Nuevos géneros de la literatura electrónica

Quiero recomendar un enlace interesante que encontré hoy: una compilación introductoria de enlaces sobre literatura electrónica, que cubre una serie muy diversa de temas bastante interesantes. La guía ha sido compilada por Brian Stefans a partir de sus cursos sobre el tema, entre otros lugares en UCLA.

El recurso es interesante por sí mismo, pero el proyecto de Stefans es interesante como estructura:

The website that I am creating for this anthology will contain the essays in .pdf form (reset, since many of these pages are nearly illegible), a .pdf of the edited book with my editorial commentary, a page of videos I often use when teaching, a “ten week course” that is a series of essays, links and assignments based on my course, and other materials such as a bibliography, via Amazon’s “listmania” feature, of electronic literature books.

This is not a complete overview of the state of the field, or an attempt to create a “canon.” If the image here is skewed or flawed, it’s only because it’s meant to be a launching pad for an independent investigation of the genre, either as a scholar or artist. The fact of the matter is, there isn’t a whole lot of great writing on the works themselves — more of the e-lit writing is about its theory and potential — so I tried to include what I could. If you know of better deep readings of a particular e-literature piece, please let me know.

Es decir que esto pretende ser no sólo una colección de links relevantes y libremente disponibles, a textos seleccionados a partir de las clases de Stefans, sino que crece y se convierte en un proyecto más amplio. El proyecto incluye videos, versiones “editadas” en PDF de los textos con comentario, e incluso una estructura de curso para alguien que quiera introducirse en el tema.

Teniendo acceso al contenido, y teniendo acceso a y disposición de los medios de producción, se vuelve posible convertirse en una pequeña industria cultural portátil. El potencial de cosas que se pueden explorar es muy grande, pero se vuelve también necesaria la capacidad técnica para compilar y crear este tipo de recursos como un requisito básico. Sin tener que ser profesionales, para emprender este tipo de iniciativas se vuelve necesario o contar con un equipo multidisciplinario, o poder ser un poco diseñador, un poco programador, un poco editor, un poco autor, un poco curador, etc.

Publicar

No se me ocurre una buena traducción al español de la palabra “publisher”. Quizás lo más cercano que se usa es “editorial”, pero un publisher no es eso. Un publisher es un publicador, alguien que se encarga de llevar algo al público (frecuentemente un libro, pero la categoría aguanta bastantes formatos).

Publicar es una cosa curiosa. Es convertir algo en público, ponerlo a la disposición de un público que lo consuma/utilice. Habermas tuvo mucho que decir en su momento respecto al desarrollo de la “publicidad” en Europa durante la Modernidad – no publicidad en el sentido de vallas donde vayas, sino publicidad en la capacidad de las sociedades y de los individuos especialmente de hacer públicas sus opiniones y de tener discusiones en espacios públicos. Esto, para Habermas, no solamente enriquece los regímenes democráticos, sino que los hace posibles en primer lugar, en su concepción moderna.

Los publicadores – los publishers – han cumplido un rol en todo esto, sirviendo como los brokers, los intermediarios que de alguna manera tomaban una masa no estructurada de cosas privadas con intención de ser publicadas, las filtraban, las mejoraban, y las convertían en productos públicos. El tema del filtrado es siempre polémico: finalmente, un publicador puede tener como su principal interés el mejoramiento de la sociedad o el fomento de una diálogo constructivo en torno a un tema, pero aún con tan nobles intenciones tendrá que ver la manera de que tal intención encuentre una demanda por parte del público consumidor que haga que su iniciativa no se hunda en la insostenibilidad. De modo que el publicador navega una complicada frontera entre el mercado y el interés público, o muchas veces no navega ninguna complicación sino que simplemente publica lo que el público quiere (y eso no es necesariamente malo, tampoco).

El rol de los publicadores era hecho posible por una asimetría fundamental: la capacidad de reproducir los contenidos a gran escala era limitada y costosa, de modo que sólo unos cuantos centros eran capaces de agregar esa posibilidad y concentrar las expectativas de autores para publicar sus obras. Como es bastante obvio, esta asimetría fundamental se ha visto subvertida con la aparición de las tecnologías digitales: desde que tenemos fotocopiadoras e impresoras láser, desde que tenemos procesadores de textos y software de diagramación, el rol esencialmente técnico del publicador puede efectivamente ser reemplazado por una organización mucho más chica, o incluso por una persona, que bien puede ser el mismo autor. Con esto, tenemos una explosión de publicaciones, pues los autores ya no dependen necesariamente de los publicadores para publicar sus obras, pero al mismo tiempo los filtros de calidad que teníamos – los publicadores – dejan de ser tan efectivos. El mercado se ve inundado de opciones, que no necesariamente son las mejores opciones posibles (aunque, en teoría, se supone que el mercado se encarga de equilibrar eso – en teoría).

Lo que es fácil olvidar es que el publicador no hace solamente eso. Paul Carr lo recoge claramente en un artículo para TechCrunch: el publicador, en realidad, se encarga también de temas logísticos, contables, promocionales, todos los cuales han posible que la publicación llegue a un público amplio de manera eficiente. En un modelo que prescinde del publicador y donde el autor es su propio modelo de distribución, son también estas funciones las que deben ser absorbidas de manera más o menos eficiente por el autor. No se trata solamente de publicar buen contenido; hay que también manejar todo un orden de servicios periféricos necesarios para que ese contenido llegue efectivamente al público.

El argumento de Carr es resumido por él mismo de esta manera:

For all of the reasons above, there are really only two types of person for whom it makes a jot of sense to tear up their book deal and abandon the professionalism, billion-dollar print market, and immeasurable cachet of traditional publishing. The first are highly skilled self-promoters like Godin who have successfully identified their entire (niche) audience and who know they will only ever sell a certain number of copies of their books to that same audience. Marketers like Godin tend to make the bulk of their money with speaking gigs anyway – books are just a throwaway promotional tool, full of ideas that even they admit will be out of date by this time next week.  Might as well take the money and keep running.

Y esto tiene mucho sentido, pero creo que deja mucho de lado. Porque se concentra en autores que ya existen dentro del circuito de publicaciones. Pero creo que ocurren dos cosas.

Primero, que existe todo un espectro de autores que no participan de este circuito, para lo cuales la posibilidad de la autopublicación es una excelente opción. Finalmente, les permite soltar ideas al mundo sin tener que estar esperando a que los movimientos de los círculos publicadores les den su favor. Lo que significa publicar en este sentido cambia, y no es quizás lo mismo que lo que tradicionalmente significa publicar un libro. Pero lo importante es que aún significa algo, y es, sobre todo, una muy buena manera de que un autor empiece a publicar ideas que luego pueden engancharse con publicaciones de orden más tradicional.

Segundo, para un orden de autores superestrellas, cuyo aparato de producción crece lo suficiente, es perfectamente razonable pensar que pueden prescindir del aparato de publicación. No tienen por qué hacerlo, puesto que las condiciones de juego ya se inclinan a su favor. Pero también es cierto que autores muy grandes son su propia industria, y podrían fácilmente independizarse y convertirse en su propia rama editorial y de publicación y concentrar todos los beneficios.

Lo más interesante, me parece, empieza a ocurrir hacia el centro. Hacia ese espacio de intersección entre autores menores que empiezan a publicar, y el mundo de la publicación más parecido a como lo entendemos. Dadas las más accesibles condiciones de producción y distribución, hay un mercado potencial enorme para editoriales mucho más chicas enfocadas en temas mucho más específicos – operaciones más boutique – que empiecen a agregar autores nuevos y jóvenes y a brindarles servicios editoriales en condiciones más favorables a las que encontrarían de otra manera.

Hay mucho mercado creciendo en este sentido, y mucha facilidad para descubrir autores que ya están incursionando por sí solos en el ámbito de la publicación. No creo que la industria de la publicación desaparezca, pero sí creo que se vuelve más compleja y empieza a crear espacio para nuevos actores y nuevas reglas de juego, y eso está muy bien. Hace que todo se ponga un poco más interesante.

(Es importante mencionar que todo este tema de la publicación, sus prejuicios y sus instituciones y organizaciones me es particularmente interesante últimamente luego de publicar un primer experimento de e-book y explorar lo que significa esa experiencia.)

Kindle, o no Kindle

Los argumentos a favor de conseguirme un Kindle de Amazon se vuelven cada vez más contundentes. Sobre todo ahora que me sigo enfrentando al complicado prospecto de mudar grandes cantidades de libros de un lado al otro de la cordillera.

Los libros, por mucho que los quiera, son sumamente complicados de movilizar grandes distancias. Pesan, ocupan bastante espacio, lo cual hace imposible llenar una maleta de ellos y subirlos a un avión. Moverlos por otro medio es caro y complicado de manejar.

El Kindle, en cambio, es una solución mágica. Tener un aparatito en el cual poder llevar, sin mayor obstáculo, miles de miles de libros, poder cambiar entre ellos sin problemas, poder llevarlos incluso todo el tiempo.

Casi perfecto. Dos problemas importantes, aunque superables, me generan reparos.

El primero es el tema obvio que, para todos los libros que ya tengo, no tengo versiones en Kindle. Es decir que si quisiera tenerlos disponibles para leer en el aparato, tendría que comprarlos de nuevo, en las ediciones especiales para Kindle. Lo cual es, por supuesto, un poco tonto.

El otro punto, el cual me parece un error garrafal, es que para los libros en ediciones especiales para Kindle, no hay numeración de páginas. Lo cual hace difícil, por no decir imposible, escribir un texto o realizar una investigación con libros para Kindle, porque es imposible citarlos sin tener a la mano, a la vez, alguna edición impresa a la cual hacer la referencia. En verdad tengo toda la esperanza de que esto se resuelva en algún momento.

Hay un tercer tema de catálogo, que no es menor tampoco: a pesar de la enorme disponibilidad de libros para el Kindle, no TODOS los libros posibles están disponibles, lo cual es un obstáculo si los libros particulares que a uno le interesan no están disponibles. La ventaja, claro, es que con la red del Kindle uno puede acceder a novedades bibliográficas tan pronto aparecen en el mercado, sin tener siquiera que esperar tiempos de envío ni nada parecido.

En fin, son sólo algunas consideraciones. Estoy, para todo efecto práctico, convencido de que me conseguiré uno en los próximos meses, ahora que hay una nueva edición, mucho más accesible solamente con Wi-Fi que vale la pena probar. Sin dudas pienso, eso sí, que en términos de lectura con fines prácticos (portabilidad, accesibilidad, etc.) este tipo de plataformas cambian por completo las reglas de juego.