Descubriendo redes de innovación periférica

Los últimos días estuve de paso por Santiago, Chile, para la conferencia COINs 2013 (Collaborative Innovation Networks), organizada en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fue la primera vez que he visitado Chile y fue una visita muy interesante, tanto por la conferencia como por haberme permitido conocer más de primera mano cosas que vienen sucediendo por el sur – sea recorriendo la ciudad de Santiago o escuchando las presentaciones de miembros de instituciones como el CONICYT o la CORFO, o conocer más de cerca lo que la misma universidad está haciendo para convertirse en una potencia regional en investigación e innovación, que les ha valido alcanzar el segundo lugar en el QS World University Rankings para la región latinoamericana, pisándole los talones a la Universidad de Sao Paulo.

En la conferencia, presenté un poco sobre el trabajo que he venido haciendo para mi tesis de maestría sobre la industria de videojuegos en el Perú – concretamente, uno de los primeros componentes que incluye el marco de referencia en el cual estoy ubicando la investigación, referido al tema de la complejidad económica, y parte de la reconstrucción de la historia de la creación de videojuegos en el Perú a través de los años noventa. El paper que presenté busca empezar a formular algunas preguntas e ideas sobre cómo pueden las economías en desarrollo maximizar su inversión en innovación de manera que diversifiquen sus fuentes de ingresos y actividades productivas, pero evitando tener que hacer inversiones gigantescas en implementar infraestructura en sectores específicos. La posibilidad que me interesa aquí es la de explorar el trabajo que hacen de manera casi invisible y difícil de registrar diferentes comunidades informales de producción tecnológica, mediática y cultural, cuyas actividades pueden ser potenciadas, consolidadas y aceleradas para convertirse en sectores productivos, innovadores y de alto impacto.

El paper mismo con el análisis completo está publicado en Arxiv junto con las actas de la conferencia, mientras que las diapositivas de mi presentación están aquí:

Cualquier comentario o pregunta sobre este contenido es más que bienvenido, ya que es la base sobre la que vengo desarrollando mi trabajo de investigación sobre este tema, y sobre la que he estado haciendo trabajo de campo en Lima los últimos dos meses. Así que cualquier idea o aporte, no duden en hacérmelo saber.

Videojuegos como “tecnologías de iniciación”

Una de las hipótesis que he estado explorando últimamente y que quizás se vaya de a pocos convirtiendo en un trabajo de investigación más sostenido, es la idea de que los videojuegos pueden servir como una “tecnología de iniciación” o “transición” en la formación de economías digitales.

Esto tiene sentido sobre todo pensado para el caso de economías como la peruana, o como la mayoría de economías latinoamericanas, que históricamente han estado construidas en torno a un modelo primario-exportador. En el caso peruano, esto ha venido históricamente de la mano con “booms” cíclicos en torno a materias primas o commodities específicos, cuyo éxito coyuntural en el mercado internacional significó periodos intermitentes de bonanza económica, seguidos de periodos más largos de retroceso económico. Los casos emblemáticos son quizás el guano, el caucho, la harina de pescado, y en los últimos años, los minerales: todos estos han sido periodos de intenso crecimiento a partir de la demanda internacional por algún producto específico que resultó que teníamos, pero ese crecimiento intenso no se tradujo en la construcción de actividades económicas paralelas y alternativas, en el desarrollo de capacidades técnicas e intelectuales para poder sostener la economía luego del boom.

El desafío de construir economías de mayor valor agregado que escapen del ciclo primario-exportador ha sido constante y complejo. El gran objetivo parece seguir siendo alcanzar el punto en el cual podemos incursionar exitosamente en la producción de nuevos productos y servicios basados en la tecnología, que requieren de una fuera de trabajo mejor capacitada, genera mayores retornos y menores externalidades negativas. Pero esto requiere enormes inversiones que son sumamente riesgosas: enormes compromisos educativos, por ejemplo, para generar el capital social y el capital intelectual que movilice estas nuevas industrias. Inversiones en tecnología, en equipamiento, maquinarias, y demás, que se hacen sin ningún tipo de garantía respecto a su efectividad. Todos quieren una economía basada en el conocimiento, que desarrolle ciencia y tecnología: pero sigue siendo el caso que esto es sumamente difícil. No se puede hablar de “patrones” fácilmente reproducibles porque cada contexto nacional, cada contexto urbano, cada entorno legal y cultural presenta particularidades que hacen imposible la aplicación lineal de modelos considerados “exitosos”. En otras palabras: no es tan fácil simplemente reconstruir el “Silicon Valley de X”, donde X sea una región, un país o una ciudad. De hecho, la mayoría de estos esfuerzos fracasan por diferentes razones.

Esto es un poco el contexto, y aquí la hipótesis que quiero explorar en el futuro cercano: la posibilidad de que la industria de los videojuegos pueda servir como una “tecnología de iniciación” para activar una serie de circuitos que resulten en la articulación de una economía digital. Hay mucho que desempacar aquí. Primero, ¿qué quiero decir por tecnología de iniciación? Me refiero a un tipo de tecnología que requiera de menores inversiones iniciales pero sirva para activar una serie de procesos útiles a otras tecnologías y actividades productivas. Una tecnología de iniciación, a través de su implementación, hace posible sentar la infraestructura que otras tecnologías necesitan pero a un menor costo y, por lo mismo, a un menor riesgo. Sirve como la plataforma a partir de la cual pueden construirse nuevos productos y servicios sobre diferentes tecnología.

Segundo, ¿por qué los videojuegos? Porque la industria de videojuegos requiere un poco de una serie de sectores: software, diseño, arte, plataformas, infraestructura, etc., sin empujar ninguno de estos sectores individualmente al límite de su capacidad operativa. De esta manera, es como si “ejercitara” estos circuitos de manera que los haga más flexibles cuando sean reutilizados para otros productos y servicios. Además, porque es un sector sumamente dinámico y en crecimiento, y crecientemente “dislocado” geográficamente por la posibilidad no sólo de producir de manera distribuida, sino también de utilizar plataformas como Steam, XBLA, PSN, o incluso el App Store de iTunes como mecanismos de distribución global a bajo costo.

Tercero, dos cosas de las que no se trata: no se trata de decir que los videojuegos sean una forma inferior de tecnología, por alguna razón más simple o menos sofisticada que otras sobre alguna escala imaginaria. No pienso que los videojuegos sean una buena tecnología de iniciación porque sean más “fáciles”. Además, no creo de antemano, si esta idea de las tecnologías de iniciación llega a cobrar sentido y respaldarse con data real, que los videojuegos tengan que ser la única tecnología que pueda servir este propósito. Y por lo mismo, que valdría la pena también explorar otras tecnologías que puedan cumplir esta función para economías poco tecnologizadas: elementos como aplicaciones web o tecnologías móviles pueden ser también elementos de alto potencial.

Quería compartir estas ideas preliminares porque me gustaría recibir feedback sobre esta idea, incluso si alguien sabe de antecedentes en este tipo de lecturas o interpretaciones similares. Además, porque si esto llega a convertirse en un área significativa de mi investigación en los próximos meses, pueden anticipar que verán algunas más ideas en esta dirección.

Definiciones

Uno de los primeros ejercicios que tuve que hacer hace poco para uno de mis cursos fue el de construir mi propia “declaración de identidad como investigador”. La idea es tener un punto de partida donde concentrar y empezar a delimitar enfoques e intereses en torno a las preguntas que te interesan y las maneras en las que piensas que podrías responderlas. Por supuesto, es un poco un ejercicio terapéutico de autoexploración y autodefinición para entender mejor qué es lo que estás intentando hacer, en qué marco, y por qué.

Se me ocurrió que sería pertinente e interesante compartir este ejercicio aquí, porque ilustra, primero, la manera como mis propios intereses se han ido configurando en los últimos años y, por otro lado, porque también permite comparar un poco cómo irán cambiando en los próximos meses. De modo que, a continuación, la versión traducida de por dónde van mis intereses generales de investigación en este momento (considerando, por supuesto, que esto está en permanente mutación):

Soy un filósofo e investigador social interesado en la relación entre la evolución de los medios y el cambio social. Quiero entender mejor cómo se estructuran y construyen mutuamente, específicamente en el contexto de las economías emergentes de América Latina, para describir las maneras en las que el cambio tecnológico está afectando sus entornos culturales e institucionales. Usando análisis textual, historiografía, etnografía y métodos cuantitativos, quiero trazar un mapa comparativo de cómo tecnologías emergentes están siendo adoptadas a través de comunidades, gobiernos y organizaciones en América Latina, y construir un marco para entender cómo estas apropiaciones son de naturaleza singular y responden a fuerzas culturales e históricas específicas.

Algunas de las preguntas que me interesan incluyen (pero no se limitan a) las siguientes:

  • ¿Cuáles son algunas de las prácticas mediáticas y tecnológicas emergentes que son específicas a los contextos latinoamericanos?
  • ¿En qué se diferencia la adopción de plataformas tecnológicas en y a través de América Latina?
  • ¿Cuál es el grado de intercambio e interacción entre culturas mediáticas en diferentes economías emergentes y en desarrollo?
  • ¿Cómo están afectando las nuevas prácticas mediáticas el clima institucional del contexto latinoamericano, y cuál es la respuesta políticas y regulativa?
  • ¿Están las comunidades tradicionalmente excluidas económica e informacionalmente en mejor o peor condición en el entorno mediático emergente, y cómo está contribuyendo la educación a encoger o ensanchar las múltiples brechas en alfabetización tecnológica?
  • ¿Cuáles son algunas oportunidades estratégicas para que estas economías y comunidades puedan efectivamente articular nuevas actividades económicas basadas en la tecnología y el conocimiento? (P.ej. en áreas como videojuegos, tecnologías móviles, medios comunitarios, etc.)
  • ¿Qué papel puede desempeñar la teoría e investigación latinoamericana clásica o emergente al considerar estas preguntas, y cómo pueden contribuir a la discusión global sobre medios y tecnología?

“La mate es muy difícil”

Hace unas semanas volvía del trabajo a casa y pasé frente a una facultad de ingeniería, y terminé pensando en por qué no estudié una carrera de ciencias o ingeniería. Yo estudié Filosofía, pero durante mucho tiempo antes de ingresar a la universidad consideré seriamente estudiar ingeniería – ingeniería de sistemas, en particular. Pero finalmente, me llamaron más las letras y terminé convenciéndome de que no era particularmente bueno para las matemáticas, el lugar clásico y común de mucha gente que estudió conmigo en la universidad para descartar una carrera de ciencias o ingeniería.

El desarrollo de un fuerte sector de ciencias e ingeniería es fundamental para la construcción de una economía de alta tecnología. Un fuerte sector profesional junto con un sector haciendo investigación científica sólida se convierten en el caldo de cultivo de futuros descubrimientos científicos, patentes, desarrollo de nuevos procesos e innovaciones técnicas. Y, de hecho, las carreras en ingeniería están entre las más demandadas en la economía peruana, y entre las mejor remuneradas para un recién graduado. Según una nota en Universia del 2011 sobre demanda de profesionales en el Perú:

Iván Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, explica que actualmente son las diversas ramas de la ingeniería las especialidades que están liderando la demanda laboral. “Hay trabajo, principalmente, en Ingeniería Civil (por el aumento  de construcciones), Informática, Electrónica e Industrial”, precisó.

Y aquí se pone un poco más interesante. Si uno revisa la información de estudiantes de pre-grado del censo nacional universitario del 2010, de la Asamblea Nacional de Rectores, encontrará dos cuadros que me llamaron particularmente la atención. El primer cuadro compara las 10 carreras más estudiadas entre el censo de 1996 y el del 2010:

En el censo de 1996 las carreras de ingeniería suman un 17.9% de las 10 más estudiadas, y en el 2010 este número se incrementa a 24.8%. Es decir, no llegan a ser la cuarta parte de las diez carreras más estudiadas, a pesar de ser las carreras profesionales que tenderían, por lo visto, a encontrar mayor demanda para sus egresados.

Un segundo cuadro muestra algo también muy interesante: las carreras profesionales con mayor población estudiantil por departamento.

Sólo en el Callao, Huancavelica y Cajamarca aparecen opciones de ingeniería con las mayores poblaciones estudiantiles. Doblemente espectacular por la cantidad de rojos, naranjas y amarillos en el mapa: abogados, administradores y contadores.

¿Por qué? He escrito antes sobre los conflictos que nos genera asumirnos como país minero, a pesar de que fácticamente lo somos, y que definitivamente me parece que deberíamos estar apuntando a no serlo y a construir una nueva economía, post-industrial.  Este conflicto se traduce en que no sabemos, no decidimos y no formulamos claramente qué tipo de economía tenemos o qué queremos hacer (no tiene que ser una sola respuesta, pero difícilmente tenemos alguna sistemática). Pero este mapa, ¿qué tipo de economía nos dice que estamos construyendo? ¿Qué cuentan todos esos contadores, y qué administran todos esos administradores? ¿Y por qué la gente no está eligiendo las carreras profesionales que tienen mayor salida laboral? ¿De dónde viene el desfase?

Ensayar una respuesta completa sería demasiado complicado para este post. Pero creo que vale la pena señalar algunas cosas:

  • ¿Por qué no estudiamos más carreras de ciencias? Porque somos pésimos. Cuando un joven, como me pasó a mí mismo, tiene que escoger su carrera universitaria, y parte de reconocer su falencia estructural en el ámbito de la matemática y la ciencia, hace tanto más difícil (1) que escoja una carrera de ciencias o ingeniería, y (2) que la termine exitosamente. En las pruebas PISA 2009, Perú quedó en el puesto 62 en lectura, 60 en matemática y 63 en ciencias, sobre una muestra de 65 países.
  • Estamos promoviendo una visión muy limitada de lo que son las carreras del futuro – de hecho, no estamos promoviendo ninguna visión. Nuestros diseños institucionales favorecen la dificultad de la innovación y experimentación en términos de materia educativa: en los 5 años que estudié una carrera de letras, mi confrontación con cursos de ciencias, ingeniería, o matemáticas no sumarían, en conjunto, ni un semestre. Probablemente algo similar podría decirse del otro lado. Tenemos una visión compartimentalizada de la educación superior, que diluye el hecho de que las profesiones y los roles laborales se encuentran cada vez más mezclados. Esto impide que, incluso si uno no está estudiando una carrera “de ciencias”, pueda explorar algunos cursos o temas desde su propia carrera y encuentre los incentivos institucionales para hacerlo.
  • En una nota publicada en Facebook hace unos días, Kiko Mayorga, director de Escuelab.org, criticaba la falta de políticas e incentivos por parte del Ministerio de Cultura y del CONCYTEC para generar nuevos proyectos de investigación y desarrollo, sobre todo comparados a países de nuestra propia región como Colombia o Chile. Lo cual nos genera un círculo vicioso: no estamos formando los profesionales que requieran de estas políticas, y no estamos formulando las políticas que incentiven la formación de estos profesionales. Acá también operan visiones un poco limitadas sobre el tipo de investigación y desarrollo que queremos generar a nivel país, sin ningún tipo de marco global de prioridades para incentivar en función a las oportunidades que nos ofrece el medio local, nuestro base de talento existente y la posibilidad de posicionar nuestro conocimiento en el mercado internacional. Una buena alineación de estas piezas nos permitiría armar un mapa estratégico de las políticas de inversión en investigación y desarrollo para los próximos años; alineando, además, la oferta educativa con la participación de universidades públicas en diferentes lugares del país.

Investigación colaborativa

Al menos de donde yo vengo (la filosofía) la investigación siempre es una actividad individual. Al menos entendida como tal, quizás no necesaria o estrictamente practicada así. Es decir, al menos en la filosofía, y en general en las humanidades, el trabajo de investigación es una labora del investigador, solo, en una biblioteca, en una oficina, qué sé yo, pero siempre en un lugar con muchos libros, leyendo compulsiva y desmesuradamente enormes cantidades de contenido y quizás tomando algunas notas, haciendo apuntes. Luego de suficientes notas y apuntes, el investigador empieza a reunir sus ideas y sintetizas sus descubrimientos en algún tipo de producto escrito, en un artículo, un ensayo, quizás hasta un libro.

La investigación es una práctica concebida de manera solipsista, autónoma, individual. Digo pensada, porque en la práctica no funciona tan así: uno conversa con otros sobre lo que investiga, busca sugerencia, recibe recomendaciones que van ayudando a expandir o dirigir lo que uno intenta encontrar. Pero a pesar de ese grado de socialización, el acto mismo de investigar lo sigue haciendo uno por sí solo, en la gran mayoría de los casos.

Hay, creo, y están apareciendo cada vez más maneras diferentes de entender la investigación. Como una práctica menos aislada, menos solitaria, más integrada, social y colaborativa. Aún así, en la filosofía esto no se ve mucho – aún. Pero tiene sentido pensar en grupos de investigación trabajando sostenidamente en productos conjuntos, retroalimentándose continuamente en el curso mismo de sus investigaciones y no solamente como algo externo.

Es, también, parte de cambiar el enfoque del producto, al proceso mismo de investigar, como un acto de continua transformación. Es análogo, si quieren, a la diferencia de demostrar autoridad publicando un artículo o un libro, o publicando un blog: el objeto impreso demuestra la autoridad del autor en tanto producto, mientras que el blog lo hace en tanto proceso, en tanto conversación siempre en movimiento, siempre falible y siempre abierta a crítica. Es el proceso de formación y transformación el que importa, más que el resultado mismo que es, en gran medida, descartable y continuamente superado.

Tenemos que pensar en nuevas formas de investigar, y de aprender a investigar como actos colectivos. Esto tiene muchas implicaciones, desde cómo escogemos temas, cómo los formulamos, cómo los presentamos, cómo los mejoramos. Cómo nos organizamos socialmente para investigar: quizás en pequeños grupos, continuos, constantes, y qué utilizamos para organizarlo ahora que tenemos nuevas herramientas para hacerlo.

Más allá de la torre de marfil

Aprovechando que en el artículo anterior enlacé al blog de Jenna McWilliams, encontré este artículo reciente suyo anunciando y justificando que empezará a compartir abiertamente los productos de su trabajo académico. Todo se sustenta sobre un giro económico en el entendimiento de la oferta educativa:

For better or worse–I think for better–the scarcity model of scholarship and education has been replaced by an abundance model. At least in theory, new technologies make it possible for practically every American to access knowledge and information that was previously protected by the gatekeepers of higher education. These gatekeepers include a k-12 education system that prepares wealthier, whiter kids for a white-collar trajectory while preparing poorer, darker-skinned kids for the working class; a financial aid system that offers scholarships to the wealthiest and the highest-achieving kids and grants to the poorest kids, but almost nothing for everyone in between; and a general educational culture that discriminates against nontraditional students including older learners and parents. At least in theory, new technologies and virtual communities make it possible for everyone to access and make use of knowledge and research from the most prominent universities in the world.

En el mundo de las tecnologías digitales, el conocimiento y la información ya no son bienes escasos, sino que son completamente abundantes. No sólo no necesitamos, sino que no podemos encerrarlos dentro de instituciones educativas. De la misma manera que ya no tiene sentido como antes el que, como investigadores, teóricos y académicos, nos preocupemos sobre todo por encerrar, esconder nuestro propio trabajo. De hecho, es razonable incluso suponer que tenemos individualmente mucho más que ganar por compartir abiertamente nuestras ideas y nuestras investigaciones, que escondiéndolas.

Esto es algo que he querido hacer yo mismo hace un tiempo, pero aún no encuentro la mejor manera de hacerlo. Tengo una serie de ensayos y trabajos que preparé para diferentes cursos y presentaciones que me gustaría compartir abiertamente – no precisamente porque piense que son la gran cosa, sino porque podrían servirle a alguien en algún momento, y porque podría incluso recibir comentarios y sugerencias sobre cómo mejorarlos, convirtiéndolos en trabajos-en-proceso en lugar de productos terminados. De hecho, creo que sería mucho más valioso para mí o para cualquier que estas ideas, por pequeñas que fueran, estén allí afuera para ser aprovechadas por alguien, a que se queden sin ser leídas por nadie en mi disco duro. Esta misma idea me animó en los últimos semestres a utilizar un wiki como material de mi curso de Sociología de la Comunicación en la UPC – el wiki aún está en el aire, aunque probablemente en el futuro cercano empiece a experimentar varios cambios y a convertirse en un repositorio más grande de trabajos e ideas en desarrollo.

Un recurso poco conocido es la página de Tesis PUCP, creada por la Dirección de Informática Académica de la PUCP. Allí se anuncian y publican todas las tesis sustentadas y aprobadas en la PUCP (al menos las que aceptan hacerlo, según tengo entendido) para que estén disponibles al público en general vía web. Me parece una excelente idea para compartir conocimiento y permitir que las ideas del ámbito académico puedan tener un alcance mayor fuera del campus. Uno puede incluso suscribirse vía RSS para recibir notificaciones cuando nuevas tesis son publicadas, y así se termina uno enterando de temas e investigaciones que jamás se habría uno imaginado se hacían en el Perú.

Al infinito y más allá

Dos cosas podemos comentar sobre las posibilidades de la nueva revolución industrial: primero, que pone a disponibilidad de diferentes sociedades plataformas tecnológicas de producción que reducen las inversiones necesarias para desarrollar e innovar tecnología; segundo, que el uso de esas plataformas para formular y desarrollar esas nuevas tecnologías se convierte en un elemento fundamental para el desarrollo de economías en las sociedades informacionales.

A pesar de eso, la inversión en ciencia y desarrollo tecnológico suele ser vista como poco rentable o justificada, sobre todo a la luz de otras prioridades sociales. Si hay hambre, desempleo, o falta de acceso a servicios de salud en una sociedad, se argumenta -de manera completamente razonable- que deberían primero atenderse esas necesidades fundamentales antes de pensar en problemas de ciencia y tecnología. La paradoja se hace evidente cuando caemos en cuenta de que para romper el círculo de la pobreza y alcanzar niveles más altos de productividad, se hace necesario realizar tales inversiones que generan, a largo plazo, retornos mucho mayores.

Hace unos días, el gobierno boliviano anunció la creación de una nueva Agencia Espacial Boliviana que tendrá a su cargo la ejecución del proyecto de lanzamiento del primer satélite boliviano, Túpac Katari. El proyecto se realizará en 36 meses y a un costo de US$300 millones, con colaboración del gobierno chino para la construcción y lanzamiento del satélite, y la transferencia tecnológica necesaria para su monitoreo y administración desde La Paz. Con esto Bolivia planea reducir a la mitad su costo anual en uso de infraestructura satelital (según cálculos simples, un ahorro de al menos US$75 millones a través de los 15 años considerados en el proyecto), pero ciertamente lo más interesante del asunto terminará siendo el ecosistema tecnológico que esto genera: por un lado, la posibilidad de brindar esos mismos servicios a otros países u organizaciones, y más aún, las tecnologías, los productos y los servicios que pueden desarrollarse a partir de esta transferencia de conocimiento.

El impacto de este tipo de inversiones es sistémico. No estamos hablando solamente aquí del ahorro que puede generar tener un satélite propio -si el proyecto me cuesta 300 millones para ahorrarme 75, ése no puede ser todo su sentido- sino de las posibilidades que introduce en términos de tecnologías adquiridas, trabajadores y especialistas capacitados, productos de conocimiento desarrollados, información recogida, etc. Tener una agencia espacial no quiere decir necesariamente que uno está pensando en cómo pondrá personas en la luna, o en Marte, sino simplemente que está pensando en las posibilidades que aporta el espacio, como por ejemplo para las telecomunicaciones. Estas posibilidades no son triviales ni son simplemente marketing, como lo atestiguan la creación, en los últimos años, de aparatos aeroespaciales significativos tanto en India como en China, y la creciente importancia que la industria privada está teniendo en proyecto espaciales tanto en Estados Unidos como en Rusia.

De hecho, ayer Barack Obama delineó lo que será su nueva política para la exploración espacial. Difícilmente una revolución absoluta, pero inyecta energía en un sector y una agencia -la NASA- que han perdido terreno y relevancia en los últimos años. Con la pronta desactivación del programa del transbordador espacial, el futuro de los Estados Unidos en el espacio resultaba aún más una incógnita, hasta el anuncio de ayer del presidente Obama se una serie de inversiones, a partir de un incremento de US$6 mil millones de dólares en el presupuesto de NASA, para nuevas tecnologías que permitan llevar cargas pesadas fuera de la atmósfera terrestre a un bajo costo, así como futuras misiones a asteroides cercanos a la Tierra y, eventualmente, a Marte.

El comentario de Phil Plait a la nueva política anunciada tiene dos pequeños pasajes que llamaron mi atención. El primero es sobre el tiempo que han tomado en hacer efecto las malas decisiones:

Another complaint with little or no merit [...] is that once the Shuttle is over, we need to borrow a lift from the Russians to get to space. As much as I’d like to see us with our own, independent, and healthy space program, I don’t see riding with the Russians as entirely a bad thing. It’s cheaper than the Shuttle, by a large amount. The bad political decisions involving NASA for the past forty years have put us in this predicament, not anything Obama has done over the past 15 months.

Y el segundo es sobre la relación con las iniciativas aeroespaciales del sector privado:

As far as relying on private space, I have been clear about that: NASA should not be doing the routine, like going to low Earth orbit. Let private companies do that now that the technology has become attainable by them. NASA needs to innovate. And I’ll note that NASA has relied on private space venture — Boeing, Lockheed, and many others — for decades. This is hardly new.

Esto segundo pareciera contraintuitivo. Pues uno pensaría, más bien, que sería el sector privado el que innovaría, como lo ha hecho, por ejemplo, con iniciativas como el X Prize. El problema aquí parecería ser, sin embargo, que por la presión en los últimos años por investigaciones científicas y tecnológicas en el sector privado que generen retornos rápidos y cuantiosos, que las tecnologías y plataformas de alcance amplio necesarias no pueden venir por esta vía. No porque estén imposibilitadas de hacerlo, sino porque las organizaciones no están invirtiendo de esta manera – como señala Plait, realizando inversiones que contemplen marcos de tiempo de 40 o 50 años. La mayoría de inversiones en productos tecnológicos, hoy, se realizan para generar retornos quizás en 5 o 10 años. Cualquier otra cosa es vista como demasiado abstracta como para recibir financiamiento privado.

No es un defecto intrínseco a la inversión privada en ciencia y tecnología, simplemente un rasgo que ha aparecido en los últimos años. Un comentario en la discusión en Slashdot hace poco respecto a la nueva ciudad científica planeada por el gobierno ruso echa un poco más de luz sobre esto:

Bell back in the regulated monopoly days was with out a doubt mature and financially stable. They could do research that might not pay off for 30 years because they knew they would be around in 30 years to benefit from it. They also built infrastructure that would last for decades even if it cost more for that same reason.

IBM still produces a lot of basic science for that same reason. They believe that they will be around for another 100 years. GE, DuPont, and Dow chemical used to and probably still do a lot of basic research for that same reason. They are mature and frankly a lot of their profitability is based on science so they benefit from research.

En otras palabras: hoy día entendemos innovación tecnológica en términos de un nuevo modelo de iPhone. Pero no tenemos, o virtualmente no tenemos, organizaciones con la libertad para realizar inversiones en investigación cuyos frutos recién aparecerán en 40 o 50 años, aquellas tecnologías que significarán cambios realmente revolucionarios en nuestras vidas cotidianas. De hecho, muchas de las innovaciones que reconocemos hoy cotidianamente son posibles, justamente, como resultado de innovaciones producto de investigaciones de hace 40 o 50 años.

La moraleja de todo esto es que se vuelve importante recuperar una cierta capacidad para proyectarnos e imaginar futuros posibles, aunque puedan parecer absolutamente inverosímiles en la actualidad. Preguntas que parecen caricaturescas, como cómo nos defenderemos de un asteroide que choque contra la Tierra, cómo lanzará el Perú si primer satélite al espacio (cuando ni siquiera puede lanzar bien el Metropolitano), cómo nos estableceremos en la luna, y así sucesivamente, son preguntas grandes sobre las que vale la pena pensar porque se convertirán en el horizonte que dirige nuestra investigación presente.

P.D.: Terminé de escribir el post y encontré que, inevitablemente, XKCD lo resumió todo mucho mejor que yo.

La nueva revolución industrial

Hace unas semanas, Chris Anderson, el editor de Wired, publicó en la revista un artículo sobre la nueva revolución industrial y cómo los nuevos avances tecnológicos en el diseño y la manufactura, y la distribución global de cadenas de producción, estaban inaugurando una nueva época de producción industrial de una escala y un dinamismo inconcebibles para las grandes industrias que conocemos.

El argumento es conocido, al menos si suelen pasar por este blog: la tecnología reduce los costos de transacción para todo tipo de operaciones, en este caso incluso las de producción de objetos físicos. Puedo diseñar productos utilizando computadoras de escritorio, enviar los diseños a una fábrica en China que tiene la tecnología para modelar un prototipo o una producción limitada a un costo accesible, y enviar la producción directamente a cualquier lugar del mundo. Cuando se reducen los costos de transacción de esta manera, son muchas más personas las que pueden participar del juego de la producción, pues es mucho más sencillo que reunir los recursos para construir una fábrica y montar toda la operación que una empresa de este tipo habría requerido antes. Ahora, realmente, bajo este esquema, cualquiera puede ser un productor industrial, un fabricante, un diseñador de productos. O bueno, casi cualquiera.

Quiero desprender de esto, por ahora, tres ideas.

La primera es que este tipo de ordenamientos son precisamente los que favorecen y facilitan la aparición de nuevos tipos de organizaciones. Al poder apuntar a sectores del mercado mucho más específicos, y al mismo tiempo sin estar tan limitados por factores como la geografía, la diversidad de objetivos, públicos, mercados y productos que empiezan a aparecer es abrumadora. Es precisamente lo contrario al modelo industrial clásico que nos dio la General Motors o la General Electric: nos alejamos de productos genéricos, indiferenciables, hacia productos específicos que reflejan mucho más cercanamente intereses y gustos particulares. Este tipo de emprendimientos a pequeña escala es, como ha argumentado antes la misma Wired, lo que la economía mundial necesita hoy para reactivarse, en lugar de los grandes salvatajes financieros e industriales de organizaciones que no tienen incentivos para la innovación (y sí tienen, en cambio, incentivos para mantener el status quo).

La segunda idea es que, si vamos un poco más lejos, lo que vemos es también como el cambio tecnológico transforma las bases de un modelo económico, en este caso, cómo se reestructura el capitalismo o el post-capitalismo ante la crisis de sus instituciones y modelos. Es decir, claro, hoy día puede ser mucho más accesible para cualquiera de nosotros convertirse en un productor industrial haciendo uso de estas tecnologías para producir a escalas, de nuevo, accesibles. Que le permiten a uno justificar sus gastos, e incluso derivar una cierta utilidad de todo que haga que toda la empresa justifique la inversión. Pero a esta escala difícilmente podemos reconstruir el aparato productivo y financiero que conocíamos, más que por agregación: es decir, no por el impacto o los resultados de una sola organización, sino de muchas, de miles, actuando al mismo tiempo, en diferentes lugares y en diferentes sentidos, se puede reconstruir el tejido social y económico. Pero las pretensiones de cada una de las células de ese tejido, sus expectativas, son marcadamente diferentes – sus motivaciones también. Algo así como que, ante el colapso de las grandes instituciones, demasiado lentas para adaptarse a mercados que cambian demasiado rápido, surge una economía de pequeños productores. Pierre Levy, en Inteligencia colectiva, refiere cómo serán organizaciones más chicas, basadas en el conocimiento, las que serán capaces de adaptarse al cambio tecnológico bajo una nueva concepción de su propósito:

Conducir a una movilización efectiva de las competencias. Si se quiere movilizar competencias habría que identificarlas. Y para localizarlas hay que reconocerlas en toda su diversidad. Los conocimientos oficialmente validados solo representan hoy una ínfima minoría de los que son activos. Este aspecto del reconocimiento es capital porque no tiene solo por finalidad una mejor administración de las competencias en las empresas y los colectivos en general, posee también una dimensión etico-política. En la edad del conocimiento, no reconocer al otro en su inteligencia, es negar su verdadera identidad social, es alimentar su resentimiento y su hostilidad, es sustentar la humillación, la frustración de la que nace la violencia. Sin embargo, cuando se valoriza al otro, según la gama variada de sus conocimientos se le permite identificarse de un modo nuevo y positivo, se contribuye a movilizarlo, a desarrollar en él, en cambio, sentimientos de reconocimiento que facilitarán como reacción, la implicación subjetiva de otras personas en proyectos colectivos.

Hay, también, un excelente artículo de Wired de hace unos meses sobre cómo la revolución digital está generando una nueva forma de socialismo en línea – el artículo es bueno, e interesante, pero tiene también muchísimos puntos para discutir.

La tercera idea es, más bien, su aplicación local. Y es que, con todo lo que se dice de que “el Perú avanza” y demás, pues cabría preguntarnos qué estamos haciendo en el marco de tecnologizar, modernizar e innovar nuestra producción, en bienes cuyo valor agregado sea, primordialmente, conocimiento, y no como es hora el caso materias primas para que otros produzcan. ¿Qué es lo que nos falta? El aparato productivo podemos tercerizarlo. ¿Nos falta conocimientos? ¿Ideas? ¿Tecnología? ¿Formación, habilidades? Incluso podríamos suponer que el acceso al capital se ha facilitado en los últimos años. Pero identificar el vacío e invertir en él debería ser una prioridad ahora y por los próximos años, para asegurarnos que estamos entrando a competir en el mercado global del 2020, y no de 1973. Señala Eduardo Ísmodes, en su libro Países sin futuro:

Algunas respuestas en torno al fracaso económico de estos países [que no progresan] se sustentarían en su modo de organización, en su cultura, en su sistema de educación y hasta en sus buena o malas relaciones internacionales.

Entre todas las explicaciones, destaca la siguiente, ya esbozada al inicio del primer capítulo: aquellos países en los que se invierte en educación, así como en investigación, desarrollo e innovación en ciencia y tecnología (I+D+I), crecen de manera regular y sostenida. (…) A pesar de que Irlanda no es uno de los países que más destaca en la inversión en ciencia y tecnología como porcentaje con relación a su PBI, las políticas y las prioridades establecidas al respecto muestran que es posible conseguir incrementos muy significativos en su PBI si continúa con una buena política y con buenos instrumentos de promoción de la ciencia y la tecnología ligadas al desarrollo económico. [Pp. 40-41]

Ísmodes reivindica para este propósito el espacio universitario como la oportunidad para promover la formación de los grupos que podrán generar conocimiento que genere valor agregado en la economía (Ísmodes fue hasta hace unos años decano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la PUCP).

En los países, regiones o localidades en los que se invierten pocos o nulos recursos para la investigación, el desarrollo y la innovación, las universidades, por lo general, son meras organizaciones dedicadas a recibir y transmitir conocimiento. (…) Las presiones externas y la falta de espacios para la reflexión terminan por convertirlas en fábricas de robots manejadas por robots. (…) Estos canales no formales deben estar asociados a lo que, actualmente, no hace la universidad de un país subdesarrollado: generar conocimiento. [Pp. 156-157]

De alguna manera lo que Ísmodes intenta hacer aquí sigue en la misma línea de lo anterior: aprovechar la manera en la cual la tecnología ha reducido los costos de transacción para organizarnos colectivamente, y explotarlo en el contexto de una organización dedicada al conocimiento como es la universidad (que puede, además, por su agregación de múltiples servicios, reducir aún más los costos). El objetivo va en la misma dirección que el artículo reciente de Anderson: habilitar la plataforma, la infraestructura para que miles de ideas y grupos dispersos puedan, de manerca agregada, reconstruir una economía que necesita desesperadamente innovación y nuevas ideas.

¿Por qué estudiar los videojuegos?

Mencioné hace un par de posts, de pasada, el lanzamiento del Laboratorio de Videojuegos de Lima (LVL) que habíamos hecho con unos amigos. Es uno de mis proyectos favoritos en los últimos días,  y quería hablar un poco más de él. Uno de los grandes obstáculos para el estudio y la investigación sobre videojuegos en la actualidad es que lo primero que uno tiene que enfrentar es una alta dosis de escepticismo para lo que es percibido cmo una trivialidad, una mera extensión del mundo de los juguetes que algunas personas olvidaron dejar atrás cuando pasaron los años. Así que supongo que lo primero que hay que comentar es porqué encontramos necesario e interesante crear este laboratorio.

Primer dato interesante: en EEUU, más gente juega videojuegos que va al cine. Lo cual es simplemente testimonio de la magnitud económica y cultural que ha alcanzado la industria de los videojuegos. Una industria que ha adquirido tamaña magnitud está, inevitablemente, ejerciendo también una serie de influencias enormes en la manera como estamos configurando nuestra imagen de la realidad. Pero no nos estamos deteniendo lo suficiente para pensar en esta transición. Así como mi propia experiencia, muchas personas que se formaron jugando videojuegos hace años hoy día empiezan a “salir al mundo” de diferentes maneras, y al hacerlo, ¿cómo vemos la realidad de manera diferente a las personas que no se formaron jugando videojuegos?

Segundo, y esto me encanta decirlo, el medio es el mensaje (cf. McLuhan). Es decir: los videojuegos no son solamente una extensión más de algo que ya conocemos, no son solamente juguetes más vistosos, sino que brindan una nueva experiencia de interacción con los medios y los contenidos. La experiencia de los videojuegos es específica y particular, diferente a la experiencia del cine, de la televisión o del uso de las computadoras. De allí que amerite ser estudiada como una experiencia en sí misma – aunque, indudablemente, siempre se encuentra enmarcada y contextualizada por las experiencias de los demás medios al mismo tiempo (hibridación en McLuhan, convergencia en Jenkins).

Tercero, porque por lo mismo que esto es una industria enorme, y es una industria, además, de productos culturales, no está demás preguntarnos por los efectos del consumo de estos medios que son, casi en su totalidad, exportados. Los videojuegos llegan a nosotros con suposiciones y categorías que de alguna manera impactan nuestra cultura, y además del hecho de preguntarnos por este impacto, podemos también preguntarnos: ¿qué mensajes estamos igualmente desarrollando y comunicando nosotros al mundo? Hay toda una serie de plataformas y variables que hacen que sea también relevante preguntarnos por el futuro del desarrollo de los videojuegos en el Perú.

Cuarto, porque aún están por descubrirse todos los usos que podemos hacer de este, aún nuevo, medio. Como, por ejemplo, el hecho de que los videojuegos estimulen la corteza prefrontal del cerebro puede ser un recurso interesante para paliar los efectos de la pobreza en los niños. O que los videojuegos puedan utilizarse como medios de rápida difusión y alta efectividad para cosas como promover el acceso a la información y los servicios de salud. Los alcances en términos de usos potenciales que se tienen del medio son fronteras que recién están siendo exploradas por nuevos desarrolladores.

Hay mucho más que podría decir, pero este no es el lugar. Es una discusión, o varias discusiones, que esperamos se puedan abrir en el LVL, poco a poco.Principalmente, hacemos esto porque nos gusta, porque encontramos que los videojuegos han tenido un impacto profundo en nosotros y porque vemos que, hasta donde tenemos conocimiento, en nuestro medio y en nuestro contexto no se están brindando ni desarrollando ideas interesantes al respecto. Usualmente se escuchan opiniones de educadores, psicólogos, periodistas, que no sólo quizás nunca han jugado juegos sino que muestran un patente desconocimiento de los temas. La desinformación ha generado que se hayan generalizado una serie de concepciones erróneas sobre los videojuegos sobre las cuales, esperamos, se pueda echar algo de luz. Y, poco a poco, esperamos ir haciendo cosas cada vez más interesantes.

A todos los interesados, los invito a visitar el nuevo laboratorio e involucrarse, en principio participando de las discusiones, y con el tiempo espero que vayamos ideando nuevas maneras de participar.

El futuro de las noticias

En los últimos días se ha venido diciendo muchísimo sobre la crisis que están enfrentando los periódicos a nivel global. Lo que empezamos a encontrar por doquier, como en tantos otros casos, es la manera como un modelo de negocios se ve colapsado cuando las condiciones de su entorno cambian. Morsa le da una explicación del tipo La ideología alemana meets Manuel Castells que resume bien el asunto:

De hecho, aquí ha habido un doble factor. Primero, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y comunicación que ha desplazado a los diarios, al formato impreso, y segundo, la aparición del prosumer (en gran medida, como una forma de los medios masivos y de las nuevas empresas como Google para salvar el negocio en medio de una recesión que ya lleva casi una década). Dos factores entrelazados y dependientes. Una crisis que llevó a la promoción de un negocio que terminó matando una industria, durante la prolongación de la crisis. Como dicen, parte del desarrollo de las fuerzas productivas que entran en contradicción con las relaciones sociales de producción, basado en el informacionalismo como paradigma

Dos cosas. Primero, contexto; segundo, y ahora qué. En EEUU, la publicidad en los periódicos ha caído 16.6% y no parece dejar de caer. La circulación ha colapsado y ha obligado a más de un periódico a cerrar sus operaciones o transformarlas radicalmente: sea fusionándose con otros diarios, sea convirtiéndose en operaciones basadas sólo en la web. Al problema que la industria enfrentaba ya, como señala Morsa, debido a cambios tecnológicos y a la “desprofesionalización” del mundo de la publicación, se agrega ahora el enorme problema de la crisis financiera y el colapso del mercado de anuncios de bienes raíces. Los grandes diarios han acumulado deudas gigantescas que ya no están en posición de afrontar. Y todo esto lleva a que nos hagamos la incómoda pregunta: ¿por qué, entonces, es que sigue existiendo este modelo? ¿Por qué seguimos o queremos seguir manteniendo los diarios en circulación, cuando pareciera que su modelo ya no funciona? Ésta es la pregunta que se hizo hace uno días Clay Shirky en una larga columna que ha hecho temblar a más de uno en el mundo editorial.

Varias de estas noticias tuve oportunidad de comentarlas hace unos días en el blog de Ashoka Perú, hablando de transformaciones en los medios. Y es que desde el programa de Medios & Conocimiento de Ashoka también hemos lanzado la pregunta, ¿y ahora qué se puede hacer con los periódicos? ¿Cuál será el nuevo modelo que funcionará para publicar las noticias?

Es indudable que cualquiera que sea este nuevo modelo, la publicación en línea será un componente central en su formulación. No queda tan claro qué pasará con los árboles muertos que se siguen imprimiendo, pero el hecho es que la web y el diario impreso están cada vez más integrados, por decir lo menos, pero este mismo acercamiento radicalmente transforma lo que entendemos o esperamos del “periodista” (el link va a Invasiones Bárbaras, blog homónimo de mi otro blog que descubrí en los últimos días y que es muy interesante). Además de que son los periodistas en línea los que ven con mayor optimismo el futuro de sus medios, con mayor o menor razón. De toda esta maraña confusa de lo que está pasando, muchas cosas están en juego: primero, que los valores tradicionalmente asociados con el periodismo están siendo puestos en cuestionamiento: cuando se desprofesionaliza la publicación de noticias, se hace más difícil tener algún tipo de expectativa sobre la supuesta “búsqueda de la verdad” y los “hechos objetivos” que el periodismo dice buscar. Francamente, hasta ahí no encuentro problema, porque me parece que eso es más engañarnos a nosotros mismos si creemos que es posible. Pero lo que sí me parece problemático es que los estándares de calidad y de rigurosidad que podamos esperar de la publicación de noticias se vean puestos bajo cuestión.

En este punto me parece que el problema radica justamente en que hayamos creído que los medios nos brindaban visiones objetivas del mundo, cuando siempre la figura ha sido sumamente más compleja. De allí que la solución no es, creo, pretender que podamos recuperar estándarse de objetividad y veracidad que muy probablemente nunca tuvimos, sino más bien que sepamos educarnos nosotros mismos para evaluar la información de manera crítica. Es decir, el nuevo panorama mediático pone sobre el tapete la importancia central de una alfabetización mediática que acompañe a todas esas otras alfabetizaciones que nos faltan.

La cosa, sin embargo, va más allá todavía. Y es que, dentro de todo, los medios tradicionales, y en particular los diarios, cumplen (a veces mejor, a veces peor) una función social importante al dedicar recursos para la investigación de historias de interés público que de otra manera no recibirían mayor atención. En otras palabras: en la ausencia de los diarios, ¿quién financiará los reportajes de investigación cuyo trabajo continuo requiera un esfuerzo que va más allá del interés de un blogger? ¿Cómo saldrán estas historias a la luz sin algún tipo de soporte que va desde la protección legal hasta el financiamiento logístico?

Es aquí donde empiezan a configurarse las imágenes de lo que, posiblemente, emerja como las raíces de un nuevo paradigma. Una propuesta en el Senado estadounidense se basa en la idea de convertir a las organizaciones de noticias en organizaciones sin fines de lucro, para que no paguen impuestos y sean elegibles para una serie de beneficios legales y tributarios. Aunque pueda ser una idea interesante, no es una idea que no venga acompañada de problemas. Pero también es cierto que uno de los modelos de generación de contenidos que está emergiendo es el de grupos con intereses particulares -a menudo think tanks, u organizaciones del sector social- que están acoplando a sus actividades usuales la función de generar noticias, reportes, y todo tipo de contenidos asociados con su tema en particular.

No es, claro, la única posibilidad. Otras alternativas también están en bandeja: el Huffington Post, por ejemplo, acaba de anunciar un fondo para financiar periodismo de investigación para historias en torno a la economía estadounidense. El anuncio del propio HuffPost dice lo siguiente:

El popular sitio web está colaborando con The Atlantic Philanthropies y otros donantes para lanzar el Fondo de Investigación del Huffington Post con un presupuesto inicial de $1.75 millones. Eso debería ser suficiente para un equipo de 10 periodistas que coordinarán historias principalmente con freelancers, dijo Ariana Huffington, co-fundadora y editora principal del Huffington Post.

El asunto sigue siendo muy confuso y oscuro por ahora, a medida que vemos las tensiones que se generan entre viejos medios en transformación y nuevos medios en crecimiento, pero creo que no deberíamos ser tan ingenuos como para pensar ni que los diarios desaparecerán por completo, ni que debemos aferrarnos al paradigma conocido de supuesta veracidad y objetividad. En algún punto más allá de ambas posibilidades tenderemos hacia una suerte de convergencia donde cada medio encontrará su lugar frente a los demás, cumpliendo diferentes funciones sociales. Nuestro gran desafío ahora es que estamos acostumbrados a enfrentar este tipo de problemas desde un punto de vista institucional: cuando encontramos este tipo de crisis, buscamos la manera organizacional de encontrarle algún tipo de solución. Pero quizás el nuevo panorama nos exige pensar el problema de una manera diferente. Y esto me viene a la mente porque, ya que últimamente he estado muy afanado viendo charlas de TED, es el tipo de cambio de modelo conceptual que he escuchado, justamente, de Clay Shirky: