Teoría provisional, o la Minimum Viable Theory

Hace poco terminé de leer The Lean Startup, el libro de Eric Ries que está en cierta medida alimentando un movimiento y una cultura sobre cómo gestionar el trabajo que hace un start-up – una organización que quiere introducir un nuevo producto, servicio o modelo en el mercado la sociedad. Soy intencionalmente genérico en esta descripción porque Ries abre el espacio del start-up mucho más allá de sólo empresas, o sólo servicios tecnológicos, y juega con una definición mucho más amplia para el start-up:

A startup is a human institution designed to deliver a new product or service under conditions of extreme uncertainty.

De modo que esto puede aplicarse a múltiples tipos de organizaciones o grupos, con diferentes propósitos, mientras que su objetivo común sea la introducción de algo nuevo al mundo y sus condiciones operativas sean de extrema incertidumbre. La metodología del lean startup, entonces, debería servir a la gestión de cualquier iniciativa que exhiba estas características.

El propio Ries sintetiza el núcleo de esta metodología en esta presentación del 2010 en el Web 2.0 Expo:

Ayer venía a casa caminando y empecé a darle más vueltas al asunto, pero intentando traducir estas categorías y herramientas a la labor teórica y a las diferentes maneras de realizar trabajo teórico que hoy en día se están volviendo tanto posibles como necesarias. Solía ser el caso de que la teoría era algo confinado a unos ciertos ámbitos – principalmente académicos – y construido de una cierta manera arquitectónica, lo cual encerraba además supuestos ontológicos, epistemológicos y éticos de ninguna manera triviales. Y solía ser el caso también de que estas construcciones respondían a condiciones estructurales: los recursos para la investigación y el trabajo teórico eran de difícil acceso y por ello era necesario concentrarlos físicamente para reducir costos e incrementar la eficiencia, y los problemas explorados y desarrollados se movían a una velocidad y un ritmo que les permitía comprometerse a resultados y mantener relevancia durante largos periodos de tiempo.

Parto de una observación simple, y por supuesto, cuestionable: que estas condiciones estructurales que afianzaban el edificio del trabajo teórico se han venido abajo. Por un lado, ya no es cierto que los recursos necesarios para realizar investigaciones y construir modelos teóricos deban concentrarse por temas de eficiencia y acceso, porque la tecnología disponible nos permite nuevas alternativas (no equivalentes ni mejores, simplemente nuevas). Por otro lado, aparecen hoy objetos y temas de estudio cuya naturaleza rápidamente cambiante y difícil de abarcar desafía nuestras nociones tradicionales de teoría, pero no por ello requieren de menor comprensión de nuestra parte. Que nosotros estemos acostumbrados a hacer teoría de una cierta manera, no quiere decir que Internet o la economía se van a mover más lento como para que captemos con “claridad y distinción” lo que está ocurriendo. Simplemente quiere decir que nuestros modelos se vuelven bastante menos efectivos, en gran medida porque terminan siendo obsoletos incluso antes de ser terminados. Alejandro Piscitelli, presentando el libro Facebook es el mensaje de Clara Ciuffoli y Guadalupe López, lo pone de esta manera:

Si hace un tiempo decíamos que en la red un año son 7 del mundo real, quizás ahora deberíamos hablar de 12 o 14 años. Lo cierto es que el presente de hoy difiere tanto del presente de 1 año o 2 atrás, para no decir de 10 años o 20 (cuando nació la web), que resulta casi imposible sacar fotos de este flujo incesante de experiencias, plataformas, realineamientos y en definitiva de diseño multivariado de experiencias.

Pero el valor de nuestra comprensión de estos fenómenos no ha disminuido. En el caso de la tecnología, nuestra capacidad para comprender y explicar los efectos sociales de nuevos fenómenos emergentes es lo que marca la diferencia entre que la tecnología haga cosas con nosotros, y que nosotros hagamos cosas con la tecnología (no como herramienta, sino más bien como colaboración). Nuestra capacidad para formular rápida, efectiva y eficientemente modelos teóricos para explicar nuevas fenomenologías se convierte en una capacidad de primordial importancia para nuestra adaptación cultural: en otras palabras, nuestra capacidad para hacer teoría bajo condiciones de extrema incertidumbre.

La Minimum Viable Theory

Uno de los elementos de la metodología lean startup de Ries es el Minimum Viable Product (MVP), o producto mínimamente viable. El objetivo de formular un MVP es implementar un producto funcional que pueda ser llevado al mercado lo antes posible, para evaluar las hipótesis sobre el mercado, el consumidor y el producto que un start-up ha formulado al empezar su proceso de diseño. Es diferente a un prototipo, en tanto un prototipo está destinado sola o principalmente a evaluar la funcionalidad de un producto y que de hecho pueda hacer lo que se espera que haga. El MVP, más bien, busca evaluar la viabilidad de todo un modelo de negocios: no sólo la funcionalidad de un producto o servicio, sino su capacidad para ingresar al mercado y cumplir, aunque sea mínimamente, con sus objetivos propuestos.

Si utilizamos el MVP como base para un analogía respecto a la formulación de modelos teóricos, podríamos pensar en una Minimum Viable Theory (MVT), o teoría mínimamente viable, como la base de la concepción de una teoría provisional que nos permite comprender fenómenos bajo condiciones de extrema incertidumbre.

Pero es importante tener en cuenta que una MVT tiene objetivos epistemológicos muy diferentes a la manera como solemos entender la theoría. En primer lugar, porque su objetivos principal no es alcanzar la certidumbre, sino minimizar la incertidumbre: a través del ensayo y error, una MVT evalúa y descarta rápidamente diferentes hipótesis para restringir el alcance y la viabilidad de su modelo, y para reducir el espacio del error, pero sin la pretensión de que todas sus explicaciones sean por eso verdaderas o certeras. Es un modelo, en todo caso, probabilístico: al reducir el margen de error aumenta la proporción de afirmaciones y explicaciones correctas, pero no por eso alcanza una descripción o definición última ni absoluta de aquello que busca explicar.

Además, y en la misma línea, los valores sobre los que se formula una MVT son diferentes a los tradicionalmente aceptados para el trabajo teórico, y es importante tener eso presente. Si una teoría está destinada principalmente a buscar certidumbre y claridad, y para ello se somete a un pormenorizado y largo proceso de evaluación cuidadosa de evidencia, fuentes y referencias como aquel que distingue al trabajo académico, una MVT está enfocada más bien en construir un modelo eficaz (consigue presentar explicaciones para aquello que pretende explicar), eficiente (lo hace sin multiplicar innecesariamente los entes) y efectivo (presenta explicaciones que podemos utilizar posteriormente para orientar otras teorías, acciones e iniciativas) aún a expensas de un proceso comparativamente menos pulcro.

Si un modelo teórico se ha distinguido tradicionalmente por su capacidad popperiana para la falseabilidad – la búsqueda de evidencia que falsee el modelo para probar su validez – una MVT se comporta de la manera contraria. Lo cual no quiere decir que opere por eso de manera ingenua, falaz o exagerando sus propios alcances, sino simplemente que una MVT busca ser útil antes que verdadera. Esto por la simple razón de que una MVT, en tanto teoría provisional, encierra la idea de que será rápidamente reemplazada cuando aquello que pretende explicar cambie tan radicalmente que sus explicaciones ya no encuentren asidero. La MVT es teoría rápida, interconectada y hasta cierto punto descartable, que nos brinda conocimiento operativo sobre fenómenos nuevos que nos afectan y a través de ese conocimiento nos permite tomar decisiones e iniciar acciones.

¿Por qué sería necesaria una MVT?

Por tres razones. En primer lugar, como intenté explicar antes, porque hoy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.

En segundo lugar, porque el agotamiento institucional y económico de ciertos modelos tradicionales de investigación está haciendo evidente la necesidad de alternativas. Las instituciones de educación superior y nuestro modelo educativo industrial en general esté enfrentándose a desafíos estructurales que están desafiando su propia supervivencia, y la creciente disponibilidad de información está posibilidad que se haga trabajo de investigación y construcción de modelos teóricos fuera de los claustros universitarios. Una MVT es un modelo que potencialmente podría funcionar fuera de los espacios tradicionales, pero que al mismo tiempo nos haga conscientes de aquello que estamos dejando sobre la mesa, los diferentes enfoques, valores y objetivos que se tiene frente al trabajo teórico tradicional.

En tercer lugar, porque los modelos teóricos tradicional no se distinguen por ser accionables (actionable, un poco difícil de traducir, pero básicamente queriendo decir que no son “orientados a la acción”). Mucho se ha escrito en múltiples contextos sobre como toda teoría tiene algo de praxis y toda praxis encierra una teoría, pero eso no quiere decir que los modelos teóricos que construimos estén diseñados para permitir y facilitar tomas de decisión, construcción de iniciativas e inicio de acciones. La MVT, en cambio, responde a propósitos mucho más claramente pragmáticos y operativos: implica construir modelos teóricos que nos sirvan para orientar la acción, de modo que son intrínsecamente mucho más orientados a la acción.

¿Y qué pasa con las otras formas de teoría?

Nada, realmente. Que haya espacio y necesidad para una MVT no quiere decir que la MVT llene todos los espacios y satisfaga todas las necesidades, o que no haya lugar para modelos y conductas teóricas que respondan a otros valores y objetivos. De hecho, prefiero pensar que es en realidad todo lo contrario: la posibilidad de una MVT como alternativa reafirma el valor, sentido y utilidad de otras formas de hacer teoría, tanto conocidas como por conocer.

Necesitamos complicarnos

Quizás sea el cambio de año el que motiva metaideas. No está de más, nunca, creo.

Acabo de caer en cuenta de que me gustan los autores que complican los fenómenos que me interesan. No que sean complicados, que es otra cosa: no me parece particularmente valioso que un autor se enrede y se pierda en sus propias ideas, ni siento ningún tipo de particular afición por autores que tienen entre sus puntos de interés el hecho de ser complicados de leer, estudiar o investigar.

Lo que me parece valioso es cuando un autor consigue echar luz sobre la complejidad que subyace a un fenómeno, y a la cual no le hemos prestado suficiente o ninguna atención. Justamente, es aquello que más me llama la atención sobre un autor como Marshall McLuhan, quizás el autor que más he trabajado, en la manera como busca expresar que nuestro uso de los medios es mucho más complejo de lo que hemos pensado tradicionalmente.

Tenemos, comprensiblemente, una tendencia hacia la simplificación: hacia la domesticación de fenómenos sumamente complejos a través del uso de categorías más simples que nos permiten explicar y predecir. Consideramos esto como un triunfo y valoramos la elegancia explicativa, la capacidad de poder explicar una multiplicidad de experiencias complejas utilizando una cantidad logarítmicamente menor de términos, conceptos y objetos. Y estoy totalmente de acuerdo con eso.

Pero también pienso que hay momentos, periodos, transiciones, en las cuales esta misma pretensión se vuelve peligrosa. Que es justamente el proceso por el cual estamos pasando ahora: cuando tratamos de leer nuevas tecnologías desde el punto de vista de las viejas, cuando nos apresuramos a formular explicaciones y descripciones para entender mejor las múltiples maneras como nuestra cultura está cambiando, muchas veces no nos detenemos a pensar que es quizás el impulso equivocado. No contamos aún con las categorías, con las palabras para describir una serie de cosas, y en el intento de hablar de ellas no podemos sino utilizar el vocabulario que efectivamente manejamos. Si te agrego como “amigo” en Facebook es probable que no seas mi amigo realmente, y ninguno de los dos lo piense así, pero simplemente no tenemos el espacio conceptual para describir esa relación. Un iPad o una tableta llena el espacio intermedio entre una laptop y un smartphone en términos de funcionalidad y movilidad, pero ese espacio no tiene realmente nombre: es simplemente “el espacio entre una laptop y un smartphone”. Sabemos que existe porque lo podemos experimentar, pero no sabemos cómo utilizarlo o cuál es su gramática.

Y está bien. Es, justamente, la experiencia de lenguajes en formación lo que estamos observando, y por lo mismo no deberíamos rehuirle a la complejidad. Debemos, más bien, explorarla para buscar nuevas categorías, nuevos usos. El peligro de no hacerlo es inmediatamente palpable: el polémico proyecto de ley SOPA en el congreso estadounidense es una de las maneras en las cuales el pasado está secuestrando el futuro. Hace unos minutos escuchaba a Eduardo Villanueva hablando sobre SOPA en el programa de Patricia del Río en ATV+, señalando que justamente en lugar de estar buscando las maneras legales de limitar las maneras que ahora tenemos para comunicarnos y expresarnos, deberíamos estar fomentando nuevos usos y apropiaciones creativas de las tecnologías que están generando mecanismos innovadores de expresión. SOPA es un mecanismo para que las industrias existentes del contenido y el entretenimiento (radio, discográficas, estudios de cine, canales de televisión) limiten la aparición de futuras opciones y posibilidades. Es una excelente manera de hipotecar el futuro para darle la plata a un conjunto de industrias que de por sí están cada vez volviéndose más obsoletas. Y es el tipo de razonamiento propio de una sobresimplificación del problema, y de suponer que el futuro tendrá que ser naturalmente una extensión o recreación del presente y el pasado. Claramente no es así, y necesitamos lecturas, perpectivas, discursos y proyectos que recojan más bien la complejidad de lo que está pasando de maneras navegables y no busquen reducirla a una simplicidad que por ahora es, más bien, engañosa.

Al menos por el momento, y por un buen rato más, tenemos que estar dispuestos a complicarnos la vida para poder entender mejor lo que ocurre y todo lo que podemos hacer con eso.

Pensar

Me gusta la filosofía porque permite pensar sobre las cosas originalmente. No creo que sea un rasgo exclusivo de la filosofía – de hecho, creo que uno puede hacerlo desde cualquier disciplina o desde ninguna – pero sí creo que es uno de sus rasgos característicos.

Pero nunca he prestado demasiada atención a aquello sobre lo que se piensa o la manera en la que se lo hace – es decir, la pregunta por el objeto o el método de la filosofía. En ello entro en conflicto con muchas personas que sí piensan que hay problemas propiamente filosóficos, usualmente problemas particularmente profundos o existenciales – ¿Qué es? ¿Qué es “ser”? ¿Por qué hay algo y no más bien nada? – o que hay una manera filosófica de pensar las cosas que se distingue de las demás. Por lo mismo, el tipo de lecturas o reflexions que hago suelen ser descartadas por muchas personas simplemente como no-filosóficas, cuando a mi juicio deberían ser más bien vistas como no-académicas, en todo caso.

Me parece más interesante explorar fragmentos de lo que ocurre en cualquier momento dado, intentar explorar el contexto de esos fragmentos y por qué las cosas se dan como se dan. Por lo mismo, creo que uno puede hacer lecturas básicamente sobre cualquier cosa: libros de filosofía, líneas de combi, series de televisión, videojuegos, recetas de cocina. Algunos escogen llamar este tipo de amplitud como “estudios culturales”, pero yo no considero que lo que me gusta hacer sea estudios culturales. Simplemente me gusta pensar sobre las cosas de maneras originales.

Alguna vez descubrí la existencia de un libro de Hans Vaihinger titulado “Philosophie des Als Ob”, que se traduciría a algo así como “filosofía del como-si”. Nunca pude leerlo porque nunca encontré una traducción al español (ni siquiera encontré una al inglés), pero la sola idea me pareció interesante. Por esa época recuerdo haber escrito un paper sobre la idea de “sistema” en Kant, como la de una formulación hipotética (un como-si) que sirve provisionalmente como eje articulador de un conjunto de proposiciones/creencias. Y recuerdo también haber escrito otro paper en una línea similar, respecto al pequeño objeto-a lacaniano como ese mismo eje articulador, ese mismo como-si cuya contenido específico es en gran medida irrelevante, pero su presencia y su función son fundamentales para el funcionamiento articulado de las proposiciones y creencias que vincula. Algo así como: no importa que el mundo no tenga sentido, lo que importa es que tengamos una idea del sentido del mundo para que retroactivamente esa idea se vuelva, performativamente, en el sentido del mundo. Algo así.

Lo que me gusta hacer, entonces, es formular estos como-si con la esperanza de que, al hacerlo, se encuentren posibilidades interesantes cuando los asumimos como ejes articuladores. ¿Qué pasa si pensamos en Lost como una tratado moderno sobre la naturaleza humana? ¿Qué descubrimos si pensamos que las pasajeros están al servicio del transporte público y no al revés? ¿Qué tendría que ocurrir para que el Perú se convirtiera en una potencia tecnológica global? De estos ejercicios derivamos una series de conclusiones potencialmente interesantes, pero sobre todo, ejercitamos nuestra capacidad para pensar y formular este tipo de escenarios y, quizás, diseñarlos e implementarlos.

Si alguna vez han tenido oportunidad de verme dar una presentación, quizás noten aquí la motivación que me guía en esos casos. Hace tiempo dejé de hacer presentaciones estrictamente académicas – por ejemplo, la lectura de un paper en vivo – porque, personalmente, no me parecía que servía a los propósitos que me interesaban más. En el tiempo sumamente limitado que puede tener una presentación (15-20 minutos muchas veces) es realmente poco probable que pueda conseguir que la audiencia no sólo se compenetre con las ideas de un trabajo, sino además con las referencias, las conexiones, y el trabajo de investigación detrás. Así que lo que más me interesa es convertir una presentación en una ocasión para pensar, que no me parece lo mismo que hacer participar a los demás del “hecho de que he pensado algo”. Un poco socráticamente, quizás, lo que más me interesa en una presentación es despertar una preocupación en la audiencia, llevar al espectador a un punto de “no había pensado en eso antes”, mostrarle un como-si nuevo, una conexión inesperada. Nada más. En 20 minutos, creo que el mejor desenlace posible es simplemente despertarle a alguien la curiosidad suficiente como para poder saber más sobre el tema y que pueda abrirse una conversación posterior – en el blog, vía e-mail, en las preguntas y respuestas o más tarde en persona. Una presentación es una invitación a compartir una preocupación y a pensar conjuntamente en un problema.

Hasta cierto punto lo mismo puedo decir de las veces que he dictado cursos. La transmisión misma de información es secundaria en un contexto en el que la información es un commodity, fácil de conseguir y circular. Lo difícil es hacer algo con esa información, pensarla y vincularla con problemas existentes, y convertir eso en posibles soluciones. Eso es muchísimo más interesante. Cuando dicto un curso, lo que más me interesa es cuestionar los supuestos con los que un alumno llega al curso, que suelen ser mucho y muy poco explorados. Es muy posible que el alumno salga del curso con los mismos supuestos, pero con una conciencia mucho más elaborada sobre el hecho de que los tiene y por qué los tiene, qué implican, y qué alternativas está dejando de lado. Básicamente, pensar, y desarrollar la capacidad y ejercitar el hábito de pensar continuamente, de “ver más allá de lo evidente”.

Heidegger tiene este texto conocido sobre “El fin de la filosofía y la tarea del pensar“. No, no es que Heidegger venga particularmente al caso, pero esta es mi propia pequeña versión de la tarea del pensar, aunque nunca como una “tarea” u obligación. Quien haya seguido este blog con mediana frecuencia sabrá que no le adscribo ningún lugar privilegiado a la filosofía, ni ningún tipo de superpoder por encima de otras disciplinas (razón por la cual, también, entro en conflicto con mucha gente). Para mí, es simplemente una manera original de entender problemas a nuestro alrededor, que no necesariamente tienen que ser increíblemente fundamentales como el sentido del ser o el significado del tiempo, ni tampoco quiere eso decir que en lo cotidiano no se pueda llegar a ese grado de profundidad. Lo interesante está, me parece, en mantener abierta la puerta para poder pasearse entre objetos, métodos, problemas, perspectivas, desentrañando conexiones no anticipadas. Ese recorrido es lo que más me llama la atención, y en el que estuve pensando un poco en estos días particularmente relajados.

Me molestan las fronteras disciplinarias

Siguiendo un poco con las ideas del último post, y esto va conmigo y obviamente no con todo el mundo… me molestan mucho las fronteras disciplinarias.

Sí, creo que son útiles, para algunas cosas, pero no para encontrar ideas nuevas. Y me llaman mucho más la atención las ideas nuevas, las maneras en las que podemos transformar un campo de estudio o un campo de trabajo. Las ideas nuevas raras vez suelen venir de la aplicación convencional de un conjunto de reglas, sino que empiezan a aparecer cuando salimos de nuestra zona de comodidad.

Por eso me gusta tanto irme más hacia las fronteras, hacia la periferia. Por eso lo que hago no es propiamente lo-que-un-filósofo-hace, sino que es otra cosa, aunque no sé bien qué. Trabajo con tecnología, pero eso no quiere decir que sea un ingeniero o un programador. La uso, la entiendo, la modifico, la interpreto, la contextualizo. Eso hago. Hago filosofía de la tecnología, o más bien, hago filosofía CON la tecnología. Y al hacerlo trato de situarme en la frontera entre dos campos para ver qué cosa hay allí de interesante.

Hay un costo que uno paga por poder hacer esto. Primero que nada, la incertidumbre de nunca poder saber bien qué está haciendo uno. Esto puede sonar divertido, pero también puede ser una carga difícil de manejar. No es fácil, por ejemplo, explicarle tus intereses a otra persona, pero eso también hace que sea diez veces más interesante encontrarse con alguien que ya los entiende y los comparte. Por otro lado, buscar posicionarse de esta manera también quiere decir que no eres particularmente bien recibido por uno o por otro lado de la ecuación. Un filósofo considerará que lo que yo hago no es filosofía, y un ingeniero podría pensar que lo que yo hago no es ingeniería, o no tiene sentido, o es ineficiente. Puede ser. La verdad, podría perder buena parte de mi vida discutiendo con ambos, pero eventualmente uno se aburre y es más interesante dedicarse a otras cosas.

La pregunta en realidad no es si lo que haces se conforma a los estándares o expectativas de uno u otro campo. Es, en realidad, sobre si uno está trabajando sobre problemas interesantes, y generando valor al hacerlo. Allí, me parece, se encuentran muchos de los problemas más interesantes y menos explorados, en muchos casos ni siquiera identificados. Y es de esas canteras, también, de donde suelen venir los desarrollos que transforman campos, en algunos casos, y en otros casos simplemente inauguran caminos nuevos al conocimiento y la exploración.

Lo-que-se-supone-que-un-filósofo-hace

El post anterior, y en realidad, todos mis posts servirán para delinear la frontera extraña en la que me sitúo y que me genera tantos problemas al intentar describir qué es lo que hago. Soy filósofo, pero para estándares convencionales, no me dedico a lo que se-supone-que-un-filósofo-haga, aunque nadie sabe bien qué es eso. En general, eso suele decir que no me dedico a enseñar, o a investigar, o cosas por el estilo.

Trabajo con tecnologías, varias. Principalmente trabajo con plataformas web construidas con Drupal, pero no me dedico a la programación o al diseño, lo cual lo hace un poco más complicado. Pero sí trabajo mucho con localización (hacer que un sitio web funcione bien en varios idiomas) y a la administración y operación de estas plataformas – ver que todo funcione dentro de lo esperado. Además, trabajo buena parte de mi tiempo con Salesforce.com, una herramienta de CRM (Customer Relationship Management), una gran base de datos de relaciones organizacionales. Ayudo a gente a encontrar la mejor manera de cargar sus datos a esta base de datos en función a lo que quieren saber y rastrear luego, para luego ayudarlos a buscar la mejor manera de sacar y poder operar con esa información continuamente. Es un sistema grande y complejo, y no es particularmente entretenido, así que durante mucho tiempo me he dedicado en dar capacitaciones sobre cómo se usa la plataforma y cómo se le puede sacar el jugo.

Y sí, en términos convencionales, lo de filosofía nada que ver. Es más, mucha gente me pregunta cómo rayos terminé ahí, y en verdad fueron una serie de coincidencias accidentales, junto con mucha disposición de mi parte para querer aprender y trabajar con estas cosas. Quienes pasen por aquí regularmente saben que mi principal tema de interés es la filosofía de la tecnología y de los medios de comunicación, de modo que mi trabajo cotidiano, felizmente, me permite explorar estos componentes de primera mano, y me dan la posibilidad de hablar “desde adentro” en lugar de contemplar estos fenómenos desde afuera.

Luego está el hecho de que mi formación filosófica efectivamente me sirve para muchas de las cosas que hago. Mi cerebro está entrenado para desmontar problemas complejos en sus partes componentes, encontrar sus suposiciones implícitas, evaluarlas, y luego rastrear la cadena argumentativa para encontrarle sentido a las cosas. Eso se supone que más o menos hacemos, aunque nunca nos lo explican como tal. Pero eso es lo que me ayuda a poder adaptarme y entender la lógica detrás de estas plataformas (la lógica de cómo funcionan, así como la lógica de por qué y para qué queremos que funcionen) más o menos rápido. Lo que no tengo en formación técnica lo he podido compensar por facilidad para el aprendizaje y facilidad analítica.

Igual, hay aspectos técnicos en los que se sufre. Hay una serie de dimensiones en las que no nos enseñan a pensar. Armar el plan de un proyecto, por ejemplo, a pesar de ser una actividad completamente comprensible y accesible, se vuelve difícil de navegar porque es prestar atención a detalles puntuales y concretos, a dependencias entre elementos y, lo más grave, a cronogramas más o menos exactos o precisos. Por la naturaleza del trabajo filosófico no estamos acostumbrados a trabajar así, a pesar de que de maneras implícitas lo hacemos. Preparar un artículo o un ensayo, por ejemplo, implica un esquema de trabajo formalizado y operativo que llevamos en el cerebro, y aunque solemos procrastinar hasta el último segundo, lo seguimos bastante bien: buscar fuentes básicas, familiarizarse con el campo, plantear el esquema del trabajo, buscar fuentes más detalladas, revisarlas y procesarlas, redactar, revisar, presentar. Cada cosa tiene una duración y unas dependencias, de modo que cada ensayo bien podría verse como un pequeño proyecto, con una serie de objetivos, recursos y limitaciones.

Así que dentro de todo aún aprendo más o menos a manejarme dentro de estos parámetros, y hay cosas que me cuestan más que otras. En general, como puede ser previsible, creo que los filósofos pueden ser buenos para pensar las cosas, diseñar soluciones y entender problemas, y comunicar los problemas y las soluciones de maneras bastante claras (aunque esto también les puede costar bastante). Somos muy buenos para evaluar, criticar, desmontar, interpretar, argumentar. Todo eso muy bien. Pero nos colgamos un poco cuando eso tiene que convertirse en acciones concretas – actionable items, los llaman, o los populares deliverables – y creo que eso tiene mucho que ver con que simplemente no tenemos idea de qué es lo que se espera de nosotros. Si te digo que me escribas un artículo, muy bien, has escrito uno antes o has leído uno antes, sabes cómo son, qué forma tienen, cuánto pesan, qué significan, etc. Tienes parámetros sobre los cuales reproducir una acción.

Pero cuando a un filósofo le pides que te entregue un plan de trabajo, el esquema de un proyecto o un presupuesto, eso no tiene una forma previa. Y para diluir enfrentarnos al monstro nos enfrentamos a trivialidades como “¿Será mejor si lo armo en Word, o en Excel?” y cosas de ese calibre que en realidad a nadie le importan. No es que seamos fundamentalmente incapaces (aunque sí considero que el cerebro de un filósofo tendrá dificultades para pensar en estos términos), es simplemente que no manejamos el vocabulario, las expectativas, los referentes. Y nos colgamos por la necesidad de procesarlo.

En fin. Sirva esto como consuelo a los filósofos que quieran explorar que cosa es no-ser-propiamente-un-filósofo, que es posible, pero requiere de mucha disposición y de mucho ensayo y error, y de estar dispuesto a repetir continuamente que no entiendes, que no sabes, y que por favor te lo expliquen de nuevo. Algo que tampoco nos enseñan a hacer bien, lamentablemente. Pero, si es algo que te interesa, te conviene mucho más aprenderlo temprano que tarde.

Aprender a vivir de la filosofía

Un breve anuncio, porque me queda poca batería.

Con frecuencia recibo preguntas de diferentes lugares respecto a estudiar filosofía. Que si es buena idea, que cómo hacerlo, que cuál es el campo laboral, que si se puede vivir de eso. Creo que todos los que estudiamos filosofía pasamos por dilemas existenciales y conflictos similares, y siempre trato de hacer lo mejor posible por colaborar. (De hecho, si lees esto y me has enviado una pregunta que no he respondido, por favor insiste pues probablemente se haya perdido en algún lugar de mi bandeja de entrada.)

Tengo varios posts en este blog sobre temas materiales y no-tan-materiales vinculados al estudio y al ejercicio de la filosofía. Para facilitar su acceso, los he reunido y ordenado todos en una sola página: la “Guía práctica para vivir de la filosofía” (O “De cómo vivir de la filosofía y no morir en el intento”). Allí encontrarán enlaces a temas diversos como por qué estudiar filosofía, los conflictos entre filosofía y academia (que algunos podemos tener), la relación entre filosofía y dinero, habilidades profesionales complementarias para salir al “mundo real”, y demás.

Con el tiempo iré contribuyendo allí más ideas y ordenando aún más la cosa, pero espero que pueda ser un recurso de utilidad a cualquier persona que considere estudiar filosofía (o que no deje de considerar por qué lo hizo). Pronto espero también agregar enlaces a otros blogs y artículos relevantes al tema.

Laboratorios y productos

danah boyd, una de las investigadoras más interesante en el tema de redes sociales, privacidad en línea, identidad y jóvenes, mantiene un archivo en línea con todas sus publicaciones incluyendo enlaces para descargarlas o leerlas en línea. Me encanta el trabajo de boyd (su nombre, por alguna razón, lo escribe siempre todo en minúsculas), que en gran medida viene ayudando a desmitificar con estudios empíricos muchas de las percepciones que se tienen sobre la conducta de las personas, especialmente de niños y jóvenes, en espacios virtuales. boyd ha ayudado a señalar, por ejemplo, que el cyberbullying es una amenaza más presente para los jóvenes que los “depredadores sexuales”, o que contrario a lo que se cree los jóvenes tienen presentes preguntas y cuestionamientos sobre cómo manejan su privacidad en la web.

Me encanta también cómo trabaja. Como pueden entrar a ver, su blog es una fuente continua de información sobre las cosas que está trabajando, sin ningún tipo de garantía. Son borradores, uno tras otro, llenos de ideas e información sumamente interesante que alimentan discusiones públicas. En contraparte, su archivo de publicaciones muestra los productos y los resultados de ese trabajo continuo y constante: toda esa materia prima, conforme va cobrando forma, empieza a condensarse en diversos productos con mayor estructura y cohesión interna, con mejor documentación y mayor sustento. Del laboratorio emergen productos, listos para circular en el mercado de ideas. Pero todo su trabajo, de esta manera, cobra la forma de una conversación en la cual sus interlocutores pueden entrar a brindar feedback en cualquier momento.

Mutaciones (este blog que estás leyendo ahora) tiene la intención de funcionar de manera más o menos parecida – es, justamente, una bitácora que registra ideas sobre las múltiples mutaciones culturales que estamos experimentando y presenciando todo el tiempo. Pero hace tiempo juego también con la idea de que este laboratorio debe tener una contraparte donde ideas un poco más digeridas, condensadas, se puedan también exponer. No he tenido suficiente tiempo de trabajar en eso, pero espero poder hacerlo en los próximos días.

La idea es simple: una sección donde se encuentren enlaces a versiones en línea y descargables de trabajos, artículos, ensayos que tenga en condiciones de circular, y que quizás puedan aportar algo a los interesados en sus temas. Quizás lo primero que me detiene de hacerlo, incluso más que el tiempo, es ese reparo típico de la filosofía de soltar cosas al aire sin que estén digeridas 3 o 4 veces, esa afición al producto catedralicio antes que a la idea que circula libremente. Por eso mismo es también un ejercicio importante, porque aún sin ser un trabajo publicado y validad por el Consejo Jedi, eso no quiere decir que no tenga valor, que no pueda ofrecer ideas interesantes para alguien.

Así que cuando tenga más novedades sobre cómo funcionará esto, les aviso. Probablemente sea una sección en el blog, probablemente un repositorio aparte, no lo sé. Pero espero pronto tener más novedades sobre esto.

El peligro de McLuhan

Hace unas semanas comenté que tuve oportunidad de participar en el congreso McLuhan Galaxy Barcelona 2011, co-organizado por las universidades Pompeu Fabra y Oberta de Catalunya a fines de mayo. El evento estuvo muy interesante y lleno, sobre todo, de buenas conversaciones. La infraestructura de ambos campus que pude visitar era de primera y ciertamente envidiable, muy por delante de las universidades que he podido conocer en América Latina (La ciudad, por supuesto, ayuda muchísimo. Barcelona ofrece un sistema de transporte público que incluye buses articulados, tranvía, subterráneo, bicicletas de acceso público y taxis organizados, infraestructura urbana de por sí envidiable). Dos edificios muy modernos en el distrito barcelonense de la innovación albergaron, apropiadamente, largas discusiones sobre las consecuencias de la modernidad.

El clímax del evento, ciertamente, fue la presentación de Manuel Castells al cierre del segundo día. Aunque no presentó material significativamente nuevo (por lo que me comentaron, presentó una serie de ideas que pueden encontrarse distribuidas entre La era de la información y La galaxia Internet), el manejo de Castells de la información fue abrumador, así como su capacidad para referir a información empírica de estudios sobre los temas de los que hablaba. Fue una introducción general a ideas suyas, seguida de preguntas sorprendentemente interesantes para el calibre de lo que uno suele escuchar en congresos y conferencias. El quote de oro fue sobre la relevancia de los medios sociales en la gestación de los nuevos movimientos sociales y políticos que emergen en diferentes lugares del mundo: “No se trata de que ‘la revolución sea twitteada’. Sino que, sin Twitter, ya no hay revolución”.

Todo esto era, por supuesto, en el marco de la celebración del centenario de Marshall McLuhan, sobre como bien sabrán suelo hablar bastante. Y en realidad, empiezo a pensar que debería dejar de hacerlo. Pues una de las líneas centrales que atravesaron el evento fue, justamente, la exaltada celebración del canadiense (y no lo digo decorativamente: su carácter de canadiense fue elemento central de las discusiones probablemente más de lo realmente necesario). Con la participación de muchos de sus colaboradores y más distinguidos discípulos, la cosa por ratos se volvía anécdotica, casi pastoral, conforme recordaban historias sobre cómo era Marshall y se preguntaban cómo Marshall evaluaría las cosas que pasan hoy – o, más aún, cómo vería sus predicciones cumplidas años después.

Pero todo esto, en realidad, me termina pareciendo un poco peligroso. Como un autor que está recién empezando a ser explorado con seriedad y detenimiento, y como un autor que ofrece multitud de capas de interpretación posibles, uno tranquilamente podría pasarse la vida leyendo, dilucidando, descifrando e interpretando la obra de McLuhan. Pero eso sería (1) aburrido, desde mi punto de vista personal, y (2) anti-mcluhaniano. Me parece que en los próximos años podríamos empezar a ver que ocurre con McLuhan algo similar a lo que se puede ver que ocurre en años recientes con autores como Lacan o Heidegger: que desarrollan una feligresía apasionada, dedicada a encontrar dentro de los textos del maestro todas las respuestas y a reinterpretar todo aporte posterior como aclaraciones o notas al pie a la obra del maestro. Y, de nuevo, eso me parece soberanamente aburrido.

Definitivamente he encontrado en la obra de McLuhan ideas sumamente interesantes y una cantidad de posibles vínculos teóricos que vale mucho la pena explorar. Pero eso no quiere decir ni por asomo que el asunto se acabe allí, ni siquiera que empiece por allí. Ni siquiera estoy terriblemente interesado en explorar qué dijo McLuhan o por qué lo dijo – cuestiones exegéticas que me parecen secundarias, si no terciarias – sino que me interesa más ver qué podemos tomar de su arsenal conceptual para ayudarnos explicar ciertos patrones y fenómenos, y cómo podemos retomar plásticamente sus conceptos para juntarlos con otros que a su vez sean explicativos, útiles, interesantes.

Así queda entonces, para mí personalmente, la advertencia de que este camino podría volverse altamente probable (y tentador por ser potencialmente fácil de recorrer). Y también la constatación de que no quiero ir por ahí, por el camino del filósofo-profeta cuyas escrituras deben ser interpretadas. Que es, justamente, lo que me parece más mcluhaniano (obviamente diciendo, con todo esto, que no quiero ser tal cosa como un “mcluhaniano”), en el sentido de una frase que McLuhan repetía continuamente: “no quiero que me crean, quiero que piensen”.

Más sobre la “extinción de la filosofía”

Algunas notas complementarias a las pregunta del otro día sobre si la filosofía está en peligro de extinción cuando se pone en juego su apoyo institucional universitario (hay, además, buenos comentarios que han llegado al post original).

1. Slavoj Zizek da una buena entrevista al diario El País de España, del cual saco un pequeño fragmento relevante:

Ahora mismo estoy en Londres y tenemos una huelga masiva en la educación superior. El Plan Bolonia es una catástrofe. La derecha quiere suprimir las humanidades. En vez de pensadores, quieren convertirnos en expertos que cumplan los encargos que las élites plantean. Me parece importante defender que los grandes problemas nos conciernen a todos. La derecha debería estar en contra del Plan Bolonia. Convertir la Universidad en una empresa es mucho más peligroso para Europa que el fundamentalismo islámico.

Lamentablemente no entra aquí en más detalle. El Plan Bolonia es un convenio de la Unión Europea para homologar títulos y programas educativos a través de sus realidades nacionales, y fomentar el proceso de una serie de reformas universitarias comunes y alineadas. El proceso ha atraído múltiples críticas particularmente por considerar que elitiza la educación superior y que se concentra en formar trabajadores, en lugar de profesionales.

2. En otras noticias, un artículo del Harvard Business Review señala que para conseguir ideas innovadoras las empresas deben contratar gente de las humanidades, en lugar de sus canteras acostumbradas. Aunque he comentado antes sobre esta relación, es algo muy diferente que lo diga yo a que lo diga el Harvard Business Review, sobre todo porque el HBR lo leen directamente empresarios y funcionarios que efectivamente pueden hacer algo al respecto. Señala el HBR:

This is because our educational systems focus on teaching science and business students to control, predict, verify, guarantee, and test data. It doesn’t teach how to navigate “what if” questions or unknown futures. As Amos Shapira, the CEO of Cellcom, the leading cell phone provider in Israel, put it: “The knowledge I use as CEO can be acquired in two weeks…The main thing a student needs to be taught is how to study and analyze things (including) history and philosophy.”

People trained in the humanities who study Shakespeare’s poetry, or Cezanne’s paintings, say, have learned to play with big concepts, and to apply new ways of thinking to difficult problems that can’t be analyzed in conventional ways.

No deja de haber un toque de ingenuidad en esto, como si uno pudiera tomar a un humanista recién formado, ponerlo en un entorno corporativo y ver cómo suceden milagros inesperados. Hay una serie de capas intermedias y aprendizajes que explorar y promover para que algo así pueda pasar. Y hay, también, muchísimos prejuicios que reconsiderar que vienen de ambos lados del espectro.

3. Vivek Wadhwa publicó para TechCrunch hace unos días un artículo contraponiendo necesidades educativas desde los puntos de vista de Bill Gates y de Steve Jobs. Para Wadhwa la posición de Gates se ve reflejada no sólo en sus esfuerzos por repotenciar la educación en matemática, ciencia y tecnología en EEUU, sino por extensión en sus productos poco elegantes, poco amigables y con el tiempo cada vez menos populares. En cambio, Steve Jobs ha hablado públicamente sobre cómo el diseño de los productos de Apple son una combinación entre un enfoque de ingeniería y de las humanidades (“liberal arts”) que hace que sus productos sean mucho más inteligentemente diseñados y, en los últimos años, han hecho de Apple quizás la compañía tecnológica más importante del mundo. El mercado, parecería, le está dando más la razón a Jobs que a Gates.

Because I am a professor at the Pratt School of Engineering at Duke University, and given all the positive things I say about U.S. engineering education, The Times assumed that I would side with Bill Gates; that I would write a piece that endorsed his views. But, even though I believe that engineering is one of the most important professions, I have learned that the liberal arts are equally important. It takes artists, musicians, and psychologists working side by side with engineers to build products as elegant as the iPad.  And anyone—with education in any field—can achieve success in Silicon Valley.

En resumen: la crisis de las humanidades en las universidades contemporáneas es trágica, pero real y creciente. Eso es en sí mismo un problema. Pero también empiezan a aparecer espacios de problemas interesantes donde los filósofos y los humanistas pueden encontrar oportunidades para desarrollarse, asumiendo, claro, disposición de ambos lados del espectro.

De todos modos, creo que aquí vemos que se apunta a algo mayor. Hay, claramente, valor en estas ideas, en estos conocimientos y en estos procesos mentales (valor que se puede definir de múltiples maneras). Y hay un espacio que tiene problemas graves para definir su identidad, como es la universidad. De modo que hay, también, una gran oportunidad y mucho potencial para redefinir o recrear espacios de pensamiento, de reflexión, de crítica, que no necesariamente sean académicos o universitarios, que sí exhiban múltiples formas de valor, donde los filósofos puedan hacer lo que más les gusta de múltiples maneras.

No es que sepa cuáles son ni que tenga la respuesta, pero sí empiezo a notar cómo empiezan a aparecer una serie de piezas del rompecabezas.

Zizek, el Plan Bolonia, el Harvard Business Review, Bill Gates, Steve Jobs. Un buen sábado por la tarde.

Nuevos géneros de la literatura electrónica

Quiero recomendar un enlace interesante que encontré hoy: una compilación introductoria de enlaces sobre literatura electrónica, que cubre una serie muy diversa de temas bastante interesantes. La guía ha sido compilada por Brian Stefans a partir de sus cursos sobre el tema, entre otros lugares en UCLA.

El recurso es interesante por sí mismo, pero el proyecto de Stefans es interesante como estructura:

The website that I am creating for this anthology will contain the essays in .pdf form (reset, since many of these pages are nearly illegible), a .pdf of the edited book with my editorial commentary, a page of videos I often use when teaching, a “ten week course” that is a series of essays, links and assignments based on my course, and other materials such as a bibliography, via Amazon’s “listmania” feature, of electronic literature books.

This is not a complete overview of the state of the field, or an attempt to create a “canon.” If the image here is skewed or flawed, it’s only because it’s meant to be a launching pad for an independent investigation of the genre, either as a scholar or artist. The fact of the matter is, there isn’t a whole lot of great writing on the works themselves — more of the e-lit writing is about its theory and potential — so I tried to include what I could. If you know of better deep readings of a particular e-literature piece, please let me know.

Es decir que esto pretende ser no sólo una colección de links relevantes y libremente disponibles, a textos seleccionados a partir de las clases de Stefans, sino que crece y se convierte en un proyecto más amplio. El proyecto incluye videos, versiones “editadas” en PDF de los textos con comentario, e incluso una estructura de curso para alguien que quiera introducirse en el tema.

Teniendo acceso al contenido, y teniendo acceso a y disposición de los medios de producción, se vuelve posible convertirse en una pequeña industria cultural portátil. El potencial de cosas que se pueden explorar es muy grande, pero se vuelve también necesaria la capacidad técnica para compilar y crear este tipo de recursos como un requisito básico. Sin tener que ser profesionales, para emprender este tipo de iniciativas se vuelve necesario o contar con un equipo multidisciplinario, o poder ser un poco diseñador, un poco programador, un poco editor, un poco autor, un poco curador, etc.