Sourcerer: la ciencia detrás de la ciencia

Un breve update de la experiencia MIT, en particular sobre uno de los proyectos en los que estuve trabajando el semestre que pasó. De entrada, se trata sin lugar a dudas de la experiencia académica más intensa que he tenido en mi vida. El ritmo de trabajo es intenso y constante, y es no solamente en términos de procesamiento de información sino también en muchos casos de diseño y producción de diferentes tipos de resultados. Al menos en el caso de mi programa, no se trata sólo de diseñar cosas bonitas y brillantes, sino que nos empujan muy seriamente a pensar en profundidad en las cosas que producimos, y responder rigurosamente a por qué optamos por una solución por encima de otra.

Uno de los resultados de este tipo de proceso fue Sourcerer, un proyecto grupal en el que trabajamos para un curso. La idea de Sourcerer era crear una herramienta que fortaleciera y facilitara el trabajo del periodismo científico, especialmente en lo referido a reportar historias que involucran nuevas medicinas y la industria farmacéutica. Pero diseñar una herramienta para este contexto debía responder a una serie de limitaciones estructurales: primero, que en la mayoría de las publicaciones no hay un periodismo científico especializado, sino periodistas cubriendo temas de ciencias sin un conocimiento específico al respecto. Segundo, que esta cobertura a menudo se da dentro de limitaciones materiales y ciclos de publicación que limitan la profundidad de la investigación que se puede realizar. Y tercero, que particularmente frente a la industria farmacéutica, hay mucha desinformación que circula disfrazada de ciencia auténtica, incluso en journals prestigiosos, y es sumamente difícil distinguir la paja del trigo.

Estas fueron las premisas que guiaron nuestro proceso de diseño de Sourcerer, “la ciencia detrás de la ciencia”. Nuestro diseño tenía que permitir a un usuario revisar de manera fácil y homogénea información sobre fuentes científicas, sin interrumpir significativamente el proceso periodístico usual, revelando que detrás de las fuentes científicas existe un contexto institucional que puede influenciar los resultados de un estudio científico. El resultado es un “proof-of-concept”, una ilustración de cómo funcionaría una herramienta de este tipo: Sourcerer funciona como una extensión de Google Chrome diseñada para integrarse naturalmente en el proceso de investigación en la web. Cuando un usuario visita un artículo en un journal científico, el ícono de Sourcerer aparece en el navegador cuando existe metadata disponible en la base de datos, permitiendo al usuario ver rápidamente información general acerca del tipo de estudio y los parámetros bajo los cuales se realizó, el fármaco estudiado, las instituciones y compañías vinculadas, enlaces a otros estudios similares y a cobertura noticiosa previa sobre el mismo tema. De esta manera, sin salir del navegador un periodista científico puede fácilmente evaluar la calidad o los posibles conflictos de un artículo, del mismo modo que las publicaciones podrían, en teoría, brindar metadata codificada para facilitar la cobertura de divulgación sobre artículos científicos.

Sourcerer es apenas una prueba de concepto – si visitan el sitio web, encontrarán el link para instalar la aplicación en Chrome, una explicación en detalle de nuestro proceso de diseño, así como los artículos científicos que tomamos como muestra para este proyecto. En el estado actual, sin embargo, la extensión solamente funciona con esta muestra de artículos, a modo de ilustración. Pero las siguientes iteraciones harían que la herramienta pudiera funcionar con cualquier tipo de artículo científico: una base de datos dinámica sobre la cual los usuarios pudieran agregar información y ampliando la cantidad de metadata disponible sobre artículos científicos. En un contexto ideal, en el que Sourcerer fuera utilizado masivamente, se podría incluso convencer a las publicaciones científicas de brindar ellas mismas la metadata con una codificación específica, facilitando el acceso y la cobertura sobre sus propios contenidos. El objetivo de todo esto es fortalecer la capacidad del público para acceder a lo que es contenido científico altamente especializado, pero en el cual hay mucho en juego: no solamente enormes cantidades de recursos financieros y poder político, sino también el conocimiento sobre los efectos e impactos que diferentes medicinas pueden tener sobre sus consumidores – un área que es particularmente difícil de divulgar por el alto grado de opacidad que la encierra.

¿Por qué Quora funciona?

Sí, ya sé que Pinterest se ha convertido en la tercera red social más importante en nada de tiempo, y que Instagram fue adquirido ayer por Facebook nada menos que por mil millones de dólares. Sé que debería interesarme, no tanto por una obligación moral, sino simplemente porque es el tipo de nuevas experiencias que me interesan y sobre las que suelo comentar. Pero no lo logro. Creo que es la prueba irrefutable de que me estoy volviendo viejo.

Me resulta mucho más interesante Quora, un servicio que llamó mucho la atención hace unos meses pero parece haberse calmado luego de eso. Quora es un servicio de preguntas y respuestas – uno puede hacer preguntas y otros usuarios pueden responderlas, o uno puede responder las preguntas de otros usuarios. Así de simple. Las preguntas están categorizadas bajo una cantidad infinita de etiquetas que uno puede seguir, así como puede seguir también a otros usuarios o seguir simplemente las respuestas a una pregunta específica.

Lo más importante que consiguió Quora es no convertirse en Yahoo! Answers, que como Mos Eisley es básicamente uno de los lugares menos recomendables del universo. Y lo más interesante que es ha conseguido armar una red de gente realmente interesante contribuyendo respuestas realmente relevantes – a menudo llegan a ser artículos completos, llenos de referencias y enlaces a recursos adicionales. Gracias a un simple sistema de moderación, los usuarios pueden subirle o bajarle el nivel a las respuestas que consideran interesantes, lo cual consigue que las mejores respuestas se alcen por encima de las demás. No es raro encontrar respuestas escritas por los propios protagonistas involucrados con la pregunta – preguntar por el New York Times, por ejemplo, y que respondan reporteros que trabajan ahí, o preguntar por qué se siente trabajar en la Casa Blanca que recibir respuestas de ex-staffers que estuvieron ahí con bastante detalle.

No termino de entender, sin embargo, por qué funciona. Ni entiendo bien por qué la gente hace las preguntas que hace (no que las tengan, sino por qué las exteriorizan cuando son, frecuentemente, esotéricas). Pero sobre todo me llama la atención que reciban respuestas, y sobre todo de las personas que las responden. Mi mejor hipótesis es que Quora es un mercado donde la principal moneda es el status y la autoridad, y por mucho que uno ya tenga tanto el status como la autoridad, responder las preguntas que encuentra que lo atañen a uno personalmente es un mecanismo para afianzar ambas cosas de manera pública. El trade-off es entre tiempo y atención a cambio de reconocimiento de la comunidad de usuarios de Quora, que a su vez es una comunidad de alto valor.

Es un gran recurso para informarse rápidamente sobre un tema, no a nivel de profundidad (lo que uno conseguiría, por ejemplo, leyendo un artículo de Wikipedia para entender qué es algo) sino a nivel de “estado de la cuestión”: ¿Cuáles son las preguntas y discusiones relevantes sobre un tema en particular? ¿Cómo sé si mis preguntas son relevantes o interesantes? Y así sucesivamente.

No sé si Quora sea más interesante que Pinterest o Instagram, aunque ciertamente es menos popular. Pero los incentivos para los usuarios en Pinterest e Instagram me parecen más claros porque su experiencia de usuario gira en torno a simplificar las transacciones lo más posible – “Pin It”, o eliminar obstáculos para tomar y compartir fotos. Pero Quora en realidad los incrementa, porque el incentivo es hacia generar respuestas más elaboradas y sofisticadas, sin una contraprestación claramente establecida. Y aún así, cada vez que puedo tengo una pestaña abierta con Quora para orientarme hacia las preguntas relevantes del momento. Lo sé, me estoy volviendo viejo.

(Hay un subtexto aquí que se podría elaborar, pero que honestamente no lo tengo claro, respecto al valor de plataformas como Pinterest e Instagram, y es difícil formularlo sin saltar directamente a juicios de valor. ¿Por qué estas plataformas son interesantes? A primera vista parecería que son interesantes porque son interesantes, una especie de círculo que se ha ido retroalimentando hasta alcanzar mil millones de dólares. Pero más allá de eso, no me queda claro cómo representan experiencias mediáticas innovadoras o contribuciones tecnológicas interesantes. Lo mismo, claro, se ha dicho sobre Facebook, pero Facebook es interesante por muchas razones: por sus consecuencias sobre nuestra expresión social de la identidad, por su capacidad para convertirse en un servicio que alcanza 800 millones de usuarios y por las innovaciones que ha generado para poder mantener eso, por ejemplo. Facebook resuelve un problema que no sabíamos que teníamos – como lo hizo también el iPad. Pero no me queda claro cómo lo hacen Pinterest o Instagram o el valor que contribuyen, y es una pregunta que no me parece menor a la luz de los problemas mayores o menores a los que estamos dedicando nuestros mejores recursos tecnológicos. En fin, queda entre paréntesis, hasta que pueda pensarlo mejor.)

Usar Bootstrap para implementar sitios web simples

Desde hace unas semanas he empezado a utilizar Bootstrap, un framework CSS lanzado por un grupo de diseñadores de Twitter, para maquetar y diseñar varios proyectos web en los que vengo trabajando. Bootstrap brinda una base pre-codificada de HTML y CSS para armar el diseño de una página web o una aplicación web, y al ofrecerse como un recurso de código abierto es fácil de personalizar y adaptar a múltiples propósitos. Al incorporar estilos para una enorme cantidad de elementos utilizados en websites y aplicaciones modernas, reduce enormemente el tiempo necesario para implementar un site al mismo tiempo que mantiene la capacidad para ser flexible y adaptable.

Ahora, en la gran mayoría de los casos recomiendo siempre trabajar con algún tipo de content management system (CMS, sistema de gestión de contenidos) para administrar un sitio web, porque facilita la creación de nuevos elementos y el manejo de los existentes sin  tener que estar actualizando el código manualmente. Para sitios web dinámicos es indudablemente la mejor opción, y según el propósito del sitio, mis opciones preferidas son siempre trabajar con Drupal o WordPress. Pero existen escenarios donde implementar todo un CMS para un sitio web es quizás demasiado: cuando, por ejemplo, se trata de un número reducido de páginas que cambiarán poco, utilizar un CMS y contenido jalado de una base de datos incrementa el costo de mantenimiento (al tener, por ejemplo, que mantener el CMS actualizado con los últimos parches de seguridad) e introduce obstáculos innecesarios al rendimiento.

Especialmente para ese tipo de escenarios es que me he enamorado del uso de Bootstrap porque empaqueta todo lo necesario para empezar a diseñar un sitio web sobre una grilla de 12 columnas (aunque soporta también un diseño fluido). Viene por defecto con una serie de estilos que se ven bien visualmente y que se pueden personalizar para un estilo visual propio y menos genérico – aunque es cierto que, inevitablemente, uno pierde cierto grado de flexibilidad al utilizar un framework como éste. Pero me parece que los beneficios están muy por encima de las desventajas.

La otra gran ventaja, para mí personalmente, es que por ser un framework HTML+CSS te obliga a volver al nivel del código, del cual es relativamente fácil desprenderse cuando trabajas con un CMS. Esto me ha ayudado a reactivar cosas que había olvidado y a descubrir nuevas sobre el uso de HTML, CSS, e incluso empezar a utilizar más cómodamente funciones y código PHP, lo cual es muy bienvenido. Viene además con una serie de plug-ins en Javascript para utilizar algunas funciones de diseño avanzadas que son también muy útiles (basadas en jQuery). Pero, eso también quiere decir que utilizar Bootstrap para montar un sitio quizás no es para cualquiera: cuando menos, uno tiene que tener la disposición para pelearse con el código fuente del sitio web y aprender a operar con el contenido a ese nivel. Aunque es gratificante, ciertamente introduce obstáculos y consume recursos que podrían resumirse optando por usar un CMS.

(Una ventaja adicional es que, por lo mismo que en sí mismo no requiere conexión con una base de datos, un sitio web implementado en Bootstrap corre perfectamente desde una versión local, sin acceso a un servidor. Eso simplifica mucho el trabajo al hacer pruebas iniciales y modificaciones, aunque para utilizar cosas un poco más complejas, como funciones PHP, necesitarás por lo menos algo como XAMPP.)

Aún así, en general lo estoy disfrutando muchísimo. Sin ser real ni propiamente un programador o un desarrollador, sé que no le estoy sacando el jugo al máximo. Todavía estoy trabajando principalmente con contenido estático, pero una vez que logre soltar algunos proyectos en los que estoy trabajando espero poder utilizar Bootstrap para diseñar plantillas para Drupal y WordPress, y entonces el círculo estará completo.

Mientras tanto, aquí tienen algunos recursos adicionales por si quieren saber más sobre cómo utilizar Bootstrap:

Un par de notas finales. Primero, no quiero insinuar que Bootstrap no funciona junto con un CMS – justamente lo contrario, es totalmente posible y espero pronto llegar al punto donde lo pruebo directamente. Segundo, no quiero insinuar que Bootstrap no funcione para proyectos o sitios complejos, sino solamente que hasta ahora lo he usado sólo para eso. Pero por su flexibilidad definitivamente creo que puede utilizarse para cualquier tipo de proyecto, sitio o aplicación (de hecho, está pensado principalmente para aplicaciones web).

Entre tantos proyectos

Estoy con un poco de insomnio esta noche, lo cual inevitablemente será un problema por la mañana.

Hace tiempo, mucho tiempo, que tengo un proyecto en la cabeza pero que no consigo cuajar del todo. Por algo será. En los últimos años he tenido oportunidad de familiarizarme con una serie de tecnologías y herramientas con las cuales me divierto mucho trabajando. Hace varios años vengo trabajando ya armando, configurando y manteniendo sitios y aplicaciones en Drupal, y la mayoría de blogs y sitios personales que manejo los hago casi todos con WordPress. Además, he trabajado por mucho tiempo con instancias de Salesforce.com con niveles mayores o menores de personalización y he llegado a entender el potencial que ofrece esta plataforma dentro de una organización, para comunicaciones internas, para data mining, etc.

Y hay, además, otras cosas con las que me gustaría empezar a trabajar también, familiarizarme más y empezar a utilizarlo directamente. No sé programar ne PHP, por ejemplo, pero me gustaría mucho, así como poder interactuar con bases de datos mySQL directamente. Así como también quisiera saber utilizar instancias de servidores virtuales EC2 de Amazon al derecho y al revés. La plataforma Moodle es otra que no he explorado lo suficiente pero me parece que tiene mucho potencial. Son cosas que me llaman mucho la curiosidad pero no he tenido tiempo de explorarlas en suficiente detalle.

Se vuelven tanto más interesantes cuando uno empieza a conectarlas todas entre sí y a ver qué se puede hacer con ellas. Desde implementaciones muy simples hasta proyectos más complejos. Quiero empezar a hacer algo con todo esto, pues creo que todas estas plataformas/herramientas sirven perfectamente bien para generar nodos de creación/transformación/distribución de conocimiento. Como individuos y como organizaciones producimos cantidades inmanejables de información que, debidamente procesada y presentada, puede volverse en un conocimiento contextualizado, relevante, interesante. Y con el uso de alguna de estas tecnologías eso se puede conseguir mucho más fácilmente, puede apalancarse y generarse un impacto mayor.

Eso es lo que vengo pensando hace tiempo. Cómo utilizar estas herramientas para explotar el potencial de organizaciones por las cuales fluye conocimiento implícito que no necesariamente es explotado, sea para su uso interno o para su uso externo. Es decir, por ejemplo, como un profesional independiente puede utilizar un blog en WordPress para sintetizar sus ideas y articularlas como productos de conocimiento, y en función a eso ofrecer productos y servicios a partir de las ideas que explora. Cómo eso se conecta quizás con una implementación más sofisticada donde se puedan colgar ebooks, videos, podcasts, o incluso se puedan ofrecer cursos virtuales.

O quizás utilizando una instancia de Drupal para reunir a una comunidad, quizás los trabajadores de una organización, para que publiquen ideas sobre proyectos internos que les gustaría ver. Permitir a los demás trabajadores comentar sobre las ideas, formar equipos, realizar preguntas, votar sobre las mejores, conseguir que se implementen.

En fin. No sé. No puedo dormir y tampoco puedo dejar de pensar en todo esto, y en cómo hacer que funcione.

Páginas, sitios y plataformas

Estoy teniendo bastantes problemas últimamente intentando explicar lo que es una plataforma web. Y sí, es un concepto difícil de asimilar del todo y también de explicar.

Hay una entrada histórica que puede hacerse. En un principio, la web estaba compuesta principalmente por páginas. El hipertexto era la manera en la que esas páginas estaban escritas: un lenguaje que permitía que unas páginas estuvieran vinculadas con otras, ésas a su vez con otras, y así sucesivamente, formando una red entre todas ellas. Por aquel entonces, uno podía hacer un página web, que era justamente eso: una página enlazada y con enlaces, que contenía diferentes tipos de información. Era de cierta manera la unidad mínima de significado, y en muchos sentidos lo sigue siendo aún. Ojo, además, que hablamos de “páginas”: desde un principio se volvió necesario utilizar una metáfora del mundo físico para explicar lo que usábamos en el mundo virtual.

Conforme las páginas se volvieron más complejas y más cargas de contenidos, y entre ellas empezaron a formarse cúmulos – múltiples páginas vinculadas por contenido o por estilo, enlazadas todas entre sí – la metáfora de la página empezó a volverse insuficiente y empezamos a hablar, más bien, de “sitios”. De nuevo, una metáfora del mundo físico para explicar lo que ocurre en el mundo virtual. Un sitio implicaba una cierta cohesión, y una cierta extensión: un sitio por el cual uno puede navegar, donde entre todos los elementos existe algún tipo de articulación. De repente ya no se trataba de diseñar páginas web, sino de diseñar sitios completos: durante mucho tiempo esta tensión se evidenció en la persistencia de muchos diseñadores de cobrar los proyectos por el número de páginas que se crearían, en lugar de ver al sitio web como una unidad.

Y ahora hablamos de plataformas, y aquí todo se nos complica bastante. La web actual ya no consiste, estrictamente, sólo de páginas y de sitios (aunque ambos aún existen). La información circula entre múltiples sitios permitiéndonos nuevos tipos de interacciones cada vez más complejas: no es sólo que un sitio me lleva a otro, sino que la información misma puede fluir de un sitio a otro, puede llegar conmigo e irse conmigo, de la manera, por ejemplo, como mi perfil de Facebook puede servirme para hacer comentarios en un blog de noticias. Hay algo que permite esa interacción, que la hace posible, que escapa a lo que un “sitio web” es capaz de hacer.

La plataforma, de alguna manera, está “por debajo”, y de nuevo debemos recurrir a metáforas del mundo físico para explicar e ilustrar la confusión. La plataforma no está estrictamente limitada a las interacciones de la web – construidas en torno al vínculo y al hipertexto – sino que puede introducir sus propias interacciones y sus propias reglas de juego, que afectan a uno o varios sitios. Si tomamos una plataforma como Facebook, o Google, por usar ejemplos grandes y conocidos, encontramos que ya no es más cierto que estos sean solamente “sitios web” que uno “visita”: Google está integrado en mi navegador, en mi correo electrónico, en mi teléfono celular, de maneras que idealmente están integradas entre sí. El gran negocio del futuro ya no es solamente conseguir que visites mi sitio web (aunque ése sigue siendo un gran negocio de por sí), sino que el gran, gran negocio consiste en conseguir integrarte a mi plataforma, y conseguir que la mayor cantidad de sitios web o “propiedades web” participen y se integren con mi plataforma. Porque de esta manera puedo enterarme de todo lo que está pasando.

Y ahora se me ocurrió hablar de “propiedades web”. ¿Cómo nos referimos a, por ejemplo, una cuenta en Twitter que tiene medio millón de seguidores? Es un espacio que permite la comunicación con muchas más personas que el tiraje de la mayoría de periódicos en el mundo. Pero no es un sitio web. Tampoco, en un sentido estrictamente técnico, es una plataforma (aunque no es inconcebible que fuera descrito como tal, en realidad la plataforma sobre la que esta cuenta existiría es Twitter). Pero ciertamente no es una página, porque lo que importa es la actualización continua de múltiples mensajes de estado, cada uno de los cuales podría ser una página pero cuya importancia individual es casi nula.

¿Importa todo esto? Nadie nunca debería perder el sueño por discusiones terminológicas. Mi única intención es ilustrar dos cosas: (1) que nuestras metáforas para hablar sobre la web han cambiado significativamente en los últimos 20 años, y (2) que la idea de plataforma, que ahora se nos insinúa como cada vez más importante, es la más difícil de explicar de estas metáforas.

Jugando con la nube

Ayer estuve jugando un rato con el servicio de Amazon Web Services. Han anunciado una nueva opción para probar una cierta cantidad de procesamiento, gratuitamente, por un año, que está excelente para probarlo.

Me explico: AWS es una plataforma de computación en la nube, donde se pueden crear “instancias” de procesamiento para cualquier fin que nos venga en gana, pagando solamente por los recursos que consumamos (el tiempo que la instancia está en ejecución, la cantidad de espacio de almacenamiento utilizado, el ancho de banda consumido, etc.). Una instancia es, básicamente, un servidor virtual: funciona lógicamente y externamente como un servidor, pero no hay nunca un servidor físico en ninguna parte. Dentro de la plataforma de Amazon, se crea este servidor virtual que existe mientras nosotros queramos, y cuando lo apagamos, desaparece.

Esto quiere decir que puedo tener mi propio servidor, o mi propia granja de servidores, sin tener que preocuparme por construir toda la infraestructura que eso requeriría físicamente. Puedo lanzar una instancia, y si necesito mayor capacidad, pues lanzo una nueva instancia, y así sucesivamente. Y Amazon me cobra por la cantidad de recursos que utilizo durante el tiempo que los utilizo.

El procedimiento es bastante sencillo, pero no deja de tener sus complicaciones. Uno tiene que registrarse en la página web de AWS y empezar a suscribirse a los diferentes servicios, para lo cual tiene que indicar un número válido de tarjeta de crédito (hay una cantidad de recursos básica que es gratuita, y por encima de ellos Amazon empieza a cobrar según el consumo). Luego de activar los servicios básicos – Elastic Computing, Simple Storage, etc. – podemos empezar a lanzar instancias desde la consola de administración web, y es genial. Desde allí uno puede lanzar su propio pequeño, o gran, servidor, y conectarse a él vía terminal (SSH).

Sí, eso quiere decir que toda la administración se hace vía la consola de texto, con un sistema operativo Linux (a menos que uno escoja pagar por un sistema operativo diferente, que también es posible). A partir de ahí, uno puede escoger instalar programas en el servidor (por ejemplo, un servidor web como Apache) y dispone de un nombre de host para acceder a los servicios que ofrezca su servidor virtual. Cuando te aburres de tu máquina, simplemente la desactivas, y desaparece por completo de la existencia (a menos que la configures para almacenar sus datos en alguna parte).

Es una excelente alternativa para montar servicios y aplicaciones web a un bajo costo. Puedo de manera muy sencilla tener múltiples entornos de producción, desarrollo, prueba, o lo que fuera, o utilizarlo para brindar diferentes tipos de servicios interna o externamente. Es, básicamente, una excelente manera de contar con capacidad de procesamiento sin invertir en infraestructura y a un excelente costo.

¿Qué es esto de la "nube"?

[Este es un artículo que publiqué hace más de un año, en otro blog que ya no existe más. Pero como el tema sigue siendo relevante, y algunas de las ideas que menciono aquí son temas que quiero revisitar en los próximos días, se me ocurrió que sería buena idea rescatar este artículo.]

Últimamente se escucha cada vez más y más de los beneficios o perjuicios de la “nube” – the Cloud – y por todos lados la presentan como la gran promesa computacional del futuro, o en su defecto, como simplemente una moda más que pasará dentro de unos meses trayéndose abajo una serie de nuevas empresas que están trabajando en ella.

Creo que vale la pena elaborar un poco la idea de la nube computacional o de la computación en nube para tratar de empezar a entender su potencial y lo que se puede hacer con ella. Es una locura abstracta, pero bien puede significar que reconceptuemos muchas cosas de nuestro uso de la tecnología – si es que no lo hacemos ya. La idea de la “nube” es básicamente la idea de que, en algún momento, será posible y hasta deseable que toda nuestra información esté en Internet, de una u otra manera. Que esto termine siendo más práctico/útil que tener la información en discos duros o redes locales, como hemos estado acostumbrados en los últimos años. Conforme hasta las refrigeradoras están conectadas a Internet, y conforme la capacidad de procesamiento y almacenamiento masivo alcanza cada vez nuevos límites por el lado de los servidores, parece empezar a tener sentido esta idea: la “nube” ofrece la posibilidad de acceder a mi información desde cualquier computadora o dispositivo con acceso a Internet, y ya no tengo necesariamente que estar atado a una PC específica para acceder a mis datos.

Ésta es la idea en su forma bastante básica. Un excelente ejemplo de esto son los servicios de Google: quien usa Gmail, por ejemplo, confía en que su correo estará disponible en la nube y que puede acceder a él desde cualquier computadora, y ya no es necesario tener una copia local (obviamente la nube no es perfecta: hace unas semanas escuchamos de la tragedia que significó que Gmail cayera por unas horas). O también, uno puede acceder a sus documentos desde cualquier PC con Internet y navegador utilizando Google Docs.

Ahora, la nube cada vez está permitiendo hacer cosas más y más complejas, y también más y más interesantes. No se trata solamente de que ahora puedo tener mis documentos y mi correo permanentemente en la nube (como si eso fuera poca cosa), sino de que puedo utilizar la nube para montar todo tipo de aplicaciones. Amazon ha lanzado hace unos meses una serie de servicios web que permiten a cualquier persona montar sus propios servicios sobre la granja de servidores de Amazon – en esencia, sobre la nube. En otras palabras: Amazon ha abierto la puerta para que cualquiera pueda crear y correr sus propias aplicaciones web, de una manera fácilmente administrable y a un costo accesible (Amazon sólo cobra por en función a los recursos utilizados). Ya no es necesario, para operar grandes servicios, hacer grandes instalaciones tecnológicas e implementaciones excesivamente complejas, sino que ahora, usando los Amazon Web Services yo mismo puedo montar el servidor desde el cual correr mi servicio y pagar sólo por lo que uso. La “democratización” que esto significa en términos de infraestructura es enorme.

El ejemplo que me llevó a escribir esto: una guía publicada por Dave Winer sobre cómo utilizar los servicios de Amazon para montar tu propio servidor, todo en menos de una hora. La guía de Winer está escrita (en inglés) de tal modo que permita seguir el proceso de una manera muy sencilla –permitiendo que muchas más personas, de querer hacerlo, puedan de manera simple montar su propio servidor utilizando la nube de Amazon. Bajo costo, simple implementación, grandes posibilidades.

(Imaginen la manera como un recurso como éste nivela el campo de juego para empresas que no tienen gigantescos presupuestos para implementar servicios y aplicaciones web – piensen, por ejemplo, en la manera como esto podría servir a las empresas peruanas a brindar servicios globales.)

Por supuesto, la misma nube que corre la cosa detrás de cámaras nos da nuevas posibilidades a nivel de usuario. Hoy día descubrí, y estoy afanadísimo, MixTape.me. MixTape.me es un servicio en la web para escuchar música en línea similar a muchos otros: uno busca nombres de artistas o canciones y escucha la música directamente desde la nube, sin tener que descargar ningún archivo ni instalar ningún programa. MixTape.me tiene además la gracia de que permite muy fácilmente ordenar las canciones en listas de reproducción, publicar estas listas y acceder a las lista de otros usuarios, con lo cual se hace muy fácil encontrar recomendaciones de música que podría gustarnos. Lo interesante de la nube en este caso, es que nos obliga a la pregunta: ¿entonces para qué queremos miles de archivos MP3 en el disco duro, si todo podemos encontrarlo fácilmente en la nube? ¿Estamos yendo en esta dirección?

Por ahora, sí y no. Por un lado suena genial la idea de que – imaginando, por ejemplo, un dispositivo móvil permanentemente conectado a Internet, que es algo que ya existe hoy – puedo jalar toda mi música directamente de la nube sin tener que preocuparme por sincronizar dispositivos o de estar ordenando colecciones de archivos. Pero, por otro, hay una cierta inmediatez y cotidianidad en tener mis propios archivos, ordenarlos a mi gusto y demás. Quizás sea un fetiche, o solamente la costumbre, pero no deja de parecer más cómodo, y también más seguro, tener mis propios archivos en mi propio disco duro. No deberíamos dar el salto de entregarnos a la nube tan fácilmente: a pesar de que ofrece muchas posibilidades, también debemos pensar con cuidado si es que queremos que toda nuestra información esté por ahí, flotando en alguna parte.

Drupal y WordPress

Últimamente he estado bastante dedicado a montar nuevos sitios usando como plataformas tanto Drupal como WordPress. Ambos son especies distintas de plataformas CMS – Content Management Systems, o sistemas de gestión de contenido. En esencia, una plataforma CMS es un software que nos permite montar un sitio web utilizando un esqueleto completamente funcional para todas las características más importantes (y más), de modo que podemos preocuparnos menos por la administración y concentrarnos en producir y publicar contenido. Así, no tengo que estar diseñando cada página nueva que agrego a mi sitio, o preocupándome por volver a codificar un menú cuando quiero agregar un nuevo elemento, porque el CMS se encarga a aplicar automáticamente a todo contenido nuevo plantillas que hacen que el estilo visual se conforme con el de todo el sitio, y tiene funciones avanzadas de administración para no tener que estar redescubriendo la pólvora todo el tiempo.

Lo que cedemos a cambio de esta comodidad es flexibilidad. No podemos hacer todo el tiempo cualquier cosa que queramos con cualquier elemento de nuestro sitio – al menos no fácilmente. Estamos limitados por los parámetros y la funcionalidad del CMS, a cambio de poder concentrarnos en el lado del contenido. Al implementar un CMS, hacemos una fuerte inversión inicial de tiempo en la configuración, y luego prácticamente no tenemos que preocuparnos por la configuración del sitio a menos que queramos hacer cambios grandes, arquitectónicos.

Bueno, todo esto es simplemente porque quería hablar de Drupal y WordPress, quizás los dos CMS de libre acceso más populares que hay en el mercado. No soy de la idea de que estas plataformas estén enfrentadas o se tenga que optar por una o por la otra como LA plataforma única – más bien, cada una tiene sus fuertes, su espacio y su contexto.

WordPress es utilizada principalmente para blogs, pero utilizando diferentes plantillas y plug-ins en verdad su funcionalidad puede extenderse de maneras espectaculares. Cualquiera puede crear un blog gratuito utilizando wordpress.com que corre sobre la versión 3.0 de WordPress. Su gran elemento a favor es su simplicidad de uso – sobre todo para usuarios sin mucha experiencia técnica, actualizar un sitio construido en WordPress es muy, muy sencillo. Otro de sus grandes pros es la enorme comunidad de gente trabajando con WordPress, lo cual quiere decir que es muy sencillo encontrar muy buenos estilos visuales, gratuitos, que se pueden implementar sobre un sitio WordPress. Ojo que trabajando en wordpress.com las opciones son, más bien, un poco más limitadas. WordPress empieza a volverse más poderoso a aún más interesante cuando instalamos el software en nuestro propio servidor. Esto es un procedimiento más técnico, pero no es imposible de realizar, y de hecho hay muy buenos tutoriales en línea para hacerlo. Además, muchos proveedores de alojamiento web (hosting) ofrecen programas de instalación automática de plataformas populares como WordPress, haciendo aún más sencillo el proceso.

Se trata de un plataforma con la que disfruto mucho trabajar, pero tiene también sus inconvenientes. WordPress es muy bueno para blogs o sitios web chicos (por ejemplo, para pequeñas empresas, o profesionales independientes, proyectos, o grupos de trabajo). Pero conforme el proyecto y la complejidad del proyecto empiezan a crecer, WordPress empieza a quedarse un poco chico, y a pesar de ser muy flexible, no es quizás la mejor opción para ampliar demasiado la funcionalidad.

Otra plataforma con la que trabajo mucho es Drupal. Drupal es software de acceso gratuito también, y donde Drupal me parece que destaca es allí donde WordPress se queda corto – en el manejo de sitios grandes, bastante más complejos y que requieren de muchos tipos distintos de funcionalidad. Drupal es completamente modular – está compuesto por un núcleo que maneja las funciones básicas, y a partir de allí su funcionalidad puede ampliarse casi ilimitadamente mediante la instalación de módulos que habilitan funciones puntuales y concretas. Esto hace que realmente no hay instalaciones “estándar” de Drupal, sino que a partir de la infraestructura básica cada uno más o menos configura su sitio según sus propias necesidades puntuales. Esto hace que no sólo no tenga que utilizar todas las funciones, sino que en muchos casos ni siquiera tengo que instalar los módulos si no los necesito.

Pero Drupal es problemático en el otro aspecto: no es, quizás, la plataforma más amigable para instalar o para administrar. Requiere un poco más de experiencia técnica para ambas cosas, pues hace visibles muchos componentes del servidor que en plataformas como Drupal son completamente transparentes. La guía de instalación disponible en la misma página de Drupal es bastante buena y completa, pero requiere de mayor complejidad técnica para que sea útil. Lo bueno es que la comunidad de usuarios de Drupal es muy involucrada y crece rápidamente, con lo cual los recursos disponibles de tutoriales, documentación, así como de plantillas visuales y módulos están mejorando muy rápidamente. Para implementaciones más complejas de sitios web – lindando, quizás, ya con la frontera de “aplicaciones web” – Drupal es realmente una muy buena opción.

Así que ahí lo tienen – dos opciones de plataformas CMS, muy buenas, cada una con sus pros y sus contras pero, sobre todo, cada una con uno u otro contexto en el cual destaca más o resulta más útil o conveniente para la implementación. Si esta información les resulta útil por favor dejen un comentario, y quizás luego puedo escribir un poco más sobre mi experiencia con cada una.

Registros

Hay muchas cosas que quiero comentar hace tiempo, pero no encuentro el momento. En todo caso, en los últimos días he estado leyendo un libro de Lisa Gitelman, titulado Always Already New: Media, History And The Data Of Culture. Es un libro sobre “medios de inscripción” en los últimos dos siglos: medios que han sido utilizados para registrar cosas. Y tiene dos dimensiones bastante interesante, por un lado explorando la aparición de diferentes tecnologías de inscripción, desde el fonógrafo hasta la web, y la manera como se elaboraron protocolos sociales para su uso en su momento (en un proceso de lo que McLuhan llama “hibridación”); pero por otro lado, explorando también la transformación de nuestra noción de inscripción o de registro – es decir, que a diferentes posibilidades técnicas se corresponden también diferentes nociones historiográficas sobre qué debe ser registrado, cómo debe ser registrado, y qué significa registrar para la posteridad.

Por este libro retrocedí a los orígenes de lo que luego vino a ser esto del “Internet”, y la manera como se fue formando originalmente. Es interesante porque el origen de los protocolos y la estructura básica vino de un grupo bastante heterogéneo de académicos trabajando con contratistas privados armando un proyecto para el Departamento de Defensa de EEUU. Pero eran, también, en esencia una comunidad temprana de hackers. Y en sus dinámicas grupales pueden mapearse, también, muchas de las actitudes que luego quedarían inscritas en los protocolos de uso de ARPAnet, de Internet, y eventualmente también de la web.

Me llamó especialmente la atención su actitud hacia la discusión y la documentación, que quedó capturada en el documento RFC (Request For Comments) 3, de 1969. El grupo de trabajo utilizaba documentos que circulaba entre sus miembros como propuestas sobre las cuales los demás miembros agregaban comentarios, y éstas eran sus reglas sobre qué calificaba como discutible:

The content of a NWG note may be any thought, suggestion, etc. related to
the HOST software or other aspect of the network.  Notes are encouraged to
be timely rather than polished.  Philosophical positions without examples
or other specifics, specific suggestions or implementation techniques
without introductory or background explication, and explicit questions
without any attempted answers are all acceptable.  The minimum length for
a NWG note is one sentence.

Esto – y es además lo que resalta Gitelman – sucede, entre otras razones, porque el medio que estaban construyendo ofrece un conjunto de nuevas posibilidades para la inscripción y el registro de ideas. Esto lo recoge el mismo RFC en su párrafo siguiente:

These standards (or lack of them) are stated explicitly for two reasons.
First, there is a tendency to view a written statement as ipso facto
authoritative, and we hope to promote the exchange and discussion of
considerably less than authoritative ideas.  Second, there is a natural
hesitancy to publish something unpolished, and we hope to ease this
inhibition.

Es decir, querían la mayor apertura posible para lo que se entendía como un trabajo en progreso, donde se requerían nuevas ideas y propuestas más que posturas refinadas y cuidadosamente sustanciadas. Se buscaba fomentar la discusión y la evaluación de posibilidades, más que algún tipo de verdad o modelo definitivo que resuelva el problema.

Publicar las ideas, y luego filtrarlas, en lugar de filtrarlas primero y publicar las sobrevivientes. Lo que termino siendo, en muchos sentidos, el modelo cultural de la publicación en la web.

Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información

No son los únicos, pero son ciertamente una base fundamental: les dejo aquí una pequeña selección de ocho libros que me parece son imprescindibles para entender el funcionamiento de la sociedad de la información en la época de los medios digitales. La lista podría ser mucho más amplia, pero quería hacer una breve selección arbitraria de libros recientes que me parecen determinantes por una serie de razones. Sin ningún orden en particular, ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información:

Convergence Culture. El libro más importante de Henry Jenkins (a quién deberías conocer si estás interesado en el tema de los media studies) introduce una serie de conceptos sumamente útiles y novedosos, entre ellos el enfoque de la convergencia mediática para entender el cambio tecnológico no como un proceso de reemplazos y desplazamientos, sino como uno de prácticas sociales en constante reinterpretación. Jenkins habla también aquí de su concepto de transmedia para ilustrar la manera como tanto los contenidos que consumimos, como nosotros mismos como consumidores, no existimos ya bajo experiencias mediáticas aisladas, sino que participamos de múltiples experiencias en paralelo e incluso en simultáneo, lo cual introduce nuevas demandas y expectativas hacia las narrativas con las que nos involucramos.

The Wealth of Networks. He comentado hace poco por qué me parece que este libro de Yochai Benkler es un referente imprescindible: Benkler hace una investigación sumamente detallada sobre las prácticas económicas emergentes en el mundo digital y la manera como estas prácticas están generando una nueva forma de producción. La reducción en los costos de transacción y organización hace viables empresas (en todo el sentido de la palabra) que no están necesariamente motivadas por el lucro, sino que contribuyen a la creación y acumulación de capital social entre las personas que participan de ellas. Benkler analiza las maneras como esta nueva forma de producción tiene un enorme potencial para dinamizar una serie de sectores económicos, pero también evalúa la manera como los actores establecidos están colaborando consciente o inconscientemente para entrampar este nuevo universo productivo en gestación. El texto completo del libro pueden encontrarlo en línea.

Understanding Media. Éste es un poco trampa, porque es el más viejo de la lista. Se trata del texto más importante de Marshall McLuhan, donde se acuñaron expresiones confusas como “el medio es el mensaje” o “la aldea global“. A pesar de ser un texto de 1964, sirve como un adelanto de lo que vendrían a ser las consecuencias de la tecnología electrónica en lo que McLuhan llamaba el “hombre tipográfico”, el hombre propio de una cultura formada a partir de la lógica lineal, secuencial, masiva e industrial de la imprenta y la tipografía. McLuhan es sumamente oscuro en este libro y profundizar en sus ideas es complicado, pero su capacidad para adelantarse a cambios tecnológicos que aún no se hacían presentes es sorprendente. Esto es, quizás, propio además de su concepción de la nueva cultura mediática, una concepción de la tecnología donde los efectos se muestran antes que las causas y donde la linealidad del progreso debe ser abandonada por un entendimiento del cambio mediático como transformaciones cualitativas de nuestro entendimiento del mundo.

La era de la información. El magnum opus de Manuel Castells está compuesto por tres volúmenes que establecieron en los 90s la línea de base a partir de la cual entender la sociedad informacional (que, además, distingue por primera vez de la “sociedad de la información”). Castells se da el trabajo de realizar un análisis social de todas las múltiples dimensiones que se ven afectadas por el cambio en los patrones de conducta en la sociedad de la información, cuando dejamos de únicamente circular información (algo propio de todas las sociedades) y la producción, distribución y transformación de información se convierten, más bien, en la actividad económica y social más importante de nuestra cultura. La política, la economía, la identidad, las relaciones sociales, las relaciones internacionales, las afinidades nacionales, el trabajo, el comercio, los medios de comunicación, son sólo algunas de las categorías que Castells evalúa en la manera como se ven impactadas por este cambio fundamental en nuestra actitud hacia el conocimiento y la información.

Free Culture. Este libro de Lawrence Lessig, disponible libremente (también en su traducción en español como Cultura libre) explora la relación compleja que se establece en la economía digital con la legislación en derechos de autor. Lessig plantea que, a medida que más y más de nuestra cultura pasa por alguna forma mediática y tecnológica, y a medida que nuestro uso de la tecnología nos permite hacer cosas nuevas antes impensables, la legislación que regula nuestro consumo de información y de productos culturales no se ha mantenido igualmente dinámica. El aparato legal existente ha llevado a la sociedad a una posición donde una mayoría se ha vuelto delincuente por hacer algo que parece completamente cotidiano y coherente, y en ese sentido la ley se ha vuelto un obstáculo para el florecimiento de nuevas producciones culturales, en lugar de un incentivo. En este libro Lessig establece los fundamentos sobre los cuales se construirá luego el movimiento Creative Commons.

The Long Tail. Chris Anderson, el editor de la revista Wired, introdujo la idea de la larga cola en un artículo para la misma revista en el 2004 (disponible traducido al español) que luego expandió en un libro del mismo nombre. La idea de la larga cola es simple: la tecnología hace que sea más fácil tanto producir como consumir, y esto es en sí mismo un incentivo para que más personas produzcan más cosas en torno a intereses cada vez más específicos, al mismo tiempo que los consumidores pueden fácilmente encontrar cosas por específicas a sus gustos que sean, dado que Internet (con herramientas como Google) hacen muy sencillo conectar la oferta con la demanda. Lo que esto hace posible, sobre todo respecto a economías de bienes virtuales, es que la larga cola de la distribución de Pareto, o todos aquellos productos que antes fueron comercialmente inviables, se vuelven ahora un espacio de oportunidades por explotar en la medida en que se puede agregar la demanda por ellos. Esto abre la puerta para una nueva generación de emprendimientos digitales de pequeña y mediana escala (o incluso enorme escala, como Amazon).

Inteligencia colectiva. Pierre Lévy subtitula esta obra “Por una antropología del cibersespacio”. Lévy explora la manera como el ciberespacio está transformándonos cognitivamente y replanteando nuestras asociaciones sociales en torno a la resolución de problemas. En la sociedad informacional hay tanta información que procesar que es imposible que ningún individuo emprenda esa tarea por sí mismo, pero incluso aquello que un individuo sí necesita procesar es demasiado para sus propias capacidades. Pero esta nueva imposibilidad viene de la mano con tecnologías que nos permiten compartir, cooperar y colaborar de maneras mucho más sencillas que cualquier otra forma conocida, lo cual hace posible que se construyan así inteligencias colectivas: redes conectadas de individuos donde ningún individuo puede saberlo todo, pero todos pueden saber algo y compartirlo con los demás. Para Lévy, éste s el punto de partida de toda una serie de transformaciones en nuestras organizaciones sociales, pues este nuevo principio subvierte la existencia de jerarquías verticales y transforma el significado de ejercer un rol o una función en una organización o estructura social. El texto completo en español se encuentra disponible en línea gracias a una edición virtual de la OMS.

Everything is Miscellaneous. El tema epistemológico es también el interés de David Weinberger, aunque Weinberger lo trabaja más bien desde el punto de vista de cómo ordenamos los conceptos. Según Weinberger, nuestro entendimiento del ordenamiento de la información en la forma de categorías excluyentes es propio de una sociedad que ordena su información utilizando un espacio físico: como el espacio es finito y tiene una serie de características limitantes para la disposición de las cosas, nos hemos visto obligados a adaptar nuestros esquemas mentales a nuestros esquemas físicos. Nuestras mentes, básicamente, funcionan como archivadores, o como librerías. Pero la web elimina esa condición básica: el espacio se vuelve virtualmente infinito, la cantidad de contenido que almacenar y ordenar también, y no se aplican las mismas limitaciones que tenemos en el espacio físico. De repente nos vemos enfrentados a un mundo en el cual todo puede encajar bajo múltiples categorías al mismo tiempo sin que eso sea un problema, excepto porque se vuelve una inmanejable sobrecarga de información. La solución para Weinberger es contraintuitiva: la solución a la sobrecarga de información es más información, información sobre información, para navegar esta nueva red de conocimiento. La información se vuelve un commodity, y saber navegarla y encontrar lo importante se vuelve la habilidad realmente valiosa. El prólogo y el primer capítulo del libro se encuentran disponibles en su sitio web.