estos textos pueden ser útiles a otras personas, y creo que brindar una edición mejor cuidada y presentada puede ayudar a hacer el texto más accesible. Y creo, también, que una edición digital fácilmente disponible puede facilitar mucho más su difusión y acceso, así como también su discusión.

Es parte de la incomodidad que introducen nuevos procesos de producción y distribución, pero esta facilidad nos ofrece la posibilidad de llevar ideas a una circulación masiva mucho más rápido de lo que antes era posible. Es cierto, más rápido no necesariamente es mejor: por eso mismo, el producto así publicado es de una naturaleza, una contextura diferente. No se trata del libro como punto final, sino más bien del libro, del texto como invitación a la discusión, como evaluación abierta de ideas.

Por esto último también he procurado rescatar lo propiamente digital del libro electrónico, enmarcando este documento como un permanente trabajo en progreso. Conforme encuentro nuevos temas, nuevas referencias, y nuevas ideas que me interese incorporar, espero ir editando, corrigiendo y mejorando este documento. Por ello mismo ésta es la versión 1.0, y el documento incluye un registro de cambios donde iré detallando y explicando los cambios en versiones sucesivas. De esta manera, el libro electrónico puede ser un documento vivo, cambiante, e histórico, de maneras que el libro físico simplemente no puede.

Pensé también en la necesidad de hacer algo así. Finalmente, los textos ya estaban publicados en el blog, y podía actualizarlos y circularlos como tales. Pero el mensaje comporta una gramática distinta: des-contextualizar los textos, y re-contextualizarlos entre ellos les da una lógica, un significado integrado diferente. Adquieren, espero, una organicidad que guía su lectura y su evolución como conjunto.

Me gustaría recibir sus impresiones, tanto sobre el contenido como sobre el medio (porque, por supuesto, el medio es el mensaje). Descárguenlo, compártanlo, difúndanlo, envíenlo a quien crean que podría interesarle a quien esté involucrado de alguna manera con el trabajo del buen Marshall, y espero que podamos utilizar también este documento para complementar nuestras discusiones sobre su trabajo a lo largo de este año.

“You Know Nothing Of My Work!”, biografía de Marshall McLuhan

Acabo de terminar la biografía de Marshall McLuhan escrita por Douglas Coupland, Marshall McLuhan: You Know Nothing Of My Work!

El título, por supuesto, viene de la conocida aparición de McLuhan en Annie Hall, la película de Woody Allen:

El texto de Coupland es bueno por varias razones, y sumamente accesible. No es un intento por desmenuzar o elaborar las ideas y lo conceptos de McLuhan, sino que más bien los va desplegando cronológicamente conforme sus influencias, encuentros y reflexiones se fueron dando en su biografía. Así, nos introduce a sus influencias familiares, a las influencias geográficas que el medio canadiense ejerció sobre sus ideas de comunicación – no es que yo sea particularmente un determinista geográfico, pero la hipótesis de que el canadiense tiene que pensar con más intensidad en cómo comunicarse para atravesar praderas, bosques e inviernos, es una hipótesis por lo menos sugerente a la luz de McLuhan e influencias suyas como Harold Innis.

Pero también es un interesante ejercicio de ubicación de McLuhan en un panorama mediático más actual – el texto es reciente, apenas del año pasado, y está no sólo escrito en un estilo muy mcluhaniano y propiamente digital, con referencias que van y vienen y textos fragmentados que se entrecruzan, sino que además introduce también extractos de comentarios en YouTube, listados de libros de McLuhan en la web o direcciones de mapas que ilustran los recorridos que hicieron McLuhan y su familia por Norteamérica.

Finalmente, Coupland consigue retratar la complejidad de un personaje sumamente complejo. McLuhan era una mezcla extraña de devoción religiosa por lo eterno y fuerte ambición por lo mundano, alguien que aparece como tecnófilo radical pero en el fondo era un nostálgico del mundo antiguo y medieval, y añoraba un orden de cosas que fuera, justamente, más ordenado. McLuhan fue capaz de anticiparse a su tiempo pero no miraba hacia los cambios inminentes con grandes expectativas, sino que más bien estaba fuertemente preocupado por la manera de prepararnos, inmunizarnos para que la civilización como la conocemos o conocíamos no se viera arrasada. Aunque se trata de alguien que solemos identificar de manera muy liberal, se trataba en el fondo de un personaje sumamente conservador, pero de una apertura destacable a enfrentarse con ideas y perspectivas muy diferentes a las suyas.

McLuhan meets Cotler

En el capítulo 1 de Comprender los medios de comunicación, Marshall McLuhan señala lo siguiente en torno al impacto que tiene el ferrocarril en los patrones de conducta de una sociedad:

No obstante, lo que estamos considerando aquí son las consecuencias mentales y sociales de los diseño o esquemas en cuanto amplifiquen o aceleren los procesos existentes. Porque el “mensaje” de cualquier medio o tecnología es el cambio de escala, ritmo o patrones que introduce en los asuntos humanos. El ferrocarril no introdujo en la sociedad humana el movimiento ni el transporte, ni la rueda, ni las carreteras, sino que aceleró y amplió la escala de las anteriores funciones humanas, creando tipos de ciudades, trabajo y ocio totalmente nuevos. Ello ocurrió tanto si el ferrocarril circulaba en un entorno tropical o septentrional, y es un hecho totalmente independiente de la mercancía o contenido del medio ferroviario. Por otro lado, el avión, al acelerar la velocidad del transporte, tiende a disolver la forma ferroviaria de las ciudades, de la política y de las asociaciones, independientemente del uso a que se destine el avión.

En estos días estoy leyendo de nuevo el clásico libro de Julio Cotler, Clases, Estado y nación en el Perú, y me encontré con este pasaje que ilustra lo poco que la aristocracia peruana del siglo XIX entendió a McLuhan (anacronismo FTW):

Pero los ferrocarriles no produjeron ninguno de los efectos esperados. Originalmente los civilistas pensaron que la puesta en marcha de estas construcciones tendría un efecto multiplicador: ampliaría y diversificaría las exportaciones agrícolas y mineras, que a su vez dinamizarían la producción de alimentos y artesanal. Si evidentemente la construcción procuró de alguna manera la proletarización de un sector sometido hasta entonces a la férula servil, su incidencia fue reducida (Klaren, 1974). Al contrario, los indígenas se vieron forzados a trabajar en dichas obras en beneficio de las oligarquías provinciales. Por otro lado, la demanda interna se satisfacía mayormente con productos importados debido a sus menores costos y a la abundancia monetaria del fisco. Por último, los ferrocarriles fracasaron como medio de abaratar y difundir la producción y el transporte de las mercancía. Después de un par de años de haber recibido la concesión del ferrocarril Arequipa-Puno, Meiggs la devolvía al gobierno peruano, aduciendo que el transporte de mulas constituía una competencia insuperable.

Dos cosas son interesantes aquí:

  • La introducción e implementación de una nueva tecnología no es nunca una progresión aritmética. Difícilmente es necesariamente una progresión, no es simplemente la amplificación en la misma dirección de aquello que ya se conoce. Las nuevas tecnologías vienen con nuevos manuales de instrucción, con nuevas gramáticas y nuevos protocolos de uso, y el significado que adoptan en diferentes contextos depende, en gran medida, de la apropiación que de ella hagan sus usuarios.
  • Podemos excusar a la aristocracia del XIX por no haber leído a McLuhan, pero no es como que la idea está tan clara hoy tampoco. En muchos casos seguimos viendo políticas de introducción de tecnologías que son (1) lineales, (2) verticales y (3) asistemáticas, o en otras palabras, simplemente ingenuas. Un gran caso es el de la OLPC, que bien podría analogizarse con la construcción de los ferrocarriles descrita por Cotler: es una tecnología, se dice, cuya presencia de alguna manera mágica resolverá nuestra “conexión” con los mercados internacionales (así como el tren conectaría a las mercaderías del interior con Europa). Pero las cosas son siempre más complejas, porque cada nueva tecnología no hace que “el Perú avance” más rápido, sino que lleva a sus usuarios en una nueva dirección. Como que a estas alturas deberíamos entender el asunto del “progreso” de maneras menos ingenuas.

Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información

No son los únicos, pero son ciertamente una base fundamental: les dejo aquí una pequeña selección de ocho libros que me parece son imprescindibles para entender el funcionamiento de la sociedad de la información en la época de los medios digitales. La lista podría ser mucho más amplia, pero quería hacer una breve selección arbitraria de libros recientes que me parecen determinantes por una serie de razones. Sin ningún orden en particular, ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información:

Convergence Culture. El libro más importante de Henry Jenkins (a quién deberías conocer si estás interesado en el tema de los media studies) introduce una serie de conceptos sumamente útiles y novedosos, entre ellos el enfoque de la convergencia mediática para entender el cambio tecnológico no como un proceso de reemplazos y desplazamientos, sino como uno de prácticas sociales en constante reinterpretación. Jenkins habla también aquí de su concepto de transmedia para ilustrar la manera como tanto los contenidos que consumimos, como nosotros mismos como consumidores, no existimos ya bajo experiencias mediáticas aisladas, sino que participamos de múltiples experiencias en paralelo e incluso en simultáneo, lo cual introduce nuevas demandas y expectativas hacia las narrativas con las que nos involucramos.

The Wealth of Networks. He comentado hace poco por qué me parece que este libro de Yochai Benkler es un referente imprescindible: Benkler hace una investigación sumamente detallada sobre las prácticas económicas emergentes en el mundo digital y la manera como estas prácticas están generando una nueva forma de producción. La reducción en los costos de transacción y organización hace viables empresas (en todo el sentido de la palabra) que no están necesariamente motivadas por el lucro, sino que contribuyen a la creación y acumulación de capital social entre las personas que participan de ellas. Benkler analiza las maneras como esta nueva forma de producción tiene un enorme potencial para dinamizar una serie de sectores económicos, pero también evalúa la manera como los actores establecidos están colaborando consciente o inconscientemente para entrampar este nuevo universo productivo en gestación. El texto completo del libro pueden encontrarlo en línea.

Understanding Media. Éste es un poco trampa, porque es el más viejo de la lista. Se trata del texto más importante de Marshall McLuhan, donde se acuñaron expresiones confusas como “el medio es el mensaje” o “la aldea global“. A pesar de ser un texto de 1964, sirve como un adelanto de lo que vendrían a ser las consecuencias de la tecnología electrónica en lo que McLuhan llamaba el “hombre tipográfico”, el hombre propio de una cultura formada a partir de la lógica lineal, secuencial, masiva e industrial de la imprenta y la tipografía. McLuhan es sumamente oscuro en este libro y profundizar en sus ideas es complicado, pero su capacidad para adelantarse a cambios tecnológicos que aún no se hacían presentes es sorprendente. Esto es, quizás, propio además de su concepción de la nueva cultura mediática, una concepción de la tecnología donde los efectos se muestran antes que las causas y donde la linealidad del progreso debe ser abandonada por un entendimiento del cambio mediático como transformaciones cualitativas de nuestro entendimiento del mundo.

La era de la información. El magnum opus de Manuel Castells está compuesto por tres volúmenes que establecieron en los 90s la línea de base a partir de la cual entender la sociedad informacional (que, además, distingue por primera vez de la “sociedad de la información”). Castells se da el trabajo de realizar un análisis social de todas las múltiples dimensiones que se ven afectadas por el cambio en los patrones de conducta en la sociedad de la información, cuando dejamos de únicamente circular información (algo propio de todas las sociedades) y la producción, distribución y transformación de información se convierten, más bien, en la actividad económica y social más importante de nuestra cultura. La política, la economía, la identidad, las relaciones sociales, las relaciones internacionales, las afinidades nacionales, el trabajo, el comercio, los medios de comunicación, son sólo algunas de las categorías que Castells evalúa en la manera como se ven impactadas por este cambio fundamental en nuestra actitud hacia el conocimiento y la información.

Free Culture. Este libro de Lawrence Lessig, disponible libremente (también en su traducción en español como Cultura libre) explora la relación compleja que se establece en la economía digital con la legislación en derechos de autor. Lessig plantea que, a medida que más y más de nuestra cultura pasa por alguna forma mediática y tecnológica, y a medida que nuestro uso de la tecnología nos permite hacer cosas nuevas antes impensables, la legislación que regula nuestro consumo de información y de productos culturales no se ha mantenido igualmente dinámica. El aparato legal existente ha llevado a la sociedad a una posición donde una mayoría se ha vuelto delincuente por hacer algo que parece completamente cotidiano y coherente, y en ese sentido la ley se ha vuelto un obstáculo para el florecimiento de nuevas producciones culturales, en lugar de un incentivo. En este libro Lessig establece los fundamentos sobre los cuales se construirá luego el movimiento Creative Commons.

The Long Tail. Chris Anderson, el editor de la revista Wired, introdujo la idea de la larga cola en un artículo para la misma revista en el 2004 (disponible traducido al español) que luego expandió en un libro del mismo nombre. La idea de la larga cola es simple: la tecnología hace que sea más fácil tanto producir como consumir, y esto es en sí mismo un incentivo para que más personas produzcan más cosas en torno a intereses cada vez más específicos, al mismo tiempo que los consumidores pueden fácilmente encontrar cosas por específicas a sus gustos que sean, dado que Internet (con herramientas como Google) hacen muy sencillo conectar la oferta con la demanda. Lo que esto hace posible, sobre todo respecto a economías de bienes virtuales, es que la larga cola de la distribución de Pareto, o todos aquellos productos que antes fueron comercialmente inviables, se vuelven ahora un espacio de oportunidades por explotar en la medida en que se puede agregar la demanda por ellos. Esto abre la puerta para una nueva generación de emprendimientos digitales de pequeña y mediana escala (o incluso enorme escala, como Amazon).

Inteligencia colectiva. Pierre Lévy subtitula esta obra “Por una antropología del cibersespacio”. Lévy explora la manera como el ciberespacio está transformándonos cognitivamente y replanteando nuestras asociaciones sociales en torno a la resolución de problemas. En la sociedad informacional hay tanta información que procesar que es imposible que ningún individuo emprenda esa tarea por sí mismo, pero incluso aquello que un individuo sí necesita procesar es demasiado para sus propias capacidades. Pero esta nueva imposibilidad viene de la mano con tecnologías que nos permiten compartir, cooperar y colaborar de maneras mucho más sencillas que cualquier otra forma conocida, lo cual hace posible que se construyan así inteligencias colectivas: redes conectadas de individuos donde ningún individuo puede saberlo todo, pero todos pueden saber algo y compartirlo con los demás. Para Lévy, éste s el punto de partida de toda una serie de transformaciones en nuestras organizaciones sociales, pues este nuevo principio subvierte la existencia de jerarquías verticales y transforma el significado de ejercer un rol o una función en una organización o estructura social. El texto completo en español se encuentra disponible en línea gracias a una edición virtual de la OMS.

Everything is Miscellaneous. El tema epistemológico es también el interés de David Weinberger, aunque Weinberger lo trabaja más bien desde el punto de vista de cómo ordenamos los conceptos. Según Weinberger, nuestro entendimiento del ordenamiento de la información en la forma de categorías excluyentes es propio de una sociedad que ordena su información utilizando un espacio físico: como el espacio es finito y tiene una serie de características limitantes para la disposición de las cosas, nos hemos visto obligados a adaptar nuestros esquemas mentales a nuestros esquemas físicos. Nuestras mentes, básicamente, funcionan como archivadores, o como librerías. Pero la web elimina esa condición básica: el espacio se vuelve virtualmente infinito, la cantidad de contenido que almacenar y ordenar también, y no se aplican las mismas limitaciones que tenemos en el espacio físico. De repente nos vemos enfrentados a un mundo en el cual todo puede encajar bajo múltiples categorías al mismo tiempo sin que eso sea un problema, excepto porque se vuelve una inmanejable sobrecarga de información. La solución para Weinberger es contraintuitiva: la solución a la sobrecarga de información es más información, información sobre información, para navegar esta nueva red de conocimiento. La información se vuelve un commodity, y saber navegarla y encontrar lo importante se vuelve la habilidad realmente valiosa. El prólogo y el primer capítulo del libro se encuentran disponibles en su sitio web.

¿Conoces a Henry Jenkins?

Para todo aquel interesado en el estudio de los medios de comunicación, sobre todo en la cultura digital y la influencia de la tecnología en la cultura contemporánea, Henry Jenkins es un referente obligado. Es uno de los teóricos más interesantes en tratar el efecto social de las nuevas tecnologías desde una perspectiva que no prejuzga la cuestión desde un punto de vista excesivamente pesimista ni excesivamente optimista. Mucho del trabajo de Jenkins parte del punto de vista de las comunidades de usuarios que se articulan en torno a diferentes medios y productos culturales, y del entendimiento de que el consumo mediático es un proceso complejo y multidimensional: los fanáticos de una obra (una película, una serie de televisión, un comic, o lo que fuera) se apropian de ella y la vuelven parte de su propio universo, como una manera de expresarse ellos mismos. Jenkins defiende una visión de los consumidores mediáticos en el mundo digital que los distingue y aleja de la idea de que son receptáculos pasivos, acríticos de lo que consumen, y los presenta más bien como participativamente involucrados con los objetos de su interés. Involucrados, además, de una manera que les permite tácitamente desarrollar las habilidades que considera son pertinentes para ejercer plenamente la ciudadanía en el siglo XXI.

Hasta donde he podido observar, Jenkins no es aún muy conocido en el Perú. Lo cual es comprensible, pues sus libros son difíciles de conseguir incluso en sus traducciones al español – hay versiones traducidas de dos de sus libros, Convergence Culture (Paidós, 2008), su último libro, y Fans, bloggers y videojuegos (Paidós, 2009, aunque se trata de un libro anterior). Pero nunca he podido encontrar ninguno de ellos en ninguna librería en Lima. Convergence Culture establece una serie de elementos conceptuales que sirven como aparato teórico para entender el cambio mediático en el siglo XXI: la idea de la convergencia mediática como un proceso en el que los consumidores mediáticos aprendemos a movernos simultáneamente a través de diferentes lenguajes y medios que alcanzan un punto de convergencia y equilibrio – al contrario de la idea de que las nuevas tecnologías simple y linealmente desplazan a las viejas, ambas se reinterpretan mutuamente y coexisten de diversas maneras. De ello se desprende la idea del transmedia y las narrativas transmediáticas: así como los consumidores se encuentran hoy en múltiples medios, las narrativas tienen tanto la posibilidad como la necesidad de desarrollarse en diferentes lenguajes y medios al mismo tiempo, con lo cual una historia o un objeto cultural deja de ser una única expresión para convertirse en una dimensión de entre muchas que conforman todo un universo autocontenido. Las posibilidades que brinda la tecnología digital hacen posible e inevitable que aquellos universos que sean exitosos sean expandidos y elaborados aún más por los propios fanáticos, aún cuando esto pueda ir en contra de la visión y los deseos de los creadores originales.

El hecho de que esto ahora forma parte de nuestra vida mediática cotidiana saca a la luz la necesidad central de reinterpretar la idea de la alfabetización mediática, la manera como nuestra sociedad educa a la gente tanto para consumir como para producir mensajes utilizando diferentes medios. Ésta es una práctica que debe ir mucho más allá de simples habilidades técnicas y enfocarse, también, en los protocolos sociales que se construyen en torno a nuestros medios disponibles. En otras palabras, y simplificando bastante el argumento, frente a las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías tenemos la oportunidad, posibilidad y necesidad de educar a las personas para ser consumidores y productores responsables. Dado que el ecosistema mediático actual ofrece un modelo de cultura participativa, eso implica una profunda reingeniería de nuestras prácticas educativas para eliminar la inconsistencia que surge entre la educación formal, producto de la era industrial, y el aprendizaje informal que surge en las sociedades informacionales.

Esto es particularmente importante porque conforme esta inconsistencia crece, se pierde la oportunidad de capitalizar la formación de habilidades que estas nuevas prácticas están generando para alimentar un nuevo entendimiento del ejercicio de la ciudadanía y la participación cultural y política:

A todo esto, una de los elementos centrales a todo este aparato es la dilución de la separación conceptual entre una cultura popular y una cultura ilustrada, y la superación de un rechazo a las industrias culturales como formas culturales enajenantes o engañosas. Jenkins parte de reconocer un valor importante en la cultura popular como el canal donde se construyen los sueños y las aspiraciones de sus consumidores de manera compleja y multidimensional, no como un simple proceso de dominación cultural. Las prácticas de los consumidores y de los fanáticos son para él prácticas significativas y que requieren ser tomadas en consideración pues contribuyen a la construcción colectiva del significado de una obra o de una práctica mediática. Los productos de la cultura popular son relevantes porque echan luz sobre las prácticas mediáticas efectivamente existentes en una sociedad, lo cual a su vez ilumina la teoría que se puede formular respecto a la manera como funciona la cultura participativa.

Con algo de suerte, alguno de sus libros aparecerá pronto en librerías en Lima. Y sé que algunos de ellos pueden encontrarse en algunas bibliotecas universitarias. Mientras tanto, muchas de sus ideas pueden revisarse a través de su blog.

El mundo de Rupert

De hecho debo haberles recomendado antes que lean Boing Boing. Es uno de los mejores blogs que conozco. Y realmente se encuentran cosas geniales.

Cory Doctorow opina sobre el iPad desde el punto de vista de lo que significa para los usuarios de tecnología, reduciéndolos al rol unidimensional e incuestionable de “consumidores” en lugar de fomentar la tecnología como un uso crítico y transformador.

The way you improve your iPad isn’t to figure out how it works and making it better. The way you improve the iPad is to buy iApps. Buying an iPad for your kids isn’t a means of jump-starting the realization that the world is yours to take apart and reassemble; it’s a way of telling your offspring that even changing the batteries is something you have to leave to the professionals.

Si pasan por aquí regularmente notarán que esto es un tema que me interesa bastante últimamente. Porque conforme nos vemos cada vez más rodeados de dispositivos, formatos y tecnologías que solamente pueden utilizarse como el productor quiere que se usen, el potencial transformador de la tecnología se pierde. Al mismo tiempo, los actos que pretenden ver la tecnología como algo más, la actitud de desarmar el mundo para entender como funciona, termina volviéndose una actitud criminal, marginalizada. La pretensión de utilizar la tecnología como algo más que dispositivos unidimensionales se vuelve un acto de transgresión y de resistencia.

¿De transgresión y de resistencia a qué? Doctorow lo menciona también en su crítica al iPad, pero otro artículo en Boing Boing apunta además a un texto de Clay Shirky sobre el futuro de los modelos existentes de la producción de contenidos, a la luz de la pretensión de personajes como Rupert Murdoch de regresar al mundo como era antes (y que todos paguemos lo que los productores decidan por consumir lo que ellos decidan que consumamos).

Diller, Brill, and Murdoch seem be stating a simple fact–we will have to pay them–but this fact is not in fact a fact. Instead, it is a choice, one its proponents often decline to spell out in full, because, spelled out in full, it would read something like this:

“Web users will have to pay for what they watch and use, or else we will have to stop making content in the costly and complex way we have grown accustomed to making it. And we don’t know how to do that…”

La posición de Murdoch es vista en diversos lugares de la web como una compleja forma de tecnofobia, como el reclamo de un hombre de negocios de que el mundo cambió y se llevó su modelo de subsistencia. Y aunque es fácil entender esta crítica a Murdoch, lo cierto es que tampoco es claro qué ocurrirá luego de que Murdoch alce las murallas de nuevo y cobre por el acceso a su contenido en línea. Pero es sugerente que Murdoch haya tomado partido por el iPad en esta discusión, pues revela justamente la conexión a la que apunta Doctorow: dispositivos no solo cerrados, sino que además encierran al usuario en un ecosistema controlado centralmente, no son ninguna forma de liberación sino más bien un regreso a modelos de distribución de información que en gran medida estábamos dejando atrás. Y que, a la luz de las nuevas posibilidades, infantilizan al usuario al limitarlo a un rol únicamente habilitado para el consumo.

El desafío cultural: Marshall McLuhan frente al cambio tecnológico

Con esta entrada quiero cerrar la serie de posts recientes en torno a las ideas de Marshall McLuhan y Comprender los medios de comunicación. Al menos por ahora, porque inevitablemente siempre regreso sobre estos temas, pero escribir esta serie de entradas me ha ayudado para puntualizar y esclarecer ciertos conceptos, y quedan como una referencia sobre la cual puedo volver permanentemente (y que espero sean de utilidad a más de uno).

Quiero cerrar esta serie preguntando por qué todo esto es relevante. ¿Por qué le interesa a McLuhan presentar la idea de que el medio es el mensaje? ¿Por qué es pertinente e importante que interpretemos los medios y la tecnología de una manera diferente a como lo hemos venido haciendo?

La razón es al mismo tiempo la misma que hace siquiera posible que nos podamos dar cuenta de que hay una alternativa de interpretación a nuestro alcance. Tiene que ver con la aparición de la tecnología electrónica: por su velocidad, por su inmediatez, la luz eléctrica como tecnología hace posible la organización de nuestros patrones de conducta en función a nuevos principios. La velocidad del cambio en la era electrónica es tal, que hace posible que cualquier individuo en el transcurso de su vida experimente toda una serie de experiencias mediáticas diferentes, y tenga la posibilidad de contrastarlas y compararlas de una manera que antes no era igualmente posible. Nos hemos vuelto, si quieren, seres multimediáticos.

Ese cambio que hace posible que caigamos en cuenta de que “el medio es el mensaje” es la misma razón por la que es necesario cambiar nuestra comprensión respecto a los que los medios y las tecnologías nos hacen, y cómo lo hacen. Porque la configuración social y psicológica de la era electrónica es radicalmente diferente a la del hombre tipográfico, y en consecuencia, McLuhan empieza a vaticinar y adelantar una serie de profundos cambios sociales que inevitablemente serán traumáticos para nuestras culturas. La posibilidad de cambiar nuestro enfoque para el estudio de los medios no quiere decir que podamos volvernos inmunes a estos cambios, ni detenerlos tampoco. Pero sí hace posible que podamos adelantarnos a muchos de ellos, y buscar la manera de preservar ciertos patrones de conducta de nuestra cultura mediática existente, al mismo tiempo que nos preparamos para el trauma que significará el cambio cultural de la era electrónica. Si estos cambios son inevitables, entonces lo mejor que podemos hacer es prepararnos para recibirlos de la mejor manera posible.

Esta anticipación es comparada con la manera como la cultura medieval se enfrentó a la tecnología de la imprenta haciéndola ingenuamente a un lado, y como, en consecuencia, la cultura medieval se vio arrasada por la cultura tipográfica.

Si persistimos en un enfoque convencional sobre estos desarrollos, nuestra cultura tradicional será barrida como el escolasticismo lo fue en el siglo dieciséis. Si los escolásticos y su compleja cultura oral hubieran entendido la tecnología de Gutenberg, habrían creado una nueva síntesis de la educación escrita y la oral, en lugar de salir de la figura y permitir que la página meramente visual conquistará la empresa educativa. Los escolásticos orales no dieron la talla frente al nuevo desafío visual de la imprenta, y la expansión o explosión resultante de la tecnología de Gutenberg fue en muchos sentidos un empobrecimiento de la cultura. [Traducción mía]

El desafío de la tecnología electrónica es precisamente el que hemos visto desenvolverse en los últimos años y que McLuhan no alcanzó a ver más que en sus primeros atisbos. Incluyen, para él, las radicales transformaciones en las maneras como nos organizamos económicamente para la producción, y como nos organizamos socialmente para la distribución y creación del conocimiento a través de nuestras instituciones y procesos educativos. Esto ha significado para nosotros, en las últimas décadas, contemplar la manera como la vieja economía industrial y sus actores ven sus modelos transformados por las posibilidades brindadas por la economía del conocimiento, o la manera como la función y el significado de instituciones educativas se ve cuestionado cuando el acceso a la información se vuelve una cuestión trivial (cuando la información se vuelve un commodity).

Todo esto se manifiesta sorprendentemente en la misma línea del cambio que McLuhan anunciaba, pasando de un principio mecanicista para la organización social (asociado a una cultura construido sobre la base de la linealidad del alfabeto y la producción mecánica de la imprenta) hacia un principio de automatización de nuestros patrones de conducta (a partir de la introducción de la tecnología electrónica). La nueva tecnología permite automatizar una serie de procesos mecánicos, de modo que nuestra interención en ellos ya no se vuelve necesaria. La amputación de esto es, señala el mismo McLuhan, que se pierden empleos. Pero la extensión es que se gana la posibilidad de redistribuir nuestro tiempo hacia actividades que resultan mucho más gratificantes y que involucren más a sus participantes, que el hecho de formar parte de una línea de producción.

Prepararse para estos cambios implica reconsiderar nuestro sistema educativo para que él mismo no sea, también, un producto del mecanicismo en la cultura. El mismo McLuhan señala:

Cuando la tecnología de una época empuja con fuerza en una dirección, quizás sea sabio buscar una fuerza que haga resistencia. La implosión de la energía eléctrica en nuestro siglo no se puede responder con la explosión o la expansión, pero puede responderse con el descentralismo y la flexibilidad de múltiples centros pequeños. Por ejemplo, la estampida de alumnos hacia nuestras universidades no es explosión sino implosión. Y la estrategia que se hace necesaria para responder a esta fuerza no es agrandar la universidad, sino crear un grupo numeroso de facultades [colleges] autónomas en lugar de nuestra planta universitaria centralizada que creció en la línea del gobierno europeo y la industria del siglo diecinueve. [Traducción mía]

Es por esto mismo que resulta sorprendente la manera como McLuhan es capaz de anticiparse a toda una serie de cambios sociales que difícilmente podían imaginarse en su época. La manera como habla de la reconfiguración de la educación superior es un reflejo claro del cambio de una topología cultural centralizada a una topología descentralizada o distribuida – un ordenamiento en el cual los nodos participantes no dependen, estricta, unilinealmente, de un sólo centro, sino que son capaces de construir relaciones bidireccionales y retroalimentarse entre sí. La topología cultural distribuida es precisamente la manera de organización que se hace posible con la aparición de Internet muchos años después de que McLuhan escribiera esto en los años sesenta.

Aún así, a pesar de lo fascinante e, incluso, imprescindible que puede ser la obra de McLuhan para entender el impacto social del  cambio tecnológico, es una obra que debe abordarse con cuidado y siempre de manera muy crítica. No solamente por tratarse de un pensador muchas veces confuso o con ideas crípticas y oscuras -algo que no necesariamente tiene por qué ser algo malo- sino porque también hay complejidades problemáticas dentro de su estructura conceptual. Esto puede encontrarse, por ejemplo, en su concepción determinista de la tecnología, que no deja espacio para la participación activa de los grupos sociales en la construcción del significado de los medios y la tecnología. Bajo el determinismo tecnológico mcluhaniano, los individuos no podemos sino contemplar desde afuera la manera inevitable como las tecnologías cambian nuestros patrones culturales, pero sin tener una posibilidad real de resistir esos efectos, o de reconfigurarlos, sino, en el mejor de los casos, simplemente podemos prepararnos para reducir el trauma. Esto, sin embargo, demuestra en la práctica no ser un proceso tan lineal, sino que la significación de medios y tecnologías es un proceso, también, cultural, donde diferentes sociedades construyen diferentes significados según su contexto.

El problema del determinismo también plantea la complejidad respecto a qué tipo de valoración podemos realizar de este proceso de cambio. Si la transformación está determinada por la tecnología misma, y termina siendo más o menos inevitable, ¿es algo que podamos juzgar de bueno o malo? ¿Qué posibilidad real tenemos de evaluar qué es una amputación, y qué una extensión? Y si esto es posible, ¿qué significado real tiene para nosotros? Si el medio es el mensaje, entonces el futuro más allá del cambio mediático no es completamente inaccesible: más allá de la singularidad tecnológica, somos incapaces de juzgar efectivamente nada como bueno o malo (al menos, incapaces de hacerlo con alguna legitimidad).

Finalmente, entre otros problemas que uno puede ir encontrando y a los que espero haber identificado y planteado alguna posibilidad de respuesta en esta serie, existe también un problema del potencial conservadurismo que atraviesa el pensamiento mcluhaniano. Aunque en muchos sentidos es profundamente radical, innovador y sumamente prometedor, muchas de sus ideas también pueden entenderse desde un punto de vista radicalmente conservador. Especialmente en lo referido al desafío cultural de la tecnología electrónica, McLuhan está en gran medida ofreciendo un plan de batalla o de acción para asegurarnos que somos capaces de preservar nuestra cultura tradicional frente a los efectos de las nuevas tecnologías. Hay un subtexto, a veces difícil de percibir, en el cual tenemos que armarnos de las herramientas para la resistencia, que muchas veces significan, además, recuperar prácticas culturales propias de la oralidad y del medioevo como parte del efecto de la tecnología electrónica – precisamente aquella cultura escolástica que McLuhan afirma como barrida por la cultura tipográfica. La idea de la retribalización de la cultura, y de la manera como culturalmente nos reforzamos en relaciones locales para poder construir significados compartidos en contraposición al mecanicismo de la destribalización es también uno de los lugares donde uno puede fácilmente identificar subtextos conservadores en el pensamiento mcluhaniano.

Todo lo cual es testimonio, por supuesto, de la enorme complejidad de las ideas de McLuhan. Estos problemas, así como las ideas de las que surgen, me parece que ameritan aún mucha consideración y mucha discusión, pues tan sólo ahora empezamos a ver sus implicaciones e instanciaciones reales. Por lo pronto, espero poder haber ayudado al esclarecimiento de algunos conceptos en la obra de McLuhan, y creo pertinente explicitar algo obvio, y es que estas son mis propias interpretaciones: no pretendo de ninguna manera decir que esto es lo que McLuhan efectivamente dijo, ni nada por el estilo. Es en esta dirección en la que las ideas de McLuhan me parecen valiosas, interesantes y relevantes para ayudarnos a hacernos una imagen más clara de cómo funciona nuestra cultura hoy. Y es desde ese punto de vista que he querido hacer aquí esta relectura que, por supuesto, no es la primera ni será la última.

La aldea global

Se suele atribuir a Marshall McLuhan el haber acuñado la expresión “la aldea global“, en referencia a la manera como nuevas tecnologías de la comunicación transforman nuestra idea de distancia y nuestra relación con lugares y sociedades lejanas del mundo. El término se ha vuelto sumamente popular en todo tipo de literatura y es, muy probablemente, entendido usualmente en una interpretación mucho más simple que aquella de su contexto original. El tema de la aldea global está vinculado con los efectos que nuevas tecnologías, sobre todo tecnologías electrónicas, están ejerciendo sobre una cultura estructurada en torno a la alfabetización. Así la describe en un pasaje de Comprender los medios de comunicación:

De nuevo, es la velocidad eléctrica la que ha revelado las líneas de fuerza operando desde la tecnología occidental en las áreas más remotas de bosques, savanas y desiertos. Un ejemplo es el beduino con su radio a baterías montando un camello. Sumergir a nativos en una avalancha de conceptos para los que nada los ha preparado es la acción normal de toda nuestra tecnología. Pero con los medios eléctricos, el hombre occidental mismo experimenta exactamente la misma inundación que el nativo remoto. No estamos más preparados para encontrar a la radio y la TV en nuestro arsenal alfabetizado que el nativo de Ghana lo está para adaptarse a la alfabetización que lo saca de su mundo tribal colectivo y lo abandona en el aislamiento individual. Estamos tan adormecidos en nuestro nuevo mundo eléctrico como el nativo introducido en nuestra cultura alfabetizada y mecánica. [Traducción mía]

La aldea global es consecuencia, entonces, de la inmediatez introducida por los medios electrónicos. Estos medios están rompiendo con el paradigma de la cultura alfabetizada de diferentes maneras, pues introducen un movimiento o una fuerza que opera en dirección contraria o compensatoria a los efectos de la alfabetización: si la cultura alfabetizada significó la introducción de la homogeneidad y la uniformización, la posibilidad de masificar una misma forma de cultura más o menos homogénea (recordemos, por ejemplo, la manera como McLuhan considera a la imprenta como la “arquitecta del nacionalismo”), significó al mismo tiempo la ruptura de los individuos con sus vínculos culturales inmediatos y locales. La cultura alfabetizada significó un movimiento cultural de destribalización, a medida que surgía en la Modernidad el ideal del individuo autonómo, que no necesita ni debe remitirse a las tradiciones o a su entorno para tomar sus propias decisiones. La destribalización es el movimiento cultural de la Modernidad, y es al mismo tiempo la operación cultural de la extensión mecánica de los efectos de la cultura alfabetizada.

En cambio, los medios electrónicos al incrementar la simultaneidad de todo lo que ocurre, se construyen más bien sobre el principio de la automatización, no del mecanicismo. La paradoja de lo electrónico es que al conectarnos con todos, termina por resaltar más bien el valor de los mismos vínculos locales que habían sido oscurecidos – en otras palabras, frente al movimiento homogenizante de la globalización, de la destribalización, nuestra reacción natural es la de articularnos en comunidades desde las cuales podamos construir significados comunes. A la destribalización se opone un movimiento de retribalización que es hecho posible por los medios electrónicos. Es el contexto en el cual, frente a identidades homogéneas globalizadas, se reivindican más bien identidades particulares, culturales, que están mucho más cargadas de significados relevantes personalmente para cada uno de nosotros. Es, en cierta manera, una forma de no diluirnos en la masa homogénea de la globalización, que es hecha posible por el cambio tecnológico.

La cultura de los medios electrónicos se construye sobre el principio de la automatización; es decir, abandona la idea mecanicista del progreso, la idea de que hay un solo camino tecnológico (y por extensión, cultural) para el desarrollo de diferentes sociedades. Siguiendo la interpretación mcluhaniana del principio de automatización, en cambio, la dinámica cultural refleja más bien una multiplicidad de nodos interconectados que intercambian formas culturales – una multiplicidad de tribus, si se quiere, que a su vez en su conjunto forman la idea de la aldea global. No es solamente una idea de cosmopolitismo, en el sentido en que uno pasa a ser “ciudadano del mundo” y se comporta de la misma manera aquí o en la China -lo cual sería justamente una idea propia del mecanicismo- sino que uno como miembro de la aldea global participa de ella, más bien, a través de una multiplicidad de aldeas locales dentro de las cuales construimos colectivamente significados. Así como el medio es el mensaje, participar de diferentes aldeas, o de diferentes tribus, comporta diferentes interpretaciones o gramáticas sobre nuestra relación con el mundo.

Esta no es, por supuesto, como la historia nos ha mostrado, una relación sencilla ni desprovista de problemas prácticos significativos. Pues inevitablemente existe una tensión entre el proceso de destribalización y las respuestas de retribalización que se vuelven posibles. Uno de los lugares donde esta tensión se hace evidente es, por ejemplo, en el conflicto entre ideales de modernidad y progreso frente a los valores de comunidades tradicionales. Esto se ha visto reflejado, por ejemplo, en la discusión en torno al significado de los Derechos Humanos. En su artículo “Los derechos humanos en un contexto intercultural“, Miguel Giusti habla de la misma tensión en estos términos:

el interculturalismo es un signo de los tiempos, una suerte de nuevo fantasma que recorre el mundo y que lo recorre en un sentido exactamente inverso al llamado proceso de globalización, que se caracteriza por ser precisamente un proceso culturalmente uniformizante. “Las tribus han regresado” (“the tribes have returned”), como dice Michael Walzer. Han regresado en el Este, han regresado en el mundo árabe y en el mundo asiático, pero han regresado también a su manera, o han resurgido, en el interior del mundo occidental mismo por la presencia en él de viejas y de nuevas formas de identidad cultural que reclaman su derecho a existir con autonomía. El tribalismo y la globalización parecen ser dos fenómenos contrapuestos que imprimen su sello a la situación en que se encuentra la cultura mundial a fines del milenio.

La cuestión, si apelamos a McLuhan, puede explicarse también en función a principios articuladores como el mecanicismo y la automatización. Lo posición globalizante es mecanicista porque asume que hay un curso lineal para el desenvolvimiento de los acontecimientos, donde los momentos posteriores son siempre mejores a los momentos anteriores. La aparición de los Derechos Humanos es vista bajo la misma luz, pero deja de tomar en consideración la complejidad conceptual y semántica detrás de lo que se piensa a sí mismo como un mecanismo formal. En términos McLuhanianos, la visión mecanicista nos lleva a enfocarnos en el contenido, en este caso, de los Derechos Humanos, pero es incapaz de enfocarse en los efectos sociales y culturales que son necesariamente implicados, pero se vuelven invisibles. En palabras de Giusti:

A lo que esta crítica se refiere es a que los derechos humanos no se venden solos. Vienen acompañados de muchas cosas más. El derecho a la libertad individual viene con la ley del mercado. El derecho a la libertad de expresión viene con el derecho a la propiedad privada delos medios de comunicación. El derecho al trabajo con el derecho a la acumulación decapital. El derecho a la libertad de conciencia con la ruptura de la solidaridad social. Los derechos humanos son, para decirlo en palabras de Michael Walzer, un maximalismo moral disfrazado de minimalismo, es decir, son sólo en apariencia un código mínimo de principios morales, porque a través de ellos se expresa, implícitamente, una cosmovisión bastante más amplia y bastante más densa de valores de la cultura liberal.

Bajo el principio de la automatización, en cambio, no es posible comprender que los efectos de un medio, como pueden ser los Derechos Humanos también, va más allá de su contenido e incluye toda una gramática que acompaña y da sentido al soporte. Frente al mundo centralizado de la cultural alfabetizada y su concepción mecanicista y lineal de los medios y la tecnología, la velocidad eléctrica permite la constitución de la aldea global, una red donde cualquiera de sus nodos puede potencialmene convertirse en un centro. McLuhan habla así de la aldea global:

A medida que empezamos a reaccionar profundamente a la vida social y los problemas de nuestra aldea global, nos convertimos en reaccionarios. El involucramiento que acompaña a nuestras tecnologías instantáneas transforma al más “socialmente consciente” en un conservador. [...] El incremento en la velocidad desde los mecánico hacia la forma eléctrica instantánea revierte la explosión en una implosión. En nuestra actual era eléctrica, las energías implosivas o contrayentes de nuestro mundo colisionan con los viejos patrones tradicionales de expansionismo. Hasta hace poco, nuestras instituciones y arreglos, sociales, políticos y económicos, compartían un patrón unidireccional. [...] La electricidad ya no centraliza, sino que des-centraliza. Es como la diferencia entre un sistema ferroviario y una red eléctrica: uno requiere estaciones y grandes centros urbanos. La energía eléctrica, igualmente disponible en una granja o en una suite ejecutiva, permite que cualquier lugar sea el centro, y no requiere de grandes concentraciones. [Traducción mía]

Los movimientos culturales de destribalización y retribalización, junto con los principios de mecanicismo y automatización sobre los que se construyen, están quizás entre las categorías más interesantes y relevantes dentro del aparato conceptual de McLuhan. Cuando se desentraña la complejidad que encierran estas categorías es que se puede poner más en su contexto la noción de la “aldea global”, que no es sino una extensión o una ilustración de la idea de que el medio es el mensaje. Porque, finalmente, el cambio hacia una aldea global es el efecto de la tecnología eléctrica que modifica nuestra relación de escala y tiempo frente a los demás puntos del globo, lo cual no solamente amplifica nuestra capacidad comunicativa, sino que transforma nuestros patrones de conducta al empujarnos a tomar refugio en nuestras asociaciones locales, a buscar significados a las cosas dentro de “tribus”.

Arte e inmunización

Dado que el cambio mediático es un proceso traumático, y siguiendo la línea del determinismo tecnológico que asume McLuhan, pareciera que nos deja, en realidad, muy poco espacio para defendernos de las amputaciones que ejercen sobre nuestros sentidos las nuevas tecnologías. Más aún porque nuestra reacción natural frente a estas transformaciones es la del entumecimiento: McLuhan describe un instinto narcicista, según el cual al vernos reflejados en nuestras nuevas extensiones, no nos damos cuenta del trauma y de las heridas que nos ha causado el proceso de cambio hasta que ya es muy tarde. El problema de no darnos cuenta de las amputaciones hasta que ya es muy tarde es que, por eso mismo, no conseguimos ser conscientes ni anticiparnos a las transformaciones culturales de los nuevos medios, ni mucho menos a preguntarnos si realmente queremos ir en esa dirección, o no.

Los nuevos medios y las nuevas tecnologías por las cuales nos amplificamos y extendemos a nosotros mismos constituyen una enorme cirugía colectiva practicada sobre el cuerpo social sin ningún tipo de preocupación por antisépticos. Si las operaciones son necesarias, la inevitabilidad de infectar a todo el sistema durante la operación debe ser considerada. Pues al operar sobre la sociedad toda, no es el área operada la más afectada. El área de impacto de la incisión está adormecida. Es el sistema entero el que es cambiado. El efecto de la radio es visual, el efecto de la fotografía es auditivo. Cada nuevo impacto transforma las proporciones entre los sentidos. Lo que buscamos hoy es una manera para controlar estos cambios en las proporciones entre nuestros sentidos de las perspectivas psíquicas y sociales, o una manera de evitarlos por completo. Tener una enfermedad sin los síntomas es ser inmune. Ninguna sociedad ha sabido suficiente de sus acciones como para desarrollar inmunidad hacia sus nuevas extensiones o tecnologías. Hoy empezamos a percibir que el arte puede proveer dicha inmunidad. [Traducción mía]

En este pasaje del capítulo 7 de Comprender los medios de comunicación, McLuhan recoge una idea que ha venido insinuando desde los capítulos anteriores, respecto al papel que cumple el arte y el artista en la configuración mediática y frente a la aparición de nuevos medios y tecnologías. Esto es especialmente relevante (1) a la manera como he intentado caracterizar todo medio como una forma de gramática, y (2) a la manera como he descrito la interacción entre medios, el proceso de hibridación, como una suerte de negociación lingüística o gramatical, donde el significado del nuevo medio se articula a partir del significado de los medios previos.

McLuhan está aquí interesado en la manera como el arte puede servir como puente en esta transición. Describe las obras de arte como “arcas de Noé” que, de alguna manera, son capaces de anticipar los efectos e impactos de un nuevo medio sobre nuestra sensibilidad, y por medio de esta anticipación preparar a nuestro sistema nervioso para lo que vendrá. La propuesta de McLuhan parece ser que, si somos lo suficientemente capaces de identificar en las propuestas artísticas los cambios que los nuevos medios ejercerán sobre nuestro cuerpo social, podemos prepararnos para reducir lo traumático de las amputaciones que casi por necesidad serán ejercidas – finalmente, recuerden que McLuhan habla desde el determinismo tecnológico. No podemos detener el asteroide que sabemos se estrellará contra nosotros, pero tenemos suficiente alarma como para construir un refugio y almacenar alimentos.

Sin embargo, el tipo de arte y artista del que habla McLuhan es sumamente singular. Pues se trata de obras de arte que no pueden realmente pretender mostrarnos los cambios que se avecinan – pues en la medida en que se formulan desde una cierta gramática, no pueden intencionalmente mostrarnos lo que ocurre en otra, inexistente. Pueden pensar aquí si quieren en el teorema de la incompleción de Gödel que muestra la necesidad de salir de un sistema simbólico para poder darle consistencia al sistema simbólico del cual salimos; o pueden también pensar en la distinción que hace Wittgenstein entre “decir” y “mostrar”. Dadas las posibilidades de un lenguaje (una gramática, un medio, una tecnología) solamente podemos “decir” cosas desde dentro de esas posibilidades; no podemos “decir” como salir de esas posibilidades, pero sí podemos “mostrarlo”, podemos insinuarlo a partir de los elementos existentes.

El arte que nos brinda inmunidad es, entonces, el arte que dice lo que no se puede decir no porque sea algo fuera de este mundo, sino simplemente porque una gramática en cuestión intenta decir algo propio de otra gramática (una descripción que de nuevo nos remite al proceso de hibridación). El arte que nos brinda esta experiencia tiene aquí un eco importante del aura de la que hablaba Walter Benjamin en su famoso ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Benjamin describe el aura en estos términos:

Conviene ilustrar el concepto de aura, que más arriba hemos propuesto para temas históricos, en el concepto de un aura de objetos naturales. Definiremos esta última como la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar). Descansar en un atardecer de verano y seguir con la mirada una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa, eso es aspirar el aura de esas montañas, de esa rama. De la mano de esta descripción es fácil hacer una cala en los condicionamientos sociales del actual desmoronamiento del aura.

El aura es aquella experiencia estética única e irrepetible que tiene el espectador en la presencia del arte, digamos, inmortal. Benjamin consideraba que la reproducibilidad técnica del arte (por ejemplo, en la fotografía, o en el cine) eliminaba el aquí y ahora de la contemplación del arte: cuando puedo ver el arte en cualquier momento, en cualquier lugar, elimino esa aura mística que rodea a la obra y la privo de su capacidad de brindar experiencias estéticas. Al menos, según Benjamin. McLuhan nunca habla del aura, ni hace referencia a Benjamin. Pero el arte del cual habla ejerce una función similar, aunque en un sentido más preciso, y más acorde a la reproducibilidad técnica: el arte que nos brinda inmunidad es el arte que nos ofrece un nuevo mundo posible. Es así de fuerte porque es el arte que introduce la posibilidad de un nuevo medio, en consecuencia, de una nueva gramática con su propia relación con nuestros sentidos y con la realidad. La reacción del espectador frente a esta forma de arte es la de sentir, si quieren, el aura, o de sentir el choque traumático del reacomodo de sus sentidos para adaptarse a la experiencia estética que no es plenamente abarcable.

Los artista entonces tienen algo así como la posibilidad de imaginarse mundos posibles y ofrecernos esas posibles experiencias, como anticipos y como preparaciones de lo que puede estar viniendo hacia nosotros en el futuro. El arte que nos imuniza es, para McLuhan, experimentos con el uso del lenguaje, experimento para intentar decir cosas desconocidas a partir de cosas conocidas. Esta forma de inmunización, y de sistema de alerta, será especialmente relevante cuando vuelva sobre la manera como nuestra cultura se está viendo transformada y sus principios subyacentes transmutados, lo cual plantea un desafío ante el cual tenemos que responder.

Hibridación mediática

El proceso por medio del cual nuevas medios y nuevas tecnologías se suceden unas a otras es descrito por McLuhan no solamente como no lineal, sino además como un proceso conflictivo. Al fin y al cabo, lo que entra en juego con la aparición de nuevas tecnologías no es solamente la entrada en escena de un nuevo soporte o un nuevo mecanismo para reproducir un mismo tipo de contenido, sino que en la medida en que todo medio comporta a su vez una gramática, es la aparición de una nueva relación con nuestros sentidos y con la realidad misma. De manera que la aparición de un nuevo medio se nos presenta como una nueva manera de ver el mundo que no necesariamente es compatible con la que manejamos.

Cualquier invención o tecnología es una extensión o auto-amputación de nuestros cuerpos físicos, y tal extensión también exige nuevas proporciones y nuevos equilibrios entre los otros órganos y extensiones del cuerpo.

[...]

Contemplar, usar o percibir cualquier extensión de nosotros mismos en su forma tecnológica es necesariamente aceptarla. Escuchar la radio o leer la página impresa es aceptar estas extensiones de nosotros mismos en nuestro sistema personal y atravesar el “cierre” o el desplazamiento de la percepción que se sigue automáticamente. Es esa continua aceptación de nuestra propia tecnología en su uso cotidiano que nos pone en el rol de Narciso de una conciencia subliminal y un entumecimiento en relación a estas imágenes de nosotros mismos. [Traducción mía]

Quiero partir de este pasaje del capítulo 4 de Comprender los medios de comunicación para ilustrar la relación conflictiva y ambivalente que tiene el efecto de los medios de comunicación. Si tomamos en consideración, además, el determinismo tecnológico presente en McLuhan, no nos queda sino derivar una versión un tanto fatalista en la cual los individuos no tenemos otra opción más que recibir los impactos e influencias de los nuevos medios que transforman nuestra sensibilidad, y luego dedicarnos al lento proceso de adaptación y aprendizaje. Nuestra participación o voluntad en todo el proceso pasan a un segundo plano.

Hay otro aspecto que me parece aquí sumamente interesante: es el hecho de que en este pasaje McLuhan vuelve sobre la idea de que usar la tecnología no es únicamente usarla como uno usa una herramienta, como algo externo a uno. La tecnología es parte de uno, uno se instala en el ámbito de la tecnología que utiliza porque se instala en el uso de su gramática como quien habla un lenguaje. Es bajo esta perspectiva que la idea del trauma o el choque del cambio tecnológico adopta todo su sentido: cuando nos introducimos en el ámbito de una nueva gramática nos vemos obligados a traducir, a reinterpretar la realidad de manera apresurada y por ensayo y error para adquirir un mínimo de competencia en el uso de la nueva tecnología y de su nueva gramática. Al hacerlo, no podemos si no entender lo nuevo a partir de las categorías de lo viejo, lo cual nunca le hace justicia ni a lo uno ni a lo otro. Es de esta relación de donde surge la idea mcluhaniana de la energía híbrida o de la hibridación mediática, el proceso a través del cual un nuevo medio o una nueva tecnología adquieren su propio significado a partir de su relación conflictiva con las gramáticas anteriores.

La interacción entre medios es sólo otro nombre para esta “guerra civil” que tiene lugar en nuestra sociedad al mismo tiempo que en nuestras psiques. Se ha dicho que “para el ciego, todas las cosas son repentinas”. Los cruces o hibridaciones de los medios liberan una gran fuera y energía como por fisión o fusión. No tiene por qué haber ninguna ceguera en estos asuntos una vez que hemos sido informados de que hay algo que observar. [Traducción mía]

Todos los medios son formas híbridas porque el significado y el efecto de todo medio solamente puede establecerse a partir de la manera como lo interpretamos desde los medios anteriores. Así, en su infancia toda forma mediática se ve limitada a reproducir los efectos de la generación anterior: la televisión, por ejemplo, durante mucho tiempo se estructuró en función a reproducir el ámbito de la radio pero agregando el sentido visual. La web se organizó durante mucho tiempo a partir de la lógica de la imprenta, del papel y de las librerías, y no como un medio con su propio sentido de organización y comunicación. No es sino hasta después que el uso de cada medio consigue cierta independencia frente a las generaciones anteriores y empieza a adquirir sus propios usos específicos.

Esta cuestión es sumamente importante porque deja claro que toda interpretación mediática es, a su vez, mediática. Somos siempre seres introducidos en la realidad mediática de una u otra manera, y nuestro manejo gramatical, si se quiere, nos exige que manejemos de manera competente el uso de muchos medios (y de cada vez más). Pero esta misma competencia nos permite distinguir, al menos a grandes rasgos, cuando un medio es apropiado para un propósito, y cuando no. Es, por ejemplo, mal visto que uno termine una relación por chat, o por mensaje de texto. Esto porque hemos estructurado el significado de estos medios de maneras diferentes: unos son más personales, otros más rápidos, unos transmiten más, otros menos información, y así sucesivamente. Ninguno tiene intrínsecamente un uso o un valor específicos, sino que es a partir de la interacción entre diferentes gramáticas que podemos interpretar que unos sirven para ciertos propósitos, y otros para otros.

De lo cual resulta que no hay forma mediática pura, como no hay experiencia propiamente pura o que no se entienda siempre en el contexto de su propio medio y gramática. Y de lo cual resulta, también, que somos algo así como seres profundamente traumados, porque nos vemos inmersos en el juego de la hibridación todo el tiempo, con todas sus consecuencias psicológicas y sociales. O, más bien, McLuhan parece indicar que somos estos seres traumados en la medida en que no tomamos conciencia o caemos en cuenta de que estamos así inmersos: la posibilidad de reconocernos como individuos sobre los cuales se ejercen todas estas fuerzas mediáticas abrirá la posibilidad (como espero que veamos más claramente al explorar el rol del arte y del artista) a que diseñemos e implementemos los mecanismos de compensación que, cuando menos, reduzcan el trauma de las amputaciones.