Más allá del fetichismo de la mercancía

Una columna de la revista Fortune sobre Occupy Wall Street señala:

Our current capital markets are structured around a dangerous lie — that the sole function of the corporation is to return value to shareholders. Under this construct, every action undertaken by Wall Street traders, mortgage brokers and the rest make perfect sense and are morally unambiguous. It was their job to sell as much as they could, to grab as much value as possible, in order to return that value to shareholders. So long as shareholder-value-maximization remains our governing principle, no change in regulations will change the fundamental behavior. Executives are simply acting according to their incentives.

Lo que me hizo pensar:

1. El capitalismo tardío es nuestra época más metafísica. Como señalé en “La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo“, es la radicalización del fetichismo de la mercancía del que hablaba Marx en El capital: Marx señalaba que más que su uso, los objetos pasaban a tener importancia por su valor de cambio. Las cosas tenían significado porque permiten conseguir otras cosas. Pero en la era del capitalismo financiero, ya ni siquiera las cosas importan. El capital sirve para apalancar capital, para moverse a sí mismo. Ya ni siquiera es necesario que remita a objetos efectivamente existentes. Es el fetichismo del fetichismo.

2. En la misma línea vale la pena pensar en términos object-oriented onthology y considerar las relaciones entre capital, corporaciones, consumidores, empleados e inversionistas. Se supone que la corporación está al servicio de sus inversionistas. Pero claramente no lo está: el cortoplacismo propio de managers cuyo único propósito es inflar el valor de las acciones (para incrementar sus propias utilidades) en lugar de crear estructuras rentables y sostenibles a largo plazo es evidencia de esto. Aquí también el capital sirve al capital, ni siquiera a sus propios inversionistas. La corporación, como objeto-sistema, cobra una cierta autonomía para vincularse con otros objetos-sistema y retroalimentar su propia existencia como objetos-sistema. La corporación existe para que la corporación exista, no como predicado de sus inversionistas sino como su sujeto (al puro purito estilo de Feuerbach).

3. Hace poco leí un librazo, The Intelligent Investor de Benjamin Graham. Un clásico del ámbito de las finanzas y la inversión. Graham construye toda su metodología de inversiones (“value investing”) sobre una idea básica contraria a lo que se suele creer: él parte, más bien, de asumir que el mercado es fundamentalmente irracional, y no de que es una reunión de compradores y vendedores racionales e informados, donde los precios reflejan la mejor información posible. Graham está en la misma línea que el artículo de Fortune y, por extensión, de Occupy Wall Street, bajo cierta interpretación: cuando las inversiones se han puramente como especulaciones sobre el movimiento del precio de una acción a corto plazo, se incrementa el riesgo y se genera un daño a la economía. El inversionista debe más bien, según Graham, pensar a largo plazo e involucrarse e interesarse por la gestión de la compañía: debe apuntar a generar valor y amplificar el crecimiento real de una empresa, no sólo su valor nominal. La estrategia le sirvió muy bien al propio Graham como inversionista, y también a quien es su discípulo más reconocido, Warren Buffet.

4. Vale la pena apuntar al tema estructural que podría decirse “subyace” a la crisis económica global del momento y que alimenta la frustración del movimiento de OWS. No se trata, me parece, simplemente de un frenazo en la demanda y el consecuente encogimiento de la economía, sino más bien un reacomodo sustancial de las piezas económicas y fuerzas productivas. En esto estoy totalmente influenciado por Race Against the Machine, el libro de Eric Brynjolfsson y Andrew McAfee que salió hace poco. Brynjolfsson y McAfee observan que el cambio tecnológico de las últimas décadas está generando transformaciones sustanciales en nuestra matriz productiva que obligan a un desplazamiento de la fuerza laboral. No se trata, entonces, de reactivas el aparato industrial que alimentaba nuestra economía conocida, sino de redireccionar a la fuerza laboral para un conjunto de nuevas estructuras. Lo que require, por supuesto, que pensemos en nuevos tipos de organizaciones y en nuevas maneras de capacitar a la fuerza de trabajo para un nuevo conjunto de desafíos.

En caso de crisis, romper el vidrio

Tras las caídas financieras de los últimos días, particularmente dramáticas, se dice mucho últimamente sobre la posibilidad de que estemos encaminados hacia una nueva recesión global, con el retroceso de las economías de Europa y EEUU y el impacto que eso está teniendo sobre las economías asiáticas. Eso no sería en absoluto divertido para nadie.

Hace tiempo que quiero agregar una sección financiera a mi guía práctica para vivir de la filosofía, dentro de las pocas cosas que puedo haber aprendido al respecto. Con todo el pánico financiero que va a flotar en el aire en los próximos días, se me ocurrió que podría adelantar algunas sugerencias de acciones que podrían tomarse como preparación o precaución. En las próximas semanas o meses veremos bien el rumbo de la economía para los próximos años, pero mientras más pronto uno ensamble una “estructura” mejores probabilidades tiene de no experimentar consecuencias mayores.

Cuando estudié filosofía, nadie me explicó nunca absolutamente nada de finanzas personales. Así que lo que hay aquí es resultado de lo que he ido aprendiendo e investigando por mi cuenta, y deberían tomarlo como tal. No soy un especialista en el tema, pero creo que he podido leer e informarme más sobre el asunto que el promedio, así que espero que esto pueda servirle a un filósofo o humanista buscando algunas indicaciones sobre cómo prepararse mejor. Tomen estas recomendaciones con pinzas y como un indicador de por dónde empezar a informarse sobre qué cosas.

  1. Don’t panic. Lo peor que puedes hacer es tomar decisiones apresuradas o entrar en pánico.
  2. Reduce tu deuda al mínimo. Si has acumulado algo de deuda en los últimos meses/años, especialmente deuda de tarjetas de crédito, deberías hacer un esfuerzo especial por reducirla al mínimo posible. Esto por dos razones: primero, porque en caso necesites de acceso a fondos repentinamente (si el flujo de ingresos repentinamente se reduce/corta), la manera más fácil va a ser el acceso a crédito. No la mejor – solamente la más fácil. Tener tu línea de crédito disponible entonces se vuelve de primera necesidad. Segundo, porque si la cosa se complicara aún más (no queremos que pase, pero poniéndonos en el peor escenario), tener una buena calificación crediticia como buen pagador, manteniendo un mínimo de deuda frente a los bancos, mejora tus condiciones de acceder a crédito. La deuda en sí misma no es mala: el problema se da cuando uno se endeuda por más de lo que puede razonablemente pagar (como, por ejemplo, el gobierno de EEUU).
  3. Acceso a crédito. Si lo anterior no se aplica a ti porque no tienes tarjeta de crédito, empieza por ahí. Es más fácil conseguir una en un mercado favorable que en uno desfavorable. Simplemente no abuses de ella y úsala responsablemente. Como diría Ben Parker: con gran poder viene gran responsabilidad. Asegúrate de hacer el pago completo cada vez que llegue la cuenta, no cargues a la tarjeta más de lo que ganes, y todo debería estar más o menos bien. El acceso a crédito en las mejores condiciones que puedas conseguir es un buen recurso para tener en caso de contingencia.
  4. Ahorros de emergencia. El trabajo del filósofo y del humanista tiende a ser infrecuente y esporádico. Es decir, no estar permanentemente empleado, sino trabajar por horas, días o meses. Eso complica enormemente la capacidad para cualquier tipo de planificación. Pero formula el siguiente escenario: si el día de mañana me quedara sin ningún ingreso, ¿cuánto tiempo podría sobrevivir hasta que el flujo de caja se reactivara? Son dos preguntas, en realidad. ¿Cuánto tiempo me pueden durar mis ahorros? ¿Cuánto tiempo puede pasar hasta volver a tener ingresos? Ajusta las variables en función a eso: si las cuentas no cuadran, entonces uno tiene que reducir el flujo de gastos, o acelerar la posibilidad de generar nuevos ingresos. No hay muchas más opciones (el crédito no debería entrar a tallar aquí mientras no contemples tener ingresos o no sea una urgencia). Guardar pan para mayo es siempre buena idea: mientras tengas ingresos, asegúrate de ahorrar regularmente una parte de ellos para contingencias.
  5. Revisa tu política de inversiones. Bueno, si no tienes una, tendremos que seguir hablando de esto otro día. Si la tienes y si tienes inversiones, vas a tener que hacer algunos ajustes. Lo primero: no te vuelvas loco y vendas todo. Eso incluye intentar sacar o mover los fondos que tienes ahorrados a través de una AFP. Vender instrumentos financieros en un mercado en pérdida es la manera perfecta de asegurar tus pérdidas. Cualquier decisión financiera tiene que hacerse con cuidadosa evaluación. ¿Cuál es tu horizonte de inversión? Idealmente debería ser a largo plazo, no menos de 10 años, y aún si el mercado cae hoy debería reajustarse en algún momento futuro y recuperarías tus pérdidas. A menos que vendas todo, en cuyo caso simplemente perdiste. Así que no vendas apresuradamente. Más bien, diversifica: invierte en instrumentos más seguros, como ahorros a plazo fijo. Por otro lado, la caída de los mercados indica también que habrá una serie de instrumentos que estarán considerablemente baratos (sobre todo los referidos a acciones en bolsa, o fondos mutuos concentrados en acciones en bolsa). Si tu horizonte de inversión es a largo plazo, es una buena oportunidad de comprar valores relativamente baratos. ¿Cómo saber que no comprarás y seguirán cayendo? No hay manera de saberlo, así que lo mejor es utilizar una estrategia de “promedio de costos“: en lugar de invertir un monto fuerte en una sola compra, divídelo en montos menores a lo largo de varios meses. Así aseguras que siempre compras los instrumentos a su precio más reciente y, en promedio, lo compras al precio indicado por el mercado.
  6. Diversifica tus fuentes de ingresos. Ésta es la más importante y también la más difícil. Haz un inventario de todas tus fuentes de ingresos (reales): trabajos, cachuelos, clases, todo aquello que en los últimos meses te haya significado un ingreso. A eso agrega una lista de ingresos potenciales: aquellos lugares no explorados de donde podrías derivar ingresos adicionales. En la mayoría de casos, casi todos tus ingresos vendrán de una sola fuente principal. El problema es que si esa fuente se corta, tienes un problema grave. De modo que lo mejor que puedes hacer es ver cómo diversificar. Si dictas clases en un lugar, ¿es posible dictar en otro también? ¿Es posible conseguir un trabajo de consultoría o de asesoría y ocupar un poco más de tu tiempo? Si tienes un trabajo a tiempo completo, ¿podrías agregar a eso dictado de clases en algún lugar? ¿Es posible que mantengas un pequeño negocio en paralelo? Cualquiera de estas fórmulas funcionará, y la idea es simplemente que tengas un respaldo en caso de emergencia. Mientras no lo necesites, ese respaldo implica incrementar tu ahorro, lo cual te puede ayudar a liquidar deuda, incrementar tus inversiones o ensanchar tu colchón de emergencia. Si pasas a necesitarlo, eso alarga el tiempo que puedes sobrevivir a partir de tus ahorros.
  7. Esto no es para siempre. Que tengas que trabajar un poco más, ahorrar un poco más o, en general, pensar un poco más en todo esto, es por un tiempo. La idea es que estés mejor preparado para resistir una posible crisis en las mejores condiciones posibles. Una vez que pase el ciclo, estarás en una mejor posición que si no hubieras tomado ninguna precaución.

Observaciones porteñas, 4

El mundo financiero, o de cómo vivir cada día en modo crisis

Desde mi muy, muy humilde opinión de observador externo, el mundo financiero en Argentina es un aparato sumamente precario. La realidad financiera que se vive aquí es muy diferente a la que estaba acostumbrado en Perú, y ha sido y sigue siendo un proceso de adaptación difícil. Argentina aún no se recupera del todo, en términos psicológicos y de confianza, de sus últimos años de crisis, que con apenas diez años de haber pasado aún se mantienen frescos en la memoria de la población.

Empecemos por los bancos. De entrada, el horario de atención al público en los bancos, en la gran mayoría de los casos, es de 10am a 3pm. Eso es todo. No hay nada de horario extendido hasta las 7pm, ni mucho menos contar con Interbank en Plazas Vea y Vivandas de lunes a domingo, de 9 a 9. Eso no existe. Los bancos no abren los fines de semana, por supuesto, y de hecho hasta donde sé, ni siquiera las líneas telefónicas de atención al cliente están disponibles permanentemente.

La atención de los bancos es una dimensión un poco extraña. Primero, la mayoría de agencias cuentan casi siempre con un recepcionista, que se encarga de derivar al cliente a la ventanilla o persona adecuada según el trámite que quiere realizar. Muchas veces, para algunas cosas el mismo recepcionista puede encargarse de resolverlo. Si no quiere hacer algo como, por ejemplo, abrir una cuenta, no es un procedimiento sencillo: no se trata solamente de tener dinero, y querer que le banco lo guarde. Hay que llevar una serie de documentos, y el trámite dura alrededor de una semana – algo que me resultó absolutamente incomprensible. Me sorprendió también el altísimo costo de los servicios financieros: a menos que uno tenga una cuenta de pago de haberes, todos los paquetes de cuentas de ahorro tienen un costo mensual que no es poco (por lo que he visto, entre 100 y 200 pesos mensuales, es decir 75-150 soles), por el simple hecho de utilizar los servicios del banco. Hasta ahora no he encontrado algo como una cuenta costo cero o ahorro libre.

Entonces, por el lado de la oferta, las propuestas no son demasiado tentadoras. Pero luego viene lo más sorprendente: por el lado del comercio mismo, pareciera que una buena parte de la economía no está bancarizada. No es extraño, y de hecho es quizás lo normal, que una tienda o un restaurante acepten solamente pagos en efectivo. Tampoco es raro que, de poder aceptar pagos electrónicos con tarjetas de débito o crédito, tengan un recargo sobre el precio en efectivo. De modo que una enorme parte de la actividad económica se mueve en efectivo, y no es posible que uno circule todo el tiempo sin cargar algo de efectivo, simplemente porque no podría conseguir mucho.

Aquí es donde el asunto pasa de incómodo e inconveniente, a surrealista: en los últimos meses, han habido momentos donde el efectivo, al menos en la ciudad de Buenos Aires, se acabó. Uno podía ir a un cajero, y ya no tenía plata, ni tampoco el del costado, ni al frente, ni el de otro banco. Es decir, si uno tiene plata en el banco, pero además necesita disponer de ella porque la economía se mueve en efectivo, existe una posibilidad de que uno no pueda, simplemente porque se acabaron los billetes. ¿Dónde están? ¿A dónde se van? No tengo ni la menor idea. Desaparecen.

(Eso siquiera sin mencionar el tema de la escasez de monedas, que ha mejorado mucho desde hace un año pero se mantiene. En resumen, las monedas son un bien sumamente escaso, sobre todo en Bs.As., donde su valor de uso es en realidad mayor a su valor de cambio por el hecho de que se utilizan para operaciones cotidianas como el pago de los boletos en los buses. Sin monedas, hasta hace poco, simplemente no se podían utilizar los buses. Ahora hay, por lo menos, en varias líneas dispositivos electrónico con los que se puede pagar con un monedero electrónico, igual que en el subte.)

Entonces: no sólo es caro acceder a servicios financieros que no tienen buen nivel de atención, sino que además estos servicios financieros no son totalmente útiles (porque no están generalizados por el lado de la demanda) y se pueden volver inútiles de un momento a otro.

Además de eso, a pesar de que la economía se ha estabilizado y está en crecimiento, parece que hay un desfase entre este crecimiento y el aparato financiero (al menos orientado al consumidor) y, sobre todo, con el sistema monetario. Finalmente, hay aún una inflación de alrededor del 20-25% anual que se siente realmente a nivel cotidiano, a pesar de que las cifras oficiales intentan maquillar algo completamente diferente. Esto es lo que hace que incluso uno pueda respirar claramente una sensación de crisis, o de potencial crisis, como si todos estuvieran listos para, a la primera señal de alerta, correr a los bancos a sacar toda la plata que tengan allí guardada, ante el riesgo de que puedan ser confiscados sus ahorros (como pasó a principios de la década).

Todo esto configura un escenario poco desarrollado en términos de productos financieros. A nivel de percepción generalizada, la única o principal inversión que es entendida como segura y rentable, a grado mucho mayor que en otras realidades, son los bienes inmuebles – las propiedades. La única inversión segura, se dice, son los ladrillos. Supongo que si uno se pusiera realmente a buscar podría encontrar alternativas, como fondos mutuos, compra de bonos, o incluso el mercado de valores, pero es muy poco lo que superficialmente uno puede ver al respecto, y mucho menos la atención que el público parece prestarle a este tipo de productos. En otras palabras, parece que no hay realmente una demanda por este tipo de productos, ni tampoco una oferta de muchas alternativas. En la práctica, todas las inversiones importantes giran en torno a propiedades y construcciones, como una especie de “garantía” frente a la inflación y la inestabilidad.

Esto se puede ver por la calle, donde pareciera que cada 100 metros uno puede encontrar una nueva agencia inmobiliaria, y un mercado enorme de compra y venta de inmuebles. Lo cual es a su vez paradójico, porque no parece haber tampoco un buen mercado de créditos hipotecarios: la cantidad que un banco presta para un crédito de este tipo es poca, a una tasa muy alta, y siempre exigiendo como contraparte que el prestatario ponga en efectivo una proporción significativa del monto total de la compra. Por lo que he leído, parece que la gran mayoría de operaciones de compra de inmuebles se hacen, también, con efectivo, sorprendentemente, obligando al comprador a manejar una enorme liquidez para poder hacer una compra.

Es con todo este contexto que se configura mi primera interpretación del mundo financiero argentino, en el cual el valor más escaso es quizás la confianza: confianza en el sistema por parte de consumidores y de proveedores, confianza en las inversiones, confianza en términos de crédito, etc. Es este grado sumamente reducido de confianza lo que hace que las opciones financieras sean sumamente reducidas y, por lo menos para el consumidor de a pie, que existan realmente pocas alternativas de inversión o servicios financieros que sean realmente interesantes.

Los filósofos y el dinero

Ahora va a salir mi lado más sofista, en el sentido tradicional y poco apreciado de la palabra.

Con el tiempo me ha sido imposible dejar de observar la muy particular relación que tienen los filósofos con el dinero. Esta es una relación históricamente muy compleja y que aún hoy, en la cotidianidad filosófica, es bastante complicada de manejar. El origen de la tragedia se remonta, por supuesto, al buen Sócrates, o quizás más bien a Platón. Por Platón sabemos que Sócrates, a diferencia de los sofistas que manejaban un lucrativo negocio y habían creado toda una industria en torno a la transmisión de conocimiento en la Grecia clásica (y al hacerlo se convirtieron en figuras claves para la ilustración griega), Sócrates se rehusaba a cobrar ningún dinero por sus enseñanzas, porque claro, él sólo sabía que nada sabía, y por extensión, que nada podía cobrar. Por Platón, entonces, sabemos de un Sócrates que ancla la tradición filosófica fuertemente en el ascetismo, pues la contemplación del Bien con B mayúscula, y de las Ideas, con I mayúscula, implica casi necesariamente que uno tiene que dejar de ponerle atención a cosas pedestres y banales como las posesiones materiales o, claro, el dinero. A partir de aquí, la idea de cobrar por el conocimiento de los filósofos pasa a ser equiparado con la sofística, una suerte de venderse intelectualmente al mejor postor sin servir a la Verdad y a la Sabiduría, con V y S mayúsculas, respectivamente.

Por supuesto, esto era relativamente fácil de decir para Platón, pues, a diferencia de Sócrates, él era de una de las familias más importantes de Atenas y ciertamente dinero no le faltaba. Platón, entonces, encarnaba un estereotipo que ha durado hasta el día de hoy: podía dedicarse al estudio de la filosofía porque podía darse ese lujo. Ya que todas sus necesidades materiales estaban debidamente satisfechas, por qué no dedicarse, más bien, a la contemplación de los conceptos.

El problema es, claro, que ni todos somos Platón, ni todos tenemos acceso a los mismos beneficios. Pero como todo filósofo contemporáneo podrá decirles, la misma idea viene adherida a la práctica filosófica en la actualidad: junto con el desconocimiento de la idea “productiva” del filósofo, viene la aceptación de que la filosofía es un camino de ascetismo, de renuncia a lo material y que, por lo mismo, ya que un filósofo está desprendido de lo material, no tiene ni razón ni incentivo para recibir mucho dinero o muchas compensaciones materiales. Cualquier otra cosa, sería sofística, en el peor de los sentidos tradicionales de la palabra. De modo que estudiar filosofía hoy es visto, de nuevo, como una forma de lujo: si me estoy dedicando a algo que todo el mundo sabe es tan improductivo y tan poco rentable, pues debe ser porque tengo las condiciones materiales satisfechas como para darme ese lujo. Cuando todo el aparato económico circundante piensa lo mismo, el efecto se retroalimenta: si esta persona se pudo dar el lujo de estudiar filosofía, no tiene sentido que le paguemos mucho, ¿verdad? P entonces Q.

Claro, el problema es que esto no es verdad. Ni es cierto que estudiar filosofía sea un lujo, ni es cierto que todo aquel que estudia filosofía tenga sus necesidades materiales cubiertas, ni es cierto que no tenga sentido que un filósofo reciba una compensación justa. Pero el tema del dinero está tan alejado de la reflexión filosófica, visto casi como una mancha que ensucia el pensamiento puro, que en realidad los filósofos que salimos al mundo, no solamente no tenemos realmente idea de qué haremos, sino que además no tenemos ni la menor idea de cómo pensar en términos de dinero. La consecuencia práctica, inmediata de esto es harto conocida (por los filósofos): o ingresan al mundo laboral académico, donde son francamente maltratados económicamente por un aparato que los ve como eternos subsidiados, o salen al mundo laboral extra-académico donde no tienen idea de cuánto valen sus habilidades y por tanto no tienen ninguna herramienta a la hora de negociar algo como un sueldo o una tarifa. Para un filósofo, por supuesto con excepciones, es tan extraña la idea de que alguien esté dispuesto a ofrecerle un trabajo, que lo terminan viendo más como un acto de caridad que debe ser aceptado, que como una negociación entre dos partes que tienen elementos de valor que intercambiar (habilidades, y dinero).

El resultado neto es el siguiente: por un lado, filósofos que ingresan en el ámbito académico a ser mal pagados, a trabajar muchísimas horas para compensar que son mal pagados, a matarse preparando clases, corrigiendo exámenes, dando asesorías, todo para que al final del día no les quede tiempo para dedicarse a la investigación, a la reflexión, a la discusión, porque siempre tienen que estar haciendo algo más. O, por otro lado, filósofos que no ingresan en lo académico, probablemente siguen estando mal pagados (aunque no tan mal), pero son vistos como los que se salieron, como los que traicionaron el concepto y por tanto terminan encontrándose excluidos de los núcleos donde, supuestamente, sí tiene lugar el pensamiento propiamente filósofico.

En realidad, hay un tercer grupo, que podríamos llamar los platónicos, que aunque son una minoría de todas maneras existen: son los que, de hecho, estudiaron filosofía porque podían darse ese lujo, porque como no tenían mayores preocupaciones materiales decidieron que, bueno, podían dedicarse a la contemplación del concepto sin mayor reparo. Sobre ellos, obviamente, no trata este post (pero igual no crean que no los estimo).

Mi punto con todo esto no es que el filósofo debería salir al mundo con una tabla de precios bajo el brazo, o que las trincheras académicas deberían rebelarse contra el sistema que los explota injustamente. Simplemente quiero decir que deberíamos perderle un poco el miedo al dinero y estar dispuestos a informarnos más sobre cómo funcionan estas cosas. ¿Cuánto debería ganar un filósofo recién egresado, que sale al mercado laboral? ¿Qué condiciones de trabajo son aceptables, y cuáles son una explotación horrible que no debería ser tolerada? ¿A qué beneficios debería tener uno acceso en el mercado laboral, qué expectativas de desarrollo de carrera, qué posibilidades de aprendizaje?

¿Cómo debería ahorrar uno su plata, sea mucha o poca? ¿Cómo debería uno administrar sus fondos cuando tiene trabajo pagado sólo 9 de cada 12 meses del año? ¿Cómo debería uno pensar en invertir su dinero, o cómo podría invertirlo en uno mismo para mejorar sus propias condiciones laborales o materiales? ¿Cómo debería uno negociar un suelo, qué puede pedir, y qué debería rechazar?

Mi problema está en que como nadie nos enseña a hacernos estas preguntas a tiempo, a un montón de gente le meten la rata horrible. Pésimos sueldos, pésimas condiciones laborales, trabajos que no tienen futuro o cuyo techo de crecimiento es muy bajo, trabajos en condiciones completamente informales y muchas veces abiertamente ilegales, y, sobre todo, trabajos que no son realmente gratificantes. Si para “hacer lo que te gusta” tienes que dictar tantas horas de clase a la semana que al final del día no te alcanza el tiempo ni para comer, eso definitivamente no cuenta como lo que llamaríamos “trabajo realizado”. Si terminas teniendo que manejar tres o cuatro cachuelos mal pagados simplemente para tener algún ingreso, eso no sería algo que yo llamaría “trabajo realizado”. Y si te encuentras encerrado en el mismo círculo, sin haber avanzado (y con suerte sin haber retrocedido) después de 5, o 10 años, difícilmente creo que eso sea, de nuevo, “trabajo realizado”.

No me malentiendan – cualquier persona que viva y trabaje así, y sea feliz, y le vaya bien, bienvenido sea. No estoy aquí juzgando a nadie. Mi único punto es que, en términos generales, nos terminamos metiendo tanto en el rollo de la filosofía ascética, desprendida del mundo real, que nos olvidamos que al final del día los filósofos también pagan cuentas de agua, luz y teléfono. Y que si no tuviéramos tanto reparo, incluso tanto miedo de pensar, o de discutir, de temas de dinero, tendríamos muchas mejores posibilidades para hacer lo que nos gusta hacer, podríamos tener muchas más libertades para dedicarnos a leer, investigar, discutir, pensar, lo que sea. Pero no lo hacemos porque no tenemos las herramientas para ella – ni siquiera lo conversamos entre nosotros. Entre filósofos quizás a uno nunca se le ocurriría preguntarle al otro cuánto gana, o cómo genera ingresos o cómo los administra, porque lo vemos como algo impropio, algo hasta sucio, cuando en realidad en muchísimas disciplinas esto es completamente normal, cotidiano, aceptable y hasta recomendable. Si no tienes las referencias de lo que hacen otras personas con más o menos tu misma experiencia, formación, e intereses, ¿qué referencias puedes tener?

Claro, éste es mi lado más sofista, porque creo que en esto los sofistas la vieron mucho más clara. Uno se tiene que construir su propia industria del conocimiento, uno tiene habilidades que son de valor para otras personas, que uno disfruta usar, y por usarlas debería ser debidamente compensado, no explotado por la sociedad porque no tiene las herramientas para defenderse. Hay una historia aquí sobre la cual siempre me gusta volver, que en realidad son las dos historias que se cuentan sobre Tales de Mileto: la más conocida es, por supuesto, aquella en la que Tales, por andar mirando hacia las estrellas, preocupándose por cosas de otro orden y no por el mundo material, cae en un hueco, y la sierva de Tracia se burla de él por esto, porque está tan ensimismado (o fuera de sí) que ni siquiera se da cuenta de por donde camina.

La otra, menos conocida, que es la que podemos llamar la venganza de Tales, es aquella en la que Tales, a partir de sus observaciones del movimiento de los astros, adquiere la capacidad para predecir los cambios climáticos, y utiliza ese conocimiento para comprar todos los molinos de grano de Mileto. De modo que cuando el clima cambia según sus predicciones, y sale la cosecha, él tenía el monopolio de los molinos para procesar el grano, y Tales se volvió, para efectos de la época, una especia de Mark Zuckerberg de la Grecia clásica.

A estas alturas, a nadie le será difícil darse cuenta de cuál es mi historia favorita de Tales.

La crisis, la crisis

No soy especialista en el tema económico. Obviamente, eso no me detendrá de opinar al respecto.

Me pasaron el enlace a este artículo de la Reviste Ñ del diario Clarín en Argentina, sobre la renovada popularidad que tiene la obra de Marx en tiempos de crisis. Primero que nada: mucho se habla de Marx, se dice de Marx, se dice que dijo Marx, pero en realidad son pocos los que realmente se toman la molestia de leerlo, o algo más que sus interpretaciones panfletario-setenteras. No está de más tomarse la molestia, sobre todo porque leerlo realmente es fascinante y es una de las mejores maneras de entender el capitalismo (y, por supuesto, sus problemas). Hace poco tuve la suerte de poder conseguirme la edición completa de El Capital publicada por Siglo XXI en 8 tomos, una edición crítica que es, hasta donde sé, la mejor traducción que hay disponible en español.

Tengo varias ideas sueltas sobre este asunto. Pero en general, el asunto gira en torno a cómo, ya que contemplamos estas muertes cíclicas y periódicas del sistema que supuestamente lo mueve todo, más o menos nos vamos dando cuenta que el problema es un poco más profundo de lo que parece. La mano invisible resultó tener síndrome de túnel carpiano. ¿Ahora cómo salimos de ésta?

Ésta es una idea medio pastrulona, pero creo que mucho de la crisis financiera tiene mucho que ver con una crisis de significado. En esto, es altamente probable, cerca del 90%, que esté equivocado. Es tan probable porque si mañana se acabara la crisis y todos felices y contentos, no habría ninguna crisis de significado. Pero mientras dure, el problema de la crisis termina traduciéndose en un problema de que ya no sabemos bien dónde poner nuestra confianza. Si estas grandes instituciones del mercado han colapsado tan colosalmente, si ellos que supuestamente sabían lo que hacían, en verdad no sabían nada, ¿ahora qué hacemos? Y en esta casi-desesperación, casi-angustia, se empieza a hacer patentemente obvio (cuando más duele), que antes tampoco nada tuvo mucho sentido. Que el capitalismo nunca tuvo realmente sentido para nosotros, sino al revés, en la medida en que nosotros le permitíamos al sistema seguir funcionando.

Hasta ahí todo suena horriblemene paranoide, y no quiero sonar tan psicofántico todavía. El asunto es que ahora, de una manera u otra, y no es de hoy ni de la crisis sino de los últimos años, empezamos a reclamarle al capitalismo algo que no tiene, que es sentido. Y él hace su mejor esfuerzo, hay que admitirlo, pero digo que el capitalismo no lo tiene porque la solución al problema del sentido es contraintuitiva (dentro del capitalismo mismo). Implica cosas como preocuparse por las personas, ayudarlas a conseguir la felicidad, a sentirse (realmente) mejor y cosas por el estilo, cosas que no pueden realmente reducirse mucho a variables financieras, lo cual termina siendo un problema. Ahora que hemos desarrollado una armadura tan pesada para los embates psicológicos del mercado – que no funciona, pero igual – le demandamos que realmente nos dé emociones interesantes si es que quiere que le hagamos caso.

Un par de ejemplos de las últimas dos semanas, que encontré de casualidad. La misma compañía, dos reacciones completamente diferentes. Por un lado, un grupo de Facebook con una misión, a mi juicio, ciertamente noble: que no se venda más Barena en el Sargento Pimienta de Barranco. 338 personas (yo incluido) han encontrado este asunto lo suficientemente importante como para sumarse a la causa. ¿Por qué, por qué nos obligarían a tomar una cerveza que nadie, o virtualmente nadie, quiere tomar? ¿Por qué nos haces esto, capitalismo, por qué? Al mismo tiempo, otro grupo de Facebook se dedica a una misión diametralmente inversa: 905 personas se han vuelto fanáticas de la Cusqueña de Trigo. Están dispuestos a afirmárselo al mundo, y a recomendarla públicamente como una muy buena cerveza. Me parece, personalmente, que realmente es una muy buena cerveza. Y ésa es una historia que vale la pena que yo la comparta con las personas a mi alrededor.

Temo que mis ejemplos parecerán un tanto triviales, pero me parece que reflejan claramente el tipo de reacciones que objetos del mercado suscitan en la gente que van más allá de lo económico estrictamente. No es simplemente que no me gusta, ergo no tomo Barena o no voy al Sargento. Quiero ir al Sargento, y en algún nivel espero que por esa afinidad el Sargento me debe algo a mí también, un cierto respeto al no servirme Barena. O al mismo tiempo, valoro suficiente la Cusqueña de Trigo que me parece algo que quiero compartir con los demás, no es suficiente con el simple hecho de seguirla comprando. Nuestras relaciones de significado terminan escapando a explicaciones que se basen sólo en lo económico (aquí, por supuesto, Marx estaría sumamente en desacuerdo conmigo).

Si la crisis entonces está haciendo más evidente el proceso por el cual una crisis de significado se hacía lentamente obvia, es también una oportunidad de re-significar, de rearticular el sentido de por qué hacemos las cosas que hacemos de una manera y no de otra. Primero que nada, preguntándonos una pregunta que en su simplicidad es bastante coherente: ¿realmente queremos que las cosas sean como son? ¿O podrían ser de otra manera, no sé, mejor? ¿Más bonita? Lo que fuera. El problema es que si la crisis se acaba mañana, ya no tendremos un incentivo para formularnos esta pregunta con una cierta urgencia – es algo así como la paradoja de que el petróleo caro sea un incentivo para el desarrollo de tecnologías energéticas alternativas.

Lo interesante me parece aquí que gran parte del paquete de estímulo a la economía estadounidense que ha propuesto Obama está orientado hacia ese nuevo horizonte – en gran medida, emulando aquello que fuera el “New Deal” de Roosevelt en los años 30 para salir de la Gran Depresión. La solución de Obama apunta a no ser solamente una cuestión de gasto, sino una de inversión en la nueva infraestructura que será necesaria para sacar adelante la economía una vez que la crisis pase. Es una cuestión complicada porque los retornos no se podrán percibir en el corto plazo – quizás nunca, si el asunto no funciona – pero es una decisión que se toma con un horizonte a largo plazo. La idea de New Deal, de un nuevo trato, es aquí pertinente: gigantes como Chrysler y General Motors están dependiendo de fondos federales para mantener funcionando operaciones que ya no tienen mucho sentido en este mundo. La rearticulación de un nuevo sentido vendrá no de ver cómo se salvan estos grandes dinosaurios, sino cómo surgen nuevas pequeñas especies que sepan mejor adaptarse a la situación. Y no, por si acaso no me estoy poniendo darwinista social, simplemente me parece una buena analogía.

Éste es un tema que me parece interesante porque no debería resultarnos ajeno. Hace un tiempo escribí, en otro blog al que no le presto suficiente atención, sobre cómo deberíamos de una u otra manera pensar nuestro país para prepararlo para una nueva economía. Es algo que pocas veces – nunca – hemos hecho, proyectarnos hacia un futuro deseable en el cual no somos solamente proveedores de materias primas o mano de obra barata, sino en el que realmente podemos ser participantes, competidores y protagonistas de lo que está pasando. No debería sernos ajeno a la imaginación, por mucho que en la realidad por lo pronto nos eluda un poco. Nosotros mismos escuchamos hablar de planes anticrisis y de fomentar la inversión en infraestructura, y aunque es cierto que tenemos un retraso formidable en la infraestructura necesaria para ejercer cualquier tipo de cambio, me parece que nos quedamos un poco cortos si sólo pretendemos tapar con concreto el problema.

Nuestra inversión en investigación, en ciencia y tecnología, en recursos que nos permitan tener una economía para el final de la crisis y no para el principio, siguen siendo ínfimas. Y es una pena, porque es una gran oportunidad para rearticular el sentido que le damos a la cuestión. Para ponernos en una posición en la cual podemos demandarle cosas al capitalismo y al sistema global, porque ya perdieron todos y entonces ya no hay mucho que nadie pueda decirle a nadie. Es decir, es ahora cuando más deberíamos estarle buscando el sentido a las cosas, y pensando en grande y en las grandes oportunidades de inversión que serán necesarias en 5, 10, 15 años para un nuevo contexto económico.