Emprendimientos intelectuales

Surgió una discusión interesante en la presentación sobre la ética hacker hace un par de semanas. El tiempo era limitado así que no había lugar a explayar todos los puntos y temas que me habría gustado. Pero una de las preguntas más interesantes vino de Ciro Alegría quien, en pocas palabras, preguntó por cómo se ve esto realmente. Es decir, todo suena interesante a nivel de modelo teórico, ¿pero cómo funciona en la práctica? Si todos son hackers, cada uno puede más o menos construir su propio modelo y sus propias reglas sin depender de grandes instituciones articuladoras, ¿qué lugar, qué posibilidades quedan para los intelectuales y los académicos?

Pregunta válida, y bastante difícil de responder. Pero es, además, de particular relevancia cuando las principales instituciones que han albergado a los intelectuales por siglos se están encontrando socavadas por todos lados. Hay dos temas fuertemente relacionados: si la universidad, como modelo/institución, empieza a perder capacidades y a ceder terreno, los intelectuales que tradicionalmente han dependido de ella se quedan un poco en el aire. Pero al mismo tiempo, si estos mismos intelectuales empiezan a encontrar maneras más directas de llegar a sus públicos, sin tener que pasar por la mediación administrativa de la universidad, empiezan a construir sus propios espacios (y al mismo tiempo, a quitárselo a la universidad y a la educación tradicional).

La universidad ha venido cumpliendo una importante función mediadora. Básicamente, brindaba los canales para agregar y articular una cierta demanda por productos de conocimiento y permitía conectar con cierta eficiencia esos productos con los intelectuales capaces de brindar esos productos y servicios, pero que no tenían por sí mismos los medios para generar y reunir su propia demanda.

Pero ese obstáculo, en realidad, ya no existe. El problema existente para el intelectual solía ser su imposibilidad para llegar directamente a un mercado muy específico – por ejemplo, era virtualmente imposible para un filósofo llegar a un grupo de gente interesada solamente en la formación filosófica. Con la tecnología disponible actualmente, sin embargo, esto deja de ser un problema: así como los autores y los grupos de música encuentran que ahora tienen líneas de comunicación directa con sus seguidores, eliminando la necesidad de intermediarios, lo mismo puede decirse de estos intelectuales y académicos. Si de lo que se trata es de ganarse la vida a partir de su conocimiento, hoy día es posible que identifiquen y agreguen su propia demanda a un costo infinitamente menor que el de una institución grande, mientras al mismo tiempo retienen para sí mismos el íntegro de los ingresos por brindar esos servicios. Puesto en términos más simples, la tecnología disponible hoy les permite quedarse con la plusvalía generada por sus actividades productivas.

Sin embargo, que se pueda no necesariamente quiere decir que funcione. Hay muchas variables más en el modelo: temas de certificación, de status, etc., en los cuales la universidad ejerce una función. Pero si de eso se trata, entonces tenemos que partir de reconocer que de lo que se trata la universidad ya no sería propiamente de educación, y habríamos de preguntarnos si es, además, la mejor solución que podemos ingeniarnos para resolver estos problemas periféricos.

Existe en potencia, entonces, una oportunidad de mercado para aquellos intelectuales que quieran explorar la posibilidad de generar sus propios espacios. En teoría, es incluso una posibilidad que les reportaría mayores libertades y mejores retornos económicos que el actual modelo – aunque dadas como están las cosas, lo que dejarían a cambio sería legitimación institucional. Pero que algo así funcione requeriría que empiecen a pensar en la manera como sus conocimientos deben de transformarse en emprendimientos intelectuales, algo para lo que notablemente están poco preparados. Gestionar todas las dimensiones de un emprendimiento intelectual implica asumir niveles de riesgo totalmente opuestos a los que uno asume en el contexto universitario, donde las cosas son, más bien, generalmente estables y predecibles (pero no por eso necesariamente certeras, tampoco). Implica, además, dedicarse a un universo de cosas que va más allá de sus conocimientos e intereses: implica esfuerzos organizativos, esfuerzos de marketing, y demás, para los que muy probablemente no tendrán formación y quizás hasta menos interés. Son los diversos aspectos que uno forzosamente debe asumir cuando abandona el paraguas de la protección institucional de la universidad.

De modo que esto no es un desarrollo automático ni utópico, sino que ofrece posibilidades interesantes para aquellos que por ahora estén dispuestos a asumir el riesgo. Es un universo complicado, pero por el momento quería dejar estas notas iniciales como para empezar a asentar la idea de “emprendimientos intelectuales” para poder seguir elaborándola y explorándola en las próximas semanas.

¿Crisis en la educación superior?

En realidad, no es sólo la filosofía o las humanidades en general las que están en peligro dentro de la educación superior. Cada vez encuentro más lecturas que, más bien, hablan de una crisis en general de la educación superior, desde múltiples frentes: o porque está siendo absorbida por el mercado y convertida en una educación técnica, o también porque simplemente (quizás por lo mismo) ya no es un lugar del que se puedan esperar las ideas y las habilidades que requieren las nuevas economías. Dos caras de la misma moneda, pero que jalan hacia dos lados: o la universidad no se parece lo suficiente a lo que era antes, o la universidad no se parece lo suficiente a lo que necesitaremos mañana.

Dos discusiones interesantes: en TechCrunch, Jon Bischke y Semil Shah comentan sobre innovaciones desde el sector privado en el rubro de educación que amenazan a la universidad con la obsolescencia. Todo esto viene días después de una polémica en el mismo sitio en torno a un programa del inversionista superstar Peter Thiel financiando a jóvenes universitarios para abandonar sus carreras y formar empresas. El argumento de Thiel es que la educación superior se ha convertido en una burbuja: los costos suben desproporcionadamente, al mismo tiempo que por la saturación del mercado profesional el valor de los títulos, en consecuencia, baja. Y la burbuja debe reventar en algún momento.

Según Bischke y Shah, esto se está reflejando también en que existen maneras más eficientes y efectivas de cumplir el rol de la universidad de enviar “señales” a la sociedad que certifiquen la formación de un individuo. Si se trata solamente de esta capacidad de señalización y certificación, hay mejores maneras de hacerlo con las tecnologías disponibles.

With all this progress, the toughest nut to crack is tuition. One possible explanation for rising tuition is that universities have long held a monopoly on labor market signaling. Graduating high-school students, for instance, may have been less likely to advance in their careers or society without an undergraduate degree and, increasingly, without some sort of graduate degree. To date, universities have been the only real provider of such signals that young hopefuls need in order to convince employers to hire them.

The tide may be starting to shift. In Silicon Valley, for example, Y Combinator provides a learning environment that looks somewhat similar to an institute of higher learning, but rather than create graduates shouldering debts (which impact their career choices), it produces graduates who learn relevant skills, create companies, and earn money along the way.

Desde el otro lado del charco, Hugo Pardo Kuklinski en Digitalismo discute la necesidad de mirar fuera de la caja en la educación superior española, amenazada por la endogamia y el peligro de la cámara de resonancia. La universidad, como tal, se ha convertido en una máquina de reproducción del status quo – donde los estudiantes son, naturalmente, incentivados por sus profesores a seguir sus mismos pasos, y donde por la naturaleza burocrática de la institución, la ideas periféricas y alternativas permanecen, siempre, como periféricas y alternativas. Lo que eso está generando sería, más bien, que la innovación en la vida académica y en las ideas que se manejen sucedan cada vez más en la frontera de la universidad, o ya por completo por fuera.

El sistema te pide que te acredites y demuestres tus méritos, que investigues, que publiques. Hasta allí todo correcto. Pero luego esos méritos no tienen valor si antes no te has pasado diez años esperando tu oportunidad como en la fila de una panadería. Las instituciones no potencian los flujos transversales de docentes y alumnos (físicos e interaccionales). Emigrar a hacer investigación puede ser contraproducente. Es mejor quedarse “esperando en la fila”, no sea cosa que luego “no me den la plaza” por no estar presente para hacer lobby. La endogamia en la selección del profesorado es un cáncer del sistema universitario iberoamericano que afecta la competitividad, el crecimiento profesional meritocrático y la calidad de las instituciones.

La lógica de la operación del sistema, de esta manera, hace que sólo se puedan reproducir las mismas ideas ya existentes en el mismo ecosistema, sin que haya lugar a mayores exploraciones. Lo cual hace, a su vez, que muchos nuevos profesionales no tengan más remedio que buscar espacios fuera del ámbito universitario para explorar sus intereses, para ya nunca volver a integrarlos a la reflexión desde el espacio universitario. Todos pierden, porque a estos nuevos profesionales les termina resultando más difícil y lento abrirse nuevos espacios, y la universidad termina perdiendo gente capacitada e ideas interesantes que la harían crecer y mantenerse.

Pero, en realidad, quien peor la pasa es la universidad. La disponibilidad de nuevas tecnologías digitales reduce enormemente los costos de transacción para que estos nuevos profesionales puedan organizarse, comunicarse, y empezar a producir. A tal grado que, en unos años, quizás podrían hasta prescindir de la universidad completamente. Cosas locas que pasan.

P.D.: Un poco más sobre la idea de que hay una burbuja en la educación superior de parte de The Economist:

The idea is that people are spending too much on higher education, taking on too much debt, and failing to get the reward they expect. This bubble is bound to burst, and will leave American colleges and universities with huge over-capacity.

Buenos argumentos y datos para señalar que, aunque hay indicios para pensar en esto, aún el argumento no está del todo consolidado.

P.D.2: Seth Godin compara el valor de pagar por educación con el de pagar por una marca, en la línea de lo mencionado más arriba sobre las “señales” que envía la educación al mercado:

Does a $40,000 a year education that comes with an elite degree deliver ten times the education of a cheaper but no less rigorous self-generated approach assembled from less famous institutions and free or inexpensive resources?

If not, then the money is actually being spent on the value of the degree, on the doors it will open and the jobs it will snag. If this marketing strategy works big, it pays for itself in no time.

Más sobre la “extinción de la filosofía”

Algunas notas complementarias a las pregunta del otro día sobre si la filosofía está en peligro de extinción cuando se pone en juego su apoyo institucional universitario (hay, además, buenos comentarios que han llegado al post original).

1. Slavoj Zizek da una buena entrevista al diario El País de España, del cual saco un pequeño fragmento relevante:

Ahora mismo estoy en Londres y tenemos una huelga masiva en la educación superior. El Plan Bolonia es una catástrofe. La derecha quiere suprimir las humanidades. En vez de pensadores, quieren convertirnos en expertos que cumplan los encargos que las élites plantean. Me parece importante defender que los grandes problemas nos conciernen a todos. La derecha debería estar en contra del Plan Bolonia. Convertir la Universidad en una empresa es mucho más peligroso para Europa que el fundamentalismo islámico.

Lamentablemente no entra aquí en más detalle. El Plan Bolonia es un convenio de la Unión Europea para homologar títulos y programas educativos a través de sus realidades nacionales, y fomentar el proceso de una serie de reformas universitarias comunes y alineadas. El proceso ha atraído múltiples críticas particularmente por considerar que elitiza la educación superior y que se concentra en formar trabajadores, en lugar de profesionales.

2. En otras noticias, un artículo del Harvard Business Review señala que para conseguir ideas innovadoras las empresas deben contratar gente de las humanidades, en lugar de sus canteras acostumbradas. Aunque he comentado antes sobre esta relación, es algo muy diferente que lo diga yo a que lo diga el Harvard Business Review, sobre todo porque el HBR lo leen directamente empresarios y funcionarios que efectivamente pueden hacer algo al respecto. Señala el HBR:

This is because our educational systems focus on teaching science and business students to control, predict, verify, guarantee, and test data. It doesn’t teach how to navigate “what if” questions or unknown futures. As Amos Shapira, the CEO of Cellcom, the leading cell phone provider in Israel, put it: “The knowledge I use as CEO can be acquired in two weeks…The main thing a student needs to be taught is how to study and analyze things (including) history and philosophy.”

People trained in the humanities who study Shakespeare’s poetry, or Cezanne’s paintings, say, have learned to play with big concepts, and to apply new ways of thinking to difficult problems that can’t be analyzed in conventional ways.

No deja de haber un toque de ingenuidad en esto, como si uno pudiera tomar a un humanista recién formado, ponerlo en un entorno corporativo y ver cómo suceden milagros inesperados. Hay una serie de capas intermedias y aprendizajes que explorar y promover para que algo así pueda pasar. Y hay, también, muchísimos prejuicios que reconsiderar que vienen de ambos lados del espectro.

3. Vivek Wadhwa publicó para TechCrunch hace unos días un artículo contraponiendo necesidades educativas desde los puntos de vista de Bill Gates y de Steve Jobs. Para Wadhwa la posición de Gates se ve reflejada no sólo en sus esfuerzos por repotenciar la educación en matemática, ciencia y tecnología en EEUU, sino por extensión en sus productos poco elegantes, poco amigables y con el tiempo cada vez menos populares. En cambio, Steve Jobs ha hablado públicamente sobre cómo el diseño de los productos de Apple son una combinación entre un enfoque de ingeniería y de las humanidades (“liberal arts”) que hace que sus productos sean mucho más inteligentemente diseñados y, en los últimos años, han hecho de Apple quizás la compañía tecnológica más importante del mundo. El mercado, parecería, le está dando más la razón a Jobs que a Gates.

Because I am a professor at the Pratt School of Engineering at Duke University, and given all the positive things I say about U.S. engineering education, The Times assumed that I would side with Bill Gates; that I would write a piece that endorsed his views. But, even though I believe that engineering is one of the most important professions, I have learned that the liberal arts are equally important. It takes artists, musicians, and psychologists working side by side with engineers to build products as elegant as the iPad.  And anyone—with education in any field—can achieve success in Silicon Valley.

En resumen: la crisis de las humanidades en las universidades contemporáneas es trágica, pero real y creciente. Eso es en sí mismo un problema. Pero también empiezan a aparecer espacios de problemas interesantes donde los filósofos y los humanistas pueden encontrar oportunidades para desarrollarse, asumiendo, claro, disposición de ambos lados del espectro.

De todos modos, creo que aquí vemos que se apunta a algo mayor. Hay, claramente, valor en estas ideas, en estos conocimientos y en estos procesos mentales (valor que se puede definir de múltiples maneras). Y hay un espacio que tiene problemas graves para definir su identidad, como es la universidad. De modo que hay, también, una gran oportunidad y mucho potencial para redefinir o recrear espacios de pensamiento, de reflexión, de crítica, que no necesariamente sean académicos o universitarios, que sí exhiban múltiples formas de valor, donde los filósofos puedan hacer lo que más les gusta de múltiples maneras.

No es que sepa cuáles son ni que tenga la respuesta, pero sí empiezo a notar cómo empiezan a aparecer una serie de piezas del rompecabezas.

Zizek, el Plan Bolonia, el Harvard Business Review, Bill Gates, Steve Jobs. Un buen sábado por la tarde.

Los blogs y la subversión de la academia

Mucho se ha dicho en una serie de blogs vinculados a la ontología orientada a objetos sobre la relación entre las publicaciones académicas y los nuevos formatos disponibles a los autores como los blogs. Son muchas fuentes y prefiero dirigirlos al buen resumen de la discusión que ha hecho Daniel Luna, capturando la diversidad de perspectivas y metiendo su cuchara.

Recojo la conclusión de Daniel:

Bueno, ¿qué podemos decir después de todo este recorrido? Simplemente que la academia y la blogósfera no tienen que ser enemigos. No tiene que haber antagonismo y polarización entre lo “serio” y lo “superficial”. Ambos medios, y muchos más, pueden servirnos para desarrollar una mejor producción intelectual. Ambos espacios pueden enriquecerse y no debe pretenderse que uno logrará acabar con el otro. En nuestro medio local, publicar es difícil por recursos y creo que si los estudiantes que tienen intereses académicos empiezan a escribir desde temprano podrán ir desarrollando mejor sus ideas, su manera de escribir, sus habilidades para discutir por escrito y quién sabe, quizá hasta ir desarrollando los Grundrisse para una tesis, trabajos, ensayos, ponencias o artículos. Creo que bloggear sería un complemento excelente para un futuro académico que recién es estudiante y se encuentra en sus primeros años. Quizá en el futuro sea algo tan recomendable como aprender más idiomas (¿qué es un medio sino otro tipo de lenguaje?).

Creo, sin embargo, que el antagonismo en este momento es un tanto inevitable, y es hasta un poco deseable. Con el tiempo, sí, a medidas que cada medio/formato encuentre su propia, nueva delimitación, entonces sí la relación podrá ser algo más pacífico. Pero sí me parece que la publicación en blogs está cumpliendo una función sumamente necesaria: está subvirtiendo el orden conocido de las publicaciones académicas, está siendo una fuente de profunda incomodidad.

Entonces, a todo esto, algunos comentarios:

1. Creo que algo que recoge Daniel y otros de los comentaristas que cita es que los blogs en la frontera de lo académico están subvirtiendo relaciones de poder en torno a lo académico. Hace unos años, era impensable que un alumno sin títulos nobiliarios pudiera volverse más conocido y popular respecto a un tema que sus profesores. Ahora es algo relativamente común. Como señala Daniel en su conclusión, en realidad NO bloggear es una muy mala idea para un académico joven que esté tratando de hacerse un nombre y encontrar su espacio. Por lo mismo, uno ya no está obligado a recorrer el mismo proceso tradicional de “ganarse su derecho de piso”. Esto me parece saludable.

2. Creo que obviamente, al menos dentro de la filosofía, esto lleva a pensar en nuevas formas de filosofar. No es pues, lo mismo, trazar reflexiones en función al ciclo de publicaciones de los journals impresos, con sus procesos de verificación y edición, que lo es a partir de discusiones bloggeras. Emerge así una forma de pensar sobre la marcha, ni mejor ni peor, pero que sí debemos hacer el esfuerzo por ver cómo, a partir de eso, podemos derivar formas de capturar momentos del discurso. Snapshots. Pero nuestra aproximación cambia así como el medio es el mensaje.

3. En esa misma dirección me parece interesantísimo el desafío que plantea Ian Bogost a partir de esta discusión.

For a while now, I’ve been advancing the philosophical construction of artifacts, a practice I’ve given the name carpentry. Taking up that philosophical hobby horse, I wonder what a writing and discussion system would look like if it were designed more deliberately for the sorts of complex, ongoing, often heated conversation that now takes place poorly on blogs. This is a question that might apply to subjects far beyond philosophy, of course, but perhaps the philosopher’s native tools would have special properties, features of particular use and native purpose. What if we asked how we want to read and write rather than just making the best of the media we randomly inherit, whether from the nineteenth century or the twenty-first?

En lugar de pensar cómo nuestros medios configuran nuestra experiencia de la escritura, podemos también pensar a la inversa, cómo podemos diseñar un medio que se configure en función a lo que nos gustaría de la escritura.

4. Estoy pensando sobre esto último bastante, en función a este mismo espacio. Siguiendo a Daniel, los posts en este blog son un flujo continuo de Grundrisse, de anotaciones y anotaciones que fluyen y van formando ideas. Pero ocasionalmente también pueden capturarse estas notas, tomar un snapshot, y formar un producto más elaborado: es lo que he intentado hacer con el experimento del e-book sobre McLuhan y otros proyectos similares que a partir de esto se me han ocurrido. El blog, o más allá y alrededor del blog, se puede fácilmente construir esta estructura: un flujo de notas, a partir del cual se tiene la materia prima para otros tipos de productos (papers, ensayos, libros incluso, videos, lo que fuera). El blog como laboratorio filosófico, del cual, efectivamente, progresivamente van saliendo prototipos, productos. Bonita idea.

Selling out

danah boyd escribe sobre un problema que vemos muy frecuentemente en múltiples discursos de discursos de inclusión que se vuelven alienantes. No sé bien cómo describirlo, pero es el peligro de que una comunidad académica se termine convirtiendo en una cámara de resonancia por insistir demasiado en el compromiso con sus premisas. Pasa no sólo con los “identity politics” que señala boyd, sino general con todo tipo de discursos académicos que parecen elevar el costo de admisión a un compromiso profundo, en lugar de buscar abrir una plataforma para un discurso más amplio. Y luego, viendo cualquier propuesta que haga menos como una forma de “selling out”.

This form of “selling out” is bound to piss off anyone who believes that failing to mark queerness is a sign of weakness, a form of re-closeting, a way of undermining queer experiences, etc. I can totally hear and respect that. But I’m a pragmatist. And I’m more than willing to “sell out” if it means that I can get more people to understand why the core tenets of queer theory can help them understand structural inequality and systematic marginalization. I’m willing to let that go unmarked if doing so helps.

I integrate all sorts of queer theory into my arguments without signaling explicitly that that’s what I’m doing. And I often include queer theory references as “in-jokes” in ways that don’t make them visible to the untrained eye. I recognize that my path has strengths and weaknesses, but I’m also curious how others balance these issues. How do you integrate complex or potentially alienating frameworks into your work so that people can consume them? Or do you refuse to make things palatable? And if so, why? Are you horribly offended by the choices I’ve made?

Antes de eso, boyd señala, “But at the end of the day, I prioritize strategy”. Muchos discursos e ideas importantes nunca consiguen despegar ni tener un impacto importante precisamente porque con incapaces de pasar al plano de lo estratégico y lo operativo, que implica casi siempre la necesidad de estar dispuesto a negociar abiertamente el alcance de conceptos y el uso de terminología.

Universidad ubicua

Algo así como la computación ubicua. La computación ubicua es un concepto viejo, quizás hasta desfasado, al menos tal como fue pensado en los noventas. De la página de ubiquitous computing del Xerox PARC:

Ubiquitous computing names the third wave in computing, just now beginning. First were mainframes, each shared by lots of people. Now we are in the personal computing era, person and machine staring uneasily at each other across the desktop. Next comes ubiquitous computing, or the age of calm technology, when technology recedes into the background of our lives. Alan Kay of Apple calls this “Third Paradigm” computing.

En otras palabras, la computación ubicua es la tecnología en todas partes – un poco lo que estamos empezando a ver con el desarrollo acelerado de la tecnología móvil y la computación en la nube. Ya no estamos limitados, tecnológicamente, por computadoras de escritorio, sino que nuestra información está disponible desde cualquier terminal con conexión a Internet, y los terminales se vuelven cada vez más pequeños, portátiles y funcionales – con dispositivos como el iPhone, el iPad o los smartphones. Si sumamos las piezas, toda nuestra información está disponible con nosotros todo el tiempo para que la utilicemos – computación ubicua.

Bueno, pero de eso no me quería encargar hoy día, sino de la idea de “universidad ubicua”, o incluso mejor aún, “educación ubicua” en general (OK, sé que en español quizás no suena tan buen usar tanto la palabra “ubicua”). Un artículo en Read/WriteWeb examina el crecimiento en el uso de clases en video en las universidades, tanto por parte de los profesores como de los alumnos, y la manera en la que esto influye en el desempeño. Lo cual lleva a la pregunta: ¿Qué tanto importan las universidades como lugares?

Sobre todo en el consumo de la televisión, hemos visto la aparición tanto del timeshifting primero, como del placeshifting después. El timeshifting fue una práctica introducida por tecnologías como el Betamax o el VHS, la capacidad de poder almacenar el contenido transmitido para poder verlo en otro momento. El placeshifting es introducido por las tecnologías móviles – la capacidad no sólo de poder verlo en otro momento, sino también de poder verlo en cualquier lugar, incluso en cualquier dispositivo. YouTube es el paradigma ejemplar del contenido audiovisual “on demand”, o por demanda: lo veo cuando yo quiera, desde cualquier computadora con conexión a Internet. Amazon, Apple, Netflix son diferentes implementaciones comerciales de la misma idea de fondo, que transforma por completo nuestros conceptos de programación televisiva (no hay tal cosa como “prime time” cuando cada uno ve televisión en horarios diferentes – o como lo ilustraron perfectamente bien en un capítulo de Gossip Girl, “nobody watches TV on TV anymore”).

Pero hasta ahora, la programación educativa o universitaria no ha sufrido mayores efectos ni del timeshifting ni del placeshifting, o más bien, muy pocos. La educación virtual es un movimiento, si se le puede llamar así, cada vez más fuerte, y del e-learning se habla con creciente frecuencia, con mayor o menor ingenuidad (no, el e-learning no lo solucionará todo, nunca). Si la mayoría de alumnos van a una clase para sentarse, no decir nada, tomar notas en silencio, sin formular preguntas, ¿qué diferencia hace que vayan o no? Es cierto, siempre hay gente que discute, participa, pero son los menos. Para el 90% de los participantes de una clase, estar en clase es en la práctica lo mismo que ver una película sin la posibilidad de poder poner pausa, avanzar o retroceder. Más allá de la obligación que implica la asistencia a clases (del tipo, “así me aseguro que estoy obligado a ir”), no parece haber mayor diferencia funcional – uno puede hablar quizás de diferencia emocionales, psicológicas, contextuales, el feeling, lo que sea. En términos generales, creo que mi punto se mantiene.

Con el uso creciente de herramientas como videos, tecnologías móviles, podcasts, foros, redes sociales, plataformas colaborativas, ¿cuál es el sentido de la rigidez del horario de clase, y del contenido universitario?

Modelo tentativo, como para que discutamos. En lugar de hacer a los alumnos ir a escuchar una conferencia, el profesor circula un podcast o un video, una, quizás dos veces por semana, en la cual explica en 30-45 minutos el tema de la semana, deja algunos hilos abiertos y lo vincula con los textos o demás materiales de referencia del tema. Los alumnos revisan todo esto por su cuenta, cuando mejor les convenga según sus propias necesidades/capacidades (“no entendí, voy a retroceder para escuchar de nuevo”), y la sesión presencial de la semana es exclusivamente para discusión de los temas, de los hilos abiertos, para resolver dudas sobre el podcast o los materiales, y para revisar los trabajos de proyecto en los que los alumnos están trabajando permanentemente en el semestre. El profesor, virtualmente, funciona todo el tiempo como un curador y como un coach de los alumnos, brindando asesoría permanente por correo electrónico, o quizás conectando con ellos vía Skype o alguna otra herramienta de conferencias, programando independientemente con el alumno o los grupos según los trabajos o proyectos que están realizando.

La universidad, o lo que sea, deja de pensarse en este modelo como un lugar, y a entender más como una red, como un concepto lógico, un marco que agrupa y reúne personas con diferentes intereses en la producción y transformación de conocimiento. Es cierto, esto de por sí requiere una serie de infraestructuras e instituciones para estar bien administrado. Pero creo que, por lo pronto, la idea principal de lo que quiero decir es clara: es posible pensar en maneras más dinámicas de ajustar la educación universitaria a contextos dinámicos como aquellos en los que convivimos cotidianamente.

Investigación colaborativa

Al menos de donde yo vengo (la filosofía) la investigación siempre es una actividad individual. Al menos entendida como tal, quizás no necesaria o estrictamente practicada así. Es decir, al menos en la filosofía, y en general en las humanidades, el trabajo de investigación es una labora del investigador, solo, en una biblioteca, en una oficina, qué sé yo, pero siempre en un lugar con muchos libros, leyendo compulsiva y desmesuradamente enormes cantidades de contenido y quizás tomando algunas notas, haciendo apuntes. Luego de suficientes notas y apuntes, el investigador empieza a reunir sus ideas y sintetizas sus descubrimientos en algún tipo de producto escrito, en un artículo, un ensayo, quizás hasta un libro.

La investigación es una práctica concebida de manera solipsista, autónoma, individual. Digo pensada, porque en la práctica no funciona tan así: uno conversa con otros sobre lo que investiga, busca sugerencia, recibe recomendaciones que van ayudando a expandir o dirigir lo que uno intenta encontrar. Pero a pesar de ese grado de socialización, el acto mismo de investigar lo sigue haciendo uno por sí solo, en la gran mayoría de los casos.

Hay, creo, y están apareciendo cada vez más maneras diferentes de entender la investigación. Como una práctica menos aislada, menos solitaria, más integrada, social y colaborativa. Aún así, en la filosofía esto no se ve mucho – aún. Pero tiene sentido pensar en grupos de investigación trabajando sostenidamente en productos conjuntos, retroalimentándose continuamente en el curso mismo de sus investigaciones y no solamente como algo externo.

Es, también, parte de cambiar el enfoque del producto, al proceso mismo de investigar, como un acto de continua transformación. Es análogo, si quieren, a la diferencia de demostrar autoridad publicando un artículo o un libro, o publicando un blog: el objeto impreso demuestra la autoridad del autor en tanto producto, mientras que el blog lo hace en tanto proceso, en tanto conversación siempre en movimiento, siempre falible y siempre abierta a crítica. Es el proceso de formación y transformación el que importa, más que el resultado mismo que es, en gran medida, descartable y continuamente superado.

Tenemos que pensar en nuevas formas de investigar, y de aprender a investigar como actos colectivos. Esto tiene muchas implicaciones, desde cómo escogemos temas, cómo los formulamos, cómo los presentamos, cómo los mejoramos. Cómo nos organizamos socialmente para investigar: quizás en pequeños grupos, continuos, constantes, y qué utilizamos para organizarlo ahora que tenemos nuevas herramientas para hacerlo.

Más allá de la torre de marfil

Aprovechando que en el artículo anterior enlacé al blog de Jenna McWilliams, encontré este artículo reciente suyo anunciando y justificando que empezará a compartir abiertamente los productos de su trabajo académico. Todo se sustenta sobre un giro económico en el entendimiento de la oferta educativa:

For better or worse–I think for better–the scarcity model of scholarship and education has been replaced by an abundance model. At least in theory, new technologies make it possible for practically every American to access knowledge and information that was previously protected by the gatekeepers of higher education. These gatekeepers include a k-12 education system that prepares wealthier, whiter kids for a white-collar trajectory while preparing poorer, darker-skinned kids for the working class; a financial aid system that offers scholarships to the wealthiest and the highest-achieving kids and grants to the poorest kids, but almost nothing for everyone in between; and a general educational culture that discriminates against nontraditional students including older learners and parents. At least in theory, new technologies and virtual communities make it possible for everyone to access and make use of knowledge and research from the most prominent universities in the world.

En el mundo de las tecnologías digitales, el conocimiento y la información ya no son bienes escasos, sino que son completamente abundantes. No sólo no necesitamos, sino que no podemos encerrarlos dentro de instituciones educativas. De la misma manera que ya no tiene sentido como antes el que, como investigadores, teóricos y académicos, nos preocupemos sobre todo por encerrar, esconder nuestro propio trabajo. De hecho, es razonable incluso suponer que tenemos individualmente mucho más que ganar por compartir abiertamente nuestras ideas y nuestras investigaciones, que escondiéndolas.

Esto es algo que he querido hacer yo mismo hace un tiempo, pero aún no encuentro la mejor manera de hacerlo. Tengo una serie de ensayos y trabajos que preparé para diferentes cursos y presentaciones que me gustaría compartir abiertamente – no precisamente porque piense que son la gran cosa, sino porque podrían servirle a alguien en algún momento, y porque podría incluso recibir comentarios y sugerencias sobre cómo mejorarlos, convirtiéndolos en trabajos-en-proceso en lugar de productos terminados. De hecho, creo que sería mucho más valioso para mí o para cualquier que estas ideas, por pequeñas que fueran, estén allí afuera para ser aprovechadas por alguien, a que se queden sin ser leídas por nadie en mi disco duro. Esta misma idea me animó en los últimos semestres a utilizar un wiki como material de mi curso de Sociología de la Comunicación en la UPC – el wiki aún está en el aire, aunque probablemente en el futuro cercano empiece a experimentar varios cambios y a convertirse en un repositorio más grande de trabajos e ideas en desarrollo.

Un recurso poco conocido es la página de Tesis PUCP, creada por la Dirección de Informática Académica de la PUCP. Allí se anuncian y publican todas las tesis sustentadas y aprobadas en la PUCP (al menos las que aceptan hacerlo, según tengo entendido) para que estén disponibles al público en general vía web. Me parece una excelente idea para compartir conocimiento y permitir que las ideas del ámbito académico puedan tener un alcance mayor fuera del campus. Uno puede incluso suscribirse vía RSS para recibir notificaciones cuando nuevas tesis son publicadas, y así se termina uno enterando de temas e investigaciones que jamás se habría uno imaginado se hacían en el Perú.

El desafío a las profesiones 3

Sin embargo, había mencionado que quería hablar de dos ejemplos. El primero era el caso del periodismo; el segundo me es un tanto más cercano, y es el caso de la filosofía. Y esto me permite volver sobre un tema recurrente que además he estado conversando en los últimos días, que es sobre el sentido del quehacer filosófico en la actualidad. Éste es un tema que me ha obsesionado por mucho tiempo por la simple razón de que en la formación filosófica no encontré lo que esperaba -encontré muchas cosas que aprecio enormemente, pero simplemente no encontré el espacio que esperaba encontrar para desarrollar ideas-.

Lo cual me ha hecho pensar mucho sobre el significado que tiene la filosofía, particularmente como profesión. Igual que en el caso anterior, del periodismo, creo que el primer paso importante es entender que la filosofía no es algo que ponga a nadie en el plano de los dioses o los demiurgos, sino que es, ella misma, un producto histórico, un resultado de nuestra actividad cultural, y que su longevidad de más de 2500 años no se debe a que sea más verdadera o más real, sino a que ha sabido exitosamente adaptarse y responder a diferentes necesidades a través de las épocas. Ya en esto choco fuertemente con muchos filósofos que conozco, que muy por el contrario, sí ven en la filosofía una suerte de búsqueda privilegiada por el fundamento, un acercamiento más íntimo a la verdad y la realidad y por tanto, hasta cierto punto, una cierta búsqueda por encima del flujo de la historia.

Este problema de fondo termina reflejándose en una serie de problemas “superficiales”, o mejor dicho, en problemas directamente vinculados con la práctica filosófica, y lo que se considera legítimo o no afirmar desde el discurso filosófico. Me gustaría tener la habilidad de Shirky para hacer una lectura convincente en los mismo términos económicos en los que él interpretó la profesión periodística, pues me parece que sería igualmente efectiva, pero no sé por dónde comenzar: sí creo, particularmente, que la filosofía responde a una necesidad social, por poco explícita que sea -si no lo hiciera, no creo que la tendríamos-. Pero creo que presenciamos un movimiento muy similar al del periodismo en la filosofía: de alguna manera, el sentido económico de la clase “filosófica” como conjunto profesional era que alguien tenía que dedicar buena parte de su vida al manejo pormenorizado de los “grandes problemas” que no tenían propiamente una respuesta, pero cuyos intentos de respuesta que esbozábamos decían ellos mismos mucho sobre el tipo de época en la que vivíamos. De modo que, no era tanto que hubiera un conjunto de problemas filosóficos eternos para todas las épocas, como que lo interesante radica en ver qué escoge cada época como sus problemas filosóficos como una manera sugerente y reveladora de caracterizar una época a través de sus preocupaciones conceptuales.

En este sentido, entonces, los filósofos funcionaban en la práctica, igual que en el caso del periodismo respecto a la información, como una suerte de guardianes: el alto costo que demandaba su formación (en la medida en que debían dedicarse a manejar un amplio conjunto de conocimientos altamente complejos) les brindaba la posibilidad de articularse como “clase”, como conjunto profesional, cuya función social era trabajar los conceptos de una época y cristalizar en ellos las preocupaciones de una sociedad, para luego devolverlos. El cimiento de su justificación económica radicaba, precisamente, en que el conocimiento era difícil de acceder, y más aún de manejar, y al mismo tiempo, de que por lo mismo el acceso a una red de especialistas con los cuales colaborar era a su vez complicado de desarrollar. De allí que la filosofía se viera un poco forzada a crecer siempre de la mano de las universidades, como uno de los pocos nodos de acumulación de conocimiento que existieron históricamente.

Pero ojo -y he aquí otra interpretación problemática- que la filosofía no era, originalmente, una preocupación propiamente académica. Primero que nada, porque no había academia. El poco legado textual que ha permanecido de las primeras épocas de la filosofía es, me parece, un gran indicador de esto: la filosofía surge, sí, como una búsqueda de principios, pero motivada a partir de preocupaciones personales sobre la manera como funciona el mundo. Y en varios casos, como por ejemplo el de Sócrates (aunque las interpretaciones varían), con un objetivo no tanto de desarrollar conocimiento como de hacer al hombre una mejor persona. Pareciera, si se puede decirlo, que la filosofía surge más como una preocupación existencial que como una preocupación cognitiva. Lo cual es, además, el mismo sentido que empiezan a rescatar, mucho más tarde, filósofos como Kierkegaard y Nietzsche.

¿Qué ocurre, entonces, cuando siguiendo el mismo patrón, el acceso al conocimiento se vuelve una cuestión virtualmente transparente? Cuando incluso el medio académico como lo hemos venido conociendo desde el medioevo se ve socavado por la rápida difusión de información, y por consiguiente la práctica académica misma se ve cuestionada, por extensión la filosofía como academicismo debe hacerlo también. Es cierto que uno podría argumentar, de nuevo, que este es el camino equivocado para la sociedad, que le abandono del academicismo nos sumirá en una especie de nuevo oscurantismo. Pero también es cierto que el academicismo y la formación académica tradicional poco están haciendo por cambiar esto: su estrategia de resistencia básicamente se resume en “hagamos lo mismo de siempre y hay que morir lentamente”. Lo cual no brinda alternativas muy persuasivas a panoramas educativos como estos:

Al mismo tiempo, la academia que conocimos se ha articulado de tal manera que se contrapone a actividades sociales en las cuales realizamos gran parte de nuestro aprendizaje: por ejemplo, la contraposición industrial entre el trabajo y el juego. El trabajo académico es serio, y por tanto se diferencia de lo divertido y lo lúdico, aún cuando es en lo lúdico que exhibimos gran parte de nuestra creatividad. Pero es que, claro, el sistema académico que hemos construido, junto con la filosofía que ha crecido dentro de él, no son sistemas que valoren ni promuevan la creatividad ni la originalidad: son sistemas estructurados en torno a la búsqueda de la verdad, y la verdad no es ni divertida ni inmediatamente accesible a los comunes mortales, sino que es algo reservado a los elegidos, a los genios, a los privilegiados con el acceso a lo divino, prácticamente.

En la otra esquina, no solamente el conocimiento se vuelve mucho más accesible y los filtros e intermediarios a él mucho más diversos, sino que como consecuencia, quizás, de ello, la cultura popular y cotidiana se vuelve filosóficamente mucho más interesante. Además de mucho más diversa: el imperio del texto (el único en el cual la filosofía, en gran medida, se ha movido) se ve desafiado por la aparición de una enorme variedad de medios de comunicación que compiten por la atención de aquellas mismas personas que en un futuro no muy lejano podrán escoger o no una formación filosófica, y lo harán a partir de una formación diferente con preocupaciones diferentes. El desafío que se plantea a la profesión filósofica -nótese la importancia de que hablamos aquí del constructo económico que existe actualmente- radica en que los incentivos económicos existentes para garantizar su estabilidad como clase se han visto desplazados. No sólo no son ya los guardianes de un conocimiento poco accesible y que requiere de una dedicación específica, sino que ahora el acceso a los mismos problemas que antes protegían por encargo de la sociedad ahora puede hacerse de maneras mucho más sencillas y que generan un involucramiento mucho más profundo por parte de los individuos “de a pie”. En otras palabras, podría utilizarse la misma etiqueta del “filósofo ciudadano” con los mismos problemas que encontramos antes para el periodismo ciudadano, para describir aquel espacio donde personas sin formación filosófica formal pueden formularse problemas desde un punto de vista filosófico como una de las múltiples actividades en la que incurren en el transcurso de su vida cotidiana. Pop, light, lo que quieran: pero esto, efectivamente, cuestiona la necesidad social por la cual mantener una clase de filósofos cuya función sea mostrar verdades sobre grandes problemas que preocupan al hombre.

Las alternativas son similares: o buscar la manera de forzar la perpetuidad del orden existente, o empezar a pensar en la adaptación. De nuevo, ya se darán cuenta a esta altura de que me inclino por lo segundo. Porque lo primero que se necesita es disociar a la filosofía, al menos como exclusividad, del peso del academicismo, lo cual abre la puerta para que se realicen mucho más experimentos originales. Como con cualquier proceso similar, la mayoría de ellos no funcionarán, pero volviendo a Shirky, pasamos de un modelo donde filtramos antes de publicar, a uno donde publicamos y luego filtramos, porque los costos de transacción nos permiten esto. Sin embargo, pasar de un modelo a otro tiene enormes implicaciones respecto a lo que entendemos por genialidad, creatividad y originalidad – básicamente, nuestros conceptos existentes se diluyen. Pero eso también quiere decir que hacen falta, entonces, nuevos conceptos, nuevas herramientas conceptuales con las cuales poder poner todo esto en su contexto. Pero, felizmente, el mercado de la creación de nuevos conceptos siempre ha sido uno en el cual los filósofos han sabido moverse bien. Las condiciones del mercado han cambiado, lo cual significa que también han cambiado muchas de las reglas de juego.

Espacios

Quizás lo hayan notado, pero me gusta mucho hablar de estos espacios que creo compulsivamente en la web como laboratorios. En realidad, siento que faltan espacios.

Lo digo en el sentido de, habiendo probado más de un espacio académico, y habiendo encontrado más de uno bastante frustrante, creo que hay un vacío que espera ser llenado. La academia tradicional, claro, tiene sus pros y sus contras con los cuales nunca me he llevado del todo bien. Pero creo, también, que para muchas cosas que quiero trabajar hoy no hay, propiamente, los espacios que me gustaría que hubiera.

Hace poco hablé del ciclo de vida de las ideas. Es una de las cosas que me parece que falta. No en el sentido de decir “creo que la formación académica debería ir en esta o aquella dirección”. No, que los espacios que existan sigan haciendo lo que saben hacer bien. Nuestro experimento debe venir de afuera, debe experimentar con el ciclo de vida, acompañar una idea desde que nace hasta que sale al mundo, hasta que se ve transformada por su propia práctica.

Espero, quizás, tener un piloto de esta idea suelta en el futuro cercano. Un espacio externo, no regido por las convenciones y los formalismos de la academia profesional, pero sí marcado por su rigurosidad, su profundidad, su diversidad. Un laboratorio, donde se pueda experimentar con nuevas cosas sin que los temas y patrones estén delimitados de entrada. Pocas personas, experiencias diversas, intereses comunes. Ideas, pilotos, productos. Muchos lenguajes, muchos medios, muchas tecnologías.

¿Cómo se vería una cosa así?