Siguiendo en la línea de mi post anterior, algunas muestras más generadas por el código que tengo y el tipo de preguntas o narrativas que se pueden generar cuando se examinan. En el caso anterior, a manera de ejemplo generé mapeos simples de términos como “PCP-SL” o “MRTA” en el documento de la cronología de eventos que está incluido en el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Aunque son interesantes, no son terriblemente profundos.
Pero también podemos hacer otros tipos de mapeos. Por ejemplo, si queremos hacer un poco de historia política reciente, podemos mapear búsquedas de los principales personajes de la historia política durante el periodo de violencia interna en el Perú entre 1978 y el año 2000. A manera de ejemplo, estos son los resultados de mapear en el documento la incidencia de los nombres de presidentes peruanos en este periodo (Belaúnde, García, Fujimori, Paniagua, Toledo), a lo largo del mismo periodo. Mayor o menor frecuencia puede indicar mayor o menor participación en la vida política a lo largo de este periodo, al menos en lo que refiere a lo documentado por la CVR.
Cuando vemos los mapeos en comparación, ¿qué tipo de observaciones podemos hacer? Primero que nada, podemos ver que las “estelas” de Belaúnde y García son más extensas que las de los demás. Como podríamos anticipar, Fujimori no existe antes del 89: la data no hace sino validar su categoría de “outsider” al sistema política partidario, y su incremento abrupto y marcado en los años subsiguiente coincide con el descenso en la frecuencia de los demás nombres – coincidente con el desmantelamiento de la clase política tradicional que operó el fujimorismo. Paniagua tiene un rol menor en los ochentas y luego virtualmente desaparece hasta la transición del 2000, mientras que Toledo registra solamente en periodos electorales (1995 y 2000).
En realidad estos cuadros no muestran nada que no sepamos ya – de hecho, a muchas de estas observaciones sólo podemos llegar porque ya sabemos muchas de estas cosas, y apenas comparamos nuestro conocimiento con lo que muestra la data. Lo interesante está, creo, en que la data, sin haber sido diseñado para eso (o para siquiera ser considerada como data) efectivamente valida estos patrones. Si no supiéramos varias de las cosas que ya sabemos, y trabajáramos con documentos menos estructurados, un análisis de este tipo nos mostraría tendencias para poder volver sobre estos vacíos y patrones y examinar en detalle por qué se dan discrepancias o se generan tendencias.
En este caso los ejemplos nos sirven más bien para validar que la herramienta efectivamente arroja datos válidos y por extensión, potencialmente interesantes. Si nos mostrara patrones que no tienen mayor sentido, alrededor de los no podemos construir una narrativa coherente, entonces pensaríamos o que el algoritmo está mal diseñado o que mi capacidad de programación es muy pobre. Felizmente, parece que ambas cosas no son (totalmente) ciertas porque de hecho tenemos resultados en apariencia válidos, con lo cual podemos seguir buscando nuevas cadenas y combinaciones y comparaciones que nos empiecen a insinuar cosas que no sabemos.
Con lo cual vale la pena mencionar algo más sobre el código: por ahora, a lo mucho hay una o dos funciones interesantes y una capacidad muy pobre de representación gráfica. Pero espero ir ampliando esto con el tiempo para darle mayor utilidad. Por lo cual cualquier feedback me sirve para ir pensando en maneras cómo se pueden generar interrogaciones sistemáticas extendiendo el código. Una de las primeras cosas que quiero agregar, además, es la capacidad para generar mejores gráficos que reflejen con mayor claridad los patrones, y quizás incluso con la capacidad de comparar múltiples resultados al mismo tiempo (por ejemplo, la data presentada arriba sería mucho más útil comparada lado a lado que como cinco gráficos separados). También quiero buscar la manera de hacer búsquedas por colocaciones (bigramas, trigramas o enegramas) para poder buscar nombres completos, nombres de organizaciones e instituciones.
He estado trabajando últimamente en un proyecto que involucra el uso de procedimientos computacionales para el análisis de datos, trabajando en el desarrollo de programas en Python para catalogar y analizar datos o para procesar textos en busca de patrones. Una de las cosas interesantes que ha salido de esto es un trabajo a partir del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación peruana, que además este año cumple diez años de haber sido publicado. El Informe Final es un esfuerzo masivo de investigación que involucró a un equipo enorme trabajando a través del Perú durante varios años, y es quizás el documento más comprehensivo de nuestra historia reciente sobre nuestra historia reciente. Se trata de nueve tomos más sus anexos, para un total de, si mal no recuerdo, alrededor de ocho mil páginas.
Por ello mismo, es sumamente difícil poder leerlo todo – a pesar de que lo he intentado varias veces, nunca lo he logrado. Existe Hatun Willakuy, la versión abreviada del IF en un solo volumen, pero obviamente no tiene la misma densidad y profundidad de información. De modo que se me ocurrió que el texto mismo del informe podría prestarse para una forma de lectura lejana (lo opuesto a una lectura cercana) donde el texto es tomado como la base de un análisis computacional que procesa el texto en busca de patrones significativos. Esto es totalmente un experimento, pero la idea del experimento es realizar este tipo de lecturas no con la intención de que un algoritmo agote el significado del texto, sino de que podamos utilizar un algoritmo para alzar preguntas y exponer áreas de interrogación que quizás no hubiéramos considerado antes. Esta aclaración es importante porque este tipo de herramientas de análisis basadas en computación o métodos en el ámbito de las humanidades digitales son suficientemente nuevas como para que su uso se pueda confundir o malinterpretar en el sentido de que intentemos dejar que la computadora responda preguntas, cuando en realidad es más interesante que genere posibilidades de interrogación.
Como un primer experimento dentro de lo espero se vaya volviendo un proyecto más completo con el tiempo (y que espero pueda resultar de interés a otras personas que se quieran ir sumando), he trabajado con la cronología de eventos entre 1978-2000 que forma parte de los anexos del informe. El archivo original en PDF, por supuesto, no está disponible en un formato fácilmente analizable, así que lo primero que hice fue convertirlo en un archivo de texto que pudiera ser analizado. Luego, dividí el archivo en secciones por año, para poder hacer un análisis comparativo a lo largo del tiempo. Todo el código que he generado está disponible en Github como el proyecto CVR Analytics para que cualquiera lo clone o analice. El código se apoya en el módulo NLTK para procesamiento y análisis del lenguaje natural, y es todavía un trabajo en progreso – de hecho, varias cosas importantes como la identificación de eventos y fechas todavía no funcionan como deberían.
Pero incluso en su forma actual se pueden formular algunas preguntas interesantes. La función word_map(), por ejemplo, permite buscar un término específico en el texto y visualizar la frecuencia con la que aparece en la cronología año por año. Esto genera algunos resultados interesantes, aún cuando muchos de ellos pueden ser esperables. Por ejemplo, una búsqueda por “PCP-SL” como término genera lo siguiente:
(Soy consciente de que mis visualizaciones son un poco crudas, pero vamos, esto es sólo una prueba de concepto.)
Otra función interesante es la de yearly_collocations(), que utiliza las funciones incluidas en NLTK para generar bigramas frecuentes: palabras que coinciden juntas con una inusual frecuencia. Las colocaciones para los años 1979-1981, por ejemplo, son éstas:
1978
Building collocations list
Asamblea Constituyente; Movimientos sociales; Francisco Morales; Hugo
Blanco; Óscar Molina; Cisneros Vizquerra; Partidos políticos; paro
nacional; Blanco Galdós; Fuerzas Armadas; Molina Pallochia; Morales
Bermúdez; alto nivel; decretos legislativos; las elecciones; origen
político; más alto; Luis Cisneros; Alva Orlandini; Estados Unidos
1979
Building collocations list
Partidos políticos; Morales Bermúdez; Francisco Morales; Junta
Militar; Movimientos sociales; Pacto Andino; Partido Comunista; Bedoya
Reyes; Cuadros Paredes; Raúl Haya; otro lado; Armando Villanueva; Por
otro; movimiento popular; Víctor Cuadros; Víctor Raúl; Luis Bedoya;
garantías individuales; las Fuerzas; Asamblea Constituyente
1980
Building collocations list
Belaunde Terry; Richter Prada; Partidos políticos; Pedro Richter;
origen político; Barrantes Lingán; Movimientos sociales; Manuel
Ulloa; Elecciones Generales; Alfonso Barrantes; Ulloa Elías; José
María; Orrego Villacorta; Silva Ruete; Eduardo Orrego; San Martín;
Armando Villanueva; Mientras tanto; Javier Silva; del Interior
Claramente no es un análisis perfecto – parte de los problemas que he encontrado hasta ahora han girado en torno al trabajo con un texto en español, cuando la mayoría de documentación y cuerpos de análisis disponibles están todos en inglés, de modo que el análisis es muchas veces menos que perfecto. Pero es un punto de partida, y muchos de los problemas seguramente pueden corregirse (seguramente con facilidad por alguien con mejor manejo del código que yo). Lo que quiero señalar con esto es simplemente que este tipo de análisis de textos masivos, como el Informe Final, pueden servir para elucidar preguntas y evidenciar patrones que de otra manera podrían permanecer ocultos en el texto y pasar desapercibidos a una lectura pormenorizada.
De ninguna manera esto es un mejor modo de lectura, o reemplaza al trabajo exegético y analítico que las humanidades y las ciencias sociales están acostumbradas a hacer. Pero ciertamente puede servir como un complemento, ayudando a abrir líneas de investigación u oportunidades de trabajo a seguir explorando. En mi caso, representa un primer experimento para seguir trabajando no sólo como aproximación analítica sino con suerte para luego complementarlo con un trabajo productivo, tomando no sólo la cronología sino también otras partes del informe y procesándolas para generar visualizaciones, archivos, o reinterpretaciones que permitan que un público más amplio pueda aproximarse a esta información y navegarla sin tener que saltar la valla altísimo de enfrentarse al informe en su totalidad.
Y claro, nunca está de más decir que cualquier comentario o pregunta sobre esto es bienvenido, para ir mejorando y ampliando el proyecto en otras direcciones.
Acabo de estar hace un rato en un evento en el MIT Media Lab organizado por el Center for Civic Media, Peer To Peer Politics: Moving Beyond Left and Right, una discusión sobre nuevas formas de política en la era digital entre Steven Johnson, Yochai Benkler, Susan Crawford y Lawrence Lessig. Sí, harto superstar de las discusiones sobre Internet. Pero a pesar de que fue una muy buena discusión, hubo en general un exceso de optimismo en las afirmaciones que automáticamente activaron mi escepticismo. No suelo tomar la postura escéptica, pero creo que es el contrapeso saludable a un optimismo desbordado. Y como hace poco estuve considerando cómo posicionar los discursos sobre la tecnología a lo largo de diferentes espectros, incluyendo el espectro entre pesimismo y optimismo (o tecnofilia y tecnofobia), me pareció pertinente articular un poco de este escepticismo sobre todo cuando empieza a vincularse con las maneras como nos organizamos colectivamente para, entre otras cosas, la participación política.
Quizás lo primero que hay que observar es la radicalidad de las transformaciones – o la carencia de tal, mejor dicho. Hace unas semanas, en el Coloquio Redes y Filosofía en Lima, el filósofo francés Alexandre Lacroix señalaba que Internet representaba la tercera revolución del signo, después del alfabeto y la imprenta. Pero lo que suele perderse de vista cuando se observa esto es que estas revoluciones fueron espectacularmente lentas. El proceso de difusión y adopción de la imprenta fue largo y complicado, y no fue de ninguna manera unívoco: diferentes comunidades a través de Europa adoptaron la imprenta de diferentes maneras para diferentes objetivos, y tantas otras la resistieron y demoraron (este proceso ha sido documentado, entre otras personas, por Elizabeth Eisenstein, Natalie Davis, Peter Burke y Asa Briggs – referencias debajo). La consolidación de la imprenta tomó literalmente siglos y probablemente no terminó de articularse hasta mediados del siglo XIX. Y aunque uno puede perfectamente argumentar que la velocidad del cambio es muchísimo mayor en la era digital, no hay ninguna razón para suponer que estos procesos son inmediatos. La manera como Internet transforma nuestros patrones sociales, incluyendo la participación política, no es un proceso unidireccional ni inexorable, y está marcado por la interacción con otros procesos sociales y especialmente por la participación de diferentes instituciones previamente existentes. No hay ni ha habido una singularidad inmediata en la cual el transistor, el TCP/IP, el HTTP, o Twitter hayan marcado un salto cualitativo inmediato y el problema de asumir tácita o implícitamente ese salto cualitativo es que introduce discontinuidades que impiden el análisis y el contexto histórico.
De allí que cuando se introduce la discusión sobre nuevos modos de producción que empiezan a reclamar centralidad en la era digital, esta introducción suele venir desprovista de antecedentes históricos previos a Internet. En The Wealth of Networks Yochai Benkler hace un genial análisis de la manera como se configura un nuevo modo de producción que no está regido por la maximización de utilidades del sector privado ni por la satisfacción del bienestar común del sector público. Pero lo que este análisis no toma en consideración es que este tercer modo de producción tiene una historia significativa en el desarrollo de movimientos sociales, de comunidades de interés y en general en la articulación del sector social en los últimos cuarenta años: la aparición de organizaciones de todo tipo y tamaño, motivados por intereses estrictamente privados pero sin ningún tipo de pretensión de generar utilidades. Es cierto que al reducir dramáticamente los costos de transacción de la organización colectiva, Internet hace que este modo de organización sea mucho más accesible, pero hay una continuidad que no puede ni debe ignorarse en la manera como nuevos y viejos movimientos empiezan a reinterpretarse desde la web.
La otra inconsistencia que se introduce es entre la operación de modos de producción o lógicas organizacionales a nivel macro y a nivel micro, que termina siendo profundamente influenciado por el espectro político previamente existente: uno puede querer creer que después de la web no hay izquierdas ni derechas, pero porque uno quiera mucho creer en algo no lo hace verdad. Entonces, la izquierda cree que las nuevas organizaciones que surgen en la era digital deberían ser auto-motivadas y no tener fines de lucro, y la derecha piensa que sólo pueden ser transparentes y comprensibles cuando hay un lucro que garantiza los intereses de todas las partes. Pero en realidad, el lugar donde uno se ubique en el espectro político, o el modo de producción en el cual uno se ubique – llamémoslos gruesamente el mercado, el Estado, o las “redes” del tercer sector – no tienen realmente por qué determinar la manera como se rige la organización a nivel micro. Una empresa puede ser pública tanto como el Estado puede generar redes ad hoc a su interior; una empresa privada puede diseñar redes dentro de su estructura organizacional que coexistan con unidades estrictamente dedicadas a la generación de utilidades (por ejemplo, inversión en investigación y desarrollo); y una organización del sector social o una red de acción colectiva puede operar bajo una lógica de generación de utilidades para garantizar su sostenibilidad y alimentar su propio crecimiento. Me parece que se pone demasiado énfasis en una suerte de coherencia moralista de que si uno se ubica en una cierta región tiene que limitarse a cierto tipo de herramientas, que en el fondo lo que hacen es limitar las posibilidades de experimentación e innovación. Lo más interesante de este proceso no es agregar una categoría a la tabla, sino que al eliminar barreras, todas las categorías previas pueden conectarse entre sí.
El problema es, también, que se pone intencionalmente o no demasiado peso sobre la idea de que estas nuevas formas (que además no son tan nuevas) que empiezan a adquirir centralidad son de alguna manera “mejores” o una suerte de “adelanto del futuro”. Si Wikipedia es posible, entonces el futuro será como Wikipedia y los Estados se volverán WikiEstados y las empresas cambiarán sus modelos de gestión para poder tener las comunidades de Wikipedia. Pero esto no tiene por qué ser así, y de nuevo, viene de la mano de un cierto moralismo de que debemos modificar todas nuestras estructuras e instituciones en función a un único modelo de organización. Pero que ese modelo funcione en un caso, o incluso que funcione en muchos casos, no quiere decir ni que funcione en todos los casos, ni que se vuelva un imperativo el transformar todo hacia ese modelo. ¿Por qué Apple no es más como Linux? Porque no quiere, pues. No tiene por qué serlo tampoco. Diferentes organizaciones tienen diferentes objetivos, y diferentes objetivos se verán favorecidos por diferentes modelos organizacionales. El modelo de la red participativa puede funcionar muy bien para Linux; pero claramente a Apple le va bastante bien con un modelo cerrado, claramente regulado internamente con espacios de innovación delimitados. Pero decir que porque fue posible una aglomeración como #OccupyWallStreet todas nuestras relaciones políticas han cambiado para siempre es un poco ingenuo, especialmente cuando de la organización ad hoc como #OWS no surgieron resultados concretos en términos de políticas públicas o modificación de instituciones. Es más, si la contraparte de #OWS en Estados Unidos es el Tea Party, es notable cuánta más influencia ha tenido este último en el proceso político estadounidense: marcando la agenda, definiendo candidatos y movilizando comunidades para que los candidatos que enarbolan su agenda sean elegidos.
Lo que me lleva a mi último punto, vinculado a la idea del evento de estar “más allá de la izquierda y la derecha”. Y es que en el fondo esto encierra también un cierto utopismo de que en la era de las redes y la colaboración, tenemos la infraestructura para posicionarnos más allá de la polarización política. No sólo no me parece el caso sino que no veo por qué debería ser un objetivo. Los espacios de participación política no tienen por qué convertirse en espacios de eliminación o sublimación del conflicto donde permanentemente estemos tratando de ponernos de acuerdo en todo. El problema no es que haya desacuerdos, sino que esos desacuerdos se conviertan en la satanización del oponente, en una lucha metafísica por la verdad en lugar de una negociación permanente de intereses en una arena que es considerada legítima por todas las partes. Por lo mismo, estos nuevos escenarios de política digital no tienen qué estar más allá de la izquierda o la derecha, porque eso además esconde el prejuicio que tienen muchos de los que participan de esta discusión y se posicionan más a la izquierda que a la derecha, como si la participación de estas redes fuera moral o políticamente superior.
Pero no. El escenario es complejo y, de nuevo, las transformaciones son lentas a pesar de ser suficientemente rápidas como para contemplarlas en tan sólo unos años. Pero simplemente cometemos errores de interpretación cuando asumimos discontinuidades radicales y rupturas históricas en lugar de entender las diferentes herencias e interacciones que existen entre instituciones, organizaciones, intereses y posturas que existían antes de la aparición de Internet y que no son solamente receptores pasivos de significados.
Espero que se entienda un poco lo que he querido decir. Mi intención es sólo mantener vigentes una serie de escepticismos sobre discursos que describen cómo nuestro panorama político está cambiando por la influencia de nuevas tecnologías. Creo que es importante señalar que estos cambios no son completamente nuevos sino que reflejan procesos iniciados antes de que tuviéramos acceso a Internet; no son completamente lineales porque no reemplazan nuestros modos de producción previos sino que pasan a coexistir con ellos; y no son necesariamente mejores porque aunque permiten ciertas nuevas posibilidades, no son por eso automáticamente la mejor opción para cualquier propósito que un grupo u organización pueda tener. No quiero decir con esto que no haya cambios, que no sean interesantes o que no encierren ninguna promesa. Sólo pienso que un exceso de escepticismo nos impide aprovechar las transformaciones existentes en todo su potencial porque su oscurece su verdadero carácter y alcance.
Algunas de las ideas que he mencionado o fuentes que pueden estar relacionadas o ser de interés:
Benkler, Y. (2006). The wealth of networks: how social production transforms markets and freedom. New Haven [Conn.]: Yale University Press.
Benkler, Y. (2011). The Penguin and the Leviathan: How Cooperation Triumphs over Self-Interest (1st ed.). Crown Business.
Briggs, A., & Burke, P. (2006). De Gutenberg a Internet: una historia social de los medios de comunicación. México, D.F.: Taurus.
Brynjolfsson, E. (2012). Race against the machine: how the digital revolution is accelerating innovation, driving productivity, and irreversibly transforming employment and the economy. Lexington, Mass: Digital Frontier Press.
Burke, P. (2009). Popular Culture in Early Modern Europe (Third ed.). Farnham: Ashgate Publishing.
Davis, N. Z. (1975). Society and culture in early modern France: eight essays. Stanford, Calif: Stanford University Press.
Eisenstein, E. L. (1979). The printing press as an agent of change: communications and cultural transformations in early modern Europe. Cambridge [Eng.] ; New York: Cambridge University Press.
Goody, J. (1968). Literacy in traditional societies. Cambridge: Cambridge University Press.
Johnson, S. (2010). Where good ideas come from: the natural history of innovation. New York: Riverhead Books.
Lessig, L. (2004). Free culture: how big media uses technology and the law to lock down culture and control creativity. New York: Penguin Press.
Lessig, L. (2008). Remix: making art and commerce thrive in the hybrid economy. New York: Penguin Press.
Una de las hipótesis que he estado explorando últimamente y que quizás se vaya de a pocos convirtiendo en un trabajo de investigación más sostenido, es la idea de que los videojuegos pueden servir como una “tecnología de iniciación” o “transición” en la formación de economías digitales.
Esto tiene sentido sobre todo pensado para el caso de economías como la peruana, o como la mayoría de economías latinoamericanas, que históricamente han estado construidas en torno a un modelo primario-exportador. En el caso peruano, esto ha venido históricamente de la mano con “booms” cíclicos en torno a materias primas o commodities específicos, cuyo éxito coyuntural en el mercado internacional significó periodos intermitentes de bonanza económica, seguidos de periodos más largos de retroceso económico. Los casos emblemáticos son quizás el guano, el caucho, la harina de pescado, y en los últimos años, los minerales: todos estos han sido periodos de intenso crecimiento a partir de la demanda internacional por algún producto específico que resultó que teníamos, pero ese crecimiento intenso no se tradujo en la construcción de actividades económicas paralelas y alternativas, en el desarrollo de capacidades técnicas e intelectuales para poder sostener la economía luego del boom.
El desafío de construir economías de mayor valor agregado que escapen del ciclo primario-exportador ha sido constante y complejo. El gran objetivo parece seguir siendo alcanzar el punto en el cual podemos incursionar exitosamente en la producción de nuevos productos y servicios basados en la tecnología, que requieren de una fuera de trabajo mejor capacitada, genera mayores retornos y menores externalidades negativas. Pero esto requiere enormes inversiones que son sumamente riesgosas: enormes compromisos educativos, por ejemplo, para generar el capital social y el capital intelectual que movilice estas nuevas industrias. Inversiones en tecnología, en equipamiento, maquinarias, y demás, que se hacen sin ningún tipo de garantía respecto a su efectividad. Todos quieren una economía basada en el conocimiento, que desarrolle ciencia y tecnología: pero sigue siendo el caso que esto es sumamente difícil. No se puede hablar de “patrones” fácilmente reproducibles porque cada contexto nacional, cada contexto urbano, cada entorno legal y cultural presenta particularidades que hacen imposible la aplicación lineal de modelos considerados “exitosos”. En otras palabras: no es tan fácil simplemente reconstruir el “Silicon Valley de X”, donde X sea una región, un país o una ciudad. De hecho, la mayoría de estos esfuerzos fracasan por diferentes razones.
Esto es un poco el contexto, y aquí la hipótesis que quiero explorar en el futuro cercano: la posibilidad de que la industria de los videojuegos pueda servir como una “tecnología de iniciación” para activar una serie de circuitos que resulten en la articulación de una economía digital. Hay mucho que desempacar aquí. Primero, ¿qué quiero decir por tecnología de iniciación? Me refiero a un tipo de tecnología que requiera de menores inversiones iniciales pero sirva para activar una serie de procesos útiles a otras tecnologías y actividades productivas. Una tecnología de iniciación, a través de su implementación, hace posible sentar la infraestructura que otras tecnologías necesitan pero a un menor costo y, por lo mismo, a un menor riesgo. Sirve como la plataforma a partir de la cual pueden construirse nuevos productos y servicios sobre diferentes tecnología.
Segundo, ¿por qué los videojuegos? Porque la industria de videojuegos requiere un poco de una serie de sectores: software, diseño, arte, plataformas, infraestructura, etc., sin empujar ninguno de estos sectores individualmente al límite de su capacidad operativa. De esta manera, es como si “ejercitara” estos circuitos de manera que los haga más flexibles cuando sean reutilizados para otros productos y servicios. Además, porque es un sector sumamente dinámico y en crecimiento, y crecientemente “dislocado” geográficamente por la posibilidad no sólo de producir de manera distribuida, sino también de utilizar plataformas como Steam, XBLA, PSN, o incluso el App Store de iTunes como mecanismos de distribución global a bajo costo.
Tercero, dos cosas de las que no se trata: no se trata de decir que los videojuegos sean una forma inferior de tecnología, por alguna razón más simple o menos sofisticada que otras sobre alguna escala imaginaria. No pienso que los videojuegos sean una buena tecnología de iniciación porque sean más “fáciles”. Además, no creo de antemano, si esta idea de las tecnologías de iniciación llega a cobrar sentido y respaldarse con data real, que los videojuegos tengan que ser la única tecnología que pueda servir este propósito. Y por lo mismo, que valdría la pena también explorar otras tecnologías que puedan cumplir esta función para economías poco tecnologizadas: elementos como aplicaciones web o tecnologías móviles pueden ser también elementos de alto potencial.
Quería compartir estas ideas preliminares porque me gustaría recibir feedback sobre esta idea, incluso si alguien sabe de antecedentes en este tipo de lecturas o interpretaciones similares. Además, porque si esto llega a convertirse en un área significativa de mi investigación en los próximos meses, pueden anticipar que verán algunas más ideas en esta dirección.
Aunque hay varias cosas, interesantes y no tanto, que habría que comentar sobre el primer día del coloquio Redes de la Filosofía | Filosofía en las Redes, hay una idea en particular que quería anotar antes de perderla. Surge luego de escuchar varias de las presentaciones de ayer y de conversaciones posteriores sobre ellas, y gira alrededor de cómo situar los diferentes discursos que se hacen sobre la tecnología a lo largo de diversos ejes. Por supuesto, nótese además que esto es excesivamente preliminar.
Se me ocurre que los discursos sobre la tecnología (ojo, los discursos, no las tecnologías mismas) pueden posicionarse en algún lugar a lo largo de dos espectros: por un lado, uno de los espectros oscila entre la tecnofilia, o el optimismo tecnológico (alguna variante de “la tecnología nos salvará”) y la tecnofobia, o el pesimimo tecnológico (“la tecnología nos condenará”). Sin tener necesariamente que adoptar alguno de estos polos, los discursos tecnológicos normalmente se inclinan por alguna de estas orientaciones.
Al mismo tiempo, estos discursos pueden posicionarse a lo largo de otro espectro en función de cómo caracterizan a la tecnología. El discurso clásico y, a mi juicio, el más incompleto es el que considera la tecnología simplemente como herramienta, como receptáculo de la voluntad de un individuo racional. La forma como forma, como vehículo de nuestra intencionalidad, “no es ni buena ni mala, sino que depende de cómo la usamos”. Es lo que me parece, digamos, el polo más ingenuo. Una posición basante más elaborada es la que toma la tecnología como un sistema complejo, un tejido no sólo de materialidad sino también de prácticas, procesos e instituciones que no reciben meramente la voluntad del individuo, sino que contribuyen a darle forma al definir su espectro de posibilidades. Pero el polo opuesto de este espectro lo representan los discursos que llevan la tecnología al punto de la ontología, dándole carácter autónomo o semi-autónomo y cierto grado de agencia o autodefinición. En este espectro es donde encontraríamos posiciones como las del Object Oriented Onthology o el Actor-Network Theory.
Podríamos decir, también, que ambos ejes se pueden representar como cruzándose, pues cualquiera de estos discursos se ubicará necesariamente en algún lugar de ambos de ellos. Y podríamos, por ello, quizás representarlos así:
He venido jugando con varias ideas sobre lo que quiero presentar, y he intentado combinarlas en este texto base a partir del cual quiero hacer mi presentación. Quiero compartirlo anticipadamente por si (1) tienen algún comentario, crítica o feedback que sea bueno incorporar, (2) no pueden asistir (o no están seguros y esto los puede animar/desanimar), o (3) quieren ir agregando temas que se desprendan de aquí como para la discusión en el evento. Cualquier comentario es bienvenido, y tengan en cuenta que, como suele ser el caso, todo esto son ideas en desarrollo.
Arquitecturas intangibles
“Internet” no es algo por sí mismo, sino que es una colección de algos que es más que la suma de sus partes: hecho posible por la invención del protocolo IP (Internet Protocol), Internet hizo posible que diferentes redes pudieran comunicarse entre sí e intercambiar información, incluso en aquellos casos en los que sus arquitecturas eran fundamentalmente diferentes. Lo que hizo fue crear una lingua franca a partir de la cual diferentes infraestructuras podían efectivamente comportarse como una sola, con la capacidad de conectar y desconectar nuevos nodos sin afectar la integridad del conjunto.
Cuando hablamos de Internet, estamos hablando de múltiples capas de abstracción que se ven oscurecidas y opacadas por la más visible de ellas, que es la WWW, porque es la que utilizamos cotidianamente para casi todos los propósitos. El usuario no tiene por qué ser consciente de ni entender todo el sustrato de capas y capas lógicas y físicas que existen detrás de estas abstracciones, pero cuando hacemos crítica tecnológica o queremos evaluar y entender la manera cómo la tecnología afecta procesos sociales esto sí se vuelve importante porque todas estas capas apiladas están afectadas por el concepto de “inheritance”, o herencia: las decisiones tomadas en las capas inferiores, los supuestos realizados y los affordances incorporados al diseño, afectan a todas las construcciones que realizamos en las capas superiores. Todas nuestras manifestaciones expresivas realizadas en medios computacionales, están inevitablemente estructuradas y limitadas por las posibilidades del medio computacional: esto a pesar de que intuitivamente nos parece lo contrario, de que el medio computacional o digital permite un poder expresivo infinito e ilimitado. Las redes de información digitales están configuradas por sus protocolos y sus aplicaciones, que a su vez están configurados por sus sistemas operativos y sus lenguajes de programación, que a su vez están configurados por la capa material con la cual estos lenguajes interactúan para genererar operaciones electrónicas cuya naturaleza semántica emerge a partir de la repetición masiva de millones de instrucciones aritméticas simples por segundo.
Todo esto lo digo porque es fácil que perdamos de vista algunas cosas que dejan de ser obvias o aparentes cuando queremos estudiar la manera en la cual, por ejemplo, hacemos filosofía en el medio digital, porque pasamos a concentrarnos más en la capa de lo inmediatamente tangible – comprensible pero, por todo lo que acabo de señalar, engañoso. Con esto no quiero decir ninguna de las siguientes dos cosas: que sea necesario un entendimiento profundo de las capas inferiores (p.ej. entender la definición de un protocolo o conocer un lenguaje de programación en detalle) para poder intentar analizar las maneras en las que operan o afectan a las demás capas; o que el análisis de lo tecnológico signifique un viaje a la semilla en busca de una causa primera o un primer motor inmóvil. Sí creo, en cambio, que son verdaderas las dos siguientes premisas:
Que es necesario el entendimiento de que estas múltiples capas existen y se afectan mutuamente, y que la configuración de capas inferiores afecta la configuración de capas superiores.
Que el conjunto de prácticas sociales y supuestos conceptuales bajo los cuales se configuraron las capas inferiores, son heredadas parcialmente por las capas superiores y afectan el conjunto de prácticas y supuestos que allí se realizan.
Hago esta prolongada introducción porque a partir de aquí quiero argumentar, o por lo menos provocar, tres posibles líneas de discusión:
La primera es la posibilidad de una lectura filosófica realizada en y sobre la tecnología que tiene una forma similar a la práctica tecnológica estructurada por la ética hacker, y que sin embargo no es nueva en la historia de la filosofía en su conjunto.
La segunda es la necesidad de una lectura filosófica que informe y contexualice la práctica tecnológica, y haga evidentes los supuestos que orientan las decisiones que afectan la manera en la que hacemos tecnología. Dicho de otro modo, la necesidad de brindarle al hacker los elementos para que él o ella puedan ser, a su propia manera, filósofos, o reflexivos respecto a su propia práctica.
La tercera es la oportunidad de razonar, por analogía, a partir del análisis de sistemas abstractos que son claramente mapeables, hacia sistemas concretos que son menos transparentes y accesibles al análisis. En concreto, quiero utilizar la idea de que la capacidad de navegar redes de información afecta procesos sociales como la movilidad social o la capacidad de salir de la pobreza de maneras que aún no hemos explorado del todo.
Del filósofo como hacker
Es pertinente empezar esta sección afirmando que no estoy intentando aquí trazar un modelo normativo para la práctica filosófica – no creo que sea esto un deber-ser de cómo los filósofos deberían hacer su trabajo. Ni estoy aquí intentando realizar una reconstrucción retrospectiva de la filosofía misma, como intentando decir “esto es lo que la filosofía siempre ha sido pero nunca nos dimos cuenta”. Por eso tomo la precaución de referirme a la práctica filosófica, es decir, a la manera como los filósofos individual o colectivamente hacen filosofía en casos concretos, y la manera como se ve modificada al realizarse en y a través de entornos computacionales y digitales. En otras palabras, la filosofía en las redes.
Intenté responder a esa pregunta con el programa de la teoría mínimamente viable, y en particular, con las nuevas condiciones en las cuales nos vemos en la necesidad de formular modelos teóricos, especialmente cuando ellos se refieren a lo tecnológico:
[H]oy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.
Lo sugerente es como en este caso, empezamos a imaginar una forma de práctica filosófica que es a su vez estructuralmente similar al tipo de prácticas mismas que intenta estudiar. La ética hacker y los principios de la cultura hacker se vuelven entonces un interesante modelo a seguir para modelar una práctica filosófica propia del medio digital. Podemos tomar, por ejemplo, los principios de la actitud hacker descritos por Eric S. Raymond en su ensayo clásico, “How To Become a Hacker“:
El mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos.
Ningún problema debería tener que ser resuelto más de una vez.
El aburrimiento y el trabajo rutinario son malignos.
La libertad es buena.
Tener actitud no es sustituto para ser competente.
De estos principios podemos hacernos la idea de que la práctica del hacker está principalmente orientada por la curiosidad para entender cómo es que funcionan diferentes tipos de sistemas, y cómo es que podemos hacerlos mejores. Es una ética gobernada meritocráticamente por comunidades de individuos vinculados más o menos flexiblemente, a través de espacios distribuidos, conectados por tecnologías digitales de la información. Es el tipo de organización social emergente hecha posible por la tecnología digital que rompe con nuestros supuestos tradicionales sobre cómo podemos y debemos organizarnos para cumplir con objetivos comunes (ruptura o confrontación descrita por Yochai Benkler desde su artículo, “Coase’s Penguin, or Linux and the Nature of the Firm“).
La actitud del hacker asume un mundo llenos de problemas esperando ser resueltos, pero a pesar de su profunda vinculación con lo tecnológico, no hay nada en esa actitud que indique que, intrínsecamente, esos problemas deben ser de naturaleza tecnológica. Es decir, no todos los problemas “hackeables” tienen que ser problemas de código, sino que es más bien la disposición con la que se abordan los problemas lo que distingue al hacker. Lo cual deja abierta la puerta a que la filosofía misma pueda entenderse como una forma de hackeo, y quizás por lo mismo, como una forma de realizar la práctica filosófica que más fácilmente consigue aproximarse a la comprensión de lo tecnológico.
¿Cómo se configura ese tipo de comprensión? Quizás podemos encontrar más pistas si tomamos otro ensayo clásico de Raymond, “The Cathedral and the Bazaar“. En este ensayo, Raymond explica las diferencias entre dos enfoques hacia el desarrollo de software: por un lado, el desarrollo propietario/corporativo es aquel que se dedica a la construcción de “catedrales”: grandes sistemas complejos que requieren de todo un andamiaje organizacional complicado que genere el espacio que permita la creatividad. Por otro lado, el desarrollo del software libre se dedica a la construcción de “bazares”: en lugar de partir de la búsqueda de grandes estructuras, el software evoluciona a partir de la concatenación de pequeñas piezas que responden a preocupaciones puntuales, que al conectarse forman dependencias y permiten crear estructuras más grandes que la suma de sus partes. El enfoque de la catedral es la aplicación de la lógica industrial a la producción de un intangible como el software; en cambio, el enfoque del bazar es hecho posible por la aparición de tecnologías de la información que permiten que miles de desarrolladores puedan trabajar individualmente en problemas distribuidos colectivamente. Más que intentar decir que una forma sea superior a la otra, Raymond intenta señalar que claramente la segunda forma es novedosa y posible dadas nuestras condiciones actuales de producción.
La analogía es útil si queremos pensar en la forma que toma la práctica filosófica pensada como un ejercicio de hackeo: no una filosofía centrada en el diseño de “catedrales” o de grandes sistemas, sino una centrada en la emergencia de esos sistemas a partir de las conexiones que pueden trazarse entre múltiples piezas independientes. Allí, quizás, su innovación, aunque tenemos que tener suficiente conciencia histórica para reconocer que esto no es en términos generales novedoso en la historia de la filosofía: discursos en contra de la filosofía como sistema, o a favor de su imposibilidad, abundan desde mucho, mucho antes del siglo XX y la aparición de la tecnología digital y las redes de información. Aunque esto aparece como una innovación en el campo del desarrollo de software y aplicaciones informáticas, no lo es tanto desde el punto de vista de la práctica filosófica, pero con una particularidad significativa: la filosofía como ejercicio del hacking, como constructora de “bazares” conceptuales, no niega ni se cierra a la posibilidad de que existan sistemas filosóficos. Sólo discute la naturaleza de esos sistemas: como edificios complicados articulados voluntariamente a priori, o como estructuras complejas cuyas propiedades, características y elementos emergen a posteriori a partir de la interacción de componentes simples. El sistema conceptual análogo al mundo digital e informatizado es un sistema dinámico, extensible, computacional e histórico: es, entonces, una red.
Del hacker como filósofo
Creo que es importante prestar también atención al otro lado de la moneda. He intentado responder escuetamente a la pregunta, ¿qué forma toma una práctica filosófica configurada por las tecnologías digitales de la información? Quiero ahora intentar algo similar para la pregunta, ¿cómo puede una práctica filosófica así configurada influir sobre el desarrollo de la tecnología misma?
La filosofía no ha tenido mucho que decir sobre esto, o en aquellos casos donde lo ha hecho, ha conseguido más bien empujar este tema hacia la periferia o hacia otros ámbitos disciplinarios. Más aún, en muchos casos es fácil encontrar también discursos filosóficos sobre la tecnología que se distinguen por lo distanciados que están de la práctica tecnológica misma – que no se esfuerzan por entender sus particularidades, por manejar sus lenguajes o considerar su propia lógica interna. Esto ha resultado en un doble proceso preocupante: por un lado, que el desarrollo tecnológico preste poca atención al discurso filosófico que suele realizarse sobre él, y por otro lado, que este mismo desarrollo preste atención a otras fuentes conceptuales de manera poco crítica o informada.
Los diseñadores y desarrolladores de nuevas tecnologías van a seguir haciendo aquello que saben hacer más allá de que la filosofía les diga si lo que hacen está bien o mal, o si resulta más o menos deseable, o lo que fuera. El problema es que en muchos de estos casos, muchas muy buenas ideas terminan resultando inefectivas al ser implementadas porque no tomaron en consideración el contexto en el cual iban a ser aplicadas y sus posibles implicaciones, o en casos peores terminan generando un impacto negativo respecto al esperado. Aunque escapa al alcance de las herramientas de la filosofía realizar este tipo de evaluaciones e informar el diseño de nuevas tecnologías a partir de sus usos y aplicaciones, sí está dentro de sus posibilidades formular y promover una lógica mejor informada respecto a las complejidades de lo tecnológico y las múltiples capas de significado que participan de su diseño, implementación y uso. En otras palabras: la filosofía no puede decirte por qué una tecnología en particular es o no adecuada para un contexto determinada, pero sí puede decirte que la respuesta a esa pregunta no es contingente a las características de la tecnología misma.
De lo cual se desprende, me parece, el sentido que adopta el generar una red conceptual articulada en torno a la tecnología, que conozca sus lógicas internas y pueda brindar una perspectiva que no resulte ingenua ni desactualizada: un sistema de “crítica tecnológica” que, en el sentido clásico de la crítica kantiana, permita identificar los límites y parámetros dentro de los cuales opera nuestra mentalidad tecnológica – incluso en aquellos casos donde una tecnología pretende ampliar y modificar esa misma mentalidad. La filosofía tiene la capacidad para formular un conjunto de preguntas y conceptos que puedan a su vez ser reutilizados por el hacker al reflexionar sobre sus propias creaciones y modificaciones, sobre sus propias prácticas y sobre las dinámicas de su propia comunidad creativa.
De lo que no se trata, es de utilizar herramientas y conceptos filosóficos para decirle al hacker cómo es que debe hacer las cosas – algo en lo cual las ramas temáticas de la filosofía frecuentemente suelen incurrir, bajo un exceso de normatividad construida exteriormente. No sólo termina siendo un ejercicio inútil, sino que termina siendo hasta contraproducente, en la medida en que consigue que el discurso filosófico sea excluido de lo que podría ser de otra manera un diálogo mucho más interesante y construido colaborativamente. Y está dentro de la esfera de interés de la práctica filosófica (o al menos dentro de la de muchos de nosotros) construir este espacio de diálogo donde poder contribuir al desarrollo de una conciencia tecnológica mejor informada y menos ingenua por ambos lados: tanto por el lado de lo técnico como por el lado de lo conceptual.
Quizás una de las primeras tareas de este tipo de construcción de conciencia es identificar las maneras implícitas en las cuales este intercambio ya se ha venido dando. Hay una historia poco explorada de la participación de la filosofía en la tecnología digital de la información, que regresa hasta la manera en la cual el cartesianismo influyó a varios de los teóricos iniciales de la informática y la cibernética con nociones cercanas al dualismo, la relación entre la mente y el cuerpo y la figura del “fantasma dentro de la máquina”. A partir de allí, hay una línea de diálogo intermitente cuya manifestación quizás más interesante puede encontrarse en las conversaciones más recientes en torno a los límites y posibilidades de la inteligencia artificial, así como sus implicancias legales, éticas y políticas.
Conectados y desconectados
Quiero cerrar con una nota sobre por qué me parece importante todo lo anterior, y si la conexión entre una y otra cosa no termina resultando aparente, estaré especialmente agradecido de los comentarios que me puedan hacer para poder hacer las aclaraciones del caso.
Me parece importante ilustrar la importancia que tiene toda esta reflexión y metareflexión sobre cómo pensamos en la tecnología, cómo informamos su desarrollo y cómo utilizamos o podemos utilizar estas herramientas conceptuales en la navegación de redes de información cotidianas. En cierta manera (que espero no tener que elaborar aquí en detalle), aprender a navegar una red es como aprender un lenguaje, es decir es como aprender una forma de vida, y en cierta manera, toda forma de vida y todo lenguaje pueden representarse y entenderse como una red: sin puntos de ingreso privilegiados, y donde cada ruta de navegación es parcial y regional de un todo sobre el cual adquirimos competencia de navegación.
Puesto de otra manera: toda tecnología comprende un lenguaje y todo lenguaje es, a su vez, una forma tecnológica que nos permite domestica alguna región de la realidad o algún tipo de problema. Esto ciertamente amerita mayor elaboración (que puede encontrarse parcialmente en mi artículo sobre las gramáticas tecnológicas), pero para no hacer el argumento demasiado largo les pido que lo aceptemos temporalmente. Lo que esto nos permite es reconocer como tecnologías un conjunto considerablemente más grande de procesos, siguiendo una argumentación bastante mcluhaniana: bajo esta lógica, las ciudades pueden considerarse como tecnologías, como pueden también serlo los teléfonos, las autopistas, las pinturas medievales, los smartphones, etc. Nos encontramos aquí muy cerca del dominio de la ontología orientada a objetos, o de la teoría del actor-red.
Arthur C. Clarke acuñó la idea de que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, y esto podemos observarlo fácilmente en nuestras relaciones cotidianas con la mayoría de tecnologías: no necesitamos saber cómo es que el espectro electromagnético es manipulado para que la señal llegue de mi teléfono celular a la antena que representa la “celda” local que me conecta con la red de comunicaciones para poder hacer una llamada. Probablemente no queremos saber, como tampoco necesitamos entender los principios químicos de la combustión para viajar en auto o cómo programar en C++ para poder utilizar aplicaciones en una computadora. Las interfases se encargan de ocultarnos todo este proceso que ocurre detrás de cámaras, y consideramos que una interfase está mejor diseñada cuando consigue más exitosamente este oscurecimiento y consigue preservar o incluso incrementar la sensación de lo mágico. Quizás ningún ejemplo sea más claro que los productos de Apple que son notablemente más difíciles de de personalizar o modificar, bajo la noción de que sacrificamos control de la caja negra por una mejor experiencia de usabilidad.
El problema surge, o se complica, cuando empezamos a estirar la metáfora y empezamos a pensar que una posta médica, un aula de clases o un gobierno regional son también tecnologías que comprenden sus propios lenguajes en los cuales tenemos que ser competentes para cumplir con una serie de objetivos. A su vez, no son lenguajes formalizados, reconocidos, y sobre todo no son lenguajes en los que recibamos ningún tipo de formación o adiestramiento. Son lenguajes altamente opacos y poco navegables, cosa que resultará evidente a todo aquel que haya intentado, alguna vez, realizar algún tipo de trámite con alguna dependencia del Estado, sea cual sea.
Estas cajas negras en efecto eliminan nuestra capacidad para trazar relaciones causales entre inputs y outputs, entre procedimientos y resultados, y es en ese momento en que se introducen arbitrariedades como la corrupción, el nepotismo, la usurpación de funciones, y demás errores del sistema. Uno podría argumentar que hay una “clase profesional” cuyo objetivo es evitar estar irregularidades, que vendría a ser la burocracia estatal y, quizás más ampliamente, los abogados que tienen el conocimiento para navegar este tipo de sistemas. Pero dada su naturaleza, esto no me parece una respuesta aceptable, pues efectivamente significa el monopolio de una “tecnología” de servicio y beneficio público.
Nuestra capacidad para participar de estos circuitos informacionales, de navegar redes de información diversamente conectadas entre sí, se vuelve una habilidad fundamental para ubicarse en el mundo contemporáneo. Es la capacidad, por ejemplo, para entrar a la página web de una dependencia del Estado para encontrar la información sobre los requerimientos de un trámite, y evitar así ser estafado por un tramitador. El acceso a la información, y a la información sobre la información, y el desarrollo de capacidades de navegación de redes, son entonces no sólo habilidades fundamentales sino marcadores determinantes de nuestra posición social y nuestra condición de clase: la condición de pobreza es no sólo una condición material, sino que es también una afirmación sobre nuestra capacidad de acceder efectivamente a la información. Mientras menos acceso a la información tengo, más son las tecnologías, los sistemas y las redes a mi alrededor consideradas como “magia”, porque no tengo manera de entender cómo es que funcionan. Esta condición mágica es el caldo de cultivo perfecto para la arbitrariedad, la explotación y el abuso. Visto de esta manera, y corriendo el riesgo de que suene trivial, el pésimo diseño que suelen tener los sitios web de las dependencias del Estado es no sólo un atentado contra el buen gusto, sino incluso un atentado contra los derechos fundamentales, en el sentido de que impiden el acceso a la información pública y perpetúan la condición de exclusión de las personas que más la necesitan. El ejemplo clásico en este sentido es el de las becas educativas, cuya información a pesar de ser públicamente disponible, rara vez llega a las personas que más podrían beneficiarse de ella simplemente porque se encuentran desconectados de los circuitos de información donde circula.
Ejemplos como éste hay muchos y de muchos tipos. Y es precisamente allí donde creo que una crítica tecnológica bien formulada puede tener mucho que contribuir, y mucho que heredar, a su vez, de la creencia del hacker de que no deben haber cajas negras tecnológicas y de que el mundo está al alcance de nuestro análisis y examen. De la misma manera como intentamos más arriba seguir el hilo de Ariadna desde la interfase visible hasta las capas subyacentes de tecnología que nos resultan invisibles, para entender todas las herencias de conceptos y significados que participan de una experiencia, podemos también analizar tecnologías menos obvias, y menos transparentes, donde tenemos un interés público en entender lo que resulta invisible en todas esas capas.
Tenemos a su vez un interés, si no una responsabilidad, en que ese aparato crítico esté ampliamente disponible no sólo a los filósofos, y no sólo a los hackers y diseñadores, sino que estén disponibles públicamente para realizar el examen de las instituciones con las que interactuamos cotidianamente y nos hagamos legítimamente la pregunta de por qué funciona de una manera y no de otra. Debemos entender que las instituciones son hackeables no en el sentido trivial de traerse abajo su página web, sino en el sentido significativo de pedirles explicaciones y rendición de cuentas, y de legítimamente exigir que estén al servicio del público.
Soy plenamente consciente de que, en este sentido, el problema es mucho más complejo de lo que aquí planteo, y que intervienen una serie de procesos, particularmente educativos, de primera importancia. Pero el alcance de lo que he intentado decir puede resumirse en un conjunto de premisas básicas:
Las tecnologías con las que interactuamos están compuestas por una serie de capas interdependientes que usualmente se esconden al análisis, y la crítica tecnológica informada debe desenmarañar la tecnología como un proceso social complejo.
La práctica tecnológica puede dar forma a una práctica filosófica que entienda y maneje su lógica interna, y que pueda realizar afirmaciones contextualizadas y útiles a la práctica que observa, formando sistemas conceptuales emergentes, dinámicos e históricos.
La práctica filosófica puede a su vez desarrollar aparatos conceptuales que beneficien a la práctica tecnológica, permitiéndole contemplar la complejidad de sus actividades y los diferentes elementos que participan de la implementación de nuevas tecnologías.
La crítica tecnológica informada nos da herramientas y referentes para el análisis de diversas redes de información y su importancia, permitiéndonos identificar también patrones sistemáticos de exclusión e injusticia escondidos en los diseños cerrados de sistemas, procesos e instituciones.
Estas son las ideas que quiero presentar este jueves en Redes de la Filosofía. Así que, de nuevo, cualquier comentario es bienvenido, y espero que puedan asistir y podamos tener una buena conversación en vivo.
Del 3 al 5 de octubre en el Auditorio de Humanidades de la PUCP, se estará llevando a cabo el coloquio Redes la Filosofía | Filosofía en las Redes. Es un evento que estará explorando tanto las maneras como nuevas tecnologías de la información están cambiando la manera en la que hacemos y comunicamos la filosofía, así como las maneras en las que la filosofía contribuye a echar luz sobre cómo emergen, se configuran y se implementan las diferentes redes de las que participamos: informacionales, sociales, organizacionales, lingüísticas, etc.
Dos razones en particular por las que los invito a asistir o, por lo menos, seguir el webcast en vivo durante los tres días del evento: la primera, y más importante, es porque contará con la participación de Pierre Lévy, filósofo francés que ha prácticamente acuñado las ideas que manejamos en torno a la inteligencia colectiva y la capacidad cognitiva distribuida hecha posible por las tecnología de la información (notablemente en su libro Inteligencia colectiva). Lévy estará presentando el jueves 4 de octubre a las 5pm bajo el título “Beyond Networks: Algorithmic Rhizomes”, una aproximación a la formalización de sistemas complejos multidimensionales representándoles como sucesiones anidadas a su vez de redes complejas. El trabajo de Lévy en los últimos años ha estado dedicado a incrementar nuestra capacidad colectiva para “cartografiar” nuestro universo de conocimiento desarrollando metalenguajes y marcadores (específicamente, el metalenguaje IEML) para poder identificar y rastrear conexiones conceptuales a través de disciplinas, enfoques y lenguajes.
La segunda y autobombística razón es que estaré presentando yo mismo en el coloquio, en una mesa titulada “Hackeando conceptos: Nuevos enfoques para nuevos problemas”, junto a Roberto Bustamante (a.k.a. @elmorsa). Esta mesa está programada para el mismo jueves 4 a las 3pm, justo antes de la presentación de Lévy. La presentación que estoy preparando incluirá elementos de la ética hacker (en los que estoy interesado hace tiempo) y la manera como se comparan con la investigación filosófica y permiten codificar la manera en la que puede operar una “filosofía de las redes” que, al mismo tiempo, permita formular un pensamiento crítico sobre la tecnología que no adelante juicios de valor ni peque de ingenuidad. En ese sentido quiero hablar de cómo la filosofía puede permitirnos navegar y des-entrañar los múltiples niveles anidados en los cuales se configuran las redes y los sistemas de información, junto con sus múltiples supuestos y conceptos, y de cómo la ontologización de estas redes representa tanto una oportunidad como una nueva responsabilidad para la práctica filosófica.
Pero incluso más aún, hay múltiples razones por las que podrían estar interesados en asistir. El evento va desde la mañana del miércoles 3 de octubre con la presentación de Alexandre Lacroix, “Prolegómenos a una filosofía política de Internet”, y en sus tres días incluirá la participación de ponentes nacionales e internacionales como Alessandra Dibós, Miguel Giusti, Víctor J. Krebs, Alejandro León, Daniel Luna, Rosemary Rizo-Patrón, Wilbert Tapia, Fidel Tubino, y Joao Salles, además de los antes mencionados. Pueden encontrar más información en la página en Facebook de El Talón de Aquiles o siguiendo su cuenta en Twitter, o el hashtag #filoenredes, y el programa completo estará pronto en la web para que lo puedan revisar.
El ingreso es libre a todas las presentaciones, y si no son miembros de la comunidad PUCP, pueden inscribirse aquí para poder ingresar. Mientras tanto, en los próximos días espero poder ir también adelantando algunas notas e ideas de lo que será mi presentación.
Actualización. Ya está disponible el programa del coloquio:
Pedagogía, computación y el diseño de herramientas educativas
Hoy estuve en una muy buena conversación con Scot Osterweil, el director de investigación de The Education Arcade, y los demás asistentes de investigación del proyecto. Estamos empezando a trabajar en la narrativa para un nuevo videojuego educativo y conversábamos un poco abiertamente sobre qué tipo de interacción educativa queremos y podemos conseguir de los jugadores, o dicho de otra forma, la manera como creemos que el videojuego es capaz de educar y a su vez cómo éste se integra (o no) con lo que ocurre en el salón de clases y cómo la currícula regula o estructura lo que el estudiante puede hacer en el ámbito del juego.
Esto nos llevó un poco a discutir sobre modelos alternativos respecto a la pedagogía, principalmente considerando la contraposición entre modelos principalmente conductistas y modelos más bien constructivistas (una buena evaluación comparativa de estos dos modelos y su aplicación y uso en videojuegos se puede encontrar también en Persuasive Games, de Ian Bogost, en la tercera sección que trata sobre videojuegos en la educación). Scot nos comentó un poco del trabajo de Seymour Papert, quien pasó también por el MIT y estuvo entre los miembros originales que formaron el Media Lab. Siguiendo las ideas de Jean Piaget sobre el constructivismo, Papert desarrolló una forma de construccionismo que terminó instanciándose en el desarrollo del lenguaje de programación Logo, “el de la tortuguita”.
* * *
Recuerdo que cuando estaba apenas empezando el colegio, creo que aún en kindergarten, en algún momento me llevaron con un grupo de chicos de mi clase a “jugar” con Logo. No recuerdo bien por qué, pero intuyo que tenía que ver con IBM intentando vender computadoras al colegio. En el fondo no es importante. Lo que sí es importante es que en primaria tuve bastante oportunidad de jugar con Logo y de manejar a la tortuguita para todo tipo de operaciones y creo que durante mucho tiempo no entendí bien para qué servía la tortuguita (no era el tipo de aplicación inmediatamente útil que uno esperaría que un “padre preocupado” insistiría en que se le enseñe a sus hijos, como Word o Excel o cosas así, que eventualmente terminaron enseñándonos años después).
Ahora, retrospectivamente, empiezo a entender mucho mejor el asunto. Superficialmente, uno controlaba a la tortuguita para dibujar formas en la pantalla, y todo bien, entretenido y quizás interesante. Pero la tortuguita era básicamente el mecanismo para que uno empezara a pensar procedimentalmente, algorítmicamente, y empezara a razonar en términos de estructuras secuenciales de argumentos e instrucciones que hacían cosas y derivaban en ciertos resultados. Lo menos interesante de la tortuga era darle instrucciones (el lado más palpable y visual), sino el abstraer esas instrucciones en procesos repetibles: la tortuga no era para dibujar, sino para enseñarte a pensar en términos computacionales.
Recuerdo que no sólo me encantaba jugar con la tortuga, sino que además me iba razonablemente bien con ella. Al punto que normalmente conseguía resolver el aspecto procedimental relativamente rápido y empecé a convertir esos procedimientos en funciones que se pudieran llamar independientemente, incluso pasándoles ciertos parámetros. Por ejemplo, en lugar de tener que repetir la instrucción para dibujar un círculo cada vez, abstraer eso en una sola instrucción que tome como parámetro el radio deseado. No digo esto para vanagloriarme de mis mejores días terceroprimariosos, sino porque me sorprende haber podido en ese momento trazar toda esa conexión compleja desde instrucciones individuales hasta procedimiento repetible, sin que eso haya sido necesariamente parte de lo que me estaban enseñando. La generación de estos algoritmos surgió un poco por mi propia exploración del programa y por el hecho de que la repetición continua de instrucciones me generó la necesidad de un mecanismo computacional más eficiente.
Con el tiempo llegué a acumular una colección relativamente grande de “herramientas” pre-programadas que me permitían no sólo resolver ciertas tareas más rápidamente, sino al mismo tiempo combinarlas entre sí para formular construcciones más complejas con esas formas. Mi colección de “Logo tools” no sólo me permitió ahorrarme muchísimo tiempo, sino que en algún momento terminé hasta repartiéndolas por lo bajo a otros chicos de mi clase que también podían así ahorrarse tiempo – una especie de “plage” repartido vía floppies de 3.5″. Lo curioso del asunto es que no recuerdo (o al menos nunca lo supe) haber sido evaluado en función a estos algoritmos. Hasta donde concernía a mi clase de computación, mi objetivo era dibujar formas en la pantalla, quizás agregar un poco de texto, pero era básicamente un uso composicional de la aplicación. En el mejor de los casos, un resultado particularmente exitoso tenía detrás algún tipo de secuencia o narrativa: una versión primitiva de lo que hoy se podría hacer fácilmente con un Powerpoint, o de manera más elaborada con un Flash, quizás. No resolvíamos un problema, sólo secuenciábamos una presentación. Pero, de nuevo en retrospectiva, eso me parece lo menos interesante de lo que podíamos hacer: nadie nos lo dijo, y quizás nadie lo reconoció, pero estábamos programando, creando algoritmos y aprendiendo sobre estructuras computacionales básicas. Todo con una tortuguita.
* * *
Hay varias lecciones que creo que extraje de todo este excurso retrospectivo, y de la conversación de esta tarde. La primera es un poco sistémica, respecto al entorno en el cual se introducen este tipo de herramientas pedagógicas y la manera como interactúan junto con otros elementos. Introducir videojuegos en un salón de clase, especialmente videojuegos especialmente diseñados con fines educativos, puede ser hasta contraproducente en el sentido de que “normarlos” u “oficializarlos” dentro de la currícula puede hacer que fácilmente se vuelvan “una tarea más” y dejen de ser interesantes para los alumnos. Pero también, el hecho de que pasen a cumplir objetivos educativos puntuales quiere decir que son sustraídos del ámbito de la experimentación libre que uno puede tener normalmente con un videojuego. Hay ciertos procesos y lecciones que son potencialmente más valiosos si se llega a ellos que si son enseñados – por ejemplo, mi propia incursión en los algoritmos tortuguescos me es mucho más significativa por el hecho de que fue un logro personal en lugar de parte de un contenido enseñado. De modo que parece importante, si nos apoyamos un poco sobre ideas como las de Papert, dejar ese espacio abierto de experimentación para que interactúe con las estructuras menos flexibles de la escuela tradicional, y ambos procesos se retroalimenten mutuamente.
Una segunda lección quizás más problemática e institucional es la de qué es lo evaluado y cómo. Cumplir con un conjunto de objetivos curriculares pre-establecidos sigue siendo la norma, ¿pero dónde queda entonces el aprendizaje del alumno más allá de la currícula? ¿Dónde queda, por ejemplo, su propia invención de nuevas herramientas, nuevas lógicas, nuevos instrumentos que no tienen un lugar pre-concebido en el contenido pactado? Creo que la tendencia actual es simplemente a decir que eso está muy bien, agregar quizás una nota al pie, pero no parece haber lugares sistemáticos donde ese tipo de extensiones, de reinterpretaciones puedan explotarse creativa y productivamente.
Una tercera lección, muy cercana a las dos anteriores, es como los estudiantes aprenden cuando utilizan este tipo de herramientas – Logo, lenguajes de programación, videojuegos, etc. Y es que, por ejemplo al jugar un videojuego, es muy extraño que a uno se le pueda “enseñar” como debe hacerse, pues eso de entrada anula toda la lógica del videojuego donde uno aprende por ensayo y error registrando los resultados de sus acciones previas. No me lo puedes enseñar, tengo que aprenderlo, pero ese aprenderlo nunca se da en un vacío. Recuerdo las épocas de ir a jugar StarCraft y Counter-Strike en cabinas de internet, hace muchos años, y en algún momento uno llegaba y era el nuevo que no sabía jugar. Y sin embargo, en el ámbito local de la cabina era normal encontrar jugadores más experimentados, apenas unos años mayores que uno, pero que estaban dispuesto a darte tips sobre cómo jugar, estrategias, recomendaciones. Se paseaban por la cabina tomando Kola Inglesa y se paraban detrás tuyo para verte jugar, y luego señalaban pequeñas adaptaciones que podías hacer, posibilidades que no habías observado y que podías incorporar a tu propio juego. De esta manera uno se volvía mejor jugador, pero ellos se volvían mucho mejores jugadores y adquirían, además, un cierto status magisterial en el contexto local de la cabina de juegos. Este tipo de interacción valiosísima sobre cómo interactúan pedagógicamente los jugadores y los estudiantes es frecuentemente dejado de lado al momento de diseñar procesos y herramientas educativas.
Una cuarta y última lección (por ahora) corresponde al hecho de que no siempre somos conscientes u observamos los diferentes supuestos pedagógicos que se esconden detrás de las múltiples técnicas y herramientas educativas que utilizamos. Normalmente vemos estas herramientas como relativamente neutrales, pero siempre parten de algún tipo de concepción de lo que es el conocimiento y de cómo se transfiere o adquiere, de cómo aprendemos. El problema no es que haya este sustrato ideológico, sino que no lo observemos más en detalle, lo analicemos y lo evaluemos. Y todas las innovaciones que introducimos en el ámbito educativo tienen una serie de implicaciones complejas que pueden pasar desapercibidas y nunca ser del todo explotadas si no sabemos con qué estamos trabajando – por ejemplo, cuando tratamos Logo como una herramienta de composición y no como una herramienta computacional, estamos no sólo dejando de prestar atención a los supuestos pedagógicos de la herramienta, sino dejando de explotar por completo su valor potencial.
Anoche, la NASA aterrizó el rover Curiosity sobre Marte. Fue una transmisión espectacular de todo el proceso de descenso del vehículo de casi una tonelada sobre una zona de aterrizaje de apenas 7x20km – una hazaña espectacular considerando que todo fue controlado robóticamente a millones de kilómetros de distancia, y nosotros sólo podíamos enterarnos del resultado 14 minutos después de que hubiera efectivamente sucedido.
Minutos después, en conferencia de prensa, directivos de la NASA y de la política de ciencia y tecnología de la Casa Blanca resaltaron la importancia de la misión y de la contribución estadounidense a la exploración espacial. NASA ha visto como en las últimas décadas su presupuesto se ha ido reduciendo sistemáticamente al mismo tiempo que sus proyectos atraen menos interés del público y atraen críticas de conservadores fiscales que ven la exploración espacial como un área de baja prioridad en tiempos de crisis económica, y consideran además que la innovación tecnológica en materia espacial debería ser lugar para el sector privado y que el gobierno no debería entrometerse. En ese contexto, es tanta mayor la importancia de NASA de llevarse merecidamente el reconocimiento por esta misión y por un resultado que es histórico tanto tecnológica como culturalmente, y que ayuda a la agencia tanto a recapturar el interés del público por la agenda espacial como a comunicar claramente sus capacidades y logros.
Letters of Note comparte hoy una carta del director de NASA en 1970, Ernst Stuhlinger, que responde a la pregunta sobre por qué dedicar recursos a la exploración espacial cuando hay problemas como la hambruna en el mundo. Su argumento es particularmente relevante frente a lo que vimos anoche, y doblemente relevante en economías como la peruana donde estamos hablando continuamente sobre la importancia de la ciencia, la tecnología y la innovación pero sin llegar a encontrar un firme camino hacia ninguna de ellas.
Besides the need for new technologies, there is a continuing great need for new basic knowledge in the sciences if we wish to improve the conditions of human life on Earth. We need more knowledge in physics and chemistry, in biology and physiology, and very particularly in medicine to cope with all these problems which threaten man’s life: hunger, disease, contamination of food and water, pollution of the environment.
We need more young men and women who choose science as a career and we need better support for those scientists who have the talent and the determination to engage in fruitful research work. Challenging research objectives must be available, and sufficient support for research projects must be provided. Again, the space program with its wonderful opportunities to engage in truly magnificent research studies of moons and planets, of physics and astronomy, of biology and medicine is an almost ideal catalyst which induces the reaction between the motivation for scientific work, opportunities to observe exciting phenomena of nature, and material support needed to carry out the research effort.
En nuestro contexto, hablamos continuamente de la necesidad de innovaciones en nuestra economía que nos permitan romper con la dependencia de las exportaciones primarias y convertirnos en generadores de valor agregado. Todo eso está bien. Pero en esta carrera terminamos bajando la valla de lo que significa innovar hacia cuestiones que son de escala muy pequeña (sin necesariamente dejar de ser interesantes o importantes), y terminamos pasando por innovación el uso creativo de redes sociales para la publicidad o que las empresas empiecen a usar search engine optimization. Esto pasa, me parece, por la ausencia de grandes visiones y proyectos a largo plazo sobre en qué sentido y dirección queremos innovar y desarrollar tecnología y, especialmente por qué queremos esos sentidos y direcciones. Ante la ausencia de nortes, cada paso se ve como un gran avance.
La exploración espacial sirvió desde los años sesenta como un gran articulador de la actividad científica y tecnológica, desde que el Presidente Kennedy anunciara el objetivo de poner a un hombre en la luna antes del fin de la década. Como señala Stuhlinger, estos grandes objetivos son imprescindibles para servir de motivación a la investigación y la adquisición de descubrimientos científicos e innovaciones tecnológicas que servirán para todo tipo de contextos y utilidades como formas exaptadas. Pero a Stuhlinger le falta señalar algo: incluso si nuestro objetivo ulterior son esas formas exaptadas de ciencia y tecnología para usos específicos en diferentes campos, no nos es posible en el presente apuntar directamente hacia esos formas porque no sabemos cuáles son. El camino hacia resolver problemas enormes es una serie sucesiva de ensayos y errores donde cada generación innova sobre la anterior, pero en el punto de partida no tenemos manera de predecir la configuración específica de cada una de esas generaciones. Por eso el resultado último, el gran articulador es importante porque provee la direccionalidad por la cual generaremos múltiples innovaciones intermedias que resuelven problemas teóricos y prácticos que no sabíamos, quizás, que teníamos.
Dos puntos más, para regresar el tema hacia nuestro contexto. El primero es que en casos como estos, casi siempre vemos que la direccionalidad y la inversión fuerte de recursos viene del poder político, en líneas directrices que se toman como políticas de Estado a largo plazo. Eso está muy bien. Pero ocurre que, incluso cuando esto es así, estas líneas directrices no son para la ejecución exclusiva de la burocracia pública, sino que requieren de la participación de todos los sectores de la sociedad: del sector privado, del ámbito académico, del sistema educativo, de la sociedad civil, e incluso de las fuerzas políticas. Se trata de grandes proyectos articuladores cuyo éxito no depende sólo del liderazgo político, sino de la medida en que ese liderazgo consigue movilizar una serie de fuerzas. Y ocurre también que, especialmente en contextos como el peruano, si nos sentamos a esperar que ese liderazgo político formule este tipo de líneas directrices, y más aún que lidere el esfuerzo, pues para tal caso seguimos sacando minerales hasta que se acaben y no hacemos nada más. No me parece un camino viable, de modo que tenemos que pensar en mecanismos y proyectos en los cuales este liderazgo y capacidad de movilización surjan desde fuera del Estado y del gobierno, no porque me parezca que eso sea mejor, sino porque creo que no tenemos opción.
El segundo es sobre cuáles tendrían que ser esos objetivos a los cuáles podríamos apuntar. Hace unas semanas pregunté en Twitter cuándo podíamos esperar ver un programa espacial peruano, y creo que me lo tomaron como chiste. Pero no veo por qué tendría que serlo: hace un tiempo, por ejemplo, Bolivia anunció la creación de su propia agencia espacial y su incursión con un primer satélite boliviano (no conozco, eso sí, los resultados posteriores de esa iniciativa). Y ciertamente tenemos todo tipo de enormes objetivos con los cuales podríamos comprometernos que requerirían de la participación de múltiples sectores para desarrollar soluciones innovadores y avances en materia de ciencia y tecnología: aprovechar nuestra diversidad biológica para convertirnos en una potencia biotecnológica mundial; eliminar la desnutrición y la malnutrición infantil antes del Bicentenario; convertirnos en el país líder en alfabetización en la región antes del fin de la década; eliminar sosteniblemente los problemas del narcotráfico y el narcoterrorismo, convertirnos en una potencia mundial en materia de energías renovables y sostenibles, y cambiar toda nuestra matriz energética en un cuarto de siglo; etc. Éstas son sólo ideas que se me vienen ahora a la mente, algunas viables, algunas inviables, al final eso no importa tanto: lo que importa es que consideremos que conseguir dicho resultado sea determinante para nuestra capacidad de crecimiento como nación, que estemos dispuestos a comprometernos en palabra y acto a brindar los recursos durante larguísimos lapsos de tiempo para que eso ocurra.
Para que así dejemos de jugar el juego de la ciencia y la tecnología como espectadores y consumidores, y podamos empezar a participar como jugadores.