Cómo criar a un pingüino

Recién terminé de leer The Penguin and the Leviathan: The Triumph of Cooperation Over Self-Interest. Es el más reciente libro de Yochai Benkler, profesor de la universidad de Harvard y miembro del Berkman Center for Internet and Society, y autor también del (a mi juicio) fundamental The Wealth of Networks.

Aunque es un muy buen libro, no me parece que sea tan contundente en su argumentación como el anterior. En The Wealth of Networks, Benkler parte de observar que una serie de cambios tecnológicos están haciendo posible que se desarrolle un nuevo espectro de actividades productivas que no se inscriben necesariamente ni en las acciones del mercado ni en las iniciativas del Estado. Para él, la tecnología está haciendo posible un nuevo modo de producción que antes no había podido desarrollarse significativamente: un segmento de actividades que podríamos llamar “sostenibles”, capaz de generar suficientes recursos como para mantenerse en funcionamiento, o de generar suficiente valor como para mantener a sus participantes involucrados. Y desarrolla contundentemente cómo funciona este nuevo modo de producción a través de más de quinientas páginas.

En The Penguin and the Leviathan, Benkler ya da por sentado que este modo de producción existe, y más bien trata de dar cuenta de algo diferente – o, más bien, dar cuenta de varias otras cosas. El libro es un examen de la cooperación entre individuos y de los sistemas cooperativos diversos que hemos construido en diferentes momentos y lugares, y busca destilar cuáles son los diferentes principios que intervienen al hacer posible que un sistema cooperativo funcione. Así, toma en consideración los diferentes incentivos, normas sociales, valores, códigos morales, factores culturales y demás variables que pueden intervenir en alguno de estos sistemas, intentando desde el principio cuestionar uno de los supuestos básicos del liberalismo político y sobre todo económico: el del individuo autónomo maximizador, que busca siempre satisfacer racionalmente sus propios intereses al mayor grado posible. Apoyándose en investigación neurológica, evolutiva, psicológica y social, Benkler busca quitar centralidad a la tesis aceptada del individuo maximizador para mostrar que no sólo no nos comportamos de manera egoísta todo el tiempo, sino que además sí cooperamos mutuamente con las personas a nuestro alrededor buena parte del tiempo. Así es que se vuelve posible que se formen y funcionen “pingüinos”, sistemas cooperativos como las comunidades del software libre que hicieron posible Linux, sin la necesidad de que surjan Leviatanes, sistemas de control, supervisión y castigo como los Estados modernos, destinados a limitar el egoísmo del individuo.

El problema, me parece, es que el libro intenta ser demasiadas cosas al mismo tiempo sin tenerlas todas completamente claras. Por un lado, intenta mostrar que la cooperación es posible, es frecuente y responde a una serie de principios y elementos; pero por momentos lleva esta argumentación demasiado lejos, insinuando o implicando que somos fundamentalmente cooperativos y no egoístas, para luego retroceder sobre la gravedad de estas implicaciones y devolverle un lugar en la naturaleza humana al egoísmo. Por otro lado, intenta explicar la manera como ciertos ejemplos de sistemas cooperativos funcionan o han funcionado, desde cooperativas campesinas que regulan el uso de una cuenca hasta Wikipedia; pero no llega a explorar la manera en la cual estos sistemas fueron posibles, o si es que representan algún tipo de singularidad que sea demasiado difícil, o quizás imposible, de replicar. Y por otro lado aún, busca catalogar o documentar los diferentes principios que deben tenerse en consideración al momento de diseñar sistemas cooperativos; pero presupone que tal diseño es posible, y no llega nunca a definir del todo si lo que está intentando hacer es observar sistemas cooperativos en su funcionamiento, o establecer un marco a partir del cual interpretar o diseñar dichos sistemas cooperativos.

No es que crea que un sólo libro no pueda abordar todas estas tensiones y navegarlas exitosamente. Es que me parece que el libro no plantea todas estas problemáticas explícitamente, sino que se va tropezando con unas y con otras en el camino de una manera un poco confusa que me parece no contribuye a la claridad de lo que, aún así, es un argumento sumamente interesante y que merece mucho examen. Más aún cuando uno lee TPATL a la luz de TWON.

Pero mi principal reparo con TPATL es que presupone muchas cosas de un calibre muy pesado. Presupone, por ejemplo, algo así como que los sistemas cooperativos, o los “pingüinos”, fueran no sólo un nuevo patrón, sino una nueva norma que lo cambia todo. Puede que esto sea así, pero no me parece que ofrezca suficiente evidencia para ello. De la misma manera que presupone que los mismos sistemas cooperativos, inspirados por Wikipedia, son ampliamente posibles si se presta atención a un conjunto de variables y principios, cuando en realidad una lectura histórica de estos sistemas fácilmente podría revelar sus propias complejidades internas y que, además, son quizás más los casos de fracaso que de éxito.

Entre estos presupuestos, el que más me resulta incómodo es el presupuesto de que este tipo de sistemas pueden diseñarse intencionalmente. Creo que esto es inconsistente con el tipo de individuo que describe Benkler, que no está plenamente en control de sus voliciones y de los factores ambientales que rigen sus deseos, intereses y acciones, y es donde también creo que habría venido bien una lectura histórica de sistemas cooperativos como los desarrolladores de Linux o los editores de Wikipedia: tal lectura evidenciaría cuanto lo que vemos realmente se ajusta a algún “diseño” o a las intenciones de algún “diseñador”. O si se trata, más bien, de sistemas que van evolucionando y sobreviven en la medida en que son capaces de adaptarse a los intereses multidimensionales de las comunidades que los mantienen y empujan. En ese sentido, no estoy convencido de que el “diseño de sistemas cooperativos” sea plenamente posible en el mismo sentido que uno diseña una silla, una campaña de comunicaciones y una aplicación web. Aunque puede tratarse de una nueva aproximación interesante al diseño de sistemas, éste es uno de los elementos que me parecieron menos consistentes y explicados del libro, y que al mismo tiempo tenía las implicancias más grandes.

Aún así, creo que se trata de un muy buen libro y lleno de temas interesantes como para dejar abiertas preguntas y líneas de trabajo para seguir desarrollando. Uno de sus puntos fuertes es que está fuertemente documentado con estudios empíricos tanto de laboratorio como del mundo real, que ayudan a establecer ideas que pueden sonar contraintuitivas o que corren en contra de creencias aceptadas hace largo tiempo. Ofrece, además, una importante cantidad de materia prima para varios de los puntos que he mencionado arriba, y en particular, creo que permite construir o reconstruir un marco explicativo o un framework para entender qué está en juego en el funcionamiento de sistemas cooperativos y diferentes tipos de comunidades, qué principios hacen posible que se formen y cuáles hacen posible que puedan seguir funcionando. Es, por eso mismo, una buena introducción al arte de la crianza de pingüinos.

¿Conoces a Henry Jenkins?

Para todo aquel interesado en el estudio de los medios de comunicación, sobre todo en la cultura digital y la influencia de la tecnología en la cultura contemporánea, Henry Jenkins es un referente obligado. Es uno de los teóricos más interesantes en tratar el efecto social de las nuevas tecnologías desde una perspectiva que no prejuzga la cuestión desde un punto de vista excesivamente pesimista ni excesivamente optimista. Mucho del trabajo de Jenkins parte del punto de vista de las comunidades de usuarios que se articulan en torno a diferentes medios y productos culturales, y del entendimiento de que el consumo mediático es un proceso complejo y multidimensional: los fanáticos de una obra (una película, una serie de televisión, un comic, o lo que fuera) se apropian de ella y la vuelven parte de su propio universo, como una manera de expresarse ellos mismos. Jenkins defiende una visión de los consumidores mediáticos en el mundo digital que los distingue y aleja de la idea de que son receptáculos pasivos, acríticos de lo que consumen, y los presenta más bien como participativamente involucrados con los objetos de su interés. Involucrados, además, de una manera que les permite tácitamente desarrollar las habilidades que considera son pertinentes para ejercer plenamente la ciudadanía en el siglo XXI.

Hasta donde he podido observar, Jenkins no es aún muy conocido en el Perú. Lo cual es comprensible, pues sus libros son difíciles de conseguir incluso en sus traducciones al español – hay versiones traducidas de dos de sus libros, Convergence Culture (Paidós, 2008), su último libro, y Fans, bloggers y videojuegos (Paidós, 2009, aunque se trata de un libro anterior). Pero nunca he podido encontrar ninguno de ellos en ninguna librería en Lima. Convergence Culture establece una serie de elementos conceptuales que sirven como aparato teórico para entender el cambio mediático en el siglo XXI: la idea de la convergencia mediática como un proceso en el que los consumidores mediáticos aprendemos a movernos simultáneamente a través de diferentes lenguajes y medios que alcanzan un punto de convergencia y equilibrio – al contrario de la idea de que las nuevas tecnologías simple y linealmente desplazan a las viejas, ambas se reinterpretan mutuamente y coexisten de diversas maneras. De ello se desprende la idea del transmedia y las narrativas transmediáticas: así como los consumidores se encuentran hoy en múltiples medios, las narrativas tienen tanto la posibilidad como la necesidad de desarrollarse en diferentes lenguajes y medios al mismo tiempo, con lo cual una historia o un objeto cultural deja de ser una única expresión para convertirse en una dimensión de entre muchas que conforman todo un universo autocontenido. Las posibilidades que brinda la tecnología digital hacen posible e inevitable que aquellos universos que sean exitosos sean expandidos y elaborados aún más por los propios fanáticos, aún cuando esto pueda ir en contra de la visión y los deseos de los creadores originales.

El hecho de que esto ahora forma parte de nuestra vida mediática cotidiana saca a la luz la necesidad central de reinterpretar la idea de la alfabetización mediática, la manera como nuestra sociedad educa a la gente tanto para consumir como para producir mensajes utilizando diferentes medios. Ésta es una práctica que debe ir mucho más allá de simples habilidades técnicas y enfocarse, también, en los protocolos sociales que se construyen en torno a nuestros medios disponibles. En otras palabras, y simplificando bastante el argumento, frente a las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías tenemos la oportunidad, posibilidad y necesidad de educar a las personas para ser consumidores y productores responsables. Dado que el ecosistema mediático actual ofrece un modelo de cultura participativa, eso implica una profunda reingeniería de nuestras prácticas educativas para eliminar la inconsistencia que surge entre la educación formal, producto de la era industrial, y el aprendizaje informal que surge en las sociedades informacionales.

Esto es particularmente importante porque conforme esta inconsistencia crece, se pierde la oportunidad de capitalizar la formación de habilidades que estas nuevas prácticas están generando para alimentar un nuevo entendimiento del ejercicio de la ciudadanía y la participación cultural y política:

A todo esto, una de los elementos centrales a todo este aparato es la dilución de la separación conceptual entre una cultura popular y una cultura ilustrada, y la superación de un rechazo a las industrias culturales como formas culturales enajenantes o engañosas. Jenkins parte de reconocer un valor importante en la cultura popular como el canal donde se construyen los sueños y las aspiraciones de sus consumidores de manera compleja y multidimensional, no como un simple proceso de dominación cultural. Las prácticas de los consumidores y de los fanáticos son para él prácticas significativas y que requieren ser tomadas en consideración pues contribuyen a la construcción colectiva del significado de una obra o de una práctica mediática. Los productos de la cultura popular son relevantes porque echan luz sobre las prácticas mediáticas efectivamente existentes en una sociedad, lo cual a su vez ilumina la teoría que se puede formular respecto a la manera como funciona la cultura participativa.

Con algo de suerte, alguno de sus libros aparecerá pronto en librerías en Lima. Y sé que algunos de ellos pueden encontrarse en algunas bibliotecas universitarias. Mientras tanto, muchas de sus ideas pueden revisarse a través de su blog.

Personalidades múltiples

Dentro de la mutación cultural de la era contemporánea, las identidades que construimos no han quedado fuera del proceso. De la misma manera como grandes unidades se desarticulan o fragmentan, las identidades que podíamos antes considerar como cohesionadas y consistentes se descomponen dando lugar a una concepción mucho más performativa de la identidad. Interpretamos diferentes roles frente a los demás, roles que varían de acuerdo al contexto y al propósito que tengamos en nuestra comunicación con los otros.

Pero no se trata simplemente de decir que escondemos nuestra personalidad detrás de diferentes máscaras, sino que las máscaras son nuestra personalidad. Siempre nos presentamos en algún contexto, y siempre estamos construyendo personajes que responden a diferentes expectativas. Estamos permanentemente contando una historia sobre quiénes somos, que va más allá de simples descripciones definidas.

Narrativas cotidianas

Básicamente, nuestros roles son negociados según el contexto. Y en esa negociación entran a tallar tanto nuestros deseos y expectativas respecto a lo que queremos ser, como los deseos y expectativas de los demás respecto a lo que quieren que seamos. No es que necesariamente prime lo uno o lo otro, sino que nos encontramos en el medio: de esa manera, la percepción que la “audiencia” tiene de mi performance es un elemento igualmente constitutivo de quien soy como aquello que yo quiero proyectar.

Esto quiere decir, además, que somos mucho más tolerantes con la posibilidad de cumplir diferentes funciones según el contexto. Lo cual está directamente relacionado con nuestro consumo de información: por momentos puedo ser consumidor, por otros creador, en otros momentos crítico o quizás en otros curador. Los roles son muy cercanos entre sí y se traslapan considerablemente, y por ello mismo puedo desplazarme entre múltiples roles sin tener que comprometerme absolutamente con uno que resulta exclusivo. Esto, me parece, refleja de una manera más clara la manera como nos comportamos cotidianamente, cuando no asumimos una misma perspectiva que mantenemos imperturbable todo el tiempo.

La construcción de estas narrativas se vale de una serie de recursos – lo que podríamos ver como una performance que se vale de diferentes utilerías. Y es que, como vivimos en un mundo de significados compartidos, podemos valernos de esos significados culturales para sintetizar la información que queremos comunicar sobre nosotros. El tipo de ropa, de zapatos, de accesorios, los gustos, las preferencias, todas esas elecciones comunican algo sobre mí que puede ser más o menos fácilmente percibido por las personas con las que interactúo. Lo cual transforma el consumo de objetos y lo convierte en consumo de valores simbólicos, de significados y discursos: las identidades de los mismos objetos son ellas mismas negociadas en el espacio compartido.

De allí la importancia en la actualidad de que el marketing se preocupe por adherir historias a sus productos más allá de simples objetos de consumo. Las marcas tienen cada vez más valor por sí mismas, por su contenido simbólico, que por lo que pueden valor como productos, y las marcas más valiosas son las que tienen identidades más establecidas. Coca-Cola, por ejemplo, es una de las marcas con identidades mejor establecidas a nivel global:

Pero el proceso de incorporar estos productos a nuestras historias personales no es gratuito ni directo – finalmente, estamos realizando inversiones emocionales significativas cuando hacemos esto. Lo cual quiere decir que la marca nos pertenece tanto a nosotros que le damos valor, como al dueño que la ofreció como un significado compartido: nos apropiamos del valor simbólico de la marca al integrarla en nuestra propia narrativa. Y esto mismo se da no solamente con marcas, sino con todo tipo de utilerías: creencias, filosofías, religiones, ideas, conceptos, asociaciones, afiliaciones, y demás elementos de contenido altamente sintetizado que nos ayuda a comunicar algo sobre las performances que construimos.

Quizás uno de los ejemplos más claros de cómo se articulan estas narrativas sean los perfiles que construimos en redes sociales como Facebook: en ellos, no solamente lo que nosotros decimos, sino lo que los demás dicen de nosotros, determina la manera como seremos percibidos. A su vez, disponemos de un enorme arsenal de elementos que podemos usar para expresar identidades: los libros que nos gustan, la música, las películas, las fotos, las aplicaciones, los grupos, las páginas de las que somos fans, las causas, todas ellas contribuyen a comunicar un significado sobre quién y cómo soy. Ninguno de esos elementos agota mi identidad – pero todos aportan elementos a la historia que intento desplegar por medio de mi perfil.

Patologías

Aquí, sin embargo, empezamos también a ver cómo las separaciones entre lo privado y lo público empiezan a diluirse, y cómo cambia nuestra dinámica social cuando se vuelve muy fácil para nosotros publicar información privada, así como acceder a la información privada de los demás. Servicios en línea como YouTube, MySpace o Facebook sirven como plataforma para que millones de personas empiecen a transmitir sus propios reality shows, llevando la idea de construir una narrativa personal mucho más allá. Incluso empezamos a encontrarnos manifestaciones y tendencias donde esto alcanza niveles que normalmente encontraríamos perturbadores:

De hecho, esta facilidad de acceso hace que patrones de conducta como el voyeurismo y el exhibicionismo se vuelvan moneda común, y sobre todo con personas más jóvenes, más integradas a estos medios, se vuelve mucho más difícil trazar claramente la línea divisoria donde dejar de comunicar información privada – lo cual puede tener consecuencias muy serias.

Pero conforme estas manifestaciones se vuelen tendencias cada vez más generalizadas, es pertinente preguntarnos también en qué momento dejamos de considerar que se trata de conductas patológicas y se vuelven parte de la normalidad. Las redes sociales brindan cada vez más opciones para publicar los detalles minuciosos de nuestra vida cotidiana – Twitter es un buen ejemplo de ello – y conforme más y más personas participan de este intercambio, deja de resultar algo tan excepcional y sorprendente. Pero nos sigue costando mucho trabajo borrar la línea divisoria a la que estamos acostumbrados, separando nuestra vida privada de nuestra vida pública.

Parte de ello se debe a que, como consecuencia del proceso de fragmentación de la cultura de masas, hemos buscado las maneras de reintroducirnos en dinámicas comunitarias que nos reafirmen algún sentido de pertenencia. Después de la masificación homogénea, nos devolvemos a la especificidad de comunidades locales dentro de las cuales las interacciones tengan mayor sentido personal, y las relaciones comporten más significado. Así, la posmodernidad ha significado también una explosión de subculturas e identidades locales, incluso dentro de los mismos contextos urbanos masificados, dentro de los cuales hacemos un esfuerzo especial por encontrar nuestro lugar y, de alguna manera, vivir nuestra vida privada de manera social.

Estas vidas comunitarias, de nuevo, se articulan mediante el uso de diferentes utilerías a través de las cuales intentamos comunicar nuestra pertenencia. Esto se enmarca, además, en viejas tradiciones de clanes y ejércitos llevando estandartes y distintivos, pasando por pandillas en tiempos más actuales y llegando a casos contemporáneos como, en este video, los punks, los emos, y los hare krishna.

Tribalización

Esta reasimilación en grupos y comunidades tiene mucho que ver con el proceso de globalización y con el que es su proceso complementario, el de tribalización. Frente al riesgo de la pérdida de identidades particulares frente a una misma plantilla identitaria homogénea, el valor y la cohesión de las identidades grupales se incrementa por ofrecer un espacio donde se tiene una cantidad mucho más alta de significado. Me importa más, me vincula más, y puedo ejercer mayor agencia dentro de estos grupos, que siendo absorbido por las dinámicas homogenizantes de la globalización.

Lo cual lleva, también, muchas de estas problemáticas al ámbito de lo colectivo y lo político. Porque también las identidades de los grupos se negocian frente a las identidades de los demás grupos, y en el proceso de globalización, eso está llevando a que comunidades tradicionales que ven sus formas de vida amenazadas busquen la manera de atrincherarse en una defensa de la tradición. Esto es también lo que ocurre, por ejemplo, con los grupos conservadores religiosos que se afianzan en una defensa de la tradición para preservar su forma de vida frente a lo que ven como el triunfo del mal en el mundo.

Es también lo que ocurre en conflictos culturales como los que vimos en Bagua hace unos días – donde el conflicto es, a gran escala, entre una visión globalizante y homogenizadora del desarrollo de la sociedad, frente al derecho y la necesidad de comunidades de protegerse y negociar su identidad en el espacio público. Estas comunidades están, también, reconfigurando los términos del espacio político y ofreciendo nuevas dinámicas de participación que, en muchos casos, se muestran como más apelativas para aquellos que buscan alternativas mucho más vinculantes y personales.

Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

En los varios posts de la última serie, he referido en varias ocasiones a la idea del nuevo ecosistema mediático y a las reconfiguraciones que están adoptando los roles que forman parte de él. Quiero cerrar esta serie entrando un poco más en esta idea porque nos permite entender mejor qué lugar ocupa el periodismo reconfigurado dentro de este espacio, y sobre todo, en qué relaciones entra en el nuevo ecosistema. Hemos visto que lo más probable es que el periodismo sobreviva a sus instituciones, pero que el periodismo que sobreviva será radicalmente diferente; al mismo tiempo que los ciudadanos se vuelven un poco más periodistas, aunque parece más completo decir que el ejercicio de la ciudadanía misma está variando.

La idea de la reconfiguración del ecosistema mediático la tomé de un pequeño video que encontré en el blog de la Fundación Knight. Éste es un fragmento del profesor Jeff Jarvis, de la escuela de periodismo de la City University of New York:

Esta idea del nuevo ecosistema me gusta mucho porque parte de una constatación actualmente básica: la complejidad de la situación. Las relaciones que antes habríamos podido asumir de una manera más lineal en la manera como actuaban e interactuaban los medios y los consumidores ahora se vuelven una cuestió mucho más caótica donde no hay, realmente, reglas claramente establecidas. Recapitulemos un poco el background y veamos la tendencia: hace mucho, mucho tiempo, el ecosistema era mucho más simple. La cultura y el conocimiento -principalmente esto último- eran una prerrogativa y un privilegio de muy pocos. Con la aparición del alfabeto, la posibilidad de participar de la difusión del conocimiento era reservada a los pocos que sabían leer, y aún dentro de ellos, a unas pocas castas -las monacales, o las universitarias por ejemplo- con acceso a los pocos recursos disponibles de transmisión del conocimiento.

La imprenta de Guttenberg cambió esto por completo, y los sucesivos desarrollos en la tecnología de impresión tanto más aún: se hizo posible la difusión a gran escala y alcance de cuerpos de conocimiento más o menos uniformes, y la cultura adoptó el carácter de masiva. Se amplió el público, pero no en la misma escala los contenidos o creadores: la barrera de acceso seguía siendo la tenencia de los medios de producción, en este caso de la imprenta. Nuevas tecnología ampliaron más aún el alcance, pero incrementaron también la barrera de acceso: el espectro radiofónico que utiliza la radio y la televisión es limitado, y la inversión necesaria para jugar el juego es bastante alta.

Hago esta breve introducción histórica para sentar el contexto del ecosistema mediático que hemos conocido, que es la base de la cultura de masas: pocos nodos emisores frente a grandes masas consumidoras de contenidos e información. Los medios por los cuales el público consumidor puede participar de los contenidos son sumamente limitados, y frecuentemente ellos mismos controlados por los emisores (por ejemplo, las mediciones de audiencia, o las cartas al editor).

Con la introducción de la tecnología digital, el ordenamiento tradicional de este ecosistema se ve colapsado. La tecnología digital reduce enormemente la barrera de ingreso: es posible, técnicamente, escribir en una computadora personal e imprimir en una impresora doméstica y así generar contenidos publicables. Así también las cámaras digitales y el video digital hacen que estos medios estén al alcance de muchas más personas que antes (aunque, es claro, no de todos aún). Con la articulación de Internet se transforma el otro gran obstáculo cuando se crea un nuevo circuito de distribución de información que hace posible, al menos en potencia, que cualquier persona comunique al mundo sus ideas, y con la aparición de Google se hace posible que la reproducción y difusión de estas ideas se haga de una manera más o menos meritocrática, en función a la valoración que el resto de la web hace de un contenido. Con el desarrollo de las redes sociales, los usuarios -ya no simplemente consumidores- empiezan a encontrar en sus manos las herramientas para ser ellos mismos árbitros de la información que comparten con sus redes de contactos. La información y el conocimiento se vuelven más que nunca un proceso, y más que nunca uno social.

Hablar de un ecosistema mediático me resulta ilustrativo porque refleja la complejidad que resulta de todo este proceso histórico, así como también el hecho de que no estamos hablando de elementos que operen aisladamente. Dentro de este ecosistema, diferentes medios, contenidos y lenguajes forman una continuidad a través de la cual se desenvuelven los discursos y las interacciones. A partir de todo esto quiero coger dos ideas relevantes a este nuevo ecosistema mediático. La primera es en torno a los nuevos personajes que participan de él; la segunda, en torno a los nuevos roles que jugamos nosotros.

He intentado señalar que el rol del periodismo en este ecosistema se ha visto transformado, así como también que los ciudadanos estamos jugando un rol diferente en esta interacción. Pero como bien señala Jarvis, las relaciones son más complejas que ésas: diferentes tipos de actores están participando de este ecosistema. Existen también organizaciones con objetivos específicos y agendas puntuales que están comunicando mensajes para promocionar sus ideas e intereses, y que están consiguiendo también generar los mensajes más interesantes en términos de involucrar a sus audiencias. Existen bloggers individuales y colectivos en torno a una enorme cantidad de temas, muchos más de los que la oferta comercial podría satisfacer -la larga cola de los intereses que cobra dimensiones relevantes a partir de Internet y Google-. Pero el universo de los blogs ya ni siquiera es suficientemente descriptivo de lo que está pasando, cuando redes sociales y demás servicios interactúan todo el tiempo con el contenido.

La cantidad y el tipo de actores que participan de este nuevo ecosistema se sigue ampliando cada vez más. Brian Solís, en el artículo que he venido comentando, habla de lo que llama una “statusphere” (que se traduciría horriblemente como “estadósfera”, pero el término original también suena igualmente horrible, basado en la idea de “actualizaciones de estado” de redes como Twitter o Facebook):

La Estadósfera [Statusphere] es el nuevo ecosistema para compartir, descubrir y publicar actualizaciones y micro-contenidos que revereberan a través de redes sociales y perfiles sindicados, resultando en una formidable efecto de actividad en red. Es la curación digital de contenido relevanto que nos vincula contextualmente a la Estadósfera, donde podemos conectarnos directamente con contactos existentes, llegar a nuevas personas, y también forjar nuevas conexiones a través del efecto de amigos de amigos en el proceso. [Traducción mía]

El término estadósfera es casi casi tan horrible como blogósfera, si no peor, así que no quiero usarlo mucho. Pero me quedaré con la idea del contexto y del ecosistema, y de cómo todos estos nuevos actores están operando: cuando la cantidad de información que tenemos que procesar para darle sentido al mundo es tan grande que es sencillamente imposible que lo hagamos solos, tenemos que buscar referentes en los que podamos confiar que nos ayuden a manejar esta complejidad. De la misma manera en que confiamos en otros para administrar partes de esta complejidad, nosotros mismos podemos hacernos cargos de otras partes y compartir nuestro proceso de filtrado y contextualización con una comunidad más grande.

Entonces, si el nuevo ecosistema mediático está marcado tanto por la transformación del papel que jugaban los viejos personajes, como por una apertura hacia todo un nuevo conjunto de actores participantes se que comunican e interactúan entre sí y con un público que deja de ser consumidor pasivo, es razonable suponer que los roles que se juegan dentro de este ecosistema también han cambiado. De nuevo, me remito a la analogía que usé antes sobre la diferencia entre organizarnos en “carpetas” o en “etiquetas”: de manera similar, hemos abandonado un esquema en el cual los actores en este ecosistema cumplen un solo rol determinado, por uno en el que muchas personas cumplen muchos roles al mismo tiempo, que se sobreponen unos con otros.

Un reporte de Forrester Research del año 2007 exploró un poco más lo que denominó las “tecnográficas sociales“, los patrones de comportamiento que adoptaban los usuarios de diferentes tipos de redes sociales. El resumen ejecutivo del reporte señala:

Muchas compañías enfocan la computación social como una lista de tecnologías que deben implementarse según son necesarias -un blog aquí, un podcast allá- para conseguir un objetivo de marketing. Pero un enfoque más coherente es empezar con un público objetivo y determinar qué tipo de relación quiere crear con ellos, basándose en aquello para lo que están preparados. Forreste categoriza los comportamientos de computación social en una escalera de seis niveles de participación; utilizamos el término “tecnográficas sociales” para describir el análisis de una población según su participación en estos niveles. Marcas, sitios web, y cualquier otra compañía aplicando tecnologías sociales debería analizar las tecnográficas sociales de sus clientes primero, para luego crear una estrategia basada en ese perfil. [Traducción mía]

Los seis tipos de comportamiento identificados por el reporte son: creadores, críticos, coleccionistas, seguidores, espectadores e inactivos. Los nombres son bastante autoexplicativos, y lo interesante es que reflejan una escala según el nivel de participación: desde usuarios que no se involucran, hasta usuarios que se involucran tanto como para empezar a generar sus propios contenidos y volverse creadores. Pero la manera incorrecta de leer esta categorización sería asumir que estas categorías son roles excluyentes unos de otros: de hecho, lo que parece más exacto es que uno pertenece en diferentes grados a varias de estas categorías al mismo tiempo. No nos involucramos de la misma manera con todas las cosas, como tampoco tenemos solamente un interés al cual le prestamos atención, con lo cual es razonable suponer que tenemos diferentes grados de participación frente a diferentes temas o en diferentes contextos.

La otra conclusión interesante que podemos desprender de esto es que lo que entendemos por participar de comunidades en línea es, también, una idea compleja. La manera como los usuarios están ejerciendo, digamos, este “periodismo ciudadano”, o el tipo de funciones que están cumpliendo en el manejo de la información y el conocimiento puede adoptar diferentes formas. Es cierto que algunos se dedicarán a generar nuevos contenidos, pero para que ese contenido llegue a alguna parte deberá caer en las manos de otras personas que lo comente, lo comparta, lo recomiende, lo critique, o simplemente escoja publicar el link. Al mismo tiempo, aparecen nuevas herramientas que funcionan para estos diferentes grados de involucramiento: desde la posibilidad de Retweetear en Twitter, hasta el botón para “marcar esta página” en Delicious, y demás alternativas. Y todos jugamos estos diferentes roles en el proceso cotidiano de manejar la información que nos rodea para introducirla en algún tipo de contexto que nos permita darle sentido al mundo. Este proceso de darle sentido al mundo es, entonces, una función eminentemente social. Y es en este proceso en el cual el periodismo se introduce hoy, dentro de este nuevo ecosistema. De vuelta a Solís:

La humanización y socialización del periodismo creará una plataforma viable para una vinculación significativa que construya una nueva era de confianza, lealtad y comunidad en torno a la marca mediática, una persona a la vez. Al mismo tiempo, establece una vía vibrante y colaborativa para descubrir y compartir historias de la gente, y para que la gente dé forma a historias que importan más allá de la mesa de asignaciones. Los consumidores están entonces involucrados en los medios y llevan un sentido de pertenencia y orgullo de haberse ganado la oportunidad de ayudar a dar forma a su curso. [Traducción mía]

He hecho, con todo esto, un recorrido bastante largo y estoy un poco cansado. Estas ideas no son de ninguna manera finales, sino que son sólo esbozos que espero poder tomar como base para ir puliendo y ampliando y discutiendo y comentando. Pero me parece que de todo esto se desprenden una serie de consecuencias sumamente interesantes, que no alcanzan solamente al periodismo sino que llegan a tocar toda la manera como estamos entendiendo nuestra cultura hoy en día. Por un lado escuchamos mucho de que nuestros fundamentos están en peligro, y escuchamos también que eso se evidencia en el colapso de nuestras instituciones más, supuestamente, fundamentales. Pero dentro de ello se abren nuevos espacios y nuevas oportunidades para aprovechar ese movimiento. Sobre todo, da la coincidencia, alegre o no, de que con nuestra participación cotidiana en espacios ahora cotidianos, recorriendo la web, leyendo noticias, invirtiendo tiempo en redes como Facebook, siguiendo gente en Twitter, estamos inevitablemente participando de todos estos procesos en mayor o menor medida. Y estamos distribuyendo socialmente procesos que antes eran más bien individuales: nuestras relaciones de confianza, nuestro manejo de información, incluso la construcción de nuestra identidad individual hoy día pasa por un proceso socializado y mediado tecnológicamente. Dadas todas esas coincidencias, creo que cae por su propio peso que nos veríamos beneficiados de considerar un poco más profundamente lo que está en juego en estos cambios: como señalaría McLuhan, preguntarnos por las amputaciones y las extensiones que el cambio mediático está generando.

Qué podría significar una nueva forma de periodismo

Ahora, después de haber considerado (1) que el periodismo y las organizaciones que lo han albergado hasta ahora no son lo mismo, y (2) que el influjo del periodismo ciudadano presenta un desafío de importancia al periodismo para recuperar su especificidad, quiero volver al artículo de Brian Solís que dio inicio a toda esta discusión. Y con ello, volver a otra de las preguntas centrales: entonces, ¿cómo se puede re-configurar el periodismo para funcionar en el nuevo ecosistema mediático?

Creo que lo que digo es que en un momento cuando los caminos tradicionales hacia carreras en el periodismo están siendo cuestionados, periodistas excepcionales pueden crear su propio destino. Su futuro está en sus libretas de notas (o en sus laptops), listo para escapar del papel al mundo en línea y al mundo real.

(…) Personalidad, motivación, determinación, y la habilidad para aceptar el riesgo y lanzarse hacia territorios desconocidos e impredecibles es la única manera de empujar el cambio e influir en la dirección de las aventuras profesionales. [Traducción mía]

De acuerdo, quizás hasta ahí la cosa no queda demasiado clara, pero el asunto mejora.

La hipótesis central de Solís en este sentido es que aunque las organizaciones de noticias pueden colapsar, lo que no desaparecerá aún en tiempos de crisis es la demanda por parte de lectores de contenidos interesantes y de calidad, con los cuales puedan vincularse personalmente. De esto se sigue que, en la medida en que los periodistas consigan conectar con esta demanda, podrán generar emprendimientos noticiosos/informativos que reconstruyan el panorama de la oferta mediática más allá de instituciones colapsadas como los periódicos. Creo que en este punto Solís pone demasiado énfasis en el peso del contenido por sí solo -como si tradujera la lógica de la palabra impresa y la traspusiera al medio digital- pero plantea suficientes puntos interesantes como para seguir el hilo de su argumento.

Entonces, siguiendo este hilo, lo que es posible que encontremos es que existen alternativas profesionales en el futuro periodístico para aquellos periodistas (y uso aquí el término en sentido amplio) que mejor consigan engancharse con un público: para los que consigan conectar de un modo personal mucho más cercano con sus lectores o con su audiencia de tal manera que consigan articular lo que Seth Godin llamaría una “tribu”:

Es suficiente si la tribu que lideras te conoce y le importas y quiere seguirte. Es suficiente si tu liderazgo cambia cosas, sorprende a la audiencia y pone al status quo bajo presión. Y es suficiente si el liderazgo que brindas hace una diferencia.

Recorre la lista de historia de éxito en línea. Los grandes ganadores son organizaciones que brindan a tribus de gente una plataforma para conectarse. [Traducción mía]

El problema es, claro, que los periodistas tradicionalmente no están formados, acostumbrados, ni realmente buscan/esperan/quieren tener que liderar ningún tipo de tribu. El periodismo profesional entendido tradicionalmente cumple una función bastante lineal: recoger información, procesar información, transmitir información. Todas las funciones accesorias o periféricas corresponden a otras personas dentro de la organización. Pero, un momento. La organización ya no existe, o está en vías de colapso. Por lo tanto, las funciones mismas que cumple el periodista tendrán que ampliarse también: ya no se trata simplemente de crear el filtro de información entre los que saben y los que no (algo que hemos visto, además, ya no es exclusividad del periodista), sino que el verdadero valor del periodista recaerá más en su capacidad de crear una conexión con el público, y entre el público mismo.

¿Qué quiere decir esto, y con qué se come? Por un lado, que el periodismo reconfigurado requiere de un conjunto de nuevas habilidades propiamente “periodísticas”. Eso, me parece, está ya mejor cubierto en otro lado. La novedad que creo se puede introducir en este punto con Solís concierne más bien a este nuevo rol abstracto de articulador que compete a los periodistas detrás de estas nuevas iniciativas periodísticas, un rol de articulación que, me parece, involucra tres competencias diferentes pero profundamente vinculadas entre sí: (1) la capacidad para construir un efectivo branding personal, (2) la capacidad para articular de manera auténtica una comunidad, y (3) la capacidad para llevar adelante algo-así-como una empresa unipersonal (o casi unipersonal).

Lo que esto quiere decir es muy simple: lo primero es que, en la crisis, los periodistas tienen también que aprender a ser emprendedores y a generarse sus propias alternativas. Esto no es nuevo, porque lo mismo o algo muy similar podría decirse de casi cualquier otra actividad económica en estos tiempos. Y sí, es cierto, y hay que admitir, que quizás ésta no sea una solución adecuada para cualquier persona por diferentes razones, pero mi argumento aquí más que una columna de autoayuda es que ésta podría ser la forma de iniciativas periodísticas en el futuro cercano. Dentro de estos nuevos emprendimientos, el valor principal se ve derivado de la narrativa que el periodista sea capaz de articular: el contenido, la historia, la consistencia, el núcleo en torno al cual se construye todo lo demás. De nuevo, quizás no se trate necesariamente de historias que resalten por su objetividad, por su neutralidad, sino que quizás sean justamente lo contrario: historias auténticas que no tengan miedo de tomar partido abiertamente (no por eso volverse fundamentalistas) y de esa manera conectar de una manera mucho más cercana con su público objetivo. Paul Swider tiene un buen comentario en este sentido sobre por qué esto es valioso:

Las organizaciones de noticias podrían y deberían estar a la vanguardia de esto [llevar a los ciudadanos de discutir a resolver problemas] porque trae contexto a la experiencia del usuario, lo cual moviliza audiencias que es lo que hará que la gente quiera pagar, por cualquier medio. La primera organización de noticias que ayude a la gente a dar un significado real y sobre el que se pueda actuar a la avalancha de información en sus vidas tendrá una ventaja sobre un éxito de negocios clave. Pero para hacer eso, la organización debe deshacerse de “los dos lados” y la falsa objetividad. El HuffPost consiguió esta última parte y puede que esté en camino a la siguiente. [Traducción mía]

Swider hace una mención al HuffPost que me resulta relevante porque el HuffPost, que no pretende esgrimir ningún tipo de objetividad en ningún momento, está ahora también abriéndose camino dentro del periodismo de investigación, el tradicional bastión de las organizaciones de noticias tradicionales y uno de los principales argumentos detrás de la defensa de los periódicos como instituciones de la democracia. Las premisas no son irreconciliables: el periodismo de investigación bien puede estar comprometido con objetivos o alineaciones específicas, y esto no tendría por qué ser problemático mientras se tenga transparentemente para todos cuáles son estos objetivos y alineaciones. De nuevo, preservar la objetividad como algo a lo que aferrarse no es una premisa del todo útil, porque sigue pareciéndome que sólo nos engañamos a nosotros mismos, cuando sería mucho más beneficioso para la sociedad enfocarnos en fortalecer las capacidades de los consumidores de información.

Si la capacidad de articular un branding personal, una cierta narrativa que sea capaz de movilizar a una audiencia a involucrarse con un tema en particular, el segundo componente es el valor agregado: si la idea es vincular, conectar a la audiencia y movilizarlos, entonces hay que brindarles también la plataforma a través de la cual estas conexiones tendrán lugar. Porque los usuarios, los lectores, los consumidores, primero que nada, ya no son simples consumidores, y segundo, en el mundo en línea, cada vez más los usuarios distribuyen su tiempo a través de una variedad de servicios y espacios. Para llamar su atención, y más importante aún, para conectar con ellos, hay que estar donde ellos están y brindarles todos los medios posibles para que ellos mismos puedan interactuar con las historias y con las personas detrás de ellas.

Éste es un aspecto importante porque es aquí donde la cosa empieza a diversificarse, y la función del periodista a ampliarse más allá del rol de producción de contenido al de promoción, al de vinculación, al de articulación de comunidades. Pero es importante entender que esto mismo es parte de la lógica propia de los nuevos medios, y de la articulación de lo que se llaman “narrativas transmediáticas“: que una historia no se desarrolla ya en un solo medio, sino que traza un camino a través de una serie de medios, formatos y lenguajes, a través de los cuales la historia es apropiada y transformada. Los medios digitales y tradicionales forman una continuidad a través de la cual los contenidos se desplazan, reconfigurándose en el camino. En esta continuidad es que tienen lugar conversaciones dentro de la cuales las historias se introducen y se reproducen en las manos de los lectores, o como lo pone Solís, la comunidad que debe articular el periodista:

Es la supervivencia del más fuerte determinada por aquello en lo que te afirmas y cuán hambriento estás por construir y mantener una comunidad en torno a ti y tu trabajo. Lo que tiene lugar ahora es una increíble oportunidad para que los buenos periodistas humanicen sus historias y proyecten hacia afuera una extensión de sus personas para conectarse con lectores existentes y potenciales en el punto de apertura de su atención, la ventana de oportunidad para conectarse con alguien en sus propios términos y en su propio tiempo. Y no es diferentes de las tácticas usadas por bloggers innovadores, emprendedores y determinados que aspiran a crear una congregación en torno a su perspectiva. [Traducción mía]

El tercer componente -el de la empresa unipersonal- viene del hecho de que no se necesitan grandes recursos para montar una operación de este tipo. Es, incluso, algo que una sola persona puede llevar a cabo por sí solo hasta coger la tracción suficiente como para necesitar y poder contar con manos adicionales. Lo importante de este componente, sin embargo, es que implica la importante toma de conciencia de que el papel del periodista, desde esta perspectiva, termina incorporando también funciones administrativas y de soporte que previamente pueden no haber sido de su competencia o interés. Algunos están más dispuestos que otros a involucrarse en este sentido. Pero indudablemente, las condiciones del sector en la actualidad probablemente empujen con mayor fuerza a ver las cosas con apertura y a considerar todas las alternativas para poder generar oportunidades y diversificar el espectro de enclaves mediáticos existentes en nuestro ecosistema. La posibilidad abstracta y abstrusa que aquí está esbozada no es la única -algunos otros modelos posibles e interesantes he mencionado antes- para la supervivencia y reconfiguración del periodismo, pero sí es una perspectiva interesante del tipo de transformaciones que podemos esperar.

Ahora que he hablado más de una vez del tema del ecosistema mediático, quizás sería un buen momento para regresar sobre esa idea y elaborarla un poco más. Y, sobre todo, qué espacio en ese ecosistema ocupan diferentes roles -periodistas, organizaciones, ciudadanos, y demás-.

Presión popular

Hace unos minutos encontré esto encima de mi News Feed en  Facebook:

Today we announced new opportunities for users to play a meaningful role in determining the policies governing our site. We released the first proposals subject to these procedures – The Facebook Principles, a set of values that will guide the development of the service, and Statement of Rights and Responsibilities that governs Facebook’s operations. Users will have the opportunity to review, comment and vote on these documents over the coming weeks and, if they are approved, other future policy changes. We’ve posted the documents in separate groups and invite you to offer comments and suggestions. For more information and links to the two groups, check out the Facebook Blog.

[Hoy anunciamos nuevas oportunidades para que los usuarios jueguen un papel significativo al determinar las políticas que gobiernan nuestro sitio. Hemos lanzado las primeras propuestas sujetas a estos procedimientos – Los Principios de Facebook, un conjunto de valores que guiarán el desarrollo del servicio, y la Declaración de Derechos y Responsabilidades que gobiernan las operaciones de Facebook. Los usuarios tendrán la oportunidad de revisar, comentar y votar sobre estos documentos en las próximas semanas y, de ser aprobados, otros cambios futuros en la política. Hemos publicado estos documentos en grupos separados y te invitamos a ofrecer tus comentarios y sugerencias. Para más información y enlaces a estos grupos, visita el blog de Facebook.]

Todo esto surge de la polémica de los últimos días por sus cambios en los términos de servicio, que pronto se vieron obligados a deshacer. Ahora, esta posibilidad de que los usuarios participen de la gestión del sitio, abre posibilidades interesantes… La verdad no sé si funcione, pero es interesante ver cómo la presión de usuarios en un servicio gratuito puede haber llevado a este cambio de postura.

Trabajo en progreso

Últimamente estoy con demasiados proyectos entre manos, volviéndome un poco loco. Las novedades, por si me olvidé de contarles:

Invasiones Bárbaras, un proyecto que inicié un poco amorfamente hace un tiempo, ha cambiado de rumbo, o mejor dicho, ha cogido uno más claro. Consolidando un poco los temas más interesantes que se habían explorado, ahora se entiende a sí mismo como un blog sobre industrias culturales y tercer mundo – en otras palabras, la oportunidad de profundizar sobre cómo en el tercer mundo, y en el Perú en particular, estamos afrontando la producción masiva de nuestro orden simbólico, y cómo de diferentes maneras eso nos presenta una oportunidad para influenciar el espacio discursivo global. Tema particularmente relevante y actual, sobre todo cuando en el Perú se discute la creación de un nuevo Ministerio de Cultura.

El otro proyecto nuevo, también un blog, es Enchufa.pe, cuyo tema gira en torno a la discusión sobre la tecnología y sus influencias y repercusiones en diferentes dimensiones de nuestras vidas, a nivel político, económico, social, cultural, y etc. El enfoque también busca girar en torno a lo que ocurre en nuestras latitudes: tengo la esperanza de que sirva para trazar una especie de mapa de la cuestión de lo que ocurre en iniciativas de tecnología y servicios de información en todo el país, y cómo se comparan las experiencias con sus similares a nivel latinoamericano. Con suerte, esto servirá para dar a conocer experiencias interesantes que discutir y promover.

Los invito a visitar ambos proyectos y espero que les resulten interesantes. Hay más cosas en cola, pero por ahora me dedico a consolidar mejor estos espacios.

Estado de la blogósfera

Ese término horrible, blogósfera, que dice muy poco.

En un comentario reciente, Ernesto recomendó un artículo del diario La Nación en Argentina sobre el estado actual de la blogósfera, a nivel global. El artículo ponía bajo una luz un poco preocupante el futuro este medio social – preocupante porque apuntaba a una tendencia de encogimiento asociada a una pérdida de energía.

El último informe del buscador Technorati, de septiembre pasado sobre el estado de la blogósfera, indica que ya existen en el mundo alrededor de 133 millones de blogs, aunque apenas el 1,1 por ciento se actualiza semanalmente.

La mayoría, según el informe, son apenas carátulas colgadas en la Web como barcos fantasmas con escasos contenidos y con aún menos comentarios de las audiencias interesadas en ese tipo de contenidos.

¿Esto quiere decir que los blogs pasan de moda? ¿Que se acabó la fiesta? Sí y no. Por un lado, es completamente esperable que en algún punto la explosión de contenido de los blogs se desacelere. Por otro, también es cierto que sería necio e ingenuo pensar que no serán los blogs un medio en algún momento también reemplazado por algún nuevo medio. La pregunta intrigante es cuál será ese otro medio, y qué características tendrá.

Los blogs tienen sentido en un momento de la historia, y sí creo que aún lo tienen – es exagerado decir que el medio está en picada o en caída sólo porque la enorme mayoría de blogs no son actualizados. Lo realmente importante es lo que están haciendo lo que sí están siendo actualizados – es allí donde se están jugando las transformaciones importantes.

Pero me parece que tenemos que ver ahora lo que está construyéndose en torno suyo, el “ecosistema en crisis” del que habla el artículo de La Nación. Los blogs más populares crecen, se articulan comunidades, y lo que en principio era sólo difusión de contenido en un formato simple se empieza a volver cada vez más una plataforma. Tómese por ejemplo el caso del Útero de Marita, que empezó como el blog del periodista Marco Sifuentes para ampliarse e incorporar Útero.tv, un proyecto más amplio de televisión en línea con un equipo de trabajo y una plataforma más elaborada. El mismo blog original ha pasado a articularse más complejamente con los videos y a formar un ecosistema más amplio. De la misma manera, blogs, canales de video, y ahora sobre todo redes sociales y aplicaciones construidas para ellas, se empiezan a articular de maneras cada vez más complejas en torno a comunidades, más que sólo ventanas de contenido.

No hay que se fatalistas con los blogs, pero tampoco aferrarse a ellos demasiado. Lo interesante es presenciar este momento para ver hacia dónde se mueve el asunto, y mejor todavía, formar parte del movimiento y llevarlo hacia algún lugar interesante.