Innovaciones democráticas

Fuente: El País.

Hace un par de semanas me invitaron a participar de un grupo de estudio en la Kennedy School of Government sobre la democracia en América Latina, donde el politólogo Steven Levitsky dirigió una discusión sobre el riesgo permanente de la aparición del populismo y el autoritarismo competitivo en las aún precarias democracias latinoamericanas. Aún cuando en la gran mayoría de países de la región se viene experimentando un periodo prolongado de gobiernos democráticamente electos y fortalecimiento institucional, la democracia es aún precaria en su ejercicio cotidiano, los marcos institucionales siguen siendo débiles y la amenaza de que surjan tendencias que sutil o abiertamente socaven la aún emergente cultura democrática es constante. Para Levitsky, las condiciones cada vez más marcadas de desigualdad, la incapacidad de los Estados para brindar servicios de calidad a la gran mayoría de la población, y la incapacidad de las instituciones políticas y los partidos para canalizar el descontento popular son los tres principales insuficiencias que, cuando las tres se vuelven suficientemente radicales, dan lugar a la aparición de propuestas autoritarias y populistas.

Según Levitsky, parte de lo que se necesita para atender estas tres insuficiencias es pensar acerca de “innovaciones democráticas”, que fue lo que me llamó particularmente la atención. Solemos tomar la democracia como un sistema más o menos definido, donde el desafío consiste más bien en aproximarnos lo más posible a una definición ideal de cómo debe operar de la cual siempre estamos lejos. Podemos interpretar este sistema de múltiple maneras – desde democracias representativas con delegación de poderes hasta democracias radicales donde la participación cotidiana de los ciudadanos represente el núcleo central de la vida democrática. Las transformaciones que apliquemos a cualquiera de estas interpretaciones van de la mano con nuevas formas de diseño institucional que de alguna manera mejoren la idea central – sea la representación, la participación, la inclusión, la diferencia, etc.

Por otro lado, cuando hablamos sobre innovación pensamos más bien en el espacio de la innovación técnica, la mejora de procesos, productos y servicios, o como le gusta decir a mi amigo Chris Peterson, “formas más eficientes para la apropiación de la plusvalía”. Es cierto que la “innovación” tiene más capas y matices que esta, pero la retórica de la innovación en los últimos años ha estado dirigida principalmente en esta dirección: un nuevo iPhone, una nueva red social, una nueva aplicación móvil, son algunas cosas que se suelen designar cotidianamente como “innovaciones”.

De modo que es interesante pensar en el espacio intermedio – el espacio de las innovaciones democráticas. Claro, esto no es un espacio nuevo, sino uno donde desde hace tiempo se pueden encontrar cosas desde la tecnología cívica hasta las redes de indignación y esperanza de las que habla Manuel Castells y muchas cosas más. Quizás es mucho el énfasis que se ha puesto al pensar en este tipo de innovaciones en llevarlas rápidamente a escala por un imperativo democrático – ponerlas a disponibilidad del número de la población más amplio posible, en el menor tiempo posible – en lugar de pensar en un modelo de diseño iterativo donde la usabilidad y la retención de usuarios se anteponga al acceso a grandes comunidades. Como señala Paul Graham en un artículo muy citado recientemente, quizás sea mejor pensar primero en cosas que no escalan para poder validar si una idea es realmente relevante con su público objetivo, y no descartar posibilidades solo por su incapacidad de ser llevadas a grandes escalas.

Por otro lado, el culto a la innovación ha ido demasiado de la mano con una tendencia a desatender al diseño institucional, o incluso a desdeñar las instituciones existentes simplemente como formas arcaicas, desprovistas de historia, que deben ser eliminadas. Que tampoco me parece una buena idea. El diseño institucional debe ir de la mano con formas de innovación sociotécnicas que afectan la vida de los ciudadanos en una comunidad. Por ejemplo, si es una buena idea poner a disponibilidad del público información y documentos sobre la gestión pública en una página web, o crear un repositorio público de bases de datos para que los ciudadanos puedan analizarlas, entonces hay que pensar también en la manera en que el diseño de un servicio o institución pública debe transformarse para estar alineada con las expectativas que este tipo de innovaciones generan. ¿Es necesaria una reorganización interna? ¿Son necesarios nuevos roles en la organización? ¿Fluye la información de la manera debida?

La manera como se suelen tomar decisiones en el sector público limita considerablemente la capacidad de prototipado y respuesta que una institución puede tener a estas preguntas – cuando es necesario crear convocatorias públicas para llenar puestos o pasar por procesos complicados para cambiar un organigrama, por ejemplo (aunque hay muy buenas razones por las cuales existen estos candados y limitaciones, y no se trata simplemente de eliminarlos). De modo que hay, creo, necesidad para un espacio intermedio, una zona franca para la experimentación con las instituciones y los servicios públicos que es necesario para diseñar, prototipar y evaluar cosas con mayor flexibilidad – un espacio que podría ser, quizás, mejor ocupado por organizaciones del sector privado y el sector social colaborando de manera directa con instituciones del Estado.

Sí, estoy colapsando muchas categorías distintas en una sola bolsa – innovaciones a la democracia misma, a la gestión pública, a la comunicación con los ciudadanos, y demás. Pero creo que eso es importante también. Es justamente la necesidad de rediseñar grandes procesos partiendo de experimentos pequeños y puntuales lo que nos puede permitir crear experiencias y circuitos de información que combinen diseños institucionales con nuevas tecnologías para crear espacios donde la democracia se vuelva una forma más activa, más presente y más tangible. Quizás con este tipo de combinaciones sea posible responder más efectivamente a esas múltiples ineficiencias que hacen que las democracias latinoamericanas estén siempre bajo amenaza – que las hagan, como siempre me gusta decir, menos una caja negra, y más un sistema donde sus participantes puedan tener un sentido real de agencia e influencia.

Una lectura computacional del Informe Final de la CVR, 2

Siguiendo en la línea de mi post anterior, algunas muestras más generadas por el código que tengo y el tipo de preguntas o narrativas que se pueden generar cuando se examinan. En el caso anterior, a manera de ejemplo generé mapeos simples de términos como “PCP-SL” o “MRTA” en el documento de la cronología de eventos que está incluido en el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Aunque son interesantes, no son terriblemente profundos.

Pero también podemos hacer otros tipos de mapeos. Por ejemplo, si queremos hacer un poco de historia política reciente, podemos mapear búsquedas de los principales personajes de la historia política durante el periodo de violencia interna en el Perú entre 1978 y el año 2000. A manera de ejemplo, estos son los resultados de mapear en el documento la incidencia de los nombres de presidentes peruanos en este periodo (Belaúnde, García, Fujimori, Paniagua, Toledo), a lo largo del mismo periodo. Mayor o menor frecuencia puede indicar mayor o menor participación en la vida política a lo largo de este periodo, al menos en lo que refiere a lo documentado por la CVR.

Belaúnde:

1978: ##1
1979: ##1
1980: ###################################12
1981: #######################8
1982: ############################################15
1983: ##################################################17
1984: #########################################14
1985: ##1
1986: ##1
1987: ##1
1988: ########3
1989: ##1
1990: ##1
1991: ##1
1992: ##1
1993: ########3
1994: ##1
1995: 0
1996: ##1
1997: 0
1998: ##1
1999: #####2
2000: #################6

García (el término es problemático por ser un apellido bastante común, se presta a usos potencialmente ambiguos):

1978: #1
1979: ###2
1980: 0
1981: #1
1982: ###2
1983: ########5
1984: ########5
1985: #####################################22
1986: ##################################################29
1987: ####################12
1988: #####################################22
1989: ##################################################29
1990: ####################12
1991: ######4
1992: ###############9
1993: ###2
1994: #############8
1995: ########5
1996: ###2
1997: #1
1998: #1
1999: ######4
2000: ########5

Fujimori:

1978: 0
1979: 0
1980: 0
1981: 0
1982: 0
1983: 0
1984: 0
1985: 0
1986: 0
1987: 0
1988: 0
1989: 1
1990: ########################42
1991: ######################38
1992: ###############################54
1993: ##############################52
1994: ###############################55
1995: ################################56
1996: #########################43
1997: ##########################46
1998: ##############25
1999: #############################51
2000: ##################################################86

Paniagua:

1978: 0
1979: 0
1980: 0
1981: 0
1982: ##########1
1983: 0
1984: ##########1
1985: 0
1986: 0
1987: 0
1988: 0
1989: 0
1990: 0
1991: 0
1992: 0
1993: 0
1994: 0
1995: 0
1996: 0
1997: 0
1998: 0
1999: 0
2000: ##################################################5

Toledo:

1978: 0
1979: 0
1980: 0
1981: 0
1982: 0
1983: 0
1984: 0
1985: 0
1986: 0
1987: 0
1988: 0
1989: #####2
1990: 0
1991: 0
1992: 0
1993: 0
1994: #######################8
1995: ########3
1996: 0
1997: 0
1998: 0
1999: #####2
2000: ##################################################17

Cuando vemos los mapeos en comparación, ¿qué tipo de observaciones podemos hacer? Primero que nada, podemos ver que las “estelas” de Belaúnde y García son más extensas que las de los demás. Como podríamos anticipar, Fujimori no existe antes del 89: la data no hace sino validar su categoría de “outsider” al sistema política partidario, y su incremento abrupto y marcado en los años subsiguiente coincide con el descenso en la frecuencia de los demás nombres – coincidente con el desmantelamiento de la clase política tradicional que operó el fujimorismo. Paniagua tiene un rol menor en los ochentas y luego virtualmente desaparece hasta la transición del 2000, mientras que Toledo registra solamente en periodos electorales (1995 y 2000).

En realidad estos cuadros no muestran nada que no sepamos ya – de hecho, a muchas de estas observaciones sólo podemos llegar porque ya sabemos muchas de estas cosas, y apenas comparamos nuestro conocimiento con lo que muestra la data. Lo interesante está, creo, en que la data, sin haber sido diseñado para eso (o para siquiera ser considerada como data) efectivamente valida estos patrones. Si no supiéramos varias de las cosas que ya sabemos, y trabajáramos con documentos menos estructurados, un análisis de este tipo nos mostraría tendencias para poder volver sobre estos vacíos y patrones y examinar en detalle por qué se dan discrepancias o se generan tendencias.

En este caso los ejemplos nos sirven más bien para validar que la herramienta efectivamente arroja datos válidos y por extensión, potencialmente interesantes. Si nos mostrara patrones que no tienen mayor sentido, alrededor de los no podemos construir una narrativa coherente, entonces pensaríamos o que el algoritmo está mal diseñado o que mi capacidad de programación es muy pobre. Felizmente, parece que ambas cosas no son (totalmente) ciertas porque de hecho tenemos resultados en apariencia válidos, con lo cual podemos seguir buscando nuevas cadenas y combinaciones y comparaciones que nos empiecen a insinuar cosas que no sabemos.

Con lo cual vale la pena mencionar algo más sobre el código: por ahora, a lo mucho hay una o dos funciones interesantes y una capacidad muy pobre de representación gráfica. Pero espero ir ampliando esto con el tiempo para darle mayor utilidad. Por lo cual cualquier feedback me sirve para ir pensando en maneras cómo se pueden generar interrogaciones sistemáticas extendiendo el código. Una de las primeras cosas que quiero agregar, además, es la capacidad para generar mejores gráficos que reflejen con mayor claridad los patrones, y quizás incluso con la capacidad de comparar múltiples resultados al mismo tiempo (por ejemplo, la data presentada arriba sería mucho más útil comparada lado a lado que como cinco gráficos separados). También quiero buscar la manera de hacer búsquedas por colocaciones (bigramas, trigramas o enegramas) para poder buscar nombres completos, nombres de organizaciones e instituciones.

Una lectura computacional del Informe Final de la CVR

He estado trabajando últimamente en un proyecto que involucra el uso de procedimientos computacionales para el análisis de datos, trabajando en el desarrollo de programas en Python para catalogar y analizar datos o para procesar textos en busca de patrones. Una de las cosas interesantes que ha salido de esto es un trabajo a partir del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación peruana, que además este año cumple diez años de haber sido publicado. El Informe Final es un esfuerzo masivo de investigación que involucró a un equipo enorme trabajando a través del Perú durante varios años, y es quizás el documento más comprehensivo de nuestra historia reciente sobre nuestra historia reciente. Se trata de nueve tomos más sus anexos, para un total de, si mal no recuerdo, alrededor de ocho mil páginas.

Por ello mismo, es sumamente difícil poder leerlo todo – a pesar de que lo he intentado varias veces, nunca lo he logrado. Existe Hatun Willakuy, la versión abreviada del IF en un solo volumen, pero obviamente no tiene la misma densidad y profundidad de información. De modo que se me ocurrió que el texto mismo del informe podría prestarse para una forma de lectura lejana (lo opuesto a una lectura cercana) donde el texto es tomado como la base de un análisis computacional que procesa el texto en busca de patrones significativos. Esto es totalmente un experimento, pero la idea del experimento es realizar este tipo de lecturas no con la intención de que un algoritmo agote el significado del texto, sino de que podamos utilizar un algoritmo para alzar preguntas y exponer áreas de interrogación que quizás no hubiéramos considerado antes. Esta aclaración es importante porque este tipo de herramientas de análisis basadas en computación o métodos en el ámbito de las humanidades digitales son suficientemente nuevas como para que su uso se pueda confundir o malinterpretar en el sentido de que intentemos dejar que la computadora responda preguntas, cuando en realidad es más interesante que genere posibilidades de interrogación.

Como un primer experimento dentro de lo espero se vaya volviendo un proyecto más completo con el tiempo (y que espero pueda resultar de interés a otras personas que se quieran ir sumando), he trabajado con la cronología de eventos entre 1978-2000 que forma parte de los anexos del informe. El archivo original en PDF, por supuesto, no está disponible en un formato fácilmente analizable, así que lo primero que hice fue convertirlo en un archivo de texto que pudiera ser analizado. Luego, dividí el archivo en secciones por año, para poder hacer un análisis comparativo a lo largo del tiempo. Todo el código que he generado está disponible en Github como el proyecto CVR Analytics para que cualquiera lo clone o analice. El código se apoya en el módulo NLTK para procesamiento y análisis del lenguaje natural, y es todavía un trabajo en progreso – de hecho, varias cosas importantes como la identificación de eventos y fechas todavía no funcionan como deberían.

Pero incluso en su forma actual se pueden formular algunas preguntas interesantes. La función word_map(), por ejemplo, permite buscar un término específico en el texto y visualizar la frecuencia con la que aparece en la cronología año por año. Esto genera algunos resultados interesantes, aún cuando muchos de ellos pueden ser esperables. Por ejemplo, una búsqueda por “PCP-SL” como término genera lo siguiente:

1978: 0
1979: ###2
1980: ########5
1981: #############8
1982: ####################################21
1983: #####################################22
1984: ##################################################29
1985: ##################11
1986: #############8
1987: #################10
1988: ########################14
1989: ################################19
1990: ######################13
1991: #########################15
1992: ####################################21
1993: ########################14
1994: ######################13
1995: #####3
1996: ###2
1997: #1
1998: ###2
1999: #1
2000: #1

Una búsqueda por “MRTA” genera la siguiente distribución:

1978: 0
1979: 0
1980: ##1
1981: 0
1982: ########3
1983: ##1
1984: ######################8
1985: #################################12
1986: #############5
1987: #################################12
1988: ##############################11
1989: ##################################################18
1990: #################################12
1991: ################6
1992: ###################7
1993: ################6
1994: ##1
1995: #####2
1996: ######################8
1997: #################################12
1998: 0
1999: ########3
2000: #####2

(Soy consciente de que mis visualizaciones son un poco crudas, pero vamos, esto es sólo una prueba de concepto.)

Otra función interesante es la de yearly_collocations(), que utiliza las funciones incluidas en NLTK para generar bigramas frecuentes: palabras que coinciden juntas con una inusual frecuencia. Las colocaciones para los años 1979-1981, por ejemplo, son éstas:

1978
Building collocations list
Asamblea Constituyente; Movimientos sociales; Francisco Morales; Hugo
Blanco; Óscar Molina; Cisneros Vizquerra; Partidos políticos; paro
nacional; Blanco Galdós; Fuerzas Armadas; Molina Pallochia; Morales
Bermúdez; alto nivel; decretos legislativos; las elecciones; origen
político; más alto; Luis Cisneros; Alva Orlandini; Estados Unidos
1979
Building collocations list
Partidos políticos; Morales Bermúdez; Francisco Morales; Junta
Militar; Movimientos sociales; Pacto Andino; Partido Comunista; Bedoya
Reyes; Cuadros Paredes; Raúl Haya; otro lado; Armando Villanueva; Por
otro; movimiento popular; Víctor Cuadros; Víctor Raúl; Luis Bedoya;
garantías individuales; las Fuerzas; Asamblea Constituyente
1980
Building collocations list
Belaunde Terry; Richter Prada; Partidos políticos; Pedro Richter;
origen político; Barrantes Lingán; Movimientos sociales; Manuel
Ulloa; Elecciones Generales; Alfonso Barrantes; Ulloa Elías; José
María; Orrego Villacorta; Silva Ruete; Eduardo Orrego; San Martín;
Armando Villanueva; Mientras tanto; Javier Silva; del Interior

Claramente no es un análisis perfecto – parte de los problemas que he encontrado hasta ahora han girado en torno al trabajo con un texto en español, cuando la mayoría de documentación y cuerpos de análisis disponibles están todos en inglés, de modo que el análisis es muchas veces menos que perfecto. Pero es un punto de partida, y muchos de los problemas seguramente pueden corregirse (seguramente con facilidad por alguien con mejor manejo del código que yo). Lo que quiero señalar con esto es simplemente que este tipo de análisis de textos masivos, como el Informe Final, pueden servir para elucidar preguntas y evidenciar patrones que de otra manera podrían permanecer ocultos en el texto y pasar desapercibidos a una lectura pormenorizada.

De ninguna manera esto es un mejor modo de lectura, o reemplaza al trabajo exegético y analítico que las humanidades y las ciencias sociales están acostumbradas a hacer. Pero ciertamente puede servir como un complemento, ayudando a abrir líneas de investigación u oportunidades de trabajo a seguir explorando. En mi caso, representa un primer experimento para seguir trabajando no sólo como aproximación analítica sino con suerte para luego complementarlo con un trabajo productivo, tomando no sólo la cronología sino también otras partes del informe y procesándolas para generar visualizaciones, archivos, o reinterpretaciones que permitan que un público más amplio pueda aproximarse a esta información y navegarla sin tener que saltar la valla altísimo de enfrentarse al informe en su totalidad.

Y claro, nunca está de más decir que cualquier comentario o pregunta sobre esto es bienvenido, para ir mejorando y ampliando el proyecto en otras direcciones.

Por qué “No”

El tema de la revocatoria a Susana Villarán como alcaldesa de Lima me parece, personalmente, el punto más bajo al que ha llegado la política peruana – o más bien limeña, porque no puedo hablar realmente por todo el país – en los últimos años. Y eso es decir bastante. Pero ya nada tiene sentido, es un Juego de Tronos criollo donde los ciudadanos podemos poco más que contemplar y preguntarnos por qué las casas se pelean entre ellas con nosotros de por medio.

No voy a poder votar en esta revocatoria por estar en el extranjero, y sorprendentemente no me considero afortunado por ello. Va a ser una votación muy ajustada y seguramente cada voto hará la diferencia, aunque suene trillado. De modo que mi inequívoco voto por el “No” no podrá ser contado. Pero lo que sí puedo hacer es, al menos, explicar las razones por las que, si pudiera votar, votaría por el “No”.

Las cosas que sabemos

La revocatoria es, efectivamente, una facultad legítima. Mal utilizada con abundante frecuencia, pero finalmente legítima. Pero la revocatoria tiene un sentido que, aunque susceptible a diferentes interpretaciones, apunta a condiciones objetivas: revocar a una autoridad que abusa de sus funciones o comete actos de corrupción. Es un mecanismo cuyo sentido es proteger al ciudadano del abuso de la autoridad.

Pero el argumento que sustenta la revocatoria sobre la base de la eficiencia no es convincente. Primero porque ha sido desmentido repetidamente, en el caso más reciente por un artículo en la revista Poder. Si hacemos las comparaciones respectivas, los primeros años de la gestión de Susana Villarán no sólo no han sido menos eficientes que los de sus predecesores inmediatos, sino quizás han sido hasta más, según varias de las cifras oficiales. Que la capacidad comunicacional de la Municipalidad de Lima haya sido casi nula en el mismo tiempo de gestión es algo totalmente cierto, pero que no invalida por sí mismo lo que sí ha ejecutado. Sobre todo, no es una buena justificación del hipotético “revocador responsable” que dice ser un votante informado pues, si efectivamente lo fuera, conocería la información detrás del vacío comunicacional.

Decir que la persistencia de problemas estructurales, o incluso su agravamiento, como la inseguridad ciudadana o los problemas de tráfico y transporte, son motivo suficiente como para considerar la gestión ineficiente, es también una falta importante de perspectiva. Primero, porque a pesar de que indudablemente le afecta directamente, la MML no tiene toda la injerencia ni capacidad como organismo para lidiar con estos problemas. Recordemos que los serenazgos distritales sólo existen, primero que nada, porque la Policía Nacional no es capaz de darse abasto y responder efectivamente a problemas locales. Pero garantizar el orden interno es primeramente responsabilidad del Ministerio del Interior, el cual por lo menos debería marcar la pauta y llevar la agenda sobre el tema. La MML no puede en este tema sino llevar a cabo reformas superficiales o a lo mucho intentar convocar a los actores responsables, pero el que respondan termina estando fuera de su esfera de influencia (o al menos, así queda a la falta de operadores políticos experimentados).

Algo parecido ocurre con el transporte: Susana Villarán no ha venido a causarte el tráfico de Lima. Años sucesivos de malas políticas de transporte, junto con crecimiento económico y mayor acceso a crédito tienen efectos que se componen durante mucho tiempo. La falta de articulación institucional en la materia no ayuda: que el Ministerio de Transportes pueda sacar adelante un proyecto de tren eléctrico que no esté desde el principio diseñado para articularse con el proyecto ya existente de buses segregados de alta capacidad es una muestra de que la responsabilidad, de nuevo, no recae sólo sobre la MML. Y de hecho, el compromiso demostrado con la reforma de transportes, en contra de continua presión política, es definitivamente un paso importante en la dirección correcta.

¿Quiere esto decir que la gestión Villarán está libre de polvo y paja, y es una gestión maravillosa? No, en ningún momento dije eso. Hay cosas que rescatar, especialmente a nivel de construcción institucional, así como también varias que criticar – el vacío comunicacional siendo una de las más importantes. Pero que se le pueda y deba criticar no quiere decir que se le deba revocar. Por cualquier ángulo que lo mire, la revocatoria NO se justifica sobre la base de los argumentos que se circulan. Y el instrumento de la revocatoria no está diseñado simplemente para expresar tu desacuerdo – para eso están las elecciones. Si no te gustan sus políticas, y aún así gana, pues así como defenderías la revocatoria deberías defender su legitimidad para terminar su periodo de gobierno. El “referéndum” sobre si un alcalde debe seguir o no es su capacidad para postular a la reelección. La revocatoria es un instrumento diseñado para lidiar con el abuso. Y que no esté de acuerdo con tus políticas personales no es una forma de abuso, es justamente la base de la arquitectura democrática.

Las cosas que sospechamos

De modo que, si el voto a favor de revocar a Susana Villarán no está motivado por la eficiencia o efectividad de sus políticas públicas y “obras”, entonces es, a falta de una mejor palabra, un voto estrictamente político, en su sentido de manejo de intereses. No tienen nada de malo que se manejen intereses: pero sí tiene mucho de malo que se me vengan con huevadas a tratar de justificarme el voto revocador por cualquiera de las razones anteriores, o tratar de escudar el “no me cae” o la izquierdofobia debajo de la fachada institucional de la revocatoria como “ejercicio de la democracia”.

Pero esto es contraproducente por dos razones. La primera es que votar por el “Sí” es un autogol. Es no sólo preservar, sino radicalizar todas las razones por las que supuestamente se apoya la revocatoria. En este momento, Susana Villarán, desde su precaria posición política, es el dique de contención de una serie de cosas: el descontrol en el transporte público, el descontrol en el ordenamiento urbano, etc. Si es revocada, sea quien sea que entre no va a tener siquiera el endeble aparato político para continuar y defender estas reformas estructurales. Que una ciudad del tamaño y complejidad de Lima pierda 18 meses durante un momento de transformaciones profundas es indefendible y, a la vez, irrescatable. Todas las razones que se argumentan para estar a favor de la revocatoria son precisamente las razones por las que habría que estar en contra.

La segunda razón es que reventar ese dique de contención va a generar una serie de vacíos de poder por todos lados. Todos los espacios que la MML ha recuperado o ganado quedarían de un día para otro abiertos al mejor postor: las reformasp pueden ser desarmadas por sus opositores, la gestión enflaquecida obligada a recurrir a todo tipo de consultores y proveedores externos para cumplir con funciones básicas sin ningún tipo de fiscalización o control, y, especialmente, el vacío político cooptado por una serie de personajes que hoy dicen no ser los dueños del circo. Pero al final, todo parece estar armado de tal manera que puedan cómodamente deslizarse a esos vacíos de poder, políticos y organizacionales, y enquistarse en todos sus niveles. No hay corrupción en las gestiones previas si no hay quién la investigue, no hay negociados políticos y pactos de no agresión que han durado años si no hay quién los denuncie y enfrente.

Pero por alguna razón, que no comprendo, al que apoya la revocatoria todo esto parece no importarle, porque “Susana no hace nada”, o porque simplemente le cae mal y que se vaya. Por eso la revocatoria es como la democracia deliberativa, funciona todo lindo en experimentos conceptuales donde todos saben lo que quieren y respetan las condiciones dentro de las cuales pueden intentar conseguirlo.

La revocatoria es la paradoja perfecta en la cual nadie sabe realmente qué quiere, y para intentar conseguirlo hacen cualquier cosa con las reglas de juego para finalmente conseguir exactamente lo contrario.

Transformación política en el mundo digital: una lectura escéptica

Acabo de estar hace un rato en un evento en el MIT Media Lab organizado por el Center for Civic Media, Peer To Peer Politics: Moving Beyond Left and Right, una discusión sobre nuevas formas de política en la era digital entre Steven Johnson, Yochai Benkler, Susan Crawford y Lawrence Lessig. Sí, harto superstar de las discusiones sobre Internet. Pero a pesar de que fue una muy buena discusión, hubo en general un exceso de optimismo en las afirmaciones que automáticamente activaron mi escepticismo. No suelo tomar la postura escéptica, pero creo que es el contrapeso saludable a un optimismo desbordado. Y como hace poco estuve considerando cómo posicionar los discursos sobre la tecnología a lo largo de diferentes espectros, incluyendo el espectro entre pesimismo y optimismo (o tecnofilia y tecnofobia), me pareció pertinente articular un poco de este escepticismo sobre todo cuando empieza a vincularse con las maneras como nos organizamos colectivamente para, entre otras cosas, la participación política.

Quizás lo primero que hay que observar es la radicalidad de las transformaciones – o la carencia de tal, mejor dicho. Hace unas semanas, en el Coloquio Redes y Filosofía en Lima, el filósofo francés Alexandre Lacroix señalaba que Internet representaba la tercera revolución del signo, después del alfabeto y la imprenta. Pero lo que suele perderse de vista cuando se observa esto es que estas revoluciones fueron espectacularmente lentas. El proceso de difusión y adopción de la imprenta fue largo y complicado, y no fue de ninguna manera unívoco: diferentes comunidades a través de Europa adoptaron la imprenta de diferentes maneras para diferentes objetivos, y tantas otras la resistieron y demoraron (este proceso ha sido documentado, entre otras personas, por Elizabeth Eisenstein, Natalie Davis, Peter Burke y Asa Briggs – referencias debajo). La consolidación de la imprenta tomó literalmente siglos y probablemente no terminó de articularse hasta mediados del siglo XIX. Y aunque uno puede perfectamente argumentar que la velocidad del cambio es muchísimo mayor en la era digital, no hay ninguna razón para suponer que estos procesos son inmediatos. La manera como Internet transforma nuestros patrones sociales, incluyendo la participación política, no es un proceso unidireccional ni inexorable, y está marcado por la interacción con otros procesos sociales y especialmente por la participación de diferentes instituciones previamente existentes. No hay ni ha habido una singularidad inmediata en la cual el transistor, el TCP/IP, el HTTP, o Twitter hayan marcado un salto cualitativo inmediato y el problema de asumir tácita o implícitamente ese salto cualitativo es que introduce discontinuidades que impiden el análisis y el contexto histórico.

De allí que cuando se introduce la discusión sobre nuevos modos de producción que empiezan a reclamar centralidad en la era digital, esta introducción suele venir desprovista de antecedentes históricos previos a Internet. En The Wealth of Networks Yochai Benkler hace un genial análisis de la manera como se configura un nuevo modo de producción que no está regido por la maximización de utilidades del sector privado ni por la satisfacción del bienestar común del sector público. Pero lo que este análisis no toma en consideración es que este tercer modo de producción tiene una historia significativa en el desarrollo de movimientos sociales, de comunidades de interés y en general en la articulación del sector social en los últimos cuarenta años: la aparición de organizaciones de todo tipo y tamaño, motivados por intereses estrictamente privados pero sin ningún tipo de pretensión de generar utilidades. Es cierto que al reducir dramáticamente los costos de transacción de la organización colectiva, Internet hace que este modo de organización sea mucho más accesible, pero hay una continuidad que no puede ni debe ignorarse en la manera como nuevos y viejos movimientos empiezan a reinterpretarse desde la web.

La otra inconsistencia que se introduce es entre la operación de modos de producción o lógicas organizacionales a nivel macro y a nivel micro, que termina siendo profundamente influenciado por el espectro político previamente existente: uno puede querer creer que después de la web no hay izquierdas ni derechas, pero porque uno quiera mucho creer en algo no lo hace verdad. Entonces, la izquierda cree que las nuevas organizaciones que surgen en la era digital deberían ser auto-motivadas y no tener fines de lucro, y la derecha piensa que sólo pueden ser transparentes y comprensibles cuando hay un lucro que garantiza los intereses de todas las partes. Pero en realidad, el lugar donde uno se ubique en el espectro político, o el modo de producción en el cual uno se ubique – llamémoslos gruesamente el mercado, el Estado, o las “redes” del tercer sector – no tienen realmente por qué determinar la manera como se rige la organización a nivel micro. Una empresa puede ser pública tanto como el Estado puede generar redes ad hoc a su interior; una empresa privada puede diseñar redes dentro de su estructura organizacional que coexistan con unidades estrictamente dedicadas a la generación de utilidades (por ejemplo, inversión en investigación y desarrollo); y una organización del sector social o una red de acción colectiva puede operar bajo una lógica de generación de utilidades para garantizar su sostenibilidad y alimentar su propio crecimiento. Me parece que se pone demasiado énfasis en una suerte de coherencia moralista de que si uno se ubica en una cierta región tiene que limitarse a cierto tipo de herramientas, que en el fondo lo que hacen es limitar las posibilidades de experimentación e innovación. Lo más interesante de este proceso no es agregar una categoría a la tabla, sino que al eliminar barreras, todas las categorías previas pueden conectarse entre sí.

El problema es, también, que se pone intencionalmente o no demasiado peso sobre la idea de que estas nuevas formas (que además no son tan nuevas) que empiezan a adquirir centralidad son de alguna manera “mejores” o una suerte de “adelanto del futuro”. Si Wikipedia es posible, entonces el futuro será como Wikipedia y los Estados se volverán WikiEstados y las empresas cambiarán sus modelos de gestión para poder tener las comunidades de Wikipedia. Pero esto no tiene por qué ser así, y de nuevo, viene de la mano de un cierto moralismo de que debemos modificar todas nuestras estructuras e instituciones en función a un único modelo de organización. Pero que ese modelo funcione en un caso, o incluso que funcione en muchos casos, no quiere decir ni que funcione en todos los casos, ni que se vuelva un imperativo el transformar todo hacia ese modelo. ¿Por qué Apple no es más como Linux? Porque no quiere, pues. No tiene por qué serlo tampoco. Diferentes organizaciones tienen diferentes objetivos, y diferentes objetivos se verán favorecidos por diferentes modelos organizacionales. El modelo de la red participativa puede funcionar muy bien para Linux; pero claramente a Apple le va bastante bien con un modelo cerrado, claramente regulado internamente con espacios de innovación delimitados. Pero decir que porque fue posible una aglomeración como #OccupyWallStreet todas nuestras relaciones políticas han cambiado para siempre es un poco ingenuo, especialmente cuando de la organización ad hoc como #OWS no surgieron resultados concretos en términos de políticas públicas o modificación de instituciones. Es más, si la contraparte de #OWS en Estados Unidos es el Tea Party, es notable cuánta más influencia ha tenido este último en el proceso político estadounidense: marcando la agenda, definiendo candidatos y movilizando comunidades para que los candidatos que enarbolan su agenda sean elegidos.

Lo que me lleva a mi último punto, vinculado a la idea del evento de estar “más allá de la izquierda y la derecha”. Y es que en el fondo esto encierra también un cierto utopismo de que en la era de las redes y la colaboración, tenemos la infraestructura para posicionarnos más allá de la polarización política. No sólo no me parece el caso sino que no veo por qué debería ser un objetivo. Los espacios de participación política no tienen por qué convertirse en espacios de eliminación o sublimación del conflicto donde permanentemente estemos tratando de ponernos de acuerdo en todo. El problema no es que haya desacuerdos, sino que esos desacuerdos se conviertan en la satanización del oponente, en una lucha metafísica por la verdad en lugar de una negociación permanente de intereses en una arena que es considerada legítima por todas las partes. Por lo mismo, estos nuevos escenarios de política digital no tienen qué estar más allá de la izquierda o la derecha, porque eso además esconde el prejuicio que tienen muchos de los que participan de esta discusión y se posicionan más a la izquierda que a la derecha, como si la participación de estas redes fuera moral o políticamente superior.

Pero no. El escenario es complejo y, de nuevo, las transformaciones son lentas a pesar de ser suficientemente rápidas como para contemplarlas en tan sólo unos años. Pero simplemente cometemos errores de interpretación cuando asumimos discontinuidades radicales y rupturas históricas en lugar de entender las diferentes herencias e interacciones que existen entre instituciones, organizaciones, intereses y posturas que existían antes de la aparición de Internet y que no son solamente receptores pasivos de significados.

Espero que se entienda un poco lo que he querido decir. Mi intención es sólo mantener vigentes una serie de escepticismos sobre discursos que describen cómo nuestro panorama político está cambiando por la influencia de nuevas tecnologías. Creo que es importante señalar que estos cambios no son completamente nuevos sino que reflejan procesos iniciados antes de que tuviéramos acceso a Internet; no son completamente lineales porque no reemplazan nuestros modos de producción previos sino que pasan a coexistir con ellos; y no son necesariamente mejores porque aunque permiten ciertas nuevas posibilidades, no son por eso automáticamente la mejor opción para cualquier propósito que un grupo u organización pueda tener. No quiero decir con esto que no haya cambios, que no sean interesantes o que no encierren ninguna promesa. Sólo pienso que un exceso de escepticismo nos impide aprovechar las transformaciones existentes en todo su potencial porque su oscurece su verdadero carácter y alcance.

Algunas de las ideas que he mencionado o fuentes que pueden estar relacionadas o ser de interés:

  • Benkler, Y. (2006). The wealth of networks: how social production transforms markets and freedom. New Haven [Conn.]: Yale University Press.
  • Benkler, Y. (2011). The Penguin and the Leviathan: How Cooperation Triumphs over Self-Interest (1st ed.). Crown Business.
  • Briggs, A., & Burke, P. (2006). De Gutenberg a Internet: una historia social de los medios de comunicación. México, D.F.: Taurus.
  • Brynjolfsson, E. (2012). Race against the machine: how the digital revolution is accelerating innovation, driving productivity, and irreversibly transforming employment and the economy. Lexington, Mass: Digital Frontier Press.
  • Burke, P. (2009). Popular Culture in Early Modern Europe (Third ed.). Farnham: Ashgate Publishing.
  • Davis, N. Z. (1975). Society and culture in early modern France: eight essays. Stanford, Calif: Stanford University Press.
  • Eisenstein, E. L. (1979). The printing press as an agent of change: communications and cultural transformations in early modern Europe. Cambridge [Eng.] ; New York: Cambridge University Press.
  • Goody, J. (1968). Literacy in traditional societies. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Johnson, S. (2010). Where good ideas come from: the natural history of innovation. New York: Riverhead Books.
  • Lessig, L. (2004). Free culture: how big media uses technology and the law to lock down culture and control creativity. New York: Penguin Press.
  • Lessig, L. (2008). Remix: making art and commerce thrive in the hybrid economy. New York: Penguin Press.

Retrato del filósofo como hacker

Como comenté hace unos días, el jueves estaré haciendo una presentación en el coloquio Redes de la Filosofía en la PUCP (mi mesa es a las 3pm junto con Roberto Bustamante, justo antes de la conferencia de Pierre Lévy a la 5pm sobre rizomas algorítmicos).

He venido jugando con varias ideas sobre lo que quiero presentar, y he intentado combinarlas en este texto base a partir del cual quiero hacer mi presentación. Quiero compartirlo anticipadamente por si (1) tienen algún comentario, crítica o feedback que sea bueno incorporar, (2) no pueden asistir (o no están seguros y esto los puede animar/desanimar), o (3) quieren ir agregando temas que se desprendan de aquí como para la discusión en el evento. Cualquier comentario es bienvenido, y tengan en cuenta que, como suele ser el caso, todo esto son ideas en desarrollo.

Arquitecturas intangibles

“Internet” no es algo por sí mismo, sino que es una colección de algos que es más que la suma de sus partes: hecho posible por la invención del protocolo IP (Internet Protocol), Internet hizo posible que diferentes redes pudieran comunicarse entre sí e intercambiar información, incluso en aquellos casos en los que sus arquitecturas eran fundamentalmente diferentes. Lo que hizo fue crear una lingua franca a partir de la cual diferentes infraestructuras podían efectivamente comportarse como una sola, con la capacidad de conectar y desconectar nuevos nodos sin afectar la integridad del conjunto.

Cuando hablamos de Internet, estamos hablando de múltiples capas de abstracción que se ven oscurecidas y opacadas por la más visible de ellas, que es la WWW, porque es la que utilizamos cotidianamente para casi todos los propósitos. El usuario no tiene por qué ser consciente de ni entender todo el sustrato de capas y capas lógicas y físicas que existen detrás de estas abstracciones, pero cuando hacemos crítica tecnológica o queremos evaluar y entender la manera cómo la tecnología afecta procesos sociales esto sí se vuelve importante porque todas estas capas apiladas están afectadas por el concepto de “inheritance”, o herencia: las decisiones tomadas en las capas inferiores, los supuestos realizados y los affordances incorporados al diseño, afectan a todas las construcciones que realizamos en las capas superiores. Todas nuestras manifestaciones expresivas realizadas en medios computacionales, están inevitablemente estructuradas y limitadas por las posibilidades del medio computacional: esto a pesar de que intuitivamente nos parece lo contrario, de que el medio computacional o digital permite un poder expresivo infinito e ilimitado. Las redes de información digitales están configuradas por sus protocolos y sus aplicaciones, que a su vez están configurados por sus sistemas operativos y sus lenguajes de programación, que a su vez están configurados por la capa material con la cual estos lenguajes interactúan para genererar operaciones electrónicas cuya naturaleza semántica emerge a partir de la repetición masiva de millones de instrucciones aritméticas simples por segundo.

Todo esto lo digo porque es fácil que perdamos de vista algunas cosas que dejan de ser obvias o aparentes cuando queremos estudiar la manera en la cual, por ejemplo, hacemos filosofía en el medio digital, porque pasamos a concentrarnos más en la capa de lo inmediatamente tangible – comprensible pero, por todo lo que acabo de señalar, engañoso. Con esto no quiero decir ninguna de las siguientes dos cosas: que sea necesario un entendimiento profundo de las capas inferiores (p.ej. entender la definición de un protocolo o conocer un lenguaje de programación en detalle) para poder intentar analizar las maneras en las que operan o afectan a las demás capas; o que el análisis de lo tecnológico signifique un viaje a la semilla en busca de una causa primera o un primer motor inmóvil. Sí creo, en cambio, que son verdaderas las dos siguientes premisas:

  • Que es necesario el entendimiento de que estas múltiples capas existen y se afectan mutuamente, y que la configuración de capas inferiores afecta la configuración de capas superiores.
  • Que el conjunto de prácticas sociales y supuestos conceptuales bajo los cuales se configuraron las capas inferiores, son heredadas parcialmente por las capas superiores y afectan el conjunto de prácticas y supuestos que allí se realizan.

Hago esta prolongada introducción porque a partir de aquí quiero argumentar, o por lo menos provocar, tres posibles líneas de discusión:

  1. La primera es la posibilidad de una lectura filosófica realizada en y sobre la tecnología que tiene una forma similar a la práctica tecnológica estructurada por la ética hacker, y que sin embargo no es nueva en la historia de la filosofía en su conjunto.
  2. La segunda es la necesidad de una lectura filosófica que informe y contexualice la práctica tecnológica, y haga evidentes los supuestos que orientan las decisiones que afectan la manera en la que hacemos tecnología. Dicho de otro modo, la necesidad de brindarle al hacker los elementos para que él o ella puedan ser, a su propia manera, filósofos, o reflexivos respecto a su propia práctica.
  3. La tercera es la oportunidad de razonar, por analogía, a partir del análisis de sistemas abstractos que son claramente mapeables, hacia sistemas concretos que son menos transparentes y accesibles al análisis. En concreto, quiero utilizar la idea de que la capacidad de navegar redes de información afecta procesos sociales como la movilidad social o la capacidad de salir de la pobreza de maneras que aún no hemos explorado del todo.

Del filósofo como hacker

Es pertinente empezar esta sección afirmando que no estoy intentando aquí trazar un modelo normativo para la práctica filosófica – no creo que sea esto un deber-ser de cómo los filósofos deberían hacer su trabajo. Ni estoy aquí intentando realizar una reconstrucción retrospectiva de la filosofía misma, como intentando decir “esto es lo que la filosofía siempre ha sido pero nunca nos dimos cuenta”. Por eso tomo la precaución de referirme a la práctica filosófica, es decir, a la manera como los filósofos individual o colectivamente hacen filosofía en casos concretos, y la manera como se ve modificada al realizarse en y a través de entornos computacionales y digitales. En otras palabras, la filosofía en las redes.

A fines del 2011 publicamos con EDLJ un pequeño artículo en la revista Páginas donde describíamos los cambios materiales por los estaba pasando la práctica filosófica y de las Humanidades en general. Nuestra descripción en ese caso fue casi estrictamente operativa, hablando de maneras específicas en las cuales un investigador podría aprovechar nuevas herramientas digitales para ampliar o difundir su trabajo de maneras creativas. Pero en el contexto de ese artículo no abordamos la cuestión más de fondo, de cómo utilizar esas herramientas afecta no solamente las condiciones de producción, sino también las condiciones de lo producido: cuando hacemos teoría en y sobre la tecnología, ¿cuáles son las condiciones diferentes, singulares de esa teoría?

Intenté responder a esa pregunta con el programa de la teoría mínimamente viable, y en particular, con las nuevas condiciones en las cuales nos vemos en la necesidad de formular modelos teóricos, especialmente cuando ellos se refieren a lo tecnológico:

[H]oy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.

Lo sugerente es como en este caso, empezamos a imaginar una forma de práctica filosófica que es a su vez estructuralmente similar al tipo de prácticas mismas que intenta estudiar. La ética hacker y los principios de la cultura hacker se vuelven entonces un interesante modelo a seguir para modelar una práctica filosófica propia del medio digital. Podemos tomar, por ejemplo, los principios de la actitud hacker descritos por Eric S. Raymond en su ensayo clásico, “How To Become a Hacker“:

  1. El mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos.
  2. Ningún problema debería tener que ser resuelto más de una vez.
  3. El aburrimiento y el trabajo rutinario son malignos.
  4. La libertad es buena.
  5. Tener actitud no es sustituto para ser competente.

De estos principios podemos hacernos la idea de que la práctica del hacker está principalmente orientada por la curiosidad para entender cómo es que funcionan diferentes tipos de sistemas, y cómo es que podemos hacerlos mejores. Es una ética gobernada meritocráticamente por comunidades de individuos vinculados más o menos flexiblemente, a través de espacios distribuidos, conectados por tecnologías digitales de la información. Es el tipo de organización social emergente hecha posible por la tecnología digital que rompe con nuestros supuestos tradicionales sobre cómo podemos y debemos organizarnos para cumplir con objetivos comunes (ruptura o confrontación descrita por Yochai Benkler desde su artículo, “Coase’s Penguin, or Linux and the Nature of the Firm“).

La actitud del hacker asume un mundo llenos de problemas esperando ser resueltos, pero a pesar de su profunda vinculación con lo tecnológico, no hay nada en esa actitud que indique que, intrínsecamente, esos problemas deben ser de naturaleza tecnológica. Es decir, no todos los problemas “hackeables” tienen que ser problemas de código, sino que es más bien la disposición con la que se abordan los problemas lo que distingue al hacker. Lo cual deja abierta la puerta a que la filosofía misma pueda entenderse como una forma de hackeo, y quizás por lo mismo, como una forma de realizar la práctica filosófica que más fácilmente consigue aproximarse a la comprensión de lo tecnológico.

¿Cómo se configura ese tipo de comprensión? Quizás podemos encontrar más pistas si tomamos otro ensayo clásico de Raymond, “The Cathedral and the Bazaar“. En este ensayo, Raymond explica las diferencias entre dos enfoques hacia el desarrollo de software: por un lado, el desarrollo propietario/corporativo es aquel que se dedica a la construcción de “catedrales”: grandes sistemas complejos que requieren de todo un andamiaje organizacional complicado que genere el espacio que permita la creatividad. Por otro lado, el desarrollo del software libre se dedica a la construcción de “bazares”: en lugar de partir de la búsqueda de grandes estructuras, el software evoluciona a partir de la concatenación de pequeñas piezas que responden a preocupaciones puntuales, que al conectarse forman dependencias y permiten crear estructuras más grandes que la suma de sus partes. El enfoque de la catedral es la aplicación de la lógica industrial a la producción de un intangible como el software; en cambio, el enfoque del bazar es hecho posible por la aparición de tecnologías de la información que permiten que miles de desarrolladores puedan trabajar individualmente en problemas distribuidos colectivamente. Más que intentar decir que una forma sea superior a la otra, Raymond intenta señalar que claramente la segunda forma es novedosa y posible dadas nuestras condiciones actuales de producción.

La analogía es útil si queremos pensar en la forma que toma la práctica filosófica pensada como un ejercicio de hackeo: no una filosofía centrada en el diseño de “catedrales” o de grandes sistemas, sino una centrada en la emergencia de esos sistemas a partir de las conexiones que pueden trazarse entre múltiples piezas independientes. Allí, quizás, su innovación, aunque tenemos que tener suficiente conciencia histórica para reconocer que esto no es en términos generales novedoso en la historia de la filosofía: discursos en contra de la filosofía como sistema, o a favor de su imposibilidad, abundan desde mucho, mucho antes del siglo XX y la aparición de la tecnología digital y las redes de información. Aunque esto aparece como una innovación en el campo del desarrollo de software y aplicaciones informáticas, no lo es tanto desde el punto de vista de la práctica filosófica, pero con una particularidad significativa: la filosofía  como ejercicio del hacking, como constructora de “bazares” conceptuales, no niega ni se cierra a la posibilidad de que existan sistemas filosóficos. Sólo discute la naturaleza de esos sistemas: como edificios complicados articulados voluntariamente a priori, o como estructuras complejas cuyas propiedades, características y elementos emergen a posteriori a partir de la interacción de componentes simples. El sistema conceptual análogo al mundo digital e informatizado es un sistema dinámico, extensible, computacional e histórico: es, entonces, una red.

Del hacker como filósofo

Creo que es importante prestar también atención al otro lado de la moneda. He intentado responder escuetamente a la pregunta, ¿qué forma toma una práctica filosófica configurada por las tecnologías digitales de la información? Quiero ahora intentar algo similar para la pregunta, ¿cómo puede una práctica filosófica así configurada influir sobre el desarrollo de la tecnología misma?

La filosofía no ha tenido mucho que decir sobre esto, o en aquellos casos donde lo ha hecho, ha conseguido más bien empujar este tema hacia la periferia o hacia otros ámbitos disciplinarios. Más aún, en muchos casos es fácil encontrar también discursos filosóficos sobre la tecnología que se distinguen por lo distanciados que están de la práctica tecnológica misma – que no se esfuerzan por entender sus particularidades, por manejar sus lenguajes o considerar su propia lógica interna. Esto ha resultado en un doble proceso preocupante: por un lado, que el desarrollo tecnológico preste poca atención al discurso filosófico que suele realizarse sobre él, y por otro lado, que este mismo desarrollo preste atención a otras fuentes conceptuales de manera poco crítica o informada.

Los diseñadores y desarrolladores de nuevas tecnologías van a seguir haciendo aquello que saben hacer más allá de que la filosofía les diga si lo que hacen está bien o mal, o si resulta más o menos deseable, o lo que fuera. El problema es que en muchos de estos casos, muchas muy buenas ideas terminan resultando inefectivas al ser implementadas porque no tomaron en consideración el contexto en el cual iban a ser aplicadas y sus posibles implicaciones, o en casos peores terminan generando un impacto negativo respecto al esperado. Aunque escapa al alcance de las herramientas de la filosofía realizar este tipo de evaluaciones e informar el diseño de nuevas tecnologías a partir de sus usos y aplicaciones, sí está dentro de sus posibilidades formular y promover una lógica mejor informada respecto a las complejidades de lo tecnológico y las múltiples capas de significado que participan de su diseño, implementación y uso. En otras palabras: la filosofía no puede decirte por qué una tecnología en particular es o no adecuada para un contexto determinada, pero sí puede decirte que la respuesta a esa pregunta no es contingente a las características de la tecnología misma.

De lo cual se desprende, me parece, el sentido que adopta el generar una red conceptual articulada en torno a la tecnología, que conozca sus lógicas internas y pueda brindar una perspectiva que no resulte ingenua ni desactualizada: un sistema de “crítica tecnológica” que, en el sentido clásico de la crítica kantiana, permita identificar los límites y parámetros dentro de los cuales opera nuestra mentalidad tecnológica – incluso en aquellos casos donde una tecnología pretende ampliar y modificar esa misma mentalidad. La filosofía tiene la capacidad para formular un conjunto de preguntas y conceptos que puedan a su vez ser reutilizados por el hacker al reflexionar sobre sus propias creaciones y modificaciones, sobre sus propias prácticas y sobre las dinámicas de su propia comunidad creativa.

De lo que no se trata, es de utilizar herramientas y conceptos filosóficos para decirle al hacker cómo es que debe hacer las cosas – algo en lo cual las ramas temáticas de la filosofía frecuentemente suelen incurrir, bajo un exceso de normatividad construida exteriormente. No sólo termina siendo un ejercicio inútil, sino que termina siendo hasta contraproducente, en la medida en que consigue que el discurso filosófico sea excluido de lo que podría ser de otra manera un diálogo mucho más interesante y construido colaborativamente. Y está dentro de la esfera de interés de la práctica filosófica (o al menos dentro de la de muchos de nosotros) construir este espacio de diálogo donde poder contribuir al desarrollo de una conciencia tecnológica mejor informada y menos ingenua por ambos lados: tanto por el lado de lo técnico como por el lado de lo conceptual.

Quizás una de las primeras tareas de este tipo de construcción de conciencia es identificar las maneras implícitas en las cuales este intercambio ya se ha venido dando. Hay una historia poco explorada de la participación de la filosofía en la tecnología digital de la información, que regresa hasta la manera en la cual el cartesianismo influyó a varios de los teóricos iniciales de la informática y la cibernética con nociones cercanas al dualismo, la relación entre la mente y el cuerpo y la figura del “fantasma dentro de la máquina”. A partir de allí, hay una línea de diálogo intermitente cuya manifestación quizás más interesante puede encontrarse en las conversaciones más recientes en torno a los límites y posibilidades de la inteligencia artificial, así como sus implicancias legales, éticas y políticas.

Conectados y desconectados

Quiero cerrar con una nota sobre por qué me parece importante todo lo anterior, y si la conexión entre una y otra cosa no termina resultando aparente, estaré especialmente agradecido de los comentarios que me puedan hacer para poder hacer las aclaraciones del caso.

Me parece importante ilustrar la importancia que tiene toda esta reflexión y metareflexión sobre cómo pensamos en la tecnología, cómo informamos su desarrollo y cómo utilizamos o podemos utilizar estas herramientas conceptuales en la navegación de redes de información cotidianas. En cierta manera (que espero no tener que elaborar aquí en detalle), aprender a navegar una red es como aprender un lenguaje, es decir es como aprender una forma de vida, y en cierta manera, toda forma de vida y todo lenguaje pueden representarse y entenderse como una red: sin puntos de ingreso privilegiados, y donde cada ruta de navegación es parcial y regional de un todo sobre el cual adquirimos competencia de navegación.

Puesto de otra manera: toda tecnología comprende un lenguaje y todo lenguaje es, a su vez, una forma tecnológica que nos permite domestica alguna región de la realidad o algún tipo de problema. Esto ciertamente amerita mayor elaboración (que puede encontrarse parcialmente en mi artículo sobre las gramáticas tecnológicas), pero para no hacer el argumento demasiado largo les pido que lo aceptemos temporalmente. Lo que esto nos permite es reconocer como tecnologías un conjunto considerablemente más grande de procesos, siguiendo una argumentación bastante mcluhaniana: bajo esta lógica, las ciudades pueden considerarse como tecnologías, como pueden también serlo los teléfonos, las autopistas, las pinturas medievales, los smartphones, etc. Nos encontramos aquí muy cerca del dominio de la ontología orientada a objetos, o de la teoría del actor-red.

Arthur C. Clarke acuñó la idea de que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, y esto podemos observarlo fácilmente en nuestras relaciones cotidianas con la mayoría de tecnologías: no necesitamos saber cómo es que el espectro electromagnético es manipulado para que la señal llegue de mi teléfono celular a la antena que representa la “celda” local que me conecta con la red de comunicaciones para poder hacer una llamada. Probablemente no queremos saber, como tampoco necesitamos entender los principios químicos de la combustión para viajar en auto o cómo programar en C++ para poder utilizar aplicaciones en una computadora. Las interfases se encargan de ocultarnos todo este proceso que ocurre detrás de cámaras, y consideramos que una interfase está mejor diseñada cuando consigue más exitosamente este oscurecimiento y consigue preservar o incluso incrementar la sensación de lo mágico. Quizás ningún ejemplo sea más claro que los productos de Apple que son notablemente más difíciles de de personalizar o modificar, bajo la noción de que sacrificamos control de la caja negra por una mejor experiencia de usabilidad.

El problema surge, o se complica, cuando empezamos a estirar la metáfora y empezamos a pensar que una posta médica, un aula de clases o un gobierno regional son también tecnologías que comprenden sus propios lenguajes en los cuales tenemos que ser competentes para cumplir con una serie de objetivos. A su vez, no son lenguajes formalizados, reconocidos, y sobre todo no son lenguajes en los que recibamos ningún tipo de formación o adiestramiento. Son lenguajes altamente opacos y poco navegables, cosa que resultará evidente a todo aquel que haya intentado, alguna vez, realizar algún tipo de trámite con alguna dependencia del Estado, sea cual sea.

Estas cajas negras en efecto eliminan nuestra capacidad para trazar relaciones causales entre inputs y outputs, entre procedimientos y resultados, y es en ese momento en que se introducen arbitrariedades como la corrupción, el nepotismo, la usurpación de funciones, y demás errores del sistema. Uno podría argumentar que hay una “clase profesional” cuyo objetivo es evitar estar irregularidades, que vendría a ser la burocracia estatal y, quizás más ampliamente, los abogados que tienen el conocimiento para navegar este tipo de sistemas. Pero dada su naturaleza, esto no me parece una respuesta aceptable, pues efectivamente significa el monopolio de una “tecnología” de servicio y beneficio público.

Nuestra capacidad para participar de estos circuitos informacionales, de navegar redes de información diversamente conectadas entre sí, se vuelve una habilidad fundamental para ubicarse en el mundo contemporáneo. Es la capacidad, por ejemplo, para entrar a la página web de una dependencia del Estado para encontrar la información sobre los requerimientos de un trámite, y evitar así ser estafado por un tramitador. El acceso a la información, y a la información sobre la información, y el desarrollo de capacidades de navegación de redes, son entonces no sólo habilidades fundamentales sino marcadores determinantes de nuestra posición social y nuestra condición de clase: la condición de pobreza es no sólo una condición material, sino que es también una afirmación sobre nuestra capacidad de acceder efectivamente a la información. Mientras menos acceso a la información tengo, más son las tecnologías, los sistemas y las redes a mi alrededor consideradas como “magia”, porque no tengo manera de entender cómo es que funcionan. Esta condición mágica es el caldo de cultivo perfecto para la arbitrariedad, la explotación y el abuso. Visto de esta manera, y corriendo el riesgo de que suene trivial, el pésimo diseño que suelen tener los sitios web de las dependencias del Estado es no sólo un atentado contra el buen gusto, sino incluso un atentado contra los derechos fundamentales, en el sentido de que impiden el acceso a la información pública y perpetúan la condición de exclusión de las personas que más la necesitan. El ejemplo clásico en este sentido es el de las becas educativas, cuya información a pesar de ser públicamente disponible, rara vez llega a las personas que más podrían beneficiarse de ella simplemente porque se encuentran desconectados de los circuitos de información donde circula.

Ejemplos como éste hay muchos y de muchos tipos. Y es precisamente allí donde creo que una crítica tecnológica bien formulada puede tener mucho que contribuir, y mucho que heredar, a su vez, de la creencia del hacker de que no deben haber cajas negras tecnológicas y de que el mundo está al alcance de nuestro análisis y examen. De la misma manera como intentamos más arriba seguir el hilo de Ariadna desde la interfase visible hasta las capas subyacentes de tecnología que nos resultan invisibles, para entender todas las herencias de conceptos y significados que participan de una experiencia, podemos también analizar tecnologías menos obvias, y menos transparentes, donde tenemos un interés público en entender lo que resulta invisible en todas esas capas.

Tenemos a su vez un interés, si no una responsabilidad, en que ese aparato crítico esté ampliamente disponible no sólo a los filósofos, y no sólo a los hackers y diseñadores, sino que estén disponibles públicamente para realizar el examen de las instituciones con las que interactuamos cotidianamente y nos hagamos legítimamente la pregunta de por qué funciona de una manera y no de otra. Debemos entender que las instituciones son hackeables no en el sentido trivial de traerse abajo su página web, sino en el sentido significativo de pedirles explicaciones y rendición de cuentas, y de legítimamente exigir que estén al servicio del público.

Soy plenamente consciente de que, en este sentido, el problema es mucho más complejo de lo que aquí planteo, y que intervienen una serie de procesos, particularmente educativos, de primera importancia. Pero el alcance de lo que he intentado decir puede resumirse en un conjunto de premisas básicas:

  • Las tecnologías con las que interactuamos están compuestas por una serie de capas interdependientes que usualmente se esconden al análisis, y la crítica tecnológica informada debe desenmarañar la tecnología como un proceso social complejo.
  • La práctica tecnológica puede dar forma a una práctica filosófica que entienda y maneje su lógica interna, y que pueda realizar afirmaciones contextualizadas y útiles a la práctica que observa, formando sistemas conceptuales emergentes, dinámicos e históricos.
  • La práctica filosófica puede a su vez desarrollar aparatos conceptuales que beneficien a la práctica tecnológica, permitiéndole contemplar la complejidad de sus actividades y los diferentes elementos que participan de la implementación de nuevas tecnologías.
  • La crítica tecnológica informada nos da herramientas y referentes para el análisis de diversas redes de información y su importancia, permitiéndonos identificar también patrones sistemáticos de exclusión e injusticia escondidos en los diseños cerrados de sistemas, procesos e instituciones.

Estas son las ideas que quiero presentar este jueves en Redes de la Filosofía. Así que, de nuevo, cualquier comentario es bienvenido, y espero que puedan asistir y podamos tener una buena conversación en vivo.

¿Por qué no tenemos grandes objetivos en ciencia y tecnología?

Anoche, la NASA aterrizó el rover Curiosity sobre Marte. Fue una transmisión espectacular de todo el proceso de descenso del vehículo de casi una tonelada sobre una zona de aterrizaje de apenas 7x20km – una hazaña espectacular considerando que todo fue controlado robóticamente a millones de kilómetros de distancia, y nosotros sólo podíamos enterarnos del resultado 14 minutos después de que hubiera efectivamente sucedido.

Minutos después, en conferencia de prensa, directivos de la NASA y de la política de ciencia y tecnología de la Casa Blanca resaltaron la importancia de la misión y de la contribución estadounidense a la exploración espacial. NASA ha visto como en las últimas décadas su presupuesto se ha ido reduciendo sistemáticamente al mismo tiempo que sus proyectos atraen menos interés del público y atraen críticas de conservadores fiscales que ven la exploración espacial como un área de baja prioridad en tiempos de crisis económica, y consideran además que la innovación tecnológica en materia espacial debería ser lugar para el sector privado y que el gobierno no debería entrometerse. En ese contexto, es tanta mayor la importancia de NASA de llevarse merecidamente el reconocimiento por esta misión y por un resultado que es histórico tanto tecnológica como culturalmente, y que ayuda a la agencia tanto a recapturar el interés del público por la agenda espacial como a comunicar claramente sus capacidades y logros.

Letters of Note comparte hoy una carta del director de NASA en 1970, Ernst Stuhlinger, que responde a la pregunta sobre por qué dedicar recursos a la exploración espacial cuando hay problemas como la hambruna en el mundo. Su argumento es particularmente relevante frente a lo que vimos anoche, y doblemente relevante en economías como la peruana donde estamos hablando continuamente sobre la importancia de la ciencia, la tecnología y la innovación pero sin llegar a encontrar un firme camino hacia ninguna de ellas.

Besides the need for new technologies, there is a continuing great need for new basic knowledge in the sciences if we wish to improve the conditions of human life on Earth. We need more knowledge in physics and chemistry, in biology and physiology, and very particularly in medicine to cope with all these problems which threaten man’s life: hunger, disease, contamination of food and water, pollution of the environment.

We need more young men and women who choose science as a career and we need better support for those scientists who have the talent and the determination to engage in fruitful research work. Challenging research objectives must be available, and sufficient support for research projects must be provided. Again, the space program with its wonderful opportunities to engage in truly magnificent research studies of moons and planets, of physics and astronomy, of biology and medicine is an almost ideal catalyst which induces the reaction between the motivation for scientific work, opportunities to observe exciting phenomena of nature, and material support needed to carry out the research effort.

En nuestro contexto, hablamos continuamente de la necesidad de innovaciones en nuestra economía que nos permitan romper con la dependencia de las exportaciones primarias y convertirnos en generadores de valor agregado. Todo eso está bien. Pero en esta carrera terminamos bajando la valla de lo que significa innovar hacia cuestiones que son de escala muy pequeña (sin necesariamente dejar de ser interesantes o importantes), y terminamos pasando por innovación el uso creativo de redes sociales para la publicidad o que las empresas empiecen a usar search engine optimization. Esto pasa, me parece, por la ausencia de grandes visiones y proyectos a largo plazo sobre en qué sentido y dirección queremos innovar y desarrollar tecnología y, especialmente por qué queremos esos sentidos y direcciones. Ante la ausencia de nortes, cada paso se ve como un gran avance.

La exploración espacial sirvió desde los años sesenta como un gran articulador de la actividad científica y tecnológica, desde que el Presidente Kennedy anunciara el objetivo de poner a un hombre en la luna antes del fin de la década. Como señala Stuhlinger, estos grandes objetivos son imprescindibles para servir de motivación a la investigación y la adquisición de descubrimientos científicos e innovaciones tecnológicas que servirán para todo tipo de contextos y utilidades como formas exaptadas. Pero a Stuhlinger le falta señalar algo: incluso si nuestro objetivo ulterior son esas formas exaptadas de ciencia y tecnología para usos específicos en diferentes campos, no nos es posible en el presente apuntar directamente hacia esos formas porque no sabemos cuáles son. El camino hacia resolver problemas enormes es una serie sucesiva de ensayos y errores donde cada generación innova sobre la anterior, pero en el punto de partida no tenemos manera de predecir la configuración específica de cada una de esas generaciones. Por eso el resultado último, el gran articulador es importante porque provee la direccionalidad por la cual generaremos múltiples innovaciones intermedias que resuelven problemas teóricos y prácticos que no sabíamos, quizás, que teníamos.

Dos puntos más, para regresar el tema hacia nuestro contexto. El primero es que en casos como estos, casi siempre vemos que la direccionalidad y la inversión fuerte de recursos viene del poder político, en líneas directrices que se toman como políticas de Estado a largo plazo. Eso está muy bien. Pero ocurre que, incluso cuando esto es así, estas líneas directrices no son para la ejecución exclusiva de la burocracia pública, sino que requieren de la participación de todos los sectores de la sociedad: del sector privado, del ámbito académico, del sistema educativo, de la sociedad civil, e incluso de las fuerzas políticas. Se trata de grandes proyectos articuladores cuyo éxito no depende sólo del liderazgo político, sino de la medida en que ese liderazgo consigue movilizar una serie de fuerzas. Y ocurre también que, especialmente en contextos como el peruano, si nos sentamos a esperar que ese liderazgo político formule este tipo de líneas directrices, y más aún que lidere el esfuerzo, pues para tal caso seguimos sacando minerales hasta que se acaben y no hacemos nada más. No me parece un camino viable, de modo que tenemos que pensar en mecanismos y proyectos en los cuales este liderazgo y capacidad de movilización surjan desde fuera del Estado y del gobierno, no porque me parezca que eso sea mejor, sino porque creo que no tenemos opción.

El segundo es sobre cuáles tendrían que ser esos objetivos a los cuáles podríamos apuntar. Hace unas semanas pregunté en Twitter cuándo podíamos esperar ver un programa espacial peruano, y creo que me lo tomaron como chiste. Pero no veo por qué tendría que serlo: hace un tiempo, por ejemplo, Bolivia anunció la creación de su propia agencia espacial y su incursión con un primer satélite boliviano (no conozco, eso sí, los resultados posteriores de esa iniciativa). Y ciertamente tenemos todo tipo de enormes objetivos con los cuales podríamos comprometernos que requerirían de la participación de múltiples sectores para desarrollar soluciones innovadores y avances en materia de ciencia y tecnología: aprovechar nuestra diversidad biológica para convertirnos en una potencia biotecnológica mundial; eliminar la desnutrición y la malnutrición infantil antes del Bicentenario; convertirnos en el país líder en alfabetización en la región antes del fin de la década; eliminar sosteniblemente los problemas del narcotráfico y el narcoterrorismo, convertirnos en una potencia mundial en materia de energías renovables y sostenibles, y cambiar toda nuestra matriz energética en un cuarto de siglo; etc. Éstas son sólo ideas que se me vienen ahora a la mente, algunas viables, algunas inviables, al final eso no importa tanto: lo que importa es que consideremos que conseguir dicho resultado sea determinante para nuestra capacidad de crecimiento como nación, que estemos dispuestos a comprometernos en palabra y acto a brindar los recursos durante larguísimos lapsos de tiempo para que eso ocurra.

Para que así dejemos de jugar el juego de la ciencia y la tecnología como espectadores y consumidores, y podamos empezar a participar como jugadores.

Iron Man y la segunda enmienda

Esta semana he visto Iron Man 2 en la televisión como cuatro o cinco veces. Al principio de la película hay una escena que lamentablemente no he encontrado en YouTube: en ella, Tony Stark es llamado a testificar ante el senado estadounidense, y en la audiencia un senador lo exhorta a entregar el “arma Iron Man” al control del gobierno americano por representar un riesgo para la seguridad y los intereses de la nación.

Iron Man es un personaje sumamente interesante porque en él Stan Lee cristalizó una serie de preocupaciones culturales de los años cincuenta y sesenta. En su discurso despidiéndose de la presidencia de EEUU, Dwight Eisenhower había advertido sobre la amenaza creciente que representaba el complejo militar-industrial en la post-guerra de la Segunda Guerra Mundial y en crecientemente complicado escenario de la Guerra Fría. Contratistas militares de proporciones nunca antes vistas para la época tenían, por su naturaleza, un incentivo a promocionar los conflictos bélicos aún cuando ello pusiera en riesgo a la población que supuestamente protegían. Stark Industries es, justamente, una versión de estos contratistas de armas, enormemente poderosos y peligrosos pero al mismo tiempo un importante incentivo para el desarrollo tecnológico e innovaciones no militares.

Pero Iron Man también refleja el miedo nuclear propio de una crisis de los misiles de 1962, con misiles intercontinentales permanentemente armados y apuntados en ambas direcciones. Iron Man es la ilustración perfecta de un poder prácticamente incontrolable que como resultado del proceso de desarrollo tecnológico se encuentra en manos no sólo de una industria privada, sino de un solo individuo – Iron Man elabora esta tensión sin determinar, necesariamente, que esto está bien y no hay ningún problema. Más bien, en el desarrollo del personaje queda claro que ésta es una tensión que debe resultarnos incómoda.

En este contexto, la escena en cuestión en Iron Man 2 me hizo pensar también en la conocida y controversial segunda enmienda a la constitución estadounidense, que dice:

A well regulated militia, being necessary to the security of a free state, the right of the people to keep and bear arms, shall not be infringed.

La segunda enmienda es fascinante. Era, en la óptica de los founding fathers, el dispositivo que garantizaba que los ciudadanos mantenían siempre el control sobre el gobierno por medio del uso de la fuerza, de ser necesario. En caso de que un gobierno se volviera tiránico, los ciudadanos tienen el derecho a alzarse en armas en defensa de sus propias libertades, y la segunda enmienda, en teoría, les garantiza el derecho a estar armados para poder hacerlo efectivamente. Es un interesantísimo dispositivo de la cultura liberal de la cual se formaron los Estados Unidos: en una línea que va desde Thomas Jefferson hasta V de V for Vendetta, la idea de que “el gobierno es quien debe temer a sus ciudadanos”.

Ahora, la segunda enmienda hoy debe procesarse a través de dos filtros importantes. Uno de ellos es el Proyecto Manhattan: la idea de que los ciudadanos pueden armarse para resistir un gobierno tiránico alcanza su clímax de insostenibilidad cuando el gobierno tiene armas nucleares, donde no es posible ni deseable que los ciudadanos puedan, efectivamente, tener armas que puedan accidentalmente diezmar a la población humana almacenadas en su sótano. De esta transformación estructural deviene el segundo filtro, que es la NRA (National Rifle Association, o Asociación Nacional del Rifle): aún cuando la intención original sea pragmáticamente inviable, la NRA insiste en que la segunda enmienda no ha perdido su validez y legitimidad, aún cuando las armas que utilice la población civil sean, en teoría, usadas para cazar venados (en la práctica para incrementar la violencia y la inseguridad en áreas urbanas).

Iron Man, entonces, bien puede leerse como un cuestionamiento a este espectro, quizás más actual que nunca. Es cierto, por supuesto, que ante el armamento nuclear el propósito de la segunda enmienda queda efectivamente invalidado. Pero Iron Man fuerza la pregunta, si un ciudadano puede por sus propios recursos construir un arma de esta envergadura y complejidad, ¿es legítimo que permanezca en su poder, y que haga uso de ella? ¿Está el traje de Iron Man amparado bajo la protección de la segunda enmienda? ¿Es legítimo que el gobierno intente tomar posesión y control del traje, más aún, cuando su propósito es reproducir su tecnología para generar más armamento similar?

El traje de Iron Man es un ejemplo un poco extremo, pero las película de los últimos años logran plantear el problema de una manera muy relevante para la actualidad. Y es que, aunque no necesariamente se trate de una armadura capaz de volar y disparar pulsos de energía, la miniaturización de la tecnología y el desarrollo de redes informáticas complejas han puesto una enorme cantidad de poder, tanto constructivo como destructivo, en las manos de ciudadanos de a pie. Ni siquiera voy a abrir la caja de Pandora que es Anonymous aquí, pero viendo lo poco que efectivamente la ciberseguridad y la guerra cibernética han sido preocupaciones reales de gobiernos alrededor del mundo, un escenario extremo de guerra cibernética (al estilo de Duro de Matar 4) no es del todo inimaginable. En el caso de la película Iron Man 2, ese tipo de riesgo está en realidad reflejado en el personaje de Ivan Vanko, el científico ruso capaz de reproducir tecnología a la altura del traje de Iron Man, pero apenas con una fracción de los recursos de investigación y desarrollo disponibles en comparación a los de Stark Industries.

Iron Man refleja que la solidez del Leviatán ya no es más, y que el monopolio de la violencia que supuestamente era una de sus características más importantes se ha vuelto una realidad porosa e inestable: tanto por su dependencia en el complejo militar-industrial que tanto preocupaba a Eisenhower, pero más aún, porque la tecnología en las manos de los ciudadanos reduce su capacidad de hacer efectivo ese monopolio.

¿Un Ministerio de Magia?

Me gustó un post de hoy de Maite Vizcarra en Techtulia sobre el debate en torno a la creación de un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación en el Perú. Me gustó principalmente por dos razones: porque describe claramente las medidas que se discuten para el sector en lo que queda del presente gobierno (hasta el 2016), y porque no adopta una posición sensacionalista de “OMG MINISTERIO!!!1!!11!1” que suele dominar este tipo de discusiones. En cambio, refleja el tipo de preguntas complejas que deberíamos estar haciéndonos:

Visto el overview, la pregunta que cae a cuenta entonces es: ¿si durante los primeros años de las reformas CTI las inversiones no serán tan dramáticas y si las acciones planteadas pueden ser ejecutadas por entidades ya existentes (Fincyt, Fidecom, Consejo Nacional de Competitividad-MEF) es necesario un ministerio en esta etapa?, ¿no sería mejor contar con una entidad como esa con el enforcement necesario a partir del punto de inflexión, cuando las inversiones serán considerables y en verdad se requiera capacidad de negociación y empoderamiento? ¿No sería mejor que el actual Comité Consultivo CTI se transforme en uno de transferencia de cara a un ministerio en dos años?

De Immanuel Kant se decía que cada vez que se encontraba con un problema nuevo, se inventaba una nueva facultad para la mente humana. De manera similar, me parece que podríamos decir que cada vez que nos encontramos en el Perú con un problema nuevo, nuestra respuesta es crearle un ministerio, y es la manera en que el poder político intenta decir “este problema nos parece importante”.

El asunto es que, por sí solo, eso no quiere decir realmente nada. La principal razón por la cual soy un escéptico respecto a las posibilidades un ministerio de CTI en el Perú es porque tal ministerio no sería el resultado de una política estratégica integral que se esté ejecutando a nivel nacional sobre ciencia, tecnología e innovación, donde el ministerio sea uno de los componentes de esa estrategia. Termina siendo la construcción de una entidad gigantesca cuyo propósito será el de construir dicha estrategia. Es poner el carro delante del caballo.

Procesos similares pueden encontrarse en el pasado reciente, con matices mejores o peores: la creación de los Ministerios del Medio Ambiente, de Cultura o de Desarrollo e Inclusión Social fueron el reconocimiento de que cada uno de estos ámbitos era un problema importante, pero la formulación misma del ministerio no era una afirmación de que se tuviera una estrategia o un plan para cualquiera de estos sectores. Esto es terrible, por una serie de razones: (1) porque genera un costo enorme en términos de instalación y operación para el Estado; (2) porque genera expectativas que probablemente terminen resultando insatisfechas entre los diferentes actores vinculados e interesados en el sector; y (3) porque al crear una dependencia legitimada y responsable del sector, si ésta termina siendo inoperante en la práctica se convierte en un obstáculo más que en un incentivo. En un sector como el de CTI, donde es relevante generar un entorno sumamente dinámico y donde la capacidad de articular e implementar iniciativas rápida y efectivamente es muy importante, un clima institucional desfavorable puede por sí solo generar trabas estructurales de importancia.

Aún cuando crear un ministerio de CTI hoy me parece una mala idea, eso no quiere decir que piense que no se debe hacer nada al respecto. Sólo que no deben hacerse las cosas por hacerse. Si creáramos un ministerio, ¿cuáles serían sus objetivos estratégicos? Si le asignáramos un presupuesto para realizar inversiones estratégicas en investigación y desarrollo, ¿cuáles serían sus áreas prioritarias de inversión? Si su visión es la de mejorar la productividad y competitividad de la economía peruana a largo plazo, ¿qué actividades económicas concentrarán su atención? ¿Se concentrará en hacernos más o hacernos menos una economía concentrada en torno a la minería? Estas son algunas de las preguntas que deberíamos hacernos al momento de formular una estrategia de CTI para el país a largo plazo.

Por otro lado, para poder implementar y ejecutar esa estrategia hay cosas que pueden hacerse como primeros pasos para fortalecer un sector nacional de CTI. Están, por ejemplo, las trabas existentes para la inversión de dinero proveniente del canon para tareas de investigación, que recoge Marcos Garfias del IEP (“La investigación en la universidad pública regional y los fondos del canon, 2004-2008“, Economía y Sociedad 76, CIES, diciembre 2010):

En esta realidad poco alentadora, desde el año 2004 se comenzó a inyectar importantes recursos provenientes del canon al presupuesto de varias universidades públicas con el objetivo de incentivar la investigación científica y tecnológica pertinente al desarrollo regional. Casi cinco años después, este objetivo no ha sido alcanzado ni siquiera parcialmente. La universidad pública no investiga ni más ni mejor que en 2004. Salvo una efímera iniciativa desarrollada en la universidad de Cajamarca en el segundo semestre de ese año y la canalización de pequeños porcentajes para apoyo financiero a los estudiantes que elaboran sus tesis de licenciatura, estos recursos no han sido utilizados en ningún proyecto de investigación de impacto regional en ninguna de las instituciones universitarias beneficiadas con el canon durante este período. Los fondos del canon han servido básicamente para financiar importantes obras de infraestructura y de equipamiento que están cerrando un déficit arrastrado durante décadas.

Esto se ha debido a que la iniciativa por dotar con fondos del canon a la universidad pública no calibró la pobreza de las capacidades de investigación de esta institución, y tampoco advirtió que la organización institucional de la investigación universitaria ha sido adecuada para beneficiar a las planas docentes con asignaciones adicionales a sus salarios bajo un formalismo burocrático que los convierte a todos en investigadores sin la necesidad de comprobar la solidez y pertinencia de sus estudios, todo ello en medio de la
prolongada dificultad que ha tenido la universidad pública para edificar una gestión eficiente que le permita salir del descalabro académico, administrativo y de gobierno que se inició por múltiples razones en la década de 1960. Una situación que sí fue advertida por los funcionarios del Ministerio de Economía, que promovieron rápidamente algunas normas que regularon el gasto del canon, como por ejemplo la prohibición de que estos recursos fueran destinados a cualquier tipo de remuneración, pero que sin embargo no promovieron simultáneamente mejores alternativas para aprovecharlos en uno de sus objetivos centrales: la investigación de impacto regional.

La prohibición de que fondos del canon fueran a pago de remuneraciones de investigadores ignora el hecho de que la investigación consiste, en gran medida, en inversión del tiempo de investigadores en diversas tareas, y presupone básicamente que estos se dedicarán a la tarea de investigar “por amor al arte” – algo que claramente no ocurre. Además, condiciona que los fondos tengan que invertirse en equipos e infraestructura, que sin dejar de ser importantes, por sí solos son incapaces de fortalecer las capacidades de CTI de una región o del país.

Nuestra deficiencia en el sector responde, además, a deficiencias estructurales que también tienen que ser atendidas si se quiere construir un sector sólido de CTI: por ejemplo, la debilidad de la oferta y demanda universitaria en carreras de ciencias e ingeniería, que va de la mano con el desfase entre la demanda estudiantil y la oferta laboral en el Perú. Nuestro sistema educativo no está alineado con nuestro modelo productivo, ni en el presente ni hacia adelante.

En otras palabras: un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación no es un Ministerio de Magia, y no deberíamos esperar que lo sea ni creernos un discurso político que nos lo venda como tal. La aparición de un ministerio de CTI no nos va a construir mágicamente un sector dinámico, activo y efectivo, justamente porque el problema debe verse multidimensionalmente y no solamente como un tema de asignación presupuestal y responsabilidad ministerial. Pero, sobre todo, require que nos hagamos preguntas complejas sobre el tipo de país y economía que queremos ser en el futuro a largo plazo.

Susana Villarán y la conquista del imaginario limeño

Regreso a Buenos Aires luego de pasar un mes en Lima, y aún estoy en el lento proceso de reconexión con la realidad. Lima celebró hace unos días el aniversario 477 de su fundación en medio de una polémica y bizantina discusión sobre su administración: un grupo “independiente” de “ciudadanos preocupados” ha lanzado una iniciativa para conseguir la revocatoria de la actual alcaldesa, Susana Villarán, y de todos los regidores del gobierno municipal.

Muchas cosas de este iniciativa por la revocatoria me son incomprensibles. Para el tipo de discurso que se escucha por estos días en diferentes medios limeños, uno esperaría que Lima se hubiera convertido en un infierno imposible de vivir y tolerar como para haber tal grado de odio y rechazo hacia la alcaldesa, y mi experiencia antes y durante este mes ha sido que eso está lejos de ser verdad. En el PEOR de los casos, creo que uno estaría obligado a decir que Lima está “igual”, y difícilmente eso podría ser justificación para una revocatoria. Por otro lado, es una gestión que apenas tiene un año en el ejercicio de sus funciones, y aunque no creo que eso sea justificación como para no hacer cosas, sí creo que para la magnitud del aparato que debe movilizarse es poco probable que en un año se puedan tener resultados tangibles y demostrables.

Más aún, me es completamente incomprensible la calidad del discurso. No sé cómo, pero la “tía regia” se las ha arreglado para acaparar odios por todas partes, y he leído y oído diversas manifestaciones viscerales en su contra que son horriblemente preocupantes – preocupantes porque, antes que nada, enarbolan una bandera de “me zurro en el voto popular” y de querer sacarla a cualquier costo.

Pero en fin, gente más inteligente e informada que yo ya se ha dedicado al proceso de desmitificación sobre los logros de la gestión Villarán – sobre los montos reales del presupuesto de inversiones ejecutado, sobre las percepciones de los vecinos de La Herradura sobre la obra, sobre “el olón”, sobre el tráfico en el centro de Lima, etc. Así que no quiero detenerme más sobre ello, como tampoco quiero detenerme a echar luz sobre el cargamontón mediático que, me parece, existe claramente, pero no es por sí solo justificación de los resultados de aprobación de su gestión que se han publicado en los últimos días.

Ya es casi un lugar común decir que el problema de la gestión Villarán no es, valga la redundancia, un problema de gestión, sino uno político y mediático, de comunicaciones. Que al adoptar la posición moral de que “la esperanza vencerá al miedo” lo único que hace es someterse innecesariamente a un apanado mediático, además de cerrarse al mismo tiempo la posibilidad de defenderse o incluso de contraatacar. La situación actual me recuerda a la escena en El Padrino cuando Michael Corleone decide reemplazar a Tom Hagen como el consiglieri de los asuntos familiares, diciéndole que “él no era un consiglieri para tiempos de guerra”. Desde mi percepción externa, es un poco lo mismo lo que ocurre con la gestión Villarán: siguen jugando desde la posición moral, platónica, de que el Bien brilla por sí mismo, la esperanza vencerá al miedo y que no tienen necesidad de responder. Y, por lo mismo, los acribillan como a Sonny Corleone en la caseta de peaje.

Desmitificar las acusaciones está perfectamente bien, pero mi principal incomodidad – y lo digo habiendo votado por la actual alcaldesa – es que no hay una contramitificación, una remitificación del trabajo de la Municipalidad. La alcaldía no nos está construyendo un mito del cual participar, una historia de la cual ser parte: no puede ser el bus patrón, no puede ser el Metropolitano, no pueden ser corredores viales. Tiene que ser una gran idea, un eje que lo articule todo y que yo quiera comprar – y sí, algo que quiera comprar para mí, no para todos o para los demás. El slogan de “Lima para todos” es moralmente correcto y políticamente inclusivo, ¿pero cómo es eso Lima para mí? ¿Cómo “chorrea” el crecimiento de Lima para todos hasta mí?

Mi percepción es que lo que más necesita la alcaldesa en este momento es construir un mito, un mito enorme sobre la ciudad de Lima, un mito que inspire a la gente. Una gran idea que capture un creciente orgullo de los limeños por su ciudad y un optimismo hacia las posibilidades que les ofrece en los próximos años. Convertir la imagen de Lima de desordenada, gris e insegura en la expectativa de una ciudad emergente, de oportunidades para sus habitantes, de cosas por hacer. No entiendo cómo es posible que la Municipalidad no esté aprovechando, por ejemplo, el Bicentenenario del 2021 como gran idea eje, o incluso el aniversario 500 de Lima, como excusas perfectas para construir una imagen de la Lima del futuro. El aniversario 500 de Lima está a sólo 23 años, lo cual en términos de grandes obras públicas es relativamente pronto.

Tener un gran mito transformador sirve dos propósitos importantes. Si hablamos de Lima 500, por ejemplo, es una idea que inspira y motiva. ¿Para qué hacemos esto? ¿Para qué nos comemos el desvío del tránsito, las pistas rotas, las ordenanzas? Lima 500. En 23 años queremos hacer que Lima sea la nueva capital de América Latina, el rostro sudamericano hacia el Pacífico y hacia Asia, capital gastronómica mundial, etc. Para eso, estamos poniendo los cimientos hoy día. Y a pesar de ser la construcción de un mito, eso no quiere decir que sea mentira ni que esté desprovisto de contenido: es solamente una ilustración de cómo queremos que se vea nuestro futuro. Por ejemplo, el otro día estaba leyendo el artículo de Wikipedia sobre el Metro de Lima, e incluía el siguiente mapa:

Es un mapa de la red propuesta del Plan Maestro de Transporte Urbano de Lima y Callao, desarrollado en el 2005 y finalmente reemplazado por el mapa de la red básica, que tiene cinco líneas en lugar de las siete de la red propuesta. Todo bien con la dosis de realidad para efectivamente implementar el Metro, y no digo que no debamos ser realistas en la gestión urbana, pero sí quiero decir que la Lima del futuro, la Lima 500, el gran mito fundacional que la Municipalidad necesita hoy día, está lleno de cosas de este tipo: una Lima con siete líneas de Metro, conectadas con el Metropolitano en estaciones articuladas con un sistema electrónico de boletos y rastreo electrónico de los vehículos para que uno sepa cuándo debe salir de su casa para tomar el siguiente bus o tren. Es corredores peatonales en el centro, es reducción del parque automotor con un transporte público en el cual uno viaje tranquilo y no como sardina a un precio razonable, ahorrando tiempo y dinero. Es corredores comerciales en diferentes puntos de la ciudad, planificados con años de anticipación, para que la gente pueda poner negocios, tiendas, restaurantes, distritos temáticos con incentivos para instalar empresas de alto valor. Es formular la idea de una ciudad con 500 años de historia, capaz de mejorar la calidad de vida de 10 millones de personas que viven en ella.

Tener un mito le permitiría a la Municipalidad movilizar, articular, inspirar a la gente y dejar muy clara la idea de para qué se está trabajando, cuál es la meta a la cual se quiere llegar. Y por lo mismo, maquiavélicamente hablando, tener un gran mito fundacional que movilice a la población se vuelve un arma defensiva importantísima: permite exponer, pública y claramente, que la Municipalidad está haciendo *esto*. Por tanto, la revocatoria de la alcaldesa se convierte en el sabotaje del futuro de Lima, se convierte en estar en contra de una imagen de la cual la gente quiere participar. Si “Lima 500” o “Lima 2021” ofrecieran el plan maestro de hacia dónde va la ciudad, la revocatoria significaría estar en contra de un plan de esta envergadura. Si la población estuviera movilizada bajo una gran idea de este tipo, no sólo sería más fácil hacer las cosas, sino que sería más fácil también defenderse de los ataques.

Sí, mis razones para pensar en algo así son completamente maquiavélicas, y es el uso de la estrategia como táctica. Pero, por un lado, no veo muchas alternativas para que la Municipalidad se defienda efectivamente con los recursos disponibles, y por otro lado, veo mucho valor de realmente tener un plan y un mito de este tipo. Tal como están las cosas, la gestión Villarán necesita ganarse de un considerable capital político y mediático para siquiera poder operar efectivamente. Ese capital político y mediático puede ser conquistado a través de la conquista del imaginario público y la construcción de un futuro deseable para los limeños.