Arte e inmunización

Dado que el cambio mediático es un proceso traumático, y siguiendo la línea del determinismo tecnológico que asume McLuhan, pareciera que nos deja, en realidad, muy poco espacio para defendernos de las amputaciones que ejercen sobre nuestros sentidos las nuevas tecnologías. Más aún porque nuestra reacción natural frente a estas transformaciones es la del entumecimiento: McLuhan describe un instinto narcicista, según el cual al vernos reflejados en nuestras nuevas extensiones, no nos damos cuenta del trauma y de las heridas que nos ha causado el proceso de cambio hasta que ya es muy tarde. El problema de no darnos cuenta de las amputaciones hasta que ya es muy tarde es que, por eso mismo, no conseguimos ser conscientes ni anticiparnos a las transformaciones culturales de los nuevos medios, ni mucho menos a preguntarnos si realmente queremos ir en esa dirección, o no.

Los nuevos medios y las nuevas tecnologías por las cuales nos amplificamos y extendemos a nosotros mismos constituyen una enorme cirugía colectiva practicada sobre el cuerpo social sin ningún tipo de preocupación por antisépticos. Si las operaciones son necesarias, la inevitabilidad de infectar a todo el sistema durante la operación debe ser considerada. Pues al operar sobre la sociedad toda, no es el área operada la más afectada. El área de impacto de la incisión está adormecida. Es el sistema entero el que es cambiado. El efecto de la radio es visual, el efecto de la fotografía es auditivo. Cada nuevo impacto transforma las proporciones entre los sentidos. Lo que buscamos hoy es una manera para controlar estos cambios en las proporciones entre nuestros sentidos de las perspectivas psíquicas y sociales, o una manera de evitarlos por completo. Tener una enfermedad sin los síntomas es ser inmune. Ninguna sociedad ha sabido suficiente de sus acciones como para desarrollar inmunidad hacia sus nuevas extensiones o tecnologías. Hoy empezamos a percibir que el arte puede proveer dicha inmunidad. [Traducción mía]

En este pasaje del capítulo 7 de Comprender los medios de comunicación, McLuhan recoge una idea que ha venido insinuando desde los capítulos anteriores, respecto al papel que cumple el arte y el artista en la configuración mediática y frente a la aparición de nuevos medios y tecnologías. Esto es especialmente relevante (1) a la manera como he intentado caracterizar todo medio como una forma de gramática, y (2) a la manera como he descrito la interacción entre medios, el proceso de hibridación, como una suerte de negociación lingüística o gramatical, donde el significado del nuevo medio se articula a partir del significado de los medios previos.

McLuhan está aquí interesado en la manera como el arte puede servir como puente en esta transición. Describe las obras de arte como “arcas de Noé” que, de alguna manera, son capaces de anticipar los efectos e impactos de un nuevo medio sobre nuestra sensibilidad, y por medio de esta anticipación preparar a nuestro sistema nervioso para lo que vendrá. La propuesta de McLuhan parece ser que, si somos lo suficientemente capaces de identificar en las propuestas artísticas los cambios que los nuevos medios ejercerán sobre nuestro cuerpo social, podemos prepararnos para reducir lo traumático de las amputaciones que casi por necesidad serán ejercidas – finalmente, recuerden que McLuhan habla desde el determinismo tecnológico. No podemos detener el asteroide que sabemos se estrellará contra nosotros, pero tenemos suficiente alarma como para construir un refugio y almacenar alimentos.

Sin embargo, el tipo de arte y artista del que habla McLuhan es sumamente singular. Pues se trata de obras de arte que no pueden realmente pretender mostrarnos los cambios que se avecinan – pues en la medida en que se formulan desde una cierta gramática, no pueden intencionalmente mostrarnos lo que ocurre en otra, inexistente. Pueden pensar aquí si quieren en el teorema de la incompleción de Gödel que muestra la necesidad de salir de un sistema simbólico para poder darle consistencia al sistema simbólico del cual salimos; o pueden también pensar en la distinción que hace Wittgenstein entre “decir” y “mostrar”. Dadas las posibilidades de un lenguaje (una gramática, un medio, una tecnología) solamente podemos “decir” cosas desde dentro de esas posibilidades; no podemos “decir” como salir de esas posibilidades, pero sí podemos “mostrarlo”, podemos insinuarlo a partir de los elementos existentes.

El arte que nos brinda inmunidad es, entonces, el arte que dice lo que no se puede decir no porque sea algo fuera de este mundo, sino simplemente porque una gramática en cuestión intenta decir algo propio de otra gramática (una descripción que de nuevo nos remite al proceso de hibridación). El arte que nos brinda esta experiencia tiene aquí un eco importante del aura de la que hablaba Walter Benjamin en su famoso ensayo sobre La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Benjamin describe el aura en estos términos:

Conviene ilustrar el concepto de aura, que más arriba hemos propuesto para temas históricos, en el concepto de un aura de objetos naturales. Definiremos esta última como la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar). Descansar en un atardecer de verano y seguir con la mirada una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa, eso es aspirar el aura de esas montañas, de esa rama. De la mano de esta descripción es fácil hacer una cala en los condicionamientos sociales del actual desmoronamiento del aura.

El aura es aquella experiencia estética única e irrepetible que tiene el espectador en la presencia del arte, digamos, inmortal. Benjamin consideraba que la reproducibilidad técnica del arte (por ejemplo, en la fotografía, o en el cine) eliminaba el aquí y ahora de la contemplación del arte: cuando puedo ver el arte en cualquier momento, en cualquier lugar, elimino esa aura mística que rodea a la obra y la privo de su capacidad de brindar experiencias estéticas. Al menos, según Benjamin. McLuhan nunca habla del aura, ni hace referencia a Benjamin. Pero el arte del cual habla ejerce una función similar, aunque en un sentido más preciso, y más acorde a la reproducibilidad técnica: el arte que nos brinda inmunidad es el arte que nos ofrece un nuevo mundo posible. Es así de fuerte porque es el arte que introduce la posibilidad de un nuevo medio, en consecuencia, de una nueva gramática con su propia relación con nuestros sentidos y con la realidad. La reacción del espectador frente a esta forma de arte es la de sentir, si quieren, el aura, o de sentir el choque traumático del reacomodo de sus sentidos para adaptarse a la experiencia estética que no es plenamente abarcable.

Los artista entonces tienen algo así como la posibilidad de imaginarse mundos posibles y ofrecernos esas posibles experiencias, como anticipos y como preparaciones de lo que puede estar viniendo hacia nosotros en el futuro. El arte que nos imuniza es, para McLuhan, experimentos con el uso del lenguaje, experimento para intentar decir cosas desconocidas a partir de cosas conocidas. Esta forma de inmunización, y de sistema de alerta, será especialmente relevante cuando vuelva sobre la manera como nuestra cultura se está viendo transformada y sus principios subyacentes transmutados, lo cual plantea un desafío ante el cual tenemos que responder.

Hibridación mediática

El proceso por medio del cual nuevas medios y nuevas tecnologías se suceden unas a otras es descrito por McLuhan no solamente como no lineal, sino además como un proceso conflictivo. Al fin y al cabo, lo que entra en juego con la aparición de nuevas tecnologías no es solamente la entrada en escena de un nuevo soporte o un nuevo mecanismo para reproducir un mismo tipo de contenido, sino que en la medida en que todo medio comporta a su vez una gramática, es la aparición de una nueva relación con nuestros sentidos y con la realidad misma. De manera que la aparición de un nuevo medio se nos presenta como una nueva manera de ver el mundo que no necesariamente es compatible con la que manejamos.

Cualquier invención o tecnología es una extensión o auto-amputación de nuestros cuerpos físicos, y tal extensión también exige nuevas proporciones y nuevos equilibrios entre los otros órganos y extensiones del cuerpo.

[…]

Contemplar, usar o percibir cualquier extensión de nosotros mismos en su forma tecnológica es necesariamente aceptarla. Escuchar la radio o leer la página impresa es aceptar estas extensiones de nosotros mismos en nuestro sistema personal y atravesar el “cierre” o el desplazamiento de la percepción que se sigue automáticamente. Es esa continua aceptación de nuestra propia tecnología en su uso cotidiano que nos pone en el rol de Narciso de una conciencia subliminal y un entumecimiento en relación a estas imágenes de nosotros mismos. [Traducción mía]

Quiero partir de este pasaje del capítulo 4 de Comprender los medios de comunicación para ilustrar la relación conflictiva y ambivalente que tiene el efecto de los medios de comunicación. Si tomamos en consideración, además, el determinismo tecnológico presente en McLuhan, no nos queda sino derivar una versión un tanto fatalista en la cual los individuos no tenemos otra opción más que recibir los impactos e influencias de los nuevos medios que transforman nuestra sensibilidad, y luego dedicarnos al lento proceso de adaptación y aprendizaje. Nuestra participación o voluntad en todo el proceso pasan a un segundo plano.

Hay otro aspecto que me parece aquí sumamente interesante: es el hecho de que en este pasaje McLuhan vuelve sobre la idea de que usar la tecnología no es únicamente usarla como uno usa una herramienta, como algo externo a uno. La tecnología es parte de uno, uno se instala en el ámbito de la tecnología que utiliza porque se instala en el uso de su gramática como quien habla un lenguaje. Es bajo esta perspectiva que la idea del trauma o el choque del cambio tecnológico adopta todo su sentido: cuando nos introducimos en el ámbito de una nueva gramática nos vemos obligados a traducir, a reinterpretar la realidad de manera apresurada y por ensayo y error para adquirir un mínimo de competencia en el uso de la nueva tecnología y de su nueva gramática. Al hacerlo, no podemos si no entender lo nuevo a partir de las categorías de lo viejo, lo cual nunca le hace justicia ni a lo uno ni a lo otro. Es de esta relación de donde surge la idea mcluhaniana de la energía híbrida o de la hibridación mediática, el proceso a través del cual un nuevo medio o una nueva tecnología adquieren su propio significado a partir de su relación conflictiva con las gramáticas anteriores.

La interacción entre medios es sólo otro nombre para esta “guerra civil” que tiene lugar en nuestra sociedad al mismo tiempo que en nuestras psiques. Se ha dicho que “para el ciego, todas las cosas son repentinas”. Los cruces o hibridaciones de los medios liberan una gran fuera y energía como por fisión o fusión. No tiene por qué haber ninguna ceguera en estos asuntos una vez que hemos sido informados de que hay algo que observar. [Traducción mía]

Todos los medios son formas híbridas porque el significado y el efecto de todo medio solamente puede establecerse a partir de la manera como lo interpretamos desde los medios anteriores. Así, en su infancia toda forma mediática se ve limitada a reproducir los efectos de la generación anterior: la televisión, por ejemplo, durante mucho tiempo se estructuró en función a reproducir el ámbito de la radio pero agregando el sentido visual. La web se organizó durante mucho tiempo a partir de la lógica de la imprenta, del papel y de las librerías, y no como un medio con su propio sentido de organización y comunicación. No es sino hasta después que el uso de cada medio consigue cierta independencia frente a las generaciones anteriores y empieza a adquirir sus propios usos específicos.

Esta cuestión es sumamente importante porque deja claro que toda interpretación mediática es, a su vez, mediática. Somos siempre seres introducidos en la realidad mediática de una u otra manera, y nuestro manejo gramatical, si se quiere, nos exige que manejemos de manera competente el uso de muchos medios (y de cada vez más). Pero esta misma competencia nos permite distinguir, al menos a grandes rasgos, cuando un medio es apropiado para un propósito, y cuando no. Es, por ejemplo, mal visto que uno termine una relación por chat, o por mensaje de texto. Esto porque hemos estructurado el significado de estos medios de maneras diferentes: unos son más personales, otros más rápidos, unos transmiten más, otros menos información, y así sucesivamente. Ninguno tiene intrínsecamente un uso o un valor específicos, sino que es a partir de la interacción entre diferentes gramáticas que podemos interpretar que unos sirven para ciertos propósitos, y otros para otros.

De lo cual resulta que no hay forma mediática pura, como no hay experiencia propiamente pura o que no se entienda siempre en el contexto de su propio medio y gramática. Y de lo cual resulta, también, que somos algo así como seres profundamente traumados, porque nos vemos inmersos en el juego de la hibridación todo el tiempo, con todas sus consecuencias psicológicas y sociales. O, más bien, McLuhan parece indicar que somos estos seres traumados en la medida en que no tomamos conciencia o caemos en cuenta de que estamos así inmersos: la posibilidad de reconocernos como individuos sobre los cuales se ejercen todas estas fuerzas mediáticas abrirá la posibilidad (como espero que veamos más claramente al explorar el rol del arte y del artista) a que diseñemos e implementemos los mecanismos de compensación que, cuando menos, reduzcan el trauma de las amputaciones.