Necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento

Está de moda, especialmente que ahora a nivel global la nueva carrera armamentista es la de tener tu propio Silicon Valley en el patio trasero, impulsar con fuerza la retórica del emprendimiento, la creatividad y la innovación. La idea es que si podemos conseguir que más personas se dediquen a generar nuevos productos, servicios y modelos de negocios innovadores, no solo creamos fuentes de trabajo sino que al mismo tiempo diversificamos la base productiva de una economía, y la volvemos más resiliente.

Y todo está bien con eso. Pero en muchos casos – no en todos, por supuesto – estamos perdiendo la perspectiva de cómo hacer las cosas bien. En el contexto peruano, a pesar de que tenemos una tendencia a sobrepromocionarnos como creativos y emprendedores, me parece mucho más cierto reconocer que tenemos una cultura altamente aversa al riesgo. La gente que ha tendido a emprender proyectos en el Perú lo ha hecho más por un tema de necesidad que por un tema de auténtico interés, y aunque solemos resaltar un número reducido de casos de éxito de emprendedores que emergen contra todo pronóstico como modelos a seguir, nunca escuchamos sobre todos aquellos que no lo lograron y se quedaron en el camino y que muy probablemente representan la mayoría del conjunto que intenta emprender un proyecto.

Ojo que no quiero decir con esto que uno no deba emprender proyectos. Solo que el emprendimiento como imperativo en nuestro contexto es peligroso y puede terminar siendo contraproducente. Los elementos que hacen que un ecosistema emprendedor sea saludable y sostenible a lo largo del tiempo van más allá de solamente las ideas, la energía y la determinación. Hay variables sumamente importantes como el acceso a talento calificado, el acceso a fuentes de financiamiento favorables, la disponibilidad de un marco legal flexible y amigable, y sobre todo la cultura que permita que la gente asuma riesgos con una cierta red de seguridad y confianza que haga que el fracaso de un proyecto sea reciclado rápidamente por el resto de la comunidad. Un ecosistema emprendedor no se construye a partir de muchas ganas y buena vibra, y me preocupa que en muchos casos hay personas que están empezando proyectos sobre la idea de que es así, y minimizando o dejando de considerar riesgos importantes que van a terminar afectando la sostenibilidad de sus proyectos.

Por eso necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento, que reconozca tanto lo positivo como lo negativo y sea transparente y realista respecto a los riesgos involucrados. Si promovemos con gente joven la idea de que es bueno emprender porque “no tienes nada que perder”, estamos ignorando muchas cosas: dada nuestra baja tolerancia al fracaso, es muy probable que un emprendedor que fracase sea no solo un emprendedor menos en el ecosistema, sino toda una red de gente a su alrededor que desde temprana edad piense que no es un buen camino. Dada la precariedad de nuestros circuitos de inversión y nuestra aversión al riesgo, es más difícil para un proyecto conseguir capital semilla o gente interesada en jugársela por un proyecto riesgoso a etapa temprana – incrementando la posibilidad de que el proyecto no lo logre. Negar estos aspectos bajo una lógica excepcionalista de que “mi proyecto es diferente” o un triunfalismo del “sí se puede” no ayuda a nadie, muchos menos al emprendimiento mismo.

Sacar adelante un proyecto es difícil, lento, y durante la mayor parte del proceso, poco satisfactorio y muy frustrante. No tiene sentido ocultar nada de eso con la intención de conseguir que más gente lo haga, porque eso solo termina haciéndole daño al ecosistema. Es más, termina incentivando a muchas personas que no deberían hacerlo a tomar riesgos innecesarios motivados no tanto por un interés en sacar adelante un producto o un servicio, o una idea con la cual están profundamente comprometidos, sino motivados más por construcciones idealizadas de un estilo de vida independiente donde “puedes ser tu propio jefe” y trabajar bajos tus propios términos con una mesa de ping pong. Y eso es un gran problema, porque envía una seria de señales negativas hacia los recursos más importantes de un ecosistema emprendedor – talento y capital – respecto a quién está involucrado y por qué.

Quizás una de las peores influencias que ha recibido la cultura del emprendimiento en los últimos años es el éxito y el peso de una figura como Steve Jobs. Un sinfín de slides de Powerpoint y manuales de capacitación refieren a su trabajo como una referencia importante – pero no se detienen ni por un momento a destacar que Jobs era la excepción, y en ningún sentido la regla (y si necesitan mayor confirmación, lean la biografía de Walter Isaacson sobre Jobs). Y sí, claro, es posible que tu proyecto sea también la excepción y no la regla, pero ese tipo de devoción fanática, desconectada de los datos de la realidad, tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir, y es además un lujo que solo tiene sentido luego de una larga serie de logros pasados. Querer emular a Steve Jobs y asumir que es el público o el mercado el que está equivocado por no entender tu idea es una excelente manera de acelerar tu proceso de implosión, es un excelente ejemplo de cómo la conversación sobre el emprendimiento y sus riesgos ha terminado fundiéndose más con un discurso de autoayuda que con un conjunto de herramientas que te permitan sacar adelante ideas que pueden tener un gran impacto. Es el tipo de influencia que los ecosistemas emprendedores están recibiendo también de películas como La red social y la historia de Mark Zuckerberg: historias que aunque puedan ser interesantes e incluso inspiradoras para algunas personas, no por eso deben ser tomadas como manuales o necesariamente como modelos a seguir. La conversación más seria que sugiero que tenemos que tener justamente tiene que esforzarse por poner estas historias en su debido contexto, más allá de rescatar citas inspiradoras para publicar en Twitter.

De modo que sí, por supuesto, hagamos una promoción activa del emprendimiento, sobre todo aquel basado en la creación de nuevas tecnologías. Pero hagámoslo inteligente y metódicamente, sin caer en este nuevo lugar común de que hacer investigación de mercado es traicionar tu propia visión. El emprendimiento no es magia ni es mística, pero tampoco es ciencia ni aplicación de fórmulas ni recetas. Un ecosistema consciente de sus propias limitaciones y riesgos es uno que tiene tanta mayor posibilidad de saber cómo enfrentar estructuralmente esas limitaciones, y cómo construir circuitos que funcionen a pesar de ellas.

Metafísica y epistemología de la innovación

Conforme he ido explorando el mundo de la industria de los videojuegos en el Perú (con algunas notas iniciales aquí), he ido encontrándome también con las intersecciones que este mundo tiene con otros mundos tecnológicos que están en proceso de emergencia o de consolidación. Las retóricas del emprendimiento, de la investigación, de la tecnología y de la innovación atraviesan el mundo de los videojuegos en diversos puntos de encuentro, empezando a hacerse un lugar en la visión que está construyendo el Perú de sí mismo como un país que empieza a introducirse en las dinámicas del “progreso”.

Pero son, por supuesto, discursos complicados y que en general abordamos con dificultad porque no tenemos mucha experiencia en estos temas – y más aún, tenemos mucha experiencia con estructuras e infraestructuras (tanto técnicas como sociales) que obstaculizan el desarrollo de estos temas. Tenemos que enfrentarnos, por ejemplo, al desafío de cultivar ecosistemas sostenibles de innovación sin contar con una base instalada de investigación y desarrollo científicos y tecnológicos, y en muchos casos es fácil encontrar posiciones que creen que se puede tener una cosa sin la otra, o que la investigación básica o aplicada no deberían ser prioridades para nuestros desarrollo tecnológico. Ahora, la posición inversa también es fácil de encontrar: la que dice que no hay innovación si no hay primero el fomento de la investigación básica y de la ciencia pura. Ambos extremos adolescen de alguna forma de ingenuidad: o de una ingenuidad práctica que considera que se puede avanzar en innovación sin aparatos que la alimenten y la sostengan; o de una ingenuidad teórica que cree que las innovaciones surgen casi por ósmosis, sin ningún tipo de gestión, cultivo o canalización.

Todo lo cual muestra que hay múltiples epistemologías de la innovación que están explicitadas en ninguna parte, y que no son particularmente reconciliables entre sí. La innovación, concepto oscuro difícil de definir y acotar, es subsumida bajo la lógica económica del desarrollo de productos y servicios, o bajo la lógica científica del descubrimiento de la mejora técnica, y en ambos casos se deja de reconocer la importante ambigüedad, multidimensionalidad y complejidad de hablar de algo como la innovación. Los cambios cualitativos significativos que implican los procesos de innovación transformadora son difícilmente planificables, difícilmente anticipables, y sus consecuencias son difícilmente evaluables a priori: “innovar” no es solamente generar algo nuevo; es generar, a partir de elementos conocidos, un resultado desconocido que va más allá de la suma de sus partes. Si los resultados pueden ser anticipados con claridad, me atrevo a decir que no se trata de un resultado innovador. Las innovaciones realmente disruptivas son aquellas que escapan por completo a los sistemas que las generan, muchas veces volviéndolos obsoletos.

De modo que la innovación no puede saberse a priori, como no puede realmente saberse con claridad cómo innovar. Lo cual no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto: estamos hablando, finalmente, de cómo se genera un cambio cualitativo radical que va más allá de la simple acumulación cuantitativa. Y lo cierto es que históricamente hemos visto suficientes procesos de generación de cambio radical – técnico, económico, político, social, etc. – como para saber qué condiciones suelen ir de la mano con este tipo de cambios, y cuáles no. De modo que aunque no sabemos cómo producir lo desconocido como no sabemos cómo decir lo indecible, si sabemos construir sistemas y contextos donde lo indecible suele encontrar su camino hacia la enunciación con mayor facilidad. Con eso, al final estamos jugando un juego de probabilística: no podemos nunca garantizar al 100% un resultado innovador de un proceso cualquiera; pero sí podemos ampliar la cantidad de intentos que realizamos, y maximizar la posibilidad de resultados que sean, en mayor o menor medida, representativos de un cambio significativo en nuestra manera de hacer las cosas. Las innovaciones no pueden generarse a propósito. Lo que se puede generar a propósito son los entornos que tienen una mayor tendencia a generar innovaciones.

Ésta es, me parece, una mejor epistemología de la innovación, o incluso una metafísica: una manera de articular cómo pasa a ser lo que en teoría no puede ser. De todos modos me parece que es controversial, pues muchas personas creen que las innovaciones, cualquiera sea su forma, sí pueden ser accesibles voluntaria e intencionalmente. Pero en todo caso, estas discusiones y consideraciones de alto nivel especulativo me parecen relevantes porque el ámbito de la innovación, y su pariente cercano, el del emprendimiento, se han llenado de una serie de discursos no solo poco sustanciados, sino en gran medida anecdóticos y superficiales. Hay una enorme voluntad para el argumento y el discurso que parten de la excepción – por ejemplo, del tipo “si X pudo, tú también puedes” – en lugar del análisis del contexto en el que suceden las cosas y los factores endógenos y exógenos que llevaron a un individuo o a un grupo a introducir en el mundo algo que no existía antes.

Desde mi perspectiva, el discurso motivacional, casi de autoayuda de vender la idea del emprendimiento o la innovación como discursos de autosuperación o de realización personal no nos benefician a gran escala ni a largo plazo. Lo que estos discursos generan son grandes números de individuos enfrentándose a niveles sumamente altos de riesgo, resultados inciertos e impredecibles y altas probabilidades de fracaso, y todo por las razones incorrectas: por cumplir con una autoimagen, por aspirar a un mejor futuro material “liberado del trabajo de oficina”, pero no por el interés de realizar una visión propio, de construir algo radicalmente nuevo, de cuestionar estructuras establecidas o crear algo realmente significativo. A largo plazo, creo que esto puede terminar quemando muchos puentes, pues no se trata de conseguir la mayor cantidad de gente intentando lanzar la mayor cantidad posible de start-ups. Me parece mucho más sostenible conseguir la mayor cantidad de gente con el perfil adecuado para tentar la innovación una y otra vez hasta realizar una visión, siendo consciente de los riesgos que eso implica, y brindándoles las capacidades y el contexto que les permita desarrollar esa visión. No se trata de empezar a ponerse excluyente: cualquiera puede participar, por supuesto, pero eso no quiere decir que todos vayan a disfrutar la fiesta.

Emprendimiento del conocimiento

Por recomendación de @andrejcisneros llegué a este libro: “Knowledge-Driven Entrepreneurship: The Key to Social and Economic Transformation”, de Thomas Andersson, Piero Formica y Martin Curley. Recién empecé a leerlo esta noche y aunque no he avanzado mucho, me parece que vale la pena compartir algunos pasajes de la introducción:

The newly coined interest in knowledge as a production factor is, however, gen- erally approached from too restrictive a viewpoint. Knowledge generation is not synonymous with scientific advances. Knowledge in action is not necessarily about diffusing scientific discovery or creating technology-based high-growth companies. Neither is knowledge a “new” factor of production.

Peter Drucker’s and William Baumol’s focus on knowledge and entrepreneur- ship, respectively, has rather thrown the spotlight on the importance of combining inputs in profitable ways. Knowledge creation and knowledge use are fuelled by the combined influence of human creativity and entrepreneurial energy channeled into innovation (Baumol 2002) in ways that enable successful, unforeseen combinations of different production factors. In turn, the effectiveness of the instrumental role played by knowledge creation is attributable to the culture of the institutions involved. An institutional environment that encourages creativity and experimenta- tion is the ultimate determinant of economic growth and renewal.

The flow of knowledge, not technology per se, is the hallmark of technology transfer. To be effective, technology transfer therefore needs trustful and outward- looking knowledge brokers. The fact is that the knowledge revolution, caught up in its own enormous success, has in effect contributed to the rise of an economy which, in its present format, has proven unsustainable. Major problems exist in terms of reliability and accountability in business, while governments and multi- lateral institutions are failing to provide satisfactory cross-border policy frame- works in a range of areas. Finally, it is important that market transactions and innovations are not merely pushed by technocrats and experts, but that they are pulled by the real needs of people, and of society, to produce better responses to real issues.

De aquí nomás, algunas cosas que me parecen resaltables:

  • No basta simplemente con “producir más conocimiento” para articular una economía del conocimiento. De por sí cualquier actividad económica produce, aunque sea como subproducto, una cantidad importante de conocimiento. Pero tanto, o quizás más importante, es establecer los circuitos de comunicación e intercambio de información que permitan que ese conocimiento se convierta en nuevas aplicaciones – un ecosistema de reinversión de conocimiento, por ponerlo de alguna manera. Es el ecosistema, más que sus miembros individuales, los que constituyen una economía de conocimiento.
  • El papel de los knowledge-brokers es importantísimo, pero rara vez reconocido o apreciado. No se trata de agregar más capas de intermediación al proceso, sino de crear los puntos de captura de información que puedan identificar, sistematizar y reproducir, a través de la cadena de valor. Ahora, parte del problema es que no sabemos bien cómo se ve un knowledge-broker aún – aunque si el libro ahonda más en esta figura más adelante, procuraré revisitar esta idea.
  • Un clima institucional es un condicionante fundamental al desarrollo de una economía de conocimiento. Y claro, el clima institucional va más allá solamente del marco legal o la política pública – aunque es ciertamente un componente importante. Aunque desde el ámbito del Estado, en cualquiera de sus niveles, es mucho lo que se puede hacer por incentivar, también es cierto que una política mal diseñada puedo entorpecer enormemente el crecimiento de un sector: Hugo Pardo Kuklinski comentaba hace un tiempo sobre cómo los incentivos al emprendimiento en Cataluña en la práctica pueden terminar atentando contra el emprendedor. De modo que si bien es difícil pedir que el Estado facilite las cosas, lo menos que se pueda razonablemente impedir es que al menos no entorpezca la construcción de una economía de conocimiento interviniendo sin una política clara.
  • Pero el clima institucional también apunta a una serie de convenciones y normas sociales que pueden facilitar o entorpecer la innovación y la creatividad en una economía: el ejemplo más claro es quizás la tolerancia social que una economía tiene hacia el fracaso. Un contexto social en el cual el fracaso y el error son fuertemente censurados es un contexto en el cual existen contraincentivos hacia la toma de riesgos y la experimentación, lo cual dificulta la aparición de innovaciones. Un contexto social donde el fracaso es reconocido y aceptado (por ejemplo, con la celebración de “Fail Fairs”) es uno donde los emprendedores tienen mayores incentivos para arriesgarse. Este ámbito es quizás uno de los más difíciles de modificar.

Eso es todo por ahora, pero tendré más novedades conforme haya leído más del libro.

Emprendimientos intelectuales

Surgió una discusión interesante en la presentación sobre la ética hacker hace un par de semanas. El tiempo era limitado así que no había lugar a explayar todos los puntos y temas que me habría gustado. Pero una de las preguntas más interesantes vino de Ciro Alegría quien, en pocas palabras, preguntó por cómo se ve esto realmente. Es decir, todo suena interesante a nivel de modelo teórico, ¿pero cómo funciona en la práctica? Si todos son hackers, cada uno puede más o menos construir su propio modelo y sus propias reglas sin depender de grandes instituciones articuladoras, ¿qué lugar, qué posibilidades quedan para los intelectuales y los académicos?

Pregunta válida, y bastante difícil de responder. Pero es, además, de particular relevancia cuando las principales instituciones que han albergado a los intelectuales por siglos se están encontrando socavadas por todos lados. Hay dos temas fuertemente relacionados: si la universidad, como modelo/institución, empieza a perder capacidades y a ceder terreno, los intelectuales que tradicionalmente han dependido de ella se quedan un poco en el aire. Pero al mismo tiempo, si estos mismos intelectuales empiezan a encontrar maneras más directas de llegar a sus públicos, sin tener que pasar por la mediación administrativa de la universidad, empiezan a construir sus propios espacios (y al mismo tiempo, a quitárselo a la universidad y a la educación tradicional).

La universidad ha venido cumpliendo una importante función mediadora. Básicamente, brindaba los canales para agregar y articular una cierta demanda por productos de conocimiento y permitía conectar con cierta eficiencia esos productos con los intelectuales capaces de brindar esos productos y servicios, pero que no tenían por sí mismos los medios para generar y reunir su propia demanda.

Pero ese obstáculo, en realidad, ya no existe. El problema existente para el intelectual solía ser su imposibilidad para llegar directamente a un mercado muy específico – por ejemplo, era virtualmente imposible para un filósofo llegar a un grupo de gente interesada solamente en la formación filosófica. Con la tecnología disponible actualmente, sin embargo, esto deja de ser un problema: así como los autores y los grupos de música encuentran que ahora tienen líneas de comunicación directa con sus seguidores, eliminando la necesidad de intermediarios, lo mismo puede decirse de estos intelectuales y académicos. Si de lo que se trata es de ganarse la vida a partir de su conocimiento, hoy día es posible que identifiquen y agreguen su propia demanda a un costo infinitamente menor que el de una institución grande, mientras al mismo tiempo retienen para sí mismos el íntegro de los ingresos por brindar esos servicios. Puesto en términos más simples, la tecnología disponible hoy les permite quedarse con la plusvalía generada por sus actividades productivas.

Sin embargo, que se pueda no necesariamente quiere decir que funcione. Hay muchas variables más en el modelo: temas de certificación, de status, etc., en los cuales la universidad ejerce una función. Pero si de eso se trata, entonces tenemos que partir de reconocer que de lo que se trata la universidad ya no sería propiamente de educación, y habríamos de preguntarnos si es, además, la mejor solución que podemos ingeniarnos para resolver estos problemas periféricos.

Existe en potencia, entonces, una oportunidad de mercado para aquellos intelectuales que quieran explorar la posibilidad de generar sus propios espacios. En teoría, es incluso una posibilidad que les reportaría mayores libertades y mejores retornos económicos que el actual modelo – aunque dadas como están las cosas, lo que dejarían a cambio sería legitimación institucional. Pero que algo así funcione requeriría que empiecen a pensar en la manera como sus conocimientos deben de transformarse en emprendimientos intelectuales, algo para lo que notablemente están poco preparados. Gestionar todas las dimensiones de un emprendimiento intelectual implica asumir niveles de riesgo totalmente opuestos a los que uno asume en el contexto universitario, donde las cosas son, más bien, generalmente estables y predecibles (pero no por eso necesariamente certeras, tampoco). Implica, además, dedicarse a un universo de cosas que va más allá de sus conocimientos e intereses: implica esfuerzos organizativos, esfuerzos de marketing, y demás, para los que muy probablemente no tendrán formación y quizás hasta menos interés. Son los diversos aspectos que uno forzosamente debe asumir cuando abandona el paraguas de la protección institucional de la universidad.

De modo que esto no es un desarrollo automático ni utópico, sino que ofrece posibilidades interesantes para aquellos que por ahora estén dispuestos a asumir el riesgo. Es un universo complicado, pero por el momento quería dejar estas notas iniciales como para empezar a asentar la idea de “emprendimientos intelectuales” para poder seguir elaborándola y explorándola en las próximas semanas.

Más sobre la “extinción de la filosofía”

Algunas notas complementarias a las pregunta del otro día sobre si la filosofía está en peligro de extinción cuando se pone en juego su apoyo institucional universitario (hay, además, buenos comentarios que han llegado al post original).

1. Slavoj Zizek da una buena entrevista al diario El País de España, del cual saco un pequeño fragmento relevante:

Ahora mismo estoy en Londres y tenemos una huelga masiva en la educación superior. El Plan Bolonia es una catástrofe. La derecha quiere suprimir las humanidades. En vez de pensadores, quieren convertirnos en expertos que cumplan los encargos que las élites plantean. Me parece importante defender que los grandes problemas nos conciernen a todos. La derecha debería estar en contra del Plan Bolonia. Convertir la Universidad en una empresa es mucho más peligroso para Europa que el fundamentalismo islámico.

Lamentablemente no entra aquí en más detalle. El Plan Bolonia es un convenio de la Unión Europea para homologar títulos y programas educativos a través de sus realidades nacionales, y fomentar el proceso de una serie de reformas universitarias comunes y alineadas. El proceso ha atraído múltiples críticas particularmente por considerar que elitiza la educación superior y que se concentra en formar trabajadores, en lugar de profesionales.

2. En otras noticias, un artículo del Harvard Business Review señala que para conseguir ideas innovadoras las empresas deben contratar gente de las humanidades, en lugar de sus canteras acostumbradas. Aunque he comentado antes sobre esta relación, es algo muy diferente que lo diga yo a que lo diga el Harvard Business Review, sobre todo porque el HBR lo leen directamente empresarios y funcionarios que efectivamente pueden hacer algo al respecto. Señala el HBR:

This is because our educational systems focus on teaching science and business students to control, predict, verify, guarantee, and test data. It doesn’t teach how to navigate “what if” questions or unknown futures. As Amos Shapira, the CEO of Cellcom, the leading cell phone provider in Israel, put it: “The knowledge I use as CEO can be acquired in two weeks…The main thing a student needs to be taught is how to study and analyze things (including) history and philosophy.”

People trained in the humanities who study Shakespeare’s poetry, or Cezanne’s paintings, say, have learned to play with big concepts, and to apply new ways of thinking to difficult problems that can’t be analyzed in conventional ways.

No deja de haber un toque de ingenuidad en esto, como si uno pudiera tomar a un humanista recién formado, ponerlo en un entorno corporativo y ver cómo suceden milagros inesperados. Hay una serie de capas intermedias y aprendizajes que explorar y promover para que algo así pueda pasar. Y hay, también, muchísimos prejuicios que reconsiderar que vienen de ambos lados del espectro.

3. Vivek Wadhwa publicó para TechCrunch hace unos días un artículo contraponiendo necesidades educativas desde los puntos de vista de Bill Gates y de Steve Jobs. Para Wadhwa la posición de Gates se ve reflejada no sólo en sus esfuerzos por repotenciar la educación en matemática, ciencia y tecnología en EEUU, sino por extensión en sus productos poco elegantes, poco amigables y con el tiempo cada vez menos populares. En cambio, Steve Jobs ha hablado públicamente sobre cómo el diseño de los productos de Apple son una combinación entre un enfoque de ingeniería y de las humanidades (“liberal arts”) que hace que sus productos sean mucho más inteligentemente diseñados y, en los últimos años, han hecho de Apple quizás la compañía tecnológica más importante del mundo. El mercado, parecería, le está dando más la razón a Jobs que a Gates.

Because I am a professor at the Pratt School of Engineering at Duke University, and given all the positive things I say about U.S. engineering education, The Times assumed that I would side with Bill Gates; that I would write a piece that endorsed his views. But, even though I believe that engineering is one of the most important professions, I have learned that the liberal arts are equally important. It takes artists, musicians, and psychologists working side by side with engineers to build products as elegant as the iPad.  And anyone—with education in any field—can achieve success in Silicon Valley.

En resumen: la crisis de las humanidades en las universidades contemporáneas es trágica, pero real y creciente. Eso es en sí mismo un problema. Pero también empiezan a aparecer espacios de problemas interesantes donde los filósofos y los humanistas pueden encontrar oportunidades para desarrollarse, asumiendo, claro, disposición de ambos lados del espectro.

De todos modos, creo que aquí vemos que se apunta a algo mayor. Hay, claramente, valor en estas ideas, en estos conocimientos y en estos procesos mentales (valor que se puede definir de múltiples maneras). Y hay un espacio que tiene problemas graves para definir su identidad, como es la universidad. De modo que hay, también, una gran oportunidad y mucho potencial para redefinir o recrear espacios de pensamiento, de reflexión, de crítica, que no necesariamente sean académicos o universitarios, que sí exhiban múltiples formas de valor, donde los filósofos puedan hacer lo que más les gusta de múltiples maneras.

No es que sepa cuáles son ni que tenga la respuesta, pero sí empiezo a notar cómo empiezan a aparecer una serie de piezas del rompecabezas.

Zizek, el Plan Bolonia, el Harvard Business Review, Bill Gates, Steve Jobs. Un buen sábado por la tarde.

Qué podría significar una nueva forma de periodismo

Ahora, después de haber considerado (1) que el periodismo y las organizaciones que lo han albergado hasta ahora no son lo mismo, y (2) que el influjo del periodismo ciudadano presenta un desafío de importancia al periodismo para recuperar su especificidad, quiero volver al artículo de Brian Solís que dio inicio a toda esta discusión. Y con ello, volver a otra de las preguntas centrales: entonces, ¿cómo se puede re-configurar el periodismo para funcionar en el nuevo ecosistema mediático?

Creo que lo que digo es que en un momento cuando los caminos tradicionales hacia carreras en el periodismo están siendo cuestionados, periodistas excepcionales pueden crear su propio destino. Su futuro está en sus libretas de notas (o en sus laptops), listo para escapar del papel al mundo en línea y al mundo real.

(…) Personalidad, motivación, determinación, y la habilidad para aceptar el riesgo y lanzarse hacia territorios desconocidos e impredecibles es la única manera de empujar el cambio e influir en la dirección de las aventuras profesionales. [Traducción mía]

De acuerdo, quizás hasta ahí la cosa no queda demasiado clara, pero el asunto mejora.

La hipótesis central de Solís en este sentido es que aunque las organizaciones de noticias pueden colapsar, lo que no desaparecerá aún en tiempos de crisis es la demanda por parte de lectores de contenidos interesantes y de calidad, con los cuales puedan vincularse personalmente. De esto se sigue que, en la medida en que los periodistas consigan conectar con esta demanda, podrán generar emprendimientos noticiosos/informativos que reconstruyan el panorama de la oferta mediática más allá de instituciones colapsadas como los periódicos. Creo que en este punto Solís pone demasiado énfasis en el peso del contenido por sí solo -como si tradujera la lógica de la palabra impresa y la traspusiera al medio digital- pero plantea suficientes puntos interesantes como para seguir el hilo de su argumento.

Entonces, siguiendo este hilo, lo que es posible que encontremos es que existen alternativas profesionales en el futuro periodístico para aquellos periodistas (y uso aquí el término en sentido amplio) que mejor consigan engancharse con un público: para los que consigan conectar de un modo personal mucho más cercano con sus lectores o con su audiencia de tal manera que consigan articular lo que Seth Godin llamaría una “tribu”:

Es suficiente si la tribu que lideras te conoce y le importas y quiere seguirte. Es suficiente si tu liderazgo cambia cosas, sorprende a la audiencia y pone al status quo bajo presión. Y es suficiente si el liderazgo que brindas hace una diferencia.

Recorre la lista de historia de éxito en línea. Los grandes ganadores son organizaciones que brindan a tribus de gente una plataforma para conectarse. [Traducción mía]

El problema es, claro, que los periodistas tradicionalmente no están formados, acostumbrados, ni realmente buscan/esperan/quieren tener que liderar ningún tipo de tribu. El periodismo profesional entendido tradicionalmente cumple una función bastante lineal: recoger información, procesar información, transmitir información. Todas las funciones accesorias o periféricas corresponden a otras personas dentro de la organización. Pero, un momento. La organización ya no existe, o está en vías de colapso. Por lo tanto, las funciones mismas que cumple el periodista tendrán que ampliarse también: ya no se trata simplemente de crear el filtro de información entre los que saben y los que no (algo que hemos visto, además, ya no es exclusividad del periodista), sino que el verdadero valor del periodista recaerá más en su capacidad de crear una conexión con el público, y entre el público mismo.

¿Qué quiere decir esto, y con qué se come? Por un lado, que el periodismo reconfigurado requiere de un conjunto de nuevas habilidades propiamente “periodísticas”. Eso, me parece, está ya mejor cubierto en otro lado. La novedad que creo se puede introducir en este punto con Solís concierne más bien a este nuevo rol abstracto de articulador que compete a los periodistas detrás de estas nuevas iniciativas periodísticas, un rol de articulación que, me parece, involucra tres competencias diferentes pero profundamente vinculadas entre sí: (1) la capacidad para construir un efectivo branding personal, (2) la capacidad para articular de manera auténtica una comunidad, y (3) la capacidad para llevar adelante algo-así-como una empresa unipersonal (o casi unipersonal).

Lo que esto quiere decir es muy simple: lo primero es que, en la crisis, los periodistas tienen también que aprender a ser emprendedores y a generarse sus propias alternativas. Esto no es nuevo, porque lo mismo o algo muy similar podría decirse de casi cualquier otra actividad económica en estos tiempos. Y sí, es cierto, y hay que admitir, que quizás ésta no sea una solución adecuada para cualquier persona por diferentes razones, pero mi argumento aquí más que una columna de autoayuda es que ésta podría ser la forma de iniciativas periodísticas en el futuro cercano. Dentro de estos nuevos emprendimientos, el valor principal se ve derivado de la narrativa que el periodista sea capaz de articular: el contenido, la historia, la consistencia, el núcleo en torno al cual se construye todo lo demás. De nuevo, quizás no se trate necesariamente de historias que resalten por su objetividad, por su neutralidad, sino que quizás sean justamente lo contrario: historias auténticas que no tengan miedo de tomar partido abiertamente (no por eso volverse fundamentalistas) y de esa manera conectar de una manera mucho más cercana con su público objetivo. Paul Swider tiene un buen comentario en este sentido sobre por qué esto es valioso:

Las organizaciones de noticias podrían y deberían estar a la vanguardia de esto [llevar a los ciudadanos de discutir a resolver problemas] porque trae contexto a la experiencia del usuario, lo cual moviliza audiencias que es lo que hará que la gente quiera pagar, por cualquier medio. La primera organización de noticias que ayude a la gente a dar un significado real y sobre el que se pueda actuar a la avalancha de información en sus vidas tendrá una ventaja sobre un éxito de negocios clave. Pero para hacer eso, la organización debe deshacerse de “los dos lados” y la falsa objetividad. El HuffPost consiguió esta última parte y puede que esté en camino a la siguiente. [Traducción mía]

Swider hace una mención al HuffPost que me resulta relevante porque el HuffPost, que no pretende esgrimir ningún tipo de objetividad en ningún momento, está ahora también abriéndose camino dentro del periodismo de investigación, el tradicional bastión de las organizaciones de noticias tradicionales y uno de los principales argumentos detrás de la defensa de los periódicos como instituciones de la democracia. Las premisas no son irreconciliables: el periodismo de investigación bien puede estar comprometido con objetivos o alineaciones específicas, y esto no tendría por qué ser problemático mientras se tenga transparentemente para todos cuáles son estos objetivos y alineaciones. De nuevo, preservar la objetividad como algo a lo que aferrarse no es una premisa del todo útil, porque sigue pareciéndome que sólo nos engañamos a nosotros mismos, cuando sería mucho más beneficioso para la sociedad enfocarnos en fortalecer las capacidades de los consumidores de información.

Si la capacidad de articular un branding personal, una cierta narrativa que sea capaz de movilizar a una audiencia a involucrarse con un tema en particular, el segundo componente es el valor agregado: si la idea es vincular, conectar a la audiencia y movilizarlos, entonces hay que brindarles también la plataforma a través de la cual estas conexiones tendrán lugar. Porque los usuarios, los lectores, los consumidores, primero que nada, ya no son simples consumidores, y segundo, en el mundo en línea, cada vez más los usuarios distribuyen su tiempo a través de una variedad de servicios y espacios. Para llamar su atención, y más importante aún, para conectar con ellos, hay que estar donde ellos están y brindarles todos los medios posibles para que ellos mismos puedan interactuar con las historias y con las personas detrás de ellas.

Éste es un aspecto importante porque es aquí donde la cosa empieza a diversificarse, y la función del periodista a ampliarse más allá del rol de producción de contenido al de promoción, al de vinculación, al de articulación de comunidades. Pero es importante entender que esto mismo es parte de la lógica propia de los nuevos medios, y de la articulación de lo que se llaman “narrativas transmediáticas“: que una historia no se desarrolla ya en un solo medio, sino que traza un camino a través de una serie de medios, formatos y lenguajes, a través de los cuales la historia es apropiada y transformada. Los medios digitales y tradicionales forman una continuidad a través de la cual los contenidos se desplazan, reconfigurándose en el camino. En esta continuidad es que tienen lugar conversaciones dentro de la cuales las historias se introducen y se reproducen en las manos de los lectores, o como lo pone Solís, la comunidad que debe articular el periodista:

Es la supervivencia del más fuerte determinada por aquello en lo que te afirmas y cuán hambriento estás por construir y mantener una comunidad en torno a ti y tu trabajo. Lo que tiene lugar ahora es una increíble oportunidad para que los buenos periodistas humanicen sus historias y proyecten hacia afuera una extensión de sus personas para conectarse con lectores existentes y potenciales en el punto de apertura de su atención, la ventana de oportunidad para conectarse con alguien en sus propios términos y en su propio tiempo. Y no es diferentes de las tácticas usadas por bloggers innovadores, emprendedores y determinados que aspiran a crear una congregación en torno a su perspectiva. [Traducción mía]

El tercer componente -el de la empresa unipersonal- viene del hecho de que no se necesitan grandes recursos para montar una operación de este tipo. Es, incluso, algo que una sola persona puede llevar a cabo por sí solo hasta coger la tracción suficiente como para necesitar y poder contar con manos adicionales. Lo importante de este componente, sin embargo, es que implica la importante toma de conciencia de que el papel del periodista, desde esta perspectiva, termina incorporando también funciones administrativas y de soporte que previamente pueden no haber sido de su competencia o interés. Algunos están más dispuestos que otros a involucrarse en este sentido. Pero indudablemente, las condiciones del sector en la actualidad probablemente empujen con mayor fuerza a ver las cosas con apertura y a considerar todas las alternativas para poder generar oportunidades y diversificar el espectro de enclaves mediáticos existentes en nuestro ecosistema. La posibilidad abstracta y abstrusa que aquí está esbozada no es la única -algunos otros modelos posibles e interesantes he mencionado antes- para la supervivencia y reconfiguración del periodismo, pero sí es una perspectiva interesante del tipo de transformaciones que podemos esperar.

Ahora que he hablado más de una vez del tema del ecosistema mediático, quizás sería un buen momento para regresar sobre esa idea y elaborarla un poco más. Y, sobre todo, qué espacio en ese ecosistema ocupan diferentes roles -periodistas, organizaciones, ciudadanos, y demás-.