Retrato del filósofo como hacker

Como comenté hace unos días, el jueves estaré haciendo una presentación en el coloquio Redes de la Filosofía en la PUCP (mi mesa es a las 3pm junto con Roberto Bustamante, justo antes de la conferencia de Pierre Lévy a la 5pm sobre rizomas algorítmicos).

He venido jugando con varias ideas sobre lo que quiero presentar, y he intentado combinarlas en este texto base a partir del cual quiero hacer mi presentación. Quiero compartirlo anticipadamente por si (1) tienen algún comentario, crítica o feedback que sea bueno incorporar, (2) no pueden asistir (o no están seguros y esto los puede animar/desanimar), o (3) quieren ir agregando temas que se desprendan de aquí como para la discusión en el evento. Cualquier comentario es bienvenido, y tengan en cuenta que, como suele ser el caso, todo esto son ideas en desarrollo.

Arquitecturas intangibles

“Internet” no es algo por sí mismo, sino que es una colección de algos que es más que la suma de sus partes: hecho posible por la invención del protocolo IP (Internet Protocol), Internet hizo posible que diferentes redes pudieran comunicarse entre sí e intercambiar información, incluso en aquellos casos en los que sus arquitecturas eran fundamentalmente diferentes. Lo que hizo fue crear una lingua franca a partir de la cual diferentes infraestructuras podían efectivamente comportarse como una sola, con la capacidad de conectar y desconectar nuevos nodos sin afectar la integridad del conjunto.

Cuando hablamos de Internet, estamos hablando de múltiples capas de abstracción que se ven oscurecidas y opacadas por la más visible de ellas, que es la WWW, porque es la que utilizamos cotidianamente para casi todos los propósitos. El usuario no tiene por qué ser consciente de ni entender todo el sustrato de capas y capas lógicas y físicas que existen detrás de estas abstracciones, pero cuando hacemos crítica tecnológica o queremos evaluar y entender la manera cómo la tecnología afecta procesos sociales esto sí se vuelve importante porque todas estas capas apiladas están afectadas por el concepto de “inheritance”, o herencia: las decisiones tomadas en las capas inferiores, los supuestos realizados y los affordances incorporados al diseño, afectan a todas las construcciones que realizamos en las capas superiores. Todas nuestras manifestaciones expresivas realizadas en medios computacionales, están inevitablemente estructuradas y limitadas por las posibilidades del medio computacional: esto a pesar de que intuitivamente nos parece lo contrario, de que el medio computacional o digital permite un poder expresivo infinito e ilimitado. Las redes de información digitales están configuradas por sus protocolos y sus aplicaciones, que a su vez están configurados por sus sistemas operativos y sus lenguajes de programación, que a su vez están configurados por la capa material con la cual estos lenguajes interactúan para genererar operaciones electrónicas cuya naturaleza semántica emerge a partir de la repetición masiva de millones de instrucciones aritméticas simples por segundo.

Todo esto lo digo porque es fácil que perdamos de vista algunas cosas que dejan de ser obvias o aparentes cuando queremos estudiar la manera en la cual, por ejemplo, hacemos filosofía en el medio digital, porque pasamos a concentrarnos más en la capa de lo inmediatamente tangible – comprensible pero, por todo lo que acabo de señalar, engañoso. Con esto no quiero decir ninguna de las siguientes dos cosas: que sea necesario un entendimiento profundo de las capas inferiores (p.ej. entender la definición de un protocolo o conocer un lenguaje de programación en detalle) para poder intentar analizar las maneras en las que operan o afectan a las demás capas; o que el análisis de lo tecnológico signifique un viaje a la semilla en busca de una causa primera o un primer motor inmóvil. Sí creo, en cambio, que son verdaderas las dos siguientes premisas:

  • Que es necesario el entendimiento de que estas múltiples capas existen y se afectan mutuamente, y que la configuración de capas inferiores afecta la configuración de capas superiores.
  • Que el conjunto de prácticas sociales y supuestos conceptuales bajo los cuales se configuraron las capas inferiores, son heredadas parcialmente por las capas superiores y afectan el conjunto de prácticas y supuestos que allí se realizan.

Hago esta prolongada introducción porque a partir de aquí quiero argumentar, o por lo menos provocar, tres posibles líneas de discusión:

  1. La primera es la posibilidad de una lectura filosófica realizada en y sobre la tecnología que tiene una forma similar a la práctica tecnológica estructurada por la ética hacker, y que sin embargo no es nueva en la historia de la filosofía en su conjunto.
  2. La segunda es la necesidad de una lectura filosófica que informe y contexualice la práctica tecnológica, y haga evidentes los supuestos que orientan las decisiones que afectan la manera en la que hacemos tecnología. Dicho de otro modo, la necesidad de brindarle al hacker los elementos para que él o ella puedan ser, a su propia manera, filósofos, o reflexivos respecto a su propia práctica.
  3. La tercera es la oportunidad de razonar, por analogía, a partir del análisis de sistemas abstractos que son claramente mapeables, hacia sistemas concretos que son menos transparentes y accesibles al análisis. En concreto, quiero utilizar la idea de que la capacidad de navegar redes de información afecta procesos sociales como la movilidad social o la capacidad de salir de la pobreza de maneras que aún no hemos explorado del todo.

Del filósofo como hacker

Es pertinente empezar esta sección afirmando que no estoy intentando aquí trazar un modelo normativo para la práctica filosófica – no creo que sea esto un deber-ser de cómo los filósofos deberían hacer su trabajo. Ni estoy aquí intentando realizar una reconstrucción retrospectiva de la filosofía misma, como intentando decir “esto es lo que la filosofía siempre ha sido pero nunca nos dimos cuenta”. Por eso tomo la precaución de referirme a la práctica filosófica, es decir, a la manera como los filósofos individual o colectivamente hacen filosofía en casos concretos, y la manera como se ve modificada al realizarse en y a través de entornos computacionales y digitales. En otras palabras, la filosofía en las redes.

A fines del 2011 publicamos con EDLJ un pequeño artículo en la revista Páginas donde describíamos los cambios materiales por los estaba pasando la práctica filosófica y de las Humanidades en general. Nuestra descripción en ese caso fue casi estrictamente operativa, hablando de maneras específicas en las cuales un investigador podría aprovechar nuevas herramientas digitales para ampliar o difundir su trabajo de maneras creativas. Pero en el contexto de ese artículo no abordamos la cuestión más de fondo, de cómo utilizar esas herramientas afecta no solamente las condiciones de producción, sino también las condiciones de lo producido: cuando hacemos teoría en y sobre la tecnología, ¿cuáles son las condiciones diferentes, singulares de esa teoría?

Intenté responder a esa pregunta con el programa de la teoría mínimamente viable, y en particular, con las nuevas condiciones en las cuales nos vemos en la necesidad de formular modelos teóricos, especialmente cuando ellos se refieren a lo tecnológico:

[H]oy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.

Lo sugerente es como en este caso, empezamos a imaginar una forma de práctica filosófica que es a su vez estructuralmente similar al tipo de prácticas mismas que intenta estudiar. La ética hacker y los principios de la cultura hacker se vuelven entonces un interesante modelo a seguir para modelar una práctica filosófica propia del medio digital. Podemos tomar, por ejemplo, los principios de la actitud hacker descritos por Eric S. Raymond en su ensayo clásico, “How To Become a Hacker“:

  1. El mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos.
  2. Ningún problema debería tener que ser resuelto más de una vez.
  3. El aburrimiento y el trabajo rutinario son malignos.
  4. La libertad es buena.
  5. Tener actitud no es sustituto para ser competente.

De estos principios podemos hacernos la idea de que la práctica del hacker está principalmente orientada por la curiosidad para entender cómo es que funcionan diferentes tipos de sistemas, y cómo es que podemos hacerlos mejores. Es una ética gobernada meritocráticamente por comunidades de individuos vinculados más o menos flexiblemente, a través de espacios distribuidos, conectados por tecnologías digitales de la información. Es el tipo de organización social emergente hecha posible por la tecnología digital que rompe con nuestros supuestos tradicionales sobre cómo podemos y debemos organizarnos para cumplir con objetivos comunes (ruptura o confrontación descrita por Yochai Benkler desde su artículo, “Coase’s Penguin, or Linux and the Nature of the Firm“).

La actitud del hacker asume un mundo llenos de problemas esperando ser resueltos, pero a pesar de su profunda vinculación con lo tecnológico, no hay nada en esa actitud que indique que, intrínsecamente, esos problemas deben ser de naturaleza tecnológica. Es decir, no todos los problemas “hackeables” tienen que ser problemas de código, sino que es más bien la disposición con la que se abordan los problemas lo que distingue al hacker. Lo cual deja abierta la puerta a que la filosofía misma pueda entenderse como una forma de hackeo, y quizás por lo mismo, como una forma de realizar la práctica filosófica que más fácilmente consigue aproximarse a la comprensión de lo tecnológico.

¿Cómo se configura ese tipo de comprensión? Quizás podemos encontrar más pistas si tomamos otro ensayo clásico de Raymond, “The Cathedral and the Bazaar“. En este ensayo, Raymond explica las diferencias entre dos enfoques hacia el desarrollo de software: por un lado, el desarrollo propietario/corporativo es aquel que se dedica a la construcción de “catedrales”: grandes sistemas complejos que requieren de todo un andamiaje organizacional complicado que genere el espacio que permita la creatividad. Por otro lado, el desarrollo del software libre se dedica a la construcción de “bazares”: en lugar de partir de la búsqueda de grandes estructuras, el software evoluciona a partir de la concatenación de pequeñas piezas que responden a preocupaciones puntuales, que al conectarse forman dependencias y permiten crear estructuras más grandes que la suma de sus partes. El enfoque de la catedral es la aplicación de la lógica industrial a la producción de un intangible como el software; en cambio, el enfoque del bazar es hecho posible por la aparición de tecnologías de la información que permiten que miles de desarrolladores puedan trabajar individualmente en problemas distribuidos colectivamente. Más que intentar decir que una forma sea superior a la otra, Raymond intenta señalar que claramente la segunda forma es novedosa y posible dadas nuestras condiciones actuales de producción.

La analogía es útil si queremos pensar en la forma que toma la práctica filosófica pensada como un ejercicio de hackeo: no una filosofía centrada en el diseño de “catedrales” o de grandes sistemas, sino una centrada en la emergencia de esos sistemas a partir de las conexiones que pueden trazarse entre múltiples piezas independientes. Allí, quizás, su innovación, aunque tenemos que tener suficiente conciencia histórica para reconocer que esto no es en términos generales novedoso en la historia de la filosofía: discursos en contra de la filosofía como sistema, o a favor de su imposibilidad, abundan desde mucho, mucho antes del siglo XX y la aparición de la tecnología digital y las redes de información. Aunque esto aparece como una innovación en el campo del desarrollo de software y aplicaciones informáticas, no lo es tanto desde el punto de vista de la práctica filosófica, pero con una particularidad significativa: la filosofía  como ejercicio del hacking, como constructora de “bazares” conceptuales, no niega ni se cierra a la posibilidad de que existan sistemas filosóficos. Sólo discute la naturaleza de esos sistemas: como edificios complicados articulados voluntariamente a priori, o como estructuras complejas cuyas propiedades, características y elementos emergen a posteriori a partir de la interacción de componentes simples. El sistema conceptual análogo al mundo digital e informatizado es un sistema dinámico, extensible, computacional e histórico: es, entonces, una red.

Del hacker como filósofo

Creo que es importante prestar también atención al otro lado de la moneda. He intentado responder escuetamente a la pregunta, ¿qué forma toma una práctica filosófica configurada por las tecnologías digitales de la información? Quiero ahora intentar algo similar para la pregunta, ¿cómo puede una práctica filosófica así configurada influir sobre el desarrollo de la tecnología misma?

La filosofía no ha tenido mucho que decir sobre esto, o en aquellos casos donde lo ha hecho, ha conseguido más bien empujar este tema hacia la periferia o hacia otros ámbitos disciplinarios. Más aún, en muchos casos es fácil encontrar también discursos filosóficos sobre la tecnología que se distinguen por lo distanciados que están de la práctica tecnológica misma – que no se esfuerzan por entender sus particularidades, por manejar sus lenguajes o considerar su propia lógica interna. Esto ha resultado en un doble proceso preocupante: por un lado, que el desarrollo tecnológico preste poca atención al discurso filosófico que suele realizarse sobre él, y por otro lado, que este mismo desarrollo preste atención a otras fuentes conceptuales de manera poco crítica o informada.

Los diseñadores y desarrolladores de nuevas tecnologías van a seguir haciendo aquello que saben hacer más allá de que la filosofía les diga si lo que hacen está bien o mal, o si resulta más o menos deseable, o lo que fuera. El problema es que en muchos de estos casos, muchas muy buenas ideas terminan resultando inefectivas al ser implementadas porque no tomaron en consideración el contexto en el cual iban a ser aplicadas y sus posibles implicaciones, o en casos peores terminan generando un impacto negativo respecto al esperado. Aunque escapa al alcance de las herramientas de la filosofía realizar este tipo de evaluaciones e informar el diseño de nuevas tecnologías a partir de sus usos y aplicaciones, sí está dentro de sus posibilidades formular y promover una lógica mejor informada respecto a las complejidades de lo tecnológico y las múltiples capas de significado que participan de su diseño, implementación y uso. En otras palabras: la filosofía no puede decirte por qué una tecnología en particular es o no adecuada para un contexto determinada, pero sí puede decirte que la respuesta a esa pregunta no es contingente a las características de la tecnología misma.

De lo cual se desprende, me parece, el sentido que adopta el generar una red conceptual articulada en torno a la tecnología, que conozca sus lógicas internas y pueda brindar una perspectiva que no resulte ingenua ni desactualizada: un sistema de “crítica tecnológica” que, en el sentido clásico de la crítica kantiana, permita identificar los límites y parámetros dentro de los cuales opera nuestra mentalidad tecnológica – incluso en aquellos casos donde una tecnología pretende ampliar y modificar esa misma mentalidad. La filosofía tiene la capacidad para formular un conjunto de preguntas y conceptos que puedan a su vez ser reutilizados por el hacker al reflexionar sobre sus propias creaciones y modificaciones, sobre sus propias prácticas y sobre las dinámicas de su propia comunidad creativa.

De lo que no se trata, es de utilizar herramientas y conceptos filosóficos para decirle al hacker cómo es que debe hacer las cosas – algo en lo cual las ramas temáticas de la filosofía frecuentemente suelen incurrir, bajo un exceso de normatividad construida exteriormente. No sólo termina siendo un ejercicio inútil, sino que termina siendo hasta contraproducente, en la medida en que consigue que el discurso filosófico sea excluido de lo que podría ser de otra manera un diálogo mucho más interesante y construido colaborativamente. Y está dentro de la esfera de interés de la práctica filosófica (o al menos dentro de la de muchos de nosotros) construir este espacio de diálogo donde poder contribuir al desarrollo de una conciencia tecnológica mejor informada y menos ingenua por ambos lados: tanto por el lado de lo técnico como por el lado de lo conceptual.

Quizás una de las primeras tareas de este tipo de construcción de conciencia es identificar las maneras implícitas en las cuales este intercambio ya se ha venido dando. Hay una historia poco explorada de la participación de la filosofía en la tecnología digital de la información, que regresa hasta la manera en la cual el cartesianismo influyó a varios de los teóricos iniciales de la informática y la cibernética con nociones cercanas al dualismo, la relación entre la mente y el cuerpo y la figura del “fantasma dentro de la máquina”. A partir de allí, hay una línea de diálogo intermitente cuya manifestación quizás más interesante puede encontrarse en las conversaciones más recientes en torno a los límites y posibilidades de la inteligencia artificial, así como sus implicancias legales, éticas y políticas.

Conectados y desconectados

Quiero cerrar con una nota sobre por qué me parece importante todo lo anterior, y si la conexión entre una y otra cosa no termina resultando aparente, estaré especialmente agradecido de los comentarios que me puedan hacer para poder hacer las aclaraciones del caso.

Me parece importante ilustrar la importancia que tiene toda esta reflexión y metareflexión sobre cómo pensamos en la tecnología, cómo informamos su desarrollo y cómo utilizamos o podemos utilizar estas herramientas conceptuales en la navegación de redes de información cotidianas. En cierta manera (que espero no tener que elaborar aquí en detalle), aprender a navegar una red es como aprender un lenguaje, es decir es como aprender una forma de vida, y en cierta manera, toda forma de vida y todo lenguaje pueden representarse y entenderse como una red: sin puntos de ingreso privilegiados, y donde cada ruta de navegación es parcial y regional de un todo sobre el cual adquirimos competencia de navegación.

Puesto de otra manera: toda tecnología comprende un lenguaje y todo lenguaje es, a su vez, una forma tecnológica que nos permite domestica alguna región de la realidad o algún tipo de problema. Esto ciertamente amerita mayor elaboración (que puede encontrarse parcialmente en mi artículo sobre las gramáticas tecnológicas), pero para no hacer el argumento demasiado largo les pido que lo aceptemos temporalmente. Lo que esto nos permite es reconocer como tecnologías un conjunto considerablemente más grande de procesos, siguiendo una argumentación bastante mcluhaniana: bajo esta lógica, las ciudades pueden considerarse como tecnologías, como pueden también serlo los teléfonos, las autopistas, las pinturas medievales, los smartphones, etc. Nos encontramos aquí muy cerca del dominio de la ontología orientada a objetos, o de la teoría del actor-red.

Arthur C. Clarke acuñó la idea de que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, y esto podemos observarlo fácilmente en nuestras relaciones cotidianas con la mayoría de tecnologías: no necesitamos saber cómo es que el espectro electromagnético es manipulado para que la señal llegue de mi teléfono celular a la antena que representa la “celda” local que me conecta con la red de comunicaciones para poder hacer una llamada. Probablemente no queremos saber, como tampoco necesitamos entender los principios químicos de la combustión para viajar en auto o cómo programar en C++ para poder utilizar aplicaciones en una computadora. Las interfases se encargan de ocultarnos todo este proceso que ocurre detrás de cámaras, y consideramos que una interfase está mejor diseñada cuando consigue más exitosamente este oscurecimiento y consigue preservar o incluso incrementar la sensación de lo mágico. Quizás ningún ejemplo sea más claro que los productos de Apple que son notablemente más difíciles de de personalizar o modificar, bajo la noción de que sacrificamos control de la caja negra por una mejor experiencia de usabilidad.

El problema surge, o se complica, cuando empezamos a estirar la metáfora y empezamos a pensar que una posta médica, un aula de clases o un gobierno regional son también tecnologías que comprenden sus propios lenguajes en los cuales tenemos que ser competentes para cumplir con una serie de objetivos. A su vez, no son lenguajes formalizados, reconocidos, y sobre todo no son lenguajes en los que recibamos ningún tipo de formación o adiestramiento. Son lenguajes altamente opacos y poco navegables, cosa que resultará evidente a todo aquel que haya intentado, alguna vez, realizar algún tipo de trámite con alguna dependencia del Estado, sea cual sea.

Estas cajas negras en efecto eliminan nuestra capacidad para trazar relaciones causales entre inputs y outputs, entre procedimientos y resultados, y es en ese momento en que se introducen arbitrariedades como la corrupción, el nepotismo, la usurpación de funciones, y demás errores del sistema. Uno podría argumentar que hay una “clase profesional” cuyo objetivo es evitar estar irregularidades, que vendría a ser la burocracia estatal y, quizás más ampliamente, los abogados que tienen el conocimiento para navegar este tipo de sistemas. Pero dada su naturaleza, esto no me parece una respuesta aceptable, pues efectivamente significa el monopolio de una “tecnología” de servicio y beneficio público.

Nuestra capacidad para participar de estos circuitos informacionales, de navegar redes de información diversamente conectadas entre sí, se vuelve una habilidad fundamental para ubicarse en el mundo contemporáneo. Es la capacidad, por ejemplo, para entrar a la página web de una dependencia del Estado para encontrar la información sobre los requerimientos de un trámite, y evitar así ser estafado por un tramitador. El acceso a la información, y a la información sobre la información, y el desarrollo de capacidades de navegación de redes, son entonces no sólo habilidades fundamentales sino marcadores determinantes de nuestra posición social y nuestra condición de clase: la condición de pobreza es no sólo una condición material, sino que es también una afirmación sobre nuestra capacidad de acceder efectivamente a la información. Mientras menos acceso a la información tengo, más son las tecnologías, los sistemas y las redes a mi alrededor consideradas como “magia”, porque no tengo manera de entender cómo es que funcionan. Esta condición mágica es el caldo de cultivo perfecto para la arbitrariedad, la explotación y el abuso. Visto de esta manera, y corriendo el riesgo de que suene trivial, el pésimo diseño que suelen tener los sitios web de las dependencias del Estado es no sólo un atentado contra el buen gusto, sino incluso un atentado contra los derechos fundamentales, en el sentido de que impiden el acceso a la información pública y perpetúan la condición de exclusión de las personas que más la necesitan. El ejemplo clásico en este sentido es el de las becas educativas, cuya información a pesar de ser públicamente disponible, rara vez llega a las personas que más podrían beneficiarse de ella simplemente porque se encuentran desconectados de los circuitos de información donde circula.

Ejemplos como éste hay muchos y de muchos tipos. Y es precisamente allí donde creo que una crítica tecnológica bien formulada puede tener mucho que contribuir, y mucho que heredar, a su vez, de la creencia del hacker de que no deben haber cajas negras tecnológicas y de que el mundo está al alcance de nuestro análisis y examen. De la misma manera como intentamos más arriba seguir el hilo de Ariadna desde la interfase visible hasta las capas subyacentes de tecnología que nos resultan invisibles, para entender todas las herencias de conceptos y significados que participan de una experiencia, podemos también analizar tecnologías menos obvias, y menos transparentes, donde tenemos un interés público en entender lo que resulta invisible en todas esas capas.

Tenemos a su vez un interés, si no una responsabilidad, en que ese aparato crítico esté ampliamente disponible no sólo a los filósofos, y no sólo a los hackers y diseñadores, sino que estén disponibles públicamente para realizar el examen de las instituciones con las que interactuamos cotidianamente y nos hagamos legítimamente la pregunta de por qué funciona de una manera y no de otra. Debemos entender que las instituciones son hackeables no en el sentido trivial de traerse abajo su página web, sino en el sentido significativo de pedirles explicaciones y rendición de cuentas, y de legítimamente exigir que estén al servicio del público.

Soy plenamente consciente de que, en este sentido, el problema es mucho más complejo de lo que aquí planteo, y que intervienen una serie de procesos, particularmente educativos, de primera importancia. Pero el alcance de lo que he intentado decir puede resumirse en un conjunto de premisas básicas:

  • Las tecnologías con las que interactuamos están compuestas por una serie de capas interdependientes que usualmente se esconden al análisis, y la crítica tecnológica informada debe desenmarañar la tecnología como un proceso social complejo.
  • La práctica tecnológica puede dar forma a una práctica filosófica que entienda y maneje su lógica interna, y que pueda realizar afirmaciones contextualizadas y útiles a la práctica que observa, formando sistemas conceptuales emergentes, dinámicos e históricos.
  • La práctica filosófica puede a su vez desarrollar aparatos conceptuales que beneficien a la práctica tecnológica, permitiéndole contemplar la complejidad de sus actividades y los diferentes elementos que participan de la implementación de nuevas tecnologías.
  • La crítica tecnológica informada nos da herramientas y referentes para el análisis de diversas redes de información y su importancia, permitiéndonos identificar también patrones sistemáticos de exclusión e injusticia escondidos en los diseños cerrados de sistemas, procesos e instituciones.

Estas son las ideas que quiero presentar este jueves en Redes de la Filosofía. Así que, de nuevo, cualquier comentario es bienvenido, y espero que puedan asistir y podamos tener una buena conversación en vivo.

El “bleeding effect”, 2: mensajes encriptados y capas de significado

Una idea más sobre el concepto del “bleeding effect”: siguiendo con la analogía de Assassin’s Creed, hay otro elemento interesante en el juego llamado “eagle vision“, o “visión de águila”, donde el protagonista usa una habilidad especial que le permite ver “más allá de lo evidente” e identificar amigos, enemigos, objetos de interés a su alrededor, etc. En otras palabras, es una habilidad que le permite identificar una capa de significado adicional por encima de la realidad que lo rodea (que es, por supuesto, parte misma de la realidad).

Esto es algo similar, digamos, a lo que le ocurría a Neo en The Matrix cuando empezaba a ver la realidad como configuraciones de código, que además podía modificar a su voluntad. Conforme aprendemos nuevas cosas, nuevos lenguajes, nuevas gramáticas, adquirimos capas adicionales de significado que nos permiten identificar mensajes encriptados en la realidad misma, que estuvieron ahí todo el tiempo pero que sólo podemos decodificar si tenemos acceso al conocimiento apropiado. Esto es, en cierto modo, una manifestación más de lo que sería el bleeding effect, en el sentido de que habilidades adquiridas en un espacio o en una plataforma “sangran” o “chorrean” hacia otros ámbitos de la realidad.

Un ejemplo donde esto resulta bastante claro es con el uso de los hashtags en Twitter. Los hashtags son identificadores textuales que permiten vincular twits independientes y dispersos dentro de una sola discusión utilizando una etiqueta descriptiva (de la forma #etiqueta). Se popularizaron originalmente en Twitter donde permitían hilar discusiones dentro de una plataforma que está permanentemente dispersa, generando hilos conductores. Pero su uso ha trascendido fuera de Twitter, primero que nada apareciendo naturalmente en otras plataformas: no es raro, por ejemplo, encontrar gente utilizando hashtags en Facebook, donde técnicamente no sirven para mucho (Twitter convierte los hashtags en enlaces a una búsqueda por otras menciones del mismo hashtag, pero en Facebook aparecen sólo como texto). Porque son sólo texto, el uso de un hashtag no se puede evitar, y para un usuario que no sabe lo que son aparecen simplemente como una curiosidad indeterminada. Pero para cualquiera que haya usado Twitter, el uso del hashtag es un marcador de que hay un hilo conductor que vincula ese elemento individual con otros, y también que la persona que lo usa, muy probablemente, un usuario de Twitter.

El uso del hashtag ha trascendido incluso fuera de espacios virtuales: no es raro encontrar en la transmisión de programas de televisión el uso de un hashtag oficial que se muestra durante la emisión del programa, como indicando dónde está ocurriendo la discusión en vivo de lo que está pasando (aquellos que manejan el “código secreto” tienen la opción de acceder a todo un nuevo nivel de disfrute de lo que está pasando, invisible a los demás). Hace unas semanas, además, el diario español El País usó un hashtag como titular de una noticia de primera plana sobre los #nimileuristas. Y en la actualidad, casi cualquier evento en vivo, conferencia, congreso, seminario, etc., tiene un hastag activo permanentemente en el cual los participantes comparten preguntas, ideas, comentarios, o críticas, creando un canal subterráneo (un “backchannel“) donde se puede tener otro tipo de interacciones. Todo esto es un poco como el eagle vision de Assassin’s Creed: si se tiene la habilidad se puede reconocer esta capa adicional de significado y aumentar la experiencia (realidad aumentada), y si no, pues la persona quizás no reconozca que haya algo que reconocer.

Difícilmente es esto algo singular o exclusivo a las gramáticas de la tecnología, sino que es en realidad propio de cualquier lenguaje: si paseo por un aeropuerto en Frankfurt sin saber alemán, hay toda una capa de significados que me es invisible por no conocer la clave de decodificación. Asimismo, si no sé leer y escribir, este mismo post es sólo una serie de líneas y glifos raros en una pantalla, pero no se convierten en significado. De modo que incluso estas capas se superponen unas sobre otras y se requieren entre sí, en muchos casos. La gran diferencia, o lo interesante en este caso en particular, es quizás cómo ahora que tenemos una mayor diversidad de soportes y plataformas y que nuestras maquinitas meméticas están operando al 110%, este fenómeno se vuelve tanto más evidente. En otras palabras: no digo que pensar en el hashtag signifique dejar de pensar en la alfabetización, pero sí que cuando diseñamos estas plataformas, cuando educamos y cuando incentivamos la participación, hay gramáticas que sin ser intrínsecamente exclusivas no son automáticamente accesibles ni intuitivas. Las capas de significado a la que cada uno de nosotros tiene acceso para identificar varía de individuo a individuo en función a intereses, geografía, historia personal, etc. Pero algunas combinaciones se correlacionan en mayor medida con algunas dimensiones de la realidad: por ejemplo, cada vez más la capa para identificar, entender y utilizar código de programación se vuelve importante para el vínculo con la información, el conocimiento y en última instancia el ejercicio efectivo de la ciudadanía, como una capa que está “sangrando” o “chorreando” cada vez más intensamente, pero a la que no todos tenemos acceso por igual.

Ciudadanía mediática y generación de impacto

(O cómo impactar algo tan grande como el Grupo El Comercio.)

Hoy día vi que rebotaba repetidamente en Facebook el enlace a una página, “Cruzada para no comprar El Comercio ni Perú 21“. La página se describe a sí misma en estos términos:

Este es un acto simbólico de rechazo a la amenaza de la libertad de expresión que representan el Grupo El Comercio y sus medios de información.

Ahora, todo bien con la iniciativa. En las semanas que estuve en Lima recientemente pude, una vez más, corroborar que el Grupo El Comercio está quizás en su momento más nefasto. El conglomerado mediático más grande e “influyente” del país asusta porque es como una figura sombría indeterminable, cuya verdadera extensión nos elude cotidianamente.

Pero un acto simbólico que consista en no comprar El Comercio o Perú 21, realmente no genera mayor trascendencia. Al momento de escribir esto, la página tiene 3,931 seguidores – es decir que, asumiendo que efectivamente 3,931 personas dejen de comprar El Comercio o Perú 21, el impacto real contra ventas diarias de 201,200 (sumando los promedios diarios de venta para ambos periódicos durante el primer semestre del 2011, según la SEPP - nota aparte, qué difícil que fue finalmente encontrar este dato) es ínfimo. Al final, la iniciativa termina sirviendo más para reafirmar las creencias de los que participan en el “acto simbólico” que para conseguir un impacto real en la economía o la dirección de los periódicos del Grupo El Comercio – algo reforzado, además, porque ni siquiera se menciona la principal publicación del grupo, el diario Trome, cuyo promedio de venta diario, según la misma fuente, es de 419,698 ejemplares. En otras palabras: unirse a dicha cruzada es un acto efectivamente simbólico, tanto en el gesto como en los posibles resultados que puede conseguir.

Mi intención, sin embargo, no es venir a derrochar pesimismo o a abogar por el “mejor no hacemos nada” – simplemente trato de echar luz sobre lo que poco que pensamos respecto al impacto que queremos conseguir con una iniciativa, y en cuáles son los mejores medios para conseguir ese impacto. En el caso del Grupo El Comercio, conseguir ese impacto también pasa por “tangibilizar” la inmaterialidad del grupo completo: llevar al ciudadano de a pie el conocimiento de que no se trata sólo del diario El Comercio y Perú 21, o a lo más Canal N, sino que el universo involucrado es mucho más grande y complejo. Según su propia página web, el Grupo El Comercio contempla todas las siguientes unidades:

De modo que es un aparato bastante complejo donde el propio diario El Comercio es apenas la cara visible. Esto pone un poco en contexto lo que 3,931 lectores menos significan para el Grupo El Comercio – pero también revela que, incluso sin comprar ninguno de los diarios involucrados en la cruzada, uno podría estar aún, sin saberlo, dándole dinero al Grupo a través de cualquiera de sus subsidiarias.

Entonces, asumamos que el objetivo último es generar un impacto sobre las finanzas de la Empresa Editoria El Comercio S.A. – nombre legal de la mayor parte del grupo – para que abandonen ciertas prácticas mediáticas condenables (como el despido de los periodistas que no se ajustan a los intereses no declarados del Grupo) o por lo menos sinceren su discurso y reconozcan públicamente ciertos apoyos y preferencias. Claramente, una cruzada para dejar de comprar El Comercio y Perú 21 no será el camino, y de hecho, los diarios quizás ni siquiera sean el mejor camino. Información relativamente reciente de las actividades de negocios de la empresa se puede encontrar en la información que están obligados a entregar a la Bolsa de Valores de Lima para poder cotizar públicamente: allí se pueden encontrar las Memorias Anuales hasta la del 2010, y estados financieros actualizados hasta el 2011 para los más avezados en meterse en los números.

Finalmente, aunque la venta de impresos es parte importante de los negocios del grupo, en realidad, como en casi todos los diarios, la venta del periódico mismo es sólo un canal para entregar publicidad empaquetada a los lectores. Es la venta de publicidad la que mantiene funcionando a cualquier periódico (la misma que ha subido año tras año tanto para El Comercio como para Perú 21). Y es, por lo mismo, su fuente de vida más importante.

De modo que un ejercicio potencialmente más interesante sería quizás el siguiente: mañana, domingo, compra El Comercio. La edición dominical tiene el doble de tamaño y por lo mismo el doble de publicidad. Recorre la edición y fíjate en los anuncios publicitarios, y presta especial atención a aquellos anuncios de marcas que consumes. Presta doble atención especial a los anuncios de marcas que has consumido por mucho tiempo y consumes regularmente. Toma nota de estas marcas en dos columnas. Cuando hayas terminado, todavía falta un poco de tarea: googlea un poco cada marca, y busca la información de los gerentes o encargados de marketing de cada una de ellas. Con esa información, escribe una carta que enviarás a cada una de estas personas. En ellas, indica que eres consumidor de la marca (o consumidor desde hace X años, o fiel seguidor, o lo más adecuado), que la disfrutas y esperas seguir consumiéndola. Pero que notaste que en la edición del domingo de El Comercio, publicaron un anuncio… Expresa tu frustración y decepción ante este auspicio, dadas las prácticas que ha adoptado el periódico en los últimos meses – de preferencia, sé específico, pues es muy probable que la persona que lo lea no tenga la mima percepción que tú. Sé específico, sé muy claro, y sobre todo, sé amigable y atento. Y concluye diciendo que a pesar de que disfrutas mucho la marca, si continúan auspiciando indirectamente ese tipo de prácticas, no tendrás otra alternativa que empezar a consumir otra (y por supuesto, que estás compartiendo esta información con tu familia y tus amigos). Imprime cada carta (o al menos algunas de ellas) y envíalas vía Serpost a las direcciones que hayas identificado previamente.

No puedo garantizar que esto vaya a conseguir directamente algo. Pero sí ocurre que, por el hecho de que implica una inversión de tiempo mayor, es más posible que alguien lo tome en serio. Así como también es posible que, si esto realmente se volviera una cruzada o una iniciativa medianamente masiva, entonces los anunciantes se vean obligados a realmente prestar atención antes que correrse el riesgo de ver sus propias ventas disminuidas por las acciones de uno de sus auspiciados. Y si esa presión, más fácil de realizar, se empieza a sentir, se convierte en una presión mucho más real sobre el medio mismo. Los auspiciadores suelen pasar bajo el radar en este tipo de cosas, pero lo cierto es que indirectamente están auspiciando también prácticas y conductas mediáticas – y como consumidores, tenemos cierto grado de injerencia en la manera como las marcas hacen las cosas.

Éste es un tipo de táctica que se usa mucho en Estados Unidos o Europa, donde hay un orden de institucionalidad mucho más establecido. Pero debidamente coordinado, no veo por qué no podría tener resultados también en nuestro medio. No tiene ninguna garantía, y es más difícil conseguir gente para comerse el roche completo, pero es aquí cuando uno empieza a pensar realmente en términos de impacto y en términos de cambiar la conducta de las personas, las organizaciones y las instituciones: cuando lo simbólico consigue ser no solamente simbólico, sino volverse fáctico y efectivo.

#edupunkarg

El fin de semana estuve en Rosario, Argentina, para la III Jornada Intercátedras Digicom/Datos, excelentemente titulada “Aprendiendo en tiempos de bárbaros, zombies y post-humanos”. Conocí a Alejandro Piscitelli, quien dirige una de las cátedras involucradas, en el McLuhan Galaxy Barcelona 2011, y por él pude participar de este encuentro de no-docentes y no-alumnos dedicados a “hackear la educación” (además de a los cuchillos, los pandas, los canguros, y discusiones particularmente largas sobre las mejores estrategias para sobrevivir a una invasión zombie. Hardcore-geek-style, en otras palabras). Si quieren ver un poco el tipo y volumen de actividad que adquirieron las jornadas pueden pasear por el hashtag #edupunkarg en Twitter. Fue una excelente jornada, la verdad, con muchísimo que comentar y aún más para procesar.

Hice una presentación durante la sesión inicial de la jornada. Intenté volver sobre ideas que he ido explorando hace tiempo aquí en el blog, en otros textos y presentaciones. intentando explorar la manera como nuestra cultura, o al menos la cultura más próxima y cercana al cambio tecnológico, está progresivamente desplazándose de una concepción que podríamos llamar “ingenua” de la tecnología, hacia una cultura permeada por la ética hacker y articulada en torno a varios de sus principios (ética hacker que, por cierto, no es autónoma, sino que en una medida considerable se articula ella misma alrededor de lo que las tecnologías digitales nos permiten). Hay algo que está pasando, algo que amerita mayor análisis, cuando en una época empezamos a ver que nuestros referentes culturales de certeza y estabilidad empiezan a derrumbarse o cuestionarse.

Creo que se puede hablar aquí de tres “desplazamientos”. El primero es el desplazamiento de un entendimiento de la tecnología como una herramienta, al de la tecnología como lenguaje: siguiendo a McLuhan, entender la tecnología como una forma de lenguaje o gramática implica quitar el énfasis en el objeto o el soporte tecnológico, y empezar a observar con mayor atención las relaciones sociales y los protocolos que construimos en torno y a partir de la introducción de una tecnología. Cuando McLuhan señala que “el medio es el mensaje”, el mensaje del medio es su impacto sensorial y social y sus efectos sobre nuestra conducta como cultura, los cuales se nos vuelven completamente transparentes cuando pensamos que las tecnologías son sólo vehículos para nuestras ideas y nuestra voluntad.

El segundo desplazamiento va en la misma dirección: el paso de los espectadores a los usuarios. La lógica y el lenguaje de los nuevos medios es de espacios de co-creación, o mejor dicho, espacios abiertos donde nadie tiene que pedir permiso para ensayar y exploras nuevos tipos de expresiones. Esto no es posible en el modelo de los medios tradicionales, donde para comunicarse masivamente uno tiene que pedir permiso; esa necesidad de pedir permiso y de recibirlo quiere decir que la comunicación aparecía como si tuviera algún tipo de garantía. Alguien, por alguna razón, tiene que haber aprobado esto. Pero, como vemos en casos como el de Rupert Murdoch y News of the World, toda esa garantía es meramente aparente, una ilusión producto de la escasez de canales: el nuevo ecosistema mediático diluye esa ilusión en la medida que le permite a cualquier persona tener un canal. Cuando el espectador se vuelve usuario, cuando deviene prosumidor, es imbuido con un conjunto de superpoderes que evidencian que, en verdad, no tienen nada particularmente especial: cualquiera puede comunicar mensajes masivamente, sin tener que pedirle permiso a nadie, pero por lo mismo, sin ofrecer ningún tipo de garantía. En este ecosistema se vuelve clave desarrollar las habilidades para navegar un flujo de información sobre el cual, a priori, no podemos formular ningún juicio.

El tercer desplazamiento es consecuencia de los dos anteriores: el paso de los consumidores, a los hackers. O, lo que es más o menos lo mismo, el paso de consumidores a ciudadanos, en la medida en que la ciudadanía empieza a redefinirse en términos hackerísticos. Prometedor, pero también peligroso. La ciudadanía así concebida implica entender la realidad que nos rodea como un gran libro abierto, reinterpretable, hackeable. En lugar de ver instituciones que se consumen, a las cuales uno se adapta, el hacker ve problemas, instituciones perfectibles, procesos mejorables. De esta manera es como el ciudadano empieza a apropiarse del espacio, de lo público, de la cultura. Se vuelve de esta manera en el núcleo de una ciudadanía activa, abierta y transparente.

Pero esto es también peligroso, y es un gran desafío, y se desprenden de eso tres preocupaciones sobre las cuales debemos preocuparnos en los siguientes meses/años, si es que no lo hemos hecho ya. La primera es que, si la lógica y la ética hacker empiezan a volverse tan impregnadas en nuestros procesos sociales/culturales, entonces se vuelve pertinente aprender a hackear (y entender cómo se aprende a hackear). Como proceso cultural, o como habilidad técnica, o en realidad como ambos, ya no es algo que se puede dejar simplemente a “otros”, sino que se vuelve una responsabilidad personal también.

La segunda preocupación es que tenemos que desarrollar la habilidad para identificar patrones rápida y efectivamente. Como ya lo señalaba McLuhan, la habilidad para identificar patrones en la cultura será la marca del futuro: las personas que consigan afinar esta habilidad tendrán una ventaja considerable sobre todos los demás. Esto es claro, por ejemplo, en focos de innovación como Silicon Valley, donde la diferencia entre identificar patrones o de crearlos se diluye casi completamente. Identificar los patrones a tiempo, darles nombre, significarlos, tematizarlos, es básicamente crearlos. Aprender a hacer esto a nivel cotidiano se convierte en una habilidad básica para nuestra adaptación a nuevos modelos culturales.

La tercera preocupación, quizás la más preocupante, es que a medida que más y más procesos se mediatizan digitalmente o adquieren al menos mayor significación digital, el tema de la brecha tecnológica se vuelve infinitamente más importante. Si la ciudadanía requiere cada vez más de aprender a hackear, y aprender a identificar patrones y actuar sobre ellos rápidamente, entonces ese segmento enorme de la población que ya de por sí se está quedando atrás en lo tecnológico, se empieza a convertir en una ciudadanía de segunda categoría. Y para los que más nos interesa explorar estas transformaciones y sus posibilidades, y que además podemos corroborar cómo estos espacios o no-espacios virtuales y comunitarios se enriquecen y vuelven más interesantes mientras más gente participe, se nos impone la responsabilidad de hacer algo al respecto. Empezando por tematizarlo, y por discutirlo, pero sobre todo, aprendiendo lo que significa diseñar tecnologías y protocolos para la inclusión.

Éste es un poco el resumen de lo que presenté en #edupunkarg. Aquí también están las diapositivas de la presentación:

La jornada misma merece un comentario aparte. Las sesiones del primer día fueron, digamos, más teóricas o exploratorias, y revisando varias experiencias concretas de hackeo de la educación, de la evaluación, de lo contenidos y demás. Hackear la educación fue el tema recurrente de toda la jornada, visto desde el punto de vista de investigadores, de alumnos, de docentes, de profesionales, o más bien, visto sobre todo desde no-lugares: no intentando definir perspectivas a partir de profesiones o trabajos, sino ver cómo todas se conjugaban entre sí en colaboratorios.

Surgieron muchas preguntas y muchas propuestas. ¿Cómo actualizar, por ejemplo, lo que es la evaluación en un salón de clase para que deje de ser simplemente un “cumplir con el sistema” y se vuelva una herramienta realmente útil para el alumno? Podemos repensar por completo la evaluación cuando podemos empezar a capturar, procesar y sistematizar datos casi en tiempo real. Aníbal Rossi de la Universidad Nacional de Rosario presentó una experiencia en la que el algoritmo de Google sirvió como modelo para procesar las autoevaluaciones de los alumnos de un curso: en lugar de analizar cómo los alumnos evaluaban entre sí, evaluar cómo los mejor evaluados evaluaban a los demás. Si empezamos a llevar este modelo a niveles más complejos podemos incluir más fuentes de datos, procesamientos más complejos, e incluso cursos que terminan evaluándose y corrigiéndose a sí mismos y brindando información sobre el grupo y sobre cada individuo en cualquier momento, en tiempo real.

Personalmente me tocó participar en muchas de las discusiones que involucraban el uso de los videojuegos como herramientas educativas, algo que me interesa particularmente por mi experiencia con el Laboratorio de Videojuegos de Lima. En sesiones temáticas grupales, el segundo día de la jornada consistió básicamente en una experiencia de diseño: primero explorando un problema y desarmándolo en sus elementos componentes, y a partir de ellos buscando posibilidades de acción y de impacto. El resto del día fue una oportunidad para diseñar colectivamente recursos y productos para, en este caso, la integración de los videojuegos en el proceso educativo, trabajando por un lado con docentes, por otro lado con jugadores. Salieron buenas ideas, que con suerte serán reunidas pronto en un primer prototipo y eventualmente en un producto que podamos mostrar al público. Lo increíble es lo rápido que un grupo de gente puede hackear este proceso: en menos de un día teníamos un contexto, una serie de ideas, diversas posibilidades para un producto, e incluso los principios de un prototipo. Quizás con un poco más de tiempo habríamos podido cerrar la jornada con un prototipo funcional terminado, analizado, y con feedback capturado.

En fin. Fue una sesión sumamente interesante, que a mí particularmente me sirvió para entender mucho mejor lo que está sucediendo en Argentina en términos de estudios de medios y tecnología y cómo se están leyendo y sobre todo aplicando diversas ideas. Mucha gente muy creativa, muy bien informada, con muchos fundamentos, y con muchísimas buenas ideas para explorar y desarrollar. Así que tengo muy buenas expectativas de ver los resultados que saldrán de esto en las próximas semanas.

Ciudadanía y medios de comunicación

Ayer en Ashoka Changemakers lanzamos un nuevo desafío global, esta vez buscando innovaciones en torno a ciudadanía y medios de comunicación. Es una convocatoria organizada con el apoyo de Google que se presenta así:

Los medios conectan a las personas con el mundo, dan voz a sus ideas y sueños y les proporcionan conocimientos para mejorar sus vidas y las vidas de los demás. De este modo, los medios actúan como catalizadores de la participación de la ciudadanía, tanto a nivel regional como mundial.

Pero incluso en esta era de omnipresencia de los medios, existen millones de personas afectadas por barreras políticas y económicas que no tienen la posibilidad de acceder ni siquiera a las herramientas de información más básicas y que, por tanto, no pueden utilizar esta valiosa fuente de información y conexión ni hacer oír su voz en el resto del mundo.

¿Qué tipo de iniciativas está buscando el desafío? Ideas y proyectos que puedan:

  • otorgar voz a las poblaciones vulnerables desprovistas de ella e introducirlas en la creación y distribución de medios (por ejemplo, mediante estrategias de crowdsourcing o formación para potenciar la alfabetización digital),
  • proporcionar a los periodistas y editores herramientas o canales para informar sobre noticias importantes que de otra forma no podrían conocerse (por ejemplo, soluciones de distribución, adición y creación de contenido),
  • fomentar la protección de la privacidad y de la libertad de expresión (por ejemplo, mediante herramientas de codificación que permitan proteger la identidad de los usuarios y de los creadores de contenido),
  • estudiar la sostenibilidad financiera de las noticias de calidad (por ejemplo, establecer sistemas de micropagos que recompensen a los periodistas y modelos para fuentes de ingresos),
  • ayudar a los usuarios a consultar mejor la información y a determinar la fiabilidad y autenticidad del contenido (por ejemplo, mediante herramientas de verificación de hechos y clasificación de contenido).

La fecha límite para presentar propuestas es el 14 de setiembre del 2011.

Consumir ciudadanía

Me gustó mucho la columna de ayer de Pepi Patrón en La República, en la que advierte sobre el peligro de que cada vez nos volvamos más consumidores y menos ciudadanos. Que es una preocupación que comparto completamente con ella, y de hecho imagino que debemos haber tenido oportunidad de conversarlo en algún momento en clase hablando sobre el mismo Habermas que menciona en la columna.

La lógica del consumo, en efecto, parece que lo arrasara todo. De hecho, quizás, ya lo arrasó todo. ¿Dónde queda la ciudadanía en todo este proceso? Es más, ¿qué significa ser ciudadano hoy en día? Es algo sobre lo que estoy regresando continuamente hoy día, a medida que nuestros roles como ciudadanos parecen ampliarse y superponerse con varios otros que cumplimos al mismo tiempo.

Porque de hecho, no queremos solamente un ciudadano que sepa sus derechos – que ya es bastante – sino que queremos uno activo, informado, involucrado, que participe de los procesos políticos que lo afectan y defienda sus propios intereses en el espacio público. Pero la figura que tenemos en la práctica de la ciudadanía es radicalmente otra – básicamente, alguien que va a votar para evitar la multa. Eso es “cumplir con el deber ciudadano”.

¿Es posible volver a trazar la división entre la ciudadanía y el consumo? Quizás, pero lo veo sumamente complicado, y no me queda del todo claro qué es lo que intentamos preservar. ¿Qué pasaría si, más bien, ampliamos y complicamos nuestras nociones de consumo? Y es que, el acto mismo de consumir se ha vuelto un proceso sumamente más complejos en los últimos años, y probablemente lo seguirá haciendo. Conforme consumimos cada vez menos productos para consumir marcas, conforme las marcas que consumimos son inversiones no sólo de recursos materiales sino de emociones y afinidades en torno a las cuales estamos construyendo nuestras identidades, las marcas tienen menos espacio para operar de manera desvinculada de los intereses de sus consumidores. No sólo eso, sino que tienen incentivos de mercado para ceder parte del control de su marca a sus consumidores, efectivamente brindándoles la posibilidad de participar en la manera como la identidad de la marca se ve configurada.

La gente lo hace, de buena gana. ¿Por qué no podemos pensar que lo mismo podría pasar con los asuntos públicos? Que la gente se apropie de los temas públicos de la misma manera como lo hacen con su modelo favorito de zapatillas, que lo adhieran a la historia de su identidad de una manera tan personal como la historia de sí que cuenta una marca de helados. Y es que por mucho tiempo hemos pensado en el consumo como un acto lineal, donde el productor pone mercancías en el mercado, nosotros nos limitamos a consumirlas, y de allí surge esta horrible noción típicamente gringa de “votar con tus dólares”, según la cual el mercado expresa voluntades populares castigando con la ausencia de consumo.

Pero los consumidores, a medida que tienen más información a su disposición, quieren cada vez más ejercer un mayor control sobre los productos que consumen. Desde asegurarse de comprar productos de comercio justo hasta exigir que las etiquetas de los productos indiquen claramente los ingredientes, la mayor disponibilidad de información le da cada vez más a los consumidores la posibilidad de alzar su voz. Porque, sobre todo, ahora tienen la posibilidad de hablar entre sí, algo que antes era considerablemente más complicado.

No intento zanjar aquí ninguna discusión, y soy obviamente consciente de las limitaciones de alcance que tiene lo que estoy diciendo. Sólo quiero ilustrar un punto: a la ciudadanía devenida en consumo bien podría acompañarla el consumo devenido ciudadanía – ambos de maneras imperfectas. Cuando diluimos de maneras extrañas la separación entre lo privado y lo público, las cosas se mezclan de maneras que no son perfectamente claras. Y quizás, también, en ello podemos encontrar oportunidades más accesibles para rescatar aquello que nos parece valioso.

Política-buffet y activistas digitales (Parte 2)

En otras palabras: no tengo por qué buscar un partido con el cual coincida en la mayoría de las posiciones con las que estoy de acuerdo, cuando puedo, más bien, articular mis diferentes posiciones y en cambio, vincularme con otros tipos de organizaciones que persiguen objetivos muy similares pero me permiten, básicamente, a disentir en otros temas, al mismo tiempo que ofrecen espacios de participación mucho más dinámicos e interesantes donde no hay que recorrer ni pelearse con la burocracia del partido. Puedo estar a favor del libre mercado y de la cobertura médica universal al mismo tiempo. Puedo abogar por el proteccionismo económico sin querer al mismo tiempo una Estatización a gran escala. Y así sucesivamente. (Nótese, de yapa, como en el camino distinciones polarizantes como izquierda y derecha, liberalismo o estatismo, se vuelven meramente referenciales, cuando extendemos el plano político tridimensionalmente.)

Al dar este giro, la política se vuelve también un universo misceláneo. Se vuelve misceláneo porque no sólo hay una introducción de una enorme cantidad de nuevos temas y posiciones que pueden ser recogidos por múltiples actores, sino que la manera como estos actores están configurados les permite tener una muy alta tolerancia para el fracaso. Construimos así un panorama político donde aparecen y desaparecen grupos y posiciones permanentemente según la capacidad que tienen para articular en torno a sí comunidades de apoyo más grandes y vinculadas, y ojo, aquí lo perturbador: su capacidad para articular estas comunidades no tiene nada que ver, ninguna relación, con lo correcto o lo incorrecto, con el bien y el mal, ni siquiera tiene una relación necesaria con lo que es mejor o peor para el conjunto de la sociedad y las demás comunidades. Cuando reduzco la valla para la participación masiva en el espectro político, la bajo tanto para aquellos con los que estoy de acuerdo como para los que no, y de entrada, existen muy pocas posibilidades efectivas para filtrar qué cosas queremos que aparezcan en el espacio público y qué no. Y no estoy del todo convencido, incluso, de que eso sea deseable: por lo pronto, me parece más importante fortalecer los mecanismo para que podamos, una vez creados, filtrar las peores opciones de las mejores de una manera efectiva. Pero este proceso de filtrado, en última instancia, no puede depender sino, de nuevo, de la acción colectiva de los ciudadanos para defender sus intereses. Si me molesta lo suficiente la publicación de alguna posición o mensaje con el que no estoy de acuerdo, pues está en mis manos organizarme para brindar una opción alternativa. Si no me molesta lo suficiente como para movilizarme, entonces no puedo tampoco esperar que alguien más se encargue de hacerlo.

Los costos de participación son lo suficientemente bajos como para que yo pueda, de hecho, organizar una alternativa. Que sea una alternativa viable… eso amerita mayor discusión. Los roles son flexibles, los costos son bajos, el alcance de los medios es alto: es razonable suponer que uno podría vincular una comunidad en torno a un interés en particular o en respuesta a algún tema en particular en el espacio público. Lo que no es tan inmediatamente visible es si uno podría, con la misma facilidad, construir una posición alternativa suficientemente fuerte como para dar la contra, digamos, a una postura hegemónica o respaldada por el gobierno, o por un gobierno. El problema de Bagua sirve para ilustrar este problema: los nuevos medios brindaron un canal alternativo a la información que era difundida por los canales tradicionales u oficiales – no por alternativa más verdadera o completa, pero sí permitía tener una perspectiva más redondeada del asunto. Al mismo tiempo, la gente difundiendo esta información logró establecer circuitos y asociaciones lo suficientemente fuertes como para convertirse en una voz medianamente significativa en este proceso, suficientemente significativa como para que el presidente, en un artículo conceptualmente viciado, básicamente los acuse de ser el perro del hortelano, ellos también. Es decir: no queda tan claro de que, por sí mismo, este intercambio de información y estas redes de colaboración podrían ser capaces de convertirse en posiciones suficientemente consistentes como para hacerle frente al contra-discurso en sus mismos términos. De hecho, creo que queda claro, en la actualidad, esto simplemente no es posible. O lo que es lo mismo: no, por mucho que apoyes causas en Facebook, eso no hace que, al final, el gobierno siga haciendo lo que le dé la gana. Se necesita más, mucho más, en términos de capitalizar este latencia ciudadana y canalizarla hacia acciones colectivas más y mejor estructuradas, que realmente incorporen una alternativa viable. Y claro, bien podría ser que, a esta altura, la figura del partido político empezara a volver a exhibir su utilidad.

Lo que encontramos en casos como el de Bagua, o como Irán, es la capacidad que exhiben ciertos sectores de la ciudadanía para transferir habilidades políticamente inocuas hacia un significado política con una enorme facilidad. Es algo que muchos llaman periodismo ciudadano, pero yo prefiero pensar que se trata de los diferentes roles, no sistemáticos, no exclusivos, que asumimos como parte del proceso mismo de ciudadanía. Ejercer activamente nuestra ciudadanía se vuelve no necesariamente aquella valla inalcanzable según la cual tenemos que estar permanentemente informados, permanentemente involucrados, incluso sacrificando parte de nuestras vidas personales para ello. En una sociedad donde los roles que asumimos son transitorios y que cumplimos muchos de ellos cotidianamente, la función política del ciudadano es también uno de esos roles, que puede adoptar una mayor o menor preponderancia según la manera como están articulados mis intereses, y de la manera como yo me choque o no con la necesidad de adoptar posiciones más fuertes en torno a su defensa. Tanto en Bagua como en Irán, grandes grupos de ciudadanos se encontraron en la necesidad forzosa de utilizar sus habilidades para cumplir con un rol de significado político – no es que nadie haya, realmente, querido hacerlo (en el sentido de que, si en ambos casos hubiéramos podido evitar lo que pasó, tanto mejor), pero ante la necesidad de que así sea tenían las competencias para capturar y transmitir información al mundo sobre lo que estaba pasando.

Esto, de ninguna manera, resuelve todos nuestros problemas. De hecho, creo que los complica. Pero lo que me parece que podemos empezar a identificar es, en primer lugar, que nuestra noción de ciudadanía se ve ampliada para incluir un conjunto de nuevos roles que podemos asumir según el contexto lo requiera. Por otro lado, que muchos de estos roles implican una apropiación mucho más personal y directa del proceso político, en un espectro que va desde el consumo de información hacia su transformación en la organización y participación de acciones colectivas.

De entrada, hay una gran pregunta, importante, que me queda perturbadoramente abierta. ¿Dónde queda el espacio para la negociación? Si puedo construir mi escenario político a mi imagen y semejanza, si puedo hacer mi selección mediática en función a aquello con lo que estoy de acuerdo, si los partidos políticos ya no son los espacios en los cuales negocio intereses y acepto compromisos, ¿entonces en dónde me enfrento a lo diferente? ¿En qué momento argumento, delibero, comparto opiniones y consigo acuerdo que vayan más allá de simplemente imponer mi propio punto de vista? Si no encontramos el espacio para algo así de importante… ¿dónde lo ponemos? ¿Cómo lo incorporamos?

Lo cual muestra que aún hay mucho, mucho por desarmar.

El desafío a las profesiones 2

Volviendo sobre algunas ideas del último post sobre el desafío a las profesiones, hay dos ejemplos puntuales que me vienen a la mente. El primero es el caso del periodismo, sobre el que ya he escrito bastante antes pues me parece uno de los más interesantes. Shirky habla explícitamente sobre el periodismo y me parece lo más interesante el que lo haga en términos económicos, pues eso resalta particularmente la contingencia histórica de la profesión periodística como la conocemos: no inventamos el periodismo cuando descubrimos que era un componente fundamental de la realidad, sino que vino a existir como parte de un proceso histórico, y como tal, por lo mismo, puede también transformarse y desaparecer. Tenemos una horrible, aunque comprensible, tendencia a naturalizar lo histórico, y asumimos que el mundo tal como es hoy es el mundo como ha sido y será siempre: siempre hubo capitalismo, siempre hubieron mercados, siempre hubo libertad, siempre hubo Estado, y así se mantendrán las cosas en el futuro. Pero aunque nos pueda molestar darnos cuenta, en realidad, todos estos son productos históricos y no forman parte de ningún tejido intrínseco de la realidad. No hemos “descubierto” nada de esto, lo hemos inventado y puesto en el tejido de lo social.

Es más, no sólo no deberíamos asumir que así siempre han sido las cosas, sino que viendo la historia deberíamos ser lo suficientemente humildes e inductivos como para darnos cuenta que, así como prácticamente todo en nuestra historia se ha visto transformado, es igualmente razonable suponer que el ordenamiento del mundo que conocemos se verá, a su vez, superado en el futuro. No necesariamente por algo “mejor”, lamentablemente, o mejor dicho, la valoración moral o cualitativa de este cambio no sólo no nos corresponde, sino que nos es estructuralmente imposible (pues se trata, en pocas palabras, de evaluar lo desconocido a partir de lo conocido, disputa en la cual lo conocido tiene siempre todas las de ganar).

A partir de todo eso, el resultado es un tanto claro: de la misma manera, el periodismo como profesión, siendo un resultado histórico de condiciones económicas y de producción de una época, muy probablemente se vea transformado a medida que esas condiciones cambien. Allí donde se necesitaba de su clase profesional para mediar la escasez de información, allí donde se les necesitaba para minar la sociedad en busca de noticias que de otra manera no podían exhibirse, hoy día aquella necesidad se ve atendida de manera más eficiente (ojo que no digo ni mejor ni peor, que no me parece que venga al caso) por medios tecnológicos. Esto tiene miles de consecuencias, pero en general, podemos reducir las posibles salidas al problema generado a dos grandes posibilidades: o restauramos el valor histórico del periodismo y su función tradicional de mediar entre los ciudadanos y la información, para lo cual hay que, básicamente, limitar artificialmente el uso y desarrollo de la tecnología; o buscamos la manera para transferir a los ciudadanos las habilidades, las competencias y los criterios necesarios para que puedan navegar toda esta nueva información de manera efectiva. No sorprenderá a nadie que haya pasado por aquí antes que yo me inclino más por la segunda posibilidad.

Observación importante: esto no quiere decir que empecemos a hablar de periodismo ciudadano. El “periodismo ciudadano” es una categoría engañosa que explica algunas cosas del proceso en el que estamos pero cuyo principal problema es que explica lo nuevo en términos de lo viejo. Presenciamos, sí, la aparición de nuevas formas de ejercer la ciudadanía en la sociedad de la información. Pero eso no nos hace a todos periodistas, y además, no tendría por qué hacerlo. Esta etiqueta tiene la problemática consecuencia de que si los ciudadanos son periodistas entonces deben adscribirse a sus criterios profesionales y si no lo hacen están mal, o de que si los periodistas son ciudadanos hay que otorgarles ciertas prerrogativas, privilegios o protecciones especiales cuyo alcance y delimitación es imposible de aclarar porque no pasamos a asumir un sólo rol predominante, sino que nos movemos todo el tiempo cumpliendo con varios roles. No se da que yo “me vuelva un periodista ciudadano”, sino que resulta que, por momentos, hago cosas que se asemejan a lo que tradicionalmente hemos asociado al periodismo. Hablar de periodismo ciudadano prácticamente perpetúa la metafísica esencialista del aristotelismo, por ponerlo de alguna manera.

En otras palabras, si el periodismo quiere tener alguna alternativa, desde mi modesto punto de vista este tiene que ser no esencialista y no metafísico. Es decir, no puede ser tratar de preservarse como un valor intrínseco a la sociedad y la realidad. Pero la otra alternativa que mencioné brilla por el hecho de que no menciona al periodismo. Y es que, claro, como resultado histórico no tiene roles históricamente predeterminados. Estamos descubriendo esto sobre la marcha, y lo que sea que resulte del periodismo resultará del recálculo de los costos de transacción que tienen los individuos, los ciudadanos, en el procesamiento de información cada vez más orientado hacia la organización de la acción colectiva, o por lo menos hacia la movilización y no hacia la simple y neutralizada información. Hoy día ya no buscamos tanto informarnos como buscamos inspirarnos: desde el hecho de buscar noticias a partir de nuestro marco ideológico para verlo reforzado. Esto es difícil de digerir, pero no necesariamente es malo: es hacia donde vamos, y más que preguntar cómo cambiamos el curso, creo que podemos preguntarnos cómo llegamos antes para ir poniendo los globos y la decoración para sacarle lo mejor al proceso. Difícilmente tenemos menos, sino que por el contrario tenemos hoy día más necesidades de información, sólo que están estructuradas de manera diferente y con diferentes motivaciones a las que teníamos antes. El paso número uno para repensar el periodismo es el violento descubrimiento de que ya no tienen el monopolio de la información y que, muy probablemente, no lo volverán a tener: de la actitud hacia este violento descubrimiento dependerá la extinción o la adaptación.

El problema de hablar de periodismo ciudadano

Una saludable dosis de escepticismo me vino de parte del Morsa hace unos días en una nota a su viernes digital:

Nota: ¿No cansa ya ese término de “periodismo ciudadano” o “periodismo digital”? Es simplemente periodismo con otros medios (a mi gusto, más estremecedores y potentes). Pablo Mancini Rodrigo Orihuela en un post reciente va por el mismo sentido: “El periodismo es periodismo y punto. Mejor hablar de cobertura digital de las noticias, y lo que se necesita ahí a corto, mediano o largo plazo es dejar de ser un añadido del papel que sirve sólo para el último momento.”

¿De qué estamos hablando cuando decimos “periodismo ciudadano”? Primero intenté establecer que el colapso de las organizaciones de noticias no era lo mismo que el del periodismo, pero eso no quita que el periodismo mismo esté bajo transformación, en particular por el incremento de la participación de los “ciudadanos de a pie” en este espacio. La nota me hizo pensarlo un poco más. El principal problema que yo encuentro, en general, con la categoría de “periodismo”, es esta barrera divisoria que existe entre los que saben y los que no. Los que tienen acceso al conocimiento del arte del periodista, legitimados para informar y comunicar los devenires diarios de este nuestro mundo, y los demás, que por lo tanto nos vemos automáticamente asignados al espacio del consumidor de información. Si queremos podemos conversar de las noticias en nuestro foro privado, con nuestras familias y amigos; podemos incluso enviar una carta al editor, el cual, si lo considera pertinente, la imprimirá con el diario. En un mundo donde los nodos transmisores son pocos, esto tiene sentido: cuando el espectro radiofónico es limitado, cuando no cualquiera puede implementar una prensa de árboles muertos, entonces tiene sentido que especialicemos a un grupo de gente para que maneje más adeptamente la tarea de sintetizar, sistematizar y transmitir la información de una manera efectiva.

Cuando estas restricciones técnicas desaparecen, sin embargo, la distinción deja de ser tan clara. ¿Por qué, entonces, si ahora cualquiera puede publicar, tiene sentido que sigamos distinguiendo a unos como “periodistas” frente a los demás? Sobre todo ahora que ya no somos, por defecto, simplemente consumidores de información. La primera respuesta que suele venir en este punto es que los periodistas son aquellos que reciben formación en el tratamiento y el manejo de la información: buscar fuentes, cruzarlas, corroborarlas, guiarse por ciertos criterios de objetividad, de veracidad, y en los casos más extremos, por tal cosa como que el periodismo busca la verdad. Y, por supuesto, la única manera, en principio, de acceder a este conocimiento, es siendo formado dentro del periodismo. Pero esta limitación es triplemente cuestionable: es cuestionable, en primer lugar, porque aunque es un bonito wishful thinking, no necesariamente refleja la práctica efectiva del periodismo cotidianamente -bien puede ser lo que muchos hagan, y les agradezco el hacerlo enormemente, pero no pareciera ser la práctica generalizada-. En segundo lugar, es cuestionable porque quizás ya no sea éste el tipo de información del que derivamos valor: información objetiva y veraz en la cual ya no sentimos que podamos realmente confiar como tal. En tercer lugar, es cuestionable porque los mismos criterios de objetividad y veracidad son, epistemológicamente, bastante menos claros hoy día de lo que lo fuerona hace 150 años cuando estos cánones empezaron a cobrar forma.

La categoría de periodismo se vuelve así una categoría bastante difusa: porque su especificidad no está del todo definida, y porque lo que antes la hacía especial, en la explosión mediática de la era digital, se vuelve algo accesible casi a cualquiera.  Y surge allí la figura del “periodismo ciudadano”, junto con un cierto pánico de que los códigos morales y profesionales del oficio empiezan a colapsar. Me apoyo aquí una vez más en Jenna McWilliams:

Si pensamos en el periodismo como una profesión, una en la que la tarea del reportaje riguroso recae sobre periodistas de élite en los enclaves mediáticos más respetados, una para la cual existen estándares y códigos de ética que pueden y deben ser transmitidos de maestros a aprendices, entonces sí, el periodismo está en medio de un preocupante declive. Pero si pensamos en el periodismo como, para apropiarme del lenguaje de Clay Shirky, un comportamiento temporal más que una identidad profesional, entonces podemos ver cómo el periodismo está en auge. En lugar de unos cuantos periodistas estacionados estratégicamente alrededor del mundo, ahora tenemos personas estacionadas literalmente en cualquier lugar donde haya personas habitando, cualquiera de las cuales puede tener acceso y, si hacemos bien esto de la revolución cultural, la capacidad para revelar la primicia de la siguiente gran historia. [Traducción mía]

La figura del periodismo ciudadano viene de la mano con una nueva manera para entender las categorías en las que ordenamos la sociedad. Esta nueva manera puede casi entenderse en el sentido de entender una sociedad organizada a partir de carpetas, frente a una sociedad organizada en base a etiquetas -algo que será comprensible a cualquier usuario de Gmail-. Una sociedad organizada en carpetas asume que hay un solo lugar, una sola función, que puede ocupar una persona. Uno cae dentro de la carpeta “periodista”, cumple con el rol de periodista siguiendo los criterios que están establecidos para todos aquellos dentro de la carpeta “periodista”. De manera similar para las demás profesiones, y siguiendo esta lógica se ha articulado y diseñado todo nuestro sistema educativo y de formación profesional. En una sociedad basada en etiquetas, sin embargo, la figura cambia: no se trata de que yo sea periodista porque tengo el título de periodista o la formación de periodista (es decir, no porque me encuentr dentro de la “carpeta” “periodista”). Una persona puede caer bajo varias etiquetas al mismo tiempo, sin que ninguna defina por completo ni agote las posibilidades de lo que una persona pueda hacer. Bajo esta lógica se entiende el problema del periodismo ciudadano: no es que cualquiera sea periodista, sino que cualquiera puede, en la práctica, actuar como periodista, recoger información y compartirla, evaluarla y criticarla. Luego de hacerlo, volver a lo que hace normalmente, o a cualquier otra cosa, sin que su estatuto ontológico se vea íntimamente modificado. Uno es “periodista” por la simple razón de que se ha comportado como tal: no hay una barrera de conocimiento que separe a los periodistas de los no-periodistas, sino simplemente una cuestión de qué rol está cumpliendo uno en un momento dado.

Ahora, más allá de esta socioepistemología de medianoche, quiero volver a la pregunta del Morsa. Todo esto está bien, y es muy bonito, pero, ¿por qué nos empeñamos en llamarlo periodismo? ¿Qué sentido tiene seguirlo llamando periodismo? ¿Por qué no reconocer que estamos simplemente en presencia de otra cosa, y dejar al periodismo ser lo que es? Creo que sí, y creo que no, y aquí incurriré inevitablemente en una contradicción flagrante que espero me perdonen por el momento.

Creo que sí tiene sentido poner énfasis en la figura del periodismo ciudadano por una cuestión desmitificante: porque ayuda a cimentar la idea de que la barrera tradicionalmente asumida entre periodistas y el resto del mundo ha colapsado, y que, en todo caso, lo que hace especial al periodismo no es que sean ni abanderados de la verdad, ni los únicos legitimados para comunicar la información de lo que está pasando. La figura del periodismo ciudadano refleja que, en la práctica, cualquiera puede en el mundo de hoy cumplir las funciones de un periodista, y que esto será un cambio que muy probablemente no desaparecerá. Si no desaparecerá, eso también significa que debemos hacer algo al respecto: o nos esforzamos por “profesionalizar” a los amateurs, con lo cual destruimos todo el sentido de la amateurización; o nos esforzamos por desarrollar mejores capacidades en los consumidores de información, con lo cual entramos en el terreno de la alfabetización mediática.

Pero, al mismo tiempo, creo que no porque estamos efectivamente en presencia de otra cosa. O, en todo caso, tenemos la posibilidad de estar en presencia de un fenómeno mucho más grande: que este reinterpretación del rol que cumple el ciudadano de a pie frente a la información que lo rodea es efectivamente el vehículo que lo lleva de ser consumidor de la información a ser un emisor el mismo, un productor de contenidos, un creador. Un creador que, por supuesto, no es un hongo, sino que se introduce dentro de todo un ecosistema de información que fluye por múltiples medios y redes al mismo tiempo. El potencial que me resulta aquí interesante no es que estemos en presencia de una nueva ramificación de lo que hemos entendido o queremos seguir entendiendo por periodismo: me resulta más interesante pensar que estamos frente a una reinterpretación del rol y el comportamiento del ciudadano, propiamente hablando. Ahora que los medios para involucrarse en una discusión más amplia sobre los asuntos públicos son mucho más accesibles, el rol del ciudadano adquiere también esta dimensión de filtro y crítico de la información que consume y que comparte con los demás.

Quiero volver más adelante sobre el sentido que esto tiene dentro del “ecosistema mediático” del que vengo hablando. Pero por ahora quiero adelantarme a una primera crítica – y sí, es cierto que todas estas herramientas podrían llevar a una ciudadanía mejor articulada, pero en la práctica los blogs y las redes sociales están llenas de contenido que nada tiene que ver con los “asuntos públicos” o con una ciudadanía fortalecida. Respondo preliminarmente dos cosas. La primera es evidente: una objeción de este tipo presupone lo que son los asuntos públicos, es decir, sigue viniendo desde una perspectiva que pretende estar por encima y más allá de lo que interesa a las personas (de la forma “yo sé lo que es importante más que ellos”). Terreno peligroso: jugamos con la línea de asumir que los asuntos públicos se deberían regir democráticamente, aún cuando sabemos que lo que serían, entonces, asuntos públicos, no serían lo que queremos que sean. Pero un punto válido para tener en cuenta. La segunda es un poco más estructural: y es que, en realidad, la cuestión material de lo que ciudadanos discutan utilizando estos medios (ejerciendo una forma de “periodismo ciudadano”, si se quiere) no me es lo más interesante. Lo más interesante es el ejercicio formal de introducirse en estas discusiones en foros públicos (en otras palabras, “el medio es el mensaje”). Porque en el transcurso de este ejercicio, lo que estamos fomentando es el desarrollo de un conjunto de habilidades formales que pueden fácilmente traducirse a otros ámbitos de la discusión pública. No, no necesariamente se traducirán: pero el simple hecho de tener una mayor cantidad de personas acostumbradas a la discusión y participación pública en torno a asuntos que les interesan, hace tanto más posible que una cantidad de ellas escoja, también, participar de otros foros, espacios y discusiones similares.

En el punto en el que nos encontramos, no me siento en un posición como para entender cuál es el rol o sentido que tiene, entonces, hablar de “periodismo ciudadano”. Pero por lo pronto veo que es una bisagra útil para cumplir una doble función: por un lado, para desmitificar y ampliar el espectro de lo que se puede hacer con y desde el periodismo. Por otro, porque amplía también el espectro de funciones y roles que estamos encontrando que pueden cumplir los ciudadanos que adoptan un rol participativo y activo en torno a los asuntos que les son de interés particular.

Ahora, si el influjo de “periodismo ciudadano” está desafiando la especificidad de la función periodística, la siguiente pregunta que se nos abre es, dentro del contexto de instituciones noticias que colapsan y formas de periodismo cambiantes, cuál será la nueva configuración que adoptará el rol del periodista.

Revertir una tendencia alarmante

Algunas ideas sueltas.

Al parecer, una universidad rusa ha sido cerrada por investigar el fraude electoral. Rusia ha venido decayendo más y más en una espiral de totalitarismo durante el gobierno de Putin, controlando medios de comunicación, partidos políticos, elecciones, y ahora también la educación superior. Básicamente, en Rusia ya no existen libertades y el Estado ha centralizado el control y el poder de manera draconiana.

No es tampoco secreto lo que ocurre en EEUU. Bajo la égida de la seguridad nacional, incontables violaciones a los derechos de sus ciudadanos se vienen registrando, incluyendo detenciones injustificadas, interrogatorios con métodos cuestionables, etc. Ahora cualquiera puede ser acusado de terrorismo y desaparecido del mundo sin que nadie pueda protestar, y en gran medida ya no existen tampoco libertades. El Estado ha centralizado el control y el poder de una manera draconiana, y ha dejado de representar los intereses del pueblo para hacerlo con los de los grandes intereses corporativos.

En el Perú, mañana tendremos la “suerte” de leer “El Perro del Hortelano III”, la tercera entrega en la saga del presidente García sobre cómo “sólo la inversión privada salvará al Perú”. Los grandes capitales extranjeros tienen la puerta abierta para hacer lo que quieran, aunque eso signifique atropellar e ignorar los derechos de enormes cantidades de personas. Todos los que se opongan o cuestionen esta receta son perros del hortelano en el mejor de los casos, llegando a ser ignorantes, terroristas, saboteadores, y demás adjetivos. La oposición es incapaz de articular un discurso coherente de resistencia, mientra que la represión se incrementa alrededor del país, sobre todo lejos del ojo público de la capital. Con todo esto, dejan de existir una serie de libertades, y el Estado ha centralizado el control y el poder de una manera draconiana.

¿Soy el único que empieza a notar un patrón?

Ahora, todo esto me preocupa porque no sé qué se puede hacer, o si se puede hacer algo realmente. Los mecanismos de control y supervisión existentes en manos de gobiernos con intenciones totalitarias o totalizantes son virtualmente infinitos e insondables, y es difícil pensar en qué podríamos organizar de modo que pudiera revertirse y eliminarse esta tendencia autoritaria. Todo se hace en nombre de la seguridad, del desarrollo, pero son sólo grandes pretextos para controlar a mayores y mayores segmentos de la población. ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo del control? ¿A quién le favorece, quién lo dirige?

¿Y qué podemos hacer para detenerlo?

Cierto, se necesita una ciudadanía activa, pero en una época en que el Estado no promoverá ninguna ciudadanía por considerarla una amenaza. Al mismo tiempo que los propios ciudadanos no parecen mostrar mayor interés en ser ciudadanos activos, sino que parecen estar contentos delegando funciones, seguridades y libertades a Estados omnipotentes o omnisapientes.

Pero debe haber alguna posibilidad de algo que pueda hacerse, o por lo menos que pueda intentarse. Algo que se cuele por entre los puntos débiles, por los eslabones menos sólidos de la cadena, y logre difundirse y diseminarse de tal manera que se vuelva un fenómeno cultural. Al mismo tiempo, pareciera ser que el mecanimo que mejor ha servido para este tipo de diseminaciones ha sido el mercado y si enorme capacidad para distribuir ideas y productos. Pero al mismo tiempo, el mercado mismo genera toda esta serie de daños colaterales como una suerte de esfuerzo orgánico por defenderse, preservarse y extenderse.

El mercado, de alguna manera, es el medio que tiene que transmitir su propia muerte (algo sí como al decir “the revolution will not be televised”).

Es decir, no se trata solamente de preguntarnos “¿cómo nos defendemos?”, porque eso es medianamente fácil: simplemente uno evita crear problemas y cruza los dedos. El asunto es, más bien, cómo movilizamos a la ciudadanía para involucrarse activamente e impedir que este tipo de cosas sigan ocurriendo. ¿Cómo difundimos la idea de que esto debe detenerse, de que puede detenerse, e incorporamos a aquellos interesados a adoptar cursos de acción accesibles que nos lleven a tal desenlace?

No tengo idea, pero me está perturbando un montón ahorita.