Retrato del filósofo como hacker

Como comenté hace unos días, el jueves estaré haciendo una presentación en el coloquio Redes de la Filosofía en la PUCP (mi mesa es a las 3pm junto con Roberto Bustamante, justo antes de la conferencia de Pierre Lévy a la 5pm sobre rizomas algorítmicos).

He venido jugando con varias ideas sobre lo que quiero presentar, y he intentado combinarlas en este texto base a partir del cual quiero hacer mi presentación. Quiero compartirlo anticipadamente por si (1) tienen algún comentario, crítica o feedback que sea bueno incorporar, (2) no pueden asistir (o no están seguros y esto los puede animar/desanimar), o (3) quieren ir agregando temas que se desprendan de aquí como para la discusión en el evento. Cualquier comentario es bienvenido, y tengan en cuenta que, como suele ser el caso, todo esto son ideas en desarrollo.

Arquitecturas intangibles

“Internet” no es algo por sí mismo, sino que es una colección de algos que es más que la suma de sus partes: hecho posible por la invención del protocolo IP (Internet Protocol), Internet hizo posible que diferentes redes pudieran comunicarse entre sí e intercambiar información, incluso en aquellos casos en los que sus arquitecturas eran fundamentalmente diferentes. Lo que hizo fue crear una lingua franca a partir de la cual diferentes infraestructuras podían efectivamente comportarse como una sola, con la capacidad de conectar y desconectar nuevos nodos sin afectar la integridad del conjunto.

Cuando hablamos de Internet, estamos hablando de múltiples capas de abstracción que se ven oscurecidas y opacadas por la más visible de ellas, que es la WWW, porque es la que utilizamos cotidianamente para casi todos los propósitos. El usuario no tiene por qué ser consciente de ni entender todo el sustrato de capas y capas lógicas y físicas que existen detrás de estas abstracciones, pero cuando hacemos crítica tecnológica o queremos evaluar y entender la manera cómo la tecnología afecta procesos sociales esto sí se vuelve importante porque todas estas capas apiladas están afectadas por el concepto de “inheritance”, o herencia: las decisiones tomadas en las capas inferiores, los supuestos realizados y los affordances incorporados al diseño, afectan a todas las construcciones que realizamos en las capas superiores. Todas nuestras manifestaciones expresivas realizadas en medios computacionales, están inevitablemente estructuradas y limitadas por las posibilidades del medio computacional: esto a pesar de que intuitivamente nos parece lo contrario, de que el medio computacional o digital permite un poder expresivo infinito e ilimitado. Las redes de información digitales están configuradas por sus protocolos y sus aplicaciones, que a su vez están configurados por sus sistemas operativos y sus lenguajes de programación, que a su vez están configurados por la capa material con la cual estos lenguajes interactúan para genererar operaciones electrónicas cuya naturaleza semántica emerge a partir de la repetición masiva de millones de instrucciones aritméticas simples por segundo.

Todo esto lo digo porque es fácil que perdamos de vista algunas cosas que dejan de ser obvias o aparentes cuando queremos estudiar la manera en la cual, por ejemplo, hacemos filosofía en el medio digital, porque pasamos a concentrarnos más en la capa de lo inmediatamente tangible – comprensible pero, por todo lo que acabo de señalar, engañoso. Con esto no quiero decir ninguna de las siguientes dos cosas: que sea necesario un entendimiento profundo de las capas inferiores (p.ej. entender la definición de un protocolo o conocer un lenguaje de programación en detalle) para poder intentar analizar las maneras en las que operan o afectan a las demás capas; o que el análisis de lo tecnológico signifique un viaje a la semilla en busca de una causa primera o un primer motor inmóvil. Sí creo, en cambio, que son verdaderas las dos siguientes premisas:

  • Que es necesario el entendimiento de que estas múltiples capas existen y se afectan mutuamente, y que la configuración de capas inferiores afecta la configuración de capas superiores.
  • Que el conjunto de prácticas sociales y supuestos conceptuales bajo los cuales se configuraron las capas inferiores, son heredadas parcialmente por las capas superiores y afectan el conjunto de prácticas y supuestos que allí se realizan.

Hago esta prolongada introducción porque a partir de aquí quiero argumentar, o por lo menos provocar, tres posibles líneas de discusión:

  1. La primera es la posibilidad de una lectura filosófica realizada en y sobre la tecnología que tiene una forma similar a la práctica tecnológica estructurada por la ética hacker, y que sin embargo no es nueva en la historia de la filosofía en su conjunto.
  2. La segunda es la necesidad de una lectura filosófica que informe y contexualice la práctica tecnológica, y haga evidentes los supuestos que orientan las decisiones que afectan la manera en la que hacemos tecnología. Dicho de otro modo, la necesidad de brindarle al hacker los elementos para que él o ella puedan ser, a su propia manera, filósofos, o reflexivos respecto a su propia práctica.
  3. La tercera es la oportunidad de razonar, por analogía, a partir del análisis de sistemas abstractos que son claramente mapeables, hacia sistemas concretos que son menos transparentes y accesibles al análisis. En concreto, quiero utilizar la idea de que la capacidad de navegar redes de información afecta procesos sociales como la movilidad social o la capacidad de salir de la pobreza de maneras que aún no hemos explorado del todo.

Del filósofo como hacker

Es pertinente empezar esta sección afirmando que no estoy intentando aquí trazar un modelo normativo para la práctica filosófica – no creo que sea esto un deber-ser de cómo los filósofos deberían hacer su trabajo. Ni estoy aquí intentando realizar una reconstrucción retrospectiva de la filosofía misma, como intentando decir “esto es lo que la filosofía siempre ha sido pero nunca nos dimos cuenta”. Por eso tomo la precaución de referirme a la práctica filosófica, es decir, a la manera como los filósofos individual o colectivamente hacen filosofía en casos concretos, y la manera como se ve modificada al realizarse en y a través de entornos computacionales y digitales. En otras palabras, la filosofía en las redes.

A fines del 2011 publicamos con EDLJ un pequeño artículo en la revista Páginas donde describíamos los cambios materiales por los estaba pasando la práctica filosófica y de las Humanidades en general. Nuestra descripción en ese caso fue casi estrictamente operativa, hablando de maneras específicas en las cuales un investigador podría aprovechar nuevas herramientas digitales para ampliar o difundir su trabajo de maneras creativas. Pero en el contexto de ese artículo no abordamos la cuestión más de fondo, de cómo utilizar esas herramientas afecta no solamente las condiciones de producción, sino también las condiciones de lo producido: cuando hacemos teoría en y sobre la tecnología, ¿cuáles son las condiciones diferentes, singulares de esa teoría?

Intenté responder a esa pregunta con el programa de la teoría mínimamente viable, y en particular, con las nuevas condiciones en las cuales nos vemos en la necesidad de formular modelos teóricos, especialmente cuando ellos se refieren a lo tecnológico:

[H]oy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.

Lo sugerente es como en este caso, empezamos a imaginar una forma de práctica filosófica que es a su vez estructuralmente similar al tipo de prácticas mismas que intenta estudiar. La ética hacker y los principios de la cultura hacker se vuelven entonces un interesante modelo a seguir para modelar una práctica filosófica propia del medio digital. Podemos tomar, por ejemplo, los principios de la actitud hacker descritos por Eric S. Raymond en su ensayo clásico, “How To Become a Hacker“:

  1. El mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos.
  2. Ningún problema debería tener que ser resuelto más de una vez.
  3. El aburrimiento y el trabajo rutinario son malignos.
  4. La libertad es buena.
  5. Tener actitud no es sustituto para ser competente.

De estos principios podemos hacernos la idea de que la práctica del hacker está principalmente orientada por la curiosidad para entender cómo es que funcionan diferentes tipos de sistemas, y cómo es que podemos hacerlos mejores. Es una ética gobernada meritocráticamente por comunidades de individuos vinculados más o menos flexiblemente, a través de espacios distribuidos, conectados por tecnologías digitales de la información. Es el tipo de organización social emergente hecha posible por la tecnología digital que rompe con nuestros supuestos tradicionales sobre cómo podemos y debemos organizarnos para cumplir con objetivos comunes (ruptura o confrontación descrita por Yochai Benkler desde su artículo, “Coase’s Penguin, or Linux and the Nature of the Firm“).

La actitud del hacker asume un mundo llenos de problemas esperando ser resueltos, pero a pesar de su profunda vinculación con lo tecnológico, no hay nada en esa actitud que indique que, intrínsecamente, esos problemas deben ser de naturaleza tecnológica. Es decir, no todos los problemas “hackeables” tienen que ser problemas de código, sino que es más bien la disposición con la que se abordan los problemas lo que distingue al hacker. Lo cual deja abierta la puerta a que la filosofía misma pueda entenderse como una forma de hackeo, y quizás por lo mismo, como una forma de realizar la práctica filosófica que más fácilmente consigue aproximarse a la comprensión de lo tecnológico.

¿Cómo se configura ese tipo de comprensión? Quizás podemos encontrar más pistas si tomamos otro ensayo clásico de Raymond, “The Cathedral and the Bazaar“. En este ensayo, Raymond explica las diferencias entre dos enfoques hacia el desarrollo de software: por un lado, el desarrollo propietario/corporativo es aquel que se dedica a la construcción de “catedrales”: grandes sistemas complejos que requieren de todo un andamiaje organizacional complicado que genere el espacio que permita la creatividad. Por otro lado, el desarrollo del software libre se dedica a la construcción de “bazares”: en lugar de partir de la búsqueda de grandes estructuras, el software evoluciona a partir de la concatenación de pequeñas piezas que responden a preocupaciones puntuales, que al conectarse forman dependencias y permiten crear estructuras más grandes que la suma de sus partes. El enfoque de la catedral es la aplicación de la lógica industrial a la producción de un intangible como el software; en cambio, el enfoque del bazar es hecho posible por la aparición de tecnologías de la información que permiten que miles de desarrolladores puedan trabajar individualmente en problemas distribuidos colectivamente. Más que intentar decir que una forma sea superior a la otra, Raymond intenta señalar que claramente la segunda forma es novedosa y posible dadas nuestras condiciones actuales de producción.

La analogía es útil si queremos pensar en la forma que toma la práctica filosófica pensada como un ejercicio de hackeo: no una filosofía centrada en el diseño de “catedrales” o de grandes sistemas, sino una centrada en la emergencia de esos sistemas a partir de las conexiones que pueden trazarse entre múltiples piezas independientes. Allí, quizás, su innovación, aunque tenemos que tener suficiente conciencia histórica para reconocer que esto no es en términos generales novedoso en la historia de la filosofía: discursos en contra de la filosofía como sistema, o a favor de su imposibilidad, abundan desde mucho, mucho antes del siglo XX y la aparición de la tecnología digital y las redes de información. Aunque esto aparece como una innovación en el campo del desarrollo de software y aplicaciones informáticas, no lo es tanto desde el punto de vista de la práctica filosófica, pero con una particularidad significativa: la filosofía  como ejercicio del hacking, como constructora de “bazares” conceptuales, no niega ni se cierra a la posibilidad de que existan sistemas filosóficos. Sólo discute la naturaleza de esos sistemas: como edificios complicados articulados voluntariamente a priori, o como estructuras complejas cuyas propiedades, características y elementos emergen a posteriori a partir de la interacción de componentes simples. El sistema conceptual análogo al mundo digital e informatizado es un sistema dinámico, extensible, computacional e histórico: es, entonces, una red.

Del hacker como filósofo

Creo que es importante prestar también atención al otro lado de la moneda. He intentado responder escuetamente a la pregunta, ¿qué forma toma una práctica filosófica configurada por las tecnologías digitales de la información? Quiero ahora intentar algo similar para la pregunta, ¿cómo puede una práctica filosófica así configurada influir sobre el desarrollo de la tecnología misma?

La filosofía no ha tenido mucho que decir sobre esto, o en aquellos casos donde lo ha hecho, ha conseguido más bien empujar este tema hacia la periferia o hacia otros ámbitos disciplinarios. Más aún, en muchos casos es fácil encontrar también discursos filosóficos sobre la tecnología que se distinguen por lo distanciados que están de la práctica tecnológica misma – que no se esfuerzan por entender sus particularidades, por manejar sus lenguajes o considerar su propia lógica interna. Esto ha resultado en un doble proceso preocupante: por un lado, que el desarrollo tecnológico preste poca atención al discurso filosófico que suele realizarse sobre él, y por otro lado, que este mismo desarrollo preste atención a otras fuentes conceptuales de manera poco crítica o informada.

Los diseñadores y desarrolladores de nuevas tecnologías van a seguir haciendo aquello que saben hacer más allá de que la filosofía les diga si lo que hacen está bien o mal, o si resulta más o menos deseable, o lo que fuera. El problema es que en muchos de estos casos, muchas muy buenas ideas terminan resultando inefectivas al ser implementadas porque no tomaron en consideración el contexto en el cual iban a ser aplicadas y sus posibles implicaciones, o en casos peores terminan generando un impacto negativo respecto al esperado. Aunque escapa al alcance de las herramientas de la filosofía realizar este tipo de evaluaciones e informar el diseño de nuevas tecnologías a partir de sus usos y aplicaciones, sí está dentro de sus posibilidades formular y promover una lógica mejor informada respecto a las complejidades de lo tecnológico y las múltiples capas de significado que participan de su diseño, implementación y uso. En otras palabras: la filosofía no puede decirte por qué una tecnología en particular es o no adecuada para un contexto determinada, pero sí puede decirte que la respuesta a esa pregunta no es contingente a las características de la tecnología misma.

De lo cual se desprende, me parece, el sentido que adopta el generar una red conceptual articulada en torno a la tecnología, que conozca sus lógicas internas y pueda brindar una perspectiva que no resulte ingenua ni desactualizada: un sistema de “crítica tecnológica” que, en el sentido clásico de la crítica kantiana, permita identificar los límites y parámetros dentro de los cuales opera nuestra mentalidad tecnológica – incluso en aquellos casos donde una tecnología pretende ampliar y modificar esa misma mentalidad. La filosofía tiene la capacidad para formular un conjunto de preguntas y conceptos que puedan a su vez ser reutilizados por el hacker al reflexionar sobre sus propias creaciones y modificaciones, sobre sus propias prácticas y sobre las dinámicas de su propia comunidad creativa.

De lo que no se trata, es de utilizar herramientas y conceptos filosóficos para decirle al hacker cómo es que debe hacer las cosas – algo en lo cual las ramas temáticas de la filosofía frecuentemente suelen incurrir, bajo un exceso de normatividad construida exteriormente. No sólo termina siendo un ejercicio inútil, sino que termina siendo hasta contraproducente, en la medida en que consigue que el discurso filosófico sea excluido de lo que podría ser de otra manera un diálogo mucho más interesante y construido colaborativamente. Y está dentro de la esfera de interés de la práctica filosófica (o al menos dentro de la de muchos de nosotros) construir este espacio de diálogo donde poder contribuir al desarrollo de una conciencia tecnológica mejor informada y menos ingenua por ambos lados: tanto por el lado de lo técnico como por el lado de lo conceptual.

Quizás una de las primeras tareas de este tipo de construcción de conciencia es identificar las maneras implícitas en las cuales este intercambio ya se ha venido dando. Hay una historia poco explorada de la participación de la filosofía en la tecnología digital de la información, que regresa hasta la manera en la cual el cartesianismo influyó a varios de los teóricos iniciales de la informática y la cibernética con nociones cercanas al dualismo, la relación entre la mente y el cuerpo y la figura del “fantasma dentro de la máquina”. A partir de allí, hay una línea de diálogo intermitente cuya manifestación quizás más interesante puede encontrarse en las conversaciones más recientes en torno a los límites y posibilidades de la inteligencia artificial, así como sus implicancias legales, éticas y políticas.

Conectados y desconectados

Quiero cerrar con una nota sobre por qué me parece importante todo lo anterior, y si la conexión entre una y otra cosa no termina resultando aparente, estaré especialmente agradecido de los comentarios que me puedan hacer para poder hacer las aclaraciones del caso.

Me parece importante ilustrar la importancia que tiene toda esta reflexión y metareflexión sobre cómo pensamos en la tecnología, cómo informamos su desarrollo y cómo utilizamos o podemos utilizar estas herramientas conceptuales en la navegación de redes de información cotidianas. En cierta manera (que espero no tener que elaborar aquí en detalle), aprender a navegar una red es como aprender un lenguaje, es decir es como aprender una forma de vida, y en cierta manera, toda forma de vida y todo lenguaje pueden representarse y entenderse como una red: sin puntos de ingreso privilegiados, y donde cada ruta de navegación es parcial y regional de un todo sobre el cual adquirimos competencia de navegación.

Puesto de otra manera: toda tecnología comprende un lenguaje y todo lenguaje es, a su vez, una forma tecnológica que nos permite domestica alguna región de la realidad o algún tipo de problema. Esto ciertamente amerita mayor elaboración (que puede encontrarse parcialmente en mi artículo sobre las gramáticas tecnológicas), pero para no hacer el argumento demasiado largo les pido que lo aceptemos temporalmente. Lo que esto nos permite es reconocer como tecnologías un conjunto considerablemente más grande de procesos, siguiendo una argumentación bastante mcluhaniana: bajo esta lógica, las ciudades pueden considerarse como tecnologías, como pueden también serlo los teléfonos, las autopistas, las pinturas medievales, los smartphones, etc. Nos encontramos aquí muy cerca del dominio de la ontología orientada a objetos, o de la teoría del actor-red.

Arthur C. Clarke acuñó la idea de que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, y esto podemos observarlo fácilmente en nuestras relaciones cotidianas con la mayoría de tecnologías: no necesitamos saber cómo es que el espectro electromagnético es manipulado para que la señal llegue de mi teléfono celular a la antena que representa la “celda” local que me conecta con la red de comunicaciones para poder hacer una llamada. Probablemente no queremos saber, como tampoco necesitamos entender los principios químicos de la combustión para viajar en auto o cómo programar en C++ para poder utilizar aplicaciones en una computadora. Las interfases se encargan de ocultarnos todo este proceso que ocurre detrás de cámaras, y consideramos que una interfase está mejor diseñada cuando consigue más exitosamente este oscurecimiento y consigue preservar o incluso incrementar la sensación de lo mágico. Quizás ningún ejemplo sea más claro que los productos de Apple que son notablemente más difíciles de de personalizar o modificar, bajo la noción de que sacrificamos control de la caja negra por una mejor experiencia de usabilidad.

El problema surge, o se complica, cuando empezamos a estirar la metáfora y empezamos a pensar que una posta médica, un aula de clases o un gobierno regional son también tecnologías que comprenden sus propios lenguajes en los cuales tenemos que ser competentes para cumplir con una serie de objetivos. A su vez, no son lenguajes formalizados, reconocidos, y sobre todo no son lenguajes en los que recibamos ningún tipo de formación o adiestramiento. Son lenguajes altamente opacos y poco navegables, cosa que resultará evidente a todo aquel que haya intentado, alguna vez, realizar algún tipo de trámite con alguna dependencia del Estado, sea cual sea.

Estas cajas negras en efecto eliminan nuestra capacidad para trazar relaciones causales entre inputs y outputs, entre procedimientos y resultados, y es en ese momento en que se introducen arbitrariedades como la corrupción, el nepotismo, la usurpación de funciones, y demás errores del sistema. Uno podría argumentar que hay una “clase profesional” cuyo objetivo es evitar estar irregularidades, que vendría a ser la burocracia estatal y, quizás más ampliamente, los abogados que tienen el conocimiento para navegar este tipo de sistemas. Pero dada su naturaleza, esto no me parece una respuesta aceptable, pues efectivamente significa el monopolio de una “tecnología” de servicio y beneficio público.

Nuestra capacidad para participar de estos circuitos informacionales, de navegar redes de información diversamente conectadas entre sí, se vuelve una habilidad fundamental para ubicarse en el mundo contemporáneo. Es la capacidad, por ejemplo, para entrar a la página web de una dependencia del Estado para encontrar la información sobre los requerimientos de un trámite, y evitar así ser estafado por un tramitador. El acceso a la información, y a la información sobre la información, y el desarrollo de capacidades de navegación de redes, son entonces no sólo habilidades fundamentales sino marcadores determinantes de nuestra posición social y nuestra condición de clase: la condición de pobreza es no sólo una condición material, sino que es también una afirmación sobre nuestra capacidad de acceder efectivamente a la información. Mientras menos acceso a la información tengo, más son las tecnologías, los sistemas y las redes a mi alrededor consideradas como “magia”, porque no tengo manera de entender cómo es que funcionan. Esta condición mágica es el caldo de cultivo perfecto para la arbitrariedad, la explotación y el abuso. Visto de esta manera, y corriendo el riesgo de que suene trivial, el pésimo diseño que suelen tener los sitios web de las dependencias del Estado es no sólo un atentado contra el buen gusto, sino incluso un atentado contra los derechos fundamentales, en el sentido de que impiden el acceso a la información pública y perpetúan la condición de exclusión de las personas que más la necesitan. El ejemplo clásico en este sentido es el de las becas educativas, cuya información a pesar de ser públicamente disponible, rara vez llega a las personas que más podrían beneficiarse de ella simplemente porque se encuentran desconectados de los circuitos de información donde circula.

Ejemplos como éste hay muchos y de muchos tipos. Y es precisamente allí donde creo que una crítica tecnológica bien formulada puede tener mucho que contribuir, y mucho que heredar, a su vez, de la creencia del hacker de que no deben haber cajas negras tecnológicas y de que el mundo está al alcance de nuestro análisis y examen. De la misma manera como intentamos más arriba seguir el hilo de Ariadna desde la interfase visible hasta las capas subyacentes de tecnología que nos resultan invisibles, para entender todas las herencias de conceptos y significados que participan de una experiencia, podemos también analizar tecnologías menos obvias, y menos transparentes, donde tenemos un interés público en entender lo que resulta invisible en todas esas capas.

Tenemos a su vez un interés, si no una responsabilidad, en que ese aparato crítico esté ampliamente disponible no sólo a los filósofos, y no sólo a los hackers y diseñadores, sino que estén disponibles públicamente para realizar el examen de las instituciones con las que interactuamos cotidianamente y nos hagamos legítimamente la pregunta de por qué funciona de una manera y no de otra. Debemos entender que las instituciones son hackeables no en el sentido trivial de traerse abajo su página web, sino en el sentido significativo de pedirles explicaciones y rendición de cuentas, y de legítimamente exigir que estén al servicio del público.

Soy plenamente consciente de que, en este sentido, el problema es mucho más complejo de lo que aquí planteo, y que intervienen una serie de procesos, particularmente educativos, de primera importancia. Pero el alcance de lo que he intentado decir puede resumirse en un conjunto de premisas básicas:

  • Las tecnologías con las que interactuamos están compuestas por una serie de capas interdependientes que usualmente se esconden al análisis, y la crítica tecnológica informada debe desenmarañar la tecnología como un proceso social complejo.
  • La práctica tecnológica puede dar forma a una práctica filosófica que entienda y maneje su lógica interna, y que pueda realizar afirmaciones contextualizadas y útiles a la práctica que observa, formando sistemas conceptuales emergentes, dinámicos e históricos.
  • La práctica filosófica puede a su vez desarrollar aparatos conceptuales que beneficien a la práctica tecnológica, permitiéndole contemplar la complejidad de sus actividades y los diferentes elementos que participan de la implementación de nuevas tecnologías.
  • La crítica tecnológica informada nos da herramientas y referentes para el análisis de diversas redes de información y su importancia, permitiéndonos identificar también patrones sistemáticos de exclusión e injusticia escondidos en los diseños cerrados de sistemas, procesos e instituciones.

Estas son las ideas que quiero presentar este jueves en Redes de la Filosofía. Así que, de nuevo, cualquier comentario es bienvenido, y espero que puedan asistir y podamos tener una buena conversación en vivo.

Hacer cosas

Desde que estaba en la universidad viví fascinado con la idea de “hacer cosas”. Verán, es que los filósofos no hacen cosas. En todo caso, los filósofos piensan cosas, pero cuando esas cosas se hacen en general se les entiende como alejándose de la filosofía para entrar en… algo diferente. Esto es particularmente irónico, considerando que no conozco filósofo que no haya citado en algún momento – o en varios – la famosa hasta el cansancio undécima tesis de Marx sobre Feuerbach, “la filosofía se ha dedicado a interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo”. En la gran mayoría de los casos, sin embargo, los filósofos estamos más bien cómodos en un lugar neohegeliano de izquierda bajo la idea de que la transformación de la consciencia antecederá la transformación de la realidad y todo en paz.

Me es extraño, entonces, haber hecho mi carrera sobre la base de hacer cosas. Sobre todo porque no me sale fácil, e incluso cuatro años después de haber salido de la universidad me sigue costando muchísimo enganchar mi cerebro en modo “hacer cosas”. Pero ha sido uno de los mejores y más interesantes aprendizajes (además de, quizás, el más difícil) que he tenido en los últimos años. Cuando estuve en #edupunkarg, escuché a Mariana Massigoge hablando sobre la idea de “pensamiento proyectual”, una forma de trabajo que no es propiamente ni teoría ni práctica sino que se esfuerza por ser una combinación de ambas cosas: convertir las ideas en proyectos, en productos, y utilizar los productos como vehículo para la reflexión sobre lo que se está haciendo y sobre lo que está detrás. Un ir y venir constante, un proceso de diseño continuo.

Estoy leyendo ahora un libro de Scott Belsky, Making Ideas Happen, que gira un poco en torno a este tema. Es un libro sobre cómo llevar el proceso de formular ideas creativas y convertirlas en proyecto, hacerlas realidad, desafiando muchas de las reacciones instintivas cuando pensamos en sacar adelante proyectos. Para algunos esto es particularmente difícil, porque nuestro cerebro no está cableado para pensar en términos de “hacer cosas”, pero tampoco es que haya mayores misterios al respecto: es simplemente que no las hemos hecho nunca. Empezar a hacer cosas (y meter la pata varias veces) es quizás el mejor proceso de aprendizaje para entender la lógica de “hacer cosas”.

(Dicho sea de paso – apelando aquí a la apología del blog de EDLJ – mantener un blog es uno de los mejores ejercicios introductorios a “hacer cosas” que un humanista puede tener. Es un gran punto de partida, porque un blog es algo, se actualiza continuamente, tiene resultados, genera respuestas. No todos los posts en un blog serán buenos, unos serán mejores que otros, y uno encuentra resultados donde menos los esperaba, y del mismo proceso de llevar un blog empiezan a surgir otros proyectos periféricos, progresivamente más complejos.)

Todo esto venía a colación por un post de Caterina Fake, fundadora de Flickr, con una idea parecida, desde el punto de vista de todo lo que aún se puede hacer en la web: aún cuando el mercado de aplicaciones en la web está cada vez más saturado y la industria gira en torno a los fondos de inversión, plataformas de publicidad y demás – es decir, ¿juntamos a muchas de las mentes más brillantes del mundo y lo mejor que nos pueden dar es un mecanismo más eficiente para mostrarnos publicidad? – aún hay productos, plataformas y aplicaciones alucinantes, y muchísimo problemas esperando ser resueltos. Tiene mucho que ver con el problema que encontramos cuando intentamos pensar en emprendimientos intelectuales, que sería algo así como “hacer cosas” 2.0. Nos exige demasiado, como concepto, como lógica, simplemente porque no estamos acostumbrados y porque todo el contexto, el mercado parece decir algo completamente diferente. Pero está bien, creo, porque aún hay muchísimo espacio para prototipar y experimentar todo tipo de nuevas ideas, nuevos emprendimientos que pueden transformar por completo nuestro esquema de distribución de conocimiento. Eso es lo fascinante del asunto.

P.S.: Otro artículo interesante que me llevó por este camino, del blog de Penelope Trunk sobre por qué el futuro de tu carrera estará vinculado al diseño. (El tema del diseño es uno de los que más me interesan también últimamente.)

“El Ciclo Hacker” completo en audio

Se me fue muy rápidamente una semana de paso por Lima, demasiado cargada de actividades. Como anuncié unos días antes, esta visita sirvió también como oportunidad para presentar algunas nuevas ideas (junto con algunas ideas recicladas) en un arco que llamé “el ciclo hacker”, dado que la ética y la cultura hacker fueron los hilos conductores de todas las presentaciones.

Daniel Luna, quien entre otras cosas está pasando por una etapa de grabación compulsiva, tuvo la amabilidad de grabar las tres presentaciones y colgarlas en su blog. No he tenido oportunidad de revisar los audios yo mismo, pero igual quiero compartir los enlaces a sus posts para aquellos que puedan estar interesados en escuchar las tres partes del Ciclo Hacker.

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo. Filosofía para épocas de apocalipsis financiero.

Hackear la educación. Alfabetización tecnológica y ciudadanía informacional.

Hackers, trolls y memes. El lenguaje de los nuevos medios.

Tengo la intención de editar estos audios para juntarlos con las presentaciones que utilicé en cada caso, pero dado que eso podría aún demorar varios días, no quiero dejar de compartir estos audios ahora que ya están publicados. (Y un agradecimiento especial a Daniel por el material.)

Hackear la educación (Más notas preliminares)

Este viernes, luego de mi presentación en el Simposio de Estudiantes de Filosofía, estaré también participando del conversatorio interdisciplinario “Formación ciudadana y educación”, organizado por la Asociación para la Educación y el Desarrollo. El evento empieza mañana jueves a las 6pm, y la mesa en la que estaré participando es el viernes a las 6pm en el aula Z402 de la PUCP. En este caso estaré presentando la segunda parte del Ciclo Hacker, en torno a la relación entre educación y nuevas tecnologías, y como con la primera parte quiero ir adelantando algunas notas preliminares.

Educación como tecnología

Andaba pensando en cómo plantear el tema y el blog de Seth Godin me dio fortuitamente el contexto para empezar:

Our current system of teaching kids to sit in straight rows and obey instructions isn’t a coincidence–it was an investment in our economic future. The plan: trade short-term child labor wages for longer-term productivity by giving kids a head start in doing what they’re told.

Large-scale education was never about teaching kids or creating scholars. It was invented to churn out adults who worked well within the system.

El diseño de nuestras instituciones y procesos educativos está configurado por el industrialismo, y esto no es sorpresivo ni es una novedad. El modelo está diseñado para introducir contenidos en las cabezas de las personas de una maneras más o menos eficiente: una persona que sabe le cuenta a muchas personas que no saben aquello que no saben hasta que lo sepan, luego recibe un nuevo grupo y hace lo mismo, y así sucesivamente. La educación se ordena básicamente como una línea de producción de niveles escalonados, donde cada nivel sucesivo es más “sofisticado” que el anterior. En la medida en que nuestras necesidades sociales eran industriales o pseudo-industriales, y nuestras posibilidades tecnológicas hacían enormemente complicada la agregación de estas necesidades a escala global, el modelo más o menos cumplía con nuestras expectativas.

Nuestros modelos educativos son una forma de tecnología, que utilizamos para reproducir conocimientos, habilidades, creencias y actitudes a través de un grupo social. Lo pongo así muy abierto porque nuestras aproximaciones pueden ser muy diversas en torno a esto. Pero como forma de tecnología, nuestros modelos educativos han respondido casi siempre a la opacidad tecnológica que observó Marshall McLuhan: creer que la tecnología que usamos está disociada de lo que queremos hacer con ella, que la herramienta no configura nuestras intenciones y expectativas. Enseñar química o literatura francesa pueden hacerse igualmente con la misma estructura organizativa del salón de clases y la pizarra, pues el mecanismo de distribución del contenido no tendría, bajo este entendimiento, mayor relevancia.

McLuhan empieza a observar una serie de cambios. Primero, las tecnologías que usamos sí configuran aquello que queremos y esperamos al modificar nuestros patrones sensoriales. Segundo, a diferencia de épocas anteriores, ya no vivimos en un mundo en el cual, entre otras cosas, aprendemos. Sino que vivimos en un mundo donde estamos aprendiendo, continua y constantemente, todo el tiempo. Con la aparición de la tecnología electrónica, aprender se vuelve no sólo un modo de vida, sino un patrón de supervivencia: la incapacidad para procesar datos e información en tiempo real y actuar sobre ella se convierte en el riesgo de quedarse atrás, de quedarse afuera. Esto se puede comparar a la observación de Manuel Castells sobre la sociedad informacional: para Castells, cualquier sociedad puede ser descrita como una “sociedad de la información” porque en todas hay procesos, mecanismos e importancia al manejo adecuado de la información. Lo que distingue a nuestra época es que esa dimensión, antes subsumida a otras, cobra centralidad y se vuelve nuestra principal área de actividades, dando paso a una sociedad informacional.

Si aprender es algo que hacemos todo el tiempo, en cualquier lugar, ¿por qué seguimos explicando y entendiendo la educación como algo que ocurre acotadamente en el tiempo y el espacio? Pensamos en salones de clase, en currículas, en horarios, y en evaluaciones; pensamos en espacios, en títulos, en niveles educativos. Pero todo eso no refleja nuestras necesidades actuales, sino que refleja las necesidades del modelo industrial-productivo-educativo.

Hay dos transiciones que vale la pena señalar para ilustrar este proceso. La primera es la transición en el rol que cumple el individuo que utiliza estas tecnologías, de un rol de consumidor o espectador a un rol de participante o usuario. La segunda transición se desprende de la primera, y apunta más bien al cambio en nuestra actitud como ciudadanos: en una era altamente tecnologizada e informatizada, el ejercicio de la ciudadanía empieza a asemejarse a una forma de hackeo social o político, o por lo menos a heredar una serie de sus principios.

El alumno-hacker

Las tecnologías digitales, a diferencias de las tecnologías de la comunicación masiva, hacen posible el acceso a cantidades desbordantes de información y de comunicación distribuida y multidireccional: es pasar de la idea de “broadcast”, donde un sólo nodo reproduce información en una sola dirección para un amplio número de consumidores, a la idea de red, donde cualquiera de los nodos puede potencialmente transmitir información a cualquiera de los otros nodos. El modelo broadcast es muy bueno para sostener aparatos organizacionales y jerarquías académicas; el modelo de red, en cambio, no. La red es, a priori, “plana”: ninguno de sus nodos es automáticamente superior a los demás, sino que los nodos adquieren “autoridad” o “peso” en función al volumen de actividad que movilizan a través de la red. En otras palabras: en el modelo broadcast, el profesor, digamos, tiene ciertos títulos académicos que justifican que sea el profesor y tenga su lugar al frente de la clase; el alumno, en cambio, no los tiene, y por lo mismo, tiene su lugar del otro lado, como espectador. Pero en el modelo de red, empiezan a pasar cosas raras: un alumno puede estar en una clase con una laptop, o con un celular, y no solamente avanzar a su propio ritmo respecto al contenido que le están presentando, sino encontrar visiones alternativas e incluso conflictivas más rápido de lo que el profesor puede manejarlo. Las asimetrías fundamentales del modelo educativo se ven subvertidas, y en realidad no estamos, hasta ahora, debidamente equipados para responder a eso. Nuestra actitud natural sigue siendo la de “censurar” la “insolencia” del alumno, pero no estamos reconociendo plenamente el hecho de que nuevas tecnologías modifican las expectativas tanto del alumno como del profesor hacia el proceso de aprendizaje.

La disponibilidad permanente de información detallada a través de recursos como Google o Wikipedia, y la posibilidad permanente de comunicar esta información a grupos masivos de personas usando redes como Twitter o Facebook, introducen legítimamente en el alumno la pregunta de por qué necesita realmente pasar por el proceso educativo. Y aunque uno puede esbozar muchas respuestas (que la experiencia con los compañeros, que las discusiones en la clase, etc.), en realidad estas respuestas no apuntan al hecho de que muchas de nuestras instituciones educativas enfrentan efectivamente la obsolescencia cuando su monopolio sobre la información y el conocimiento se ven desarticulados. Hoy día uno puede acceder a clases de las mejores universidades del mundo, gratuitamente, a través de su conexión a la web, y ver las clases en video, leer las mismas lecturas, incluso desarrollar las mismas asignaciones aunque no reciban calificación. Si esto se compara con la actividad promedio del estudiante en una universidad local: ir a clases casi siempre, escuchar la lección sin hacer preguntas o entablar discusiones, leer algunas de las lecturas, ¿cuál es la gran diferencia? ¿Qué es lo que tanto se quiere preservar? Si las tecnologías que usamos le dan al alumno la posibilidad de dejar de ser “alumno” como tal y de tomar un rol activo en su propio proceso de formación, y luego los procesos educativos formales a los que se enfrentan buscan, sistemáticamente, despojarlo de ese rol activo porque no encaja con la lógica de la producción industrial, ¿qué resultado positivo podría devenir de eso?

McLuhan tenía una imagen para describir la educación bajo la tecnología electrónica, en la que hablaba de la “ciudad como salón de clases”. La idea es simple: antes, uno iba a un lugar, aprendía durante cierto tiempo, y luego salía de ese lugar y de ese modo de aprendizaje. Ahora, ese retirarse no es posible, pues toda experiencia mediática es una experiencia de aprendizaje. Esto es algo que más recientemente ha sido descrito como aprendizajes invisibles o aprendizajes informales. Uno está aprendiendo todo el tiempo, en cualquier lugar, y la educación “formal” es apenas un componente más, aunque pesado, dentro de la dieta mediática e informacional de una persona. Para McLuhan, lo esencial en bajo este escenario no es tanto qué aprenda la persona, porque la información finalmente sobre cualquier cosa siempre estará disponible. Lo más importante es desarrollar y afinar la habilidad para encontrar patrones dentro de la masividad de información: saber distinguir tendencias, discriminar fuentes, trazar conexiones y a dónde dedicar o no su atención. Es darle al individuo las herramientas para poder configurar su propio proceso de aprendizaje.

La idea de que el alumno puede ser un hacker viene de una misma motivación. No se trata solamente de aprender habilidades técnicas (aunque indudablemente en el contexto actual, las habilidades técnicas son fundamentales). Se trata, más bien, de un adiestramiento en los principios de la ética y la cultura hacker: la idea de que los problemas a su alrededor pueden ser resueltos por él mismo, de que toda estructura o proceso es susceptible a crítica y análisis, que toda dimensión o actividad es afectable. La clave de una educación post-industrial es formar individuos y grupos con la capacidad para reinventarse continuamente, adaptarse a situaciones cambiantes y diseñar e implementar sus propias ideas e iniciativas. Esto es, en gran medida, lo esencial de la aproximación hacker a los problemas: identificarlos, analizarlos, entenderlos, y luego hackearlos en un proceso iterativo de ensayo y error, colaborando con otras personas que comparten el mismo interés.

El ciudadano-hacker

Lo más importante que quizás aprende el alumno-hacker es que la realidad en la que está inmerso y con la que está relacionado es susceptible de ser transformada por su propia iniciativa. Esto es lo que hace la idea de hackear la educación tan interesante pero al mismo tiempo tan peligrosa.

La habilidades que se pueden aprender en un proceso educativo post-industrial son habilidades fácilmente movilizables para múltiples propósitos – encontrar patrones, diseñar y desarrollar solucionar, coordinar su implementación, etc. – y que, por lo mismo, empiezan a construir habilidades latentes que son políticamente significativas. Las mismas habilidades que uno aprende en el proceso educativo son las habilidades que uno necesita para el efectivo ejercicio de su ciudadanía: la idea de que las instituciones son esencialmente transparentes y pueden ser exploradas y analizadas, la idea de que los procesos pueden ser mejorados y de que uno puede ejercer influencia sobre su diseño. No, por sí mismo esto no quiere decir que si empiezo a formar a generaciones de hackers eso por sí mismo generará una cultura política más involucrada y participativa. Lo que quiere decir es que genera la base, la infraestructura a partir de la cual puedo luego movilizar a una población para participar e involucrarse activamente.

Todo esto tiene múltiples consecuencias. La primera es que, por lo mismo, un modelo así concebido tiene todos los contraincentivos institucionales como para ser experimentado o implementado. Es difícil imaginar un escenario, a menos que sea uno muy feliz, donde una política que apunte a incrementar la participación y fiscalización por parte de un público informado sea aprobada sin modificaciones sustantivas. Pero en realidad, siguiendo el mismo modelo hacker, la validación institucional es secundaria a lo que podría volverse una práctica efectiva en múltiples modelos y líneas para-institucionales.

Pero hay, creo, tres consecuencias más importantes. La primera de éstas es que, para todos aquellos involucrados o interesados en un proceso de este tipo, se vuelve imperativo aprender a hackear. Y aprender todo lo que eso significa: desde habilidades técnicas en el manejo de la tecnología, hasta habilidades culturales, logísticas, y etc. Hay que adquirir una disposición hacia la libre experimentación con estructuras e instituciones, al prototipado rápido y la iteración constante. Suena más fácil de lo que es, pero en la práctica implica abandonar prácticas y conceptos que tenemos profundamente instaurados como producto de una educación industrial.

Lo segundo es desarrollar la habilidad para identificar patrones – para aprender más allá del entorno de aprendizaje, y hacerlo productivamente. Es necesario abandonar el paradigma de que el aprendizaje ocurre sólo en salones dentro de colegios o universidades, y empezar a ver cómo fluye a través de televisores, teléfonos celulares, sitios web, blogs, redes sociales, portadas de periódicos, sistemas de transporte público, ferias de gastronomía, y demás. El aprendizaje es una red continua que vamos modificando permanentemente, y vincularse con esa red implica la capacidad de vincularse con cualquiera de sus nodos.

Sobre la tercera consecuencia intento siempre hacer un particular énfasis. Y es que todo esto suena muy bien, cuando uno lo lee en una computadora y tiene acceso a ciertas tecnologías que hacen todo esto comprensible. Pero mucha gente no tiene este acceso, y si empezamos a contemplar que cada vez más la participación social y política pasa por algún tipo de mediación tecnológica, esto quiere decir que grandes segmentos de población terminan siendo dejados atrás. Y eso no es bueno, porque reintroduce distinciones fácticas entre ciudadanos de primera y segunda clase que deberíamos esforzarnos por eliminar. De modo que, en la medida en que contemplamos la necesidad e importancia de resideñar procesos educativos, tenemos que pensar siempre en que los resultados deben estar diseñados para la inclusión y para la accesibilidad: modelos que estructuralmente no contribuyan a agrandar la brecha tecnológica, sino a achicarla.

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo (Notas preliminares)

Este viernes estaré haciendo una presentación en el VII Simposio de Estudiantes de Filosofía en la PUCP, a las 3:45pm en el Auditorio de Humanidades, como la primera parte de lo que he llamado el Ciclo Hacker. Como punto de partida del ciclo, he decidido dar un paso atrás para entender un poco mejor la idea del “hacker” desde un punto de vista filosófico – en particular, quiero intentar articular la noción de una ética hacker y esbozar sus principios, para luego ver la manera en la que esta ética está teniendo efectos que trascienden o extienden su propia comunidad.

El fin de la historia

El punto de partida evidente desde el título es el paralelo con Max Weber. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Weber argumenta que hay una correlación entre el surgimiento del capitalismo y la formación de las iglesias protestantes en la temprana Modernidad en Europa: el mayor recogimiento y disposición al trabajo de los protestantes implicó mayor esfuerzo con menor gasto, lo cual llevó a la acumulación de ahorros. Esos excedentes de ahorros se vuelven capital en tanto son vueltos a poner en trabajo a través de la inversión, y de esa manera los protestantes se convierten en los primeros capitalistas.

Indudablemente, el capitalismo entendido en las dimensiones de la ética protestante dista mucho del aparato tecno-económico-industrial del cual participamos hoy día. Marx hizo una lectura aguda del sistema capitalista en el siglo XIX para encontrar una desviación fundamental: si bien todo el intercambio económico se da, originalmente, a partir de las relaciones de mutua necesidad (en el mercado uno satisface sus necesidades por tales y cuales productos), el crecimiento del capital eventualmente lo pone a su propio servicio en lo que Marx llama el “fetichismo de la mercancía”: la economía no se mueve para satisfacer necesidades, sino que se mueve porque es necesario que se mueva. Las relaciones entre personas y cosas se convierten en relaciones entre cosas y cosas cuando su valor de cambio absorbe su valor de uso. Aún así, en la ecuación de Marx aún hay cosas: la economía de los siglos XX y XXI han introducido la posibilidad de intercambiar en el mercado no solamente valores intangibles, sino también no-valores de no-cosas. Las sociedades informacionales, como las entiende Manuel Castells, son actividades que se distinguen porque su producción se vuelve primordialmente simbólica o intelectual y forman economías de conocimiento (no dejan de necesitar cosas, objetos, pero no son aquello que deriva el mayor valor). Pero el capitalismo en su versión más financiera ha empezado a “innovar” con la creación de productos (los populares “derivados”) que no pueden tener valor de uso porque no son cosas, sino que son abstracciones de abstracciones: los bonos hipotecarios tóxicos, por ejemplo, agrupan una cartera de deudas de alto riesgo de hipotecas por propiedades inmobiliarias. Los Credit Default Swaps aseguran y respaldan a los bonos tóxicos contra el riesgo de no-pago. Y así sucesivamente. Si Marx observó como las cosas dejaron estar al servicio de las necesidades para pasar a estar al servicio de sí mismas, hoy podemos observar cómo el capital deja de estar al servicio de las cosas para pasar a estar al servicio de sí mismo.

Todo esto me sirve tan sólo para delinear el contexto. Si faltaba alguna dimensión donde aún no habían sido desmantelados los metarrelatos (y ojo, digo desmantelados, no destruidos, porque no han desaparecido), era quizás el sector financiero, quienes en un escenario donde permeaba la incertidumbre aún representaban un bastión de confianza: alguien debe saber y entender lo que pasa, y deben ser ellos, ya que están haciendo toda la plata. Con la crisis financiera que seguimos viviendo se perforó esa ilusión: en realidad, ellos tampoco saben. ¿Y ahora quién podrá defendernos?

La respuesta desesperanzadora es que nadie podrá defendernos. Pero la respuesta esperanzadora es que nadie tiene por qué defendernos ni tenemos por qué esperar que nadie lo haga.

La ética hacker

Allí es donde aparece la ética hacker como un modelo interesante. La imagen popular del hacker y la del noticiero de las 11 que sale a decir que un grupo de hackers se robó millones de números de tarjetas de crédito, o tomaron un sitio web del gobierno, o cosas así. Pero la percepción pública del hacker está sumamente desinformada y configurada por una malcomprensión fundamental de cómo funciona la tecnología: la tecnología como caja negra impenetrable cuyos procesos me son completamente opacos. Aquellos que consiguen penetrarla (los hackers) pueden, por eso mismo hacer(me) cosas malas.

Pero el núcleo básico de la ética hacker es que no hay cajas negras – o que si las hay, que pueden ser abiertas, exploradas, entendidas y modificadas. La ética hacker se construye sobre la idea de que la cultura no es de “sólo lectura”, sino de que es “lectura/escritura”, y esto viene de su origen tecnológico: la cultura hacker surge en los talleres y laboratorios que diseñaron las tecnologías digitales que utilizamos hoy. Para los hackers tempranos, la tecnología era algo modificable según sus necesidades, y esta misma actitud se tradujo tanto en sus diseños como en sus productos culturales: el movimiento del software libre y del código abierto es una realización de la ética hacker, donde cualquiera puede tomar un producto tecnológico y transformarlo a voluntad. Y esta misma actitud, además, se ve también traducida y transportada no sólo a la producción de herramientas tecnológicas, sino que como ética hacker puede rastrearse y encontrarse en todo tipo de actividades humanas: “hackear” se puede disociar así del objeto o tipo de actividad, y puede pasar a entenderse más bien desde la actitud hacia los problemas.

Eric S. Raymond, un hacker ampliamente reconocido y un importante contribuyente al movimiento del software libre, esbozó la figura del hacker en un texto de 1996, How To Become a Hacker (que he comentado previamente junto con otros textos similares). En este texto, Raymond resume la actitud hacker en cinco principios:

1. The world is full of fascinating problems waiting to be solved.
2. No problem should ever have to be solved twice.
3. Boredom and drudgery are evil.
4. Freedom is good.
5. Attitude is no substitute for competence.

Notablemente, ninguno de estos principios tiene una relación necesaria con el desarrollo de tecnologías. Pero quizás el más interesante es el primero de estos principios: que el mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos. La ética hacker sí hereda muchas concepciones que se pueden explicar mejor en función a la tecnología: no sólo el hardware y el software, sino la realidad misma, los objetos, los procesos sociales, todos están compuestos por alguna forma de “código”. Todos encierran un conjunto de elementos vinculados entres sí por un conjunto de reglas, que juntos formulan una serie de operaciones válidas (y ya saben que voy a decirlo: juntos configuran una “gramática”), desde la manera como se deben ver las pinturas en un museo hasta el proceso de comprar un auto usado, pasando por cualquier otra cosa. Como también lo argumenta Lawrence Lessig, una de las consecuencias de cibernetizar el espacio es que podemos pasar a entender todo como manifestaciones de código – y si todo es código, entonces todos estos conjuntos de reglas y elementos pueden ser hackeables si tan sólo sus reglas pueden ser descifradas. Para hacer esto, además, uno no tiene necesidad de pedirle permiso a nadie: en la medida en que participo e interactúo con estas dimensiones de la realidad, me es imposible no captar la lógica de su funcionamiento, y percibir sus vacíos y sus posibilidades.

Costos de transacción

Hay, por supuesto, también una variación tecnológica que hace que todo esto sea posible, y que se pueda hablar de una “ética hacker” y una “cultura hacker”. La relativa independencia y autonomía (por no llamarlo anarquía) de los hackers individuales y sus grupos para poder modificar procesos tecnológicos o sociales y compartirlos con comunidades más amplias, articulando gruesamente un “movimiento” de alcance global, es algo tan sólo posible porque la tecnología misma ha modificado los costos de transacción de la acción colectiva, reduciendo enormemente la valla de participación.

La naturaleza de la corporación moderna tiene quizás su anclaje en un artículo de Ronald Coase de 1937, donde describe la “naturaleza de la firma” como un mecanismo para reducir los costos de transacción entre todas las partes involucradas en un proceso de producción. Siguiendo el clásico ejemplo de Adam Smith, si yo quiero vender tornillos, hay toda una línea de producción y un proceso de mercadeo para convertir metal en tornillos disponibles en el mercado. Según Coase, la manera más efectiva (en 1937) de hacer esto es creando una compañía que junte todos esos elementos, reduciendo los costos para que un departamento se comunique con el otro. Allí donde las ganancias superan a los costos de mantener a la compañía en operación, la iniciativa tiene sentido económico y la compañía sobrevive. Más aún, las compañías mejor organizadas serán las que más reduzcan sus costos de transacción y, por lo mismo, sobrevivan en el proceso darwinista del mercado.

Al dinamizar las comunicaciones interpersonales, las tecnologías digitales han llevado los costos de transacción para la acción colectiva casi a ser negativos, o al menos a ser extremadamente bajos. Coordinar un proyecto o un grupo de trabajo, un movimiento, un grupo de amigos, o cualquier otra iniciativa que agrupe a múltiples individuos, se ha vuelto algo extremadamente sencillo en comparación con el pasado de Coase. Clay Shirky ha observado que esto está haciendo posible que surjan muchísimas nuevas organizaciones y no-organizaciones con una capacidad de adaptación mucho mayor a las firmas de Coase: allí donde a una compañía grande le resulta sumamente caro reorganizarse para incorporar nuevas tecnologías, procesos o tendencias del mercado, para un grupo pequeño de gente esto es muchísimo más fácil. Esta es una de las razones por las cuales las nuevas corporaciones tecnológicas han podido crecer tanto en el mercado, al punto de eclipsar a muchísimas de las corporaciones tradicionales del mundo industrial (evidenciado por la rapidez del recambio en los valores que componen el índice Dow Jones a lo largo de los últimos 20 años vs. todos los años anteriores).

Pero aún más interesante que eso, es lo que estas tecnologías están permitiendo a una escala infinitamente menor. Chris Anderon ha argumentado que la reducción en los costos de producción, distribución y acceso por el efecto de las tecnologías digitales configuran una “larga cola” de producción económica que aunque siempre existió, en el pasado representaba el fracaso. Hoy en día, sin embargo, la posibilidad de operar a un costo mucho menor y de agregar mercados antes inaccesibles hacen que operar desde la larga cola sea completamente viable y rentable. Pero es, también, más interesante y gratificante: en el mundo de la larga cola, donde las oportunidades e satisfacer mercados radicalmente más específicos se vuelven justificables económicamente (algo imposible en tiempos de Coase), uno puede dedicarse a proyectos mucho más afines a sus intereses personales y aún así encontrar un mercado viable. Las expectativas de retorno son infinitamente menores, pero también generan que hay espacio para una diversidad mucho mayor de actores y participantes.

El espíritu del post-capitalismo (en donde trato de enlazarlo todo)

Si enlazamos las tres cosas, vamos a ver que hay líneas comunes que enlazan todos estos fenómenos. La ética hacker no sólo está haciendo posible, en cierta medida, la creación de tecnologías que reducen costos de transacción e inauguran mercados antes inexistentes; sino que, al mismo tiempo, sirven como el aparato conceptual que dinamiza y alimenta las iniciativas que pueden empezar a poblar estos nuevos mercados. La idea de que “el mundo está lleno de problemas esperando ser resueltos” es una invitación al hackeo, en cualquier espacio o actividad: podemos hackear tecnología como podemos hackear la educación, el arte, el transporte público, el periodismo, la arquitectura, la gastronomía, las publicaciones, la economía, la filosofía. Todo está a la espera de ser hackeado. Así como lo es el supuesto de que no hay necesidad de legitimación de una instancia superior para poder hacer cualquiera de estas cosas. En el contexto de la ética hacker, es mejor pedir perdón que pedir permiso. Y más aún, el valor de las contribuciones que uno hace a su comunidad se determina por su calidad y por sus contribuciones anteriores; no están determinadas a priori por cartones, títulos, o ninguna otra cuestión externa. Cada comunidad establece sus propias meritocracias dentro de las cuales los participantes adquieren reconocimiento en función a sus contribuciones.

Entonces, si el espíritu del capitalismo terminó por entenderse en términos de agregación – como lo describiría Coase, agregación de funciones para reducir costos y ampliar márgenes, o bajo el capitalismo financiero, agregación de productos y capitales para apalancar productos y capitales – el espíritu del post-capitalismo se entiende más bien en términos de des-agregación. Las comunidades y economías que surgen en el espíritu del post-capitalismo son infinitamente menores en tamaño, pero iguales o mayores en términos de alcance. La idea de “localidad” se ve desarticulada por el hecho de que uno puede establecer vínculos locales con gente que no se encuentra localmente, pero con quienes desarrolla mayores vínculos de afinidad personal. La idea de “comunidad” se puede ver así disociada de su componente geográfico, aunque cómo y en qué medidas es aún una cuestión abierta y ciertamente problemática.

Lo que sí parece más o menos claro es que la tecnología que ha surgido de la mano de la ética hacker en los últimos 40 años, está lentamente configurándose una economía y una serie de relaciones sociales a su imagen y semejanza. El apocalipsis financiero de los últimos años, aunque seguramente pasará y muchas de las operaciones del capitalismo financiero volverán a su operación normal con el tiempo, está sirviendo como incentivo (por interés o necesidad) para que muchas personas y organizaciones exploren nuevos modelos de operación y nuevas expectativas de retorno, que tienden más hacia la sostenibilidad y el crecimiento controlado que hacia el crecimiento explosivo y el máximo retorno posible. Esto se ve evidenciado en tendencias que muestran preferencias cada vez mayores hacia el trabajo independiente o el trabajo flexible, o la aparición de infraestructura elástica que permite operaciones que fluctúan en volumen e intensidad con el tiempo. En otras palabras: en muchos lugares y sectores, es cada vez más frecuente que las persona escojan flexibilidad y conveniencia antes que retorno material directo, allí donde tienen la opción.

El espíritu del post-capitalismo no es propiamente comunismo, ni socialismo, aunque ciertamente tiene tendencias que podrían describirse como tales. En realidad, termina apareciéndose mucho más hegeliano de lo que podría ser marxista: el vuelco post-capitalista se parece mucho a la esfera de la eticidad como es descrita por Hegel, como una esfera de realización colectiva donde el individuo se identifica y participa con la comunidad con la que establece vínculos.

Muchos de lo que están generando estos movimientos podrían fácilmente ser identificados como hackers, aún cuando explícita o conscientemente no conozcan o se identifiquen con los principios de la ética hacker. Pero en la medida en que descifran el código de sus respectivas actividades y encuentran la oportunidad para reformularlo en maneras creativas y de ampliar sus posibilidades, están poniendo en práctica principios de la actitud hacker hacia los problemas: que no hay cajas negras, que no tendría por qué haberlas, y que todo puede en alguna medida ser explorado, entendido y transformado. De esa simple noción se están extendiendo nuevas posibilidades económicas, y toda una nueva revolución industrial.

El Ciclo Hacker: Presentaciones en Lima, 9 y 12 de setiembre

La próxima semana estaré por unos días en Lima y ha coincidido con la oportunidad de realizar una serie de presentaciones en varios contextos, en las que estoy mashupeando ideas que vengo trabajando y presentando en las últimas semanas aquí en Argentina. Pero estas presentaciones también me dan la oportunidad de ampliar y puntualizar un poco más estas ideas.

Lo interesante del asunto es que ha coincidido también con que la temática de los eventos es más o menos próxima. Así que estoy intentando formular la temática de las tres como un sólo arco continuo, abordando temas de la cultura hacker y el lenguaje y la cultura de los nuevos medios desde varios puntos de vista. De modo que en tres presentaciones estaré elaborando el Ciclo Hacker: una exploración filosófica de la idea de hackear (en una lectura amplia del término) y sus ramificaciones culturales y políticas.

¡Espero verlos por ahí!

La ética hacker y el espíritu del post-capitalismo: Filosofía para épocas de apocalipsis financiero.
Viernes 9 de setiembre, 3:45pm, Auditorio de Humanidades de la PUCP.

Estaré de regreso en el VII Simposio de Estudiantes de Filosofía de la PUCP, lo cual me encanta porque es volver a un evento en el que he podido presentarme casi todos los años recientes, desde que estaba estudiando en el pregrado. El título de la presentación es obviamente una alusión a Weber, pero ésta no es una presentación sobre Weber. Es, más bien, una exploración de los conceptos que subyacen a la ética hacker (articulados en algunos de sus textos fundacionales). Y lo que quiero hacer con esto es ver cómo algunos de estos principios están manifestándose en las tecnologías que usamos y convirtiéndose en patrones de comportamiento y culturales cada vez más difundidos. Al mismo tiempo, como se están convirtiendo en la base de una re-concepción económica (a su vez posibilitada por nuevas tecnologías) que se está traduciendo en la implementación de nuevas estructuras de interacción económica.

Hackear la educación: Alfabetización tecnológica y ciudadanía informacional.
Viernes 9 de setiembre, 6pm, Salón 402 del Pabellón Z de la PUCP.

La Asociación para la Educación y el Desarrollo, un grupo de estudiantes de psicología educacional, está organizando un evento bajo el título “Formación Ciudadana y Educación“, y me han invitado a formar parte de la mesa sobre “Ciencia, tecnología y formación ciudadana”. Siguiendo en la línea del cambio del modelo de producción de sociedades industriales al de sociedades informacionales, nuestras necesidades en términos de educación y aprendizaje deben ser también significativamente diferentes. ¿Qué, cuándo, dónde, y cómo aprendemos en un mundo altamente hiperconectado? Cuando la escuela, como lugar, deja de ser el eje articulador de nuestro procesamiento de información y conocimiento, ¿cómo respondemos? Hackear la educación quiere decir que en estas condiciones, las sociedades contemporáneas no necesitan formar primordialmente trabajadores que llenen las líneas de producción, sino que necesitan formas ciudadanos capaces de participar mediática y tecnológicamente: necesitan, en esencia, de hackers, en todas las áreas del conocimiento.

Hackers, trolls y memes: El lenguaje de los nuevos medios.
Lunes 12 de setiembre, 7pm, Auditorio de la Fundación Telefónica.

Esto es en el marco del Simposio Internacional: Interpretando los Medios, una de las actividades en Lima vinculadas a la celebración del centenario de Marshall McLuhan. En este caso, quiero explorar un poco los elementos que configuran el lenguaje propio de los nuevos medios y de la comunicación digital, y elaborar algunos de sus efectos sociales y políticos. Esto, claro, en la línea de Marshall McLuhan y la idea de ecosistemas mediáticos (o “media ecology”). El punto de partida es el meme, como el mecanismo de reproducción y circulación de información entre comunidades digitales (y no digitales, también). Así como la capacidad de modificar y producir memes libremente es un rasgo distintivo de la cultura digital, también lo son figuras complementarias que se construyen sobre esta libertad: el troll como subversivo comunicacional y “culture jammer” con efectos diversos; y el hacker como patrón ético de una cultura de remixeo y reinterpretación, donde el código de las gramáticas sociales y técnicas está abierto a su modificación continua y constante. ¿Cuál es, entonces, el valor y el potencial significado político de los memes, los trolls y los hackers?

El lenguaje de los nuevos medios: Presentación en la Cátedra Datos de la UBA

Los últimos días he estado sufriendo de un bloqueo terrible para escribir. Doblemente frustrante porque tenía muchísimos textos que preparar y las ideas simplemente no salían. Muy frustrante. La cosa felizmente ha ido mejorando poco a poco y hoy por fin puedo actualizar el blog después de demasiados días no de abandono, sino simplemente de bloqueo.

Esta semana me dio la excusa perfecta. La Cátedra de Procesamiento de Datos de la Universidad de Buenos Aires me invitó a realizar una presentación en una de sus clases teóricas, en la que también presentó Pablo Mancini. Esta vez presenté una versión ampliada y mejorada de las ideas que había presentado antes en las Jornadas Edupunk en Rosario, hace unas semanas. En el blog de la cátedra hay un resumen de la presentación cortesía de Germán Staricco, junto con las diapositivas que utilicé.

Pero claro, en una presentación nunca alcanza el tiempo para elaborar todos los conflictos o responder a todas las preguntas. Y hay una serie de preguntas y objeciones que han ido surgiendo en los comentarios en el blog de la Cátedra que me dan pie a elaborar algunas ideas y agregar algunos recursos adicionales.

Carlos Sanabria comentó:

Ahora me pregunto, el hackeo más grande a uno de los lugares más importantes del planeta, Wiki Leaks, ¿no perdio todo su sentido al ser brindada esa información a El País, Le Monde, The Guardian, Der Spiegel y The New York Times, 5 medios hegemónicos de europa, que son propiedad de grandes grupos económicos?

Estoy de acuerdo contigo. De hecho, aunque Wikileaks es un buen ejemplo de fenómeno emergente, como organización o movimiento me genera muchísimo – es un aparato que está demasiado centrado alrededor de un personaje problemático como es Julian Assange. Es cierto que Assange ha sido victimizado y perseguido de manera injusta, pero el tipo tampoco termina de convencer: las declaraciones de los periodistas que negociaron con él la publicación de los Wikileaks (y por los cuales tuvieron que pagar muchísimo dinero, además) han dado múltiples versiones de cómo todo esto es más sobre él que sobre los temas de fondo. Wikileaks es un buen ejemplo, pero no es el mejor ni el más interesante: es apenas uno de los primeros.

Carlos Gómez hizo la referencia al documental RIP! A Remix Manifesto y agregó:

“Lxs consumidorxs son creadorxs del arte popular del futuro. Lxs propietarixs de la cultura que remezclamos representan el pasado.
Para asegurar el libre intercambio de ideas y el futuro del arte y de la cultura se redacto este manifiesto:
1 – La cultura siempre se construyó basada en el pasado.
2 – El pasado siempre intenta controlar al futuro.
3 – Nuestro futuro se está volviendo menos libre.
4 – Para construir sociedades libres es necesario limitar el control del pasado.”

RIP!, es un peliculón y lo recomiendo totalmente. Sobre todo la música de Girl Talk. Lamentablemente no nos dio el tiempo para retroceder mucho en antecedentes históricos, pero cuando metes la lectura del “hacker” en la cultura, puedes retroceder y encontrar que casi todas las actividades culturales han consistido siempre en alguna forma de hackeo. Esto es aún más cierto mientras más te acercas a la oralidad, donde cada re-interpretación de una historia es siempre una nueva versión. La idea de que la cultura debe ser “cerrada” y limitada sólo a “los que saben”, aunque también es una constante histórica, sólo se vuelve un patrón industrial predominante en los últimos 300-400 años.

Valentina Stacco comentó:

En nuestra clase se armo un mini debate porque habia compañeros que habian notado una actitud demasiado inclinada hacia los intereses economicos, el debate fue interesante porque lo comparamos con lo expuesto por Eduardo (quien hablo de lo importante del software libre, etc)

Esta es una discusión que da para largo, muy largo, y es un tema que ha surgido en varios de los comentarios. Es cierto que nuevas tecnologías abren el espacio para la participación ciudadana, pero siguen siendo espacios mediados comercialmente y con dueño – por mucho que parezca lo contrario, Facebook no es un espacio público, y Twitter tampoco, pero nuestras actividades públicas/políticas tienen cada vez más preponderancia allí. Al mismo tiempo no son completamente privados, pues el margen de los propietarios/administradores para hacer cambios está restringido por las preferencias de los usuarios. Al mismo tiempo, estas plataformas están posibilitando un nuevo espacio económico a través del abaratamiento de costos: uno puede llegar a un público “masivo” usando estas redes con un mínimo de inversión, y tener el mismo grado de exposición que una marca trasnacional. De modo que estas plataformas también tienen un poder equilibrante de productores más chicos frente a productores más grandes que hace unos años los habrían absorbido o eclipsado. Lo importante por ahora me parece reconocer que todo esto es conflictivo, y que el mundo digital no es un mundo armónico de paz y felicidad, sino que muchas tensiones políticas y económicas recién están empezando a manifestarse.

Mariel Tellechea comentó:

Pero, por otra parte, algunas de las cosas que se dijeron me parecieron obviedades, unas y generalizaciones, otras. En los perfiles de FB o TW, así como en las interacciones en diferentes lugares y con diferentes personas, nadie muestra todas sus facetas. El hecho de tener identidades virtuales en estos medios no implica que busquemos todo el tiempo la aprobación de los otros, pongamos la mejor música o según cómo respondan nuestros “contactos/seguidores” dejemos de poner o no algo que nos interesa.

Hablar de buscar la “aprobación de los otros” puede ser ambivalente y quizás poco claro. Quizás una mejor manera de formularlo sea de buscar la validación de los otros, que tiene menos de la carga psicológica o de autoestima. Lo más importante es que este proceso, que ocurre tanto online como offline, es algo que opera a un nivel inconsciente y casi automáticamente como capacidad adquirida evolutivamente: nuestra capacidad para leer indicadores en los demás respecto a cómo es recibida nuestra propia conducta es una capacidad fundamental para nuestra vida en sociedad. Esto no quiere decir que nuestro entorno determine indefectiblemente nuestra conducta y las cosas que hacemos, pero sí que en ningún caso presentamos nuestra identidad (como lo formuló Erving Goffman) de manera aislada a un contexto social (como, más bien, lo consideraban las utopías liberales de la modernidad). De la misma manera las conductas en estos nuevos medios, cuyas gramáticas aún se encuentran mayormente en formación, se están moldeando poco a poco a partir de las reacciones y validaciones de las comunidades participantes.

Juan comentó:

Personalmente considero que la forma Broadcast de los medios no va a desaparecer, y esta versión demagógicamente democrática 2.0 será complementaria. Creo que las tres transformaciones de las que se habla al principio son muy relativas. Implican un grado de alfabetización digital que no es tal, al mismo modo que desconoce los usos reales de las tecnologías. Incluso nativos informáticos se quedan atrás.

Coincido en que la forma broadcast no desaparece, pero no en la complementariedad de lo digital. La comunicación broadcast no se mantiene tal cual una vez que aparece la tecnología digital, sino que se ve inevitablemente transformada en sus usos, significados y posibilidades: esto es lo que Henry Jenkins llama la lógica de la convergencia, donde las nuevas tecnologías reconfiguran el significado de las viejas tecnologías. De modo que lo digital tampoco puede ser reducido al lugar del mero complemeto. Respecto a las tres transformaciones, sí, pueden verse como relativas, pero eso no las hace menos interesantes ni menos significativas. El hecho de que estos patrones culturales se puedan empezar a identificar en cada vez más ámbitos de las actividades humanas sugiere, justamente, que hay un cambio de conceptos subyacentes al que hay que prestar atención. Eso hace que el tema de la alfabetización digital sea tanto más importante, justamente porque hay gente que se queda atrás. No es que esto no sea un “uso real de la tecnología” – el problema es lo contrario, que es un uso completamente real del cual muchos no pueden participar por problemas estructurales de acceso a la información. Y ése es un problema que hay que resolver.

Florencia Marano hizo mi pregunta favorita:

Otra cosa, realmente hay que hackear todo? Creo que se pueden hallar caminos alternativos dentro de un medio sin necesidad de hackear. Ni el medio me come ni yo lo como a él, creo que pueden verse posiciones de mediación dentro del mismo.

No, no creo que haya que ir por ahí hackeándolo todo o pensando que todo tiene que hackearse. Creo que es más bien la idea de que todo puede ser hackeado, todo refleja un “código” y una estructura que uno puede influenciar y, de ser necesario, transformar. Es importante resaltar que hablar de “hackear” no tiene que ser algo confrontacional o destructivo, como la interpretación popular de los hackers podría sugerir. La ética hacker, más bien, se centra en el hecho de que el mundo está lleno de problemas interesantes, y uno puede dedicarse a resolverlos – en un proceso que siempre involucra aprendizaje y colaboración. Puesto de otra manera, es una lectura tecnologizada de la idea de democracia participativa, y de creer que las estructuras de la sociedad no son “algo” allá afuera, lejos de mi influencia, sino reconocer que uno puede intervenir significativamente en los procesos sociales en los que está inmerso.

Laura Moreno comentó:

En relación a la primera parte de la clase, el hecho de que todo sea hackeable como lo planteó Eduardo Marisca puede abrirnos interrogantes. En nuestra clase práctica surgió un debate sobre cuál es el lugar que le queda a los periodistas o comunicadores dentro de este cambio de paradigma.

Es un tema abierto y que sí, justamente requiere de mucho debate. Lo importante para rescatar es que el rol de los periodistas y comunicadores ha pasado a un momento de renegociación social: si antes su lugar cumplía una función sostenida sobre una escasez de información y lo complicado de su acceso, cuando esas condiciones de escasez cambian por extensión deberíamos suponer también que ese rol y esa función cambian. La discusión se vuelve estéril y poco interesante cuando se formula desde el punto de vista de que el periodismo debería preservarse porque ha cumplido una cierta función valiosa en el pasado que no deberíamos querer perder. Aunque eso puede ser cierto, la idea de preservarlo como existe porque respondía a necesidades del pasado no es muy interesante ni tampoco muy realista: es casi una cuestión museográfica. De modo que, al menos a mí personalmente, me resultan mucho más interesantes los experimentos que están surgiendo en la periferia y en las fronteras de la actividades, que están diseñando y experimentando con nuevos modelos y reinterpretaciones de la profesión que podrían volverse predominantes en el futuro.

En fin, esto es sólo un recorrido por algunos de los comentarios que encontré y que me parecía valía la pena agregar algunas notas. Agradezco a la Cátedra de Procesamiento de Datos por la invitación a lo que fue al final una discusión bastante interesante, y que obviamente ha tenido su extensión transmediática y ha continuado aún después de la clase.

#azoteahacker

El otro día se armó una buena discusión en Twitter bajo el hashtag #azoteahacker, cuyo resumen pueden encontrar en el blog del Morsa.

El concepto estaba bueno. Estábamos conversando sobre los espacio de hackeo, de experimentación libre y de aprendizaje colaborativo. Espacios donde uno aprende a fallar, y a resintetizar los fracasos y convertirlos en materia prima de nuevos experimentos. Es lo que en la cultura anglosajona es el garaje: la banda de garaje, el taller en el garaje, incluso la mítica empresa que empieza en el garaje y, como Hewlett-Packard, se termina convirtiendo en una gigantesca corporación.

El garaje es lo que en nuestro contexto cumplió hasta cierto punto la azotea. De entrada, porque en la azotea era donde estaban las cosas que sobraban: no necesariamente basura, porque no se botaba, pero que no tenía una utilidad específica. Para un niño es un espacio ideal, porque uno puede reutilizar lo que allí hay libremente: si se arruina nadie lo extraña, si se pierde nadie lo busca. Uno tiene campo libre para jugar con esas piezas, convertirlas en un refugio, juntarlas, romperlas, separarlas, desarmarlas. Eso, aprender rompiendo, es uno de los principios básicos de la ética hacker.

Pensábamos en laboratorios colectivos que han seguido un poco este modelo, como por ejemplo Escuelab: espacios de aprendizaje sin currícula y sin títulos, llenos de herramientas de gente más y menos experimentada, diversa, de la que uno puede aprender. Estos espacios tienen una gran cantidad de ventajas: empezando porque sirven como semillero para que jóvenes aprendan competencias profesionales/laborales del mundo digital sin necesariamente tener que pasar por una educación formal. Es, por ejemplo, el modelo de Electrocooperativa, en Brasil, donde los jóvenes adquieren habilidades digitales aprendiendo a mezclar música, grabar y editar videos, comunicarse online, y pueden luego utilizar esas habilidades laboralmente.

Lo que empieza a ocurrir es que en estos espacios empiezan a formarse grupos, equipos, y empiezan a surgir todo tipo de proyectos. Algunos de estos proyectos tienen potencial económico, generan innovaciones interesantes, y se convierten en vehículos de desarrollo económico para grupos de jóvenes que muchas veces no tendrían acceso, de otra manera, a un sector altamente calificado del mercado laboral. Es testimonio, además, de que la universidad y la educación superior no es necesariamente el único o el mejor canal para adquirir las competencias y el conocimiento que se requieren en la economía digital. Estos laboratorios, azoteas donde jóvenes y no-tan-jóvenes acceden a recursos y contexto para aprender a “hackear”, se convierten entonces también en incubadoras de todo tipo de proyectos e iniciativas.

Lo más interesante es que estas habilidades empiezan a construir también una ciudadanía más involucrada y comprometida. La azotea-hacker se vuelve también un laboratorio donde uno aprende a apropiarse del espacio público, aprende que uno está rodeado de sistemas complejos que tienen reglas que pueden ser descubiertas e influidas; que uno puede hackear y mejorar esos sistemas. Cuando esas habilidades empiezan a traducirse a lo público, lo que resulta es una ciudadanía activa, un ciudadano-hacker.

A partir de allí hay muchas cosas que podríamos empezar a especular o imaginar. Así como existe Escuelab, todo niño y todo joven debería tener un espacio similar, una azotea hacker, a la vuelta de su casa, a unas cuadras, donde poder juntarse con otras personas, con mentores, con amigos, y simplemente hackear. Lo mejor es que los techos que podrían aprovecharse como azoteas-hacker están ahí, probablemente desaprovechados actualmente: piensen, por ejemplo, en los techos de edificios públicos, municipalidades, colegios, en los cuales simplemente se dejan cosas tiradas para siempre. Todo lo que podríamos hacer con esos espacios: todo lo que un grupo de jóvenes podría vincularse con su barrio, con su comunidad, si empezara a asistir a talleres y a aprender cosas hackeando en el techo de su municipalidad, todo lo que podrían desarrollarse microeconomías locales, mercados de productos y servicios en torno a actividades digitales.

Si empezáramos a cultivar estos semilleros, estas incubadoras, serían la infraestructura que necesitamos para que a mediano plazo se empiece a construir una industria de alta tecnología adecuada para la economía del conocimiento. Estos esfuerzos surgen, de esta manera, “desde abajo”, y se impregnan mejor en la cultural local que otros esfuerzos más bien artificiales, grandes políticas “desde arriba” que no necesariamente logran siempre cuajar debidamente.

P.D.: Una pena que este libro no esté en edición Kindle: Hanging Out, Messing Around, and Geeking Out: Kids Living and Learning with New Media.

Lifehacking

Todo el mercado de productos de autoyuda fue, o es, el momento negativo del espíritu, por ponerlo en términos hegelianos. Es decir, es el momento, o el lugar de nuestra cultura que hace evidente una falta, una carencia. Si nos esforzamos por hacer una lectura cultural-histórica del asunto, podríamos empezar a ver cómo la aparición del segmento de autoayuda evidencia todas aquellas cosas que se han ido identificando como faltantes en el discurso acelerado y prácticamente imparable de la Modernidad: el hecho de que nuestro conocimiento sobre el mundo y nuestra capacidad técnica crecen mucho más rápido que nuestra capacidad para darle sentido a este crecimiento o para detenernos a pensar si estamos yendo en la dirección correcta. Este aparato conceptual-industrial crece dejando una serie de huecos y de vacíos, matando dioses, y sin dejarnos muchos lugares a los cuales aferrarnos.

Los productos de autoayuda llenan ese hueco – nos dan “soluciones” simples, fácilmente reproducibles, para llenar el vacío existencial propio de la era moderna. El crecimiento espectacular de este mercado es testimonio de la necesidad cultural por este tipo de productos.

Pero el siguiente momento del espíritu, la evolución conceptual de este orden de cosas resulta menos facilista que el rubro de autoayuda. La cultura del lifehacking es la versión pragmática, efectivista del mundo de la autoayuda: la dedicación al perfeccionamiento de nuestros hábitos cotidianos para conseguir nuestros objetivos de la manera más eficiente y efectiva posible. La diferencia del espíritu del lifehacking es que no edulcora las cosas para hacer sentir a las personas únicas y especiales en el universo, con un propósito y una misión: es un enfoque, más bien, fuertemente ligado a la cultura tecnológica, con procesos iterativos de descubrimiento, experimentación, medición, y corrección. Parte del supuesto de que nuestras mentes y nuestros cuerpos son hackeables en la misma medida en que lo es una computadora, asumiendo que uno tenga las herramientas correctas.

La herramientas más importante en este proceso son los datos, y hoy día es más fácil que nunca tener acceso a los datos. Por ponerlo bajo un ejemplo cotidiano, podemos tomar el caso de las finanzas personales: un enfoque tradicional de finanzas personales, en la variante autoayuda, es el lugar común voluntarista de decir que uno debe fortalecer su propia capacidad para resistirse a los gustos y de esa manera vigilar sus finanzas personales, como una especie de culto al ascetismo. Suena bonito, pero en la práctica no tiene mucho contenido. En realidad, vamos a llegar mucho más lejos si empezamos a trabajar con datos: ¿cuánto gasto mensualmente, y en qué lo gasto? ¿Cuáles son mis fuentes de ingresos? ¿Cuáles son mis inversiones, y cuánto me rinden? Cuando empiezo a meter todos estos datos en una hoja de cálculo, puedo empezar a revelar tendencias que me resultaban desconocidas hasta que empecé la captura de datos. He estado gastando demasiado en algo sin saberlo, o podría gastar la misma cantidad en tal o cual sustituto y conseguir mejores resultados, etc. Me sigue sorprendiendo la cantidad de decisiones sobre este tipo de cosas que se hacen sin recurrir al análisis de los datos disponibles. Y no necesariamente significa que las finanzas personales deben estructurarse en torno a la administración de sacrificios, sino que el tener los datos a la mano permite formular objetivos coherentes, contra los cuales luego podemos realizar una planificación. Sin datos, las decisiones se toman en el vacío.

Los mismo está empezado a pasar, también, en el ámbito de la salud, conforme nuevas tecnologías en el sector nos están permitiendo capturar más y mejores datos, agregarlos y correlacionarlos para derivar conclusiones relevantes, o al menos sugerentes. Un artículo de la revista Wired relata la manera como Sergey Brin, co-fundador de Google, está explorando este uso masivo en la investigación del Parkinson. El acceso a información sobre sus genes le permitieron encontrar una predisposición hacia este mal; en consecuencia, puede anticipadamente modificar su comportamiento para privilegiar los factores ambientales que son conocidos para demorarlo o impedirlo, como haciendo ejercicio. En este sentido, Brin está hackeando su propia conducta para ajustarla en función a los datos a los que tiene disposición, y su hipótesis es que si empezamos a hacer esto a gran escala, y empezamos a acumular los datos de miles de personas, empezaremos a ver patrones que revelan información médicamente relevante sobre diferentes tipo de males.

Los productos de autoayuda no tienen mucho sentido porque son completamente indiferenciados, en la medida en que plantean soluciones genéricas para audiencias diversas. Además, el mercado mismo funciona sobre la suposición de que los productos no funcionan, para que los mismos consumidores sigan consumiendo más productos similares. Pero la noción de lifehacking, en cambio, apuesta por soluciones que se ajustan a patrones de personas que pueden ser comparadas porque los datos que se obtienen de ellas muestran ellos mismos patrones, de modo que podemos comparar y aplicar las mismas soluciones que sabemos que funcionan en los casos que más o menos se parecen. Además, todo el objetivo del hackeo es, precisamente, obtener una solución, que luego puede ser evaluada y corregida según los resultados que se encuentren. Se apoya sobre la idea tecnológica de que tenemos a nuestro alcance las herramientas para recolectar datos, y para compartirlos de maneras sencillas con otras personas. De esta manera podemos empezar a encontrar patrones para modificar nuestra conducta de las maneras que nos interesan.

Aprender a hackear

Siempre he estado fascinado por la idea de hacer cosas. Mi formación en filosofía nunca me enseñó, al menos formalmente, a hacer cosas, sino más bien a pensar cosas, o estudiar cosas, pero no hacerlas (eventualmente he caído en cuenta de que uno sí aprender a hacer ciertas cosas cuando estudia filosofía, pero parece ser que sólo se entiende esto retrospectivamente). Un artículo en The Atlantic explora los nuevos espacios que están surgiendo, para-académicos, donde niños y jóvenes están aprendiendo diferentes maneras de hacer cosas, jugar y transformar objetos a su voluntad:

The ideal educational environment for kids, observes Peter Gray, a professor of psychology at Boston College who studies the way children learn, is one that includes “the opportunity to mess around with objects of all sorts, and to try to build things.” Countless experiments have shown that young children are far more interested in objects they can control than in those they cannot control—a behavioral tendency that persists. In her review of research on project-based learning (a hands-on, experience-based approach to education), Diane McGrath, former editor of the Journal of Computer Science Education, reports that project-based students do as well as (and sometimes better than) traditionally educated students on standardized tests, and that they “learn research skills, understand the subject matter at a deeper level than do their traditional counterparts, and are more deeply engaged in their work.”

Estos espacios son externos o ajenos a los espacios de educación formal o tradicional porque operan bajo lógicas que nuestro sistema educativo es actualmente incapaz de incorporar. Pero justamente siguiendo una lógica propia de la ética hacker, las personas que encuentran este interés están hackeando su propio espacio para hackear, creándose su propio espacio educativo:

Unfortunately, says Gray, our schools don’t teach kids how to make things, but instead train them to become scholars, “in the narrowest sense of the word, meaning someone who spends their time reading and writing. Of course, most people are not scholars. We survive by doing things.”

So it makes sense that members of the DIY movement see education itself as a field that’s ripe for hands-on improvement. Instead of taking on the dull job of petitioning schools to change their obstinate ways, DIYers are building their own versions of schools, in the form of summer camps, workshops, clubs, and Web sites.

Varias cosas vale la pena rescatar. En primer lugar, que hace varios años tuve la idea/intención de formar una especie de “academia de hackeo” donde la gente pudiera reunirse para, bueno, aprender a hackear. El concepto era simple, armar una especie de “currícula básica”, una lista de actividades con las cuales introducirse en la idea de hackear (incluyendo, por supuesto, la exploración filosófica de la ética hacker), y que luego un grupo de manera colaborativa se encargara de explorar los temas y compartir experiencias y proyectos.

Lo otro es que esto me remite a un libro que aún no me he conseguido, pero es especialmente relevante: un trabajo de varios autores titulado Hanging Out, Messing Around and Geeking Out, que profundiza sobre las maneras colaborativas en las que los jóvenes están actualmente aprendiendo en espacios que no tienen reconocimiento dentro de la educación formal. Lo que la evidencia cada vez nos está mostrando más claramente, es que no vamos a un lugar en el que aprendemos (el colegio, o la universidad), para luego salir de él y dejar de aprender. Aprendemos de todo el tiempo, y una buena parte de lo que aprendemos lo aprendemos en contextos de socialización externos a la educación formal en salones y con pizarras (o con proyectores y powerpoints). Pero en la medida en que nuestro entendimiento de la educación no reconoce estos aprendizajes informales, poco estructurados, no es capaz de maximizar su valor e importancia ni articularlos con lo que se aprende dentro de los salones y con las pizarras.

Finalmente, hay aquí una enorme oportunidad. La tecnología reduce los costos de transacción para diferentes tipos de actividades y de formas de organización social. Coordinar cosas es más fácil que nunca, así como difundir ideas. De modo que, en lo que respecta a la educación, uno podría argumentar que el aparato burocrático para organizar la actividad educativa deja de ser tan necesario, y que así como surgen estos espacios, uno podría perfectamente organizar el suyo propio. Y podría hacerlo con un enfoque completamente diferente, con costos muchísimo más bajos. Encontré hoy también este curso virtual sobre  “Periodismo abierto y la web abierta” en la P2PU, una comunidad en línea que le permite virtualmente a cualquier persona dictar un curso en línea sobre cualquier tema, con la intención de que sean cursos cortos de nivel universitario.

Debidamente organizado, esto podría ser la manera como alguien se gane la vida: una persona especializada podría dictar directamente varios de estos cursos/espacios virtuales de aprendizaje al mismo tiempo, y de acuerdo a la especialización, calidad y reconocimiento de su contenido, podría perfectamente cobrar a los participantes por la posibilidad de ser miembros de la comunidad. Pero lo mejor es que podría fácilmente manejar todo el aparato por sí solo, estableciendo una suerte de empresa unipersonal: así, aunque quizás el techo de las ganancias no es tan alto, en realidad el margen de utilidad regresa casi en su totalidad para la persona que maneja la operación.

Este tipo de empresas unipersonales es una de las figuras más interesantes que me parece habilita la nueva economía digital, que no solamente posibilita sino que incluso reclama una reinterpretación del modelo clásico del capitalismo. Quizás puede ser también un elemento en la configuración de una nueva concepción de Ilustración. Hay, además, una oportunidad de mercado y un modelo de negocios aquí.