Objetos que cuentan historias

Uno de los temas que más me ha interesado explorar es la manera como el acto del consumo ha transformado su significado en los últimos años. De la misma manera como hemos presenciado una distribución de la capacidad creative y expresiva en nuestra sociedad – ya no son sólo unos pocos con acceso a tecnologías caras los capaces de difundir ideas y mensajes, sino que esta capacidad ha ampliado enormemente su base popular -, existe paralelamente un proceso de distribución de preferencias y de patrones de consumo. Consumimos más cosas, sí, pero esas cosas que consumimos son hoy mucho más específicas. La categoría del “one size fits all”, de productos generales para públicos masivos, se ha ido abandonando para ser reemplazada por productos con mensajes específicos, apelando a tipos de consumidores específicos, que cada vez encuentran más en sus productos la capacidad para decir algo sobre sí mismos. Con lo cual el valor de un producto es transformado: pues no solamente es importante la función de un objeto, sino que es igualmente importante, o en muchos casos más importante aún, el significado cultural de un objeto u otro. La importancia de la marca como constitutiva del objeto se plantea como una reinterpretación (o quizás simplemente extensión) de la tesis de Marx del “fetichismo de la mercancía”. Dice Marx en El capital, tomo 1, libro primero, sección primera, capítulo 1 (“La mercancía”):

A primera vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas. En cuanto valor de uso, nada de misterioso se oculta en ella, ya la consideremos desde el punto de vista de que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas, o de que no adquiere esas propiedades sino en cuanto producto del trabajo humano. Es de claridad meridiana que el hombre, mediante su actividad, altera las formas de las materia naturales de manera que le sean útiles. Se modifica la forma de la madera, por ejemplo, cuando con ella se hace una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria, sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se trasmuta en cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías y de su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre determinación, se lanzara a bailar.

Marx se refiere a que el capitalismo ha trastocado por completo nuestra noción del valor. Los objetos del capitalismo, las mercancías, no valen para nosotros por lo que efectivamente hacen, sino que construyen una capa ilusoria de valor que va más allá de su función. En otras palabras, un Toyota y un Audi cumplen la misma función de llevarnos del punto A al punto B, pero aquello que los distingue como mercancías pertenece por completo a otro orden de cosas que va más allá de lo funcional. En torno a la marca Toyota, y a la marca Audi, se han construido narrativas muy diferentes en términos culturales, que implican que optar por una o por otra signifique realizar, también, afirmaciones respecto a la persona que somos.

Hace unas semanas vimos con mis alumnos de Sociología de la Comunicación en la UPC el documental Objectified. Es un documental sobre diseño industrial, y el proceso creativo por el cual pasan los diseñadores para elaborar los objetos que nos rodean cotidianamente, y en los cuales no reparamos frecuentemente en toda su complejidad. Éste es el trailer de la película:

El documental tiene una serie de ideas interesantes en torno al diseño y la manera en la cual se elaboran estas narrativas culturales que nos apropiamos e integramos en las narrativas personales que son nuestras propias identidades. La importancia de la marca que moviliza al producto es testimonio de la manera en la cual cada vez tomamos mucho más personalmente estas decisiones – personalmente en el sentido de que nos involucran directamente, dicen algo sobre nosotros. Directa o indirectamente, optar por un producto sobre otro es como suscribir una serie de conceptos, valores y decisiones tomadas previamente, es como un estandarte que mostramos públicamente para decir algo sobre nosotros. Es cierto que quizás no hacemos esto con todos los productos que usamos, pero todos tenemos ciertas categorías preferidas, ciertos espacios en los cuales estas decisiones significan mucho más para nosotros porque han significado, también, mucho más para alguien más en el proceso de diseño.

Pero es también testimonio de los recursos disponibles a un aparato industrial para mantener siempre en movimiento el ciclo de producción y de consumo.

Sin embargo, una de las cosas más interesantes en esta dinámica, o la manera como se ha transformado en los últimos años, es que el consumo ha dejado de ser, en cierta manera, un proceso lineal – o mejor dicho, el último momento dentro de un proceso lineal. En un primer momento, cuando los productores descubrieron el valor y la relevancia de interactuar directamente con el consumidor para mejor entender sus necesidades, como un mecanismo para posicionar mejor sus mercancías. Genera una manera de darle al público consumidor no solamente algo que les pueda ser útil, sino un producto con el cual pueden identificarse, o, mejor aún (en términos de marketing), una identificación a la cual pueden aspirar. Esto, según Marshall McLuhan, es característico de un medio masivo:

Un medio masivo es uno en el cual el mensaje no está dirigido hacia una audiencia, sino a través de una audiencia. La audiencia es tanto lo mostrado como el mensaje. El lenguaje es un medio tal – uno que incluye a todo el que lo usa como parte del medio mismo. Con el telégrafo, con lo eléctrico y lo instantáneo, encontramos la misma inclusión tribal, la misma totalidad de campo auditiva y oral que es el lenguaje. [Technology, The Media And Culture, 1960. Traducción mía.]

Pero en un segundo momento, esto se radicaliza con la apropiación casi plena de los productos y las marcas por parte de los consumidores, que se vuelven en cierta manera co-creadores del valor de una marca. Las marcas que más consiguen resonar son aquellas que consiguen que su propio público se convierta en amplificador de su propio mensaje, que su narrativa resuene tanto con las personas que ellas las consideren meritorias de incorporarlas como componente público de su identidad. Pero hay un precio que la marca tiene que pagar para acceder a este privilegio: pues al hacerlo, deja de ser posible controlar total y centralizadamente el significado de la marca. Al legitimar a los consumidores como co-creadores, la marca ha cedido el control absoluto sobre sí misma y adquiere en cierta medida responsabilidades hacia sus consumidores, a quienes llamar consumidores en este punto resulta incompleto.

De allí que la lógica del consumo se haya transformado significativamente. El consumo no es sólo el resultado del proceso de producción, sino que es en sí mismo (o mejor dicho, puede ser) un acto creativo o transformativo. El consumo es un acto de apropiación, por medio del cual mi decisión por un producto específico refleja algo sobre mí, y en la medida en que lo hace yo adquiero ciertos derechos culturales, tenues, difíciles de precisar, sobre el objeto y sobre la historia que el objeto cuenta. Remezclo el significado del objeto dentro del universo de significados particulares y personales que es mi propia identidad, y en ese sentido le atribuyo al objeto un significado singular, una combinación entre su narrativa “universal”, aquello que le dice a todo el mundo, y su significado particular, aquello que significa sólo para mí.

La construcción de la cultura

La mayor parte de nuestra cultura, desde hace muchísimo tiempo, está estructurada a partir de la tecnología del alfabeto. El alfabeto introdujo la posibilidad de la memoria más allá de las capacidades mentales de las personas: la posibilidad de dejar algo como texto escrito que sobreviva más allá de su autor. La introducción del alfabeto es ella misma revolucionaria: allí donde las fuentes de autoridad y conocimiento pudieron haber sido antes los ancianos, los sabios, se vuelven ahora los escritos. Al mismo tiempo, aparece la posibilidad de difundir una misma idea tan lejos como puedan difundirse escritos llevando esa idea. La introducción del alfabeto acaba con el ordenamiento oral de nuestra cultura para dar paso a una forma más “eficiente” de comunicación.

Pero la transformación se vuelve aún más radical con la introducción de la imprenta, que es para McLuhan “la arquitecta del nacionalismo”. La imprenta transformó por completo las estructuras de poder del medioevo: hasta antes de eso, la cultura y el conocimiento estaban limitados a aquellos espacios donde se podían almacenar, preservar y reproducir los libros copiándolos a mano. En el mundo medieval, esto significaba básicamente los monasterios y las universidades, ambos bajo la directa influencia de la Iglesia católica. Por lo mismo, el ordenamiento medieval estaba estructurado en torno a la religión, pues todo acceso a conocimiento estaba mediado en algún sentido por alguna dimensión del clero. Sólo los monjes tenían suficiente tiempo libre, y el conocimiento necesario, como para leer, estudiar, y reproducir, muy lentamente, los pocos libros existentes.

Cultura de masas

La imprenta y los libros impresos destruyen ese mundo. El conocimiento del operario de la imprenta sobre el contenido del libro resulta irrelevante, pues la máquina se encarga de hacer una reproducción mecánica, más rápido, a mayor escala. De un momento a otro, los monjes copistas ya no tienen sentido. En pocos años, el monopolio del acceso al conocimiento de la Iglesia ha quedado amenazado. Y las instituciones medievales no supieron adaptarse bien a esta transformación:

Los cambios en la época vinieron de la mano: la imprenta le dio a Lutero la posibilidad de reproducir de manera accesible una traducción de la Biblia al alemán, a la vez que promovía una conexión directa con lo divino más allá de la mediación del clero. La filosofía moderna con Descartes empieza a seguir un camino similar, abogando por un abandono de las tradiciones como garantes del conocimiento, y amparándose en las capacidades de la propia razón para alcanzar la verdad: la imprenta había introducido, también, la posibilidad de que hubieran autores (que publicaran sus propias verdades racionales). La imprenta permitió por primera vez la reproducción serializada a gran escala de un mismo contenido, lo cual hacía posible, mucho más rápido que antes, difundir ideas a través del mundo occidental, y reunir a poblaciones dispersas en torno a ideales comunes: es la época en que surgen los Estados-nación. La imprenta no es la causa única de todos estos procesos, pero ciertamente es uno de sus contribuyentes más importantes.

La idea de la producción masiva, secuencial, pronto empieza a aparecer en otros ámbitos. En La riqueza de las naciones, de 1776, Adam Smith empieza elogiando el principio de la división del trabajo como la base de un nuevo modo de producción, que permite producir más, y más rápido: los trabajadores adoptan funciones específicas, puntuales, y se especializan a lo largo de una línea de producción. Pero el modelo es quizás llevado a su culminación por Henry Ford en el siglo XX, quien introduce en gran medida la idea de la fábrica como la conocemos hoy: líneas de producción, armando productos masivos para su consumo masivo.

Y es que, a partir de la imprenta, surgió la posibilidad de que hubieran masas. Una misma idea era capaz de alcanzar enormes poblaciones sin pasar por un teléfono malogrado en el camino (con lo cual no sorprende que la concepción de la tecnología como un progreso creciente se origine en esta época). Un mismo contenido podía ser aprehendido de la misma manera por todos los lectores. De la misma manera podía un misma filosofía predominar en un continente, por la capacidad de difundirla, como un pensamiento o un partido político podían convertirse en un movimiento de masas. Y, también, podían producirse objetos para su consumo masivo, pues de la misma manera, la masa consumía indistintamente los productos porque tenía las mismas necesidades. El capitalismo estadounidense, una vez más, llevó el modelo de las masas a su culminación: a los grandes partidos de masas como el Demócrata y el Republicano, los acompañaban productos de consumo que apelaban a su generalidad: la General Motors, la General Electric, ofrecían productos genéricos para familias genéricas de la posguerra, que reproducían genéricamente sueños suburbanos genéricos.

Sin embargo, el predominio mismo de la imprenta vino a ser cuestionado con la introducción de nuevas tecnologías: en particular, nuevas tecnologías masivas como la radio primero, y la televisión después. Desde el punto de vista de la cultura del texto, estos medios ofrecían una manera más fiel de reflejar la realidad misma y de alcanzar extensiones aún más grandes: no solamente texto, sino sonido y luego imagen, ofrecían una configuración más completa del mundo como realmente era, y era posible transmitir estas imágenes más lejos y más rápido de lo que la imprenta permitía.

Dos cosas empezaron a ocurrir. Primero, ya desde el siglo XIX empieza, muy lentamente, a surgir un desencanto frente a la cultura de masas y sus diferentes mecanismos sociales: Karl Marx denuncia la explotación del hombre por el hombre que es inherente a los procesos masivos de producción; Sören Kierkegaard se preocupa por la pérdida de la identidad propia, que se diluye entre la igualdad de la masa; Friedrich Nietzsche señala que las promesas sobre las que se ha construido la cultura occidental son ilusorias. Con la Primera Guerra Mundial, Europa queda sumida en la depresión al contemplar la devastación de la que ha sido capaz.

Lo segundo es que, a pesar de ser medios similarmente masivos como la imprenta, la radio y la televisión empiezan a ofrecer una configuración distinta de la experiencia. Ya desde la introducción del cine, años antes, las reacciones del público habían sido considerablemente diferentes. Según un mito de la época, las primeras audiencias que se enfrentaron a la primera película de los hermanos Lumiére, La llegada del tren a la estación de La Ciotat, al ver por primera vez que un tren se aproximaba hacia ellos no supieron hacer otra cosa más que pararse y correr asustados hacia la parte de atrás de la sala.

Los nuevos medios ofrecían nuevas relaciones sensoriales que nos afectaban de diferentes maneras. Sobre todo, ofrecían una alternativa que rompía con la linealidad usual del texto: el audio y la imagen permiten que muchas cosas pasen al mismo tiempo, y de esa manera nos involucran de una manera diferente, como quiso hacer notar Godfrey Reggio en su corto, “Evidence”:

Pero el cambio cualitativo en nuestra experiencia se volvió tanto más radical con la aparición de la tecnología electrónica y su progresivo desarrollo desde las primeras computadoras personales hasta la era hiperconectada de Internet. Uno de los primeros comerciales de Apple, en 1984, reflejaba claramente la postura que las computadoras personales querían ofrecer frente a los medios tradicionales:

Cultura R/W

La tecnología electrónica no sólo nos trajo la inmediatez y la simultaneidad en las comunicaciones, sino que además nos trajo la interacción. La posibilidad de ejercer influencia sobre los contenidos que consumíamos, transformándolos en mayor o menor medida. Internet nos brindó acceso a aquello que incluso la televisión por cable no había podido: infinitos canales de información, limitados únicamente por la buena voluntad de personas dispuestas a compartir sus intereses en línea. Pero lo fundamental, en este punto, es una cuestión estructural: con la aparición de la tecnología digital, pasamos de un modelo cultural donde eran unos pocos los que tenían la posibilidad de difundir mensajes a gran escala (no sólo porque los canales eran limitados, sino porque además el costo de acceder a estos canales era enorme) a un modelo en el cual, potencialmente, cualquier puede convertirse en un nodo de información. Se trata del paso de una cultura ROM (Read-Only Memory, memoria sólo de lectura), a una cultura R/W(Read/Write, lectura y escritura).

Las implicancias para nuestra construcción cultural son enormes. Esto quiere decir que la construcción de nuestra cultura no es un derecho reservado a los pocos que tienen la capacidad de amplificar sus voces lo suficiente, sino que, de alguna manera y en alguna medida, personas con acceso a estos medios pueden ejercer también una influencia. Pero hasta aquí estamos un poco atrapados por el tecnoutopismo que promete liberaciones y revoluciones como si hubiéramos alcanzado una nueva etapa en la historia. Cuando, más bien, es pertinente considerar, siguiendo a McLuhan de nuevo, que todo cambio mediático ofrece tanto amputaciones como extensiones: así como nos permite hacer muchas cosas nuevas, también inevitablemente perdemos cosas en el camino que no debemos simplemente dejar de lado. O, como lo pondría Clay Shirky, “no es una revolución si es que nadie pierde”.

Es en este punto donde es pertinente coger este cambio de modelo de construcción cultural, y dar un paso atrás para preguntarnos por cómo estamos concibiendo el conocimiento sobre el cual se monta todo esto. Es decir, si la construcción de la cultura es un proceso que se abre mucho más allá de lo que estaba antes (y de ninguna manera podemos decir, ingenuamente, a todos), ¿qué implica eso para nuestra cultura? ¿Quién tendrá razón y quién no?

Extensiones de nuestros sentidos

Lo que sigue son cinco pequeños ensayos. O cuatro, o seis, según como nos vaya. En ellos espero poder capturar las ideas principales del curso que he venido dictando las últimas semanas, y son una ayuda para mí para ordenar las ideas centrales que quiero repasar antes de acabar el semestre. Todo es un trabajo en proceso, pero la oportunidad de preparar este curso me ha permitido sistematizar y articular varias ideas sueltas y revisar varios elementos de bibliografía que tenía pendientes hace tiempo.

Lo que quiero intentar únicamente mapear, e incluso eso es complejo, son algunas de las categorías en las cuales los medios, la tecnología y la cultura se intersectan en los últimos años y nos ponen en la necesidad de repensar una serie de conceptos y procesos sociales. Pero lo primero es abandonar una perspectiva un poco “ingenua” de la tecnología y de los medios, en especial – aquella que nos dice que los diferentes medios de comunicación son simplemente vehículos para transmitir contenidos mentales, pensamientos, y que nuevos medios y nuevas tecnologías nos permiten ampliar cada vez más el alcance de nuestros mensajes. Es decir, de ello se desprende que cada nuevo medio y cada nueva tecnología, en la medida en que amplifica nuestras capacidades, reemplaza y supera a la generación anterior, pero esencialmente para cumplir las mismas funciones. La idea de fondo que se esconde aquí es la idea de progreso: cada generación sucesiva de medios y tecnologías nos lleva más adelante en la evolución cultural humana, y la historia de nuestras tecnologías sería, entonces, también la escala del desarrollo por el que deben pasar los pueblos.

Sin embargo, la idea que queda oculta en esta perspectiva es el hecho de que los medios no son solamente amplificadores de mensajes – no es como que vamos mejorando nuestros modelos de megáfonos conforme pasan los siglos. Porque si observamos la historia de la humanidad, la introducción de nuevas tecnologías tiene influencias más grandes en los asuntos de los hombres, consecuencias que transforman su vida social y la llevan por un curso diferente, y no solamente una versión amplificada del de siempre. Ésta es la idea que Marshall McLuhan resumió en su famosa sentencia, tan mal comprendida, de que “el medio es el mensaje”: hay un significado cultural y social que hemos sistemáticamente dejado de lado en nuestro análisis de los medios de comunicación a través de la historia, que es la manera como la forma que le damos a un mensaje determina cosas sobre el mensaje. O lo que se puede extrapolar de lo mismo: nuestras tecnologías de comunicación no son sólo vehículos, sino que cada una tiene consecuencias diferentes en la manera como nos comunicamos. Los medios, y siguiendo a McLuhan podemos entender como medios a las tecnologías en general (en tanto todas ellas introducen variaciones en la manera como nos relacionamos socialmente), no son sólo el soporte material de la comunicación sino que son también los códigos de uso que se generan en torno al medio: su gramática. Cada nuevo medio introduce, por tanto, una nueva gramática a la par que un nuevo soporte material a través de los cuales nos comunicamos.

Las consecuencias de esto, para McLuhan, son amplias, porque las tecnologías representan diferentes extensiones de nuestros sentidos, y por tanto el proceso de cambio tecnológico tiene consecuencias que se reflejan en la reconfiguración de nuestra experiencia sensorial: los nuevos medios modifican nuestra noción de escala, de tiempo y de espacio, y si aceptamos esto, entonces llegamos a la conclusión de que el cambio tecnológico implica, básicamente, una reconfiguración de la realidad misma. En otras palabras: nuevos medios y nuevas tecnologías no vienen a reemplazar a las generaciones anteriores, sino que vienen a transformar el significado de lo que es comunicarnos y, al hacerlo, a transformar también el significado de los medios y las tecnologías que existieron previamente.

Esto nos brinda un marco novedoso para reinterpretar el proceso de cambio mediático en las sociedades contemporáneas, no como un proceso lineal sino esencialmente como un proceso orgánico y caótico. Pero nos pone también en una posición muy interesante para analizar lo que está pasando ahora: según McLuhan, esta perspectiva del cambio se nos hace evidente hoy día porque antes la tecnología no permitía que una misma persona observara, en el curso de su vida, los efectos de tecnologías fundamentalmente diferentes unas de otras. Con la llegada de la tecnología eléctrica y electrónica, en cambio, el proceso se sucede con tal velocidad que estamos en una posición distinta, tal que nos permite comparar la manera como nuestra experiencia se reconfigura conforme pasan los años. De ello mismo se desprende, entonces, el punto de partida para reinterpretar la tecnología y sus efectos en el mundo contemporáneo.

Lenguajes experimentales

Soy un poco desastroso para las convocatorias – resulta que el martes presenté una ponencia en el IV Simposio de Estudiantes de Filosofía, en la PUCP, pero me olvidé de avisarle a todos. En fin. Fue una presentación interesante, creo/espero, sobre varios temas que resultan familiares a los que siguen este blog. Para los que no pudieron estar – la gran mayoría de la humanidad – incluyo aquí tanto el fondo de imágenes que presenté, pero sobre todo, para tener un poco de contexto, también el texto en el cual está basada la presentación. (Incluí también unos videos que no puedo subir a la web, pero incluyo los links a sus versiones en línea también.) Creo que vale la pena notar que entre el texto original, y lo que terminó siendo la presentación, media una distancia considerable de lo que es, aún, un trabajo en progreso.

¿Sobre qué trata? Pues regreso sobre algunas ideas abiertas en mi presentación del año pasado. En la época de la explosión mediática en que vivimos, que nos obliga a reconfigurar cómo entendemos le mundo, ¿qué significado cobra el arte? ¿Cómo se reconfiguran las manifestaciones expresivas que tomamos por arte, y qué significado social adquieren? Sobre todo… ¿Cómo es que los medios y las artes se las pueden arreglar para generar experiencias transformadoras de la realidad? Son muchas preguntas abiertas que espero, por lo menos, conseguir plantear de modo interesante.

Comentarios bienvenidos. Por si acaso, el Simposio corre hasta mañana por la tarde en la PUCP, para los interesados.

Buscando el aura

Benjamin dixit:

Resumiendo todas estas deficiencias en el concepto de aura, podremos decir: en la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sintomático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general: la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible.

Y sin embargo:

El medio es el mensaje.

Fuerzas que se resisten

Un post en el blog El Estanco me hizo recordar (gracias, Javier) otro post mío de hace un tiempo sobre qué es un mashup, donde ponía como ejemplo el clip de video Read My Lips parodiando la relación Bush-Blair. Naturalmente tuve que volver a verlo, y así como quien no quiere la cosa me encontré con este otro, de allá en la prehistoria de 1992:

El video es considerablemente más largo, pero lo interesante más bien es la discusión que viene después. Esto parece ser un programa político del momento, comentando la campaña presidencial entre Bush padre y Clinton esposo (qué pintoresco tener que hacer esas aclaraciones). Los panelistas que comentan esta forma muy temprana, muy MTV en sus primeros días de mashup están escandalizados, porque consideran que este tipo de comunicación perjudica la base del proceso político por inspirar cinismo en el público, sacar clips fuera de contexto, y ridiculizar a los protagonistas. En última instancia, dice uno, hace que nadie quiera liderar por el temor a ser ridiculizado de esa manera.

En uno de los libros que más me han fascinado, Understanding Media, Marshall McLuhan señala cómo una forma de medio de comunicación se resiste a ser reemplazada por otra, en el sentido más amplio: como todo el sistema cultural que se construye en torno a un medio se resiste y se defiende ante uno completa o parcialmente nuevo que viene a introducirse en un mismo contexto. Finalmente es reemplazado (aunque diría Henry Jenkins, en otro libro que me ha fascinado últimamente, que nunca desaparece, sino que convergen en una suerte de nuevo equilibrio donde ambos se ven transformados).

Fijémonos en el video: vean a los comentaristas, vean su ropa, escuchen su tono de voz, las palabras que utilizan. El formato del programa, la manera como el conductor les hace preguntas. Todo encaja de alguna manera, todo funciona dentro de un sistema sutilmente complejo de asociaciones culturales en los cuales queda claro quiénes saben cosas, quiénes son expertos (los panelistas con credenciales, libros, y buena ropa) y quiénes no deberían tener derecho a opinar porque desprestigian el proceso político (la generación MTV editando videos tendenciosamente).

No quiero que entremos en un juego inútil de ver quién tenía la razón o no, pero avancemos 16 años. Ya he comentado antes sobre el genial video que Will.I.Am preparó para la campaña de Obama (y también hay versión para McCain… o algo por el estilo), y como ése existen cientos de videos de ciudadanos, principalmente jóvenes, que toman la campaña política en sus propias manos, se la apropian, y hacen con ella lo que quieran. Hoy día no lo llamamos perjudicas y desvirtuar el proceso político: hoy lo llamamos el proceso político mismo (al menos algunos de nosotros lo hacemos). Lo llamamos medios participativos, periodismo participativo, etc.

Pero no es sólo política, y no es sólo tampoco la política o la cultura estadounidense. De una manera u otra estamos presenciado procesos similares de apropiación en todas partes, con diferentes tipo de complejidades. En el Perú los bloggers cobran fuerza, empiezan a hacer destapes y a interactuar con el periodismo, digamos, del “establishment”. Las corporaciones empiezan a ver con preocupación primero este proceso, y luego con curiosidad, pues existe potencial en la idea de dejar que los consumidores se apropien de tu marca, y la lleven por lugares no planeados. Pero en ese momento dejan de ser simples consumidores, y son también productores, transformadores.

Lo que nos volvemos, más o menos, rápida o lentamente, es en una cultura de “mashuppers”. En cierta medida siempre lo hemos sido, porque la cultura se construye, finalmente, a partir de pedazos y retazos que tomamos individualmente, sacamos de contexto y reinterpretamos. Sólo que hay es más rápido, en mayor escala, y más visible: tenemos más y mejores herramientas para desarmar cosas que existen y hacer nuevas cosas con eso. Y si nuestra cultura empieza a configurarse así, empezamos a transponer este enfoque a todo: descomponemos el proceso político y lo configuramos en nuestros términos, descomponemos procesos sociales y los rearmamos de maneras nuevas, y así sucesivamente.

Si te estás preguntando si esto es bueno o malo, mejor o peor, estás haciendo la pregunta incorrecta.

In Medias Res: Medios, mensajes y compromiso

En el último Simposio Metropolitano de Estudiantes de Filosofía, tuve oportunidad de presentar dos trabajos. El primero de ellos llevaba el mismo título que este post; surgió a partir de un trabajo que preparé el ciclo pasado para un seminario sobre Kierkegaard y el pensamiento del cine.

Presentarlo fue en gran parte un experimento. Por un lado, opté por no basarme en un texto, como suele ser el caso, y en cambio presentar en todo el sentido de la palabra. Utilicé una presentación hecha en Powerpoint con todos los riesgos que ello conlleva, pero hice todo lo posible para no causar una “muerte por Powerpoint” y en cambio comunicar efectivamente un mensaje. Creo que el resultado fue en general positivo: no estar sentado detrás de una mesa, leyendo un texto, ofrece una oportunidad de vincularse de manera mucho más cercana con el público, y creo también de comunicarse más clara y efectivamente. Pero como todo, son cosas que tienen que irse puliendo.

Ésta fue la presentación que utilicé en esa ocasión:

El texto original a partir del cual realicé la presentación pueden también descargarlo aquí.  Comentarios son siempre bienvenidos.

Medios y mensajes

El trabajo del profesor de antropología Michael Wesch y su taller de etnografía digital se ha vuelto sumamente popular, particularmente en YouTube y en general en la web, en los últimos meses. Hace ya tiempo incluí uno de sus clips en un post sobre aprendizaje y nuevas tecnologías, y hoy he encontrado un par de clips nuevos que ameritan exposición y comentario. Esto porque en ellos se evidencia una tensión latente y creciente pero que nos está costando mucho entender: los medios a través de los cuales nos expresamos y nos comunicamos están cambiando, y con ellos la manera como nos relacionamos con los contenidos y con los demás. El cambio es abrupto y radical, y las viejas estructuras no se adaptan con la misma velocidad que el cambio.

El resultado es claro en el caso de la educación, donde se hace crecientemente difícil conectar el contenido con los alumnos acostumbrados a algo… diferente. Desde que empecé a dictar clases de prácticas esto se me ha hecho más notable: es difícil hacer que un alumno con un “MTV attention span” se concentre en leer a Kant por dos horas. Hay que encontrar la manera de relacionarse con el contenido, de volverlo más cercano, de ponerlo en un lenguaje común. Esto no debería ser demasiado difícil, visto que aún sigo siendo estudiante. Pero aún así, el contenido mismo, y sobre todo la fuerza de la costumbre en la que uno es formado, hacen que no sea una tarea tan fácil.

Uno de los clips que encontré hoy enfoca justamente esta problemática, desde el punto de vista de los alumnos: ¿cómo aprendemos? ¿Cómo estructuramos el contenido? ¿Cómo debería entonces enseñarse? Conforme pasa el tiempo, se vuelve cada vez más claro que las formas conocidas de transmitir conocimiento funcionan cada vez menos.

El otro de los clips va en la misma dirección, y está directamente relacionado. ¿Cómo conocemos hoy? Antes, nuestras estructuras de conocimiento reflejaban en mayor o menor medida la manera como almacenamos la información. Archivadores, categorías, índices alfabéticas y cosas así. Pero hoy eso ya no tiene sentido. Estamos en la era de la búsqueda, cuando Google y las bases de datos relacionales, junto con la velocidad de computación creciente, hacen que la búsqueda de información sea trivial. La información misma se vuelve trivial, una vez que es tan fácilmente accesible. ¿Qué hace el usuario? Tiene que aportar algo nuevo, algo personal, algo que no esté en la simple data, para poder justificar su existencia. Saber la información se vuelve trivial. Entenderla, procesarla, agregarla, interpretarla, se vuelven los verdaderos elementos diferenciales.

La medida en que estos cambios lo están transformando todo es difícil aún de discernir. Marshall McLuhan señaló hace buen tiempo ya que el medio es el mensaje: que el medio reconstituye su contenido, y no es, como podría creerse tradicionalmente, un simple vehículo de contenido. Hay algo más que la forma aporta, algo determinante, y determinante a su vez en relación con el sujeto que consume información, que consume medios.

Y es éste un problema que me viene fascinando cada vez más. ¿Cómo aprendemos y cómo educamos hoy? Los métodos tradicionales brillan por su falibilidad, pero al mismo tiempo, hay ciertas cosas del establishment académico que podríamos querer mantener. No se trata simplemente de cambiarse a la moda y tirar todo por la ventana. Pero sí se trata de reprocesar, de reinterpretar el aprendizaje y preguntarnos qué se puede esperar de un alumno aprender. Regurgitar datos se vuelve una función trivial que una computadora puede hacer por sí sola. La idea misma de erudición se vuelve relativa.

¿Entonces?

La educación se vuelve un proceso más complejo, donde se debe enseñar con mayor profundidad las vicisitudes de consumir y producir información, y de hacerlo, además, de manera responsable. A todas las formas de alfabetismo y analfabetismo que conocíamos, ahora agregamos el alfabetismo mediático como elemento central en la formación actual de ciudadanos y consumidores responsables e involucrados. En muchas medidas y dimensiones esto se hilvana con otra serie de fenómenos que se vienen dando en paralelo, y por eso, hoy no podemos más que repensar, replantear, probar y ver qué pasa: política, economía, negocios, cultura, sociedad, medios, arte, producción, consumo, familia, redes sociales, comunidades, etc.

El medio está transformando todos los mensajes.