Complejidad económica y economías en red

Mapa ilustrando los niveles de complejidad económica a nivel global

Hace relativamente poco encontré el trabajo de Ricardo Hausmann (de la Harvard Kennedy School) y César Hidalgo (del grupo Macro Connections del MIT Media Lab) sobre complejidad económica, y se está convirtiendo en uno de los pilares sobre los que estoy armando mi actual proyecto de investigación (que está yendo más o menos en esta dirección).

Según el modelo que han desarrollado, las economías nacionales a nivel global pueden interpretarse como más o menos complejas a partir de un análisis de lo que producen – algunos productos son más complejos cuando requieren de un grado más alto de conocimiento disponible para su producción, y vice versa. Los productos en este modelo son entendidos en función al conocimiento y las habilidades necesarios para producirlos (sólo puedo producir turbinas de avión si en mi economía existen todas las habilidades necesarias para la producción de turbinas de avión), y la presencia de ciertas habilidades en una economía puede constatarse a partir de si dicha economía exporta cierto producto (si un país tiene exportaciones de turbinas de avión mayores a cero, entonces se sigue que en su economía están presentes todas las habilidades necesarias para producir turbinas de avión).

Pero las habilidades no mantienen una relación de exclusividad respecto a los productos que permiten producir – por ejemplo, hay cierto grado de similitud en las habilidades necesarias para producir una turbina de avión, y las necesarias para producir un motor de automóvil. Hay habilidades que comparten, y habilidades que serán particulares de cada uno. Eso quiere decir también que si tengo las habilidades para uno, me será más fácil iniciar la producción del otro. Lo cual en su análisis permite explicar por qué ciertas naciones han podido crecer mucho más rápido que otras al diversificar su economía y ampliar su capacidad productiva a partir de su universo de habilidades existente.

Hidalgo and Hausmann have found that GDP correlates pretty well with diversity of outputs, but it correlates much better with diversity of inputs. And the cases where the correlation breaks down could actually be more interesting than the cases where it holds, because they could indicate economies poised for growth. In 1970, for instance, the Korean economy had much greater diversity of inputs, according to Hidalgo’s measure, than the Peruvian economy; but Peru had twice Korea’s GDP per capita. Over the next 30 years, the relative diversity of inputs in the two countries’ economies stayed more or less the same, but by 2003, Korea had four times Peru’s GDP per capita.

A partir de esto se siguen varias cosas. Primero, que las economías de mayor complejidad  generan productos que enfrentan menor competencia porque existen menos economías con las capacidades para producirlos. Lo inverso es también verdadero: los productos de menor complejidad son los que enfrentan la mayor competencia porque las barreras de acceso son tanto más bajas. O lo que es lo mismo: el valor agregado es difícil de reproducir y, por lo mismo, genera retornos mucho mayores.

Segundo, que la adquisición de nuevas habilidades y generación de nuevos productos se vuelve continuamente más fácil para las economías de mayor complejidad. Dado que existe cierto grado de coincidencia entre diferentes productos, la capacidad productiva puede ampliarse continuamente incorporando las habilidades más próximas en el espectro productivo. La capacidad para producir turbinas de avión está más cerca, por ejemplo, de la producción automotriz que de la producción agrícola. Esta es una inversión que resulta mucho más difícil para las economías menos complejas, haciendo que la brecha en complejidad a lo largo del tiempo se vuelva cada vez más difícil de reducir.

Tercero, el grado de complejidad de una economía se vuelve también una medida de su resiliencia. Economías menos complejas tienen un universo de habilidades menor y por lo mismo menor capacidad para readaptarse ante cambios imprevistos en la demanda por sus productos. Economías más complejas, en cambio, sin volverse inmunes a los shocks económicos, tienen una mayor diversidad de habilidades que pueden realocarse en diferentes actividades productivas: por ejemplo, una economía capaz de producir software puedes más fácilmente readaptarse a otras áreas productivas (en servicios informáticos, procesamiento de datos, etc) que una economía dedicada principalmente a la exportación de recursos naturales. El caso del Perú es paradigmático en este sentido: aunque el boom del precio de los commodities ha permitido un crecimiento económico acelerado a partir principalmente de la inversión minera, un cambio repentino en esos precios (si, por ejemplo, el día de mañana se anunciara tecnología segura y accesible para la explotación minera de asteroides) afectaría profundamente la perspectiva de crecimiento de la economía y sería considerablemente difícil de compensar. (Alguien podría argumentar aquí que con más de $50 mil millones en reservas internacionales esto se podría amortiguar, en lo cual estoy de acuerdo, pero el hecho de tener un colchón de seguridad disponible no me parece argumento suficiente como para no contemplar las alternativas.)

Diversidad de las exportaciones peruanas, con data del 2008, según el Atlas

A través del Observatorio de la Complejidad Económica, han compilado un Atlas de complejidad económica que contiene no sólo las ideas principales que se ven reflejadas en el índice, sino hojas de datos para decenas de países formuladas a partir de su data disponible sobre productos exportados (dado que las exportaciones constatan la presencia de un producto, que a su vez constata la presencia de las habilidades requeridas para producirlo). Allí también consideran algunos de los límites de este modelo (por ejemplo, que está limitado por la data disponible a considerar solamente productos y no servicios) y lo comparan con otros modelos disponibles para rankear países. Existe también un paper disponible, “The Network Structure of Economic Output”, que detalla las ideas e implicancias centrales del modelo y contiene todo el aparato matemático utilizado para formularlo.

¿Por qué no tenemos grandes objetivos en ciencia y tecnología?

Anoche, la NASA aterrizó el rover Curiosity sobre Marte. Fue una transmisión espectacular de todo el proceso de descenso del vehículo de casi una tonelada sobre una zona de aterrizaje de apenas 7x20km – una hazaña espectacular considerando que todo fue controlado robóticamente a millones de kilómetros de distancia, y nosotros sólo podíamos enterarnos del resultado 14 minutos después de que hubiera efectivamente sucedido.

Minutos después, en conferencia de prensa, directivos de la NASA y de la política de ciencia y tecnología de la Casa Blanca resaltaron la importancia de la misión y de la contribución estadounidense a la exploración espacial. NASA ha visto como en las últimas décadas su presupuesto se ha ido reduciendo sistemáticamente al mismo tiempo que sus proyectos atraen menos interés del público y atraen críticas de conservadores fiscales que ven la exploración espacial como un área de baja prioridad en tiempos de crisis económica, y consideran además que la innovación tecnológica en materia espacial debería ser lugar para el sector privado y que el gobierno no debería entrometerse. En ese contexto, es tanta mayor la importancia de NASA de llevarse merecidamente el reconocimiento por esta misión y por un resultado que es histórico tanto tecnológica como culturalmente, y que ayuda a la agencia tanto a recapturar el interés del público por la agenda espacial como a comunicar claramente sus capacidades y logros.

Letters of Note comparte hoy una carta del director de NASA en 1970, Ernst Stuhlinger, que responde a la pregunta sobre por qué dedicar recursos a la exploración espacial cuando hay problemas como la hambruna en el mundo. Su argumento es particularmente relevante frente a lo que vimos anoche, y doblemente relevante en economías como la peruana donde estamos hablando continuamente sobre la importancia de la ciencia, la tecnología y la innovación pero sin llegar a encontrar un firme camino hacia ninguna de ellas.

Besides the need for new technologies, there is a continuing great need for new basic knowledge in the sciences if we wish to improve the conditions of human life on Earth. We need more knowledge in physics and chemistry, in biology and physiology, and very particularly in medicine to cope with all these problems which threaten man’s life: hunger, disease, contamination of food and water, pollution of the environment.

We need more young men and women who choose science as a career and we need better support for those scientists who have the talent and the determination to engage in fruitful research work. Challenging research objectives must be available, and sufficient support for research projects must be provided. Again, the space program with its wonderful opportunities to engage in truly magnificent research studies of moons and planets, of physics and astronomy, of biology and medicine is an almost ideal catalyst which induces the reaction between the motivation for scientific work, opportunities to observe exciting phenomena of nature, and material support needed to carry out the research effort.

En nuestro contexto, hablamos continuamente de la necesidad de innovaciones en nuestra economía que nos permitan romper con la dependencia de las exportaciones primarias y convertirnos en generadores de valor agregado. Todo eso está bien. Pero en esta carrera terminamos bajando la valla de lo que significa innovar hacia cuestiones que son de escala muy pequeña (sin necesariamente dejar de ser interesantes o importantes), y terminamos pasando por innovación el uso creativo de redes sociales para la publicidad o que las empresas empiecen a usar search engine optimization. Esto pasa, me parece, por la ausencia de grandes visiones y proyectos a largo plazo sobre en qué sentido y dirección queremos innovar y desarrollar tecnología y, especialmente por qué queremos esos sentidos y direcciones. Ante la ausencia de nortes, cada paso se ve como un gran avance.

La exploración espacial sirvió desde los años sesenta como un gran articulador de la actividad científica y tecnológica, desde que el Presidente Kennedy anunciara el objetivo de poner a un hombre en la luna antes del fin de la década. Como señala Stuhlinger, estos grandes objetivos son imprescindibles para servir de motivación a la investigación y la adquisición de descubrimientos científicos e innovaciones tecnológicas que servirán para todo tipo de contextos y utilidades como formas exaptadas. Pero a Stuhlinger le falta señalar algo: incluso si nuestro objetivo ulterior son esas formas exaptadas de ciencia y tecnología para usos específicos en diferentes campos, no nos es posible en el presente apuntar directamente hacia esos formas porque no sabemos cuáles son. El camino hacia resolver problemas enormes es una serie sucesiva de ensayos y errores donde cada generación innova sobre la anterior, pero en el punto de partida no tenemos manera de predecir la configuración específica de cada una de esas generaciones. Por eso el resultado último, el gran articulador es importante porque provee la direccionalidad por la cual generaremos múltiples innovaciones intermedias que resuelven problemas teóricos y prácticos que no sabíamos, quizás, que teníamos.

Dos puntos más, para regresar el tema hacia nuestro contexto. El primero es que en casos como estos, casi siempre vemos que la direccionalidad y la inversión fuerte de recursos viene del poder político, en líneas directrices que se toman como políticas de Estado a largo plazo. Eso está muy bien. Pero ocurre que, incluso cuando esto es así, estas líneas directrices no son para la ejecución exclusiva de la burocracia pública, sino que requieren de la participación de todos los sectores de la sociedad: del sector privado, del ámbito académico, del sistema educativo, de la sociedad civil, e incluso de las fuerzas políticas. Se trata de grandes proyectos articuladores cuyo éxito no depende sólo del liderazgo político, sino de la medida en que ese liderazgo consigue movilizar una serie de fuerzas. Y ocurre también que, especialmente en contextos como el peruano, si nos sentamos a esperar que ese liderazgo político formule este tipo de líneas directrices, y más aún que lidere el esfuerzo, pues para tal caso seguimos sacando minerales hasta que se acaben y no hacemos nada más. No me parece un camino viable, de modo que tenemos que pensar en mecanismos y proyectos en los cuales este liderazgo y capacidad de movilización surjan desde fuera del Estado y del gobierno, no porque me parezca que eso sea mejor, sino porque creo que no tenemos opción.

El segundo es sobre cuáles tendrían que ser esos objetivos a los cuáles podríamos apuntar. Hace unas semanas pregunté en Twitter cuándo podíamos esperar ver un programa espacial peruano, y creo que me lo tomaron como chiste. Pero no veo por qué tendría que serlo: hace un tiempo, por ejemplo, Bolivia anunció la creación de su propia agencia espacial y su incursión con un primer satélite boliviano (no conozco, eso sí, los resultados posteriores de esa iniciativa). Y ciertamente tenemos todo tipo de enormes objetivos con los cuales podríamos comprometernos que requerirían de la participación de múltiples sectores para desarrollar soluciones innovadores y avances en materia de ciencia y tecnología: aprovechar nuestra diversidad biológica para convertirnos en una potencia biotecnológica mundial; eliminar la desnutrición y la malnutrición infantil antes del Bicentenario; convertirnos en el país líder en alfabetización en la región antes del fin de la década; eliminar sosteniblemente los problemas del narcotráfico y el narcoterrorismo, convertirnos en una potencia mundial en materia de energías renovables y sostenibles, y cambiar toda nuestra matriz energética en un cuarto de siglo; etc. Éstas son sólo ideas que se me vienen ahora a la mente, algunas viables, algunas inviables, al final eso no importa tanto: lo que importa es que consideremos que conseguir dicho resultado sea determinante para nuestra capacidad de crecimiento como nación, que estemos dispuestos a comprometernos en palabra y acto a brindar los recursos durante larguísimos lapsos de tiempo para que eso ocurra.

Para que así dejemos de jugar el juego de la ciencia y la tecnología como espectadores y consumidores, y podamos empezar a participar como jugadores.

¿Un Ministerio de Magia?

Me gustó un post de hoy de Maite Vizcarra en Techtulia sobre el debate en torno a la creación de un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación en el Perú. Me gustó principalmente por dos razones: porque describe claramente las medidas que se discuten para el sector en lo que queda del presente gobierno (hasta el 2016), y porque no adopta una posición sensacionalista de “OMG MINISTERIO!!!1!!11!1″ que suele dominar este tipo de discusiones. En cambio, refleja el tipo de preguntas complejas que deberíamos estar haciéndonos:

Visto el overview, la pregunta que cae a cuenta entonces es: ¿si durante los primeros años de las reformas CTI las inversiones no serán tan dramáticas y si las acciones planteadas pueden ser ejecutadas por entidades ya existentes (Fincyt, Fidecom, Consejo Nacional de Competitividad-MEF) es necesario un ministerio en esta etapa?, ¿no sería mejor contar con una entidad como esa con el enforcement necesario a partir del punto de inflexión, cuando las inversiones serán considerables y en verdad se requiera capacidad de negociación y empoderamiento? ¿No sería mejor que el actual Comité Consultivo CTI se transforme en uno de transferencia de cara a un ministerio en dos años?

De Immanuel Kant se decía que cada vez que se encontraba con un problema nuevo, se inventaba una nueva facultad para la mente humana. De manera similar, me parece que podríamos decir que cada vez que nos encontramos en el Perú con un problema nuevo, nuestra respuesta es crearle un ministerio, y es la manera en que el poder político intenta decir “este problema nos parece importante”.

El asunto es que, por sí solo, eso no quiere decir realmente nada. La principal razón por la cual soy un escéptico respecto a las posibilidades un ministerio de CTI en el Perú es porque tal ministerio no sería el resultado de una política estratégica integral que se esté ejecutando a nivel nacional sobre ciencia, tecnología e innovación, donde el ministerio sea uno de los componentes de esa estrategia. Termina siendo la construcción de una entidad gigantesca cuyo propósito será el de construir dicha estrategia. Es poner el carro delante del caballo.

Procesos similares pueden encontrarse en el pasado reciente, con matices mejores o peores: la creación de los Ministerios del Medio Ambiente, de Cultura o de Desarrollo e Inclusión Social fueron el reconocimiento de que cada uno de estos ámbitos era un problema importante, pero la formulación misma del ministerio no era una afirmación de que se tuviera una estrategia o un plan para cualquiera de estos sectores. Esto es terrible, por una serie de razones: (1) porque genera un costo enorme en términos de instalación y operación para el Estado; (2) porque genera expectativas que probablemente terminen resultando insatisfechas entre los diferentes actores vinculados e interesados en el sector; y (3) porque al crear una dependencia legitimada y responsable del sector, si ésta termina siendo inoperante en la práctica se convierte en un obstáculo más que en un incentivo. En un sector como el de CTI, donde es relevante generar un entorno sumamente dinámico y donde la capacidad de articular e implementar iniciativas rápida y efectivamente es muy importante, un clima institucional desfavorable puede por sí solo generar trabas estructurales de importancia.

Aún cuando crear un ministerio de CTI hoy me parece una mala idea, eso no quiere decir que piense que no se debe hacer nada al respecto. Sólo que no deben hacerse las cosas por hacerse. Si creáramos un ministerio, ¿cuáles serían sus objetivos estratégicos? Si le asignáramos un presupuesto para realizar inversiones estratégicas en investigación y desarrollo, ¿cuáles serían sus áreas prioritarias de inversión? Si su visión es la de mejorar la productividad y competitividad de la economía peruana a largo plazo, ¿qué actividades económicas concentrarán su atención? ¿Se concentrará en hacernos más o hacernos menos una economía concentrada en torno a la minería? Estas son algunas de las preguntas que deberíamos hacernos al momento de formular una estrategia de CTI para el país a largo plazo.

Por otro lado, para poder implementar y ejecutar esa estrategia hay cosas que pueden hacerse como primeros pasos para fortalecer un sector nacional de CTI. Están, por ejemplo, las trabas existentes para la inversión de dinero proveniente del canon para tareas de investigación, que recoge Marcos Garfias del IEP (“La investigación en la universidad pública regional y los fondos del canon, 2004-2008“, Economía y Sociedad 76, CIES, diciembre 2010):

En esta realidad poco alentadora, desde el año 2004 se comenzó a inyectar importantes recursos provenientes del canon al presupuesto de varias universidades públicas con el objetivo de incentivar la investigación científica y tecnológica pertinente al desarrollo regional. Casi cinco años después, este objetivo no ha sido alcanzado ni siquiera parcialmente. La universidad pública no investiga ni más ni mejor que en 2004. Salvo una efímera iniciativa desarrollada en la universidad de Cajamarca en el segundo semestre de ese año y la canalización de pequeños porcentajes para apoyo financiero a los estudiantes que elaboran sus tesis de licenciatura, estos recursos no han sido utilizados en ningún proyecto de investigación de impacto regional en ninguna de las instituciones universitarias beneficiadas con el canon durante este período. Los fondos del canon han servido básicamente para financiar importantes obras de infraestructura y de equipamiento que están cerrando un déficit arrastrado durante décadas.

Esto se ha debido a que la iniciativa por dotar con fondos del canon a la universidad pública no calibró la pobreza de las capacidades de investigación de esta institución, y tampoco advirtió que la organización institucional de la investigación universitaria ha sido adecuada para beneficiar a las planas docentes con asignaciones adicionales a sus salarios bajo un formalismo burocrático que los convierte a todos en investigadores sin la necesidad de comprobar la solidez y pertinencia de sus estudios, todo ello en medio de la
prolongada dificultad que ha tenido la universidad pública para edificar una gestión eficiente que le permita salir del descalabro académico, administrativo y de gobierno que se inició por múltiples razones en la década de 1960. Una situación que sí fue advertida por los funcionarios del Ministerio de Economía, que promovieron rápidamente algunas normas que regularon el gasto del canon, como por ejemplo la prohibición de que estos recursos fueran destinados a cualquier tipo de remuneración, pero que sin embargo no promovieron simultáneamente mejores alternativas para aprovecharlos en uno de sus objetivos centrales: la investigación de impacto regional.

La prohibición de que fondos del canon fueran a pago de remuneraciones de investigadores ignora el hecho de que la investigación consiste, en gran medida, en inversión del tiempo de investigadores en diversas tareas, y presupone básicamente que estos se dedicarán a la tarea de investigar “por amor al arte” – algo que claramente no ocurre. Además, condiciona que los fondos tengan que invertirse en equipos e infraestructura, que sin dejar de ser importantes, por sí solos son incapaces de fortalecer las capacidades de CTI de una región o del país.

Nuestra deficiencia en el sector responde, además, a deficiencias estructurales que también tienen que ser atendidas si se quiere construir un sector sólido de CTI: por ejemplo, la debilidad de la oferta y demanda universitaria en carreras de ciencias e ingeniería, que va de la mano con el desfase entre la demanda estudiantil y la oferta laboral en el Perú. Nuestro sistema educativo no está alineado con nuestro modelo productivo, ni en el presente ni hacia adelante.

En otras palabras: un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación no es un Ministerio de Magia, y no deberíamos esperar que lo sea ni creernos un discurso político que nos lo venda como tal. La aparición de un ministerio de CTI no nos va a construir mágicamente un sector dinámico, activo y efectivo, justamente porque el problema debe verse multidimensionalmente y no solamente como un tema de asignación presupuestal y responsabilidad ministerial. Pero, sobre todo, require que nos hagamos preguntas complejas sobre el tipo de país y economía que queremos ser en el futuro a largo plazo.

Más allá del fetichismo de la mercancía

Una columna de la revista Fortune sobre Occupy Wall Street señala:

Our current capital markets are structured around a dangerous lie — that the sole function of the corporation is to return value to shareholders. Under this construct, every action undertaken by Wall Street traders, mortgage brokers and the rest make perfect sense and are morally unambiguous. It was their job to sell as much as they could, to grab as much value as possible, in order to return that value to shareholders. So long as shareholder-value-maximization remains our governing principle, no change in regulations will change the fundamental behavior. Executives are simply acting according to their incentives.

Lo que me hizo pensar:

1. El capitalismo tardío es nuestra época más metafísica. Como señalé en “La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo“, es la radicalización del fetichismo de la mercancía del que hablaba Marx en El capital: Marx señalaba que más que su uso, los objetos pasaban a tener importancia por su valor de cambio. Las cosas tenían significado porque permiten conseguir otras cosas. Pero en la era del capitalismo financiero, ya ni siquiera las cosas importan. El capital sirve para apalancar capital, para moverse a sí mismo. Ya ni siquiera es necesario que remita a objetos efectivamente existentes. Es el fetichismo del fetichismo.

2. En la misma línea vale la pena pensar en términos object-oriented onthology y considerar las relaciones entre capital, corporaciones, consumidores, empleados e inversionistas. Se supone que la corporación está al servicio de sus inversionistas. Pero claramente no lo está: el cortoplacismo propio de managers cuyo único propósito es inflar el valor de las acciones (para incrementar sus propias utilidades) en lugar de crear estructuras rentables y sostenibles a largo plazo es evidencia de esto. Aquí también el capital sirve al capital, ni siquiera a sus propios inversionistas. La corporación, como objeto-sistema, cobra una cierta autonomía para vincularse con otros objetos-sistema y retroalimentar su propia existencia como objetos-sistema. La corporación existe para que la corporación exista, no como predicado de sus inversionistas sino como su sujeto (al puro purito estilo de Feuerbach).

3. Hace poco leí un librazo, The Intelligent Investor de Benjamin Graham. Un clásico del ámbito de las finanzas y la inversión. Graham construye toda su metodología de inversiones (“value investing”) sobre una idea básica contraria a lo que se suele creer: él parte, más bien, de asumir que el mercado es fundamentalmente irracional, y no de que es una reunión de compradores y vendedores racionales e informados, donde los precios reflejan la mejor información posible. Graham está en la misma línea que el artículo de Fortune y, por extensión, de Occupy Wall Street, bajo cierta interpretación: cuando las inversiones se han puramente como especulaciones sobre el movimiento del precio de una acción a corto plazo, se incrementa el riesgo y se genera un daño a la economía. El inversionista debe más bien, según Graham, pensar a largo plazo e involucrarse e interesarse por la gestión de la compañía: debe apuntar a generar valor y amplificar el crecimiento real de una empresa, no sólo su valor nominal. La estrategia le sirvió muy bien al propio Graham como inversionista, y también a quien es su discípulo más reconocido, Warren Buffet.

4. Vale la pena apuntar al tema estructural que podría decirse “subyace” a la crisis económica global del momento y que alimenta la frustración del movimiento de OWS. No se trata, me parece, simplemente de un frenazo en la demanda y el consecuente encogimiento de la economía, sino más bien un reacomodo sustancial de las piezas económicas y fuerzas productivas. En esto estoy totalmente influenciado por Race Against the Machine, el libro de Eric Brynjolfsson y Andrew McAfee que salió hace poco. Brynjolfsson y McAfee observan que el cambio tecnológico de las últimas décadas está generando transformaciones sustanciales en nuestra matriz productiva que obligan a un desplazamiento de la fuerza laboral. No se trata, entonces, de reactivas el aparato industrial que alimentaba nuestra economía conocida, sino de redireccionar a la fuerza laboral para un conjunto de nuevas estructuras. Lo que require, por supuesto, que pensemos en nuevos tipos de organizaciones y en nuevas maneras de capacitar a la fuerza de trabajo para un nuevo conjunto de desafíos.

Ciudadanía y medios de comunicación

Ayer en Ashoka Changemakers lanzamos un nuevo desafío global, esta vez buscando innovaciones en torno a ciudadanía y medios de comunicación. Es una convocatoria organizada con el apoyo de Google que se presenta así:

Los medios conectan a las personas con el mundo, dan voz a sus ideas y sueños y les proporcionan conocimientos para mejorar sus vidas y las vidas de los demás. De este modo, los medios actúan como catalizadores de la participación de la ciudadanía, tanto a nivel regional como mundial.

Pero incluso en esta era de omnipresencia de los medios, existen millones de personas afectadas por barreras políticas y económicas que no tienen la posibilidad de acceder ni siquiera a las herramientas de información más básicas y que, por tanto, no pueden utilizar esta valiosa fuente de información y conexión ni hacer oír su voz en el resto del mundo.

¿Qué tipo de iniciativas está buscando el desafío? Ideas y proyectos que puedan:

  • otorgar voz a las poblaciones vulnerables desprovistas de ella e introducirlas en la creación y distribución de medios (por ejemplo, mediante estrategias de crowdsourcing o formación para potenciar la alfabetización digital),
  • proporcionar a los periodistas y editores herramientas o canales para informar sobre noticias importantes que de otra forma no podrían conocerse (por ejemplo, soluciones de distribución, adición y creación de contenido),
  • fomentar la protección de la privacidad y de la libertad de expresión (por ejemplo, mediante herramientas de codificación que permitan proteger la identidad de los usuarios y de los creadores de contenido),
  • estudiar la sostenibilidad financiera de las noticias de calidad (por ejemplo, establecer sistemas de micropagos que recompensen a los periodistas y modelos para fuentes de ingresos),
  • ayudar a los usuarios a consultar mejor la información y a determinar la fiabilidad y autenticidad del contenido (por ejemplo, mediante herramientas de verificación de hechos y clasificación de contenido).

La fecha límite para presentar propuestas es el 14 de setiembre del 2011.

¿Crisis en la educación superior?

En realidad, no es sólo la filosofía o las humanidades en general las que están en peligro dentro de la educación superior. Cada vez encuentro más lecturas que, más bien, hablan de una crisis en general de la educación superior, desde múltiples frentes: o porque está siendo absorbida por el mercado y convertida en una educación técnica, o también porque simplemente (quizás por lo mismo) ya no es un lugar del que se puedan esperar las ideas y las habilidades que requieren las nuevas economías. Dos caras de la misma moneda, pero que jalan hacia dos lados: o la universidad no se parece lo suficiente a lo que era antes, o la universidad no se parece lo suficiente a lo que necesitaremos mañana.

Dos discusiones interesantes: en TechCrunch, Jon Bischke y Semil Shah comentan sobre innovaciones desde el sector privado en el rubro de educación que amenazan a la universidad con la obsolescencia. Todo esto viene días después de una polémica en el mismo sitio en torno a un programa del inversionista superstar Peter Thiel financiando a jóvenes universitarios para abandonar sus carreras y formar empresas. El argumento de Thiel es que la educación superior se ha convertido en una burbuja: los costos suben desproporcionadamente, al mismo tiempo que por la saturación del mercado profesional el valor de los títulos, en consecuencia, baja. Y la burbuja debe reventar en algún momento.

Según Bischke y Shah, esto se está reflejando también en que existen maneras más eficientes y efectivas de cumplir el rol de la universidad de enviar “señales” a la sociedad que certifiquen la formación de un individuo. Si se trata solamente de esta capacidad de señalización y certificación, hay mejores maneras de hacerlo con las tecnologías disponibles.

With all this progress, the toughest nut to crack is tuition. One possible explanation for rising tuition is that universities have long held a monopoly on labor market signaling. Graduating high-school students, for instance, may have been less likely to advance in their careers or society without an undergraduate degree and, increasingly, without some sort of graduate degree. To date, universities have been the only real provider of such signals that young hopefuls need in order to convince employers to hire them.

The tide may be starting to shift. In Silicon Valley, for example, Y Combinator provides a learning environment that looks somewhat similar to an institute of higher learning, but rather than create graduates shouldering debts (which impact their career choices), it produces graduates who learn relevant skills, create companies, and earn money along the way.

Desde el otro lado del charco, Hugo Pardo Kuklinski en Digitalismo discute la necesidad de mirar fuera de la caja en la educación superior española, amenazada por la endogamia y el peligro de la cámara de resonancia. La universidad, como tal, se ha convertido en una máquina de reproducción del status quo – donde los estudiantes son, naturalmente, incentivados por sus profesores a seguir sus mismos pasos, y donde por la naturaleza burocrática de la institución, la ideas periféricas y alternativas permanecen, siempre, como periféricas y alternativas. Lo que eso está generando sería, más bien, que la innovación en la vida académica y en las ideas que se manejen sucedan cada vez más en la frontera de la universidad, o ya por completo por fuera.

El sistema te pide que te acredites y demuestres tus méritos, que investigues, que publiques. Hasta allí todo correcto. Pero luego esos méritos no tienen valor si antes no te has pasado diez años esperando tu oportunidad como en la fila de una panadería. Las instituciones no potencian los flujos transversales de docentes y alumnos (físicos e interaccionales). Emigrar a hacer investigación puede ser contraproducente. Es mejor quedarse “esperando en la fila”, no sea cosa que luego “no me den la plaza” por no estar presente para hacer lobby. La endogamia en la selección del profesorado es un cáncer del sistema universitario iberoamericano que afecta la competitividad, el crecimiento profesional meritocrático y la calidad de las instituciones.

La lógica de la operación del sistema, de esta manera, hace que sólo se puedan reproducir las mismas ideas ya existentes en el mismo ecosistema, sin que haya lugar a mayores exploraciones. Lo cual hace, a su vez, que muchos nuevos profesionales no tengan más remedio que buscar espacios fuera del ámbito universitario para explorar sus intereses, para ya nunca volver a integrarlos a la reflexión desde el espacio universitario. Todos pierden, porque a estos nuevos profesionales les termina resultando más difícil y lento abrirse nuevos espacios, y la universidad termina perdiendo gente capacitada e ideas interesantes que la harían crecer y mantenerse.

Pero, en realidad, quien peor la pasa es la universidad. La disponibilidad de nuevas tecnologías digitales reduce enormemente los costos de transacción para que estos nuevos profesionales puedan organizarse, comunicarse, y empezar a producir. A tal grado que, en unos años, quizás podrían hasta prescindir de la universidad completamente. Cosas locas que pasan.

P.D.: Un poco más sobre la idea de que hay una burbuja en la educación superior de parte de The Economist:

The idea is that people are spending too much on higher education, taking on too much debt, and failing to get the reward they expect. This bubble is bound to burst, and will leave American colleges and universities with huge over-capacity.

Buenos argumentos y datos para señalar que, aunque hay indicios para pensar en esto, aún el argumento no está del todo consolidado.

P.D.2: Seth Godin compara el valor de pagar por educación con el de pagar por una marca, en la línea de lo mencionado más arriba sobre las “señales” que envía la educación al mercado:

Does a $40,000 a year education that comes with an elite degree deliver ten times the education of a cheaper but no less rigorous self-generated approach assembled from less famous institutions and free or inexpensive resources?

If not, then the money is actually being spent on the value of the degree, on the doors it will open and the jobs it will snag. If this marketing strategy works big, it pays for itself in no time.

Al infinito y más allá

Dos cosas podemos comentar sobre las posibilidades de la nueva revolución industrial: primero, que pone a disponibilidad de diferentes sociedades plataformas tecnológicas de producción que reducen las inversiones necesarias para desarrollar e innovar tecnología; segundo, que el uso de esas plataformas para formular y desarrollar esas nuevas tecnologías se convierte en un elemento fundamental para el desarrollo de economías en las sociedades informacionales.

A pesar de eso, la inversión en ciencia y desarrollo tecnológico suele ser vista como poco rentable o justificada, sobre todo a la luz de otras prioridades sociales. Si hay hambre, desempleo, o falta de acceso a servicios de salud en una sociedad, se argumenta -de manera completamente razonable- que deberían primero atenderse esas necesidades fundamentales antes de pensar en problemas de ciencia y tecnología. La paradoja se hace evidente cuando caemos en cuenta de que para romper el círculo de la pobreza y alcanzar niveles más altos de productividad, se hace necesario realizar tales inversiones que generan, a largo plazo, retornos mucho mayores.

Hace unos días, el gobierno boliviano anunció la creación de una nueva Agencia Espacial Boliviana que tendrá a su cargo la ejecución del proyecto de lanzamiento del primer satélite boliviano, Túpac Katari. El proyecto se realizará en 36 meses y a un costo de US$300 millones, con colaboración del gobierno chino para la construcción y lanzamiento del satélite, y la transferencia tecnológica necesaria para su monitoreo y administración desde La Paz. Con esto Bolivia planea reducir a la mitad su costo anual en uso de infraestructura satelital (según cálculos simples, un ahorro de al menos US$75 millones a través de los 15 años considerados en el proyecto), pero ciertamente lo más interesante del asunto terminará siendo el ecosistema tecnológico que esto genera: por un lado, la posibilidad de brindar esos mismos servicios a otros países u organizaciones, y más aún, las tecnologías, los productos y los servicios que pueden desarrollarse a partir de esta transferencia de conocimiento.

El impacto de este tipo de inversiones es sistémico. No estamos hablando solamente aquí del ahorro que puede generar tener un satélite propio -si el proyecto me cuesta 300 millones para ahorrarme 75, ése no puede ser todo su sentido- sino de las posibilidades que introduce en términos de tecnologías adquiridas, trabajadores y especialistas capacitados, productos de conocimiento desarrollados, información recogida, etc. Tener una agencia espacial no quiere decir necesariamente que uno está pensando en cómo pondrá personas en la luna, o en Marte, sino simplemente que está pensando en las posibilidades que aporta el espacio, como por ejemplo para las telecomunicaciones. Estas posibilidades no son triviales ni son simplemente marketing, como lo atestiguan la creación, en los últimos años, de aparatos aeroespaciales significativos tanto en India como en China, y la creciente importancia que la industria privada está teniendo en proyecto espaciales tanto en Estados Unidos como en Rusia.

De hecho, ayer Barack Obama delineó lo que será su nueva política para la exploración espacial. Difícilmente una revolución absoluta, pero inyecta energía en un sector y una agencia -la NASA- que han perdido terreno y relevancia en los últimos años. Con la pronta desactivación del programa del transbordador espacial, el futuro de los Estados Unidos en el espacio resultaba aún más una incógnita, hasta el anuncio de ayer del presidente Obama se una serie de inversiones, a partir de un incremento de US$6 mil millones de dólares en el presupuesto de NASA, para nuevas tecnologías que permitan llevar cargas pesadas fuera de la atmósfera terrestre a un bajo costo, así como futuras misiones a asteroides cercanos a la Tierra y, eventualmente, a Marte.

El comentario de Phil Plait a la nueva política anunciada tiene dos pequeños pasajes que llamaron mi atención. El primero es sobre el tiempo que han tomado en hacer efecto las malas decisiones:

Another complaint with little or no merit [...] is that once the Shuttle is over, we need to borrow a lift from the Russians to get to space. As much as I’d like to see us with our own, independent, and healthy space program, I don’t see riding with the Russians as entirely a bad thing. It’s cheaper than the Shuttle, by a large amount. The bad political decisions involving NASA for the past forty years have put us in this predicament, not anything Obama has done over the past 15 months.

Y el segundo es sobre la relación con las iniciativas aeroespaciales del sector privado:

As far as relying on private space, I have been clear about that: NASA should not be doing the routine, like going to low Earth orbit. Let private companies do that now that the technology has become attainable by them. NASA needs to innovate. And I’ll note that NASA has relied on private space venture — Boeing, Lockheed, and many others — for decades. This is hardly new.

Esto segundo pareciera contraintuitivo. Pues uno pensaría, más bien, que sería el sector privado el que innovaría, como lo ha hecho, por ejemplo, con iniciativas como el X Prize. El problema aquí parecería ser, sin embargo, que por la presión en los últimos años por investigaciones científicas y tecnológicas en el sector privado que generen retornos rápidos y cuantiosos, que las tecnologías y plataformas de alcance amplio necesarias no pueden venir por esta vía. No porque estén imposibilitadas de hacerlo, sino porque las organizaciones no están invirtiendo de esta manera – como señala Plait, realizando inversiones que contemplen marcos de tiempo de 40 o 50 años. La mayoría de inversiones en productos tecnológicos, hoy, se realizan para generar retornos quizás en 5 o 10 años. Cualquier otra cosa es vista como demasiado abstracta como para recibir financiamiento privado.

No es un defecto intrínseco a la inversión privada en ciencia y tecnología, simplemente un rasgo que ha aparecido en los últimos años. Un comentario en la discusión en Slashdot hace poco respecto a la nueva ciudad científica planeada por el gobierno ruso echa un poco más de luz sobre esto:

Bell back in the regulated monopoly days was with out a doubt mature and financially stable. They could do research that might not pay off for 30 years because they knew they would be around in 30 years to benefit from it. They also built infrastructure that would last for decades even if it cost more for that same reason.

IBM still produces a lot of basic science for that same reason. They believe that they will be around for another 100 years. GE, DuPont, and Dow chemical used to and probably still do a lot of basic research for that same reason. They are mature and frankly a lot of their profitability is based on science so they benefit from research.

En otras palabras: hoy día entendemos innovación tecnológica en términos de un nuevo modelo de iPhone. Pero no tenemos, o virtualmente no tenemos, organizaciones con la libertad para realizar inversiones en investigación cuyos frutos recién aparecerán en 40 o 50 años, aquellas tecnologías que significarán cambios realmente revolucionarios en nuestras vidas cotidianas. De hecho, muchas de las innovaciones que reconocemos hoy cotidianamente son posibles, justamente, como resultado de innovaciones producto de investigaciones de hace 40 o 50 años.

La moraleja de todo esto es que se vuelve importante recuperar una cierta capacidad para proyectarnos e imaginar futuros posibles, aunque puedan parecer absolutamente inverosímiles en la actualidad. Preguntas que parecen caricaturescas, como cómo nos defenderemos de un asteroide que choque contra la Tierra, cómo lanzará el Perú si primer satélite al espacio (cuando ni siquiera puede lanzar bien el Metropolitano), cómo nos estableceremos en la luna, y así sucesivamente, son preguntas grandes sobre las que vale la pena pensar porque se convertirán en el horizonte que dirige nuestra investigación presente.

P.D.: Terminé de escribir el post y encontré que, inevitablemente, XKCD lo resumió todo mucho mejor que yo.

La nueva revolución industrial

Hace unas semanas, Chris Anderson, el editor de Wired, publicó en la revista un artículo sobre la nueva revolución industrial y cómo los nuevos avances tecnológicos en el diseño y la manufactura, y la distribución global de cadenas de producción, estaban inaugurando una nueva época de producción industrial de una escala y un dinamismo inconcebibles para las grandes industrias que conocemos.

El argumento es conocido, al menos si suelen pasar por este blog: la tecnología reduce los costos de transacción para todo tipo de operaciones, en este caso incluso las de producción de objetos físicos. Puedo diseñar productos utilizando computadoras de escritorio, enviar los diseños a una fábrica en China que tiene la tecnología para modelar un prototipo o una producción limitada a un costo accesible, y enviar la producción directamente a cualquier lugar del mundo. Cuando se reducen los costos de transacción de esta manera, son muchas más personas las que pueden participar del juego de la producción, pues es mucho más sencillo que reunir los recursos para construir una fábrica y montar toda la operación que una empresa de este tipo habría requerido antes. Ahora, realmente, bajo este esquema, cualquiera puede ser un productor industrial, un fabricante, un diseñador de productos. O bueno, casi cualquiera.

Quiero desprender de esto, por ahora, tres ideas.

La primera es que este tipo de ordenamientos son precisamente los que favorecen y facilitan la aparición de nuevos tipos de organizaciones. Al poder apuntar a sectores del mercado mucho más específicos, y al mismo tiempo sin estar tan limitados por factores como la geografía, la diversidad de objetivos, públicos, mercados y productos que empiezan a aparecer es abrumadora. Es precisamente lo contrario al modelo industrial clásico que nos dio la General Motors o la General Electric: nos alejamos de productos genéricos, indiferenciables, hacia productos específicos que reflejan mucho más cercanamente intereses y gustos particulares. Este tipo de emprendimientos a pequeña escala es, como ha argumentado antes la misma Wired, lo que la economía mundial necesita hoy para reactivarse, en lugar de los grandes salvatajes financieros e industriales de organizaciones que no tienen incentivos para la innovación (y sí tienen, en cambio, incentivos para mantener el status quo).

La segunda idea es que, si vamos un poco más lejos, lo que vemos es también como el cambio tecnológico transforma las bases de un modelo económico, en este caso, cómo se reestructura el capitalismo o el post-capitalismo ante la crisis de sus instituciones y modelos. Es decir, claro, hoy día puede ser mucho más accesible para cualquiera de nosotros convertirse en un productor industrial haciendo uso de estas tecnologías para producir a escalas, de nuevo, accesibles. Que le permiten a uno justificar sus gastos, e incluso derivar una cierta utilidad de todo que haga que toda la empresa justifique la inversión. Pero a esta escala difícilmente podemos reconstruir el aparato productivo y financiero que conocíamos, más que por agregación: es decir, no por el impacto o los resultados de una sola organización, sino de muchas, de miles, actuando al mismo tiempo, en diferentes lugares y en diferentes sentidos, se puede reconstruir el tejido social y económico. Pero las pretensiones de cada una de las células de ese tejido, sus expectativas, son marcadamente diferentes – sus motivaciones también. Algo así como que, ante el colapso de las grandes instituciones, demasiado lentas para adaptarse a mercados que cambian demasiado rápido, surge una economía de pequeños productores. Pierre Levy, en Inteligencia colectiva, refiere cómo serán organizaciones más chicas, basadas en el conocimiento, las que serán capaces de adaptarse al cambio tecnológico bajo una nueva concepción de su propósito:

Conducir a una movilización efectiva de las competencias. Si se quiere movilizar competencias habría que identificarlas. Y para localizarlas hay que reconocerlas en toda su diversidad. Los conocimientos oficialmente validados solo representan hoy una ínfima minoría de los que son activos. Este aspecto del reconocimiento es capital porque no tiene solo por finalidad una mejor administración de las competencias en las empresas y los colectivos en general, posee también una dimensión etico-política. En la edad del conocimiento, no reconocer al otro en su inteligencia, es negar su verdadera identidad social, es alimentar su resentimiento y su hostilidad, es sustentar la humillación, la frustración de la que nace la violencia. Sin embargo, cuando se valoriza al otro, según la gama variada de sus conocimientos se le permite identificarse de un modo nuevo y positivo, se contribuye a movilizarlo, a desarrollar en él, en cambio, sentimientos de reconocimiento que facilitarán como reacción, la implicación subjetiva de otras personas en proyectos colectivos.

Hay, también, un excelente artículo de Wired de hace unos meses sobre cómo la revolución digital está generando una nueva forma de socialismo en línea – el artículo es bueno, e interesante, pero tiene también muchísimos puntos para discutir.

La tercera idea es, más bien, su aplicación local. Y es que, con todo lo que se dice de que “el Perú avanza” y demás, pues cabría preguntarnos qué estamos haciendo en el marco de tecnologizar, modernizar e innovar nuestra producción, en bienes cuyo valor agregado sea, primordialmente, conocimiento, y no como es hora el caso materias primas para que otros produzcan. ¿Qué es lo que nos falta? El aparato productivo podemos tercerizarlo. ¿Nos falta conocimientos? ¿Ideas? ¿Tecnología? ¿Formación, habilidades? Incluso podríamos suponer que el acceso al capital se ha facilitado en los últimos años. Pero identificar el vacío e invertir en él debería ser una prioridad ahora y por los próximos años, para asegurarnos que estamos entrando a competir en el mercado global del 2020, y no de 1973. Señala Eduardo Ísmodes, en su libro Países sin futuro:

Algunas respuestas en torno al fracaso económico de estos países [que no progresan] se sustentarían en su modo de organización, en su cultura, en su sistema de educación y hasta en sus buena o malas relaciones internacionales.

Entre todas las explicaciones, destaca la siguiente, ya esbozada al inicio del primer capítulo: aquellos países en los que se invierte en educación, así como en investigación, desarrollo e innovación en ciencia y tecnología (I+D+I), crecen de manera regular y sostenida. (…) A pesar de que Irlanda no es uno de los países que más destaca en la inversión en ciencia y tecnología como porcentaje con relación a su PBI, las políticas y las prioridades establecidas al respecto muestran que es posible conseguir incrementos muy significativos en su PBI si continúa con una buena política y con buenos instrumentos de promoción de la ciencia y la tecnología ligadas al desarrollo económico. [Pp. 40-41]

Ísmodes reivindica para este propósito el espacio universitario como la oportunidad para promover la formación de los grupos que podrán generar conocimiento que genere valor agregado en la economía (Ísmodes fue hasta hace unos años decano de la Facultad de Ciencias e Ingeniería de la PUCP).

En los países, regiones o localidades en los que se invierten pocos o nulos recursos para la investigación, el desarrollo y la innovación, las universidades, por lo general, son meras organizaciones dedicadas a recibir y transmitir conocimiento. (…) Las presiones externas y la falta de espacios para la reflexión terminan por convertirlas en fábricas de robots manejadas por robots. (…) Estos canales no formales deben estar asociados a lo que, actualmente, no hace la universidad de un país subdesarrollado: generar conocimiento. [Pp. 156-157]

De alguna manera lo que Ísmodes intenta hacer aquí sigue en la misma línea de lo anterior: aprovechar la manera en la cual la tecnología ha reducido los costos de transacción para organizarnos colectivamente, y explotarlo en el contexto de una organización dedicada al conocimiento como es la universidad (que puede, además, por su agregación de múltiples servicios, reducir aún más los costos). El objetivo va en la misma dirección que el artículo reciente de Anderson: habilitar la plataforma, la infraestructura para que miles de ideas y grupos dispersos puedan, de manerca agregada, reconstruir una economía que necesita desesperadamente innovación y nuevas ideas.

Más espacios

Siempe se pueden encontrar muy buenas ideas y sugerencias en el blog de Seth Godin.

Esta vez, algo que guarda relación con mi reciente obsesión por los espacios, que a su vez tiene que ver con esto del ciclo de vida de las ideas. Al menos eso creo. Seth hizo el experimento de organizar una-especie-de MBA alternativo para un grupo muy selecto de gente -un programa gratuito pero de alta exigencia y compromiso-, donde se enfocara menos en contenido poco útil y más en problemas del mundo real vinculados a la implementación de sus ideas. El programa estaba muy enfocado en aprender unos de otros a partir de avanzar sus propios proyectos, y muy poco de leer casos de estudio y cosas por el estilo. Generó un espacio nuevo, lo probó, midió los resultados.

Que es, básicamente, el tipo de cosas que uno debería hacer si no tiene mucha idea por qué hace lo que hace. Es decir – si uno simplemente está flotando, haciendo cosas sin saber por qué, sería bueno que se detenga a preguntárselo y a preguntarse si no podría estar haciendo algo mejor con su tiempo.

La relación entre ambas cosas para mí es clara. En los espacios existentes, al menos en su mayoría, para el aprendizaje y la creación, nos chocamos a menudo con que no sabemos por qué estamos ahí. Vamos a la universidad, buscamos maestrías y especializaciones, a menudo simplemente porque es lo que se espera de nosotros. Nos sentamos en clases largas, aburridas, poco motivadoras, simplemente porque así son las cosas. Y por lo mismo, asumimos que estos espacios tienen que ser así como los hemos encontrado, y nosotros simplemente debemos aguantarlos un rato. Y luego… no sé, cuando uno se pone a pensar en el luego se le complican un poco las cosas.

Pero así como Seth, no está demás con probar con nuevos espacios de cuando en cuando. Nuevas fórmulas. Que corren todos los riesgos de simplemente no verse legitimadas: ¿Por qué seguiría ese programa nuevo si no tiene ningún reconocimiento oficial? ¿Por qué asistiría si no me da ningún título útil para mi carrera? ¿Por qué participaría si la metodología no tiene el respaldo de nadie importante? Y así sucesivamente.

Es irónico, me parece, que aún dentro de la filosofía -cuya etimología es, por supuesto, “amor por el conocimiento”- las fronteras estén tan clara y rígidamente definidas hacia lo aceptable y lo que no lo es. Conocimiento por aquí, todo lo demás al otro lado de la línea. Y los espacios del conocimiento están, también rígidamente definidos, así como los procedimientos para llegar a él. Supongo que de ahí que sienta tanto la necesidad de buscar nuevos espacios, después de que tantas veces me he preguntado y me sigo preguntando qué rayos estoy haciendo aquí.

Medios y conocimiento

Hace unos días, hicimos el “lanzamiento” oficial del sitio web para el nuevo programa de News&Knowledge Entrepreneurs de Ashoka (donde, vale aclarar, trabajo). Éste es uno de los programas en los que he estado más interesado por estar muy cerca de lo que son mis intereses personales, en torno a la manera como la tecnología está transformando nuestras maneras de comunicarnos, de producir, distribuir y transformar conocimiento. Con el apoyo de la Fundación Knight, Ashoka está buscando e identificando alrededor del mundo a los innovadores que están ejerciendo transformaciones en las maneras como concebimos y llevamos a cabo estas prácticas. El sitio web, cuyo desarrollo tuve la suerte de poder apoyar, describe así el asunto:

El programa de Medios & Conocimiento de Ashoka opera en el nexo entre noticias, conocimiento e innovación social.

Apoyamos emprendedores cuyas innovaciones transformadores prometen una mejor manera de informar, involucrar y conectar a los ciudadanos alrededor del mundo.

En otras palabras, como diría aquel gran filósofo peruano, Brian O’Hara, “mi sabor”. El sitio web está armado como un blog que apunta a ser una conversación abierta sobre estas transformaciones y los cambios mediáticos que estamos viviendo hoy día, y cómo estos cambios están generando transformaciones profundas en el tejido social. Está dirigido a una comunidad amplia no sólo de emprendedores e innovadores, sino también de investigadores, académicos, periodistas, comunicadores, artistas, productores, consumidores, y todo aquel aficionado e interesado que quiera participar de este proceso de reflexión. “Noticias de mañana”, se llama el blog, lo cual es particularmente adecuado para pensar cómo se configurará, de una u otra manera, el panorama del futuro.

También pueden conocer a los emprendedores que han sido elegidos por este programa, y las innovaciones que han generado. Uno de ellos es, por ejemplo, Jimmy Wales, el creador de Wikipedia.

Y sí, lo comparto porque estoy muy orgulloso y es muy chévere y yo participé :-) .