Necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento

Está de moda, especialmente que ahora a nivel global la nueva carrera armamentista es la de tener tu propio Silicon Valley en el patio trasero, impulsar con fuerza la retórica del emprendimiento, la creatividad y la innovación. La idea es que si podemos conseguir que más personas se dediquen a generar nuevos productos, servicios y modelos de negocios innovadores, no solo creamos fuentes de trabajo sino que al mismo tiempo diversificamos la base productiva de una economía, y la volvemos más resiliente.

Y todo está bien con eso. Pero en muchos casos – no en todos, por supuesto – estamos perdiendo la perspectiva de cómo hacer las cosas bien. En el contexto peruano, a pesar de que tenemos una tendencia a sobrepromocionarnos como creativos y emprendedores, me parece mucho más cierto reconocer que tenemos una cultura altamente aversa al riesgo. La gente que ha tendido a emprender proyectos en el Perú lo ha hecho más por un tema de necesidad que por un tema de auténtico interés, y aunque solemos resaltar un número reducido de casos de éxito de emprendedores que emergen contra todo pronóstico como modelos a seguir, nunca escuchamos sobre todos aquellos que no lo lograron y se quedaron en el camino y que muy probablemente representan la mayoría del conjunto que intenta emprender un proyecto.

Ojo que no quiero decir con esto que uno no deba emprender proyectos. Solo que el emprendimiento como imperativo en nuestro contexto es peligroso y puede terminar siendo contraproducente. Los elementos que hacen que un ecosistema emprendedor sea saludable y sostenible a lo largo del tiempo van más allá de solamente las ideas, la energía y la determinación. Hay variables sumamente importantes como el acceso a talento calificado, el acceso a fuentes de financiamiento favorables, la disponibilidad de un marco legal flexible y amigable, y sobre todo la cultura que permita que la gente asuma riesgos con una cierta red de seguridad y confianza que haga que el fracaso de un proyecto sea reciclado rápidamente por el resto de la comunidad. Un ecosistema emprendedor no se construye a partir de muchas ganas y buena vibra, y me preocupa que en muchos casos hay personas que están empezando proyectos sobre la idea de que es así, y minimizando o dejando de considerar riesgos importantes que van a terminar afectando la sostenibilidad de sus proyectos.

Por eso necesitamos una conversación más seria sobre el emprendimiento, que reconozca tanto lo positivo como lo negativo y sea transparente y realista respecto a los riesgos involucrados. Si promovemos con gente joven la idea de que es bueno emprender porque “no tienes nada que perder”, estamos ignorando muchas cosas: dada nuestra baja tolerancia al fracaso, es muy probable que un emprendedor que fracase sea no solo un emprendedor menos en el ecosistema, sino toda una red de gente a su alrededor que desde temprana edad piense que no es un buen camino. Dada la precariedad de nuestros circuitos de inversión y nuestra aversión al riesgo, es más difícil para un proyecto conseguir capital semilla o gente interesada en jugársela por un proyecto riesgoso a etapa temprana – incrementando la posibilidad de que el proyecto no lo logre. Negar estos aspectos bajo una lógica excepcionalista de que “mi proyecto es diferente” o un triunfalismo del “sí se puede” no ayuda a nadie, muchos menos al emprendimiento mismo.

Sacar adelante un proyecto es difícil, lento, y durante la mayor parte del proceso, poco satisfactorio y muy frustrante. No tiene sentido ocultar nada de eso con la intención de conseguir que más gente lo haga, porque eso solo termina haciéndole daño al ecosistema. Es más, termina incentivando a muchas personas que no deberían hacerlo a tomar riesgos innecesarios motivados no tanto por un interés en sacar adelante un producto o un servicio, o una idea con la cual están profundamente comprometidos, sino motivados más por construcciones idealizadas de un estilo de vida independiente donde “puedes ser tu propio jefe” y trabajar bajos tus propios términos con una mesa de ping pong. Y eso es un gran problema, porque envía una seria de señales negativas hacia los recursos más importantes de un ecosistema emprendedor – talento y capital – respecto a quién está involucrado y por qué.

Quizás una de las peores influencias que ha recibido la cultura del emprendimiento en los últimos años es el éxito y el peso de una figura como Steve Jobs. Un sinfín de slides de Powerpoint y manuales de capacitación refieren a su trabajo como una referencia importante – pero no se detienen ni por un momento a destacar que Jobs era la excepción, y en ningún sentido la regla (y si necesitan mayor confirmación, lean la biografía de Walter Isaacson sobre Jobs). Y sí, claro, es posible que tu proyecto sea también la excepción y no la regla, pero ese tipo de devoción fanática, desconectada de los datos de la realidad, tiene muy pocas probabilidades de sobrevivir, y es además un lujo que solo tiene sentido luego de una larga serie de logros pasados. Querer emular a Steve Jobs y asumir que es el público o el mercado el que está equivocado por no entender tu idea es una excelente manera de acelerar tu proceso de implosión, es un excelente ejemplo de cómo la conversación sobre el emprendimiento y sus riesgos ha terminado fundiéndose más con un discurso de autoayuda que con un conjunto de herramientas que te permitan sacar adelante ideas que pueden tener un gran impacto. Es el tipo de influencia que los ecosistemas emprendedores están recibiendo también de películas como La red social y la historia de Mark Zuckerberg: historias que aunque puedan ser interesantes e incluso inspiradoras para algunas personas, no por eso deben ser tomadas como manuales o necesariamente como modelos a seguir. La conversación más seria que sugiero que tenemos que tener justamente tiene que esforzarse por poner estas historias en su debido contexto, más allá de rescatar citas inspiradoras para publicar en Twitter.

De modo que sí, por supuesto, hagamos una promoción activa del emprendimiento, sobre todo aquel basado en la creación de nuevas tecnologías. Pero hagámoslo inteligente y metódicamente, sin caer en este nuevo lugar común de que hacer investigación de mercado es traicionar tu propia visión. El emprendimiento no es magia ni es mística, pero tampoco es ciencia ni aplicación de fórmulas ni recetas. Un ecosistema consciente de sus propias limitaciones y riesgos es uno que tiene tanta mayor posibilidad de saber cómo enfrentar estructuralmente esas limitaciones, y cómo construir circuitos que funcionen a pesar de ellas.

Metafísica y epistemología de la innovación

Conforme he ido explorando el mundo de la industria de los videojuegos en el Perú (con algunas notas iniciales aquí), he ido encontrándome también con las intersecciones que este mundo tiene con otros mundos tecnológicos que están en proceso de emergencia o de consolidación. Las retóricas del emprendimiento, de la investigación, de la tecnología y de la innovación atraviesan el mundo de los videojuegos en diversos puntos de encuentro, empezando a hacerse un lugar en la visión que está construyendo el Perú de sí mismo como un país que empieza a introducirse en las dinámicas del “progreso”.

Pero son, por supuesto, discursos complicados y que en general abordamos con dificultad porque no tenemos mucha experiencia en estos temas – y más aún, tenemos mucha experiencia con estructuras e infraestructuras (tanto técnicas como sociales) que obstaculizan el desarrollo de estos temas. Tenemos que enfrentarnos, por ejemplo, al desafío de cultivar ecosistemas sostenibles de innovación sin contar con una base instalada de investigación y desarrollo científicos y tecnológicos, y en muchos casos es fácil encontrar posiciones que creen que se puede tener una cosa sin la otra, o que la investigación básica o aplicada no deberían ser prioridades para nuestros desarrollo tecnológico. Ahora, la posición inversa también es fácil de encontrar: la que dice que no hay innovación si no hay primero el fomento de la investigación básica y de la ciencia pura. Ambos extremos adolescen de alguna forma de ingenuidad: o de una ingenuidad práctica que considera que se puede avanzar en innovación sin aparatos que la alimenten y la sostengan; o de una ingenuidad teórica que cree que las innovaciones surgen casi por ósmosis, sin ningún tipo de gestión, cultivo o canalización.

Todo lo cual muestra que hay múltiples epistemologías de la innovación que están explicitadas en ninguna parte, y que no son particularmente reconciliables entre sí. La innovación, concepto oscuro difícil de definir y acotar, es subsumida bajo la lógica económica del desarrollo de productos y servicios, o bajo la lógica científica del descubrimiento de la mejora técnica, y en ambos casos se deja de reconocer la importante ambigüedad, multidimensionalidad y complejidad de hablar de algo como la innovación. Los cambios cualitativos significativos que implican los procesos de innovación transformadora son difícilmente planificables, difícilmente anticipables, y sus consecuencias son difícilmente evaluables a priori: “innovar” no es solamente generar algo nuevo; es generar, a partir de elementos conocidos, un resultado desconocido que va más allá de la suma de sus partes. Si los resultados pueden ser anticipados con claridad, me atrevo a decir que no se trata de un resultado innovador. Las innovaciones realmente disruptivas son aquellas que escapan por completo a los sistemas que las generan, muchas veces volviéndolos obsoletos.

De modo que la innovación no puede saberse a priori, como no puede realmente saberse con claridad cómo innovar. Lo cual no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto: estamos hablando, finalmente, de cómo se genera un cambio cualitativo radical que va más allá de la simple acumulación cuantitativa. Y lo cierto es que históricamente hemos visto suficientes procesos de generación de cambio radical – técnico, económico, político, social, etc. – como para saber qué condiciones suelen ir de la mano con este tipo de cambios, y cuáles no. De modo que aunque no sabemos cómo producir lo desconocido como no sabemos cómo decir lo indecible, si sabemos construir sistemas y contextos donde lo indecible suele encontrar su camino hacia la enunciación con mayor facilidad. Con eso, al final estamos jugando un juego de probabilística: no podemos nunca garantizar al 100% un resultado innovador de un proceso cualquiera; pero sí podemos ampliar la cantidad de intentos que realizamos, y maximizar la posibilidad de resultados que sean, en mayor o menor medida, representativos de un cambio significativo en nuestra manera de hacer las cosas. Las innovaciones no pueden generarse a propósito. Lo que se puede generar a propósito son los entornos que tienen una mayor tendencia a generar innovaciones.

Ésta es, me parece, una mejor epistemología de la innovación, o incluso una metafísica: una manera de articular cómo pasa a ser lo que en teoría no puede ser. De todos modos me parece que es controversial, pues muchas personas creen que las innovaciones, cualquiera sea su forma, sí pueden ser accesibles voluntaria e intencionalmente. Pero en todo caso, estas discusiones y consideraciones de alto nivel especulativo me parecen relevantes porque el ámbito de la innovación, y su pariente cercano, el del emprendimiento, se han llenado de una serie de discursos no solo poco sustanciados, sino en gran medida anecdóticos y superficiales. Hay una enorme voluntad para el argumento y el discurso que parten de la excepción – por ejemplo, del tipo “si X pudo, tú también puedes” – en lugar del análisis del contexto en el que suceden las cosas y los factores endógenos y exógenos que llevaron a un individuo o a un grupo a introducir en el mundo algo que no existía antes.

Desde mi perspectiva, el discurso motivacional, casi de autoayuda de vender la idea del emprendimiento o la innovación como discursos de autosuperación o de realización personal no nos benefician a gran escala ni a largo plazo. Lo que estos discursos generan son grandes números de individuos enfrentándose a niveles sumamente altos de riesgo, resultados inciertos e impredecibles y altas probabilidades de fracaso, y todo por las razones incorrectas: por cumplir con una autoimagen, por aspirar a un mejor futuro material “liberado del trabajo de oficina”, pero no por el interés de realizar una visión propio, de construir algo radicalmente nuevo, de cuestionar estructuras establecidas o crear algo realmente significativo. A largo plazo, creo que esto puede terminar quemando muchos puentes, pues no se trata de conseguir la mayor cantidad de gente intentando lanzar la mayor cantidad posible de start-ups. Me parece mucho más sostenible conseguir la mayor cantidad de gente con el perfil adecuado para tentar la innovación una y otra vez hasta realizar una visión, siendo consciente de los riesgos que eso implica, y brindándoles las capacidades y el contexto que les permita desarrollar esa visión. No se trata de empezar a ponerse excluyente: cualquiera puede participar, por supuesto, pero eso no quiere decir que todos vayan a disfrutar la fiesta.

Complejidad económica y economías en red

Mapa ilustrando los niveles de complejidad económica a nivel global

Hace relativamente poco encontré el trabajo de Ricardo Hausmann (de la Harvard Kennedy School) y César Hidalgo (del grupo Macro Connections del MIT Media Lab) sobre complejidad económica, y se está convirtiendo en uno de los pilares sobre los que estoy armando mi actual proyecto de investigación (que está yendo más o menos en esta dirección).

Según el modelo que han desarrollado, las economías nacionales a nivel global pueden interpretarse como más o menos complejas a partir de un análisis de lo que producen – algunos productos son más complejos cuando requieren de un grado más alto de conocimiento disponible para su producción, y vice versa. Los productos en este modelo son entendidos en función al conocimiento y las habilidades necesarios para producirlos (sólo puedo producir turbinas de avión si en mi economía existen todas las habilidades necesarias para la producción de turbinas de avión), y la presencia de ciertas habilidades en una economía puede constatarse a partir de si dicha economía exporta cierto producto (si un país tiene exportaciones de turbinas de avión mayores a cero, entonces se sigue que en su economía están presentes todas las habilidades necesarias para producir turbinas de avión).

Pero las habilidades no mantienen una relación de exclusividad respecto a los productos que permiten producir – por ejemplo, hay cierto grado de similitud en las habilidades necesarias para producir una turbina de avión, y las necesarias para producir un motor de automóvil. Hay habilidades que comparten, y habilidades que serán particulares de cada uno. Eso quiere decir también que si tengo las habilidades para uno, me será más fácil iniciar la producción del otro. Lo cual en su análisis permite explicar por qué ciertas naciones han podido crecer mucho más rápido que otras al diversificar su economía y ampliar su capacidad productiva a partir de su universo de habilidades existente.

Hidalgo and Hausmann have found that GDP correlates pretty well with diversity of outputs, but it correlates much better with diversity of inputs. And the cases where the correlation breaks down could actually be more interesting than the cases where it holds, because they could indicate economies poised for growth. In 1970, for instance, the Korean economy had much greater diversity of inputs, according to Hidalgo’s measure, than the Peruvian economy; but Peru had twice Korea’s GDP per capita. Over the next 30 years, the relative diversity of inputs in the two countries’ economies stayed more or less the same, but by 2003, Korea had four times Peru’s GDP per capita.

A partir de esto se siguen varias cosas. Primero, que las economías de mayor complejidad  generan productos que enfrentan menor competencia porque existen menos economías con las capacidades para producirlos. Lo inverso es también verdadero: los productos de menor complejidad son los que enfrentan la mayor competencia porque las barreras de acceso son tanto más bajas. O lo que es lo mismo: el valor agregado es difícil de reproducir y, por lo mismo, genera retornos mucho mayores.

Segundo, que la adquisición de nuevas habilidades y generación de nuevos productos se vuelve continuamente más fácil para las economías de mayor complejidad. Dado que existe cierto grado de coincidencia entre diferentes productos, la capacidad productiva puede ampliarse continuamente incorporando las habilidades más próximas en el espectro productivo. La capacidad para producir turbinas de avión está más cerca, por ejemplo, de la producción automotriz que de la producción agrícola. Esta es una inversión que resulta mucho más difícil para las economías menos complejas, haciendo que la brecha en complejidad a lo largo del tiempo se vuelva cada vez más difícil de reducir.

Tercero, el grado de complejidad de una economía se vuelve también una medida de su resiliencia. Economías menos complejas tienen un universo de habilidades menor y por lo mismo menor capacidad para readaptarse ante cambios imprevistos en la demanda por sus productos. Economías más complejas, en cambio, sin volverse inmunes a los shocks económicos, tienen una mayor diversidad de habilidades que pueden realocarse en diferentes actividades productivas: por ejemplo, una economía capaz de producir software puedes más fácilmente readaptarse a otras áreas productivas (en servicios informáticos, procesamiento de datos, etc) que una economía dedicada principalmente a la exportación de recursos naturales. El caso del Perú es paradigmático en este sentido: aunque el boom del precio de los commodities ha permitido un crecimiento económico acelerado a partir principalmente de la inversión minera, un cambio repentino en esos precios (si, por ejemplo, el día de mañana se anunciara tecnología segura y accesible para la explotación minera de asteroides) afectaría profundamente la perspectiva de crecimiento de la economía y sería considerablemente difícil de compensar. (Alguien podría argumentar aquí que con más de $50 mil millones en reservas internacionales esto se podría amortiguar, en lo cual estoy de acuerdo, pero el hecho de tener un colchón de seguridad disponible no me parece argumento suficiente como para no contemplar las alternativas.)

Diversidad de las exportaciones peruanas, con data del 2008, según el Atlas

A través del Observatorio de la Complejidad Económica, han compilado un Atlas de complejidad económica que contiene no sólo las ideas principales que se ven reflejadas en el índice, sino hojas de datos para decenas de países formuladas a partir de su data disponible sobre productos exportados (dado que las exportaciones constatan la presencia de un producto, que a su vez constata la presencia de las habilidades requeridas para producirlo). Allí también consideran algunos de los límites de este modelo (por ejemplo, que está limitado por la data disponible a considerar solamente productos y no servicios) y lo comparan con otros modelos disponibles para rankear países. Existe también un paper disponible, “The Network Structure of Economic Output”, que detalla las ideas e implicancias centrales del modelo y contiene todo el aparato matemático utilizado para formularlo.

Videojuegos como “tecnologías de iniciación”

Una de las hipótesis que he estado explorando últimamente y que quizás se vaya de a pocos convirtiendo en un trabajo de investigación más sostenido, es la idea de que los videojuegos pueden servir como una “tecnología de iniciación” o “transición” en la formación de economías digitales.

Esto tiene sentido sobre todo pensado para el caso de economías como la peruana, o como la mayoría de economías latinoamericanas, que históricamente han estado construidas en torno a un modelo primario-exportador. En el caso peruano, esto ha venido históricamente de la mano con “booms” cíclicos en torno a materias primas o commodities específicos, cuyo éxito coyuntural en el mercado internacional significó periodos intermitentes de bonanza económica, seguidos de periodos más largos de retroceso económico. Los casos emblemáticos son quizás el guano, el caucho, la harina de pescado, y en los últimos años, los minerales: todos estos han sido periodos de intenso crecimiento a partir de la demanda internacional por algún producto específico que resultó que teníamos, pero ese crecimiento intenso no se tradujo en la construcción de actividades económicas paralelas y alternativas, en el desarrollo de capacidades técnicas e intelectuales para poder sostener la economía luego del boom.

El desafío de construir economías de mayor valor agregado que escapen del ciclo primario-exportador ha sido constante y complejo. El gran objetivo parece seguir siendo alcanzar el punto en el cual podemos incursionar exitosamente en la producción de nuevos productos y servicios basados en la tecnología, que requieren de una fuera de trabajo mejor capacitada, genera mayores retornos y menores externalidades negativas. Pero esto requiere enormes inversiones que son sumamente riesgosas: enormes compromisos educativos, por ejemplo, para generar el capital social y el capital intelectual que movilice estas nuevas industrias. Inversiones en tecnología, en equipamiento, maquinarias, y demás, que se hacen sin ningún tipo de garantía respecto a su efectividad. Todos quieren una economía basada en el conocimiento, que desarrolle ciencia y tecnología: pero sigue siendo el caso que esto es sumamente difícil. No se puede hablar de “patrones” fácilmente reproducibles porque cada contexto nacional, cada contexto urbano, cada entorno legal y cultural presenta particularidades que hacen imposible la aplicación lineal de modelos considerados “exitosos”. En otras palabras: no es tan fácil simplemente reconstruir el “Silicon Valley de X”, donde X sea una región, un país o una ciudad. De hecho, la mayoría de estos esfuerzos fracasan por diferentes razones.

Esto es un poco el contexto, y aquí la hipótesis que quiero explorar en el futuro cercano: la posibilidad de que la industria de los videojuegos pueda servir como una “tecnología de iniciación” para activar una serie de circuitos que resulten en la articulación de una economía digital. Hay mucho que desempacar aquí. Primero, ¿qué quiero decir por tecnología de iniciación? Me refiero a un tipo de tecnología que requiera de menores inversiones iniciales pero sirva para activar una serie de procesos útiles a otras tecnologías y actividades productivas. Una tecnología de iniciación, a través de su implementación, hace posible sentar la infraestructura que otras tecnologías necesitan pero a un menor costo y, por lo mismo, a un menor riesgo. Sirve como la plataforma a partir de la cual pueden construirse nuevos productos y servicios sobre diferentes tecnología.

Segundo, ¿por qué los videojuegos? Porque la industria de videojuegos requiere un poco de una serie de sectores: software, diseño, arte, plataformas, infraestructura, etc., sin empujar ninguno de estos sectores individualmente al límite de su capacidad operativa. De esta manera, es como si “ejercitara” estos circuitos de manera que los haga más flexibles cuando sean reutilizados para otros productos y servicios. Además, porque es un sector sumamente dinámico y en crecimiento, y crecientemente “dislocado” geográficamente por la posibilidad no sólo de producir de manera distribuida, sino también de utilizar plataformas como Steam, XBLA, PSN, o incluso el App Store de iTunes como mecanismos de distribución global a bajo costo.

Tercero, dos cosas de las que no se trata: no se trata de decir que los videojuegos sean una forma inferior de tecnología, por alguna razón más simple o menos sofisticada que otras sobre alguna escala imaginaria. No pienso que los videojuegos sean una buena tecnología de iniciación porque sean más “fáciles”. Además, no creo de antemano, si esta idea de las tecnologías de iniciación llega a cobrar sentido y respaldarse con data real, que los videojuegos tengan que ser la única tecnología que pueda servir este propósito. Y por lo mismo, que valdría la pena también explorar otras tecnologías que puedan cumplir esta función para economías poco tecnologizadas: elementos como aplicaciones web o tecnologías móviles pueden ser también elementos de alto potencial.

Quería compartir estas ideas preliminares porque me gustaría recibir feedback sobre esta idea, incluso si alguien sabe de antecedentes en este tipo de lecturas o interpretaciones similares. Además, porque si esto llega a convertirse en un área significativa de mi investigación en los próximos meses, pueden anticipar que verán algunas más ideas en esta dirección.

El costo de las oportunidades

Llegué de regreso a Lima hace casi dos semanas, y a pesar de que es literalmente un retorno, uno empieza inevitablemente a notar y observar cosas. Diferencias, cambios, patrones.

Una de las cosas que más me han llamado la atención es totalmente obvia, lo sé, pero creo que por contraste me ha resultado mucho más extraño: los salarios en el Perú son increíblemente bajos. No es ninguna novedad. Pero para todo el discurso de los últimos años del crecimiento económico, de que “el Perú avanza” y demás, no deja de resultarme sorprendente que en general no haya habido un aumento significativo en lo que se paga por diferentes trabajos.

(Empecé a investigar un poco cuando empecé a armar este post y llegué a esta página de ProInversión con información de sueldos y salarios compilada a partir de cifras del BCRP, que da lo siguiente como promedios para Lima Metropolitana:

En este caso, sin embargo, creo que el promedio podría ser un poco engañoso y tendríamos que prestar más atención a los datos completos. Alguien con más paciencia y habilidad que yo puede buscar los datos completos en las bases de datos del BCRP. La cifra más reciente del cuadro de arriba, de unos S/.3250 para junio del 2010, sirve para ilustrar mi punto aquí.)

Porque lo que sí hay es trabajos, o “chambas”, que al parecer abundan. Últimamente paso mucho tiempo en mi casa y dejo la TV prendida como ruido de fondo, y termino viendo cosas como Yo trabajo, tú tampoco, un programa de ATV+ sobre oportunidades de trabajo, de donde puedo observar que hay diferentes tipos de oportunidades en diferentes rubros y mercados. Pero la enorme mayoría de estos trabajos (y esto es estrictamente observacional, no he procesado ningún tipo de data ni nada por el estilo) ofrecen condiciones precarias o semi-precarias, o en el mejor de los casos apenas el sueldo mínimo supuestamente vital. El costo de vida en el Perú, incluso en Lima, no se ha incrementado tanto como en otros lugares de América Latina (Buenos Aires y Sao Paulo, los estoy mirando a ustedes), pero aún así se ha incrementado, y en realidad no es mucho lo que una persona pueda hacer con S/.750 mensuales.

Esto me resultó particularmente relevante en dos rubros puntuales: vivienda, y educación. Y es que, con un bajo nivel de ingresos, uno se ve obligado a tomar decisiones respecto a la calidad de vida que puede llevar y las oportunidades a las que tiene acceso. En ese sentido, un nivel bajo de ingresos básicamente quiere decir que uno carece de libertad para independizarse de su núcleo familiar, pues tiene que participar de una economía familiar para poder cubrir todos sus gastos de vida. A pesar de que el acceso a créditos hipotecarios se ha ampliado significativamente en Lima en los últimos años, es aún un producto relativamente costoso que asumir individualmente, lo cual termina restándole dinamismo al mercado inmobiliario y volviéndolo esencialmente un mercado relativamente conservador. Finalmente, quienes busquen estos productos serán parejas o matrimonios que puedan asumir la obligación en conjunto, con lo cual buscarán unidades de corte familiar, lo cual reduce la variabilidad de los espacios que se ofrecen en el mercado. Puesto simplemente: es sumamente difícil intentar comprar individualmente un espacio en el mercado inmobiliario limeño.

Luego está el rubro educación. Una amiga me contaba que estaba investigando maestrías para llevar localmente, y encontraba costos que oscilaban entre los S/.20 mil y los S/.45 mil por programas de dos años en maestrías con una proyección laboral razonable. Siendo que en el Perú la educación es cara, y no tenemos ningún concepto desarrollado ni del crédito educativo ni de facilitar el acceso a través de políticas sistemáticas de becas, ni de hacer la educación de calidad más accesible fortaleciendo el sistema público de educación superior, en realidad terminan quedando pocas opciones que no sean simplemente pagar. Estoy, claro, pensando aquí en el tema de la educación a nivel de posgrado, que no me parece trivial porque se conecta con otra serie de dimensiones: el desarrollo continuo de nuestra fuerza laboral, el desarrollo de actividades económicas más sofisticadas, y en general la evolución de nuestro aparato productivo. Que necesitamos gente más especializada y con más educación es un buen indicador, porque es a su vez uno de los elementos que necesitamos para poder abandonar modelos económicos de poco valor agregado, como el de la minería, o al menos poder reducir el peso que tienen en nuestra economía. Para poder hacer esto necesitamos educación superior y educación de posgrado de calidad y accesibles, y al dificultarnos el acceso a estos rubros básicamente nos disparamos en el pie.

(Paréntesis de importancia aquí: deberíamos también prestar atención a España y lo que allí viene ocurriendo por dos razones. Primero porque, por la crisis que están atravesando, muchos profesionales altamente calificados – y seguramente muchos de ellos peruanos – no están encontrando buenas oportunidades y podrían percibir como más beneficioso repatriarse, lo cual es un beneficio en términos de importación de profesionales calificados, pero también distorsiona el mercado local. Segundo, porque justamente en España ha terminado siendo un “problema” que estas categorías educativas hayan sido tan accesibles, pues la economía “real” no necesariamente estaba alineada con los profesionales que generaba sistemáticamente. Ese crecimiento profesional no se tradujo en crecimiento económico en la misma dirección, lo cual ha sido uno de los factores que ha contribuido a su situación actual.)

Mi punto con todo esto es que empecé a sacar el cálculo: con los sueldos medios que uno puede razonablemente encontrar por diversos trabajos en el Perú, pero especialmente en Lima, uno podría encontrarse con que realmente no tiene acceso a ninguna de estas dos oportunidades para su desarrollo personal, económico y profesional. Si tomamos las cifras del cuadro más arriba, por ejemplo, estimando unos S/.3250 mensuales, una persona podría quizás pagar una hipoteca que no fuera demasiado cara, o quizás pagar un posgrado que no fuera demasiado caro, pero difícilmente ambas cosas. ¿Se puede vivir con S/.3250? Por supuesto que sí, y hasta con cierta holgura. Pero si uno quiere intentar invertir, costear oportunidades y mejorar su perspectiva, ya se empieza a poner mucho más complicado. Es decir, con un sueldo medio, es poco probable que puedas escoger vivir solo cómodamente y además tener un colchón de ahorros, o escoger invertir en pagar un posgrado para ampliar o especializar tu conocimiento para acceder a un mejor trabajo, para brindar servicios especializados o para formar tu propia empresa. Y lo que es casi imposible es que puedas hacer ambas cosas.

Uno podría responderme que todo mi argumento es “tierno”, pero que el Perú tiene problemas más graves como las desnutrición, la pobreza, o el acceso a educación básica y alfabetización funcional para la mayoría de personas. Y no estoy diciendo que eso no sea cierto. Lo que estoy diciendo es que es estratégico para nosotros como economía y país fortalecer una clase media con acceso a oportunidades, espacio de crecimiento e innovación, y conocimiento y habilidades para desarrollar una economía más integral, inteligente, y de producción de valor agregado. Sin esos elementos, podemos dedicarnos a seguir buscando cómo sacar más oro y mover lagunas, porque en realidad no creamos el armazón para dar más oportunidades para todos.

Por eso es que este tipo de observaciones deberían interesarnos a todos – y no, tampoco estoy intentando hacer un pliego de reclamos para áreas donde el gobierno debería resolver estos problemas. Creo que el Estado tiene un rol que cumplir en toda esta discusión, pero personalmente, no me gustaría ver ni que lidere el esfuerzo ni que lo acapare. Pero en fin, eso ya es otra discusión. Mi punto central aquí es uno: nuestra clase media, me parece, no gana lo suficiente como para ampliar su propio acceso a más y mejores oportunidades. Todo bien (o bueno, más o menos, en realidad) con los créditos de consumo y carros más baratos, pero nos falta pensar más en cosas estructurales y a largo plazo como la manera en la que dinamiza y crea nuevos mercados, accede a mayores oportunidades educativas, y a espacios de innovación y aprendizaje.

Dos novedades bibliográficas

Estoy a punto de hacer dos adiciones importantes a mi ya de por sí descontrolada lista de lecturas pendientes. Se trata de los nuevos libros de dos autores que aparecieron antes en mi lista de “Ocho libros fundamentales para entender la sociedad de la información“, así que tengo expectativas muy altas respecto a sus nuevos trabajos.

The Penguin and the Leviathan: How Cooperation Triumphs Over Self-Interest, de Yochai Benkler

Yochai Benkler es un maestro. Su libro anterior tuvo la osadía de titularse La riqueza de las redes (The Wealth of Networks), y definitivamente me parece que es un libro demasiado central para entender muchos de los fenómenos que observamos hoy día.

En TWON, Benkler elabora un análisis sumamente pormenorizado de lo que considera como la aparición de un nuevo modo de producción económica hecho posible por las características de la tecnología digital: la aparición de un modelo cooperativo-colaborativo donde individuos comparten libre y voluntariamente su propio tiempo y esfuerzo en la construcción de iniciativas mayores que ellos mismos, motivados nada más que por su propio interés. The Penguin and the Leviathan desarrolla aún más esa idea:

For centuries, we as a society have operated according to a very unflattering view of human nature: that, humans are universally and inherently selfish creatures. As a result, our most deeply entrenched social structures – our top-down business models, our punitive legal systems, our market-based approaches to everything from education reform to environmental regulation – have been built on the premise that humans are driven only by self interest, programmed to respond only to the invisible hand of the free markets or the iron fist of a controlling government.

In the last decade, however, this fallacy has finally begun to unravel, as hundreds of studies conducted across dozens of cultures have found that most people will act far more cooperatively than previously believed. Here, Harvard University Professor Yochai Benkler draws on cutting-edge findings from neuroscience, economics, sociology, evolutionary biology, political science, and a wealth of real world examples to debunk this long-held myth and reveal how we can harness the power of human cooperation to improve business processes, design smarter technology, reform our economic systems, maximize volunteer contributions to science, reduce crime, improve the efficacy of civic movements, and more.

Este concepto de Benkler sobre un “nuevo modo de producción” está explorado con sumo detalle en TWON, así que tengo altas expectativas sobre este nuevo libro. Los libros referidos a temas digitales suelen devaluarse bastante rápido, y aunque TWON es excepcional en que mantiene mucho de su valor para ser un libro ya del 2005, una actualización que observe casos más recientes promete ser muy interesante. Se conecta muy bien, además, y sirve como un sustento teórico muy bien documentado, para ideas que trabajan otros autores, particularmente Clay Shirky o Lawrence Lessig (de hecho, el libro Remix de Lessig bien puede leerse como una versión “simplificada” de TWON).

Bonus track: encontré también ahora un artículo de Benkler del 2002 en el Yale Law Journal, titulado “Coase’s Penguin, or, Linux and The Nature of the Firm“. (A Ronald Coase y su conocido artículo “The Nature of the Firm” me he referido antes para hablar de ética hacker y post-capitalismo).

Too Big to Know: Rethinking Knowledge Now That the Facts Aren’t the Facts, Experts Are Everywhere, and the Smartest Person in the Room Is the Room, de David Weinberger

El título del nuevo libro de Weinberger es tan largo que no entra en un twit, pero suena igualmente prometedor. Su libro anterior, Everything is Miscellaneous, nos confrontaba con el problema y la posibilidad del “desorden digital”: la opción novedosa que tenemos hoy de pensar en la manera como ordenamos la información desvinculada de las limitaciones físicas que tenemos para almacenar esa información. Aunque eso nos ofrece una cantidad de opciones prácticamente ilimitadas, tiene por lo mismo un efecto a su vez traumático en tanto trastoca todo el orden de categorías que utilizamos para manejar la realidad. Weinberger, filósofo de formación, elabora la idea de que este cambio informacional tiene implicancias ontológicas en la manera como pensamos y nos relacionamos con objetos, categorías, relaciones sociales, etc. (Escribí algo vinculado a este tema y el contexto del problema hace tres años.)

Gran parte de lo traumático, y eso es un poco lo que elabora Weinberger tanto en Everything… como Too Big To Know, es que tenemos que formular nuevas estrategias para lidiar con una cantidad abusiva de información que procesamos todos los días y con el trastocamiento de relaciones de poder, autoridad, legitimidad y confiabilidad que deviene de pasar de un ordenamiento físico a un ordenamiento virtual de la información. Pero Weinberger es el contrapeso para las posturas de autores como Nicholas Carr o Andrew Keen que creen que todo esto nos está haciendo más brutos o más superficiales. Para Weinberger la solución al problema de la sobrecarga de información es, en realidad, más información (o como lo ha puesto Shirky, no hay tal cosa como sobrecarga de información, sólo hay el colapso de nuestros filtros). Cory Doctorow dixit:

Weinberger presents us with a long, fascinating account of how knowledge itself changes in the age of the Internet — what it means to know something when there are millions and billions of “things” at your fingertips, when everyone who might disagree with you can find and rebut your assertions, and when the ability to be heard isn’t tightly bound to your credentials or public reputation for expertise.

Weinberger wants to reframe questions like “Is the Internet making us dumber?” or “Is the net making us smarter?” as less like “Is water heavier than air?” and more like “Will my favored political party win the election?” That is, the kind of question whose answer depends on what you, personally, do to make the answer come true.

Bonus track: en una línea parecida, otro libro que descubrí recientemente y que está en mi lista de lectura es Knowing Knowledge de George Siemens, al que llegué a través de otro libro recomendado, The Digital Scholar: How Technology Is Transforming Scholarly Practice de Martin Weller (EDLJ ha estado compartiendo algunos apuntes sobre The Digital Scholar en el blog de Apócriphos, donde se ha vuelto referencia central para el trabajo que estamos construyendo allí).

¿Un Ministerio de Magia?

Me gustó un post de hoy de Maite Vizcarra en Techtulia sobre el debate en torno a la creación de un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación en el Perú. Me gustó principalmente por dos razones: porque describe claramente las medidas que se discuten para el sector en lo que queda del presente gobierno (hasta el 2016), y porque no adopta una posición sensacionalista de “OMG MINISTERIO!!!1!!11!1” que suele dominar este tipo de discusiones. En cambio, refleja el tipo de preguntas complejas que deberíamos estar haciéndonos:

Visto el overview, la pregunta que cae a cuenta entonces es: ¿si durante los primeros años de las reformas CTI las inversiones no serán tan dramáticas y si las acciones planteadas pueden ser ejecutadas por entidades ya existentes (Fincyt, Fidecom, Consejo Nacional de Competitividad-MEF) es necesario un ministerio en esta etapa?, ¿no sería mejor contar con una entidad como esa con el enforcement necesario a partir del punto de inflexión, cuando las inversiones serán considerables y en verdad se requiera capacidad de negociación y empoderamiento? ¿No sería mejor que el actual Comité Consultivo CTI se transforme en uno de transferencia de cara a un ministerio en dos años?

De Immanuel Kant se decía que cada vez que se encontraba con un problema nuevo, se inventaba una nueva facultad para la mente humana. De manera similar, me parece que podríamos decir que cada vez que nos encontramos en el Perú con un problema nuevo, nuestra respuesta es crearle un ministerio, y es la manera en que el poder político intenta decir “este problema nos parece importante”.

El asunto es que, por sí solo, eso no quiere decir realmente nada. La principal razón por la cual soy un escéptico respecto a las posibilidades un ministerio de CTI en el Perú es porque tal ministerio no sería el resultado de una política estratégica integral que se esté ejecutando a nivel nacional sobre ciencia, tecnología e innovación, donde el ministerio sea uno de los componentes de esa estrategia. Termina siendo la construcción de una entidad gigantesca cuyo propósito será el de construir dicha estrategia. Es poner el carro delante del caballo.

Procesos similares pueden encontrarse en el pasado reciente, con matices mejores o peores: la creación de los Ministerios del Medio Ambiente, de Cultura o de Desarrollo e Inclusión Social fueron el reconocimiento de que cada uno de estos ámbitos era un problema importante, pero la formulación misma del ministerio no era una afirmación de que se tuviera una estrategia o un plan para cualquiera de estos sectores. Esto es terrible, por una serie de razones: (1) porque genera un costo enorme en términos de instalación y operación para el Estado; (2) porque genera expectativas que probablemente terminen resultando insatisfechas entre los diferentes actores vinculados e interesados en el sector; y (3) porque al crear una dependencia legitimada y responsable del sector, si ésta termina siendo inoperante en la práctica se convierte en un obstáculo más que en un incentivo. En un sector como el de CTI, donde es relevante generar un entorno sumamente dinámico y donde la capacidad de articular e implementar iniciativas rápida y efectivamente es muy importante, un clima institucional desfavorable puede por sí solo generar trabas estructurales de importancia.

Aún cuando crear un ministerio de CTI hoy me parece una mala idea, eso no quiere decir que piense que no se debe hacer nada al respecto. Sólo que no deben hacerse las cosas por hacerse. Si creáramos un ministerio, ¿cuáles serían sus objetivos estratégicos? Si le asignáramos un presupuesto para realizar inversiones estratégicas en investigación y desarrollo, ¿cuáles serían sus áreas prioritarias de inversión? Si su visión es la de mejorar la productividad y competitividad de la economía peruana a largo plazo, ¿qué actividades económicas concentrarán su atención? ¿Se concentrará en hacernos más o hacernos menos una economía concentrada en torno a la minería? Estas son algunas de las preguntas que deberíamos hacernos al momento de formular una estrategia de CTI para el país a largo plazo.

Por otro lado, para poder implementar y ejecutar esa estrategia hay cosas que pueden hacerse como primeros pasos para fortalecer un sector nacional de CTI. Están, por ejemplo, las trabas existentes para la inversión de dinero proveniente del canon para tareas de investigación, que recoge Marcos Garfias del IEP (“La investigación en la universidad pública regional y los fondos del canon, 2004-2008“, Economía y Sociedad 76, CIES, diciembre 2010):

En esta realidad poco alentadora, desde el año 2004 se comenzó a inyectar importantes recursos provenientes del canon al presupuesto de varias universidades públicas con el objetivo de incentivar la investigación científica y tecnológica pertinente al desarrollo regional. Casi cinco años después, este objetivo no ha sido alcanzado ni siquiera parcialmente. La universidad pública no investiga ni más ni mejor que en 2004. Salvo una efímera iniciativa desarrollada en la universidad de Cajamarca en el segundo semestre de ese año y la canalización de pequeños porcentajes para apoyo financiero a los estudiantes que elaboran sus tesis de licenciatura, estos recursos no han sido utilizados en ningún proyecto de investigación de impacto regional en ninguna de las instituciones universitarias beneficiadas con el canon durante este período. Los fondos del canon han servido básicamente para financiar importantes obras de infraestructura y de equipamiento que están cerrando un déficit arrastrado durante décadas.

Esto se ha debido a que la iniciativa por dotar con fondos del canon a la universidad pública no calibró la pobreza de las capacidades de investigación de esta institución, y tampoco advirtió que la organización institucional de la investigación universitaria ha sido adecuada para beneficiar a las planas docentes con asignaciones adicionales a sus salarios bajo un formalismo burocrático que los convierte a todos en investigadores sin la necesidad de comprobar la solidez y pertinencia de sus estudios, todo ello en medio de la
prolongada dificultad que ha tenido la universidad pública para edificar una gestión eficiente que le permita salir del descalabro académico, administrativo y de gobierno que se inició por múltiples razones en la década de 1960. Una situación que sí fue advertida por los funcionarios del Ministerio de Economía, que promovieron rápidamente algunas normas que regularon el gasto del canon, como por ejemplo la prohibición de que estos recursos fueran destinados a cualquier tipo de remuneración, pero que sin embargo no promovieron simultáneamente mejores alternativas para aprovecharlos en uno de sus objetivos centrales: la investigación de impacto regional.

La prohibición de que fondos del canon fueran a pago de remuneraciones de investigadores ignora el hecho de que la investigación consiste, en gran medida, en inversión del tiempo de investigadores en diversas tareas, y presupone básicamente que estos se dedicarán a la tarea de investigar “por amor al arte” – algo que claramente no ocurre. Además, condiciona que los fondos tengan que invertirse en equipos e infraestructura, que sin dejar de ser importantes, por sí solos son incapaces de fortalecer las capacidades de CTI de una región o del país.

Nuestra deficiencia en el sector responde, además, a deficiencias estructurales que también tienen que ser atendidas si se quiere construir un sector sólido de CTI: por ejemplo, la debilidad de la oferta y demanda universitaria en carreras de ciencias e ingeniería, que va de la mano con el desfase entre la demanda estudiantil y la oferta laboral en el Perú. Nuestro sistema educativo no está alineado con nuestro modelo productivo, ni en el presente ni hacia adelante.

En otras palabras: un Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación no es un Ministerio de Magia, y no deberíamos esperar que lo sea ni creernos un discurso político que nos lo venda como tal. La aparición de un ministerio de CTI no nos va a construir mágicamente un sector dinámico, activo y efectivo, justamente porque el problema debe verse multidimensionalmente y no solamente como un tema de asignación presupuestal y responsabilidad ministerial. Pero, sobre todo, require que nos hagamos preguntas complejas sobre el tipo de país y economía que queremos ser en el futuro a largo plazo.

“La mate es muy difícil”

Hace unas semanas volvía del trabajo a casa y pasé frente a una facultad de ingeniería, y terminé pensando en por qué no estudié una carrera de ciencias o ingeniería. Yo estudié Filosofía, pero durante mucho tiempo antes de ingresar a la universidad consideré seriamente estudiar ingeniería – ingeniería de sistemas, en particular. Pero finalmente, me llamaron más las letras y terminé convenciéndome de que no era particularmente bueno para las matemáticas, el lugar clásico y común de mucha gente que estudió conmigo en la universidad para descartar una carrera de ciencias o ingeniería.

El desarrollo de un fuerte sector de ciencias e ingeniería es fundamental para la construcción de una economía de alta tecnología. Un fuerte sector profesional junto con un sector haciendo investigación científica sólida se convierten en el caldo de cultivo de futuros descubrimientos científicos, patentes, desarrollo de nuevos procesos e innovaciones técnicas. Y, de hecho, las carreras en ingeniería están entre las más demandadas en la economía peruana, y entre las mejor remuneradas para un recién graduado. Según una nota en Universia del 2011 sobre demanda de profesionales en el Perú:

Iván Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, explica que actualmente son las diversas ramas de la ingeniería las especialidades que están liderando la demanda laboral. “Hay trabajo, principalmente, en Ingeniería Civil (por el aumento  de construcciones), Informática, Electrónica e Industrial”, precisó.

Y aquí se pone un poco más interesante. Si uno revisa la información de estudiantes de pre-grado del censo nacional universitario del 2010, de la Asamblea Nacional de Rectores, encontrará dos cuadros que me llamaron particularmente la atención. El primer cuadro compara las 10 carreras más estudiadas entre el censo de 1996 y el del 2010:

En el censo de 1996 las carreras de ingeniería suman un 17.9% de las 10 más estudiadas, y en el 2010 este número se incrementa a 24.8%. Es decir, no llegan a ser la cuarta parte de las diez carreras más estudiadas, a pesar de ser las carreras profesionales que tenderían, por lo visto, a encontrar mayor demanda para sus egresados.

Un segundo cuadro muestra algo también muy interesante: las carreras profesionales con mayor población estudiantil por departamento.

Sólo en el Callao, Huancavelica y Cajamarca aparecen opciones de ingeniería con las mayores poblaciones estudiantiles. Doblemente espectacular por la cantidad de rojos, naranjas y amarillos en el mapa: abogados, administradores y contadores.

¿Por qué? He escrito antes sobre los conflictos que nos genera asumirnos como país minero, a pesar de que fácticamente lo somos, y que definitivamente me parece que deberíamos estar apuntando a no serlo y a construir una nueva economía, post-industrial.  Este conflicto se traduce en que no sabemos, no decidimos y no formulamos claramente qué tipo de economía tenemos o qué queremos hacer (no tiene que ser una sola respuesta, pero difícilmente tenemos alguna sistemática). Pero este mapa, ¿qué tipo de economía nos dice que estamos construyendo? ¿Qué cuentan todos esos contadores, y qué administran todos esos administradores? ¿Y por qué la gente no está eligiendo las carreras profesionales que tienen mayor salida laboral? ¿De dónde viene el desfase?

Ensayar una respuesta completa sería demasiado complicado para este post. Pero creo que vale la pena señalar algunas cosas:

  • ¿Por qué no estudiamos más carreras de ciencias? Porque somos pésimos. Cuando un joven, como me pasó a mí mismo, tiene que escoger su carrera universitaria, y parte de reconocer su falencia estructural en el ámbito de la matemática y la ciencia, hace tanto más difícil (1) que escoja una carrera de ciencias o ingeniería, y (2) que la termine exitosamente. En las pruebas PISA 2009, Perú quedó en el puesto 62 en lectura, 60 en matemática y 63 en ciencias, sobre una muestra de 65 países.
  • Estamos promoviendo una visión muy limitada de lo que son las carreras del futuro – de hecho, no estamos promoviendo ninguna visión. Nuestros diseños institucionales favorecen la dificultad de la innovación y experimentación en términos de materia educativa: en los 5 años que estudié una carrera de letras, mi confrontación con cursos de ciencias, ingeniería, o matemáticas no sumarían, en conjunto, ni un semestre. Probablemente algo similar podría decirse del otro lado. Tenemos una visión compartimentalizada de la educación superior, que diluye el hecho de que las profesiones y los roles laborales se encuentran cada vez más mezclados. Esto impide que, incluso si uno no está estudiando una carrera “de ciencias”, pueda explorar algunos cursos o temas desde su propia carrera y encuentre los incentivos institucionales para hacerlo.
  • En una nota publicada en Facebook hace unos días, Kiko Mayorga, director de Escuelab.org, criticaba la falta de políticas e incentivos por parte del Ministerio de Cultura y del CONCYTEC para generar nuevos proyectos de investigación y desarrollo, sobre todo comparados a países de nuestra propia región como Colombia o Chile. Lo cual nos genera un círculo vicioso: no estamos formando los profesionales que requieran de estas políticas, y no estamos formulando las políticas que incentiven la formación de estos profesionales. Acá también operan visiones un poco limitadas sobre el tipo de investigación y desarrollo que queremos generar a nivel país, sin ningún tipo de marco global de prioridades para incentivar en función a las oportunidades que nos ofrece el medio local, nuestro base de talento existente y la posibilidad de posicionar nuestro conocimiento en el mercado internacional. Una buena alineación de estas piezas nos permitiría armar un mapa estratégico de las políticas de inversión en investigación y desarrollo para los próximos años; alineando, además, la oferta educativa con la participación de universidades públicas en diferentes lugares del país.

Emprendimiento del conocimiento

Por recomendación de @andrejcisneros llegué a este libro: “Knowledge-Driven Entrepreneurship: The Key to Social and Economic Transformation”, de Thomas Andersson, Piero Formica y Martin Curley. Recién empecé a leerlo esta noche y aunque no he avanzado mucho, me parece que vale la pena compartir algunos pasajes de la introducción:

The newly coined interest in knowledge as a production factor is, however, gen- erally approached from too restrictive a viewpoint. Knowledge generation is not synonymous with scientific advances. Knowledge in action is not necessarily about diffusing scientific discovery or creating technology-based high-growth companies. Neither is knowledge a “new” factor of production.

Peter Drucker’s and William Baumol’s focus on knowledge and entrepreneur- ship, respectively, has rather thrown the spotlight on the importance of combining inputs in profitable ways. Knowledge creation and knowledge use are fuelled by the combined influence of human creativity and entrepreneurial energy channeled into innovation (Baumol 2002) in ways that enable successful, unforeseen combinations of different production factors. In turn, the effectiveness of the instrumental role played by knowledge creation is attributable to the culture of the institutions involved. An institutional environment that encourages creativity and experimenta- tion is the ultimate determinant of economic growth and renewal.

The flow of knowledge, not technology per se, is the hallmark of technology transfer. To be effective, technology transfer therefore needs trustful and outward- looking knowledge brokers. The fact is that the knowledge revolution, caught up in its own enormous success, has in effect contributed to the rise of an economy which, in its present format, has proven unsustainable. Major problems exist in terms of reliability and accountability in business, while governments and multi- lateral institutions are failing to provide satisfactory cross-border policy frame- works in a range of areas. Finally, it is important that market transactions and innovations are not merely pushed by technocrats and experts, but that they are pulled by the real needs of people, and of society, to produce better responses to real issues.

De aquí nomás, algunas cosas que me parecen resaltables:

  • No basta simplemente con “producir más conocimiento” para articular una economía del conocimiento. De por sí cualquier actividad económica produce, aunque sea como subproducto, una cantidad importante de conocimiento. Pero tanto, o quizás más importante, es establecer los circuitos de comunicación e intercambio de información que permitan que ese conocimiento se convierta en nuevas aplicaciones – un ecosistema de reinversión de conocimiento, por ponerlo de alguna manera. Es el ecosistema, más que sus miembros individuales, los que constituyen una economía de conocimiento.
  • El papel de los knowledge-brokers es importantísimo, pero rara vez reconocido o apreciado. No se trata de agregar más capas de intermediación al proceso, sino de crear los puntos de captura de información que puedan identificar, sistematizar y reproducir, a través de la cadena de valor. Ahora, parte del problema es que no sabemos bien cómo se ve un knowledge-broker aún – aunque si el libro ahonda más en esta figura más adelante, procuraré revisitar esta idea.
  • Un clima institucional es un condicionante fundamental al desarrollo de una economía de conocimiento. Y claro, el clima institucional va más allá solamente del marco legal o la política pública – aunque es ciertamente un componente importante. Aunque desde el ámbito del Estado, en cualquiera de sus niveles, es mucho lo que se puede hacer por incentivar, también es cierto que una política mal diseñada puedo entorpecer enormemente el crecimiento de un sector: Hugo Pardo Kuklinski comentaba hace un tiempo sobre cómo los incentivos al emprendimiento en Cataluña en la práctica pueden terminar atentando contra el emprendedor. De modo que si bien es difícil pedir que el Estado facilite las cosas, lo menos que se pueda razonablemente impedir es que al menos no entorpezca la construcción de una economía de conocimiento interviniendo sin una política clara.
  • Pero el clima institucional también apunta a una serie de convenciones y normas sociales que pueden facilitar o entorpecer la innovación y la creatividad en una economía: el ejemplo más claro es quizás la tolerancia social que una economía tiene hacia el fracaso. Un contexto social en el cual el fracaso y el error son fuertemente censurados es un contexto en el cual existen contraincentivos hacia la toma de riesgos y la experimentación, lo cual dificulta la aparición de innovaciones. Un contexto social donde el fracaso es reconocido y aceptado (por ejemplo, con la celebración de “Fail Fairs”) es uno donde los emprendedores tienen mayores incentivos para arriesgarse. Este ámbito es quizás uno de los más difíciles de modificar.

Eso es todo por ahora, pero tendré más novedades conforme haya leído más del libro.

La línea de Conga y el “país minero”

Ayer el presidente Humala dio una conferencia de prensa (en video aquí y aquí, cortesía de @gerardolipe) sobre el futuro del proyecto minero Conga en Cajamarca, que ha venido generando protestas en la ciudad de Cajamarca y un conflicto abierto entre las autoridades del gobierno regional y el gobierno central. Una buena nota resumiendo el conflicto en La Mula resume los temas contenciosos en tres puntos: el potential conflicto ecológico en torno a las cabeceras de cuenca y las fuentes de agua; los cuestionamientos que se han hecho en torno el Estudio de Impacto Ambiental que aprobó el inicio de operaciones del proyecto; y el “precedente” que podría representar Conga para otros proyectos mineros de gran envergadura que se tienen planeados en la misma zona.

Por la noche, el programa de Rosa María Palacios, Tribuna Abierta, tuvo una entrevista con Cecilia Blume. No es alguien con quien yo suela estar plenamente de acuerdo, y ella no suele estar de acuerdo con Humala, pero la vida está llena de sorpresas. Lo que me llamó la atención, entre otras cosas, fue su elaboración sobre la autodefinición del Perú como “país minero”, haciendo alusión a que esto nos genera cierto conflicto. No nos aceptamos plenamente como lo que efectivamente, en este momento, somos, que es un país minero: no porque hayamos querido serlo, simplemente porque la plata que entra en este momento, entra principalmente por la minería, y de eso se está moviendo todo. Conga es la constatación de eso: por mucho que queramos otra cosa, en este momento no tenemos otra fuente para compensar los $4200 a $4800 millones que el proyecto traería, y no tendremos alternativas viables en mucho tiempo. Ésta es la preocupación del tercer punto resaltado por La Mula: Conga no es solamente preocupante por los efectos de Conga mismo, sino porque es cabeza de playa para una serie de proyectos gigantescos. Si aceptáramos de plano, “somos un país minero”, no tendríamos mayor conflicto al respecto.

Ahora, no me malentiendan. No estoy diciendo que tengamos que definirnos como tal. Estoy diciendo, simplemente, que en este momento no tenemos opción. Y que tampoco estamos haciendo mucho por generar una opción. Ser un “país minero” no me parece una opción deseable porque nos pone en el extremo menos interesante de la cadena de valor: sacamos el metal y se lo mandamos a alguien más para que haga algo interesante con él. Además, es una posición cuyo valor es estrictamente coyuntural, y en este caso contingente a los precios elevados que tienen los commodities en el mercado internacional. En ese sentido, coincido con Blume en que la minería es algo que ocurre aquí y ahora, luego pasa el boom y la oportunidad de explotar estos recursos simplemente desapareció. ¿Cortoplacista? Sí, un poco, pero también la capitalización de una oportunidad (si vemos, por ejemplo, los beneficios que ya se están generando localmente por la operación del proyecto). El problema, me parece, es que aunque sabemos que queremos salir de la posición coyunturalmente valiosa pero perjudicial a largo plazo de “país minero”, no sólo no estamos generando la posición alternativa, sino que ni siquiera sabemos bien cuál queremos que sea esa posición.

Si estamos, de alguna manera, explotando los beneficios de una posición insostenible a largo plazo que nos genera recursos en este momento, ¿cómo estamos utilizando esos recursos para generar otras industrias o potenciar otros sector, más ecológica y socialmente sostenibles a largo plazo, que generen mayor valor agregado y además diversifiquen nuestra matriz económica? Si mañana se caen los commodities, se cae todo, porque nuestro riesgo no está amortizado a través de una serie de sectores productivos.

Ahora, es tentador pensar que, sí, podemos pasar al siguiente estadio de complejidad y empezar a potenciar una industria ligera y pesada de carácter nacional que nos empiece a posicionar mejor en la cadena de valor. Pero esta idea tentadora es engañosa. Sería el equivalente de decir que ahora tenemos plata para estar a la vanguardia del mercado de 1840, o de 1950 en el mejor de los casos. No es realmente una solución, es, cuando mucho, subir un par de peldaños en el escalafón de la complejidad productiva. Además, para posicionarnos en competencia abierta con países del sudeste asiático cuya capacidad productiva ya existe, ya está desarrollada, y cuyo costo de mano de obra es infinitamente menor al nuestro. Es lo que se ha llamado un “race to the bottom“, una competencia por quien puede tirarse más al piso para atraer el capital industrial y producir al menor costo posible. No sólo no creo que podamos ganar una carrera de este tipo con países como China, sino que ni siquiera me interesa competir.

La pregunta, entonces, no me parece que sea si queremos ser un país minero. Creo que indudablemente lo somos, y que indudablemente cualquiera en su sano juicio no querría que lo seamos. La pregunta importante es por qué país queremos ser cuando ya no podamos ser un país minero, algo que ocurrirá quizás en el futuro cercano (o porque se acaban los minerales que explotar, o porque se acaba el boom de precios que justifica explotarlos). ¿Dónde estamos acomodando nuestras fichas para los próximos 20, 30, 50 años? ¿Qué nuevos sectores competitivos, innovadores e interesantes estamos potenciando y posibilitando? ¿Qué necesitamos para inaugurar estos nuevos sectores, y por qué no estamos aprovechando los recursos que tenemos hoy para establecer nuestra propia cabeza de playa en ellos?