Metafísica y epistemología de la innovación

Conforme he ido explorando el mundo de la industria de los videojuegos en el Perú (con algunas notas iniciales aquí), he ido encontrándome también con las intersecciones que este mundo tiene con otros mundos tecnológicos que están en proceso de emergencia o de consolidación. Las retóricas del emprendimiento, de la investigación, de la tecnología y de la innovación atraviesan el mundo de los videojuegos en diversos puntos de encuentro, empezando a hacerse un lugar en la visión que está construyendo el Perú de sí mismo como un país que empieza a introducirse en las dinámicas del “progreso”.

Pero son, por supuesto, discursos complicados y que en general abordamos con dificultad porque no tenemos mucha experiencia en estos temas – y más aún, tenemos mucha experiencia con estructuras e infraestructuras (tanto técnicas como sociales) que obstaculizan el desarrollo de estos temas. Tenemos que enfrentarnos, por ejemplo, al desafío de cultivar ecosistemas sostenibles de innovación sin contar con una base instalada de investigación y desarrollo científicos y tecnológicos, y en muchos casos es fácil encontrar posiciones que creen que se puede tener una cosa sin la otra, o que la investigación básica o aplicada no deberían ser prioridades para nuestros desarrollo tecnológico. Ahora, la posición inversa también es fácil de encontrar: la que dice que no hay innovación si no hay primero el fomento de la investigación básica y de la ciencia pura. Ambos extremos adolescen de alguna forma de ingenuidad: o de una ingenuidad práctica que considera que se puede avanzar en innovación sin aparatos que la alimenten y la sostengan; o de una ingenuidad teórica que cree que las innovaciones surgen casi por ósmosis, sin ningún tipo de gestión, cultivo o canalización.

Todo lo cual muestra que hay múltiples epistemologías de la innovación que están explicitadas en ninguna parte, y que no son particularmente reconciliables entre sí. La innovación, concepto oscuro difícil de definir y acotar, es subsumida bajo la lógica económica del desarrollo de productos y servicios, o bajo la lógica científica del descubrimiento de la mejora técnica, y en ambos casos se deja de reconocer la importante ambigüedad, multidimensionalidad y complejidad de hablar de algo como la innovación. Los cambios cualitativos significativos que implican los procesos de innovación transformadora son difícilmente planificables, difícilmente anticipables, y sus consecuencias son difícilmente evaluables a priori: “innovar” no es solamente generar algo nuevo; es generar, a partir de elementos conocidos, un resultado desconocido que va más allá de la suma de sus partes. Si los resultados pueden ser anticipados con claridad, me atrevo a decir que no se trata de un resultado innovador. Las innovaciones realmente disruptivas son aquellas que escapan por completo a los sistemas que las generan, muchas veces volviéndolos obsoletos.

De modo que la innovación no puede saberse a priori, como no puede realmente saberse con claridad cómo innovar. Lo cual no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto: estamos hablando, finalmente, de cómo se genera un cambio cualitativo radical que va más allá de la simple acumulación cuantitativa. Y lo cierto es que históricamente hemos visto suficientes procesos de generación de cambio radical – técnico, económico, político, social, etc. – como para saber qué condiciones suelen ir de la mano con este tipo de cambios, y cuáles no. De modo que aunque no sabemos cómo producir lo desconocido como no sabemos cómo decir lo indecible, si sabemos construir sistemas y contextos donde lo indecible suele encontrar su camino hacia la enunciación con mayor facilidad. Con eso, al final estamos jugando un juego de probabilística: no podemos nunca garantizar al 100% un resultado innovador de un proceso cualquiera; pero sí podemos ampliar la cantidad de intentos que realizamos, y maximizar la posibilidad de resultados que sean, en mayor o menor medida, representativos de un cambio significativo en nuestra manera de hacer las cosas. Las innovaciones no pueden generarse a propósito. Lo que se puede generar a propósito son los entornos que tienen una mayor tendencia a generar innovaciones.

Ésta es, me parece, una mejor epistemología de la innovación, o incluso una metafísica: una manera de articular cómo pasa a ser lo que en teoría no puede ser. De todos modos me parece que es controversial, pues muchas personas creen que las innovaciones, cualquiera sea su forma, sí pueden ser accesibles voluntaria e intencionalmente. Pero en todo caso, estas discusiones y consideraciones de alto nivel especulativo me parecen relevantes porque el ámbito de la innovación, y su pariente cercano, el del emprendimiento, se han llenado de una serie de discursos no solo poco sustanciados, sino en gran medida anecdóticos y superficiales. Hay una enorme voluntad para el argumento y el discurso que parten de la excepción – por ejemplo, del tipo “si X pudo, tú también puedes” – en lugar del análisis del contexto en el que suceden las cosas y los factores endógenos y exógenos que llevaron a un individuo o a un grupo a introducir en el mundo algo que no existía antes.

Desde mi perspectiva, el discurso motivacional, casi de autoayuda de vender la idea del emprendimiento o la innovación como discursos de autosuperación o de realización personal no nos benefician a gran escala ni a largo plazo. Lo que estos discursos generan son grandes números de individuos enfrentándose a niveles sumamente altos de riesgo, resultados inciertos e impredecibles y altas probabilidades de fracaso, y todo por las razones incorrectas: por cumplir con una autoimagen, por aspirar a un mejor futuro material “liberado del trabajo de oficina”, pero no por el interés de realizar una visión propio, de construir algo radicalmente nuevo, de cuestionar estructuras establecidas o crear algo realmente significativo. A largo plazo, creo que esto puede terminar quemando muchos puentes, pues no se trata de conseguir la mayor cantidad de gente intentando lanzar la mayor cantidad posible de start-ups. Me parece mucho más sostenible conseguir la mayor cantidad de gente con el perfil adecuado para tentar la innovación una y otra vez hasta realizar una visión, siendo consciente de los riesgos que eso implica, y brindándoles las capacidades y el contexto que les permita desarrollar esa visión. No se trata de empezar a ponerse excluyente: cualquiera puede participar, por supuesto, pero eso no quiere decir que todos vayan a disfrutar la fiesta.

El desafío cultural: Marshall McLuhan frente al cambio tecnológico

Con esta entrada quiero cerrar la serie de posts recientes en torno a las ideas de Marshall McLuhan y Comprender los medios de comunicación. Al menos por ahora, porque inevitablemente siempre regreso sobre estos temas, pero escribir esta serie de entradas me ha ayudado para puntualizar y esclarecer ciertos conceptos, y quedan como una referencia sobre la cual puedo volver permanentemente (y que espero sean de utilidad a más de uno).

Quiero cerrar esta serie preguntando por qué todo esto es relevante. ¿Por qué le interesa a McLuhan presentar la idea de que el medio es el mensaje? ¿Por qué es pertinente e importante que interpretemos los medios y la tecnología de una manera diferente a como lo hemos venido haciendo?

La razón es al mismo tiempo la misma que hace siquiera posible que nos podamos dar cuenta de que hay una alternativa de interpretación a nuestro alcance. Tiene que ver con la aparición de la tecnología electrónica: por su velocidad, por su inmediatez, la luz eléctrica como tecnología hace posible la organización de nuestros patrones de conducta en función a nuevos principios. La velocidad del cambio en la era electrónica es tal, que hace posible que cualquier individuo en el transcurso de su vida experimente toda una serie de experiencias mediáticas diferentes, y tenga la posibilidad de contrastarlas y compararlas de una manera que antes no era igualmente posible. Nos hemos vuelto, si quieren, seres multimediáticos.

Ese cambio que hace posible que caigamos en cuenta de que “el medio es el mensaje” es la misma razón por la que es necesario cambiar nuestra comprensión respecto a los que los medios y las tecnologías nos hacen, y cómo lo hacen. Porque la configuración social y psicológica de la era electrónica es radicalmente diferente a la del hombre tipográfico, y en consecuencia, McLuhan empieza a vaticinar y adelantar una serie de profundos cambios sociales que inevitablemente serán traumáticos para nuestras culturas. La posibilidad de cambiar nuestro enfoque para el estudio de los medios no quiere decir que podamos volvernos inmunes a estos cambios, ni detenerlos tampoco. Pero sí hace posible que podamos adelantarnos a muchos de ellos, y buscar la manera de preservar ciertos patrones de conducta de nuestra cultura mediática existente, al mismo tiempo que nos preparamos para el trauma que significará el cambio cultural de la era electrónica. Si estos cambios son inevitables, entonces lo mejor que podemos hacer es prepararnos para recibirlos de la mejor manera posible.

Esta anticipación es comparada con la manera como la cultura medieval se enfrentó a la tecnología de la imprenta haciéndola ingenuamente a un lado, y como, en consecuencia, la cultura medieval se vio arrasada por la cultura tipográfica.

Si persistimos en un enfoque convencional sobre estos desarrollos, nuestra cultura tradicional será barrida como el escolasticismo lo fue en el siglo dieciséis. Si los escolásticos y su compleja cultura oral hubieran entendido la tecnología de Gutenberg, habrían creado una nueva síntesis de la educación escrita y la oral, en lugar de salir de la figura y permitir que la página meramente visual conquistará la empresa educativa. Los escolásticos orales no dieron la talla frente al nuevo desafío visual de la imprenta, y la expansión o explosión resultante de la tecnología de Gutenberg fue en muchos sentidos un empobrecimiento de la cultura. [Traducción mía]

El desafío de la tecnología electrónica es precisamente el que hemos visto desenvolverse en los últimos años y que McLuhan no alcanzó a ver más que en sus primeros atisbos. Incluyen, para él, las radicales transformaciones en las maneras como nos organizamos económicamente para la producción, y como nos organizamos socialmente para la distribución y creación del conocimiento a través de nuestras instituciones y procesos educativos. Esto ha significado para nosotros, en las últimas décadas, contemplar la manera como la vieja economía industrial y sus actores ven sus modelos transformados por las posibilidades brindadas por la economía del conocimiento, o la manera como la función y el significado de instituciones educativas se ve cuestionado cuando el acceso a la información se vuelve una cuestión trivial (cuando la información se vuelve un commodity).

Todo esto se manifiesta sorprendentemente en la misma línea del cambio que McLuhan anunciaba, pasando de un principio mecanicista para la organización social (asociado a una cultura construido sobre la base de la linealidad del alfabeto y la producción mecánica de la imprenta) hacia un principio de automatización de nuestros patrones de conducta (a partir de la introducción de la tecnología electrónica). La nueva tecnología permite automatizar una serie de procesos mecánicos, de modo que nuestra interención en ellos ya no se vuelve necesaria. La amputación de esto es, señala el mismo McLuhan, que se pierden empleos. Pero la extensión es que se gana la posibilidad de redistribuir nuestro tiempo hacia actividades que resultan mucho más gratificantes y que involucren más a sus participantes, que el hecho de formar parte de una línea de producción.

Prepararse para estos cambios implica reconsiderar nuestro sistema educativo para que él mismo no sea, también, un producto del mecanicismo en la cultura. El mismo McLuhan señala:

Cuando la tecnología de una época empuja con fuerza en una dirección, quizás sea sabio buscar una fuerza que haga resistencia. La implosión de la energía eléctrica en nuestro siglo no se puede responder con la explosión o la expansión, pero puede responderse con el descentralismo y la flexibilidad de múltiples centros pequeños. Por ejemplo, la estampida de alumnos hacia nuestras universidades no es explosión sino implosión. Y la estrategia que se hace necesaria para responder a esta fuerza no es agrandar la universidad, sino crear un grupo numeroso de facultades [colleges] autónomas en lugar de nuestra planta universitaria centralizada que creció en la línea del gobierno europeo y la industria del siglo diecinueve. [Traducción mía]

Es por esto mismo que resulta sorprendente la manera como McLuhan es capaz de anticiparse a toda una serie de cambios sociales que difícilmente podían imaginarse en su época. La manera como habla de la reconfiguración de la educación superior es un reflejo claro del cambio de una topología cultural centralizada a una topología descentralizada o distribuida – un ordenamiento en el cual los nodos participantes no dependen, estricta, unilinealmente, de un sólo centro, sino que son capaces de construir relaciones bidireccionales y retroalimentarse entre sí. La topología cultural distribuida es precisamente la manera de organización que se hace posible con la aparición de Internet muchos años después de que McLuhan escribiera esto en los años sesenta.

Aún así, a pesar de lo fascinante e, incluso, imprescindible que puede ser la obra de McLuhan para entender el impacto social del  cambio tecnológico, es una obra que debe abordarse con cuidado y siempre de manera muy crítica. No solamente por tratarse de un pensador muchas veces confuso o con ideas crípticas y oscuras -algo que no necesariamente tiene por qué ser algo malo- sino porque también hay complejidades problemáticas dentro de su estructura conceptual. Esto puede encontrarse, por ejemplo, en su concepción determinista de la tecnología, que no deja espacio para la participación activa de los grupos sociales en la construcción del significado de los medios y la tecnología. Bajo el determinismo tecnológico mcluhaniano, los individuos no podemos sino contemplar desde afuera la manera inevitable como las tecnologías cambian nuestros patrones culturales, pero sin tener una posibilidad real de resistir esos efectos, o de reconfigurarlos, sino, en el mejor de los casos, simplemente podemos prepararnos para reducir el trauma. Esto, sin embargo, demuestra en la práctica no ser un proceso tan lineal, sino que la significación de medios y tecnologías es un proceso, también, cultural, donde diferentes sociedades construyen diferentes significados según su contexto.

El problema del determinismo también plantea la complejidad respecto a qué tipo de valoración podemos realizar de este proceso de cambio. Si la transformación está determinada por la tecnología misma, y termina siendo más o menos inevitable, ¿es algo que podamos juzgar de bueno o malo? ¿Qué posibilidad real tenemos de evaluar qué es una amputación, y qué una extensión? Y si esto es posible, ¿qué significado real tiene para nosotros? Si el medio es el mensaje, entonces el futuro más allá del cambio mediático no es completamente inaccesible: más allá de la singularidad tecnológica, somos incapaces de juzgar efectivamente nada como bueno o malo (al menos, incapaces de hacerlo con alguna legitimidad).

Finalmente, entre otros problemas que uno puede ir encontrando y a los que espero haber identificado y planteado alguna posibilidad de respuesta en esta serie, existe también un problema del potencial conservadurismo que atraviesa el pensamiento mcluhaniano. Aunque en muchos sentidos es profundamente radical, innovador y sumamente prometedor, muchas de sus ideas también pueden entenderse desde un punto de vista radicalmente conservador. Especialmente en lo referido al desafío cultural de la tecnología electrónica, McLuhan está en gran medida ofreciendo un plan de batalla o de acción para asegurarnos que somos capaces de preservar nuestra cultura tradicional frente a los efectos de las nuevas tecnologías. Hay un subtexto, a veces difícil de percibir, en el cual tenemos que armarnos de las herramientas para la resistencia, que muchas veces significan, además, recuperar prácticas culturales propias de la oralidad y del medioevo como parte del efecto de la tecnología electrónica – precisamente aquella cultura escolástica que McLuhan afirma como barrida por la cultura tipográfica. La idea de la retribalización de la cultura, y de la manera como culturalmente nos reforzamos en relaciones locales para poder construir significados compartidos en contraposición al mecanicismo de la destribalización es también uno de los lugares donde uno puede fácilmente identificar subtextos conservadores en el pensamiento mcluhaniano.

Todo lo cual es testimonio, por supuesto, de la enorme complejidad de las ideas de McLuhan. Estos problemas, así como las ideas de las que surgen, me parece que ameritan aún mucha consideración y mucha discusión, pues tan sólo ahora empezamos a ver sus implicaciones e instanciaciones reales. Por lo pronto, espero poder haber ayudado al esclarecimiento de algunos conceptos en la obra de McLuhan, y creo pertinente explicitar algo obvio, y es que estas son mis propias interpretaciones: no pretendo de ninguna manera decir que esto es lo que McLuhan efectivamente dijo, ni nada por el estilo. Es en esta dirección en la que las ideas de McLuhan me parecen valiosas, interesantes y relevantes para ayudarnos a hacernos una imagen más clara de cómo funciona nuestra cultura hoy. Y es desde ese punto de vista que he querido hacer aquí esta relectura que, por supuesto, no es la primera ni será la última.

Mecanicismo y automatización

El cambio en la comprensión de los medios y las tecnologías que McLuhan está buscando en Comprender los medios de comunicación es al mismo tiempo el cambio entre dos principios organizacionales que orientan esta comprensión. McLuhan considera que se debe abandonar una idea mecanicista y lineal del progreso tecnológico y del cambio porque esta idea lineal ignora las transformaciones cualitativas que implica cada nuevo desarrollo tecnológico. En cambio, McLuhan ve en el medio de la energía eléctrica y el desarrollo de la electrónica la introducción del nuevo principio de la automatización y de la configuración orgánica o sistemática de los elementos. De una manera sumamente confusa y oscura, McLuhan contrasta los efectos de ambos principios:

Por tanto, con la automatización, por ejemplo, los nuevos patrones de asociación humana tienden a eliminar trabajos, es cierto. És es el resultado negativo. Positivamente, la automatización crea roles para las personas, que es lo mismo que decir profundidad en el involucramiento en su trabajo y su asociación humana que nuestra tecnología mecánica precedente había destruido. Muchas personas estarían dispuestas a decir que no era la máquina, si no lo que uno hacía con ella, lo que era su significado o su mensaje. En términos de la manera en que la máquina alteraba nuestras relaciones unos con otros y con nosotros mismos, no importaba en absoluto si producía hojuelas de maíz o Cadillacs. La reestructuración del trabajo humano y sus asociaciones fue formada por la técnica de la fragmentación que es la esencia de la tecnología de la máquina. La esencia de la tecnología de la automatización es la opuesta. Es integral y profundamente descentralizada, tanto como la máquina era fragmentaria, centralista y superficial en su formación de patrones de las relaciones humanas. [Traducción mía]

La manera como yo entiendo este pasaje es pensando, justamente, en la manera como la tecnología de la automatización transforma las fábricas y las líneas de producción propias de la revolución industrial, sea la de Adam Smith o la de Henry Ford. Podemos pensarlo, a su vez, en la manera como Charlie Chaplin lo ilustra en su película, Tiempos modernos: por un tema de maximizar la eficiencia, la labor de producción es fragmentada en tareas minúsculas para que una misma persona pueda producir más en menos tiempo en su función específica, de modos que el conjunto de la línea de producción se vuelve a su vez más eficiente. La línea de producción funciona en la medida en que cada uno de sus componentes mecánicos, como engranajes en una máquina, funcione sin presentar problemas.

La crítica que está haciendo McLuhan en este sentido suena tremendamente a la crítica que podemos encontrar en los Manuscritos de economía y filosofía de Marx. En ellos, Marx denuncia la manera como el sistema de producción industrial, por estructurar el trabajo de esta manera, resulta en la enajenación del trabajador respecto a la actividad del trabajo. El trabajo repetitivo dentro de la línea de producción termina por volverse aburrido, poco inspirador, deshumanizante. De manera similar a McLuhan, Marx también consideraba que el progreso tecnológico brindaría una salida a esta enajenación: en la medida en que la máquina pudiera asumir más de las funciones del proletario, los trabajadores podrían ser más libres de dedicarse a actividades más gratificantes personalmente – esto, claro, siempre y cuando medie la revolución comunista para brindarles esa posibilidad.

McLuhan más bien se enfoca en la manera como la introducción de la automatización reestructura la economía y rearticula las necesidades de una fuerza laboral: deja de ser necesario, como señalaba Adam Smith en La riqueza de las naciones, que un mismo individuo dedique todo su día a producir clavos pues una máquina puede hacerlo más eficientemente. McLuhan señala que el aspecto negativo de esto es que un productor se queda sin trabajo; pero el aspecto positivo es que la fuerza laboral puede reorientarse hacia actividades más interesantes y más gratificantes, en las que puedan verse más involucrados. En lugar de una línea de producción de Ford Ts como la de Henry Ford, tenemos una fábrica de Toyota (aunque las fábricas de Toyota han venido teniendo varios problemas últimamente), en la que los individuos adoptan roles más complejos, para solucionar los problemas que las máquinas no pueden.

En cierta manera McLuhan está describiendo la manera como las organizaciones de la era industrial, frente a los cambios tecnológicos, se ven en la necesidad de readaptarse a una economía del conocimiento, y la manera como ello implica redimensionar nuestro entendimiento del trabajo y de la producción. A diferencia de la línea de producción mecánica, la automatización genera unidades orgánicas cuyo aprendizaje las retroalimenta – mientras que en la línea de producción las funciones aisladas no transmiten beneficios a las otras funciones aisladas, bajo la automatización los roles generan espacios para que diferentes áreas de la producción puedan beneficiarse de las demás. Más aún, el principio de la automatización busca dar cuenta de una manera más explicativa de cómo se dan los proceso de cambio, no sólo en los aparatos productivos y económicos, sino también entre diferentes formas mediáticas y tecnológicas. Una mejor comprensión del cambio, señala McLuhan, viene de abandonar el entendimiento del mecanicismo:

Economistas tales como Robert Theobald, W.W. Rostow, y John Kenneth Gailbraith han venido explicando por años cómo es que la “economía clásica” es incapaz de explicar el cambio o el crecimiento. Y la paradoja de la mecanización es que aunque es ella misma la causa del máximo crecimiento y cambio, el principio de la mecanización excluye la misma posibilidad del crecimiento o del entendimiento del cambio. Pues la mecanización se consigue a través de la fragmentación de cualquier proceso, poniendo las partes fragmentadas en una serie. Pero, como David Hume mostró en el siglo dieciocho, no hay un principio de causalidad en la simple secuencia. Que algo siga de otra cosa no explica nada. Nada sigue de nada, excepto el cambio. De modo que la inversión más grande de todas ocurrió con la electricidad, que terminó la secuencia al volver todas las cosas instantáneas. Con la velocidad instantánea, las causas de las cosas empezaron a llamar la atención de nuevo, como no lo habían hecho con las cosas en secuencia y concatenación. En lugar de preguntar qué vino primero, el huevo o la gallina, de repente parecía que la gallina era la idea de un huevo para tener más huevos. [Traducción mía]

El ejemplo del huevo y la gallina no aclara nada en realidad, pero la idea de fondo radica en que la economía clásica no puede dar cuenta del cambio porque no puede incorporar en su análisis una transformación cualitativa que vaya más allá de sí misma. El principio de la automatización es también un principio de organicidad: McLuhan está proponiendo un principio o un modelo para entender el cambio no como una secuencia lineal de acontecimientos, donde cada nuevo desarrollo es simplemente una amplificación de lo anterior (como lo describiría la economía clásica), sino más bien una figura donde cada nuevo desarrollo nos lleva en una dimensión imprevisiblemente diferente. Esto hemos tenido oportunidad de verlo antes, incluso cuando mencionamos que el cambio tecnológico, en los ojos de McLuhan, presenta similitudes significativas a la manera como Thomas Kuhn entiende la estructura de las revoluciones científicas. Mientras que la concepción clásica de los medios entiende cada nueva tecnología simplemente como una mejor forma de amplificación de contenidos mentales, McLuhan ve cada nuevo desarrollo como una transformación cualitativa de la manera como construimos, socialmente, significados. El resultado es que no siempre vamos en una dirección mejor, sino apenas en una dirección diferente, que presenta tanto amputaciones como extensiones.

Lo más interesante que quiero recoger aquí, y algo que retomaré más adelante, es que aquí McLuhan está esbozando, aunque sea de manera sencilla, una teoría del cambio, una manera de dar cuenta de la manera como se puede entender que se dan cambios y transformaciones en nuestra sociedad. Esto será especialmente relevante, por ejemplo, para entender también la manera como McLuhan entiende el rol del artista en la construcción de una cultura mediática.

El medio es el mensaje (2)

En la entrada anterior intenté precisar el sentido que me parece más interesante para la famosa sentencia mcluhaniana, “el medio es el mensaje” – y los comentarios ayudaron a precisar un poco más el problema de la relación forma-contenido. De esa misma relación y los problemas que de ella se desprenden (porque no queda claro qué pretende McLuhan que hagamos con el contenido) se desprende otra dimensión que es sumamente relevante en las ideas de McLuhan, que es la dimensión de la tecnología.

Desde muy temprano en Comprender los medios de comunicación, McLuhan establece una relación muy cercana, por no decir una identidad, entre medios de comunicación, extensiones de los sentidos y nuevas tecnologías. Más aún, el catálogo de “medios” que McLuhan analiza a lo largo del libro dista mucho de limitarse a lo que, estrictamente, consideraríamos como “medios e comunicación”: encontramos todo tipo de invenciones y de tecnologías, como la ropa, la vivienda, el dinero, los relojes, entre muchos otros. En la comprensión de los medios McLuhan está incorporando toda forma tecnológica que ejerza transformaciones sobre la manera en la que se llevan los asuntos humanos – no solamente aquellas que, estrictamente, nos brinden la posibilidad de comunicarnos. El aspecto de la tecnología que será determinante para McLuhan será la capacidad para afectar la relación que existe con nuestros sentidos:

Lo que estamos considerando aquí, sin embargo, son las consecuencias psíquicas y sociales de los diseños o patrones que amplifican o aceleran procesos existentes. Pues el “mensaje” de cualquier medio o tecnología es el cambio de escala o ritmo o patrón que introduce en los asuntos humanos. El tren no introdujo el movimiento o el transporte o la rueda o el camino en la sociedad humana, pero aceleró y agrandó la escala de funciones humanas previas, creando tipos de ciudades completamente nuevos y nuevas formas de trabajo y entretenimiento. Esto ocurrió aunque el tren funcionara en el trópico o en un ambiente del norte, y es muy independiente de la carga o el contenido del medio del tren. El avión, por otro lado, al acelerar el ritmo del transporte, tiende a disolver la forma de la ciudad propia del tren, su política y sus formas de asociación, muy independientemente de para qué sea usado el avión. [Traducción mía]

A partir de esto quiero desprender tres ideas. La primera es la relación entre cambio cuantitativo y cambio cualitativo. A pesar de que el tren frente a la rueda, o el avión frente al tren, amplifican la posibilidad del transporte en una misma dirección aparentemente lineal (puedo llegar más lejos, más rápido), el punto de McLuhan es que este cambio cuantitativo comporta una transformación cualitativa tanto de la experiencia misma de usar el medio, como del entorno en el cual la experiencia se introduce. En torno a los aviones nos organizamos de manera diferente, socialmente, que en torno a los trenes, de la misma manera que en torno a los trenes nos organizamos de manera diferente que en torno a los carros, y así sucesivamente. Esto será importante porque nos llevará, luego (cuando tomemos por ejemplo la idea de hibridación) a dejar de lado una idea linealmente simple y acumulativo del cambio mediático y del cambio tecnológico para buscar, más bien, una figura caóticamente estructurada (parecida en mucho a la manera como Thomas Kuhn consideraba la estructura de las revoluciones científicas).

La segunda idea es lo que la tecnología significa para McLuhan. Porque, en efecto, la tecnología significa algo, de la misma manera que el medio es el mensaje: la tecnología no es solamente una herramienta que utilizamos para exteriorizar nuestra voluntad, sino que diferentes tecnologías reconfiguran nuestra voluntad, y reconfiguran lo que podemos querer y la manera en la que lo queremos. Hacen esto porque modifican nuestra relación misma con la realidad: no es solamente que usamos la tecnología, sino que nos extendemos a través de ella y reconfiguramos el ámbito de lo posible, y esta reconfiguración se da a través de la reconfiguración de nuestros sentidos. Ahora, por lo mismo que acabo de mencionar en el punto anterior, éste no es un movimiento lineal y acumulativo – no quiere decir que conforme vayamos desarrollando tecnologías, nos convirtamos en individuos cada vez más perfeccionados. El cambio tecnológico -y sobre este punto también quiero volver más adelante- se compone de una doble dinámica de amputación y de extensión. Todo cambio extiende nuestras posibilidades de hacer ciertas cosas, pero a cambio de perder la posibilidad de hacer ciertas otras. El cambio tecnológico no es, entonces, un proceso que nos lleve siempre y necesariamente en una dirección mejor – de hecho, esto ni siquiera puede evaluarse correctamente. Lo más que podemos decir, con mediana certeza, es que el cambio tecnológico nos lleva en una dirección diferente.

Por poner un ejemplo cotidiano para ilustrar la diferencia entre usar tecnología y extendernos a través de ella: piensen en la sensación que los invade cuando salen de casa apurados, y después de un rato, cuando probablemente ya no pueden volver, se dan cuenta de que olvidaron el celular. No es solamente que hemos dejado el aparato, sino que nos hemos quedado sin lo que efectivamente es una parte de nosotros, algo en lo que estamos más que solamente algo que usamos.

La tercera idea, y quizás la más problemática, es la del determinismo tecnológico en McLuhan. Esta idea, a su vez, se desprende de la anterior: si el medio reconfigura nuestro sentido de la posibilidad, el medio, la tecnología, efectivamente estructura la manera como nos relacionamos con la realidad. Si cambia el medio, por extensión cambia el mensaje del medio (sus consecuencias psíquicas y sociales), y por extensión cambia nuestra relación con la realidad toda. McLuhan es, definitivamente, un determinista tecnológico: el cambio tecnológico antecede, configura y determina el patrón social en el entorno en el que aparece. De allí, por ejemplo, que sea la imprenta la “arquitecta del nacionalismo”. Nos vemos sometidos a las amputaciones y extensiones que el cambio tecnológico ejerce a nuestro alrededor, porque las nuevas tecnologías introducen una nueva estructuración de la realidad (aunque de la misma manera, podemos reestructurar una realidad introduciendo una nueva tecnología).

La forma que adopta aquí la idea mcluhaniana de la tecnología es muy parecida a la concepción de la tecnología que podemos encontrar en Karl Marx. Para Marx, la tecnología que mueve el aparato productivo estructura las relaciones sociales de producción que se construyen en torno a ella. Cuando la tecnología se ve modificada, deberían darse en consecuencia modificaciones en las relaciones sociales de producción, que a su vez determinarán transformaciones en el plano de la supraestructura ideológica (todo aquello en lo que creemos, política, religión, filosofía, moral, leyes, costumbres, etc.). Marx derivaba de la promesa de la tecnología industrial (una tecnología que ofrecía la posibilidad de reducir el trabajo mecánico del hombre) la necesidad de la revolución: si tenemos esta nueva tecnología que cambia nuestra forma de producir, es un movimiento necesario que la manera como nos organizamos para producir se modifique a su vez. Tanto McLuhan como Marx son, en este sentido, deterministas tecnológicos. La diferencia radica en que McLuhan no veía en el cambio tecnológico un proceso progresivo lineal, como sí lo ve Marx: Marx cree que la tecnología mejora y nos lleva hacia un lugar mejor (p.ej. la revolución comunista). McLuhan, en cambio, por el hecho de que el cambio mediático resulta en la introducción de nuevas formas de relacionarnos con la realidad, nos indicaría más bien que el cambio tecnológico sólo puede llevarnos hacia un lugar diferente al que estamos ahora, pero no necesariamente mejor (o peor). En todo caso, un lugar necesariamente mejor en algunos sentido, y peor en otros, pues toda nueva forma tecnológica implica amputaciones y extensiones.

El determinismo tecnológico mcluhaniano es persuasivo, pero no alcanza a ser completamente explicativo y sí termina resultando sumamente problemático. Siguiendo el ejemplo de la imprenta, que él mismo utiliza mucho, bajo el determinismo tecnológico de McLuhan la imprenta habría debido ejercer los mismos efectos más o menos de la misma manera, independientemente del contexto o lugar en el que se introdujera. Pero esto, históricamente, no es cierto: la imprenta cobró significados sumamente diferentes al aparecer en sociedades católicas o en sociedades protestantes, en sociedades liberales o en sociedades conservadoras, y así sucesivamente. Con lo cual debe haber otros elementos que participan de la configuración del significado de una tecnología en un contexto dado. Por utilizar otro ejemplo más actual: significa algo muy diferente enviar un mensaje de texto por celular en una ciudad del primer mundo, en medio de los Andes o en un barrio marginal de Nueva Delhi. Otros conceptos en el aparato mcluhaniano, como por ejemplo el concepto de hibridación (de la mano de conceptos posteriores como el de convergencia mediática, o de narrativas transmediáticas), nos brindarán mejores herramientas para entender la manera en la que se configuran estos significados.

Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo

Madrugada un tanto sobrecargada de información a la que intentaré dar sentido. Primero un poco de contexto: en un post que disfruté mucho escribiendo hace unos días, partía de un artículo de Brian Solís en TechCrunch para explorar la continuidad del discurso que se da entre diversos medios digitales (y como felizmente señaló en un comentario Daniel, continuidad que se prolonga y entrecruza con medios no-digitales). Luego, en las últimas semanas todo aquel interesado en las transformaciones en los medios de comunicación no puede dejar de observar lo que está ocurriendo con los periódicos – y yo mismo disfruté mucho preguntando cuál sería el futuro de las noticias. Este pequeño ejercicio de ego introductorio sólo busca contextualizar un poco de entrada algunas ideas sueltas que quiero tratar de articular esta noche, que han surgido a partir de nuevos artículos que he encontrado en el camino y nuevas discusiones que me gustaría incorporar en este universo.

En particular, un nuevo artículo de Brian Solís en TechCrunch me ha generado toda una nueva batería de preguntas, en tanto vincula claramente un tema con el otro: buscando la conexión entre el nuevo ecosistema mediático y el declive de la industria de los diarios en EEUU. Solís empieza su artículo a partir de la siguiente pregunta, que me parece un buen hilo conductor para empezar la discusión:

“¿Vale la pena salvar a los periódicos?” Walt [Mossberg] no lo pensó más de dos segundos y respondió asertivamente: “Es la pregunta incorrecta. La verdadera pregunta que deberíamos hacernos es si podemos o no salvar al buen periodismo”. Continuó: “Piénsalo. De los cientos, miles de periódicos en el país, hay sólo unos cuantos que importan. El buen periodismo y los buenos periodistas, por otro lado, merecen ser salvados”. [Traducción mía]

Todo esto me ha llevado a tener algunas ideas en borrador que quiero compartir. Por una cuestión de orden, quiero desarrollarlas en cuatro partes (porque son, grosso modo, cuatro ideas):

  1. Salvar a los periódicos vs. salvar al periodismo
  2. El problema de hablar de periodismo ciudadano
  3. Qué podría significar una nueva forma de periodismo
  4. Qué lugar queda a todos los demás en el nuevo ecosistema mediático

Entonces, creo que el mejor primer paso es empezar considerando la pregunta que plantea Solís. ¿Vale la pena salvar a los periódicos?

Indudablemente, el contexto no nos deja ver las cosas con la claridad debida. En medio de la crisis financiera, del gobierno estadounidense financiando rescates millonarios de las industria financiera, la automovilística y demás, e incluso el gobierno peruano tentando la idea de salvar empresas mineras para evitar problemas sociales, el colapso de la industria de periódicos pareciera encajar dentro de un contexto más amplio de modelos de negocios golpeados por la crisis. Pero también estamos un poco obligados a plantearnos la misma pregunta en todos los casos: ¿por qué queremos salvar estos modelos de negocios colapsados? En el caso de la industria financiera, la respuesta parece ser que se trata de un subsistema lamentablemente necesario para que todos los demás funcionen. En el caso de la automovilística, sin embargo, la cosa no es tan clara: se trata de una industria que muchos consideran debería dejarse morir, por estar desprovista de innovación e ideas frescas para el futuro.

Entonces, ¿por qué queremos salvar a los periódicos? Pareciera tratarse también de una industria -al menos en el caso de la industria estadounidense, la más afectada por este tema hasta el momento- que hace tiempo dejó de buscar innovación y de desafiar los límites de lo que podían hacer con su medio (Jenna McWilliams señala cómo este fenómeno puede rastrearse por los menos hasta los años 70). Pero está harto difundida la idea de que la industria de los periódicos es prácticamente consustancial con cualquier forma de vida democrática: hemos sido llevados a pensar que no es posible tener una sociedad democrática sin una prensa libre que fiscalice a los poderes de turno y sirva, efectivamente, como un cuarto poder.

El problema está, sin embargo, en que parece que hace tiempo que los propios periódicos -por no decir la industria periodística en general (y ojo aquí que estoy hablando en términos de industria como generalización claramente injusta, que no necesariamente se aplica al trabajo de todos los periodistas)- han claudicado a esta supuesta función social. Como en el proceso que señala McWilliams con la consolidación corporativa de las propiedas mediáticas, hace tiempo que los periódicos dejaron de responder a intereses fiscalizadores de los poderes de turno y a responder, más bien, a los intereses de sus matrices corporativas, de los manejos políticos de sus operadores o de las presiones de sus anunciantes. No tenemos que ir muy lejos, tampoco: podemos observar, por ejemplo, el manejo mediático que se ha hecho de la sentencia a Fujimori en los últimos días, y cómo se trata de una manera, digamos, cuestionable de presentar la información.

Pero aún cuando la industria periodística ha claudicado en este papel histórico -de por sí, además, discutible (no que haya tenido relevancia histórica, sino esta “consustancialidad”)- eso no quiere decir que todo el periodismo y todos los periodistas lo hayan hecho. De hecho, sigue habiendo allí afuera muy buen periodismo y muy buenas investigaciones que merecen ser rescatadas. De hecho, muchas de ellas entran en conflicto con los intereses de la industria periodística que las alberga. En este punto, Solís introduce una comparación que me parece ilustra sumamente bien el tipo de problema que estamos enfrentando:

No es diferente al tipo de renacimiento que actualmente tiene lugar en la industria de la música. Los artistas están descubriendo que tienen un canal directo-al-consumidor (D2c, Direct-to-Consumer) para llegar a sus fans y cultivas relaciones. Aquellos en contacto con la tecnología y con las culturas de las sociedades en línea pueden pasar por alto completamente la producción y distribución tradicional de música. [Traducción mía]

Una de las falacias que frecuentemente esgrime la industria discográfica al hablar de piratería y de la distribución de música en línea (sea legal o ilegal) es que si no se preserva el modelo de negocios que les ha servido por tantos años, lo que está en juego es la existencia misma de música. Pero esto no tiene sentido: existió música mucho antes de que hubiera una industria de la música, y la seguirá habiendo mucho después también. Simplemente hemos llegado a un punto en el cual el desarrollo de nuestro aparato tecnológico hace innecesaria, realmente, la función de este intermediario antes imprescindible. Hoy una banda puede alcanzar un público enorme sin necesidad de que Sony Musica o EMI le firmen un contrato de distribución (ensayos que no son ajenos a grupos de música en el Perú). En un esfuerzo por sobrevivir, la industria musical se está aferrando a artilugios legales y a contrasentidos tecnológicos para retrasar la que inevitablemente será su desaparición, por la simple razón de que no están dispuestos a reinventarse para funcionar bajo una nueva lógica.

Si seguimos la analogía, entonces podemos pensar que los periódicos fueron el vehículo necesario, dentro de un cierto contexto, para que el periodismo tuviera lugar como lo hemos conocido. Pero eso no significa que los periódicos sean eternos, sino que en la misma medida, cuando el contexto cambie, surgirán nuevas formas a través de las cuales consumiremos información. Pretender hoy salvar a los periódicos, tal como los conocemos, es una necedad un tanto ingenua que se asemeja a los manotazos de ahogado de la industria discográfica: significa pensar que la forma perfecta ha sido alcanzada, y que más allá de ella no seremos capaces de distribuir información y generar el periodismo de calidad que necesitamos (o al menos, que parece que necesitamos) para llevar adelante una sociedad democrática (asumiendo, además, de paso, que una sociedad democrática es lo que deseamos).

Entonces, un primer punto al cual quisiera llegar es el siguiente: tengamos mucho cuidado de creer que preservar la libertad de prensa necesaria para una cultura democrática es lo mismo que preservar la industria editorial que conocemos hoy día. Si bien hace unos años hablar de “prensa libre” era una cuestión bastante literal -los dueños de las prensas donde se imprimían los diarios debían ser capaces de hacerlo con libertad- hoy no es ni tan cierto que las prensas sean tan libres, ni que sólo las prensas antes conocidas sean capaces de cumplir con esta tarea. En la explosión mediática que estamos viviendo hoy día, ya no es cierto que solamente los periódicos y las organizaciones en torno a ellos sean las únicas o las mejores capaces de satisfacer nuestra necesidad de información, de cobertura y de información, así como de fiscalización a los poderes de turno. Es cierto que la primera preocupación que viene a la mente es la siguiente: ¿entonces qué? ¿Los blogs? Si son sólo un compilado de opiniones desarticuladas, parcializadas, con fuentes no corroboradas y sin ningún tipo de estándar editorial.

Y aunque eso es discutible, mi primera respuesta sería, ¿y los periódicos de hoy no son lo mismo? Historias parcializadas, fuentes poco corroboradas, información tendenciosa – los valores que asociamos con esta forma mítica del periodismo escrito parecen ser una cuestión idílica. No se trata de rescatar valores de objetividades perdidas que en verdad nunca tuvimos. Se trata de encontrar la manera mediante la cual podemos encontrar la mejor calidad dentro de estas organizaciones, el mejor trabajo de investigación (el que es, quizás, el más capaz de movilizar a los consumidores pasivos a ser ciudadanos que toman acción), y asegurarnos que no perdamos eso.

En el camino, empiezan a surgir propuestas alternativas. Como David Cohn y Spot.us, una nueva iniciativa que espera salvar el periodismo local distribuyendo los costos entre las comunidades afectadas por sus historias.

El mensaje final de Cohn es muy ilustrativo: el periodismo sobrevivirá a la muerte de sus instituciones. Sin embargo, tampoco debemos, por eso, dejarnos engañar: lo que sobrevivirá del periodismo tendrá que ser también transformado. Señala Lisa Williams:

Si tu carrera está en el Titanic, no tienes mucha más opción que sentarte y dejar que otros se encarguen de tu seguridad y definan tu rumbo. Con tu carrera en un kayak, puedes y debes definir tu propia dirección y aprneder las habilidades para mantenerte a salvo. Descubrirás lo que miles de miles de trabajadores tecnológicos descubrieron: puedes hacer un gran trabajo fuera de un contexto institucional, corporativo, y puedes ganarte la vida haciéndolo. La compañías tecnológicas no eran dueñas de la innovación; los innovadores lo eran. Las organizaciones de noticias no son dueñas del periodismo: los periodistas lo son. [Traducción mía]

Y en una época cuando nuestras fronteras son cada vez más difusas, cuando todos nos creemos un poco periodistas y cuando distinguir a otros por cumplir ciertas tareas parece un poco caprichoso, tenemos también que plantearnos la pregunta de qué vamos a entender dentro de esta categoría.

Medios y conocimiento

Hace unos días, hicimos el “lanzamiento” oficial del sitio web para el nuevo programa de News&Knowledge Entrepreneurs de Ashoka (donde, vale aclarar, trabajo). Éste es uno de los programas en los que he estado más interesado por estar muy cerca de lo que son mis intereses personales, en torno a la manera como la tecnología está transformando nuestras maneras de comunicarnos, de producir, distribuir y transformar conocimiento. Con el apoyo de la Fundación Knight, Ashoka está buscando e identificando alrededor del mundo a los innovadores que están ejerciendo transformaciones en las maneras como concebimos y llevamos a cabo estas prácticas. El sitio web, cuyo desarrollo tuve la suerte de poder apoyar, describe así el asunto:

El programa de Medios & Conocimiento de Ashoka opera en el nexo entre noticias, conocimiento e innovación social.

Apoyamos emprendedores cuyas innovaciones transformadores prometen una mejor manera de informar, involucrar y conectar a los ciudadanos alrededor del mundo.

En otras palabras, como diría aquel gran filósofo peruano, Brian O’Hara, “mi sabor”. El sitio web está armado como un blog que apunta a ser una conversación abierta sobre estas transformaciones y los cambios mediáticos que estamos viviendo hoy día, y cómo estos cambios están generando transformaciones profundas en el tejido social. Está dirigido a una comunidad amplia no sólo de emprendedores e innovadores, sino también de investigadores, académicos, periodistas, comunicadores, artistas, productores, consumidores, y todo aquel aficionado e interesado que quiera participar de este proceso de reflexión. “Noticias de mañana”, se llama el blog, lo cual es particularmente adecuado para pensar cómo se configurará, de una u otra manera, el panorama del futuro.

También pueden conocer a los emprendedores que han sido elegidos por este programa, y las innovaciones que han generado. Uno de ellos es, por ejemplo, Jimmy Wales, el creador de Wikipedia.

Y sí, lo comparto porque estoy muy orgulloso y es muy chévere y yo participé :-) .

Interpretando el Obamismo

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Algunas ideas, o la excusa para una diatriba verborreica:

1) Paul Begala, analista de CNN: “Obama encontró la manera de juntar el Internet con sus antecedentes de community organizer”. Wrong. El medio es el mensaje: sus antecedentes de community organizer le
permitieron entender la lógica del Internet, que es la lógica de la construcción de comunidades. Los demás fallan consistentemente en esto porque creen que es algo separado.

2) La cobertura de la elección más tecnológica que he visto. CNN tenía hologramas, lo cual ya no tenía ningún sentido, pero era fascinante. Los magic maps de John King son una manera fascinante de presentar lo
que de por sí es un esfuerzo increíble por agregar tanta información tan rápido. El election feed de Twitter (http://election.twitter.com/) sigue actualizándose y es como ver las elecciones con déficit de atención.

3) Los gringos están obsesionados con las estadísticas. Al punto que parecieran incapaces, o por lo menos no dispuestos, a buscar los significados detrás de las estadísticas, como si la realidad se agotara en ellas. Supongo que también debe tener mucho que ver con el political correctness: sienten que pueden decir “los blancos votaron 70% por McCain en el sur”, pero sienten que es incorrecto decir “el sur sigue siendo el enclave racista del país” – como si fuera una cláusula de seguridad, para no ofender a nadie. Pero al no ofender a nadie están también velando las causas que dan pie a que esto suceda.

4) La reinterpretación del proceso político gringo, o el Obama acceptance speech. No fue un muchas gracias, buenas noche, voten por mi reelección. Fue una invitación a que la impresionante maquinaria humana que se movió para esta elección, se siga movilizando para la ejecución misma del gobierno, una idea que es prácticamente ajena a la política gringa (acostumbrada, más bien, a los cheques en blanco cada
4 años). Obama, pareciera, y en eso coinciden muchos análisis, quiere ahora traducir la lógica que movilizó la campaña, a una lógica que movilice al gobierno, y convertir ese ejército, sobre todo de jóvenes, voluntarios que recorrieron el país, en un ejército de jóvenes movilizados para el servicio a su país. Un esfuerzo similar al que hace muchos años hiciera Kennedy con los Peace Corps, y que apunta a
la idea de que la generación que está heredando el proceso político debe apropiárselo y darle su propio significado (cf. Cavell sobre aprender una palabra). Todo lo cual se funda en…

5) La reinterpretación de “lo gringo” (tó gringós). Anoche a las 7pm, las tomas lado-a-lado de la celebración entre los campos de McCain y Obama eran muy representativas. En Grant Park, Chicago, un espacio público, abierto y enorme, reunía a miles de personas jóvenes, viejas, azules, moradas, blancas, negras, verdes, naranjas, latinas, etc., que se juntaban para una gran fiesta. En Phoenix, en una sala de convenciones cerrada en un hotel, una cantidad bastante menor de gente considerablemente menos diversa (básicamente una reunión de viejos blancos) se reunía sin mayor ímpetu ni emoción para escuchar los resultados conforme iban saliendo. Los conservadores en EEUU se rehúsan a aceptar la recomposición del espectro político y poblacional del país, que va más allá incluso de las minorías: poco o nada se habla en EEUU de mestizaje, y de la manera como las tradiciones se van entremezclando promiscuamente. El “sueño americano” ya no es la misma idea hacia el futuro, unívoca tal como se formuló bajo la idea del destino manifiesto a mediados del XIX, incluso antes en la Independencia, o después en los momentos ideológicos fundacionales como el New Deal o el fin de la Segunda Guerra. El sueño americano ya no es algo a lo que se accede, un ideal del que se participa, sino uno que se formula sobre la marcha y significa cosas diferentes para diferentes personas, aunque claro, siempre con elementos comunes.

Algunas ideas exageradas para calentar la noche, o la interpretación filosófica del obamismo.

La pregunta Davos

La fecha límite para presentar respuesta para la pregunta Davos del 2008 es mañana. Davos es, por supuesto, la ciudad en Suiza donde se lleva a cabo el Foro Económico Mundial, una reunión anual de líderes mundiales -políticos, económicos, sociales, culturales, etc.- donde se discuten las grandes problemáticas que afectan al mundo.

Este año, han planteado la pregunta Davos por medio de un canal en YouTube. La pregunta es: ¿Qué crees que tienen que hacer los países, las empresas o los individuos para conseguir un mundo mejor en 2008? Hay un bonito video que han preparado para presentar la pregunta, apelando a diversas figuras reconocidas en la comunidad de YT:

El hecho de que el Foro en Davos esté planteando así abiertamente la pregunta es interesante por muchos lados. El objetivo es que el público que visite el canal en YT vote las mejores respuestas, éstas sean proyectadas a los asistentes al FEM en Davos la próxima semana, y los líderes mundiales graben sus propias respuestas y las suban a YT. Uno estaría tentado a decir, de entrada, que esto es un ejemplo de cómo el liderazgo mundial se abre a una comunidad más amplia, y los ciudadanos a pie reciben una oportunidad de que su voz sea escuchada, como pudo haber pasado en los nuevos formatos de debate en la campaña presidencial de EEUU.

Pero creo que así visto hay muchos ángulos que perdemos. Por un lado, sí, es cierto y es importante reconocer que el hecho de que el FEM haya encontrado pertinente o necesario abrir este canal, es un fuerte indicador de que diferentes estructuras se encuentran a sí mismas sacudidas. Lo más interesante es como particularmente YouTube ha pasado a convertirse en un eje central, un participante clave en las diferentes dinámicas políticas y los procesos sociales. Desde el FEM, las campañas presidenciales en EEUU, hasta la transmisión de la clausurada RCTV en Venezuela, el sitio más importante de videos de la web (por el cual Google pagó la módica suma de $1600 millones) se ha convertido en el foro a través del cual todos quieren -y al parecer sienten que pueden- participar.

Sin embargo, ¿cuán importante es esto realmente? ¿Realmente los “líderes mundiales” en Davos detendrán sus agendas, escucharán los mensajes grabados y responderán de una manera tal que las ideas aportadas sean incorporadas en los procesos de discusión? Nadie ha dicho que las contribuciones en YouTube establecerán la agenda de los temas a discutir, nadie ha dicho que se abrirán las sesiones a la participación permanente de los ciudadanos de a pie. Se ha dado la oportunidad solamente a que se proyecten unos cuantos videos, la gente aplauda, dé una respuesta probablemente ensayada, y todo el mundo quede contento con la idea de que el Foro Económico Mundial se abre a la participación de los ciudadanos del mundo. No hay que negar el valor de un primer paso en esta dirección; pero hay que reconocer que bien pueden estarnos dando gato por liebre: la ficción de participación para que nos quedemos tranquilos mientras todo sigue igual.

Lo cual me lleva a un segundo punto. Y es que bien podría ser también el caso que el hecho de que abriéndose de esta manera el FEM en Davos, incorporando supuestamente la participación de la comunidad mundial, se le brinde excesiva legitimidad a lo que los “líderes mundiales” hacen allí. Claro, no hay que ser ingenuos: son en la práctica ellos los que toman todas aquellas decisiones que terminan rigiendo hasta en los detalles mínimos nuestras vidas cotidianas. Es horrible, pero cierto. Pero al mismo tiempo, la apertura un tanto paternalista del Foro de “darnos una oportunidad” a los ciudadanos del mundo para expresarnos parece simplemente dejar bien claro quién está en qué posición: nosotros, los líderes, dedicaremos cinco minutos a escucharlos a ustedes, los liderados. No estamos hablando aquí de grandes incorporaciones, grandes diálogos multilaterales, grandes procesos de cambio en los cuales se nos ofrezca a todos la posibilidad de participar. Davos cree que por dejarnos expresar nuestra opinión -algo que podríamos hacer de todas maneras- muestra al mundo que es abierto y comprensivo a las necesidades y los deseos de los ciudadanos mundiales.

El sistema, la estructura, en el fondo, es la misma. Los cambios se perciben únicamente en la superficie. Pero por alguna parte tenemos que empezar, supongo.

Crecimiento responsable

Esto no es un regalo. Es una oportunidad. Una oportunidad que hay que saber aprovechar y no ser ingenuos, no alucinar que ya todo está hecho y que ahora sólo flotamos hacia el futuro, un futuro arcádico y utópico con todos los problemas resueltos. La oportunidad histórica que potencialmente se nos enfrenta es un desafío más grande que una historia de obstáculos y problemas, y es ahora y no antes cuando más debemos alzarnos a la ocasión y mostrar que somos capaces.

Ésos son elementos que no encuentro en la retórica presidencial y del gobierno en general. El Perú crece hoy a un ritmo de 7,7% al año, y se perfila a crecer aún más rápido. La economía hasta cierto punto se estabiliza, e incluso quizás se puede hablar de reducción en los niveles de pobreza y pobreza extrema. Hasta ahí todo bien, y las condiciones de vida de a muy pocos podría decirse que mejoran. ¿Pero es esto suficiente? ¿Debemos tomar el crecimiento económico simplemente como bueno, como el camino hacia adelante?

Creo que el asunto es más complejo que eso. Mucho más complejo. Y responde, más bien, a la oportunidad histórica a la que me refiero ambiguamente. Pues no se trata solamente de crecer, porque, claramente, no sabemos crecer. Justamente porque no sabemos crecer es que tenemos que preocuparnos por gestionar un crecimiento responsable, un crecimiento sostenible, un crecimiento enfocado en el futuro antes que en el presente mejor.

Índices cruciales como educación, salud, calidad de vida, y todo lo que ello arrastra, no los estamos tomando en consideración adecuadamente. Nos concentramos en indicadores de progreso económico, empleo y producción, y eso no está mal, pero estamos dejando de lado todo el universo de factores complementarios que serán los determinantes del futuro. Es cierto que si no pensamos en ello primero, no habrá un futuro: pero si no pensamos en lo otro hoy, el futuro no tendrá ningún sentido.

¿Estamos, acaso, preparados para el impacto ideológico que tendrá el crecimiento económico? ¿Estamos preparados para la demanda energética? Seguimos en gran medida dependiendo de hidrocarburos importados, escasos y caros -además de políticamente complicados- para mover nuestra economía. ¿Estamos pensando en sustitutos, estamos impulsando con suficiente fuerza el gas natural que extraemos nosotros mismos? Más aún, si es que podemos dar el paso extra, ¿estamos tomando un papel activo en la promoción de la investigación y el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas que permitan atender este problema en el futuro?

¿Y para qué estamos educando a los niños? ¿En qué actividades queremos que se introduzcan en el futuro? Porque no tiene sentido entrenar mano de obra barata cuando al otro lado del charco China siempre nos ganará en ese rubro. Lo único que tiene sentido es enfocarnos en nuestras diferencias específicas, en aquellos sectores y mercados en los cuales tenemos una ventaja diferencial y dentro de los cuales podemos entrar a tallar con seriedad, aspirando a reorientar el curso de los acontecimientos. Pero esto implica un proyecto a largo plazo que empiece desde los niveles más tempranos de la educación y ofrezca un conjunto diferenciado de oportunidades reales para toda la población: oportunidades reales pensadas y enfocadas desde y hacia nuestras realidades inmediatas, que reconozcan el entorno que nos rodea y nos permitan ubicarnos y posicionarnos dentro de él.

La oportunidad histórica exige de nosotros construir y comprometernos con un modelo de desarrollo a largo plazo. Un modelo que nos aleje paulatinamente de la dependencia de los precios internacionales de los minerales, y nos convierta, en primer lugar, en productores y transformadores de conocimiento, de ciencia y tecnología, de arte y de cultura. A largo plazo, es la única manera en la cual eso nos permitirá desarrollar una posición sostenible en el contexto internacional, y llevar adelante mejoras en la calidad de vida de nuestra población. Eso implica no cegarnos hoy ante la promesa panaceica de desarrollo económico que traerá consigo la liberación y la felicidad y demás abstracciones bonitas. La oportunidad es la de entender que nos ponemos en vinculación con el futuro y que ello implica una serie de transformaciones e incluso sacrificios inmediatos para sostener una posición a largo plazo, una mejora continua y real, no sólo superficial.

Al mismo tiempo, y ésta es quizás la parte más complicada, sinceramente no creo que tengamos ninguna oportunidad sin transformaciones culturales, sociales y políticas de fondo. Cuestiones fundamentales como la constitución de una cultura de derechos humanos, de derechos sociales y culturales, de atención a los conflictos sociales y culturales que albergamos dentro de nuestras fronteras arbitrarias. Hay problemas que si no enfocamos debidamente amenazan con poner en jaque todo: el problema del narcotráfico como fenómeno en crecimiento y potencial de disrupción enorme, el problema aún no superado del terrorismo y la violencia política, el problema del racismo y la discriminación. Son aquellos problemas que en gran medida significan los obstáculos más grandes que, sin hacerlo obviamente, interrumpen y entorpecen todos los esfuerzos de crecimiento y de mejoramiento.

La oportunidad que enfrentamos es la de entender la coyuntura que tenemos al frente, de entender la oportunidad del crecimiento y ponerla bajo la luz adecuada, entenderla orientándola hacia el futuro y hacia un ideal regulativo hacia el cual quisiéramos tender. En esa visión habrán perspectivas en conflicto, disensos, oposiciones y contradicciones, pero finalmente al hacerlo estaremos haciendo algo que hemos dejado de hacer hace mucho tiempo: pensar el Perú, pensarlo profundamente como realidad, como problema y como proyecto, y hacer de ese pensamiento la herramienta transformadora que requerimos para afrontar el crecimiento responsablemente, para ser más que porcentajes del PBI y reconocer que, al final, detrás de todas estas abstracciones encontramos personas (como yo, o como tú, lector imaginario que ha llegado hasta aquí abajo) cuyo futuro está en juego en cada una de estas vueltas a la ruleta.