¿Cómo serán las nuevas instituciones de educación superior?

Cada vez estoy más convencido de que estamos en un curso de colisión acelerado en lo que refiere a educación superior, por no decir educación en general. Nuestros modelos e instituciones ya no dan para mucho más, por múltiples razones, y las alternativas son pocas y no del todo convincentes.

El problema central es que la universidad como modelo organizacional central en la educación superior sufre desde que pierde el monopolio fáctico sobre la creación y sobre todo distribución de conocimiento. No es la única razón, pero es el meollo del asunto: información que antes uno podía solamente conseguir a través de estudios universitarios hoy se puede conseguir por múltiples otros canales. Obviamente no intento sugerir que una universidad sea solamente transferencia de información, pero sí me parece que las demás capas de valor que aporta una formación universitaria empezaron a volverse visibles y a llamar la atención cuando esta capa primordial se vio desequilibrada.

Pero a partir de allí vienen una serie de problemas estructurales de nuestras universidades contemporáneas que son difíciles de equilibrar. Por ejemplo, la diferenciación entre universidades como espacios de formación e investigación, y universidades como espacios de capacitación profesional. Las diferencias entre ambos enfoques son importantes: la primera está más interesada en la exploración y el desarrollo de nuevo conocimiento, mientras que la segunda está orientada hacia el desarrollo de habilidades específicas que sus estudiantes necesitarán en el ámbito laboral. No es que una sea superior a la otra: graduar estudiantes sin capacidades que puedan desplegar para desarrollar sus carreras es tan malo como promover visiones estáticas y estrictamente funcionales de áreas de conocimiento, pero de lejos la mayor de las faltas es intentar vender una de estas ideas para luego realizar la otra. La inspiración “filosófica” de la institución tiene importantes repercusiones operativas: una universidad como espacio de capacitación profesional tiene más oportunidades de financiarse a partir de los ingresos generados por sus estudiantes, mientras que una universidad como espacio de investigación, al ofrecer directamente menor certidumbre sobre el retorno a la inversión, dependerá más de otras fuentes de financiamiento como los retornos sobre nuevas patentes o fondos para financiar proyectos.

Al mismo tiempo, hay una suerte de carrera por encontrar la pieza mágica que resolverá el problema no sólo de manera costeable, sino también escalable. ¿Qué tecnología mágica permitirá distribuir contenidos a más estudiantes, a menor costo, sacrificando lo menos posible de la calidad del contenido? Educación a distancia, objetos de conocimiento reusables, telepresencia, herramientas colaborativas, una mezcla de todos los anteriores – o, últimamente, la idea de que los MOOCs (massively open online course) serán el futuro de la educación. Los MOOCs vienen con una retórica utópica sobre llevar la mejor educación a los lugares más remotos del mundo, sea con una orientación más académica como en el caso de edX, o una más comercial como en el caso de Coursera. La idea es relativamente simple, pero la ejecución sumamente complicada: generar plataformas para distribuir cursos universitarios en línea, que incorporen además espacios de colaboración y comunidad donde los estudiantes puedan comunicarse entre sí para resolver sus propias preguntas – mitigando así en cierta medida el problema de la falta de socialización que genera el espacio virtual frente al curso presencial, y la dificultad de brindar apoyo personalizado cuando la lista de inscritos de cuenta en miles en lugar de decenas.

Modelos como edX o Coursera alzan legítimamente la pregunta, ¿entonces qué valor queda para la universidad si uno puede llevar cursos de las mejores universidades en línea? Bueno, el que las mejores universidades puedan hacer esto es una clara retórica que les permite afirmar que su valor no está en el contenido mismo – el contenido te lo regalo porque me dedico a cosas más importantes, como ofrecer vínculos personales con especialistas de alto calibre, recursos de investigación, oportunidades para participar de proyectos, etc. Y por supuesto, siempre queda la capa de certificación: puedes haber llevado todos los cursos en línea de las mejores universidades del mundo y ser un especialista de facto en la materia, pero eso no te da el título que lo certifique y que te puede servir para conseguir un trabajo. Ese detalle todavía representa una significativa inversión de dinero, y en muchos casos, es el único detalle que le importa a muchas personas que consideran que ir a una universidad de primer nivel es mucho más un tema de branding que de aprendizaje.

Pero ante las posibilidades del MOOC están también los que legítimamente dicen que “no es lo mismo” – que la distribución masiva de contenidos en línea no puede reemplazar la experiencia educativa, que debe entenderse como más que solamente transferir información de una cabeza a otra (argumento que tiene importante sustento epistemológico). Sin embargo, hay que tener en cuenta también cuál es la línea de base con la cual se hace esta comparación. Es muy distinto comparar con una visión idealizada de lo que es la educación que con lo que efectivamente ocurre en los salones de clase, y en este sentido me atrevo a decir que la educación universitaria que reciben muchos de los estudiantes en, por ejemplo, muchas de las universidades peruanas, dista mucho de ser una gran “experiencia educativa”. Es más, incluso en las que se pueden considerar como las mejores universidades peruanas (si nos guiamos por algo como el ránking realizado por América Economía) difícilmente los alumnos participan de esta mística experiencia educativa, algo que observo a partir de mi propia experiencia dictando clase en algunas de ellas y las experiencias que recibo de varios amigos que aún lo hacen. Siempre encuentra uno alumnos excepcionales, pero también una abrumadora mayoría de gente que pasa por el sistema educativo con una perspectiva un tanto fatalista de que “no hay otra opción” o una determinista de que “simplemente lo que hay que hacer”.

El otro polo del espectro es aún peor: el libertinaje universitario de las últimas décadas en el Perú que llevó a la creación indiscriminada de nuevas instituciones sin ningún tipo de control de calidad y la subsecuente serie de historias de terror de universidades funcionando en garajes y demás condiciones inaceptables, que terminó por llevar al Congreso a aprobar una moratoria para la creación de nuevas universidades hasta el 2017. Tanto en el caso anterior, como especialmente en este caso, uno tiene forzosamente que preguntarse si algo como un MOOC no sería una mejor alternativa para muchas de estas personas. No que sea la mejor opción en todos los mundos posibles, sino que allí donde el estudiante realmente no está involucrado con la experiencia educativa, o donde la infraestructura está por debajo de cualquier estándar de calidad, ¿no se pueden contemplar alternativas transicionales más interesantes?

Aún así, el hecho de que las “mejores universidades” puedan darse el lujo de regalar su contenido en la forma de MOOCs es algo que tiene que pensarse en todas sus ramificaciones, pues sí efectivamente se logra consolidar un modelo funcional, no sólo se corre el riesgo de terminar volviendo obsoletas a aquellas instituciones que se encuentran más abajo en el espectro de calidad (como sea que se la defina), sino también por amenazar significativamente a las que están más hacia el medio. Si la disyuntiva entre un MOOC de primer nivel y una universidad local de medio rango se vuelve legítima, se corre el riesgo de volver irrelevante la existencia de un enorme número de instituciones que cumplen, entre otras, una función importante de accesibilidad al brindar más espacios para que la gente reciba una educación. La promesa de accesibilidad absoluta podría generar el daño colateral de terminar elitizando la educación superior al hacer la educación presencial un lujo disponible solamente a unos pocos por el criterio que sea – poder adquisitivo, capacidad intelectual, buena fortuna – mientras que todos los que no cumplan con esa categoría no tengan más opciones que la educación virtual como un “peor es nada”.

Por otro lado, para muchos académicos cansados del universo académico tradicional esto se presenta como una increíble oportunidad de experimentación. Para muchas personas en el mundo académico, la promesa de la vida intelectual de investigación y docencia choca con una realidad en la cual hay menos plazas disponibles que gente intentando ocuparlas, donde la gestión de las instituciones es muchas veces poco transparente, los sueldos son bajos y la carga docente alta, y un mundo en el cual finalmente se encuentran frustrados porque no solamente no encuentran ese espacio prometido de gratificación intelectual, sino que tampoco reciben los beneficios materiales que uno podría esperar del mercado laboral. Ante ese prospecto (y ojo que digo aquí que me refiero a ese prospecto, no el de las minorías que efectivamente logran construir una carrera académica satisfactoria) la posibilidad que puede tener un académico de independizarse del mundo institucional y dedicarse a construir su propio islote de conocimiento utilizando herramientas como MOOCs o cualquier otra me parece sumamente interesante. Si uno tiene la capacidad de construir una comunidad de interés lo suficientemente grande como para tener un número significativo de gente dispuesta a pagar por acceso a contenido o por interacciones más personales, uno podría tranquilamente generar una estructura sostenible que le genere por lo menos tantos ingresos como tendría en el sistema tradicional, pero con mayor libertad de contenidos y enfoques. No creo que esto necesariamente vaya a ser un modelo que le convenga a todos o a cualquiera; pero en este momento, si creo que para algunos académicos que encuentren la manera de construir una marca personal y una comunidad de interés puede ser un modelo sumamente interesante. Y a largo plazo y a escala, uno podría imaginarse a sí mismo, como estudiante, armándose carreras ad hoc con currículas personalizadas que incluyan cursos con especialistas que no estén limitados por sus afiliaciones institucionales o por su ubicación geográfica, a costos potencialmente menores. Finalmente, muchas veces olvidamos que muchas de las barreras en torno a nuestra organización del conocimiento no son sólo conceptuales, sino también físicas: organizamos cursos y currículas de tal o cual manera porque debemos concentrar recursos (profesores, salones, alumnos, libros, etc.) en un mismo lugar. Una vez que tiramos por la ventana la barrera física, se vuelve también legítimo cuestionas las demás.

No hay una conclusión final aquí. Solamente son algunas notas sobre temas vinculados a educación superior que quería procesar y compartir, como para ir o seguir armando una discusión.

Tesis, tótem y tabú

Un artículo reciente en el Chronicle of Higher Education presenta la idea de que la disertación, como pieza y resultado central del proceso de educación superior (específicamente, la disertación doctoral), es una institución que exige ser revisada:

Completing a dissertation can take four to seven years because students are typically required by their advisers to pore over minutiae and learn the ins and outs of preceding scholarly debates before turning to the specific topic of their own work. Dissertations are often so specialized and burdened with jargon that they are incomprehensible to scholars from other disciplines, much less applicable to the broader public.

The majority of dissertations, produced in paper and ink, ignore the interactive possibilities of a new-media culture. And book-length monographs don’t always reflect students’ career goals or let them demonstrate skills transferable beyond the borders of academe.

A medida que voy entrando más y más en mi propio trabajo de tesis (que aunque no alcanza el calibre y extensión de una disertación doctoral, va creciendo como un monstruo que todo lo abarca), la cuestión del propósito y sentido de la disertación o la tesis se me hace bastante personal. No creo del todo que la tesis sea un proceso o producto caduco e inviable; pero sí creo que no refleja del todo la experiencia de investigación en el contexto presente, especialmente cuando uno está trabajando en áreas vinculadas al cambio tecnológico y en campos donde la información está cambiando muy rápidamente. Comprometerse con proyectos de investigación sumamente largos tiene sentido en muchos casos, pero existen también otros en los cuales este tipo de proyectos terminan encontrando que la realidad sobre la que comentan simplemente ya no es la misma en el tiempo que tomó formular, responder y publicar la pregunta.

Pero además, puede también ser un limitante a las posibilidades de exploración, experimentación e interacción entre múltiples disciplinas, proyectos e ideas. Es un poco lo que encuentro en mi propia experiencia: conforme encuentro nuevos temas interesantes y me involucro con nuevos proyectos, la posibilidad de explorarlos siempre se tiene que evaluar en función a si contribuye o no al proyecto de tesis, dada una cantidad finita de recursos. Pero la manera como trabajo cotidianamente simplemente no se da de esa manera: lejos de trabajar en un sólo proyecto con dedicación casi absoluta, en la práctica encuentro que estoy participando de múltiples investigaciones de mayor o menor calibre que no necesariamente se articulan bien entre sí, o contribuyendo en proyectos cuyo impacto sobre el proyecto de tesis es mínimo o nulo. El output de mi trabajo académico termina pareciéndose más a una red o una constelación de diferentes nodos con mayor o menor proximidad, que a un corpus articulado y consistente, un tótem de significado cuya expresión “material” es el proyecto de tesis.

En otras palabras: el trabajo en un proyecto de tesis o disertación presupone que existe una sola línea central, articuladora de todas las ideas y posibilidades. Está bien, esa es precisamente su propósito: evaluar la capacidad del investigador para comprometerse con los detalles de realizar un proyecto de investigación complejo y de gran escala. Pero ese propósito, en muchos casos, ya no es igualmente aplicable, con el mismo carácter de necesidad. No sólo mi propio proyecto de tesis crece desmesuradamente a medida que intenta introducir elementos de otros disciplinas, sino además comparar múltiples realidades geográficas e históricas. Pero al mismo tiempo me encuentro a mí mismo trabajando en múltiples otras direcciones: en los últimos meses he estado investigando sobre el uso de espacios urbanos como dispositivo narrativo en los videojuegos, conceptuando herramientas para fortalecer la literacidad científica, construyendo escenarios para la exploración de conflictos de identidad en videojuegos, explorando la operación y significación del pensamiento computacional, construyendo universos narrativos de ficción, o formulando narrativas para el diseño de videojuegos educacionales.

Y eso no termina realmente de agotar el universo de cosas que quiero seguir conectando o en las que me involucro. Aún así, quizás la mayoría de ellas tiene a lo mucho una conexión tenue con un sólo proyecto totémico, central. Desde la lógica de la tesis son, a lo mucho, notas al pie. Y me parece que en ello se pierde muchísimo valor y muchísimas posibles conexiones que podrían a su vez derivar en nuevas oportunidades y posibilidades de investigación.

Así que estoy procesando la idea de cómo concebir mejor este output académico, de manera que no sea un tótem unitario, pero no necesariamente pierda la consistencia y la interrelación. No quiero y no creo que mi trabajo de “tesis” sea una monografía extendida con introducción, desarrollo, conclusiones y bibliografía, porque no me alcanza para cubrir e involucrar todas las entidades que me parece están conectadas. El output es múltiple: es esa monografía, pero es también una serie de proyectos, o de “sondas” como las llamabas Marshall McLuhan – pequeñas o grandes exploraciones conceptuales y what ifs para entender mejor cómo operaban o podían operar ciertos procesos. Estas sondas son proyectos, son piezas de código, son productos audiovisuales, son diseños, son juegos, son historias, que no necesariamente contienen una sola narrativa central, sino que encierran múltiples posibles permutaciones de múltiples líneas argumentativas y exploraciones.

¿Tiene esto el mismo nivel de rigor académico que un proyecto articulado de disertación? No lo sé, y quizás no, no sea el mismo nivel de rigor. Pero evaluar este output solamente en términos de rigor es lo mismo que decir que el output sólo puede o debe ser un producto como la disertación. La pregunta es justamente por qué nuevas formas de valor puede generar la investigación académica y la educación superior, y cómo podemos sondear diferentes maneras de acceder a ese valor.

Retrato del filósofo como hacker

Como comenté hace unos días, el jueves estaré haciendo una presentación en el coloquio Redes de la Filosofía en la PUCP (mi mesa es a las 3pm junto con Roberto Bustamante, justo antes de la conferencia de Pierre Lévy a la 5pm sobre rizomas algorítmicos).

He venido jugando con varias ideas sobre lo que quiero presentar, y he intentado combinarlas en este texto base a partir del cual quiero hacer mi presentación. Quiero compartirlo anticipadamente por si (1) tienen algún comentario, crítica o feedback que sea bueno incorporar, (2) no pueden asistir (o no están seguros y esto los puede animar/desanimar), o (3) quieren ir agregando temas que se desprendan de aquí como para la discusión en el evento. Cualquier comentario es bienvenido, y tengan en cuenta que, como suele ser el caso, todo esto son ideas en desarrollo.

Arquitecturas intangibles

“Internet” no es algo por sí mismo, sino que es una colección de algos que es más que la suma de sus partes: hecho posible por la invención del protocolo IP (Internet Protocol), Internet hizo posible que diferentes redes pudieran comunicarse entre sí e intercambiar información, incluso en aquellos casos en los que sus arquitecturas eran fundamentalmente diferentes. Lo que hizo fue crear una lingua franca a partir de la cual diferentes infraestructuras podían efectivamente comportarse como una sola, con la capacidad de conectar y desconectar nuevos nodos sin afectar la integridad del conjunto.

Cuando hablamos de Internet, estamos hablando de múltiples capas de abstracción que se ven oscurecidas y opacadas por la más visible de ellas, que es la WWW, porque es la que utilizamos cotidianamente para casi todos los propósitos. El usuario no tiene por qué ser consciente de ni entender todo el sustrato de capas y capas lógicas y físicas que existen detrás de estas abstracciones, pero cuando hacemos crítica tecnológica o queremos evaluar y entender la manera cómo la tecnología afecta procesos sociales esto sí se vuelve importante porque todas estas capas apiladas están afectadas por el concepto de “inheritance”, o herencia: las decisiones tomadas en las capas inferiores, los supuestos realizados y los affordances incorporados al diseño, afectan a todas las construcciones que realizamos en las capas superiores. Todas nuestras manifestaciones expresivas realizadas en medios computacionales, están inevitablemente estructuradas y limitadas por las posibilidades del medio computacional: esto a pesar de que intuitivamente nos parece lo contrario, de que el medio computacional o digital permite un poder expresivo infinito e ilimitado. Las redes de información digitales están configuradas por sus protocolos y sus aplicaciones, que a su vez están configurados por sus sistemas operativos y sus lenguajes de programación, que a su vez están configurados por la capa material con la cual estos lenguajes interactúan para genererar operaciones electrónicas cuya naturaleza semántica emerge a partir de la repetición masiva de millones de instrucciones aritméticas simples por segundo.

Todo esto lo digo porque es fácil que perdamos de vista algunas cosas que dejan de ser obvias o aparentes cuando queremos estudiar la manera en la cual, por ejemplo, hacemos filosofía en el medio digital, porque pasamos a concentrarnos más en la capa de lo inmediatamente tangible – comprensible pero, por todo lo que acabo de señalar, engañoso. Con esto no quiero decir ninguna de las siguientes dos cosas: que sea necesario un entendimiento profundo de las capas inferiores (p.ej. entender la definición de un protocolo o conocer un lenguaje de programación en detalle) para poder intentar analizar las maneras en las que operan o afectan a las demás capas; o que el análisis de lo tecnológico signifique un viaje a la semilla en busca de una causa primera o un primer motor inmóvil. Sí creo, en cambio, que son verdaderas las dos siguientes premisas:

  • Que es necesario el entendimiento de que estas múltiples capas existen y se afectan mutuamente, y que la configuración de capas inferiores afecta la configuración de capas superiores.
  • Que el conjunto de prácticas sociales y supuestos conceptuales bajo los cuales se configuraron las capas inferiores, son heredadas parcialmente por las capas superiores y afectan el conjunto de prácticas y supuestos que allí se realizan.

Hago esta prolongada introducción porque a partir de aquí quiero argumentar, o por lo menos provocar, tres posibles líneas de discusión:

  1. La primera es la posibilidad de una lectura filosófica realizada en y sobre la tecnología que tiene una forma similar a la práctica tecnológica estructurada por la ética hacker, y que sin embargo no es nueva en la historia de la filosofía en su conjunto.
  2. La segunda es la necesidad de una lectura filosófica que informe y contexualice la práctica tecnológica, y haga evidentes los supuestos que orientan las decisiones que afectan la manera en la que hacemos tecnología. Dicho de otro modo, la necesidad de brindarle al hacker los elementos para que él o ella puedan ser, a su propia manera, filósofos, o reflexivos respecto a su propia práctica.
  3. La tercera es la oportunidad de razonar, por analogía, a partir del análisis de sistemas abstractos que son claramente mapeables, hacia sistemas concretos que son menos transparentes y accesibles al análisis. En concreto, quiero utilizar la idea de que la capacidad de navegar redes de información afecta procesos sociales como la movilidad social o la capacidad de salir de la pobreza de maneras que aún no hemos explorado del todo.

Del filósofo como hacker

Es pertinente empezar esta sección afirmando que no estoy intentando aquí trazar un modelo normativo para la práctica filosófica – no creo que sea esto un deber-ser de cómo los filósofos deberían hacer su trabajo. Ni estoy aquí intentando realizar una reconstrucción retrospectiva de la filosofía misma, como intentando decir “esto es lo que la filosofía siempre ha sido pero nunca nos dimos cuenta”. Por eso tomo la precaución de referirme a la práctica filosófica, es decir, a la manera como los filósofos individual o colectivamente hacen filosofía en casos concretos, y la manera como se ve modificada al realizarse en y a través de entornos computacionales y digitales. En otras palabras, la filosofía en las redes.

A fines del 2011 publicamos con EDLJ un pequeño artículo en la revista Páginas donde describíamos los cambios materiales por los estaba pasando la práctica filosófica y de las Humanidades en general. Nuestra descripción en ese caso fue casi estrictamente operativa, hablando de maneras específicas en las cuales un investigador podría aprovechar nuevas herramientas digitales para ampliar o difundir su trabajo de maneras creativas. Pero en el contexto de ese artículo no abordamos la cuestión más de fondo, de cómo utilizar esas herramientas afecta no solamente las condiciones de producción, sino también las condiciones de lo producido: cuando hacemos teoría en y sobre la tecnología, ¿cuáles son las condiciones diferentes, singulares de esa teoría?

Intenté responder a esa pregunta con el programa de la teoría mínimamente viable, y en particular, con las nuevas condiciones en las cuales nos vemos en la necesidad de formular modelos teóricos, especialmente cuando ellos se refieren a lo tecnológico:

[H]oy día vemos una serie de fenómenos que se mueven y cambian demasiado rápido como para que nuestros mecanismos tradicionales para formular teorías nos den explicaciones útiles. En el tiempo que le toma a un libro o a un paper ser publicados, por ejemplo, muchas explicaciones y descripciones sobre cambios tecnológicos o conductas sociales emergentes pueden haber cambiado significativamente, o incluso haber desaparecido. Procesos tradicionales como el peer-review, que no dejan de ser importantes, no necesariamente tienen tanto sentido cuando nos enfrentamos al tipo de desafíos teóricos como aquellos a los que responder una MVT. Esencialmente, es algo así como pasar de un modelo filter, then publish, a un modelo publish, then filter.

Lo sugerente es como en este caso, empezamos a imaginar una forma de práctica filosófica que es a su vez estructuralmente similar al tipo de prácticas mismas que intenta estudiar. La ética hacker y los principios de la cultura hacker se vuelven entonces un interesante modelo a seguir para modelar una práctica filosófica propia del medio digital. Podemos tomar, por ejemplo, los principios de la actitud hacker descritos por Eric S. Raymond en su ensayo clásico, “How To Become a Hacker“:

  1. El mundo está lleno de problemas fascinantes esperando ser resueltos.
  2. Ningún problema debería tener que ser resuelto más de una vez.
  3. El aburrimiento y el trabajo rutinario son malignos.
  4. La libertad es buena.
  5. Tener actitud no es sustituto para ser competente.

De estos principios podemos hacernos la idea de que la práctica del hacker está principalmente orientada por la curiosidad para entender cómo es que funcionan diferentes tipos de sistemas, y cómo es que podemos hacerlos mejores. Es una ética gobernada meritocráticamente por comunidades de individuos vinculados más o menos flexiblemente, a través de espacios distribuidos, conectados por tecnologías digitales de la información. Es el tipo de organización social emergente hecha posible por la tecnología digital que rompe con nuestros supuestos tradicionales sobre cómo podemos y debemos organizarnos para cumplir con objetivos comunes (ruptura o confrontación descrita por Yochai Benkler desde su artículo, “Coase’s Penguin, or Linux and the Nature of the Firm“).

La actitud del hacker asume un mundo llenos de problemas esperando ser resueltos, pero a pesar de su profunda vinculación con lo tecnológico, no hay nada en esa actitud que indique que, intrínsecamente, esos problemas deben ser de naturaleza tecnológica. Es decir, no todos los problemas “hackeables” tienen que ser problemas de código, sino que es más bien la disposición con la que se abordan los problemas lo que distingue al hacker. Lo cual deja abierta la puerta a que la filosofía misma pueda entenderse como una forma de hackeo, y quizás por lo mismo, como una forma de realizar la práctica filosófica que más fácilmente consigue aproximarse a la comprensión de lo tecnológico.

¿Cómo se configura ese tipo de comprensión? Quizás podemos encontrar más pistas si tomamos otro ensayo clásico de Raymond, “The Cathedral and the Bazaar“. En este ensayo, Raymond explica las diferencias entre dos enfoques hacia el desarrollo de software: por un lado, el desarrollo propietario/corporativo es aquel que se dedica a la construcción de “catedrales”: grandes sistemas complejos que requieren de todo un andamiaje organizacional complicado que genere el espacio que permita la creatividad. Por otro lado, el desarrollo del software libre se dedica a la construcción de “bazares”: en lugar de partir de la búsqueda de grandes estructuras, el software evoluciona a partir de la concatenación de pequeñas piezas que responden a preocupaciones puntuales, que al conectarse forman dependencias y permiten crear estructuras más grandes que la suma de sus partes. El enfoque de la catedral es la aplicación de la lógica industrial a la producción de un intangible como el software; en cambio, el enfoque del bazar es hecho posible por la aparición de tecnologías de la información que permiten que miles de desarrolladores puedan trabajar individualmente en problemas distribuidos colectivamente. Más que intentar decir que una forma sea superior a la otra, Raymond intenta señalar que claramente la segunda forma es novedosa y posible dadas nuestras condiciones actuales de producción.

La analogía es útil si queremos pensar en la forma que toma la práctica filosófica pensada como un ejercicio de hackeo: no una filosofía centrada en el diseño de “catedrales” o de grandes sistemas, sino una centrada en la emergencia de esos sistemas a partir de las conexiones que pueden trazarse entre múltiples piezas independientes. Allí, quizás, su innovación, aunque tenemos que tener suficiente conciencia histórica para reconocer que esto no es en términos generales novedoso en la historia de la filosofía: discursos en contra de la filosofía como sistema, o a favor de su imposibilidad, abundan desde mucho, mucho antes del siglo XX y la aparición de la tecnología digital y las redes de información. Aunque esto aparece como una innovación en el campo del desarrollo de software y aplicaciones informáticas, no lo es tanto desde el punto de vista de la práctica filosófica, pero con una particularidad significativa: la filosofía  como ejercicio del hacking, como constructora de “bazares” conceptuales, no niega ni se cierra a la posibilidad de que existan sistemas filosóficos. Sólo discute la naturaleza de esos sistemas: como edificios complicados articulados voluntariamente a priori, o como estructuras complejas cuyas propiedades, características y elementos emergen a posteriori a partir de la interacción de componentes simples. El sistema conceptual análogo al mundo digital e informatizado es un sistema dinámico, extensible, computacional e histórico: es, entonces, una red.

Del hacker como filósofo

Creo que es importante prestar también atención al otro lado de la moneda. He intentado responder escuetamente a la pregunta, ¿qué forma toma una práctica filosófica configurada por las tecnologías digitales de la información? Quiero ahora intentar algo similar para la pregunta, ¿cómo puede una práctica filosófica así configurada influir sobre el desarrollo de la tecnología misma?

La filosofía no ha tenido mucho que decir sobre esto, o en aquellos casos donde lo ha hecho, ha conseguido más bien empujar este tema hacia la periferia o hacia otros ámbitos disciplinarios. Más aún, en muchos casos es fácil encontrar también discursos filosóficos sobre la tecnología que se distinguen por lo distanciados que están de la práctica tecnológica misma – que no se esfuerzan por entender sus particularidades, por manejar sus lenguajes o considerar su propia lógica interna. Esto ha resultado en un doble proceso preocupante: por un lado, que el desarrollo tecnológico preste poca atención al discurso filosófico que suele realizarse sobre él, y por otro lado, que este mismo desarrollo preste atención a otras fuentes conceptuales de manera poco crítica o informada.

Los diseñadores y desarrolladores de nuevas tecnologías van a seguir haciendo aquello que saben hacer más allá de que la filosofía les diga si lo que hacen está bien o mal, o si resulta más o menos deseable, o lo que fuera. El problema es que en muchos de estos casos, muchas muy buenas ideas terminan resultando inefectivas al ser implementadas porque no tomaron en consideración el contexto en el cual iban a ser aplicadas y sus posibles implicaciones, o en casos peores terminan generando un impacto negativo respecto al esperado. Aunque escapa al alcance de las herramientas de la filosofía realizar este tipo de evaluaciones e informar el diseño de nuevas tecnologías a partir de sus usos y aplicaciones, sí está dentro de sus posibilidades formular y promover una lógica mejor informada respecto a las complejidades de lo tecnológico y las múltiples capas de significado que participan de su diseño, implementación y uso. En otras palabras: la filosofía no puede decirte por qué una tecnología en particular es o no adecuada para un contexto determinada, pero sí puede decirte que la respuesta a esa pregunta no es contingente a las características de la tecnología misma.

De lo cual se desprende, me parece, el sentido que adopta el generar una red conceptual articulada en torno a la tecnología, que conozca sus lógicas internas y pueda brindar una perspectiva que no resulte ingenua ni desactualizada: un sistema de “crítica tecnológica” que, en el sentido clásico de la crítica kantiana, permita identificar los límites y parámetros dentro de los cuales opera nuestra mentalidad tecnológica – incluso en aquellos casos donde una tecnología pretende ampliar y modificar esa misma mentalidad. La filosofía tiene la capacidad para formular un conjunto de preguntas y conceptos que puedan a su vez ser reutilizados por el hacker al reflexionar sobre sus propias creaciones y modificaciones, sobre sus propias prácticas y sobre las dinámicas de su propia comunidad creativa.

De lo que no se trata, es de utilizar herramientas y conceptos filosóficos para decirle al hacker cómo es que debe hacer las cosas – algo en lo cual las ramas temáticas de la filosofía frecuentemente suelen incurrir, bajo un exceso de normatividad construida exteriormente. No sólo termina siendo un ejercicio inútil, sino que termina siendo hasta contraproducente, en la medida en que consigue que el discurso filosófico sea excluido de lo que podría ser de otra manera un diálogo mucho más interesante y construido colaborativamente. Y está dentro de la esfera de interés de la práctica filosófica (o al menos dentro de la de muchos de nosotros) construir este espacio de diálogo donde poder contribuir al desarrollo de una conciencia tecnológica mejor informada y menos ingenua por ambos lados: tanto por el lado de lo técnico como por el lado de lo conceptual.

Quizás una de las primeras tareas de este tipo de construcción de conciencia es identificar las maneras implícitas en las cuales este intercambio ya se ha venido dando. Hay una historia poco explorada de la participación de la filosofía en la tecnología digital de la información, que regresa hasta la manera en la cual el cartesianismo influyó a varios de los teóricos iniciales de la informática y la cibernética con nociones cercanas al dualismo, la relación entre la mente y el cuerpo y la figura del “fantasma dentro de la máquina”. A partir de allí, hay una línea de diálogo intermitente cuya manifestación quizás más interesante puede encontrarse en las conversaciones más recientes en torno a los límites y posibilidades de la inteligencia artificial, así como sus implicancias legales, éticas y políticas.

Conectados y desconectados

Quiero cerrar con una nota sobre por qué me parece importante todo lo anterior, y si la conexión entre una y otra cosa no termina resultando aparente, estaré especialmente agradecido de los comentarios que me puedan hacer para poder hacer las aclaraciones del caso.

Me parece importante ilustrar la importancia que tiene toda esta reflexión y metareflexión sobre cómo pensamos en la tecnología, cómo informamos su desarrollo y cómo utilizamos o podemos utilizar estas herramientas conceptuales en la navegación de redes de información cotidianas. En cierta manera (que espero no tener que elaborar aquí en detalle), aprender a navegar una red es como aprender un lenguaje, es decir es como aprender una forma de vida, y en cierta manera, toda forma de vida y todo lenguaje pueden representarse y entenderse como una red: sin puntos de ingreso privilegiados, y donde cada ruta de navegación es parcial y regional de un todo sobre el cual adquirimos competencia de navegación.

Puesto de otra manera: toda tecnología comprende un lenguaje y todo lenguaje es, a su vez, una forma tecnológica que nos permite domestica alguna región de la realidad o algún tipo de problema. Esto ciertamente amerita mayor elaboración (que puede encontrarse parcialmente en mi artículo sobre las gramáticas tecnológicas), pero para no hacer el argumento demasiado largo les pido que lo aceptemos temporalmente. Lo que esto nos permite es reconocer como tecnologías un conjunto considerablemente más grande de procesos, siguiendo una argumentación bastante mcluhaniana: bajo esta lógica, las ciudades pueden considerarse como tecnologías, como pueden también serlo los teléfonos, las autopistas, las pinturas medievales, los smartphones, etc. Nos encontramos aquí muy cerca del dominio de la ontología orientada a objetos, o de la teoría del actor-red.

Arthur C. Clarke acuñó la idea de que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”, y esto podemos observarlo fácilmente en nuestras relaciones cotidianas con la mayoría de tecnologías: no necesitamos saber cómo es que el espectro electromagnético es manipulado para que la señal llegue de mi teléfono celular a la antena que representa la “celda” local que me conecta con la red de comunicaciones para poder hacer una llamada. Probablemente no queremos saber, como tampoco necesitamos entender los principios químicos de la combustión para viajar en auto o cómo programar en C++ para poder utilizar aplicaciones en una computadora. Las interfases se encargan de ocultarnos todo este proceso que ocurre detrás de cámaras, y consideramos que una interfase está mejor diseñada cuando consigue más exitosamente este oscurecimiento y consigue preservar o incluso incrementar la sensación de lo mágico. Quizás ningún ejemplo sea más claro que los productos de Apple que son notablemente más difíciles de de personalizar o modificar, bajo la noción de que sacrificamos control de la caja negra por una mejor experiencia de usabilidad.

El problema surge, o se complica, cuando empezamos a estirar la metáfora y empezamos a pensar que una posta médica, un aula de clases o un gobierno regional son también tecnologías que comprenden sus propios lenguajes en los cuales tenemos que ser competentes para cumplir con una serie de objetivos. A su vez, no son lenguajes formalizados, reconocidos, y sobre todo no son lenguajes en los que recibamos ningún tipo de formación o adiestramiento. Son lenguajes altamente opacos y poco navegables, cosa que resultará evidente a todo aquel que haya intentado, alguna vez, realizar algún tipo de trámite con alguna dependencia del Estado, sea cual sea.

Estas cajas negras en efecto eliminan nuestra capacidad para trazar relaciones causales entre inputs y outputs, entre procedimientos y resultados, y es en ese momento en que se introducen arbitrariedades como la corrupción, el nepotismo, la usurpación de funciones, y demás errores del sistema. Uno podría argumentar que hay una “clase profesional” cuyo objetivo es evitar estar irregularidades, que vendría a ser la burocracia estatal y, quizás más ampliamente, los abogados que tienen el conocimiento para navegar este tipo de sistemas. Pero dada su naturaleza, esto no me parece una respuesta aceptable, pues efectivamente significa el monopolio de una “tecnología” de servicio y beneficio público.

Nuestra capacidad para participar de estos circuitos informacionales, de navegar redes de información diversamente conectadas entre sí, se vuelve una habilidad fundamental para ubicarse en el mundo contemporáneo. Es la capacidad, por ejemplo, para entrar a la página web de una dependencia del Estado para encontrar la información sobre los requerimientos de un trámite, y evitar así ser estafado por un tramitador. El acceso a la información, y a la información sobre la información, y el desarrollo de capacidades de navegación de redes, son entonces no sólo habilidades fundamentales sino marcadores determinantes de nuestra posición social y nuestra condición de clase: la condición de pobreza es no sólo una condición material, sino que es también una afirmación sobre nuestra capacidad de acceder efectivamente a la información. Mientras menos acceso a la información tengo, más son las tecnologías, los sistemas y las redes a mi alrededor consideradas como “magia”, porque no tengo manera de entender cómo es que funcionan. Esta condición mágica es el caldo de cultivo perfecto para la arbitrariedad, la explotación y el abuso. Visto de esta manera, y corriendo el riesgo de que suene trivial, el pésimo diseño que suelen tener los sitios web de las dependencias del Estado es no sólo un atentado contra el buen gusto, sino incluso un atentado contra los derechos fundamentales, en el sentido de que impiden el acceso a la información pública y perpetúan la condición de exclusión de las personas que más la necesitan. El ejemplo clásico en este sentido es el de las becas educativas, cuya información a pesar de ser públicamente disponible, rara vez llega a las personas que más podrían beneficiarse de ella simplemente porque se encuentran desconectados de los circuitos de información donde circula.

Ejemplos como éste hay muchos y de muchos tipos. Y es precisamente allí donde creo que una crítica tecnológica bien formulada puede tener mucho que contribuir, y mucho que heredar, a su vez, de la creencia del hacker de que no deben haber cajas negras tecnológicas y de que el mundo está al alcance de nuestro análisis y examen. De la misma manera como intentamos más arriba seguir el hilo de Ariadna desde la interfase visible hasta las capas subyacentes de tecnología que nos resultan invisibles, para entender todas las herencias de conceptos y significados que participan de una experiencia, podemos también analizar tecnologías menos obvias, y menos transparentes, donde tenemos un interés público en entender lo que resulta invisible en todas esas capas.

Tenemos a su vez un interés, si no una responsabilidad, en que ese aparato crítico esté ampliamente disponible no sólo a los filósofos, y no sólo a los hackers y diseñadores, sino que estén disponibles públicamente para realizar el examen de las instituciones con las que interactuamos cotidianamente y nos hagamos legítimamente la pregunta de por qué funciona de una manera y no de otra. Debemos entender que las instituciones son hackeables no en el sentido trivial de traerse abajo su página web, sino en el sentido significativo de pedirles explicaciones y rendición de cuentas, y de legítimamente exigir que estén al servicio del público.

Soy plenamente consciente de que, en este sentido, el problema es mucho más complejo de lo que aquí planteo, y que intervienen una serie de procesos, particularmente educativos, de primera importancia. Pero el alcance de lo que he intentado decir puede resumirse en un conjunto de premisas básicas:

  • Las tecnologías con las que interactuamos están compuestas por una serie de capas interdependientes que usualmente se esconden al análisis, y la crítica tecnológica informada debe desenmarañar la tecnología como un proceso social complejo.
  • La práctica tecnológica puede dar forma a una práctica filosófica que entienda y maneje su lógica interna, y que pueda realizar afirmaciones contextualizadas y útiles a la práctica que observa, formando sistemas conceptuales emergentes, dinámicos e históricos.
  • La práctica filosófica puede a su vez desarrollar aparatos conceptuales que beneficien a la práctica tecnológica, permitiéndole contemplar la complejidad de sus actividades y los diferentes elementos que participan de la implementación de nuevas tecnologías.
  • La crítica tecnológica informada nos da herramientas y referentes para el análisis de diversas redes de información y su importancia, permitiéndonos identificar también patrones sistemáticos de exclusión e injusticia escondidos en los diseños cerrados de sistemas, procesos e instituciones.

Estas son las ideas que quiero presentar este jueves en Redes de la Filosofía. Así que, de nuevo, cualquier comentario es bienvenido, y espero que puedan asistir y podamos tener una buena conversación en vivo.

El costo de las oportunidades

Llegué de regreso a Lima hace casi dos semanas, y a pesar de que es literalmente un retorno, uno empieza inevitablemente a notar y observar cosas. Diferencias, cambios, patrones.

Una de las cosas que más me han llamado la atención es totalmente obvia, lo sé, pero creo que por contraste me ha resultado mucho más extraño: los salarios en el Perú son increíblemente bajos. No es ninguna novedad. Pero para todo el discurso de los últimos años del crecimiento económico, de que “el Perú avanza” y demás, no deja de resultarme sorprendente que en general no haya habido un aumento significativo en lo que se paga por diferentes trabajos.

(Empecé a investigar un poco cuando empecé a armar este post y llegué a esta página de ProInversión con información de sueldos y salarios compilada a partir de cifras del BCRP, que da lo siguiente como promedios para Lima Metropolitana:

En este caso, sin embargo, creo que el promedio podría ser un poco engañoso y tendríamos que prestar más atención a los datos completos. Alguien con más paciencia y habilidad que yo puede buscar los datos completos en las bases de datos del BCRP. La cifra más reciente del cuadro de arriba, de unos S/.3250 para junio del 2010, sirve para ilustrar mi punto aquí.)

Porque lo que sí hay es trabajos, o “chambas”, que al parecer abundan. Últimamente paso mucho tiempo en mi casa y dejo la TV prendida como ruido de fondo, y termino viendo cosas como Yo trabajo, tú tampoco, un programa de ATV+ sobre oportunidades de trabajo, de donde puedo observar que hay diferentes tipos de oportunidades en diferentes rubros y mercados. Pero la enorme mayoría de estos trabajos (y esto es estrictamente observacional, no he procesado ningún tipo de data ni nada por el estilo) ofrecen condiciones precarias o semi-precarias, o en el mejor de los casos apenas el sueldo mínimo supuestamente vital. El costo de vida en el Perú, incluso en Lima, no se ha incrementado tanto como en otros lugares de América Latina (Buenos Aires y Sao Paulo, los estoy mirando a ustedes), pero aún así se ha incrementado, y en realidad no es mucho lo que una persona pueda hacer con S/.750 mensuales.

Esto me resultó particularmente relevante en dos rubros puntuales: vivienda, y educación. Y es que, con un bajo nivel de ingresos, uno se ve obligado a tomar decisiones respecto a la calidad de vida que puede llevar y las oportunidades a las que tiene acceso. En ese sentido, un nivel bajo de ingresos básicamente quiere decir que uno carece de libertad para independizarse de su núcleo familiar, pues tiene que participar de una economía familiar para poder cubrir todos sus gastos de vida. A pesar de que el acceso a créditos hipotecarios se ha ampliado significativamente en Lima en los últimos años, es aún un producto relativamente costoso que asumir individualmente, lo cual termina restándole dinamismo al mercado inmobiliario y volviéndolo esencialmente un mercado relativamente conservador. Finalmente, quienes busquen estos productos serán parejas o matrimonios que puedan asumir la obligación en conjunto, con lo cual buscarán unidades de corte familiar, lo cual reduce la variabilidad de los espacios que se ofrecen en el mercado. Puesto simplemente: es sumamente difícil intentar comprar individualmente un espacio en el mercado inmobiliario limeño.

Luego está el rubro educación. Una amiga me contaba que estaba investigando maestrías para llevar localmente, y encontraba costos que oscilaban entre los S/.20 mil y los S/.45 mil por programas de dos años en maestrías con una proyección laboral razonable. Siendo que en el Perú la educación es cara, y no tenemos ningún concepto desarrollado ni del crédito educativo ni de facilitar el acceso a través de políticas sistemáticas de becas, ni de hacer la educación de calidad más accesible fortaleciendo el sistema público de educación superior, en realidad terminan quedando pocas opciones que no sean simplemente pagar. Estoy, claro, pensando aquí en el tema de la educación a nivel de posgrado, que no me parece trivial porque se conecta con otra serie de dimensiones: el desarrollo continuo de nuestra fuerza laboral, el desarrollo de actividades económicas más sofisticadas, y en general la evolución de nuestro aparato productivo. Que necesitamos gente más especializada y con más educación es un buen indicador, porque es a su vez uno de los elementos que necesitamos para poder abandonar modelos económicos de poco valor agregado, como el de la minería, o al menos poder reducir el peso que tienen en nuestra economía. Para poder hacer esto necesitamos educación superior y educación de posgrado de calidad y accesibles, y al dificultarnos el acceso a estos rubros básicamente nos disparamos en el pie.

(Paréntesis de importancia aquí: deberíamos también prestar atención a España y lo que allí viene ocurriendo por dos razones. Primero porque, por la crisis que están atravesando, muchos profesionales altamente calificados – y seguramente muchos de ellos peruanos – no están encontrando buenas oportunidades y podrían percibir como más beneficioso repatriarse, lo cual es un beneficio en términos de importación de profesionales calificados, pero también distorsiona el mercado local. Segundo, porque justamente en España ha terminado siendo un “problema” que estas categorías educativas hayan sido tan accesibles, pues la economía “real” no necesariamente estaba alineada con los profesionales que generaba sistemáticamente. Ese crecimiento profesional no se tradujo en crecimiento económico en la misma dirección, lo cual ha sido uno de los factores que ha contribuido a su situación actual.)

Mi punto con todo esto es que empecé a sacar el cálculo: con los sueldos medios que uno puede razonablemente encontrar por diversos trabajos en el Perú, pero especialmente en Lima, uno podría encontrarse con que realmente no tiene acceso a ninguna de estas dos oportunidades para su desarrollo personal, económico y profesional. Si tomamos las cifras del cuadro más arriba, por ejemplo, estimando unos S/.3250 mensuales, una persona podría quizás pagar una hipoteca que no fuera demasiado cara, o quizás pagar un posgrado que no fuera demasiado caro, pero difícilmente ambas cosas. ¿Se puede vivir con S/.3250? Por supuesto que sí, y hasta con cierta holgura. Pero si uno quiere intentar invertir, costear oportunidades y mejorar su perspectiva, ya se empieza a poner mucho más complicado. Es decir, con un sueldo medio, es poco probable que puedas escoger vivir solo cómodamente y además tener un colchón de ahorros, o escoger invertir en pagar un posgrado para ampliar o especializar tu conocimiento para acceder a un mejor trabajo, para brindar servicios especializados o para formar tu propia empresa. Y lo que es casi imposible es que puedas hacer ambas cosas.

Uno podría responderme que todo mi argumento es “tierno”, pero que el Perú tiene problemas más graves como las desnutrición, la pobreza, o el acceso a educación básica y alfabetización funcional para la mayoría de personas. Y no estoy diciendo que eso no sea cierto. Lo que estoy diciendo es que es estratégico para nosotros como economía y país fortalecer una clase media con acceso a oportunidades, espacio de crecimiento e innovación, y conocimiento y habilidades para desarrollar una economía más integral, inteligente, y de producción de valor agregado. Sin esos elementos, podemos dedicarnos a seguir buscando cómo sacar más oro y mover lagunas, porque en realidad no creamos el armazón para dar más oportunidades para todos.

Por eso es que este tipo de observaciones deberían interesarnos a todos – y no, tampoco estoy intentando hacer un pliego de reclamos para áreas donde el gobierno debería resolver estos problemas. Creo que el Estado tiene un rol que cumplir en toda esta discusión, pero personalmente, no me gustaría ver ni que lidere el esfuerzo ni que lo acapare. Pero en fin, eso ya es otra discusión. Mi punto central aquí es uno: nuestra clase media, me parece, no gana lo suficiente como para ampliar su propio acceso a más y mejores oportunidades. Todo bien (o bueno, más o menos, en realidad) con los créditos de consumo y carros más baratos, pero nos falta pensar más en cosas estructurales y a largo plazo como la manera en la que dinamiza y crea nuevos mercados, accede a mayores oportunidades educativas, y a espacios de innovación y aprendizaje.

El “bleeding effect”, o sobre la conexión entre lo real y lo virtual

SPOILER ALERT: Si no has terminado Assassin’s Creed 2, el siguiente post puede contener spoilers importantes.

Estoy jugando con una idea últimamente que me ha interesado mucho, a partir de un concepto introducido en la serie de videojuegos Assassin’s Creed: en el Assassin’s Creed 2 la trama desarrolla el concepto del “bleeding effect”, traducible como “efecto de sangrado”, para explicar algunas de las visiones que el protagonista, Desmond Miles, empieza a tener a medida que pasa más tiempo interactuando con el Animus, una simulación de realidad virtual en la que Desmond revive las memorias de sus antepasados.

Pasar mucho tiempo en el Animus tiene consecuencias importantes: progresivamente, las habilidades que Desmond desarrolla dentro del Animus se vuelven disponibles fuera de él, y su capacidad para “conectarse” con las memorias de sus antepasados empieza a manifestarse en cualquier momento (como en el fragmento del juego en el video arriba). Esto se vuelve un problema porque empieza a serle difícil distinguir las visiones de la realidad, pero al mismo tiempo, es necesario para él porque es la única manera en que los asesinos pueden entrenarlo rápidamente y darle el conocimiento y habilidades que necesitan que tenga para que pueda ayudarlos.

Me parece que el bleeding effect es una gran metáfora para ilustrar la manera como los aprendizajes que tenemos en espacios virtuales y las habilidades que cultivamos son reutilizables fuera de los espacios en los que las aprendemos, como una especie de “sangrado” donde la separación entre lo virtual y lo real se diluye pero no desaparece. De hecho, distinguir entre virtual y real de por sí me parece incorrect: lo que hacemos en espacios virtuales no es ni falso ni es irreal, por lo cual quizás una mejor distinción sería entre virtual y físico, o entre virtual y presencial, para distinguir entre lo que ocurre “dentro” y lo que ocurre “fuera” de la máquina.

Es, por ejemplo, una gran manera de explorar cómo aprendemos con los videojuegos. Al jugar videojuegos, normalmente no hay un propósito de aprendizaje explícito (salvo en los casos de juegos educativos, claro), pero la mayoría de mecánicas de juego terminaran por acostumbrarnos a procesos mentales generales a todos los videojuegos y específicos al juego en particular. Es así, por ejemplo, que los videojuegos fortalecen nuestra capacidad para procedimientos de ensayo y error y para formular estrategias y tácticas, o como un first-person shooter puede desarrollar nuestra coordinación ojo-mano o nuestra ubicación espacial, o un juego de estrategia puede desarrollar nuestro razonamiento económico o nuestra capacidad de planificación. Que el juego nos haga realizar estos ejercicios mentales no quiere decir que explícitamente nos esté educando como solemos entenderlo, pero esos mismo procesos mentales siguen estando disponibles a nosotros cuando apagamos el juego, y el conocimiento y las habilidades exhiben este efecto de sangrado fuera del espacio virtual.

Y es también una metáfora para ilustrar como, progresivamente, espacios virtuales y espacios “reales”/físicos/presenciales terminan siendo indisociables entre sí, contra la suposición que aún esgrimen muchos de que uno “sale” del mundo real para “entrar” a Internet. Sobre todo conforme nuestros dispositivos son más portátiles y nos acompañan permanentemente, es cada vez menos útil distinguir entre dos maneras de ser o estar, sino que entre ambas dimensiones se tiende una continuidad. Cuando hago un check-in en Foursquare, y ese check-in está conectado a una oferta en un restaurante, o me sirve para encontrarme con un amigo que está cerca, es también una manifestación de lo virtual “sangrando” o “chorreando” sobre lo “real”.

El bleeding effect es un concepto muy poderoso, y creo que se puede sacar mucho de utilizarlo como metáfora para ilustrar cómo aprendemos en espacios virtuales y qué significan esos aprendizajes. Por ahora tengo sólo estas ideas preliminares, pero espero poder ampliarlas un poco más pronto – sobre todo conforme vaya jugando los títulos que me faltan en la serie Assassin’s Creed.

Dos cosas sobre la PUCP

Gente mejor informada que yo seguro comentará sobre el acuerdo que han alcanzado los directivos de la PUCP con la Iglesia Católica en torno a la cuestión de sus estatutos y su autonomía. Yo sólo quiero agregar dos notas que me parecen relevantes:

1. ¿En serio? Después de sonar el tambor de guerra, mover a las masas en torno al grito común de la defensa de la autonomía, el final (si es que realmente éste es el final) me parece absolutamente anticlimáctico. Si la postura iba a ser conciliatoria, ¿el tema de la autonomía era solamente una estrategia para fortalecer la posición de negociación? ¿Por qué no negociar desde un primer momento (ignoro si algún obstáculo en particular lo impedía en su momento)?

Mi problema con la resolución del conflicto, sin entrar en los detalles, es la increíble desazón que deja en una comunidad universitaria movilizada como no se veía desde hacía muchísimo tiempo. Incluso asumiendo que sea la mejor solución posible, no deja de ser decepcionante porque había tanta energía de por medio y tanta expectativa de un “lovainazo”, en el cual la universidad prefiriera reafirmarse como autónoma antes que como católica. En otras palabras: si el resultado iba a ser éste, habría sido preferible que lo fuera desde mucho antes de generar expectativas de que iba ser otra cosa. Pero en fin, en realidad…

2. El problema de fondo ni siquiera es la PUCP. El problema con la PUCP es sintomático de un problema más grande en el sistema de educación superior peruano, donde hablar de “universidades” es para muchos hablar de “centros de formación superior”. No tengo nada contra un centro de formación superior, pero no es lo mismo: uno tiene una orientación mucho más pragmática y dirigida, mientras que el otro encierra espacios más fuertes para la exploración y la formulación de nuevos problemas y soluciones. Mi razonamiento aquí no es moralista ni principista, sino que es principalmente económico: necesitamos instituciones que formen a la fuerza de trabajo de una nueva economía, no a la de la economía presente. Y no tenemos realmente eso.

No voy a entrar en un argumento de que la PUCP sea “mejor” ni nada por el estilo, que me parece no tiene fundamento y es además un poco pedante. Pero sí es diferente, como cultura interna, y en realidad mucho de aquello que es caricaturizado desde afuera (p.ej. el alumno que no va a clases por ir a una protesta en el tontódromo) es también mucho de lo que le da valor a su cultura, internamente. El problema no es la PUCP, que finalmente es católica y apostólica y romana por mucho que nos pese a los que a pesar de ello estudiamos ahí: el problema es que no haya otras opciones similares, que además idealmente sean seculares. La universidad pública debería, idealmente, cumplir ese rol de espacio de formación no sólo de trabajadores y profesionales, sino también de visionarios e innovadores y en última instancia de ciudadanos, en un espacio plural y diverso. Pero primero por un tema de gestión, segundo por un tema de políticas públicas (o carencia de tales) y tercero por un tema de recursos – y en ese orden – no lo consigue. Y la universidad privada tiene un conjunto de incentivos y un marco regulativo (legal y social) que privilegian “agitar el gallinero” lo menos posible. En el medio, nada.

Lo preocupante del tema de la PUCP es que socialmente su posición haya sido tan precaria (la “universidad caviar” como descalificativo) como para que le haya sido tan difícil defenderse. El fortalecimiento de un “Tea Party perucho”, como lo caracterizó Alberto Vergara, viene de la mano del antiintelectualismo y el anticientificismo propios del Tea Party original, algo que debería preocupar no solamente a la izquierda, sino también a todo aquel que se precie de ser un verdadero liberal. Pensar diferente, desde cualquier lado del espectro político, no debería ser visto como un “problema” que hay que corregir.

Necesitamos nuevas instituciones y nuevos espacios de pensamiento, de investigación, de creación y de innovación que no van a salir de seguir haciendo las cosas como siempre las hemos hecho. Pero mi principal preocupación es que estos espacios no tienen oportunidad de crecer y desarrollarse en un ecosistema como el que nos ha dado este problema – de nuevo, sintomático – respecto a la educación superior en el Perú.

En construcción

Venimos construyendo un nuevo proyecto junto a EDLJ, una iniciativa que hemos llamado Apócriphos. Originalmente, era una idea que vinimos incubando por varios meses para construir una editorial electrónica: un servicio para ayudar a autores y editoriales existentes a hacer sus contenidos disponibles en formatos electrónicos y poder venderlos en plataformas como iTunes o Kindle.

Pero pasaron los meses y seguimos incubando y conversando sobre la idea “como quien no quiere la cosa”, empezamos a procesar nuevos materiales y a elaborar nuevos conceptos, y la premisa original que estaba medianamente acotada fue ampliando significativamente su enfoque – un ejemplo clásico de “scope creep“. Pero conforme íbamos explorando nuevas ideas inevitablemente se iban volviendo parte del proyecto de lo que queríamos hacer, que terminó pasando de una editorial electrónica a un conjunto de servicios de tecnología orientados al conocimiento y al aprendizaje (dentro de los cuales está la producción de publicaciones electrónicas, por supuesto).

Lo que queremos hacer es ofrecer plataformas para que diferentes tipos de organizaciones puedan empezar a convertirse en organizaciones basadas en el conocimiento. Normalmente cualquier organización (unas más que otras) genera enormes cantidades de información y de conocimiento como parte de sus actividades cotidianas, que fluye a través de las redes que forman su fuerza de trabajo. Pero mucho del valor de esta información se pierde o se diluye, con lo cual se pierden grandes cantidades de valor. Esto va desde cosas simples como documentar procesos y procedimientos repetitivos o sistematizar materiales de capacitación y entrenamiento, hasta cosas más complejas como sistematizar las competencias colectivas de un equipo para reproducir internamente habilidades y fortalecer los recursos humanos de una organización. Este tipo de transformaciones agregan valor a los trabajadores individualmente, a los equipos como conjunto, y a las organizaciones al volver sus proceso más fácilmente replicables y además, al explicitar mucho de lo que es implícito, introduce la posibilidad de optimizar y perfeccionar la manera como se hacen muchas cosas.

Esto empieza a sistematizar el conocimiento en una organización, revelando posibilidades para la optimización y la innovación, pero además explicitando aprendizajes y prácticas que se pueden entonces compartir con el público en el general y con otras organizaciones de un sector. En otras palabras, la captura y sistematización de conocimiento se convierte así en la materia prima para generar contenidos, publicaciones, y recursos que por sí mismos pueden también generar valor para la organización. Nuestro gran objetivo con todo esto es empezar a fortalecer a empresas, organizaciones sociales, instituciones educativas y proyectos de investigación como organizaciones basadas en el conocimiento, que empiecen en sí mismas a generar nuevos emprendimientos basados en conocimiento. Y nuestra aproximación es que esto puede conseguirse de maneras mucho más sencillas que en el pasado implementando nuevas tecnologías: aplicaciones web sencillas de implementar y mantener, infraestructura basada en servidores en la nube fáciles de actualizar y escalar, y un fuerte énfasis en lo que es capacitación y entrenamiento de los usuarios y elaboración de estrategias y contenidos alineados a los objetivos de cada escenario y proyecto específico. No queremos partir de la herramienta y luego ver qué nos permite hacer, sino que queremos partir de lo que un equipo quiere conseguir y capturar, y a partir de eso formular una estrategia y elegir la herramienta y plataforma adecuada para ello: herramientas de colaboración, procedimientos para la captura de datos de trabajo, o elaboración de contenidos digitales y publicaciones electrónicas – cada escenario requerirá de una solución diferente.

Con esto hemos venido jugando las últimas semanas y es una experiencia singular ver a dos filósofos intentando armar el proyecto para un emprendimiento tecnológico, donde además tenemos que hilar muy fino para armar una propuesta de valor clara. Pero creemos que es un buen momento, tanto en el Perú como en América Latina, para empezar a pensar en este tipo de estrategias y transformaciones en nuestras actividades productivas. Por el momento estamos redondeando las ideas generales y nuestra plataforma de servicios, armando una imagen institucional y una página web para promocionarnos y tratando de entender mejor nuestra estructura de costos. Uno de nuestros objetivos más importantes en el corto plazo es, primero, armar una cartera interesante de proyectos, y a partir de ello, empezar a consolidar un equipo de trabajo diverso y creativo para trabajar en estos proyectos – por lo cual, además, estamos empezando a identificar posibles candidatos para trabajar con nosotros cuando empecemos a hacerlo. Si esto es algo que pudiera interesarte, por favor, revisa este link y envíanos tu información.

Es un proyecto ambicioso y donde aún estamos respondiendo muchas de las incógnitas, pero uno en el que estamos profundamente involucrados y que queremos convertir en una plataforma grandes y que opere a gran escala, a largo plazo. Hay mucho que no sabemos, pero que estamos intentando resolver en el camino (y otro tanto que quizás nunca sabremos, así que esperemos que no sea importante). Así que, espero, pronto tendré más novedades sobre este proyecto para compartir.

Si alguien quiere compartir ideas o feedback, o simplemente saber más sobre lo que estamos haciendo, avísenme y estoy más que dispuesto a conversar al respecto.

¿Un Ministerio de Magia?

Me gustó un post de hoy de Maite Vizcarra en Techtulia sobre el debate en torno a la creación de un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación en el Perú. Me gustó principalmente por dos razones: porque describe claramente las medidas que se discuten para el sector en lo que queda del presente gobierno (hasta el 2016), y porque no adopta una posición sensacionalista de “OMG MINISTERIO!!!1!!11!1” que suele dominar este tipo de discusiones. En cambio, refleja el tipo de preguntas complejas que deberíamos estar haciéndonos:

Visto el overview, la pregunta que cae a cuenta entonces es: ¿si durante los primeros años de las reformas CTI las inversiones no serán tan dramáticas y si las acciones planteadas pueden ser ejecutadas por entidades ya existentes (Fincyt, Fidecom, Consejo Nacional de Competitividad-MEF) es necesario un ministerio en esta etapa?, ¿no sería mejor contar con una entidad como esa con el enforcement necesario a partir del punto de inflexión, cuando las inversiones serán considerables y en verdad se requiera capacidad de negociación y empoderamiento? ¿No sería mejor que el actual Comité Consultivo CTI se transforme en uno de transferencia de cara a un ministerio en dos años?

De Immanuel Kant se decía que cada vez que se encontraba con un problema nuevo, se inventaba una nueva facultad para la mente humana. De manera similar, me parece que podríamos decir que cada vez que nos encontramos en el Perú con un problema nuevo, nuestra respuesta es crearle un ministerio, y es la manera en que el poder político intenta decir “este problema nos parece importante”.

El asunto es que, por sí solo, eso no quiere decir realmente nada. La principal razón por la cual soy un escéptico respecto a las posibilidades un ministerio de CTI en el Perú es porque tal ministerio no sería el resultado de una política estratégica integral que se esté ejecutando a nivel nacional sobre ciencia, tecnología e innovación, donde el ministerio sea uno de los componentes de esa estrategia. Termina siendo la construcción de una entidad gigantesca cuyo propósito será el de construir dicha estrategia. Es poner el carro delante del caballo.

Procesos similares pueden encontrarse en el pasado reciente, con matices mejores o peores: la creación de los Ministerios del Medio Ambiente, de Cultura o de Desarrollo e Inclusión Social fueron el reconocimiento de que cada uno de estos ámbitos era un problema importante, pero la formulación misma del ministerio no era una afirmación de que se tuviera una estrategia o un plan para cualquiera de estos sectores. Esto es terrible, por una serie de razones: (1) porque genera un costo enorme en términos de instalación y operación para el Estado; (2) porque genera expectativas que probablemente terminen resultando insatisfechas entre los diferentes actores vinculados e interesados en el sector; y (3) porque al crear una dependencia legitimada y responsable del sector, si ésta termina siendo inoperante en la práctica se convierte en un obstáculo más que en un incentivo. En un sector como el de CTI, donde es relevante generar un entorno sumamente dinámico y donde la capacidad de articular e implementar iniciativas rápida y efectivamente es muy importante, un clima institucional desfavorable puede por sí solo generar trabas estructurales de importancia.

Aún cuando crear un ministerio de CTI hoy me parece una mala idea, eso no quiere decir que piense que no se debe hacer nada al respecto. Sólo que no deben hacerse las cosas por hacerse. Si creáramos un ministerio, ¿cuáles serían sus objetivos estratégicos? Si le asignáramos un presupuesto para realizar inversiones estratégicas en investigación y desarrollo, ¿cuáles serían sus áreas prioritarias de inversión? Si su visión es la de mejorar la productividad y competitividad de la economía peruana a largo plazo, ¿qué actividades económicas concentrarán su atención? ¿Se concentrará en hacernos más o hacernos menos una economía concentrada en torno a la minería? Estas son algunas de las preguntas que deberíamos hacernos al momento de formular una estrategia de CTI para el país a largo plazo.

Por otro lado, para poder implementar y ejecutar esa estrategia hay cosas que pueden hacerse como primeros pasos para fortalecer un sector nacional de CTI. Están, por ejemplo, las trabas existentes para la inversión de dinero proveniente del canon para tareas de investigación, que recoge Marcos Garfias del IEP (“La investigación en la universidad pública regional y los fondos del canon, 2004-2008“, Economía y Sociedad 76, CIES, diciembre 2010):

En esta realidad poco alentadora, desde el año 2004 se comenzó a inyectar importantes recursos provenientes del canon al presupuesto de varias universidades públicas con el objetivo de incentivar la investigación científica y tecnológica pertinente al desarrollo regional. Casi cinco años después, este objetivo no ha sido alcanzado ni siquiera parcialmente. La universidad pública no investiga ni más ni mejor que en 2004. Salvo una efímera iniciativa desarrollada en la universidad de Cajamarca en el segundo semestre de ese año y la canalización de pequeños porcentajes para apoyo financiero a los estudiantes que elaboran sus tesis de licenciatura, estos recursos no han sido utilizados en ningún proyecto de investigación de impacto regional en ninguna de las instituciones universitarias beneficiadas con el canon durante este período. Los fondos del canon han servido básicamente para financiar importantes obras de infraestructura y de equipamiento que están cerrando un déficit arrastrado durante décadas.

Esto se ha debido a que la iniciativa por dotar con fondos del canon a la universidad pública no calibró la pobreza de las capacidades de investigación de esta institución, y tampoco advirtió que la organización institucional de la investigación universitaria ha sido adecuada para beneficiar a las planas docentes con asignaciones adicionales a sus salarios bajo un formalismo burocrático que los convierte a todos en investigadores sin la necesidad de comprobar la solidez y pertinencia de sus estudios, todo ello en medio de la
prolongada dificultad que ha tenido la universidad pública para edificar una gestión eficiente que le permita salir del descalabro académico, administrativo y de gobierno que se inició por múltiples razones en la década de 1960. Una situación que sí fue advertida por los funcionarios del Ministerio de Economía, que promovieron rápidamente algunas normas que regularon el gasto del canon, como por ejemplo la prohibición de que estos recursos fueran destinados a cualquier tipo de remuneración, pero que sin embargo no promovieron simultáneamente mejores alternativas para aprovecharlos en uno de sus objetivos centrales: la investigación de impacto regional.

La prohibición de que fondos del canon fueran a pago de remuneraciones de investigadores ignora el hecho de que la investigación consiste, en gran medida, en inversión del tiempo de investigadores en diversas tareas, y presupone básicamente que estos se dedicarán a la tarea de investigar “por amor al arte” – algo que claramente no ocurre. Además, condiciona que los fondos tengan que invertirse en equipos e infraestructura, que sin dejar de ser importantes, por sí solos son incapaces de fortalecer las capacidades de CTI de una región o del país.

Nuestra deficiencia en el sector responde, además, a deficiencias estructurales que también tienen que ser atendidas si se quiere construir un sector sólido de CTI: por ejemplo, la debilidad de la oferta y demanda universitaria en carreras de ciencias e ingeniería, que va de la mano con el desfase entre la demanda estudiantil y la oferta laboral en el Perú. Nuestro sistema educativo no está alineado con nuestro modelo productivo, ni en el presente ni hacia adelante.

En otras palabras: un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación no es un Ministerio de Magia, y no deberíamos esperar que lo sea ni creernos un discurso político que nos lo venda como tal. La aparición de un ministerio de CTI no nos va a construir mágicamente un sector dinámico, activo y efectivo, justamente porque el problema debe verse multidimensionalmente y no solamente como un tema de asignación presupuestal y responsabilidad ministerial. Pero, sobre todo, require que nos hagamos preguntas complejas sobre el tipo de país y economía que queremos ser en el futuro a largo plazo.

“La mate es muy difícil”

Hace unas semanas volvía del trabajo a casa y pasé frente a una facultad de ingeniería, y terminé pensando en por qué no estudié una carrera de ciencias o ingeniería. Yo estudié Filosofía, pero durante mucho tiempo antes de ingresar a la universidad consideré seriamente estudiar ingeniería – ingeniería de sistemas, en particular. Pero finalmente, me llamaron más las letras y terminé convenciéndome de que no era particularmente bueno para las matemáticas, el lugar clásico y común de mucha gente que estudió conmigo en la universidad para descartar una carrera de ciencias o ingeniería.

El desarrollo de un fuerte sector de ciencias e ingeniería es fundamental para la construcción de una economía de alta tecnología. Un fuerte sector profesional junto con un sector haciendo investigación científica sólida se convierten en el caldo de cultivo de futuros descubrimientos científicos, patentes, desarrollo de nuevos procesos e innovaciones técnicas. Y, de hecho, las carreras en ingeniería están entre las más demandadas en la economía peruana, y entre las mejor remuneradas para un recién graduado. Según una nota en Universia del 2011 sobre demanda de profesionales en el Perú:

Iván Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, explica que actualmente son las diversas ramas de la ingeniería las especialidades que están liderando la demanda laboral. “Hay trabajo, principalmente, en Ingeniería Civil (por el aumento  de construcciones), Informática, Electrónica e Industrial”, precisó.

Y aquí se pone un poco más interesante. Si uno revisa la información de estudiantes de pre-grado del censo nacional universitario del 2010, de la Asamblea Nacional de Rectores, encontrará dos cuadros que me llamaron particularmente la atención. El primer cuadro compara las 10 carreras más estudiadas entre el censo de 1996 y el del 2010:

En el censo de 1996 las carreras de ingeniería suman un 17.9% de las 10 más estudiadas, y en el 2010 este número se incrementa a 24.8%. Es decir, no llegan a ser la cuarta parte de las diez carreras más estudiadas, a pesar de ser las carreras profesionales que tenderían, por lo visto, a encontrar mayor demanda para sus egresados.

Un segundo cuadro muestra algo también muy interesante: las carreras profesionales con mayor población estudiantil por departamento.

Sólo en el Callao, Huancavelica y Cajamarca aparecen opciones de ingeniería con las mayores poblaciones estudiantiles. Doblemente espectacular por la cantidad de rojos, naranjas y amarillos en el mapa: abogados, administradores y contadores.

¿Por qué? He escrito antes sobre los conflictos que nos genera asumirnos como país minero, a pesar de que fácticamente lo somos, y que definitivamente me parece que deberíamos estar apuntando a no serlo y a construir una nueva economía, post-industrial.  Este conflicto se traduce en que no sabemos, no decidimos y no formulamos claramente qué tipo de economía tenemos o qué queremos hacer (no tiene que ser una sola respuesta, pero difícilmente tenemos alguna sistemática). Pero este mapa, ¿qué tipo de economía nos dice que estamos construyendo? ¿Qué cuentan todos esos contadores, y qué administran todos esos administradores? ¿Y por qué la gente no está eligiendo las carreras profesionales que tienen mayor salida laboral? ¿De dónde viene el desfase?

Ensayar una respuesta completa sería demasiado complicado para este post. Pero creo que vale la pena señalar algunas cosas:

  • ¿Por qué no estudiamos más carreras de ciencias? Porque somos pésimos. Cuando un joven, como me pasó a mí mismo, tiene que escoger su carrera universitaria, y parte de reconocer su falencia estructural en el ámbito de la matemática y la ciencia, hace tanto más difícil (1) que escoja una carrera de ciencias o ingeniería, y (2) que la termine exitosamente. En las pruebas PISA 2009, Perú quedó en el puesto 62 en lectura, 60 en matemática y 63 en ciencias, sobre una muestra de 65 países.
  • Estamos promoviendo una visión muy limitada de lo que son las carreras del futuro – de hecho, no estamos promoviendo ninguna visión. Nuestros diseños institucionales favorecen la dificultad de la innovación y experimentación en términos de materia educativa: en los 5 años que estudié una carrera de letras, mi confrontación con cursos de ciencias, ingeniería, o matemáticas no sumarían, en conjunto, ni un semestre. Probablemente algo similar podría decirse del otro lado. Tenemos una visión compartimentalizada de la educación superior, que diluye el hecho de que las profesiones y los roles laborales se encuentran cada vez más mezclados. Esto impide que, incluso si uno no está estudiando una carrera “de ciencias”, pueda explorar algunos cursos o temas desde su propia carrera y encuentre los incentivos institucionales para hacerlo.
  • En una nota publicada en Facebook hace unos días, Kiko Mayorga, director de Escuelab.org, criticaba la falta de políticas e incentivos por parte del Ministerio de Cultura y del CONCYTEC para generar nuevos proyectos de investigación y desarrollo, sobre todo comparados a países de nuestra propia región como Colombia o Chile. Lo cual nos genera un círculo vicioso: no estamos formando los profesionales que requieran de estas políticas, y no estamos formulando las políticas que incentiven la formación de estos profesionales. Acá también operan visiones un poco limitadas sobre el tipo de investigación y desarrollo que queremos generar a nivel país, sin ningún tipo de marco global de prioridades para incentivar en función a las oportunidades que nos ofrece el medio local, nuestro base de talento existente y la posibilidad de posicionar nuestro conocimiento en el mercado internacional. Una buena alineación de estas piezas nos permitiría armar un mapa estratégico de las políticas de inversión en investigación y desarrollo para los próximos años; alineando, además, la oferta educativa con la participación de universidades públicas en diferentes lugares del país.