Innovaciones democráticas

Fuente: El País.

Hace un par de semanas me invitaron a participar de un grupo de estudio en la Kennedy School of Government sobre la democracia en América Latina, donde el politólogo Steven Levitsky dirigió una discusión sobre el riesgo permanente de la aparición del populismo y el autoritarismo competitivo en las aún precarias democracias latinoamericanas. Aún cuando en la gran mayoría de países de la región se viene experimentando un periodo prolongado de gobiernos democráticamente electos y fortalecimiento institucional, la democracia es aún precaria en su ejercicio cotidiano, los marcos institucionales siguen siendo débiles y la amenaza de que surjan tendencias que sutil o abiertamente socaven la aún emergente cultura democrática es constante. Para Levitsky, las condiciones cada vez más marcadas de desigualdad, la incapacidad de los Estados para brindar servicios de calidad a la gran mayoría de la población, y la incapacidad de las instituciones políticas y los partidos para canalizar el descontento popular son los tres principales insuficiencias que, cuando las tres se vuelven suficientemente radicales, dan lugar a la aparición de propuestas autoritarias y populistas.

Según Levitsky, parte de lo que se necesita para atender estas tres insuficiencias es pensar acerca de “innovaciones democráticas”, que fue lo que me llamó particularmente la atención. Solemos tomar la democracia como un sistema más o menos definido, donde el desafío consiste más bien en aproximarnos lo más posible a una definición ideal de cómo debe operar de la cual siempre estamos lejos. Podemos interpretar este sistema de múltiple maneras – desde democracias representativas con delegación de poderes hasta democracias radicales donde la participación cotidiana de los ciudadanos represente el núcleo central de la vida democrática. Las transformaciones que apliquemos a cualquiera de estas interpretaciones van de la mano con nuevas formas de diseño institucional que de alguna manera mejoren la idea central – sea la representación, la participación, la inclusión, la diferencia, etc.

Por otro lado, cuando hablamos sobre innovación pensamos más bien en el espacio de la innovación técnica, la mejora de procesos, productos y servicios, o como le gusta decir a mi amigo Chris Peterson, “formas más eficientes para la apropiación de la plusvalía”. Es cierto que la “innovación” tiene más capas y matices que esta, pero la retórica de la innovación en los últimos años ha estado dirigida principalmente en esta dirección: un nuevo iPhone, una nueva red social, una nueva aplicación móvil, son algunas cosas que se suelen designar cotidianamente como “innovaciones”.

De modo que es interesante pensar en el espacio intermedio – el espacio de las innovaciones democráticas. Claro, esto no es un espacio nuevo, sino uno donde desde hace tiempo se pueden encontrar cosas desde la tecnología cívica hasta las redes de indignación y esperanza de las que habla Manuel Castells y muchas cosas más. Quizás es mucho el énfasis que se ha puesto al pensar en este tipo de innovaciones en llevarlas rápidamente a escala por un imperativo democrático – ponerlas a disponibilidad del número de la población más amplio posible, en el menor tiempo posible – en lugar de pensar en un modelo de diseño iterativo donde la usabilidad y la retención de usuarios se anteponga al acceso a grandes comunidades. Como señala Paul Graham en un artículo muy citado recientemente, quizás sea mejor pensar primero en cosas que no escalan para poder validar si una idea es realmente relevante con su público objetivo, y no descartar posibilidades solo por su incapacidad de ser llevadas a grandes escalas.

Por otro lado, el culto a la innovación ha ido demasiado de la mano con una tendencia a desatender al diseño institucional, o incluso a desdeñar las instituciones existentes simplemente como formas arcaicas, desprovistas de historia, que deben ser eliminadas. Que tampoco me parece una buena idea. El diseño institucional debe ir de la mano con formas de innovación sociotécnicas que afectan la vida de los ciudadanos en una comunidad. Por ejemplo, si es una buena idea poner a disponibilidad del público información y documentos sobre la gestión pública en una página web, o crear un repositorio público de bases de datos para que los ciudadanos puedan analizarlas, entonces hay que pensar también en la manera en que el diseño de un servicio o institución pública debe transformarse para estar alineada con las expectativas que este tipo de innovaciones generan. ¿Es necesaria una reorganización interna? ¿Son necesarios nuevos roles en la organización? ¿Fluye la información de la manera debida?

La manera como se suelen tomar decisiones en el sector público limita considerablemente la capacidad de prototipado y respuesta que una institución puede tener a estas preguntas – cuando es necesario crear convocatorias públicas para llenar puestos o pasar por procesos complicados para cambiar un organigrama, por ejemplo (aunque hay muy buenas razones por las cuales existen estos candados y limitaciones, y no se trata simplemente de eliminarlos). De modo que hay, creo, necesidad para un espacio intermedio, una zona franca para la experimentación con las instituciones y los servicios públicos que es necesario para diseñar, prototipar y evaluar cosas con mayor flexibilidad – un espacio que podría ser, quizás, mejor ocupado por organizaciones del sector privado y el sector social colaborando de manera directa con instituciones del Estado.

Sí, estoy colapsando muchas categorías distintas en una sola bolsa – innovaciones a la democracia misma, a la gestión pública, a la comunicación con los ciudadanos, y demás. Pero creo que eso es importante también. Es justamente la necesidad de rediseñar grandes procesos partiendo de experimentos pequeños y puntuales lo que nos puede permitir crear experiencias y circuitos de información que combinen diseños institucionales con nuevas tecnologías para crear espacios donde la democracia se vuelva una forma más activa, más presente y más tangible. Quizás con este tipo de combinaciones sea posible responder más efectivamente a esas múltiples ineficiencias que hacen que las democracias latinoamericanas estén siempre bajo amenaza – que las hagan, como siempre me gusta decir, menos una caja negra, y más un sistema donde sus participantes puedan tener un sentido real de agencia e influencia.

Generando industrias creativas (o los previos al HASTAC Lima 2014)

Este año, la conferencia de HASTAC – el Humanities, Arts, Sciences and Technologies Advanced Collaboratory – no solo se está haciendo por primera vez fuera de Estados Unidos, sino que será en Lima, organizada por el Ministerio de Cultura, del 24 al 27 de abril de este año. HASTAC es una de las conferencias más grandes e importantes en el ámbito de las humanidades digitales y el uso de nuevas tecnologías en la investigación en humanidades, artes y ciencias sociales, así como de la creación de proyectos que trascienden la academia y pretenden tener un mayor impacto público.

El trabajo que se presenta en HASTAC tiene mucha afinidad con el tipo de trabajo que hacemos en mi programa de maestría aquí en el MIT – integrando investigación académica con proyectos de diseño y nuevas tecnologías. Así que dada la afinidad y la conexión directa, y bajo la idea de que estos temas son relativamente nuevos en Lima y requieren un poco más de fortalecimiento, con mis compañeros del posgrado hemos decidido armar un pequeño proyecto piloto, inmediatamente previo a HASTAC, para diseñar el tipo de conceptos y proyectos que se presentan en estos espacios. Queremos crear una oportunidad para que grupos, proyectos y organizaciones puedan explorar maneras innovadoras de incorporar nuevas tecnologías en su trabajo, generando productos, servicios, experiencias y herramientas que amplifiquen su impacto o generen maneras de vincularse con el público que sean totalmente nuevas.

Por eso, un equipo interdisciplinario del programa de Medios Comparados del MIT está viajando unos días antes de HASTAC para organizar un taller que hemos llamado el Creative Industries Protoyping Lab, un laboratorio itinerante donde desarrollaremos habilidades de diseño crítico de experiencias basado en investigación cualitativa, y formularemos modelos para generar las infraestructuras alternativas necesarias para que esas experiencias sean sostenibles y escalables. En otras palabras: queremos ayudar a grupos locales en el proceso de reinterpretar su trabajo utilizando medios digitales de diversos tipos, y empezar de esta manera a consolidar un núcleo local de gente con experiencia en el desarrollo de nuevas industrias creativas.

El equipo que facilitará el taller tiene experiencia en una gama diversa de temas – diseño de interacciones, nuevas literacidades, documentales interactivos, diseño de juegos, crowdfunding, cultura visual digital, entre otras cosas. Entre todos, haremos algunas presentaciones sobre nuestro trabajo y nuestras aproximaciones a la integración entre investigación y diseño, pero los participantes del taller pasarán la gran mayoría del tiempo diseñando nuevos conceptos y prototipos con apoyo del equipo facilitador. Será un trabajo intenso durante dos días, el lunes 21 y martes 22 de abril, culminando en una presentación pública de los resultados el miércoles 23. Además, haremos una crónica de la experiencia y de los productos generados en un panel especial en el mismo HASTAC.

Para poder tener los mejores resultados, el taller tendrá capacidad limitada y haremos una selección de los grupos participantes en función al tipo de trabajo que quieran realizar. Hemos escogido trabajar solo con grupos y no con individuos porque el tipo de trabajo que queremos hacer es forzosamente interdisciplinario, y queremos hacer una selección de ideas porque queremos asegurarnos que los equipos que participen tengan toda la intención de implementar los proyectos generados. Es importante mencionar, además, que por el tipo de trabajo que vamos a hacer y el origen de la mayoría del grupo facilitador, el taller va a realizarse casi totalmente en inglés (incluso si tuviéramos traducción simultánea, no sería realmente efectiva para un ejercicio de diseño) – aunque vamos a contar con el apoyo de colaboradores locales en la facilitación, es importante que los equipos participantes tengan esto en consideración. Además, estamos haciendo un esfuerzo considerable para que la participación del taller no involucre costo alguno. La información detallada sobre la convocatoria la estaremos circulando en los siguientes ideas, junto con la información sobre cómo aplicar.

Este va a ser un experimento muy interesante, y tengo muy altas expectativas de los resultados que generaremos, así que espero que estén interesados en participar. Pronto estaremos publicando todos los detalles de fechas, agenda y logística. Si tienen cualquier pregunta, no duden en dejarla abajo en los comentarios o escribirme por correo electrónico.

El proyecto está organizado por investigadores del posgrado en Medios Comparados del MIT con el apoyo de Ayu en la producción local, así como la colaboración del Ministerio de Cultura.

Necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento

Está de moda, especialmente que ahora a nivel global la nueva carrera armamentista es la de tener tu propio Silicon Valley en el patio trasero, impulsar con fuerza la retórica del emprendimiento, la creatividad y la innovación. La idea es que si podemos conseguir que más personas se dediquen a generar nuevos productos, servicios y modelos de negocios innovadores, no solo creamos fuentes de trabajo sino que al mismo tiempo diversificamos la base productiva de una economía, y la volvemos más resiliente.

Y todo está bien con eso. Pero en muchos casos – no en todos, por supuesto – estamos perdiendo la perspectiva de cómo hacer las cosas bien. En el contexto peruano, a pesar de que tenemos una tendencia a sobrepromocionarnos como creativos y emprendedores, me parece mucho más cierto reconocer que tenemos una cultura altamente aversa al riesgo. La gente que ha tendido a emprender proyectos en el Perú lo ha hecho más por un tema de necesidad que por un tema de auténtico interés, y aunque solemos resaltar un número reducido de casos de éxito de emprendedores que emergen contra todo pronóstico como modelos a seguir, nunca escuchamos sobre todos aquellos que no lo lograron y se quedaron en el camino y que muy probablemente representan la mayoría del conjunto que intenta emprender un proyecto.

Ojo que no quiero decir con esto que uno no deba emprender proyectos. Solo que el emprendimiento como imperativo en nuestro contexto es peligroso y puede terminar siendo contraproducente. Los elementos que hacen que un ecosistema emprendedor sea saludable y sostenible a lo largo del tiempo van más allá de solamente las ideas, la energía y la determinación. Hay variables sumamente importantes como el acceso a talento calificado, el acceso a fuentes de financiamiento favorables, la disponibilidad de un marco legal flexible y amigable, y sobre todo la cultura que permita que la gente asuma riesgos con una cierta red de seguridad y confianza que haga que el fracaso de un proyecto sea reciclado rápidamente por el resto de la comunidad. Un ecosistema emprendedor no se construye a partir de muchas ganas y buena vibra, y me preocupa que en muchos casos hay personas que están empezando proyectos sobre la idea de que es así, y minimizando o dejando de considerar riesgos importantes que van a terminar afectando la sostenibilidad de sus proyectos.

Por eso necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento, que reconozca tanto lo positivo como lo negativo y sea transparente y realista respecto a los riesgos involucrados. Si promovemos con gente joven la idea de que es bueno emprender porque “no tienes nada que perder”, estamos ignorando muchas cosas: dada nuestra baja tolerancia al fracaso, es muy probable que un emprendedor que fracase sea no solo un emprendedor menos en el ecosistema, sino toda una red de gente a su alrededor que desde temprana edad piense que no es un buen camino. Dada la precariedad de nuestros circuitos de inversión y nuestra aversión al riesgo, es más difícil para un proyecto conseguir capital semilla o gente interesada en jugársela por un proyecto riesgoso a etapa temprana – incrementando la posibilidad de que el proyecto no lo logre. Negar estos aspectos bajo una lógica excepcionalista de que “mi proyecto es diferente” o un triunfalismo del “sí se puede” no ayuda a nadie, muchos menos al emprendimiento mismo.

Sacar adelante un proyecto es difícil, lento, y durante la mayor parte del proceso, poco satisfactorio y muy frustrante. No tiene sentido ocultar nada de eso con la intención de conseguir que más gente lo haga, porque eso solo termina haciéndole daño al ecosistema. Es más, termina incentivando a muchas personas que no deberían hacerlo a tomar riesgos innecesarios motivados no tanto por un interés en sacar adelante un producto o un servicio, o una idea con la cual están profundamente comprometidos, sino motivados más por construcciones idealizadas de un estilo de vida independiente donde “puedes ser tu propio jefe” y trabajar bajos tus propios términos con una mesa de ping pong. Y eso es un gran problema, porque envía una seria de señales negativas hacia los recursos más importantes de un ecosistema emprendedor – talento y capital – respecto a quién está involucrado y por qué.

Quizás una de las peores influencias que ha recibido la cultura del emprendimiento en los últimos años es el éxito y el peso de una figura como Steve Jobs. Un sinfín de slides de Powerpoint y manuales de capacitación refieren a su trabajo como una referencia importante – pero no se detienen ni por un momento a destacar que Jobs era la excepción, y en ningún sentido la regla (y si necesitan mayor confirmación, lean la biografía de Walter Isaacson sobre Jobs). Y sí, claro, es posible que tu proyecto sea también la excepción y no la regla, pero ese tipo de devoción fanática, desconectada de los datos de la realidad, tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir, y es además un lujo que solo tiene sentido luego de una larga serie de logros pasados. Querer emular a Steve Jobs y asumir que es el público o el mercado el que está equivocado por no entender tu idea es una excelente manera de acelerar tu proceso de implosión, es un excelente ejemplo de cómo la conversación sobre el emprendimiento y sus riesgos ha terminado fundiéndose más con un discurso de autoayuda que con un conjunto de herramientas que te permitan sacar adelante ideas que pueden tener un gran impacto. Es el tipo de influencia que los ecosistemas emprendedores están recibiendo también de películas como La red social y la historia de Mark Zuckerberg: historias que aunque puedan ser interesantes e incluso inspiradoras para algunas personas, no por eso deben ser tomadas como manuales o necesariamente como modelos a seguir. La conversación más seria que sugiero que tenemos que tener justamente tiene que esforzarse por poner estas historias en su debido contexto, más allá de rescatar citas inspiradoras para publicar en Twitter.

De modo que sí, por supuesto, hagamos una promoción activa del emprendimiento, sobre todo aquel basado en la creación de nuevas tecnologías. Pero hagámoslo inteligente y metódicamente, sin caer en este nuevo lugar común de que hacer investigación de mercado es traicionar tu propia visión. El emprendimiento no es magia ni es mística, pero tampoco es ciencia ni aplicación de fórmulas ni recetas. Un ecosistema consciente de sus propias limitaciones y riesgos es uno que tiene tanta mayor posibilidad de saber cómo enfrentar estructuralmente esas limitaciones, y cómo construir circuitos que funcionen a pesar de ellas.

Hablemos sobre juegos @ ENJi

Aviso de servicio público: el próximo jueves 26 estaré haciendo una presentación en el Encuentro Nacional de Juventud Innovadora organizado por el Centro de Innovación de IPAE, donde estaré hablando sobre juegos y el diseño de experiencias lúdicas en todo tipo de contextos como mecanismo para involucrar al usuario en experiencias críticas y narrativas, además de sobre el estado de la industria de los videojuegos en el Perú y las oportunidades que existen.

En el mismo evento estará presentando también Scot Osterweil, director creativo de mi laboratorio en el MIT, The Education Arcade, y Toni del Río, de Amazon.com. Además el programa del evento incluye presentaciones, análisis de casos y luego una serie de talleres para aplicar conceptos de diseño de juegos y elaborar prototipos en una serie de escenarios. Así que promete estar interesante, y espero verlos por ahí.

Espacios Creativos

Una de las cosas que noté estando en Lima por algunos meses y buscando espacios donde poder trabajar fue lo difícil que era encontrarlos. Para toda la retórica que se escucha sobre tecnología, colaboración, innovación y demás temas vinculados, no se escucha mucho sobre las infraestructuras menos evidentes que soportan y posibilitan este tipo de procesos. Por ejemplo, infraestructuras como el transporte o el espacio que hacen posible que la gente se encuentre y haga cosas.

Sí, es verdad que muchas colaboraciones pueden funcionar sobre medios virtuales, pero sobre todo en contextos donde la confianza entre pares no es muy sólida (como, me parece, ocurre mucho en Lima), construir relaciones partiendo de interacciones en persona es sumamente importante. Pero los espacios para que esto ocurra son sumamente escasos: uno tiene que optar por tener encuentros en espacios privados como cafés que no están realmente optimizados para facilitar intercambios de trabajo, o bibliotecas que no están optimizadas para colaboraciones grupales, y demás. Los espacios de coworking que están apareciendo últimamente en Lima ofrecen nuevas oportunidades pero sirven para operaciones ya estabilizadas, donde sabes que estarás trabajando en un proyecto con ciertos parámetros, con ciertas personas, y con ciertos recursos.

Pero hay una serie de espacios, sobre todo espacios públicos, que estamos subutilizando creativamente. Si hablamos de la necesidad de espacios que faciliten intercambios entre grupos e individuos, colaboraciones y sobre todo, espacios que requieran una mínima inversión – es decir, donde dos o más personas puedan empezar a juntarse y explorar un interés común sin tener que gastar, por ejemplo, en una oficina – no estamos hablando de grandes necesidades. Algunas mesas, algunas sillas. Wi-fi de buena calidad y de acceso libre. Quizás acceso a cosas como bocaditos, bebidas, y sobre todo café. Y un ambiente que está a medio camino entre una biblioteca y un café: vamos a hacer un poco de ruido, pero estamos todos aquí para trabajar en proyectos. Y especialmente, dadas las condiciones de la seguridad ciudadana en Lima, espacios seguros donde uno pueda trabajar tranquilo, y a donde uno pueda llegar fácilmente. Sobre esa capa básica se pueden agregar una serie de extras según necesidades de comunidades o grupos específicos, como equipos, recursos de información, eventos, etc.

Y estuve pensando ahora que la relación de estos espacios creativos y el espacio público es sumamente importante y poco aprovechada – un poco volviendo sobre las ideas de la #azoteahacker hace un tiempo, o cómo utilizar espacios ignorados, no-lugares, como son las azoteas, para fines productivos y creativos. Y así hay muchos espacios más, por ejemplo en oficinas de agencias del Estado, municipalidades, ministerios, parques, centros culturales, universidades, institutos – todos con espacios que no se utilizan al 100% de su capacidad, pero que tendemos a cerrar para su uso exclusivamente privado sin considerar los beneficios significativos que se podrían generar al convertirlos en espacios creativos.

No es que tenga una idea claramente definida de lo que estoy pensando aquí, pero sí se me ocurre que podríamos empezar a incentivar la liberación y apertura de espacios para fines creativos, y a generar mapas de estos espacios creativos como quien documenta la infraestructura para la innovación que no tenemos y que necesitamos. Tendemos a pensar en las grandes inversiones y transformaciones y a veces dejamos de observar los pequeños cambios que podrían tener una enorme influencia. El aprovechamiento y reaprovechamiento de nuestros espacios públicos sería una puerta que podría dar pie a una ola de nuevos proyectos interesantes (o quizás no, pero el costo de experimentar no es en realidad tan alto como para no probarlo).

Descubriendo redes de innovación periférica

Los últimos días estuve de paso por Santiago, Chile, para la conferencia COINs 2013 (Collaborative Innovation Networks), organizada en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Fue la primera vez que he visitado Chile y fue una visita muy interesante, tanto por la conferencia como por haberme permitido conocer más de primera mano cosas que vienen sucediendo por el sur – sea recorriendo la ciudad de Santiago o escuchando las presentaciones de miembros de instituciones como el CONICYT o la CORFO, o conocer más de cerca lo que la misma universidad está haciendo para convertirse en una potencia regional en investigación e innovación, que les ha valido alcanzar el segundo lugar en el QS World University Rankings para la región latinoamericana, pisándole los talones a la Universidad de Sao Paulo.

En la conferencia, presenté un poco sobre el trabajo que he venido haciendo para mi tesis de maestría sobre la industria de videojuegos en el Perú – concretamente, uno de los primeros componentes que incluye el marco de referencia en el cual estoy ubicando la investigación, referido al tema de la complejidad económica, y parte de la reconstrucción de la historia de la creación de videojuegos en el Perú a través de los años noventa. El paper que presenté busca empezar a formular algunas preguntas e ideas sobre cómo pueden las economías en desarrollo maximizar su inversión en innovación de manera que diversifiquen sus fuentes de ingresos y actividades productivas, pero evitando tener que hacer inversiones gigantescas en implementar infraestructura en sectores específicos. La posibilidad que me interesa aquí es la de explorar el trabajo que hacen de manera casi invisible y difícil de registrar diferentes comunidades informales de producción tecnológica, mediática y cultural, cuyas actividades pueden ser potenciadas, consolidadas y aceleradas para convertirse en sectores productivos, innovadores y de alto impacto.

El paper mismo con el análisis completo está publicado en Arxiv junto con las actas de la conferencia, mientras que las diapositivas de mi presentación están aquí:

Cualquier comentario o pregunta sobre este contenido es más que bienvenido, ya que es la base sobre la que vengo desarrollando mi trabajo de investigación sobre este tema, y sobre la que he estado haciendo trabajo de campo en Lima los últimos dos meses. Así que cualquier idea o aporte, no duden en hacérmelo saber.

La caja negra del MIT Media Lab

Considero que toda forma de desmitificación de la tecnología es en general algo positivo. Normalmente, hasta que empezamos a interactuar con ella, toda forma tecnológica se muestra como misteriosa y opaca, lejana y esotérica. Una caja negra. Y lo mismo ocurre, en realidad, con formas tecnológicas menos convencionales, como instituciones, procesos sociales, y demás construcciones que implementamos para domesticar la realidad. La persistencia de las cajas negras se convierte en una forma perversa de dominación, donde lo tecnológico persiste como mágico y los individuos perdemos agencia frente a ello.

Así, entre otras cosas, algo parecido ocurre en algunos casos con el Media Lab del MIT, un lugar que quizás justificadamente se ha ganado un halo de misticismo tecnológico y es considerado como un gran templo de la ciencia y la tecnología. Pero es también un lugar sumamente opaco desde el exterior, un lugar cuya estructura y funcionamiento confunden a muchas personas porque en realidad son bastante confusos. No es una organización típica, y tiene una serie de sutilezas internas difíciles de captar. Y es que en realidad, el Media Lab es por lo menos tres cosas al mismo tiempo: un programa académico, una colección de grupos de investigación semiautónomos, y un espacio, y los límites entre estos tres aspectos no están nunca claramente delimitados.

El Media Lab es como se conoce coloquialmente al programa académico en Media Arts and Sciences (MAS) del MIT, cuyo nombre de por sí es un poco engañoso. No es lo que podríamos considerar típicamente como “ciencias y artes de la comunicación”, sino que es un programa orientado estrictamente a la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías. Y el énfasis en “nuevas” es radical”: no son solamente nuevas implementaciones, sino que el objetivo es generar nuevas tecnologías. Sean nuevas interfases, nuevos dispositivos, nuevos paradigmas, y sobre todo una infinidad de nuevos diseños y prototipos. En MAS, que es además un programa solamente de posgrado (y en la mayoría de los casos, solo acepta estudiantes para el doctorado), uno no leerá a Benjamin, no escuchará de Lazarsfeld ni llevará clases sobre semiótica: de hecho, uno no lleva clases a menos que lo quiera. Normalmente, el 100% del tiempo del estudiante se dedica a trabajo de investigación en laboratorio, donde participa de proyectos de diseño y desarrollo de tecnología que ya se vienen llevando a cabo, al mismo tiempo que llevan adelante sus propios proyectos vinculados a tesis de maestría o disertación doctoral. El Media Lab es técnicamente parte de la Escuela de Arquitectura y Planeamiento Urbano, pero aunque el tema espacial y urbano son temas importantes de investigación en algunas áreas del programa, la relación es en la práctica más que nada una formalidad.

Los espacios abiertos de trabajo al interior del ML

Como programa, MAS es singular además porque no es que tenga un solo tronco común de temas o cursos, porque el Media Lab es una colección de grupos de investigación semiautónomos, con diferentes áreas de trabajo, enfoques, métodos, etc. Cada grupo es liderado por un investigador principal, que tiene autonomía respecto a cómo maneja su grupo, los proyectos en los que trabaja y las organizaciones e individuos con los que colabora. Las admisiones de nuevos estudiantes son descentralizadas, pues aplicar a MAS implica aplicar a alguno de sus grupos de investigación, cada uno de los cuales toma sus propias decisiones respecto a quién acepta. Y cada uno de los grupos funciona como un laboratorio de diseño y desarrollo. Además, en el universo del Media Lab existen también grupos de investigación que participan de muchas de sus actividades y mantienen diferentes formas de colaboración, pero no forman parte administrativamente del Media Lab: es el caso, por ejemplo, de mi programa, Comparative Media Studies, o del laboratorio en el que trabajo, el MIT Education Arcade, que existen y trabajan dentro del Media Lab. Aunque todos estos grupos mantienen un alto grado de autonomía, es normal que se generen colaboraciones e interacciones entre todos ellos.

El lobby de E15

Estas interacciones se dan porque, además, el Media Lab es un espacio: un complejo formado por dos edificios, E14 y E15, que son respectivamente el nuevo y el viejo edificio del Media Lab, conectados internamente. Estos edificios albergan a todos los grupos de investigación y sus espacios de trabajo en una arquitectura abierta, donde uno puede circular libremente a través de la mayoría de laboratorios. Mesas de trabajo con herramientas, cables que cuelgan de los techos, enormes cantidades de fichas de Lego, y todo tipo de componentes y piezas electrónicas son las vistas usuales a través del laboratorio. Además, el complejo tiene dos espacios abiertos de trabajo en el tercer y el quinto piso del nuevo edificio, que en la práctica son como lounges con muebles cómodos y mesas de trabajo donde uno puede tener reuniones o simplemente instalarse a trabajar (un gran elemento de diseño del edificio es que hay enchufes y puertos de red instalados por todas partes). Dos máquinas de café en el tercer piso brindan café gratis permanentemente, y la configuración del espacio no está regimentada, de modo que uno puede mover los muebles, las mesas y las sillas como mejor le parezca. Y el espacio del Media Lab es frecuentemente utilizado para eventos, sea para las charlas organizadas por el laboratorio frecuentemente, o en dos auditorios en el sexto piso que son también utilizadas regularmente para eventos externos.

El Media Lab, entonces, es por lo menos todo esto: un programa académico, una colección de grupos de investigación, y un espacio. Pero es, además, la comunidad de investigadores que trabaja en cualquiera de estos tres, y la red de alumni que ha sido en el pasado parte de esta comunidad. Y todas estas capas superpuestas tienen fronteras borrosas y maneras singulares de operar, pero que no son por eso indescifrables: solamente se benefician de que esa ambigüedad permite altos grados de interacción y permeabilidad. No es una cultura donde uno tenga que pedirle permiso a nadie para hacer algo o fomentar una colaboración, sino donde la pregunta es más bien cómo hacerlo antes que si se puede o debe hacer (lo cual, por supuesto, tiene tanto sus pros como sus contras, pues ninguna organización es perfecta). Pero sí es un arreglo institucional que no solo se ha mostrado enormemente productivo a través de los años, sino del cual se pueden extraer muchísimas lecciones e ideas interesantes cuando se trata de generar instituciones, espacios y comunidades que abran las cajas negras de la tecnología para reinterpretarlas o rediseñarlas por completo.

Metafísica y epistemología de la innovación

Conforme he ido explorando el mundo de la industria de los videojuegos en el Perú (con algunas notas iniciales aquí), he ido encontrándome también con las intersecciones que este mundo tiene con otros mundos tecnológicos que están en proceso de emergencia o de consolidación. Las retóricas del emprendimiento, de la investigación, de la tecnología y de la innovación atraviesan el mundo de los videojuegos en diversos puntos de encuentro, empezando a hacerse un lugar en la visión que está construyendo el Perú de sí mismo como un país que empieza a introducirse en las dinámicas del “progreso”.

Pero son, por supuesto, discursos complicados y que en general abordamos con dificultad porque no tenemos mucha experiencia en estos temas – y más aún, tenemos mucha experiencia con estructuras e infraestructuras (tanto técnicas como sociales) que obstaculizan el desarrollo de estos temas. Tenemos que enfrentarnos, por ejemplo, al desafío de cultivar ecosistemas sostenibles de innovación sin contar con una base instalada de investigación y desarrollo científicos y tecnológicos, y en muchos casos es fácil encontrar posiciones que creen que se puede tener una cosa sin la otra, o que la investigación básica o aplicada no deberían ser prioridades para nuestros desarrollo tecnológico. Ahora, la posición inversa también es fácil de encontrar: la que dice que no hay innovación si no hay primero el fomento de la investigación básica y de la ciencia pura. Ambos extremos adolescen de alguna forma de ingenuidad: o de una ingenuidad práctica que considera que se puede avanzar en innovación sin aparatos que la alimenten y la sostengan; o de una ingenuidad teórica que cree que las innovaciones surgen casi por ósmosis, sin ningún tipo de gestión, cultivo o canalización.

Todo lo cual muestra que hay múltiples epistemologías de la innovación que están explicitadas en ninguna parte, y que no son particularmente reconciliables entre sí. La innovación, concepto oscuro difícil de definir y acotar, es subsumida bajo la lógica económica del desarrollo de productos y servicios, o bajo la lógica científica del descubrimiento de la mejora técnica, y en ambos casos se deja de reconocer la importante ambigüedad, multidimensionalidad y complejidad de hablar de algo como la innovación. Los cambios cualitativos significativos que implican los procesos de innovación transformadora son difícilmente planificables, difícilmente anticipables, y sus consecuencias son difícilmente evaluables a priori: “innovar” no es solamente generar algo nuevo; es generar, a partir de elementos conocidos, un resultado desconocido que va más allá de la suma de sus partes. Si los resultados pueden ser anticipados con claridad, me atrevo a decir que no se trata de un resultado innovador. Las innovaciones realmente disruptivas son aquellas que escapan por completo a los sistemas que las generan, muchas veces volviéndolos obsoletos.

De modo que la innovación no puede saberse a priori, como no puede realmente saberse con claridad cómo innovar. Lo cual no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto: estamos hablando, finalmente, de cómo se genera un cambio cualitativo radical que va más allá de la simple acumulación cuantitativa. Y lo cierto es que históricamente hemos visto suficientes procesos de generación de cambio radical – técnico, económico, político, social, etc. – como para saber qué condiciones suelen ir de la mano con este tipo de cambios, y cuáles no. De modo que aunque no sabemos cómo producir lo desconocido como no sabemos cómo decir lo indecible, si sabemos construir sistemas y contextos donde lo indecible suele encontrar su camino hacia la enunciación con mayor facilidad. Con eso, al final estamos jugando un juego de probabilística: no podemos nunca garantizar al 100% un resultado innovador de un proceso cualquiera; pero sí podemos ampliar la cantidad de intentos que realizamos, y maximizar la posibilidad de resultados que sean, en mayor o menor medida, representativos de un cambio significativo en nuestra manera de hacer las cosas. Las innovaciones no pueden generarse a propósito. Lo que se puede generar a propósito son los entornos que tienen una mayor tendencia a generar innovaciones.

Ésta es, me parece, una mejor epistemología de la innovación, o incluso una metafísica: una manera de articular cómo pasa a ser lo que en teoría no puede ser. De todos modos me parece que es controversial, pues muchas personas creen que las innovaciones, cualquiera sea su forma, sí pueden ser accesibles voluntaria e intencionalmente. Pero en todo caso, estas discusiones y consideraciones de alto nivel especulativo me parecen relevantes porque el ámbito de la innovación, y su pariente cercano, el del emprendimiento, se han llenado de una serie de discursos no solo poco sustanciados, sino en gran medida anecdóticos y superficiales. Hay una enorme voluntad para el argumento y el discurso que parten de la excepción – por ejemplo, del tipo “si X pudo, tú también puedes” – en lugar del análisis del contexto en el que suceden las cosas y los factores endógenos y exógenos que llevaron a un individuo o a un grupo a introducir en el mundo algo que no existía antes.

Desde mi perspectiva, el discurso motivacional, casi de autoayuda de vender la idea del emprendimiento o la innovación como discursos de autosuperación o de realización personal no nos benefician a gran escala ni a largo plazo. Lo que estos discursos generan son grandes números de individuos enfrentándose a niveles sumamente altos de riesgo, resultados inciertos e impredecibles y altas probabilidades de fracaso, y todo por las razones incorrectas: por cumplir con una autoimagen, por aspirar a un mejor futuro material “liberado del trabajo de oficina”, pero no por el interés de realizar una visión propio, de construir algo radicalmente nuevo, de cuestionar estructuras establecidas o crear algo realmente significativo. A largo plazo, creo que esto puede terminar quemando muchos puentes, pues no se trata de conseguir la mayor cantidad de gente intentando lanzar la mayor cantidad posible de start-ups. Me parece mucho más sostenible conseguir la mayor cantidad de gente con el perfil adecuado para tentar la innovación una y otra vez hasta realizar una visión, siendo consciente de los riesgos que eso implica, y brindándoles las capacidades y el contexto que les permita desarrollar esa visión. No se trata de empezar a ponerse excluyente: cualquiera puede participar, por supuesto, pero eso no quiere decir que todos vayan a disfrutar la fiesta.

Complejidad económica y economías en red

Mapa ilustrando los niveles de complejidad económica a nivel global

Hace relativamente poco encontré el trabajo de Ricardo Hausmann (de la Harvard Kennedy School) y César Hidalgo (del grupo Macro Connections del MIT Media Lab) sobre complejidad económica, y se está convirtiendo en uno de los pilares sobre los que estoy armando mi actual proyecto de investigación (que está yendo más o menos en esta dirección).

Según el modelo que han desarrollado, las economías nacionales a nivel global pueden interpretarse como más o menos complejas a partir de un análisis de lo que producen – algunos productos son más complejos cuando requieren de un grado más alto de conocimiento disponible para su producción, y vice versa. Los productos en este modelo son entendidos en función al conocimiento y las habilidades necesarios para producirlos (sólo puedo producir turbinas de avión si en mi economía existen todas las habilidades necesarias para la producción de turbinas de avión), y la presencia de ciertas habilidades en una economía puede constatarse a partir de si dicha economía exporta cierto producto (si un país tiene exportaciones de turbinas de avión mayores a cero, entonces se sigue que en su economía están presentes todas las habilidades necesarias para producir turbinas de avión).

Pero las habilidades no mantienen una relación de exclusividad respecto a los productos que permiten producir – por ejemplo, hay cierto grado de similitud en las habilidades necesarias para producir una turbina de avión, y las necesarias para producir un motor de automóvil. Hay habilidades que comparten, y habilidades que serán particulares de cada uno. Eso quiere decir también que si tengo las habilidades para uno, me será más fácil iniciar la producción del otro. Lo cual en su análisis permite explicar por qué ciertas naciones han podido crecer mucho más rápido que otras al diversificar su economía y ampliar su capacidad productiva a partir de su universo de habilidades existente.

Hidalgo and Hausmann have found that GDP correlates pretty well with diversity of outputs, but it correlates much better with diversity of inputs. And the cases where the correlation breaks down could actually be more interesting than the cases where it holds, because they could indicate economies poised for growth. In 1970, for instance, the Korean economy had much greater diversity of inputs, according to Hidalgo’s measure, than the Peruvian economy; but Peru had twice Korea’s GDP per capita. Over the next 30 years, the relative diversity of inputs in the two countries’ economies stayed more or less the same, but by 2003, Korea had four times Peru’s GDP per capita.

A partir de esto se siguen varias cosas. Primero, que las economías de mayor complejidad  generan productos que enfrentan menor competencia porque existen menos economías con las capacidades para producirlos. Lo inverso es también verdadero: los productos de menor complejidad son los que enfrentan la mayor competencia porque las barreras de acceso son tanto más bajas. O lo que es lo mismo: el valor agregado es difícil de reproducir y, por lo mismo, genera retornos mucho mayores.

Segundo, que la adquisición de nuevas habilidades y generación de nuevos productos se vuelve continuamente más fácil para las economías de mayor complejidad. Dado que existe cierto grado de coincidencia entre diferentes productos, la capacidad productiva puede ampliarse continuamente incorporando las habilidades más próximas en el espectro productivo. La capacidad para producir turbinas de avión está más cerca, por ejemplo, de la producción automotriz que de la producción agrícola. Esta es una inversión que resulta mucho más difícil para las economías menos complejas, haciendo que la brecha en complejidad a lo largo del tiempo se vuelva cada vez más difícil de reducir.

Tercero, el grado de complejidad de una economía se vuelve también una medida de su resiliencia. Economías menos complejas tienen un universo de habilidades menor y por lo mismo menor capacidad para readaptarse ante cambios imprevistos en la demanda por sus productos. Economías más complejas, en cambio, sin volverse inmunes a los shocks económicos, tienen una mayor diversidad de habilidades que pueden realocarse en diferentes actividades productivas: por ejemplo, una economía capaz de producir software puedes más fácilmente readaptarse a otras áreas productivas (en servicios informáticos, procesamiento de datos, etc) que una economía dedicada principalmente a la exportación de recursos naturales. El caso del Perú es paradigmático en este sentido: aunque el boom del precio de los commodities ha permitido un crecimiento económico acelerado a partir principalmente de la inversión minera, un cambio repentino en esos precios (si, por ejemplo, el día de mañana se anunciara tecnología segura y accesible para la explotación minera de asteroides) afectaría profundamente la perspectiva de crecimiento de la economía y sería considerablemente difícil de compensar. (Alguien podría argumentar aquí que con más de $50 mil millones en reservas internacionales esto se podría amortiguar, en lo cual estoy de acuerdo, pero el hecho de tener un colchón de seguridad disponible no me parece argumento suficiente como para no contemplar las alternativas.)

Diversidad de las exportaciones peruanas, con data del 2008, según el Atlas

A través del Observatorio de la Complejidad Económica, han compilado un Atlas de complejidad económica que contiene no sólo las ideas principales que se ven reflejadas en el índice, sino hojas de datos para decenas de países formuladas a partir de su data disponible sobre productos exportados (dado que las exportaciones constatan la presencia de un producto, que a su vez constata la presencia de las habilidades requeridas para producirlo). Allí también consideran algunos de los límites de este modelo (por ejemplo, que está limitado por la data disponible a considerar solamente productos y no servicios) y lo comparan con otros modelos disponibles para rankear países. Existe también un paper disponible, “The Network Structure of Economic Output”, que detalla las ideas e implicancias centrales del modelo y contiene todo el aparato matemático utilizado para formularlo.

¿Por qué no tenemos grandes objetivos en ciencia y tecnología?

Anoche, la NASA aterrizó el rover Curiosity sobre Marte. Fue una transmisión espectacular de todo el proceso de descenso del vehículo de casi una tonelada sobre una zona de aterrizaje de apenas 7x20km – una hazaña espectacular considerando que todo fue controlado robóticamente a millones de kilómetros de distancia, y nosotros sólo podíamos enterarnos del resultado 14 minutos después de que hubiera efectivamente sucedido.

Minutos después, en conferencia de prensa, directivos de la NASA y de la política de ciencia y tecnología de la Casa Blanca resaltaron la importancia de la misión y de la contribución estadounidense a la exploración espacial. NASA ha visto como en las últimas décadas su presupuesto se ha ido reduciendo sistemáticamente al mismo tiempo que sus proyectos atraen menos interés del público y atraen críticas de conservadores fiscales que ven la exploración espacial como un área de baja prioridad en tiempos de crisis económica, y consideran además que la innovación tecnológica en materia espacial debería ser lugar para el sector privado y que el gobierno no debería entrometerse. En ese contexto, es tanta mayor la importancia de NASA de llevarse merecidamente el reconocimiento por esta misión y por un resultado que es histórico tanto tecnológica como culturalmente, y que ayuda a la agencia tanto a recapturar el interés del público por la agenda espacial como a comunicar claramente sus capacidades y logros.

Letters of Note comparte hoy una carta del director de NASA en 1970, Ernst Stuhlinger, que responde a la pregunta sobre por qué dedicar recursos a la exploración espacial cuando hay problemas como la hambruna en el mundo. Su argumento es particularmente relevante frente a lo que vimos anoche, y doblemente relevante en economías como la peruana donde estamos hablando continuamente sobre la importancia de la ciencia, la tecnología y la innovación pero sin llegar a encontrar un firme camino hacia ninguna de ellas.

Besides the need for new technologies, there is a continuing great need for new basic knowledge in the sciences if we wish to improve the conditions of human life on Earth. We need more knowledge in physics and chemistry, in biology and physiology, and very particularly in medicine to cope with all these problems which threaten man’s life: hunger, disease, contamination of food and water, pollution of the environment.

We need more young men and women who choose science as a career and we need better support for those scientists who have the talent and the determination to engage in fruitful research work. Challenging research objectives must be available, and sufficient support for research projects must be provided. Again, the space program with its wonderful opportunities to engage in truly magnificent research studies of moons and planets, of physics and astronomy, of biology and medicine is an almost ideal catalyst which induces the reaction between the motivation for scientific work, opportunities to observe exciting phenomena of nature, and material support needed to carry out the research effort.

En nuestro contexto, hablamos continuamente de la necesidad de innovaciones en nuestra economía que nos permitan romper con la dependencia de las exportaciones primarias y convertirnos en generadores de valor agregado. Todo eso está bien. Pero en esta carrera terminamos bajando la valla de lo que significa innovar hacia cuestiones que son de escala muy pequeña (sin necesariamente dejar de ser interesantes o importantes), y terminamos pasando por innovación el uso creativo de redes sociales para la publicidad o que las empresas empiecen a usar search engine optimization. Esto pasa, me parece, por la ausencia de grandes visiones y proyectos a largo plazo sobre en qué sentido y dirección queremos innovar y desarrollar tecnología y, especialmente por qué queremos esos sentidos y direcciones. Ante la ausencia de nortes, cada paso se ve como un gran avance.

La exploración espacial sirvió desde los años sesenta como un gran articulador de la actividad científica y tecnológica, desde que el Presidente Kennedy anunciara el objetivo de poner a un hombre en la luna antes del fin de la década. Como señala Stuhlinger, estos grandes objetivos son imprescindibles para servir de motivación a la investigación y la adquisición de descubrimientos científicos e innovaciones tecnológicas que servirán para todo tipo de contextos y utilidades como formas exaptadas. Pero a Stuhlinger le falta señalar algo: incluso si nuestro objetivo ulterior son esas formas exaptadas de ciencia y tecnología para usos específicos en diferentes campos, no nos es posible en el presente apuntar directamente hacia esos formas porque no sabemos cuáles son. El camino hacia resolver problemas enormes es una serie sucesiva de ensayos y errores donde cada generación innova sobre la anterior, pero en el punto de partida no tenemos manera de predecir la configuración específica de cada una de esas generaciones. Por eso el resultado último, el gran articulador es importante porque provee la direccionalidad por la cual generaremos múltiples innovaciones intermedias que resuelven problemas teóricos y prácticos que no sabíamos, quizás, que teníamos.

Dos puntos más, para regresar el tema hacia nuestro contexto. El primero es que en casos como estos, casi siempre vemos que la direccionalidad y la inversión fuerte de recursos viene del poder político, en líneas directrices que se toman como políticas de Estado a largo plazo. Eso está muy bien. Pero ocurre que, incluso cuando esto es así, estas líneas directrices no son para la ejecución exclusiva de la burocracia pública, sino que requieren de la participación de todos los sectores de la sociedad: del sector privado, del ámbito académico, del sistema educativo, de la sociedad civil, e incluso de las fuerzas políticas. Se trata de grandes proyectos articuladores cuyo éxito no depende sólo del liderazgo político, sino de la medida en que ese liderazgo consigue movilizar una serie de fuerzas. Y ocurre también que, especialmente en contextos como el peruano, si nos sentamos a esperar que ese liderazgo político formule este tipo de líneas directrices, y más aún que lidere el esfuerzo, pues para tal caso seguimos sacando minerales hasta que se acaben y no hacemos nada más. No me parece un camino viable, de modo que tenemos que pensar en mecanismos y proyectos en los cuales este liderazgo y capacidad de movilización surjan desde fuera del Estado y del gobierno, no porque me parezca que eso sea mejor, sino porque creo que no tenemos opción.

El segundo es sobre cuáles tendrían que ser esos objetivos a los cuáles podríamos apuntar. Hace unas semanas pregunté en Twitter cuándo podíamos esperar ver un programa espacial peruano, y creo que me lo tomaron como chiste. Pero no veo por qué tendría que serlo: hace un tiempo, por ejemplo, Bolivia anunció la creación de su propia agencia espacial y su incursión con un primer satélite boliviano (no conozco, eso sí, los resultados posteriores de esa iniciativa). Y ciertamente tenemos todo tipo de enormes objetivos con los cuales podríamos comprometernos que requerirían de la participación de múltiples sectores para desarrollar soluciones innovadores y avances en materia de ciencia y tecnología: aprovechar nuestra diversidad biológica para convertirnos en una potencia biotecnológica mundial; eliminar la desnutrición y la malnutrición infantil antes del Bicentenario; convertirnos en el país líder en alfabetización en la región antes del fin de la década; eliminar sosteniblemente los problemas del narcotráfico y el narcoterrorismo, convertirnos en una potencia mundial en materia de energías renovables y sostenibles, y cambiar toda nuestra matriz energética en un cuarto de siglo; etc. Éstas son sólo ideas que se me vienen ahora a la mente, algunas viables, algunas inviables, al final eso no importa tanto: lo que importa es que consideremos que conseguir dicho resultado sea determinante para nuestra capacidad de crecimiento como nación, que estemos dispuestos a comprometernos en palabra y acto a brindar los recursos durante larguísimos lapsos de tiempo para que eso ocurra.

Para que así dejemos de jugar el juego de la ciencia y la tecnología como espectadores y consumidores, y podamos empezar a participar como jugadores.