Registros

Hay muchas cosas que quiero comentar hace tiempo, pero no encuentro el momento. En todo caso, en los últimos días he estado leyendo un libro de Lisa Gitelman, titulado Always Already New: Media, History And The Data Of Culture. Es un libro sobre “medios de inscripción” en los últimos dos siglos: medios que han sido utilizados para registrar cosas. Y tiene dos dimensiones bastante interesante, por un lado explorando la aparición de diferentes tecnologías de inscripción, desde el fonógrafo hasta la web, y la manera como se elaboraron protocolos sociales para su uso en su momento (en un proceso de lo que McLuhan llama “hibridación”); pero por otro lado, explorando también la transformación de nuestra noción de inscripción o de registro – es decir, que a diferentes posibilidades técnicas se corresponden también diferentes nociones historiográficas sobre qué debe ser registrado, cómo debe ser registrado, y qué significa registrar para la posteridad.

Por este libro retrocedí a los orígenes de lo que luego vino a ser esto del “Internet”, y la manera como se fue formando originalmente. Es interesante porque el origen de los protocolos y la estructura básica vino de un grupo bastante heterogéneo de académicos trabajando con contratistas privados armando un proyecto para el Departamento de Defensa de EEUU. Pero eran, también, en esencia una comunidad temprana de hackers. Y en sus dinámicas grupales pueden mapearse, también, muchas de las actitudes que luego quedarían inscritas en los protocolos de uso de ARPAnet, de Internet, y eventualmente también de la web.

Me llamó especialmente la atención su actitud hacia la discusión y la documentación, que quedó capturada en el documento RFC (Request For Comments) 3, de 1969. El grupo de trabajo utilizaba documentos que circulaba entre sus miembros como propuestas sobre las cuales los demás miembros agregaban comentarios, y éstas eran sus reglas sobre qué calificaba como discutible:

The content of a NWG note may be any thought, suggestion, etc. related to
the HOST software or other aspect of the network.  Notes are encouraged to
be timely rather than polished.  Philosophical positions without examples
or other specifics, specific suggestions or implementation techniques
without introductory or background explication, and explicit questions
without any attempted answers are all acceptable.  The minimum length for
a NWG note is one sentence.

Esto – y es además lo que resalta Gitelman – sucede, entre otras razones, porque el medio que estaban construyendo ofrece un conjunto de nuevas posibilidades para la inscripción y el registro de ideas. Esto lo recoge el mismo RFC en su párrafo siguiente:

These standards (or lack of them) are stated explicitly for two reasons.
First, there is a tendency to view a written statement as ipso facto
authoritative, and we hope to promote the exchange and discussion of
considerably less than authoritative ideas.  Second, there is a natural
hesitancy to publish something unpolished, and we hope to ease this
inhibition.

Es decir, querían la mayor apertura posible para lo que se entendía como un trabajo en progreso, donde se requerían nuevas ideas y propuestas más que posturas refinadas y cuidadosamente sustanciadas. Se buscaba fomentar la discusión y la evaluación de posibilidades, más que algún tipo de verdad o modelo definitivo que resuelva el problema.

Publicar las ideas, y luego filtrarlas, en lugar de filtrarlas primero y publicar las sobrevivientes. Lo que termino siendo, en muchos sentidos, el modelo cultural de la publicación en la web.

Laboratorios de la consciencia

Este miércoles a las 8pm he sido invitado a participar de un seminario de extensión organizado por la Escuela de Psicoterapia Clínica y Aplicada (EPCA) sobre “Internet y realidad virtual: nuevos modos de comunicación, nuevas formas de vivir”. Esta semana es la primera sesión, en la que participaremos Luis Herrera dando una mirada psicoanalítica a la realidad virtual, y yo. El próximo miércoles y el subsiguiente participarán también Roberto Bustamante, Ilse Rehder, Gonzalo Torres, Carmen Graham y Talía Chlimper.

Lo que quiero presentar este miércoles gira en torno a la relación que estamos aprendiendo a establecer con ese-otro-yo que se construye en la pantalla, ese yo que es otro pero que soy yo al mismo tiempo. Quiero además jugar con la idea de que las identidades que estamos aprendiendo a construir en realidades simuladas no son menos reales, sino que aportan algo fundamental a la construcción de nuestra identidad en tanto nos brindan espacios de experimentación donde podemos ensayar diferentes configuraciones que no necesariamente podríamos en el “mundo real”. Las identidades que construimos en los espacios virtuales de esta manera operan como una suerte de “laboratorios de la consciencia”.

Esto espero que podamos verlo principalmente en dos escenarios: en primer lugar, en la relación que construimos con los personajes que controlamos y a través de los cuales nos extendemos en los videojuegos, sobre todo en aquellos casos donde dedicamos tiempo a la construcción continua de un personaje en todas sus dimensiones. Esto se vuelve más complejo en videojuegos donde existe un orden moral codificado en las interacciones del juego (nuestros actos están programados para influir positiva o negativamente en actos posteriores del juego), o donde hay un orden moral importado del “mundo real” en la medida en que los demás personajes con los que interactuamos son también controlados por personas de carne y hueso.

El hecho de controlar un personaje cuyas acciones no necesariamente se reflejan sobre nosotros en el espacio físico nos brinda una suerte de extraña libertad para actuar. Es decir, mágicamente adquirimos una suerte de licencia para la transgresión en la medida en que no nos vemos necesariamente obligados a preocuparnos por las consecuencias de nuestros actos, o a hacerlo sólo dentro de los límites del juego. En otras palabras, puedo jugar a ser malo, y ver qué pasa. Mucho de lo que se ha dicho sobre esta posibilidad ha estado relacionado en torno a la discusión sobre la violencia en los videojuegos, y cómo este aprendizaje de la transgresión puede incentivar o no a las personas a hacer lo mismo en el espacio físico – pero de hecho, creo que justamente esta experimentación virtual que podemos hacer tiene valor justamente porque es virtual, porque nos da un espacio en el cual “saludablemente” proyectar y llevar a cabo todas aquellas cosas que sabemos que no podemos hacer en el mundo físico.

El segundo escenario en el cual quiero explorar esta idea es el de las redes sociales en la web. En las cuales, de alguna manera, también nos extendemos y proyectamos en la forma de perfiles que se van desenvolviendo a través del tiempo: quién soy yo deja de ser un conjunto de descripciones definidas para convertirse en un discurso continuo y constante sobre qué hago, con quién me comunico, qué me interesa, dónde estoy, etc. Creo que la lección interesante aquí es que la identidad, o las identidades, que construimos en espacios virtuales dejan de ser productos estáticos y determinados para convertirse en procesos dinámicos que evidencian, además, la manera como se superponen diferente versiones de quien yo soy: no sólo un yo-efectivo, sino también un yo-desiderativo, y además múltiples versiones del yo que vienen de los demás. Fotos en las cuales aparezco, mensajes que me envían, y demás elementos que, en conjunto, forman una visión abstracta de quien soy -una función de onda, si quieren ponerse cuánticos- que colapsa según los intereses del observador.

Con toda esta exploración, espero que finalmente podamos llegar a formularnos algunas preguntas sobre lo que me gusta llamar tecnoexistencialismo: una vez que dejamos detrás las ingenuidades respecto a cómo pensamos la tecnología, y empezamos a pensar desde ella, entendiendo lo que nos ofrece tanto como amputaciones y como extensiones, ¿qué lecciones podemos extraer? Si de hecho nuestras identidades se desarrollan en estas versiones de laboratorio, ¿cómo esos resultados repercuten o influyen en nuestra vida cotidiana en el espacio físico, y viceversa? ¿Qué es necesario y cómo canalizamos estas experiencias en aprendizajes que nos hagan encontrar un lugar de mayor comodidad con la tecnología? En otras palabras – cuando se hace tan fácil que desarrollemos personalidades múltiples, ¿cómo hacemos para no volvernos locos en el intento?

En fin, éstas son algunas de las ideas que espero desarrollar en la presentación de este miércoles. Pueden encontrar el programa completo, así como información sobre cómo inscribirse, aquí.

El mundo de Rupert

De hecho debo haberles recomendado antes que lean Boing Boing. Es uno de los mejores blogs que conozco. Y realmente se encuentran cosas geniales.

Cory Doctorow opina sobre el iPad desde el punto de vista de lo que significa para los usuarios de tecnología, reduciéndolos al rol unidimensional e incuestionable de “consumidores” en lugar de fomentar la tecnología como un uso crítico y transformador.

The way you improve your iPad isn’t to figure out how it works and making it better. The way you improve the iPad is to buy iApps. Buying an iPad for your kids isn’t a means of jump-starting the realization that the world is yours to take apart and reassemble; it’s a way of telling your offspring that even changing the batteries is something you have to leave to the professionals.

Si pasan por aquí regularmente notarán que esto es un tema que me interesa bastante últimamente. Porque conforme nos vemos cada vez más rodeados de dispositivos, formatos y tecnologías que solamente pueden utilizarse como el productor quiere que se usen, el potencial transformador de la tecnología se pierde. Al mismo tiempo, los actos que pretenden ver la tecnología como algo más, la actitud de desarmar el mundo para entender como funciona, termina volviéndose una actitud criminal, marginalizada. La pretensión de utilizar la tecnología como algo más que dispositivos unidimensionales se vuelve un acto de transgresión y de resistencia.

¿De transgresión y de resistencia a qué? Doctorow lo menciona también en su crítica al iPad, pero otro artículo en Boing Boing apunta además a un texto de Clay Shirky sobre el futuro de los modelos existentes de la producción de contenidos, a la luz de la pretensión de personajes como Rupert Murdoch de regresar al mundo como era antes (y que todos paguemos lo que los productores decidan por consumir lo que ellos decidan que consumamos).

Diller, Brill, and Murdoch seem be stating a simple fact–we will have to pay them–but this fact is not in fact a fact. Instead, it is a choice, one its proponents often decline to spell out in full, because, spelled out in full, it would read something like this:

“Web users will have to pay for what they watch and use, or else we will have to stop making content in the costly and complex way we have grown accustomed to making it. And we don’t know how to do that…”

La posición de Murdoch es vista en diversos lugares de la web como una compleja forma de tecnofobia, como el reclamo de un hombre de negocios de que el mundo cambió y se llevó su modelo de subsistencia. Y aunque es fácil entender esta crítica a Murdoch, lo cierto es que tampoco es claro qué ocurrirá luego de que Murdoch alce las murallas de nuevo y cobre por el acceso a su contenido en línea. Pero es sugerente que Murdoch haya tomado partido por el iPad en esta discusión, pues revela justamente la conexión a la que apunta Doctorow: dispositivos no solo cerrados, sino que además encierran al usuario en un ecosistema controlado centralmente, no son ninguna forma de liberación sino más bien un regreso a modelos de distribución de información que en gran medida estábamos dejando atrás. Y que, a la luz de las nuevas posibilidades, infantilizan al usuario al limitarlo a un rol únicamente habilitado para el consumo.

Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

En los varios posts de la última serie, he referido en varias ocasiones a la idea del nuevo ecosistema mediático y a las reconfiguraciones que están adoptando los roles que forman parte de él. Quiero cerrar esta serie entrando un poco más en esta idea porque nos permite entender mejor qué lugar ocupa el periodismo reconfigurado dentro de este espacio, y sobre todo, en qué relaciones entra en el nuevo ecosistema. Hemos visto que lo más probable es que el periodismo sobreviva a sus instituciones, pero que el periodismo que sobreviva será radicalmente diferente; al mismo tiempo que los ciudadanos se vuelven un poco más periodistas, aunque parece más completo decir que el ejercicio de la ciudadanía misma está variando.

La idea de la reconfiguración del ecosistema mediático la tomé de un pequeño video que encontré en el blog de la Fundación Knight. Éste es un fragmento del profesor Jeff Jarvis, de la escuela de periodismo de la City University of New York:

Esta idea del nuevo ecosistema me gusta mucho porque parte de una constatación actualmente básica: la complejidad de la situación. Las relaciones que antes habríamos podido asumir de una manera más lineal en la manera como actuaban e interactuaban los medios y los consumidores ahora se vuelven una cuestió mucho más caótica donde no hay, realmente, reglas claramente establecidas. Recapitulemos un poco el background y veamos la tendencia: hace mucho, mucho tiempo, el ecosistema era mucho más simple. La cultura y el conocimiento -principalmente esto último- eran una prerrogativa y un privilegio de muy pocos. Con la aparición del alfabeto, la posibilidad de participar de la difusión del conocimiento era reservada a los pocos que sabían leer, y aún dentro de ellos, a unas pocas castas -las monacales, o las universitarias por ejemplo- con acceso a los pocos recursos disponibles de transmisión del conocimiento.

La imprenta de Guttenberg cambió esto por completo, y los sucesivos desarrollos en la tecnología de impresión tanto más aún: se hizo posible la difusión a gran escala y alcance de cuerpos de conocimiento más o menos uniformes, y la cultura adoptó el carácter de masiva. Se amplió el público, pero no en la misma escala los contenidos o creadores: la barrera de acceso seguía siendo la tenencia de los medios de producción, en este caso de la imprenta. Nuevas tecnología ampliaron más aún el alcance, pero incrementaron también la barrera de acceso: el espectro radiofónico que utiliza la radio y la televisión es limitado, y la inversión necesaria para jugar el juego es bastante alta.

Hago esta breve introducción histórica para sentar el contexto del ecosistema mediático que hemos conocido, que es la base de la cultura de masas: pocos nodos emisores frente a grandes masas consumidoras de contenidos e información. Los medios por los cuales el público consumidor puede participar de los contenidos son sumamente limitados, y frecuentemente ellos mismos controlados por los emisores (por ejemplo, las mediciones de audiencia, o las cartas al editor).

Con la introducción de la tecnología digital, el ordenamiento tradicional de este ecosistema se ve colapsado. La tecnología digital reduce enormemente la barrera de ingreso: es posible, técnicamente, escribir en una computadora personal e imprimir en una impresora doméstica y así generar contenidos publicables. Así también las cámaras digitales y el video digital hacen que estos medios estén al alcance de muchas más personas que antes (aunque, es claro, no de todos aún). Con la articulación de Internet se transforma el otro gran obstáculo cuando se crea un nuevo circuito de distribución de información que hace posible, al menos en potencia, que cualquier persona comunique al mundo sus ideas, y con la aparición de Google se hace posible que la reproducción y difusión de estas ideas se haga de una manera más o menos meritocrática, en función a la valoración que el resto de la web hace de un contenido. Con el desarrollo de las redes sociales, los usuarios -ya no simplemente consumidores- empiezan a encontrar en sus manos las herramientas para ser ellos mismos árbitros de la información que comparten con sus redes de contactos. La información y el conocimiento se vuelven más que nunca un proceso, y más que nunca uno social.

Hablar de un ecosistema mediático me resulta ilustrativo porque refleja la complejidad que resulta de todo este proceso histórico, así como también el hecho de que no estamos hablando de elementos que operen aisladamente. Dentro de este ecosistema, diferentes medios, contenidos y lenguajes forman una continuidad a través de la cual se desenvuelven los discursos y las interacciones. A partir de todo esto quiero coger dos ideas relevantes a este nuevo ecosistema mediático. La primera es en torno a los nuevos personajes que participan de él; la segunda, en torno a los nuevos roles que jugamos nosotros.

He intentado señalar que el rol del periodismo en este ecosistema se ha visto transformado, así como también que los ciudadanos estamos jugando un rol diferente en esta interacción. Pero como bien señala Jarvis, las relaciones son más complejas que ésas: diferentes tipos de actores están participando de este ecosistema. Existen también organizaciones con objetivos específicos y agendas puntuales que están comunicando mensajes para promocionar sus ideas e intereses, y que están consiguiendo también generar los mensajes más interesantes en términos de involucrar a sus audiencias. Existen bloggers individuales y colectivos en torno a una enorme cantidad de temas, muchos más de los que la oferta comercial podría satisfacer -la larga cola de los intereses que cobra dimensiones relevantes a partir de Internet y Google-. Pero el universo de los blogs ya ni siquiera es suficientemente descriptivo de lo que está pasando, cuando redes sociales y demás servicios interactúan todo el tiempo con el contenido.

La cantidad y el tipo de actores que participan de este nuevo ecosistema se sigue ampliando cada vez más. Brian Solís, en el artículo que he venido comentando, habla de lo que llama una “statusphere” (que se traduciría horriblemente como “estadósfera”, pero el término original también suena igualmente horrible, basado en la idea de “actualizaciones de estado” de redes como Twitter o Facebook):

La Estadósfera [Statusphere] es el nuevo ecosistema para compartir, descubrir y publicar actualizaciones y micro-contenidos que revereberan a través de redes sociales y perfiles sindicados, resultando en una formidable efecto de actividad en red. Es la curación digital de contenido relevanto que nos vincula contextualmente a la Estadósfera, donde podemos conectarnos directamente con contactos existentes, llegar a nuevas personas, y también forjar nuevas conexiones a través del efecto de amigos de amigos en el proceso. [Traducción mía]

El término estadósfera es casi casi tan horrible como blogósfera, si no peor, así que no quiero usarlo mucho. Pero me quedaré con la idea del contexto y del ecosistema, y de cómo todos estos nuevos actores están operando: cuando la cantidad de información que tenemos que procesar para darle sentido al mundo es tan grande que es sencillamente imposible que lo hagamos solos, tenemos que buscar referentes en los que podamos confiar que nos ayuden a manejar esta complejidad. De la misma manera en que confiamos en otros para administrar partes de esta complejidad, nosotros mismos podemos hacernos cargos de otras partes y compartir nuestro proceso de filtrado y contextualización con una comunidad más grande.

Entonces, si el nuevo ecosistema mediático está marcado tanto por la transformación del papel que jugaban los viejos personajes, como por una apertura hacia todo un nuevo conjunto de actores participantes se que comunican e interactúan entre sí y con un público que deja de ser consumidor pasivo, es razonable suponer que los roles que se juegan dentro de este ecosistema también han cambiado. De nuevo, me remito a la analogía que usé antes sobre la diferencia entre organizarnos en “carpetas” o en “etiquetas”: de manera similar, hemos abandonado un esquema en el cual los actores en este ecosistema cumplen un solo rol determinado, por uno en el que muchas personas cumplen muchos roles al mismo tiempo, que se sobreponen unos con otros.

Un reporte de Forrester Research del año 2007 exploró un poco más lo que denominó las “tecnográficas sociales“, los patrones de comportamiento que adoptaban los usuarios de diferentes tipos de redes sociales. El resumen ejecutivo del reporte señala:

Muchas compañías enfocan la computación social como una lista de tecnologías que deben implementarse según son necesarias -un blog aquí, un podcast allá- para conseguir un objetivo de marketing. Pero un enfoque más coherente es empezar con un público objetivo y determinar qué tipo de relación quiere crear con ellos, basándose en aquello para lo que están preparados. Forreste categoriza los comportamientos de computación social en una escalera de seis niveles de participación; utilizamos el término “tecnográficas sociales” para describir el análisis de una población según su participación en estos niveles. Marcas, sitios web, y cualquier otra compañía aplicando tecnologías sociales debería analizar las tecnográficas sociales de sus clientes primero, para luego crear una estrategia basada en ese perfil. [Traducción mía]

Los seis tipos de comportamiento identificados por el reporte son: creadores, críticos, coleccionistas, seguidores, espectadores e inactivos. Los nombres son bastante autoexplicativos, y lo interesante es que reflejan una escala según el nivel de participación: desde usuarios que no se involucran, hasta usuarios que se involucran tanto como para empezar a generar sus propios contenidos y volverse creadores. Pero la manera incorrecta de leer esta categorización sería asumir que estas categorías son roles excluyentes unos de otros: de hecho, lo que parece más exacto es que uno pertenece en diferentes grados a varias de estas categorías al mismo tiempo. No nos involucramos de la misma manera con todas las cosas, como tampoco tenemos solamente un interés al cual le prestamos atención, con lo cual es razonable suponer que tenemos diferentes grados de participación frente a diferentes temas o en diferentes contextos.

La otra conclusión interesante que podemos desprender de esto es que lo que entendemos por participar de comunidades en línea es, también, una idea compleja. La manera como los usuarios están ejerciendo, digamos, este “periodismo ciudadano”, o el tipo de funciones que están cumpliendo en el manejo de la información y el conocimiento puede adoptar diferentes formas. Es cierto que algunos se dedicarán a generar nuevos contenidos, pero para que ese contenido llegue a alguna parte deberá caer en las manos de otras personas que lo comente, lo comparta, lo recomiende, lo critique, o simplemente escoja publicar el link. Al mismo tiempo, aparecen nuevas herramientas que funcionan para estos diferentes grados de involucramiento: desde la posibilidad de Retweetear en Twitter, hasta el botón para “marcar esta página” en Delicious, y demás alternativas. Y todos jugamos estos diferentes roles en el proceso cotidiano de manejar la información que nos rodea para introducirla en algún tipo de contexto que nos permita darle sentido al mundo. Este proceso de darle sentido al mundo es, entonces, una función eminentemente social. Y es en este proceso en el cual el periodismo se introduce hoy, dentro de este nuevo ecosistema. De vuelta a Solís:

La humanización y socialización del periodismo creará una plataforma viable para una vinculación significativa que construya una nueva era de confianza, lealtad y comunidad en torno a la marca mediática, una persona a la vez. Al mismo tiempo, establece una vía vibrante y colaborativa para descubrir y compartir historias de la gente, y para que la gente dé forma a historias que importan más allá de la mesa de asignaciones. Los consumidores están entonces involucrados en los medios y llevan un sentido de pertenencia y orgullo de haberse ganado la oportunidad de ayudar a dar forma a su curso. [Traducción mía]

He hecho, con todo esto, un recorrido bastante largo y estoy un poco cansado. Estas ideas no son de ninguna manera finales, sino que son sólo esbozos que espero poder tomar como base para ir puliendo y ampliando y discutiendo y comentando. Pero me parece que de todo esto se desprenden una serie de consecuencias sumamente interesantes, que no alcanzan solamente al periodismo sino que llegan a tocar toda la manera como estamos entendiendo nuestra cultura hoy en día. Por un lado escuchamos mucho de que nuestros fundamentos están en peligro, y escuchamos también que eso se evidencia en el colapso de nuestras instituciones más, supuestamente, fundamentales. Pero dentro de ello se abren nuevos espacios y nuevas oportunidades para aprovechar ese movimiento. Sobre todo, da la coincidencia, alegre o no, de que con nuestra participación cotidiana en espacios ahora cotidianos, recorriendo la web, leyendo noticias, invirtiendo tiempo en redes como Facebook, siguiendo gente en Twitter, estamos inevitablemente participando de todos estos procesos en mayor o menor medida. Y estamos distribuyendo socialmente procesos que antes eran más bien individuales: nuestras relaciones de confianza, nuestro manejo de información, incluso la construcción de nuestra identidad individual hoy día pasa por un proceso socializado y mediado tecnológicamente. Dadas todas esas coincidencias, creo que cae por su propio peso que nos veríamos beneficiados de considerar un poco más profundamente lo que está en juego en estos cambios: como señalaría McLuhan, preguntarnos por las amputaciones y las extensiones que el cambio mediático está generando.

Estado de la blogósfera

Ese término horrible, blogósfera, que dice muy poco.

En un comentario reciente, Ernesto recomendó un artículo del diario La Nación en Argentina sobre el estado actual de la blogósfera, a nivel global. El artículo ponía bajo una luz un poco preocupante el futuro este medio social – preocupante porque apuntaba a una tendencia de encogimiento asociada a una pérdida de energía.

El último informe del buscador Technorati, de septiembre pasado sobre el estado de la blogósfera, indica que ya existen en el mundo alrededor de 133 millones de blogs, aunque apenas el 1,1 por ciento se actualiza semanalmente.

La mayoría, según el informe, son apenas carátulas colgadas en la Web como barcos fantasmas con escasos contenidos y con aún menos comentarios de las audiencias interesadas en ese tipo de contenidos.

¿Esto quiere decir que los blogs pasan de moda? ¿Que se acabó la fiesta? Sí y no. Por un lado, es completamente esperable que en algún punto la explosión de contenido de los blogs se desacelere. Por otro, también es cierto que sería necio e ingenuo pensar que no serán los blogs un medio en algún momento también reemplazado por algún nuevo medio. La pregunta intrigante es cuál será ese otro medio, y qué características tendrá.

Los blogs tienen sentido en un momento de la historia, y sí creo que aún lo tienen – es exagerado decir que el medio está en picada o en caída sólo porque la enorme mayoría de blogs no son actualizados. Lo realmente importante es lo que están haciendo lo que sí están siendo actualizados – es allí donde se están jugando las transformaciones importantes.

Pero me parece que tenemos que ver ahora lo que está construyéndose en torno suyo, el “ecosistema en crisis” del que habla el artículo de La Nación. Los blogs más populares crecen, se articulan comunidades, y lo que en principio era sólo difusión de contenido en un formato simple se empieza a volver cada vez más una plataforma. Tómese por ejemplo el caso del Útero de Marita, que empezó como el blog del periodista Marco Sifuentes para ampliarse e incorporar Útero.tv, un proyecto más amplio de televisión en línea con un equipo de trabajo y una plataforma más elaborada. El mismo blog original ha pasado a articularse más complejamente con los videos y a formar un ecosistema más amplio. De la misma manera, blogs, canales de video, y ahora sobre todo redes sociales y aplicaciones construidas para ellas, se empiezan a articular de maneras cada vez más complejas en torno a comunidades, más que sólo ventanas de contenido.

No hay que se fatalistas con los blogs, pero tampoco aferrarse a ellos demasiado. Lo interesante es presenciar este momento para ver hacia dónde se mueve el asunto, y mejor todavía, formar parte del movimiento y llevarlo hacia algún lugar interesante.

Ministerio de Cultura 2.0

Me ha gustado mucho el último post del blog del Morsa sobre… bueno, sobre la cultura. Es bien interesante, porque cubre mucho de lo que he venido discutiendo con mis alumnos de práctica de un curso de Filosofía Contemporánea en la PUCP. Ayer tuvimos una sesión bien interesante discutiendo cosas como la diferencia de una cultura concebida desde Britannica frente a una concebida desde Wikipedia, y la manera como el lenguaje y la manera como nos comunicamos se transforma según los medios a nuestra disposición – y como toda nuestra identidad se ve modificada de la misma manera.

El Morsa le da vuelta de varias maneras al tema de las redes sociales, cómo están transformando la opinión pública y generando una suerte de “retribalismo”, como diría el buen Marshall McLuhan. “Eticidad”, diría también el buen Hegel, en el sentido que se supera la idea liberal del individuo desarraigado, solo-frente-al-mundo, para recuperar, en una nueva versión, la idea de que pertenecemos a comunidades que se insertan en un orden histórico. Suena como un salto bien grande, pero en muchas maneras creo que no solo Facebook, sino el conjunto de Facebook-blogs-twitters-redes sociales-videos-y-demás con los que jugamos ahora están apuntando en esta dirección.

Pero también señala uno de los problemas más importantes, y que nosotros (localmente) tenemos menos presentes: ¿Quién es dueño de toda esta información? Hace unos días cuando Google lanzó Chrome, muchos protestaron porque el contrato de uso básicamente atribuía a Google propiedad sobre todo lo que se transmitiera por el nuevo navegador. Google respondió cambiando los términos de uso, pero el riesgo se mantiene presente: toda esta información que circulamos, por ejemplo, en FB, ¿es nuestra? Si ni siquiera tenemos la opción de sacar nuestra información y llevarla a otra red, ¿podríamos decir que es nuestra? ¿O estamos, más bien, encerrándonos en jardines amurallados?

La última pregunta que plantea el Morsa, más que curiosidad o expectativa, me da miedo: quien esté pensando en el diseño y ejecución de un posible Ministerio de Cultura, ¿tendrá en cuenta todo esto? Pues yo creo que lo más probable es que no, por muchas razones, la primera de las cuales es que, desde el establishment, la perspectiva hacia los medios sociales y los blogs está más o menos cantada. Espero, claro, estar equivocado, o espero, por lo menos, que en el proceso de creación de este nuevo espacio haya, justamente, espacio para una construcción abierta de lo que entenderemos por “cultura” y no solamente una legitimación de lo “alturado” a la manera como Adorno despreciaba el jazz por representar la música de la cultura popular.

En fin, interesante. Mucho pan por rebanar, filosóficamente hablando.

La nueva juventud

“Mi amigo Rodrigo” (me gusta la ironía de llamarlo así) ha sido entrevistado en el programa Tu Verdad On Line con Fernando de la Flor, en perunet.tv, televisión alternativa por Internet. Primera noticia que existía, la verdad, pero por el URL parece ser algo bastante nuevo.

Rodrigo habla un poco sobre cómo Internet y la tecnología están transformando la cultura y sobre todo la manera como los jóvenes consumen y producen cultura, uno de nuestros temas favoritos de conversación. Es interesante como intuitivamente la conversación gira hacia conceptos como los trabajados por Chris Anderson en “The Long Tail” y demás desarrollos paralelos en torno al tema.

Mucho que comentar mucho.

P.D.: Por razones ajenas a mi conocimiento y paciencia de este momento, WordPress no me deja incrustar el video aquí en el post. Así que sigan el link y los llevará al mismo punto.

Compras en línea

No suelo hacer compras en línea. Principalmente, porque no tengo claro el asunto del envío y la aduana peruana es algo muy cercano al infierno con lo cual no quiero tener que lidiar: considerando que casi todos los productos enviados llegarán del extranjero, no sólo los costos de envío me comerían vivo (eliminando en gran parte todo lo interesante de comprar más barato en línea), sino que es bastante probable que los trámites que pudieran surgir me volverían psicópata. Si alguien tiene mejor conocimiento que yo del tema, mucho les agredecería me ilustren.

Pero quería escribir sobre otro tema, ya que justamente he estado buscando en Amazon.com por la posibilidad de comprarme una cámara digital. Suelo recurrir a Amazon seguido en busca de información sobre discos, libros, películas o productos en general, pero nunca mucho para comprar por ahí. Así que ahora me he fijado con mucho mayor detalle en una serie de características que tiene Amazon para simplificar el hecho de que existen millones de productos posibles que se pueden comprar, haciendo todos esencialmente lo mismo. Nada de esto es nuevo, pero es la primera vez que reparo en ello como para comentar al respecto.

  • Lo más interesante son los reviews de clientes satisfechos e insatisfechos. Miles de individuos viven la fiesta de la posmodernidad contando su propia historia sobre cómo han utilizado el producto, qué encuentran de bueno y que de malo. La mayoría de productos tiene suficientes reviews como para poder pintarse un panorama bastante completo sobre sus puntos fuertes y débiles, y particularmente, narraciones que le suenan a uno suficientemente cercanas como para identificarse con los propósitos y preocupaciones del autor. Pero no nos pongamos literarios.
  • Amazon te muestra, debajo del producto que estás viendo, una distribución porcentual de cuántas personas que vieron el mismo producto lo compraron, cuántos compraron otra cosa y qué otra cosa compraron. Esto facilita establecer el rango en el que uno se mueve y según los porcentajes ver más o menos cuáles productos han sido mejor favorecidos.
  • Desde la misma página del producto, uno tiene la opción de seleccionar todos los extras y accesorios que pudiera querer o necesitar, a menudo con un descuento por comprarlos en paquete. No es la gloria, pero me parece bueno que te simplifiquen el proceso de darles tu dinero.
  • Junto con los reviews de los usuarios, Amazon incluye también enlaces a reviews de sitios especializados en el producto -en el caso de cámaras, por ejemplo, enlaces a sitios de fotografía que han hecho reviews más detallados del producto-.
  • Pero ésta es la que me hizo escribir esta nota: en la misma página, Amazon incluye enlaces a otros sitios web que venden el mismo producto, junto con el precio al que lo venden. Osea, te ponen a la competencia al costado. No sé si esto esté filtrado de tal manera que Amazon siempre tenga el precio más barato, pero ese no es el punto. Es el hecho de que así se genera la perfecta cámara de resonancia. Todo está en esta página. No sólo puedo comparar productos de un mismo género, a través de sus reviews, sino que puedo sacar una idea del mismo producto a través de varios vendedores. En una misma parada, bien podría tener toda la información que pudiera necesitar.

La información bruta está allí esperando que se le dé forma. El ejemplo de Amazon me parece interesante porque juegan de tal manera con toda la información que se genera de sus ventas que producen una orientación de suma utilidad para el cliente, quien puede así tomar una decisión mejor informada sobre lo que compra (o al menos creer que lo hace). Además, esto no debe ser la gran cosa: una vez que el asunto está programado, todo corre más o menos por sí solo. Pero le hace la vida más feliz o al menos, menos problemática a todo el mundo.

No debería ser tan difícil…

Carta de derechos en Internet

En el Foro sobre el gobierno de Internet de la ONU en Brasil, se acordó una base de principios comunes que deberá contemplar una carta de derechos en Internet, que es un gran avance en términos de compromiso internacional (particularmente por parte de Brasil e Italia, países que ya se comprometieron con implementar el acuerdo) respecto a cuestiones sobre la normatividad y los derechos de los navegantes en entornos digitales.

La Carta reconoce una serie de principios que son, a mi juicio, fundamentales para el desarrollo saludable de Internet en los próximos años: privacidad, protección de datos, libertad de expresión, accesibilidad universal, neutralidad de la red, interoperabilidad, uso de formatos y estándares abiertos, libre acceso a la información y el conocimiento, derecho a la innovación, un mercado justo y competitivo y protección del consumidor.

La medida fue impulsada por el Ministro de Cultura de Brasil, Gilberto Gil, quien ha sido además un vocero y apoyo importante para las comunidades del software libre y de Creative Commons en Brasil y el resto del mundo (aquí un artículo de Wired sobre los programas que Gil está impulsando desde su cartera). Tengo la esperanza de que una iniciativa en esta dirección permita un desarrollo libre de Internet en el que pueda seguir siendo de nadie, protegiéndola de las pretensiones, en los últimos años, de privatizarla en diferentes niveles, siguiendo las pretensiones financieras de un conjunto de empresas de telecomunicaciones.

Esto no será fácil, pues me imagino que ahora vendrá el lobby salvaje, y con lo polarizado que está el tema en EEUU no me sorprendería que ese lobby llegue, por ese canal, a los foros de la ONU. En cualquier caso, creo que este acuerdo es un buen primer paso en la dirección correcta.

La corrupción de los gobiernos

Tuve la oportunidad de escuchar a Lawrence Lessig en una conferencia pública que dio en la PUCP el año pasado. Fue realmente una experiencia iluminadora: no sólo son sus ideas realmente revolucionarias, sino que la manera como las presenta es extraordinaria.

Lessig ha estado en la primera línea en la lucha por un sistema de propiedad intelectual más coherente con las nuevas tecnologías digitales, y por un régimen de creatividad que se construya a partir de los creadores y no de los intereses mercantiles que se montan sobre ellos. En los últimos meses, Lessig ha decidido llevar sus esfuerzos en otra dirección: viendo que las reformas que busca, y tantas otras más sumamente necesarias, encierran como condición de posibilidad una transformación en las maneras como llevamos a cabo la política, se concentra ahora en atacar lo que considera la corrupción de los gobiernos actuales. Corrupción que no es otra cosa que el estar sometidos a los intereses de grandes corporaciones y grupos lobbistas antes que a los de sus propios ciudadanos.

A continuación, una reciente entrevista al propio Lessig, donde explica en sus propios términos la razón de su cambio, y las maneras como considera que Internet y los nuevos medios de comunicación que ha venido defendiendo representan una herramienta central en su nueva lucha: