Borrón y cuenta nueva: ¿Debemos reiniciar nuestro social graph?

El viernes Facebook salió al mercado en una oferta pública inicial en el NASDAQ, con una valuación que fluctuó alrededor de los $115 mil millones. Son muchos millones. Hay quienes piensan que una compañía como Facebook no debería valer tanto, y otros dicen que la oferta pública inicial ha sido un fracaso o, por lo menos, una decepción, pues la acción cerró prácticamente al mismo valor al que abrió, desinflando las expectativas de millones de personas que esperaban una farra financiera.

Es interesante volver sobre la historia de cómo llegamos hasta aquí, en años recientes. Cuando empezamos a utilizar las redes sociales online, en realidad no teníamos idea de lo que hacíamos. Primero Friendster, luego Myspace, en algunos casos también Hi5 (¿recuerdan los “testimonials”?). Eventualmente Facebook abrió sus puertas y dejó que todo el mundo entre a jugar a su jardín amurallado, y nos adaptamos como mejor pudimos. La manera como utilizamos Facebook ha ido cambiando con el tiempo, de la misma manera que el producto mismo ha ido evolucionando, ampliándose y brindando nuevas posibilidades.

El conflicto es, quizás, que nunca hemos aprendido a ser muy diligentes respecto a nuestro rastro digital: el conjunto de perfiles, objetos y contenidos que hemos ido creando y publicando en la web a través de los años, y que hemos ido dejando atrás sin ningún tipo de mantenimiento, curaduría o consideración. Incluso dentro del mismo Facebook uno puede hacer este ejercicio de auto-arqueología continuamente: cada cierto tiempo verás el anuncio de que es el cumpleaños de alguien que quizás te importa poco, quizás no entiendes por qué lo saludarías o quizás simplemente no entiendes por qué rayos es tu amigo en Facebook.

Si recuerdan, al principio cuando estábamos construyendo nuestro “social graph”, nuestra red de conexiones en línea, no intentamos ser particularmente prolijos. En un esfuerzo por tener más “amigos” y ampliar nuestras redes, muchas veces aceptamos a cualquier persona, organización, objeto o ente como amigo en Facebook sin pensarlo mucho. Más aún, nunca nos detuvimos demasiado tampoco en limpiar eso posteriormente, eliminando personas o entes a los que quizás no queríamos darle acceso privilegiado a toda nuestra información personal (a medida que fuimos volcando más y más de ella en nuestros muros, perfiles y ahora, biografías).

Ahora, espero, somos un poco más conscientes de esas cosas, pero en muchos casos el daño a nuestro social graph ya está hecho. A medida que más y más aplicaciones se construyen utilizando ese social graph, esos primero “errores” o aprendizajes terminan afectando la información que recibimos y utilizamos: si los resultados de búsqueda en Google, por ejemplo, utilizan mi social graph para darme resultados más interesantes, ¿cómo aporta a esa relevancia la presencia de una persona que estuvo en mi colegio un año y no volví a ver más en la vida? Además, el costo de transacción de hacer limpieza es alto: no solamente consume tiempo, sino que eliminar gente de nuestra lista de amigos es una decisión complicada. ¿Estoy mandando un mensaje a esta persona? ¿Se enterará? ¿Se ofenderá? Todo lo cual hace que sea mejor no hacer nada que hacer algo.

Steven Levy escribía el año pasado que Facebook debería darnos la opción de empezar de nuevo. No perder nuestro contenido, no tener que crear un nuevo perfil, pero reiniciar nuestras lista de amigos para poder volver a empezar con mucha más consciencia de las consecuencias y las implicaciones. Michael Arrington fue un paso más allá al decir que esto podría convertirse en un talón de Aquiles a largo plazo para Facebook, cuando los usuarios empiecen a preferir opciones sociales online mucho más personalizadas y donde los “mundos no colisionen” continuamente.

No creo que pase ni lo uno ni lo otro, pero igual tenemos que empezar a observar y hacer algo respecto a las consecuencias de todo esto. Finalmente, no estamos realmente acostumbrados a cargar con toda nuestra historia social, todo el tiempo: pre-Facebook, era relativamente fácil dejar cosas atrás. Ya no. Ahora quedan marcadas como eventos en nuestra biografía, y cuando empezamos a marcarlas nunca pensamos que quizás, tiempo después, tendríamos que retroceder para hacer un poco de housekeeping.

Por qué Facebook es interesante

En realidad, hay muchas razones por las que Facebook puede ser interesante.

Pero en particular, creo que hay una a la cual no se le presta suficiente atención. Sí, que la identidad, que las redes sociales, que lo privado y lo público, que el nuevo espectro relacional, todo eso es interesante.

Aún así, no es particularmente innovador. Facebook no es hace en ese sentido nada radicalmente diferente que sus competidores o sus antecesores – y, probablemente, sucesores. La innovación radica, quizás, en la escala en la que lo hace. Facebook no te muestra fotos de tus amigos junto con sus actualizaciones de estados y relaciones y ya. Sino que lo hace para casi 700 millones de personas. Es decir, casi para la décima parte de la población mundial hay un referente común, que es Facebook, que funciona como plataforma de maneras más o menos homogénea a nivel global.

El detalle interesantísimo y poco explorado es cómo se lleva una aplicación, un servicio, a escala de manera tan rápida y tan efectiva. Es tan singular la manera en la que esto se ha hecho que la arquitectura de los servidores y los datacenters de Facebook es una innovación tecnológica en sí misma, que la compañía ha decidido publicar y compartir con el mundo.

Mucha gente se queja continuamente de que Facebook es una pérdida de tiempo, una glorificación de lo trivial, y demás. Me parece que son simplificaciones exageradas de un fenómeno social, pero bueno. Incluso si asumiéramos que todo eso es cierto, aún queda el hecho de que Facebook ha desarrollado la tecnología y los procesos que permiten llevar de manera sostenida un servicio web a la décima parte de la población mundial. Estas mismas innovaciones y tecnologías pueden aplicarse a todo tipo de plataformas y aplicaciones, así como pueden aplicarse muchas de las lecciones aprendidas de la experiencia Facebook en términos de manejo de la gráfica social y construcción de redes en línea. Cuando tengamos interés de llevar, digamos, una aplicación para el cuidado de la salud a una audiencia global de manera escalable, eficiente y rápida, la infraestructura de Facebook será el primer lugar donde buscaremos.

Identidades en conflicto

Primero, el desarrollo tecnológico nos hizo posible diversificar y des-centrar la construcción de nuestra personalidad. Nos brindó una multiplicidad de escenarios, separados entre sí, con diferentes audiencias, frente a las cuales yo podía jugar a construir diferentes personajes. Esto era consistente con el hecho de que, en la vida real, operábamos en diferentes contextos, y ofrecía además la experiencia de la virtualidad como estando protegidos bajo la idea de que construíamos algo otro, que no terminaba del todo de afectarnos. Con la web aprendimos, más que nunca antes, a que yo es muchos y que estos muchos actúan de maneras muy diferentes en diferentes espacios, y que esto realmente no tiene por qué ser un problema.

Pero ahora pareciera como si estas múltiples identidades empezaran a colapsar sobre sí mismas. La idea de que puedo, incluso debo, consolidar mis múltiples identidades en línea bajo una suerte de unidad, bajo algún tipo de articulación central, se vuelve cada vez más fuerte. Facebook quiere ser ese lugar a través del cual toda tu vida en línea converja. FriendFeed quiere serlo, Google quiere serlo. Cada más servicios permiten agregar las múltiples fuentes de información que construyo: en mi perfil de Facebook puedo agregar las novedades de mi blog, mis videos en YouTube, mis fotos, mis artículos favoritos, y demás. Los diferentes escenarios en los que se juega la construcción de mi identidad se ven reunidos.

Esto, sin embargo, genera tensiones. Porque yo no soy el mismo personaje en todos estos canales, e incluso del mismo Facebook, no soy la misma persona para los cientos de personas en mi lista de “amigos”. Ahora tengo compañeros de trabajo, del colegio, de la universidad, de múltiples contextos observando el desarrollo de la misma fuente de información que se despliega paulatinamente. Esto hace que sea más difícil construir múltiples personajes para cada audiencia, o que si quiero hacerlo, tengo que pasar a darme cuenta que lo hago y volverlo un acto intencional. Pierde transparencia, pierde inmediatez.

El incentivo para Facebook, FriendFeed o Google es claramente uno de mercado: ser el intermediario entre tú y tu vida en línea. ¿Cuál es el nuestro? ¿Cómo hacemos para ser muchos cuando no hay muchos lugares? ¿O es que, realmente, nunca quisimos ser tantas personas metidas en una?

Personalidades múltiples

Dentro de la mutación cultural de la era contemporánea, las identidades que construimos no han quedado fuera del proceso. De la misma manera como grandes unidades se desarticulan o fragmentan, las identidades que podíamos antes considerar como cohesionadas y consistentes se descomponen dando lugar a una concepción mucho más performativa de la identidad. Interpretamos diferentes roles frente a los demás, roles que varían de acuerdo al contexto y al propósito que tengamos en nuestra comunicación con los otros.

Pero no se trata simplemente de decir que escondemos nuestra personalidad detrás de diferentes máscaras, sino que las máscaras son nuestra personalidad. Siempre nos presentamos en algún contexto, y siempre estamos construyendo personajes que responden a diferentes expectativas. Estamos permanentemente contando una historia sobre quiénes somos, que va más allá de simples descripciones definidas.

Narrativas cotidianas

Básicamente, nuestros roles son negociados según el contexto. Y en esa negociación entran a tallar tanto nuestros deseos y expectativas respecto a lo que queremos ser, como los deseos y expectativas de los demás respecto a lo que quieren que seamos. No es que necesariamente prime lo uno o lo otro, sino que nos encontramos en el medio: de esa manera, la percepción que la “audiencia” tiene de mi performance es un elemento igualmente constitutivo de quien soy como aquello que yo quiero proyectar.

Esto quiere decir, además, que somos mucho más tolerantes con la posibilidad de cumplir diferentes funciones según el contexto. Lo cual está directamente relacionado con nuestro consumo de información: por momentos puedo ser consumidor, por otros creador, en otros momentos crítico o quizás en otros curador. Los roles son muy cercanos entre sí y se traslapan considerablemente, y por ello mismo puedo desplazarme entre múltiples roles sin tener que comprometerme absolutamente con uno que resulta exclusivo. Esto, me parece, refleja de una manera más clara la manera como nos comportamos cotidianamente, cuando no asumimos una misma perspectiva que mantenemos imperturbable todo el tiempo.

La construcción de estas narrativas se vale de una serie de recursos – lo que podríamos ver como una performance que se vale de diferentes utilerías. Y es que, como vivimos en un mundo de significados compartidos, podemos valernos de esos significados culturales para sintetizar la información que queremos comunicar sobre nosotros. El tipo de ropa, de zapatos, de accesorios, los gustos, las preferencias, todas esas elecciones comunican algo sobre mí que puede ser más o menos fácilmente percibido por las personas con las que interactúo. Lo cual transforma el consumo de objetos y lo convierte en consumo de valores simbólicos, de significados y discursos: las identidades de los mismos objetos son ellas mismas negociadas en el espacio compartido.

De allí la importancia en la actualidad de que el marketing se preocupe por adherir historias a sus productos más allá de simples objetos de consumo. Las marcas tienen cada vez más valor por sí mismas, por su contenido simbólico, que por lo que pueden valor como productos, y las marcas más valiosas son las que tienen identidades más establecidas. Coca-Cola, por ejemplo, es una de las marcas con identidades mejor establecidas a nivel global:

Pero el proceso de incorporar estos productos a nuestras historias personales no es gratuito ni directo – finalmente, estamos realizando inversiones emocionales significativas cuando hacemos esto. Lo cual quiere decir que la marca nos pertenece tanto a nosotros que le damos valor, como al dueño que la ofreció como un significado compartido: nos apropiamos del valor simbólico de la marca al integrarla en nuestra propia narrativa. Y esto mismo se da no solamente con marcas, sino con todo tipo de utilerías: creencias, filosofías, religiones, ideas, conceptos, asociaciones, afiliaciones, y demás elementos de contenido altamente sintetizado que nos ayuda a comunicar algo sobre las performances que construimos.

Quizás uno de los ejemplos más claros de cómo se articulan estas narrativas sean los perfiles que construimos en redes sociales como Facebook: en ellos, no solamente lo que nosotros decimos, sino lo que los demás dicen de nosotros, determina la manera como seremos percibidos. A su vez, disponemos de un enorme arsenal de elementos que podemos usar para expresar identidades: los libros que nos gustan, la música, las películas, las fotos, las aplicaciones, los grupos, las páginas de las que somos fans, las causas, todas ellas contribuyen a comunicar un significado sobre quién y cómo soy. Ninguno de esos elementos agota mi identidad – pero todos aportan elementos a la historia que intento desplegar por medio de mi perfil.

Patologías

Aquí, sin embargo, empezamos también a ver cómo las separaciones entre lo privado y lo público empiezan a diluirse, y cómo cambia nuestra dinámica social cuando se vuelve muy fácil para nosotros publicar información privada, así como acceder a la información privada de los demás. Servicios en línea como YouTube, MySpace o Facebook sirven como plataforma para que millones de personas empiecen a transmitir sus propios reality shows, llevando la idea de construir una narrativa personal mucho más allá. Incluso empezamos a encontrarnos manifestaciones y tendencias donde esto alcanza niveles que normalmente encontraríamos perturbadores:

De hecho, esta facilidad de acceso hace que patrones de conducta como el voyeurismo y el exhibicionismo se vuelvan moneda común, y sobre todo con personas más jóvenes, más integradas a estos medios, se vuelve mucho más difícil trazar claramente la línea divisoria donde dejar de comunicar información privada – lo cual puede tener consecuencias muy serias.

Pero conforme estas manifestaciones se vuelen tendencias cada vez más generalizadas, es pertinente preguntarnos también en qué momento dejamos de considerar que se trata de conductas patológicas y se vuelven parte de la normalidad. Las redes sociales brindan cada vez más opciones para publicar los detalles minuciosos de nuestra vida cotidiana – Twitter es un buen ejemplo de ello – y conforme más y más personas participan de este intercambio, deja de resultar algo tan excepcional y sorprendente. Pero nos sigue costando mucho trabajo borrar la línea divisoria a la que estamos acostumbrados, separando nuestra vida privada de nuestra vida pública.

Parte de ello se debe a que, como consecuencia del proceso de fragmentación de la cultura de masas, hemos buscado las maneras de reintroducirnos en dinámicas comunitarias que nos reafirmen algún sentido de pertenencia. Después de la masificación homogénea, nos devolvemos a la especificidad de comunidades locales dentro de las cuales las interacciones tengan mayor sentido personal, y las relaciones comporten más significado. Así, la posmodernidad ha significado también una explosión de subculturas e identidades locales, incluso dentro de los mismos contextos urbanos masificados, dentro de los cuales hacemos un esfuerzo especial por encontrar nuestro lugar y, de alguna manera, vivir nuestra vida privada de manera social.

Estas vidas comunitarias, de nuevo, se articulan mediante el uso de diferentes utilerías a través de las cuales intentamos comunicar nuestra pertenencia. Esto se enmarca, además, en viejas tradiciones de clanes y ejércitos llevando estandartes y distintivos, pasando por pandillas en tiempos más actuales y llegando a casos contemporáneos como, en este video, los punks, los emos, y los hare krishna.

Tribalización

Esta reasimilación en grupos y comunidades tiene mucho que ver con el proceso de globalización y con el que es su proceso complementario, el de tribalización. Frente al riesgo de la pérdida de identidades particulares frente a una misma plantilla identitaria homogénea, el valor y la cohesión de las identidades grupales se incrementa por ofrecer un espacio donde se tiene una cantidad mucho más alta de significado. Me importa más, me vincula más, y puedo ejercer mayor agencia dentro de estos grupos, que siendo absorbido por las dinámicas homogenizantes de la globalización.

Lo cual lleva, también, muchas de estas problemáticas al ámbito de lo colectivo y lo político. Porque también las identidades de los grupos se negocian frente a las identidades de los demás grupos, y en el proceso de globalización, eso está llevando a que comunidades tradicionales que ven sus formas de vida amenazadas busquen la manera de atrincherarse en una defensa de la tradición. Esto es también lo que ocurre, por ejemplo, con los grupos conservadores religiosos que se afianzan en una defensa de la tradición para preservar su forma de vida frente a lo que ven como el triunfo del mal en el mundo.

Es también lo que ocurre en conflictos culturales como los que vimos en Bagua hace unos días – donde el conflicto es, a gran escala, entre una visión globalizante y homogenizadora del desarrollo de la sociedad, frente al derecho y la necesidad de comunidades de protegerse y negociar su identidad en el espacio público. Estas comunidades están, también, reconfigurando los términos del espacio político y ofreciendo nuevas dinámicas de participación que, en muchos casos, se muestran como más apelativas para aquellos que buscan alternativas mucho más vinculantes y personales.

Complementos (Continuidad cont.)

De nuevo es culpa del café, esta vez tarde por la madrugada. Pero encontré algunos pasajes que complementan muy bien las ideas que intenté compilar hace un par de días, y brindan herramientas conceptuales que ayudan a darles un poco más de sentido. Estos pasajes son de la serie “If It Doesn’t Spread, It’s Dead“, una serie de artículos de Henry Jenkins, Xiaochang Li, Ana Domb Krauskopf y Joshua Green, que sigo recorriendo y están geniales.

Hay cosas muy buenas acá que complementan y amplían cosas que intento decir torpemente. Una de estas cosas es la importancia y la complejidad del fenómeno de la apropiación, y la idea de que usuarios de estos lenguajes – Daniel ha apuntado, me parece que con mucha razón, en un comentario al post anterior, que aquí se trata de una continuidad entre juegos del lenguaje no solamente limitados a los nuevos medios – apropian y transforman mediante su uso los mensajes que comunican. La manera como lo hacen es, en su forma más básica, la selección y discriminación de la información que escogen compartir con sus redes sociales, algo que intenté ilustrar con el ejemplo del “buen retweetero”. Me gusta, además, que siguiendo esta vía puedo llegar a otro punto interesante, que es la manera como todos somos hoy, en mayor o menor medida, una nueva forma de curadores de información.

Los consumidores en este modelo no son simplemente “huéspedes” o “vehículos” de ideas ajenas, sino promotores de base de materiales que son personal y socialmente significativos para ellos. Han filtrado el contenido que consideran tiene poca relevancia para su comunidad, mientras enfocan su atención en el material que piensan tiene una importancia especial en este nuevo contexto. La replicabilidad [spreadability] depende de aquel agente inteligente individual — la mente humana — para abrirse camino entre la maraña de una cultura hipermediada y facilitar el flujo de contenido valioso a través de un mercado fragmentado. Bajo estas condiciones, los medios que permanecen fijos en su posición y estáticos en su forma fracasan en generar suficiente interés del público y son por tanto dejados de lado en estas conversaciones en curso. [Traducción mía, de "If It Doesn't Spread, It's Dead (Part Two): Sticky and Spreadable -- Two Paradigms".]

Mi concepto de lo que es la “curaduría” se vio radicalmente transformado el día que encontré en línea una colección de links sobre un tema, con una nota al principio indicando al responsable de “curar” la colección. Y claro, tiene todo el sentido del mundo: lo que un curador hace, finalmente, es esa selección, mantenimiento y conservación de un recurso para el público. Hoy todos terminamos siendo curadores de algo, al menos potencialmente: en el caso más simple, dedicamos largas horas narcicistas a “curar” nuestra propia presencia en línea. El tiempo dedicado, por ejemplo, a mantener un perfil en Facebook es el equivalente a curar mi propia imagen pública: actos tan simples como escribir un saludo de cumpleaños en el muro de otra persona, o comentar sus fotos, mantienen vivos mis vínculos sociales con los demás y comunican, con mayor o menor consciencia, una cierta imagen y percepción de mí que quiero mostrar a los demás.

No pude ir a SXSW09 ( :( ) pero al menos pude recibir algunas noticias vía Twitter. Uno de los comentarios que más me llamó la atención fue uno que decía algo así como “Google no es un buscador – es una herramienta para gestionar reputaciones”. La idea del curador digital que todos llevamos dentro va también por ese lado, y que en un mundo Google curamos colecciones de información sobre los temas de nuestro interés entre los cuales suele estar, por supuesto, nosotros mismos.

Nos involucramos con estas colecciones de información, adoptamos roles de curadores y compartimos enlaces y comentamos en artículos basados en aquellas cosas que nos atañen personalmente, con las cuales nos vemos personalmente comprometidos (esta idea empieza a resonar extrañamente familiar). No podemos reducir nuestra función social a simplemente reproducir información que viene de otras fuentes, aún cuando nos veamos tentados, de entrada, a pensar que así es como parecen funcionar las cosas.

Como norma, estamos engañados cuando nos enfocamos en lo que los medios le hacen a las personas en lugar de intentar entender lo que las personas hacen con los medios y por qué. Partimos de la premisa de que los consumidores sólo contribuirán a facilitar la circulación del contenido mediático cuando sea personal y socialmente significativo para ellos, cuando les permita expresar algún aspecto de su autopercepción o les posibilite transacciones valiosas que fortalecen sus lazos sociales con otros. [Traducción mía, de "If It Doesn't Spread, It's Dead (Part Three): The Gift Economy and Commodity Culture".]

Con lo cual, entre otras cosas de las que somos curadores, es de los lazos sociales que construimos a nuestro alrededor. De una u otra manera, acumulamos un cierto “público” – lectores de mi blog, amigos en Facebook, seguidores en Twitter, suscriptores en YouTube, etc. – que han ingresado en esta red porque de una u otra manera tienen algún tipo de interés en algo que digo o hago (aunque también podría ser por compromiso). Esa dotación de confianza es algo que nos vemos en la necesidad de preservar y mantener. Es cuando rompemos esa relación de confianza que tenemos con la comunidad a nuestro alrededor que empiezan a surgir los problemas. Y la principal manera, al parecer, como mantenemos sólidos estos lazos flexibles con redes de personas a menudo conformadas por personas que no son realmente cercanas, es compartiendo con ellos cosas que nosotros consideramos relevantes e importantes.

Este compartir no es trivial, ni es una pequeñez. Es algo a lo que tuve oportunidad de acercarme en mi investigación final terminando el pregrado, y llegué a comentarlo de pasada como la relación entre las emociones y nuestras tomas de decisión, y cómo se relacionaban con el problema del exceso de información. Así en gran, gran resumen: no podemos saberlo todo, y de hecho, hay tanto por saber hoy día que ni siquiera podemos saber un buen pedazo de ese todo. Al mismo tiempo, eso no quita que nos vemos obligados a evaluar enormes cantidades de información para poder tomar decisiones. ¿Cómo hacemos? Nos distribuimos la chamba. Y puedo apoyarme en el criterio de personas en las que confío para ayudarme a seleccionar solamente aquellas cosas que son realmente relevantes de analizar para poder tomar mejores decisiones en el mundo.

De aquí se desprende una enorme responsabilidad que felizmente nos es bastante transparente, pero que enfatiza aún más el sentido en el que somos “curadores” dentro de una comunidad. Los demás están confiando en mí cuando comparto algo con ellos – un video en YouTube por ejemplo – y lo hacen porque antes han tenido motivo para hacerlo. No se trata de que cuando me equivoque, dejarán de ser mis amigos. Pero sí se trata de que mi vínculo con ellos se mantiene activo y sólido en la medida en que el intercambio se mantenga. Lo cual es una manera excesivamente complicada de decir que uno debe tratar bien y cuidar a sus amigos.

Continuidad

Tengo muchas ideas en la cabeza por culpa del café que no sé bien cómo separar. Haré mi mejor esfuerzo: todo comenzó con este artículo de Brian Solis en TechCrunch sobre si los blogs están perdiendo autoridad. Lo que sugiere Solis es que nuestros criterios de medición parecen sugerir que la “blogósfera” está perdiendo peso en término de influencia, pero que en realidad deberíamos estar llevados a pensar que son nuestras herramientas de medición disponibles las que no nos permiten contemplar el panorama completo.

Es fascinante, porque de lo imperfectas que ya eran estas herramientas, nos encontramos con que, unos pocos años después, ya no son capaces de abarcar un espectro suficientemente amplio como para darnos una idea medianamente clara de lo que ocurre en el panorama de los nuevos medios. Todo esto me recordó a un post de hace un tiempo donde me preguntaba por el futuro de los blogs, y ahora me veo obligado a revisar en gran medida lo que antes pensaba. Ampliarlo, corregirlo. El panorama cambia sumamente rápido, y el horizonte que antes configuraban primordialmente los blogs ahora viene a ser acompañado por las comunidades en línea, las redes sociales, los servicios de microblogging, y el sinfín de interacciones que existen entre todos estos mundos.

Es decir: 

Todo se remonta a la definición de autoridad. Los enlaces de los blogs ya no son lo único que se puede medir. Enlaces potencialmente valiosos son cada vez con más frecuencia compartidos en microcomunidades y redes sociales como Twitter, Facebook y FriendFeed y están desviando la atención y el tiempo de las respuestas formales en los blogs.

(…) Estamos aprendiendo a publicar y reaccionar al contenido en “tiempo de Twitter” y yo diría que muchos de nosotros pasamos menos tiempo bloggeando, comentando directamente en blogs, o escribiendo en blogs como respuesta a otros blogs debido a nuestra participación activa en microcomunidades. [Traducción mía]

Comunidades virtuales como el Facebook se están volviendo cada vez de mayor importancia – llegando incluso a suscitar levantamientos populares con sus propias conclusiones interesantes. Pero la tendencia es sugerente: los blogs de por sí colapsaron la valla de lo que significaba tener una voz en un cierto “espacio público”, porque cualquiera podía tener un blog y publicar lo que quisiera (obviamente dentro de ciertos límites, p.ej. aquellos con una computadora con acceso a Internet). Hasta ahí muy bien, pero aunque millones lo hicieron, no fueron millones los que continuaron haciéndolo (la gran mayoría de blogs son abandonados al poco tiempo) y, en general, hay una valla de entrada más o menos alta para comprometerse a publicar en un blog. Finalmente, uno tiene que dedicarse a escribir, con una cierta regularidad, a responder a comentarios, y si uno realmente quiere dedicarse, también a seguir otros blogs y comentar en ellos e insertarse en una comunidad. Cuando los costos se computan de esa manera, aunque en general siguen siendo bajos, ya no son tantos los que están tan dispuestos a meterse en el submundo de los blogs.

Luego, servicios de microblogging como Twitter vuelven a alterar esa ecuación. Reducen la valla aún más. ¿Quieres compartir algo? Puedes hacerlo en 140 caracteres. Enlaces, ideas, comentarios, lo que fuera. El costo de transacción de 140 caracteres vs. un artículo de un blog es drásticamente menor, e incluso, entonces, es hasta más accesible – lo cual hace sorprendente que la mayoría de personas a quienes les explico el sentido del Twitter lo encuentren bastante inútil. Si no tienes tiempo de bloggear, ciertamente tienes tiempo de actualizar tu feed de Twitter con cosas interesantes que vas encontrando a lo largo del día. Con la última actualización al Facebook esta premisa es ahora también central allí: actualizaciones pequeñas, constantes. Microcontenido.

Ojo – acá hay que tener cuidado de no entrar en el terreno del “pánico de reemplazo” (“replacement panic“), una expresión sumamente útil que encontré en A.K.M. Adam (curiosamente, teólogo y tecnologista). El pánico de reemplazo según Adam consiste en “el miedo – a menudo una reacción espontánea a las evaluaciones positivas de la tecnología en línea – de que los medios digitales suplantarán las interacciones físicas” [traducción mía]. A esto yo agregaría algo así como un “pánico de desplazamiento” (algo así como un “displacement panic”) – una suerte de miedo de que todo nuevo medio, sólo en virtud de ser nuevo desplazará al anterior. Creo que esta lógica lineal y pseudoevolutiva es demasiado simplista como para permitirnos entender lo que está pasando. Más bien, una idea de la convergencia mediática como de la que habla Henry Jenkins parece tener un poco más de sentido:

Por convergencia, me refiero al flujo de contenido a través de múltiples plataformas mediáticas, la cooperación entre múltiples industrias de medios, y el comportamiento migratorio de audiencias mediáticas que irían casi a cualquier lugar en busca del tipo de experiencias de entretenimiento que desean. Convergencia es una palabra que se las arregla para describir cambios tecnológicos, industriales, culturales y sociales, dependiendo de quién está hablando y de lo que cree que está hablando. [Traducción mía, pasaje de la introducción a su libro Convergence Culture: Where Old and New Media Collide - que, dicho sea de paso, hace poco descubrí está ya disponible en traducción al español.]

Bajo un concepto como el de convergencia nuestro panorama es sumamente más complejo, pero nuestro análisis, también, consigue ser mucho más completo. Me parece útil la idea de convergencia aquí y creo que viene vinculado a lo que venía diciendo – el movimiento de la atención desde los blogs a las microcomunidades y al microcontenido – y al título de este post, la idea de continuidad, por una cuestión en la que he venido pensando últimamente leyendo a Wittgenstein, y una idea tentativa y tentadora de que entre diferentes formas o juegos del lenguaje se articula una suerte de continuidad, de la misma manera que nuestra experiencia del mundo es continua y sólo arbitrariamente (y en función a objetivos específicos siempre) es que puede la experiencia volverse discreta para permitir su análisis. 

Continuidad. ¿Qué tiene que ver la continuidad en el lenguaje con los blogs, Twitter y Facebook? Que de la misma manera, nuestra experiencia como usuarios de todos estos medios se nos articula como una forma de continuidad en la cual nos vemos introducidos. El problema al cual apunta el artículo de Solis del que partí es que nuestras herramientas de medición no son capaces de abarcar la totalidad de este espectro, ni son capaces de establecer con claridad en qué puntos de quiebre deben establecerse las discontinuidades, como para configurarnos una imagen de cómo funciona este proceso. En el uso de estas herramientas, no nos detenemos a pensar cómo es que funciona la continuidad de cada uno de estos espacios al otro, simplemente los utilizamos para servir diferentes propósitos comunicativos.

Así, Twitter y Facebook reducen grandemente la barrera de entrada. Tomemos por ejemplo el fenómeno del RT o del retweet, en Twitter: consiste simplemente en copiar un mensaje de alguien más que encontramos interesante, pegarlo y distribuirlo entre nuestros seguidores, haciendo referencia al autor original. La amplificación de este fenómeno es potencialmente exponencial: RTs siguen a RTs que siguen a RTs, y en cuestión de segundos un mismo mensaje puede llegar a miles de personas. Dos notas: 1) esto hace que el hecho de participar sea muy simple, pues con un acto tan simple como la repetición puedo, ya, estar introducido en el flujo de los discursos (podría incluso ser considerado un gran retweetero, ¿por qué no?). 2) No partamos de creer que esto es ningún tipo de forma inferior. Ni tampoco caigamos en creer aquello que escribí hace dos oraciones, que esto es “simple repetición”. No podemos dejar de lado que en todas estas formas aparentemente simples opera siempre algún tipo de forma o medida de procesos de apropiación: aún el usuario que retweetea ha tenido primero que escoger a qué otros usuarios sigue, luego ha tenido que escoger cuál de sus mensajes retweetear. Aquel que sea considerado un “gran retweetero” destacará por su habilidad de combinar y equilibrar exitosamente, cuando menos, ambas estas variables.

Desde y hacia estos puntos de entrada fluyen los diferentes contenidos, transformándose en el camino. Yo mismo he tenido esta experiencia últimamente. Descubrí la posibilidad de enlazar mi fuente de favoritos del Google Reader con mi perfil de Facebook, y ahora puedo “recomendar” enlaces directamente desde el primero hacia mi red en el segundo. Esto me sirve, entre otras cosas, para promocionar enlaces hacia este blog – y, de hecho, revisando las estadísticas recientes encuentro que un número considerable de visitantes llegan hasta aquí desde el Facebook. De la misma manera descubro enlaces recomendades y recomiendo otros a través del Twitter, que a menudo me redirigen hacia artículos en blogs, a los que luego me suscribiré y luego recomendaré, o que podré utilizar para referir en otros artículos, y en fin, la cadena continúa. Nuestras interacciones están dispersas entre diversos espacios virtuales y no virtuales también, y hoy están articuladas las interacciones que permiten que el discurso y nuestra experiencia fluya de manera más o menos continua de un espacio a otro.

Así, me veo en la necesidad de revisar aquello hacia lo que antes iba, que los blogs de alguna manera iban a empezar a consolidarse en proveedores de contenido más complejos (o al menos creo que antes iba a eso), para empezar a fijarme, más bien, que el soporte de estos contenidos (lo que viene de una lógica muy blog) termina cediendo al flujo y la continuidad del desplazamiento de estos contenidos entre diferentes soportes. Convergencia y continuidad: mi experiencia de consumo de contenidos en diferentes medios, que además está cada vez más entretejida con mi experiencia de apropiación y creación en cada uno de estos, se vuelva una experiencia continua, cuyos pliegues son, por ahora, difíciles de distinguir.

Facebook, espacios públicos y acciones colectivas

Dándole vueltas a la reciente controversia sobre los términos de uso del Facebook, hice referencia a varias ideas en el blog de Jenna McWilliams al respecto que me pareció ilustraban muy bien el fondo del asunto. Jenna respondió de nuevo con algunas otras cosas y comentando el post en su blog quedaron un par de ideas que quiero elaborar un poco más, y quizás, espero, den para seguirlas comentando en los siguientes días.

La primera de estas ideas es en torno a cómo el ejemplo de Facebook cuadra bien dentro de una cierta nueva concepción de un capitalismo en busca de significados ulteriores. Algo de esto apunté hace poco en torno a la crisis financiera, tratando de pensarla un poco también como una crisis de significados: esperamos hoy más de los productos y servicios que consumimos que simplemente la satisfacción de demandas inmediatas. Ahora, esperamos también que nos brinden el valor simbólico/semántico que queremos incorporar dentro de la narrativa de nuestras identidades. Para que las marcas y sus productos perduren tienen que ir más allá, y deben adherirse emocionalmente a nosotros como consumidores. El asunto es que esta adhesión es un arma de doble filo para las marcas y los productos, porque en este proceso el consumidor inevitable realizará una apropiación de este valor simbólico. Si te voy a permitir incorporarte a mi narrativa de vida, digamos, será un poco en mis términos – no te estoy dando carta blanca para usarme como propaganda andante.

Facebook cambió el acuerdo cuando sugirió que todo lo que los usuarios contribuían al sitio estaba sujeto a la explotación corporativa (…). Sorprendentemente, Facebook cedió a la presión pública. No tenían por qué hacerlo; para este punto, la mayoría de usuarios de Facebook están enganchados y no se irán (…). Podemos asumir, entonces, que Zuckerberg et al. tenían la idea de que los usuarios sentían que el acuerdo había sido violado, y que el resentimiento en torno a esto pudo haber resultado en una pesadilla de relaciones públicas.

No importa, entonces, si los usuarios estaban en lo cierto en su interpretación del cambio en los términos del servicio. Lo que importa es cómo un cambio en los términos del servicio cambia el acuerdo percibido, el acuerdo entre los dueños y los usuarios de un espacio que es representado, en teoría si no necesariamente en la práctica, como uno público perteneciente a las personas que habitan allí. [Traducción mía]

Es decir que en este proceso, no se trata de la simple replicación mecánica de los slogans que el departamento de marketing del producto hayan querido que se repitan ciegamente. Entramos en una suerte de contrato, por medio del cual, la marca, el producto, deben ceder parte del control que tienen sobre sus mensajes y cedérselo al consumidor, que obviamente en este punto ya no es simplemente el consumidor únicamente pasivo que sólo recibe información. Para que esta adhesión se sienta auténtica, debo sentir que puedo ejercer algún grado de control y agencia sobre lo que está pasando. Y eso es un poco lo que ocurrió con el asunto de Facebook: el equilibrio se rompió porque los términos fueron cambiados sin que nosotros, los usuarios, tuviéramos mucha oportunidad de decir nada. El resultado final es que Facebook, un sitio privado con motivaciones estrictamente privadas, termina inevitablemente viéndose en la necesidad de comportarse en función al interés del público. La separación entre privado y público se vuelve una cuestión sumamente borrosa, a medida que los consumidores empiezan a apropiarse del significado que tienen los productos y servicios.

La segunda idea es cómo esta transformación se ve hecha posible, o por lo menos grandemente simplificada, por una reestructuración de los costos de la acción colectiva. Es decir, el capitalismo como proceso cobra significado en la medida en que puedo ejercer y exigir mi derecho a ejercer agencia sobre el valor simbólico que está en juego. Pero para yo poder hacer uso de ese derecho, requiero de una cierta masa crítica que me respaldo, o por lo menos me acompañe. Y ahora disponemos de los medios para simplificar este proceso de agregación. No sólo es más fácil tomar algún tipo de “acción” hacia algo que nos afecta, sino que también es más fácil agregar estas acciones que alguna vez habrían sido cuestiones aisladas, formando una fuerza social que crece geométricamente. Que es, además, una dinámica que se encuentra ya entretejida en nuestras acciones cotidianas. “¿Quieres decir que sólo tengo que bloggear/twittear al respecto para ayudar a que lo cambien? Qué genial, lo iba a hacer de todas maneras”.

Lo que antes habrían sido simplemente consumidores insatisfechos quejándose en privado, se transforma cuando ahora tienen la posibilidad de comunicarse entre sí. Y esto amplifica tanto más sus posibilidades de obtener una respuesta. De nuevo, la línea que separa lo privado de lo público se vuelve un poco borrosa.

Revelaciones

Ayer mientras me hundía irremediablemente en el inmanejable torrente que es mi Google Reader, encontré un enlace a este PPT que me abrió por completo los ojos. ¿Qué significa, en términos reales, concretos y cotidianos, trabajar con medios sociales? Una buena respuesta de Chrystie Corns, Social Media Marketing Manager de Where.com.

http://www.slideshare.net/ccmaine/tweeting-95-what-a-way-to-make-a-living-presentation

En resumen: me hizo entender de manera infinitamente más clara mi propio trabajo y cómo mejor organizarlo y distribuirlo e integrarlo. He descubierto un mundo nuevo.

El affaire Facebook y sus posibles interpretaciones

He aquí la cuestión, siguiendo el post de hace un par de días sobre el asunto con Facebook. En realidad, sólo quiero compartir algunas ideas que encontré en un blog nuevo al que me suscribí, de Jenna McWilliams. Jenna entra un poco más en profundidad en la posible relevancia que uno puede encontrar en la decisión de Facebook de revertir sus políticas, debido a la presión de sus propios usuarios. La traducción es mía:

Éste es el nuevo modelo de participación ciudadana, un tipo de activimos que pasa en gran medida desapercibido para politólogos, teóricos culturales y encuestadores, pero que ofrece un nuevo modelo de participación democrática – la lucha por la propiedad y la definición de los espacios públicos, tanto físicos como virtuales. Es difícil de identificar, aún más difícil de medir, porque está profundamente integrado con las actividades cotidianas de toda una generación cuyas vidas, identidades, y autodefinición crecientemente se extienden hacia espacios virtuales.

(…) Es un tipo de participación no fácilmente reconocida ni medida. Como hemos visto en el ejemplo de Facebook, mucho del activismo – el trabajo que tradicionalmente requería, al menos, dejar la casa y reunirse en un centro público (un centro de votación, un centro de campaña, un pequeño país africano) – sucede sin que nadie lo note, a menudo menos todavía la misma persona que participa del activismo.

(…) Esto es lo que queremos, ¿cierto? ¿Una cultura en la que la participación ciudadana esté tan transparentemente integrada en las actividades cotidianas que vienen con estar vivo que ni siquiera se siente como participación ciudadana, al menos como tradicionalmente la definimos?

Hay muy buenas ideas aquí, pero también mucho pan por rebanar. Lo más genial es que me parece que Jenna resumió muy bien el potencial del asunto desde un sentido más amplio, y también apuntó a los problemas de medición y concepto que hay de por medio. Pero uno de los problemas que me viene a la mente, también, es uno muy básico: Facebook no es un espacio público, es un espacio no sólo privado, sino cuyo sentido de fondo es, también, un sentido económico/comercial. No es que esto, de plano, sea un problema: pero, ¿cómo transforma esto nuestra idea de lo que es un espacio público? Si mañana Facebook quebrara, toda la información, toda la creación, todas las interacciones que existen en el sitio, desaparecerían. ¿El Estado benefactor, entonces, debería preservar este espacio? ¿Es un patrimonio compartido? Y por otro lado, ¿es acaso posible concebir un esfuerzo similar llevado adelante de un modo y por una motivación que no fueran privados?

No tengo respuestas claras. Mi primera intuición es, de entrada, que las separaciones, los límites y las interacciones que solemos encontrar entre sectores, privado, público, y social, se están también viendo transformadas de maneras que no habíamos anticipado. En todo caso, algo que me gusta mucho es cómo dentro de la lógica liberal donde el espacio público se ve reducido, esta dimensión comunitaria de participación encuentra la manera de reaparecer desde los mismo espacios privados que son abiertos al público. Es todo muy confuso, pero es bueno porque nunca se dice suficiente sobre el espacio público.

Nunca me ha molestado mucho el problema de la autoconciencia. Es decir, si el usuario que participa de este activismo, como señala Jenna, no es él mismo consciente de que lo hace, ¿eso es un problema? Personalmente creo que no, pero inevitablemente también lleva a preguntas sobre si esto no es, de nuevo, una forma velada de manipulación, como si simplemente se arrearan usuarios, personas, para alcanzar una masa crítica necesaria para el cumplimiento de los objetivos de alguien. El problema es que esto pone en cuestión la capacidad de agencia y de decisión de los mismos usuarios – algo que la realidad suele llevarnos a pensar, pero que me parece un mal punto de partida teórico (en todo caso, debería ser un asunto a fortalecer por el mismo proceso). Además de que presupone que hay alguien que sí sabe, un sujeto-supuesto-saber si quieren ponerse lacanianos, alguien que sí tiene objetivos y mueve a las masas para conseguirlo. ¿Posible? Por supuesto. Pero esto cierra la puerta de plano a algo que creo que aún no conocemos bien: la posibilidad de que el grupo, la comunidad, se autoorganice por mecanismo medianamente transparente para perseguir fines comunes que emergen de su interacción cotidiana. Wisdom of crowds, diría Surowiecki.

Presión popular

Hace unos minutos encontré esto encima de mi News Feed en  Facebook:

Today we announced new opportunities for users to play a meaningful role in determining the policies governing our site. We released the first proposals subject to these procedures – The Facebook Principles, a set of values that will guide the development of the service, and Statement of Rights and Responsibilities that governs Facebook’s operations. Users will have the opportunity to review, comment and vote on these documents over the coming weeks and, if they are approved, other future policy changes. We’ve posted the documents in separate groups and invite you to offer comments and suggestions. For more information and links to the two groups, check out the Facebook Blog.

[Hoy anunciamos nuevas oportunidades para que los usuarios jueguen un papel significativo al determinar las políticas que gobiernan nuestro sitio. Hemos lanzado las primeras propuestas sujetas a estos procedimientos - Los Principios de Facebook, un conjunto de valores que guiarán el desarrollo del servicio, y la Declaración de Derechos y Responsabilidades que gobiernan las operaciones de Facebook. Los usuarios tendrán la oportunidad de revisar, comentar y votar sobre estos documentos en las próximas semanas y, de ser aprobados, otros cambios futuros en la política. Hemos publicado estos documentos en grupos separados y te invitamos a ofrecer tus comentarios y sugerencias. Para más información y enlaces a estos grupos, visita el blog de Facebook.]

Todo esto surge de la polémica de los últimos días por sus cambios en los términos de servicio, que pronto se vieron obligados a deshacer. Ahora, esta posibilidad de que los usuarios participen de la gestión del sitio, abre posibilidades interesantes… La verdad no sé si funcione, pero es interesante ver cómo la presión de usuarios en un servicio gratuito puede haber llevado a este cambio de postura.