Esta semana he visto Iron Man 2 en la televisión como cuatro o cinco veces. Al principio de la película hay una escena que lamentablemente no he encontrado en YouTube: en ella, Tony Stark es llamado a testificar ante el senado estadounidense, y en la audiencia un senador lo exhorta a entregar el “arma Iron Man” al control del gobierno americano por representar un riesgo para la seguridad y los intereses de la nación.
Iron Man es un personaje sumamente interesante porque en él Stan Lee cristalizó una serie de preocupaciones culturales de los años cincuenta y sesenta. En su discurso despidiéndose de la presidencia de EEUU, Dwight Eisenhower había advertido sobre la amenaza creciente que representaba el complejo militar-industrial en la post-guerra de la Segunda Guerra Mundial y en crecientemente complicado escenario de la Guerra Fría. Contratistas militares de proporciones nunca antes vistas para la época tenían, por su naturaleza, un incentivo a promocionar los conflictos bélicos aún cuando ello pusiera en riesgo a la población que supuestamente protegían. Stark Industries es, justamente, una versión de estos contratistas de armas, enormemente poderosos y peligrosos pero al mismo tiempo un importante incentivo para el desarrollo tecnológico e innovaciones no militares.
Pero Iron Man también refleja el miedo nuclear propio de una crisis de los misiles de 1962, con misiles intercontinentales permanentemente armados y apuntados en ambas direcciones. Iron Man es la ilustración perfecta de un poder prácticamente incontrolable que como resultado del proceso de desarrollo tecnológico se encuentra en manos no sólo de una industria privada, sino de un solo individuo – Iron Man elabora esta tensión sin determinar, necesariamente, que esto está bien y no hay ningún problema. Más bien, en el desarrollo del personaje queda claro que ésta es una tensión que debe resultarnos incómoda.
En este contexto, la escena en cuestión en Iron Man 2 me hizo pensar también en la conocida y controversial segunda enmienda a la constitución estadounidense, que dice:
A well regulated militia, being necessary to the security of a free state, the right of the people to keep and bear arms, shall not be infringed.
La segunda enmienda es fascinante. Era, en la óptica de los founding fathers, el dispositivo que garantizaba que los ciudadanos mantenían siempre el control sobre el gobierno por medio del uso de la fuerza, de ser necesario. En caso de que un gobierno se volviera tiránico, los ciudadanos tienen el derecho a alzarse en armas en defensa de sus propias libertades, y la segunda enmienda, en teoría, les garantiza el derecho a estar armados para poder hacerlo efectivamente. Es un interesantísimo dispositivo de la cultura liberal de la cual se formaron los Estados Unidos: en una línea que va desde Thomas Jefferson hasta V de V for Vendetta, la idea de que “el gobierno es quien debe temer a sus ciudadanos”.
Ahora, la segunda enmienda hoy debe procesarse a través de dos filtros importantes. Uno de ellos es el Proyecto Manhattan: la idea de que los ciudadanos pueden armarse para resistir un gobierno tiránico alcanza su clímax de insostenibilidad cuando el gobierno tiene armas nucleares, donde no es posible ni deseable que los ciudadanos puedan, efectivamente, tener armas que puedan accidentalmente diezmar a la población humana almacenadas en su sótano. De esta transformación estructural deviene el segundo filtro, que es la NRA (National Rifle Association, o Asociación Nacional del Rifle): aún cuando la intención original sea pragmáticamente inviable, la NRA insiste en que la segunda enmienda no ha perdido su validez y legitimidad, aún cuando las armas que utilice la población civil sean, en teoría, usadas para cazar venados (en la práctica para incrementar la violencia y la inseguridad en áreas urbanas).
Iron Man, entonces, bien puede leerse como un cuestionamiento a este espectro, quizás más actual que nunca. Es cierto, por supuesto, que ante el armamento nuclear el propósito de la segunda enmienda queda efectivamente invalidado. Pero Iron Man fuerza la pregunta, si un ciudadano puede por sus propios recursos construir un arma de esta envergadura y complejidad, ¿es legítimo que permanezca en su poder, y que haga uso de ella? ¿Está el traje de Iron Man amparado bajo la protección de la segunda enmienda? ¿Es legítimo que el gobierno intente tomar posesión y control del traje, más aún, cuando su propósito es reproducir su tecnología para generar más armamento similar?
El traje de Iron Man es un ejemplo un poco extremo, pero las película de los últimos años logran plantear el problema de una manera muy relevante para la actualidad. Y es que, aunque no necesariamente se trate de una armadura capaz de volar y disparar pulsos de energía, la miniaturización de la tecnología y el desarrollo de redes informáticas complejas han puesto una enorme cantidad de poder, tanto constructivo como destructivo, en las manos de ciudadanos de a pie. Ni siquiera voy a abrir la caja de Pandora que es Anonymous aquí, pero viendo lo poco que efectivamente la ciberseguridad y la guerra cibernética han sido preocupaciones reales de gobiernos alrededor del mundo, un escenario extremo de guerra cibernética (al estilo de Duro de Matar 4) no es del todo inimaginable. En el caso de la película Iron Man 2, ese tipo de riesgo está en realidad reflejado en el personaje de Ivan Vanko, el científico ruso capaz de reproducir tecnología a la altura del traje de Iron Man, pero apenas con una fracción de los recursos de investigación y desarrollo disponibles en comparación a los de Stark Industries.
Iron Man refleja que la solidez del Leviatán ya no es más, y que el monopolio de la violencia que supuestamente era una de sus características más importantes se ha vuelto una realidad porosa e inestable: tanto por su dependencia en el complejo militar-industrial que tanto preocupaba a Eisenhower, pero más aún, porque la tecnología en las manos de los ciudadanos reduce su capacidad de hacer efectivo ese monopolio.