Observaciones porteñas, 5

Las industrias culturales en la Argentina

Es cierto, me quejo mucho del sistema bancario argentino y del mercado tecnológico. Pero sin lugar a dudas, algo en lo cual la Argentina está años luz por delante del Perú, y en particular la ciudad de Buenos Aires frente a Lima, es en el desarrollo de sus industrias culturales. Todas ellas.

Es casi un lugar común decirlo, y es harto conocido, pero el alcance total de esto no es del todo discernible hasta que uno empieza a verlo en su dimensión cotidiana. No hay dimensión de las industrias culturales que no haya sido apropiado y desarrollado en esta ciudad. El mundo editorial, de entrada, es espectacular: la diversidad de libros que uno encuentra es apabullante, y aunque en realidad los precios no son necesariamente más baratos (sobre todo por el tema de la inflación), uno encuentra cosas que no consigue en ninguna otra parte – o bueno, que ciertamente no encuentra en Lima. Las librerías, además, respiran un aire diferente, todas ellas: en cualquier librería de centro comercial uno tiene muy buenas probabilidades de encontrar excelentes libros en artes, humanidades, ciencias sociales, más allá de una serie de refritos editoriales y best sellers de venta masiva. El grado de complejidad y análisis que ofrecen del lector estos libros es también mayor, uno podría decir que las cosas están hasta “menos masticaditas”: quizás sea menos frecuente encontrar libros con las 7 estrategias efectivas para el marketing moderno o cosas así, pero incluso el lector interesado en esos temas, de hacer el esfuerzo, encontrará información mucho más rica y profunda en un estudio reciente sobre los cambios en los patrones de consumo en el conurbano bonaerense, por poner un ejemplo. Hay más niveles que recorrer, y si uno se compromete con ese recorrido, hay en consecuencia también mayores recompensas.

Pero aún dentro del ámbito editorial, y de la enorme diversidad de librerías que uno encuentra caminando por la calle, están también los quioscos de periódicos: que cargan no sólo, también, libros, sino una enorme variedad de revistas y periódicos, todos locales. Hay versiones locales de revistas globales, como la Rolling Stone, producidas localmente cubriendo contenido local. Y hay una enorme variedad de revistas locales para todo tipo de contenidos y temas: he visto hasta revistas dedicadas a aviones de guerra, además de las de decoración, de autos, de motos, de comida, de hombres, de mujeres, de niños, de farándula, de construcción, etc., etc., etc. Es claro que el mercado local tiene demanda para un universo enorme de oferta editorial en múltiples formatos.

Dicho sea de paso, la promoción al cine argentino también se puede encontrar en las librerías y en los quioscos de periódicos: es muy fácil conseguir en DVDs, hasta donde entiendo, originales, películas argentinas como “El secreto de sus ojos” a muy buenos precios, totalmente accesibles.

Esta tendencia a la localización es visible también en otros ámbitos. En la televisión, por ejemplo, Argentina tiene su propia señal de ESPN transmitiendo por cable eventos deportivos locales como el campeonato de polo, así como tiene también una estación de radio. Estando aquí uno empieza a caer en cuenta de que muchos de los canales de cable que uno ve afuera, en realidad se producen aquí, generando todo tipo de contenidos localmente, incluso tours a las destilerías escocesas para documentar la variedad de whiskies para un canal de cocina de cable producido localmente.

La radio y la música son un tema aparte. Escuchar radio acá es una experiencia muy diferente, y no es raro ir en un colectivo escuchando a Jimi Hendrix o The Doors, con una cultura musical local que se trifurca entre el rock (con un fuerte énfasis en el rock nacional), la música electrónica, y una presencia cada vez más fuerte de la cumbia (aunque no necesariamente la cumbia que conocemos en el Perú). Caso aparte el tango, que aún recorre transversalmente las preferencias pero que también ha adquirido, por momentos, un sentido más bien turístico.

Lo que resulta espectacular es la selección de música que uno escucha en cualquier tienda, desde tiendas de diseñador hasta paseando por el supermercado. La selección de música siempre es excelente, siempre es sorprendente y nunca cae en lugares comunes de grandes éxitos radiales o cosas genéricas. Incluso comprando el pollo del almuerzo uno puede descubrir música nueva. Y esto, por supuesto, es también lo que crea un mercado enorme y una plaza privilegiada para conciertos de todo tipo, y aunque solamente algunos de los más grandes suenan ampliamente a nivel regional, esta es una ciudad visitada también por artistas como GirlTalk, LCD Soundsystem, Kate Nash, MGMT, Yo La Tengo, Belle & Sebastian, La Mala Rodríguez, etc., aportando a la enorme diversidad del roster de conciertos locales.

Es un universo casi inacabable, y uno que aún no termino de explorar. Pero en términos de industrias culturales y de cultura mediática, la Argentina es un lugar fascinante, con una combinación sumamente interesante de una oferta increíblemente diversa con un público sumamente exigente, en todos los segmentos y en todos los formatos. Demás está decir de que, por ello mismo, la observación del populismo argentino (y no en el sentido Laclauiano, sino en el pedestre) demanda un capítulo aparte, por la manera como estos mismo circuitos culturales están plenamente interconectados con las dimensiones políticas y la manera como funciona el aparato propagandístico.

Aún con todo eso, hay muchísimo que tenemos que seguir observando, replicando y apropiando de la experiencia Argentina en industrias culturales si queremos impulsar también el desarrollo de las mismas en el Perú. Ojo que aquí la palabra clave es “apropiando” – no se trata sólo de recoger y reproducir, sino que precisamente lo que hace estas experiencias interesantes aquí, es la manera en la que se integran naturalmente al entramado social y cultural del cual forman parte.

Paseando por librerías

Hoy me pasé un buen rato paseando por varias librerías, y empecé a caer en cuenta de lo complicado que esto se ha vuelto para mí últimamente.

Cada vez hay más cosas que me interesan, y me es más difícil encontrarlas. Hubo una época, hace mucho tiempo, en que llegar a cualquier librería significaba ir directamente a la sección de filosofía y empezar a pasearme entre autores y títulos más o menos conocidos, buscando piezas faltantes en la colección o viendo qué novedades interesantes habían. Terminada la sección filosofía, en realidad prácticamente estaba terminada la visita a la librería.

Pero ahora, inevitablemente debo pasar también por la sección de sociología, dar un ojo a las de antropología y psicología, lingüística, estudios culturales o comunicaciones si las hay. En algunos casos, si tengo mucha suerte, encontraré una sección de tecnología, o de sociedad de la información, a menudo perdida y confundida junto a manuales de programación y cursos para aprender a usar Office. Luego, si quiero buscar algo sobre diseño, debo buscar en la sección de arte, a veces, o quizás en la de arquitectura, pero casi siempre se tratará de libros sobre diseño gráfico y no tanto sobre el diseño como proceso conceptual.

Esto es sólo un ejemplo, la cosa fácilmente puede ponerse peor, según la manera como cada librería en particular decida ordenar sus libros. Lo cual quiere decir que entrar a una librería es primero descifrar la lógica utilizada para ordenar los libros – pensar temáticamente en realidad no es suficiente, porque mucho de lo que me interesa en realidad se encuentra cruzando diversas fronteras de temas o disciplinas, lo cual hace más complicada la búsqueda. Y, por supuesto, significa que debo revisar múltiples categorías para poder ver si hay cosas que puedan interesarme.

Obviamente, esto es una limitación de la librería como espacio físico – cuando compro libros por Amazon mi problema es que no dejo de encontrar cosas que me interesan, y mi presupuesto sufre enormemente por ello. Pero también, me parece, es un testimonio de espacios interdisciplinarios que se ponen cada vez más complejos y se vuelve igualmente complejo descubrirlos, navegarlos, e intentar introducirse en ellos, porque no hay indicadores claros de por dónde comenzar o cómo encontrarlos. (Agreguemos a las librerías al circuito lógico-económico-político de los problemas de la interdisciplinariedad.)

En todo caso, dejo como recomendación ir más allá de la sección a la cual llegan por naturaleza en una librería, si no lo hacen ella – pues, a pesar de que sus vidas se volverán más complicadas y difíciles de navegar, los beneficios de lo que irán descubriendo lo compensan con creces.