Por qué “No”

El tema de la revocatoria a Susana Villarán como alcaldesa de Lima me parece, personalmente, el punto más bajo al que ha llegado la política peruana – o más bien limeña, porque no puedo hablar realmente por todo el país – en los últimos años. Y eso es decir bastante. Pero ya nada tiene sentido, es un Juego de Tronos criollo donde los ciudadanos podemos poco más que contemplar y preguntarnos por qué las casas se pelean entre ellas con nosotros de por medio.

No voy a poder votar en esta revocatoria por estar en el extranjero, y sorprendentemente no me considero afortunado por ello. Va a ser una votación muy ajustada y seguramente cada voto hará la diferencia, aunque suene trillado. De modo que mi inequívoco voto por el “No” no podrá ser contado. Pero lo que sí puedo hacer es, al menos, explicar las razones por las que, si pudiera votar, votaría por el “No”.

Las cosas que sabemos

La revocatoria es, efectivamente, una facultad legítima. Mal utilizada con abundante frecuencia, pero finalmente legítima. Pero la revocatoria tiene un sentido que, aunque susceptible a diferentes interpretaciones, apunta a condiciones objetivas: revocar a una autoridad que abusa de sus funciones o comete actos de corrupción. Es un mecanismo cuyo sentido es proteger al ciudadano del abuso de la autoridad.

Pero el argumento que sustenta la revocatoria sobre la base de la eficiencia no es convincente. Primero porque ha sido desmentido repetidamente, en el caso más reciente por un artículo en la revista Poder. Si hacemos las comparaciones respectivas, los primeros años de la gestión de Susana Villarán no sólo no han sido menos eficientes que los de sus predecesores inmediatos, sino quizás han sido hasta más, según varias de las cifras oficiales. Que la capacidad comunicacional de la Municipalidad de Lima haya sido casi nula en el mismo tiempo de gestión es algo totalmente cierto, pero que no invalida por sí mismo lo que sí ha ejecutado. Sobre todo, no es una buena justificación del hipotético “revocador responsable” que dice ser un votante informado pues, si efectivamente lo fuera, conocería la información detrás del vacío comunicacional.

Decir que la persistencia de problemas estructurales, o incluso su agravamiento, como la inseguridad ciudadana o los problemas de tráfico y transporte, son motivo suficiente como para considerar la gestión ineficiente, es también una falta importante de perspectiva. Primero, porque a pesar de que indudablemente le afecta directamente, la MML no tiene toda la injerencia ni capacidad como organismo para lidiar con estos problemas. Recordemos que los serenazgos distritales sólo existen, primero que nada, porque la Policía Nacional no es capaz de darse abasto y responder efectivamente a problemas locales. Pero garantizar el orden interno es primeramente responsabilidad del Ministerio del Interior, el cual por lo menos debería marcar la pauta y llevar la agenda sobre el tema. La MML no puede en este tema sino llevar a cabo reformas superficiales o a lo mucho intentar convocar a los actores responsables, pero el que respondan termina estando fuera de su esfera de influencia (o al menos, así queda a la falta de operadores políticos experimentados).

Algo parecido ocurre con el transporte: Susana Villarán no ha venido a causarte el tráfico de Lima. Años sucesivos de malas políticas de transporte, junto con crecimiento económico y mayor acceso a crédito tienen efectos que se componen durante mucho tiempo. La falta de articulación institucional en la materia no ayuda: que el Ministerio de Transportes pueda sacar adelante un proyecto de tren eléctrico que no esté desde el principio diseñado para articularse con el proyecto ya existente de buses segregados de alta capacidad es una muestra de que la responsabilidad, de nuevo, no recae sólo sobre la MML. Y de hecho, el compromiso demostrado con la reforma de transportes, en contra de continua presión política, es definitivamente un paso importante en la dirección correcta.

¿Quiere esto decir que la gestión Villarán está libre de polvo y paja, y es una gestión maravillosa? No, en ningún momento dije eso. Hay cosas que rescatar, especialmente a nivel de construcción institucional, así como también varias que criticar – el vacío comunicacional siendo una de las más importantes. Pero que se le pueda y deba criticar no quiere decir que se le deba revocar. Por cualquier ángulo que lo mire, la revocatoria NO se justifica sobre la base de los argumentos que se circulan. Y el instrumento de la revocatoria no está diseñado simplemente para expresar tu desacuerdo – para eso están las elecciones. Si no te gustan sus políticas, y aún así gana, pues así como defenderías la revocatoria deberías defender su legitimidad para terminar su periodo de gobierno. El “referéndum” sobre si un alcalde debe seguir o no es su capacidad para postular a la reelección. La revocatoria es un instrumento diseñado para lidiar con el abuso. Y que no esté de acuerdo con tus políticas personales no es una forma de abuso, es justamente la base de la arquitectura democrática.

Las cosas que sospechamos

De modo que, si el voto a favor de revocar a Susana Villarán no está motivado por la eficiencia o efectividad de sus políticas públicas y “obras”, entonces es, a falta de una mejor palabra, un voto estrictamente político, en su sentido de manejo de intereses. No tienen nada de malo que se manejen intereses: pero sí tiene mucho de malo que se me vengan con huevadas a tratar de justificarme el voto revocador por cualquiera de las razones anteriores, o tratar de escudar el “no me cae” o la izquierdofobia debajo de la fachada institucional de la revocatoria como “ejercicio de la democracia”.

Pero esto es contraproducente por dos razones. La primera es que votar por el “Sí” es un autogol. Es no sólo preservar, sino radicalizar todas las razones por las que supuestamente se apoya la revocatoria. En este momento, Susana Villarán, desde su precaria posición política, es el dique de contención de una serie de cosas: el descontrol en el transporte público, el descontrol en el ordenamiento urbano, etc. Si es revocada, sea quien sea que entre no va a tener siquiera el endeble aparato político para continuar y defender estas reformas estructurales. Que una ciudad del tamaño y complejidad de Lima pierda 18 meses durante un momento de transformaciones profundas es indefendible y, a la vez, irrescatable. Todas las razones que se argumentan para estar a favor de la revocatoria son precisamente las razones por las que habría que estar en contra.

La segunda razón es que reventar ese dique de contención va a generar una serie de vacíos de poder por todos lados. Todos los espacios que la MML ha recuperado o ganado quedarían de un día para otro abiertos al mejor postor: las reformasp pueden ser desarmadas por sus opositores, la gestión enflaquecida obligada a recurrir a todo tipo de consultores y proveedores externos para cumplir con funciones básicas sin ningún tipo de fiscalización o control, y, especialmente, el vacío político cooptado por una serie de personajes que hoy dicen no ser los dueños del circo. Pero al final, todo parece estar armado de tal manera que puedan cómodamente deslizarse a esos vacíos de poder, políticos y organizacionales, y enquistarse en todos sus niveles. No hay corrupción en las gestiones previas si no hay quién la investigue, no hay negociados políticos y pactos de no agresión que han durado años si no hay quién los denuncie y enfrente.

Pero por alguna razón, que no comprendo, al que apoya la revocatoria todo esto parece no importarle, porque “Susana no hace nada”, o porque simplemente le cae mal y que se vaya. Por eso la revocatoria es como la democracia deliberativa, funciona todo lindo en experimentos conceptuales donde todos saben lo que quieren y respetan las condiciones dentro de las cuales pueden intentar conseguirlo.

La revocatoria es la paradoja perfecta en la cual nadie sabe realmente qué quiere, y para intentar conseguirlo hacen cualquier cosa con las reglas de juego para finalmente conseguir exactamente lo contrario.

Circuitos de desinformación

Hay tantas lecciones que sacar del pequeño escándalo que circuló en Lima el último par de días respecto a Taxi Satelital, que vale la pena tomarme un café y tratar de desmenuzar el asunto.

El escandalete

Taxi Satelital es una empresa que brinda el servicio de taxis en Lima pedidos por teléfono, que llegan entre 10 y 15 minutos luego de llamarlos y por la conveniencia y por brindar un poco más de seguridad que un taxi de la calle, son también más caros. Dentro de todo mi experiencia personal con ellos ha sido buena, y nunca he tenido problemas. Hace un par de días empezó a circular por Facebook y Twitter una denuncia de una chica que afirmaba haber sido drogada, secuestrada por tres horas y finalmente robada en un taxi que pidió a dicha empresa:

La denuncia empezó a circular furiosamente porque la empresa se ha vuelto enormemente popular por la facilidad del servicio, pero lo extraño era que la denuncia se sostenía sobre sí misma. No había mayor ampliación, cobertura o información más que dada por la misma persona que denunciaba. Pero hoy, hace un rato, en el programa de Rosa María Palacios salió toda la evidencia abrumadora que en gran medida desmentía la denuncia:

Aunque es posible que esto aún pueda seguir girando y ampliándose, en realidad la evidencia me parece hasta ahora bastante decisiva. Pero en todo caso, no es tampoco lo que me llamó más la atención.

Circuitos de desinformación

Lo fascinante de esto es en primer lugar la velocidad con la que se difundió la información sin mayor reparo en su contenido o veracidad. Esto es, claro, sólo un ejemplo de una larga lista: es también así como todos los días matan a alguien en Twitter para ser desmentido horas o minutos después. De la misma manera, la gente empezó a retuitear y compartir la información una y otra vez, con pocas preguntas de por medio al respecto de lo que estaba siendo recirculado.

Los circuitos de información que hemos construido no están diseñados para observar ningún tipo de criterio de veracidad. Los que solíamos utilizar sí, quizás, tenían incluidos una serie de filtros para asegurar la calidad de la información que circulaba: periodistas, editores, fuentes, formación profesional, filtros monetarios, licitaciones de espectro radioeléctrico, etc. Pero los nuevos a los que tenemos acceso ahora carecen de todos los filtros con los que habíamos aprendido a convivir.

El resultado es que el circuito de información es exactamente igual de eficiente para convertirse en un circuito de desinformación. Y como se solía decir sobre el software de Microsoft, “it’s not a bug, it’s a feature“: esto sólo se puede entender como un problema cuando se le observa desde el punto de vista de los circuitos anteriores y sus filtros. Lo que ganamos con capacidad comunicacional y expresiva viene con el trade-off de que obviamos los filtros de calidad y nos encontramos potencialmente rodeados de desinformación en cualquier momento dado. El problema, entonces, pasa a ser otro: que al hacer uso de estos nuevos circuitos lo hagamos como si fueran los viejos circuitos. El problema es cuando dejamos de suponer que nada viene con ninguna garantía y que cualquier filtro de calidad termina siendo una responsabilidad personal.

Verosimilitud vs. certeza

¿Por qué consigue este tipo de información difundirse así? ¿Por qué le hacemos caso? ¿Qué es lo que deberíamos observar frente a la información que recibimos o encontramos en línea?

Pues hay dos cosas a tener en cuenta. La primera es que es importante una buena dosis de sano escepticismo. Sólo porque algo está online, no quiere decir que sea verdad – sólo quiere decir que está online (dicho sea de paso, lo mismo aplica en mayor o menor medida a cualquier información en cualquier otro medio). De modo que tenemos que hacernos mucho más fuerte el hábito de dar un paso atrás e interpelar a la información cuando la consumimos, hacerle preguntas, indagar sobre sus fuentes, etc.: ¿Quién publica esto? ¿De dónde sabe lo que dice? ¿Por qué lo hace? ¿Qué ha publicado en el pasado, y qué pasó con eso? En el fondo es muy simple: si en verdad no puedes tener ni mediana claridad respecto a este tipo de preguntar sobre cualquier cosa, ¿entonces por qué lo compartirías? Al final, todo lo que publicas en tu muro de Facebook o tu feed de Twitter dice inevitablemente algo sobre ti. Si publicas consistentemente información falsa, sin verificar o cuestionable (por ejemplo, si sigues publicando links sobre el apocalipsis maya) terminas poniéndote entre paréntesis como fuente de información. Es un poco como Pedro y el lobo, digamos, pero sin el final de fábula: simplemente te dejo de seguir o, por lo menos, te dejo de hacer caso.

La segunda es el estatuto epistemológico de la información que consumimos todo el tiempo, cada vez más rápido. ¿Qué es lo que evaluamos cuando leemos este tipo de noticias en la web? Claramente no estamos evaluando la certeza de la información que encontramos, porque no podemos: yo no puedo verificar todas las fuentes, la data, la información, para todo lo que leo. De modo que debemos suponer de entrada que no tenemos certeza en estos casos. Lo más que podemos decir en estos casos es que la información nos parece verosímil: si asumimos que las premisas son verdaderas entonces la conclusión tendría que ser verdadera también, y atribuimos esa verdad transitoria a cosas como el registro histórico de la fuente o la persona. No podemos decir mucho más al respecto. Y tampoco deberíamos esperar mucho más sobre lo que leemos o vemos: la información que circula activamente no lo hace en función a su valor de verdad o certeza (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser realmente cierto”), sino en su capacidad de verosimilitud (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser que muchos consideran que realmente podría haber pasado”). Diferencias sutiles pero epistemológicamente importantes.

¿Pero por qué era verosímil? El problema de los taxis en Lima

Lo triste de todo esto está en el contenido mismo de la denuncia: la persona afirmaba haber sido drogada, secuestrada y robada en un taxi. Y todos los que lo vimos, sabiendo lo que sabemos sobre los taxis en Lima, consideramos que era una posibilidad verosímil: esto realmente podría haber pasado, aún si la manera como está presentado me hace tener dudas al respecto.

No creo ser el único que piense que esto es terrible. Uno no debería tener miedo de tomar un taxi y ser drogado, secuestrado y robado, por muy grande y caótica que sea la ciudad en la que uno vive. Eso está mal, y está doblemente mal porque no debería ser tan difícil de evitar, y triplemente mal porque no se me ocurre que nadie pudiera razonablemente oponerse o resistirse a un esfuerzo de este tipo.

Tanto la inseguridad como el caos del transporte en Lima están en niveles absolutamente sin precedentes. Y es inevitable que eso nos tenga a todos un poco alborotados, al punto en el cual una denuncia de este tipo es inmediatamente verosímil y nos lleva a rebotarla lo más rápido posible como precaución (un poco en la onda dispara primero, haz preguntas después). Sin embargo, no parece que nos lleve a la cuestión de fondo de por qué esto se hace verosímil:

  • ¿Por qué Lima no tiene un registro de taxis y taxistas oficial, centralizado, actualizado, que se pueda efectivamente hacer cumplir?
  • ¿Por qué sigue siendo posible que en una ciudad de la magnitud de Lima, y con sus problemas, uno pueda volverse taxista comprándose un cartel de taxi y poniéndolo sobre su auto?
  • ¿Por qué, como ciudadanos y pasajeros, seguimos tolerando un sistema que perjudica a todas las partes, no brinda ninguna garantía y genera una enorme inseguridad?
  • ¿Por qué no hay un código mínimo de derechos y responsabilidades tanto de taxistas como de pasajeros?

No me parece que uno tenga que irse a Suiza para implementar cosas como ésta. No puede ser que cualquier pueda ser taxista porque se le ocurrió, o por lo menos, no es aceptable cuando eso genera los efectos negativos que tenemos: que un taxi pueda robarte, que genere un exceso de oferta que se trae abajo el precio y que además genere un exceso de tráfico. Nos hemos acostumbrado a cosas como negociar la tarifa en medio de la calle, a viajar en autos en mal estado, o incluso vehículos que tienen una jaula instalada para proteger al conductor, que tampoco puede saber si el pasajero lo asaltará o no. Nos hemos acostumbrado a revisar la maletera para ver que no haya nadie escondido, a bajar la luna para que no nos puedan “drogar con algo”, y a escuchar que “no, para allá no voy” como si fueran cosas normales. Y en realidad el único beneficio que se me ocurre es que, a cambio de todo eso, los taxis en Lima son ridículamente baratos.

Me resulta difícil pensar que alguien pueda estar contento con el estado actual de las cosas, una situación tan precarizada que cuando nos encontramos como una denuncia como la de arriba, consideramos que es posible y nuestra respuesta no es indagar ni resolver el problema de fondo, sino tachar a la empresa y buscar otra. Pero éste es un problema donde ni siquiera se necesita implementar infraestructura pesada, sino tan sólo establecer mejores controles y sistemas de información, al menos como primer paso. Como para dejar de entrar en pánico cada vez que tu taxi dobla por una esquina que no conoces.

Susana Villarán y la conquista del imaginario limeño

Regreso a Buenos Aires luego de pasar un mes en Lima, y aún estoy en el lento proceso de reconexión con la realidad. Lima celebró hace unos días el aniversario 477 de su fundación en medio de una polémica y bizantina discusión sobre su administración: un grupo “independiente” de “ciudadanos preocupados” ha lanzado una iniciativa para conseguir la revocatoria de la actual alcaldesa, Susana Villarán, y de todos los regidores del gobierno municipal.

Muchas cosas de este iniciativa por la revocatoria me son incomprensibles. Para el tipo de discurso que se escucha por estos días en diferentes medios limeños, uno esperaría que Lima se hubiera convertido en un infierno imposible de vivir y tolerar como para haber tal grado de odio y rechazo hacia la alcaldesa, y mi experiencia antes y durante este mes ha sido que eso está lejos de ser verdad. En el PEOR de los casos, creo que uno estaría obligado a decir que Lima está “igual”, y difícilmente eso podría ser justificación para una revocatoria. Por otro lado, es una gestión que apenas tiene un año en el ejercicio de sus funciones, y aunque no creo que eso sea justificación como para no hacer cosas, sí creo que para la magnitud del aparato que debe movilizarse es poco probable que en un año se puedan tener resultados tangibles y demostrables.

Más aún, me es completamente incomprensible la calidad del discurso. No sé cómo, pero la “tía regia” se las ha arreglado para acaparar odios por todas partes, y he leído y oído diversas manifestaciones viscerales en su contra que son horriblemente preocupantes – preocupantes porque, antes que nada, enarbolan una bandera de “me zurro en el voto popular” y de querer sacarla a cualquier costo.

Pero en fin, gente más inteligente e informada que yo ya se ha dedicado al proceso de desmitificación sobre los logros de la gestión Villarán – sobre los montos reales del presupuesto de inversiones ejecutado, sobre las percepciones de los vecinos de La Herradura sobre la obra, sobre “el olón”, sobre el tráfico en el centro de Lima, etc. Así que no quiero detenerme más sobre ello, como tampoco quiero detenerme a echar luz sobre el cargamontón mediático que, me parece, existe claramente, pero no es por sí solo justificación de los resultados de aprobación de su gestión que se han publicado en los últimos días.

Ya es casi un lugar común decir que el problema de la gestión Villarán no es, valga la redundancia, un problema de gestión, sino uno político y mediático, de comunicaciones. Que al adoptar la posición moral de que “la esperanza vencerá al miedo” lo único que hace es someterse innecesariamente a un apanado mediático, además de cerrarse al mismo tiempo la posibilidad de defenderse o incluso de contraatacar. La situación actual me recuerda a la escena en El Padrino cuando Michael Corleone decide reemplazar a Tom Hagen como el consiglieri de los asuntos familiares, diciéndole que “él no era un consiglieri para tiempos de guerra”. Desde mi percepción externa, es un poco lo mismo lo que ocurre con la gestión Villarán: siguen jugando desde la posición moral, platónica, de que el Bien brilla por sí mismo, la esperanza vencerá al miedo y que no tienen necesidad de responder. Y, por lo mismo, los acribillan como a Sonny Corleone en la caseta de peaje.

Desmitificar las acusaciones está perfectamente bien, pero mi principal incomodidad – y lo digo habiendo votado por la actual alcaldesa – es que no hay una contramitificación, una remitificación del trabajo de la Municipalidad. La alcaldía no nos está construyendo un mito del cual participar, una historia de la cual ser parte: no puede ser el bus patrón, no puede ser el Metropolitano, no pueden ser corredores viales. Tiene que ser una gran idea, un eje que lo articule todo y que yo quiera comprar – y sí, algo que quiera comprar para mí, no para todos o para los demás. El slogan de “Lima para todos” es moralmente correcto y políticamente inclusivo, ¿pero cómo es eso Lima para mí? ¿Cómo “chorrea” el crecimiento de Lima para todos hasta mí?

Mi percepción es que lo que más necesita la alcaldesa en este momento es construir un mito, un mito enorme sobre la ciudad de Lima, un mito que inspire a la gente. Una gran idea que capture un creciente orgullo de los limeños por su ciudad y un optimismo hacia las posibilidades que les ofrece en los próximos años. Convertir la imagen de Lima de desordenada, gris e insegura en la expectativa de una ciudad emergente, de oportunidades para sus habitantes, de cosas por hacer. No entiendo cómo es posible que la Municipalidad no esté aprovechando, por ejemplo, el Bicentenenario del 2021 como gran idea eje, o incluso el aniversario 500 de Lima, como excusas perfectas para construir una imagen de la Lima del futuro. El aniversario 500 de Lima está a sólo 23 años, lo cual en términos de grandes obras públicas es relativamente pronto.

Tener un gran mito transformador sirve dos propósitos importantes. Si hablamos de Lima 500, por ejemplo, es una idea que inspira y motiva. ¿Para qué hacemos esto? ¿Para qué nos comemos el desvío del tránsito, las pistas rotas, las ordenanzas? Lima 500. En 23 años queremos hacer que Lima sea la nueva capital de América Latina, el rostro sudamericano hacia el Pacífico y hacia Asia, capital gastronómica mundial, etc. Para eso, estamos poniendo los cimientos hoy día. Y a pesar de ser la construcción de un mito, eso no quiere decir que sea mentira ni que esté desprovisto de contenido: es solamente una ilustración de cómo queremos que se vea nuestro futuro. Por ejemplo, el otro día estaba leyendo el artículo de Wikipedia sobre el Metro de Lima, e incluía el siguiente mapa:

Es un mapa de la red propuesta del Plan Maestro de Transporte Urbano de Lima y Callao, desarrollado en el 2005 y finalmente reemplazado por el mapa de la red básica, que tiene cinco líneas en lugar de las siete de la red propuesta. Todo bien con la dosis de realidad para efectivamente implementar el Metro, y no digo que no debamos ser realistas en la gestión urbana, pero sí quiero decir que la Lima del futuro, la Lima 500, el gran mito fundacional que la Municipalidad necesita hoy día, está lleno de cosas de este tipo: una Lima con siete líneas de Metro, conectadas con el Metropolitano en estaciones articuladas con un sistema electrónico de boletos y rastreo electrónico de los vehículos para que uno sepa cuándo debe salir de su casa para tomar el siguiente bus o tren. Es corredores peatonales en el centro, es reducción del parque automotor con un transporte público en el cual uno viaje tranquilo y no como sardina a un precio razonable, ahorrando tiempo y dinero. Es corredores comerciales en diferentes puntos de la ciudad, planificados con años de anticipación, para que la gente pueda poner negocios, tiendas, restaurantes, distritos temáticos con incentivos para instalar empresas de alto valor. Es formular la idea de una ciudad con 500 años de historia, capaz de mejorar la calidad de vida de 10 millones de personas que viven en ella.

Tener un mito le permitiría a la Municipalidad movilizar, articular, inspirar a la gente y dejar muy clara la idea de para qué se está trabajando, cuál es la meta a la cual se quiere llegar. Y por lo mismo, maquiavélicamente hablando, tener un gran mito fundacional que movilice a la población se vuelve un arma defensiva importantísima: permite exponer, pública y claramente, que la Municipalidad está haciendo *esto*. Por tanto, la revocatoria de la alcaldesa se convierte en el sabotaje del futuro de Lima, se convierte en estar en contra de una imagen de la cual la gente quiere participar. Si “Lima 500″ o “Lima 2021″ ofrecieran el plan maestro de hacia dónde va la ciudad, la revocatoria significaría estar en contra de un plan de esta envergadura. Si la población estuviera movilizada bajo una gran idea de este tipo, no sólo sería más fácil hacer las cosas, sino que sería más fácil también defenderse de los ataques.

Sí, mis razones para pensar en algo así son completamente maquiavélicas, y es el uso de la estrategia como táctica. Pero, por un lado, no veo muchas alternativas para que la Municipalidad se defienda efectivamente con los recursos disponibles, y por otro lado, veo mucho valor de realmente tener un plan y un mito de este tipo. Tal como están las cosas, la gestión Villarán necesita ganarse de un considerable capital político y mediático para siquiera poder operar efectivamente. Ese capital político y mediático puede ser conquistado a través de la conquista del imaginario público y la construcción de un futuro deseable para los limeños.

El Ciclo Hacker: Presentaciones en Lima, 9 y 12 de setiembre

La próxima semana estaré por unos días en Lima y ha coincidido con la oportunidad de realizar una serie de presentaciones en varios contextos, en las que estoy mashupeando ideas que vengo trabajando y presentando en las últimas semanas aquí en Argentina. Pero estas presentaciones también me dan la oportunidad de ampliar y puntualizar un poco más estas ideas.

Lo interesante del asunto es que ha coincidido también con que la temática de los eventos es más o menos próxima. Así que estoy intentando formular la temática de las tres como un sólo arco continuo, abordando temas de la cultura hacker y el lenguaje y la cultura de los nuevos medios desde varios puntos de vista. De modo que en tres presentaciones estaré elaborando el Ciclo Hacker: una exploración filosófica de la idea de hackear (en una lectura amplia del término) y sus ramificaciones culturales y políticas.

¡Espero verlos por ahí!

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo: Filosofía para épocas de apocalipsis financiero.
Viernes 9 de setiembre, 3:45pm, Auditorio de Humanidades de la PUCP.

Estaré de regreso en el VII Simposio de Estudiantes de Filosofía de la PUCP, lo cual me encanta porque es volver a un evento en el que he podido presentarme casi todos los años recientes, desde que estaba estudiando en el pregrado. El título de la presentación es obviamente una alusión a Weber, pero ésta no es una presentación sobre Weber. Es, más bien, una exploración de los conceptos que subyacen a la ética hacker (articulados en algunos de sus textos fundacionales). Y lo que quiero hacer con esto es ver cómo algunos de estos principios están manifestándose en las tecnologías que usamos y convirtiéndose en patrones de comportamiento y culturales cada vez más difundidos. Al mismo tiempo, como se están convirtiendo en la base de una re-concepción económica (a su vez posibilitada por nuevas tecnologías) que se está traduciendo en la implementación de nuevas estructuras de interacción económica.

Hackear la educación: Alfabetización tecnológica y ciudadanía informacional.
Viernes 9 de setiembre, 6pm, Salón 402 del Pabellón Z de la PUCP.

La Asociación para la Educación y el Desarrollo, un grupo de estudiantes de psicología educacional, está organizando un evento bajo el título “Formación Ciudadana y Educación“, y me han invitado a formar parte de la mesa sobre “Ciencia, tecnología y formación ciudadana”. Siguiendo en la línea del cambio del modelo de producción de sociedades industriales al de sociedades informacionales, nuestras necesidades en términos de educación y aprendizaje deben ser también significativamente diferentes. ¿Qué, cuándo, dónde, y cómo aprendemos en un mundo altamente hiperconectado? Cuando la escuela, como lugar, deja de ser el eje articulador de nuestro procesamiento de información y conocimiento, ¿cómo respondemos? Hackear la educación quiere decir que en estas condiciones, las sociedades contemporáneas no necesitan formar primordialmente trabajadores que llenen las líneas de producción, sino que necesitan formas ciudadanos capaces de participar mediática y tecnológicamente: necesitan, en esencia, de hackers, en todas las áreas del conocimiento.

Hackers, trolls y memes: El lenguaje de los nuevos medios.
Lunes 12 de setiembre, 7pm, Auditorio de la Fundación Telefónica.

Esto es en el marco del Simposio Internacional: Interpretando los Medios, una de las actividades en Lima vinculadas a la celebración del centenario de Marshall McLuhan. En este caso, quiero explorar un poco los elementos que configuran el lenguaje propio de los nuevos medios y de la comunicación digital, y elaborar algunos de sus efectos sociales y políticos. Esto, claro, en la línea de Marshall McLuhan y la idea de ecosistemas mediáticos (o “media ecology”). El punto de partida es el meme, como el mecanismo de reproducción y circulación de información entre comunidades digitales (y no digitales, también). Así como la capacidad de modificar y producir memes libremente es un rasgo distintivo de la cultura digital, también lo son figuras complementarias que se construyen sobre esta libertad: el troll como subversivo comunicacional y “culture jammer” con efectos diversos; y el hacker como patrón ético de una cultura de remixeo y reinterpretación, donde el código de las gramáticas sociales y técnicas está abierto a su modificación continua y constante. ¿Cuál es, entonces, el valor y el potencial significado político de los memes, los trolls y los hackers?

Más sobre datos, aplicaciones y ciudades

Ayer escribí un poco sobre mi interés creciente por el tema del manejo de datos y cómo podemos extraer de la enorme cantidad de datos que capturamos (o que deberíamos capturar) información significativa para mejorar nuestras condiciones de vida.

Hay muchas aplicaciones en torno a esto que se están explorando para monitorear y optimizar diversos sistemas públicos en ciudades. De hecho, hace un tiempo compartí aquí un ejemplo de cómo Copenhague estaba utilizando bicicletas como sensores baratos para monitorear condiciones climáticas y de tráfico en la ciudad. Ahora encontré un artículo en Mashable sobre una serie de ciudades que están abriendo a sus ciudadanos sus bases de datos para que construyan aplicaciones utilizando la información que está allí sin explotar, para mejorar las condiciones de vida en la ciudad.

Major city governments across North America are looking for ways to share civic data — which normally resides behind secure firewalls — with private developers who can leverage it to serve city residents via web and mobile apps. Cities can spend on average between $20,000 and $50,000 — even as much as $100,000 — to cover the costs of opening data, but that’s a small price to pay when you consider how much is needed to develop a custom application that might not be nearly as useful.

Hay varias razones por las cuales esto es una gran iniciativa:

  • Fomenta la transparencia y la participación ciudadana. Por un lado, evidencia de parte del gobierno de la ciudad la disposición de abrir sus datos al público, y al brindar la oportunidad de crear maneras accesibles de interpretar esta información, permite que un número mayor de personas pueda entender y participar de la gestión municipal.
  • Permite mejorar las condiciones de vida en la ciudad. Creando aplicaciones que contextualizan datos sobre tráfico, criminalidad, educación, medio ambiente, etc., se tienen elementos mucho mejores para tomar decisiones en materia de políticas públicas. Éste es uno de los mejores rasgos de jugar SimCity: uno puede ver cómo cambios en la zonificación industrial afectan a lo largo del tiempo los patrones de contaminación o de tráfico en una zona de la ciudad, y puede adoptar medidas en función a eso. Con mejores fuentes de datos, lo mismo puede hacerse con ciudades reales.
  • Desarrolla un mercado y una base de talento locales. Al abrir las bases de datos para que los ciudadanos jueguen con ellas, se fomenta el desarrollo de habilidades en construcción de aplicaciones a nivel local, que luego pueden ser contratadas por la misma gestión municipal o por el sector privado o quien fuera. En términos simples, se genera un espacio de aprendizaje muy accesible donde los ciudadanos pueden aprender a hacer aplicaciones basadas en datos y empezar a hacerse un nombre con lo cual luego puede empezar a forjarse un mercado local en este rubro.

Por todo esto, no sólo no es descabellado, sino que sería también deseable explorar este tipo de aplicaciones en una ciudad como Lima. En Lima, sin embargo, quizás haya que empezar por capturar datos y consolidarlos en bases de datos accesibles, algo que no es imposible pero que ciertamente arrastra un costo. Las unidades de transporte público, por ejemplo, podrían estar equipadas con sensores que monitoreen su recorrido a lo largo del día, junto con una serie de factores además del tiempo, como condiciones medioambientales o contaminación sonora. Con una serie de sensores bien ubicados en líneas estratégicas, uno podría construirse una figura razonable de los patrones de tráfico, los cuellos de botella y los focos de contaminación en puntos clave de la capital.

(Obviamente esta información y toda su riqueza serían seguramente objetadas por gremios que no quieren ser monitoreados, ya que eso evidenciaría, expondría y documentaría las infracciones que cometen cotidianamente. A mi juicio, una razón más por la cual implementar algo así, a pesar del costo político.)

Otro lugar muy importante donde podría ensayarse esto es en la mejora de la seguridad ciudadana, construyendo sistemas que hagan extremadamente fácil para una persona reportar incidentes o crímenes y empezar a compilar toda esa información de manera sistemática. Debidamente organizada, esto permitiría construir un mapa de criminalidad e inseguridad en Lima que correlacionara no solamente ubicación geográfica, sino también hora, fecha, contexto, y todas las demás variables ambientales cuya influencia en la tasa de criminalidad podría luego empezar a explorarse. Ésta sería, a mi juicio, una inversión mucho más razonables y realista que los gastos más bien aparatosos y propagandísticos que muchos municipios hacen para dar la impresión de que hacen algo por la seguridad ciudadana – instalar cámaras de vigilancia puede estar muy bien, pero a menos que se tenga un plan integral y sistemático para hacer algo con esa nueva fuente de información, en realidad es tirar plata al tacho, jugar con las expectativas de la población y solamente intentar crear una falsa sensación de seguridad.

(Imaginen por ejemplo una aplicación que correlacione un mapa de criminalidad con la posición de uno vía GPS, y le emita una alerta vía celular cuando uno se acerca o se encuentra en un área de alta peligrosidad, junto con una serie de recomendaciones. Quizás son cosas que uno viviendo en una ciudad más o menos internaliza, pero que podría tener enormes aplicaciones, por ejemplo, para el turismo.)

Observaciones porteñas, 3

Buenos Aires y la tecnología

Como adicto a todo tipo de gadgets y juguetes electrónicos, me está costando bastante adaptarme a la vida en Buenos Aires. Esto es porque la tecnología aquí no solamente es difícil de conseguir, sino también espectacularmente cara.

Hasta donde he podido enterarme, esto es por dos razones. En primer lugar, las importaciones de tecnologías están gravadas con un impuesto del 50% sobre su valor, lo cual encarece enormemente el precio final al consumidor. En segundo lugar, la razón de este impuesto, el fomento a la industria tecnológica local, no consigue abaratar sino que más bien encarece los diversos productos. Aunque esto de alguna manera logra configurar una industria local para producir cosas como televisores, computadoras, teléfonos celulares, y demás, en realidad termina también perjudicando al usuario final haciendo de estos productos artículos estrictamente de lujo, fuera del acceso de la mayoría de la población. De modo que aunque se configura la oferta, se reduce enormemente la potencial demanda por los altos precios.

Esto no sólo perjudica al consumidor final, sino que tiene un efecto secundario sobre, por ejemplo, una empresa que quiere comprar computadoras, pues a pesar de que pueden evitar el 21% del impuesto al valor agregado, aún así terminan enfrentando costos más altos si quieren, por ejemplo, equipar una nueva oficina.

Por todo ello, el mercado tecnológico en Argentina no parece tener demasiada demanda, lo cual genera, a su vez, que la oferta disponible no necesariamente sea la más actualizada y reciente. Con lo cual, comprando tecnología aquí en Buenos Aires uno termina pagando muchísimo más de lo que debería por la generación anterior de productos.

Algo que he mencionado antes es que la variedad de marcas disponible aquí es bastante diferente a lo que uno encuentra en Lima. Creo que no hemos explotado lo suficiente la posición privilegiada de Lima dándole la cara al Pacífico, y a todo el sudeste asiático, con la consecuente ventaja que significa en términos de productos que recibimos y el tipo de marcas que encontramos, junto con sus precios mucho más bajos. Con ese acceso mucho, mucho más simple a todo tipo de formas tecnológicas, es fácil ver cómo se generan naturalmente incentivos para que se configure toda una industria de productos y servicios tecnológicos local, que sin embargo parece tener mayor madurez en un lugar como Buenos Aires, donde el acceso es mucho más difícil. Lima está en una posición privilegiada para convertirse en la puerta de entrada para toda la tecnología asiática hacia América Latina.

Una cuestión curiosa de la actitud porteña hacia la tecnología, es que en muchos sentidos está es una ciudad antiguamente moderna. En varios lugares uno puede ver cómo la ciudad es, quizás, la primera en América Latina en contar con una serie de avances tecnológicos, que sin embargo parecen no haber sido actualizados desde que fueron implementados. Entonces se encuentra uno con el subte, la primera red de metro subterráneo de América Latina, construida en 1905, pero que en varias estaciones y rutas parece haberse mantenido tal cual fue construida en 1905. O subir en los ascensores de los edificios, de estilo antiguo con doble puerta, que se encuentran en la gran mayoría de edificios. Incluso en el aeropuerto de Ezeiza, uno puede ver al abordar un avión que cuenta con quizás las primeras mangas que estuvieron disponibles – que siguen siendo las mismas utilizadas hoy día.

Ahora, ¿qué tanta es la diferencia? Comparando los precios más recientes que he visto, por ejemplo, uno puede conseguir en Lima un televisor LED full HD con un home theater, por aproximadamente la mitad del precio de un televisor LCD full HD aquí en Buenos Aires. Una netbook se consigue por entre 30% y 50% más cara que en Lima. Y eso ni siquiera es comparando con los precios en EEUU. La única manera de que las personas accedan a estos productos es accediendo a créditos en cuotas por uno, dos o tres años, y los bancos muchas veces ofrecen opciones de cuotas sin interés para estos productos por la simple razón de que, de otro modo, nadie los compraría. Pero pagar este tipo de productos a dos o tres años nunca es una buena idea, pues a la mitad de ese tiempo el producto muchas veces ya es obsoleto.

Mientras tanto, sigo buscando la manera de explorar el mercado tecnológico argentino.

Conectar a los usuarios del transporte público

Acabo de pelearme, una vez más, con el chofer y el cobrador de un micro, en la Avenida Arequipa. El motivo fue que el susodicho micro decidió no parar en un lugar que, de hecho, era un paradero, para luego dejarme dos cuadras más allá bajo el argumento de que sólo podía parar en los paraderos.

La discusión fue insoportable, más aún porque me di cuenta de que no llegaría a nada. Pero caminando de regreso a mi casa me puse a pensar de que debería haber alguna manera de que los usuarios pudieran hacer algo al respecto. Debería haber no sólo una manera de castigar a las unidades de transporte público que funcionan mal, así como de recompensar a las unidades de transporte público que funcionan muy bien. Porque las hay – de vez en cuando, uno se encuentra con un micro donde el cobrador lo trata a uno con respeto, el chofer no maneja como psicópata y para donde debe, a uno le cobran tarifas razonables e incluso, por la buena onda, uno está dispuesto a pagar. Ese tipo de buen trato debería ser reconocido y recompensado por los usuarios y por la ciudad, y ese reconocimiento junto con un sistema de incentivos debería poder, luego de algunas iteraciones, mejorar la calidad de las unidades y del servicio de transporte público en Lima.

Puede que todo esto esté mal, pero se me ocurrió lo siguiente: un simple número de teléfono al cual se le pueden enviar mensajes de texto. Cuando uno quiere denunciar una unidad por mala calidad del servicio, envía un mensaje con la palabra DENUNCIA y la placa de la unidad a este número. El sistema recibe el mensaje de texto, identifica la unidad (lo cual requiere una base de datos con información de todas las unidades), y registra la denuncia realizada. Debido a que es demasiado sencillo presentar una “denuncia” de esta manera, necesitamos más valores para que sea realmente válida y demuestre, además, un mala calidad sistemática en lugar de sólo un encontronazo con un pasajero o un mal día. De modo que, digamos, una vez que la unidad acumula 10 o 20 denuncias presentadas vía SMS, la unidad recibe una multa fuerte o, incluso, le es retirada la licencia (OK, esto es un poco drástico, digamos que primero recibe una advertencia y luego pierde la licencia). Cuando la sanción es aplicada, todos los denunciantes reciben un mensaje de texto informándoles de la acción que fue tomada.

Pero esto me gusta más aún como un sistema de incentivos. Igual que arriba, un mensaje de texto es enviado a un número indicando algo como la palabra RECONOCE y la placa de la unidad. La base de datos identifica la unidad y mantiene un registro de la fecha y hora del reconocimiento. Una vez que la unidad recibe suficientes muestras de reconocimiento – de nuevo, 10 o 20, quizás – la unidad recibe acceso a algún tipo de beneficios: podría ser un incentivo tributario, un premio en efectivo, acceso a promociones especiales, y sobre todo, reconocimiento del municipio. De nuevo, también, los usuarios que reconocieron la calidad del servicio son informados del incentivo otorgado.

Quizás hayan notado que hablo siempre de “la unidad” – esto es principalmente por mi propio desconocimiento de cómo funciona el sistema, entre compañías de transporte, dueños de unidades, y choferes como diferentes actores, no sé bien hacia dónde debería caer la culpa o el beneficio. Así que lo dejo a mejores mentes que la mía para descifrarlo.

En fin, es una idea para un sistema muy simple, que conseguiría usar una tecnología abiertamente disponible para habilitar a los usuarios mismos a fiscalizar, en alguna medida, el transporte público en la ciudad. Y además le da a los usuarios mismos el circuito de retroalimentación para ver cómo la ciudad recibe sus opiniones y actúa sobre ellas.

Notas tecnológicas para la seguridad ciudadana

Estuve leyendo un par de posts recientes sobre seguridad ciudadana de Hans Rothgiesser (Mildemonios) y de Roberto Bustamante (El Morsa) que intentan desinflar la burbuja de exageración en torno a la ola de violencia que estaría viviendo Lima. De ninguna manera pretenden decir que Lima no sea una ciudad insegura – solamente que el asunto está siendo llevado mediática y políticamente por un camino de exageraciones e imprecisiones que hacen aún más difícil solucionar los problemas de fondo. Como siempre, hay una telaraña compleja de intereses en el asunto, como señala el Morsa:

Como se ha señalado antes, lo que ha aumentado, más bien, es la sensación de inseguridad que no es lo mismo que la inseguridad crezca. Allí, gran responsabilidad la tiene la prensa que nos bombardea con muertes, asesinatos y robos todos los días. Existe una relación, digámoslo así, de simbiosis o “parasitismo mutuo” entre la prensa masiva y la policía nacional: La prensa necesita rating y la sangre trae rating, y la policía nacional necesita limpiar su imagen.

Es cierto que se necesita mucha más inversión en el rubro de seguridad, no sólo en Lima, pero también que se necesita una inversión inteligente y que esté amparada en datos actualizados, en indicadores y en un continuo monitoreo de cómo va evolucionando la situación. Algo que, por lo que veo, no sólo no tenemos, sino como señala el Morsa, tenemos más bien mucho de un “pensamiento mágico” a la hora de formular políticas de seguridad. Por este mismo pensamiento mágico es que terminamos implementando iniciativas que no promueven una mejora en la seguridad, sino simplemente en la sensación o ilusión de seguridad: por ejemplo, las cámaras de vigilancia que ahora cubren varios distritos. Que alguien pueda ver por la tele que te están robando, no se traduce por sí solo en que alguien aparecerá más rápido para ayudarte. Y eso que en el Perú ni siquiera tuvimos una discusión sobre cómo esto vulneraba nuestra libertad o privacidad personal, el ser vigilados constantemente: hace mucho tiempo ya que en el debate entre libertad vs. seguridad optamos por la seguridad más allá de cualquier protección de la libertad.

Mildemonios señala, además, en uno de sus posts recientes sobre seguridad ciudadana:

Como comentaba en otro post, no es casualidad que la policía siempre esté proponiendo compras y contrataciones millonarias (que dan lugar a manejos de dinero cuestionables) y nunca gastos simples como acceso a internet para las comisarías.  Ahora último se ha dado una norma por la cual podrán ADEMAS usar dinero de las municipalidades para gastos que tengan que ver con la lucha contra la inseguridad.  Lo cual, como todos podemos ir suponiendo, ya sabemos que no ayudará en nada.  Pero igual se justifica en la idea de que turbas armadas de delincuentes están invadiendo las ciudades y que necesitamos comprar más y más equipo para luchar contra ellos.  Cuando lo que se necesita es reformar la carrera profesional de la gente que compone la institución de la policía.

No quiero discutir aquí el tema de fondo, el de la necesidad de una reforma estructural de la policía como institución y de todo nuestro aparato de seguridad ciudadana. Quiero colgarme solamente de ese pequeño dato: el del acceso a Internet para las comisarías. Y en general, en la inversión tecnológica en la implementación de sistemas que mejoren la calidad de la seguridad ciudadana en Lima y en todo el país. No como grandes inversiones que tengan que realizarse, sino que podrían utilizarse y desarrollarse sistemas relativamente baratos y sencillos de implementar y utilizar, que nos permitan ir no sólo brindando mejores mecanismos para brindar seguridad, sino sobre todo capturar información y alimentar indicadores para tomar mejores decisiones al formular políticas públicas.

No tienen necesariamente que ser sistemas demasiado complejos. Pero partamos de tener acceso a Internet en las comisarías. Luego, que las denuncias policiales se realicen llenando un formulario vía web desde la misma comisaría, en lugar de tomar la denuncia en un cuadernito o tipeándola en una máquina de escribir. Al ingresarse la denuncia al sistema, se envía una copia automáticamente por correo electrónico al denunciante, con un código de seguimiento que puede utilizar para monitorear la evolución de su denuncia en el sistema, desde su casa. Esto tiene dos ventajas. Primero, conveniencia: el hacer una denuncia es mucho más sencillo, y es muy fácil saber qué ocurre después y qué tengo que hacer sin tener que regresar o llamar o nada. Pero sobre todo, se empieza a capturar el agregado de datos en una sola base de datos centralizada que luego puedo comparar con otros lugares, otras fechas y horas, etc. Puedo empezar a representar estos datos para formular una imagen de cómo evolucionan o se comparan las denuncias en diferentes localidades.

(Dicho sea de paso – los sitios web de agencias del Estado no tienen por qué ser desastrosos. El sector público tiene mucho de aprender de todo lo desarrollado por el sector privado en temas de comunicación en la web. El Departamento de Salud de EEUU, por ejemplo, recientemente lanzó un portal sobre opciones en seguros de salud para información del público, que ha recibido muy buenas críticas por la manera como ha conseguido eficientemente comunicar de manera simple información que puede ser muy compleja. Además, por la manera como han desarrollado un sitio web a través de todo un proceso integral de diseño y retroalimentación de los usuarios, en lugar de un producto estático lanzado al aire y abandonado, como suele ser el caso. ¿Por qué no podrían los sitios web de las comisarías ser desarrollados también de esta manera? Ojo que el costo no es por cada comisaría – un mismo diseño y desarrollo puede luego implementarse en todas las comisarías a nivel nacional, utilizando infraestructura centralizando y mejorando así, además, la capacidad para capturar información de manera agregada y centralizada.)

Llevado un poco más lejos, encontramos iniciativas como quenoteroben.pe, que en realidad es un concepto muy simple. Un formulario, y un mapa, para denunciar un robo y marcarlo geográficamente. Listo. Si tomamos la aplicación del párrafo anterior y empezamos a correlacionar la data con información geográfica, empezamos a tener un mapa bastante más claro de dónde ocurre la actividad delincuencial en la ciudad. Al mismo tiempo, porque reducimos la fricción social que implica formular una denuncia, generamos incentivos a que la gente quiera denunciar. Y de yapa, el hecho de brindar herramientas para el seguimiento, un mecanismo para que el ciudadano pueda sentirse involucrado y sienta cierto grado de control sobre el proceso (porque puede hacer, desde su casa, seguimiento al estado de su denuncia) genera una sensación mayor de seguridad y mejora la imagen de la policía al brindar una solución tecnológica simple para que los ciudadanos estén involucrados.

Y éstas son sólo dos posibles aplicaciones. Tecnología de localización es una gran oportunidad, y especialmente la tecnología móvil tiene un enorme potencial para ayudar en la mejora de la seguridad ciudadana. La posibilidad de reportar delitos no sólo desde tu propia casa, sino quizás incluso desde cualquier lugar (asumiendo, claro, que no te robaron el celular). E, internamente, la posibilidad de administrar mejor los recursos de seguridad cuando se tiene un flujo actualizado y en tiempo real de dónde se está dando actividad problemática. Son aplicaciones que, sin ser demasiado complejas ni demasiado costosas, podrían brindar una significativa mejora en la calidad de la seguridad ciudadana en la ciudad, y no solamente mejorar una cierta ilusión de que estamos más seguros.

Selva de concreto

Esta mañana encontré varios blogs que hablaban sobre el aniversario de Lima, y bueno, la mayoría de ellos coinciden en lo débil e insuficiente de la gestión de Luis Castañeda (lo cual contrasta perturbadoramente con el nivel de aprobación pública de su gestión).

Personalmente, la gestión de Castañeda me parece un desastre por lo desperdiciado de las oportunidades, por lo lineal de las soluciones, por la ausencia de total de soluciones innovadoras y sistemáticas. El actual alcalde parcha la ciudad allí donde hay problema, y la parcha siempre de la misma manera, es decir, tirando concreto sobre el problema en la forma de pistas, obras viales, escaleras, y demás. No me malentiendan: entiendo perfectamente la necesidad, y probablemente urgencia, de todas estas cosas. Pero son soluciones que, si las pensamos un poco, no resuelven propiamente los problemas de fondo.

De hecho, evidencian varias cosas. En primer lugar, que no escapamos a los remanentes del positivismo en nuestra sociedad, y Castañeda menos aún. El público exige progreso, desarrollo, y eso es sinónimo, en términos materiales, de concreto, de asfalto. El cemento es ampliamente asociado con un indicador de progreso, de que las cosas se están edificando y son sólidas. De allí que el primer instinto que vemos suele ser el de arrojar concreto a los problemas pues lo entendemos como si algo estuviera mejorando. Es interesante que, en zonas de la ciudad más económicamente privilegiadas donde la valla del concreto fue superada hace tiempo, la lógica del progreso y el desarrollo ha sido reemplazada por otro elemento material directo: los adoquines. Los alcaldes de, por ejemplo, San Isidro o Miraflores, ahora tienen la obsesión de levantar pistas completamente funcionales para decorarlas con adoquines que, aunque menos funcionales, se ven mejor. Son el siguiente paso. Es algo así como una forma de demostrarle al resto de la ciudad que, aunque todos pueden estar tirando concreto, ellos pueden darse el lujo de levantar el concreto y poner adoquines. Porque sí, porque les da la gana.

Lo otro que evidencia, en la misma línea, es la absoluta linealidad de las soluciones. Es decir, los problemas urbanos en Lima, particularmente hablando de la gestión de Castañeda, se entienden como simples relaciones de causa y efecto. Hay un problema, digamos, el tráfico en una zona de la ciudad. Si aplicamos una obra vial aquí, el problema desaparecerá. Es tierno, pero ingenuo e impreciso. La misma lógica cuasipositivista del concreto y los bypasses y las vías expresas se reflejan en la ausencia de una concepción orgánica, sistémica de la ciudad. Entender la ciudad prácticamente como un organismo, donde todo está conectado y los cambios en un lugar significan siempre cambios muchas veces imprevistos en otro lugar. Lo que muchas veces se expresa cuando decimos que no hay un plan para Lima, que no hay una política urbana. Bueno, viene más o menos de lo mismo: antes que una política urbana, falta una lógica y una concepción de lo que Lima significa, integradamente, como ciudad.

De allí se desprenden una serie de oportunidades desperdiciadas, o nuevos problemas generados. Seguimos tendiendo pistas y caminos para autos, a pesar de que no renovamos el parque automotor ni proponemos alternativas al transporte público. Esto no es coincidencia: es construir una sociedad como la estadounidense, de individuos atomizados con poca interacción entre ellos. Salgo de mi casa, subo a mi auto, voy al trabajo, salgo del trabajo, subo a mi auto, voy a mi casa. Nunca me veo obligado a enfrentarme, a relacionarme con los demás. Aunque compartimos el espacio, no estamos dentro de él juntos, sino tan sólo en simultáneo (que no es lo mismo).

Pero las obras viales son fáciles, la gente las entiende rápido y proveen beneficios electorales. Pero eso quiere decir que más autos son necesarios para usarlas, porque no hay alternativas. Lo cual, además de las consecuencias culturales del aislacionismo y la exacerbación del individualismo, quiere decir también un pasivo ambiental. Es testimonio supremo de la desconexión de Castañeda con la realidad que, en una época donde la preocupación ambiental y climática es tan central, él siga tendiendo pistas para autos cuya contaminación agregada significa agravar un problema que nos afecta directamente.

¿Y qué alternativas existen? Bueno, ninguna, realmente. El Metropolitano se construye siguiendo la misma lógica lineal, que no entiende la ciudad en su conjunto. Vivimos en una ciudad de casi 10 millones de personas, que requiere de transporte público masivo y accesible, una solución difícil y de largo alcance como un metro, pero que requiere de pensar el problema distinto. Igualmente, si han tenido oportunidad de circular por la ciudad en bicicleta, o caminando, se habrán dado cuenta de la enorme falta de infraestructura para esto. Las veredas, los cruces, los puentes, simplemente no favorecen la idea de que alguien camine por la ciudad (con contadas excepciones), lo cual es una enorme oportunidad desperdiciada. Aquí entra a tallar, además, el problema de la seguridad ciudadana. Con lo cual, de nuevo, todo obliga al ciudadano a pensar en autos, en transporte urbano entendido desde una única dimensión, sin mayores alternativas.

Hace tiempo, en el blog del curso de Filosofía Moderna que dictamos el semestre pasado en la PUCP, escribí un post sobre la relación entre los ideales de la modernidad y nuestra concepción de la ciudades. La cuestión va más o menos por la misma dirección: una ciudad de estas dimensiones, en esta época, requiere de una lógica y una concepción diferente a la concepción lineal, acumulativa, progresiva que aprendimos con la modernidad. No, no es que necesitemos una ciudad posmoderna (que en muchos sentidos uno podría decir que es lo que tenemos), sino que tenemos que pensar la ciudad de manera distinta. Lo cual, además, no es tanto por un imperativo moral, sino porque nos conviene, sobre todo en este momento, pues nos permitiría hacer de Lima algo radicalmente diferente.

Feliz cumpleaños, Lima.