Tesis, tótem y tabú

Un artículo reciente en el Chronicle of Higher Education presenta la idea de que la disertación, como pieza y resultado central del proceso de educación superior (específicamente, la disertación doctoral), es una institución que exige ser revisada:

Completing a dissertation can take four to seven years because students are typically required by their advisers to pore over minutiae and learn the ins and outs of preceding scholarly debates before turning to the specific topic of their own work. Dissertations are often so specialized and burdened with jargon that they are incomprehensible to scholars from other disciplines, much less applicable to the broader public.

The majority of dissertations, produced in paper and ink, ignore the interactive possibilities of a new-media culture. And book-length monographs don’t always reflect students’ career goals or let them demonstrate skills transferable beyond the borders of academe.

A medida que voy entrando más y más en mi propio trabajo de tesis (que aunque no alcanza el calibre y extensión de una disertación doctoral, va creciendo como un monstruo que todo lo abarca), la cuestión del propósito y sentido de la disertación o la tesis se me hace bastante personal. No creo del todo que la tesis sea un proceso o producto caduco e inviable; pero sí creo que no refleja del todo la experiencia de investigación en el contexto presente, especialmente cuando uno está trabajando en áreas vinculadas al cambio tecnológico y en campos donde la información está cambiando muy rápidamente. Comprometerse con proyectos de investigación sumamente largos tiene sentido en muchos casos, pero existen también otros en los cuales este tipo de proyectos terminan encontrando que la realidad sobre la que comentan simplemente ya no es la misma en el tiempo que tomó formular, responder y publicar la pregunta.

Pero además, puede también ser un limitante a las posibilidades de exploración, experimentación e interacción entre múltiples disciplinas, proyectos e ideas. Es un poco lo que encuentro en mi propia experiencia: conforme encuentro nuevos temas interesantes y me involucro con nuevos proyectos, la posibilidad de explorarlos siempre se tiene que evaluar en función a si contribuye o no al proyecto de tesis, dada una cantidad finita de recursos. Pero la manera como trabajo cotidianamente simplemente no se da de esa manera: lejos de trabajar en un sólo proyecto con dedicación casi absoluta, en la práctica encuentro que estoy participando de múltiples investigaciones de mayor o menor calibre que no necesariamente se articulan bien entre sí, o contribuyendo en proyectos cuyo impacto sobre el proyecto de tesis es mínimo o nulo. El output de mi trabajo académico termina pareciéndose más a una red o una constelación de diferentes nodos con mayor o menor proximidad, que a un corpus articulado y consistente, un tótem de significado cuya expresión “material” es el proyecto de tesis.

En otras palabras: el trabajo en un proyecto de tesis o disertación presupone que existe una sola línea central, articuladora de todas las ideas y posibilidades. Está bien, esa es precisamente su propósito: evaluar la capacidad del investigador para comprometerse con los detalles de realizar un proyecto de investigación complejo y de gran escala. Pero ese propósito, en muchos casos, ya no es igualmente aplicable, con el mismo carácter de necesidad. No sólo mi propio proyecto de tesis crece desmesuradamente a medida que intenta introducir elementos de otros disciplinas, sino además comparar múltiples realidades geográficas e históricas. Pero al mismo tiempo me encuentro a mí mismo trabajando en múltiples otras direcciones: en los últimos meses he estado investigando sobre el uso de espacios urbanos como dispositivo narrativo en los videojuegos, conceptuando herramientas para fortalecer la literacidad científica, construyendo escenarios para la exploración de conflictos de identidad en videojuegos, explorando la operación y significación del pensamiento computacional, construyendo universos narrativos de ficción, o formulando narrativas para el diseño de videojuegos educacionales.

Y eso no termina realmente de agotar el universo de cosas que quiero seguir conectando o en las que me involucro. Aún así, quizás la mayoría de ellas tiene a lo mucho una conexión tenue con un sólo proyecto totémico, central. Desde la lógica de la tesis son, a lo mucho, notas al pie. Y me parece que en ello se pierde muchísimo valor y muchísimas posibles conexiones que podrían a su vez derivar en nuevas oportunidades y posibilidades de investigación.

Así que estoy procesando la idea de cómo concebir mejor este output académico, de manera que no sea un tótem unitario, pero no necesariamente pierda la consistencia y la interrelación. No quiero y no creo que mi trabajo de “tesis” sea una monografía extendida con introducción, desarrollo, conclusiones y bibliografía, porque no me alcanza para cubrir e involucrar todas las entidades que me parece están conectadas. El output es múltiple: es esa monografía, pero es también una serie de proyectos, o de “sondas” como las llamabas Marshall McLuhan – pequeñas o grandes exploraciones conceptuales y what ifs para entender mejor cómo operaban o podían operar ciertos procesos. Estas sondas son proyectos, son piezas de código, son productos audiovisuales, son diseños, son juegos, son historias, que no necesariamente contienen una sola narrativa central, sino que encierran múltiples posibles permutaciones de múltiples líneas argumentativas y exploraciones.

¿Tiene esto el mismo nivel de rigor académico que un proyecto articulado de disertación? No lo sé, y quizás no, no sea el mismo nivel de rigor. Pero evaluar este output solamente en términos de rigor es lo mismo que decir que el output sólo puede o debe ser un producto como la disertación. La pregunta es justamente por qué nuevas formas de valor puede generar la investigación académica y la educación superior, y cómo podemos sondear diferentes maneras de acceder a ese valor.

Mejores medios

Estoy jugando con esta idea hace un tiempo: todo empezó con la constatación de que, salvo contadas excepciones, los medios masivos en el Perú son bazofia. Las últimas 24 horas con los principales medios obsesionados con pintas realizadas en la Plaza San Martín durante la marcha en contra de la violencia en Cajamarca (totalmente desproporcionada en comparación a la cobertura que se hizo de los 5 muertos en Cajamarca mismo la semana pasada) son una raya más al tigre. Hace un tiempo, con una preocupación similar en torno al grupo El Comercio, intenté esbozar algunas ideas respecto a cómo podía ejercerse algún tipo de presión más efectiva sobre este tipo de instituciones: apelando a su verdadera base de apoyo, los anunciantes y el directorio, antes que a sus lectores o compradores. Pero Damián Osta, fundador del periódico La Diaria de Uruguay, dejó un comentario que me dejó pensando: “¿y por qué no se juntan y crean un diario?”

Damián tiene toda la autoridad moral del mundo para hacer esta pregunta porque esto es justamente lo que él y un grupo de compañeros suyos hicieron: como no les gustaba la cobertura que hacían los principales diarios de su país de lo que consideraban los temas más importantes, se juntaron y crearon La Diaria, un periódico sostenido únicamente por sus suscriptores, con un enfoque alternativo a la cobertura tradicional. Y funcionó.

De modo que su experiencia y su pregunta eran una interpelación dura. Sí, pues, ¿por qué no hacerlo? La respuesta es, quizás, que no es mi interés personal dedicarme a eso como para comprometerme a ese tipo de proyecto – pero sí me interesa el tema, y la idea de crear mejores sistemas y circuitos que permitan un ecosistema mediático de mayor calidad, diversidad y solidez.

Así que esto es lo que estoy pensando hacer: un programa de incubación de medios. La idea es la siguiente: identificar grupos y proyectos que estén interesados en crear lo que llamaríamos un “media outlet”, algún tipo de canal mediático: un sitio web, un blog, un podcast, un webcast, una webzine, o lo que fuera, y que esté interesado en hacerlo utilizando medios digitales, y llevarlos a través de un proceso intensivo de incubación para convertirlos en emprendimientos sostenibles y de alto impacto. No se trata tampoco solamente de construir mejores megáfonos, sino de armar un proceso integral donde estos proyectos puedan entender mejor lo que quieren comunicar, para aportar a discusiones mejor informadas y estructuradas sobre las diferentes temáticas que les puedan interesar. Se trata de un programa que busca darles las herramientas y el espacio no sólo para diseñar y desarrollar un medio, sino también para formular estrategias de operación, de promoción, de contenido y especialmente de sostenibilidad: encontrar el modelo de negocios apropiado para que el medio pueda operar sostenidamente e incluso, con el tiempo, crecer.

A partir de una convocatoria inicial, se escogería un número reducido de proyectos – digamos, alrededor de diez – que pasarían por un proceso de entre seis y ocho semanas intensivas de desarrollo de competencias y formulación de herramientas. Esto incluye familiarización con herramientas estrictamente técnicas, como manejo de tecnologías, plataformas, redes sociales, y demás, hasta asesorías y evaluaciones de las diferentes estrategias que guiarían al medio. Todo cubriendo tres pilares fundamentales: conceptos teóricos esenciales, herramientas prácticas relevantes al proyecto y prácticas recomendadas y casos de estudio de otros medios similares para aprovechar experiencias previas.

El objetivo es que luego de 6-8 semanas, esos diez proyectos que estaban en etapa embrionaria tengan no sólo un prototipo validado, sino un modelo operativo, listo para empezar a producir contenido, y un equipo capacitado y alineado para empezar a funcionar. La idea es condensar el proceso de experimentación y aprendizaje por el cual podría pasar un proyecto de este tipo por mucho tiempo, en tan sólo unas pocas semanas, para poder ser más efectivos, más rápidamente. Mi expectativa es armar un pequeño equipo (quizás también con algo de apoyo de Apócriphos), que se encargará del diseño, la facilitación, las asesorías y los contenidos, y especialmente de reunir a una buena cantidad de invitados tanto nacionales como internacionales para que aporten sus propias experiencias y compartan sus errores y aciertos cuando pasaron por procesos similares.

Tenía la esperanza de que esto se pudiera realizar en estos meses, pero lamentablemente el tiempo me ha ganado y tengo que viajar ya en unas pocas semanas. Pero más que un problema, creo que eso podría fortalecer el programa, pues me permitirá también aportar mejores herramientas y además construir nuevas relaciones con invitados que puedan aportar experiencias. Quiero compartir la idea desde ya como para invitar a sugerencias, aportes, interesados y demás, como para empezar a diseñarlo en mayor detalle y empezar a buscar fechas y tiempo para poder hacerlo.

La idea de todo esto es que podemos tener mejores medios. Pero que eso no tiene por qué significar esperar que los medios que tenemos mejoren, ni pensar que esto sólo se puede hacer por medio de la regulación. Tenemos todos los recursos y las herramientas ahora para crear nuevos medios que funcionen, crezcan, sean sostenibles e introduzcan nuevas ideas en el discurso público, posicionen conceptos, adopten posturas y las defiendan clara y articuladamente. Creo que nos hace mucha falta un ecosistema más diverso y sólido, y un programa/proyecto de este tipo busca ser un esfuerzo para empezar a construirlo.

¿Tiene sentido?

Circuitos de desinformación

Hay tantas lecciones que sacar del pequeño escándalo que circuló en Lima el último par de días respecto a Taxi Satelital, que vale la pena tomarme un café y tratar de desmenuzar el asunto.

El escandalete

Taxi Satelital es una empresa que brinda el servicio de taxis en Lima pedidos por teléfono, que llegan entre 10 y 15 minutos luego de llamarlos y por la conveniencia y por brindar un poco más de seguridad que un taxi de la calle, son también más caros. Dentro de todo mi experiencia personal con ellos ha sido buena, y nunca he tenido problemas. Hace un par de días empezó a circular por Facebook y Twitter una denuncia de una chica que afirmaba haber sido drogada, secuestrada por tres horas y finalmente robada en un taxi que pidió a dicha empresa:

La denuncia empezó a circular furiosamente porque la empresa se ha vuelto enormemente popular por la facilidad del servicio, pero lo extraño era que la denuncia se sostenía sobre sí misma. No había mayor ampliación, cobertura o información más que dada por la misma persona que denunciaba. Pero hoy, hace un rato, en el programa de Rosa María Palacios salió toda la evidencia abrumadora que en gran medida desmentía la denuncia:

Aunque es posible que esto aún pueda seguir girando y ampliándose, en realidad la evidencia me parece hasta ahora bastante decisiva. Pero en todo caso, no es tampoco lo que me llamó más la atención.

Circuitos de desinformación

Lo fascinante de esto es en primer lugar la velocidad con la que se difundió la información sin mayor reparo en su contenido o veracidad. Esto es, claro, sólo un ejemplo de una larga lista: es también así como todos los días matan a alguien en Twitter para ser desmentido horas o minutos después. De la misma manera, la gente empezó a retuitear y compartir la información una y otra vez, con pocas preguntas de por medio al respecto de lo que estaba siendo recirculado.

Los circuitos de información que hemos construido no están diseñados para observar ningún tipo de criterio de veracidad. Los que solíamos utilizar sí, quizás, tenían incluidos una serie de filtros para asegurar la calidad de la información que circulaba: periodistas, editores, fuentes, formación profesional, filtros monetarios, licitaciones de espectro radioeléctrico, etc. Pero los nuevos a los que tenemos acceso ahora carecen de todos los filtros con los que habíamos aprendido a convivir.

El resultado es que el circuito de información es exactamente igual de eficiente para convertirse en un circuito de desinformación. Y como se solía decir sobre el software de Microsoft, “it’s not a bug, it’s a feature“: esto sólo se puede entender como un problema cuando se le observa desde el punto de vista de los circuitos anteriores y sus filtros. Lo que ganamos con capacidad comunicacional y expresiva viene con el trade-off de que obviamos los filtros de calidad y nos encontramos potencialmente rodeados de desinformación en cualquier momento dado. El problema, entonces, pasa a ser otro: que al hacer uso de estos nuevos circuitos lo hagamos como si fueran los viejos circuitos. El problema es cuando dejamos de suponer que nada viene con ninguna garantía y que cualquier filtro de calidad termina siendo una responsabilidad personal.

Verosimilitud vs. certeza

¿Por qué consigue este tipo de información difundirse así? ¿Por qué le hacemos caso? ¿Qué es lo que deberíamos observar frente a la información que recibimos o encontramos en línea?

Pues hay dos cosas a tener en cuenta. La primera es que es importante una buena dosis de sano escepticismo. Sólo porque algo está online, no quiere decir que sea verdad – sólo quiere decir que está online (dicho sea de paso, lo mismo aplica en mayor o menor medida a cualquier información en cualquier otro medio). De modo que tenemos que hacernos mucho más fuerte el hábito de dar un paso atrás e interpelar a la información cuando la consumimos, hacerle preguntas, indagar sobre sus fuentes, etc.: ¿Quién publica esto? ¿De dónde sabe lo que dice? ¿Por qué lo hace? ¿Qué ha publicado en el pasado, y qué pasó con eso? En el fondo es muy simple: si en verdad no puedes tener ni mediana claridad respecto a este tipo de preguntar sobre cualquier cosa, ¿entonces por qué lo compartirías? Al final, todo lo que publicas en tu muro de Facebook o tu feed de Twitter dice inevitablemente algo sobre ti. Si publicas consistentemente información falsa, sin verificar o cuestionable (por ejemplo, si sigues publicando links sobre el apocalipsis maya) terminas poniéndote entre paréntesis como fuente de información. Es un poco como Pedro y el lobo, digamos, pero sin el final de fábula: simplemente te dejo de seguir o, por lo menos, te dejo de hacer caso.

La segunda es el estatuto epistemológico de la información que consumimos todo el tiempo, cada vez más rápido. ¿Qué es lo que evaluamos cuando leemos este tipo de noticias en la web? Claramente no estamos evaluando la certeza de la información que encontramos, porque no podemos: yo no puedo verificar todas las fuentes, la data, la información, para todo lo que leo. De modo que debemos suponer de entrada que no tenemos certeza en estos casos. Lo más que podemos decir en estos casos es que la información nos parece verosímil: si asumimos que las premisas son verdaderas entonces la conclusión tendría que ser verdadera también, y atribuimos esa verdad transitoria a cosas como el registro histórico de la fuente o la persona. No podemos decir mucho más al respecto. Y tampoco deberíamos esperar mucho más sobre lo que leemos o vemos: la información que circula activamente no lo hace en función a su valor de verdad o certeza (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser realmente cierto”), sino en su capacidad de verosimilitud (“wow, todo el mundo publica esto, debe ser que muchos consideran que realmente podría haber pasado”). Diferencias sutiles pero epistemológicamente importantes.

¿Pero por qué era verosímil? El problema de los taxis en Lima

Lo triste de todo esto está en el contenido mismo de la denuncia: la persona afirmaba haber sido drogada, secuestrada y robada en un taxi. Y todos los que lo vimos, sabiendo lo que sabemos sobre los taxis en Lima, consideramos que era una posibilidad verosímil: esto realmente podría haber pasado, aún si la manera como está presentado me hace tener dudas al respecto.

No creo ser el único que piense que esto es terrible. Uno no debería tener miedo de tomar un taxi y ser drogado, secuestrado y robado, por muy grande y caótica que sea la ciudad en la que uno vive. Eso está mal, y está doblemente mal porque no debería ser tan difícil de evitar, y triplemente mal porque no se me ocurre que nadie pudiera razonablemente oponerse o resistirse a un esfuerzo de este tipo.

Tanto la inseguridad como el caos del transporte en Lima están en niveles absolutamente sin precedentes. Y es inevitable que eso nos tenga a todos un poco alborotados, al punto en el cual una denuncia de este tipo es inmediatamente verosímil y nos lleva a rebotarla lo más rápido posible como precaución (un poco en la onda dispara primero, haz preguntas después). Sin embargo, no parece que nos lleve a la cuestión de fondo de por qué esto se hace verosímil:

  • ¿Por qué Lima no tiene un registro de taxis y taxistas oficial, centralizado, actualizado, que se pueda efectivamente hacer cumplir?
  • ¿Por qué sigue siendo posible que en una ciudad de la magnitud de Lima, y con sus problemas, uno pueda volverse taxista comprándose un cartel de taxi y poniéndolo sobre su auto?
  • ¿Por qué, como ciudadanos y pasajeros, seguimos tolerando un sistema que perjudica a todas las partes, no brinda ninguna garantía y genera una enorme inseguridad?
  • ¿Por qué no hay un código mínimo de derechos y responsabilidades tanto de taxistas como de pasajeros?

No me parece que uno tenga que irse a Suiza para implementar cosas como ésta. No puede ser que cualquier pueda ser taxista porque se le ocurrió, o por lo menos, no es aceptable cuando eso genera los efectos negativos que tenemos: que un taxi pueda robarte, que genere un exceso de oferta que se trae abajo el precio y que además genere un exceso de tráfico. Nos hemos acostumbrado a cosas como negociar la tarifa en medio de la calle, a viajar en autos en mal estado, o incluso vehículos que tienen una jaula instalada para proteger al conductor, que tampoco puede saber si el pasajero lo asaltará o no. Nos hemos acostumbrado a revisar la maletera para ver que no haya nadie escondido, a bajar la luna para que no nos puedan “drogar con algo”, y a escuchar que “no, para allá no voy” como si fueran cosas normales. Y en realidad el único beneficio que se me ocurre es que, a cambio de todo eso, los taxis en Lima son ridículamente baratos.

Me resulta difícil pensar que alguien pueda estar contento con el estado actual de las cosas, una situación tan precarizada que cuando nos encontramos como una denuncia como la de arriba, consideramos que es posible y nuestra respuesta no es indagar ni resolver el problema de fondo, sino tachar a la empresa y buscar otra. Pero éste es un problema donde ni siquiera se necesita implementar infraestructura pesada, sino tan sólo establecer mejores controles y sistemas de información, al menos como primer paso. Como para dejar de entrar en pánico cada vez que tu taxi dobla por una esquina que no conoces.

En defensa del comic como medio expresivo

No soy un fan religioso de los comics, pero trato de leerlos y seguirlos siempre que puedo, especialmente en aquellos casos donde creo que hay algún tipo de relevancia cultural especial. Pero hoy leí un artículo en el blog Comics.21 de Perú21 sobre el “fin de la inocencia” de los comics que me parecía ameritaba un mayor comentario.

Dicho simplemente, es un artículo particularmente paupérrimo y que, a simple vista, no amerita mayor análisis. Pero tanto formal como materialmente menosprecia tanto el comic como medio que tiene a pesar de ello que ser comentado, porque el aparato conceptual que usa para describir el propio medio que dice celebrar puede aplicarse con las mismas nefastas consecuencias a otras formas que podríamos llamar “emergentes”. El comic ha existido y se ha desarrollado por muchísimas décadas pero para muchos es aún una forma infantilizada, un medio estructuralmente incapaz de alcanzar la madurez conceptual, y es precisamente esa perspectiva la que se explaya en este artículo: la misma que se utiliza, con variaciones sutiles, para decir cosas como que los videojuegos no pueden ser arte o que las interacciones en línea son menos reales que las interacciones físicas.

En términos materiales, el argumento es insostenible: en resumen, el artículo busca implicar que porque en los últimos años las temáticas de los comics han venido a complicarse moralmente al introducir diferentes dimensiones de la sexualidad de sus personajes o sus implicaciones culturales y políticas, o escenas e historias mucho más cargadas de formas de violencia, esto representa algún tipo de “pérdida de la inocencia” del medio. Y, sin intentar velar mucho la condena, pretende dar a entender que esto ha llevado a una suerte de empobrecimiento del medio al volverlo “menos universal” por introducir temas que, desde su punto de vista, deberían limitarse a públicos adultos y no encajan dentro de la naturaleza más bien joven que ha distinguido a los comics.

De entrada eso es un argumento estrecho e históricamente insostenible. Nada determina que un medio, en este caso el comic, deba ceñirse a una sola línea temática o a un solo tipo de contenidos y no explorar otras dimensiones desde su propia propuesta estética. Siempre que he intentado explicar este tema, he vuelto sobre Watchmen, el comic de Alan Moore y Dave Gibbon publicado en 1987, donde me parece que se cristaliza un giro en la complejidad narrativa del comic que se venía construyendo desde muchos años antes. Lo singular de Watchmen es que utiliza al personaje arquetípico del comic, el superhéroe, para diluir la distancia que existe entre el lector y el personaje en términos de autoridad moral respecto a los acontecimientos que desarrolla: el superhéroe no es de ninguna manera mejor o superior al individuo lector, y su participación de los acontecimientos que experimenta no es más que una total contingencia histórica. Por lo mismo, los superhéroes no son de ninguna manera moralmente superiores, y nada legitima a Superman para defender a Metrópolis ni a Batman para utilizar su inmensa fortuna para permitirse salir a cazar criminales por las calles de Ciudad Gótica. En su misma concepción originaria, los superhéroes inevitablemente cuestionan el monopolio de la violencia del Leviatán y la capacidad del Estado moderno para efectiva y legítimamente defender a sus ciudadanos frente a amenazas cada vez más inconmensurables (p.ej. al observar a Iron Man como el crecimiento desmesurado del complejo militar-industrial). Lo importante de Watchmen no es que introduzca por primera vez superhéroes moralmente complejos y ambiguos, sino que al hacerlo revela que aquella lectura que vio a los héroes del pasado como paradigmas morales era simplemente ingenua. En otras palabras, Watchmen no es tanto el fin de la edad de la inocencia como la revelación de que nunca hubo tal inocencia, sino simplemente un muy complejo autoengaño.

Creo que el meollo homofóbico y conservador del argumento del artículo de Comics.21 no amerita mayor comentario: presupone que la sexualidad y, particularmente, la homosexualidad son “temáticas adultas” que no deberían ser presentadas a públicos más jóvenes, lo cual me parece ridículo. En primer lugar porque no hay mayor sustento a por qué serían “temáticas adultas” más allá del presuponer que lo son, ni mucho menos dep por qué presuponer que no deberían ser temas compartidos y discutidos con niños y jóvenes, cualquiera que sea el medio para hacerlo. Más allá de eso, no sólo el comic no es “inocente”, sino que no tiene por qué serlo, y creer que lo ha venido siendo es partir de una definición esencialista y moralista de lo que el comic es o debería ser que no tiene por qué condecirse con la realidad.

Pero en considerarlo como tal se revelan también las falencias formales de este tipo de análisis. Primero, al partir de asignarle al comic algún tipo de lugar inferior en algún tipo de ordenamiento jerárquico de las formas expresivas. La infantilización del comic toma la forma de afirmar que porque ha sido un medio tradicionalmente orientado hacia jóvenes, sus temáticas deberían mantenerse moralmente neutras – algo que es insultante tanto para los comics como para los jóvenes, al negárseles a priori la capacidad de comprensión, exploración y discusión de cualquier tipo de temática. ¿Por qué estaría mal que un comic exprese una historia particularmente violenta? Cierto, uno podría objetar respecto a la calidad o al tratamiento que hace de esa violencia y su justificación dentro de la narrativa, pero no me parece legítimo cuestionar el hecho mismo de utilizarla, como si la realidad nos viniera edulcorada porque quisiéramos que fuera de otra manera, o como si al querer expresarnos a través de comics tuviéramos forzosamente que edulcorarla como autores o como lectores. Esto es sólo un empobrecimiento voluntario de las múltiples potencialidades que ofrece un medio, y singularmente, de la capacidad de involucramiento del lector, y del juego con el espacio y el tiempo que ofrece el comic, como señala Scott McCloud en su clásico, Understanding Comics: The Invisible Art.

Quizás lo que más me llamó la atención fue la ausencia total de alguna forma de conciencia histórica, que no quiere decir un conocimiento de los elementos históricos de un medio. Más aún, me quedó clarísimo que el conocimiento de la historia misma de un medio no se traduce automáticamente en la capacidad de análisis y explicación del mismo: aunque mi capacidad para analizar y entender comics en su contexto y significado cultural se enriquecerá progresivamente mientras más comics leo, lo inverso no es automáticamente cierto: de solamente leer y conocer más comics, no se sigue una capacidad para posicionarlos en el espacio y el tiempo para asignarles una comprensión cultural significativa. Por ponerlo de manera más formal y esquemática: ¿Hay eruditos del comic que son también grandes comentaristas del comic como medio? Por supuesto. ¿Pero todos los eruditos del comic son también grandes comentaristas del comic como medio? De ninguna manera.

Y eso se refleja en la incapacidad (o la indisposición) a entender la manera como un medio evoluciona con el tiempo, con sus autores y con sus espectadores. El teatro griego no es el teatro de Shakespeare que no es el teatro del siglo XXI. La pintura medieval no es la pintura renacentista que no es el cubismo de Picasso. Nuestros medios expresivos responden a diferentes patrones y momentos y necesidades culturales, y los adscribimos dentro de una tradición porque guardan suficientes “aires de familia”, como diría Wittgenstein, con las manifestaciones que las antecedieron, que tiene sentido asumir que hay entre ellas una continuidad de algún tipo. El comic sexual, el comic violento, el comic adulto, no son menos comic que ninguno anterior. Eso no quiere decir que estén exentos de crítica o valoración, pero sí quiere decir que su valoración no puede partir de afirmar que “no son como los anteriores”. Eso es negarle a un medio la capacidad para evolucionar y explorar nuevas extensiones a su lenguaje.

Este tipo de lenguaje conservador y esencialista se usa para describir todo tipo de expresiones mediáticas. Cuando decimos que un videojuegos es principalmente un juego, más cerca del juguete que de la película o de la novela, nos estamos cerrando a toda una nueva oportunidad de experimentar una innovación expresiva frente a nosotros. Cuando decimos que un comic no debería tratar temáticas moralmente arriesgadas o claramente definidas, estamos básicamente diciendo que no creemos que el comic sea un medio que debiera permitirnos la reflexión y la discusión. Y por extensión, que quienes consumen y producen esos medios no deberían, por alguna razón, tener acceso a esa reflexión y discusión a través de ese lenguaje en el cual se sienten cómodos y cuya gramática saben manejar. No me parece que sea un argumento sostenible, sino que es un argumento que, primero, presupone su propia conclusión (parte de decir que ciertos temas no deberían tocarse para decir que ciertos temas no deberían tocarse), y segundo, infantiliza un medio sin tener ningún tipo de conciencia histórica sobre su propia complejidad, evolución y potencial.

El futuro de la televisión es mejor que su presente

Mis sentimientos en contra de la televisión son cada vez más fuertes.

Pero no es “en contra de la televisión” propiamente, no es el argumento de que nos vuelve brutos o couch potatoes ni nada de eso. Estoy en contra del modelo de distribución persistente en la televisión, porque me parece obsoleto e impráctico.

La televisión ha funcionado históricamente alrededor de un modelo de “appointment viewing” – los canales organizan una grilla de programación sopesando una gran cantidad de variables (día de la semana, hora, tipo de contenido, público objetivo, variables sociales y culturales, etc.) para poder conseguir la mayor cantidad de público posible, y por tanto poder vender la mayor cantidad posible de publicidad. El horario que consigue atraer la mayor cantidad de espectadores es el “prime time“, la ventana de tiempo durante la cual se posiciona la mejor programación para competir con la de otros canales y vender la publicidad al mayor precio posible. La expectativa sobre los espectadores es que si escogen seguir un programa, esa elección se convierta en un “appointment”, una cita concertada semanal o diariamente en la que el espectador quiera volver a seguir con la historia.

El problema del appointment viewing es que asume una competencia relativamente baja por nuestra atención: el diseño del modelo asume que escogemos entre diferentes opciones de canales, pero en general todos dentro del mismo formato televisivo. Esto, sin embargo, ya no es el caso: por ejemplo, ya no es tan automático el supuesto de que una persona trabaja todos los días el mismo horario, y estará de vuelta en casa a una hora específica (una de las piedras angulares del prime time). Tampoco es seguro que llegue a casa para enchufarse a la televisión, e incluso si prende la televisión, no es seguro que le preste toda su atención. Nuestros patrones de consumo han cambiado de manera que ya no se ajustan fácilmente a una grilla de programación.

El otro problema que ha empezado a aparecer es que la experiencia del mundo digital ha cambiado nuestra expectativa de granularidad respecto al contenido televisivo. David Weinberger habla mucho sobre cómo cambia la granularidad de un medio en su último libro, Too Big To Know: las unidades mínimas de significado que consumimos han cambiado en los últimos años porque la web ha flexibilizado nuestros mecanismos de distribución de información. Antes estábamos prácticamente limitados al libro como unidad granular de información, pero en la web podemos circular capítulos, artículos, incluso breves blog posts, sin tener que construir todo un libro. Algo similar ocurre con la música: la granularidad durante mucho tiempo estuvo marcada por el álbum, pero cuando tenemos modelos como iTunes encontramos que la granularidad mínima empieza ser, más bien, la canción.

(Alguien saldrá aquí a decir que “no es lo mismo”. No pues, no es lo mismo, pero decir que el Dark Side of the Moon sólo funciona como álbum no es un buen contraargumento, porque no todos los álbumes son el DSOTM ni nada parecido: son 2 o 3 canciones buenas con 9 o 10 de relleno para poder justificar vender un disco completo. El argumento no es que la forma ampliada no tenga sentido, sino que por las limitaciones del formato físico nos hemos visto forzados a ajustarnos a esa forma ampliada como la mínima granularidad.)

Tenían que pasar varias cosas para que percibiéramos un cambio similar con la televisión. Necesitábamos la experiencia de ver programas en DVD, sin interrupciones comerciales y según el esquema que nos diera la gana. Necesitábamos la experiencia del DVR (digital video recorder) como el TiVo que liberaba la programación por appointment a una programación on-demand. Necesitábamos la experiencia de YouTube para probar que se podía construir una interfase de usuario y una experiencia de calidad en torno al video en la web. Y necesitábamos mucho, mucho ancho de banda.

El canal de televisión ya no establece la granularidad del contenido televisivo, ni lo hace la grilla de programación. La serie ha trascendido la televisión. Las posibilidades de lo que se puede hacer con el contenido hoy se ven limitadas por el formato televisivo de programación. En mi experiencia personal, me resulta prácticamente imposible seguir una serie en la televisión. Nunca sé en qué días da, y mi horario no es lo suficientemente constante como para engancharme en un mismo compromiso semana a semana. Y, lo peor, es que cuando muchas veces lo logro, encuentro que no es el capítulo que me toca ver, sino uno repetido de semanas atrás. Y, por supuesto: comerciales inútiles y relleno que no me sirve para nada. (En serio, Universal Channel, tus microprogramas son bazofia que me hace dudar de la capacidad mental de sus realizadores. ¿Y encima repetirlos todo el día, toda la semana, todo el mes? ¿En serio?)

Al mismo tiempo, el contenido se ha visto obligado a volverse más sofisticado para poder sobrevivir en el ecosistema mediático. Las series de televisión que uno puede encontrar ahora son sumamente complejas: empezando por Lost, que ha marcado la pauta en los últimos años, pero pasando luego a otras como Breaking Bad, Dexter, Community, Mad Men, The Walking Dead, How I Met Your Mother, Heroes, House, Game of Thrones, entre muchas, muchas otras. Estas son series que no se pueden “ver de vez en cuando”, sino que tienen que seguirse para poder abarcarse por completo. Eso es algo que no se puede conseguir con un compromiso semanal.

Menos aún cuando empiezan a aparecer las opciones on-demand: Netflix, iTunes, Cuevana (cuando funcionaba), incluso BitTorrent, todas estas opciones ofrecen, más o menos cerca de lo legal, alternativas para poder consumir contenidos televisivos sin estar apresado por el esquema mental del modelo de distribución de la televisión. El modelo on-demand niega el subsidio cruzado de atención que significa ver televisión tradicional: a cambio de ver la programación que quiero ver, tengo que dedicarle atención a contenido que no quiero ver. En parte, son capaces de conseguir esto porque el consumidor real, en estos modelos, es el espectador, quien decide finalmente qué ve y si vale la pena pagar por eso. En el modelo del appointment viewing, el espectador es el producto entregado a los anunciantes.

Quizás el último bastión que queda firmemente en posesión del modelo tradicional es la transmisión en vivo, pero incluso eso ya se está perdiendo poco a poco. La transmisión de noticias y la transmisión de acontecimientos en vivo están poco a poco encontrando que también tienen más que ganas cuando no están sujetas a los controles establecidos por los programadores y los operadores de cable.

Una sutileza final. Todo esto tiene un trasfondo político, y hasta dos, en realidad. El primero es que no conseguimos un mejor modelo porque el modelo existente lucha en todos los frentes posibles por asegurar su propia supervivencia. Eso ya lo sabíamos y los odiamos por eso. Buuu modelo, buuu.

El segundo es que esto puede bien ser visto como una negociación de poder: sobre todo con un medio tan poderoso como la televisión, la discusión sobre dónde recae el poder para escoger la programación no está desprovista de carga política. El modelo de appointment viewing claramente establece que los programadores deciden qué ven los espectadores y cuándo lo ven, y eso refleja una estructura política clara. El modelo on-demand, en cambio, entrega ese poder al espectador, que deja en ese momento de ser “solamente” un consumidor. Parece una trivialidad, pero no creo que lo sea si observamos que lo que nos ocurre dentro de estas experiencias mediáticas inevitablemente influye en lo que ocurre en todas nuestras otras experiencias.

¿Por qué Quora funciona?

Sí, ya sé que Pinterest se ha convertido en la tercera red social más importante en nada de tiempo, y que Instagram fue adquirido ayer por Facebook nada menos que por mil millones de dólares. Sé que debería interesarme, no tanto por una obligación moral, sino simplemente porque es el tipo de nuevas experiencias que me interesan y sobre las que suelo comentar. Pero no lo logro. Creo que es la prueba irrefutable de que me estoy volviendo viejo.

Me resulta mucho más interesante Quora, un servicio que llamó mucho la atención hace unos meses pero parece haberse calmado luego de eso. Quora es un servicio de preguntas y respuestas – uno puede hacer preguntas y otros usuarios pueden responderlas, o uno puede responder las preguntas de otros usuarios. Así de simple. Las preguntas están categorizadas bajo una cantidad infinita de etiquetas que uno puede seguir, así como puede seguir también a otros usuarios o seguir simplemente las respuestas a una pregunta específica.

Lo más importante que consiguió Quora es no convertirse en Yahoo! Answers, que como Mos Eisley es básicamente uno de los lugares menos recomendables del universo. Y lo más interesante que es ha conseguido armar una red de gente realmente interesante contribuyendo respuestas realmente relevantes – a menudo llegan a ser artículos completos, llenos de referencias y enlaces a recursos adicionales. Gracias a un simple sistema de moderación, los usuarios pueden subirle o bajarle el nivel a las respuestas que consideran interesantes, lo cual consigue que las mejores respuestas se alcen por encima de las demás. No es raro encontrar respuestas escritas por los propios protagonistas involucrados con la pregunta – preguntar por el New York Times, por ejemplo, y que respondan reporteros que trabajan ahí, o preguntar por qué se siente trabajar en la Casa Blanca que recibir respuestas de ex-staffers que estuvieron ahí con bastante detalle.

No termino de entender, sin embargo, por qué funciona. Ni entiendo bien por qué la gente hace las preguntas que hace (no que las tengan, sino por qué las exteriorizan cuando son, frecuentemente, esotéricas). Pero sobre todo me llama la atención que reciban respuestas, y sobre todo de las personas que las responden. Mi mejor hipótesis es que Quora es un mercado donde la principal moneda es el status y la autoridad, y por mucho que uno ya tenga tanto el status como la autoridad, responder las preguntas que encuentra que lo atañen a uno personalmente es un mecanismo para afianzar ambas cosas de manera pública. El trade-off es entre tiempo y atención a cambio de reconocimiento de la comunidad de usuarios de Quora, que a su vez es una comunidad de alto valor.

Es un gran recurso para informarse rápidamente sobre un tema, no a nivel de profundidad (lo que uno conseguiría, por ejemplo, leyendo un artículo de Wikipedia para entender qué es algo) sino a nivel de “estado de la cuestión”: ¿Cuáles son las preguntas y discusiones relevantes sobre un tema en particular? ¿Cómo sé si mis preguntas son relevantes o interesantes? Y así sucesivamente.

No sé si Quora sea más interesante que Pinterest o Instagram, aunque ciertamente es menos popular. Pero los incentivos para los usuarios en Pinterest e Instagram me parecen más claros porque su experiencia de usuario gira en torno a simplificar las transacciones lo más posible – “Pin It”, o eliminar obstáculos para tomar y compartir fotos. Pero Quora en realidad los incrementa, porque el incentivo es hacia generar respuestas más elaboradas y sofisticadas, sin una contraprestación claramente establecida. Y aún así, cada vez que puedo tengo una pestaña abierta con Quora para orientarme hacia las preguntas relevantes del momento. Lo sé, me estoy volviendo viejo.

(Hay un subtexto aquí que se podría elaborar, pero que honestamente no lo tengo claro, respecto al valor de plataformas como Pinterest e Instagram, y es difícil formularlo sin saltar directamente a juicios de valor. ¿Por qué estas plataformas son interesantes? A primera vista parecería que son interesantes porque son interesantes, una especie de círculo que se ha ido retroalimentando hasta alcanzar mil millones de dólares. Pero más allá de eso, no me queda claro cómo representan experiencias mediáticas innovadoras o contribuciones tecnológicas interesantes. Lo mismo, claro, se ha dicho sobre Facebook, pero Facebook es interesante por muchas razones: por sus consecuencias sobre nuestra expresión social de la identidad, por su capacidad para convertirse en un servicio que alcanza 800 millones de usuarios y por las innovaciones que ha generado para poder mantener eso, por ejemplo. Facebook resuelve un problema que no sabíamos que teníamos – como lo hizo también el iPad. Pero no me queda claro cómo lo hacen Pinterest o Instagram o el valor que contribuyen, y es una pregunta que no me parece menor a la luz de los problemas mayores o menores a los que estamos dedicando nuestros mejores recursos tecnológicos. En fin, queda entre paréntesis, hasta que pueda pensarlo mejor.)

El “bleeding effect”, 2: mensajes encriptados y capas de significado

Una idea más sobre el concepto del “bleeding effect”: siguiendo con la analogía de Assassin’s Creed, hay otro elemento interesante en el juego llamado “eagle vision“, o “visión de águila”, donde el protagonista usa una habilidad especial que le permite ver “más allá de lo evidente” e identificar amigos, enemigos, objetos de interés a su alrededor, etc. En otras palabras, es una habilidad que le permite identificar una capa de significado adicional por encima de la realidad que lo rodea (que es, por supuesto, parte misma de la realidad).

Esto es algo similar, digamos, a lo que le ocurría a Neo en The Matrix cuando empezaba a ver la realidad como configuraciones de código, que además podía modificar a su voluntad. Conforme aprendemos nuevas cosas, nuevos lenguajes, nuevas gramáticas, adquirimos capas adicionales de significado que nos permiten identificar mensajes encriptados en la realidad misma, que estuvieron ahí todo el tiempo pero que sólo podemos decodificar si tenemos acceso al conocimiento apropiado. Esto es, en cierto modo, una manifestación más de lo que sería el bleeding effect, en el sentido de que habilidades adquiridas en un espacio o en una plataforma “sangran” o “chorrean” hacia otros ámbitos de la realidad.

Un ejemplo donde esto resulta bastante claro es con el uso de los hashtags en Twitter. Los hashtags son identificadores textuales que permiten vincular twits independientes y dispersos dentro de una sola discusión utilizando una etiqueta descriptiva (de la forma #etiqueta). Se popularizaron originalmente en Twitter donde permitían hilar discusiones dentro de una plataforma que está permanentemente dispersa, generando hilos conductores. Pero su uso ha trascendido fuera de Twitter, primero que nada apareciendo naturalmente en otras plataformas: no es raro, por ejemplo, encontrar gente utilizando hashtags en Facebook, donde técnicamente no sirven para mucho (Twitter convierte los hashtags en enlaces a una búsqueda por otras menciones del mismo hashtag, pero en Facebook aparecen sólo como texto). Porque son sólo texto, el uso de un hashtag no se puede evitar, y para un usuario que no sabe lo que son aparecen simplemente como una curiosidad indeterminada. Pero para cualquiera que haya usado Twitter, el uso del hashtag es un marcador de que hay un hilo conductor que vincula ese elemento individual con otros, y también que la persona que lo usa, muy probablemente, un usuario de Twitter.

El uso del hashtag ha trascendido incluso fuera de espacios virtuales: no es raro encontrar en la transmisión de programas de televisión el uso de un hashtag oficial que se muestra durante la emisión del programa, como indicando dónde está ocurriendo la discusión en vivo de lo que está pasando (aquellos que manejan el “código secreto” tienen la opción de acceder a todo un nuevo nivel de disfrute de lo que está pasando, invisible a los demás). Hace unas semanas, además, el diario español El País usó un hashtag como titular de una noticia de primera plana sobre los #nimileuristas. Y en la actualidad, casi cualquier evento en vivo, conferencia, congreso, seminario, etc., tiene un hastag activo permanentemente en el cual los participantes comparten preguntas, ideas, comentarios, o críticas, creando un canal subterráneo (un “backchannel“) donde se puede tener otro tipo de interacciones. Todo esto es un poco como el eagle vision de Assassin’s Creed: si se tiene la habilidad se puede reconocer esta capa adicional de significado y aumentar la experiencia (realidad aumentada), y si no, pues la persona quizás no reconozca que haya algo que reconocer.

Difícilmente es esto algo singular o exclusivo a las gramáticas de la tecnología, sino que es en realidad propio de cualquier lenguaje: si paseo por un aeropuerto en Frankfurt sin saber alemán, hay toda una capa de significados que me es invisible por no conocer la clave de decodificación. Asimismo, si no sé leer y escribir, este mismo post es sólo una serie de líneas y glifos raros en una pantalla, pero no se convierten en significado. De modo que incluso estas capas se superponen unas sobre otras y se requieren entre sí, en muchos casos. La gran diferencia, o lo interesante en este caso en particular, es quizás cómo ahora que tenemos una mayor diversidad de soportes y plataformas y que nuestras maquinitas meméticas están operando al 110%, este fenómeno se vuelve tanto más evidente. En otras palabras: no digo que pensar en el hashtag signifique dejar de pensar en la alfabetización, pero sí que cuando diseñamos estas plataformas, cuando educamos y cuando incentivamos la participación, hay gramáticas que sin ser intrínsecamente exclusivas no son automáticamente accesibles ni intuitivas. Las capas de significado a la que cada uno de nosotros tiene acceso para identificar varía de individuo a individuo en función a intereses, geografía, historia personal, etc. Pero algunas combinaciones se correlacionan en mayor medida con algunas dimensiones de la realidad: por ejemplo, cada vez más la capa para identificar, entender y utilizar código de programación se vuelve importante para el vínculo con la información, el conocimiento y en última instancia el ejercicio efectivo de la ciudadanía, como una capa que está “sangrando” o “chorreando” cada vez más intensamente, pero a la que no todos tenemos acceso por igual.

El “bleeding effect”, o sobre la conexión entre lo real y lo virtual

SPOILER ALERT: Si no has terminado Assassin’s Creed 2, el siguiente post puede contener spoilers importantes.

Estoy jugando con una idea últimamente que me ha interesado mucho, a partir de un concepto introducido en la serie de videojuegos Assassin’s Creed: en el Assassin’s Creed 2 la trama desarrolla el concepto del “bleeding effect”, traducible como “efecto de sangrado”, para explicar algunas de las visiones que el protagonista, Desmond Miles, empieza a tener a medida que pasa más tiempo interactuando con el Animus, una simulación de realidad virtual en la que Desmond revive las memorias de sus antepasados.

Pasar mucho tiempo en el Animus tiene consecuencias importantes: progresivamente, las habilidades que Desmond desarrolla dentro del Animus se vuelven disponibles fuera de él, y su capacidad para “conectarse” con las memorias de sus antepasados empieza a manifestarse en cualquier momento (como en el fragmento del juego en el video arriba). Esto se vuelve un problema porque empieza a serle difícil distinguir las visiones de la realidad, pero al mismo tiempo, es necesario para él porque es la única manera en que los asesinos pueden entrenarlo rápidamente y darle el conocimiento y habilidades que necesitan que tenga para que pueda ayudarlos.

Me parece que el bleeding effect es una gran metáfora para ilustrar la manera como los aprendizajes que tenemos en espacios virtuales y las habilidades que cultivamos son reutilizables fuera de los espacios en los que las aprendemos, como una especie de “sangrado” donde la separación entre lo virtual y lo real se diluye pero no desaparece. De hecho, distinguir entre virtual y real de por sí me parece incorrect: lo que hacemos en espacios virtuales no es ni falso ni es irreal, por lo cual quizás una mejor distinción sería entre virtual y físico, o entre virtual y presencial, para distinguir entre lo que ocurre “dentro” y lo que ocurre “fuera” de la máquina.

Es, por ejemplo, una gran manera de explorar cómo aprendemos con los videojuegos. Al jugar videojuegos, normalmente no hay un propósito de aprendizaje explícito (salvo en los casos de juegos educativos, claro), pero la mayoría de mecánicas de juego terminaran por acostumbrarnos a procesos mentales generales a todos los videojuegos y específicos al juego en particular. Es así, por ejemplo, que los videojuegos fortalecen nuestra capacidad para procedimientos de ensayo y error y para formular estrategias y tácticas, o como un first-person shooter puede desarrollar nuestra coordinación ojo-mano o nuestra ubicación espacial, o un juego de estrategia puede desarrollar nuestro razonamiento económico o nuestra capacidad de planificación. Que el juego nos haga realizar estos ejercicios mentales no quiere decir que explícitamente nos esté educando como solemos entenderlo, pero esos mismo procesos mentales siguen estando disponibles a nosotros cuando apagamos el juego, y el conocimiento y las habilidades exhiben este efecto de sangrado fuera del espacio virtual.

Y es también una metáfora para ilustrar como, progresivamente, espacios virtuales y espacios “reales”/físicos/presenciales terminan siendo indisociables entre sí, contra la suposición que aún esgrimen muchos de que uno “sale” del mundo real para “entrar” a Internet. Sobre todo conforme nuestros dispositivos son más portátiles y nos acompañan permanentemente, es cada vez menos útil distinguir entre dos maneras de ser o estar, sino que entre ambas dimensiones se tiende una continuidad. Cuando hago un check-in en Foursquare, y ese check-in está conectado a una oferta en un restaurante, o me sirve para encontrarme con un amigo que está cerca, es también una manifestación de lo virtual “sangrando” o “chorreando” sobre lo “real”.

El bleeding effect es un concepto muy poderoso, y creo que se puede sacar mucho de utilizarlo como metáfora para ilustrar cómo aprendemos en espacios virtuales y qué significan esos aprendizajes. Por ahora tengo sólo estas ideas preliminares, pero espero poder ampliarlas un poco más pronto – sobre todo conforme vaya jugando los títulos que me faltan en la serie Assassin’s Creed.

Dos novedades bibliográficas

Estoy a punto de hacer dos adiciones importantes a mi ya de por sí descontrolada lista de lecturas pendientes. Se trata de los nuevos libros de dos autores que aparecieron antes en mi lista de “Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información“, así que tengo expectativas muy altas respecto a sus nuevos trabajos.

The Penguin and the Leviathan: How Cooperation Triumphs Over Self-Interest, de Yochai Benkler

Yochai Benkler es un maestro. Su libro anterior tuvo la osadía de titularse La riqueza de las redes (The Wealth of Networks), y definitivamente me parece que es un libro demasiado central para entender muchos de los fenómenos que observamos hoy día.

En TWON, Benkler elabora un análisis sumamente pormenorizado de lo que considera como la aparición de un nuevo modo de producción económica hecho posible por las características de la tecnología digital: la aparición de un modelo cooperativo-colaborativo donde individuos comparten libre y voluntariamente su propio tiempo y esfuerzo en la construcción de iniciativas mayores que ellos mismos, motivados nada más que por su propio interés. The Penguin and the Leviathan desarrolla aún más esa idea:

For centuries, we as a society have operated according to a very unflattering view of human nature: that, humans are universally and inherently selfish creatures. As a result, our most deeply entrenched social structures – our top-down business models, our punitive legal systems, our market-based approaches to everything from education reform to environmental regulation – have been built on the premise that humans are driven only by self interest, programmed to respond only to the invisible hand of the free markets or the iron fist of a controlling government.

In the last decade, however, this fallacy has finally begun to unravel, as hundreds of studies conducted across dozens of cultures have found that most people will act far more cooperatively than previously believed. Here, Harvard University Professor Yochai Benkler draws on cutting-edge findings from neuroscience, economics, sociology, evolutionary biology, political science, and a wealth of real world examples to debunk this long-held myth and reveal how we can harness the power of human cooperation to improve business processes, design smarter technology, reform our economic systems, maximize volunteer contributions to science, reduce crime, improve the efficacy of civic movements, and more.

Este concepto de Benkler sobre un “nuevo modo de producción” está explorado con sumo detalle en TWON, así que tengo altas expectativas sobre este nuevo libro. Los libros referidos a temas digitales suelen devaluarse bastante rápido, y aunque TWON es excepcional en que mantiene mucho de su valor para ser un libro ya del 2005, una actualización que observe casos más recientes promete ser muy interesante. Se conecta muy bien, además, y sirve como un sustento teórico muy bien documentado, para ideas que trabajan otros autores, particularmente Clay Shirky o Lawrence Lessig (de hecho, el libro Remix de Lessig bien puede leerse como una versión “simplificada” de TWON).

Bonus track: encontré también ahora un artículo de Benkler del 2002 en el Yale Law Journal, titulado “Coase’s Penguin, or, Linux and The Nature of the Firm“. (A Ronald Coase y su conocido artículo “The Nature of the Firm” me he referido antes para hablar de ética hacker y post-capitalismo).

Too Big to Know: Rethinking Knowledge Now That the Facts Aren’t the Facts, Experts Are Everywhere, and the Smartest Person in the Room Is the Room, de David Weinberger

El título del nuevo libro de Weinberger es tan largo que no entra en un twit, pero suena igualmente prometedor. Su libro anterior, Everything is Miscellaneous, nos confrontaba con el problema y la posibilidad del “desorden digital”: la opción novedosa que tenemos hoy de pensar en la manera como ordenamos la información desvinculada de las limitaciones físicas que tenemos para almacenar esa información. Aunque eso nos ofrece una cantidad de opciones prácticamente ilimitadas, tiene por lo mismo un efecto a su vez traumático en tanto trastoca todo el orden de categorías que utilizamos para manejar la realidad. Weinberger, filósofo de formación, elabora la idea de que este cambio informacional tiene implicancias ontológicas en la manera como pensamos y nos relacionamos con objetos, categorías, relaciones sociales, etc. (Escribí algo vinculado a este tema y el contexto del problema hace tres años.)

Gran parte de lo traumático, y eso es un poco lo que elabora Weinberger tanto en Everything… como Too Big To Know, es que tenemos que formular nuevas estrategias para lidiar con una cantidad abusiva de información que procesamos todos los días y con el trastocamiento de relaciones de poder, autoridad, legitimidad y confiabilidad que deviene de pasar de un ordenamiento físico a un ordenamiento virtual de la información. Pero Weinberger es el contrapeso para las posturas de autores como Nicholas Carr o Andrew Keen que creen que todo esto nos está haciendo más brutos o más superficiales. Para Weinberger la solución al problema de la sobrecarga de información es, en realidad, más información (o como lo ha puesto Shirky, no hay tal cosa como sobrecarga de información, sólo hay el colapso de nuestros filtros). Cory Doctorow dixit:

Weinberger presents us with a long, fascinating account of how knowledge itself changes in the age of the Internet — what it means to know something when there are millions and billions of “things” at your fingertips, when everyone who might disagree with you can find and rebut your assertions, and when the ability to be heard isn’t tightly bound to your credentials or public reputation for expertise.

Weinberger wants to reframe questions like “Is the Internet making us dumber?” or “Is the net making us smarter?” as less like “Is water heavier than air?” and more like “Will my favored political party win the election?” That is, the kind of question whose answer depends on what you, personally, do to make the answer come true.

Bonus track: en una línea parecida, otro libro que descubrí recientemente y que está en mi lista de lectura es Knowing Knowledge de George Siemens, al que llegué a través de otro libro recomendado, The Digital Scholar: How Technology Is Transforming Scholarly Practice de Martin Weller (EDLJ ha estado compartiendo algunos apuntes sobre The Digital Scholar en el blog de Apócriphos, donde se ha vuelto referencia central para el trabajo que estamos construyendo allí).

Ciudadanía mediática y generación de impacto

(O cómo impactar algo tan grande como el Grupo El Comercio.)

Hoy día vi que rebotaba repetidamente en Facebook el enlace a una página, “Cruzada para no comprar El Comercio ni Perú 21“. La página se describe a sí misma en estos términos:

Este es un acto simbólico de rechazo a la amenaza de la libertad de expresión que representan el Grupo El Comercio y sus medios de información.

Ahora, todo bien con la iniciativa. En las semanas que estuve en Lima recientemente pude, una vez más, corroborar que el Grupo El Comercio está quizás en su momento más nefasto. El conglomerado mediático más grande e “influyente” del país asusta porque es como una figura sombría indeterminable, cuya verdadera extensión nos elude cotidianamente.

Pero un acto simbólico que consista en no comprar El Comercio o Perú 21, realmente no genera mayor trascendencia. Al momento de escribir esto, la página tiene 3,931 seguidores – es decir que, asumiendo que efectivamente 3,931 personas dejen de comprar El Comercio o Perú 21, el impacto real contra ventas diarias de 201,200 (sumando los promedios diarios de venta para ambos periódicos durante el primer semestre del 2011, según la SEPP – nota aparte, qué difícil que fue finalmente encontrar este dato) es ínfimo. Al final, la iniciativa termina sirviendo más para reafirmar las creencias de los que participan en el “acto simbólico” que para conseguir un impacto real en la economía o la dirección de los periódicos del Grupo El Comercio – algo reforzado, además, porque ni siquiera se menciona la principal publicación del grupo, el diario Trome, cuyo promedio de venta diario, según la misma fuente, es de 419,698 ejemplares. En otras palabras: unirse a dicha cruzada es un acto efectivamente simbólico, tanto en el gesto como en los posibles resultados que puede conseguir.

Mi intención, sin embargo, no es venir a derrochar pesimismo o a abogar por el “mejor no hacemos nada” – simplemente trato de echar luz sobre lo que poco que pensamos respecto al impacto que queremos conseguir con una iniciativa, y en cuáles son los mejores medios para conseguir ese impacto. En el caso del Grupo El Comercio, conseguir ese impacto también pasa por “tangibilizar” la inmaterialidad del grupo completo: llevar al ciudadano de a pie el conocimiento de que no se trata sólo del diario El Comercio y Perú 21, o a lo más Canal N, sino que el universo involucrado es mucho más grande y complejo. Según su propia página web, el Grupo El Comercio contempla todas las siguientes unidades:

De modo que es un aparato bastante complejo donde el propio diario El Comercio es apenas la cara visible. Esto pone un poco en contexto lo que 3,931 lectores menos significan para el Grupo El Comercio – pero también revela que, incluso sin comprar ninguno de los diarios involucrados en la cruzada, uno podría estar aún, sin saberlo, dándole dinero al Grupo a través de cualquiera de sus subsidiarias.

Entonces, asumamos que el objetivo último es generar un impacto sobre las finanzas de la Empresa Editoria El Comercio S.A. – nombre legal de la mayor parte del grupo – para que abandonen ciertas prácticas mediáticas condenables (como el despido de los periodistas que no se ajustan a los intereses no declarados del Grupo) o por lo menos sinceren su discurso y reconozcan públicamente ciertos apoyos y preferencias. Claramente, una cruzada para dejar de comprar El Comercio y Perú 21 no será el camino, y de hecho, los diarios quizás ni siquiera sean el mejor camino. Información relativamente reciente de las actividades de negocios de la empresa se puede encontrar en la información que están obligados a entregar a la Bolsa de Valores de Lima para poder cotizar públicamente: allí se pueden encontrar las Memorias Anuales hasta la del 2010, y estados financieros actualizados hasta el 2011 para los más avezados en meterse en los números.

Finalmente, aunque la venta de impresos es parte importante de los negocios del grupo, en realidad, como en casi todos los diarios, la venta del periódico mismo es sólo un canal para entregar publicidad empaquetada a los lectores. Es la venta de publicidad la que mantiene funcionando a cualquier periódico (la misma que ha subido año tras año tanto para El Comercio como para Perú 21). Y es, por lo mismo, su fuente de vida más importante.

De modo que un ejercicio potencialmente más interesante sería quizás el siguiente: mañana, domingo, compra El Comercio. La edición dominical tiene el doble de tamaño y por lo mismo el doble de publicidad. Recorre la edición y fíjate en los anuncios publicitarios, y presta especial atención a aquellos anuncios de marcas que consumes. Presta doble atención especial a los anuncios de marcas que has consumido por mucho tiempo y consumes regularmente. Toma nota de estas marcas en dos columnas. Cuando hayas terminado, todavía falta un poco de tarea: googlea un poco cada marca, y busca la información de los gerentes o encargados de marketing de cada una de ellas. Con esa información, escribe una carta que enviarás a cada una de estas personas. En ellas, indica que eres consumidor de la marca (o consumidor desde hace X años, o fiel seguidor, o lo más adecuado), que la disfrutas y esperas seguir consumiéndola. Pero que notaste que en la edición del domingo de El Comercio, publicaron un anuncio… Expresa tu frustración y decepción ante este auspicio, dadas las prácticas que ha adoptado el periódico en los últimos meses – de preferencia, sé específico, pues es muy probable que la persona que lo lea no tenga la mima percepción que tú. Sé específico, sé muy claro, y sobre todo, sé amigable y atento. Y concluye diciendo que a pesar de que disfrutas mucho la marca, si continúan auspiciando indirectamente ese tipo de prácticas, no tendrás otra alternativa que empezar a consumir otra (y por supuesto, que estás compartiendo esta información con tu familia y tus amigos). Imprime cada carta (o al menos algunas de ellas) y envíalas vía Serpost a las direcciones que hayas identificado previamente.

No puedo garantizar que esto vaya a conseguir directamente algo. Pero sí ocurre que, por el hecho de que implica una inversión de tiempo mayor, es más posible que alguien lo tome en serio. Así como también es posible que, si esto realmente se volviera una cruzada o una iniciativa medianamente masiva, entonces los anunciantes se vean obligados a realmente prestar atención antes que correrse el riesgo de ver sus propias ventas disminuidas por las acciones de uno de sus auspiciados. Y si esa presión, más fácil de realizar, se empieza a sentir, se convierte en una presión mucho más real sobre el medio mismo. Los auspiciadores suelen pasar bajo el radar en este tipo de cosas, pero lo cierto es que indirectamente están auspiciando también prácticas y conductas mediáticas – y como consumidores, tenemos cierto grado de injerencia en la manera como las marcas hacen las cosas.

Éste es un tipo de táctica que se usa mucho en Estados Unidos o Europa, donde hay un orden de institucionalidad mucho más establecido. Pero debidamente coordinado, no veo por qué no podría tener resultados también en nuestro medio. No tiene ninguna garantía, y es más difícil conseguir gente para comerse el roche completo, pero es aquí cuando uno empieza a pensar realmente en términos de impacto y en términos de cambiar la conducta de las personas, las organizaciones y las instituciones: cuando lo simbólico consigue ser no solamente simbólico, sino volverse fáctico y efectivo.