Circuitos de desinformación

Hay tantas lecciones que sacar del pequeño escándalo que circuló en Lima el último par de días respecto a Taxi Satelital, que vale la pena tomarme un café y tratar de desmenuzar el asunto.

El escandalete

Taxi Satelital es una empresa que brinda el servicio de taxis en Lima pedidos por teléfono, que llegan entre 10 y 15 minutos luego de llamarlos y por la conveniencia y por brindar un poco más de seguridad que un taxi de la calle, son también más caros. Dentro de todo mi experiencia personal con ellos ha sido buena, y nunca he tenido problemas. Hace un par de días empezó a circular por Facebook y Twitter una denuncia de una chica que afirmaba haber sido drogada, secuestrada por tres horas y finalmente robada en un taxi que pidió a dicha empresa:

La denuncia empezó a circular furiosamente porque la empresa se ha vuelto enormemente popular por la facilidad del servicio, pero lo extraño era que la denuncia se sostenía sobre sí misma. No había mayor ampliación, cobertura o información más que dada por la misma persona que denunciaba. Pero hoy, hace un rato, en el programa de Rosa María Palacios salió toda la evidencia abrumadora que en gran medida desmentía la denuncia:

Aunque es posible que esto aún pueda seguir girando y ampliándose, en realidad la evidencia me parece hasta ahora bastante decisiva. Pero en todo caso, no es tampoco lo que me llamó más la atención.

Circuitos de desinformación

Lo fascinante de esto es en primer lugar la velocidad con la que se difundió la información sin mayor reparo en su contenido o veracidad. Esto es, claro, sólo un ejemplo de una larga lista: es también así como todos los días matan a alguien en Twitter para ser desmentido horas o minutos después. De la misma manera, la gente empezó a retuitear y compartir la información una y otra vez, con pocas preguntas de por medio al respecto de lo que estaba siendo recirculado.

Los circuitos de información que hemos construido no están diseñados para observar ningún tipo de criterio de veracidad. Los que solíamos utilizar sí, quizás, tenían incluidos una serie de filtros para asegurar la calidad de la información que circulaba: periodistas, editores, fuentes, formación profesional, filtros monetarios, licitaciones de espectro radioeléctrico, etc. Pero los nuevos a los que tenemos acceso ahora carecen de todos los filtros con los que habíamos aprendido a convivir.

El resultado es que el circuito de información es exactamente igual de eficiente para convertirse en un circuito de desinformación. Y como se solía decir sobre el software de Microsoft, “it’s not a bug, it’s a feature“: esto sólo se puede entender como un problema cuando se le observa desde el punto de vista de los circuitos anteriores y sus filtros. Lo que ganamos con capacidad comunicacional y expresiva viene con el trade-off de que obviamos los filtros de calidad y nos encontramos potencialmente rodeados de desinformación en cualquier momento dado. El problema, entonces, pasa a ser otro: que al hacer uso de estos nuevos circuitos lo hagamos como si fueran los viejos circuitos. El problema es cuando dejamos de suponer que nada viene con ninguna garantía y que cualquier filtro de calidad termina siendo una responsabilidad personal.

Verosimilitud vs. certeza

¿Por qué consigue este tipo de información difundirse así? ¿Por qué le hacemos caso? ¿Qué es lo que deberíamos observar frente a la información que recibimos o encontramos en línea?

Pues hay dos cosas a tener en cuenta. La primera es que es importante una buena dosis de sano escepticismo. Sólo porque algo está online, no quiere decir que sea verdad – sólo quiere decir que está online (dicho sea de paso, lo mismo aplica en mayor o menor medida a cualquier información en cualquier otro medio). De modo que tenemos que hacernos mucho más fuerte el hábito de dar un paso atrás e interpelar a la información cuando la consumimos, hacerle preguntas, indagar sobre sus fuentes, etc.: ¿Quién publica esto? ¿De dónde sabe lo que dice? ¿Por qué lo hace? ¿Qué ha publicado en el pasado, y qué pasó con eso? En el fondo es muy simple: si en verdad no puedes tener ni mediana claridad respecto a este tipo de preguntar sobre cualquier cosa, ¿entonces por qué lo compartirías? Al final, todo lo que publicas en tu muro de Facebook o tu feed de Twitter dice inevitablemente algo sobre ti. Si publicas consistentemente información falsa, sin verificar o cuestionable (por ejemplo, si sigues publicando links sobre el apocalipsis maya) terminas poniéndote entre paréntesis como fuente de información. Es un poco como Pedro y el lobo, digamos, pero sin el final de fábula: simplemente te dejo de seguir o, por lo menos, te dejo de hacer caso.

La segunda es el estatuto epistemológico de la información que consumimos todo el tiempo, cada vez más rápido. ¿Qué es lo que evaluamos cuando leemos este tipo de noticias en la web? Claramente no estamos evaluando la certeza de la información que encontramos, porque no podemos: yo no puedo verificar todas las fuentes, la data, la información, para todo lo que leo. De modo que debemos suponer de entrada que no tenemos certeza en estos casos. Lo más que podemos decir en estos casos es que la información nos parece verosímil: si asumimos que las premisas son verdaderas entonces la conclusión tendría que ser verdadera también, y atribuimos esa verdad transitoria a cosas como el registro histórico de la fuente o la persona. No podemos decir mucho más al respecto. Y tampoco deberíamos esperar mucho más sobre lo que leemos o vemos: la información que circula activamente no lo hace en función a su valor de verdad o certeza (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser realmente cierto”), sino en su capacidad de verosimilitud (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser que muchos consideran que realmente podría haber pasado”). Diferencias sutiles pero epistemológicamente importantes.

¿Pero por qué era verosímil? El problema de los taxis en Lima

Lo triste de todo esto está en el contenido mismo de la denuncia: la persona afirmaba haber sido drogada, secuestrada y robada en un taxi. Y todos los que lo vimos, sabiendo lo que sabemos sobre los taxis en Lima, consideramos que era una posibilidad verosímil: esto realmente podría haber pasado, aún si la manera como está presentado me hace tener dudas al respecto.

No creo ser el único que piense que esto es terrible. Uno no debería tener miedo de tomar un taxi y ser drogado, secuestrado y robado, por muy grande y caótica que sea la ciudad en la que uno vive. Eso está mal, y está doblemente mal porque no debería ser tan difícil de evitar, y triplemente mal porque no se me ocurre que nadie pudiera razonablemente oponerse o resistirse a un esfuerzo de este tipo.

Tanto la inseguridad como el caos del transporte en Lima están en niveles absolutamente sin precedentes. Y es inevitable que eso nos tenga a todos un poco alborotados, al punto en el cual una denuncia de este tipo es inmediatamente verosímil y nos lleva a rebotarla lo más rápido posible como precaución (un poco en la onda dispara primero, haz preguntas después). Sin embargo, no parece que nos lleve a la cuestión de fondo de por qué esto se hace verosímil:

  • ¿Por qué Lima no tiene un registro de taxis y taxistas oficial, centralizado, actualizado, que se pueda efectivamente hacer cumplir?
  • ¿Por qué sigue siendo posible que en una ciudad de la magnitud de Lima, y con sus problemas, uno pueda volverse taxista comprándose un cartel de taxi y poniéndolo sobre su auto?
  • ¿Por qué, como ciudadanos y pasajeros, seguimos tolerando un sistema que perjudica a todas las partes, no brinda ninguna garantía y genera una enorme inseguridad?
  • ¿Por qué no hay un código mínimo de derechos y responsabilidades tanto de taxistas como de pasajeros?

No me parece que uno tenga que irse a Suiza para implementar cosas como ésta. No puede ser que cualquier pueda ser taxista porque se le ocurrió, o por lo menos, no es aceptable cuando eso genera los efectos negativos que tenemos: que un taxi pueda robarte, que genere un exceso de oferta que se trae abajo el precio y que además genere un exceso de tráfico. Nos hemos acostumbrado a cosas como negociar la tarifa en medio de la calle, a viajar en autos en mal estado, o incluso vehículos que tienen una jaula instalada para proteger al conductor, que tampoco puede saber si el pasajero lo asaltará o no. Nos hemos acostumbrado a revisar la maletera para ver que no haya nadie escondido, a bajar la luna para que no nos puedan “drogar con algo”, y a escuchar que “no, para allá no voy” como si fueran cosas normales. Y en realidad el único beneficio que se me ocurre es que, a cambio de todo eso, los taxis en Lima son ridículamente baratos.

Me resulta difícil pensar que alguien pueda estar contento con el estado actual de las cosas, una situación tan precarizada que cuando nos encontramos como una denuncia como la de arriba, consideramos que es posible y nuestra respuesta no es indagar ni resolver el problema de fondo, sino tachar a la empresa y buscar otra. Pero éste es un problema donde ni siquiera se necesita implementar infraestructura pesada, sino tan sólo establecer mejores controles y sistemas de información, al menos como primer paso. Como para dejar de entrar en pánico cada vez que tu taxi dobla por una esquina que no conoces.

Teoría provisional, o la Minimum Viable Theory

Hace poco terminé de leer The Lean Startup, el libro de Eric Ries que está en cierta medida alimentando un movimiento y una cultura sobre cómo gestionar el trabajo que hace un start-up – una organización que quiere introducir un nuevo producto, servicio o modelo en el mercado la sociedad. Soy intencionalmente genérico en esta descripción porque Ries abre el espacio del start-up mucho más allá de sólo empresas, o sólo servicios tecnológicos, y juega con una definición mucho más amplia para el start-up:

A startup is a human institution designed to deliver a new product or service under conditions of extreme uncertainty.

De modo que esto puede aplicarse a múltiples tipos de organizaciones o grupos, con diferentes propósitos, mientras que su objetivo común sea la introducción de algo nuevo al mundo y sus condiciones operativas sean de extrema incertidumbre. La metodología del lean startup, entonces, debería servir a la gestión de cualquier iniciativa que exhiba estas características.

El propio Ries sintetiza el núcleo de esta metodología en esta presentación del 2010 en el Web 2.0 Expo:

Ayer venía a casa caminando y empecé a darle más vueltas al asunto, pero intentando traducir estas categorías y herramientas a la labor teórica y a las diferentes maneras de realizar trabajo teórico que hoy en día se están volviendo tanto posibles como necesarias. Solía ser el caso de que la teoría era algo confinado a unos ciertos ámbitos – principalmente académicos – y construido de una cierta manera arquitectónica, lo cual encerraba además supuestos ontológicos, epistemológicos y éticos de ninguna manera triviales. Y solía ser el caso también de que estas construcciones respondían a condiciones estructurales: los recursos para la investigación y el trabajo teórico eran de difícil acceso y por ello era necesario concentrarlos físicamente para reducir costos e incrementar la eficiencia, y los problemas explorados y desarrollados se movían a una velocidad y un ritmo que les permitía comprometerse a resultados y mantener relevancia durante largos periodos de tiempo.

Parto de una observación simple, y por supuesto, cuestionable: que estas condiciones estructurales que afianzaban el edificio del trabajo teórico se han venido abajo. Por un lado, ya no es cierto que los recursos necesarios para realizar investigaciones y construir modelos teóricos deban concentrarse por temas de eficiencia y acceso, porque la tecnología disponible nos permite nuevas alternativas (no equivalentes ni mejores, simplemente nuevas). Por otro lado, aparecen hoy objetos y temas de estudio cuya naturaleza rápidamente cambiante y difícil de abarcar desafía nuestras nociones tradicionales de teoría, pero no por ello requieren de menor comprensión de nuestra parte. Que nosotros estemos acostumbrados a hacer teoría de una cierta manera, no quiere decir que Internet o la economía se van a mover más lento como para que captemos con “claridad y distinción” lo que está ocurriendo. Simplemente quiere decir que nuestros modelos se vuelven bastante menos efectivos, en gran medida porque terminan siendo obsoletos incluso antes de ser terminados. Alejandro Piscitelli, presentando el libro Facebook es el mensaje de Clara Ciuffoli y Guadalupe López, lo pone de esta manera:

Si hace un tiempo decíamos que en la red un año son 7 del mundo real, quizás ahora deberíamos hablar de 12 o 14 años. Lo cierto es que el presente de hoy difiere tanto del presente de 1 año o 2 atrás, para no decir de 10 años o 20 (cuando nació la web), que resulta casi imposible sacar fotos de este flujo incesante de experiencias, plataformas, realineamientos y en definitiva de diseño multivariado de experiencias.

Pero el valor de nuestra comprensión de estos fenómenos no ha disminuido. En el caso de la tecnología, nuestra capacidad para comprender y explicar los efectos sociales de nuevos fenómenos emergentes es lo que marca la diferencia entre que la tecnología haga cosas con nosotros, y que nosotros hagamos cosas con la tecnología (no como herramienta, sino más bien como colaboración). Nuestra capacidad para formular rápida, efectiva y eficientemente modelos teóricos para explicar nuevas fenomenologías se convierte en una capacidad de primordial importancia para nuestra adaptación cultural: en otras palabras, nuestra capacidad para hacer teoría bajo condiciones de extrema incertidumbre.

La Minimum Viable Theory

Uno de los elementos de la metodología lean startup de Ries es el Minimum Viable Product (MVP), o producto mínimamente viable. El objetivo de formular un MVP es implementar un producto funcional que pueda ser llevado al mercado lo antes posible, para evaluar las hipótesis sobre el mercado, el consumidor y el producto que un start-up ha formulado al empezar su proceso de diseño. Es diferente a un prototipo, en tanto un prototipo está destinado sola o principalmente a evaluar la funcionalidad de un producto y que de hecho pueda hacer lo que se espera que haga. El MVP, más bien, busca evaluar la viabilidad de todo un modelo de negocios: no sólo la funcionalidad de un producto o servicio, sino su capacidad para ingresar al mercado y cumplir, aunque sea mínimamente, con sus objetivos propuestos.

Si utilizamos el MVP como base para un analogía respecto a la formulación de modelos teóricos, podríamos pensar en una Minimum Viable Theory (MVT), o teoría mínimamente viable, como la base de la concepción de una teoría provisional que nos permite comprender fenómenos bajo condiciones de extrema incertidumbre.

Pero es importante tener en cuenta que una MVT tiene objetivos epistemológicos muy diferentes a la manera como solemos entender la theoría. En primer lugar, porque su objetivos principal no es alcanzar la certidumbre, sino minimizar la incertidumbre: a través del ensayo y error, una MVT evalúa y descarta rápidamente diferentes hipótesis para restringir el alcance y la viabilidad de su modelo, y para reducir el espacio del error, pero sin la pretensión de que todas sus explicaciones sean por eso verdaderas o certeras. Es un modelo, en todo caso, probabilístico: al reducir el margen de error aumenta la proporción de afirmaciones y explicaciones correctas, pero no por eso alcanza una descripción o definición última ni absoluta de aquello que busca explicar.

Además, y en la misma línea, los valores sobre los que se formula una MVT son diferentes a los tradicionalmente aceptados para el trabajo teórico, y es importante tener eso presente. Si una teoría está destinada principalmente a buscar certidumbre y claridad, y para ello se somete a un pormenorizado y largo proceso de evaluación cuidadosa de evidencia, fuentes y referencias como aquel que distingue al trabajo académico, una MVT está enfocada más bien en construir un modelo eficaz (consigue presentar explicaciones para aquello que pretende explicar), eficiente (lo hace sin multiplicar innecesariamente los entes) y efectivo (presenta explicaciones que podemos utilizar posteriormente para orientar otras teorías, acciones e iniciativas) aún a expensas de un proceso comparativamente menos pulcro.

Si un modelo teórico se ha distinguido tradicionalmente por su capacidad popperiana para la falseabilidad – la búsqueda de evidencia que falsee el modelo para probar su validez – una MVT se comporta de la manera contraria. Lo cual no quiere decir que opere por eso de manera ingenua, falaz o exagerando sus propios alcances, sino simplemente que una MVT busca ser útil antes que verdadera. Esto por la simple razón de que una MVT, en tanto teoría provisional, encierra la idea de que será rápidamente reemplazada cuando aquello que pretende explicar cambie tan radicalmente que sus explicaciones ya no encuentren asidero. La MVT es teoría rápida, interconectada y hasta cierto punto descartable, que nos brinda conocimiento operativo sobre fenómenos nuevos que nos afectan y a través de ese conocimiento nos permite tomar decisiones e iniciar acciones.

¿Por qué sería necesaria una MVT?

Por tres razones. En primer lugar, como intenté explicar antes, porque hoy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.

En segundo lugar, porque el agotamiento institucional y económico de ciertos modelos tradicionales de investigación está haciendo evidente la necesidad de alternativas. Las instituciones de educación superior y nuestro modelo educativo industrial en general esté enfrentándose a desafíos estructurales que están desafiando su propia supervivencia, y la creciente disponibilidad de información está posibilidad que se haga trabajo de investigación y construcción de modelos teóricos fuera de los claustros universitarios. Una MVT es un modelo que potencialmente podría funcionar fuera de los espacios tradicionales, pero que al mismo tiempo nos haga conscientes de aquello que estamos dejando sobre la mesa, los diferentes enfoques, valores y objetivos que se tiene frente al trabajo teórico tradicional.

En tercer lugar, porque los modelos teóricos tradicional no se distinguen por ser accionables (actionable, un poco difícil de traducir, pero básicamente queriendo decir que no son “orientados a la acción”). Mucho se ha escrito en múltiples contextos sobre como toda teoría tiene algo de praxis y toda praxis encierra una teoría, pero eso no quiere decir que los modelos teóricos que construimos estén diseñados para permitir y facilitar tomas de decisión, construcción de iniciativas e inicio de acciones. La MVT, en cambio, responde a propósitos mucho más claramente pragmáticos y operativos: implica construir modelos teóricos que nos sirvan para orientar la acción, de modo que son intrínsecamente mucho más orientados a la acción.

¿Y qué pasa con las otras formas de teoría?

Nada, realmente. Que haya espacio y necesidad para una MVT no quiere decir que la MVT llene todos los espacios y satisfaga todas las necesidades, o que no haya lugar para modelos y conductas teóricas que respondan a otros valores y objetivos. De hecho, prefiero pensar que es en realidad todo lo contrario: la posibilidad de una MVT como alternativa reafirma el valor, sentido y utilidad de otras formas de hacer teoría, tanto conocidas como por conocer.

BTR: Marx, la ciencia y la ideología

[Parte de mi proyecto Back To Roots]

El problema de la relación entre ciencia e ideología en Marx es uno de los que me resultan más interesantes, si no el más interesante, personalmente. Y es también uno de los problemas teóricos que más problemas prácticos genera, porque de la epistemología que se encuentra detrás del marxismo se desprenden muchas de las pretensiones de legitimidad de su acción práctica. Puesto bien esquemáticamente, Marx considera que lo que él hace es ciencia, mientras que lo que todos los demás hacen se ideología. La diferencia radica en la separación entre la infraestructura económica, y la supraestructura ideológica: la primera está conformada por el aparato productivo de una sociedad, y las relaciones sociales que se construyen para manejar ese aparato. Por ser lo que Marx considera la base material de la sociedad, es a partir de allí desde donde se determina el contenido de la supraestructura ideológica, el ámbito de lo religioso, lo jurídico, lo político, lo cultural, lo filosófico, y demás. En otras palabras: toda aquella teoría que se instale en el ámbito de lo materialmente efectivo, de lo medible, es decir, en el ámbito de lo económico, podrá considerarse como ciencia, mientras que toda teoría que se instale, más bien, en el orden de todo aquello que deriva de la economía, no podrá ser sino ideología.

De allí que la principal crítica de Marx a los neohegelianos de izquierda sea que antepongan los productos de la consciencia a la base material de la sociedad. Como señala en La ideología alemana, para distinguirse de ellos:

Las premisas de que partimos no tienen nada arbitrario, no son ninguna clase de dogmas, sino premisas reales, de las que sólo es posible abstraerse en la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con que se han encontrado como las engendradas por su propia acción. Estas premisas pueden comprobarse, consiguientemente, por la vía puramente empírica.

A partir de esta pretensión epistemológica se puede entender por qué Marx se considera aún como un pensador de la modernidad: en el fondo, Marx considera que con el método adecuado se puede penetrar profundamente en el núcleo mismo de lo real, que es en este caso la manera como una sociedad produce. Desde ese núcleo de lo real puede denunciarse científicamente que toda forma que no se derive de ese núcleo, es una forma ilusoria, un engaño. Desde la infraestructura económica se hace ciencia; cualquier otra cosa no es más que ideología, y por tanto, la ideología no puede ser sino un enmascaramiento de la realidad, una legimitación del orden establecido que se juega estrictamente en el plano de lo económico y lo productivo.

Mi problema con este problema deriva, por supuesto, de la crítica filosófica del siglo XX a estos grandes sistemas totalizantes que pretenden tener la llave para alcanzar el núcleo íntimo de la realidad. Sin entrar mucho en detalle, se trata de preguntar, ¿por qué? ¿Qué hace que este punto de vista sea el privilegiado, y no otro? ¿Qué hace que este punto de vista, históricamente constituido como cualquier otro, tenga la facultad de alzarse por encima de lo históricamente constituido? Y la verdad es que no encuentro, realmente, el asidero a partir del cual esto pueda sustentarse. Esto no es trivial, porque de esto se desprende para el marxismo la posibilidad de denunciar en cualquier otra forma teórica o práctica el estar engañados y no ver la realidad como realmente es. Pero, si lo analizamos hasta el fondo, el marxismo mismo tampoco tiene el fundamento para decir que conoce la realidad como realmente es, pues su perspectiva es, también, un producto de la historia, y no de la iluminación divina espontáneamente brillando sobre el buen Karl.

De lo cual se desprenden, me parece, dos conclusiones igualmente interesantes. La primera es que el marxismo no es ciencia. Y eso es bueno. Porque significa que como tal, es un pensamiento mucho más móvil, mucho más dinámico y mucho más prometedor que si intentamos congelarlo bajo el estandarte de la ciencia, y ni siquiera de cualquier ciencia, sino de la ciencia decimonónica, positivista de su época. Es decir, reconocer que el marxismo no es ciencia, sino otra cosa (cualquiera que sea esta otra cosa) permite descartar una serie de críticas y dejar de lado una serie de problemas que buscan reconciliar internamente la teoría marxista de tal modo que cuadre perfectamente, que sea lo suficientemente consistente como para ser denominado ciencia. Y coincido (creo que es con Popper, si mal no recuerdo) en que el marxismo es tanto ciencia como lo es el psicoanálisis – es decir, que ninguno realmente lo sea. Sólo que no creo que eso sea un problema: creer que lo es sería, de nuevo, medir las teorías bajo la valla del cientificismo propio del siglo XIX que, me parece, podemos cómodamente dejar atrás.

Lo segundo sería que, entonces, caería bajo su propia concepción de la ideología. Lo cual nos permite reivindicar el ámbito de lo ideológico como uno mucho más interesante y rico de lo que Marx le otorgaba. Porque, para empezar, nos permite reconocer que no hay construcción teórica o práctica que pueda suscribirse plenamente de lo ideológico, y nos plantea también que la relación entre infraestructura económica y supraestructura ideológica (términos que se vuelven un tanto obsoletos) se vuelve algo un poco más complejo. La Escuela de Frankfurt en los años 20 y 30 empezará a considerar, por ejemplo, que la relación entre ambas dimensiones es más bien dialógica, lo cual guarda también relación con el trabajo de Max Weber a principios de siglo. El marxismo ortodoxo, en cambio, optará por continuar la defensa de la separación rígida entre ciencia e ideología, en parte por una cuestión de consistencia teórica y en otra parte por una cuestión de consistencia política.

Esto ha hecho, también, que el espacio de exploración del terreno ideológico se vuelva mucho más rico en las últimas décadas, con resultados mejores y peores. Quiero seguir volviendo sobre este tema, pero quiero compartir dos nociones sobre la ideología que me resultan sumamente sugerentes. La primera es la del filósofo pragmatista estadounidense Richard Rorty, quien en el peor de los casos considera la categoría de lo ideológico como innecesaria, y en el mejor como necesitada de reformulación. En su artículo Feminismo, ideología y deconstrucción: una perspectiva pragmatista, Rorty señala sobre la ideología:

Este representacionalismo no concuerda ni con la insistencia pragmatista en que la verdad no es una cuestión de correspondencia con la naturaleza intrínseca de la realidad, ni con el rechazo deconstruccionista de lo que Derrida llama “la metafísica de la presencia”. Los pragmatistas y los deconstruccionistas están de acuerdo en que todo es un constructo social, y que no tiene objeto intentar distinguir entre lo “natural” y lo “meramente” cultural. Están de acuerdo en que la cuestión es qué constructos sociales desechar y cuáles mantener, y en que carece de sentido apelar al “modo en que las cosas son realmente” durante las luchas alrededor de quién consigue construir una cosa u otra.

La otra perspectiva que me parece sumamente ilustrativa sobre el sentido que se le puede dar a la noción de ideología es presentada por Jon Elster (haciendo referencia a Douglas North), un heredero contemporáneo del marxismo que ha buscado por muchos caminos su actualización, en su libro Ulises y las sirenas:

Aquí sólo mencionaré el argumento de Douglas North en el sentido de que una ideología es “un modo de economizar los costos de información y por consiguiente es en general una respuesta racional”, porque nos ahorra la molestia de evaluar cada situación por separado y sobre sus propios méritos.

No creo que el ámbito de lo ideológico se reduzca a eso, pero me parece una perspectiva sumamente interesante para entender la función que cumple la ideología en nuestras vidas cotidianas, así como la manera como podemos tener acceso a la re-construcción de esta categoría más bien abstracta. No podemos ver la ideología; sólo podemos ver sus prácticas cotidianas manifiestas, y a partir de ellas re-construir lo que podría ser una descripción convincente de una construcción ideológica. El camino tiene un poco el mismo sentido de ida y vuelta: intentar dar cuenta a partir de las decisiones que tomamos de los mecanismos que operan cuando tomamos decisiones. El sentido, si queremos ampliarnos un poco más allá, alcanza la misma manera como le damos sentido a nuestras vidas para orientar el curso de estas decisiones. Pero esto ya es ponernos demasiado existencialistas para este momento.