Definiciones

Uno de los primeros ejercicios que tuve que hacer hace poco para uno de mis cursos fue el de construir mi propia “declaración de identidad como investigador”. La idea es tener un punto de partida donde concentrar y empezar a delimitar enfoques e intereses en torno a las preguntas que te interesan y las maneras en las que piensas que podrías responderlas. Por supuesto, es un poco un ejercicio terapéutico de autoexploración y autodefinición para entender mejor qué es lo que estás intentando hacer, en qué marco, y por qué.

Se me ocurrió que sería pertinente e interesante compartir este ejercicio aquí, porque ilustra, primero, la manera como mis propios intereses se han ido configurando en los últimos años y, por otro lado, porque también permite comparar un poco cómo irán cambiando en los próximos meses. De modo que, a continuación, la versión traducida de por dónde van mis intereses generales de investigación en este momento (considerando, por supuesto, que esto está en permanente mutación):

Soy un filósofo e investigador social interesado en la relación entre la evolución de los medios y el cambio social. Quiero entender mejor cómo se estructuran y construyen mutuamente, específicamente en el contexto de las economías emergentes de América Latina, para describir las maneras en las que el cambio tecnológico está afectando sus entornos culturales e institucionales. Usando análisis textual, historiografía, etnografía y métodos cuantitativos, quiero trazar un mapa comparativo de cómo tecnologías emergentes están siendo adoptadas a través de comunidades, gobiernos y organizaciones en América Latina, y construir un marco para entender cómo estas apropiaciones son de naturaleza singular y responden a fuerzas culturales e históricas específicas.

Algunas de las preguntas que me interesan incluyen (pero no se limitan a) las siguientes:

  • ¿Cuáles son algunas de las prácticas mediáticas y tecnológicas emergentes que son específicas a los contextos latinoamericanos?
  • ¿En qué se diferencia la adopción de plataformas tecnológicas en y a través de América Latina?
  • ¿Cuál es el grado de intercambio e interacción entre culturas mediáticas en diferentes economías emergentes y en desarrollo?
  • ¿Cómo están afectando las nuevas prácticas mediáticas el clima institucional del contexto latinoamericano, y cuál es la respuesta políticas y regulativa?
  • ¿Están las comunidades tradicionalmente excluidas económica e informacionalmente en mejor o peor condición en el entorno mediático emergente, y cómo está contribuyendo la educación a encoger o ensanchar las múltiples brechas en alfabetización tecnológica?
  • ¿Cuáles son algunas oportunidades estratégicas para que estas economías y comunidades puedan efectivamente articular nuevas actividades económicas basadas en la tecnología y el conocimiento? (P.ej. en áreas como videojuegos, tecnologías móviles, medios comunitarios, etc.)
  • ¿Qué papel puede desempeñar la teoría e investigación latinoamericana clásica o emergente al considerar estas preguntas, y cómo pueden contribuir a la discusión global sobre medios y tecnología?

Sube a mi nube

Slavoj Zizek comenta sobre el “cloud computing”. En el mejor de los casos, sus comentarios son redundantes. En el peor, irrelevantes.

Everything thus becomes accessible, but only as mediated through a company which owns it all — software and hardware, content and computers. To take one obvious example, Apple doesn’t only sell iPhones and iPads, it also owns iTunes. It also recently made a deal with Rupert Murdoch allowing the news on the Apple cloud to be supplied by Murdoch’s media empire. To put it simply, Steve Jobs is no better than Bill Gates: whether it be Apple or Microsoft, global access is increasingly grounded in the virtually monopolistic privatization of the cloud which provides this access. The more an individual user is given access to universal public space, the more that space is privatized.

Ya… ¿Y? Más allá del mérito de que probablemente el lector tradicional de Zizek no está versado en el tema de la computación en la nube y se beneficia de enterarse de algunos de los problemas que genera, nada de esto es novedoso. Leyendo un poco sobre el sector en cualquier momento dado uno puede encontrar interpretaciones espeluznantes sobre las motivaciones de Google, Apple o Microsoft, y eso sin siquiera salir de los comentaristas dentro de la misma industria tecnológica.

Zizek lanza una serie de advertencias como si fueran grandes descubrimientos. Utilizamos un “espacio público universal” que en realidad es privado. Sí, eso no es ningún descubrimiento, ése es precisamente el problema. El que ya conocíamos.

Apologists present cloud computing as the next logical step in the “natural evolution” of the Internet, and while in an abstract-technological way this is true, there is nothing “natural” in the progressive privatization of global cyberspace. There is nothing “natural” in the fact that two or three companies in a quasi-monopolistic position can not only set prices at will but also filter the software they provide to give its “universality” a particular twist depending on commercial and ideological interests.

No, no hay nada natural en eso, pero tampoco sé en realidad qué es lo que está criticando. ¿En algún momento alguien vendió la idea de la computación en la nube como algo diferente? ¿Por qué alguien habría de verla como un espacio universal de liberación o algo que se le parezca? ¿”Privatización progresiva del ciberespacio”? Todo servicio de mediana importancia que se use en línea es un servicio privado. No entiendo por qué lo menciona como si fuera algo secreto o alguna verdad oculta para el público.

He aquí una formulación más interesante del problema en términos más accesibles y menos sensacionalistas: cada vez más estamos haciendo entrega, voluntaria o involuntariamente, de enormes cantidades de información personal y privada a compañías que están utilizando esa información para generar utilidades. Estas actividades, sin embargo, no se encuentran reguladas de ninguna manera más que por acuerdos de usuario que difícilmente son leídos y que muchas veces despojan a los usuarios de derechos fundamentales a los que renuncian sin saberlo. Estas conductas y estas actividades deben ser observadas mucho más de cerca por investigadores y reguladores, y el público debe ser informado de manera más efectiva sobre esto y sus posibles consecuencias, para evitar que ocurran consecuencias negativas conocidas como robo de identidad, estafas virtuales, etc.

¿Todos estos son problemas que se agravan con la computación en la nube? Sí, pero no son problemas causados por o exclusivos a ella. Habiendo visto presentaciones y leído textos de Zizek conozco que su estilo es otro, y no pretendo que escriba algo diferente a lo que suele escribir. El problema, en realidad, es que estos ocho párrafos no aportan nada a la conversación, y contrario al estilo de Zizek, ni siquiera son divertidos.

"Me llamo Kohfam": aproximaciones a la identidad hacker

Hacker in the darkness por powtac

En mi escapada norteña de la semana pasada, empecé y terminé un libro del antropólogo español Pau Contreras, titulado Me llamo Kohfam: identidad hacker, una aproximación antropológica [Gedisa, Barcelona, 2004]. Encontré este libro hace un tiempo y me llamó la atención por ser uno de los pocos que he encontrado directamente relacionados con el tema de la identidad y la ética hacker, un tema que me interesa mucho. Pero la verdad, el libro no me resultó tan interesante como lo esperaba, y creo aún que uno puede hacerse de un mejor entendimiento sobre la ética (y la estética) hacker si vuelve sobre algunos de sus documentos fundacionales (los cuales, además, me parece que el libro de Contreras no incorpora o trabaja lo suficiente). Lo interesante por explorar aquí, además, y en esto el libro sí elabora algunas ideas, es la manera como esta configuración ética y estética han servido como la plantilla básica impregnada en todos los desarrollos de la cultura digital, y pueden rastrearse en mayor o menor medida a todo tipo de comunidades en línea que podemos encontrar hoy.

Sin embargo, allí donde sí aporta algo particularmente interesante el libro es en su propuesta central: se trata no de un análisis textual, sino de una aproximación antropológica/etnográfica al asunto. El libro gira en torno a la descripción directa de las prácticas de una comunidad hacker en particular, la que se dedica al hackeo de tarjetas de TV digital en España, y el núcleo de su argumento gira en torno a lo encontrado con ellos a lo largo de varios meses. Aunque aún en ello creo que el libro es confuso en su formulación: el clímax anunciado largamente, la aparición del hacker conocido como Kohfam, termina siendo una presentación corta con pocos detalles.

Aún así, hay algunos pasajes, sobre todo de las conclusiones, que me parece interesante y pertinente rescatar para la formulación de una consideración ética sobre la cultura hacker, así como de la manera como las comunidades en línea comparten conocimientos y construyen identidades. El objetivo de las comunidades de hackers, por ejemplo, lo plantea Contreras de esta manera:

Es decir, el proyecto no tiene como objetivo último construir objetos, sino resolver problemas de la comunidad. A lo largo del proyecto se diseñan y construyen una gran variedad de objetos; ahora bien, todos ellos tienen una finalidad meramente heurística: son el medio para conseguir una meta final que se concibe como un bien público. [137, cursivas del original]

Esto es interesante porque nos lleva por el camino de que la naturaleza misma del objeto sobre el cual se enfoca el grupo es secundaria. Puede ser el hackeo de tarjetas de TV como puede ser el desarrollo de mejores técnicas de tejido a crochet: el objetivo explícito de un grupo se ofrece prácticamente como un pretexto para la existencia misma del grupo. El objetivo implícito, sin embargo, es el grupo mismo, su persistencia a través del tiempo, que se prolonga en la medida en que el objetivo se mantenga siempre insatisfecho, que el grupo siempre tenga problemas nuevos que resolver. La resolución real de sus problemas significaría, más bien, la desaparición de la necesidad de la existencia del grupo mismo.

La manera como se mantiene la cohesión del grupo es a través del intercambio – no un intercambio monetario, sino del intercambio de un “capital social” que toma la forma de conocimiento distribuido entre los miembros:

Ese conjunto de procesos sociales de creación y distribución de conocimiento configura lo que llamo una inteligencia-red. En ésta el conocimiento juega un rol fundamental, puesto que las actividades sociales del grupo se articulan sobre la base de su creación y distribución continua. Creo que se trata de una particular forma de construcción social de conocimiento, configurando una especie de “amplificador operacional” en el que el conocimiento es a la vez el origen y el destino de las transformaciones.

La comunidad que configura una inteligencia-red se nutre de conocimiento y genera conocimiento. En el proceso, se produce una realimentación positiva del conocimiento generado y una aceleración del proceso por efecto de la atracción de nuevos miembros a la comunidad. [138, cursivas del original]

La “inteligencia-red” de la que habla Contreras puede perfectamente compararse con la “inteligencia colectiva” de Pierre Levy o con las descripciones del conocimiento en el mundo virtual que hacen autores como Manuel Castells o David Weinberger. La explicación de los incentivos que hacen que este modelo funcione, sin embargo, requieren de una respuesta más antropológica, vinculada a las nociones de la cultura del don y de la reciprocidad:

De manera que el estatus es de base tecnomeritocrática, pero con un fuerte componente de cultura del don (gift culture), en el que el bien fundamental que circula es el conocimiento. Los lazos sociales del grupo se establecen, por tanto, sobre la base de una circulación de favores. Los favores consisten en conocimiento que, al ser entregado, actúa como un regalo y crea unos fuertes vínculos basados en la reciprocidad y en el altruismo. (…)

Los favores generan también fuertes lazos emocionales entre los miembros de la comunidad, lazos de solidaridad que, pese a ser inestables y estar en proceso de redefinición continua, constituyen uno de los rasgos más importantes de la sociabilidad hacker. El intercambio de conocimiento es, en definitiva, el elemento cohesionador que contrarresta la naturaleza inestable y centrífuga de la comunidad configurada como una inteligencia-red. [141, cursivas del original]

Finalmente, esta dinámica de intercambio, reciprocidad, reconocimiento y construcción social se vuelve central al proceso de formación de identidades complejas, múltiples e interconectadas, en los roles que asumen los miembros de estas comunidades hacia adentro y hacia afuera. Se articula aquí una identidad que Contrerar llama “identidad-red”:

Las identidades virtuales pasan a formar parte del bagaje y la experiencia global del individuo, que deviene un sistema identitario complejo compuesto por una red distribuida de nodos en que es el contexto el que determina qué identidad tiene más importancia en cada momento. Todo ello supone un nuevo modelo de concepción psicológica de la identidad a la que denomino identidad-red.

El movimiento social hacker no puede ser entendido sin este componente de construcción social de la identidad, al igual que otros (nuevos) movimientos sociales. [160, cursivas del original]

Esta última parte es quizás la más interesante y es clave, porque es la que nos da el pase a buscar patrones similares a estos en otras comunidades virtuales que siguen un modelo parecido al de las comunidades de hackers tal como empezaron a articularse desde los años 80. Aunque Me llamo Kohfam tiene, a mi juicio, una serie de problemas estructurales y de presentación, no deja de tener una serie de ideas repartidas a través del libro que vale la pena recoger y articular con otras que van en la misma dirección, para entender un poco más toda la extensión en la que los hackers han configurado proceso sociales que los trascienden.

Objetos que cuentan historias

Uno de los temas que más me ha interesado explorar es la manera como el acto del consumo ha transformado su significado en los últimos años. De la misma manera como hemos presenciado una distribución de la capacidad creative y expresiva en nuestra sociedad – ya no son sólo unos pocos con acceso a tecnologías caras los capaces de difundir ideas y mensajes, sino que esta capacidad ha ampliado enormemente su base popular -, existe paralelamente un proceso de distribución de preferencias y de patrones de consumo. Consumimos más cosas, sí, pero esas cosas que consumimos son hoy mucho más específicas. La categoría del “one size fits all”, de productos generales para públicos masivos, se ha ido abandonando para ser reemplazada por productos con mensajes específicos, apelando a tipos de consumidores específicos, que cada vez encuentran más en sus productos la capacidad para decir algo sobre sí mismos. Con lo cual el valor de un producto es transformado: pues no solamente es importante la función de un objeto, sino que es igualmente importante, o en muchos casos más importante aún, el significado cultural de un objeto u otro. La importancia de la marca como constitutiva del objeto se plantea como una reinterpretación (o quizás simplemente extensión) de la tesis de Marx del “fetichismo de la mercancía”. Dice Marx en El capital, tomo 1, libro primero, sección primera, capítulo 1 (“La mercancía”):

A primera vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas. En cuanto valor de uso, nada de misterioso se oculta en ella, ya la consideremos desde el punto de vista de que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas, o de que no adquiere esas propiedades sino en cuanto producto del trabajo humano. Es de claridad meridiana que el hombre, mediante su actividad, altera las formas de las materia naturales de manera que le sean útiles. Se modifica la forma de la madera, por ejemplo, cuando con ella se hace una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria, sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se trasmuta en cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías y de su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre determinación, se lanzara a bailar.

Marx se refiere a que el capitalismo ha trastocado por completo nuestra noción del valor. Los objetos del capitalismo, las mercancías, no valen para nosotros por lo que efectivamente hacen, sino que construyen una capa ilusoria de valor que va más allá de su función. En otras palabras, un Toyota y un Audi cumplen la misma función de llevarnos del punto A al punto B, pero aquello que los distingue como mercancías pertenece por completo a otro orden de cosas que va más allá de lo funcional. En torno a la marca Toyota, y a la marca Audi, se han construido narrativas muy diferentes en términos culturales, que implican que optar por una o por otra signifique realizar, también, afirmaciones respecto a la persona que somos.

Hace unas semanas vimos con mis alumnos de Sociología de la Comunicación en la UPC el documental Objectified. Es un documental sobre diseño industrial, y el proceso creativo por el cual pasan los diseñadores para elaborar los objetos que nos rodean cotidianamente, y en los cuales no reparamos frecuentemente en toda su complejidad. Éste es el trailer de la película:

El documental tiene una serie de ideas interesantes en torno al diseño y la manera en la cual se elaboran estas narrativas culturales que nos apropiamos e integramos en las narrativas personales que son nuestras propias identidades. La importancia de la marca que moviliza al producto es testimonio de la manera en la cual cada vez tomamos mucho más personalmente estas decisiones – personalmente en el sentido de que nos involucran directamente, dicen algo sobre nosotros. Directa o indirectamente, optar por un producto sobre otro es como suscribir una serie de conceptos, valores y decisiones tomadas previamente, es como un estandarte que mostramos públicamente para decir algo sobre nosotros. Es cierto que quizás no hacemos esto con todos los productos que usamos, pero todos tenemos ciertas categorías preferidas, ciertos espacios en los cuales estas decisiones significan mucho más para nosotros porque han significado, también, mucho más para alguien más en el proceso de diseño.

Pero es también testimonio de los recursos disponibles a un aparato industrial para mantener siempre en movimiento el ciclo de producción y de consumo.

Sin embargo, una de las cosas más interesantes en esta dinámica, o la manera como se ha transformado en los últimos años, es que el consumo ha dejado de ser, en cierta manera, un proceso lineal – o mejor dicho, el último momento dentro de un proceso lineal. En un primer momento, cuando los productores descubrieron el valor y la relevancia de interactuar directamente con el consumidor para mejor entender sus necesidades, como un mecanismo para posicionar mejor sus mercancías. Genera una manera de darle al público consumidor no solamente algo que les pueda ser útil, sino un producto con el cual pueden identificarse, o, mejor aún (en términos de marketing), una identificación a la cual pueden aspirar. Esto, según Marshall McLuhan, es característico de un medio masivo:

Un medio masivo es uno en el cual el mensaje no está dirigido hacia una audiencia, sino a través de una audiencia. La audiencia es tanto lo mostrado como el mensaje. El lenguaje es un medio tal – uno que incluye a todo el que lo usa como parte del medio mismo. Con el telégrafo, con lo eléctrico y lo instantáneo, encontramos la misma inclusión tribal, la misma totalidad de campo auditiva y oral que es el lenguaje. [Technology, The Media And Culture, 1960. Traducción mía.]

Pero en un segundo momento, esto se radicaliza con la apropiación casi plena de los productos y las marcas por parte de los consumidores, que se vuelven en cierta manera co-creadores del valor de una marca. Las marcas que más consiguen resonar son aquellas que consiguen que su propio público se convierta en amplificador de su propio mensaje, que su narrativa resuene tanto con las personas que ellas las consideren meritorias de incorporarlas como componente público de su identidad. Pero hay un precio que la marca tiene que pagar para acceder a este privilegio: pues al hacerlo, deja de ser posible controlar total y centralizadamente el significado de la marca. Al legitimar a los consumidores como co-creadores, la marca ha cedido el control absoluto sobre sí misma y adquiere en cierta medida responsabilidades hacia sus consumidores, a quienes llamar consumidores en este punto resulta incompleto.

De allí que la lógica del consumo se haya transformado significativamente. El consumo no es sólo el resultado del proceso de producción, sino que es en sí mismo (o mejor dicho, puede ser) un acto creativo o transformativo. El consumo es un acto de apropiación, por medio del cual mi decisión por un producto específico refleja algo sobre mí, y en la medida en que lo hace yo adquiero ciertos derechos culturales, tenues, difíciles de precisar, sobre el objeto y sobre la historia que el objeto cuenta. Remezclo el significado del objeto dentro del universo de significados particulares y personales que es mi propia identidad, y en ese sentido le atribuyo al objeto un significado singular, una combinación entre su narrativa “universal”, aquello que le dice a todo el mundo, y su significado particular, aquello que significa sólo para mí.

Laboratorios de la consciencia

Este miércoles a las 8pm he sido invitado a participar de un seminario de extensión organizado por la Escuela de Psicoterapia Clínica y Aplicada (EPCA) sobre “Internet y realidad virtual: nuevos modos de comunicación, nuevas formas de vivir”. Esta semana es la primera sesión, en la que participaremos Luis Herrera dando una mirada psicoanalítica a la realidad virtual, y yo. El próximo miércoles y el subsiguiente participarán también Roberto Bustamante, Ilse Rehder, Gonzalo Torres, Carmen Graham y Talía Chlimper.

Lo que quiero presentar este miércoles gira en torno a la relación que estamos aprendiendo a establecer con ese-otro-yo que se construye en la pantalla, ese yo que es otro pero que soy yo al mismo tiempo. Quiero además jugar con la idea de que las identidades que estamos aprendiendo a construir en realidades simuladas no son menos reales, sino que aportan algo fundamental a la construcción de nuestra identidad en tanto nos brindan espacios de experimentación donde podemos ensayar diferentes configuraciones que no necesariamente podríamos en el “mundo real”. Las identidades que construimos en los espacios virtuales de esta manera operan como una suerte de “laboratorios de la consciencia”.

Esto espero que podamos verlo principalmente en dos escenarios: en primer lugar, en la relación que construimos con los personajes que controlamos y a través de los cuales nos extendemos en los videojuegos, sobre todo en aquellos casos donde dedicamos tiempo a la construcción continua de un personaje en todas sus dimensiones. Esto se vuelve más complejo en videojuegos donde existe un orden moral codificado en las interacciones del juego (nuestros actos están programados para influir positiva o negativamente en actos posteriores del juego), o donde hay un orden moral importado del “mundo real” en la medida en que los demás personajes con los que interactuamos son también controlados por personas de carne y hueso.

El hecho de controlar un personaje cuyas acciones no necesariamente se reflejan sobre nosotros en el espacio físico nos brinda una suerte de extraña libertad para actuar. Es decir, mágicamente adquirimos una suerte de licencia para la transgresión en la medida en que no nos vemos necesariamente obligados a preocuparnos por las consecuencias de nuestros actos, o a hacerlo sólo dentro de los límites del juego. En otras palabras, puedo jugar a ser malo, y ver qué pasa. Mucho de lo que se ha dicho sobre esta posibilidad ha estado relacionado en torno a la discusión sobre la violencia en los videojuegos, y cómo este aprendizaje de la transgresión puede incentivar o no a las personas a hacer lo mismo en el espacio físico – pero de hecho, creo que justamente esta experimentación virtual que podemos hacer tiene valor justamente porque es virtual, porque nos da un espacio en el cual “saludablemente” proyectar y llevar a cabo todas aquellas cosas que sabemos que no podemos hacer en el mundo físico.

El segundo escenario en el cual quiero explorar esta idea es el de las redes sociales en la web. En las cuales, de alguna manera, también nos extendemos y proyectamos en la forma de perfiles que se van desenvolviendo a través del tiempo: quién soy yo deja de ser un conjunto de descripciones definidas para convertirse en un discurso continuo y constante sobre qué hago, con quién me comunico, qué me interesa, dónde estoy, etc. Creo que la lección interesante aquí es que la identidad, o las identidades, que construimos en espacios virtuales dejan de ser productos estáticos y determinados para convertirse en procesos dinámicos que evidencian, además, la manera como se superponen diferente versiones de quien yo soy: no sólo un yo-efectivo, sino también un yo-desiderativo, y además múltiples versiones del yo que vienen de los demás. Fotos en las cuales aparezco, mensajes que me envían, y demás elementos que, en conjunto, forman una visión abstracta de quien soy -una función de onda, si quieren ponerse cuánticos- que colapsa según los intereses del observador.

Con toda esta exploración, espero que finalmente podamos llegar a formularnos algunas preguntas sobre lo que me gusta llamar tecnoexistencialismo: una vez que dejamos detrás las ingenuidades respecto a cómo pensamos la tecnología, y empezamos a pensar desde ella, entendiendo lo que nos ofrece tanto como amputaciones y como extensiones, ¿qué lecciones podemos extraer? Si de hecho nuestras identidades se desarrollan en estas versiones de laboratorio, ¿cómo esos resultados repercuten o influyen en nuestra vida cotidiana en el espacio físico, y viceversa? ¿Qué es necesario y cómo canalizamos estas experiencias en aprendizajes que nos hagan encontrar un lugar de mayor comodidad con la tecnología? En otras palabras – cuando se hace tan fácil que desarrollemos personalidades múltiples, ¿cómo hacemos para no volvernos locos en el intento?

En fin, éstas son algunas de las ideas que espero desarrollar en la presentación de este miércoles. Pueden encontrar el programa completo, así como información sobre cómo inscribirse, aquí.

El yo que emerge

Un par de ideas relacionadas, siguiendo con el hilo de ayer.

La primera es culpa de Kant: la idea del sujeto, y lo extiendo freudianamente, la idea del yo, de la identidad de uno mismo, como una idea regulativa. Es decir, no es propiamente que conozcamos al yo, o a nuestra propia identidad, por sí misma, porque no podemos tener una experiencia fenoménica del yo en su conjunto, sino que el yo es una idea que nos sirve para describir más o menos exitosamente la totalidad de los fenómenos del mundo interno. Como conjunto que no podemos experimentar, lo tratamos como un “yo”.

La segunda va por el mismo lado, creo, o eso intenté argumentar una vez en un trabajo sobre el carácter sistemático de las ideas en Kant. Bueno, la cuestión es así: el yo, propiamente, no existe, o no existe previamente. ¿Previamente a qué? El yo es, más bien, algo así como una condición emergente de nuestros diferentes comportamientos. Nuestras maneras de actuar no son necesariamente consistentes entre sí, aunque mantienen ciertas familiaridades. A partir de esas familiaridades empezamos a describir algo así como el yo, una idea que surge de sus partes componentes -nuestras diferentes maneras de comportarnos- pero no se reduce a ninguna de ellas específicamente. El yo surge del comportamiento, ayuda a darle cierta consistencia para poder describirlo, pero no existe propia ni previamente.

Qué pastel.

¿Yo?

Una idea sobre la que termino volviendo constantemente es este problema del “yo”. La cuestión es que cada vez me convenzo más de que el yo propiamente no existe. O es mucho más complejo de lo que nos gustaría que lo fuera. Decir que somos un yo, una identidad, unitaria, internamente consistente, capaz de ser articulada discursivamente más o menos claramente utilizando nuestra racionalidad y voluntad, es algo que me resulta cada vez menos convincente.

En cambio, me veo cada vez más llevado a la idea de que no, que somos muchos, que somos algo así como una comunidad política, cada uno de nosotros, negociando e intentando de alguna manera llevar adelante intereses contrapuestos, diferentes expectativas, rivalidades, y demás conflictos internos que más claramente parecen describir la manera como nos comportamos.

Es difícil de comerse esta idea, y difícil de aceptar, porque estamos acostumbrados, muy acostumbrados, a la idea de que yo soy uno, soy éste, y éste está más o menos en control de sus deseos e intereses e ideas, aunque a veces puedo fallar un poco. Pero cada vez esto me parece menos descriptivo de cómo nos comportamos. Y eso tiene una serie de implicaciones, sociales, psicológicas, legales, bastante complicadas.

Identidades en conflicto

Primero, el desarrollo tecnológico nos hizo posible diversificar y des-centrar la construcción de nuestra personalidad. Nos brindó una multiplicidad de escenarios, separados entre sí, con diferentes audiencias, frente a las cuales yo podía jugar a construir diferentes personajes. Esto era consistente con el hecho de que, en la vida real, operábamos en diferentes contextos, y ofrecía además la experiencia de la virtualidad como estando protegidos bajo la idea de que construíamos algo otro, que no terminaba del todo de afectarnos. Con la web aprendimos, más que nunca antes, a que yo es muchos y que estos muchos actúan de maneras muy diferentes en diferentes espacios, y que esto realmente no tiene por qué ser un problema.

Pero ahora pareciera como si estas múltiples identidades empezaran a colapsar sobre sí mismas. La idea de que puedo, incluso debo, consolidar mis múltiples identidades en línea bajo una suerte de unidad, bajo algún tipo de articulación central, se vuelve cada vez más fuerte. Facebook quiere ser ese lugar a través del cual toda tu vida en línea converja. FriendFeed quiere serlo, Google quiere serlo. Cada más servicios permiten agregar las múltiples fuentes de información que construyo: en mi perfil de Facebook puedo agregar las novedades de mi blog, mis videos en YouTube, mis fotos, mis artículos favoritos, y demás. Los diferentes escenarios en los que se juega la construcción de mi identidad se ven reunidos.

Esto, sin embargo, genera tensiones. Porque yo no soy el mismo personaje en todos estos canales, e incluso del mismo Facebook, no soy la misma persona para los cientos de personas en mi lista de “amigos”. Ahora tengo compañeros de trabajo, del colegio, de la universidad, de múltiples contextos observando el desarrollo de la misma fuente de información que se despliega paulatinamente. Esto hace que sea más difícil construir múltiples personajes para cada audiencia, o que si quiero hacerlo, tengo que pasar a darme cuenta que lo hago y volverlo un acto intencional. Pierde transparencia, pierde inmediatez.

El incentivo para Facebook, FriendFeed o Google es claramente uno de mercado: ser el intermediario entre tú y tu vida en línea. ¿Cuál es el nuestro? ¿Cómo hacemos para ser muchos cuando no hay muchos lugares? ¿O es que, realmente, nunca quisimos ser tantas personas metidas en una?

Personalidades múltiples

Dentro de la mutación cultural de la era contemporánea, las identidades que construimos no han quedado fuera del proceso. De la misma manera como grandes unidades se desarticulan o fragmentan, las identidades que podíamos antes considerar como cohesionadas y consistentes se descomponen dando lugar a una concepción mucho más performativa de la identidad. Interpretamos diferentes roles frente a los demás, roles que varían de acuerdo al contexto y al propósito que tengamos en nuestra comunicación con los otros.

Pero no se trata simplemente de decir que escondemos nuestra personalidad detrás de diferentes máscaras, sino que las máscaras son nuestra personalidad. Siempre nos presentamos en algún contexto, y siempre estamos construyendo personajes que responden a diferentes expectativas. Estamos permanentemente contando una historia sobre quiénes somos, que va más allá de simples descripciones definidas.

Narrativas cotidianas

Básicamente, nuestros roles son negociados según el contexto. Y en esa negociación entran a tallar tanto nuestros deseos y expectativas respecto a lo que queremos ser, como los deseos y expectativas de los demás respecto a lo que quieren que seamos. No es que necesariamente prime lo uno o lo otro, sino que nos encontramos en el medio: de esa manera, la percepción que la “audiencia” tiene de mi performance es un elemento igualmente constitutivo de quien soy como aquello que yo quiero proyectar.

Esto quiere decir, además, que somos mucho más tolerantes con la posibilidad de cumplir diferentes funciones según el contexto. Lo cual está directamente relacionado con nuestro consumo de información: por momentos puedo ser consumidor, por otros creador, en otros momentos crítico o quizás en otros curador. Los roles son muy cercanos entre sí y se traslapan considerablemente, y por ello mismo puedo desplazarme entre múltiples roles sin tener que comprometerme absolutamente con uno que resulta exclusivo. Esto, me parece, refleja de una manera más clara la manera como nos comportamos cotidianamente, cuando no asumimos una misma perspectiva que mantenemos imperturbable todo el tiempo.

La construcción de estas narrativas se vale de una serie de recursos – lo que podríamos ver como una performance que se vale de diferentes utilerías. Y es que, como vivimos en un mundo de significados compartidos, podemos valernos de esos significados culturales para sintetizar la información que queremos comunicar sobre nosotros. El tipo de ropa, de zapatos, de accesorios, los gustos, las preferencias, todas esas elecciones comunican algo sobre mí que puede ser más o menos fácilmente percibido por las personas con las que interactúo. Lo cual transforma el consumo de objetos y lo convierte en consumo de valores simbólicos, de significados y discursos: las identidades de los mismos objetos son ellas mismas negociadas en el espacio compartido.

De allí la importancia en la actualidad de que el marketing se preocupe por adherir historias a sus productos más allá de simples objetos de consumo. Las marcas tienen cada vez más valor por sí mismas, por su contenido simbólico, que por lo que pueden valor como productos, y las marcas más valiosas son las que tienen identidades más establecidas. Coca-Cola, por ejemplo, es una de las marcas con identidades mejor establecidas a nivel global:

Pero el proceso de incorporar estos productos a nuestras historias personales no es gratuito ni directo – finalmente, estamos realizando inversiones emocionales significativas cuando hacemos esto. Lo cual quiere decir que la marca nos pertenece tanto a nosotros que le damos valor, como al dueño que la ofreció como un significado compartido: nos apropiamos del valor simbólico de la marca al integrarla en nuestra propia narrativa. Y esto mismo se da no solamente con marcas, sino con todo tipo de utilerías: creencias, filosofías, religiones, ideas, conceptos, asociaciones, afiliaciones, y demás elementos de contenido altamente sintetizado que nos ayuda a comunicar algo sobre las performances que construimos.

Quizás uno de los ejemplos más claros de cómo se articulan estas narrativas sean los perfiles que construimos en redes sociales como Facebook: en ellos, no solamente lo que nosotros decimos, sino lo que los demás dicen de nosotros, determina la manera como seremos percibidos. A su vez, disponemos de un enorme arsenal de elementos que podemos usar para expresar identidades: los libros que nos gustan, la música, las películas, las fotos, las aplicaciones, los grupos, las páginas de las que somos fans, las causas, todas ellas contribuyen a comunicar un significado sobre quién y cómo soy. Ninguno de esos elementos agota mi identidad – pero todos aportan elementos a la historia que intento desplegar por medio de mi perfil.

Patologías

Aquí, sin embargo, empezamos también a ver cómo las separaciones entre lo privado y lo público empiezan a diluirse, y cómo cambia nuestra dinámica social cuando se vuelve muy fácil para nosotros publicar información privada, así como acceder a la información privada de los demás. Servicios en línea como YouTube, MySpace o Facebook sirven como plataforma para que millones de personas empiecen a transmitir sus propios reality shows, llevando la idea de construir una narrativa personal mucho más allá. Incluso empezamos a encontrarnos manifestaciones y tendencias donde esto alcanza niveles que normalmente encontraríamos perturbadores:

De hecho, esta facilidad de acceso hace que patrones de conducta como el voyeurismo y el exhibicionismo se vuelvan moneda común, y sobre todo con personas más jóvenes, más integradas a estos medios, se vuelve mucho más difícil trazar claramente la línea divisoria donde dejar de comunicar información privada – lo cual puede tener consecuencias muy serias.

Pero conforme estas manifestaciones se vuelen tendencias cada vez más generalizadas, es pertinente preguntarnos también en qué momento dejamos de considerar que se trata de conductas patológicas y se vuelven parte de la normalidad. Las redes sociales brindan cada vez más opciones para publicar los detalles minuciosos de nuestra vida cotidiana – Twitter es un buen ejemplo de ello – y conforme más y más personas participan de este intercambio, deja de resultar algo tan excepcional y sorprendente. Pero nos sigue costando mucho trabajo borrar la línea divisoria a la que estamos acostumbrados, separando nuestra vida privada de nuestra vida pública.

Parte de ello se debe a que, como consecuencia del proceso de fragmentación de la cultura de masas, hemos buscado las maneras de reintroducirnos en dinámicas comunitarias que nos reafirmen algún sentido de pertenencia. Después de la masificación homogénea, nos devolvemos a la especificidad de comunidades locales dentro de las cuales las interacciones tengan mayor sentido personal, y las relaciones comporten más significado. Así, la posmodernidad ha significado también una explosión de subculturas e identidades locales, incluso dentro de los mismos contextos urbanos masificados, dentro de los cuales hacemos un esfuerzo especial por encontrar nuestro lugar y, de alguna manera, vivir nuestra vida privada de manera social.

Estas vidas comunitarias, de nuevo, se articulan mediante el uso de diferentes utilerías a través de las cuales intentamos comunicar nuestra pertenencia. Esto se enmarca, además, en viejas tradiciones de clanes y ejércitos llevando estandartes y distintivos, pasando por pandillas en tiempos más actuales y llegando a casos contemporáneos como, en este video, los punks, los emos, y los hare krishna.

Tribalización

Esta reasimilación en grupos y comunidades tiene mucho que ver con el proceso de globalización y con el que es su proceso complementario, el de tribalización. Frente al riesgo de la pérdida de identidades particulares frente a una misma plantilla identitaria homogénea, el valor y la cohesión de las identidades grupales se incrementa por ofrecer un espacio donde se tiene una cantidad mucho más alta de significado. Me importa más, me vincula más, y puedo ejercer mayor agencia dentro de estos grupos, que siendo absorbido por las dinámicas homogenizantes de la globalización.

Lo cual lleva, también, muchas de estas problemáticas al ámbito de lo colectivo y lo político. Porque también las identidades de los grupos se negocian frente a las identidades de los demás grupos, y en el proceso de globalización, eso está llevando a que comunidades tradicionales que ven sus formas de vida amenazadas busquen la manera de atrincherarse en una defensa de la tradición. Esto es también lo que ocurre, por ejemplo, con los grupos conservadores religiosos que se afianzan en una defensa de la tradición para preservar su forma de vida frente a lo que ven como el triunfo del mal en el mundo.

Es también lo que ocurre en conflictos culturales como los que vimos en Bagua hace unos días – donde el conflicto es, a gran escala, entre una visión globalizante y homogenizadora del desarrollo de la sociedad, frente al derecho y la necesidad de comunidades de protegerse y negociar su identidad en el espacio público. Estas comunidades están, también, reconfigurando los términos del espacio político y ofreciendo nuevas dinámicas de participación que, en muchos casos, se muestran como más apelativas para aquellos que buscan alternativas mucho más vinculantes y personales.