Publicidad argentina

Una de las mejores cosas que veo aquí en Buenos Aires es la publicidad. Aunque no veo mucho de la televisión local, de todas maneras me gano con comerciales en la televisión que son muy, muy buenos. Así que les dejo un pequeño muestrario, como por ejemplo este comercial de la bebida H2OH:

A diferencia de los comerciales horribles que Telefónica está sacando últimamente en Perú, que no tienen ningún sentido en el peor de los sentidos, éste es un comercial de Telefónica reciénte aquí:

Personalmente me gustan mucho también los comerciales del Banco Hipotecario, que ya se van un poco más hacia lo absurdo (en este caso, en un buen sentido):

Este comercial de Arnet le resultará familiar a todo aquel acostumbrado a trabajar desde su casa, vía Internet:

Claro, esto no quiere decir que toda la publicidad sea buena o mejor, sino simplemente que me parece que uno tiene mejores probabilidades de encontrar comerciales divertidos, que vale la pena ver. Si encuentro más ejemplos buenos los publicaré también.

Paréntesis metafilósofico, 1

Quiero llamar la atención sobre una serie de artículos que ha venido publicando Daniel Luna en su blog Vacío, sobre el fin de la filosofía (que ha publicado en cinco partes). Creo que son un excelente aporte a una discusión que me interesa mucho, respecto al sentido y la transformación del quehacer filósofico en nuestra época. Hay una serie de puntos particulares sobre los que quiero comentar, además.

El desafío de formar filósofos. Éste es un punto con el cual coincido plena, o casi plenamente con Daniel: nuestras facultades de filosofía, en general -al menos hablando a partir de mi propia experiencia- hacen un gran trabajo de producir no filósofos, sino historiadores de la filosofía. Gente que sabe recorrer muy bien la historia de los pensadores y de las ideas, pero que no dispone de la misma facilidad para formular nuevas ideas y crear pensamientos completamente originales. No es tanto por un tema de incapacidad, sino más bien por uno de actitud. Desde que uno empieza a estudiar filosofía, se instala entre dos impulsos paradójicamente contradictorios que aprende de su entorno: por un lado, la creencia tácita de que, en realidad, la filosofía es alguna forma superior del discurso frente a otras disciplinas (porque se encarga de lo más fundamental, de las cosas mismas, de las esencias, de lo que quieran). Por otro lado, la creencia de que en verdad hay tanto por saber sobre cualquier cosa, que nunca puedes decir que sabes realmente nada y siempre habrá alguien que sabe más que tú, así que mejor dedícate a lo seguro y no te lances con interpretaciones arriesgadas sobre cosas de las que sabes poco.

Con el tiempo me hice de la idea de que ambas cosas eran falsas. Pero nuestra forma de educar filósofos no. No formamos gente para, propiamente, filosofar, sino para ser excelentes comentaristas, críticos agudos (a menudos innecesariamente agudos) y eruditos doxógrafos. Pero en realidad, eso por sí sólo es bastante poco interesante. La historia de la filosofía en términos de acceso a ciertos tipos y cantidades de información es algo que se hace obsoleto con el tiempo – en la medida en que la información se vuelve un commodity, el hecho de saber más o menos sobre ediciones publicadas de la Crítica de la razón pura es trivial, cuando Google puede responder mejor esa pregunta.

El problema es doble, porque por un lado no sabemos realmente hacer otra cosa, y por otro, es incluso cuestionable que otra cosa sea posible. Me explico. Es fácilmente concebible que yo forme a alguien como “filósofo”, enseñándole la historia de la filosofía, ideas conocidas y su estudio y básicamente mostrándole lo que ya se ha hecho. Lo que no es fácilmente concebible, es cómo formar a alguien para hacer algo que no se ha hecho – como por medio de lo conocido (la historia de la filosofía y de sus autores, por ejemplo) puedo dar lugar a lo desconocido (un pensamiento nuevo y original). La valla es sumamente alta y pretensiosa: es como decir que es posible enseñarle a alguien a ser innovador, a ser un gran filósofo. Lo más probable es que no se pueda, al menos bajo nuestro entendimiento tradicional de lo que es posible enseñar, y de lo que es ser creativo.

Pero creo que todo esto apunta a la necesidad de reconocer que hay una reinterpretación importante en nuestra sociedad actual de ambas cosas, tanto de lo que significa enseñar (y qué se puede enseñar) así como de lo que significa ser creativo. Quiero incluir aquí dos referentes en ese sentido, que han aparecido antes en este blog. El primero es Ken Robinson, en una charla TED sobre la manera cómo la educación formal mata la creatividad:

El segundo es una charla TED también, de Elizabeth Gilbert, sobre una manera de reinterpretar lo que significa ser creativo de manera distinta a nuestra clásica idea del “genio” y del talento:

Con esto quiero llegar a lo siguiente: no, probablemente no sea posible educar a alguien para que sea Kant (y tampoco veo por qué querríamos hacer eso). Pero probablemente sí puedo hacer lo siguiente: si entiendo mejor la manera cómo ideas nuevas y originales aparecen en el mundo, puedo crear las condiciones y el ambiente donde eso sea incentivado y promovido por el sistema de formación. Es decir, ampliar la formación de la simple reproducción mecánica de ideas, de generación a generación, y complementar eso con un sistema que favorezca, reconozca y recompense el hecho de asumir riesgos intelectuales, de crear ideas nuevas.

No tenemos esto actualmente, y tenemos, en cambio, mucho de lo que ha señalado Daniel: instituciones y procesos formativos que, mucho antes de enseñarte e incentivarte a filosofar, te enseñan a sumergirte en una lista inacabable de libros (el “canon”), a aprenderlo todo antes de atreverte a pronunciar una sola palabra. Y, al mismo tiempo, el sistema se las arregla para asegurarse del cumplimiento de sus imperativos: cuando intentas no regirte por estas reglas, eres censurado, pública e inescrupulosamente. No sólo por profesores, sino por los mismos alumnos. La gente está aterrada de exponer en simposios, incluso en simposios de estudiantes, o de presentar ideas novedosas en presentaciones en clase, porque saben que incluso antes que las críticas de los profesores llegarán las críticas de los mismos alumnos. No has leído esto, no has tomado en consideración una servilleta oscuro de un autor desconocido que refuta todo lo que dices, y demás. No sabes lo suficiente. El canon filosófico es algo así como el canon minero: es la suma inacabable de derecho de piso que uno debe pagar para ganarse el derecho de algo. Lo más gracioso es que el derecho que uno gana, es el derecho de cobrarle el canon a otros de la misma manera que se lo cobraron a uno.

Creatividad colectiva

Entiendo la idea de reivindicar la idea del genio, del artista como una especie de iluminado, cuando el artista es, justamente, él mismo. Es decir, un pintor pinta. Un compositor compone. Un escultor esculpe. Hasta ahí la cosa más o menos en orden, podemos decir él o ella hicieron esto o aquello, y esto o aquello es chévere, por lo tanto él o ella con buenos artistas.

Hasta ahí todo bien.

Nuestra concepción del sentido de la creatividad no tenía mucho problema. Pero luego nuestras artes empezaron a volverse complicadas. La fotografía ponía en cuestionamiento el valor de capturar la realidad – impresionismo y expresionismo siguieron su propio camino en la pintura, pero dejaban la duda respecto a si la fotografía podía considerarse como un arte. Con el tiempo nos acostumbramos a la idea.

Pero… ¿qué hacemos con el cine? ¿Quién es propiamente el “autor” de una película? Podría ser el guionista, el director, el director de fotografía, o incluso los actores y cada una de sus performances. No es tan claro establecer a quién atribuirle la autoría… más bien, parece más coherente atribuírsela a un grupo de personas al mismo tiempo, todas las cuales participan de la producción.

Algo similar ocurre, por ejemplo, con los comics. Tomemos el ejemplo sobre el cual suelo volver constantemente: Watchmen. Decir que es una obra solamente de Alan Moore sería gruesamente incorrecto: es un comic, y justamente, los dibujos de Dave Gibbons son un componente fundamental del medio y del desenvolvimiento de la historia. Es el resultado de la colaboración exitosa entre ambos lo que consideramos un gran producto.

Podemos pensar en otros medios, otros formatos también, como los videojuegos. Que casi siempre son desarrollados por equipos de producción, que incluyen diseñadores, programadores, coordinadores, escritores, y demás. El resultado es trabajo del equipo de todos – un juego exitoso será reflejo de un equipo de trabajo que funcionó bien. El trabajo colectivo se distribuye.

Así como nuestras artes se amplían, quizás también debemos modificar nuestra idea de creatividad. Quizás una idea demasiado estrecha de lo que reconocemos como creativo es lo que nos impide reconocer una serie de creaciones como obras artísticas.

Una nueva idea de cultura

El desmontaje del concepto del superhéroe que realiza Watchmen tiene, me parece, una serie de profundas implicaciones para la manera misma como concebimos nuestra cultura, especialmente como concebimos la dinámica de producción, consumo e intercambio cultural, y cómo reconocemos que ciertas personas o ciertos grupos están legitimados o facultados para realizar esta producción, mientras que otros lo están, únicamente, para el consumo.

Me explico, y voy a tratar de puntualizarlo haciendo referencia a dos ejemplos: el arte y la filosofía.

El argumento que aquí quiero formular no es nuevo, pero quiero vincularlo con la lectura que acabamos de hacer antes respecto a Watchmen. ¿Qué quiere decir que ya no podamos aspirar a tener superhéroes como los de antaño? Quiere decir que la legitimidad de todos aquellos individuos que quieren alzarse “por encima” del orden normal de las cosas no se establece a priori, sino que es una cuestión que definimos a partir de sus consecuencias, y que es, hasta cierto punto, indeterminable desde su formulación – está más allá del bien y del mal, por decirlo de alguna manera, en la medida en que nos obliga a juzgar lo desconocido a partir de lo conocido y, en ese caso, normalmente fracasaremos de manera rotunda.

Si tomamos un paso hacia atrás, sin embargo, nos obliga a reconceptuar el origen mismo de los superhéroes: y es que, de manera predeterminada, no hay nada especial con ellos. Con posibles excepciones (como Superman), el hecho de que los superhéroes sean superhéroes es una cuestión completamente contingente. Spiderman es mordido por una araña radioactiva, Batman queda tan traumatizado por la muerte de sus padres que se entrena para combatir el crimen, incluso los X-Men reflejan la contingencia máxima, la aleatoriedad de la evolución biológica que les otorga capacidades sobrenaturales no en virtud de lo especiales que son, sino de sacarse la lotería genética. Lo mismo ocurre con los superhéroes de Watchmen, quizás con mayor radicalidad: ellos escogen volverse superhéroes en la mayoría de los casos, o en otros, como el del Dr. Manhattan, se encuentran a sí mismos en ese rol por accidente. Por simplificarlo de una manera sumamente burda: se trata de personas ordinarias, que son puestas fortuitamente en circunstancias extraordinarias – y no lo digo como libro de autoayuda, sino, simplemente, sacados del contexto de lo cotidiano y enfrentados con decisiones que escapan al normal desarrollo de los acontecimientos. Pero ninguno de ellos está, de entrada, particularmente capacitado para tomar esas decisiones, ni especialmente preparado.

En otras palabras: la conclusión perturbadora de Watchmen es que cualquiera de nosotros, armado con la suficiente necedad, podría autoarrogarse la legitimidad para volverse un “superhéroe”. Consideren a Rohrschach, por ejemplo, armado con nada más que su brutalidad: su “superpoder” consiste en poco más que golpear brutalmente a la gente del inframundo delincuencial. Y cubrirse la cara con un paño manchado. Eso es básicamente todo. Si quieren ponerse elaborados, pues pueden construir sus propios aparatos y juguetes y guardarlos en el garaje, como Night Owl. Si son multibillonarios pueden hacer una cueva debajo de la superficie para almacenar todos sus juguetes y vehículos como Batman. Depende de cuánta necedad y cuántos recursos tengan. Una escena, de nuevo, de The Dark Knight, en la interpretación de Batman de Christopher Nolan, refleja el complicado extremo al que esto puede llegar:

Me encanta la pregunta al final del clip: ¿Qué te da a ti el derecho? ¿Qué te hace diferente a nosotros? La trivialidad de la respuesta de Batman revela, justamente, lo contingente de esa diferencia: en verdad, nada. Simplemente él tiene más éxito en hacer lo que hace que los imitadores. Le funciona. Se sale con la suya, como diría el buen J.L. Austin. Cualquiera puede ser un superhéroe, siempre y cuando consiga salirse con la suya.

¿Cómo se mapea esto, entonces, a nuestra cultura? El año pasado (en el mismo simposio, dicho sea de paso), intenté desarrollar que quiere decir esto para el ámbito del arte, en la manera como se configuran lenguajes experimentales, algunos de los cuales terminan transformando nuestro concepto mismo de lo artístico y lo estético. Hoy día somos capaces de entender el arte no como el trabajo exclusivo de un genio, de un individuo cuya creatividad lo aísla del mundo y lo vuelve capaz de formular visiones que surgen prácticamente de la nada. La creatividad puede pensarse de otra manera, no como genialidad, sino como permanente experimentación, la gran mayoría de la cual caerá siempre dentro de los parámetros de lo estéticamente aceptado: enmarcado dentro de cierta tradición estética/artística, las obras en su mayoría son apreciables, comprensibles y ubicables en un contexto. Pero, de cuando en cuando, surge la posibilidad que brinda una obra nueva de irrumpir en el contexto de lo conocido y de atomizar nuestra capacidad interpretativa: no se puede evaluar la obra desde lo conocido, porque simplemente está más allá. En esa obra, el artista nos muestra un nuevo mundo posible y nos invita a recorrerlo, explorarlo, conocerlo. La gran mayoría de este tipo de obras fracasan, pero algunas coinciden, si llegan en el momento y el lugar correctos, salirse con la suya y redefinir los mismos cánones bajo los cuales la propia obra es evaluada. A priori, sin embargo, es imposible determinar qué será aquello estéticamente transformador – si pudiéramos definirlo, precisamente, ya no sería transformador, sino que estaría domesticado por nuestros criterios existentes.

El resultado es que más personas, al mismo tiempo, empiezan a sentir la legitimidad de expresarse, en diferentes medios. ¿Eso hace que tengamos mejor arte, o mejores obras? Claro que no, y esa discusión sería un poco estéril. Pero sí quiere decir que aparecen nuevos criterios estéticos para evaluar estas expresiones, que responden a diferentes objetivos. Y quiere decir también, por una simple cuestión de probabilidades, que de esta inundación de expresión al menos un porcentaje mínimo puede resultar realmente transformador. El filtrado de lo bueno y lo malo, sin embargo, ya no lo vamos a realizar a priori, ya no lo vamos a realizar a partir de otorgarle a ciertos “superhéroes de la cultura” el estatuto, o la licencia, para expresarse y reconocer lo interesante de sus creaciones (y ojo que aquí uso el término “interesante”, y no “bello” o “bueno” ni nada por el estilo). Más bien, nos volvemos un poco locos otorgando licencias para crear a todo aquel que las quiera, y nos dedicamos a filtrar colectivamente, a posteriori, las creaciones interesantes de las no tan interesantes, o nada interesantes.

Algo similar, me parece, está ocurriendo o puede ocurrir con la filosofía. Durante mucho tiempo hemos pensado en los filósofos como una suerte de “superhéroes del pensamiento”, dedicados por vocación al cultivo del conocimiento y la sabiduría y la verdad y de más grandes atribuciones. Por mucho tiempo, creo, a ellos también les ha gustado pensar así de sí mismos: como guardianes de las verdades más profundas del ser y del no ser. Pero la misma filosofía contemporánea, y los filósofos contemporáneos, han empezado (algunos) a apuntar en otra dirección. En concebir la filosofía no tanto como una magna tarea, un deber que cumplen para con la humanidad de pensar sus más grandes problemas, sino más bien como una forma casi terapéutica de entender mejor la manera como pensamos, y por qué pensamos de cierta manera y no de otra en uno u otro contexto dado. Desde este punto de vista, dejamos de buscar verdades que lo abarquen todo, grandes principios que nos permitan explicar las grandes verdades de manera unificada, simplemente porque tampoco podemos, a priori, determinar con claridad cuál sería la forma que esta verdad o este principio adoptarían. Y porque, por lo mismo, se nos vuelve una tarea un poco fútil. Empezamos a optar, entonces, más bien por modelos conceptuales o teóricos que nos permitan darle sentido a las cosas de manera más localizada, de manera menos fundacional, menos absoluta. Dejamos de pensar que hay tal cosa como un problema propiamente filosófico (así como dejamos de pensar que hay tal cosa como un superhéroe que obedece a un mandato moral o a un principio de defendernos de los malos más malos), y empezamos a pensar, más bien, que todo problema puede enfocarse filosóficamente cuando queremos revelar de él un ángulo que no hubiera sido visto previamente.

En una entrevista realmente excelente, Slavoj Zizek articula el sentido que tiene para él la filosofía: la filosofía, básicamente, no está para resolver problemas, sino para redefinirlos. En este sentido, la filosofía no es una magna tarea, no es un gran deber del intelecto, ni es competencia de los superhéroes del pensamiento revelarnos las grandes verdades del universo, sino que los filósofos, más bien, descubren la posibilidad de pensar de manera diferente diferentes problemas, para ver, luego, cuáles de sus posibilidades son interesantes para seguirlas pensando.

Y luego de introducir a Zizek, se me ocurre una tercera posibilidad, de yapa. Porque ahora estoy pensando en la conferencia que recomendé hace unos días de Zizek hablando sobre cómo ser un revolucionario hoy. Y es que se me ocurre que la misma idea Watchmeniana podría aplicarse para entender el programa que describe Zizek en esta conferencia: ¿cuál será el modelo revolucionario que efectivamente desplazará el capitalismo, y cómo podemos comprometernos con su formulación y realización?

El asunto es que, siguiendo la misma línea, usualmente hemos entendido estos grandes sistemas articuladores del mundo como “superhéroes económico-políticos”. Y asumimos que la respuesta a la omnipresencia del capitalismo debe ser algo así como un modelo igualmente abarcante, un modelo que pueda responderle en sus mismos términos. Pero todo modelo formulado en esa dirección, como señala el mismo Zizek, no termina sino ampliando en realidad la base originaria del capitalismo, sin transformarlo estructuralmente. Así, las múltiples formas de “capitalismo con rostro humano” maquillan un poco la exclusión, la enajenación, la pobreza, y demás condiciones que son, en realidad, estructurales a la lógica del capitalismo.

Quizás, se me ocurre – y esto tan sólo se me ha ocurrido en los últimos diez minutos, así que con paciencia – que la manera como podemos encontrar un sistema que plantee una alternativa real al capitalismo, una alternativa estructural, sea dejando de pensar en alternativas estructurales y sistemáticas. En lugar de buscar formular un diseño institucional maestro, una gran teoría que nos permita superar los problemas del sistema, si seguimos la misma lógica Watchmeniana, debemos más bien dejar que pululen decenas, cientos, miles de modelos alternativos. Si nuestro costo operativo es lo suficientemente bajo, podemos experimentar con miles de modelos en múltiples contextos y ver cuáles funcionan mejor y por qué, o cuáles no funcionan y deben ser descartados, sin tener que decidir, a priori, qué modelo nos gustaría implementar para la organización económica del planeta. Dejemos que todos intenten ser superhéroes, que todos intenten salvar el mundo, y luego quedémonos con los modelos que se salen con la suya.

Es, de alguna manera, también la idea de cultura que se desprende Watchmenianamente. Dejar de buscar o esperar respuestas de grandes superhéroes legitimados como tales, porque no los hay. Y los que se muestran como tales, son en realidad tan legítimos como tú o como yo – sea como obras creativas, como conceptos, como modelos económicos. Y tienen tanta legitimidad contingente como modelos alternativos que podrían ser igual, si no más, interesantes.

Eso quiere decir, también, que nuestra manera de leer y entender estos objetos o productos culturales tiene que transformarse, como lectura misma. Un tipo diferente de enfoque es necesario que sea capaz de captar las cosas en esta línea. Pero creo que eso queda para mañana.

Contextos creativos

He estado viendo algunas charlas de TED últimamente (el canal de TED en YouTube es, como se dice, un must), y ahora me encontré también con esta extraordinaria charla de Elizabeth Gilbert hablando sobre el origen de la creatividad. La idea (¿propuesta?) de Gilbert es que tenemos mucho que ganar si pensamos en la creatividad no como en la genialidad propia de un individuo iluminado que comparte con el mundo su visión, sino si rescatamos concepciones de la creatividad que existían en la Grecia y Roma clásicas: que la genialidad es, más bien, el atisbo de algo divino que se vale de lo humano como vehículo para hacerse realidad.

La idea del genio en el arte, de la creatividad como un atributo propio de algunos individuos, es una idea que surge con el Renacimiento cuando la fuerza de la voluntad y la razón fueron puestas como maestras de todo. Pareciera justo, entonces, que a medida que abandonamos también una serie de paradigmas de la Modernidad por encontrarlos insuficientes, nuestra imagen de la creatividad se vea ella misma también transformada. Las ideas de Gilbert me gustan no tanto por lo místico que hay detrás de ellas, sino más porque rompen con esta idea moderna de que somos el centro del universo y el elemento más importante en él. Por mucho que nos duela admitirlo, en verdad no somos tan importantes ni tan especiales, y somos, más bien, el resultado aleatorio de una larga cadena de ensayos y errores que se han ido adaptando más exitosamente a su entorno.

De la misma manera podemos pensar en la creatividad en esos términos. Y no lo digo con el propósito de desmitificarla, convertirla en algo mundano, ni nada por el estilo. Sino para entender mejor cuál es el papel que jugamos en este proceso: y es que, me parece, que el aporte que cada uno de nosotros hace individualmente a un proceso creativo es el de estar en el lugar correcto, en el momento correcto. La creatividad, en su expresión más fina, introduce en el mundo de lo conocido algo por completo desconocido: se las arregla para que existe en el mundo algo previamente inconcebible. Pero no sólo eso, sino que lo hace a partir de pedazos conocidos, existentes. El individuo creador al centro de esto tiene éxito cuando está en la confluencia justa de elementos conocidos que le permiten ver, entre ellos, conexiones que apuntan hacia algo que previamente no estaba allí.

Lo cual hace que el que participa de esto no sea especial, sino tan sólo se encuentre en un momento particularmente especial, y su desafío consiste en uno, digamos, de “apertura”: en la capacidad de ver, de reconocer, las conexiones que se forjan a su alrededor en ese momento, y de articularlas de una manera que ofrezcan algo nuevo. Pues lo más probable es que, enfrentados cotidianamente con una situación de este tipo, dejemos pasar la oportunidad de ver algo diferente, bajo la tentación de adscribirlo bajo lo conocido. Porque todo acto de creación incorpora un riesgo importante: implica que el que señala la diferencia, introduce la variación, tiene que estar dispuesto a ir en contra del orden establecido de las cosas, y proporner que veamos el mundo de manera diferente. Lo cual no es poca cosa. Y tampoco quiere decir que cualquier, por el simple hecho de introducir algo singularmente nuevo en el mundo, tendrá éxito. El que una creación sea adoptada o no es otro problema, uno para el cual me gusta mucho la “solución” que puede desprenderse de las ideas de J.L. Austin: que uno es capaz de introducir una nueva convención al lenguaje (y, finalmente, todo esto se trata de moldear el lenguaje) si es capaz de “salirse con la suya” al hacer algo de una manera inesperada.

Lo cual de nuevo, significa que por mucho que nos duela, no somos tanto los personajes centrales de la historia como nos gustaría creer: sino que estamos, todo el tiempo, sometidos a factores y elementos más allá de nuestro control, pero sobre los cuales somos capaces de ejercer algún tipo de influencia. Quizás ya no sea posible que sigamos pensando en la creatividad como un esfuerzo plenamente individual, plenamente voluntarioso: pero eso no quita que seamos capaces de reconocer, primero, los beneficios que tiene los esfuerzos creativos sobre nuestras vidas; y segundo, qué factores suelen estar presentes en entornos donde la creatividad fluye con mayor facilidad. Y quizás, también, podemos acercar lo primero y lo segundo, y encontrar la mejor manera como fomentar la creatividad, de tal manera que beneficie del mejor modo posible nuestras vidas.

Los estragos de la educación formal

Encontrado hoy:

Y… la educación formal es peligrosa. La Academia tiene su pro y su contra, te da herramientas, lo que es bueno para después deshacerlas, para poder romperlas y volver a cuando uno tenía ocho años. Yo creo que sería pésimo profesor, pero puedo hacer un sola buena recomendación para cualquier disciplina artística y es que hay que ejercitarla y ejercitarla hasta que salga con naturalidad, porque es entonces cuando el dibujo, o la música, o lo que fuera, se transforma en tu lenguaje personal. Tiene que salir natural, como cuando uno maneja un auto.

Luego, en la misma página:

Es que todo viene en el rígido con el que llegamos al mundo. Lo que pasa es que después dejamos de usarlo. Pero ahí está todo. Recuerdo el día en que me mostraron una fotocopia por primera vez. No lo podía creer, me la llevé a casa y la guardé. De grande perdés esa capacidad de sorprenderte, de mirar las cosas por primera vez. Cuando sos chico tenés la cabeza libre, dispuesta a que todo te parezca increíble.

Liniers, en Oops!, su libro con Kevin Johansen. Para la categoría de “notas desde Bs. As.”.