El tema de la revocatoria a Susana Villarán como alcaldesa de Lima me parece, personalmente, el punto más bajo al que ha llegado la política peruana – o más bien limeña, porque no puedo hablar realmente por todo el país – en los últimos años. Y eso es decir bastante. Pero ya nada tiene sentido, es un Juego de Tronos criollo donde los ciudadanos podemos poco más que contemplar y preguntarnos por qué las casas se pelean entre ellas con nosotros de por medio.
No voy a poder votar en esta revocatoria por estar en el extranjero, y sorprendentemente no me considero afortunado por ello. Va a ser una votación muy ajustada y seguramente cada voto hará la diferencia, aunque suene trillado. De modo que mi inequívoco voto por el “No” no podrá ser contado. Pero lo que sí puedo hacer es, al menos, explicar las razones por las que, si pudiera votar, votaría por el “No”.
Las cosas que sabemos
La revocatoria es, efectivamente, una facultad legítima. Mal utilizada con abundante frecuencia, pero finalmente legítima. Pero la revocatoria tiene un sentido que, aunque susceptible a diferentes interpretaciones, apunta a condiciones objetivas: revocar a una autoridad que abusa de sus funciones o comete actos de corrupción. Es un mecanismo cuyo sentido es proteger al ciudadano del abuso de la autoridad.
Pero el argumento que sustenta la revocatoria sobre la base de la eficiencia no es convincente. Primero porque ha sido desmentido repetidamente, en el caso más reciente por un artículo en la revista Poder. Si hacemos las comparaciones respectivas, los primeros años de la gestión de Susana Villarán no sólo no han sido menos eficientes que los de sus predecesores inmediatos, sino quizás han sido hasta más, según varias de las cifras oficiales. Que la capacidad comunicacional de la Municipalidad de Lima haya sido casi nula en el mismo tiempo de gestión es algo totalmente cierto, pero que no invalida por sí mismo lo que sí ha ejecutado. Sobre todo, no es una buena justificación del hipotético “revocador responsable” que dice ser un votante informado pues, si efectivamente lo fuera, conocería la información detrás del vacío comunicacional.
Decir que la persistencia de problemas estructurales, o incluso su agravamiento, como la inseguridad ciudadana o los problemas de tráfico y transporte, son motivo suficiente como para considerar la gestión ineficiente, es también una falta importante de perspectiva. Primero, porque a pesar de que indudablemente le afecta directamente, la MML no tiene toda la injerencia ni capacidad como organismo para lidiar con estos problemas. Recordemos que los serenazgos distritales sólo existen, primero que nada, porque la Policía Nacional no es capaz de darse abasto y responder efectivamente a problemas locales. Pero garantizar el orden interno es primeramente responsabilidad del Ministerio del Interior, el cual por lo menos debería marcar la pauta y llevar la agenda sobre el tema. La MML no puede en este tema sino llevar a cabo reformas superficiales o a lo mucho intentar convocar a los actores responsables, pero el que respondan termina estando fuera de su esfera de influencia (o al menos, así queda a la falta de operadores políticos experimentados).
Algo parecido ocurre con el transporte: Susana Villarán no ha venido a causarte el tráfico de Lima. Años sucesivos de malas políticas de transporte, junto con crecimiento económico y mayor acceso a crédito tienen efectos que se componen durante mucho tiempo. La falta de articulación institucional en la materia no ayuda: que el Ministerio de Transportes pueda sacar adelante un proyecto de tren eléctrico que no esté desde el principio diseñado para articularse con el proyecto ya existente de buses segregados de alta capacidad es una muestra de que la responsabilidad, de nuevo, no recae sólo sobre la MML. Y de hecho, el compromiso demostrado con la reforma de transportes, en contra de continua presión política, es definitivamente un paso importante en la dirección correcta.
¿Quiere esto decir que la gestión Villarán está libre de polvo y paja, y es una gestión maravillosa? No, en ningún momento dije eso. Hay cosas que rescatar, especialmente a nivel de construcción institucional, así como también varias que criticar – el vacío comunicacional siendo una de las más importantes. Pero que se le pueda y deba criticar no quiere decir que se le deba revocar. Por cualquier ángulo que lo mire, la revocatoria NO se justifica sobre la base de los argumentos que se circulan. Y el instrumento de la revocatoria no está diseñado simplemente para expresar tu desacuerdo – para eso están las elecciones. Si no te gustan sus políticas, y aún así gana, pues así como defenderías la revocatoria deberías defender su legitimidad para terminar su periodo de gobierno. El “referéndum” sobre si un alcalde debe seguir o no es su capacidad para postular a la reelección. La revocatoria es un instrumento diseñado para lidiar con el abuso. Y que no esté de acuerdo con tus políticas personales no es una forma de abuso, es justamente la base de la arquitectura democrática.
Las cosas que sospechamos
De modo que, si el voto a favor de revocar a Susana Villarán no está motivado por la eficiencia o efectividad de sus políticas públicas y “obras”, entonces es, a falta de una mejor palabra, un voto estrictamente político, en su sentido de manejo de intereses. No tienen nada de malo que se manejen intereses: pero sí tiene mucho de malo que se me vengan con huevadas a tratar de justificarme el voto revocador por cualquiera de las razones anteriores, o tratar de escudar el “no me cae” o la izquierdofobia debajo de la fachada institucional de la revocatoria como “ejercicio de la democracia”.
Pero esto es contraproducente por dos razones. La primera es que votar por el “Sí” es un autogol. Es no sólo preservar, sino radicalizar todas las razones por las que supuestamente se apoya la revocatoria. En este momento, Susana Villarán, desde su precaria posición política, es el dique de contención de una serie de cosas: el descontrol en el transporte público, el descontrol en el ordenamiento urbano, etc. Si es revocada, sea quien sea que entre no va a tener siquiera el endeble aparato político para continuar y defender estas reformas estructurales. Que una ciudad del tamaño y complejidad de Lima pierda 18 meses durante un momento de transformaciones profundas es indefendible y, a la vez, irrescatable. Todas las razones que se argumentan para estar a favor de la revocatoria son precisamente las razones por las que habría que estar en contra.
La segunda razón es que reventar ese dique de contención va a generar una serie de vacíos de poder por todos lados. Todos los espacios que la MML ha recuperado o ganado quedarían de un día para otro abiertos al mejor postor: las reformasp pueden ser desarmadas por sus opositores, la gestión enflaquecida obligada a recurrir a todo tipo de consultores y proveedores externos para cumplir con funciones básicas sin ningún tipo de fiscalización o control, y, especialmente, el vacío político cooptado por una serie de personajes que hoy dicen no ser los dueños del circo. Pero al final, todo parece estar armado de tal manera que puedan cómodamente deslizarse a esos vacíos de poder, políticos y organizacionales, y enquistarse en todos sus niveles. No hay corrupción en las gestiones previas si no hay quién la investigue, no hay negociados políticos y pactos de no agresión que han durado años si no hay quién los denuncie y enfrente.
Pero por alguna razón, que no comprendo, al que apoya la revocatoria todo esto parece no importarle, porque “Susana no hace nada”, o porque simplemente le cae mal y que se vaya. Por eso la revocatoria es como la democracia deliberativa, funciona todo lindo en experimentos conceptuales donde todos saben lo que quieren y respetan las condiciones dentro de las cuales pueden intentar conseguirlo.
La revocatoria es la paradoja perfecta en la cual nadie sabe realmente qué quiere, y para intentar conseguirlo hacen cualquier cosa con las reglas de juego para finalmente conseguir exactamente lo contrario.



La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo: Filosofía para épocas de apocalipsis financiero.
Hackear la educación: Alfabetización tecnológica y ciudadanía informacional.