Observaciones porteñas, 5

Las industrias culturales en la Argentina

Es cierto, me quejo mucho del sistema bancario argentino y del mercado tecnológico. Pero sin lugar a dudas, algo en lo cual la Argentina está años luz por delante del Perú, y en particular la ciudad de Buenos Aires frente a Lima, es en el desarrollo de sus industrias culturales. Todas ellas.

Es casi un lugar común decirlo, y es harto conocido, pero el alcance total de esto no es del todo discernible hasta que uno empieza a verlo en su dimensión cotidiana. No hay dimensión de las industrias culturales que no haya sido apropiado y desarrollado en esta ciudad. El mundo editorial, de entrada, es espectacular: la diversidad de libros que uno encuentra es apabullante, y aunque en realidad los precios no son necesariamente más baratos (sobre todo por el tema de la inflación), uno encuentra cosas que no consigue en ninguna otra parte – o bueno, que ciertamente no encuentra en Lima. Las librerías, además, respiran un aire diferente, todas ellas: en cualquier librería de centro comercial uno tiene muy buenas probabilidades de encontrar excelentes libros en artes, humanidades, ciencias sociales, más allá de una serie de refritos editoriales y best sellers de venta masiva. El grado de complejidad y análisis que ofrecen del lector estos libros es también mayor, uno podría decir que las cosas están hasta “menos masticaditas”: quizás sea menos frecuente encontrar libros con las 7 estrategias efectivas para el marketing moderno o cosas así, pero incluso el lector interesado en esos temas, de hacer el esfuerzo, encontrará información mucho más rica y profunda en un estudio reciente sobre los cambios en los patrones de consumo en el conurbano bonaerense, por poner un ejemplo. Hay más niveles que recorrer, y si uno se compromete con ese recorrido, hay en consecuencia también mayores recompensas.

Pero aún dentro del ámbito editorial, y de la enorme diversidad de librerías que uno encuentra caminando por la calle, están también los quioscos de periódicos: que cargan no sólo, también, libros, sino una enorme variedad de revistas y periódicos, todos locales. Hay versiones locales de revistas globales, como la Rolling Stone, producidas localmente cubriendo contenido local. Y hay una enorme variedad de revistas locales para todo tipo de contenidos y temas: he visto hasta revistas dedicadas a aviones de guerra, además de las de decoración, de autos, de motos, de comida, de hombres, de mujeres, de niños, de farándula, de construcción, etc., etc., etc. Es claro que el mercado local tiene demanda para un universo enorme de oferta editorial en múltiples formatos.

Dicho sea de paso, la promoción al cine argentino también se puede encontrar en las librerías y en los quioscos de periódicos: es muy fácil conseguir en DVDs, hasta donde entiendo, originales, películas argentinas como “El secreto de sus ojos” a muy buenos precios, totalmente accesibles.

Esta tendencia a la localización es visible también en otros ámbitos. En la televisión, por ejemplo, Argentina tiene su propia señal de ESPN transmitiendo por cable eventos deportivos locales como el campeonato de polo, así como tiene también una estación de radio. Estando aquí uno empieza a caer en cuenta de que muchos de los canales de cable que uno ve afuera, en realidad se producen aquí, generando todo tipo de contenidos localmente, incluso tours a las destilerías escocesas para documentar la variedad de whiskies para un canal de cocina de cable producido localmente.

La radio y la música son un tema aparte. Escuchar radio acá es una experiencia muy diferente, y no es raro ir en un colectivo escuchando a Jimi Hendrix o The Doors, con una cultura musical local que se trifurca entre el rock (con un fuerte énfasis en el rock nacional), la música electrónica, y una presencia cada vez más fuerte de la cumbia (aunque no necesariamente la cumbia que conocemos en el Perú). Caso aparte el tango, que aún recorre transversalmente las preferencias pero que también ha adquirido, por momentos, un sentido más bien turístico.

Lo que resulta espectacular es la selección de música que uno escucha en cualquier tienda, desde tiendas de diseñador hasta paseando por el supermercado. La selección de música siempre es excelente, siempre es sorprendente y nunca cae en lugares comunes de grandes éxitos radiales o cosas genéricas. Incluso comprando el pollo del almuerzo uno puede descubrir música nueva. Y esto, por supuesto, es también lo que crea un mercado enorme y una plaza privilegiada para conciertos de todo tipo, y aunque solamente algunos de los más grandes suenan ampliamente a nivel regional, esta es una ciudad visitada también por artistas como GirlTalk, LCD Soundsystem, Kate Nash, MGMT, Yo La Tengo, Belle & Sebastian, La Mala Rodríguez, etc., aportando a la enorme diversidad del roster de conciertos locales.

Es un universo casi inacabable, y uno que aún no termino de explorar. Pero en términos de industrias culturales y de cultura mediática, la Argentina es un lugar fascinante, con una combinación sumamente interesante de una oferta increíblemente diversa con un público sumamente exigente, en todos los segmentos y en todos los formatos. Demás está decir de que, por ello mismo, la observación del populismo argentino (y no en el sentido Laclauiano, sino en el pedestre) demanda un capítulo aparte, por la manera como estos mismo circuitos culturales están plenamente interconectados con las dimensiones políticas y la manera como funciona el aparato propagandístico.

Aún con todo eso, hay muchísimo que tenemos que seguir observando, replicando y apropiando de la experiencia Argentina en industrias culturales si queremos impulsar también el desarrollo de las mismas en el Perú. Ojo que aquí la palabra clave es “apropiando” – no se trata sólo de recoger y reproducir, sino que precisamente lo que hace estas experiencias interesantes aquí, es la manera en la que se integran naturalmente al entramado social y cultural del cual forman parte.

Objetos que cuentan historias

Uno de los temas que más me ha interesado explorar es la manera como el acto del consumo ha transformado su significado en los últimos años. De la misma manera como hemos presenciado una distribución de la capacidad creative y expresiva en nuestra sociedad – ya no son sólo unos pocos con acceso a tecnologías caras los capaces de difundir ideas y mensajes, sino que esta capacidad ha ampliado enormemente su base popular -, existe paralelamente un proceso de distribución de preferencias y de patrones de consumo. Consumimos más cosas, sí, pero esas cosas que consumimos son hoy mucho más específicas. La categoría del “one size fits all”, de productos generales para públicos masivos, se ha ido abandonando para ser reemplazada por productos con mensajes específicos, apelando a tipos de consumidores específicos, que cada vez encuentran más en sus productos la capacidad para decir algo sobre sí mismos. Con lo cual el valor de un producto es transformado: pues no solamente es importante la función de un objeto, sino que es igualmente importante, o en muchos casos más importante aún, el significado cultural de un objeto u otro. La importancia de la marca como constitutiva del objeto se plantea como una reinterpretación (o quizás simplemente extensión) de la tesis de Marx del “fetichismo de la mercancía”. Dice Marx en El capital, tomo 1, libro primero, sección primera, capítulo 1 (“La mercancía”):

A primera vista, una mercancía parece ser una cosa trivial, de comprensión inmediata. Su análisis demuestra que es un objeto endemoniado, rico en sutilezas metafísicas y reticencias teológicas. En cuanto valor de uso, nada de misterioso se oculta en ella, ya la consideremos desde el punto de vista de que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas, o de que no adquiere esas propiedades sino en cuanto producto del trabajo humano. Es de claridad meridiana que el hombre, mediante su actividad, altera las formas de las materia naturales de manera que le sean útiles. Se modifica la forma de la madera, por ejemplo, cuando con ella se hace una mesa. No obstante, la mesa sigue siendo madera, una cosa ordinaria, sensible. Pero no bien entra en escena como mercancía, se trasmuta en cosa sensorialmente suprasensible. No sólo se mantiene tiesa apoyando sus patas en el suelo, sino que se pone de cabeza frente a todas las demás mercancías y de su testa de palo brotan quimeras mucho más caprichosas que si, por libre determinación, se lanzara a bailar.

Marx se refiere a que el capitalismo ha trastocado por completo nuestra noción del valor. Los objetos del capitalismo, las mercancías, no valen para nosotros por lo que efectivamente hacen, sino que construyen una capa ilusoria de valor que va más allá de su función. En otras palabras, un Toyota y un Audi cumplen la misma función de llevarnos del punto A al punto B, pero aquello que los distingue como mercancías pertenece por completo a otro orden de cosas que va más allá de lo funcional. En torno a la marca Toyota, y a la marca Audi, se han construido narrativas muy diferentes en términos culturales, que implican que optar por una o por otra signifique realizar, también, afirmaciones respecto a la persona que somos.

Hace unas semanas vimos con mis alumnos de Sociología de la Comunicación en la UPC el documental Objectified. Es un documental sobre diseño industrial, y el proceso creativo por el cual pasan los diseñadores para elaborar los objetos que nos rodean cotidianamente, y en los cuales no reparamos frecuentemente en toda su complejidad. Éste es el trailer de la película:

El documental tiene una serie de ideas interesantes en torno al diseño y la manera en la cual se elaboran estas narrativas culturales que nos apropiamos e integramos en las narrativas personales que son nuestras propias identidades. La importancia de la marca que moviliza al producto es testimonio de la manera en la cual cada vez tomamos mucho más personalmente estas decisiones – personalmente en el sentido de que nos involucran directamente, dicen algo sobre nosotros. Directa o indirectamente, optar por un producto sobre otro es como suscribir una serie de conceptos, valores y decisiones tomadas previamente, es como un estandarte que mostramos públicamente para decir algo sobre nosotros. Es cierto que quizás no hacemos esto con todos los productos que usamos, pero todos tenemos ciertas categorías preferidas, ciertos espacios en los cuales estas decisiones significan mucho más para nosotros porque han significado, también, mucho más para alguien más en el proceso de diseño.

Pero es también testimonio de los recursos disponibles a un aparato industrial para mantener siempre en movimiento el ciclo de producción y de consumo.

Sin embargo, una de las cosas más interesantes en esta dinámica, o la manera como se ha transformado en los últimos años, es que el consumo ha dejado de ser, en cierta manera, un proceso lineal – o mejor dicho, el último momento dentro de un proceso lineal. En un primer momento, cuando los productores descubrieron el valor y la relevancia de interactuar directamente con el consumidor para mejor entender sus necesidades, como un mecanismo para posicionar mejor sus mercancías. Genera una manera de darle al público consumidor no solamente algo que les pueda ser útil, sino un producto con el cual pueden identificarse, o, mejor aún (en términos de marketing), una identificación a la cual pueden aspirar. Esto, según Marshall McLuhan, es característico de un medio masivo:

Un medio masivo es uno en el cual el mensaje no está dirigido hacia una audiencia, sino a través de una audiencia. La audiencia es tanto lo mostrado como el mensaje. El lenguaje es un medio tal – uno que incluye a todo el que lo usa como parte del medio mismo. Con el telégrafo, con lo eléctrico y lo instantáneo, encontramos la misma inclusión tribal, la misma totalidad de campo auditiva y oral que es el lenguaje. [Technology, The Media And Culture, 1960. Traducción mía.]

Pero en un segundo momento, esto se radicaliza con la apropiación casi plena de los productos y las marcas por parte de los consumidores, que se vuelven en cierta manera co-creadores del valor de una marca. Las marcas que más consiguen resonar son aquellas que consiguen que su propio público se convierta en amplificador de su propio mensaje, que su narrativa resuene tanto con las personas que ellas las consideren meritorias de incorporarlas como componente público de su identidad. Pero hay un precio que la marca tiene que pagar para acceder a este privilegio: pues al hacerlo, deja de ser posible controlar total y centralizadamente el significado de la marca. Al legitimar a los consumidores como co-creadores, la marca ha cedido el control absoluto sobre sí misma y adquiere en cierta medida responsabilidades hacia sus consumidores, a quienes llamar consumidores en este punto resulta incompleto.

De allí que la lógica del consumo se haya transformado significativamente. El consumo no es sólo el resultado del proceso de producción, sino que es en sí mismo (o mejor dicho, puede ser) un acto creativo o transformativo. El consumo es un acto de apropiación, por medio del cual mi decisión por un producto específico refleja algo sobre mí, y en la medida en que lo hace yo adquiero ciertos derechos culturales, tenues, difíciles de precisar, sobre el objeto y sobre la historia que el objeto cuenta. Remezclo el significado del objeto dentro del universo de significados particulares y personales que es mi propia identidad, y en ese sentido le atribuyo al objeto un significado singular, una combinación entre su narrativa “universal”, aquello que le dice a todo el mundo, y su significado particular, aquello que significa sólo para mí.

Complementos (Continuidad cont.)

De nuevo es culpa del café, esta vez tarde por la madrugada. Pero encontré algunos pasajes que complementan muy bien las ideas que intenté compilar hace un par de días, y brindan herramientas conceptuales que ayudan a darles un poco más de sentido. Estos pasajes son de la serie “If It Doesn’t Spread, It’s Dead“, una serie de artículos de Henry Jenkins, Xiaochang Li, Ana Domb Krauskopf y Joshua Green, que sigo recorriendo y están geniales.

Hay cosas muy buenas acá que complementan y amplían cosas que intento decir torpemente. Una de estas cosas es la importancia y la complejidad del fenómeno de la apropiación, y la idea de que usuarios de estos lenguajes – Daniel ha apuntado, me parece que con mucha razón, en un comentario al post anterior, que aquí se trata de una continuidad entre juegos del lenguaje no solamente limitados a los nuevos medios – apropian y transforman mediante su uso los mensajes que comunican. La manera como lo hacen es, en su forma más básica, la selección y discriminación de la información que escogen compartir con sus redes sociales, algo que intenté ilustrar con el ejemplo del “buen retweetero”. Me gusta, además, que siguiendo esta vía puedo llegar a otro punto interesante, que es la manera como todos somos hoy, en mayor o menor medida, una nueva forma de curadores de información.

Los consumidores en este modelo no son simplemente “huéspedes” o “vehículos” de ideas ajenas, sino promotores de base de materiales que son personal y socialmente significativos para ellos. Han filtrado el contenido que consideran tiene poca relevancia para su comunidad, mientras enfocan su atención en el material que piensan tiene una importancia especial en este nuevo contexto. La replicabilidad [spreadability] depende de aquel agente inteligente individual — la mente humana — para abrirse camino entre la maraña de una cultura hipermediada y facilitar el flujo de contenido valioso a través de un mercado fragmentado. Bajo estas condiciones, los medios que permanecen fijos en su posición y estáticos en su forma fracasan en generar suficiente interés del público y son por tanto dejados de lado en estas conversaciones en curso. [Traducción mía, de "If It Doesn't Spread, It's Dead (Part Two): Sticky and Spreadable -- Two Paradigms".]

Mi concepto de lo que es la “curaduría” se vio radicalmente transformado el día que encontré en línea una colección de links sobre un tema, con una nota al principio indicando al responsable de “curar” la colección. Y claro, tiene todo el sentido del mundo: lo que un curador hace, finalmente, es esa selección, mantenimiento y conservación de un recurso para el público. Hoy todos terminamos siendo curadores de algo, al menos potencialmente: en el caso más simple, dedicamos largas horas narcicistas a “curar” nuestra propia presencia en línea. El tiempo dedicado, por ejemplo, a mantener un perfil en Facebook es el equivalente a curar mi propia imagen pública: actos tan simples como escribir un saludo de cumpleaños en el muro de otra persona, o comentar sus fotos, mantienen vivos mis vínculos sociales con los demás y comunican, con mayor o menor consciencia, una cierta imagen y percepción de mí que quiero mostrar a los demás.

No pude ir a SXSW09 ( :( ) pero al menos pude recibir algunas noticias vía Twitter. Uno de los comentarios que más me llamó la atención fue uno que decía algo así como “Google no es un buscador – es una herramienta para gestionar reputaciones”. La idea del curador digital que todos llevamos dentro va también por ese lado, y que en un mundo Google curamos colecciones de información sobre los temas de nuestro interés entre los cuales suele estar, por supuesto, nosotros mismos.

Nos involucramos con estas colecciones de información, adoptamos roles de curadores y compartimos enlaces y comentamos en artículos basados en aquellas cosas que nos atañen personalmente, con las cuales nos vemos personalmente comprometidos (esta idea empieza a resonar extrañamente familiar). No podemos reducir nuestra función social a simplemente reproducir información que viene de otras fuentes, aún cuando nos veamos tentados, de entrada, a pensar que así es como parecen funcionar las cosas.

Como norma, estamos engañados cuando nos enfocamos en lo que los medios le hacen a las personas en lugar de intentar entender lo que las personas hacen con los medios y por qué. Partimos de la premisa de que los consumidores sólo contribuirán a facilitar la circulación del contenido mediático cuando sea personal y socialmente significativo para ellos, cuando les permita expresar algún aspecto de su autopercepción o les posibilite transacciones valiosas que fortalecen sus lazos sociales con otros. [Traducción mía, de "If It Doesn't Spread, It's Dead (Part Three): The Gift Economy and Commodity Culture".]

Con lo cual, entre otras cosas de las que somos curadores, es de los lazos sociales que construimos a nuestro alrededor. De una u otra manera, acumulamos un cierto “público” – lectores de mi blog, amigos en Facebook, seguidores en Twitter, suscriptores en YouTube, etc. – que han ingresado en esta red porque de una u otra manera tienen algún tipo de interés en algo que digo o hago (aunque también podría ser por compromiso). Esa dotación de confianza es algo que nos vemos en la necesidad de preservar y mantener. Es cuando rompemos esa relación de confianza que tenemos con la comunidad a nuestro alrededor que empiezan a surgir los problemas. Y la principal manera, al parecer, como mantenemos sólidos estos lazos flexibles con redes de personas a menudo conformadas por personas que no son realmente cercanas, es compartiendo con ellos cosas que nosotros consideramos relevantes e importantes.

Este compartir no es trivial, ni es una pequeñez. Es algo a lo que tuve oportunidad de acercarme en mi investigación final terminando el pregrado, y llegué a comentarlo de pasada como la relación entre las emociones y nuestras tomas de decisión, y cómo se relacionaban con el problema del exceso de información. Así en gran, gran resumen: no podemos saberlo todo, y de hecho, hay tanto por saber hoy día que ni siquiera podemos saber un buen pedazo de ese todo. Al mismo tiempo, eso no quita que nos vemos obligados a evaluar enormes cantidades de información para poder tomar decisiones. ¿Cómo hacemos? Nos distribuimos la chamba. Y puedo apoyarme en el criterio de personas en las que confío para ayudarme a seleccionar solamente aquellas cosas que son realmente relevantes de analizar para poder tomar mejores decisiones en el mundo.

De aquí se desprende una enorme responsabilidad que felizmente nos es bastante transparente, pero que enfatiza aún más el sentido en el que somos “curadores” dentro de una comunidad. Los demás están confiando en mí cuando comparto algo con ellos – un video en YouTube por ejemplo – y lo hacen porque antes han tenido motivo para hacerlo. No se trata de que cuando me equivoque, dejarán de ser mis amigos. Pero sí se trata de que mi vínculo con ellos se mantiene activo y sólido en la medida en que el intercambio se mantenga. Lo cual es una manera excesivamente complicada de decir que uno debe tratar bien y cuidar a sus amigos.

Continuidad

Tengo muchas ideas en la cabeza por culpa del café que no sé bien cómo separar. Haré mi mejor esfuerzo: todo comenzó con este artículo de Brian Solis en TechCrunch sobre si los blogs están perdiendo autoridad. Lo que sugiere Solis es que nuestros criterios de medición parecen sugerir que la “blogósfera” está perdiendo peso en término de influencia, pero que en realidad deberíamos estar llevados a pensar que son nuestras herramientas de medición disponibles las que no nos permiten contemplar el panorama completo.

Es fascinante, porque de lo imperfectas que ya eran estas herramientas, nos encontramos con que, unos pocos años después, ya no son capaces de abarcar un espectro suficientemente amplio como para darnos una idea medianamente clara de lo que ocurre en el panorama de los nuevos medios. Todo esto me recordó a un post de hace un tiempo donde me preguntaba por el futuro de los blogs, y ahora me veo obligado a revisar en gran medida lo que antes pensaba. Ampliarlo, corregirlo. El panorama cambia sumamente rápido, y el horizonte que antes configuraban primordialmente los blogs ahora viene a ser acompañado por las comunidades en línea, las redes sociales, los servicios de microblogging, y el sinfín de interacciones que existen entre todos estos mundos.

Es decir: 

Todo se remonta a la definición de autoridad. Los enlaces de los blogs ya no son lo único que se puede medir. Enlaces potencialmente valiosos son cada vez con más frecuencia compartidos en microcomunidades y redes sociales como Twitter, Facebook y FriendFeed y están desviando la atención y el tiempo de las respuestas formales en los blogs.

(…) Estamos aprendiendo a publicar y reaccionar al contenido en “tiempo de Twitter” y yo diría que muchos de nosotros pasamos menos tiempo bloggeando, comentando directamente en blogs, o escribiendo en blogs como respuesta a otros blogs debido a nuestra participación activa en microcomunidades. [Traducción mía]

Comunidades virtuales como el Facebook se están volviendo cada vez de mayor importancia – llegando incluso a suscitar levantamientos populares con sus propias conclusiones interesantes. Pero la tendencia es sugerente: los blogs de por sí colapsaron la valla de lo que significaba tener una voz en un cierto “espacio público”, porque cualquiera podía tener un blog y publicar lo que quisiera (obviamente dentro de ciertos límites, p.ej. aquellos con una computadora con acceso a Internet). Hasta ahí muy bien, pero aunque millones lo hicieron, no fueron millones los que continuaron haciéndolo (la gran mayoría de blogs son abandonados al poco tiempo) y, en general, hay una valla de entrada más o menos alta para comprometerse a publicar en un blog. Finalmente, uno tiene que dedicarse a escribir, con una cierta regularidad, a responder a comentarios, y si uno realmente quiere dedicarse, también a seguir otros blogs y comentar en ellos e insertarse en una comunidad. Cuando los costos se computan de esa manera, aunque en general siguen siendo bajos, ya no son tantos los que están tan dispuestos a meterse en el submundo de los blogs.

Luego, servicios de microblogging como Twitter vuelven a alterar esa ecuación. Reducen la valla aún más. ¿Quieres compartir algo? Puedes hacerlo en 140 caracteres. Enlaces, ideas, comentarios, lo que fuera. El costo de transacción de 140 caracteres vs. un artículo de un blog es drásticamente menor, e incluso, entonces, es hasta más accesible – lo cual hace sorprendente que la mayoría de personas a quienes les explico el sentido del Twitter lo encuentren bastante inútil. Si no tienes tiempo de bloggear, ciertamente tienes tiempo de actualizar tu feed de Twitter con cosas interesantes que vas encontrando a lo largo del día. Con la última actualización al Facebook esta premisa es ahora también central allí: actualizaciones pequeñas, constantes. Microcontenido.

Ojo – acá hay que tener cuidado de no entrar en el terreno del “pánico de reemplazo” (“replacement panic“), una expresión sumamente útil que encontré en A.K.M. Adam (curiosamente, teólogo y tecnologista). El pánico de reemplazo según Adam consiste en “el miedo – a menudo una reacción espontánea a las evaluaciones positivas de la tecnología en línea – de que los medios digitales suplantarán las interacciones físicas” [traducción mía]. A esto yo agregaría algo así como un “pánico de desplazamiento” (algo así como un “displacement panic”) – una suerte de miedo de que todo nuevo medio, sólo en virtud de ser nuevo desplazará al anterior. Creo que esta lógica lineal y pseudoevolutiva es demasiado simplista como para permitirnos entender lo que está pasando. Más bien, una idea de la convergencia mediática como de la que habla Henry Jenkins parece tener un poco más de sentido:

Por convergencia, me refiero al flujo de contenido a través de múltiples plataformas mediáticas, la cooperación entre múltiples industrias de medios, y el comportamiento migratorio de audiencias mediáticas que irían casi a cualquier lugar en busca del tipo de experiencias de entretenimiento que desean. Convergencia es una palabra que se las arregla para describir cambios tecnológicos, industriales, culturales y sociales, dependiendo de quién está hablando y de lo que cree que está hablando. [Traducción mía, pasaje de la introducción a su libro Convergence Culture: Where Old and New Media Collide - que, dicho sea de paso, hace poco descubrí está ya disponible en traducción al español.]

Bajo un concepto como el de convergencia nuestro panorama es sumamente más complejo, pero nuestro análisis, también, consigue ser mucho más completo. Me parece útil la idea de convergencia aquí y creo que viene vinculado a lo que venía diciendo – el movimiento de la atención desde los blogs a las microcomunidades y al microcontenido – y al título de este post, la idea de continuidad, por una cuestión en la que he venido pensando últimamente leyendo a Wittgenstein, y una idea tentativa y tentadora de que entre diferentes formas o juegos del lenguaje se articula una suerte de continuidad, de la misma manera que nuestra experiencia del mundo es continua y sólo arbitrariamente (y en función a objetivos específicos siempre) es que puede la experiencia volverse discreta para permitir su análisis. 

Continuidad. ¿Qué tiene que ver la continuidad en el lenguaje con los blogs, Twitter y Facebook? Que de la misma manera, nuestra experiencia como usuarios de todos estos medios se nos articula como una forma de continuidad en la cual nos vemos introducidos. El problema al cual apunta el artículo de Solis del que partí es que nuestras herramientas de medición no son capaces de abarcar la totalidad de este espectro, ni son capaces de establecer con claridad en qué puntos de quiebre deben establecerse las discontinuidades, como para configurarnos una imagen de cómo funciona este proceso. En el uso de estas herramientas, no nos detenemos a pensar cómo es que funciona la continuidad de cada uno de estos espacios al otro, simplemente los utilizamos para servir diferentes propósitos comunicativos.

Así, Twitter y Facebook reducen grandemente la barrera de entrada. Tomemos por ejemplo el fenómeno del RT o del retweet, en Twitter: consiste simplemente en copiar un mensaje de alguien más que encontramos interesante, pegarlo y distribuirlo entre nuestros seguidores, haciendo referencia al autor original. La amplificación de este fenómeno es potencialmente exponencial: RTs siguen a RTs que siguen a RTs, y en cuestión de segundos un mismo mensaje puede llegar a miles de personas. Dos notas: 1) esto hace que el hecho de participar sea muy simple, pues con un acto tan simple como la repetición puedo, ya, estar introducido en el flujo de los discursos (podría incluso ser considerado un gran retweetero, ¿por qué no?). 2) No partamos de creer que esto es ningún tipo de forma inferior. Ni tampoco caigamos en creer aquello que escribí hace dos oraciones, que esto es “simple repetición”. No podemos dejar de lado que en todas estas formas aparentemente simples opera siempre algún tipo de forma o medida de procesos de apropiación: aún el usuario que retweetea ha tenido primero que escoger a qué otros usuarios sigue, luego ha tenido que escoger cuál de sus mensajes retweetear. Aquel que sea considerado un “gran retweetero” destacará por su habilidad de combinar y equilibrar exitosamente, cuando menos, ambas estas variables.

Desde y hacia estos puntos de entrada fluyen los diferentes contenidos, transformándose en el camino. Yo mismo he tenido esta experiencia últimamente. Descubrí la posibilidad de enlazar mi fuente de favoritos del Google Reader con mi perfil de Facebook, y ahora puedo “recomendar” enlaces directamente desde el primero hacia mi red en el segundo. Esto me sirve, entre otras cosas, para promocionar enlaces hacia este blog – y, de hecho, revisando las estadísticas recientes encuentro que un número considerable de visitantes llegan hasta aquí desde el Facebook. De la misma manera descubro enlaces recomendades y recomiendo otros a través del Twitter, que a menudo me redirigen hacia artículos en blogs, a los que luego me suscribiré y luego recomendaré, o que podré utilizar para referir en otros artículos, y en fin, la cadena continúa. Nuestras interacciones están dispersas entre diversos espacios virtuales y no virtuales también, y hoy están articuladas las interacciones que permiten que el discurso y nuestra experiencia fluya de manera más o menos continua de un espacio a otro.

Así, me veo en la necesidad de revisar aquello hacia lo que antes iba, que los blogs de alguna manera iban a empezar a consolidarse en proveedores de contenido más complejos (o al menos creo que antes iba a eso), para empezar a fijarme, más bien, que el soporte de estos contenidos (lo que viene de una lógica muy blog) termina cediendo al flujo y la continuidad del desplazamiento de estos contenidos entre diferentes soportes. Convergencia y continuidad: mi experiencia de consumo de contenidos en diferentes medios, que además está cada vez más entretejida con mi experiencia de apropiación y creación en cada uno de estos, se vuelva una experiencia continua, cuyos pliegues son, por ahora, difíciles de distinguir.

Apropiación

Estoy un poco fascinado con la categoría de la apropiación últimamente. Puede entenderse de múltiples maneras, pero así bien en general, me refiero a la manera en la cual nosotros recibimos diferentes conjuntos de inputs y metemos de nuestra propia cuchara antes de lanzarlos de vuelta al mundo – sea comunicándolos, actuando en base a ellos, o lo que fuera. Es decir, no hay tal cosa como actuar sobre un input puro, o comunicar de manera perfectamente fiel un mensaje, sino que siempre en el camino realizamos algún tipo de apropiación de lo que se nos comunica antes de reutilizarlo.

La idea volvió ayer cuando vi la película de Emir Kusturica, Gato Negro Gato Blanco. Excelente película, dicho sea de paso. El asunto es que me pareció interesante la manera como en la película queda reflejada la manera como la cultura balcánica que es retratada hace una apropiación sumamente singular de lo “occidental”, en particular de la dinámica capitalista. Kusturica, finalmente, está retratando también el universo sincrético de la Europa oriental post-muro y el influjo de occidentalismo capitalista que ingresó luego de eso, y la manera como estos fenómenos de diferentes maneras fueron reconciliados por la cultura y reconciliados además con una tradición cultural previa.

Quizás el personaje donde más claramente queda reflejada esta “apropiación” particular de la dinámica del capitalismo sea el personaje de Dadi, un “héroe de guerra” al que se le reconoce porque todo le ha salido bien: tiene mucho dinero, una enorme casa, autos, mujeres, etc. Es un mafioso matonesco, coquero y mujeriego, pero que no deja de mantener respeto por la tradición a la que pertenece – su gran angustia es que no ha podido cumplir con la última parte del testamento de su padre, casar a su hermana.

Dentro del universalismo propio del liberalismo económico, y del liberalismo general, esto termina pareciendo algo así como una contradicción. Pues, supuestamente, cuando los agentes económicos son librados a su suerte en un mercado libre, cada uno debería perseguir sus fines individuales de una manera racional y eficiente. Pero el asunto es justamente que nada, ni siquiera el liberalismo económico, se monta nunca sobre una hoja en blanco. El capitalismo llegó a los Balcanes y a orillas del Danubio para construirse sobre una cultura y una tradición muy antiguas, y sobre un mundo político y una realidad social que existían previamente con personajes como Dadi y el tío Grga y Matko. En otras palabras, no hay tal cosa como un capitalismo puro, sino que éste siempre, como proceso, es apropiado en las diferentes realidades particulares en las que ingresa. Sólo así puede entenderse la expresión búlgara a la que refiere Dadi: “si no puedes resolver un problema con dinero, intenta resolverlo con mucho dinero”, o algo así.

Obviamente, con esto no intento negar el efecto homogenizante que tiene la lógica capitalista alrededor del mundo. Definitivamente hay una lógica un tanto perversa en el hecho de que ahora, casi todos podemos comer la misma Big Mac en casi cualquier parte del mundo (aún a pesar de la “Royale with cheese” que menciona Vincent en Pulp Fiction). A lo que voy es que nos estamos perdiendo de dimensiones crucialmente importantes a la hora de analizar estos procesos – quizás las más interesantes, incluso – si no caemos en cuenta también de que estos procesos no son asimilados ciegamente, sino que adoptan diferentes configuraciones según las diferentes maneras como son apropiados por realidades particulares.

Últimamente estoy hablando bastante de capitalismo. Me da un poco de miedo. Pero en fin, creo que seguiré volviendo sobre la idea de apropiación más adelante.