Consumir ciudadanía

Me gustó mucho la columna de ayer de Pepi Patrón en La República, en la que advierte sobre el peligro de que cada vez nos volvamos más consumidores y menos ciudadanos. Que es una preocupación que comparto completamente con ella, y de hecho imagino que debemos haber tenido oportunidad de conversarlo en algún momento en clase hablando sobre el mismo Habermas que menciona en la columna.

La lógica del consumo, en efecto, parece que lo arrasara todo. De hecho, quizás, ya lo arrasó todo. ¿Dónde queda la ciudadanía en todo este proceso? Es más, ¿qué significa ser ciudadano hoy en día? Es algo sobre lo que estoy regresando continuamente hoy día, a medida que nuestros roles como ciudadanos parecen ampliarse y superponerse con varios otros que cumplimos al mismo tiempo.

Porque de hecho, no queremos solamente un ciudadano que sepa sus derechos – que ya es bastante – sino que queremos uno activo, informado, involucrado, que participe de los procesos políticos que lo afectan y defienda sus propios intereses en el espacio público. Pero la figura que tenemos en la práctica de la ciudadanía es radicalmente otra – básicamente, alguien que va a votar para evitar la multa. Eso es “cumplir con el deber ciudadano”.

¿Es posible volver a trazar la división entre la ciudadanía y el consumo? Quizás, pero lo veo sumamente complicado, y no me queda del todo claro qué es lo que intentamos preservar. ¿Qué pasaría si, más bien, ampliamos y complicamos nuestras nociones de consumo? Y es que, el acto mismo de consumir se ha vuelto un proceso sumamente más complejos en los últimos años, y probablemente lo seguirá haciendo. Conforme consumimos cada vez menos productos para consumir marcas, conforme las marcas que consumimos son inversiones no sólo de recursos materiales sino de emociones y afinidades en torno a las cuales estamos construyendo nuestras identidades, las marcas tienen menos espacio para operar de manera desvinculada de los intereses de sus consumidores. No sólo eso, sino que tienen incentivos de mercado para ceder parte del control de su marca a sus consumidores, efectivamente brindándoles la posibilidad de participar en la manera como la identidad de la marca se ve configurada.

La gente lo hace, de buena gana. ¿Por qué no podemos pensar que lo mismo podría pasar con los asuntos públicos? Que la gente se apropie de los temas públicos de la misma manera como lo hacen con su modelo favorito de zapatillas, que lo adhieran a la historia de su identidad de una manera tan personal como la historia de sí que cuenta una marca de helados. Y es que por mucho tiempo hemos pensado en el consumo como un acto lineal, donde el productor pone mercancías en el mercado, nosotros nos limitamos a consumirlas, y de allí surge esta horrible noción típicamente gringa de “votar con tus dólares”, según la cual el mercado expresa voluntades populares castigando con la ausencia de consumo.

Pero los consumidores, a medida que tienen más información a su disposición, quieren cada vez más ejercer un mayor control sobre los productos que consumen. Desde asegurarse de comprar productos de comercio justo hasta exigir que las etiquetas de los productos indiquen claramente los ingredientes, la mayor disponibilidad de información le da cada vez más a los consumidores la posibilidad de alzar su voz. Porque, sobre todo, ahora tienen la posibilidad de hablar entre sí, algo que antes era considerablemente más complicado.

No intento zanjar aquí ninguna discusión, y soy obviamente consciente de las limitaciones de alcance que tiene lo que estoy diciendo. Sólo quiero ilustrar un punto: a la ciudadanía devenida en consumo bien podría acompañarla el consumo devenido ciudadanía – ambos de maneras imperfectas. Cuando diluimos de maneras extrañas la separación entre lo privado y lo público, las cosas se mezclan de maneras que no son perfectamente claras. Y quizás, también, en ello podemos encontrar oportunidades más accesibles para rescatar aquello que nos parece valioso.

Espacios privados, públicos, sociales, compartidos, etc.

Ayer estuve en el flash mob que se organizó en San Miguel, Mata a un peruano. Experimento interesante en múltiples sentidos: empezando porque la organización era completamente acéfala y espontánea. Es decir, alguien se encargó del trabajo de hacer la convocatoria en línea, y luego dejó la ejecución misma de la intervención a los participantes. Lo sorprendente es que a pesar de la acefalia, haya funciona, aún cuando se haya tratado de un número relativamente pequeño de gente.

Pero lo más interesante, me parece, fue todo lo que tuve oportunidad de observar. Mi rol en el asunto fue de documentar, capturando en video lo que pasaría. Sin embargo, fracasé rotundamente porque la seguridad del lugar intervenido, Plaza San Miguel, empezó básicamente a perseguirme como criminal por intentar capturar imágenes. Aquí empiezan mis reflexiones sobre el asunto, que me llevaron inevitablemente a considerar más de cerca cómo tratamos los espacios públicos en el Perú.

Partiendo por lo obvio: Plaza San Miguel (PSM) NO es un espacio público. Es un espacio privado, con objetivos y regulaciones privadas, básicamente con el derecho de hacer lo que quiera en sus instalaciones (dentro de los límites de lo legal). Nosotros al hacer uso de sus instalaciones básicamente accedemos a regirnos por sus propias reglas y regulaciones, y generalmente eso no trae mayores problemas. Pero aquí el catch: a pesar de que se trata de un espacio privado, en la práctica funciona como si fuera un espacio público. Cualquiera puede entrar, pasear, hacer uso de las instalaciones. A pesar de que el espacio está mediado por el consumo, si, de hecho, yo no consumo nada, igual puedo hacer uso del espacio. De ese tipo de uso surge la categoría de los “mall rats”, la gente que pasa tiempo en los centros comerciales sin, efectivamente, consumir nada – inmortalizados en la película de culto de Kevin Smith del mismo nombre.

Entonces, aunque estrictamente el significado de estos espacios privados está dado por su constitución legal, en la práctica su significado está establecido por el uso que hacemos del espacio, un uso que es en gran medida público. Y esto no se vuelve un problema sino hasta que el uso público que hacemos del espacio choca con la naturaleza privada de sus objetivos: el espacio es público mientras no interfieras son su objetivo primordial de promover el consumo de los objetos que se venden dentro de él.

La intervención de Mata a un peruano fue, dentro de sus límites, un éxito, a mi parecer. No tanto por la magnitud que tuvo, que no fue mucha, pero sí por el hecho de intervenir en el espacio. De transgredir el tejido del uso social normalmente dado a este espacio: en medio de un grupo de gente pasando su tarde de sábado de invierno en un centro comercial, otro grupo utilizó ese espacio para expresar una preocupación por los sucesos de las últimas semanas en la selva y la posición del gobierno. La mecánica fue simple y poco interpretativa: al grito de “mata un peruano”, alrededor de una docena de personas mezcladas entre la gente se tiraron al piso, como muertos, sosteniendo carteles de “policías” y “nativos”. Luego de un par de minutos, cada uno se levantó y se fue por su propio camino, de la misma manera que llegaron.

Pero esos dos minutos se hicieron eternos, porque nadie sabía qué hacer con eso. En sentido lacaniano, les habían destruido el orden simbólico: esto no pasa en centros comerciales, ¿cómo se debe interpretar esta experiencia? Lo más interesante, sin embargo, me parece la manera como el orden simbólico buscó rearticularse a la fuerza. La aparición de los agentes de seguridad de PSM es interesante porque su primera reacción no fue intentar sacar a las personas tiradas en el suelo. Su primera reacción fue despojarlos de los carteles que sostenían, diciendo “policía” o “nativo” indistintamente. La manera como los mecanismos del espacio buscaron suturar la ruptura del orden fue despojando la ruptura de cualquier significado transgresor. En otras palabras, el espacio privado/comercial no podía permitir su transgresión por parte de significados políticos del “mundo real” que pudieran de alguna manera coaccionar las conductas del consumo. Antes que eliminar la transgresión, hay que despojarla de significado para que se vuelva intrascendente. Sin carteles, la intervención se vuelve un grupo de locos en el piso con mucho tiempo libre. El sistema puede proseguir su existencia, el Perú avanza.

Esto me lleva inevitablemente a la pregunta: ¿tienen derecho estas personas a interrumpir la tranquila existencia de las personas en PSM un sábado por la tarde, con un mensaje de significado político? Si realmente no me interesa el problema de la selva y quiero pasar la tarde con mi enamorada, ¿tiene alguien más derecho a irrumpir en esta elección con un mensaje más allá de mi interés? Y es una pregunta sumamente complicada.

En primer lugar, es complicada porque ni siquiera nos hacemos este cuestionamiento cuando se trata de la publicidad. La legitimidad de cualquier marca para irrumpir en mi cotidianidad plantea el mismo problema, y sin embargo en ese caso ni siquiera nos detenemos a tematizarlo.

En segundo lugar, y este me parece el argumento más importante, porque el funcionamiento del espacio público está más allá de mis umbrales de comodidad. En otras palabras – tampoco es cómodo para los nativos de la selva cuando sus tierras son destinadas a la explotación de hidrocarburos, cuando comunidades son reubicadas para explotar los recursos de su subsuelo, y cosas por el estilo. Las cuestiones públicas irrumpen en nuestra cotidianidad más allá de lo que nos gustaría, nos transgreden y nos desafían, pero nos hemos hecho un poco ciegos a esta idea. Nos hemos hecho un poco ciegos a esto porque, de la misma manera como en la práctica un espacio como PSM funciona como un espacio público, hemos modelado nuestros espacios públicos a partir de la idea de espacios compartidos pero neutrales como un centro comercial. Es decir: nuestro espacio público funciona igual que un espacio privado, al punto que en él esperamos la misma ausencia de transgresiones que en el espacio privado. Hemos traducido la misma aversión a todo aquello que perturbe la lógica del consumo, en el espacio público. Aunque no haya, propiamente, consumo.

Aún, podemos complicar un poco más la ecuación cuando introducimos, además, la lógica del flash mob. Un grupo que se organiza espontáneamente, sin coordinación central, aprovechando herramientas que pone a su disposición la tecnología en línea. La convocatoria se hizo y difundió por Facebook, por medio de algunos blogs y usando Twitter. Lo singular de esto es que se trata de herramientas donde la distinción entre lo privado y lo público es, por decir lo menos, poco clara: en un espacio como Facebook, donde se ventila sin mayor reparo la intimidad, se construye también un discurso colectivo sobre asuntos públicos. Aunque no está demás preguntarse cuánto espacio queda aquí para la transgresión – es, finalmente, el mundo de Facebook con reglas claramente establecidas para su uso – parte del contrato implícito (además del explícito) de usarlo de una manera auténtica es que nuestras vidas personales incluyen la participación en temas y problemas más grandes que nosotros.

En otras palabras, si Facebook quiere que lo usemos para expresar nuestras vidas personales, tiene forzosamente que hacer un lugar para expresar cosas vinculadas a asuntos de orden público que también forman parte de nuestras vidas personales. Esto, discutible por supuesto, no es sin embargo lo más interesante. Lo que me resulta más interesante es que, si de hecho hacemos más tenue la separación entre lo privado y lo público en nuestro uso de herramientas en línea, tiene sentido que traduzcamos esa misma ambigüedad a la estructuración y el uso de los espacios en el mundo físico. Porque, finalmente, no hay una separación radical entre ambos sino que se establece una suerte de continuidad.

De allí que una generación que crece con estas condiciones plásticas, remezclables, de los espacios en los que participa, traduzca esa misma plasticidad a los espacios en el mundo físico. Esta traducción, como toda traducción, implica un radical cambio de significado: participar no significa propiamente lo mismo, y mucho menos participar significa lo mismo que lo que significaba en un contexto público/social como el de hace algunos años. Nuestra variable de participación se mide de manera diferente a como se hacía en las épocas de organizaciones y grandes convocatorias, de la misma manera como se reconfigura el espacio político y de expresión y negociación de intereses.

Pero, esto es para irlo tomando por partes. Así que paciencia :) .

Activismo

Lejos de casa por unos días, he tenido oportunidad de ver un poco más -bastante más- de televisión estadounidense, sobre todo las noticias, y es una experiencia diferente. Me sorprende, sobre todo, una contradicción extraña: que uno tras otro, pasan por televisión una serie de líderes políticos y de opinión conservadores quejándose del gobierno, de las políticas y diciendo que todo está mal, e incluso creo que aparecen más que los del otro lado. Pero justamente, el presidente escogido es mucho más liberal de lo que los comentaristas en televisión parecerían indicar. Claro, podría tratarse simplemente de un selectivismo cognitivo: simplemente presto más atención a los conservadores, resaltan más para mí, porque me molestan más.

El asunto viene al caso porque anoche, viendo el programa de Glenn Beck en Fox News -el bastión de la televisión conservadora en EEUU- caí en cuenta de una cuestión extraña. Primero un flashback a la campaña de Obama: mucho de lo que se atribuye de exitosa a la campaña radica en la capacidad que tuvo de movilizar enormes cantidades de gente, sobre todo jóvenes, para tomar un rol mucho más activo en el desarrollo de la política de su país. Esta movilización y este involucramiento tomaron muchísimas formas, desde las más tradicionales como ofrecerse como voluntarios para apoyar la campaña, hasta cosas menos convencionales y más nuevas en el uso de medios y tecnologías para reproducir y difundir más los mensajes de la campaña entre redes sociales. Entonces, lo que la campaña de Obama consiguió, y sigue consiguiendo, es activar e involucrar mucho más a personas que antes se encontraban desconectadas del proceso político, para informarse, expresarse y participar de los procesos, y en ellos radica, quizás, su propuesta más innovadora.

De vuelta a Glenn Beck. En el programa que pude ver anoche, Beck, uno de los conductores de radio y televisión conservadores más importantes por estas latitudes, estaba rodeado de una multitud de personas que habían participado de las fiestas del té organizadas la semana pasada. Para los que no las conocen, estas fiestas fueron eventos organizados por grupos conservadores y respaldadas por medios como Fox News y políticos del Partido Republicano, que hacían referencia simbólica al Boston Tea Party, cuando insurgentes continentales botaron al río el cargamento de té de los barcos ingleses, dando inicio a la Revolución Norteamericana. Estas nuevas “fiestas del té” buscan canalizar y expresar el rechazo de los sectores conservadores de la población a las políticas que está llevando adelante el gobierno de Obama con el respaldo de un congreso controlado por los demócratas, y por eso mismo hay muchos intereses poco claros detrás de ellas. Pero discutir su origen, motivo, intereses y demás no es mi punto aquí. Mi punto es la gente con la que estaba Beck.

Al principio del programa, Beck hace un repaso del grupo. La mayoría religiosa, muchos de ellos poseedores de armas, ex-militares, un grupo en general bastante conservador. El gran denominador que los unía era, sin embargo, no sólo haber participado y en muchos casos organizado estas celebraciones, sino también su desencanto y desencuentro con el propio Partido Republicano que uno habría asumido los representaría. Resultaba ser que no era éste el caso.

Ahora, pongamos este desencanto de los conservadores con la campaña de Obama: la campaña no fue exitosa, ni llevó a Obama a la Casa Blanca, porque estuviera construida sobre una base partidaria particular. Obama logró movilizar mucha gente completamente decepcionada de la política partidaria estadounidense, ofreciéndoles una plataforma de participación que prometía, además, estar más allá de las especificidadesdes del Partido Demócrata. La plataforma del cambio era justamente una que iba en contra de la misma lógica sobre la que había venido funcionando Washington. Es, en otras palabras, el mismo desencanto con la “política tradicional” y su separación de los intereses de los ciudadanos, lo que ayudó, en un caso, a alimentar la maquinaria participativa de la campaña de Obama, y en el otro a movilizar a los grupos conservadores a organizar las fiestas del té.

Allí lo que me resultó más interesante del programa de Beck. Una de sus preguntas era sobre cuántos de los asistentes se consideraban, históricamente, “activistas” -y usaba un tono particularmente peyorativo para decir esto-. Y luego, cuántos de ellos, ahora, se consideraban activistas, y también “reluctant activists“, algo así como activistas contra su voluntad. Muchos de ellos levantaron la mano en ambas categorías. He aquí lo interesante: todos ellos se habían vuelto participantes más activos, expresivos, en el proceso político para expresar su rechazo a la política de Obama. Que es, finalmente, lo que la lógica de su campaña y de su plataforma proponen finalmente, la posibilidad y el valor de que los ciudadanos no sean solamente espectadores del proceso político, sino que se involucren activamente en la defensa de sus propios intereses. De una manera extraña, y un tanto perversa, las fiestas del té organizadas en contra de Obama, son justamente ratificaciones de su lógica y de su propuesta. Allí donde antes sólo los grupos de “izquierda” (las comillas son porque la izquierda gringa es una cosa, digamos, “especial”) conseguían movilizarse y movilizar para la organización de campañas, Obama consiguió ampliar este espectro para incluir a una enorme cantidad de gente que no se sentía representada por ningún sector político existente, pero que acostumbrado a la nueva lógica mediática, quizás, encontraba necesario que sus intereses fueran escuchados. Para ello, tenía que construirse un nuevo espacio que no estuviera, al menos del todo, regido por la lógica de los partidos.

Ese primer espectro que se movilizó se amplía, ahora, para incluir a un grupo grande de activistas conservadores, quienes casi por definición no se movilizan. Son un grupo que puede, prácticamente, confiar en que el status quo será mantenido porque, finalmente, eso es lo que hace que el status quo sea lo que es. Pero ahora que esto se ve amenazado o puesto bajo cuestionamiento, ellos también encuentran la necesidad y ven el valor de movilizarse, organizarse, y articularse dentro de la plataforma participativa para que sus intereses se vean atendidos. La lógica no es, punto por punto, la misma, pero es lo suficientemente análoga como para trazar una línea que relacione todo este proceso. Entonces, al final, estos nuevos activistas conservadores se ven movilizados por la misma dinámica del aparato participativo puesto en movimiento por Obama, aunque sea para expresarse en contra de este aparato y de las políticas que está generando. Y este espacio de participación reclama, de alguna manera, espacios ideológicos más flexibles que no estén monopolizados por los partidos políticos.

Una última nota sobre esto. Y es que, muchas veces he escuchado que este tipo de participación y organización encierra un alto riesgo porque socava la democracia de partidos al generar espacios alternativos de expresión y participación política, que no se ven canalizados luego hacia el proceso partidario. El valor sería mayor, se dice, si esta misma energía e iniciativa se volcara al trabajo y la participación dentro de los partidos. El asunto es que creo que este argumento está viciado: no hay una alternativa, no es como que podemos decirle a los jóvenes que participan de estos procesos “muchachos, chévere lo que hacen, pero por favor háganlo dentro de algún partido”, porque entonces simplemente no lo harán. El que esta dinámica tenga lugar es atribuible, me parece, precisamente a que la política partidaria ya no es capaz de brindar espacios suficientemente dinámicos e interesantes como para involucrar a nuevas generaciones que están acostumbradas a que su voz sea escuchada ya, no dentro de 10 años si se toman el trabajo de operar dentro de la maquinaria del partido. No creo que debamos preservar la forma del “partido político” tal como lo conocemos solamente porque nos parece consustancial a la democracia, sino que estamos viendo tanto como los partidos tienen que rediseñarse y reconceptuarse para sobrevivir, al mismo tiempo que surgen nuevos espacios de participación política que les hacen la competencia por la energía y el apoyo de nuevos constituyentes. Así como el nuevo panorama mediático nos obliga a lidiar con un cierto desorden y confusión en la información, el nuevo panorama política nos obliga a enfrentarnos a un esquema en el que las estructuras y los canales no son tan totémicos, y los participantes reclaman nuevas maneras, más interesantes personalmente, de involucrarse.

Facebook, espacios públicos y acciones colectivas

Dándole vueltas a la reciente controversia sobre los términos de uso del Facebook, hice referencia a varias ideas en el blog de Jenna McWilliams al respecto que me pareció ilustraban muy bien el fondo del asunto. Jenna respondió de nuevo con algunas otras cosas y comentando el post en su blog quedaron un par de ideas que quiero elaborar un poco más, y quizás, espero, den para seguirlas comentando en los siguientes días.

La primera de estas ideas es en torno a cómo el ejemplo de Facebook cuadra bien dentro de una cierta nueva concepción de un capitalismo en busca de significados ulteriores. Algo de esto apunté hace poco en torno a la crisis financiera, tratando de pensarla un poco también como una crisis de significados: esperamos hoy más de los productos y servicios que consumimos que simplemente la satisfacción de demandas inmediatas. Ahora, esperamos también que nos brinden el valor simbólico/semántico que queremos incorporar dentro de la narrativa de nuestras identidades. Para que las marcas y sus productos perduren tienen que ir más allá, y deben adherirse emocionalmente a nosotros como consumidores. El asunto es que esta adhesión es un arma de doble filo para las marcas y los productos, porque en este proceso el consumidor inevitable realizará una apropiación de este valor simbólico. Si te voy a permitir incorporarte a mi narrativa de vida, digamos, será un poco en mis términos – no te estoy dando carta blanca para usarme como propaganda andante.

Facebook cambió el acuerdo cuando sugirió que todo lo que los usuarios contribuían al sitio estaba sujeto a la explotación corporativa (…). Sorprendentemente, Facebook cedió a la presión pública. No tenían por qué hacerlo; para este punto, la mayoría de usuarios de Facebook están enganchados y no se irán (…). Podemos asumir, entonces, que Zuckerberg et al. tenían la idea de que los usuarios sentían que el acuerdo había sido violado, y que el resentimiento en torno a esto pudo haber resultado en una pesadilla de relaciones públicas.

No importa, entonces, si los usuarios estaban en lo cierto en su interpretación del cambio en los términos del servicio. Lo que importa es cómo un cambio en los términos del servicio cambia el acuerdo percibido, el acuerdo entre los dueños y los usuarios de un espacio que es representado, en teoría si no necesariamente en la práctica, como uno público perteneciente a las personas que habitan allí. [Traducción mía]

Es decir que en este proceso, no se trata de la simple replicación mecánica de los slogans que el departamento de marketing del producto hayan querido que se repitan ciegamente. Entramos en una suerte de contrato, por medio del cual, la marca, el producto, deben ceder parte del control que tienen sobre sus mensajes y cedérselo al consumidor, que obviamente en este punto ya no es simplemente el consumidor únicamente pasivo que sólo recibe información. Para que esta adhesión se sienta auténtica, debo sentir que puedo ejercer algún grado de control y agencia sobre lo que está pasando. Y eso es un poco lo que ocurrió con el asunto de Facebook: el equilibrio se rompió porque los términos fueron cambiados sin que nosotros, los usuarios, tuviéramos mucha oportunidad de decir nada. El resultado final es que Facebook, un sitio privado con motivaciones estrictamente privadas, termina inevitablemente viéndose en la necesidad de comportarse en función al interés del público. La separación entre privado y público se vuelve una cuestión sumamente borrosa, a medida que los consumidores empiezan a apropiarse del significado que tienen los productos y servicios.

La segunda idea es cómo esta transformación se ve hecha posible, o por lo menos grandemente simplificada, por una reestructuración de los costos de la acción colectiva. Es decir, el capitalismo como proceso cobra significado en la medida en que puedo ejercer y exigir mi derecho a ejercer agencia sobre el valor simbólico que está en juego. Pero para yo poder hacer uso de ese derecho, requiero de una cierta masa crítica que me respaldo, o por lo menos me acompañe. Y ahora disponemos de los medios para simplificar este proceso de agregación. No sólo es más fácil tomar algún tipo de “acción” hacia algo que nos afecta, sino que también es más fácil agregar estas acciones que alguna vez habrían sido cuestiones aisladas, formando una fuerza social que crece geométricamente. Que es, además, una dinámica que se encuentra ya entretejida en nuestras acciones cotidianas. “¿Quieres decir que sólo tengo que bloggear/twittear al respecto para ayudar a que lo cambien? Qué genial, lo iba a hacer de todas maneras”.

Lo que antes habrían sido simplemente consumidores insatisfechos quejándose en privado, se transforma cuando ahora tienen la posibilidad de comunicarse entre sí. Y esto amplifica tanto más sus posibilidades de obtener una respuesta. De nuevo, la línea que separa lo privado de lo público se vuelve un poco borrosa.

El affaire Facebook y sus posibles interpretaciones

He aquí la cuestión, siguiendo el post de hace un par de días sobre el asunto con Facebook. En realidad, sólo quiero compartir algunas ideas que encontré en un blog nuevo al que me suscribí, de Jenna McWilliams. Jenna entra un poco más en profundidad en la posible relevancia que uno puede encontrar en la decisión de Facebook de revertir sus políticas, debido a la presión de sus propios usuarios. La traducción es mía:

Éste es el nuevo modelo de participación ciudadana, un tipo de activimos que pasa en gran medida desapercibido para politólogos, teóricos culturales y encuestadores, pero que ofrece un nuevo modelo de participación democrática – la lucha por la propiedad y la definición de los espacios públicos, tanto físicos como virtuales. Es difícil de identificar, aún más difícil de medir, porque está profundamente integrado con las actividades cotidianas de toda una generación cuyas vidas, identidades, y autodefinición crecientemente se extienden hacia espacios virtuales.

(…) Es un tipo de participación no fácilmente reconocida ni medida. Como hemos visto en el ejemplo de Facebook, mucho del activismo – el trabajo que tradicionalmente requería, al menos, dejar la casa y reunirse en un centro público (un centro de votación, un centro de campaña, un pequeño país africano) – sucede sin que nadie lo note, a menudo menos todavía la misma persona que participa del activismo.

(…) Esto es lo que queremos, ¿cierto? ¿Una cultura en la que la participación ciudadana esté tan transparentemente integrada en las actividades cotidianas que vienen con estar vivo que ni siquiera se siente como participación ciudadana, al menos como tradicionalmente la definimos?

Hay muy buenas ideas aquí, pero también mucho pan por rebanar. Lo más genial es que me parece que Jenna resumió muy bien el potencial del asunto desde un sentido más amplio, y también apuntó a los problemas de medición y concepto que hay de por medio. Pero uno de los problemas que me viene a la mente, también, es uno muy básico: Facebook no es un espacio público, es un espacio no sólo privado, sino cuyo sentido de fondo es, también, un sentido económico/comercial. No es que esto, de plano, sea un problema: pero, ¿cómo transforma esto nuestra idea de lo que es un espacio público? Si mañana Facebook quebrara, toda la información, toda la creación, todas las interacciones que existen en el sitio, desaparecerían. ¿El Estado benefactor, entonces, debería preservar este espacio? ¿Es un patrimonio compartido? Y por otro lado, ¿es acaso posible concebir un esfuerzo similar llevado adelante de un modo y por una motivación que no fueran privados?

No tengo respuestas claras. Mi primera intuición es, de entrada, que las separaciones, los límites y las interacciones que solemos encontrar entre sectores, privado, público, y social, se están también viendo transformadas de maneras que no habíamos anticipado. En todo caso, algo que me gusta mucho es cómo dentro de la lógica liberal donde el espacio público se ve reducido, esta dimensión comunitaria de participación encuentra la manera de reaparecer desde los mismo espacios privados que son abiertos al público. Es todo muy confuso, pero es bueno porque nunca se dice suficiente sobre el espacio público.

Nunca me ha molestado mucho el problema de la autoconciencia. Es decir, si el usuario que participa de este activismo, como señala Jenna, no es él mismo consciente de que lo hace, ¿eso es un problema? Personalmente creo que no, pero inevitablemente también lleva a preguntas sobre si esto no es, de nuevo, una forma velada de manipulación, como si simplemente se arrearan usuarios, personas, para alcanzar una masa crítica necesaria para el cumplimiento de los objetivos de alguien. El problema es que esto pone en cuestión la capacidad de agencia y de decisión de los mismos usuarios – algo que la realidad suele llevarnos a pensar, pero que me parece un mal punto de partida teórico (en todo caso, debería ser un asunto a fortalecer por el mismo proceso). Además de que presupone que hay alguien que sí sabe, un sujeto-supuesto-saber si quieren ponerse lacanianos, alguien que sí tiene objetivos y mueve a las masas para conseguirlo. ¿Posible? Por supuesto. Pero esto cierra la puerta de plano a algo que creo que aún no conocemos bien: la posibilidad de que el grupo, la comunidad, se autoorganice por mecanismo medianamente transparente para perseguir fines comunes que emergen de su interacción cotidiana. Wisdom of crowds, diría Surowiecki.

¿Seguirán habiendo blogs?

¿Por qué los hay para empezar? ¿Es que, porque la tecnología hizo posible que los hubiera, los hubo? O, más bien, ¿es que porque hubo la necesidad de un medio tal, se desarrolló la tecnología que lo permita? ¿Es lo mismo que preguntar por el huevo o la gallina? ¿Importa?

Je ne sais pas, la verdad. Por ahora es más, mucho más que divertido, ver cómo todo esto se va desenvolviendo. Tengo demasiada flojera de ponerme a buscar y linkear la historia, así que me limito a Heduardo. El asunto es que de acá a un tiempo esto de los blogs medio que viene explo/implosionando en el Perú (que es Lima, que es el Jirón del Unión, etc. – sólo a modo de ilustración, of course) y ahora se revelan más noticias en línea que las que encontramos en los periódicos. Acceso a la información, lo llaman, la posibilidad de enterarnos de cosas fuera del circuito, de estar detrás de la noticia, y es cierto, es todo muy bonito. Ahora tenemos la alternativa para contrastar como los grandes medio simplemente nos esconden y se hacen de la vista gorda de escándalos mayúsculos y problemas de fondo que simplemente no se dignan en mencionarnos.

Hasta ahí todo bien. ¿Pero cuánto durará? Es decir, ni siquiera estamos en la etapa de consolidación, sino apenas en la del lanzamiento. Y el universo blogger peruano/latinoamericano todavía no implosiona al puro estilo long tail para luego reconsolidarse al estilo technorati.

Paro un poco, aclaro las ideas. Estoy tratando de hacer poco de futurología porque no quiero, bueno sí quiero pero no así tan a la ligera, así que me resisto. Trato de buscar el significado de todo esto. Claramente, nuestra estructura conocida de medios no deja espacio para nada, y pareciera que todo estuviera horriblemente comprado. Los blogs son una alternativa a ese espacio y vienen creando una posibilidad desconocida. Trastabillando, además, porque no queda del todo claro cuál es su rol o su función ni cuáles son sus prerrogativas. Problemático, pero en fin, así lo es toda transición. Mi pregunta es si realmente estamos transicionando, y si lo estamos haciendo, hacia qué.

Lo digo por una visión quizás un tanto idealizada de que una transición tal debería realmente explosionar en una lluvia de “opinión pública” o como quieran llamarla, de participación, involucramiento. Sé que estoy poniendo la valla muy alta, y sé que no es negable el impacto y relevancia que tuvieron campañas como la de adoptar a un congresista – de hecho, me parecen logros geniales, rescatables y celebrables. Mi preocupación es, más bien, cuántos nuevos blogs se crearon después de eso, y de ellos, cuántos sobrevivieron. ¿Cuánta gente más descubrió en ese proceso que estaba legitimada, también, a expresar su opinión abiertamente? ¿Qué herramientas se brindaron, en ese proceso, para que más gente pudiera hacerlo, y de una mejor manera? Por mejor quiero decir mejor informada, con mayor responsabilidad, con mayor apertura. ¿Cómo se capitalizó este movimiento hacia una rearticulación, un fortalecimiento del espacio público?

Sueno horrible. Lo sé. No estoy diciendo que no haya pasado nada, o que haya pasado mal. Estoy diciendo que una vez que ya tuvimos esto, hay que pensar en next steps. En involucrar más gente. En construir ciudadanía crítica, en habilitar espacios públicos, diálogos reales, discusión. Esas cosas ideales de las que hablan los filósofos. Y me pregunto todo esto porque hay que preguntar también qué rol cumplirán allí los blogs, los medios tradicionales, los canales de YouTube, los twitter feeds, las actualizaciones en Facebook, y demás. Encerrar el contenido es ya una idea un poco estúpida: la información quiere ser libre, como dice el conocido dictum hacker. Portabilidad, compatibilidad, apertura. ¿Puedo llevar una noticia, un bloque de contenido, de una plataforma a otra, libremente? ¿Remixearlo, comentarlo, reconstruirlo?

No es sólo la posibilida técnica de hacerlo. Es también la psicológica. ¿Sentimos que podemos? ¿Que podemos desarmar y reconstruir el mundo de las ideas a lo que nos venga en gana? ¿Y que estamos tan legitimados para compartirlo como cualquier otro?

Tenemos los medios para construir las plataformas, creo que sí. Para conectarlas, para que la cosa fluya, para generar articulaciones. Podemos habilitar los espacios, pero aún no manejamos bien cómo involucrar a la gente. Aún dentro de todo el cambio no podemos perder de vista que, en el fondo, conceptualmente seguimos manejando un poco, quizás ya no tanto, pero definitivamente un poco aún, los mismos paradigmas con los mismos problemas de fondo. Es algo que podremos ir desarmando y reconstruyendo con el tiempo, y me encanta la idea, así como me encanta que sólo con la apertura que hemos visto en los últimos meses, en el último año, es que ahora podemos pensar con un poco más de claridad preguntas de este tipo. Preguntas respecto al panorama de los próximos meses, los próximos años, que son, me parece, cada vez más urgentes. Petroaudios. Atentados contra la fiscal de la nación. Persecusión a periodistas. Corrupción. Violación a los derechos humanos. No nos faltan problemas a los cuales buscarles respuestas interesantes.

Por supuesto, toda esta verborrea descontrolada es sólo para cerrar el ciclo “vacacional”. Y que hay muchas ideas en cola que todavía sigo tratando de poner algún contexto, y que bueno, hay mucho por hacer. Felizmente.

Nunca se dice suficiente sobre el espacio público

Estoy pasando unos días en Ciudad de México, pero inevitablemente sigo conectado a las noticias peruanas vía el buen Google Reader. Es inevitable que uno empiece a pensar en contrastes, similitudes, semejanzas y diferencias. Lo que más me ha preocupado en los últimos días es esta tendencia preocupante de parte de nuestro querido gobierno de eliminar cualquier noción de lo público en el Perú. Es curioso, no sé, definitivamente no puedo decir que conozco el caso mexicano, pero en la puerta veo un gran paseo en el centro de una avenida que se prolonga hasta el horizonte y conecta con otros tantos similares, y en él encuentro un mercadito, puestos de venta, una feria del libro, árboles, fuentes. Muy bonito para pasear.

Todo este asunto de vender terrenos del Estado, de remodelar la Costa Verde, de destruir nuestras avenidas, en fin. Todo encaja dentro de una lógica bastante perversa, que es la lógica de que todos los espacios en el Perú pasan poco a poco a ser espacios privados. Más aún: muchos de estos espacios pasan a ser espacios mediados por el consumo. Lima nunca ha sido un lugar lleno de espacios públicos, espacios donde poder estar – pero si uno quiere, por ejemplo, sentarse cómodamente a conversar con amigos, pues tiene que ir a un café, un restaurante, algo así, un lugar en el cual tiene que directa o indirectamente pagar para poder permanecer.

El problema de no tener espacios públicos es que eso genera que no haya un discurso público. Todo tipo de discurso, reflexión, conversación termina ocurriendo en espacios privados: en ámbitos cerrados, donde no está bajo la atención del público. Quizás esto termina también reforzando la idea de puertas cerradas que tanto tiene que ver con el problema de la corrupción. Simplemente no desarrollamos una costumbres de sacar las cosas a la calle, porque la calle no es un lugar en el que somos bienvenidos ni que entendemos como propio, como apropiable. La calle no es de nadie, o es del Estado, pero el estado es Otro, es ajeno, porque el Estado tampoco es público, el Estado es del gobierno, de los políticos. La lógica termina replicándose a través de todo el aparato, y soy de la idea de que empieza desde las cuestiones más simples y termina replicándose hacia arriba.

Entonces, ahora se venden ministerios y se privatizan espacios públicos y se perjudican funciones fundamentales del Estado como si fuera una cuestión normal. Maximizar el valor de los bienes del Estado, se dice. Pero el Estado no está ahí para maximizar nada. Osea, claro, el Estado tiene que ser eficiente en el gasto y en su gestión, tener objetivos claros y cumplirlos de manera efectiva. Pero no es una empresa y no tiene por qué ser administrado como una empresa. El Estado no es una entidad privada. Por eso tenemos parques: claro, podríamos privatizarlos todos y construir miles de edificios, pero la vida sería horrible, rodeados de edificios. Esos mismos edificios no valdrían nada.

Soy de la nada modesta y sumamente abstracta y desiderativa idea de que el Estado debería ser algo así como el espacio que se asegurade que seamos felices. Por supuesto que es una idea idiota e irrealizable, pero me sirve como un horizonte regulativo: pienso en los espacios públicos, en el Estado, como si estuvieran al servicio de hacer a la población más feliz. No diciéndoles como deben ser felices, pero brindando las posibilidades y las herramientas para que cada uno pueda más o menos encontrar su manera de ser feliz, y sea capaz de publicarla y compartirla.

Preservar espacios públicos obedece a esa lógica: son espacios de intercambio, de formación de ideas, donde pueden surgir desde nuevas empresas hasta nuevos sistemas políticos. Por eso la idea del espacio público es peligrosa, subversiva, y termina siendo perseguida y eliminada: allí donde los haya habrá también la posibilidad de un espacio cuyo uso no está plenamente regulado y reglamentado – surge la disidencia, el librepensamiento, cuestiones que son peligrosas y problemáticas para los gobiernos de turno y para intereses económicos. De allí que tenga todo el sentido que esos intereses económicos y gobiernos de turno hagan un esfuerzo especial por neutralizar la posibilidad de que un espacio público bien nutrido cobre forma.

Yo estaré entre los primeros en decir que Internet y la web son un espacio público potencial gigantesco – y es cierto, pero sigue siendo un espacio en gran medida privado, y sumamente regulado. Lo será algún día, lo es para mucho, pero por su potencial y relevancia no le quitemos tampoco la importancia a espacios públicos que sean propiamente espaciales: espacios por los que uno pueda caminar. Porque no sólo no los tomamos mucho en cuenta, sino que mientras no lo hacemos, hay todo un aparato dedicado a hacernos pensar que no debemos necesitarlos y que debemos eliminarlos. Freedom is Slavery. Ignorance is Strength.