De Peugeot a Latour, o el peligro de la tecnología como caja negra

Vi circulando en las últimas horas entre usuarios peruanos de Facebook y Twitter esta historia sobre un usuario que describe haber sido sistemáticamente engañado por Braillard, el representante peruano de Peugeot, en la compra de un nuevo auto. Escojo rebotarla, en primer lugar, porque si efectivamente las cosas han sido como las describe (y no tengo más información que la incluida en el artículo), es no solo preocupante sino también indignante, y la circulación abierta de información sobre este tipo de casos contribuye a fortalecer nuestra capacidad colectiva para resistir y evitar este tipo de cosas. En otras palabras: casi la única manera de que esta historia tenga un final medianamente feliz es que toda esta situación se vuelva un desastre de relaciones públicas para Braillard y se vean obligados a remediar el asunto. (Los problemas de este mismo tipo de acciones colectivas los he comentado ya hace un tiempo también.)

La segunda razón por la que he querido circular la historia es porque es una narración sumamente detallada que ilustra el peligro de que las tecnologías que nos rodean sean tratadas como cajas negras a las cuales no tenemos acceso, e ilustra también las complejidades de estas mismas tecnologías como sistemas sociotécnicos que se ramifican en redes a través del planeta. Luego de haber estado releyendo esta semana un poco de Reensamblar lo social, el libro de Bruno Latour que funge como introducción a la teoría del actor-red (muy bien reseñado aquí por Javier Urbina), la descripción de cómo una empresa peruana comercializa y vende un automóvil bajo una marca francesa ensamblado con partes fabricadas en diversos lugares del planeta termina siendo una excelente descripción de cómo las tecnologías que usamos se despliegan a través del planeta como redes complejas y muchas veces opacas, si no invisibles. En la medida en que nos posicionamos como consumidores, muchas veces perdemos de vista o simplemente desconocemos estas redes, y eso puede resultar frecuentemente en que nos encontramos sometidos por estas tecnologías, o sometidos por aquellos que manipulan la caja negra para mantenernos en la oscuridad.

En resumen, la historia va así: el usuario compra un auto nuevo, que empieza a fallar poco después de haber sido comprado. Sin entender bien qué falla o por qué, acude al vendedor, quien dilata el proceso y muy posiblemente esconde y manipula información sobre la falla hasta que expire la garantía, luego de lo cual procede a intentar cobrarle al usuario por todos aquellos problemas que muy probablemente han venido mal de fábrica o, peor aún, han sido causados por el mismo vendedor. En el camino, el usuario descubre como ciertos mitos sobre diseño (por ejemplo, la calidad y diferencia entre autos diseñados en China, Japón, Francia o Italia) chocan contra sus propias realidades y que, a pesar de estas banderas nacionales afiliadas a ciertos productos, un Peugeot o cualquier otro auto es realmente un auto hecho en su supuesto país de origen – son, más bien, ensamblajes (literales y figurados) de partes que provienen de múltiples lugares del mundo y que forman una cadena de agencias y responsabilidades sumamente difíciles de distinguir. Es aquí donde vemos claramente cómo Peugeot se vuelve Latour.

No se trata, además, solo de la cadena productiva. No son solo las piezas ensambladas – estamos aquí presenciando ensamblajes sociotécnicos donde participan de la cadena también conceptos como marcas, creencias sobre culturas nacionales, experiencias de redes sociales, prácticas comerciales internacionales, relaciones entre franquicias y franquiciados, interacciones entre sistemas que son a su vez complejos, y demás. La explicación no se reduce solamente al hardware, sino que el software que maneja todo el proceso es también un sistema complejo movilizado por su propio conjunto de tecnologías y piezas en movimiento que pueden terminar siendo igualmente opacos: por ejemplo, la comunicación de Braillard, el vendedor del auto, hacia el usuario, parece consistentemente estar diseñada para perpetuar la oscuridad de todo el proceso y mantener al usuario en relación total de dependencia. Es, además, un oscurantismo construido sobre la idea de que los usuarios son incapaces de comunicarse entre sí o acceder a fuentes de información fuera de la oficial, algo que a lo largo del proceso prueba ser falso (así como el consiguiente rebote de la historia de denuncia).

El resultado es una lección sumamente elaborada sobre la importancia de la alfabetización tecnológica, que no quiere decir saber usar Word y Excel, ni “música en MP3, Messenger con mis amigas” como decía un noventero comercial de CableNet. Saber usar tecnologías tiene en el fondo poca relación con entender cómo funcionan esas tecnologías: saber, si no en detalle cómo se configuran las redes que las hacen posibles, por lo menos que existen tales redes, y que esas redes son accesibles y comprensibles, nos acerca más a entender cómo se despliegan en el mundo. Tener este tipo de conocimiento y saber cómo adquirirlo en caso de necesitarlo – saber, por ejemplo, el tipo de preguntas que uno puede formular respecto al origen o calidad de un auto, y cómo puede intentar responderlas – es un recurso sumamente valioso para fines cotidianos en los cuales estamos adquiriendo e interactuando con estas tecnologías. Abrir las cajas negras, en otras palabras, es una condición casi indispensable para que a uno no le metan la rata.

Esto mismo aplica en todo tipo de contextos. De hecho, dos situaciones donde lo he visto mucho es cuando la gente compra computadoras nuevas, o cuando uno tiene que pedir soporte técnico para su conexión a Internet. En el primer caso, es sumamente normal que un vendedor exagere propiedades y beneficios y que un usuario con poca información termine comprando algo que no necesita o que no cumple con sus verdaderos requerimientos: uno va a la tienda, y entre gigahertz, teraflops, gigabytes, nombres de marcas, prejuicios y experiencias previas, marketing, y demás, puede fácilmente terminar atolondrado por el proceso. O en el segundo caso, uno llama a servicio técnico para escuchar muchas veces que “no, eso es un problema del lado del usuario”, cuando muchas veces no es verdad y nada ha cambiado del lado del usuario (“Uy, ¿se conectó otra computadora a su red wi-fi? Debe ser eso entonces, nosotros no damos soporte para eso.“).

Cuando hablamos de sistemas sociotécnicos, y cuando hablamos de actores-red, esencialmente estamos hablando de este tipo de experiencias y en contra de su opacidad. En la actualidad, promover la transparencia de las cajas negras que nos rodean no solo es un tema de curiosidad anecdótica, sino que termina siendo un tema de empoderamiento del usuario, del consumidor, del ciudadano. De ninguna manera intento decir que, en la historia referida arriba, me parezca que esto es culpa o responsabilidad del usuario. Por el contrario, creo que este usuario ha sido víctima precisamente de esta opacidad, y que su historia persona ilustra bien por qué debería importarnos abrir las cajas negras – e, idealmente, hacerlo sin tener que atravesar el proceso para descubrir por qué es importante. En un mundo, tal como lo describe Latour, donde estamos rodeados por actores no-humanos que ejercen agencia sobre nosotros, nos vemos forzados a inventar mecanismos para preservar nuestra propia capacidad de agencia y evitar que esta sea delegada en su totalidad a sistemas de los cuales no tenemos mayor comprensión.

Situando los discursos sobre la tecnología

Notas tras el primer día de #filoenredes

Aunque hay varias cosas, interesantes y no tanto, que habría que comentar sobre el primer día del coloquio Redes de la Filosofía | Filosofía en las Redes, hay una idea en particular que quería anotar antes de perderla. Surge luego de escuchar varias de las presentaciones de ayer y de conversaciones posteriores sobre ellas, y gira alrededor de cómo situar los diferentes discursos que se hacen sobre la tecnología a lo largo de diversos ejes. Por supuesto, nótese además que esto es excesivamente preliminar.

Se me ocurre que los discursos sobre la tecnología (ojo, los discursos, no las tecnologías mismas) pueden posicionarse en algún lugar a lo largo de dos espectros: por un lado, uno de los espectros oscila entre la tecnofilia, o el optimismo tecnológico (alguna variante de “la tecnología nos salvará”) y la tecnofobia, o el pesimimo tecnológico (“la tecnología nos condenará”). Sin tener necesariamente que adoptar alguno de estos polos, los discursos tecnológicos normalmente se inclinan por alguna de estas orientaciones.

Al mismo tiempo, estos discursos pueden posicionarse a lo largo de otro espectro en función de cómo caracterizan a la tecnología. El discurso clásico y, a mi juicio, el más incompleto es el que considera la tecnología simplemente como herramienta, como receptáculo de la voluntad de un individuo racional. La forma como forma, como vehículo de nuestra intencionalidad, “no es ni buena ni mala, sino que depende de cómo la usamos”. Es lo que me parece, digamos, el polo más ingenuo. Una posición basante más elaborada es la que toma la tecnología como un sistema complejo, un tejido no sólo de materialidad sino también de prácticas, procesos e instituciones que no reciben meramente la voluntad del individuo, sino que contribuyen a darle forma al definir su espectro de posibilidades. Pero el polo opuesto de este espectro lo representan los discursos que llevan la tecnología al punto de la ontología, dándole carácter autónomo o semi-autónomo y cierto grado de agencia o autodefinición. En este espectro es donde encontraríamos posiciones como las del Object Oriented Onthology o el Actor-Network Theory.

Podríamos decir, también, que ambos ejes se pueden representar como cruzándose, pues cualquiera de estos discursos se ubicará necesariamente en algún lugar de ambos de ellos. Y podríamos, por ello, quizás representarlos así:

Complementos (Continuidad cont.)

De nuevo es culpa del café, esta vez tarde por la madrugada. Pero encontré algunos pasajes que complementan muy bien las ideas que intenté compilar hace un par de días, y brindan herramientas conceptuales que ayudan a darles un poco más de sentido. Estos pasajes son de la serie “If It Doesn’t Spread, It’s Dead“, una serie de artículos de Henry Jenkins, Xiaochang Li, Ana Domb Krauskopf y Joshua Green, que sigo recorriendo y están geniales.

Hay cosas muy buenas acá que complementan y amplían cosas que intento decir torpemente. Una de estas cosas es la importancia y la complejidad del fenómeno de la apropiación, y la idea de que usuarios de estos lenguajes – Daniel ha apuntado, me parece que con mucha razón, en un comentario al post anterior, que aquí se trata de una continuidad entre juegos del lenguaje no solamente limitados a los nuevos medios – apropian y transforman mediante su uso los mensajes que comunican. La manera como lo hacen es, en su forma más básica, la selección y discriminación de la información que escogen compartir con sus redes sociales, algo que intenté ilustrar con el ejemplo del “buen retweetero”. Me gusta, además, que siguiendo esta vía puedo llegar a otro punto interesante, que es la manera como todos somos hoy, en mayor o menor medida, una nueva forma de curadores de información.

Los consumidores en este modelo no son simplemente “huéspedes” o “vehículos” de ideas ajenas, sino promotores de base de materiales que son personal y socialmente significativos para ellos. Han filtrado el contenido que consideran tiene poca relevancia para su comunidad, mientras enfocan su atención en el material que piensan tiene una importancia especial en este nuevo contexto. La replicabilidad [spreadability] depende de aquel agente inteligente individual — la mente humana — para abrirse camino entre la maraña de una cultura hipermediada y facilitar el flujo de contenido valioso a través de un mercado fragmentado. Bajo estas condiciones, los medios que permanecen fijos en su posición y estáticos en su forma fracasan en generar suficiente interés del público y son por tanto dejados de lado en estas conversaciones en curso. [Traducción mía, de “If It Doesn’t Spread, It’s Dead (Part Two): Sticky and Spreadable — Two Paradigms“.]

Mi concepto de lo que es la “curaduría” se vio radicalmente transformado el día que encontré en línea una colección de links sobre un tema, con una nota al principio indicando al responsable de “curar” la colección. Y claro, tiene todo el sentido del mundo: lo que un curador hace, finalmente, es esa selección, mantenimiento y conservación de un recurso para el público. Hoy todos terminamos siendo curadores de algo, al menos potencialmente: en el caso más simple, dedicamos largas horas narcicistas a “curar” nuestra propia presencia en línea. El tiempo dedicado, por ejemplo, a mantener un perfil en Facebook es el equivalente a curar mi propia imagen pública: actos tan simples como escribir un saludo de cumpleaños en el muro de otra persona, o comentar sus fotos, mantienen vivos mis vínculos sociales con los demás y comunican, con mayor o menor consciencia, una cierta imagen y percepción de mí que quiero mostrar a los demás.

No pude ir a SXSW09 ( :( ) pero al menos pude recibir algunas noticias vía Twitter. Uno de los comentarios que más me llamó la atención fue uno que decía algo así como “Google no es un buscador – es una herramienta para gestionar reputaciones”. La idea del curador digital que todos llevamos dentro va también por ese lado, y que en un mundo Google curamos colecciones de información sobre los temas de nuestro interés entre los cuales suele estar, por supuesto, nosotros mismos.

Nos involucramos con estas colecciones de información, adoptamos roles de curadores y compartimos enlaces y comentamos en artículos basados en aquellas cosas que nos atañen personalmente, con las cuales nos vemos personalmente comprometidos (esta idea empieza a resonar extrañamente familiar). No podemos reducir nuestra función social a simplemente reproducir información que viene de otras fuentes, aún cuando nos veamos tentados, de entrada, a pensar que así es como parecen funcionar las cosas.

Como norma, estamos engañados cuando nos enfocamos en lo que los medios le hacen a las personas en lugar de intentar entender lo que las personas hacen con los medios y por qué. Partimos de la premisa de que los consumidores sólo contribuirán a facilitar la circulación del contenido mediático cuando sea personal y socialmente significativo para ellos, cuando les permita expresar algún aspecto de su autopercepción o les posibilite transacciones valiosas que fortalecen sus lazos sociales con otros. [Traducción mía, de “If It Doesn’t Spread, It’s Dead (Part Three): The Gift Economy and Commodity Culture“.]

Con lo cual, entre otras cosas de las que somos curadores, es de los lazos sociales que construimos a nuestro alrededor. De una u otra manera, acumulamos un cierto “público” – lectores de mi blog, amigos en Facebook, seguidores en Twitter, suscriptores en YouTube, etc. – que han ingresado en esta red porque de una u otra manera tienen algún tipo de interés en algo que digo o hago (aunque también podría ser por compromiso). Esa dotación de confianza es algo que nos vemos en la necesidad de preservar y mantener. Es cuando rompemos esa relación de confianza que tenemos con la comunidad a nuestro alrededor que empiezan a surgir los problemas. Y la principal manera, al parecer, como mantenemos sólidos estos lazos flexibles con redes de personas a menudo conformadas por personas que no son realmente cercanas, es compartiendo con ellos cosas que nosotros consideramos relevantes e importantes.

Este compartir no es trivial, ni es una pequeñez. Es algo a lo que tuve oportunidad de acercarme en mi investigación final terminando el pregrado, y llegué a comentarlo de pasada como la relación entre las emociones y nuestras tomas de decisión, y cómo se relacionaban con el problema del exceso de información. Así en gran, gran resumen: no podemos saberlo todo, y de hecho, hay tanto por saber hoy día que ni siquiera podemos saber un buen pedazo de ese todo. Al mismo tiempo, eso no quita que nos vemos obligados a evaluar enormes cantidades de información para poder tomar decisiones. ¿Cómo hacemos? Nos distribuimos la chamba. Y puedo apoyarme en el criterio de personas en las que confío para ayudarme a seleccionar solamente aquellas cosas que son realmente relevantes de analizar para poder tomar mejores decisiones en el mundo.

De aquí se desprende una enorme responsabilidad que felizmente nos es bastante transparente, pero que enfatiza aún más el sentido en el que somos “curadores” dentro de una comunidad. Los demás están confiando en mí cuando comparto algo con ellos – un video en YouTube por ejemplo – y lo hacen porque antes han tenido motivo para hacerlo. No se trata de que cuando me equivoque, dejarán de ser mis amigos. Pero sí se trata de que mi vínculo con ellos se mantiene activo y sólido en la medida en que el intercambio se mantenga. Lo cual es una manera excesivamente complicada de decir que uno debe tratar bien y cuidar a sus amigos.