Innovaciones democráticas

Fuente: El País.

Hace un par de semanas me invitaron a participar de un grupo de estudio en la Kennedy School of Government sobre la democracia en América Latina, donde el politólogo Steven Levitsky dirigió una discusión sobre el riesgo permanente de la aparición del populismo y el autoritarismo competitivo en las aún precarias democracias latinoamericanas. Aún cuando en la gran mayoría de países de la región se viene experimentando un periodo prolongado de gobiernos democráticamente electos y fortalecimiento institucional, la democracia es aún precaria en su ejercicio cotidiano, los marcos institucionales siguen siendo débiles y la amenaza de que surjan tendencias que sutil o abiertamente socaven la aún emergente cultura democrática es constante. Para Levitsky, las condiciones cada vez más marcadas de desigualdad, la incapacidad de los Estados para brindar servicios de calidad a la gran mayoría de la población, y la incapacidad de las instituciones políticas y los partidos para canalizar el descontento popular son los tres principales insuficiencias que, cuando las tres se vuelven suficientemente radicales, dan lugar a la aparición de propuestas autoritarias y populistas.

Según Levitsky, parte de lo que se necesita para atender estas tres insuficiencias es pensar acerca de “innovaciones democráticas”, que fue lo que me llamó particularmente la atención. Solemos tomar la democracia como un sistema más o menos definido, donde el desafío consiste más bien en aproximarnos lo más posible a una definición ideal de cómo debe operar de la cual siempre estamos lejos. Podemos interpretar este sistema de múltiple maneras – desde democracias representativas con delegación de poderes hasta democracias radicales donde la participación cotidiana de los ciudadanos represente el núcleo central de la vida democrática. Las transformaciones que apliquemos a cualquiera de estas interpretaciones van de la mano con nuevas formas de diseño institucional que de alguna manera mejoren la idea central – sea la representación, la participación, la inclusión, la diferencia, etc.

Por otro lado, cuando hablamos sobre innovación pensamos más bien en el espacio de la innovación técnica, la mejora de procesos, productos y servicios, o como le gusta decir a mi amigo Chris Peterson, “formas más eficientes para la apropiación de la plusvalía”. Es cierto que la “innovación” tiene más capas y matices que esta, pero la retórica de la innovación en los últimos años ha estado dirigida principalmente en esta dirección: un nuevo iPhone, una nueva red social, una nueva aplicación móvil, son algunas cosas que se suelen designar cotidianamente como “innovaciones”.

De modo que es interesante pensar en el espacio intermedio – el espacio de las innovaciones democráticas. Claro, esto no es un espacio nuevo, sino uno donde desde hace tiempo se pueden encontrar cosas desde la tecnología cívica hasta las redes de indignación y esperanza de las que habla Manuel Castells y muchas cosas más. Quizás es mucho el énfasis que se ha puesto al pensar en este tipo de innovaciones en llevarlas rápidamente a escala por un imperativo democrático – ponerlas a disponibilidad del número de la población más amplio posible, en el menor tiempo posible – en lugar de pensar en un modelo de diseño iterativo donde la usabilidad y la retención de usuarios se anteponga al acceso a grandes comunidades. Como señala Paul Graham en un artículo muy citado recientemente, quizás sea mejor pensar primero en cosas que no escalan para poder validar si una idea es realmente relevante con su público objetivo, y no descartar posibilidades solo por su incapacidad de ser llevadas a grandes escalas.

Por otro lado, el culto a la innovación ha ido demasiado de la mano con una tendencia a desatender al diseño institucional, o incluso a desdeñar las instituciones existentes simplemente como formas arcaicas, desprovistas de historia, que deben ser eliminadas. Que tampoco me parece una buena idea. El diseño institucional debe ir de la mano con formas de innovación sociotécnicas que afectan la vida de los ciudadanos en una comunidad. Por ejemplo, si es una buena idea poner a disponibilidad del público información y documentos sobre la gestión pública en una página web, o crear un repositorio público de bases de datos para que los ciudadanos puedan analizarlas, entonces hay que pensar también en la manera en que el diseño de un servicio o institución pública debe transformarse para estar alineada con las expectativas que este tipo de innovaciones generan. ¿Es necesaria una reorganización interna? ¿Son necesarios nuevos roles en la organización? ¿Fluye la información de la manera debida?

La manera como se suelen tomar decisiones en el sector público limita considerablemente la capacidad de prototipado y respuesta que una institución puede tener a estas preguntas – cuando es necesario crear convocatorias públicas para llenar puestos o pasar por procesos complicados para cambiar un organigrama, por ejemplo (aunque hay muy buenas razones por las cuales existen estos candados y limitaciones, y no se trata simplemente de eliminarlos). De modo que hay, creo, necesidad para un espacio intermedio, una zona franca para la experimentación con las instituciones y los servicios públicos que es necesario para diseñar, prototipar y evaluar cosas con mayor flexibilidad – un espacio que podría ser, quizás, mejor ocupado por organizaciones del sector privado y el sector social colaborando de manera directa con instituciones del Estado.

Sí, estoy colapsando muchas categorías distintas en una sola bolsa – innovaciones a la democracia misma, a la gestión pública, a la comunicación con los ciudadanos, y demás. Pero creo que eso es importante también. Es justamente la necesidad de rediseñar grandes procesos partiendo de experimentos pequeños y puntuales lo que nos puede permitir crear experiencias y circuitos de información que combinen diseños institucionales con nuevas tecnologías para crear espacios donde la democracia se vuelva una forma más activa, más presente y más tangible. Quizás con este tipo de combinaciones sea posible responder más efectivamente a esas múltiples ineficiencias que hacen que las democracias latinoamericanas estén siempre bajo amenaza – que las hagan, como siempre me gusta decir, menos una caja negra, y más un sistema donde sus participantes puedan tener un sentido real de agencia e influencia.

¿Puede extinguirse la filosofía?

A través del blog Leiter Reports me entero continuamente de cómo uno tras otro diferentes departamentos de filosofía en los EEUU se ven amenazados y al borde de la desaparición. El argumento es siempre el mismo, y es que dadas las condiciones económicas por las que pasa la universidad o algo por el estilo, se vuelve necesario hacer recortes presupuestales y casi siempre es más fácil empezar por aquellos programas que por su naturaleza no son particularmente rentables. Parece ser lo que viene ocurriendo en Greenwich, Nevada, Keele, entre otras, y parece ser un sentimiento generalizado.

De entrada, podemos afirmar que la filosofía existió mucho antes de que hubiera algo así como una universidad. Pero con los siglos, la filosofía y su ejercicio académico se han vuelto efectivamente inseparables del contexto de las universidades: a pesar de su complicada relación con lo material, los filósofos no pueden evitar tener necesidades del mundo real que la universidad ha pasado históricamente a satisfacer. Pero ahora parecería que poco a poco la universidad viene cerrando ese caño.

No quiero entrar aquí en la discusión normativa sobre lo terrible que es esto, cómo es un golpe horrible al espíritu humanista que construyó la educación moderna y una terrible concepción mercantilista de la formación y el quehacer humano. Todo eso, sobre todo aquel que estudia o practica la filosofía, ya lo sabemos y podemos todos apuntar con satisfacción moral a Martha Nussbaum para que nos explique por qué la democracia requiere de las humanidades. Comparto este espíritu y creo que las humanidades y la filosofía cumplen un papel importante en la educación universitaria, y que eliminarla sería algo horrible. Pero no vayamos por ese camino.

Vayamos, más bien, por el camino de constatar que esto está pasando. En Lima hay cuatro universidades, si no me equivoco, que enseñan filosofía. Dudo mucho, por no decir absolutamente, que aparezca alguna otra en el futuro cercano o a mediano plazo. ¿Debería haber alguna otra? ¿Tendría sentido? Finalmente, no es que como están las cosas tengamos muy claro qué hace un filósofo o qué oportunidades tiene, sí, en el mercado.

Vemos la tendencia más amplia (particularmente en EEUU y en el Reino Unido) y vemos que los departamentos de filosofía empiezan a ser un poco perseguidos. ¿Y entonces qué pasa? Aunque obviamente hay una retórica de resistencia y un esfuerzo organizado por evitar que esto ocurra, en el corto plazo es razonable suponer que varios departamentos de filosofía desaparecerán o se reducirán significativamente. ¿Y entonces qué?

Si mañana despertáramos y el apoyo institucional universitario a la filosofía hubiera desaparecido, ¿qué nos quedaría? Pregunto esto por algo muy simple: la filosofía preexistió a la universidad, y sin embargo, se ha vuelto prácticamente indisociable de ella. Sin la figura de la universidad, nos resulta sumamente imaginar lo que significaría hacer filosofía de manera realista y sostenible. Entonces, ¿qué nos queda?

No tengo una respuesta ahora. Sólo quiero dejar el problema sobre la mesa. Los apoyos institucionales que tradicionalmente conocemos podrían desaparecer con el tiempo, y es pertinente, me parece (además de ser un problema interesante) que pensemos también en qué significa hacer filosofía más allá del claustro universitario. Más aún cuando disponemos de herramientas que están subvirtiendo el orden de ese claustro en primer lugar. ¿Cómo se vería una filosofía que no esté necesariamente atada a lo universitario? ¿Es por eso menos académica? ¿Importaría si lo fuera?

¿Cómo se sostiene? ¿Cómo consigue recursos? ¿Cómo conecta a sus participantes?

Si un día sorpresivamente llega el huracán, luego no digan que no les advertí.

La forma "partido"

Leyendo la más reciente columna de Pepi Patrón en La República, regreso sobre una idea que me acosa hace un tiempo y que debo haber mencionado aquí en algún momento. Dice Pepi:

el sistema electoral y la legislación sobre los partidos delimitan el marco institucional de nuestro sistema de representación y configuran, por tanto, el escenario y las posibilidades (o no) para que los más vulnerables y excluidos logren tener voz en el sistema político. Las recientes experiencias en el Perú parecerían mostrar que los partidos políticos no están cumpliendo esta función y que la legislación tendría que mejorarse para que sea efectivamente el caso.

Y claro, mucho se ha discutido en los últimos años sobre la importancia de fortalecer el sistema de partidos como un componente prácticamente indispensable para fortalecer nuestra democracia y que quede claro su valor. Porque, en el Perú, promover la democracia es algo así como un equivalente a repetir constantemente “No, en serio, sí funciona, vas a ver”, frente a una turba enardecida que reclama algún tipo de dictador benevolente que “roba, pero hace obra” y ese tipo de cosas.

Pero quiero dar un paso atrás. ¿Por qué nos importan tanto los partidos? Los partidos políticos peruanos no funcionan. No representan, no agregan los intereses de los individuos que agrupan, no son buenos en la formulación de políticas públicas que benificien al grueso de la población. La verdad, no tengo idea qué hacen los partidos políticos peruanos, en su especie-de competencia de ego por ver quién gana el título de mal menor en las siguientes elecciones. Claro, podríamos cambiar la legislación y así obligar a los partidos a ser más representativos, a servir como canales y vehículos de la opinión y la agenda públicas. ¿Pero por qué queremos hacerlo?

Hace un tiempo escribí y vengo haciendo referencia a la idea de apropiación – que diferentes formas, medios o conceptos no son simplemente implementados o implantados en un grupo social, sino que el grupo social se apropia de las nuevas formas y las adapta a su lenguaje previamente existente. Siguiendo esa misma lógica, ¿qué apropiación hemos hecho en el Perú de los partidos políticos? ¿Cuál podemos y queremos hacer? Porque quizás sea que, simplemente, los partidos tal como los idealizamos (sea como demócratas vs. republicanos, sea como sistema europeo, sea lo que sea) quizás no sean la forma que estamos apropiando. En otras palabras – ¿cuál debería ser la forma de un partido político made-in-Perú, que, además, tenemos la oportunidad de pensarlo para el futuro y no para el pasado?

Sigue Pepi:

La baja aprobación que afecta hoy en el Perú tanto a los partidos políticos como al Congreso parecería ser una prueba más de la trágica distancia que existe entre los ciudadanos y las instituciones políticas. En el Informe 2008 de la Corporación Latinobarómetro, el Perú aparece en el último lugar de toda América Latina en la confianza y en la aprobación del trabajo del Congreso. Y para la confianza en el caso de los partidos políticos, idem., somos los últimos. Aunque no lo somos en la consideración de la importancia de ellos para la vida democrática del país (sin partidos no hay democracia); aquí estamos en la mitad de la tabla, no en la cola.

Entonces no entiendo. Si nos caen tan mal los políticos y el Congreso, ¿por qué ponemos tanta fe en la importancia de los partidos para la vida democrática? No digo que no deba haber canales, vehículos, lo que fuera, pero quizás estamos respondiendo al problema de manera equivocada. Si los partidos no funcionan, también es una oportunidad para ponernos a pensar qué cosa si podría funcionar y empezar a experimentar con eso. Los partidos de masas del siglo XIX y XX, esos que nunca han cuajado bien del todo aquí y que tomamos comúnmente como consustanciales a la democracia, están inevitablemente condenados a su transmutación en nuevas formas. Quizás nos iría mejor pensando qué nuevas comunidades políticas nos gustaría que tomen su lugar, en vez de ver cómo, una vez más, resuscitamos al sistema de partidos a ver si esta vez sí funciona.

Complementos (Periodismo ciudadano cont.)

A las ideas que he soltado sobre el problema del periodismo ciudadano incorporo aquí algunos complementos a la discusión, que he encontrado después y que vale la pena considerar. El primero es un fragmento largo de Henry Jenkins, publicado en el blog del Centro de Medios Cívicos Futuros de MIT (Center for Future Civic Media). Creo que ayuda a reforzar la idea de que el periodismo ciudadano no es una solución mágica ni un fin-en-sí-mismo, sino un desarrollo que encaja en un ecosistema más amplio:

Diseñando Medios Cívicos: A medida que la crisis económica se profundiza, los periódicos estadounidenses empiezan a replegarse, los medios noticiosos ajustan sus presupuestos y reducen su cobertura, y los periodistas pierden sus trabajos. Mientras que algunos han argumentado que nos estamos moviendo de una era de ciudadanos informados a una basada más en un modelo de monitoreo, todas estas discusiones de participación ciudadana dependen de tener una fuente confiable y significativa de información que pueda forma la base de nuestras deliberaciones y acciones colectivas. La de idea de que los periodistas profesionales serán reemplazados por un ejército voluntario de “periodistas ciudadanos” es profundamente confusa, aún si los ciudadanos pueden implementar nuevas tecnologías para servir otras necesidades informacionales de su sociedad. Hablar de “periodistas ciudadanos” es como hablar de “carruajes sin caballos”, un intento de entender un sistema emergente mapeándolo a tecnologías heredadas. El Centro de Medios Sociales de American University, el Centro Norman Lear en la University of Southern California, el Centro Berkman en Harvard, y el Centro de Medios Cívicos Futuros de MIT, entre otros, están explorando sistemas alternativos para la producción y distribución de recursos documentales alternativos que apoyen la construcción de la comunidad y el compartir información, y juegos de herramientas alternativos que permitan a los ciudadanos transformar su sociedad. El estudio de Huma Yosuf sobre el uso de medios cívicos en Pakistán durante la reciente emergencia nacional sugiere que los ciudadanos pueden usar estas herramientas para evadir la censura, organizarse frente a regímenes opresivos, y alertar al mundo exterior sobre lo que está pasando en su país. Sin embargo, en muchos casos, estas prácticas alternativas aún dependen de la materia prima brindada por la cobertura noticiosa profesional y por tanto todos debemos preocuparnos por la salud y la independencia de los medios de noticias. [Traducción mía]

Al mismo tiempo, creo que también refuerza la idea que visité antes en el sentido de que el colapso de las instituciones noticiosas no es el colapso de las noticias (en la misma medida que el colapso de la industria musical no es el colapso de la música). El periodismo, como sea que queramos reinterpretarlo, sigue ejerciendo una función importante en la sociedad, pero los términos bajo los cuales lo hace se han visto inevitablemente cambiados frente a la muerte de sus instituciones.

Otro fragmento de Jenkins de la misma fuente me permite profundizar sobre la manera en la cual el periodismo ciudadano es menos interesante en tanto tal, y más interesante como una forma ampliada del ejercicio de la ciudadanía a través de la participación en la circulación y creación de información y conocimiento. En mi post, señalé que no era tanto la cuestión material en estas prácticas la que me resultaba interesante, sino la manera como el ejercicio de estas prácticas ayuda a desarrollar habilidades que fácilmente (mas no necesariamente) pueden transferirse a otros asuntos de la agenda pública. Jenkins enmarca mejor el problema de una manera más concreta:

Pensar globalmente: El surgimiento de nuevas plataformas para compartir medios y las redes sociales representan modelos alternativos para pensar sobre las políticas de la globalización. A través de los años Bush, cuando la superpotencia estadounidense adoptó una perspectiva unilateral hacia los asuntos mundiales, un número creciente de jóvenes estadounidenses estaban consumiendo medios producidos fuera de nuestras fronteras nacionales, a menudo usando canales ilegales o semi-legales de distribución que los conectaban directamente con fans de otras partes del mundo. Activistas que en el futuro podrían estar involucrados con las políticas en torno a la pobreza, el Sida, el ambientalismo, la energía, o los Derechos Humanos, podrían haberse conectado primero a través del intercambio de anime, películas de Bollywood, telenovelas, o dramas-K [dramas coreanos]. Las prácticas en torno a la circulación de estos materiales pueden ser reveladoras a medida que los participantes descubren las políticas proteccionistas y las prácticas que bloquean el acceso sencillo a los medios internacionales. [Traducción mía]

En otras palabras: aunque pueda parecernos trivial el tipo de habilidades que se desarrollan en la participación en redes sociales y en el intercambio de información y de medios, en virtud al contenido de estos intercambios, las habilidades formales que se desarrollan bien pueden traducirse para servir diversos tipos de intereses. Una vez más, el medio es el mensaje (y por ello mismo, no necesariamente estas mismas prácticas podrán, quizás, replicarse tan fácilmente para adaptarse a cualquier tipo de contenido, sino sólo aquellos que compartan cierta lógica subyacente).

Algunos más elementos para la discusión: en ALT1040 encontramos que el periodismo ciudadano no existe. En Ventanazul que los blogs están matando al buen contenido. En eCuaderno una entrevista sobre el periodismo y los ciudadanos. Y en un tono inusual en estos días, una propuesta para un Observatorio del Renacimiento del Periodismo.

Wall Street y Platón

Entre todos los problemas que tiene la crisis financiera que alcanzó un nuevo clímax ayer – y debe estar alcanzando aún otro hoy – hay uno que me llamó la atención particularmente, que es la paradoja de la democracia. Dice un artículo de Business Week de hoy:

La primera encuesta, publicada el viernes 26 de setiembre, muestra que 8 de cada 10 americanos afirma estar siguiendo el debate sobre el rescate financiero. Eso es bastante, especialmente para algo así de complicado, y más de dos tercios de los norteamericanos quieren que el congreso haga algo. Y lo dicen en serio: casi tres cuartos piensan que la economía podría empeorar a largo plazo -“en los próximos años”- si Washington no actúa. Y sin embargo, 56% de los encuestados quieren un plan diferente a la propuesta del gobierno. (“Wall Stree bailout: What’s Next?”, BusinessWeek.com, 30/9/2008, traducción mía.)

La paradoja en cuestión se puede rastrear hasta Platón, si no antes. Por un lado, la voluntad popular se inclina hacia una solución de manera mayoritaria, aún cuando, podría decirse, en conjunto la población no maneja el conocimiento o las habilidades para reconocer cuál es la mejor solución al problema. Por otro lado, los que en ese caso sí manejarían el conocimiento o las habilidades se inclinan por una solución diferente, pero no cuentan con el apoyo de la voluntad popular que los legitima para tomar decisiones en primer lugar.

El problema regresa hasta Platón porque, para Platón, la democracia era una forma corrupta de gobierno, pues no garantizaba la idoneidad de las decisiones tomadas. Solamente cuando gobiernan los que saben tomar las decisiones (para Platón, el filósofo-rey) es que se pueden esperar las mejores decisiones posibles. Pero claro, la receta platónica es, al mismo tiempo, una forma velada de totalitarismo.

Al mismo tiempo, la democracia, entonces, es un sistema que sólo tiene sentido cuando queda siempre abierta la posibilidad de tomar decisiones equivocadas. Suena como un compromiso necesario, pero uno no puede evitar preguntarse: ¿realmente queremos que decisiones del calibre más alto sean tomadas por gente que no tiene interés ni mayor concepto por aquello por lo que está votando? Contraargumento rápido: claro, pero por eso democracia debe ir de la mano con educación para formar mejores ciudadanos. Contracontraargumento rápido: cierto, pero eso es wishful thinking y no la situación que tenemos entre manos hoy, idealmente suena genial, pero no describe el estado-de-cosas actual.

No tomo lados en el argumento porque no tengo una respuesta sobre “qué opción es mejor”, supongo que una en unos casos, otra en otros. Pero esta paradoja quizás ayuda a entender un poco por qué ayer no se aprobó el paquete de medidas que tanto pedían unos, atacaban otros.